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ArribaTarea de Religión Explicada

Tema: Comentario de la Película de la Vida, Pasión y Muerte de N. S. Jesucristo


Alumno: Fermín Pereira

Curso: 4º (Bachillerato Humanístico)

A mí no me impresionó tanto la escena de la crucifixión de Jesús porque al final de cuentas él era Dios y sabía muy bien que después iba a resucitar, o sea que con un poco más o un poco menos de dolor lo mismo él ya tenía asegurado lo que iba a venir. Lo que me impresionó fue cuando lo iban a acostar al ladrón para crucificarlo porque él sí que se desesperaba y se retorcía y trataba de escapar. Ahora estoy vivo y dentro de un rato no existiré más, se acabó todo, eso habrá pensado; se acabó. No le habrá dado tanto miedo el dolor que iba a sentir porque al robar él sabía que siendo judío los romanos si le pescaban le iban a crucificar, sino que lo que le habrá espantado era darse cuenta de cómo de repente alguien, cualquiera, podía atarlo, inmovilizarlo hasta acabar, así, completamente, hasta morir. Por qué pueden hacerlo, se habrá preguntado, y eso se notaba muy bien en el retorcimiento espasmódico de su cuerpo, en los estirones violentos de sus brazos tratando de liberarse, en las patadas que intentaba dar lastimando sus pies descalzos contra las piedras al lado del palo de su cruz.

También me impresionó mucho cuando estaba Jesús ante Pilatos y Pilatos no sabía muy bien qué hacer con él y trataba de darle vueltas y vueltas al asunto hasta que, de repente, por las respuestas de Jesús fue entreviendo que muchas de las cosas   —112→   que él consideraba como importantes, no lo eran tanto. Tenía delante suyo a Jesús, que con un poco de viveza se hubiera podido librar de una acusación tan tonta, a Jesús que tenía al representante del más grande poder del mundo, él, que le podía brindar lo que quisiera, al alcance de la mano y no le daba importancia, Jesús que había demostrado, le habían contado, que tenía poder de hacer milagros con vino, con ciegos y otras cosas y sin embargo, sabiendo el riesgo que corría no movía un dedo para defenderse, al contrario, ni siquiera parecía interesarse y respondía con vaguedades que él no podía comprender. Entonces reventó, y esto es lo que más me impresionó, reventó y en medio de una gran desesperación le preguntó a Jesús: ¿Qué es la verdad? No sé si la película habrá estado cortada o qué, pero Jesús no le contestó nada y siguió otra escena. Pero la pregunta sin respuesta me quedó grabada: ¿Qué es la verdad? Y después de unos instantes Pilatos se levó las manos, estuvo muy bien esa escena, quiere decir que llegó a la conclusión de que para él esa era su verdad, así como para Jesús su verdad era dejarse matar o para los judíos su verdad era crucificarlo. La película dejaba entrever que lo que uno tiene que hacer en la vida es encontrar su verdad y vivir conforme a eso, a nadie tiene que importarle lo que pasa o no pasa, sino que tiene que vivir su verdad: el mundo no se va a parar porque uno le dice que pare, es lógico.

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-Ay, doña Candelaria, pobrecita, cómo te siento, doña Candelaria, qué dolor me da no haber podido decirte adiós, no haber estado contigo para decirte adiós... yo te soñé luego una vez mientras estaba en el Ingenio con Emiliano, y veía las flores y el cajón y a vos no te veía, pero sabía que eras vos la que estaba adentro y es así cuando se cumplen los sueños de muertos, lo mismo que cuando soñás que se te cae un diente, enseguida nomás se te muere un ser querido, eso significa muerte, porque cuando ves al muerto es porque es suerte para él, largos años de vida, pero yo no te vi en mi sueño, doña Candelaria, y sabía que estabas en el cajón, y le prendí muchas velas a Santa Elena que es la Patrona de los Sueños para que apartara el mal sueño, Santa Elena, Santa Elena, Santa Depositaria de los Clavos del Señor, uno diste a tu hijo Constantino para aquella batalla que ganó, otro diste a la mar brava y los vientos se calmaron, ya ni siquiera me acuerdo bien de la Oración que era tan linda y tan milagrosa pero no hubo caso, lo mismo te moriste, por qué te fuiste, doña Candelaria, por qué no dejaste que yo te diga adiós, desde esa vez que tuve el sueño malo siempre tuve miedo, porque sabía bien que te tenías que morir...

Mientras tanto el calor se hacía más fuerte y el silencio del campo solitario más pesado, y recién mucho después se levantó y limpió sus rodillas de tierra y como no tenía flores ni cómo conseguirlas, cortó unos cuantos yuyos altos y bien verdes y los distribuyó sobre la abultada tierra reseca y caliente bajo el sol vertical del mediodía, sólo se escuchaba el zumbido apagado de las moscas verdes y el calor era cada vez más intenso, mucho más que una hora antes cuando salió corriendo   —114→   del Almacén de don Mareco hacia el cementerio, cuando sus ojos se borronearon de lágrimas al enterarse de todo.

Él ya no está, le había dicho, y ella tampoco.

Y Marina no hubiera vuelto por el Almacén de no haber sido que dejó sus bolsos en el suelo, al lado de la puerta, al entrar. Cuando al llegar recién al pueblo en el Almacén lo vio a don Mareco parado detrás del mostrador, detenido en el tiempo, indiferente, ni odio ni burla, la mente se le inundó de recuerdos, de todas las cosas que tuvo que pasar y sintió odio por él pero más tarde, de vuelta del cementerio y al ver por sus ojos enrojecidos que había llorado, vio en él solamente un viejo solitario, cargado de dolor y soledad.

-¿Qué es lo que querías de él, Marina?

Cerró los ojos y no dijo nada, sentía en todo su cuerpo cómo por los poros se iba humedeciendo su piel y el calor la envolvía como un vaho y había una mosquita chiquitita dando vueltas frente a su nariz, ¿acaso querría don Mareco comprender todo lo que él significaba para ella?, cómo a través de todo ese tiempo de sombras y miserias y alegrías y aventuras en el fondo de sus ojos guardó siempre el temblor de su mirada, el puajarse instantáneo y casi imperceptible del brillo de sus ojos cuando ella lo sorprendía mirándola y tantas otras cosas? Pero ni su odio ni su resentimiento fueron tan fuertes como para poderle mentir. Y por otro lado ¿qué más daba?

-Estar cerca. -le dijo, sólo eso, ¿para qué más?, ¿había acaso algo más importante que compartir la vida, aunque más no fuera el aire, el paisaje, el mismo viento, la misma sombra?

Don Mareco una vez más volvió a sentir aquella incertidumbre que antes había conocido, algo así como quedarse en el aire ante la propia indiferencia, casi voluntaria, casi involuntaria, pero que de repente le causaba extrañeza, cuando creía entender que lo que se trataba era importante y él no lo tomaba así, porque no se permitía esa aceptación. Casi sintió miedo, el mismo miedo que sentía siempre, después, cuando recordaba, y el desconcierto lo intimidaba: nunca supo ni quiso adivinar qué es lo que había pensado Candé la primera noche que la llamó a su catre y no es que no le haya importado sino que nunca quiso reconocerlo. Porque haya sido como haya sido   —115→   fue distinto después, claro que sí, cuando al levantar el mosquitero y tenderse a su lado bajo la bóveda inmensa del ciclo sin luna traía con ella como una ofrenda el leve olor a tierra mojada, pasto y humo, o en las sombras frías del invierno su respiración pausada y su silencio, o en los amaneceres de febrero... era diferente, claro que era diferente, claro que sí, ya no era la perra que lamía la mano del amo que la castigaba. Era la entrega, eso, y recién ahora aceptaba darse cuenta de cuánto él también había entregado de sí disfrazado de odio, de amargura, cuánto.

-No puedo comprender lo que me pasa, nunca me había pasado esto, parece que las cosas me estiran de aquí para allá... yo mismo no me entiendo.

Es muy largo ya, don Mareco. No sé cómo hace usted para mantener tanto tiempo ese fuego encendido... Esas cosas que usted dice ya pasaron, ya son otras las cosas que ahora se creen y se defienden, ya son otros los tiempos.

-¿No es acaso eso una traición? Una más, y siga. ¿Usted sabe que nunca me preocupé por sus ideas?, pero qué me voy a preocupar yo jamás por sus ideas... Él fue mi amigo, siempre, eso fue siempre lo único importante.

O sea que ni siquiera usted, que lo siguió hasta después de muerto, ni siquiera usted, qué lástima, y no me diga que no me entiende, ya sé que no me entiende y no me importa, tampoco lo entendió a él como nadie lo entendió, qué desgraciada estupidez... para esa higuera no hubo milagros, ni espera posible, ni mucho menos frutos, qué desgraciada estupidez... Pero, de qué sirve ese empecinamiento... No hay reparación en el remordimiento estéril. Perdóneme, don Mareco, no quiero contradecirlo, y mucho menos ahora, pero cuénteselo a Marina, es bueno que sea usted quien se lo cuenta, de todos modos nadie va a ganar nada manteniéndolo en secreto, pronto se va a enterar y además que es tonto hacerlo.

-Cuando se entere que sea por boca de otros y no por mi boca. Sea como sea él era su hijo y no voy a darle ese gusto a ella, el gusto de saber lo mal que terminó... no sé si está bien, carajo, no sé si está bien...

Dudas, don Mareco.

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-Es que ella me parece sincera, me parece tan sincera cuando la veo así apenada y dolorida... pero yo sé muy bien lo que es: ella es de esa misma raza maldita.

Usted todavía piensa que esa realidad es nuestra realidad, don Mareco, pero ahora todas las cosas son diferentes.

-Y usted me dice eso, justamente usted... jamás hubiera pensado que usted iba a decirme eso. Pero sí, a lo mejor nomás es como usted dice, ya no hace falta nada más ni a nadie le importa nada, ya a nadie le importa eso, a usted no le importa, ¿verdad?, entonces, ¿a quién le va a importar? A lo mejor soy yo el que está equivocado, vamos a decir, ¿qué otra cosa? Así muchos quedarían más tranquilos, por fin todo estaría acabado, todos los muertos estarían enterrados.

-Ay, doña Candelaria, doña Candelaria, cuánto habrás sufrido, doña Candelaria, cómo quiero poder entrar y acostarme al lado tuyo y no salir nunca más, cómo nos pudo pasar esto, mamá.

Era ya casi de noche cuando salió por segunda vez del cementerio sin animarse a visitar la otra tumba, la de él, no podía sacarse de la cabeza la idea de que estaría vacía, no podía ser, no podía ser, y hacia el oeste se inflaban unas montañas inmensas de nubes ribeteadas de sol y el calor era agobiante, iba a llover, poniente no miente, y lo vio sentado en la cabina de la camioneta destartalada, abierto el pecho de la camisa, la frente sudorosa y un cigarrillo entre sus dedos finos y encallecidos. Al verla salir puso el motor en marcha y ella caminando despacio se acercó.

-Es una locura lo que va a hacer... ¿ir a buscarla?, yo a usted no puedo entenderlo... pero qué es lo que le pasa.

Después que él se mató a ella se la acabó toda posibilidad de estar con alguien, está demasiado sola, don Mareco, y por otro lado necesito una mujer que me haga compañía, la casa es demasiado grande y hasta Agustín se va, vuelve a la Capital, quedó muy triste después de la muerte de mi hermano.

Pero por qué justamente tiene que ser ella, por que tener que hacer todas las cosas así... Cada vez que más pienso me doy cuenta de que más se va pareciendo a su papá, usted.   —117→   Él también hubiera podido vivir tranquilo de haberlo querido, yo amo la paz don Mareco, solía decirme, pero no, yo creo que no era así, me parece, yo creo que lo que quería era la pelea que tenía que hacer para conseguir la paz, no sé qué hubiera hecho si todo estaba arreglado y no hacía falta luchar, y lo mismo usted, ¿qué necesidad tiene de complicar su vida con esa mujer precisamente?

¿Y por qué no?

-Me parece que usted quiere volver a empezar... ¿No recuerda acaso quién es ella?

No sé cómo decirle, don Mareco, para que me comprenda... ¿es que acaso podrá comprenderme? Pero yo entiendo las cosas de otra manera. Yo voy a tener siempre conmigo el facón con mango de plata que usted guardó y me entregó con tanto respeto, yo también lo voy a cuidar con cariño, no sabe usted lo importante que siempre va a ser para mí, por todo lo que significa... Va a estar siempre cerca de mí como testimonio de algo muy querido, así como siempre va a estar presente el recuerdo de papá ese árbol solitario y estéril, pobre hombre enfermo de libertad a quien conocí tan tarde (qué solo se habrá sentido, viejo tronco fuerte, incomprendido, rabiosamente feliz y atormentado, solo), y ni siquiera voy a necesitar proclamar su recuerdo ni embanderar su memoria alardeando de su recuerdo porque va a estar en mí y es suficiente, así como va a estar en usted y seguramente en tantos otros, aunque realmente no esté en ninguno tal como nunca estuvo, tal como nunca nadie comprendió su feroz independencia. Pero no se empecine en su equivocación, don Mareco, no es justo para ninguno de nosotros: el tiempo pasó y la vida cambió. Todos cambiamos. Yo no quiero volver a comenzar nada de nada, no quiero sombras que se remuevan y agiganten, ni fantasmas... Tenemos que darnos cuenta de la realidad y aceptarla: usted lo dijo muy bien, don Mareco: todos los muertos por fin estarán enterrados. Y nosotros descansaremos en paz.

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Fermín no pudo resistir la rutina de los hechos cotidianos y necesitó hacer algo diferente, alejarse de todo, sentirse solo, y pensar.

Don Mareco, hacía ya tiempo, una noche cerró su almacén y no lo volvió a abrir; desde entonces quedó como enclaustrado, le pareció que incluso como temeroso de todo, quizá avergonzado o indiferente y él nunca tuvo noticias de que alguien lo hubiera visto alguna vez fuera de los límites del alambrado que bordeaba su casa.

Una vez al pasar por en frente yendo a la farmacia lo vio: estático y silencioso, aburrido, en paz o resignado, sentado en su patio bajo la enredadera, Rey acostado a sus pies, su mirada perdida navegando en un mar de imágenes desdibujadas (¿recuerdos?). Con gusto se hubiera detenido un momento a conversar con él, a hablar y escuchar las palabras que sabía muy le traerían desazón y tristeza pero que lo acercarían aunque más no fuera por un instante a esa realidad presentida que era su vida, pero no se animó.

Y ahora quería sentirse solo. Y pensar.

La noche anterior, casi sin darse cuenta, sin que ocurriera nada especial, de repente había sentido que le entregaba a Marina su amor, (¡qué vacío y sin sentido parecía ese sentimiento al recordarlo, pero cuánta verdad encerró en su momento!), que le entregaba su amor en una entrega total que nunca había esperado. Fue un momento mágico, sólo un instante, no sabía exactamente cuándo, en que sintió que toda su vida era para compartirla con ella, nunca lo habría imaginado. No sabía cómo definirlo para que no pareciera zonzo, pero se dio cuenta, en un momento atemporal de su mente que todos   —119→   sus planes, todos sus propósitos, todos sus deseos la incluían, y esto debía ser amor.

Llegado que hubo al tajamar desmontó y dejó al caballo pastar libremente después de despojarlo de la silla y los arreos, se tendió sobre el pasto y disfrutó con el sol que jugueteaba con sus medallones de luz filtrados a través de las hojas sobre su camisa marrón. Aquí habían nadado juntos sus hermanos, ¡Dios mío!, sus hermanos. Cuántas vueltas puede dar la vida, se dijo, cuántas mentiras y maldades puede juntar encimándolas en montón desordenado, cuántas falsedades, cuánto sufrimiento innecesario.

Sí. Marina también lo había amado, lo sintió... Mentira, se dijo, no lo había sentido. Realmente no esperaba darse cuenta de eso jamás, no guardaba la más mínima esperanza.

Marina no podía olvidar. Muchas veces al despertarse de repente en la noche la sorprendía llorando y, aunque ella fingía dormir, la luna ponía en su mejilla reflejos de las lágrimas aplastadas con prisa y susto.

Y entonces él también había comenzado a darse cuenta de lo difícil que era olvidar, sobre todo sabiendo que esas hilachas de recuerdos eran los únicos sostenes que tenía de su realidad, y en eso radicaba su encrucijada, porque una cosa era olvidar, con lo cual quedaba desligado de toda sujeción con las bases que hacían posible su realidad y la explicaban y otra, tan difícil, era convivir con los recuerdos y perdonar.

Pensó que sería tan hermoso poder volver a simplificarlo todo con su ingenuidad de niño encasillándolo bajo etiquetas precisas: esto es negro, esto es blanco, esto es gris... Pero el tiempo pasa y son demasiadas las cosas que quedan por el camino, se dijo, y aún más las que nos acompañan, nos desforman, nos modifican...

Quiso volver atrás por un instante, volver a ser nuevamente despreocupado y feliz, limpiarse, ansió encontrar el valor de un símbolo, ansió despojarse de sus taras para vivir, en paz, su verdad.

Y se levantó y lentamente se desnudó.

Caminó hasta el agua, el sol bañaba toda su piel y sintió el viento pasar entre sus piernas, rozar sus nalgas, rodearlo,   —120→   y como en un rito, suavemente, se sumergió en el agua. El golpe fresco aceleró en un impulso el movimiento de su sangre y permaneció un momento sumergido tratando de separar sus pies del fondo lodoso, sostenido en el suave medio acuoso, indefinido, libre de todo límite y atadura, gozando al sentir el contacto del agua con cada parte de su cuerpo, madre agua, agua origen, y por un segundo sintió que el mundo exterior al salir no existiría.

El mundo no tiene por qué girar sobre uno mismo, recordó una vez más, pero no puede dejar de tener alguna importancia la propia experiencia, lo bueno o malo que a uno le hubiera sucedido, lo positivo o negativo que uno hubiera obrado. No estamos solos, ¿verdad? Entonces, veámoslo. En algún lugar en algún tiempo debe haber una resonancia, un latido, un impulso originado, se dijo, una respuesta, eso, un hacernos recordar que no estamos solos.

Por un momento llegó a esperar que al sacar la cabeza vería el sol estallar y las sombras levantarse como inmensas cortinas esféricas desde el horizonte hasta cerrarse en una apoteosis triunfal y silenciosa allá arriba, en el medio mismo del firmamento. O que el sol, hecho una bola roja, se precipitaría hacia la tierra regando su recorrido de partículas brillantes que en medio de un bailoteo enloquecido irían desapareciendo y que pensaría: ¿cuánto tardará en alcanzarnos?, o: cuando nos alcance, ¿vivirán todavía las plantas y los animales? O, quizás, que el pasto y los árboles y las enredaderas habían sido consumidos por langostas hasta sus raíces... o algo, cualquier cosa, diferente y nueva.

Cuando sus pulmones no resistieron más sacó la cabeza y vio cómo, hacia la costa, los camalotes se mecían en las ondas que él había producido al sumergirse, cómo su caballo pastaba tranquilo la hierba fresca de canutos gordos y jugosos, cómo el sol hacía brillar las crestas que dejaron sus pisadas en el barro de la orilla, cómo la vida no se había detenido, y es claro que tiene que ser así, se dijo.

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Aunque trato de hacer como los otros, o sea, dejarme llevar para ver si las vueltas y vueltas de las cosas responden mis interrogantes, cada vez ese «mundo» complejo me resulta más inentendible. Tiene que haber una explicación, me digo.

Pero con papá no puedo sacar nada en claro: tocamos ese tema y se queda taciturno y huraño, alejado. Con Fermín... ¿qué puedo conseguir con Fermín?

Hasta ahora, lo que tengo en claro es lo siguiente:

1. Agustín se fue a la ciudad; no pudo resistir, dijo, tanta presencia de su amigo, el suicida, en todas las cosas que le rodeaban.

2. Marina nunca parió.

1.1. Agustín al irse no quiso su parte de la estancia. Tenía algo de dinero y no necesitaba su parte. Lo poco o mucho que le enviara su hermano iba a ser como una renta.

3. Fermín se hizo un viejo solitario y argel.

1.2. A Agustín le convenía este arreglo porque sabía que bajo ninguna circunstancia su hermano lo iba a joder. Y era una platita que le venía de arriba.

2.1. Su vientre se secó, todos lo dijeron. No. Mareco lo dijo. Mareco dijo: con ella terminó esa mala sangre (Esto me llama la atención)

4. Mareco siguió sin salir de su casa (consumiéndose, dijo una vez Fermín).

3.1. Chupaba mucho, sin llegar a ser borracho. O sea, como tenía mucha plata, muchos bienes, nadie le decía borracho. Pero claro que se emborrachaba.

3.2. Hubiera podido tener compañía porque hacía algunas cosas buenas. Pero hería siempre a los que le rodeaban.

2.2. En realidad, siempre pareció una sombre: callada, taciturna, obediente.

4.1. Más de una vez trató de hablar con Fermín. Necesitaba hacerlo. Necesitaba contarle que, dijo, con el tiempo, llegó a darse cuenta de muchas cosas.

     1.1.1. Ese dinero le permitió ubicarse en la ciudad,   —124→   conseguir un empleo (bastante discreto, es cierto, pero con un sueldo básico que sumado a la renta de la estancia alcanzaba) casarse, tenerme, etcétera.

3.3. Con pocos gastos y buena administración la estancia creció y Fermín necesitó comprar el campo de los Gaona. No necesitó, claro: lo quiso.

5. Adelita (¿quién se acuerda de Adelita?) aún después de muerta siguió peleando con Quiñónez: en el libro del Licenciado Talavera.

3.4. Los Martínez lo odiaron. Sobre todo Pantaleón.

5.1. «15 años de sangre y fuego», se llamó. Mal título, pero se vendieron muchos ejemplares (eran chismes relativamente nuevos).

     1.1.2. Agustín se enorgulleció de su hijo ingeniero (Yo)

5.2. Mareco quedó muy mal parado. Talavera lo describió como un personaje oscuro, interesado, fanático, tonto.

     5.2.1. Fue el único, de los vivos, que no fue consultado para nada por Talavera.

5.3. Pereira, sin embargo, fue un mártir de la época odiosa del caudillismo descontrolado (¿se dirá así?)

4.2. Mareco intentó hacerle saber a Marina que quería dejarle la casa (el Almacén) fingiendo una venta.

     4.2.1. Ella nunca aceptó.

     4.2.2. La casa, por fin, les quedó a unos sobrinos de Mareco que vivían al sur de Capellanía.

5.4. La figura de Pereira no fue, realmente, analizada. Quizás por Fermín, por su influencia, etcétera. De Agustín no se acordaron. O sí, cierto, lo nombraron, pobre papá.

5.5. Adelita, en «15 años...» fue la mártir de Quiñónez. El Licenciado Talavera es sobrino segundo de doña Simeona. Este país de muy chico: todos tenemos algo que ver con todos.

3.5. El hijo de Agustín (yo, ojo. Tengo que encontrar   —125→   la forma adecuada para referirme a mí, a papá, etc.) viajó a la estancia para hacer una mensura.

     3.5.1. Los trabajos le resultaron económicamente satisfactorios, y pudo desarrollar con Fermín una relación amistosa... No sé si borrar o no. No sé cómo definir mejor este asunto. Hombre complejo, Fermín.

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Era exactamente lo mismo hacerlo hoy, lo sabía, que dejarlo para mañana, para el día siguiente o incluso después, pero la gente no debía ni siquiera imaginarlo, la gente debía pensar que la estirada del alambre era imprescindible, que miles de problemas podían venir por no haberse estirado los alambres a tiempo, la gente debía sentirse siempre emplazada, controlada, seguida muy de cerca, pensaba, y no sabía muy bien por qué.

Por eso cuando desmontó junto al galpón donde los peones estaban reunidos, algunos de ellos cortando la carne en tiritas finas que iban colgando del tiento que atravesaba el lugar cubierto, y los otros mirando y comentando sin hacer nada en ese momento, aunque notó por sus brazos y ropas manchados de sangre y basura que habían estado hasta hacía un momento despellejando y carneando el animal dijo: la gran puta, parece que hoy es fiesta aquí.

-Estamos haciendo la sesina, don Fermín -el capataz se sintió algo corrido, Marciano no podía acostumbrarse al tono autoritario y burlón y, pensaba, siempre algo así como enojado de su patrón, y eso que llevaba en la estancia bastante tiempo, desde poco después de la muerte de Dionisia, cuando su hija se fue a la Capital para volver el año siguiente en Semana Santa pero nunca volvió, alguien le contó después que había cruzado el río siguiendo a un fulano, pero eso no lo sabía con certeza.

Eso ya lo puedo ver, carajo, quiso decir Fermín pero no lo dijo, la gente era conveniente que quedara siempre como en el aire, no sabiendo muy bien lo que pensaba él, si había entendido lo que le dijeron o si lo creía o no.

-Meza, a esa amachorrada que está en el Potrero Uno tenés que mantenerla siempre apartada, lo único que falta es   —127→   que siga sacándole al pedo la leche al toro... y ni siquiera es la muy puta la que se rompe la pata sino ésta, que hubiera podido parir este año.

Marciano se quedó callado y ceñudo pero en realidad no le molestó mucho que no le hiciera caso, ni siquiera que no se dirigiera a él para disponer algo haciéndolo directamente al personal pero no tenía importancia, al final siempre hacía después lo que creía más conveniente, pero eso don Fermín no tenía que saberlo.

No tenía que saberlo... Y no lo sabía. O sí. Nadie podía decirlo con certeza. Don Fermín vivía de acuerdo a la idea que tenía de su vida.

-Yo a mi gente la tengo muy corta, ingeniero, no me gusta la joda. Yo no los jodo, pero ellos a mí tampoco van a poder joderme, jamás.

-Usted por lo menos tiene que luchar con personales estables, los puede formar a su gusto y se quedan mucho tiempo... Yo tengo que luchar con gente que va y viene, no puede imaginarse los problemas que se me presentan.

-Son sus problemas, ¿sí?

A Marcos no le gustó el tono cargado de ironía y: es un pesado de mierda este viejo, pensó, y si no fuera porque siempre tiene un buen trago y una mesa de primera preparada estaría aún más solo.

Y no es que a Fermín le haya divertido darse cuenta por su silencio reprimido que lo había vencido una vez más y que prefería un educado callarse a enfrentarse y hacer imposible la continuación de esa casi amistad, no, sobre todo porque tampoco sabía muy bien por qué tenía que estar siempre ganando a la gente y en realidad ahuyentándola de su lado, casi ya ni Marina quería estar cerca suyo, claro que por eso y por muchas otras cosas, seguramente, con Marina nunca se sabía.

-Cada cual corcovea en su potrero, no hay vuelta que darle, ingeniero; esa es mi manera de pensar y la vida siempre estuvo de acuerdo conmigo... ¿Quiere un poco más de vino?

-Sí, pero sin soda; dicen que el buen vino se debe tomar sin soda.

-Claro. Pero yo llegué a una edad en que no me importa   —128→   lo que me dicen; lo único que me preocupa ahora es hacer lo que me da la gana.

La noche era silenciosa y afuera no se percibía nada más allá del cono de luz que escapaba por la puerta entreabierta, cómo querría irme, pensó Marcos, cómo querría estar a cientos de kilómetros de aquí, cómo querría no tener que soportar más a este viejo solitario mientras allá lejos, después de un mar indeterminadamente ancho de oscuridad inundando el patio, en la pieza que le habían asignado en la estancia, comenzó a brillar la luz del farol que Marina encendió. No quiero llegar jamás a ser como él, pensó, aunque también le envidiaba un poco, teniendo toda esa inmensa libertad y los medios para disfrutarla y entonces por qué, recapacitó después acostado en su cama, las sábanas recién puestas, todas las noches se las cambiaban, por qué ese resentimiento, ese deseo constante de picanear, ese gusto por ir hiriendo y molestando a los que están cerca suyo, menos mal que la mensura terminaría pronto y el trabajo de las máquinas, después, no exigiría su presencia durante tantos días como ahora.

-Ya casi terminamos hoy, don Fermín, pero tuve que dejar para mañana porque se me hacía tarde; tuve que bordear con la limpieza toda la islita que hay hacia paso Chingó, al oeste -era tarde, casi de noche, don Fermín estaba sentado en la galería y Marcos se acercaba después de haber desmontado mientras más atrás los cuatro hombres que venían con él desmontaban y trajinaban con los implementos de topografía hubiera sido mucho más sencillo si me dejaban pasar por el otro lado para cerrar mi triangulación.

Don Fermín lo invitó a sentarse y comentó: parece que está queriendo llover, ¿no le parece?, y conversaron un rato.

Delmira trajo un vaso de limonada fresca que había servido de la jarra de vidrio grueso en la salita que separaba en dos las dependencias de la casa y Marcos no pudo dejar de turbarse, no sabía qué le atraía más: si sus ojos negros, que no es que fueran hermosos, pero sí intensos y llenos de vida o sus pechos, desbordantes, pensaba, sí, esa es la palabra que los define, no son ni siquiera demasiado grandes, o la carne fuerte de sus caderas o sus pantorrillas tersas, redondeadas, que   —129→   hacían adivinar unos muslos firmes, suaves y aterciopelados. Gracias, dijo con voz contra su gusto insegura sin saber dónde mirar y turbándose aún más al ver los ojos divertidos del viejo.

-¿Qué es eso de que no lo dejaron pasar, ingeniero?

-Estaban dos de los hijos de don Leoncio Martínez y les pedí permiso para jalonar desde su lado la divisoria, porque ellos tienen limpio allí, tienen plantación, iba a ser nada más...

-¿Quiénes?

-¿Perdón?

-Quiénes de sus hijos.

-No sé, yo nos ubico muy bien por sus nombres... Uno era Pantaleón, creo, el mayor; el otro era ese más bajito, ese que encontramos aquella vez en el pueblo, cuando fuimos a buscar la encomienda que me enviaron de la oficina del centro, ¿lo recuerda?

-¿Y qué le dijeron de por qué no lo dejaban pasar?

-No sé... tonterías. En realidad dijeron que era porque no querían que les destruyéramos la plantación de sorgo... Imagínese: tienen más de veinticinco hectáreas de sorgo ahí y dicen que temían que nosotros les hiciéramos destrozos con cuatro o cinco jalones locos que íbamos a clavar.

Fermín se levantó y fue hasta la salita del fondo, Marcos lo escuchó abrir la fiambrera y el ruido de vidrios y entonces se levantó y arrimó la mesita a sus dos sillas, comenzaba nuevamente lo acostumbrado: ¿quiere vino, ingeniero?, quiero, y después hablar hasta la hora de la cena, después hablar nuevamente un rato en el corredor y después retirarse cada cual a su pieza a dormir, él se bañaría antes, ya ayer no se había bañado.

-Entonces por la plantación de sorgo... -Fermín se sentó, descorchó la botella y sirvió dos vasos.- Eso no se hace entre vecinos. Salud, ingeniero.

-Salud. Ya hice comenzar la limpieza de nuestro lado...

-No se preocupe. Yo voy a visitar mañana a mi vecino y voy a saber qué es lo del sorgo que no quiere que le destruyamos.

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Estuve releyendo los apuntes que comencé el otro día.

Observación: Alguna vez tendré que pasar en limpio todo ordenándolo para que la lectura resulte más cómoda.

1.3. Papá (Agustín) nunca le perdonó a Fermín que quisiera entregarle su parte de la estancia.

Puta, ¡qué malos tragos se soportan con los recuerdos...!

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Después de la muerte de Quiñónez, el hijo, Agustín decidió bajar a la capital por tantos detalles que no había tomado en cuenta en su momento pero que la decisión de su amigo de matarse hizo que resaltaran y un olvido ayer, un desplante, una burla más antes o después, esa suma de pequeñas cosas, se agrandó en su espíritu cargándolo con un peso de remordimiento y tristeza, él era, por lo visto, se dijo uno de los que no había sabido dar al amigo el sostén que necesitó en su desolación.

Fermín lo dejó alejarse no sin antes decirle: de haberlo podido, yo también lo hubiera hecho, pero Agustín creyó que su hermano bromeaba, esto es lo que él quiere, trató de convencerse, que no me venga a mí con jodas.

-No tenemos que partir nada, Fermín, no toques el campo; yo no tengo apuro. Dame después mi parte, a medida que vayas vendiendo.

-Claro.

No le dijo gracias porque, pensó Fermín muchas veces después, en ningún momento creyó que lo hiciera por su bien sino por el suyo, por la comodidad de dejarle el fardo y la seguridad de contar con eso que él estaría cuidando, muy cómodo, sí señor, muy cómodo.

Por eso cuando años después pudo hacer el recuento general y tuvo ánimos para programar el reparto, aún cargando en la parte de su hermano el porcentaje que creyó justo para cubrir posibles errores en su apreciación, le planteó su retiro y a Agustín no le gustó, no hay ninguna necesidad de hacerlo, le dijo.

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-Necesito saber dónde estoy sentado, qué es lo mío; sólo es eso.

-Pero si yo no interfiero en la estancia, yo ni siquiera te controlo jamás.

-Esa es la otra razón. Vos no me controlás porque sabés que no tenés necesidad de hacerlo; pero eso me cuesta trabajo.

Agustín jamás llegó a perdonarlo, él siempre le dio toda la libertad necesaria, nunca cuestionó nada ni nunca pensaba hacerlo, que le diera lo que quisiera y en el momento que creyera conveniente, él sólo quería que su hermano hiciera el trabajo por él... ¿era mucho pedir acaso?, tenía toda la posibilidad de cobrarse lo que le pareciera, ¿acaso no fue muy clara su posición al participarle que nunca fiscalizaría nada?, pero Fermín no pensaba así.

-Jamás voy a tocar lo que no es mío.

Claro, razonó Agustín, y supo que tenía razón, pero después, rumiando una y mil veces su desazón al sentirse solo se dijo: ¿y no tocó acaso algo ajeno al desordenarme innecesariamente la vida que me había planteado?, ¿cuánto más trabajo podía ocasionarle dejar que mis animales pastaran en su campo, y al vender tirarme los pesos que necesitaba pero que nunca se los pedí ni se los pediría nunca?

Pero en realidad, la venta de su parte no le vino mal: le permitió consolidar su posición en una vida tranquila y de cortas aspiraciones sin sobresaltos, sin preocupaciones, sin emoción. ¿Qué más podemos pedir?, preguntaba a Rosario, tenemos una linda casa, dimos carrera a nuestro hijo y no nos falta nada. Rosario pensaba que sí, que hubiera querido muchas otras cosas además de lo que podía darles la renta de las tres o cuatro casitas y la presencia de su marido todo el día en la casa, pero los largos años de matrimonio le habían enseñado que no valía la pena luchar porque para qué, todo seguiría desenvolviéndose con la misma, igual monotonía.

Pero es increíble cómo el tiempo es como un rasero y va limando asperezas. No siempre, claro. Y Agustín casi había olvidado su resentimiento y se sintió en paz con su hermano hasta que Marcos, con su recientemente obtenido Título de Ingeniero, fue a trabajar para él.

  —133→  

Al principio se sintió orgulloso de que su hijo, su Marcos, su ingeniero, fuera a trabajar con Fermín. Fermín el viejo, el solitario, el sin hijos. Fermín, el único dueño de todo lo que alguna vez fuera de los dos y que ya no era más de él. Ni de Marcos.

Agustín sintió avivarse nuevamente su resentimiento. Había sido feliz mientras se sentía rico, o sea, no ansiando más de lo que tenía. Pero todo fue diferente cuando su hijo tuvo que ir a ganarse la vida en lo que podía haber sido suyo.

Y además, lo supo por Marcos, Fermín le decía: ingeniero, ingeniero, con ese tonito en apariencia respetuoso hacia el título, pero burlón, habrase visto, a su sobrino llamarle ingeniero. Claro que Marcos no era ningún tonto; por ejemplo, le llamaba: don Fermín y no: tío, desde luego, ¿cómo podía ser de otra forma? Y además... sí, no era ningún tonto. Por suerte.

  —134→  

     3.2.1. Su trabajo en el Sport Avance, por ejemplo, le valió para verse rodeado: que de la Comisión Directiva, que de la Comisión de Fútbol, etc. Su palabra era ley (pagaba). Y se aprovechaba, desde luego.

2.4. Siempre me interesó la personalidad de Marina. Tenía algo, sí, tenía algo. Me pregunto cómo a cierta gente le es posible hacer saber (entrever) cosas sin decir nada, sin comentar nada, etc.

2.5. El hecho de no haberle permitido a don Mareco, por ejemplo, el gesto de expiación es sintomático.

Observación: A lo que me refiero en 2.5. es al deseo de Mareco de legarle el Almacén: no es fácil en la vida enderezar un camino torcido, ingeniero, me dijo una vez don Fermín sin que yo entendiera a qué se refería, por ejemplo, ahora ella no le permite a Mareco su gesto de expiación. Atando cabos llego a la conclusión de que se refería al legado.

     2.5.1. Me pregunté, en esa época, cuál podría ser la fuerza que la impulsaba a actuar como lo hacía. No podía comprenderlo. Ahora estoy entreviendo que hay algo más grande,   —135→   más terrible (es conveniente que no me adelante)

Nota: (Escribo mucho después, al releerlo). Lo que llegó a hacer no tiene nombre.

     3.2.2. Por ejemplo, se notó su absoluto desinterés por el bienestar de la gente en el caso de Praga.

     3.2.3. Esto fue lo que después... ¡Cómo me cuesta entrar a tocar este tema! Pero es importante. Sí. Tiene mucha relación con todo lo demás (quién lo hubiera dicho, en un principio).

  —136→  

Se llamaba Praga Martínez porque nació el día en que el Calendario Bristol que Leoncio retiró de la Farmacia Caledonia, aquella vez que vino a cobrar sus animales en la Corporación de Carnes, marcaba Santo Niño de Praga y le pareció innecesario bautizarlo como Santo Niño, pero imposible dejar de llamarlo Praga.

La primera vez que tuvo que utilizar un inodoro estuvo bastante tiempo indeciso hasta que a duras penas, temiendo resbalar y tenso, pudo acuclillarse sobre la losa para risa y divertimiento de los demás que vieron sobresalir parte de su cabeza sobre los separadores de los baños en los vestuarios del Sport Primavera, pero de eso había pasado ya mucho tiempo, Praga era ahora una estrella y muy atrás quedaba eso en su memoria, así como las tardes de calor y alegría bañándose desnudo en el Cañadón bajo el puente que habían construido los de la Compañía alemana con Fernando, Estanislao y Nazario en las vacaciones y en algunas tardes de abril cuando preferían bañarse en vez de ir a dar clase, en ese clima de amistad y camaradería sin límites que da a los niños el hacer lo que no tienen que hacer.

-Vos te resbalás todo cuando caminás por ese piso que parece espejo en donde vive Praga -dijo Leoncio cuando una vez volvió después de visitarlo mientras se sentaba en su silla recostada contra el parante de la enredadera.- hasta las paredes que brillan.

Praga se hubiera reído sin duda alguna de saber lo que su papá decía, así como no podía ocultar la desbordante satisfacción que sentía al notar el arrobamiento con que lo miraban cuando su gente de vez en cuando podían bajar a la capital a visitarlo. Los recibía y trataba con una condescendencia superior mirando casi despectivo sus gruesas ropas de algodón, mangas largas, la piel engrasada de sudor y olor a sol, él con   —137→   pantaloncitos cortos y remera con propaganda, fresco, se diría recién salido del baño siempre, sus piernas largas y musculosas, fuente de su fortuna y su gloria, a la vista y sus pies, cubiertos a medias por vistosas zapatillas de cuero, de donde poco a poco iban desapareciendo los callos y las grosuras que se le habían formado en su niñez descalza.

-No podés quedarte ahora porque tiene que venir mi pendeja a visitarme -le dijo a Nazario cuando vino para la prueba en el club- hoy no tengo práctica y va a venir a hacerme masaje -se río y Nazario también aunque no entendió muy bien por qué.

Y después es muy probable que ni siquiera se haya enterado que Nazario, con su bolso de plástico recostado contra la pared a sus pies, permaneció en la vereda hasta bastante después de caída la noche al lado de la entrada del edificio de departamentos mirando el movimiento de la calle y sintiéndose cada vez más desprotegido, cada vez más embotado, cada vez más alejado de la realidad que lo rodeaba.

Y hubiera permanecido así quién sabe hasta qué hora de no haberle llamado la atención al Portero el verlo allí parado tantas horas sin ninguna razón aparente.

-Estoy esperándole nomás a Praga -le dijo Nazario.

-Pero si Praga está en su departamento.

-Ya sé, yo estuve con él, pero tuve que salir porque venía una chica dice que a hacerle su masaje.

El Portero se río y dijo: ese es mi gallo, carajo, y entonces Nazario también se rió, no sabía muy bien por qué, realmente no sabía qué hacer.

Después de hablar con Praga por el comunicador, el Portero lo acompañó hasta el ascensor y lo llevó hasta arriba y con la cabeza agachada sonreía mirando de reojo la cara entre asustada y nerviosa de Nazario que se sentía totalmente desubicado, no sabía si sujetarse o no, si recostarse, mirar el techo o algo, y todo lo iba probando con movimientos cada vez más indecisos, más nerviosos, más cómicos, pensaba el Portero, estos campesinos no saben cómo comportarse.

Praga los recibió en la puerta y él y el Portero rieron, todo el mundo ríe, pensó Nazario, y a él le dolían ya las mejillas de mantener fija la sonrisa que no tenía ninguna gana de   —138→   mostrar.

Por eso cuando se encerró en el baño (tenés que asearte para cenar, le había dicho Praga, la limpieza es lo primero para la buena salud, bañate y cambiate de ropa), pudo ponerse tranquilamente serio pero comenzó a temer, por primera vez, por los resultados de su aventura.

Después las cosas se le complicaron porque no sabiendo dónde dejar sus zapatos los arrinconó cerca de la puerta y el agua de la ducha los mojó con las salpicaduras. El agua, por otro lado, salía demasiado caliente porque la mujer de la limpieza había dejado, por descuido, conectado el calefón de ducha (tenés que usar el baño de servicio, Nazario, le había dicho, disculpame pero a mí me gusta el orden y la higiene y no me gusta que extraños usen mi baño. ¡Extraño!, se dijo Nazario, mirá un poco cómo andamos), y no sabía cómo desconectarlo. El baño comenzó a llenarse de vapor y Nazario mojaba sus manos en el agua casi hirviendo para con ellas mojarse el cuerpo, Praga le dijo que se bañara y se estaba bañando.

Se enjabonaba concienzudamente tratando de tardar y alejar el momento de enjuagarse, si por lo menos encontrara la llave de la luz, pensaba, porque con el humo de la ducha la poca luz que se filtraba por la ventanita desde el pasillo perdía totalmente su efecto. Deseó estar en otra parte, no haber venido, en realidad, deseó desaparecer.

A tientas buscó la llave de la luz y la encontró al lado de la puerta. Sus zapatos estaban ya totalmente mojados y la piel le comenzaba a picar por el jabón de coco. Trató de sacarse el jabón mojando sus manos en el agua caliente... no, no terminaría nunca. Para más, se había enjabonando también la cabeza.

Sintió sed, no había tomado agua desde su llegada a la Terminal esa siesta, y trató de juntarla en el cuenco de sus manos pero le quemó y la dejó escapar. Entonces se fijó en el lavatorio pero no valdría de nada, se dijo, saldría también caliente. Con temor abrió la canilla y notó que el agua salía fría, ¡salía fría...! Se agachó para beber y en el culo le cayó la lluvia de fuego, se incorporó violentamente y de su garganta escapó un gemido ahogado. Qué desgraciado soy, se dijo, qué inútil, pero se reconfortó pensando que le faltaba poco para   —139→   terminar su tormento.

-No creas que allá las cosas son como vos creés que son, viejo -le había dicho Praga- yo te voy a llevar para que te prueben, si querés, pero si no estás acostumbrado a esa vida te va a ser muy difícil.

-Claro, ha de ser así; pero vos te acostumbraste bien, ¿no es cierto...? Yo he de poder también.

-Vamos a ver.

Le pareció, ahora lo recordaba bien, que Praga no había hablado en la forma que él esperaba que hablara su amigo pero no le dio importancia. Sin darse cuenta le había restado méritos y eso era algo que Praga no iba a permitir, por lo visto, bastante le había costado llegar a donde llegó para que otro quisiera acercársele.

-Te vamos a agradecer tanto si podés ubicarlo a Nazarito, Praga... Ay, a vos te van tan bien las cosas... eso es lo que queremos para nuestro hijo, pero vas a tener que guiarlo, él no entiende tanto de esas cosas. Pero juega bien, ¿no es cierto?, viste cómo don Fermín estaba tan contento cuando metió ese gol en la final...

-Allá las cosas son muy distintas, doña Lucinda, no es así nomás como se mete gol.

-Ya sé, luego; pero digo, nomás.

Y mientras, Nazario lo había mirado comer el pollo al horno que le habían servido, porque para los invitados importantes en esa fiesta del Sport Avance había pollo al horno, y Praga lo era, para los otros había una bandejita de cartón con dos cuadros de sopa, un pastel y un pedazo de carne asada bastante seca, porque se había asado el día anterior para que fuera posible el día de la fiesta asar los pollos de los invitados importantes.

Acercando su brazo por el costado evitando los chorritos hirvientes cerró la ducha y con un suspiro de alivio se enjuagó con el agua fría del lavatorio (ojalá no se le hubiera irritado entre las nalgas porque al otro día tendría que correr mucho en la cancha).

Después de un rato salió del baño acalorado y con la piel enrojecida, con la camisa a medio abotonar y los pantalones recogidos sobre los tobillos y pensaba cerrar rápidamente la   —140→   puerta para que no se viera el humo de adentro (por la ventanita escapaba hacía rato pero no lo había pensado), y por eso se sorprendió cuando lo vio a Praga sentado en una silla recostada contra la pared de enfrente mirándolo y sonriendo burlonamente.

-Parece que te herviste, Nazario...

-Un poco -intentó seguir la broma pero se calló. Se sentó para calzarse y Praga vio sus zapatos chorreando.

-No, dejá esos zapatos... ¿cómo te los vas a poner así mojados?; hubieras tenido que dejarlos afuera... Te voy a dar unos míos que ya no uso; vas a estar embarrando todo por ahí con esos zapatos mojados.

Y fue después de cenar, cuando Praga estaba estirado en un sofá viendo televisión y Nazario volvía de la piecita del fondo donde había tratado de estirar sus ropas arrugadas por haber estado apretadas en el bolso todo el día (mañana tendría que lucir presentable cuando Praga lo llevara al Club), que Praga como al descuido le pidió que fuera a comprarle cigarrillos en el puesto de la esquina.

-Es porque se me acabaron, viejo, y está por comenzar mi película.

Nazario sintió un cosquilleo detrás de la nuca (¡es miedo, carajo!) al imaginarse a sí mismo bajando solo en el ascensor, ¿cómo haría para volver a entrar si no estaba el Portero?, ¿en cuál de las esquinas estaría el puesto de venta?

Lógicamente no se animó a usar el ascensor, ni siquiera se animó a apretar el botón de llamada (cuál debía ser, ¿el de la flecha para arriba o el de la flecha para abajo?), pero fue recién después, cuando había subido jadeando cuatro pisos, después de haber dejado trabado uno de sus zapatos, o sea de Praga, para evitar que se cerrara la puerta encristalada (la Portería, al bajar, estaba a oscuras), y recorrido la cuadra descalzo tratando de disimular el otro zapato detrás del antebrazo, intentando pasar desapercibido y restándole importancia a la mirada inquisitiva y burlona del puestero cuando el zapato se le cayó al querer recibir los cigarrillos, y todavía le faltaban tres pisos más para llegar al departamento de Praga, que en medio de un resuello dijo entre dientes:

-Pero parece que está medio boludo, éste.

  —141→  

     3.2.2. Nazario después triunfó, pero terminó sin pena ni gloria. Praga también terminó sin gloria, pero con muchas penas (tengo que acostumbrarme a no usar frases hechas).

Observación: Debo tratar de no desviarme porque mis apuntes serían interminables. Pero, ¿cómo no recordar a Nazario, por ejemplo, para tratar de fijar más acercadamente la personalidad de Praga? Eso es harina de otro costal. Vuelta a las andadas.

     3.5.2. Fermín y el ingeniero (yo) nunca llegaron a ser amigos.

     3.5.3. ¿Por qué, entonces, ese constante mirar de Fermín desde arriba como cuidando sus pasos y orientando (sin demostrarlo claramente, desde luego)? ¿Afecto?

     3.5.4. ¿Por qué esa importancia superlativa que el ingeniero daba a sus palabras, por qué su paciencia, por qué aguantar una y otra vez y vuelta a comenzar? (No quiero decirlo. Creo adivinar el motivo y me importa un carajo).

  —142→  

Observación o Nota Bene: (Nota Bene suena arcaico. No lo usaré más). Se está poniendo un poco largo este asunto de los numeritos. Voy a seguir sin ellos haciendo la aclaración correspondiente para saber a qué me estoy refiriendo.

(*) Aquel día del asunto del sorgo y los jalones en la estancia, sucedió lo que yo recordé siempre (más de una vez con rabia y desazón) como la Anécdota de La Liebre.

  —143→  

Anécdota De La Liebre

Es claro que no podía entender muy bien el porqué de lo que estaba haciendo, él, acostumbrado a los más exquisitos ambientes de una sociedad refinada, de nivel cultural promedio elevado, de gustos parejamente finos, de elegancia, en fin, de distinción.

Su regreso del campo al atardecer de los sábados era por eso como el inicio de un rito, un despojarse de esa realidad que había tenido prestada hasta entonces y que se manifestaba en su cuerpo en unas mejillas manchadas de barba de varios días, en los cabellos ensortijados y revueltos, sin peine en casi una semana, en el sudor gomoso de su ingle y en el olor latente y agrio de sus camisas de lanilla de mangas largas. El bañarse bajo la lluvia humeante, la visión de los azulejos empañados y el olor penetrante del jabón eran como un bautismo que lo limpiaba de toda una semana con los pies enfriados en el piso resbaloso de ladrillos enmohecidos, con el aire frío filtrándose por el agujero de la pared del costado sur, la palangana grande con agua de aljibe a la que le había restado el frío con una pava hirviente traída recién de la cocina. Siempre había pensado que todo eso era sucio y poco cómodo y siempre había tratado de mantener una distancia prudente, un estarse lejos sin llegar a ofender y eso es lo que no podía entender mientras besaba la carne tibia y suave del pecho de Delmira y sentía el olor de su brazo levantado acostados los dos desnudos en su cama, de noche, mientras afuera era la oscuridad total y sólo en su pieza brillaba el farol que Marina había encendido antes de que él viniera, mientras hablaba con Fermín en la galería.

  —144→  

De ida a su pieza había pasado por la cocina a buscar agua caliente para bañarse y la encontró sola a Delmira y entonces pensó: todos están acostados y no va a venir nadie, y no recordó los ladrillos enmohecidos ni el olor a humedad, mucho menos las reuniones elegantes o las conversaciones cultas y entonces desde la puerta, recostado contra el marco, el corazón cabalgándole en el pecho con furia animal desenfrenada, un peso de sangre agolpado en su voz enronquecida por su garganta reseca le dijo: vení, pues, conmigo a mi pieza.

No pudo saber si lo seguiría o no porque Delmira se volvió para mirarlo y le dijo: y para qué. La gran puta, pensó después, era la pregunta más estúpida que le habían hecho nunca y mientras iba caminando hacia su pieza, ya se había olvidado del baño, se sintió ridículo, y para qué ha de ser, zorra de mierda, no sé para qué lo hice, pensó.

Se desvistió rápidamente y se acostó, huelo como un chivo, pensó cuando la manta al bajar envió el aire a su cara, acercó el farol a su cabecera e intentó leer algo, el corazón todavía le enviaba temblores a sus brazos y no quiso pensar.

Fue entonces cuando sintió que empujaban un poquito el postigo de su ventana y escuchó su voz asordinada:

-Apaga tu luz.

El corazón le dio un vuelco y le fascinó el notar lo inmensamente feliz que se sintió. Saltó de la cama y apagó el farol, la puerta se abrió y Delmira topetó con él en medio de la oscuridad, un poco tembloroso y con movimientos torpes la llevó hasta la cama y volvió para cerrar muy bien la puerta y apretar el postigo de la ventana para poder encender nuevamente el farol.

No es lo mismo que hacerlo con una puta o con una enamorada, pensó después teniéndola abrazada y descubriendo parte a parte su cuerpo tratando de definir sus sensaciones, buscando disfrutar al máximo la experiencia, esto es la pura atracción animal del macho y la hembra, somos dos perros, pensó, o caballo y yegua. Caballo, repitió, caballo, chancho, mientras miraba su cuerpo desnudo y el de ella. Delmira abre sus piernas para mí, pensó, se sacó la bombacha delante mío   —145→   y me abre las piernas. Casi no la conozco y la estoy viendo desnuda, ella misma se bajó la bombacha para mí, la penetro, la penetro, entro en ella, estoy en ella, estoy en ella.

Después se sintió desconcertado cuando analizó su gozo (¿no fue acaso casi como masturbarse?) y se dijo si habría sido lo mismo con la luz apagada, por ejemplo, o si habría gozado tanto si no se hubiera sentido tan orgulloso, qué estupidez, qué tenía, que ver que una sirvienta viniera a acostarse con él, pero cuando empujó el postigo no era una sirvienta (de esas del tipo Decamerón de la película), era una yegua que buscaba al caballo, una perra al perro, una chancha al chancho, y no pudo dejar de sentirse orgulloso.

Al otro día todos se dieron cuenta de lo que había pasado, por lo visto, porque no eran todavía las seis y él se estaba bañando, el cuerpo inundado de puntitos erizados, temblando de frío y escuchó las bromas que hacían en la cocina a media voz y las risotadas y a Felipe, su ayudante, que decía: el que tiene calor por la noche tiene frío por la mañana.

Fue algunas semanas después, cuando ya habían acabado la mensura, incluso cuando ya las máquinas estaban terminando el perfilado, dos de los tajamares estaban habilitados (cuando eso él volvía al campo muy de cuando en cuando), que Delmira, mientras le servía el desayuno (a él sólo, porque los demás comían algo en vez de tomar café con leche como él y lo hacían más tarde), le dijo con algo casi como una sonrisa; estoy embarazada de vos, ingeniero. Le pareció tan inesperado, mas que inesperado, ridículo, quién lo iba a decir, que no supo qué decir.

-No me jodas...

-Vos sí que no me jodas.

Y en eso entró don Fermín y no pudieron hablar más. Don Fermín sabía algo, se dijo, no era el mismo, había algo que no le gustaba y él no podía determinar qué era. Siempre había usado para expresarse giros de palabras muchas veces inentendibles, o sea, que encontraban sentido después, por eso no le había dado mucha importancia cuando en su anterior viaje, sentados en la galería sintiendo zumbar los mosquitos alrededor, la quietud húmeda sofocante de la noche del veranillo de San   —146→   Juan y el calor, mientras promediaban la segunda botella de vino le dijo:

-El trabajo de los hombres es ingrato, ingeniero, donde menos se espera, salta la liebre -se había detenido para beber un trago de vino y sonreír- y lo peor es que a veces alguno pone la liebre para que salte delante de uno.

Entonces, después de mucho pensarlo, se empezó a dar cuenta de que no había forma de que los hombres de la cocina se enteraran de que Delmira había estado con él, a no ser que Delmira se los contara y eso no lo creía demasiado lógico, por qué habría de hacerlo, a no ser que por algo quisiera hacerlo.

Y cómo entonces, se preguntó, Felipe ya a la madrugada siguiente pudo comandar las bromas, y entonces tuvo la impresión de que las mismas no habían sido en realidad un divertimiento sino una forma de hacer conocer a todos que el ingeniero había estado con Delmira.

Pero no fue solamente eso lo que lo inquietó; fueron algunas miradas, algunos gestos que descubrió, los que lo llevaron a decirse: este sinvergüenza es el que me puso la liebre y este viejo de mierda ya lo desconfiaba.

Le dio algo de dinero a Delmira, que se sintió satisfecha, evidentemente esperaba menos, y la situación se tranquilizó, aparentemente los comentarios se acallaron y Delmira más tarde fue a parir al pueblo donde vivía su gente y no volvió.

Los trabajos terminaron y Marcos se despidió de Fermín y de la estancia y volvió a la capital, el trabajo le había resultado rendidor y estaba contento. Claro que siempre le quedó en el fondo de la conciencia el oscuro y latente temor, porque nunca pudo convencerse de lo contrario, de haber engendrado un hijo que quizás ahora andaría por ahí y quién sabe cómo.

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(*) Sí, es cierto. (Probablemente sea un estúpido)

(*) A Praga le costó mucho subir, pero llegó alto. Nunca llegué a explicarme claramente el por qué de su deseo de dejar relegado a Nazario. Eso, indirectamente, llegó a beneficiar a Nazario, qué notable, qué increíble es el comportamiento de la gente.

(*) Don Fermín (este viejo no daba puntada sin hilo) era dueño del Pase de Praga, era dueño del Pase de Nazario, era dueño de muchas cosas, maldito sea.

  —148→  

Cuando Praga se sacó el pantaloncito empapado de sudor al final de la práctica, José sintió envidia de su cuerpo atlético, de sus muslos musculosos y fuertes, sus nalgas redondas, tersas, y su vientre fibroso con una fina hilera de vellos pegoteados de humedad que iniciándose debajo del ombligo bajaba agrandándose hasta fundirse en una negra maraña en su entrepierna. Tiene un cuerpo hermoso, se dijo.

-No tenés por qué enojarte, muchacho, vos dijiste todo lo que yo publiqué; no agregué nada.

Praga se estaba enjabonando e hizo ver que no lo escuchaba, no era cuestión de joder con los periodistas, pensó, demasiado mal podían causarle con algo de mala voluntad, así como mucho bien le hicieron promocionándolo, publicando sus fotos, sus opiniones y todo eso, manteniéndolo en los periódicos, las radios y la televisión, hasta que hicieron de él una figura conocida por la gente. Por eso cuando salían del club hizo que se arrimaran a la cantina que estaba al borde de la gran pista embaldosada para tomar una gaseosa.

-Es cierto lo que vos decís, señor Castro... todo eso yo lo dije. Digo, nomás, que lo que vos publicaste no es todo, eso nomás digo, no es todo lo que dije y eso puede cambiar el sentido.

-Mirá, la verdad es una sola; yo publiqué lo que vos dijiste, esa es la labor del periodismo, reflejar la verdad. Si vos no te querés responsabilizar de tus opiniones es otra cosa.

Se está poniendo feo esto, pensó Praga, no sé qué le pasa y José pensaba: no es justo lo que le estoy haciendo, me burlo de él y disfruto con su ignorancia y me place saber más que él y poder manejarlo, asustarlo, tenerlo dominado, y todo eso   —149→   daba vueltas arremolinadas en su cabeza todavía esa noche cuando, acostado al lado de su mujer, apagaba la luz para iniciar una vez más los ritos maritales, porque con el correr del tiempo su relación matrimonial se había convertido en eso, en un rito.

Con el tiempo la infidelidad conyugal es necesaria para la vida del matrimonio, viejo, había dicho el gordo Fernández estando los dos un atardecer casi borrachos despidiendo el año, es una fuente de inspiración y a la vieja la mantenés contenta. Le había parecido que eso era traición, doblemente traición, pero lo probó, le dio resultado y más de una vez, después, estando con su mujer había poseído a muchas otras y de las formas más inverosímiles.

-Eso es porque el hombre es intrínsecamente un pajero -opinó el petiso Galeano entre las risotadas de los otros. ¿Por qué será, más de una vez se preguntó José, que los hombres al reunirnos tenemos la necesidad de escarbar todo este tipo de experiencias?, seguramente para encubrir nuestra inseguridad- Es cierto, hermano, la mujer se excita con cosas más concretas, el hombre no. ¿No recordás, acaso, el chiste aquel de que el pájaro es lo más liviano que hay en la naturaleza porque lo levantás con sólo el pensamiento? Y bueno, eso es una cátedra; escuchá los chistes con atención, hermano, porque parecen hechos solamente para la joda pero son escuela: antes se usaban los refranes para enseñar, cuando decir culo en público era una ofensa, como si no hubieran estado todos dotados de su sendo culo, pero ahora las cosas son diferentes: la chispa, la luz de la inteligencia, se manifiesta en los chistes.

Y esa noche, después de pensar desordenadamente, José tuvo relaciones con su mujer, pero compartiendo una pieza con otras parejas y un poco contra su voluntad y tratando de evitarlo pero disfrutándolo intensamente entre los otros estuvo Praga, no pudo evitarlo, no pudo evitarlo. Después, tendido boca arriba y con los ojos muy abiertos en la pieza oscura esperando dormirse sintió un lejano temor, un miedo no definido, había algo que no encajaba, pensaba, y a la mañana siguiente se despertó de mal humor. La gran puta, sé que es una tontería, pero no está bien, cómo quisiera que se esfumara, carajo.

-Es que no podemos transferirlo, Castro, claro que   —150→   querríamos hacerlo, el Club ahora más que nunca necesita dinero, y la venta de Praga nos traería mucha plata... Pero, por una parte, el Pase no es nuestro, y por si eso fuera poco, hay aquí adentro una presión muy fuerte para que se quede, la gente viene y te paga alguna vez la factura de la luz y después piensa que ya puede manejar el club...

-Sí, pero mientras a nivel de dirigentes mantienen sus rencillas de entrecasa están desperdiciando a este muchacho, le están haciendo perder su oportunidad.

-Y mirá... eso es relativo -Maciel se sentía cansado; ni en mi empresa, carajo, se decía, hubiera tenido que aguantar tantas boludeces: periodistas molestos, jugadores ambiciosos y desconsiderados... esto es lo que nos pasa a los que sucumbimos a la segunda tentación, me hubiera valido más a mí manejar mis dineros antes de que por ansia de poder tuviera que comandar esta hueste informe de imbéciles- Yo creo que esto que le estamos haciendo hacer es ya su oportunidad, ¿qué más quiere?, nosotros también arriesgamos en él, invertimos en él al comprarlo, lo trajimos de un club de mierda, lo curamos, porque venía podrido, ¿sabés?, lo adiestramos, lo pusimos a punto y encima le estamos pagando más dinero del que en su puta vida hubiera podido imaginar... y ¿qué es lo que dice? Dice que está disgustado con los dirigentes, en otras palabras, que somos un hato de imbéciles egoístas.

-No es así.

-Claro, no dijo lo de hato ni lo de imbéciles, pero sí egoístas, vos lo publicaste, ¿verdad?, a vos te lo dijo.

Y mañana voy a publicar muchas otras cosas más, pensó José resentido, pero supo que no se animaría: uno nunca sabe cuándo va a volver a necesitar de la gente, como aquella vez que Maciel le prestó, o le dio, porque nunca se lo había devuelto y nadie, aparentemente, lo recordaba, el monto de los cuatro meses de alquiler que frenaron su desalojo.

Pero lógicamente mientras se encaminaba hacia la cancha donde hacían la práctica matinal su mal humor fue en aumento y una vez más se planteó la pregunta de qué estaba haciendo, de cómo podía por una u otra cosa sentirse tan atado teniendo en sus manos la posibilidad de manejar la opinión: la gente,   —151→   en su escala, sabía lo que él quería que supiera, y de esa libertad inmensa no podía disponer libremente por unos meses de alquiler, por una ayuda o una botella de whisky de cuando en cuando o porque temía que la gente pensara que Praga... no, mejor no pensar en tonterías, ¿qué tenía que ver, al final de cuentas, la mierda pajera de anoche?

Cuando lo vio en la cancha, sin embargo, tuvo como un sobresalto de vergüenza y temió que los otros, o él mismo, pudieran enterarse de lo que se había imaginado la noche pasada.

Sentado en las gradas esperó a que terminaran la práctica para hablar con el Técnico. Siempre se había resistido a publicar los nombres de los ausentes, de los enfermos, de los lastimados.

-¿Acaso no sería mejor alentar a los que cumplen en lugar de promocionar a los que fallan?

-Eso es porque afortunadamente las cosa buenas todavía no son noticia -se había burlado Galeano- ese sería un mundo maldito si tuviéramos que publicar como noticia de primera página, por ejemplo: Hoy Agapito Flores no robó nada a nadie -todos rieron y José se había sentido descolocado- Eso sería una mierda, hermano.

-Tu idea no es nueva -había tratado de vengarse- Yo también leí a Quino.

-Es la chispa, hermano, -el petiso había caminado entre las mesas saliendo de la Redacción- todos leemos las mismas cosas, seguramente; el secreto está en recordarlas, y en el momento preciso.

Con su malhumor lo último que hubiera querido era recordar las pullas del petiso. Vio que la práctica había terminado pero no quiso entrar a los vestuarios con los jugadores como era su costumbre.

-Este muchachito que me trajeron la semana pasada para la prueba se está desenvolviendo bastante bien -el Director Técnico se sentó a su lado y encendió un cigarrillo.

-¿Van a comprarlo?

-Depende de cuánto pidan por él.

-Nazario Ojeda se llama, ¿verdad? No creo que pidan mucho, nadie lo conoce.

  —152→  

-El problema es que su Pase no es de su club, el dueño es un hacendado fuerte de su zona, un tal Fermín Pereira, que no necesita dinero... Este muchacho está en la misma situación que Praga, pero con él hasta ahora las cosas son llevaderas. Ahora bien, si don Fermín se encapricha, puede pedir cualquier cosa.

-Esa es una de las cosas absurdas que no entiendo... Quiere decir que si ese señor se pone intransigente este pobre desgraciado se queda sin chance y se acabó, no pasó nada...

-Siempre queda la posibilidad de que el jugador espere a quedar libre...

-Usted sabe que eso es muy relativo: si espera los dos años... ¿qué va a ser de él después? Este es su momento.

-Así son las cosas... A sabiendas de todo eso, Praga me lo presentó, él sabía muy bien todos los problemas que podíamos encontrar, hablé muy bien con él.

-¿Praga lo trajo?

-Sí. Son compueblanos, ¿sabe? Es difícil de entender esta gente. Me dio la impresión de que lo trajo solamente porque no pudo dejar de traerlo, pero que no le gustaba mucho que viniera... En realidad fue él, mismo el que me hizo ver por anticipado todos estos problemas posibles.

José no dijo nada, pero: orgulloso el muchacho, pensó, no quiere que otros tan allegados a él lo alcancen y recién después, cuando ya estaba escribiendo su artículo se dio cuenta de que se había puesto a ensalzar a Nazario, no sabía muy bien por qué, quizá para que nadie, en ningún momento, llegara ni siquiera a imaginarse de que él le hacía el lado a Praga.

  —153→  

(*) Este José Castro fue muy importante en la vida de los dos. (¿Qué tan importante puede ser en la vida de alguien, o de él mismo, lo que haga o deje de hacer alguno?) Esta es una disquisición innecesaria. Y para más, mal expresada.

(*) Praga llegó a estar muy bien cotizado. Su fotografía aparecía en todos los diarios de los lunes. Aparecía en la televisión, hablaba por radio. Eso fue antes del asunto del sorgo.

(*) Leoncio llegó a sentirse muy importante con el éxito de su hijo. En la Fiesta de Demostración de Lazo y Doma, de tarde, le dijo a don Fermín: Fermín, ¿no querés tomar una cerveza conmigo?

(*) A la noche siguiente, (era cuando comenzaba el trabajo de mensura y estábamos sentados en la galería tomando vino antes de la cena), don Fermín me dijo: La vida es muy divertida, ingeniero; a mí me divierte cuando me llaman: don Fermín, es simpático. A veces alguno me llama: Fermín, cuando hay humos muy alzados... y eso también me divierte. Yo, lógicamente, en ese momento no entendí nada.

(*) Después vino la posibilidad del traspaso de Praga a un club más grande de la capital, la posibilidad de ir al extranjero, etc. y la negativa sistemática, una y otra vez de don Fermín de autorizarlo, hasta que Praga se sintió desalentado, jugó cada vez peor o, quizás fue solamente que la gente se cansó de él.

(*) Vino después la negativa por el asunto del sorgo, la visita de don Fermín al vecino, la gran puteada entre ambos   —154→   y, por último, la exagerada exigencia de don Fermín para la renovación del contrato de Praga. A partir de eso, su figura comenzó a opacarse.

Observación: No estoy siendo suficientemente justo con don Fermín: parecería que él es el único culpable, por su empecinamiento engreído, de toda la desgracia de Praga.

Me pregunto: ¿Es o no posible que la puteada entre vecinos (hecho comprobado) no haya pasado de eso, y que don Fermín haya tenido previstos planes de desarrollo para Praga en el país, preservándolo de posibles peligros en el extranjero, y haya ido subiendo las exigencias porque ese era el camino insinuado por el buen andar de Praga, y que se vio truncado por un decaimiento inexplicable del mismo...?

(*) La opinión de Castro, por ejemplo, era muy otra, pero... ¿qué tan de fiar puede ser la opinión de Castro?

(*) No creo que sea muy importante definir perfectamente esto. Lo cierto y lo concreto es que la carrera de Praga se fue a la mierda (al pasar en limpio tengo que buscar la expresión correcta, ojo)

(*) La pasó bastante mal, después. En la obra que tuvimos sobre la Avenida Cabrera estuvo trabajando con nosotros como ayudante de albañil. A los que no lo conocían muy bien les era imposible imaginarse que fuera el mismo Praga Martínez, el mismo famososo Praga Martínez. Hasta estuvo complicado en un oscuro caso de robo. Cayó muy bajo.

  —155→  

-Te juro Leandro, que si alguna otra vez llegan a desconfiar de mí, no van a conseguir apresarme.

Leandro sonrió burlón mientras le pasaba el cigarrillo que compartían recostados durante la siesta sobre los tablones del encofrado que a la tarde ayudarían a colocar.

-Seguro que vas a poder evitar que te apresen si te quieren apresar...

Praga pensó: por qué será que es de siesta cuando más me acuerdo, por qué no será de noche, como le pasa a todo el mundo, cuando quieren dormir y no pueden.

-Es un infierno, Leandro...

-Ya sé que debe ser un infierno, pero qué vas a conseguir diciendo: no me apresen... si te quieren apresar te van a apresar y se acabó...

Praga pensó: quién me iba a decir a mí que iba a terminar como ayudante de albañil, quién me iba a decir que la gente iba a pasar a mi lado sin reconocerme, sin acordarse de mí, quién me iba a decir, cuando cobraba millones de premios y regalos, que me iban a torturar porque desconfiaron que había robado el televisor en colores del abogado de frente a la despensa.

Si se hubiera fijado, Leandro se habría dado cuenta de que la cara de Praga se oscurecía, todos saben que eso no es posible, pero lo parece, porque algo cambia y aún poniéndose más pálido, la cara parece oscurecerse.

-Me he de matar, aunque sea, para no volver allí adentro.

Leandro se dio cuenta de que lo decía en serio pero quiso restarle importancia.

  —156→  

-La puta que sos exagerado, Praga.

Praga miró su reloj dorado, uno de los últimos recuerdos de su pasado de opulencia, se incorporó desganado y caminó hacia el tambor del que tomaban agua.

-Lo único que te digo es que si te buscan, tratá de que no te encuentren. A mí nunca más me van a agarrar... vivo, por lo menos.

-¿Qué fue lo que tanto te hicieron? -le preguntó Leandro, pero no esa vez, sino durante otra siesta.- ¿Qué es lo que tanto miedo te da?

Praga hubiera querido saber hablar bien como José, por ejemplo, o como don Fermín, hubiera querido encontrar las palabras para describir el infierno, o sea, su infierno, pero se dio cuenta de que no eran palabras las que le faltaban: no podía ni siquiera pensar claramente y algo como un temblor o un remalazo de sangre le recorrió las tripas. Miró a lo lejos a través de la humareda que se levantaba del apagadero de cal.

-¿Te acordás que cuando dábamos catecismo la señorita nos decía: el hombre es un animal racional? Yo nunca entendí eso hasta que ellos me hicieron dar cuenta de que sí, de que soy un animal, de que ellos son animales.

Leandro jugueteaba con un cascote redondeándolo al raspasarlo contra una piedra plana.

-Lo que pasa es que vos siempre pensás cosas raras... Que te liguen un poco no es para tanto.

-El dolor, al final de cuentas, es lo que menos importa... A mí me ligaron mucho, viejo, me hacían sentar desnudo en una banqueta y decían que querían alcanzar con mi bola hasta el tobillo, me metían el dedo atrás y todo eso...

-¿El dedo...? -quiso bromear Leandro pero Praga no le hizo caso.

-Todo eso se aguanta, pero llega un momento en que te das cuenta de que ya no podés pensar bien... Al principio les odiás cuando te hace doler pero después vas cambiando, vas cambiando, hasta comenzás a quererles cuando no te hacen doler tanto. Este es mejor que el otro, pensás, sin darte cuenta de que todos son diablos si juegan así con las personas.

-Tenés que tratar de olvidar todo eso.

  —157→  

Praga se colgó del hombro el bolso donde llevaba las ropas de trabajo, era sábado de tarde y no volverían hasta el lunes.

-Una de las cosas en que pensaba con más insistencia, una y otra vez, de día y de noche, era: no me voy a olvidar de nada de lo que me está pasando, voy a recordar, todas las caras, todos los dolores, todo lo que me dicen, pero hasta eso me quitaron. No puedo recordarlos a todos, Leandro, sólo a algunos, a los que me hicieron más cosas en algún momento, y hasta no estoy muy seguro de poder reconocerlos si los veo como a las otras personas caminando por la calle, o en un negocio, o en un cine... Pero de los otros no me acuerdo nada, sus caras se me borran; por ejemplo, sólo me acuerdo de una cadenita de oro con una cruz que salía y entraba de la camisilla blanca cuando el Contratado me pegaba en el muslo con una cachiporra de goma siempre en el mismo lugar, siempre en el mismo lugar, hasta que no podía aguantar más el dolor y aullaba como un perro o, como una vez, me orinaba todo encima. El resultado era el mismo. Si gritaba, la cadenita de oro colgaba sobre mi cara y me decía: ¿por qué ladrás?, ¿sos un perro, acaso?, perro, carajo, perro, carajo, tres o cuatro veces, pero pegándome en la tetilla. O sinó, la vez que me oriné, tomó mi pito con la punta de sus dedos y lo levantó: qué puerco que sos, carajo, te orinaste en la cama, y le dio un cachiporrazo de costado. Vos sabés, qué notable, más que en el pito, el dolor pareció rebotar y me dolió debajo del omóplato, adentro. Este es el omóplato -dijo señalando.

Leandro vio que Praga tenía los ojos enrojecidos y pensó que era por la cerveza mal enfriada que tomaban en el puestito de la avenida, pero notó que su vaso estaba casi lleno, sin tocar. Se removió molesto en su taburete.

-Vos lo único que sabés hacer es hablar de eso, viejo; te vas a volver loco así.

-No puedo evitarlo -sorbió el primer trago. Leandro estaba harto pero también sentía pena por su amigo.

-Tenés que hacer pasar eso, amigo... hace más de un mes que te largaron pero nunca te va a pasar si todo el día estás pensando en eso -pareció dudar.- Mirá, vamos a encontrarnos   —158→   esta noche a las once y vamos a ir a chupar algo a algún lado... a lo mejor después nos vamos a lo de doña Keka y todo... -se rió.

Praga se puso colorado y negó con la cabeza. Tomó el bolso que había dejado resbalar hasta sus pies y se levantó.

-Vamos a pagar y vamos -dijo- esta cerveza es una mierda.

Cuando estaban parados en la esquina esperando el colectivo, Leandro lo encaró.

-La gran puta, Praga, que estás raro, viejo... ¿por qué no te querés ir?

Praga no encontró la forma de eludirlo, aunque le daba vergüenza.

-Lo que pasa es que yo me fui el sábado pasado -dijo con voz ronca- y fue una cagada... no sé para qué me metí en eso... Cuando nos estábamos desnudando en la pieza de repente pensé: va a comenzar la sesión, va a comenzar la sesión, nos estamos desnudando para comenzar la sesión. Me recosté y tuve vergüenza de que me viera temblando y le pedí que apagara la luz. Pasó desnuda delante de mí y me dio pena, la van a castigar conmigo, pensé, me van a hacer mirar cuando la torturan. Ella, en la oscuridad, por hacerme una broma se sentó en mi pecho. No sé lo que me pasó, pero de repente pensé que estaba de nuevo ese gordo asqueroso sentándose en mi pecho y diciéndome: te voy a romper las costillas y si una me entra en el culo te voy a castigar, entre las carcajadas de los otros, y grité... Grité como un loco. Ella saltó y encendió la luz, estaba aterrorizada, se armó un quilombo, viejo... Doña Keka empujó la puerta y entró, de reojo pude ver en el agujero de la puerta tres o cuatro cabezas vicheando. Yo estaba temblando, casi casi llorando. Doña Keka vio las cicatrices de los cigarrillos en mi espalda y mi nalga. Qué lo que te pasó, Praga, mi hijo, me dijo, y yo me quería morir. Después me devolvió mi dinero y salí, nunca más voy a volver por allí...

Leandro sentía como una pelota en la boca del estómago y se alegró cuando vio que el colectivo se acercaba.

Cuando esa noche se reunieron y tomaban cerveza en el patio de tierra de la Parrillada, lejos de la orquesta y en la   —159→   semioscuridad de los crotos, estando casi borrachos, Leandro cobró valor.

-Tenés que pedirle a Dios que te haga olvidar todo eso, Praga...

Praga agachó un poco la cabeza y con la punta de los dedos se apretó los ojos. Su mano, pudo verlo Leandro, temblaba un poco.

-Me acordé mucho de Dios en todos esos días... creo que hasta llegué a conversar con Él en algún momento, un ratito antes de sentir el agua helada que me tiraban al pecho o a la espalda cuando me dormía, o sea, no es que me dormía sino que no sentía más lo que me hacían, ¿entendés? Después, en el calabozo, también me acordaba; me acordé mucho también del Padre Julián, el de Cordillerita, cuando para que no nos hiciéramos la paja nos decía: ustedes no tienen que tocar su cuerpo porque como dice San Pablo, el cuerpo es el templo del Espíritu Santo... -se rió con amargura- qué puta va a ser el templo de nadie esta puerqueza, Leandro... no podés imaginarte las cosas asquerosas que tiene nuestro cuerpo, Leandro, gomosas, hediondas... nauseabundas, puercos de mierda, decía el Contratado que tenía el anillo con rubí cuando alguno se le ensuciaba en la mesa de sesiones.

-Yo creo que quedó medio tarado, ingeniero -le dijo después Leandro a Marcos mientras se encaminaban hacia el depósito de herramientas a la hora de la salida, el sol alargando desmesuradamente las sombras- no habla de otra cosa más que de eso, siempre igual, siempre igual... Al principio me daba lástima y le escuchaba, porque me daba cuenta de que necesitaba descargarse, pero tanto ya me da por las bolas, disculpe ingeniero, y hago lo posible por no encontrarme con él...

  —160→  

El sol en la espalda era como si le estuvieran derramando una olla de agua caliente y, sentado en cuclillas atando con alambre las varillas de la losa que tenían que hormigonar, Praga percibía una reverberación rojiza al costado de sus ojos. Las veces que trataba de seguirlas con su mirada simultáneamente subían y sus ojos recorrían el oscilante pastizal reseco allá, casi doce metros más abajo. Me falta solamente una hora para salir, pensó Praga, o sea, cuatrocientos diez nudos más.

Al ir retrocediendo se topetó con el parante de la viga y aprovechó para apoyarse y aliviar por un momento la tensión en sus piernas acuclillado, como estuvo, por horas.

-Está muy fuerte el sol, Praga -le sorprendió a sus espaldas la voz del ingeniero. La gran puta, pensó, es la primera vez que descanso en varias horas y este hijo de puta me pesca justo en el momento en que no hago nada.

-Estoy esperando, nomás, que me traigan un poco de alambre que me falta -mintió levantándose avergonzado.

Al principio, Marcos no entendió el por qué de esa respuesta. Creo que jamás llegaré a comprender a esta gente, pensó, le hablé más que nada por amabilidad y él creyó que lo hostigaba.

En realidad le habló por amabilidad pero también porque deseaba un acercamiento, necesitaba hablar con él y preguntarle algunas cosas, pero no sabía como hacerlo. ¿Cómo puede el ingeniero acercarse al personal y preguntarle cosas de su mujer?, se dijo.

Pero desde que la vio, no tuvo paz.

¡La Liebre!, se había dicho asombrado quince o veinte   —161→   días atrás al verla entrar a Delmira al asado del primero de mayo acompañando a Praga. La Liebre, la Liebre pensó durante todo ese día, cómo la cambiaron estos pocos años... Delmira no lo había visto, y si lo vio, hizo como que no lo veía. Su carne sana y fuerte se desdibujó en la gordura y el desgaste, pensó Marcos, no es lo que era. Y el verla revivió un montón de temores que tenía olvidados. Tengo que saber si arrastra un hijo mío detrás suyo.

  —162→  

Y a eso me dediqué.

Nunca pude sacar nada en claro con Praga. Desde luego, mis preguntas no podían ser suficientemente concretas, pero aún así, si sus respuestas hubieran sido coherentes hubiera podido entrever la verdad que buscaba. Pero nunca me contestó directamente. Eludía las respuestas, hablaba vagamente y, lo que es peor, al notar algún tipo de interés mío por acercarme intentó aprovecharse, y lo primero fue el pedido de una orden mía para un Vale de Caja, después de un préstamo, etc., que consiguieron alejarme.

Nervioso y cargado de ansiedad planifiqué un encuentro con Delmira y pude, después de mucho esforzarme, encararla una mañana de sábado, hacia el mediodía, cuando estaba de visita en la obra para consultas del personal y sus familiares, el médico de la Empresa.

-Hola Delmira -le dije con casi el mismo nerviosismo de un adolescente en su primera cita.

-Eh, hola, ingeniero... -me dijo con una entonación exagerada que me alertó. Se burla de mí, pensé.

-Hace rato que quiero hablar contigo.

-Sabés que no podemos hablar, ingeniero, porque mi marido es demasiado celoso...

No supe qué decirle. Sí, es cierto, no supe qué decirle. Y menos cuando se rió, no demasiado fuerte, es cierto, pero a mí me pareció que con una estridencia insoportable. Y me pareció que todos nos miraban, lo cual es una tontería, y que todos sabían lo nuestro, lo cual es más tonto todavía, y me fui.

  —163→  

Entonces fue cuando decidí volver y tratar de averiguar algo con don Fermín.

¡Ah!, a veces es mejor pasar por la vida como hacen los otros: sin profundizar demasiado, sin enterarse de tantas cosas... Pero, ¿qué son, al final de cuentas, esas cosas sino pequeños y grandes sucesos que hacen, sumados, una existencia?

Aún no me había ido cuando nos llegó la noticia de la muerte de Marina, y eso precipitó las cosas hacia cauces inesperados.

  —164→  

-Esto no es lo que era... no, señor, ya casi no lo recuerdo, no logro ver en esta casita con marquesina de hormigón el Almacén de don Mareco... ¿Y este asfalto y esta veredita de piedra losa?, quién lo hubiera dicho antes, con esa tierra roja que teñía las botas, los pies, la ropa, más colorado que la pintura... Conste que me gustaban más aquellas ventanas verdes que se abrían a la galería con piso de ladrillos, ¿por qué tendrá la gente esa manía de cambiarlo todo...? Hubiera preferido no venir.

Marcos detuvo el coche frente al Almacén, hacía mucho calor y les quedaba una buena media hora para llegar a la estancia; una gaseosa les vendría muy bien.

-No podés dejar de cumplir con tu hermano, papá.

-A él nunca le importó mucho cumplir o no cumplir conmigo -lo dijo tan bajo, casi como para él mismo, que a Marcos le dio pena. Ocuparon la primera mesa al lado de la puerta, desde donde se veía la enramada del patio y los manchones desiguales de sombre y luz. La mirada de Agustín se desdibujó recordando, recordando...

-Te trae muchos recuerdos, viejo.

-Muchos. -Bebió un largo y tragó y apoyó el vaso en la mesa reteniéndolo entre sus dedos.- Probablemente el remordimiento sea mucho más fuerte que el cariño... Dura más. Yo lo traicioné a mi amigo, ¿verdad que parece rimbombante el decirlo? Lo traicioné y él se mató. Él vivió en esta casa mucho tiempo, cuando también vivía esa zorra.

-Papá...

-Sí, ya sé, que en paz descanse. Pero no fue cosa buena. Decime un poco: ¿qué tenemos que ver nosotros con Marina?

  —165→  

-Fue la mujer de tu hermano; a él tenés que presentarle tus condolencias.

-¿Qué condolencias voy a presentar si no me conduelo? -bebió otro trago antes de reír. Marcos también rió pensando que disminuía la tensión, pero Agustín volvió a la carga.- Y no es sólo Marina... me pregunto: ¿qué carajo tiene que ver Fermín con nosotros?

-Soy muy radical, papá. Sucedieron muchas cosas entre ustedes, es cierto, pero es tu hermano... Le va a hacer mucho bien tenerte cerca en un momento como éste. Él la quería mucho a Marina, la va a extrañar muchísimo.

-Marina también vivió aquí... -sus ojos recorrieron las paredes, el techo, y luego su mirada se perdió en el fondo verde de la ventana- yo nunca entendí muy bien su relación con Quiñónez... una vez, de repente, un día él desapareció. Nadie supo adónde había ido, después Marina también se fue, al tiempo volvió él inválido, envejecido, hasta parecía atontado... Dios, Dios... -Agustín cerró los ojo y con el pañuelo humedecido se secó la frente. Sus dedos temblaban un poco.- Después lo llevé a casa, como se lleva una plantera, o una mesa, o un perrito que nos gusta... Y él se suicidó.

Marcos apretó suavemente la mano de su padre.

-Te estás lastimando, papá, con algo en lo que no tuviste nada que ver, ¿qué podías haber hecho?

Agustín permaneció callado, no puedo llorar, carajo, no ahora, se dijo.

-No sé por qué pienso que Mareco hubiera podido aclararme algunas cosas... pero conmigo no hablaba el muy hijo de puta, conmigo no hablaba. Con Fermín sí, horas y horas... Es terrible darse cuenta de cómo uno no tuvo nada que ver en la mayoría de las cosas.

-Creo que tenemos que irnos -dijo Marcos incorporándose para ir a pagar la consumisión en el mostrador.

-No -lo detuvo con gesto- quedémonos y hablemos un poco más.

A Marcos le extrañó, nunca su padre le había demostrado semejante deseo, le extrañó también entreveren su verdadera medida lo poco que lo conocía.

  —166→  

-Marina después llegó, llorosa y compungida, ya doña Candelaria había muerto y Quiñónez se había matado... Mareco la recibió, no sé qué pasó entre ellos, yo estaba a punto de irme hacia la capital, en realidad iba y venía arreglando los detalles de mi traslado definitivo, y no tenía ánimo suficiente para ocuparme de problemas ajenos, y después Fermín se la llevó.

-¿Se la llevó?, ¿así nomás?, tiene que haber habido algo entre ellos antes.

-No que yo sepa, nunca él me comentó nada ni yo me percaté de que hubiera algo... -su carraspeo fue burlón, como buscando un acercamiento con humor- creo que fue uno de los pocos que no tuvo nada que ver con ella... por lo que pude saber, en aquella época, la mayoría de los muchachones de la obra entre cerveza y cerveza se la pasaron por las armas.

-¿Y Fermín lo sabía?

-Puede ser, cualquiera podía saberlo... Fermín nunca fue muy convencional en su comportamiento, siempre me recordó en su actitud aquello de «ande yo caliente y ríase la gente», que se reirían, seguramente, sobre todo si lo de caliente se refiriera a andar con la carpa levantada por la calle...

Marcos rió divertido, qué personaje es el viejo, pensó, hace un momento estaba al borde del drama y ahora ronda el chiste.

Más tarde, cuando al salir de la curva iniciaban el ascenso de la Loma del Aserradero (el aserradero ya no estaba pero la loma seguía llamándose así) detrás de la cual comenzaban los campos de la estancia, Agustín, sin ninguna razón aparente, le dijo: algunas cosas oscuras se rumorearon de la vida que llevó Marina en la capital, pero a Fermín tampoco le importaron, pareciera que no tiene ojos ni oídos sino para él mismo.

Marcos se sintió apenado; qué triste está el viejo, pensó, qué despechado.

-Una vez me enteré que Mareco quiso regalarle a Marina el Almacén, así completo, un verdadero regalo. Y ella no quiso. No y no, sin siquiera hablarle, ¿alcanzás a comprender el cretinismo de la gente? Mareco me envió una carta, ridícula   —167→   y mal escrita, por cierto, donde me decía que no podía hablar con Marina, que se hacía negar, ni con Fermín, y que me pedía que yo les explicara su deseo, él no tenía familia cercana y todas esas cosas...

Marcos no apartó los ojos del camino porque no quiso mirarlo, casi temía su respuesta y presentía el ruego de comprensión que descubriría en los ojos de su padre.

-¿Y les hablaste?

-No. ¿Por qué iba a hacerlo?, ¿por qué me iba a entrometer en la vida de ellos, viviendo como vivían uno a un paso de los otros y yo teniendo que hacer de mediador a la distancia...? No me pareció apropiado, ¿no te parece?

Marcos refrenó su primer impulso de contestarle agriamente, bastante golpeado está el viejo para que encima trate yo de corregirlo.

-No sé... se me ocurre que si les hubieras hablado por lo menos te habrías enterado del por qué de esa negativa empecinada, por ejemplo, o habrías posibilitado un beneficio importante para Marina, o algo...

-¿Y qué podía importarme a mí el beneficio que Marina pudiera conseguir?

-Nunca la quisiste.

-Y qué le importó nunca a nadie lo que yo sentía?

  —168→  

-Ese licenciadito es un badulaque, mi amigo, solamente eso. Es un pobre infeliz y un ignorante. Este país tiene una cruz en su gente.

-Yo no lo creo así, don Fermín, discúlpeme -Castro estaba algo nervioso, las cosas no le estaban saliendo como lo había previsto, para qué puta me habré puesto a hablar de ese libro puñetero, pensó, pero, ¿quién iba a imaginarse que este viejo reaccionaría así?- yo pienso que el Licenciado Talavera procede de una muy antigua familia de nuestro país, una familia con mucha tradición y un profundo entroque social, y él mismo es un mozo muy preparado que...

-Tonterías.

Castro por un momento dudó si había escuchado bien, le parecía imposible tanta mala educación pero lo observó a Fermín tan tranquilo y seguro que: lo dijo, lo dijo, pensó.

-Discúlpeme -¿cuántas veces habré dicho esta palabra?- pero creo que el enfoque de su libro es objetivo y no deja arrastrar por pasiones e intereses... La figura de Quiñónez queda bien definida: la de un bandolero incorregible.

-Ese es el modelo acuñado por los culo empolvados de la Capital, señor Castro, muy distante de la opinión de la gente que aquí vivió esa época, de la gente que lo respetaba y lo quería...

-Su padre mismo, don Fermín, fue otra víctima de esa sucia...

-Tonterías.

Esta vez si Castro lo había escuchado bien, lo miró de reojo y lo notó algo alterado, y supo que lo había ganado, pero: no sé de qué me vale, pensó, si lo que quiero es que esté   —169→   contento porque tengo que pedirle un favor.

Por eso se alegró cuando los llamaron desde adentro para comer, era ya muy pasado el mediodía y el pasto del corral cercano reverberaba bajo el sol ardiente, la galería era una atractiva isla de frescura y el olor de la sopera humeante hizo agitar con regocijados temblores el estómago vacío de Castro.

Temía reiniciar la conversación y compartieron la mesa tocando sólo temas sin compromiso (¿cómo adivinar qué carajo no es comprometido con este viejo?), que si había llovido bien en noviembre, que el precio de la carne seguramente mejoraría, y cosas así.

Promediando el postre (este hombre se las ingenia para sorprenderme, pensó Castro) Fermín, sin ninguna relación con el contexto, le dijo:

-Es un honor para mí que usted comparta mi mesa, señor; la gente de aquí lo admira y está siempre pendiente de sus comentarios.

-Le agradezco sus palabras, señor Pereira; mi orgullo profesional se siente muy halagado con sus conceptos.

-Le aclaro que no dije que yo estuviera pendiente de sus comentarios.

Señor mío, pensó Castro, ¿qué clase de bestia es este hombre?, es un hijo de puta.

Por eso después, cuando estaban acodados en el brete mirando los novillos que los peones habían separado para embarcarlos en la madrugada siguiente con rumbo a la Capital (la vida, señor Castro, es un constante intercambio pero es conveniente, a veces, ponerle coto), le resultó sorpresivo el rasgo de interés humano que descubrió en Fermín cuando éste le comentó: usted se preocupa mucho por los jugadores, los ayuda, suelo notar eso en sus comentarios.

-Me brinda una gran satisfacción el hecho de serles de alguna utilidad.

-Debe ser así si usted lo dice.

Vuelve a ser el mismo, pensó Castro, pero ahora es el momento.

-Don Fermín, hay unos muchachos de este pueblo que se están desenvolviendo muy bien en el Club, donde están en préstamo, y usted...

  —170→  

-Yo soy el dueño de sus Pases.

-Sí, así es, y mire... -Castro dudaba pero: ahora o nunca, se dijo.- El trabajo que me encomendaron, por amistad, es algo difícil, don Fermín... o sea, no sé por dónde empezar... Yo soy amigo personal del señor Maciel, el Presidente del Club, ¿sabe?

-No, no lo sabía.

Castro sintió que una gota de sudor comenzó a rodar en su frente, se introdujo en la ceja izquierda y se empantanó distribuyéndose sobre el párpado.

-Bueno... creo que usted ya mantuvo conversaciones con el señor Maciel sobre las posibles transferencias...

-Efectivamente, señor Castro, ha conversado con su amigo sobre los negociados posibles de hacer con estos muchachos, a los que aprecio. Supongo que ya sabe cuál fue mi respuesta.

-Lo sé; por eso estoy aquí. El señor Maciel me pidió que viniera a visitarlo, digo... no sé, es su idea, y la mía, que quizás razonando un poco, analizando las posibilidades que se les brindarían a estos jóvenes, a lo mejor podríamos llegar a un acuerdo, digo...

-El hombre al que se le suelda una pantalla en el culo, señor, inmediatamente empieza a girar de un lado para otro como una veleta. Sin embargo, si las cosas están bien afirmadas, y en el lugar que corresponde, todos los vientos se aprovechan para inflar las velas e impulsar la embarcación en el rumbo que corresponde... es sencillo.

-El trato con este hombre fue una de las cosas más difíciles que tuve que hacer en mi vida -dijo después Castro a Maciel.- Es una fiera.

-Es un hijo de puta -Maciel aplastó su cigarrillo en el cenicero que estaba sobre el escritorio, el compresor del acondicionador de aire resollaba y tosía enfriando a duras penas la pequeña habitación.- No sé qué es lo que busca. Lo peor es que estas transferencias nos vendrían a tapar unos cuantos agujeros en el Club, ¡qué cagada nos hace este hombre...! No quiero negociar con personas como si fueran vacas, me dijo el muy imbécil... y, ¿qué carajo hace al evitar por capricho que se beneficien y progresen...?

  —171→  

Intento seguir mis anotaciones pero no es fácil. Es tarde y quisiera dormir, no sé hacia dónde encaminarme, se me vuelve todo enrevesado. Y lo que más me llama la atención es la indiferencia con que todos se desenvuelven... presiento que hay una causa que explica todos los comportamientos, pero no la puedo descifrar. Hasta me parece tonto lo que estoy haciendo...

Esta noche preferiría no escribir, preferiría no ser yo, no recordad ni sentir nada. Estoy más tranquilo, es cierto, pero, ¡con cuanta amargura! es mi manera de ser.

Marcos, me dijo, y yo pensé: cómo los golpes de la vida nos desequilibran y nos descubren a los ojos de los otros, ahora ya no es el burlón y superior: ingeniero, Marcos, no deberías preocuparte, esa mujer quería sacarte dinero, es seguro que ya estaba preñada cuando la disfrutaste. Preñada, pensé yo, como si fuera una vaca. Felipe se acostaba con ella y a vos te sacaron el dinero, dijo, es muy claro.

Eso es lo que necesitaba escuchar, que me confirmaran lo que yo estaba convencido de que era cierto, ¿por qué, entonces, esa desazón, esa tristeza, ese notar que las cosas no eran como tenían que ser?

Fue Fermín el que me dejó triste, la idea se formó de repente en mi cerebro y centelleó con clarísima certeza. ¿Será, me pregunto y lucho por no reconocerlo, que lo quiero a este sinvergüenza?

Fue verlo humilde y derrotado, desprovisto de esa mentirosa apariencia de helada ironía y burlona seguridad, lo que me hizo sentir por él una gran pena y pensar: ¡cuánto la quiso!, la sombra de Marina está sobre él.

Papá y él conversaron mucho, todo el día, pero me temo   —172→   que es poco lo que se dijeron; pude notar algo así como un velo que se interponía entre ellos y debo reconocerlo, aunque no me agrade, que Fermín me pareció obsequioso, deseoso de un acercamiento pero algo torpe, sumergido en esa nebulosa que produce el dolor o la perplejidad de una nueva situación aún no clarificada, y a papá lo noté resentido y distante, ¿por qué, me dije en algún momento de rebelión que pude reprimir a duras penas, por qué ese resentimiento pusilánime y desvaído, por qué ese encono mezquino que trata de encubrir, por qué no lo odiará, de una vez por todas, si el odio sería un sentimiento más puro y más honesto que ese disfraz de indiferencia?

¡Cuánto lo quiero a mi tío Fermín!, me digo ahora, y cuánto me duele lo que sufre.

En la vida no hay lugar ni tiempo para las lamentaciones, ingeniero, me dijo una tarde en la galería de su casa, (en el mismo lugar donde hoy estuvimos los tres sentados y yo lo observé conversar con mi padre, mintiéndose los dos una conversación entretenida), pero no es posible dejar de reconocer que un hijo es un premio grande para un hombre. Yo no lo tuve; mi hermano lo tuvo a usted. Y en ese tiempo sus ideas se me perdieron, mareado como estaba en la apreciación de sus desplantes, en el resquemor que me producía su trato, en tantas tonterías con las que nos rodeamos cuando no somos capaces de percibir las verdades que se esconden detrás de las apariencias. Y hoy pude darme cuenta del verdadero valor que tenía para él el hecho de tener un hijo, pobre viejo solo.

-Me llegó a ofender el orgullo que notaba en mi padre cuando hablaba, en apariencia trivialmente, de las anécdotas de nuestra familia, de lo que sintió cuando me recibí de ingeniero, de lo preocupado que estaba siempre con mis exámenes, de lo contento que estuvo cuando ingresé a la Facultad, de lo reminiscente y tontamente romántico que se volvió a sentir cuando comencé a salir de noche, de mi Primera Comunión... ¡carajo!, me dije, ¡si hasta va a recordar cada una de mis diarreas de niño...!

Y me entristeció verlo a Fermín triste... no puede imaginarse   —173→   cuánto me afectó verlo débil, desvalido... No pensé, cuando tanto me ofendía su orgullosa sufiencia, que alguna vez el verlo debilitado me entristecería.

Pero me sentí realmente confundido al salir del cementerio: hasta ahora no puedo explicar muy claramente lo que Pantaleón quiso decirme, las ideas se me arremolinan, la desconfianza enciende mi sangre y una rabia sorda me impide razonar.

Papá y Fermín se habían retrasado, creo que después de rezar un rato en la tumba de Marina fueron a visitar la de Quiñónez (debe haber sido muy difícil para papá acercarse a la tumba de su amigo, pero no se animó a dejar de hacerlo) y yo salí a esperarlos al lado del coche mientras fumaba un cigarrillo. Pantaleón se acercó y me saludó, parecía muy amable y habló de unas cuantas tonterías. Yo estaba harto pero me sentí obligado a seguirle la conversación. Cuando ya parecía que no había nada más que decirnos y pensaba que se despediría, me dijo: se da cuenta, ingeniero, cómo uno puede ser dueño de muchas cosas, cómo uno puede hacer con la gente lo que se le ocurra, ¿no es cierto?, y sin embargo, donde menos se espera, algo le sale mal.

Yo no supe qué contestarle, me supuse que se refería a la situación de Praga, su hermano; todos ellos consideraron que fue Fermín el culpable de su desgracia. Y puede haber sido ¿quién lo sabe?

-Don Fermín se adueñó de todos nosotros, ingeniero -continuó Pantaleón y cosa rara: me pareció que sonreía.- Y después hizo con su propiedad lo que le dio la gana. Pero no pudo hacerse dueño de la barriga de su mujer, ingeniero, eso no le salió bien. Y me alegro, carajo.

Le doy vueltas y vueltas al asunto y cada vez me preocupa más. No fue dueño de la barriga de su mujer, me dijo ¿será posible? ¡Dios mío! ¿será cierto lo que me estoy imaginando?

  —174→  

Marina despertó a medianoche. La luna era una pelota brillante y el cielo brumoso un telón que parecía inflar el cuadrado de la ventana.

Había estado con doña Candelaria, habían llorado juntas bajo la enramada al costado del Almacén de don Mareco, cómo te extrañé, mamá, cómo siempre te busqué, cómo todo hubiera sido diferente si no se hubieran ensañado con nosotras... Pero Candelaria tuvo que irse (sí, de repente no estaba más) y se quedó Roberto, y Martín ¡ah...!, también Emiliano, ¿qué hacés aquí, Emiliano, cómo pudiste encontrarme?, y detrás de ellos, parado cerca del cántaro, indeciso, yo digo temeroso, él, ¡es él! y el sudor frío empezó a correrle por la frente y su piel se erizó, no puedo ver su cara, no distingo sus ojos porque la luna lo alumbra desde atrás y solo veo su perfil oscuro recortado contra el gris, es él y no se me acerca...

El corazón todavía le latía con fuerza tremenda retumbando en sus oídos cuando sus ojos reconocieron el dormitorio y se quedó quieta, muy quieta, para no despertar a Fermín.

Pantaleón le había contado todo (¡qué señor más malo!) la tarde que Fermín tuvo que ir a la telefónica para reclamar el envío de las inyecciones para desparasitar y ella, que no hacía todavía un año que se había ido a vivir con Fermín, mientras lo esperaba, había caminado hacia la tienda de María Felicia, la nieta de doña Rosita Contreras que, como viajaba mucho a la Capital, tenía cosas muy lindas y no tan caras, y Pantaleón, cuando ella pasó frente al Almacén de don Mareco, se acercó a la verja y le habló.

Cuando Fermín salió de la telefónica la vio alejarse de   —175→   lo de Mareco y a Pantaleón que se introducía en el Almacén cerrado y no le gustó, qué te estuvo diciendo, le preguntó, ¿te molestó? Me habló de zonceras, nomás, me preguntó cómo vivimos y lo que hacemos, le mintió Marina, ¿cómo te voy a decir, se dijo, que ya me contó todo, todo encimado y rápido, ¡qué señor más malo!, como si no tuviera ninguna importancia? ¿cómo te voy a decir que ya sé hermano de quién sos, porque don Mareco le contó a él, y que me siento muy mal al estar contigo?

Pobre Fermín, sos muy bueno, no te mereces todas las cosas que hice, y menos lo que estoy haciendo: ¿cómo voy a permitir que tengas algo que ver conmigo?, no puede ser, claro que no puede ser. Por eso voy a tomar siempre y nunca, aunque me dé mucha pena, voy a dejar de tomar en ayunas mi té de hoja de coco, y cedrón, y coronillo, cuando está por llegar mi fecha y voy a sangrar todos los meses, sangrar y sangrar...

  —176→  

-Las anécdotas y pequeñas historias son algo divertido siempre... Ingeniero, ¿usted leyó alguna vez a Flaubert?

-¿Flaubert?, no, nunca.

-Un tiempo fue mi escritor de cabecera... ¡cómo me gustaba! Conste que no me animo a decirle que se perdió gran cosa al no leerlo...

El ave fénix, pensó Marcos, hace sólo dos meses era otra persona, ahora es el mismo odioso amado don Fermín, no mi debilitado tío.

-Este señor llegó a conocer tanto a la gente que se apartó de todos en el más pura soledad -dejó el vaso sobre la mesita y se introdujo en la pieza, Marcos pudo escuchar que abría la alacena, rebuscaba entre cubiertos, y al rato lo vio salir nuevamente, con una nueva botella de vino y el descorchador.- Yo lo gano a mi gran amigo Flaubert -dijo sentándose.- Yo prescindo incluso del sirviente que a él, por única vez en toda la semana, le hablaba el domingo de mañana... Es domingo, señor, le decía. Simpático, ¿no es cierto?

Marcos se recostó sin decir nada, sus ojos vagaron por el patio, los corrales, el galpón del fondo... ¡cuánta falta hacía Marina! Las plantas estaban amarillentas, sin riego ni cuidados, las hojas secas se juntaba, empujadas por el viento, formando manchones bordeando ondonadas de la tierra apisonada... el patio infundía la misma melancólica dejadez que las puertas polvorientas y la galería desprolija, la cocina sucia...

-Los cuervos revolotean alrededor cuando presienten mortandad, ingeniero.

Marcos sintió que la sangre se le encendía de indignación,   —177→   mucho llegó a conocer a su tío y pudo presentir el motivo de su comentario.

-No tiene derecho a decir eso, don Fermín.

Fermín lo miró sorprendido y desvió la mirada (¿será posible?) como avergonzado.

-Todo esto es para usted, alguna vez.

-No lo quiero, tío.

-No diga tonterías...

-No es por eso que vine.

-Y entonces, ¿por qué?

Marcos se levantó con violencia y se alejó bajando las gradas de la galería hacia su coche, qué notable, pensó, por qué tengo que agitar mi llavero como una campanilla, pero lo apretaba agitándolo y eso le daba alguna sensación de seguridad, se sintió algo ridículo pero la rabia descontrolada le nubló los ojos de lágrimas, qué imbécil soy, carajo, ¡pero qué imbécil!

Esa noche no podía conciliar el sueño, no estoy hecho para estas cosas, pensaba, y las imágenes se sucedían frente a sus ojos en su afiebrada somnolencia. ¡Marcos! le había gritado Fermín desde la galería cuando él maniobraba el auto hacia la salida, no puedo pedirte perdón, le había dicho después, sentados nuevamente uno frente a otro, ni siquiera pienso que tenga alguna importancia; no tengo a nadie, sobrino, estoy solo porque el hijo que pude tener me lo arrebató Marina. Marina, Marina... quién lo hubiera dicho, la hija de Candé... Una y otra vez abortó, y abortó, y abortó... ¿lo sabía?

Marcos aún ahora sentía la boca reseca y sus ojos repentinamente despabilados recorrían la penumbra de su dormitorio más allá del cono de luz de su lámpara de mesa. No había sabido qué decir, pero de todas formas no fue necesario hablar. Fermín no lo hubiera escuchado.

-¡Y cómo disfrutó Pantaleón cuando me lo dijo! Es un gallito este muchacho y por lo visto -está muy enojado, todos necesitamos tener a alguien a quién odiar, ingeniero, se puede vivir sin amar a nadie, pero es imposible no tener a quien achacarle y echarle la culpa de nuestros fracasos... No, Marcos, eso es mentira, lo supe siempre... Pero lógicamente no lo iba a reconocer, ¿no te parece?, necesitamos querer a alguien. Y   —178→   siempre queremos, a nuestra manera, desde luego. Pantaleón no tenía por qué contarle todo a Marina, ¿no es cierto?, no necesitaba hacerle ver tantas cosas, ojos que no ven, corazón que no siente... Disfrutó cuando me lo dijo, después, como si yo hubiera estado ajeno a la realidad, como si yo no hubiera sabido nada... Un hombre tiene que saber mirar la realidad que lo rodea... los pañitos de mi mujer eran irregulares, por temporadas más largas o más cortas, variables... ¿cómo no iba a desconfiar que había algo...?, y cuando lo presioné a Mareco, tuvo que confesarme que le había contado todo a Pantaleón, a Pantaleón... precisamente a Pantaleón.

-¿Qué es lo le contó, tío?

-¿Qué importancia tiene? Pero yo no iba a dejar que se saliera con la suya, ¿no te parece?... Ah, no, claro que no... la vida no es una cadena de venganzas, no señor, no debe ser así.

Marcos no lograba entender, al bajar había dejado encendida la radio del coche y desde lejos se escuchaba repetir una y otra vez la misma propaganda, y miraba a su tío con casi desesperación, ¿qué es lo que me está diciendo? ¿qué es toda esa vida que está pasando frente a mí y no conozco?

-A veces es mejor que no entiendas a la gente -había dicho Fermín levantándose.

Después había salido de su cuarto trayendo un pequeño revoltijo de trapos y le había dado el facón con mango de plata que venía envuelto.

-Conmigo se acaba todo, Marcos, esto no va más... Quiero que lo guardes -le dijo entregándole el facón que ahora, recordando, insomne y nervioso, Marcos acariciaba con sus dedos- Que sea un símbolo.

Marcos lo tuvo en sus manos casi temblorosas, erizada la piel de sus brazos, qué es todo esto, carajo, ¿qué significa?, mientras Fermín se volvía a sentar.

-Un símbolo, ingeniero -vuelve a ser el mismo, pensó Marcos- un símbolo de la incomprensión, de la fidelidad, del odio... de tantas cosas estúpidas como esas. Salud, ingeniero.





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