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El estoicismo de Séneca en «La Araucana» de Alonso de Ercilla1

Patricio Serrano Guevara





Una de las octavas de más hondo patetismo que podemos leer en La Araucana es la vigésima tercera del canto XXXIV en la que el poeta entona la disposición interior de Caupolicán ante la muerte y el segmento discursivo que éste lanza en tal trance. En efecto, ocurre en el instante de resistir la adversidad última con el temor que ella cause y con el agravante de tener ante su mirada el aterrador instrumento de suplicio: la estaca que barrenará sus entrañas. Ésta será la prueba extrema que pondrá en movimiento la virtud de la constancia del líder araucano, consistente en que, de acuerdo a la visión senequiana, un genuino héroe con la impronta del sabio o héroe estoico, es capaz de soportar aquella adversidad suprema y definitiva con serenidad de espíritu, revelada en la inalterabilidad del rostro.

En este trabajo intento determinar fundamentos más consistentes en cuanto a establecer afinidades2 experimentalmente probatorias entre la literatura filosófica estoica romana de Séneca y la arquitectura de tonalidad estoica con que Alonso de Ercilla diseña la caracterización de Caupolicán en relación con la disposición moral de éste presente en una sección de su discurso y en las reflexiones moduladas por el narrador filosófico moral3 de La Araucana, que nos inducen a evocar ineludiblemente el estoicismo imperial senequiano en el héroe araucano por la vía de la imitación4.

Ahondemos en las afirmaciones expuestas en torno a la constancia senecana y su vinculación intertextual con la constancia erciliana desde el punto de vista de la moral estoica. En su opúsculo moral «De constantia sapientis», el filósofo romano medita en un breve pasaje de aquél acerca de la virtud en cuestión:

Sapiens autem nihil perdere potest; omnia inserre reposuit, nihil fortunae credit, bona sua in solido habet contentus virtute, quae fortuitis non indiget ideoque nec augeri nec minui potest; nam et in summum perducta incrementi non habent locum et nihil eripit fortuna nisi quod dedit; virtutem autem non dat, ideo nec detrahit: libera est, inviolabilis, inmota, inconcussa, sic contra casus indurata ut ne inclinan quidem, nedum vinci possit; adversus apparatus terribilium rectos oculos tenet, nihil ex vultu mutat sive illi dura sive secunda ostentantur.


De constantia sapientis» V, 4-5)                


Ahora bien, el sabio nada puede perder, todos <los bienes> los ha conservado en sí mismo, nada ha entregado a la fortuna, sus bienes los mantiene en lugar firme conforme con su virtud, que no necesita de las condiciones de la fortuna y por esto es que <su virtud> no se acrecienta ni disminuye, puesto que lo que ha sido llevado hasta su punto más sublime no deja espacio para elevarse más, y la fortuna no arrebata nada más que aquello con lo que ha favorecido; ahora bien, no ha favorecido con la virtud, por tanto no puede sustraerla. Es libre, inviolable, inmutable, firme, y a tal extremo está fortalecida contra las adversidades, que no puede en absoluto ser doblegada ni mucho menos vencida; mantiene fija la mirada en los terribles instrumentos de suplicio, no altera su rostro aunque las circunstancias se presenten adversas, o favorables5.


En estas líneas del texto filosófico moral senecano están contenidas al menos tres características distintivas atingentes al ejercicio de la virtud de la constancia del sabio o héroe estoico en el momento crítico de antagonizar con el «hado» o «fortuna», esto es, con toda circunstancia adversa. En primer lugar, aquél se enfrenta con la fortuna contraria, parapetándose voluntario en su fortaleza inexpugnable representada por su yo. A continuación, sostiene inquebrantable su mirada en los aparatos o instrumentos de tormento, presagios del sufrimiento. Por último, mantiene su rostro inconmovible ante la fortuna o hado riguroso que puede acarrear, dado el caso, la muerte.

Examinemos cómo se articulan las tres características del sabio o héroe estoico de Séneca con las del Caupolicán de Ercilla a través de las sucesivas octavas que van entonando el climax ascendente de la transfiguración estoica que experimenta el héroe araucano.

Con posterioridad a su captura y ahora ante la presencia de su vencedor, Reinoso, Caupolicán apela a la clemencia del capitán español. Así canta la dramática escena el caballero Ercilla:


No dijo el indio más, y la respuesta
sin turbación mirándole atendía,
y la importante vida o muerte presta
callando con igual rostro pedía;
que por más que fortuna contrapuesta
procuraba abatirle, no podía,
guardando, aunque vencido y preso, en todo
cierto término libre y grave modo.


(XXIV, 16, 1-8)                


En los endecasílabos expuestos el aedo filosófico moral, además de cantar reflexivamente en torno a las tres singularidades ya referidas, incorpora dos sellos más con que Séneca individualiza la virtud de la constancia del sabio o héroe estoico: la salvaguarda de su libertad (libera est) y la imposibilidad de caer vencido (nedum vinci possit) frontero a la fortuna o hado contrario. En efecto, el poeta moral entona que el poder de aquélla no pudo doblegarlo y, a pesar de que en su canto debe reconocer la prisión y dominio del araucano por parte del vencedor, mantuvo «cierto término libre y grave modo», es decir, una disposición de libertad interior y elevación ante tan catastrófico trance.

En la octava contigua el bardo de La Araucana entona meditadamente la sentencia condenatoria del héroe araucano y su presencia de ánimo ante tal dictamen:


Hecha la confesión, como lo escribo,
con más rigor y priesa que advertencia,
luego a empalar y asaetearle vivo
fue condenado en pública sentencia.
No la muerte y el término excesivo
causó en su gran semblante diferencia,
que nunca por mudanzas vez alguna
pudo mudarle el rostro la fortuna.


(XXXIV, 17, 1-8)                


El bardo especula en su canto respecto de los instrumentos o aparatos con los que Caupolicán será torturado, despojado del resto de hálito que persista en él para, finalmente, darle muerte. No obstante, la muerte y la extralimitación criminal y violenta del aparataje ante su vista no alteraron su rostro, sosteniendo la imperturbabilidad de sus facciones y arrostrando con firmeza el poder de la fortuna contrapuesta.

Octavas más adelante, el poeta moral modula el espacio ocupado por los aparatos de suplicio y muerte, y la disposición interior voluntaria del sabio estoico araucano:


Desta manera, pues, llegó al tablado,
que estaba un tiro de arco del asiento
media pica del suelo levantado,
de todas partes a la vista esento;
donde con el esfuerzo acostumbrado,
sin mudanza y señal de sentimiento,
por la escala subió tan desenvuelto
como si de prisiones fuera suelto.


(XXXIV, 21, 1-8)                


Por propia decisión, Caupolicán escala el tablado de ejecución exhibiendo el cuño de la serenidad estoica grabado en su inalterable fisonomía, insistiendo el entonar del poeta en la paradójica libertad del araucano, esto es, aunque el sabio o héroe estoico esté vencido y aherrojado, es libre, puesto que con solo retirarse y afincarse en su yo interior -que no se altera porque el fragor de las circunstancias o hado riguroso lo asedian-, se sitúa más allá de toda amenaza, sufrimiento o temor; por encima de lo que derriba al hombre no ejercitado en la virtud de la constancia desde la que elevado pueda contemplar todas las pérdidas y dolores que pudiera causarle la fortuna hostil.

El poeta filosófico moral en un quinto momento -el séptimo sello estoico de Caupolicán se consuma integrando a nuestra elucubración la octava veintidós y la veintiocho, que entona la muerte estoica del héroe araucano- de sus endecasílabos heroicos, cantando los signos distintivos del héroe estoico, que pone en ejercicio la virtud de la constancia, y corroborándolos con pertinacia al enfrentar el aparataje de suplicio y muerte, con el rostro imperturbable, aboliendo todo temor a la muerte y venciendo con voluntad el hado o fortuna contrapuesta que entraña el estrago definitivo:


Llegóse él mismo al palo donde había
de ser la atroz sentencia ejecutada
con un semblante tal, que parecía
tener aquel terrible trance en nada,
diciendo: «Pues el hado y suerte mía
me tienen esta muerte aparejada,
venga, que yo la pido, yo la quiero
que ningún mal hay grande, si es postrero».


(XXXIV, 23, 1-8)                


Detengámonos a profundizar en el último endecasílabo de la octava recién enunciada. La atendible razón es que hemos descubierto una sentencia de evidente filiación directa entre Ercilla, bardo filosófico moral, y el filósofo romano Séneca desde la perspectiva del ideario imperial estoico. Conste que el endecasílabo en examen no ha sido discutido bajo ningún respecto y en ningún estudio hasta el trabajo presente.

El endecasílabo heroico con que el poeta moral finaliza la octava veintitrés del canto XXXIV: «que ningún mal hay grande, si es postrero», ha sido reescrito imitativamente por Ercilla a partir de una línea de la cuarta Epístola de Séneca: «nullum <malum> magnum quod extremum est» (ningún mal es grande si es el último). La traducción es admirablemente ajustada en el verso erciliano. Ahora bien, la idea fundamental en que el filósofo romano lanza lo que en la escritura filosófica moral senequiana se denomina conceptualmente filmen in clausula, perspicacia epigramática, gira en torno al aniquilamiento del temor a la muerte y el experimentarla con ánimo inmutable. Con el propósito de entender más claramente la escritura intertextual imitativa entre el filósofo moral y el poeta moral, expongamos el contexto más inmediato que circunda la perspicacia sentenciosa meditada por el escritor romano:

Profice modo: intelleges quaedam ideo minus timenda quia multum metus afferunt. Nullum malum magnum quod extremum est. Mors ad te venit: timenda erat si tecum esse posset: necesse est aut non perveniat aut transeat. «Difficile est» inquis «animum perducere ad contemptionem animae». Non vides quam ex frivolis causis contemnatur? Alius ante amicae fores laqueo pependit, alius se praecipitavit e tecto ne dominum stomacanthem diutius audiret, alius ne reduceretur e fuga ferrum adegit in viscera: non putas virtutem hoc effecturam quod efficit nimia formido? Nulli potest secura vita contingere qui de producenda nimis cogitat, qui inter magna bona multos consules numerat. Hoc cotdie meditare, ut possis aequo animo vitam relinquere, quam multi sic complectuntur et tenent quommodo qui aqua torrente rapiuntur spinas et aspera. Plerique inter mortis metum et vitae tormenta miseri fluctuantur et vivere nolunt, mori nesciunt.


(Epístola IV, 3-5)                


Avanza <en el camino de la virtud> así: has de entender que ciertas circunstancias deben ser menos temidas precisamente porque transmiten mucho temor. Ningún mal es grande si es el último. La muerte se encamina a ti: tendría que ser temida si pudiera permanecer junto a ti, pero es necesario que o no llegue o pase de largo. «Es difícil -dirás- incitar el ánimo al desprecio de la vida». ¿No ves por qué insubstanciales causas es despreciada? Uno se ahorcó frente a las puertas de su querida, otro se lanzó al vacío desde el techo para no oír más tiempo a su amo de mal carácter, otro, para no ser recapturado en su fuga, se clava el puñal en las entrañas: ¿desconfías en que la virtud pudiera hacer lo que ha hecho un desenfrenado temor? A nadie, que piense excesivamente en prolongarla, que considere que es un gran bien contar numerosos consulados, puede tocarle una vida exenta de temores. Medita cada día en eso, para que puedas renunciar con ánimo sereno a la vida a la que muchos se abrazan y se aferran como los que a zarzas y piedras <cuando> son arrastrados por el agua torrentosa. La mayoría oscila infortunada entre el temor a la muerte y los tormentos de la vida, y no quiere vivir, <peor, tampoco> sabe morir.


El sabio o héroe estoico se esfuerza en poner en ejecución la virtud de la constancia con la finalidad de eliminar la pasión del miedo ante circunstancias consideradas por él insignificantes o imaginarias. La praxis de tal virtud le permite arrostrar trances que artificialmente son temibles. La muerte podría considerarse un mal grande, pero no lo es, debido a que si la muerte ha tocado al sabio o héroe, éste ya no existe para temerla, y, si no ha sido tocado por ella, habría sido una vana e inoperante percepción haberle temido, puesto que ella ha desviado su curso. Siendo esto así, querer voluntariamente la muerte, subestimando una vida dominada por las pasiones o el miedo, es consecuencia de la virtud de la constancia, esto es, saber morir con ánimo sereno y rostro imperturbable. El ignorante antiestoico muere arrastrado o violentado por no haber ejercitado su yo en la virtud referida.

Para concluir, esta meditación de Séneca queda, de acuerdo con nuestra óptica, perfectamente integrada, desde una perspectiva de tonalidad estoica romana imperial, en la octava heroica de Ercilla. Efectivamente, respecto de la reflexión moral cantada por el narrador filosófico moral, el sabio o héroe estoico encara la muerte con ánimo inmutable que indefectiblemente se reflejará en un rostro sereno. Y en cuanto al segmento discursivo de Caupolicán, el sabio o héroe estoico enfrenta al hado o circunstancia adversa sabiendo morir o morir voluntariamente libre de todo temor.






Bibliografía citada

  • Albarracín-Sarmiento, Carlos. «Arquitectura del narrador en La Araucana». Studia Hispanica in honorem R. Lapesa. II, Madrid: Gredos, 1974: 7-19.
  • Burke, Peter. El Renacimiento. Barcelona: Crítica, 1999.
  • ——. Los avatares de El cortesano. Barcelona: Gedisa, 1998.
  • Caillet-Bois, Julio. «Hado y Fortuna en La Araucana». Filología, año VIII, 3 (Universidad de Buenos Aires, 1964): 403-420.
  • Ducamin, Jean. L'Araucana. París, 1900.
  • Ercilla, Alonso de. La Araucana. Ed. I. Lemer. Madrid: Cátedra, 1988.
  • Séneca, Lucio Aneo. De la constance du sage. Texto latino y francés de R. Waltz. París: Société D'édition «Les Belles Lettres», 1970.
  • ——. De la providence. Texto latino y francés de R. Waltz. Paris: Société D'édition «Les Belles Lettres», 1970.
  • ——. Ad Lucilium epistulae morales. Texto crítico de L. D. Reynolds. Oxford, 1965. 2 vols.


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