Enfoques recientes del problema de Comodiano: discusión
Sebastián Mariner Bigorra
En un artículo que ha hecho época («La Phonologie et la Poétique», TCLP 4, 380 ss.) J. Mukarovsky señaló cómo los procedimientos versificatorios básicos en una lengua determinada se fundan en hechos no meramente fonéticos o acústicos, sino necesariamente fonemáticos o fonológicos. Era dar, por fin, justificación teórica radical a lo que ya «se sabían» nuestras viejas Poéticas y Preceptivas: en cast., p. ej., podían rimar labio y Octavio, viva y prohíba; claro, desde que entre b y v no había diferencia fonemática. Más aún: «permitían», en asonante, rimar Venus como en e-o (con Febo, p. ej.) y Tetis como en e-e (p. ej., con pese). Con ello nada menos que el conocimiento de la importancia de las combinaciones de los fonemas vocálicos estaba ya, pues, preludiado: es sabido que los fonemas i y u átonos no aparecen normalmente en sílaba final en voces casi autóctonas, debido a que esta lengua los pasó precisamente a e y o (feci > hice; accus > arcos).
También en el campo de la latinidad se había preintuido, como en nebulosa, la que ahora es nítida formulación del estructuralismo praguista. Así, en el caso que me ocupa, la naturaleza del «hexámetro» de Comodiano ha sido casi siempre relacionada con la pérdida de las oposiciones cuantitativas, uno de los fenómenos más importantes en la transformación del latín tardío: el poema habría escrito quasi uersu (denominación aplicada ya por Gennadio, a. 490 de C., a dichos «hexámetros») porque, falto de una conciencia idiomática de aquellas diferencias, sus posibilidades ya no le permitían decidir si una sílaba era larga o breve. Cierto que la iniciada relación no es lógicamente indispensable: pudo Comodiano tener un habla de lo más clásica y dirigirse a un público que la poseyera también y, en cambio, carecer él de la habilidad necesaria para elaborar versos cuantitativamente correctos. Sin embargo, ello seria poco probable, dado el carácter proselitista de su obra: si los más de sus posibles lectores hubieran sido capaces de reconocer lo defectuoso de tal estructura, ¿a cuál de ellos pudo esperar atraer hacia la religión nueva, presentándola con el descrédito inherente a tan acusado rasgo de incultura en el propagandista?
Por esta razón u otras, pues, el fenómeno lingüístico y la obra comodiánea han solido considerarse emparentados siempre. Hasta tal punto, que, a quien observe la cuestión desde la barrera, no ha de serle difícil ver cómo esta implicación ha presentado a veces peligrosos síntomas de petición de principio, que, en su forma más despreocupada, podría establecerse así: Comodiano no construye versos cuantitativos porque desconoce las cantidades vocálicas; las cantidades vocálicas son ignoradas de Comodiano, puesto que sus versos no son hexámetros cuantitativamente correctos. Naturalmente, las dos afirmaciones, latentes, no se habrán formulado, de seguro, jamás a renglón seguido como lo acabo de hacer. No obstante este estado latente, en una forma más mitigada y en combinación con la inseguridad cronológica de nuestro escritor, el tira y afloja de las distintas escuelas había llegado ya a ser clásico: se situaba a Comodiano en el siglo V por parte de quienes sostenían una dilatada persistencia de las oposiciones cuantitativas; la postura adversa le fechaba mucho antes (s. III), porque ya en este siglo aquellas diferencias habrían estado en franca quiebra.
Como es natural, ante semejante situación, la solución debe partir de fuera del círculo vicioso, apoyado con argumentos al margen de los elementos que en él ruedan [I época del fenómeno prosódico, II época del versificador, III índole de su quasi uersus] cada uno de dichos elementos.
I. Con referencia a la datación del hecho lingüístico, quisiera conectar ante la benévola atención de ustedes los conocidos hechos, tantas veces expuestos y por tantos (de quienes los he resumido en más de una ocasión, lo que me dispensa ahora de una reincidencia que sería imperdonable), con otro hecho, que creo muy significativo, conocido en los últimos años: en el estudio de las inscripciones fechadas de la ciudad de Roma, los esposos Gordon han observado (véase mi reseña en Enterita 26, pp. 368-370) cómo, aparte del enrarecimiento del uso de los ápices, el otro signo de la cantidad vocálica, a saber, la I longa por i larga, abundante en el siglo I, se especializa en el siguiente, a partir de Adriano, para ciertas palabras (típica característica de los procedimientos ortográficos correspondientes a hechos lingüísticos caducados), y se hace escasísimo en los siglos IV y V. Cosa natural, sin duda, dentro de la suposición de que el proceso de desfonematización de la cantidad latina deba fecharse precisamente entre los siglos indicados, o sea, en los siglos II y III.
II. Para la datación del escritor, me parece importante sumar a lo ya sabido los resultados alcanzados recientemente por K. Thraede, «Beitrage zur Datierung Commodians», Jahrbuch für Antike & Christentum (1959), pp. 90-114, por los que el siglo III parece también el más probable para Comodiano a juzgar por un hecho totalmente extrínseco a la métrica, como es el léxico.
III. Mas, a pesar del acuerdo de fechas que acabo de patentizar, y tal vez como reacción a una opinión que casi fue común hace un decenio, a saber, que el verso de Comodiano era de índole acentuativa; en todo o en parte (a saber, en la cláusula), pero desde luego no cuantitativa, exposiciones recientes -como que aparecidas después de nuestro Congreso anterior- impugnan uno y otro extremo: así, p. ej., las de W. Beare «The origin of rhythmic latin verse», Hermathena 87 (1956), pp. 3-20, y Jacques Perret, «Prosodie et métrique chez Commodiem», Annales de la Faculté de Lettres de Toulouse, Pallas 5 (1957), pp. 28-42. Consecuentemente, éste, de acuerdo con la interdependencia entre obra y fenómeno a que ya me referí, señala (p. 39) que «la seguridad con que Comodiano distingue la cantidad de las sílabas tónicas abiertas proviene de que el sistema de oposiciones que define estas cantidades existía todavía en su propia habla». Afirmación entroncable con una dirección casi constante en la antigua escuela métrica francesa (Havet, Juret), que no es de extrañar, pues, que haya encontrado el eco aprobatorio de su máximo representante en la actualidad, L. Nougaret, en su reseña (REL 35 [1957], (314-315) de las Recherches sur la structure et l'origine des vers romans [París, 1957], de Michel Burger, cuando éste reconoce que Comodiano «no ha hecho sino leer los hexámetros cuantitativos sin tomar en cuenta la cantidad»
Como se ve, trátase de afirmaciones restringidas: oposición cuantitativa sólo en las tónicas; para Beare, todavía mucho más. sólo en las dos tónicas de la cláusula. Centraré mi discusión en ésta, toda vez que su invalidación como cuantitativa en los tiempos fuertes trae aparejada a fortiori la inadmisibilidad en el resto. Y, a fortiori también, la circunscribiré a la menos «defectuosa» de las dos obras comodiáneas, el Carmen apologeticum, como hacen, por lo común, los dos autores indicados, muy razonablemente, pues es sabido que aquí, sin el pie forzado que suponen los comienzos acrósticos de los versos de la otra obra, Instructiones, el versificador habrá podido rendir el máximo que su habilidad le permitía.
A) Beare afirma, realmente -como detalle especial dentro de su, de seguro, intencionadamente laxa fórmula: «hexámetros cuantitativamente correctos si se admite que las breves, llegada la ocasión, pueden ser tomadas como largas; las largas, en su caso, como breves»-, que, de haber buscado Comodiano sólo una cláusula heroica acentuativa ('—'-) podía haber colocado al final, sin restricción, bisílabos yámbicos o pirríquicos: «aunque cuantitativamente incorrectos, habrían sido correctos acentuativamente. Sólo dos ejemplo tales pueden encontrarse en los 490 vv. del Carmen apologeticum», dice.
La desproporción aludida sería tan exorbitante, que difícilmente podría cerrarse los ojos ante ella. Sin embargo, no parece exacta: si Beare quiso aludir a los 490 primeros vv. del Carmen, el número de cláusulas con 6.º tiempo fuerte breve es triple entre sólo 235 vv. acabados en bisílabo de los computa dos (los finales trisílabos han de excluirse del cómputo, pues en las cláusula así terminadas [tipo ígnis habébit], de suponer que el poeta buscaba la cláusula acentuativa indicada, la relación entre lugar de acento y cantidad de la penúltima situaba allí una larga poco menos que automáticamente). Si quiso referirse a los vv. acabados en bisílabo en toda la obra -pero éstos no son exactamente 490, sino una veintena más-, el número de breves en 6.º tiempo fuerte aumenta todavía.
Ante esta inseguridad, he creído de interés someter a estadística el total de 1.053 vv. de esta obra (cito, de no advertir lo contrario, según la ed. de Ludwig en la col. Teubner). Al tiempo que el pie 6.º, he examinado el 3.º, del que análogamente sostenía Beare que su tiempo fuerte era generalmente una larga. He aquí mis resultados:
6.º tiempo fuerte.- De 526 finales bisilábicos, 343 presentan en él larga por posición y 42 un diptongo, elementos cuya «longitud» podía Comodiano ver materialmente. En el resto aparecen 112 con larga frente a 14 con breve (18 bibant [ms.: intentos de corregir -inútilmente- uiuant], 42 quoque, 114 solet [corr.; ms. solus, sin sentido], 161 aqua, 265 Sion [ms.; Pitra propuso la inútil corr. Sionis, imposible, además, acentuativamente], 372 uenit [presente poca menos que cierto: Cantate Domina, numen est Deus illi qui uenit], 547 die, 578 item [corr. necesaria por el sentido; ms. idem], 652 y 684 aqua, 838 aquae, 913 ruti [corr. necesaria también; ms. bruti], 1.037 luto [-to suplido en laguna y 1.043 dolo). No computo en ningún grupo los casos de positio debilis, escasísimos (cinco: 251 patre, 360 patre, 427 retro, 628 Petro, 638 patre) y poca significativos por su índole misma (vocal breve, pero posibilidad de cómputo de la sílaba como larga).
5.º tiempo fuerte.- Entre el total de vv., aparece en 216 ocasiones una larga motivada prosódicamente, tratándose de tri- o polisílabos ante bisílabo; o equivalentes ([...] - —' - -'. —) también en este caso, la situación buscada de acento determinaba una larga en este semipié. De los restantes, y descontando por ahora los 35 de que me ocuparé luego en B), surge una distribución bastante análoga: 453 con larga por posición (aparte otros cinco con positio debilis: 431 ibri designantl, 543 supra notaui, 546 Petro regnante, 598 lucra conatur, 1.020 funebria claustra), y 50 con diptongo -largas «a la vista», por tanto-; del resto, 243 con vocal larga, 53 con breve (27 datas a Summo, 29 humiles omnes, 35 praeposuit orbi, 92 humilem ipsum, 134 Oceani finem, 188 Dei decreta, 192 duce Moyse, 223 Zachariam ad aras, 227 tuba canebant, 228 sui negarent; 245 Esaiam prophetam, 254 suo priuata, 282 quoque pro nabis, 309 humilis altus, 342 sacrificio dicens, 343 sacrificum uestrum, 375 genui fili, 390 magum dicentes, 444 quoque uidere, 446 miseris summum, 466 meo decreta, 476 genere plaudunt, 479 gratis uidetur, 496 sua seu irae, 497 Dei secreta, 506 paenituit illos, 516 patitur inquit, 587 uituperatus, 588 proloquia mira, 633 maris mibat, 645 profluuio sonata est [caso tal vez a excluir y a contar con los de larga por posición si se considera que la constituía el grupo wj a que la escansión obliga: profúujo sonáta (e)st], 656 pati decreuit, 666 Dei clamatar, 689 aderat ante, 713 odio natum, 727 neque tyrannis, 754 Dei refugant, 767 Dei secreto, 773 data credendi, 827 hebdomadis axe, 830 ab oriente, 839 lues in orbe, 847 neque coluntur, 859 odio toto, 862 Nero fugatus, 937 ibi morari, 939 ibi morantur 940 odium ullum, 955 Deo praesente, 976 Dei rebelles, 1.009 y 1.029 proficiet illi, 1.052 agia? [semper]). ,
Como se ve, en uno y otro caso (sobre todo en el segundo), estamos muy lejos de la aplastante superioridad pretendida por Beare. Pero, aun así, superioridad, innegablemente. Sin embargo, ya en estas proporciones no resulta difícil razonarlas, y a base de argumentos muy conocidos y extrínsecos: menor número de sílabas breves tónicas en la lengua latina; realidad de que Comodiano ha imitado mucho, y sobre todo en sus cláusulas, a poetas cuantitativos; repetición estereotipada -o con largas variantes- de muchas de aquéllas, una vez había «encontrado». No creo útil pensar que Comodiano se guiara precisamente por el timbre para conocer largas (= cerradas) y breves (= abiertas); en este caso esperaríamos que sus fallos comprendiesen sobre todo voces con ă, donde no podía existir tal guía, dada la indiferencia de timbre de esta vocal y su larga correspondiente; pero no es así, antes comprenden también a las demás vocales, e incluso en el caso de vocal ante vocal.
B) Es aleccionador, ahora, comparar este notable número de equivocaciones (y sólo en los tiempos fuertes de la cláusula), con el mantenimiento en ella de su regularidad acentual. Aleccionador y conveniente, pues también este punto ha si do controvertido por Beare. Sin embargo, júzguese (prescindo de los escasos versos con problema crítico: 320 stiris eius omnes [corr.; ms. sic eius [...]; me permito sugerir stirps, en concordancia ad sensum con moriemur, lo cual ajusta del todo la acentuación], 485 altari iusti [corr.; ms. altera iusta, sin problema prosódico], 970 iter Dea captant [corr. innecesaria del regular pariterque decantant], 984 ut resurgant [la corr. de Liembach uti resurgant resolvería toda dificultad]: a) versos terminados en tetrasílabo hallo sólo cuatro; a dos de éstos les precede un monosílabo, con lo que la regularidad acentuativa se restablece (443 nón derelínques, 830 áb oriente). Pero es que incluso en los otros dos -aparte de que 405 podría interpretarse prius quám loqueretur- del tipo adorabunt, que escandaliza a Beare, no rebasan ni con mucho el número de espondaicos que quepa hallar en un poeta clásico; y los espondaicos acaban precisamente, de preferencia, en tetrasílabo. b) Los demás versos no terminados según la distribución virgiliana habitual (3 + 2, 2 + 1 + 2, 2 + 3) no ofrecen irregularidad acentual digna de nota (prescindo, claro está, de la que incluso en cláusulas de tipología normal se podría señalar en 37 praebere laudes y 602 augere quaerunt, sabido como es que Comodiano hace frecuentes cambios de conjugación 2.ª a 3.ª; en 193 leo al final Sina en lugar de Sinaí): ocho acaban en pentasílabo (21 fástidiéntur, 121 cónditiónis, 345 mágnificátur, 369 nésciebámus, 425 Déuteronóm(i), 440 ímposuísti, 459 clárificábor, 587 uítuperátus), con distribución de acentos perfectamente equiparable a la normal. Otros corresponden a la fórmula... 1 + 2 + 2, tipo uox mea tantum, citado también con escándalo por Beare; pero donde el acento del monosílabo o el secundario del vocablo anterior «desacentúa» rítmicamente -para servirme de la expresiva terminología de A. García Calvo en su gran Pequeña introducción a la Prosodia latina, párr. 113-, como ha de ocurrir de regla en la poesía acentuativa medieval (9 uóx mea tántum, 47 hominúm nimis cláusa, 88 quís Deo dignos, 103 y 125 ét sine fíne, 189 éx se Rebécca, 250 nón erat ante, 270 ét pedes ipsí, 283 ín noua lége, 304 quó tibi uíta, 378 ét quis in ipso, 422 quí me negárem, 433 ét sine freno, 442 quí me negárent, 488 quíd est in íllum, 550 páx uobis ínquit, 554 nón ego credo, 556 = 550, 593 plús doled íntus, 608 sí quis euítat, 609 sít deo súmmo, 617 totidém qui refécit, 787 quíd fuit ánte, 813 súb iugo míttunt, 835 né pluat índe, 958 é se paráti, 975 [pró suis] púgnans, 108 tót mala féruunt, 1.030 [núnc] pro se fléntes). En total, 31, y todos ellos justificables según queda dicho.
Y más aún que justificables: justificantes a su vez de que era precisamente una sucesión de acentos lo que en estas cláusulas buscaba Comodiano como debió de ser el caso de Virgilio, una tipología, una distribución de volúmenes de palabras (la cual daba lugar a la sucesión de acentos automática, pero secundariamente). En efecto, el tipo... 1 + 2 + 2 (o 1 + 4), pese a ser cláusula heroica en lo acentuativo, pese a existir normalmente en Ennio (dí genuérunt), es más bien rehuido por Virgilio y sus sucesores. A Comodiano, en cambio, le sirve sin estorbo.
Más aún: Virgilio no rehuía, porque eran tipológicamente aceptables, los finales en que + 2, tipo Lauinjáque uénit. Pero en ellos el acento de enclisis recaía muy diferentemente de como lo hacía el de las cláusulas más comunes. ¿Será casualidad que en todo el Carmen apologeticum no se halle ninguno?
Creo que no, y espero que mis cansinas estadísticas puedan servir para comprobar, en algo, la penetrante formulación de Mukarovsky citada al comienzo: también en latín cristiano, a la hora de la desfonematización de las oposiciones cuantitativas y, consecuentemente, de la independencia del acento con respecto a ellas, uno de sus más antiguos escritores en verso -como poeta, bastante cansino también- ofrece el enorme interés de atestiguar cómo, tal vez inconscientemente, iba prescindiendo de aquéllas y basando en éste el fundamento de su ingenua versificación1.