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Esbozos y rasguños


José María de Pereda


[Nota preliminar: Edición digital a partir de la de OO.CC., Madrid, Impta. de Manuel Tello, 1888, t. II y cotejada con la edición crítica de Salvador García Castañeda (OO.CC., Santander, Tantín, 1989, t. II, pp. 143-399).]


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Al Sr. D. Manuel Marañón

Queridísimo amigo e inolvidable conterráneo: Perdone usted la franqueza con que le elijo para presentar al bondadoso público, a quien tantas atenciones inmerecidas debo, estos rebuscos de mis cartapacios, obras, las más de ellas, que ni siquiera tienen el atractivo de ser inéditas; pero precisamente para las malas causas es para lo que se necesitan los buenos abogados; y he aquí por qué, en la presente ocasión, le cargo con el peso de esta dedicatoria. Mas no se entienda por ello que reputo el libro por enteramente indigno de andar en letras de molde, porque si tal creyera no le publicara: observación que se me ocurre cada vez que leo al frente de una obra pueriles e insistentes declaraciones del autor, de que la tal obra no vale un pito. Pues si tal cree, ¿para qué la da a luz?; y ya que la da, ¿para qué lo dice? Con franqueza, amigo mío: creo que entre mucho, menos que regular, hay en este libro algo que merece los honores de la imprenta, y por eso no comienzo poniéndole a los pies de los caballos, aunque lamente de todo corazón que no sea, en conjunto, tan excelente como yo quisiera, para que el público le recibiera con palmas y usted me agradeciera el cargo que le encomiendo.

Lo que podrá muy bien ocurrir (y aquí está lo grave del negocio) es que el lector y yo discordemos grandemente en lo relativo a la bondad de lo que yo reputo por no malo.

Él no verá, pongo por caso, donaire, ni color, ni dibujo, ni ingenio en tal Rasguño o en cuál Esbozo, y yo le pondré sobre mi cabeza porque me recuerda tiempos, hombres, cosas, motivos y ocasiones que, al pasar por mi memoria, tócanme en el corazón y remózanme el espíritu. Diráme que nada de esto le sucede a él, y que, por ende, la obra es mala; a lo cual replico que pasan de media docena los lectores que la esperan y han de juzgarla por el mismo lado que usted y yo, porque fueron unos actores y otros testigos presenciales de los sucesos, y hasta de la pintura de ellos, y saben y aprecian el por qué de cada trazo y el motivo de cada línea... y no digamos tan mal de un libro que cuenta con siete lectores, por lo menos, hoy que tantos mueren intonsos, pasto de polillas y ratones.

Hay, además, otra razón que justifica la aparición de este volumen; y es la de habérsele ofrecido al público en dos ocasiones, llevado yo de esta candorosa sinceridad que no me consiente ocultarle el más mínimo propósito que tenga alguna conexión con estas mis literarias aficiones...

De todas maneras, ruégole a usted, mi buen amigo, que si oye lamentarse a alguien del dinero que invirtió en comprar el libro, le excite a volver los ojos al rótulo de la portada: verá entonces cómo no tiene derecho a pedirme más de lo que le doy, o miente el diccionario de la Academia; y hasta le sería a usted fácil demostrarle que me debe gratitud, puesto que, al limpiar los fondos de mis cartapacios, no agregué a los presentes papelejos más de otros tantos que, en su obsequio, condené a perpetua oscuridad.

Conste, pues, que, al salir a luz este libro, pago una deuda contraída con el público, y, que la pago con cosa que, aunque no buena, encaja perfectamente en los términos de la oferta. La recta justicia no obliga a más.

Y si, a pesar de éstas y de las otras razones, aún insiste el huraño lector, tentado del demonio, en dar una silba al libro, ¿qué hemos de hacerle?... En este triste caso, ruéguele usted, amigo mío, en nombre de los dos, que la reserve para un poco más adelante; pues entre manos traigo asunto de mayor empeño, y más digno que esta pequeñez, de encender sus iras o de alcanzar sus alabanzas.

Déme Dios bríos para merecer las últimas; inspírele a él, y no la idea de la silba; guárdele a usted, y reciba estos renglones y la pobre ofrenda que los acompaña, en testimonio de lo mucho que le quiere su amigo y paisano.

José María de Pereda

Santander, enero de 1881.






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Las visitas


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- I -

Ponte los guantes, lector; sacude el blanco polvo de la levita que llevabas puesta cuando despachaste el último correo (supongamos que eres hombre de pro); calza las charoladas botas que, de fijo, posees; ponte majo que hoy es día de huelga, no hay negocios en vamos a hacer visitas.

Este modo de pasar el tiempo no será muy productivo que digamos; no rendirá partidas para el debe de un libro de caja; pero es preciso hacer un pequeño sacrificio, lo menos una vez a la semana, en pro del hombre-especie de parte del hombre individuo; es decir, dejar de ser comerciante para ser una vez sociable.

Y para ser sociable, es de todo punto necesario atender a las exigencias del gran señor que se llama Buen-tono. Ser vecino honrado, independiente y hasta elector, son cualidades que puede tener un mozo de cuerda que haya sacado un premio gordo a la lotería.

Para vivir dignamente en medio de esta marejada social, es indispensable tener muchas «relaciones», hacer muchas visitas, aunque entre todas ellas no se tenga un amigo.

Porque amistad es hoy una palabra vana: es un papel sin valor, que nadie toma, aunque le encuentre en medio de la calle.

La amistad, tal como la comprenden los hombres de buena fe, es una señora que, si bien produce algunas satisfacciones, en cambio acarrea muy serios compromisos, y no es esto lo que nos conviene. Hállese un afecto, llámese como quiera, que aparentando las primeras evite los segundos, y entonces estaremos montados a la dernière. En esta época de grandes reformas todo lo viejo debe desaparecer como innecesario, si no quiere pintarse al uso moderno.

Dar los días a la señora de A.; despedirse de la condesa de B.; apretar la mano al barón de C.; refrescar con el capitalista D.; hablar en calles, plazas y cafés de la última reunión de las de Tal, o del de las de Cual; decir «a los pies de usted» a cuantas hembras crucen por delante de uno, y no conocer a fondo a nadie, es lo que se llama vivir a la alta escuela moderna; ser un fuerte apoyo de la flamante sociedad.

¡No se concibe cómo se arreglaban las gentes cuando no se conocían las tarjetas, ni se pagaban los afectos con papel-visita!

Por eso tenemos el derecho de reírnos de su crasa ignorancia.

Pero no te rías, lector, en este momento, porque vamos a entrar de lleno en el asunto, y el asunto es tan serio, que la menor sonrisa le profana.

Descúbrete, pues, y chitito.

La visita de rigor es un vínculo sui géneris que une a dos familias entre sí. De estas dos familias no puede decirse que son amigas, ni tampoco simplemente conocidas: son bastante menos que lo uno y un poco más que lo otro; es decir, están autorizadas recíprocamente para no saludarse en la calle, para hacerse todo el daño que puedan; pero no deben de prescindir entre sí del ofrecimiento de la nueva habitación, ni de la despedida al emprender un viaje, ni de la visita al regreso, ni del regalo de los dulces después de una boda o de un bautizo.

Esta definición parecerá un poco ambigua a primera vista; pero si se reflexiona un poco sobre ella, se comprenderá menos.

Y lo peor es que no se puede dar otra más clara, porque lo definido es incomprensible.

Vaya un ejemplo, en su defecto.

Doña Epifanía Mijo de Soconusco, y doña Severa Cueto de Guzmán, son visita.

Ricas hasta la saciedad y envidiadas de cuantas se quedaron unos grados más abajo en la rueda de la voluble diosa, son la esencia de buen tono provinciano, que es la equivalencia o copia de la etiqueta cortesana, si bien, como todas las copias, bastante amanerada, o, como diría un pintor, desentonada. Mas la entonación de cuya falta adolece el cuadro, está perfectamente compensada con la riqueza del marco que le rodea; lo cual, en los tiempos que alcanzamos, vale algo más que los rancios pergaminos de un marqués tronado.

Y no se crea por esto que doña Epifanía despreciaría una ejecutoria si la hubiera a sus alcances. Dios y ella saben lo que ha trabajado para encontrar, entre las facturas de su marido don Frutos, algún viejo manuscrito que la autorizara para pintar en sus carruajes algún garabato heráldico; ya que no león rampante en campo de gules, siquiera una mala barra de bastardía entre un famélico raposo y una caldera vieja en campo verde; pero siempre tan nobilísimos deseos han tenido un éxito desdichado. Los únicos manuscritos que parecieron de algún valor, eran efectos a cobrar; las barras eran más de las precisas, pero de hierro dulce y ya estaban vendidas; la caldera se halló en la cocina, pero era la de fregar; por lo que hace al raposo, le dijeron que, aunque abundaban en el país, eran muy astutos y difíciles de atrapar.

A pesar de tan funestos desengaños, no vayan ustedes a creer que doña Epifanía desistió de su proyecto. Persuadida, por lo que había oído alguna vez, de que la heráldica es una farsa, y que cada cual se la aplica según le parece, concibió un proyecto magnífico si se le hubieran dejado llevar a cabo. Ideó cruzar en una gran lámina de oro, la barra, colgando de ella la caldera; en el cuartel que quedaba vacío, retratar el gato, ya que el raposo no se prestaba a ello, y para orla, a manera de toisón, encajar un rosario de peluconas de don Félix Utroque. Todo esto cubierto por detrás con un pañolón de Manila, en defecto de un manto santiagués, debía hacer un efecto sorprendente, y sobre todo, un escudo que si aristocráticamente valía poco, en cambio, en riqueza intrínseca, mal año para todos los más empingorotados de la historia. Tal fue el proyecto de doña Epifanía; mas a don Frutos, que, aparte de ser hombre de gran peso, es bastante aprensivo con sus puntas de visionario, se le antojó que aquel grupo de figuras era una batería de cocina; que el gato mayaba; que la caldera sonaba contra la barra, y que bajo los pliegues del pañuelo asomaba la punta de un estropajo, lo cual era hablar muy recio en heráldica y exponer a grave riesgo su posición entonada.

Dos Frutos negó su consentimiento, por primera vez en su vida, a un capricho de doña Epifanía. Por eso no gasta librea su servidumbre.

Más afortunada doña Severa por haber dado su mano a un Guzmán, le ha sido muy fácil llenar su antesala y sus carruajes de coronas y blasones, sin más trabajo que encargar a un pintor unas cuantas copias de las armas del defensor de Tarifa, armas que, dicho sea de paso, apenas fueron expuestas a la pública consideración, produjeron terribles disgustos al infeliz que las consideraba como su mejor obra. ¡Pobre Apeles, y cómo le pusieron las visitas de doña Severa, y hasta gentes que nada tenían que ver con ella! ¡En mal hora para su fama emprendiera aquella obra! Nadie quiere reconocer en los cuarteles del escudo el pensamiento de la de Guzmán. Quien toma la torre por un barril de aceitunas; quien por un balde de taberna; a unos recuerda el tajo de un herrador; a otros el yunque de un herrero; a éste un cuévano pasiego; al otro la cubeta de un zapatero; y en su afán etimológico, no falta quien le compare con el tamboril del Reganche. El puñal del héroe, que aparece en el espacio, también varía de nombre a medida que le van observando. Ya es una lesna, ya una navaja de afeitar, el flemen de un albéitar... en lontananza, es decir, allá a lo lejos, como existen en la mente los recuerdos de lo ya pasado.

Entre tantas divergencias, doña Epifanía endereza su opinión hacia otro lado. Sostiene, siempre que viene a pelo y aunque no venga, que las alhajas y los blasones valen tanto como el que los lleva; lo cual en el asunto de que se trata podrá ser un poco exagerado, pero en tesis general es la mayor verdad que ha salido de los labios de la señora de don Frutos. El fragmento de un vaso sobre la pechera de un rico negociante, pone en grave riesgo la reputación de un diamantista, al paso que el mismo Soberano lanzando sus rayos de luz bajo las solapas del humilde gabán de un hortera, parece un cristal mezquino; la espada de Alejandro en la diestra de un cocinero, no vale más que un asador. Todo lo cual, traducido libremente, significa que el hábito no hace al monje.

Pero sea de esto lo que fuere, es indudable que la blasonada señora figura en el gran mundo (no se olvide que estamos en una provincia), y es individua de cuantas asociaciones filantrópicas se crean; circunstancia que, por sí sola, constituye el crisol en que se prueba hoy el verdadero valor social de las gentes principales.

Al grano, lector.

La señora de don Frutos ha dado la última mano a su prendido; y enterada, por su libro de memorias, de las visitas con quienes está en descubierto (técnicas), se ha decidido a cumplir (id.) primero con doña Epifanía, o expresándonos a mayor altura, con la de Guzmán.

Provista la visitante de todo lo necesario para el caso (sombrilla, abanico y tarjetero), sale a la calle a pie, no por falta de carruaje, sino porque la distancia no le exige; y sin alterar por nada ni por nadie su grave marcha, llega a pisar el lujosísimo estrado de su visita, que aparece, a poco rato, con la sonrisa en los labios.

Oprímense ligeramente las manos (la etiqueta no permite más); y, después de las preguntas de ordenanza, añade doña Epifanía:

-¿Y ese caballero?

(Con permiso del dómine de mi lugar, ese caballero es Guzmán).

-Bien, gracias -dice su costilla-: está en el escritorio y siente mucho no poder saludar a usted. ¿Y Soconusco?

-Pues está bien, gracias: ocupado, corno siempre, en sus negocios.

Aquí se constipa doña Epifanía, y su abanico revuelve un huracán. Hay que advertir que esta señora trata, siempre que puede, de mencionar a su marido con el nombre de pila, y por lo mismo sus visitas se empeñan en usar el apellido.

Como de ordinario le sucede, esta vez le amargó el Soconusco, y quedó la conversación interrumpida un breve rato, hasta que doña Severa, algo más diplomática y traviesa, volvió a anudarla.

-¿Conque usted, según eso, no se ha movido de su casa este verano? -dijo la de Guzmán, después de haber tocado el capítulo de los viajes.

-¡Como pienso ir muy pronto a París por dos o tres meses, o por todo el ivierno, si me acomoda!... -contestó la de don Frutos, poniendo un gesto que quería decir: «chúpate esa».

-¡Ay, dichosa de usted que sale de este destierro! Yo también había pensado en ese viaje; mas con el trastorno de los baños primero, y ahora con la indisposición de la niña, temo no poder hacerle hasta la primavera.

-Pero lo de Mariquita no es cosa de importancia.

-¡Jesús!, ya se ve que no; pero, con todo, ¿cómo había de salir yo de casa dejándola tan delicada?... ¡La pobre!... ¡Quince días con dolor de muelas! ¡Bien tranquila estaría yo!...

-Eso se le pasará pronto -insistió doña Epifanía, que a todo trance quería obligarla a confesar la verdadera causa que le impedía el viaje.

-También yo lo creo así, pero la convalecencia.

-Cuestión de dos días, hija...

-No te hace, siempre quedará algo delicada.., y ¡qué sé yo! -añadió ya picada-, la inquietud... y... porque el amor de madre...

-(¡A quién se lo cuenta) -díjose la otra señora; y en voz alta:

-Tiene usted razón; para no ir con toda libertad, más vale quedarse en casa.

Doña Severa no contestó. Esta vez venció doña Epifanía, que enseguida mudó de conversación.

-¿Y cómo han estado los baños?

-Pues como siempre: mucho barullo y nada en limpio. Aquello se va poniendo incapaz... Yo, gracias a que estaban allí la marquesa A, la generala B y la condesa Z, con quienes pasaba el rato, que si no, me hubiera vuelto en cuanto llegué. ¡Qué bromas! ¡Qué bailes! Aquella gente parece que no tiene prencipios.

-Por supuesto que no los tiene, y por aquí sucede lo mismo; hay una mescolanza que nadie la entiende.

-Pero por Dios, señora, que sepan distinguir de colores tan siquiera.

-A buena parte va usted.

-¡Si yo estoy atontada con lo que veo! Esa gente de todo saca partido; lo mismo de una boda que de un intierro.

-Así anda ello -dice la de don Frutos con cierto retintín-. Por algo menos se ha visto muchas veces intervenir a los de policía.

-¡Ya se desengañarán alguna vez! -exclama entonces en tono profético la de Guzmán.

-Sí; pero entretanto, como dicen ellas, «gozamos y vivimos».

-Y luego extrañarán que... Más vale callar.

-Dice usted bien: hay cosas que no valen la pena de que una trate de ellas.

La conversación toma otro giro nuevo; pero le toma como la tijera de un sastre, sobre el mismo paño.

Cuando la visitante cree que ha pasado el tiempo preciso para la visita (la de rigor le tiene rigorosamente marcado), cambia el abanico a la mano izquierda, pónese de pie, tiende la diestra a la visitada, asegúranse por la milésima vez sus profundas simpatías, dánse el último adiós en la escalera, y poco después está doña Epifanía en la calle, haciendo rumbo a otra visita, con quien se halla también en descubierto.

No trataremos de seguirla, porque las visitas de rigor todas son lo mismo, con ligerísimas variantes.

Despidámonos, pues, de ella con toda la galante gravedad que el caso exige, y vamos a hacer otra de distinto carácter.




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- II -

Si te estorban los guantes, amigo lector, puedes quitártelos; si el charol te oprime los pies, puedes sustituirle con anchas botas de becerro; si las tirillas te sofocan, aflójate sin reparo la corbata; si el négligé, en fin, te gusta más que el acicalamiento, adóptale enhorabuena, que la visita que vamos a hacer es de confianza y admite la comodidad en todas sus formas, como no le falte el asco.

Todas las horas del día y de la noche, hasta las diez, son hábiles para esta ceremonia, excepto la de la una de la tarde, que es la de comer, y la en que las señoritas de la casa se están vistiendo. En la primera suele transigirse algunas veces en obsequio a la franqueza; pero en la segunda no se abre la puerta, ni a cañonazos, especialmente a los que gastamos pelos debajo de la nariz. El tocador de una dama ha sido, es y será siempre una fortaleza inaccesible (no por ello inexpugnable); porque las mujeres, desde que la primera satisfizo aquel antojo que tan caro nos costó, han tenido, tienen y tendrán un misterio bajo cada pliegue, misterios que sólo conocen ellas y los que, por dejarse arrastrar del demonio de la curiosidad, no reparan en condiciones.

Por estas y otras razones de no menor calibre, doña Narcisa y su linda polluela, la segunda de sus tres hijas, han ido al anochecer a casa de doña Circuncisión, madre de dos pimpollos que son el encanto de los paseos y la ilusión de su casa.

Dos meses hace que las visitantes y las visitadas no se han visto juntas; pero no por eso carece de oportunidad la visita, porque sobre ser ésta de confianza, las tres niñas han sido compañeras de enseñanza, y las dos mamás cuentan una amistad de muchos años. ¿Qué importa, con estas circunstancias solas, un olvido de dos meses?

La cara de doña Narcisa está radiante de elocuencia; su paso es decidido, su respiración visiblemente anhelosa. Su hija la sigue con dificultad y con menos risueño semblante, aunque no por eso te lleva triste. Llegan a la puerta de doña Circuncisión, llama con los nudillos de la mano doña Narcisa, abre una doncella, introduce a las visitantes en un gabinete, salen las visitadas, y lo que allí pasa es un verdadero motín, aunque sin la gravedad trágica de los que se usan en calles y plazuelas en estos días de confraternidad y bienandanza: refiérome al estrépito y al movimiento.-¡Carolina! -¡Doña Circuncisión! -¡Elisa! -¡Soledad! -¡Doña Narcisa!... -¡Pícara! -¡Ingratas!... Voces en todos los tonos, chillidos, exclamaciones, estallido de besos, crujido de muebles, ruido de seda... Todo ello junto hace temblar la casa por algunos instantes. Al fin se calma la tormenta. Las mamás se sientan en el sofá, y las tres polluelas en las sillas inmediatas, pero agrupadas, compactas, como las flores de un ramillete.

-¡Dos meses sin venir a vernos!

-Hijas, otros tantos habéis pasado vosotras sin poner los pies en mi casa.

-¡Anda, pícara!

-¡Andad, ingratas!

-¡Y al cabo de tanto tiempo vienes tú sola! ¿Por qué no te acompañó Mercedes?

Carolina contesta con una sonrisa particular, y mira de reojo a su mamá.

Doña Narcisa no lo ve, porque está hablando con su amiga, a quien dice en el mismo momento:

-¡Qué ganas traía de llegar!... Por supuesto, por ver a ustedes, en primer lugar, y después por descansar un rato... Como que ya había pensado dejar esta visita para mañana.

-Muchas gracias por la atención.

-Ya se ve que sí... Precisamente porque no me gusta venir a esta casa de cumplido. ¡Y como hoy tengo el tiempo tan escaso!... Hija, gracias a que estas cosas suceden muy pocas veces en la vida, que si no... ¡Las escaleras que yo he subido hoy!

-¿Tantas visitas han hecho ustedes?

-Figuréselo usted, doña Circuncisión: desde mi casa hasta aquí, que es una regular distancia, he visitado a todas mis relaciones... y ya sabe usted que son algunas.

-¡Ave María Purísima! Comprendo que esté usted rendida... ¿Pero qué idea le ha dado a usted hoy de hacer tanta visita?

-Va usted a saberlo, que a eso he venido... y por lo mismo dije antes que estas cosas suceden pocas veces en la vida.

-¡Hola! -exclama doña Circuncisión, haciéndose toda oídos.

-A ver, a ver -dicen sus hijas con una sonrisilla maliciosa, acercándose más a doña Narcisa.

Carolina abre el abanico, le mira por ambos lados y se hace la distraída.

Doña Narcisa, después que es dueña de todo el auditorio, le dirige, sonriendo, estas palabras:

-Tengo que dar a ustedes una noticia que, me parece, les ha de ser agradable.

-Si lo es para ustedes, desde luego -contesta el auditorio.

-Sí, por cierto... Pues la noticia es... que se casa mi hija Mercedes.

-¡Que sea enhorabuena mil veces! -grita a doña Narcisa su amiga doña Circuncisión, estrujándole la mano y mirando con cierta languidez a sus dos hijas.

Éstas, al mismo tiempo, abrazan a Carolina colmándola de plácemes y asediándola a preguntas.

-¡Pero qué callado se lo tenían ustedes! -dice doña Circuncisión.

-No hay tal cosa -replica doña Narcisa.

-Crean ustedes que hasta hace tres días no se ha espontaneado ese señor.

-¿Y quién es él?... si se puede saber, se entiende.

-Claro está que sí... Pues un tal don Simeón Carúpano, sujeto muy recomendable, aunque poco conocido aquí.

-Efectivamente; yo no recuerdo... ¿Le conocéis vosotras, chicas?

Las dos polluelas, después de reflexionar un rato, dicen que no; pero la mayor de ellas, arrepintiéndose enseguida, exclama:

-Espere usted; creo que le conozco. ¿Es un señor... de alguna edad?

-Ese mismo -contesta Carolina-; cetrino, bajito... no conoceréis otra cosa.

-¡Eh, mujer! -repone su mamá con disgusto-; no es para tanto. Es verdad que no es alto, pero tampoco choca por lo bajo; y si no fuera tan cargado de hombros, sería hasta esbelto. El color, es verdad que no es de rosa, ni muy sano; pero sería preciso un cutis de cera para que no perdiese muchísimo al lado de un pelo tan blanco como el suyo. La edad no es la de un joven; pero no es tan avanzada como cualquiera creería al oír a esta chiquilla: cincuenta años... poco más.

-¡Bah!... ¿eso qué vale? -contesta doña Circuncisión, como si hablara con la mayor sinceridad.

-Es que las mujeres de ahora no quieren más que donceles; como si la vida de un matrimonio estuviese reducida al día de la boda. Lo que yo le dije a Mercedes: «mira que en el día hay muchas necesidades, y el amor de un hombre hermoso no puede satisfacerlas todas; y cuando hay privaciones, hasta el amor se entibia. Por el contrario, cuando hay recursos, todos los obstáculos se allanan; y el hombre que los tiene, si además es honrado y caballero, acaba por hacerse amar, aunque no sea un Adonis. Ahora haz tu gusto». Y como dio la casualidad de que don Simeón es tan rico como hombre de bien y Mercedes no es tonta, no ha habido más dificultades para el asunto que las que usted acaba de oír.

-Ni era de creer otra cosa. ¡Ave María!

-Adivine usted, doña Circuncisión, lo que se dirá por ahí: lo menos que su padre, porque el pretendiente es rico, la ha obligado, «la ha sacrificado», que es la frase de moda entre la gente sensible.

-¡Cómo se va a creer eso, doña Narcisa! No sea usted aprensiva.

-¡Ay, doña Circuncisión!, yo conozco bien el mundo y sé cómo juzga de las cosas.

-Sí, pero el mundo les conoce bien a ustedes, y no puede, en justicia, atribuirles ciertas miras... Yo, por mi parte, encuentro muy en su lugar la boda, pues que es del gusto de toda la familia y especialmente de la novia; y la vuelvo a felicitar a usted con todo mi corazón.

-Y yo se lo agradezco a usted con el mío, porque sé lo mucho que ustedes nos aprecian.

-Ustedes se merecen eso y mucho más.

-Usted nos honra demasiado, doña Circuncisión.

-Les hago a ustedes justicia, doña Narcisa.

-Gracias, amiga mía.

A la vez que las dos mamás en este diálogo, se han ido enredando en otro muy animado las tres polluelas, y separando poco a poco del sofá hasta formar grupo aparte.

-¿Sabes, Carolina, hablándote con franqueza, que yo no esperaba esta noticia? -dice muy bajito la mayor de las dos hermanas.

-Ni yo tampoco -añade la pequeña.

Carolina mira hacia su mamá, y viéndola engolfada en conversación con la otra señora se vuelve hacia sus amigas, y haciendo un graciosísimo gesto en el que se revela su disgusto, les dice lacónicamente:

-Ni yo.

-Yo esperaba otra cosa.

-Y yo.

-Y yo también.

-César es un chico muy guapo, muy fino y de talento, según dicen. No tiene una gran fortuna, pero está bien acomodado, quería mucho a Mercedes... y Mercedes a él, si no me engañó cuando me lo dijo.

-No te engañó.

-Pues, hija, no comprendo lo que está pasando.

-Ni yo.

-Ni yo.

-Pues yo sí lo comprendo, vamos, ¿a qué te he de engañar?

Apostaría una oreja a que a César se le despidió en cuanto se presentó ese hombre.

-Algo ha habido de eso.

-¿Lo ves?

-¡Eh!, ¿por qué no se ha de decir la verdad entre amigas de confianza como nosotras? ¿Queréis saber lo que hubo?

-Sí.

-Sí.

-Pues bien: César era muy bien recibido en casa, como sabéis; Mercedes le quería... y toda la familia le quería también. En esto, viene recomendado a papá ese hombre, da en visitarnos a todas horas... y yo no sé lo que pasaría en el escritorio y con mamá; pero es lo cierto que a ellos todo se les volvía hablar de los hombres ricos, y de lo buenos que eran para las jóvenes; decir que «oro es lo que oro vale», ponderar a don Simeón y marear a Mercedes con sus gracias. A todo esto, no se le ponía muy buena cara a César; y tan cierto es, que él lo conoció, tuvo una pelotera con Mercedes y faltó algunos días de casa. Diose Mercedes por ofendida, riñó algo con él, y como al mismo tiempo mamá no se cansaba en obsequiarle, creyó el infeliz que mi hermana no le quería ya... y se largó para no volver. Entonces apretó de firme el otro, mamá le ayudó más que nunca, y Mercedes, por pique, dijo que sí. Le pesó al principio; pero dice que ha encontrado luego tan fino y tan complaciente a don Simeón, que se casa con él muy a gusto. Ahí tenéis todo lo que ha pasado.

-Ya me sospechaba yo algo de eso... Pero, hija, francamente, aunque me lo jures, no creo que Mercedes llegue a querer a ese vejestorio.

-Ella lo asegura.

-Ella dirá lo que quiera... Y puede que tenga razón después de todo; que, según yo voy viendo, las mujeres, cuando se trata de mejorar de fortuna, nos dejamos convencer enseguida...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Pero doña Narcisa ha concluido su párrafo con su amiga, y quiere marcharse.

-Pon los huesos de punta, Carolina; que tu papá nos estará esperando.

-¡Tan pronto! -exclaman las tres niñas.

-Para vosotras, cuando estáis reunidas, nunca alcanza el tiempo. Otra vez hablaréis más despacio... Vámonos, hija.

Nuevo estrépito en la casa, nueva confusión.

-Conque repito la enhorabuena, y désela usted de mi parte a Mercedes.

-Y de la mía.

-Y de la mía... ¡Que no se te olvide, Carolina!

-Gracias.

-Gracias.

-Ya iremos un día de éstos a verla.

-Cuando ustedes gusten. (Muchos besos.)

-Adiós, doña Circuncisión. -Adiós, doña Narcisa. -Adiós, niñas. -No me olvidéis, ingratas. -Ven a vernos a menudo. (Siguen los besos.) -¡Hija, qué gruesa te vas poniendo, Carolina! -Es muy precoz esta chica; tiene más pantorrilla que yo. -Lo dicho, y memorias. -¡Agur!... -¡Adiós!... -¡Adiós!...

Los últimos ósculos resuenan en la escalera.

Dejemos en ella a nuestras conocidas, y vámonos a otra parte.




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- III -

-¿Está la señora?

-Creo que sí.

-Pero ¿está visible?

-Debe estar acabando de vestirse.

-Pásela usted recado.

-Tenga usted la bondad de pasar a la sala, caballero.

El que pasa al estrado, lector, es Alfredito, pollo incipiente con aspiraciones a hombre formal; Alfredito, con el pelo escarolado, pantalón con crecederas, gabán con más vuelos que una golondrina, sombrero abarquillado, guantes de color de calamina, botas de flamante charol y bastón de sándalo.

Hétele contemplándose ante un espejo, en tanteos de una seductora sonrisa y de una reverencia de verdadero gentleman, para presentarse ante el objeto de su visita, o examinando uno a uno los cuadros de la sala, después que se ha convencido de su beldad y desenvoltura. No te extrañes si ves que en medio de la delicadeza con que se atusa el cabello y arregla el pantalón sobre la bota, deja escapar un suspiro de angustia y se tira con agitación de los cuellos de la camisa: es que pisa por primera vez aquel terreno, y recuerda entonces que quizá no esté para ello debidamente autorizado.

Ocho días hace que en un tren de placer se halló colocado entre una mamá... como todas, y una hija, rubia como un doblón, rolliza como una muñeca, fresca y lozana como una rosa.

Desde el muelle de Maliaño hasta Renedo, hay más que suficiente distancia para que un pollo endose un centenar de fascinadoras miradas, para que reciba otras tantas incendiarias, y para que crea que ha hecho efecto.

Por otra parte, la flamante raza femenil no escrupuliza mucho en materia de aceptaciones; en vistiendo a la europea, todo es papel corriente.

Esta circunstancia justifica las ilusiones de Alfredito, que, tan pronto como llegó a la estación, ofreció sus servicios a las dos señoras, porque los tres llevaban igual destino; y como el día era de campo, los servicios fueron aceptados mientras pasaban las horas hasta el retorno del tren. Dudar que Alfredo echó los bofes para hacerse necesario y cumplido caballero a los ojos de las damas, sería lo mismo que decir que éstas hallaron el placer que habían soñado; que no bostezaron trescientas veces, sentadas en el viejo tronco de una cajiga, mientras dirigían la vista hacia el Oeste en busca de una columna de humo, mensajera de una locomotora, y lo mismo que negar que al día siguiente, aun contra la experiencia y la verdad de los hechos, sostenían las mismas señoras que se habían divertido.

La hora del retorno llegó, y nuestro visitante se colocó en un coche de primera con sus acompañadas.

Ya sabía que ella se llamaba Luisita, y su mamá doña Tadea, y que eran hija y esposa de un gran contribuyente, circunstancia que no dejó de animar bastante al galán para sus futuros propósitos.

Cuando se despidieron en el Muelle, Alfredito se prometió a sí mismo que aquello no había de quedar así; y aunque no le ofrecieron la casa, no dudó que en ella sería bien recibido.

Aquella noche soñó con Luisita, con el párroco y con la luna de miel.

Desde el día siguiente se dedicó a recorrer bailes, reuniones, teatros y paseos con el objeto de encontrarse con su conquista, ponerse a su lado y echarla un discurso sentimental que llevaba estudiado. Pero todo fue en vano: ella no pareció por ninguna parte.

Un día le dijo su papá que en cuanto se lo permitieran los negocios de la casa, iba a hacer un viaje... lo menos hasta Torrelavega, y que él, Alfredito, le acompañaría.

Para el que nunca pasó de Cajo o de Renedo, un viaje hasta Torrelavega es un acontecimiento vital.

Alfredito, pues, se echó a la calle para contárselo a sus amigos y consultarles sobre la forma de un traje y acerca de otros preparativos indispensables.

Como además de pollo era enamorado, pensó que el viaje le prestaba cierta aureola de interés. En su consecuencia, trató de hacer sus visitas de despedida, y consultó si debería ir a casa de Luisita, ¡único remedio que le quedaba a su abatida esperanza!

-¡Vete, y sobre mí los resultados! -le dijo otro pollo que no tenía por dónde cogerse, en fuerza de ser flaco y encanijado.

-¡Oh magnífico amigo! -exclamó entusiasmado Alfredo, como se entusiasman los chiquillos siempre que encuentran un apoyo a sus antojos-; ¡tú me reconcilias con la sociedad que ya me hastía sin ella!... ¡Corro ahora mismo a verla!...

Poco después salía de su casa con lo más selecto de sus galas, en dirección a la morada de su conquista de Renedo, como él la llama aún.

Ya le hemos visto llegar hasta el estrado, y casi arrepentirse de tanta temeridad.

Los instantes que pasan sin que aparezca lo que él desea, los cree siglos. ¿Si vendrá ella?, ¿si saldrá su madre?, ¿si hará el diablo que salga el papá?

Esta idea le hizo temblar, y hasta le indujo a marcharse a la calle; pero entonces oyó crujir el vestido de seda de alguna persona que se acercaba a la sala, y se quedó. Era doña Tadea.

-A los pies de usted, señora.

-Beso a usted la mano, caballero... No tengo el gusto de...

-¡En buena me he metido! -se dijo el otro-: ¡ya no me conoce!

Y perdiendo el color, dejóse caer en una butaca.

-Señora -balbuceó-, me he tomado la libertad de...

-Me parece -le interrumpió doña Tadea, después de reflexionar unos instantes-, que no es la primera vez que nos vemos; pero no recuerdo cuándo ni dónde.

-Hemos viajado juntos -añadió el pollo, más animado ya.

-Ya recuerdo: hasta Renedo, ¿no es verdad?

-Justamente, señora.

-¿Y decía usted que?...

-Que pensando marchar dentro de unos días, me he tomado la libertad de venir a despedirme de ustedes.

-Gracias, amiguito. ¿Y va usted solo?

-No, con papá.

-¿Para dejarle a usted en algún colegio?

Hacer a un pollo galanteador capaz de ser colegial, es el mayor insulto que se le puede dirigir. Alfredito se mordió los labios de coraje, y pasando la diestra por su bigote... futuro, contestó ahuecando la voz:

-No, señora, voy a viajar por gusto.

-¡Ah!, ya. ¿Y adónde van ustedes?

-Pues, por ahora, a Torrelavega.

-¡Hola! ¿Por mucho tiempo? -repuso doña Tadea, disimulando la risa.

-Pues por lo que quiera papá.

-Se va usted a divertir.

-Así lo espero; tengo muy buenas noticias de ese país: dicen que la gente es muy animada.

-¡Yo lo creo!

-Sin duda que me voy a divertir.

-Bien hecho; deben aprovecharse todas las ocasiones de dar expansión al ánimo, aunque el de usted no debe estar muy combatido.

-¡Quién sabe! -exclamó Alfredo con dolorido acento.

-¿Será posible?

-¡Ay, señora!, las pasiones no reconocen edad ni categoría.

-Es cierto. Y ¿hace mucho que padece usted?

-Muy poco tiempo -contestó él con intención, por si Luisa estaba escuchando detrás de alguna puerta-. Libre y feliz vivía procurando estudiar el mundo al través de un prisma por el cual las pasiones y las flaquezas, apareciendo en toda su desnudez mezquina y reflejándose en la mente del profundo observador cuyo corazón palpitara al abrigo de... pues las... y los... en lucha tenaz, y luego la seducción de los atractivos...

-Dispense usted, amiguito, que me llama la cocinera -dijo doña Tadea, cortándole su inspirado discurso y lanzándose fuera de la sala para reír a sus anchas.

Alfredo se quedó estupefacto, y, herido en su amor propio, juró marcharse enseguida si no iba Luisa a la visita. Al mismo tiempo sacó su reló y vio con espanto que señalaba la una y media. En su casa se comía infaliblemente a la una, y conocía muy bien el genio de su papá: un retraso de media hora siempre le había valido una caricia con la punta de una bota paterna por debajo de los faldones del gabán.

Este recuerdo excitó su materialidad de una manera tan notable, que, olvidándose de su Filis y de que aún no se había despedido de doña Tadea, caló el sombrero y se dispuso a marcharse. En esto volvió a entrar aquella señora.

-¿Se retira usted ya?

-Si usted no dispone otra cosa...

-Que lleve usted feliz viaje, y...

-Gracias, gracias. A los pies de usted -y sin aguardar contestación, escapó hacia la escalera.

Entonces, al fin del corredor, por la estrecha puerta de un cuarto adyacente a la cocina, salió una mujer desgreñada, con una bata de percal de color de polvo, y en chancletas. Era Luisa. Pero Alfredo, como iba buscando a la elegante viajera de Renedo, pensó que aquélla era la cocinera, y se fue sin saludarla.




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- IV -

Supongamos que la escena pasa en un salón, a media luz, adornado comm'ilfaut.

En el centro de un muelle sofá está una señora vestida de rigoroso luto: a sus dos lados y en otros varios asientos, formando semicírculo, hay muchos personajes de ambos sexos, de distintas edades y parecidas condiciones. Todas sus fisonomías están graves e impasibles.

Los hombres miran al suelo mientras tocan en el bastón una marcha con los dedos, o se afilan las puntas del bigote, o se pasan la mano por la barba, o juegan con los sellos del reló.

Las mujeres agitan el abanico, se arreglan la mantilla, tosen de vez en cuando y miran de reojo a la presidente del mustio cortejo. Ésta lanza un hondo suspiro, levanta los ojos al cielo y hace un gesto como si tratase de contener una lágrima que asomara entre sus párpados, rojos como los de una cocinera que ha picado cebolla.

Su marido, sentado entre los concurrentes y a corta distancia de ella, contesta con un rugido que bien pudiera tomarse por el resuello de un cetáceo, saca el pañuelo del bolsillo, cruza las piernas y murmura:

-¡Cómo ha de ser!

Los demás personajes, por hacer algo, cambian de postura en sus respectivos asientos, suspiran por lo bajo y exclaman:

-¡Válgame Dios!

Después sigue un intervalo en que no se percibe otro ruido que el de las respiraciones y el de los abanicos que no cesan de agitarse.

Nuevos personajes aparecen en escena. Es un matrimonio.

Todos se levantan para recibirle.

Los recién venidos penetran en el semicírculo; la señora enlutada y su marido dan dos pasos al frente y, sin cambiar con ellos una frase, les tienden la mano.

Luego se estrechan las señoras del sofá para hacer lugar a la que llega, la cual toma asiento y dice:

-No se molesten ustedes.

Su marido se coloca más abajo.

-Con permiso -murmura, y se deja caer.

Después vuelve todo a quedar en silencio.

Ahora me preguntas tú, impaciente lector, ¿qué significa ese cuadro lúgubre? ¿Se ha muerto alguno?

-Sí, amigo: doña Casilda Guriezo, la señora enlutada, acaba de perder un tío en San Francisco de la Alta California; un tío a quien nunca conoció más que de oídas. Sólo sabe de él que hace cuarenta años marchó de su pueblo, en calidad de grumete, en un bergantín, a Matanzas, y que acaba de morir en remotos climas, legando su inmensa fortuna a los pocos parientes que le quedan en la madre patria.

-¿Y por eso -me replicas-, está tan llorosa y abatida; por un tío a quien nunca conoció, cuando hay padres cuya muerte no deja en el corazón de sus hijos más huella que la que dejó en el Océano el bergantín que condujo al grumete a Matanzas?

-¿Y eso qué, malicioso? ¿No ves que ese tío ha dejado a su sobrina la miseria de ciento cincuenta talegas, mientras aquellos padres han tenido la desfachatez de morirse ab intestato, por no tener de qué? ¿Qué menos ha de hacer doña Casilda que llorar unos días y vestirse seis meses de negro?

-¿Y esa gente que ahora la rodea?

-Son sus visitas que van a darle el pésame, después de haber rogado a Dios por el alma del difunto en las pomposas honras que se acaban de celebrar en la mejor iglesia de la población.

-¿Y por qué se presentan todos con cara de herederos?

-Porque, «donde estuvieres, haz como vieres».

La escena sigue muda algunos instantes más, hasta que doña Casilda se vuelve a la señora que tiene a su derecha para hacerle algunas preguntas.

Esto es para la reunión lo que el «rompan filas» para un pelotón de quintos; el «hasta mañana, señores» en una cátedra de humanidades. Cada uno se dirige hacia la persona más inmediata; y, aunque a media voz, el semicírculo se fracciona en varias porciones y en otras tantas conferencias.

-¿Ha visto usted el correo de hoy, don Tiburcio?

-¡Ojalá no le viera!

-¿Otra tenemos?

-No fuera malo... quiero decir que... que no sé cuál es peor.

-¿La expedición de harinas acaso?

-Sí, señor... ¡desgraciadísima!

-¡Hombre, qué lástima!

-Y aún hay más.

-¡Conque... hay más!

-Lo de Alaejos...

-¡Aprieta!

-¡Ni un garbanzo!

-Hombre, ¿qué me cuenta usted?... Conque ni un garbanzo.

-Bien sé yo quién tiene la culpa; pero deje usted, que a cada puerco, como usted sabe, le llega su San Martín.

-¡Oh!, perfectamente, sí, señor; vaya si le llega... Conque todo, todo desgraciado... ¡Hombre, qué lástima!

-Sí, señor... ¡todo!

-¡Vea usted... qué demonio!

A la derecha de este señor que con todo conviene y de todo se admira, así se trate de la elocuencia de Bellini como de la música de Demóstenes, pero que todo lo escrupuliza si puede terminar en el Diario de su casa, se ventila otro asunto cuya índole nos evita revelar el sexo, y hasta el seso, de las personas que en él toman parte.

-Desengáñese usted, que todas son a cual peor...

-Si parece mentira que se porten así después que tanto se hace por ellas... Mire usted que en mi casa jamás se las reprende; todo lo contrario: tiene cuanta libertad desean.

-Así paga el diablo a quien le sirve.

-Si por más que usted se empeñe, no puedo creer...

-En hora buena; pero sírvale a usted de gobierno que la puse de patitas en la calle en cuanto empezó con esas historias.

-¿Nada más que por eso la despidió usted?...

-Es que hoy por ti y mañana por mí.

-Pero, ¿qué es lo que dijo? ¡Alguna tontería!

-Por supuesto; pero irrita oírlas.

-A mí no me importaría tres cominos.

-Cuando son cosas serias...

-En mi casa hago lo que me da la gana.

-Mucho que sí; pero... cuando se aumenta...

-Por eso quisiera saber lo que ha dicho.

-¡Dios me libre! Soy muy enemiga de mezclarme en chismes ni en cuentos. Además, tal fue la rabia que me dio su descaro, que ni siquiera la escuché. ¿Qué me importa a mí si en casa de usted nunca se come a la hora; ni si hay madres de tres hijos que pasan el día haciendo moños y ensayando pasos al espejo para ir por la noche al baile; que no saben en dónde están los calcetines del marido, ni los pañales del último retoño que está gimiendo a los pies de la cama de la nodriza, mientras ésta despide a un primo que va a la Isla de Cuba; ni si hay mujeres que aprecian más un vestido que al padre de sus hijos? No, amiga, esas cosas no las oigo yo nunca de boca de una mujer así... Como yo la dije: «esa no es cuenta que hemos de ajustar nosotras: si hay mujeres tan simples y madres tan frívolas, con su pan se lo coman... Vaya usted con Dios, que no me conviene usted».

-¿Y eso es todo lo que pasó?

-¿Y cree usted que es poco?

-¡Bah! ¿Y qué tengo yo que ver en ello?

-Nada, si a usted le parece...

-Por supuesto... Y hablando de otra cosa: cuando salgamos de aquí va usted a ver un vestido que acabo de comprar en la tienda de enfrente... verá usted qué bonito es... Eso de la cocinera ya lo arreglaremos otra vez.

-Como usted quiera.

Tampoco falta allí quien habla con su vecino del tiempo, a falta de otro asunto más importante; del tiempo, que es siempre el refugio de un diálogo agotado ya de materiales; la rama de salvación de un enamorado cuando al frente de su ídolo no sabe por dónde empezar, en fuerza de ser mucho lo que tiene que decirle; el amparo del que se las ha con un prójimo a quien apenas conoce, o le merece pocas simpatías y está deseando que se largue; del tiempo, en fin, que ha sido, es y será el objeto de la conversación de todos los aburridos y de todos los tontos.

También hay quien, muy bajito y con una cara muy triste, dice a su vecino:

-¡Cuidado si hay personas de suerte!... Vea usted, meterse en caja, de sopetón, un pico de dos o más milloncejos...

-Lo dice usted por...

-Chitón, que mira doña Casilda.

Estos personajes son inherentes a toda sociedad, por pequeña que sea; y téngase presente que si hay algo que echar a perder, como ellos dicen, son los primeros que llegan y los últimos que se van.

El aspecto de la visita, en general, es animado, pero grave. A veces apunta la risa en los labios de los visitantes y retoza vergonzante en los de los visitados: enseguida desaparece para dejar el puesto a la circunspección. Alentado por el rumrum de la sociedad, no falta quien aventure un chiste; mas al punto se retira dos pasos atrás, como diciendo: «yo no he sido». El cuadro no tiene carácter propio: ríe con un ojo y llora con el otro.

Doña Casilda ha preguntado a una amiga que en dónde hallará buenos lutos para sus niñas.

-Encárguelos usted a París -le responde ésta-: son más baratos y mejores que aquí.

-¡Les hacen tanta falta! Ya se ve ¡como no contábamos con este golpe! ¡Ayyyyy... qué desgracia!

Estupefacción en la visita; todos suspiran.

Después de algunos instantes de recogimiento, el más atrevido se levanta, da dos vueltas al sombrero entre sus manos, mira en torno de sí como pidiendo parecer sobre su nueva determinación, y un «vámonos, si usted quiere» le contestan algunas bocas de otros tantos individuos que a la vez se ponen de pie; hacen una profunda reverencia a doña Casilda, dan un apretón de manos a su marido, y con una grave inflexión de pescuezo hacia los que se quedan, se largan fuera de la sala.

¡En nuestros días todo se hace con una precisión asombrosa!

En un caso igual, los antiguos se hubieran despedido diciendo «acompaño a ustedes en el sentimiento... Dios les dé a ustedes salud para encomendarle el alma»; a lo cual los herederos contestarían «amén», marchándose los visitantes en la persuasión de haber dicho, al menos, a lo que fueron a la casa mortuoria. ¡Necedad como ella! Cerca de una hora pasaron algunos en casa de doña Casilda, y ni siquiera la dirigieron la palabra. ¿Para qué? Una frase de consuelo en tales casos no sirve más que para recrudecer la herida...

Cuando nuestros personajes están en la calle, nótaseles igual transformación que si salieran de un sermón de cuaresma: sus lenguas se desatan y sus ojos chispean; parece que quieren vengarse de la violencia en que han vivido durante la visita. El uno llama la atención sobre el gesto de la señora; el otro sobre los ronquidos de su esposo; éste sobre que la cocinera estaba atisbando la escena detrás de las cortinillas; el más cauto se conforma con decir que dineros y calidad, etc., y que ya, será algo menos de lo que se dice. A nadie se le ocurre una palabra sobre el papel que ellos han desempeñado en la comedia.

Al quedarse solos los herederos cónyuges míranse cara a cara, con una sonrisa que quiere decir «¡qué felices somos!», y volviéndose la espalda mutuamente, se van a saborear a sus anchas el dolor que les ha causado «un golpe tan tremendo».






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¡Cómo se miente!


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- I -

-Adiós, señor don Pedro.

-Muy buenos días, don Crisanto. ¿Va usted a misa?

-No, señor: yo la oigo muy temprano. Ahora estoy esperando al amigo don Plácido que está en la de nueve, para irnos enseguida a dar nuestro paseo.

-Ustedes nunca le pierden: muy bien hecho. ¡Ojalá pudiera yo acompañarlos hoy!

-¿Y por qué no? Es domingo, no hay negocios... Pero ahora recuerdo que anoche no fue usted al Círculo.

-Estuve bastante disgustado ayer todo el día... y sigo estándolo... Tengo el chico mayor indispuesto.

-¿De cuidado?

-Hasta ahora no, a Dios gracias; pero como está tan robusto, no sería difícil, si nos descuidáramos, que le sobreviniese alguna fiebre maligna.

-¿Qué es lo que tiene?

-Una indigestión de castañas.

-¡Diablo, diablo!... Mucho cuidado don Pedro, que la estación es muy mala: la primavera para los muchachos...

-Por eso precisamente me apuro yo... Pero ya sale don Plácido y le dejo a usted con él... Adiós, señores.

-Beso a usted la mano, señor don Pedro: que se alivie el chico.

-Pues qué ¿está enfermo? -preguntó don Plácido, que cogió al vuelo las palabras de don Crisanto.

-Parece que sí.

-¿Cosa de cuidado?

-Me lo sospecho. El origen fue una indigestión de castañas; pero como está tan robusto, le ha sobrevenido una fiebre que ha puesto en cuidado a la familia.

-¡Caramba! ¿Si serán viruelas?

-Oiga usted, es fácil.

Y en esto, los dos personajes se dirigieron hacia la calle de San Francisco, por la Plaza Vieja, deteniéndose un instante junto a la esquina del Puente, en la cual había un vistoso cartelón, recientemente pegado, anunciando, para después de varios ejercicios olímpicos, la segunda ascensión aerostática del intrépido Mr. Juanny.

Mr. Juanny era un muchacho, casi imberbe, director de una desmantelada compañía ecuestre, que trabajaba los domingos en Santander, en un lóbrego corral, ante un escaso público de criadas, soldados y raqueros. La primera ascensión, por cierto en una tarde fría y lluviosa de abril, tuvo para el valeroso aeronauta el éxito más desgraciado.

Henchida la remendada mongolfiera en medio del circo, y sujeta al suelo, del que distaba más de veinte pies, por dos delgadas e inseguras cuerdas, Mr. Juanny comenzó a trepar por otra suelta del centro, para alcanzar el trapecio que en el espacio le había de servir de columpio; pero al oscilar el globo con el peso del aeronauta, rompió las cuerdas que le sujetaban, y rápido se lanzó a las nubes, cuando aún distaba del trapecio el pobre muchacho más de ocho pies. Para el público no tuvo el lance aquel nada de particular: creyó de buena fe que el ir Mr. Juanny agarrado a la cuerda era un alarde más de su agilidad y de su impavidez; sólo su familia, que era toda la compañía, y él, comprendieron lo terrible de la situación: la primera la manifestó bien pronto con lágrimas de desconsuelo; y por lo que hace al segundo, según la relación que de boca del mismo oímos, conociendo mejor que nadie el espantoso peligro en que se hallaba, trató, lo primero, de llegar hasta el trapecio; pero la rapidez con que ascendía el globo le impedía adelantar un solo palmo. Como la cuerda era larga, al salir del circo se enredó entre las ramas de la Alameda vieja, y por un momento creyó Mr. Juanny que había desaparecido el peligro; mas, para mayor desconsuelo, las débiles ramas cedieron al empuje del globo, y aquel desdichado no tuvo otro remedio que acudir a su valor y a su destreza. Agarróse, pues, lo mejor que pudo a la cuerda, y dejó a la Providencia lo demás. Entre tanto, las manos se le habían desollado, sus fuerzas se debilitaban por instantes, y cada vez hallaba más irresistible la violencia con que el globo parecía que trataba de desprenderse de él. Las casas, los objetos que en furioso torbellino pasaban a su vista, le mareaban en aquella angustiosa situación: perdió al fin el conocimiento, y maquinalmente siguió todavía agarrado a la cuerda. Un instante más y no había remedio para él. Pero afortunadamente la mongolfiera era muy vieja, y a pesar de los remiendos que tenía, iba perdiendo gas a cada instante por sus muchas rendijas; cedió al fin al peso del aeronauta, y descendió rápidamente, cayendo una legua adentro de la bahía, y a más de media del barco más próximo. Ya era tiempo. Mr. Juanny sólo conoció que se hallaba en el agua, cuando su frialdad le sacó de su estupor. Mas el nuevo peligro era insignificante comparado con el que acababa de correr. El globo, aún henchido, flotaba como una enorme boya: agarróse, pues, a él y esperó. Por mucha prisa que se dieron los tripulantes de algunas lanchas que le vieron caer, las dos primeras que hasta él llegaron, a toda fuerza de remo, tardaron un cuarto de hora.

Mr. Juanny desembarcó al fin en el Muelle, entre su familia y un inmenso concurso, desolladas las manos y tiritando de frío, pero sereno y risueño como si nada le hubiera sucedido.

Hecha esta ligera digresión, que bien la merece el asunto por su histórica terrible gravedad, volvamos a nuestros conocidos.

Pertenecen éstos por patrón, edad e instinto al pequeño grupo de figuras reglamentadas que son indispensables a toda población, y sobre las cuales pasan en vano los años y las revoluciones: alguna arruga de más, algún cabello de menos, son los únicos rastros que deja el tiempo sobre estos seres: traje, costumbres y alimento siguen siendo para ellos los mismos que los del año en que se plantaron, hasta la hora de su muerte; porque ésta, siendo producida generalmente por una apoplejía fulminante, o por otro torozón cualquiera, no les atormenta con sus preludios, ni les altera en lo más mínimo, durante la vida, el metódico sistema de ella. Egoístas y avaros por naturaleza, temiendo adquirir compromisos o arriesgar su dinero, sólo toman del mundo aquello que el mundo echa a la calle, bien porque le sobre o porque lo regala.

Por eso, su única biblioteca, en el capítulo de erudición, la constituyen los carteles de las esquinas, los prospectos volantes y los periódicos del café.

Sabido esto, y no olvidando el dramático suceso que acabamos de referir, excusado será decir a ustedes que leyeron con avidez el cartel de Mr. Juanny; que al separarse de la esquina, continuando su paseo, iban hablando con horror de tamaño atrevimiento; que calcularon y se concedieron recíprocamente el sitio en que, según el viento que reinaba, caería aquella tarde el aeronauta, y, por último, que decidieron ir a presenciar la ascensión; mas no se crea que al circo mismo, donde no habría bastante comodidad sobre costar el dinero, sino a los prados de la Atalaya, cuya elevación les permitía dominar los sucesos con la vista y respirar aires puros.

Cuando llegaron a San Francisco, discurriendo aún sobre el mismo tema, repararon que un corredor, muy conocido de ellos, se les acercaba con un andar de siete millas.

Al cruzarse con él no pudieron contener su curiosidad, y, a dúo, le interpelaron:

-¿Adónde tan de prisa?

-¿Han visto ustedes a don Pedro? -les preguntó, casi al mismo tiempo, el corredor.

-Ahora mismo acabamos de separarnos de él.

-¿Ha ido al escritorio?

-No, señor; a su casa... ¿Ha ocurrido alguna otra novedad? -añadió alarmado don Plácido, al ver cómo jadeaba aquel hombre.

-¿Según eso había ya una?

-¡Qué! ¿No lo sabe usted?

-Hombre, no; yo le buscaba para un negocio... y muy bueno.

-Pues, amigo -dijo don Crisanto en tono sentido-, de nosotros se ha separado de muy mal talante.

-Pero, ¿qué tiene?

-El chico mayor muy malo -exclamó don Plácido.

-¿De qué? -dijo sorprendido el corredor.

-De viruelas -contestó solemnemente don Crisanto, y con la más profunda convicción.

-¡De viruelas!... Pero si ayer le he visto yo en el escritorio copiando una factura.

-Pues ahí verá usted -observó don Plácido.

-¿De suerte -añadió el corredor-, que su padre no estará dispuesto a hablar de negocios?

-Figúreselo usted -contestaron los dos amigos.

-Pues ¡cómo ha de ser!... paciencia, que lo peor es para él... Adiós, señores, y gracias.

-No hay de qué: vaya usted con Dios.

-El agente, desesperanzado de hacer el negocio, emprendió una marcha más lenta que la anterior; y mustio y cabizbajo, se internó en la calle de San Francisco.

Los dos amigos continuaron su paseo hacia la Alameda.

Habrán extrañado al lector los progresos de la enfermedad del hijo de don Pedro, o habrá creído, a pesar de lo que le he dicho acerca de don Plácido y don Crisanto, que éstos trataban de dar un bromazo al corredor. Nada de eso. Ni el carácter, ni la posición, ni la edad de estos señores se prestan a la broma: tienen cincuenta mil duros cada uno, y un siglo cumplido entre los dos. Pero sobre algunas otras manías a que consagran todos los desvelos que no necesita la administración del milloncejo, les esclaviza y atormenta la de adquirir noticias, cualesquiera que ellas sean; y no por el placer de saberlas, sino por el de propalarlas; pero de propalarlas de manera que interesen y exciten bien la curiosidad del público. Esto no podrían conseguirlo siempre, porque los datos adquiridos, algunas veces no lo dan de sí. Por eso, ocurrido un suceso cualquiera, le suponen el curso que les parece más natural, y con la mejor buena fe, le colocan en el término que más se acomoda a sus cálculos. -«Que esto ha de suceder, es infalible -dicen ellos-; pues contémoslo enseguida, porque después no tendría novedad, y, bien mirado, no faltamos a la verosimilitud». La calidad de la noticia es lo que menos les importa, ni las consecuencias que pueda producir su afán de exagerarla: haga ella efecto, coméntese, propáguese, y su amor propio se verá satisfecho.

No tuvieron otro origen las viruelas del hijo mayor de don Pedro.

El corredor, entre tanto, llegó a la Guantería, se sentó sobre el mostrador y comenzó a renegar de su suerte.

-Vea usted -decía-, hasta las epidemias conspiran contra mis intereses.

-Pues ¿qué sucede? -le preguntó un tertuliante de aquel establecimiento-; ¿vuelve otra vez el cólera?

-¿Qué más cólera que no hacer un negocio en cuatro días?

-Como decía usted que la epidemia...

-Y lo repito: el mejor corretaje, acaso el único de toda la semana, acabo de perderle porque han entrado las viruelas en la casa.

-¿Hay algún comerciante con ellas?

-No, señor: un hijo.

-¿Quién es el padre?

-Don Pedro Truchuela.

-¡Caramba! ¿Aquel muchachón tan robusto está con viruelas?... ¿Y son de mala ley?

-Según me han dicho, con referencia a su padre, no lo cuenta.

-¡Qué lástima!

Y al exclamar así el ocioso, marchóse a la Plaza y refirió el suceso al primer conocido que halló a mano.

En los comentarios estaba ya, cuando la doncella de don Pedro, muy conocida del comentarista por su lindo palmito, cruzó hacia el Puente y entró en uno de sus portales. Al notarlo el ocioso, exclamó:

-¡Adiós, mi dinero!, ¡ya van a llamar al cura!

-¡Ca! -dijo el otro sorprendido.

-Sí, señor: he visto entrar a la doncella de don Pedro en casa del padre N... Cuando salga la he de preguntar.

Ignoraba el noticiero que el padre N... se había mudado a otra calle, y que vivía, a la sazón, una modista en la casa que él dejó.

A poco rato salió la doncella con unos paquetes debajo del brazo, y se fue por el Muelle. El espía no lo notó por haberse enredado en una nueva acalorada controversia, sobre las causas de algunas epidemias como la que ya juzgaba apoderada de la población; pero, en su defecto, vio poco después atravesar al padre N... por la esquina de la Ribera y en dirección al barrio en que vivía don Pedro.

-Véalo usted -exclamó-; ¡se realizaron mis sospechas!...

Y sin despedirse de su contrincante, fue a llevar la noticia a la Guantería.

Cuando a la una en punto volvieron del paseo don Crisanto y don Plácido, encontraron otra vez al corredor.

-¿Ha visto usted a don Pedro? -le preguntaron.

-¡Bueno estará el pobre señor para visto! -contestó.

-Pues ¿qué ha sucedido? ¿Está peor su hijo?

-Ya le han dado la unción.

-¡Ave María purísima! -exclamaron los dos amigos-. Lo mismo que sospechábamos salió, desgraciadamente.

Y con cierto aire de satisfacción, por el buen éxito de sus presunciones, pues que no estaba en sus manos evitar la desgracia y era ocioso afectarse por ella, se separaron del corredor, sin pasarles por la imaginación que ellos, y nada más que ellos, eran el origen, desarrollo y progreso de la enfermedad del hijo de don Pedro Truchuela.




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- II -

Fieles como dos cronómetros, a las cuatro en punto de la tarde llegaron nuestros dos amigos a los prados de la Atalaya, y se colocaron en el más elevado de ellos para dominar mejor todos los incidentes de la ascensión del globo. Destacábase éste, henchido ya de humo, en el reducido circo de la Alameda, balanceándose sobre las cuerdas que le sujetaban, esperando a que le dieran libertad para lanzar al espacio su gran mole.

En instantes tan supremos, cuando la curiosidad de medio pueblo diseminado por aquellas praderas estaba fija en el aparato, el campanón de la catedral sonó, grave y acompasado, tres veces. Su lúgubre tañido no produjo el menor efecto en el ánimo de aquellos espectadores. Sin embargo, nuestros dos conocidos, aunque afanosamente ocupados en explicarse la teoría del espectáculo que a tales alturas les había conducido, suspendieron la discusión.

-¿Ha oído usted, don Plácido?

-¿Qué?

-Tocan a paso.

-Efectivamente: es por el hijo de don Pedro.

-¿Lo sabe usted con seguridad?

-¡Hombre, estando ya con la unción esta mañana!...

-Es verdad... ¡Pobre muchacho!... ¡tan joven!

-Al anochecer nos pasaremos por su casa para saludar a don Pedro y acompañarle en su dolor.

En esto se oyó un rumor infinito de hurras, aplausos y silbidos. El globo se elevaba majestuoso, arrastrando al joven aeronauta, vestido de artillero, y de pie sobre un cañón... de madera.

-¡Allá va eso! -dijo don Crisanto-; siempre te bañarás como la otra vez... Sospecho que cae en Maliaño... ¡Allí sí que no te salvas!

-Pues yo -repuso don Plácido-, creo que más acá se queda, según la dirección que toma.

-Como caiga en el agua, es lo mismo: el cañón le arrastrará al fondo... Le aseguro a usted, don Crisanto, que si tuviera facultades para tanto, suprimiría estos espectáculos... porque, desengáñese usted, son una barbaridad.

-¿Qué demonios le diré a usted, don Plácido?... Es preciso que haya de todo en el mundo.

-¿Y para qué hace falta esto? Para aumentar el número de huérfanos y de viudas, y para fomentar la vagancia: total, para molestar al hombre de bien y pacífico, y sacarle lo que, acaso, necesita para su familia... o para su regalo; que ya que uno se lo ha ganado, nadie más que uno mismo tiene derecho a hacer de ello lo que le dé la gana.

-Todo lo que usted dice está muy en su lugar; pero repare usted que ese pobre volatinero brinca y salta, sube y baja y se remoja en la bahía cuando y cada vez que le da la gana, para ganar un miserable pedazo de pan, y que a nosotros no nos cuesta un cuarto. Ahora mismo, desde estos prados, le estamos viendo de balde, y por cierto, con más comodidad que los que han pagado su entrada en el circo. Desengáñese usted, el que no quiere y sabe ahorrar, no gasta un maravedí por más lazos que se le tiendan.

-No lo niego; pero concédame usted que, a veces, se complican las circunstancias de un modo... Sin ir muy lejos, ni acotar con muertos, el día en que este mismo sujeto estuvo a pique de ahogarse en la bahía, me hallaba yo, después del suceso, leyendo el correo en la botica; cuando a uno de esos filántropos que de todo el mundo se conduelen, porque no tienen otra cosa que hacer, y que había visto las desolladuras y contusiones que se hizo el volatinero, le da la gana de echar un guante para él entre todos los concurrentes al establecimiento, que sabe usted que no son pocos... Pues señor, ¿usted creerá que me sirvió de algo volverme de espaldas, hacerme el distraído, ni marcharme hasta el escaparate con la disculpa de que necesitaba más luz para leer el periódico?... ¡que si quieres! El muy importuno me siguió como si fuera mi sombra... y gracias a que, como de costumbre, yo no llevaba un ochavo sobre mí; que de otro modo, me cuestan la función del volatinero y la impertinencia de su protector, un par de reales, o tal vez más.

-Pero, al fin, nada pagó usted, y siempre venimos a parar a que, amarrando bien, por más que tiren de uno, no le sacan céntimo. ¡Buen cuidado me da a mí por todos los filántropos del mundo!... ¡sordo siempre!, que oídos que no oyen, corazón que no siente. Pero se me figura que desciende el globo... y va a caer, como lo anuncié, hacia Maliaño.

-Mire usted que a esa distancia engaña mucho la vista.

Cuando poco después desapareció la mongolfiera detrás de la colina del Cementerio, los dos observadores bajaron a paso redoblado a la ciudad, y se encaminaron a la estación del ferrocarril, con el objeto de averiguar lo cierto del caso, pues el globo, a medida que bajaba, fue pareciendo más próximo, en línea horizontal, a los dos curiosos; tanto, que don Plácido, al perderle de vista, hubiera sido capaz de jurar que había caído en la Peña del Cuervo.

Andando, disputando y sudando el quilo, llegaron a la Pescadería, y preguntaron a un aldeano que hablaba sobre el suceso:

-¿Dónde cayó, buen amigo?

-Pus dí que se ha jundío en metá la canal.

-¡Fuego! ¿Oye usted, don Plácido?, lo que yo temía.

Y siguieron más adelante.

Dos cigarreras daban grandes voces.

-Tamién fue causelidad de pasar al mesmo tiempo la comotora.

-¿A quién ha cogido? -preguntó el curioso don Plácido.

-¡Otra... esta sí qué! ¿Pos no lo sabe usté, buen hombre? ¿A quién tiene de ser? Al del globo.

-¿Y le mató?

-¡Ahora escampa! ¡No sé si le mataría pasando por encima el camino de hierro!

-¡Qué atrocidad!

-Y lo peor hubiera sido -continuó la cigarrera-, si no se apartan a tiempo las personas que se agolparon allí... Ya le quiero un cuento... ¡pos no sé si hay carná!... ¡Más de veinte estuvieron a pique de perecer!

-Y diga usted, ¿se podrá ver el cadáver?

-¡Quiá!, ¡que si quieres! Han dío allá los de polecía, y no dejan de pasar a naide... Está un poco más acá de la Peña del Cuervo.

-Pero si acaban de decirnos que el globo cayó en la canal.

-No haga caso, señor; eso fue la otra vez.

-¡Toma!, y es verdad. ¡Cómo se miente!

Las noticias adquiridas, si no eran cuanto podía apetecer la insaciable curiosidad de los dos amigos, cumplían en gran parte con los deseos de éstos, en la imposibilidad en que estaban, según los informes de la cigarrera, de acercarse al lugar de la catástrofe. De todas maneras, Mr. Juanny había perecido indudablemente, y muchas personas habían estado a pique de ser aplastadas por el tren.

-He aquí una cosa que yo no puedo comprender bien -dijo don Plácido a su amigo, mientras los dos retrocedían apresuradamente, para dar pronta salida a sus frescas provisiones de noticias.

-¿Qué es lo que usted no comprende? -replicó don Crisanto.

-Que haya habido gente a pique de perecer. La vía (fíjese usted mucho en esto), en el sitio que nos han señalado, está completamente bañada por el mar, por ambos lados, y la marea está alta en este momento. Y una de dos: o hubo gente o no la hubo al llegar el tren. Si la hubo, y mucha, en lo cual convienen todas las noticias adquiridas, ¿en dónde se refugió cuando apareció de sorpresa la máquina?... porque hubo sorpresa, y la prueba está en que Mr. Juanny no tuvo tiempo para ponerse fuera del peligro... ¡como que pereció en él! Yo quiero suponer que las personas que le rodeaban, que eran muchísimas, atendiendo cada una a su propia salvación, se olvidasen del desgraciado, que tal vez cayó enredado entre las cuerdas del globo, o se inutilizó al caer y no pudo moverse; al huir cada cual del tren que se aproximaba rápido, ¿se refugió en las orillas de la vía? Imposible, porque son muy estrechas... o perecieron los de la primera fila indefectiblemente. ¿Se atropellaron unos a otros, y se salieron de la vía? En este caso cayeron al agua; y como no es probable que todos supiesen nadar, y sabe que, en semejantes conflictos, el mejor nadador se ahoga arrollado por la multitud, el resultado es más horroroso aún que el de la primera suposición... En fin, don Crisanto, no me cabe duda alguna de que la escena debe haber sido espantosa. Y esto parece providencial después de lo que dije a usted en la Atalaya sobre las consecuencias de semejantes espectáculos.

-Me deja usted aturdido -exclamó don Crisanto que no había perdido una sola de las palabras de su amigo- los argumentos son irrebatibles... Pero si tantas víctimas hubo, ¿cómo no se sabe nada de cierto?

-Muy sencillo, amigo mío: el juzgado estará instruyendo las diligencias de cajón; habrá detenido a los que salieron ilesos para tomarles declaración, y a los de fuera no se nos ha permitido acercarnos allá; ¿por dónde, pues, se ha de haber sabido la verdad? Desengáñese usted, que se van a descubrir horrores.

Y penetrados ambos, pero con toda convicción, de esta trágica idea, continuaron Muelle adelante.

-¿Vienen ustedes de la estación? -les preguntó un conocido que hallaron al paso.

-Sí, señor.

-¿Y en dónde cayó?

-En mitad de la vía.

-¿Al pasar el tren?

-Desgraciadamente... y le ha partido por la mitad.

-¡Horror! ¿Es posible?

-Como usted lo oye... y no es eso lo peor, sino que entre la gente que se agolpó a verle, entre ahogados y aplastados pasan... tal vez de veinte.

-¡Santo Dios de misericordia!... ¿Pero ustedes lo han visto?

-Casi, casi. Las autoridades están allá, y el juez instruye las diligencias: por eso no se nos ha permitido ver a las víctimas; pero hemos oído los gritos y la bulla.

-Estremece pensarlo, señores... Corro a ver si logro adquirir más pormenores.

El buen señor partió, azorado, hacia la estación, mientras los noticieros, conmovidos, no de pesar por las víctimas que suponían, ni de remordimiento por la ligereza con que habían propalado una noticia tan grave y tan dudosa, sino de entusiasmo por el caudal de horrores que llevaban en la mollera, continuaron caminando a largos pasos, rojo el semblante, chispeante la mirada y diciendo con la fisonomía a todo el mundo: -«Pregúntenos usted, o se lo contamos».

De esta suerte llegaron al café Suizo.

Media hora haría que estaban aterrando a un numeroso auditorio que se habían formado con sus trágicos relatos, cuando entró en el salón don Pedro Truchuela, acompañado de su hijo, el mismo que, según noticias, había fallecido aquella tarde.

Verlos entrar los dos amigos y atascárseles en la garganta las palabras que iban a dirigir al concurso, fue todo uno.

Repuestos algún tanto de la sorpresa, partieron ambos hacia don Pedro, y tomando la palabra don Plácido, le dijo, dándole la mano:

-Pero, señor... ¡cómo se miente en este pueblo! Si se nos había dicho...

-¿Qué? -le interrumpió don Pedro.

-Que estaba peor su chico de usted -añadió don Crisanto-; y ya vemos, que a Dios gracias, es mentira. Sea, pues, mil veces enhorabuena; y ojalá sirva esto de lección a los que con tanta ligereza se entretienen en propalar malas noticias.

-Mucho que sí -murmuró don Plácido, un si es no es corrido y abochornado con la lección.

-Gracias, señores -les contestó don Pedro, que lo que menos se imaginaba era el cisco que sus dos conocidos habían revuelto desde que los saludó por la mañana-. Afortunadamente este chico es fuerte, y cuando volví a casa me le encontré levantado y empeñado en que había de salir a la calle, lo cual no le consentí, porque en su estado no lo juzgué prudente; pero esta tarde, después de notar las buenas disposiciones con que comió, no he tenido inconveniente en que me acompañara a dar un paseo y a ver al mismo tiempo elevarse el globo.

-¿Desde dónde le han visto ustedes? -preguntaron anhelosos los dos embusteros.

-Desde los prados del Cementerio -contestó don Pedro.

La ansiedad de los viajeros crecía por momentos.

-Según eso -exclamó don Crisanto-, ¿estará usted al corriente de todo lo que ha sucedido?

-Como que lo he visto.

-Ya lo oye usted, don Crisanto, ¡lo ha visto!

-¿Y qué tiene de particular, señores? -exclamó don Pedro, a quien ya chocaban los gestos y el afán de sus amigos-. Nada más sencillo: cuando noté que el globo descendía, nos bajamos a lo largo de las tapias del Cementerio, hasta cerca de la vía; allí nos sentamos y le seguimos en todos sus accidentes, hasta que cayó.

-¿En dónde?

-En la cortadura del muelle de Maliaño, en el agua, pero a pocas varas de la escollera; así es que el aeronauta, con muy leves esfuerzos, salió a tierra firme inmediatamente... Lo hemos visto con los gemelos.

Los dos amigos se miraron estupefactos.

-¿Pero no cayó en la vía? -preguntó asombrado don Plácido.

-¿Pues no lo está usted oyendo? -contestó don Pedro.

-Luego no le ha cogido el tren, ni han perecido ahogadas y aplastadas otras personas...

-¡Ave María Purísima! -exclamó, santiguándose, don Pedro-: ¿quién les ha engañado a ustedes?

-¡Conque es mentira!... Pero ve usted, don Crisanto, ¡cómo se miente en este pueblo!

Y don Plácido miró a su amigo con una expresión indefinible. Éste le contestó en idéntico lenguaje, y recordando entrambos sus recientes trágicos relatos, y notando que en algunas mesas vecinas se hablaba, con referencia a ellos, de la terrible catástrofe, despidiéronse de don Pedro y de su hijo como mejor en su aturdimiento supieron, y se echaron a la calle renegando, con la mayor sinceridad, del arte que se da el público siempre para desfigurar la verdad y sorprender la buena fe de los hombres de bien, como ellos dos, y exclamando, escandalizados, a cada instante:

-Pero, señor, ¡cómo se miente!






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Las bellas teorías

¡Dichosa edad, dichoso siglo XIX! ¡Tú, con, tu ciencia, arrancaste a los pueblos de la barbarie de sus antecesores; tú, con la razón por bandera, redimiste a la humanidad del pecado de la estúpida ignorancia de nuestros abuelos! Ya no hay privilegios, ya no hay distancias, ya no hay razas, ya no hay fuertes ni débiles, víctimas ni verdugos. Las diversas naciones del mundo culto forman un solo pueblo; los hombres una sola familia; todos somos hermanos con una sola religión, la ciencia; con un solo gobierno, la virtud; con una misma riqueza, el trabajo. La antorcha de la razón, disipando las densas tinieblas de las viejas preocupaciones, ha transformado la naturaleza pensante. La razón es la luz, la razón es el pan, la razón es la Providencia, la razón es la famosa palanca que soñó el sabio. Yo digo que blanco, mi vecino que negro: he aquí la palanca. Demuestro yo mi teoría, sostiene el otro la suya: he aquí el punto de apoyo. Se la combate, me la protesta, se formaliza el debate, la discusión, que llamamos; he aquí que el mundo se tambalea y que al fin acaba por dar la voltereta.

Resumen: El talento es el árbitro soberano de la tierra.

Corolario: Sólo los necios tendrán hambre, sed y frío.

Vamos a verlo.

Juan era todo un mozo modelado a la última (no quiero decirlo en francés). Admiraba la ciencia, adoraba la idea y respetaba el talento. Tenía fe ciega en el progreso moderno, soñaba con la perfectibilidad hasta el extremo de vislumbrar lo perfecto; creía en todo, de tejas abajo, porque todo cabía dentro de la razón; dudaba de todo cuanto debía dudar un hombre que creía como él creía, cuanto debía dudar un verdadero espíritu fuerte; dudaba, en fin, de tejas arriba, de todo.

Juan había mamado en sus libros favoritos la esencia pura de la flamante filosofía; y no llegó a ser un sabio completo, porque a la mitad del camino se halló huérfano y sin recursos.

Juan, en una palabra, era ilustrado y pobre, y tenía talento.

Cuando se vio solo en el mundo y abandonado a sus propias fuerzas, después de llorar las prendas queridas de su corazón, tuvo miedo a lo porvenir y decayó su ánimo; mas luego apeló a su razón, descubrió su ciencia, abrazóse a ella, y con el mayor entusiasmo exclamó: «El dolor me hizo ingrato contigo, mi noble compañera; juzgábame solo, y te encuentro a mi lado cicatrizando la herida que han hecho en mi corazón los santos afectos de la naturaleza. Bajo tu amparo no temo lo porvenir; tú me haces necesario. La sociedad es una cadena cuyos eslabones somos los hombres útiles y virtuosos. Para nosotros no hay favores; la sociedad nos debe su protección, porque la sociedad somos nosotros: la justicia es su ley, y la justicia ha destronado a la fortuna que era, en épocas ominosas, el amparo de los necios, de los atrevidos y de los tiranos».

Pasáronse algunos días tras este arranque de entusiasmo. Juan consumió durante ellos los poquísimos restos de su miserable herencia, y la equitativa sociedad no se presentó a sus puertas pidiéndole ciencia a cambio de protección. Siguió el tiempo pasando; y como aquella señora no iba a buscarle aún, se resolvió Juan a salir a buscarla a ella. Indagó, encontróla al fin y se metió entre sus laberintos, pliegues y sinuosidades. Hízose el interesante, miró de frente, de reojo, al sol, al polvo, atrás, adelante... y nada; ni una sonrisa para él, ni una palabra cariñosa, ni una mano que estrechara la suya.

-¡Es natural! -pensó el iluso-: no me ha visto: no es hora aún. Esperemos.

Entre tanto, como su estómago no se nutría, como su razón, de teorías, sino de pan, y el pan costaba dinero, y él no lo tenía, sintió los amagos del hambres y trató de conjurarla.

-Mientras esto cambia -se dijo-, busquemos algún recurso.

Y salió a pedírsele a la patria, creyendo de buena fe que esta señora los tenía de sobra siempre para sus hijos virtuosos, inteligentes y necesitados, como la razón aconsejaba.

-¿Quién es usted? -le preguntó la patria por boca de uno de sus representantes (ministro, director, o lo que ustedes quieran).

-Juan Portal -respondió tímidamente el interpelado.

-Y ¿qué es lo que usted quiere?

-Pan -(léase destino).

-Y ¿quién le recomienda a usted?

-Mi necesidad, mi honradez y mi aptitud.

-Y ¿nadie más?

-Nadie más.

-¿Y tiene usted descaro para acercarse a mí de esa manera?

-Me parece que un hombre honrado, con amor al trabajo...

-Le digo a usted que todo eso es hojarasca, música celestial.

-No comprendo...

-¿Ve usted esa montaña de papel que está sobre la mesa? Pues son recomendaciones de hombres influyentes en pro de necesitados como usted.

-Luego quiere decir que...

-Que está usted aquí de más.

-Tiene razón -dijo Juan para sí, retirándose-: las necesidades de esos hombres serán más antiguas y más grandes tal vez que la mía. ¡Cuando los recomiendan las personas influyentes!...

Acosado más de cerca por el hambre, buscó en más bajas regiones lo que en las altas se le negaba.

-¿Para qué sirve usted? -le preguntó un banquero.

-Para todo -contestó Juan.

-¿Conoce usted alguno de los misterios de la maquina bursátil?

-No, señor; pero lo aprenderé.

-¡Bah! Yo necesito una persona que los conozca hoy, ahora mismo. No me conviene usted.

Y Juan siguió buscando.

-¿Sabría usted administrar mi hacienda? -le dijo un propietario.

-Sin duda alguna.

-Y ¿quién le garantiza a usted?

-Mi honradez, mi aptitud...

-Y ¿cómo me las acredita usted?

-Con mis obras.

-Pero ¿quien me responde hoy?...

-Mi palabra.

-¿Nadie más?

-¿Duda usted de ella?

-Como no le conozco a usted...

-Me llamo Juan Portal.

-Muy señor mío... pero nunca he oído ese nombre. Si usted me diera el de alguna persona de arraigo, yo me informaría.

-Soy muy joven aún, y esta es la primera vez que busco el amparo de un extraño... Sin embargo, en la universidad...

-No trato a esa señora.

-Allí soy bien conocido.

-¿Como estudiante?

-Como buen estudiante.

-Pero como lo que yo necesito es un buen administrador... Beso a usted la mano.

Juan sufrió con resignación este nuevo desengaño, y siguió recorriendo, con el heroísmo del que no tiene que comer, todas las categorías del comercio y de la industria, buscando un pedazo de pan al precio de su trabajo. ¡Inútiles pesquisas! Cuando Juan no conocía el ramo a que se le destinaba, se le desechaba por inútil; cuando le conocía, no se le aceptaba por falta de responsabilidad; y ¡cosa rara!, por todo se le preguntaba menos por aquello que constituía su orgullo: su talento.

Entre tanto, el hambre avanzaba a pasos de gigante; y el pobre teorista se vio tan apurado, que se decidió a pedir un puesto detrás del roñoso mostrador de un aceitero.

-Aquí -se dijo-, no se escrupulizará tanto en la cuestión de garantías; tampoco me rechazarán por incompetente; y pues sólo se trata de paciencia y humillaciones, yo procuraré ser un héroe de este género. De paso estaré más a la vista de la sociedad, que, al cabo, tomará en cuenta tan grande sacrificio.

Y salió resuelto a ejecutar su plan.

-¡Qué casta de hombre es usted -le dijo, al oírle, el grosero mercader, mirándole receloso-, que con ese traje y esa elocuencia se atreve a servir en mi casa?

-Un hombre acosado por la necesidad -respondió Juan-, que busca trabajo y no le encuentra; que tiene hambre y no quiere robar para comer; que tiene títulos universitarios y los vende por un pedazo de pan.

-Pues, amigo, usted sabe demasiado para vender jabón y aceite. Para luchar con mi parroquia necesito hombres de grasa, no de ciencia... Lo siento, pero no me conviene usted.

Este último golpe anonadó a Juan. Encerróse en su oscura buhardilla, renegó de la fatal casualidad que le había conducido ante los poquísimos ejemplares del grosero positivismo que aún quedaba en medio de la llama civilizadora de la época; y así por entretener el hambre como para consolarse algún tanto de los reveses sufridos, se puso a escribir sobre el tema que le ofrecía su propia situación. Y con tanta fe escribió, con tanto ahínco, que en poco tiempo se halló con un volumen considerable.

-He aquí las ventajas de la ciencia -exclamó Juan con entusiasmo, después de leer y corregir su manuscrito-. Yo demuestro con argumentos irrebatibles que el hombre civilizado no debe, no puede tener hambre viviendo en sociedad, conocidas las bases sobre que ésta descansa hoy, bases que expongo con toda minuciosidad, y cuya exactitud nadie podrá negarme en el terreno de la razón... ¡Si yo publicara este libro! Y ¿por qué no? El buen éxito es seguro: mi teoría está en la mente del público; y si parezco algo atrevido, el triunfo será mayor: me argüirán, haré ruido, se hablará de mí... Me alegro ya de mis recientes contrariedades; sin ellas no hubiera emprendido esta obra, que tal vez está llamada a ser mi providencia. ¡Bendita sea la chispa civilizadora que inflamó la mente del hombre, pata que brotara de ella el genio de nuestro siglo! Yo iba a ceder al peso de una aparente adversidad, y quizá seré mañana el ejemplo vivo de que el espíritu moderno se nutre de fuerza hasta en el egoísmo, en la ignorancia que aún viven entre nosotros; de que el fuego de la civilización purifica, como el de la naturaleza al oro, al hombre de las malas pasiones que le rodean y le manchan con su contacto.

Y ocultando cariñosamente el manuscrito en el seno, salió, radiante de entusiasmo, en busca de un editor, tributando de paso fervientes alabanzas a estos modernos industriales literarios, con cuyo auxilio popularizan sus creaciones los ingenios desheredados de la fortuna.

-Quisiera publicar un libro -dijo al primer editor que halló al paso, después de saludarle afectuosísimo.

-No habrá inconveniente en ello -respondió el industrial-, si nos ponemos de acuerdo en los términos del negocio.

-Así lo espero.

-Veamos.¿Quiere usted imprimir la obra por su cuenta?

-Carezco de recursos para ello. Desearía que usted me la comprase.

-Corriente. Y ¿cuál es el nombre?...

-Conquistas y derechos de la razón.

-No me ha dejado usted concluir. Preguntaba por el nombre de usted.

-¡Ah!, por el mío... Me llamo Juan Portal.

-¡Juan Portal! Juan Portal... Portal... Portal. No quiero publicar su libro de usted.

-No comprendo.

-Es harto claro. Juan Portal es un nombre desconocido en el comercio de libros.

-Y eso ¿qué?

-Que no le conoce a usted el público.

-Pero vea usted el libro y juzgue. Si es bueno, ¿qué le importará al público el nombre de su autor?

-Es que no le verá aunque inundemos el mundo de ejemplares.

-¿Por qué no?

-Porque no le conoce a usted.

-¡Dale! ¿Qué tiene que ver la obra con mi apellido?

-¡Friolera!... ¿Usted ignora que el público de España no compra un libro cuyo autor no sea conocido... o extranjero?

-Ese es un cargo gravísimo que ofende al buen criterio de la sociedad moderna.

-Será lo que usted guste, pero es la verdad.

-El entusiasmo de la juventud...

-No hay tal entusiasmo; no hay más que curiosidad, y ésta sólo la despierta un nombre popular.

-¿Y cómo se populariza un nombre?

-Zarandeándole unos cuantos años en la prensa periódica de la corte. Pero ¿de dónde viene usted, santo varón? ¿No sabe usted que hay una sociedad de elogios mutuos entre los literatos, que se encarga de labrar reputaciones?

-¿Cómo ha de ser eso posible?

-Muy sencillamente. Usted escribe en el periódico A., y publica un trabajo literario, supongamos que con pretensiones de jocoso. Yo escribo en el periódico B., y le reproduzco en él con el siguiente preámbulo: «Tomamos del periódico A. la siguiente bellísima producción que nos ha hecho tendernos de risa, etc., etc., debida a la pluma del festivo e ilustrado escritor Fulano de Tal». Mañana, vice-versa, escribo yo en el periódico B. unas malas seguidillas con dejos sentimentales, y usted, reproduciéndolas en el A., asegura a sus lectores que le han hecho llorar, y que encierran más ternura que un puchero de lágrimas. Pasado mañana se pone usted a escribir del Chimborazo, y, pegue o no pegue, encaja de vez en cuando un «como dice muy oportunamente el sensible escritor Zutano de Cual», etc., etc. Hablo yo de las Batuecas otro día, y cito una frase de usted, o que la supongo de usted, anteponiéndola el adjetivo chispeante, feliz... Y de este modo una semana, y un mes, y un año, llega el público a hacerse tanto a nuestros nombres, que cuando le faltan en los periódicos, está inconsolable. Calcule usted qué hará este público el día en que aparece un libro nuestro, máxime después de haber dicho de él la prensa entera: «De un momento a otro debe ponerse a la venta la obra que acaba de imprimir el señor don Fulano de Tal. El nombre del autor es la mayor recomendación que podemos hacer del libro, a todas luces digno de tan privilegiado talento y de la protección del público, que tan familiarizado está con las producciones de la delicada pluma del señor Tal...».

-Pero, señor mío, si la obra es buena, no hallo del todo injustos esos elogios, ni los que usted ha dicho que se tributan mutuamente de periódico a periódico. Si la obra es mala, ¿no bastará ella a castigar la desvergüenza de su autor?

-No, señor, porque el público, en general, se paga mucho de lo que lee en la prensa periódica; y antes de asegurar que ésta no tiene razón, confiesa que él no lo entiende.

-Pero ¿dejará la verdad de brillar al fin y al cabo?

-Esa es otra cuestión. Por de pronto, antes de que llegue ese caso, el bombo ha hecho efecto, los libros malos se han despachado como pan bendito, y el escritor de pega es popular, es decir, una reputación.

-Cualquiera que le oiga a usted creerá que no hay en España verdaderas glorias literarias.

-¡Dios me libre de negarlas! Lo que sí le aseguro a usted es que estas reputaciones que han rechazado, al nacer, la Sociedad de elogios, han sudado el quilo para formarse, y sólo a fuerza de años y de méritos han conseguido la consideración en que se las tiene. Cierto es que sus nombres no morirán jamás, y que los de artificio acabarán muy jóvenes; pero esa no es cuenta para nosotros, los editores, que sacamos más jugo de las obras de relumbrón que de las de verdadero mérito. Por eso, al recibir un manuscrito, no leemos de él más que la portada.

-¿Luego usted está resuelto a no leer el mío?

-Resueltísimo.

-¿Y de qué medios me valdré para publicarle?

-Ingrese usted antes, si le admiten, en la Sociedad de elogios mutuos.

-¡Oh!, eso no lo haré jamás; y, por otra parte, yo necesito dinero hoy mismo para comer.

-¿De qué género es el libro de usted?

-Filosófico-social-económico...

-Basta, basta... No sirve.

-¿Qué pretendía usted?

-Si fuera una novela patibularia, incendiaria, foragida, parricida o adulterina, poniéndole algunas láminas al cromo y portadas alegóricas a diez tintas, tal pudiera haber en ella de horrores, que se la compraran a usted, a pesar de su poco nombre.

-¿Cómo?

-Porque este es el género que hoy priva, y tantos pedidos tengo de él, que acaso nos arreglásemos. ¿No podría usted dialogar su libro, introduciendo en él siquiera un par de frailes cínicos, una ramera virtuosa, un bandido filantrópico, un banquero ex-presidiario, una marquesa adúltera... cualquier cosa así? Porque con un título ad hoc, verbigracia: El cráneo del monje, La caverna del crimen, Cien generaciones de adúlteras, El puñal y el hisopo, le daríamos a luz con éxito seguro.

-Usted se está burlando de mi situación, e insultando de paso el buen sentido de ese público que le da de comer.

-Por eso le conozco tanto, y por eso le vuelvo a asegurar a usted que, de algún tiempo a esta parte, salvas honrosísimas pero cortas excepciones, repara, no sólo en el nombre de los autores, sino hasta en el color de las portadas.

-Usted le está injuriando.

-Es usted un inocente.

-Beso a usted la mano.

-Vaya usted con Dios.

Juan salió a la calle persuadido de que el editor se había querido burlar de él; mas cuando trató con otros inmediatamente y vio que todos ellos convenían en que el señor público se pagaba mucho del ruido, y que por esta razón no hallaba él quien publicase su libro ni de balde, el desdichado filósofo acabó por perder los estribos, confundido con tanto desengaño y, sobre todo, abrumado por el hambre que no podía acallar.

-¡Cerradas todas las puertas para mí!... -exclamaba el desdichado desde la lobreguez de su pobre buhardilla-. Unos porque me tienen en poco, otros porque me consideran demasiado, todos me rechazan. La sociedad, ese fantasma a quien dedico mis desvelos, a quien sacrifico mi reposo, a quien tengo siempre delante como el juez de mis debilidades, no acepta al pobre atribulado porque no le conoce... ¡Y, entre tanto, soy honrado, soy bueno en obsequio a esa misma sociedad que me perseguiría inexorable por la menor de las faltas!... Y ¿qué partido tomo a la altura en que me encuentro? Estoy asediado, aherrojado por la miseria. No puedo dedicarme ni aun a vender fósforos, porque para comprarlos antes se necesita dinero, y yo no tengo un maravedí ni quien me le preste. Pero ¿he de morirme de hambre?, ¿he de robar? ¡Oh, eso jamás!... Si mi delicadeza me permitiera aceptar un enlace ventajoso... porque esto es hoy lo más fácil del mundo. El hombre, sólo por ser honrado, representa en las actuales circunstancias un capital enorme; y cuando, además de honrado, sabe, la cifra a que asciende su valor es incalculable. En cuanto a las mujeres, están bien penetradas de esta verdad. Todas prefieren hoy el hombre que vale al hombre que tiene, porque la experiencia les ha enseñado que no se compra con todos los tesoros del segundo el menor de los santos goces que les proporciona la inteligencia del primero. Éste les da amor puro, sublime, gloria tal vez; acaso títulos y consideraciones: el otro, lujo y ostentación en el mundo, desvío, aridez, lágrimas en el hogar. Esto es un hecho. Pero ¿debo yo lanzarme a adoptar este partido? Teresa, mi tierna amiga en mis buenos tiempos de estudiante, es rica, y muchas veces me juró que me amaba con toda la sublimidad del alma juvenil de una doncella fuerte; su familia me acogía con cariño... Yo podría, pues, reanudar estas amistades interrumpidas por mis vicisitudes, y salir de apuros para siempre... Mas ¿qué diría de mí la sociedad? De fijo que me vendía por una posición; que era poco delicado... ¡Oh, no, no me caso! Pero, entre tanto, ¿qué debo yo a esa sociedad? ¿Por qué he de temerla? Además, ¿no está demostrado que represento por hombre, y por hombre ilustrado, un capital mucho mayor que el que pueda tener en dinero mi mujer, por grande que él sea? Luego si me caso con Teresa, no me vendo: será que yo la elijo, no que ella me compra... Me caso decididamente.

Y Juan, tras este razonamiento, se arregló la corbata, se cepilló las manchas de la levita, se afeitó, se acicaló, en fin, cuanto pudo; y sin reparar mucho en el chocante deterioro de su vestido, pues profesaba, como se deja comprender, el principio de que el hábito no hace al monje, salió de su buhardilla, bajó de cuatro en cuatro los escalones, y se dirigió rápidamente a casa de su antigua novia, negándose a escuchar sus propios recelos por si antes de llegar al término de su viaje se arrepentía de aquella debilidad a que las circunstancias le obligaban a ceder...

Lector: tú que, de fijo, serás menos filósofo que Juan, menos científico, más escarmentado, en una palabra, ¿necesitarás que yo te cuente el éxito que tuvo su postrera resolución? Seguramente que no. ¡Atreverse un hombre con la levita raída a ofrecer su mano a una mujer de posición! ¡Horror!

Juan no salió de cabeza por el balcón de Teresa, porque ésta, después de oír de pie las pretensiones de su antiguo novio, y de quien se hizo la desconocida al recibirle, tuvo la magnanimidad de no dar parte a su padre de tan inaudita desvergüenza.

Pero lo que en aquel caso hubieran hecho las losas de la calle, estuvo a pique, el desventurado optimista, de encomendárselo a los peldaños de la escalera de su adorada; pues tantos desengaños y tan juntos, y tanta miseria entre ellos, eran más que suficiente causa para que cualquier mortal de las creencias de Juan se rompiese el cráneo contra una esquina.

Por fortuna suya, la excitación que le dominaba era tan febril, que no dándole tiempo ni para detenerse a arrojarse de coronilla sobre la escalera, le hizo bajarla volando, y volando pasar la calle, y volando atravesar la población, y como un huracán recorrer la campiña, y volver de ella, y vagar por calles y plazas y paseos, hasta que el cansancio le detuvo y le obligó a caer rendido en una banqueta de un café.

Cuando pudo darse cuenta de su situación, uno de sus pocos amigos, pero tan desdichado como él, estaba a su lado.

Juan, al conocerle, le abrazó estrechamente y lloró de desesperación. Después le contó sus cuitas sin omitir un solo detalle, y acabó diciendo con desconsuelo: -He vivido engañado: nuestras teorías son una farsa; la sociedad no es lo que nosotros sonarnos; es tan egoísta, tan material como siempre, porque la humanidad, aunque se instruye, no varía. El hombre será siempre explotado por el hombre y jamás su hermano. No hay, pues, sociedad, no hay filantropía, no hay igualdad: no hay más que ricos y pobres, tiranos y víctimas, felices y desgraciados, cuerdas y pescuezos.

-El dolor te hace cruel -le replicó su amigo.

-¿Serás capaz de demostrarme que yo no tengo hambre, que no me he humillado hasta el polvo para ganar un poco de pan que se me ha negado?...

-No intentaré tamaño absurdo. Además, opino contigo en cuanto al desequilibrio social de que te lamentas. Lo que te niego es que nuestras teorías sean quiméricas. Di que, por hoy, son ineficaces, y estarás en lo justo; pero la razón triunfará al cabo.

-Y ¿por qué no triunfa ya?

-Porque está comprimida por los altos poderes que aún estriban en viejos, funestos privilegios. Mientras el actual orden de cosas no sufra una transformación radical en el sentido de nuestras ideas, la fuerza, el capricho, la inmoralidad, seguirán aniquilando a la patria.

-No veo bien clara la relación que pueda haber entre los altos poderes del Estado y el tabernero que me negó una plaza detrás de su mostrador.

-¡Oh ceguedad! ¿Olvidas que ese tabernero, porque es hombre de arraigo, tiene derechos civiles, aunque es un estúpido, que a ti se te niegan porque eres pobre? ¿Quiénes son los hombres que están hoy al frente de la cosa pública? ¿Merece alguno de ellos el puesto que ocupa, por sus virtudes cívicas o por su talento? No. ¿Cómo han llegado a tan alto? Por la fuerza de sus influencias, por el voto, tal vez subastado, de los hombres que tienen, nunca por el de los que saben; que a éstos les niega la ley el criterio que concede a los primeros. Supón, por un instante, en manos de hombres virtuosos e ilustrados los primeros cargos de la nación...

-Pero es una quimera suponer eso...

-Eso será una realidad el día en que prevalezcan entre nosotros el saber y el talento; el día en que se prescinda para siempre de ese fantasma de la tradición, y luzca clara y sin una sola nube el sol de la libertad.

-Me parece que no te falta en este momento en que te despachas tan a tu gusto.

-Me falta; porque se me prohibiría predicar en medio de la calle... a Mahoma, si se me antojaba; porque no puedo hacer públicos cargos a esos mismos poderes que en nombre de la patria la aniquilan; porque no se tolera que yo me reúna, donde y cuando me acomode, a mis amigos, para conspirar con ellos contra quien me dé la gana; porque no podemos acercarnos al calor, a la ebullición de la vida política donde los hombres de nuestro temple deben vivir, porque ellos son la luz, el sustento, la razón; porque sólo así no estaremos a merced de estúpidos aceiteros, como el tuyo, que nos tasen el pan...

¡Oh sublime poder de la razón! ¿Creerá el lector que Juan, con párrafos como el antecedente y otros, no menos peregrinos, que su amigo le fue enjaretando a continuación, olvidó al cabo hasta el hambre que le aniquilaba, y juró solemnemente asociarse a su consejero en la empresa de regeneración que éste le propuso como el único medio para que acabaran sus desgracias y se convirtiese la patria en una verdadera jauja?

Y con tanta fe se adhirió a la empresa, y con tanto ahínco trabajó por la destrucción de ciertos privilegios sagrados, que a los pocos días del encuentro con su amigo, estaban entrambos... errando de bosque en bosque, huyendo de las leyes de la patria que habían atropellado, aunque con la mejor intención.

Una vez fuera del alcance de ellas, acogiéronse al amparo de un país regido por los mismos principios que ellos adoraban; Juan con algunos recelillos propios de sus desengaños, y su amigo con la fe de un mártir.

Pasó un día, y otro, y otro, y pasaron muchos más después, y Juan esperó en vano a que la libertad de aquel país le sentara a su mesa... Y llegó a tener hambre como en su patria; pues como el derecho que en ésta le negaban de conspirar y de predicar dónde y cómo se te antojase, le tenía allí cada ciudadano, y cada ciudadano pensaba de distinta manera, no bien abría la boca para decir blanco, cuando ya tenía un contrincante al lado que le sostenía que negro, no logrando jamás avenirse con nadie, pues que nadie se avenía con él. Oyó, lo mismo que en su tierra, lamentarse a todo el mundo de que el poder no era de los rectos, sino de los fuertes; que el talento estaba postergado, y que la idea se inmolaba en aras del interés privado; vio también ricos egoístas, y sobre todo, pobres mucho más ignorantes, mucho más soberbios y mucho más temibles que los de su patria; presenció un motín cada día, un cisma cada semana; y notó tal afán por santificar todo género de opiniones, que acabó por no creer en nada de tejas abajo, y por mirar lo de tejas arriba con más cuidado que en los albores de su sabiduría.

Con esto, con el hambre que no le abandonaba un solo instante, y con lo que en su cuerpo y en su espíritu habían labrado sus primeras tribulaciones, está, en mi concepto, sobradamente justificada la horrible hipocondría que al cabo postró a Juan en un mísero lecho de un hospital, que le acogió, no por caridad, sino por evitar a un pueblo culto el espectáculo de un cadáver en medio de la calle.

Momentos antes de espirar el infeliz, llamó a su amigo que le velaba fiel, y con la voz empañada por el frío de la muerte, le dijo estas palabras, reconcentrando en sus cristalizados ojos toda la intención de su alma:

-El mayor remordimiento de cuantos en este instante me martirizan, es el de morir de inocencia, después de haber vivido idólatra de la razón.

La razón es la mayor farsa de este siglo. Con ella se demuestran todas las teorías, y la verdad no parece nunca.

Hoy, lo mismo que ayer, el reino del mundo es de los fuertes, de los atrevidos y de los afortunados, a despecho de las decantadas conquistas de la humana inteligencia.

La sociedad es otra farsa: no hay más que hombres que por opuestos caminos van cada cual en pos de su particular interés.

El amor, la belleza y los honores, son del que más los paga.

Fuera de la familia no hay abnegación, no hay caridad; sólo hay negocios; pues, desde el polvo hasta la patria, todo se vende. Entre un ochavo y una fortuna está el precio de estas mercancías. El talento es de las pocas monedas que no pasan en este mercado. Por eso tantos hombres que le tienen se mueren de hambre. Si eres, pues, ambicioso, ya que eres honrado, deja el culto que das a la Razón y conviértele a la Fortuna, que de vez en cuando, incitada por la Divina Providencia, tiene la humorada de socorrer a los hombres de bien.

Si cuando sus dones te sonrían, deseas ser feliz, limítate al recinto de tu familia; enséñala a practicar la virtud; pero descuartízala antes que se haga idólatra de las bellas teorías. Semejante muerte será una caricia comparada con la que me está cerrando los ojos.

En fin, teme al hombre como a tu mayor enemigo; duda de todas sus lucubraciones; hazle todo el bien que puedas, y cree en Dios a puño cerrado, que Él es, al cabo, la única verdad que hay sobre la tierra...

Tras esta última palabra, volvió los ojos al cielo, estiró sus miembros yertos, y espiró.

Lo que de infalibles puedan tener las máximas postreras de Juan, no quiero yo decirlo; pero sí me atrevo a asegurar, en vista de que fueron dictadas por una triste experiencia, que por mucho que disten de la verdad, están más cerca de ella que los sueños que las engendraron. Y seamos francos:

¿Quién no ha conocido en el mundo algún Juan atribulado?

¿Quién está sin algún rasgo de semejanza con él?

¡Dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, aquél de mis lectores que no conozca al héroe de mi cuento!

1863




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Fisiología del baile

«El baile es un círculo cuyo centro es el diablo».

Esto lo dijo un teólogo que no era rana.

Mas para los moralistas de ogaño esta definición no es admisible, porque, prescindiendo de que el tiempo de los sábados y de las metamorfosis ha pasado, el círculo no es la figura simbólica de nuestros bailes. Demasiado saben ustedes que cada pareja se va por donde se le antoja, pierde el compás cuando le acomoda y vuelve cuando le da la gana; luego si no hay círculo, no hay centro; ergo si no hay centro, mal puede el diablo hallarse en él.

Sin embargo, la opinión del teólogo tiene su fundamento. «Las mujeres son el mismo diablo», se dice vulgarmente; y admitiendo la denominación de círculo que suele darse a las reuniones danzantes, y teniendo en cuenta que «el bello sexo» es el núcleo o centro de estas reuniones, «el baile es un círculo cuyo centro es la mujer».

Sustituyendo ahora en lugar de este término su equivalente «el mismo diablo», viene a quedar probada la exactitud de la máxima del teólogo.

Pero de este modo se infiere un gravísimo cargo a las mujeres; pues no es lo mismo decir que «son el diablo», que «el diablo es la mujer»; y apelo en testimonio a la gramática.

Buscando un término medio a estas combinaciones diabólicas, he llegado yo a creer que el teólogo citó al diablo por dar alguna forma decente a las tentaciones.

Por lo que hace a éstas, los mismos que no creen en brujas y se ríen del diablo, no se atreverán a negar que tienen en el baile la mejor parte. Yo las he visto, y no soy escrupuloso ni aprensivo.

Pero sean las tentaciones o el diablo el centro abominable del baile, según el consabido teólogo, conste que he querido comprobar su máxima para que no se me diga que la acepto por sistema; porque yo la acepto... Ergo, detesto el baile.

Y ya que la solté, voy a justificar a mis propios ojos esta opinión, que a los de la flamante filosofía no pasa de ser una ridícula debilidad.

-«La mujer baila como toca el piano, hace puntillas o va de tiendas».

Tal es la opinión general, aun entre los padres más celosos y los maridos más avisados.

Yo opinaría como ellos, si la mujer bailase sola, o con otra mujer y ante un círculo de mujeres; entonces, a todo tirar, podría el más malicioso atribuirle un poquillo de afán por lucir su garbo, su ligereza o sus formas; pero la mujer no baila sola ni con otra mujer, sino con un hombre y ante un concurso de hombres.

Si la mujer bailase sólo por el gusto de dar brincos, no sería el baile su placer favorito; tendría igual afición que a él, a jugar al marro, o a la pelota, o a saltar la cuerda; placeres que, en cuanto a ejercicio muscular, nada tienen que pedir a ningún otro; y no sucede así.

La historia de la mujer civilizada dice bien claro que sólo se descompone en público, sólo marchita sin duelo sus adornos, y sólo es insensible a la acción de la intemperie y de los pisotones y porrazos, en el baile... pero en brazos de un hombre (conditio sine qua non).

De lo cual deducirá cualquiera que una mujer, en teniendo un hombre con quién bailar, ha colmado sus ambiciones en el baile; es decir, que sólo se ocupa entonces, en espíritu y materia, en dar vueltas por el salón.

Pues no, señor; si así fuera, las simpatías de una mujer en un baile estarían en favor del hombre más ligero y mejor bailarín; pero allí, como siempre y en todas partes, le es más simpático el que es más hermoso y más travieso.

Reparad cada vez que calla la orquesta y las mujeres se retiran a las orillas del salón en torpe desorden, como la espuma a la playa cuando va cesando la tormenta. Oíd lo que dicen a sus amigas cuando se han sentado a su lado; y desafío al más sagaz a que me cite una muchacha que, al sentarse a descansar, se dé por satisfecha si sale de los brazos de un hombre vulgar y adocenado, por más que en el baile sea una peonza, y la prudencia misma en su comportamiento.

De lo que se deduce que la mujer, para bailar, no solamente necesita un hombre que la estreche, quiero decir, que la acompañe; sino también que este hombre sea intencionado, travieso y de estampa más que regular, importando muy poco que baile como una avutarda.

Explanemos una idea que apunté más atrás.

La mujer, ordinariamente, es meticulosa y pulcra; la vista de una araña la hace temblar; al contacto de un hombre en un paseo se ruboriza; la menor humedad la obliga a caminar de puntillas; el humo de un cigarro la hace estornudar, y en un carruaje público se marea.

Puesta esta misma mujer en un baile campestre, aguanta el relente de la noche sin constiparse; gira como una peonza en brazos de un hombre horas enteras, y no se marea; sufre un pisotón que le aplasta un par de dedos, y no se queja; encuéntrase en su rápida marcha con una docena de parejas, crujen hasta sus pulmones con la violencia del choque, y no se da por entendida del suceso; rozan su terso cutis las patillas de su adjunto, y no se ruboriza; respira casi en la boca de éste su aliento tabacoso, y no estornuda; rómpese el leve zapato entre los chinarros del salón, y su pie delicado no da señales de sentir la aspereza del suelo; cae, en fin, un chaparrón de agosto, y si no le dicen «párate», sigue bailando con el agua a las rodillas.

¿Qué significa todo esto? ¿Que tiene la mujer dos naturalezas, una débil para la vida ordinaria, y otra insensible e impermeable para los salones de baile? Esto es imposible. ¿Que son estudiados artificios siempre en ella el rubor y la sensibilidad? No quiero creerle, aunque atrevidos autores lo aseguren. ¿Que hay en el baile alguna cosa que la preocupa tanto que la hace superior a sus propias debilidades? No hay más remedio que creerlo.

Y ¿cuál es esta cosa? Hac est quaestio.

¿Qué pensamiento será capaz de dominar a una mujer hasta el extremo de que no se duela al contemplar desgarrado su vestido, desgreñada su cabellera, sudosa su piel, desencajadas sus facciones, ni se caiga desmayada viéndose abrazar y resobar por un hombre, ante un público numerosísimo, bullanguero y bromista?

Respóndame el Adán más bonachón. Por mi parte, aseguro que el tal pensamiento no es sólo el de dar brincos. Esta sola causa haría muy poco honor al chirumen de la mujer civilizada, que será... lo que ustedes quieran, pero no tonta.

¡Qué diablo!, entremos en un baile, en el de más campanillas, y echemos un vistazo en derredor; y aun cuando uno quiera figurarse a la mujer desprovista de toda tentación, ella nos demuestra lo contrario.

Como el estilo es el hombre, el baile es la mujer.

Reparad en esa esbelta morena, con la frente inclinada sobre el hombro de su pareja: mirad sus ojos de fuego velados por sus lánguidos párpados, sus labios entreabiertos, encendidas sus mejillas, palpitante el seno, flexible como un junco la cintura, y pisando el suelo apenas con las puntas de sus menudos pies.

La otra, rubia, de mirada tierna y hechicera boca, que se repliega nerviosa y con picante sonrisa cada vez que otra pareja la toca al pasar y la oprime contra su caballero.

Esa pálida de yerta fisonomía, que cierra los ojos en éxtasis siempre que la precipitan en el torrente impetuoso de algunos compases de wals.

Aquella pequeñita y ligera de chispeante mirada, que busca a hurtadillas la de su acompañante cuando la mece, casi sobre su rodilla, en los bamboleos de una schotisch... y tantos, y tantísimos otros ejemplares que pasan ante vuestros ojos entre las confusas turbas de un salón de baile, ¿no os dicen en sus especiales actitudes que en todo piensan entonces menos en que van saltando?

Si no me llamaran cruel, haría una pregunta al marido tolerante.

¿No has notado alguna vez, al retirarte de un baile, que tu hermosa costilla está taciturna, áspera y desabrida contigo?

Como me vas a contestar que sí, me tomo la libertad de explicarte ese fenómeno, aunque me llames entremetido. Todo ese despego significa que has perdido mucho en la comparación que de ti ha hecho con los que en el baile la han acompañado; significa que le pareces feo, tonto y ridículo, aunque seas bello, discreto y elegante; porque... está probado que en las comparaciones que hacen las mujeres salen perdiendo siempre los maridos, y en el baile se compara como en ninguna otra parte.

Pero ¿a qué cansarnos en traducir el pensamiento de la mujer en el baile, con deducciones más o menos lógicas? ¿Ha más que consultarnos a nosotros mismos? La proximidad de hombre a la mujer, cuando con ella baila, hace casi idéntica las situaciones de entrambos: si el primero se quema, no debe estar muy lejos del fuego la segunda.

Pues bien; el hombre busca siempre, para su pareja, la mujer de mejores formas, más amable y menos escrupulosa.

Lo que esto quiere decir, me excusa de lo que callo por respeto a vosotras, que, dicho sea de paso, me arañaríais de buena gana si me tuvierais a mano.

Pero sospecho que, por lo crudo de esta aseveración, sois capaces de recusarme por apasionado. Lo cierto es que pocos se han atrevido a hablar tan claro en tan revuelto asunto. Veamos si hallo una razón que no tenga vuelta.

El baile es una sociedad como otra cualquiera, regida por leyes especiales y con sus costumbres propias.

Tratemos de formar con ellas un cuadro exacto y compendiado, de modo que de una sola mirada se aprecie el asunto en su verdadero valor; y con este objeto, examinemos el salón, reparemos lo que los concurrentes hacen, y escribamos el resumen de nuestras impresiones.

Hele aquí:

-«El baile es una república en que no tienen autoridad ni derechos los padres y los maridos sobre sus hijas y mujeres respectivas. Éstas pertenecen al público, que puede necesitarlas para bailar al tenor de los siguientes dos preceptos:

Deberes de la mujer: Ésta, sin faltar a la buena educación, no puede negarse al que primero la solicite.

Derechos del hombre: El hombre es dueño de elegir la mujer que más le guste, y, ya en la arena, puede estrecharla entre sus brazos; poner en íntimo contacto con ella, por lo menos todo el costado derecho, desde la coronilla a los talones; pisarle los pies, romperle el vestido y limpiarle el sudor de la cara con las patillas, si no con el bigote, sin faltar a las leyes de la decencia; pues contando con la agitación y la bulla de la fiesta, no es posible establecer un límite a los puntos de contacto, ni amojonar el cuerpo para decir al hombre: «aquí no se toca».

Nota.-Las anteriores prescripciones se observan rigorosamente, desde el hombre más feo y antipático, hasta la mujer más linda y exigente».

Repárese que en la tal república, donde el hombre tiene derechos tan peregrinos, la mujer no tiene más que deberes.

Creo que esta fidelísima fotografía que acabo de hacer del baile, completa sobradamente mi propósito.

Una observación en honor del hombre culto. No hay padre ni marido que repare en enviar sus hijas y su mujer al baile; pero la sociedad se escandaliza el día en que una soltera atraviesa sola, de acera a acera, la calle en que vive.

Fundándome en mejor lógica, establecería yo la siguiente «Jurisprudencia: Los padres y los maridos que proveen los bailes con sus hijas y sus mujeres, no tendrán derecho a ampararse a las leyes de la justicia ni del honor, en los casos de agravio... de mayor cuantía; se les negará la sal y el fuego, y, con un cencerro al cuello, expiarán su estupidez... de baile en baile».

Consignado así mi voto, no debo insistir en nuevas deducciones, y doy por acabada mi corta tarea.

Porque creo que se necesita mucho menos que sentido común, para condenar el baile bajo el aspecto puramente estético, y no hay necesidad de que yo gaste tinta ni paciencia en ello.

Un hombre de frac y chistera, máxime si tiene canas, y una mujer bonita, muy prendida y remilgada, dando brincos como dos salvajes de Mozambique, sudando el quilo y sacando la lengua de cansancio, solamente los puede uno soportar delante sin echarse a reír, cuando considera... que el fin justifica los medios.

Ahora bien; ¿por qué escribo yo esto? ¿Aspiro a la austeridad del anacoreta?

No tengo, desgraciadamente, tanta virtud: me gusta la carne más que las raíces.

Si en el baile encuentro un filón de verdaderas gangas, ¿por qué, en vez de procurar su destrucción, no le exploto callandito?

Veamos si mis lectoras, cuyos pies beso a pesar de lo dicho, hallan la respuesta en la siguiente

Moral del cuento

Yo he bailado también; pero preguntándome con horror a cada vuelta:

¿Me casaré yo algún día?

Y si me caso, ¿habrá bailado mi mujer?

¿Llegaré a tener hijas?

Y si las tengo, ¿dejaré que me las bailen?

Temiendo ser tan padre y tan marido como todos los demás, he escrito estos renglones: quiero tenerlos delante de los ojos cada vez que mi ceguera de marido y de padre vaya a hacerme merecedor del castigo a que condeno a todos los mansos del gran rebaño de la sociedad danzante.

1863




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Los buenos muchachos


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- I -

Lector, cualquiera que tú seas, con tal que procedas de uno de esos que llamamos centros civilizados, me atrevo a asegurar que estás cansado de codearte con los personajes de mi cuento.

Así y todo, pudiera suceder que no bastase el rótulo antecedente para que desde luego sepas de qué gente se trata; pues aunque ciertas cosas son en el fondo idénticas en todas partes, varían en el nombre y en algunos accidentes exteriores, según las exigencias de la localidad en que existen.

Teniendo esto en cuenta, voy a presentarte esos chicos definidos por sí mismos.

-«Yo soy un hombre muy tolerante; dejo a todo el mundo vivir a su gusto; respeto los de cada uno; no tengo pretensiones de ninguna clase; me amoldo a todos los caracteres; hago al prójimo el bien que puedo, y me consagro al desempeño de mis obligaciones».

Esta definición ya es algo; pero como quiera que la inmodestia es un detalle bastante común en la humanidad, pudiera aquélla, por demasiado genérica, no precisar bien el asunto a que me dirijo.

Declaro, aun a riesgo de perder la fama de buen muchacho, si es que, por desgracia, la tengo entre algunos de los que me leen, que soy un tanto aprensivo y malicioso en cuanto se trata de gentes que alardean de virtuosas.

Esta suspicacia que, de escarmentado, a más de montañés, poseo, es la causa de que los llamados por ahí «buenos muchachos» hayan sido repetidas veces, para mí, objeto de un detenido estudio. Por consiguiente, me encuentro en aptitud de ser, en datos y definiciones, tan pródigo como sea necesario hasta que aparezca con todos sus pelos y señales lo que tratamos de definir.

Pero como no ha de ser interminable esta tarea, he de reducir la infinita procesión de ejemplares que veo desfilar ante mis ojos, a tres grandes modelos, en cada uno de los cuales se hallan reunidas las condiciones típicas que andan repartidas entre todos sus congéneres.

Primer modelo.-Buen muchacho que ya cumplió los cuarenta años. Señas particulares, indefectibles: es gordo, colorado, nada garboso, muy escotado de cuello y de chaleco, recio de barba y escaso de pelo. Habla mucho y se escucha.

Segundo modelo.-Buen muchacho que no ha cumplido los treinta y cinco. Señas particulares: enjuto, macilento, cargado de entrecejo y de espaldas, vestido de oscuro, muy abrochado, largo de faldones y pasado de moda. Este ejemplar tiene, necesariamente, a la vista y como si fuera marca de ganadería, una señal indeleble: verbigracia, un lobanillo junto a la oreja, un lunar blanco en el pelo, una verruga entre cejas, la nuez muy prominente, o toda la cara hecha una criba de marcas de viruelas. Habla bastante y con timbre desagradable, casi siempre en estilo sentencioso, y a menudo con humos de gracioso.

Tercer modelo.-Buen muchacho que raya en los veinticinco. Señas infalibles: rollizo, frescote como un flamenco y miope. Rompe mucha ropa, y procura llevarla muy desahogada; es hombre de poco pelo y de no mucha barba; habla más que una cotorra, muy recio y con los términos más escogidos del diccionario. Detalle peculiarísimo: antes de adquirir en público el título de «buen muchacho», ha gozado, durante seis años, entre las diversas tribus de su familia, la opinión de hombre precoz.

En vista de todos estos datos, podemos sentar la siguiente regla general:

La edad de los «buenos muchachos» varía entre veinticinco y cincuenta años.

Como detalles comunes a los tres modelos, pueden apuntarse los siguientes:

Son mesurados en el andar; saludan muchísimo, descubriendo toda la cabeza; en sus paseos buscan la compañía de los señores mayores, y en tales casos, miran con aire de lástima a los jóvenes que a su lado pasan, si van muy alegres o muy elegantes; usan a todas horas sombrero de copa, y se calzan con mucho desahogo; temen de lumbre los tacones altos y por eso los gastan anchos y muy bajos; sacan chanclos y paraguas al menor asomo de nube en el horizonte, y en cuanto estornudan tres veces seguidas, guardan cama por dos días y se lo cuentan después a todo el mundo; no fuman, o fuman muy poco, pero chupan caramelos de limón y saben dónde se venden un vinillo especial de pasto y garbanzos de buen cocer; conservan con gran esmero las amistades tradicionales de familia, y al hacer las visitas de pascuas o cumpleaños, llaman a la visitada «mi señora doña Fulana»; la preguntan minuciosamente por todo el catálogo de sus achaques físicos, y siempre tienen algún remedio casero que recomendarla; se dedican a negocios lucrativos, mejor dicho, están asociados, y en segunda fila, a personas que saben manejarlos bien; y, por último, se perecen por echar un párrafo en público y familiarmente con las primeras autoridades de la población, y se rechupan por formar parte de cualquiera corporación oficial u oficiosa, con tal que ella trascienda a influyente y a respetable.

Hasta aquí, algo de lo que el menos curioso debe haber visto en esos personajes; desde aquí, lo que todo el mundo puede ver en los mismos si se toma la pequeña molestia de levantar los pliegues de la capa con que la señora fama parece haberse empeñado en protegerlos contra críticas y murmuraciones.




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- II -

Hallábame yo, no ha mucho, cerca de un pequeño círculo de murmuradores de mayor edad, con quienes ningún lazo de amistad íntima, ni siquiera de simpatía personal, me ligaba; y dicho se está que yo oía, veía y callaba. Hablábase a la sazón de un suceso ocurrido recientemente en el pueblo, con sus vislumbres de escandaloso, cuando entró en escena un personaje muy conocido mío, y muy amigo, al parecer, de aquellos murmuradores. Parecía el tal fundido en uno de los tres modelos que dejo registrados; y no digo en cual, porque no es necesario.

-Aquí llega... Fulano, que podrá darnos algunos pormenores más del suceso -dijo un murmurador.

-Voy muy de prisa, señores -respondió el aludido-, y sólo me he acercado a ustedes con el objeto de saludarlos... Pero, en fin, ¿de qué se trata?

-Pues, hombre, de la novedad del día... de cierta joven que ha desobedecido la paterna autoridad.

-Efectivamente: tengo entendido algo que suena a eso mismo; pero como no me gusta meterme en la hacienda del vecino, y dejo a cada uno vivir a su antojo, no he querido enterarme muy a fondo.

-Pero es lo cierto que usted sabe algo...

-De manera que algo, algo, por muy sordo que uno se haga...

-Vamos, que ya sabrá usted más que nosotros.

-Les aseguro a ustedes que no. Soy de lo menos dado a chismes y murmuraciones, como es bien notorio... Pero entendámonos: ¿se refieren ustedes a la chica mayor de don Geroncio?

-Cabales.

-¿De la cuál se dice que dos horas antes de ir a la iglesia a casarse con el chico menor de don Atanasio, se plantó y dijo: «no me caso ya», por lo que su padre la amenazó iracundo, de lo cual no hizo ella caso maldito, y resultó un escándalo, y se deshizo la boda?...

-¡Justamente... eso es!... ¿Ven ustedes cómo... Fulano sabía los pormenores del lance?

-Repito que no sé una palabra más de lo que de público se dice. Hay asuntos, como éste, que, sin saber por qué, me repugnan... Pero observo que ustedes me miran con recelo, como si me callara cosas muy graves.

-¡Hombre, no!

-Pues a mí se me antoja que sí, y, señores, yo soy muy delicado en ciertas materias: está por medio la reputación de una joven que puede lastimarse con una sola suposición injuriosa, y esto es bastante a mis ojos para que, en descargo de mi conciencia, me apresure a contar la verdad del caso, es decir, lo que a mí se me ha referido: -Saben ustedes que hace quince días tuve un golpe de sangre a la cabeza, por lo cual, ya repuesto, me ordenó el médico que paseara de madrugada cuando la temperatura lo permitiera. Salía yo esta mañana a cumplir este precepto, con el cual por cierto, me va muy bien, cuando ¡plaf!, tropiezo, al volver la esquina de la plaza, con doña Severa, que, como no ignoran ustedes, por parte de su difunto marido don Estanislao, es prima política de la señora (que esté en gloria) de don Geroncio, y, por consiguiente, tiene motivos poderosos para estar al tanto de los asuntos particulares de esta familia, aparte de que a doña Severa siempre se la ha considerado mucho en aquella casa, por su capacidad y don de gobierno. Pues, señor, como daba la casualidad de que no veía yo a esta señora lo menos hacía... sí, ¡vaya!, ¡yo lo creo!... lo menos... lo menos... quince días... ¿qué digo?, aguárdense ustedes y perdonen: el día de San Lorenzo fue cuando la vi; estamos hoy a... veintitrés días justos hace que la saludé a la puerta de su casa... cabalmente tenía yo que preguntarla dónde había comprado una pasta para matar ratones, que ella usaba con gran éxito, y allí mismo me dio la receta de memoria, porque resultó que la tal pasta era invención suya, digo, de un choricero extremeño que se la confió en secreto por no sé qué favores que la debía... Pues a lo que iba: encuentro esta mañana a doña Severa, y -«¿Cómo está usted, señora mía? -la pregunto. -Bien, ¿y usted, don Fulano? -Pues para servir a usted. -¿Y la familia? -Tan buena, gracias... ¡Caramba, cuántos días hace que no la veo a usted! -Pues no he perdido una misa desde que no nos vemos. Precisamente es hoy el día en que debí haberme quedado en cama, siquiera hasta las diez. -Efectivamente: la encuentro a usted algo pálida y desmejorada. -Le aseguro a usted que no sé cómo me tengo de pie. -¿Se encuentra usted mal? -Mal, precisamente, no; pero ayer tuve un disgusto con la cocinera, y estoy sufriendo hoy las consecuencias. Figúrese usted que a mí me gusta mucho la merluza; pues, señor, la condenada (Dios me perdone) de la chica, dale con que había de traerme siempre abadejo. Chocándome, como era natural, tanta obstinación, pues yo sabía muy bien que no faltaba merluza en la plaza, indago por aquí, pregunto por allá, y averiguo ayer que la muy pícara daba todos los días las sobras del principio a un soldado, su novio, que se pela por el abadejo. ¡Imagínese usted cómo yo me pondría al saberlo!... Por supuesto que lo primero que hice fue plantarla de patitas en la calle, y tan deprisa, que la dije que volviera más tarde por el baúl y la cuenta. ¡En mal hora a mí se me ocurrió semejante idea! ¿Creerá usted, Fulanito, que, la muy sin vergüenza, se me presentó a las dos horas acompañada del soldadote para que éste repasara la suma, y que entre los dos me pusieron como hoja de perejil sobre si faltaban o dejaban de faltar seis maravedís? -Nada me choca, doña Severa, de cuanto usted me dice, que algo parecido podía añadir yo de lo ocurrido en mi casa: el ramo de sirvientas está perdido. -¡Ay, Fulano, lo peor es que el de amas no está mucho más ganado! -También es cierto. -Vea usted a mi pobre primo Geroncio: ¡qué horas está pasando por causa de esa hija a quien ha mimado tanto! -En efecto he oído anoche que esa chica ha roto, por un capricho, su proyectado casamiento. -¿Capricho, eh?, ¡buen capricho me dé Dios! -Así se dice al menos. -Así se dice, porque de alguna manera decente ha de tapar la familia el pastel descubierto. -¿Luego ha pasado algo grave? -¡Gravísimo... Fulano!... y ya ve usted si yo lo sabré cuando he sido y estoy siendo el paño de lágrimas del desdichado Geroncio. -No lo dudo... Pero ahora caigo en que, siendo secretos de familia esos sucesos, estoy pecando de indiscreto al hacer ciertas preguntas. -De ningún modo, Fulano; usted es una persona muy decente, y hasta debe conocer esa clase de líos para ejemplo y escarmiento en el día de mañana, si se resolviera a casarse. -Usted me favorece demasiado, doña Severa. -Le hago a usted justicia, Fulano. -Gracias, señora. -Repito que no hay por qué darlas; y sepa usted (por supuesto, con la debida reserva) que si la boda de mi sobrina no se ha llevado a cabo, es porque el novio descubrió a última hora que la muy taimada había tenido un año antes relaciones íntimas, muy íntimas, entiéndalo usted bien, con un joven andaluz que estuvo aquí veraneando. -Pero ¿tan íntimas fueron, señora? -Tan íntimas, que faltando horas nada más para ir a la iglesia, se plantó el novio al conocerlas, y dijo que nones. -¿Luego no fue ella quien se opuso? -¡Qué había de ser, hombre!... eso se ha dicho para tapar...». Y etcétera, señores -añadió el narrador, con una sonrisita que apenas tenía malicia-; por ahí fue hablándome doña Severa, y lo que acabo de referir es lo único que, en sustancia, hay de cierto sobre el particular.

-¡Que no es poco! -objetó un chismoso, con diabólica expresión-. ¡Cuando yo decía que usted sabía grandes cosas!

-Hombre, si bien se mira, no es tanto como parece -continuó el suavísimo Fulano-. Y de todas maneras, señores, conste que lo he referido aquí en el seno de la confianza y teniendo en cuenta, además de lo que dije al empezar, que una cosa leve callada con misterio, autoriza a suponer otra muy grave: que la mayor parte de ustedes son padres de familia que no echarán el ejemplo en saco roto.

-¡Bravo! -exclamaron algunos oyentes casi enternecidos con este rasgo.

-Conque, señores, vuelvo a recomendar la reserva, y me voy a mis quehaceres -saltó casi ruborizado el amiguito de doña Severa.

Y se marchó.

-¡Qué discreta observación! -dijo uno de los que se quedaron.

-¡Qué juicio tan aplomado! -añadió otro.

-¡Es un gran muchacho! -exclamaron todos.

-¡Valiente infame! -dije yo, y era lo menos que podía decir, con esta franqueza que Dios me ha dado, largándome también, y sin despedirme, por más señas.

Nada se me contestó en el acto; pero me consta que, refiriéndose a mí, se dijeron luego en el corrillo primores como los siguientes:

-¡Qué víbora!

-¡Qué lengua de acero!

-Con veneno semejante es imposible que haya en la sociedad una sola virtud incólume.

Todos estos pormenores forman un detalle que no es de los menos típicos en los «buenos muchachos».

Veamos otros.

Detestan cordialmente todo cuanto no pertenece al gremio del cual son, según dicen, humildísimos miembros; y hablan con afectada lástima, pero con sincera indignación, de los hombres aficionados a los trabajos del ingenio; se jactan de apreciar la prensa periódica, sea del matiz político, científico o literario que se quiera, en mucho menos que el papel de empaque, y son para ellos novelistas y poetas sinónimos de gente perdida. Esto, en general; pero cuando son sus convecinos, sus antiguos condiscípulos, tal vez sus amigos, los que escriben, los que peroran, los que pintan, ¡de Dios les venga el remedio a estos desdichados!

-Hoy todo el mundo escribe, todo el mundo charla, todo el mundo emborrona un lienzo y garrapatea el pentagrama -gritan escandalizados los «buenos muchachos»-. ¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¿Adónde vamos a parar? Señores, el que más y el que menos de los que en nada figuramos conocemos algo de esas materias, y pudiéramos echar en ellas nuestro cuarto a espadas practicando un poco; pero ¿sería esto suficiente?, ¿nos autorizaría para erigirnos en maestros ni en directores de la opinión pública? ¡No faltaba más!... ¡Pues no son pocas las pretensiones de la gente del día!

Así se explican: veamos cómo se conducen.

Estarán ustedes cansados de hallar en los periódicos de su pueblo centenares de remitidos, al tenor del siguiente:

Señor Director de El Vigilante.

«Muy señor mío y de mi mayor consideración: Aunque ajeno por carácter y por mis habituales ocupaciones a las lides periodísticas, me tomo la libertad de remitir a usted las adjuntas mal perjeñadas líneas, por si tiene a bien insertarlas en su apreciable periódico. La cuestión que las motiva es, en mi humilde sentir, de gran interés para toda la población, y en ello confío para que usted, etc., etc., etc.».

El asunto que se desenvuelve en el remitido y que, según el humilde sentir del comunicante, encierra gran interés para toda la población, es un guardacantón que sobresale media pulgada más de lo que previenen las ordenanzas, o un árbol que se seca en el paseo... o si debe andar cubierto o en pelo por los claustros, durante la celebración de la misa, el perrero de la catedral.

Otros tres detalles esencialísimos distinguen siempre a estas producciones, a saber: lo poco que figuran en ellas los artículos determinados, y lo demasiado que juega la rosa de vientos, lo cual da motivo a cada paso a frases del siguiente jaez: «entrando en mencionado paseo por el lado del Sudeste; tomando la alineación por la fachada vendaval de repetida casa...». Por último, la firma. Esta tiene que ser necesariamente Un curioso, Un contribuyente, Un vecino, o Un amante de su país.

Pues bien, lector, cualquiera de estos motes es el modesto velo con que tapa el rubor de su vera efigies, para dirigirse al público, un «buen muchacho», es decir, uno de esos hombres sensatos, aplomados y sin pretensiones, que detestan la prensa porque no sabe tratar cuestiones que enseñen algo, porque no es capaz de exponer teorías de transcendencia o de universal interés; uno de esos hombres, en fin, que no hallan jamás otro bastante autorizado para erigirse en intérprete, ya que no en director de la opinión pública.

Y no puede quedar la menor duda de que citados artículos pertenecen a referidos autores, porque éstos, en el mismo día del alumbramiento, o en el siguiente a más tardar, teniendo la bondad de interesarse mucho por la salud de uno, le abordan en la calle para enredarle en un diálogo como el siguiente:

-«¿Cómo va, amigo mío?

-Pues, hombre, vamos viviendo.

-¡Cuánto me alegro!

-Muchísimas gracias... ¿Usted tan gordo y tan guapo?

-Gracias a Dios... Pero retírese usted un poquito a la derecha.

-¿Qué ocurre?

-Que está usted colocado junto a una losa quebrada, y un pie se disloca con la mayor facilidad.

-No veo yo la quebradura...

-En efecto, era una ilusión mía... Como en este pueblo anda el ramo de empedrados peor que en Marruecos... Y, a propósito, ¿ha visto usted un comunicado que publica ayer El Vigilante?

-¿Sobre Marruecos?

-No, señor; sobre el guardacantón de la calle X...

-Sí que le he visto.

-¿Y qué le ha parecido a usted?

-Pues, hombre... bien.

-Lo celebro infinito, pues como está hecho al correr de la pluma, no hubiera sido difícil que algún descuidillo...

-Según eso, ¿es de usted?

-Ya que usted lo ha conocido, no lo quiero negar.

-Es usted muy modesto.

-Hombre, no; pero no tengo pretensiones de escritor. Así es que cuando quiero llamar la atención del público hacia un asunto de interés tan general como el que ayer saco a relucir en mi escrito, firmo con un nombre cualquiera... Yo he escrito mucho sobre policía, ¡muchísimo!, sólo que no me gusta darme importancia; porque, vamos, no tengo pretensiones de ninguna clase.

-¡Oh!, ya se conoce bien.

-Por lo demás, el artículo de ayer creo que abraza cuanto se puede decir sobre el particular.

-¡Vaya si abraza!

-Pues me alegro mucho; que eso me ha de animar a concluir otro que traigo entre manos acerca de la maldita costumbre que hay aquí de colgar la ropa blanca en los balcones... Por supuesto que es un trabajillo sin pretensiones de ninguna clase.

-Naturalmente, pero eso no impedirá que yo le lea con gusto.

-Muchas gracias.

-No hay por qué».

También me consta que esos remitidos se leen, por su autor, en familia, con grande aplauso del severo papá que, rebosando en satisfacción por todos los poros de su cuerpo, se vuelve hacia su conjunta para decirle, muy bajo, pero de modo que lo oiga el elogiado: «Estos muchachos son el mismo demonio. ¡Mira que está bien hilado el tal impreso!».

Vamos ahora a otro terreno.

Hay una junta de acreedores, de contribuyentes, de vecinos formales, o de arraigo; una junta, en fin, en la que se trate del vil ochavo o de salvar los intereses de la plaza. Toman la palabra los más expertos y autorizados; llénanse recíprocamente de piropos, abordan la cuestión por cien lados diferentes; llégase, tras de muchos sudores y fatigas, a vislumbrar un acuerdo definitivo; va a darse por concluida la sesión, y he aquí que se oye una voz perezosa y afectadamente tímida que pide la palabra. Concédesela el presidente, y se levanta una persona que comienza a hablar en estos términos:

-«Señores: como desconozco completamente la ciencia del derecho, y soy en materia de negocios la más incompetente de todas las personas que componen esta respetable reunión; y como tampoco tengo pretensiones de orador, quizá vaya a decir un disparate al hacer uso de la facultad que me ha concedido el digno señor presidente; pero, así y todo, me parece a mí que teniendo en cuenta esto y lo otro (resume desastrosamente cuanto han dicho los que han hablado antes, y añade cincuenta desatinos de su cosecha) la dificultad está vencida. Repito, señores, que tal es el punto desde el cual debe mirarse la cuestión, según mi humilde entender. He dicho».

«Bravos» por acá y «bravos» por allá. Rumores en todos los rincones. -¿Quién es ese? -Pues el hijo de don Zutano. -¡Excelente chico! -Nómbrase la indispensable comisión, y entra en ella, el primerito, el orador. Al día siguiente no se le puede sufrir. -Como yo dije, como yo propuse... bien que ya usted me oiría... ¡y eso que no está uno hecho a esos lances, ni tiene pretensiones de orador!... ¡Ah!, pues si no me tira de la levita don Práxedes, que estaba a mi derecha, ¡qué cosas salen a relucir! Pero es uno condescendiente y poco amigo de llamar la atención, ¡que si no!...

Aunque no necesito decir quién es este orador, bueno es que se tenga presente que pertenece, por su tipo, al tercer modelo.

Veámosle ahora en el teatro. Se acaba de representar un drama moderno que ha alcanzado un triunfo. A él no le ha merecido un solo aplauso. Lejos de ello, se vuelve a su vecino y le dice:

-Amigo, yo no sé si diré un disparate, porque no soy competente en literatura; pero esta obra, según mi humilde entender, no merece el ruido que está metiendo. Valerse de una aldeana para el principal papel, y no haber en toda la comedia más que dos personajes de buena sociedad, me da muy pobre idea del talento del autor. De ese modo también yo hago comedias.

El vecino le mira estupefacto, y el censor, creyendo que le apoya, continúa.

-Desengáñese usted, el teatro va en decadencia; ya no se escriben comedias como La trenza de sus cabellos y La conquista de Granada. ¿Pues y los actores? Ahí han estado ustedes aplaudiendo a ese primer galán como si supiera lo que hace... ¡Dónde estaba aquel Lozano!... ¡Ese sí que cortaba el verso! Parece que le estoy viendo salir, vestido de moro y a caballo, por debajo del palco del ayuntamiento. Valía más una mirada de aquel hombre, que toda esa comiquería junta.

Oyendo música, aunque no menos descontentadizos, son más lacónicos siquiera.

-¿Qué le parece a usted? -se pregunta a uno de ellos.

Y responde necesariamente:

-Hombre, yo no soy del arte; pero por más que ustedes digan, esta música está tomada, al pie de la letra, de «El Hernani».

Si le buscamos a la esquina de la plaza, se le hallará deteniendo a un transeúnte para decirle con mucho misterio:

-¿Ve usted aquella chica que está hablando con un cabo de la guarnición? Pues es la cocinera de don Ruperto Puntales: dos horas lleva ahí: he tenido la curiosidad de contarlas en mi reló. Buena andará aquella cocina, ¿eh?

O sino:

-Don Aniceto, una palabra: esa doncella que cruza ahora la esquina y va cargada de cartones, me parece que sirve en casa de doña Telesfora.

-Bien, ¿y qué?

-Nada, que es la sexta vez que, en hora y media que llevo en esta esquina, ha salido de ese bazar cargada de género. Sospecho que el pobre marido de su ama no hace hoy el gasto con dos mil reales. Después vendrán los apuros... y algo peor. Bien empleado les está.

En un paseo público hacen el mismo papel: comparar las galas que ven, con los caudales de quienes las lucen, y demostrar siempre y donde quiera, que llevan el alza y baja de cuanto respira y se agita en la población.

Creo que el lector no necesita más noticias para orientarse por completo en el terreno a que he querido traerle, ni para hallar pertinente y hasta de alguna transcendencia moral la exposición de estos apuntes...

Se me olvidaba decir que los buenos muchachos son, por regla general, solteros. Si les da por casarse, son en el hogar doméstico unos tiranuelos, chismosos y casca-rabias; y esto es lo único en que varían al variar de estado.

Otro dato. Casados o solteros, son en política conservadores, de justo medio y ancha base.




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- III -

Si tratáramos ahora de llamar las cosas por su verdadero nombre, deduciríamos de todo lo expuesto, dentro de la más inflexible lógica, que el «buen muchacho» no es otra cosa que un quídam soberbio, entremetido, fisgón e ignorante. Escandalízase de los hombres que, sin remilgos ni estudiadas protestas de humildad, se muestran en lo que valen, y él, con la previa advertencia de que no vale nada, se atreve a meterse en todas partes para imponer su razón a los demás. A nadie concede competencia para nada, al paso que él, confesándose el último de los hombres, se porta como si la tuviera para todo; no halla en la pluma ni en los labios de su vecino una cuestión que le parezca bastante digna de ocupar la atención pública, y al día siguiente pretende él absorberla entera sacando a plaza pequeñeces y vulgaridades de portería. Ofende a su moralidad un pecado oculto, y él, para enmendarlo, le descubre, le comenta y le propaga; no juega, no jura, no malgasta; pero, con la mejor intención, se conduele a gritos de Juan y de Pedro, que juran, no ahorran y, según sus noticias, juegan. En suma, sus labios jamás se abren para elogiar: siempre para maldecir.

Por lo demás, el ser «buen muchacho» es un gran negocio, máxime cuando el teatro representa una población lo suficientemente pequeña para que todos nos codeemos y nos conozcamos.

El vecino de enfrente, persona que tiene el don de discurrir con alguna claridad más que la multitud, es víctima de una adversidad cualquiera, acarreada por una serie de sucesos inevitables. -Me alegro -dice el rumrum-: ese hombre lo tenía bien merecido; es una mala cabeza, un fatuo, un pretencioso.

Sucédele eso mismo a un «buen muchacho», y dice la Fama: -¡Pícara suerte, que nunca quiere proteger a los buenos!

Acúsasele por alguien de una acción poco edificante, y dice la misma señora: -¡Calumnia!... Fulano no puede ser reo de semejante delito; yo abono su conducta, porque... es un excelente muchacho.

Al primero se le enreda, al pasar, un botón en los flecos del chal de una modista, y doña Opinión, la mala, le marca con el dedo como a un desenfrenado corruptor de la pública moralidad.

Enrédasele al otro la honra entera entre los hechizos de la mujer de su vecino; asoma el escándalo la oreja, y exclama doña Opinión, la buena: -«¡Atrás!, que es un buen muchacho incapaz de cometer tan feo delito». Si el escándalo pugna, y forcejea y vence al cabo, la mujer es la serpiente que le ha seducido: todo menos lastimar en lo más mínimo la cándida sensibilidad de su amante.

Hay vacante un puesto que exige a quien ha de ocuparle mucho tacto y mayor experiencia, y, sin saber cómo, empieza a sonar el nombre de un buen muchacho; crece el ruido, formase la atmósfera, provéese la plaza en un hombre nulo o sin merecimientos, y apenas la justicia severa se dispone a condenar la elección, grita el rumor atronador de la Fama: -Me alegro, porque el elegido es... «un buen muchacho».

Trátase de una heredera rica que se halla en estado de merecer, y al punto dice aquella señora: -«¡Qué buena pareja haría esa chica con... Fulano, que es un gran muchacho!». Y los ecos van repitiendo la ocurrencia, y se la llevan a la aludida, y se echa ésta a cavilar, y comienzan las embajadas oficiosas de los aficionados a la diplomacia casamentera, y aceptan la mediación las partes beligerantes, y... «es cosa hecha» exclama un día con aire de triunfo la gente. Y añade: «y me alegro, no solamente por el novio, que es un buen muchacho, sino por lo que van a reconcomerse los otros».

... Los otros, lector, son los desheredados de la fama de «buenos muchachos», que tal vez no conocen a la novia, y que, de seguro, no han cruzado una palabra con ninguno de los que forman la opinión que tan cordialmente antipática se les presenta.

Cuando un padre sencillo reprende a su hijo por una falta propia de la edad, vuelve los ojos con envidia a un «buen muchacho»; si éstos no van al teatro más que dos veces por semana, no se puede ser hombre de bien yendo tres; cuanto en costumbres es un pecado, deja de serio desde el momento en que le comete un «buen muchacho»; las mamás los miran con un memorial en cada ojo; las autoridades los saludan como a las mejores garantías del orden... hasta los agentes de policía los acatan y reverencian, porque ven en ellos otros tantos futuros concejales...

Júzguese ahora del riesgo que yo corro al estrellarme contra tanta popularidad... y eso que todavía no he dicho que un «buen muchacho» es necesariamente tonto de remache.

Y dirá aquí el lector cándido: -¿Cómo puede un tonto adquirir tal fama de discreto?

Y pregunto yo a mi vez a ese lector: -¿Han sido nunca otra cosa los ídolos del vulgo de levita?

Por de pronto, apuesto una credencial de «buen muchacho» a que si yo tomo de la mano a un hombre, de los muchos que conozco, que se pasan la vida luchando brazo a brazo con la adversa fortuna, sin reparar siquiera que a su lado cruzan otros más felices con menores esfuerzos; a uno de esos hombres verdaderamente discretos, verdaderamente generosos, verdaderamente honrados; apuesto, repito, la credencial consabida a que si le tomo de la mano y le saco al público mercado, no encuentro quien le fíe dos pesetas sobre su legítimo título de buen muchacho, título que se le ha usurpado para ennoblecer a tanto y tanto zascandil como se pavonea con él por esas calles de Dios.

Por tanto, lector amigo, y para concluir, voy a pedirte un favor: mientras no se adopte en el mundo civilizado la costumbre de dar a las cosas y a las personas el nombre que legítimamente les pertenece, si por chiripa llegara yo a caerte en gracia (lo que no es de esperar) y desearas darme por ello un calificativo honroso, llámame... cualquiera perrería; pero ¡por Dios te lo ruego!, no me llames nunca buen muchacho.

1867






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El primer sombrero


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- I -

Un conocido mío que estuvo en Santander quince años ha y volvió a esta ciudad el último verano, me decía, después de recorrer sus barrios y admirar los atrevidos muelles de Maliaño, desde el monumental de Calderón:

-Decididamente es Santander una de las poblaciones que más han adelantado en menos tiempo.

Y después de hablar así del paisaje, echóse a estudiar el paisanaje, es decir, la masa popular, en la cual reside siempre, y en todas partes, el sello típico del país, el verdadero color de localidad: pero tanto y tanto resabio censurable encontró en él, tanta y tanta inconveniencia admitida y respetada por el uso; tanto y tanto defecto condenable ante el más rudimentario código de policía y buen gobierno, que, olvidado de que semejantes contrastes son moneda corriente aun en las capitales más importantes de España, exclamó con desaliento:

-¡Qué lástima que las costumbres populares de Santander no hayan sufrido una reforma tan radical como la ciudad misma!

Y el observador, al hablar así, estaba muy lejos de lo cierto; porque precisamente es más notable el cambio operado aquí en las costumbres públicas, que el que aquél admiraba tanto en la parte material de la ciudad.

Considérese, por de pronto, que los vicios de que adolecen actualmente las costumbres de este pueblo, no sólo han disminuido en número, con respecto a ayer, sino en intensidad, como diría un gacetillero hablando de las invasiones de una epidemia que se acaba; y téngase luego muy en cuenta que en todas las escenas en que hoy toma parte el llamado pueblo bajo, y en otras muchas más, figuraba antes en primer término la juventud perteneciente a las clases sociales más encopetadas.

Y no acoto con muertos, como vulgarmente se dice, pues aún no peinan canas muchos de los personajes que llevaban la mejor parte en empresas que más de dos veces degeneraron en trágicas.

Yo, que soy más joven que ellos, conocí las famosas pedreas de baja-mar, en las cuales se tiraban a muerte dos bandas capitaneadas por mancebos de elevada alcurnia. También presencie algunas de las sangrientas batallas que se daban frecuentemente entre los jóvenes de este pueblo y los mozos de Cueto y Monte. Las inolvidables troncadas que se pegaban en bahía dos lanchas tripuladas por gente de distintos bandos, y en cuyos duelos el infeliz que caía al agua no hallaba compasión ni auxilio más que entre los suyos, ocurriendo ayer, como quien dice.

No hay en Santander quien no recuerde a los insignes personajes Tío Pipuela, Capa-rota, don Lorenzo y otros ejusdem fúrfuris. Todos estos tipos pasaron aquí por locos. Yo no diré que no lo fueran; pero sí aseguro que sus excentricidades tuvieron por causa, más que una predisposición natural, la implacable persecución que los infelices sufrían de todo el pueblo, de día, de noche, en la calle y hasta en el sucio y desabrigado rincón de sus albergues.

Los socios de la Unión soltera y de la Sociedad sin nombre, eran el terror de los tipos y la pesadilla de los legos y sacristanes; hacían, por sus travesuras, intransitables las calles en que estaban establecidas sus sociedades, y tenían por teatro de sus predilectas fechorías, los bailes y paseos públicos, dejándolas sentir muy a menudo en ocasiones como el rosario de la Orden Tercera, en San Francisco, y las tinieblas de Semana Santa.

Encontrábase en la calle un grupo de elegantes, que iban de Paseo departiendo sobre los más graves asuntos que cabían en sus rizadas cabezas, con el pobre Jerónimo, con su cara abotargada, su mirar yerto y sus brazos caídos al desgaire.

-¡Infla, Jerónimo! -le decían aquellos, deteniéndose de pronto y rodeando al tipo.

Y éste hinchaba los carrillos, sobre los cuales iban los pisaverdes descargando papuchadas, continuando después la interrumpida marcha, sin que a Jerónimo, ni a los transeúntes, ni aun a ellos mismos, les chocase el lance lo más mínimo; antes al contrario, creyéndole todos la cosa más natural del mundo. Como lo era detener a Esteban, que todavía vive, pedirle la hora, y responder el detenido, con esa cara de frío que le caracteriza: «las tres», aunque fueran las diez de la mañana. Como lo era también decir a Juan, el aguador, «alabado sea Dios», para tener el gusto de verte hincar la rodilla y santiguarse, aunque llevara sobre la cabeza la herrada llena de agua, y contestar: «Para siempre sea alabado su santísimo nombre», con otra retahíla de que ya no me acuerdo. Como lo era, asimismo, convidar al tío Cayetano a beber en un café, y darle una purga por sangría, o tinta de escribir por vino de Rioja. Como lo era, en fin, prender fuego al horno de la tía Cuca, cuando roncaba Mingo dentro de él.

Todo esto y mucho más que no cito, se consideraba entonces como natural, porque todo ello era en alto grado popular, penetrando la fama de estos tipos y la de su martirio hasta los más severos gabinetes de la culta sociedad.

No trato de discurrir aquí sobre si un pueblo que con tales pequeñeces se preocupa, es preferible o no al que, como el de hoy, peca por el extremo contrario, de despreocupado y desdeñoso; sobre si las crueldades cometidas entonces por la juventud llamada a encargarse de los futuros destinos de su país, revelaban mejor o peor corazón que el que hoy debemos suponer bajo la precoz formalidad que caracteriza a nuestros intonsos legisladores e imberbes periodistas. Dejo esta tarea al buen juicio del lector, y me limito a decirle que in illo tempore aún no se conocían en Santander las diligencias por la carretera, y creo que ni los vapores por la bahía.

Cuando la superficie de este dormido lago comenzó a agitarse a impulso de los nuevos aires, la clase acomodada fue reparando poco a poco en la estrechez del círculo en que hasta entonces había vivido, y, a bordo de un vapor por la boca del puerto, o en el mullido interior de las diligencias peninsulares, por la carretera de Becedo, salió a descubrir más anchos horizontes. Desde aquel momento, las costumbres populares de Santander sufrieron una transformación casi radical, y sólo quedaron en escena la clase del pueblo, que viene dando hasta hoy grandes pruebas de que sobre ella pasan en vano años y civilizaciones; más algunos pocos recalcitrantes de la otra clase, apegados con exceso a los viejos hábitos, que se limitaban a escaramuzas aisladas y completamente independientes de las feroces campañas del populacho.

A esa época pertenecen los brevísimos episodios que voy a referir, no por lo que en sí tengan de interesantes, que nada tienen; sino por el contraste que forman, atendida su reciente fecha, con la despreocupación y la tolerancia que caracterizan en la materia a Santander de hoy, y también por si encuentro un lector de allende estas montañas que, al conocerlos, exclame:

¡Lo mismo sucedía en mi pueblo!




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- II -

Muy pocos años después de la desaparición de Capa-rota y de Cobertera de la escena del mundo, y cuando el martirio de Mingo y de Jerónimo corría de cuenta exclusiva de la gente menuda, e ingresaban en la Casa de Caridad don Lorenzo y Tumba-navíos, entraba en España la primera locomotora, y yo en plena pubertad... y a cursar tercero de filosofía.

Robustote y fuerte por naturaleza, y hasta gordinflón (¡quantum mutatus ab illo!), a pesar de mis catorce anos representaba diez y nueve, circunstancia que no dejaba de darme alguna preponderancia entre mis condiscípulos, sobre todo, entre los que eran más débiles que yo. Pues señor, en aquel tiempo tuvo un pariente mío la desdichada ocurrencia de regalarme un sombrero de copa. ¡Me parece que le estoy viendo! Era de finísimo castor aplomado, largo de pelo y apañadito de cilindro. Aunque no tan bajo, en el conjunto de su arquitectura se daba bastante aire a los que usan en este país los curas de aldea.

Habrán observado ustedes que las familias clásicas han tenido siempre la obstinada manía de que sus muchachos se revistan, cuanto antes, de la mayor formalidad posible, y truequen, por el de los hombres circunspectos, el carácter y hasta los hábitos propios de la edad del trompo y de la cometa. La mía (es decir, mi familia, no mi cometa), fue en este punto una notabilidad, y puedo asegurar que desde el instante en que llegó a mis manos el condenado regalo, se trocaron para mí en amargura los antes dulcísimos placeres de los días festivos. No bien en uno de éstos asomaba el alba y empezaba yo a respirar con íntima satisfacción, recordando que por aquel día no me aguardaban disertaciones metafísicas ni traducciones de Horacio, cuando me hacía estremecer el arrastrado sombrero, colocado sigilosamente durante la noche sobre el equipaje dominguero que debía vestirme al levantarme.

-¡Hoy no te escapas sin ponerle! -me decían por todo consuelo. Y yo, no atreviéndome nunca a responder abiertamente que no, pero resuelto a ejecutarlo, aguardaba un momento oportuno para encasquetarme la gorra y echar por la escalera abajo como perro goloso. Pero, ¿creen ustedes que yo gozaba después entre mis camaradas? ¡Ni por asomos! El recuerdo de lo que me esperaba al volver al hogar por mi desobediencia, calificada ya de rebeldía; la idea de que por la tarde necesitaba jugar la vuelta otra vez a la gente de mi casa para salir a la calle sin la afrentosa colmena, y la consideración de que estos sudores tendrían que repetirse en adelante cada día de fiesta, aplanaban mi espíritu y envenenaban mi sangre.

La razón que tenía mi familia para empeñarse tan tenazmente en que me pusiera el sombrero, era que yo parecía ya un hombre, y que, por lo tanto, me sentaba muy mal la gorra. Los motivos que yo tenía para no ponérmele eran de muchísima consideración para mí; pero, desgraciadamente, de ninguna para mi familia, porque no creía en ellos, por más que yo se los expusiera hasta con lágrimas en los ojos.

Y lo cierto es, acá para internos, que a veces se me iban los susodichos por el maldito sombrero, y que hubiera dado hasta una caja de pinturas, que yo apreciaba en mucho, por haber podido sacarle a la calle impunemente. Tenía una fragata, a toda vela, pintada en el forro interior de su cúpula, que me enamoraba, y parecía estampada allí para enseñársela a unos cuantos de mis condiscípulos que se daban humos de pintores, porque sabían iluminar barcos con el amarillento jugo que sueltan en primavera los capullos de los chopos de la Alameda Segunda.

En esto llegó el día del Corpus, y yo iba a estrenar en la procesión un traje que tenía que ver. Se componía de pantalón de grandes cuadros, con trabillas de botín, tuina de mezclilla verdosa con cuello de terciopelo, chaleco de merino perla con botones jaspeados, y corbata azul y roja con ancho lazo de mariposa.

Cuando, con este atavío, me miré al espejo, confieso que me pareció muy mal la gorra que, por vía de prueba, me puse en la cabeza: me encontraba con ella un si es no es descaracterizado, y más que un elegante en toda regia, parecía un mozo de mostrador cortejante dominguero de doncellas de labor. En cambio, con el sombrero puesto, me hallaba en rigoroso carácter de persona decente, y hasta disculpaba en mis adentros la incesante pretensión de mi familia.

Pero, ¿cómo me arriesgaba yo a lanzarme al público con la velluda cúspide sobre mi cabeza? La gorra no era elegante, en verdad; pero, en cambio, me permitía asociarme a mis amigos, correr, observar, divertirme y gozar sin tasa de los atractivos de la procesión. Pero con el sombrero... ¡Oh! Los inconvenientes del sombrero eran capaces de hacer sudar al muchacho de más agallas.

Mi familia debió enterarse de mis vacilaciones, porque hallándome en lo más comprometido de ellas, supo explotarlas tan bien, tanto me aduló, tanto ponderó mi garbo y mi estatura, que, vencido al cabo, arrojé la gorra debajo de la cama, como si quisiera huir de todo peligro de tentación, me calé el sombrero, cerré los ojos, y me lancé a la escalera, zumbándome los oídos y viendo las estrellitas sobre cejales del rojo más subido, entre relámpagos verdes y amarillos, y otras muchas cosas que sólo se ven en circunstancias como aquellas y cuando aprietan mucho unas botas nuevas.

A media escalera se me pasó la fiebre; vi clara y despejada la situación, y retrocedí. Pero al llegar a la puerta de mi casa, temí los anatemas de mi familia; pasé un breve rato comparando los dos peligros; elegí el peor, como sucede siempre a los hijos de Adán cuando les importa mucho lo que meditan, y me planté en el portal.

En el que me entraron nuevos y más copiosos sudores, porque nunca había contemplado tan de cerca lo arriesgado de mi empresa. Pero estaba ya resuelto a no retroceder por nada ni por nadie. Reconcentré en un solo esfuerzo todos mis vacilantes bríos; y como bañista perezoso que teme el primer remojón, contuve el aliento, hinché los carrillos, cerré los ojos y me lancé a la calle, sin que pueda describir el efecto que ésta me hizo, porque yo no veía más que el ondulante pelambre del plomizo alero que asombraba mis ojos extraviados.

No obstante, al doblar la primera esquina, lograron grabarse con toda claridad en mis pupilas las estampas diabólicas de dos pilluelos que departían amistosamente en un portal. Al verme uno de ellos, respingó como si le hubiera electrizado súbita alegría, llamó hacia mí la atención de su camarada, y exclamó con un acento que me atravesó desde la copa del sombrero hasta las trabillas de mi estirado pantalón:

-¡Agua! ¡Qué pirulera!

-¡Me la parten! -dije entonces para mi chaleco perla.

Y, acto continuo, dos tronchos de repollo pasaron zumbando junto a mis orejas, y fueron a estrellarse en la pared de enfrente.

Comenzaban a realizarse mis temores.

Híceme el desentendido a esta primera insinuación, apreté el paso, y pronto me encontré de patitas en la carrera de la procesión, que estaba cuajadita de gente. Culebreando un rato entre ella me creía ya inadvertido para todo el mundo, merced al barullo, cuando di de hocicos con un grupo de calaverillas domingueros, con gorritas de terciopelo, chaquetillas de paño negro, pantalón muy estirado de perneras y muy ceñido a la cintura, nada de tirantes ni chaleco, y mucha punta de corbata; traje que en aquellos tiempos privaba mucho entre la gente joven y de buen tono. Al verlos, traté de hacerme a la izquierda, convencido de lo que me esperaba si me veían; y ya creía logrado mi propósito, cuando oí decir a uno de ellos con un retintín que me heló la sangre:

-Siempre me han hecho a mí mucha gracia las bombas de castor.

-Eso va conmigo -pensé yo, echando ambas manos a las alas del sombrero para asegurarle bien, y lanzándome resuelto a naufragar en aquel mar de gente. Media braza habría penetrado en sus profundidades, cuando un golpe despiadado sobre la cúpula velluda, me hundió el ignominioso bombo hasta la punta de la nariz. Saquéle como pude, jadeando de angustia; esforcé aún más mi empuje, pisé a muchas personas que, por desgracia, todas tenían callos, bramaron de ira y de dolor, fijáronse en mí; y al ver el sombrero, como si fuera la cosa más justa y natural, le saludaron con una descarga cerrada de cáles a la media vuelta, tan nutrida y constante, que a mí mismo me daba lástima de él.

Al cabo de tantos atropellos, mi espanto se trocó en furor. Recordé que yo también tenía puños y no flojos; y a ciegas, como estaba por la vergüenza y el despecho, comencé a esgrimir los brazos en todas direcciones, y a machacar cráneos, halláranse o no coronados por apéndices tan ignominiosos como el que a tales mal-andanzas me arrastraba en aquel día infausto. Pero mi heroica resolución sólo contribuyó a que me persiguieran más y más los odios populares; los cuales, al fin, me estropearon un ojo y me rasgaron el faldón de la tuina. En tal situación logré llegar a la Ribera, que estaba, a Dios gracias, despejada de calaveras y pilletes, que todos eran unos.

Allí me atreví a contemplar entre mis manos el sombrero. ¡Cómo me le habían puesto! La copa se había derrumbado a la derecha; y como si todo él hubiese participado de la irritación en que se hallaba mi espíritu, tenía el pelo erizado, como los gatos en pelea, y hasta se me antojó que su color plomizo se había trocado en verde bilioso, como debía de ser entonces el de mi cara. Enderecé la copa como mejor pude, no por cariño, bien lo sabe Dios, y me dispuse a volverme a casa por calles solitarias.

A poner iba en práctica mi plan, después de prender con un alfiler el jirón de la tuina, cuando distinguí un grupo de camaradas de colegio que venían hacia mí. Volé a su encuentro, ansioso de rodearme, para un evento, de corazones nobles y caras amigas. Pero me engañé miserablemente. Ellos no corrieron hacia mí con la franca cordialidad que acostumbraban cuando yo llevaba gorra. Lejos de ello, se detuvieron sorprendidos: después se miraron unos a otros, enseguida se sonrieron, luego me rodearon apostrofando irónicamente a mi sombrero, y hasta pretendió alguno de ellos tomarle el pelo. Este desengaño me aplanó. Prometí solemnemente romper el bautismo al que tocase la copa maldecida; y por consejo de los mismos, que parecieron condolerse en mi situación cuando se la referí detalladamente, me dirigí a mi casa. Pero al pasar bajo el Puente de Vargas, y cuando apenas había salido del término de su sombra, una descarga de tronchazos llovió sobre mi cabeza. Al volver los ojos hacia arriba, no sin ciertas precauciones, sorprendí a mis amigos en el acto de saludarme con otra descarga. Huyeron al verse cogidos infraganti; y yo, jurando romperles las narices en cuanto me pusiera la gorra, metí el sombrero bajo la tuina y apresuré la marcha, prefiriendo asarme la mollera al sol, a sufrir un martirio como el pasado.

De este modo llegué a casa, donde faltó muy poco para que me solfeasen las espaldas por término de mis desventuras, pues nadie quiso creer el relato que de ellas hice; y todos se empeñaban en que las abolladuras del sombrero, y el jirón de la tuina, y la hinchazón del ojo, eran consecuencias de alguna travesura indigna de un mocetón como yo. ¡Pícara justicia humana!

Este nuevo golpe me dio fuerzas con que antes no contaba. Entré en mi cuarto; y con el placer que puede sentir un africano al desbandullar a un sabio inglés, rasgué con el cortaplumas en cuatro pedazos la execrable copa.

Esto -pensé-, me costará una felpa; pero me pone a cubierto de nuevas afrentas. Sublata causa, tollitur afectus -añadí, hasta con entusiasmo, recordando algo del poco latín que sabía.

Y a pique estuve de llevar la felpa cuando se supo en casa lo que yo había hecho con el peludo regalo; pero no volví en adelante a sufrir amarguras como las de aquel infausto día; y puedo asegurar a ustedes que tenía bien cumplidos los veinte, cuando me atreví a presentarme en las calles de Santander con sombrero de copa alta.




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- III -

Repito que no saco a plaza las aventuras de mi primer sombrero, por lo que ellas puedan interesar a otra persona que no sea la que iba debajo de él cuando ocurrieron. Cítolas por lo dicho más atrás, y añado ahora, que lo que me pasó a mí en el mencionado día solemne, estaba pasando en Santander a todas horas a cuantos infelices tenían la imprevisión de echarse a la calle con sombrero de copa, y sin algún otro signo característico de persona mayor, y además decente.

Como hoy se proveen los chicos de novelas o de cajas de fósforos, entonces se proveían de tronchos de berza y de pelotillas de plátano; y había sitios en esta ciudad, como el Puente de Vargas, los portales del Peso Público, los del Principal, la embocadura de la cuesta de Garmendia y la esquina de la Plaza Vieja y calle de San Francisco, que constantemente estaban ocupados por exterminadores implacables del sombrero alto. Los pobres aldeanos de los Cuatro lugares que no gastaban, como hoy, finos y elegantes hongos, sino enhiestos tambores de paño rapado, caían incautos en estas emboscadas, que muchas veces dieron lugar a furiosas represalias.

Para estos pobres hombres, para los señores de aldea y los polluelos de la ciudad, no se conocía en ésta la compasión si llevaban sombrero de copa. En tales circunstancias, no había amigo para amigo, ni hermano para hermano. Se perseguía a sus sombreros como a los perros de rabia, sin descanso, sin cuartel.

Esto es lo que se hizo conmigo el día del Corpus; esto lo que yo había hecho tantas veces con el prójimo; esto lo que yo alegaba ante mi familia para no ponerme el sombrero; esto lo que mi familia no quería creer... y todo esto pasaba en la ciudad de Santander, llamada ya el Liverpool de España, por su riqueza mercantil y pretendida ilustración, en el año del Señor de 1848, y en algunos de más acá.

Y no se ría de ello la generación que siguió a la mía, y que no sólo se encasquetó el sombrero impunemente al cumplir los catorce años, sino que le llevó al teatro, y a butaca, después de haberle lucido en la Alameda, y fumigado con el aroma de un habano de a dos reales, lujos que a nosotros nos estaban prohibidos hasta en sueños; no se ría, digo, y acepte de buena fe lo que le refiero; que más gorda se ha de armar cuando ella cuente dentro de quince años, que en el de gracia de 1868, aún estaban en gran boga en Santander las cencerradas y los gigantones.

1868






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La guantería

1

A su dueño y mi buen amigo don Juan Alonso


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- I -

Afuer de retratista concienzudo, aunque ramplón y adocenado, no debo privar a la fisonomía de Santander de un detalle tan característico, tan popular, como la Guantería. Mis lectores de aquende le han echado de menos en mis Escenas Montañesas, y no me perdonarían si, en ocasión tan propicia como ésta, no reparara aquella falta. Tómenlo en cuenta los lectores de allende (si tan dichoso soy que cuento algunos de esta clase), al tacharme este cuadro por demasiado local.

Y tú, mi excelente amigo, el hombre más honrado de cuantos he conocido en este mundo de bellacos y farsantes; tú, cuya biografía, si lícito me fuera publicarla, la declarara el Gobierno como libro de texto en todas las escuelas de la nación; tú, a quien es dado únicamente, por un privilegio inconcebible entre la quisquillosa raza humana, simpatizar con todos los caracteres, y lo que es más inaudito, hacer que todos simpaticen contigo; tú, ante quien deponen sus charoles y atributos ostentosos las altas jerarquías oficiales para hacerse accesibles a tu confianza, eximiéndote de antesalas, tratamientos y reverencias; tú, que no tienes un enemigo entre los millares de hijos de Adán que te estrechan la mano y te piden un fósforo... y algo más, que no siempre te devuelven; tú, en fin, «guantero» por antonomasia: perdona a mi tosca pluma el atrevimiento de intrusarse en tu propiedad, sin previo permiso, para sacar a la vergüenza pública más de un secreto, si tal puede llamarse a lo que está a la vista de todo el que quiera tomarse, como yo, el trabajo de estudiarlo un poco.

Pero no te alarmes, Juan amigo: acaso lo que tú más estimas en el establecimiento, sea lo que menos falta me hace en esta ocasión. En efecto: yo respetaré tus cajas de guantes, tus montones de pieles, tus frascos de perfumería, tus cajones de tabacos, tus paquetes de velas, tus resmas de bulas... toda la enciclopedia industrial que se encierra en el estrecho recinto de la tienda: no colocaré mi huella profana más allá del charolado mostrador. Todo ello te pertenece; todo lo has ganado a fuerza de constancia, de trabajo y de honradez. De guantes, de pieles, de perfumería, de tabacos, de velas, de bulas... de mostrador afuera está lo que yo necesito ahora; y lo que es eso, amigo mío, todo lo voy a echar a la calle, mal que te pese, porque todo me pertenece, como el rubor de una novia a la crítica de sus amigas; todo es del público dominio, como la forma de mi gabán, por más que él me haya costado el dinero.

Conque, supuesto que no he de retroceder ya en mi propósito, dejemos toda digresión impertinente, y manos a la obra.




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- II -

Bajo tres aspectos pudiera, en rigor, estudiarse la Guantería: el monumental, el mercantil y el de círculo charlamentario.

Bajo el aspecto primero, no ofrece gran interés que digamos: conténtese quien lo ignore, que no será, de fijo, de Santander, ni habrá permanecido en esta capital más de veinticuatro horas, con saber que está en la calle de la Blanca; que tiene el número 9 junto a un modesto tablero en que se lee Guantería y Perfumería, en sustitución de otro más lujoso que ostentó hasta no ha mucho con las armas reales, debajo de las cuales se leían estas breves, pero resonantes palabras: Juan Alonso, Guantero de SS. MM. y AA.; que al lado de esta sencilla muestra se cierne una mano, ya roja, ya verde, ya amarilla, pregonando con su expresivo bamboleo la principal mercancía del establecimiento; que de las charoladas puertas, plegadas sobre las jambas, penden multitud de cuadros anunciando La Honradez, La Rosario, La Sociedad higiénica, Aceite de bellotas, Expendición de bulas... y tutti quanti; que el local de la tienda es reducidísimo, y que no hay arquitecto que sea capaz de fijar el orden a que pertenece... ni de meter en igual espacio la cantidad de objetos que encierran aquellos barnizados estantes.

Bajo el segundo aspecto. He prometido no ocuparme en esta materia; y cumpliendo mi palabra, después de recomendar al público la excelencia de los géneros, paso a considerar el establecimiento.

Bajo el tercer aspecto. Esta es su gran fachada, la única que nos importa examinar.

Nada más común en una población de España, la patria clásica de los garbanzos y de los corrillos; nada más común, repito, siquiera cuente veinte vecinos, que un mentidero, o sea un establecimiento público que sirva de punto de reunión a todos los desocupados. En las aldeas y villas de corto vecindario suelen serio la taberna, la estafeta o la botica. En las capitales hay un mentidero por cada barrio, si no por cada calle o por cada grupo de personas que convengan entre sí en algo, siquiera en la forma del chaleco, o en la edad... o en no convenir en nada.

La Guantería de Santander está muy por encima de todos los mentideros del mundo; y así como en su calidad de establecimiento abruma a cuantos, de su mismo género, se atreven a iniciarse a su lado, en su calidad de círculo chismográfico resume todas las tertulias masculinas de la capital. Todos los hombres, todas las edades, todas las categorías tienen su representación en ese centro; para todos hay cabida en la elástica estrechez de su recinto, y, lo que es más extraño, las opiniones más opuestas se miran en él sin arañarse, aunque no sin regañar.

Como punto en que se reúnen todos los caracteres de la población, la Guantería es un palenque magnífico en que cada uno prueba a su gusto la fuerza de su lógica, el veneno de su sátira o la sal de su gracejo. El que allí logra hacerse oír en pleno concurso y captarse las simpatías de los demás, ya puso una pica en Flandes: no habrá puerta que se le cierre, y está abocado a grandes triunfos en bailes y tertulias.

El primer paso que da un estudiante al terminar su carrera, antes que en la práctica de su profesión, es en el recinto de la Guantería. Allí va a estudiar el país, a crearse amistades, a darse a conocer. Pero que se lance a la sociedad de este pueblo desde la cátedra de una Universidad, sin entrar por la tienda número 9 de la calle de la Blanca: estará desorientado en los salones, violento, fuera de quicio, como un oficial de cuchara en un cuerpo facultativo.

En un baile se ve un joven solitario o, lo que aún es peor, en tibia conversación con un tipo extravagante: es que no asiste a la Guantería como tertuliano de ella. Os llama la atención otro prójimo amanerado, que en el paseo no saluda a nadie con desembarazo: pues no dudéis en asegurar que no tiene entrada en la Guantería. El que pasea en los Mercados del Muelle; el que os mira con cierta curiosidad, como si estudiase el nudo de vuestra corbata o la caída del levi-sac; el que bosteza en la Plaza Vieja a las doce del día; los que transitan por la calle de la Blanca, muy de prisa y por la acera de los hermanos Vázquez...; en una palabra, todos los que llevan consigo cierto aire exótico y de desconfianza por las calles, plazas y paseos de esta capital, carecen del exequatur del círculo de la Guantería. Esos hombres podrán ser buenos comerciantes al menudeo, ejemplares hermanos de la Orden Tercera, inspirados vocales de juntas de parroquia, maridos incansables, y, a lo sumo, en tiempo de efervescencia popular, reformistas vulgares, peones de candidatura; pero no otra cosa: la entrada a la buena sociedad está por la Guantería; el desembarazo, el aplomo y hasta la elocuencia, no se adquieren en otra parte... salvas, se entiende, las excepciones de cajón, pues excusado creo decir que también allí los hay, y de muy buen tamaño.

En suma: la Guantería es la cátedra de todos los gustos, el púlpito de todos los doctores, la escuela de todos los sistemas... la tribuna de muchos pedantes; la escena, en fin, donde se exhiben, en toda libertad y sin mutuo riesgo, las rosas y las canas, la bilis y la linfa, el fuego y la nieve, el gorro y los blasones, el frac y los manteos; pues, como ya he dicho más arriba, en ese círculo charlamentario todas las edades, todas las condiciones, todos los temperamentos, todas las jerarquías tienen su representación legítima.




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- III -

Sentadas estas ideas generales sobre tan famoso mentidero, tratemos de estudiarle en detalle.

Al efecto, le consideraremos en los días laborables, como dice la jerga técnica forense, y en los días festivos.

En el primer caso. Se abre a las siete de la mañana, y media hora después llegan los metódicos de mayor edad, de ancho tórax y protuberante panza, caña de roten, corbata de dos vueltas y almohadilla, y zapato de orejas; maridos del antiguo régimen, que se acuestan a las nueve de la noche y madrugan tanto como el sol, dan toda la vuelta al Alta o llegan a Corbán sin desayunarse. Estos señores rara vez se sientan en la Guantería: a lo sumo se apoyan contra el mostrador o la puerta. Su conversación es ordinariamente atmosférica, municipal, agrícola, mercantil o de política palpitante. Suelen extralimitarse a lo profano, pero con mucho pulso: matrimonios notables, y no por lo que hace a la novia, sino a la dote. Su permanencia es sólo por el tiempo que les dura caliente el sudorcillo que les produjo el paseo.

A las ocho y media. Pinches de graduación, tenedores de libros, lo menos, dependientes con dos PP., de los que dicen «nuestra casa», «nuestro buque», por el buque y la casa de sus amos. Estos suplementos mercantiles ya gastan más franqueza que sus predecesores los tertulianos de las siete y media: no solamente se sientan en la banqueta y sobre el mostrador, sino que, a las veces, abren el cajón del dinero y cambian una peseta suya por dos medias del guantero, o te inspeccionan el libro de ventas, o le averiguan las ganancias de todo el mes. Sus discursos son breves, pero variados, gracias a Dios: muchachas ricas, probabilidades del premio gordo, tíos en América, bailes y romerías en perspectiva. El más mimado de su principal no estará a las nueve y cuarto fuera del escritorio, por lo cual el desfile de todos ellos es casi al mismo tiempo: al sonar en el reló del ayuntamiento la primera campanada de las nueve. Son muy dados a la broma, y se pelan por la metáfora. De aquí que ninguno de ellos salga de la Guantería sin que le preceda algún rasgo de ingenio, verbigracia: «vamos a la oficina», «te convido a una ración de facturas», «me reflauto a tus órdenes», «me aguarda el banquete de la paciencia», y otras muchas frases tan chispeantes de novedad como de travesura.

Poco después que el último de estos concurrentes se ha largado, empiezan a llegar los desocupados, de temperamento enérgico; los impacientes, que se aburren en la cama y no pueden soportar un paseo filosófico. Éstos entran dando resoplidos y tirando el sombrero encima del mostrador; pasan una revista a los frascos de perfumería, y se tumban, por último, sobre lo primero que hallan a propósito, dirigiendo al guantero precisamente esta lacónica pregunta: -¿Qué hay? Ávidos de impresiones fuertes con qué matar el fastidio que los abruma, son la oposición de la Guantería, siquiera se predique en ella el Evangelio, y arman un escándalo, aunque sea sobre el otro mundo, con el primer prójimo que asoma por la puerta. Si por la tienda circula alguna lista de suscrición para un baile o para una limosna, ¡infeliz baile, desdichado menesteroso! Por supuesto, que todas sus declamaciones no les impiden ser, al cabo, tan contribuyentes como los que más de la lista; pero el asunto es armar la gorda, y para conseguirlo no hay nada como hacer a todo la oposición. ¡Conque te la hacen a ti, Juan, cuando sostienes que tu establecimiento estaría más desahogado si ellos le desalojaran!

En medio de sus violentos discursos, es cuando suele entrar la fregona, oriunda de Ceceñas o de Guriezo, descubiertos los brazos hasta el codo, pidiendo una botelluca de pachulín para su señora; o ya la pretérita beldad, monumento ruinoso de indescifrable fecha, que avanza hasta el mostrador con remilgos de colegiala ruborosa, pidiendo unos guantes oscuritos, que tarda media hora en elegir, mientras larga un párrafo sobre la vida y milagros de los que tomó dos años antes, y conservándolos aún puestos, se queja del tinte y de su mala calidad, porque están de color de ala de mosca y dejan libre entrada a la luz por la punta de sus dediles; el comisionado de Soncillo o de Cañeda, que quiere bulas, y regatea su precio, y duda que sean del año corriente porque no entiende los números romanos, y no se gobierna en casos análogos por otra luz que la del principio montañés «piensa mal y acertarás»; la recadista torpe que, equivocando las aceras de la calle, pide dos cuartos de ungüento amarillo, después de haber pedido en la botica de Corpas guantes de hilo de Escocia; todos los compradores, en fin, más originales y abigarrados y que parecen citarse a una misma hora para desmentir, con la acogida que se les hace allí, la versión infundada y absurda que circula por el pueblo, de que los ociosos de la Guantería son «muy burlones».

A medida que estos tipos entran y salen, nuevos tertulianos se presentan en escena sin que la abandonen los que la invadieron a las nueve. Vagos reglamentados que se visten con esmero y se afeitan y se mudan la camisa diariamente; indianos restaurados a la europea; forasteros pegajosos; estudiantes en vacaciones; militares que están bien por sus casas, etc., etc., y ¡entonces sí que se halla el establecimiento en uno de sus momentos más solemnes! Rumores de actualidad, política, administración, modas, gastronomía, temperatura, negocios, calidad y dinero, gustos, el boquerón del Muelle... de todo se habla y sobre todo se discute, y, lo que es peor, nadie se entiende.

Así las cosas, dan las doce y media, y entran algunos de los que salieron a las nueve. Con este refuerzo, más el de tal cual perezoso que vuelve de los jardines de la Alameda, ávido de conversación, la controversia, o mejor dicho, las controversias van subiendo de temperatura; crece la gritería, aumenta la confusión, y el alboroto de la tertulia acaba por parecerse al de una jauría de sabuesos en la pista de un cervatillo.

Mientras tú, en tan breves como duras e inútiles palabras, llamas al orden a la tertulia, discurren por delante de la puerta ciertas parroquianas, esperando a «que se largen los ociosos. «De éstas puede asegurarse, juzgando piadosamente, que contrabandean; es decir, que quieren polvos de arroz o vinagrillo... o son excesivamente modestas, tienen mala dentadura, peor mano o cualquiera de esos defectos ostensibles que obligan a vivir a las mujeres presumidas un término más atrás que sus semejantes, por no patentizarse con todos sus detalles naturales.

Óyese al fin la una; y lo que no han podido conseguir ruegos ni amenazas, lo alcanza, si bien poco a poco, el recuerdo de la sopa humeando sobre la mesa de cada tertuliano: despejar la tienda. Media hora después se cierra ésta, que, al cabo, logró diez minutos de calma y de soledad, que aprovechan algunas pudibundas parroquianas necesitadas.

Por la tarde, desde las dos y media, hora en que vuelve a abrirse, hasta las tres, apenas la visita nadie más que los mismos pinches de las ocho y media, de paso para sus escritorios; y ya no entra en carácter hasta el anochecer, hora en la cual se reviste de una gravedad inalterable. La tertulia del crepúsculo la forman el apacible y prudente señor mayor, de vuelta del muelle de Maliaño o de los Cuatro-Caminos; el viejo canónigo después que, aburrido de pasear en los claustros de la catedral, tomó su pocillo de aromático chocolate; el atribulado cesante, el militar retirado, el joven juicioso, o «buen muchacho», que tiene la manía de la higiene pública o de la policía urbana; el veterano catedrático de humanidades; el orondo rentista... y no pocas veces el gobernador civil, o el militar, o el alcalde... O los tres juntos. El fondo de la conversación entonces es grave y filosófico, y rara vez se localiza una cuestión si el joven juicioso no hace una excursión por los presupuestos del municipio o el empedrado de la capital o tal otro ramo del ornato público, convencido de que con estas y otras análogas materias es con lo que se prueban y se patentizan una razón bien sentada, una inteligencia exquisita y una formalidad venerable.

Esta pacífica reunión dura hasta poco después de anochecido. Una hora más tarde en el invierno, y dos en el verano, se cierra la tienda, excepto las noches de baile de lustre, en el cual caso la Guantería permanece abierta hasta que ha provisto sus elegantes superficialidades el último invitado o contribuyente a la fiesta. Desde que salen los señores de la tertulia grave hasta que se cierra la tienda, rara vez se presenta en ella cuadro que llame la atención: el tendero de al lado, el boticario de enfrente, el peluquero de más arriba... gente toda apreciabilísima, pero que, cansada de bregar con sus parroquianos, sólo desea el reposo y la quietud. Esta ocasión es la que suele aprovechar el guantero para hacer en sus libros el balance del día, porque el guantero es hombre que lleva así sus cuentas, a fuer de honrado y precavido.




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- IV -

Además de los pormenores apuntados, que son los más característicos, diariamente, de la Guantería, deben consignarse también, como entremeses variables hasta lo infinito, algunos otros, verbigracia: el corredor que pide un fósforo y toma asiento durante dos minutos para respirar; el forastero que desea saber dónde se venden buenas langostas de mar o ron puro de Jamaica; el pollo desatentado o la doncella pizpireta que preguntan cuándo es, o por qué se ha suspendido el baile, el baile de campo, de cuya sociedad es el guantero administrador, más que administrador, el alma y la inteligencia, la varita mágica que allana las dificultades, reclutando socios, extendiendo circulares, invitando a forasteros, procurando orquesta y servidores, y transformando en un edén en breves días el ya, de suyo, bello jardín de la calle de Vargas; la oficiosa senora que indaga por quién tocan a paso, o de quién es el bautizo, o a quién han dado el Viático; el cartero mismo que quiere averiguar en qué calle y en qué casa vive la persona cuyo nombre, sin más señas, contiene el sobre de una carta recién llegada, ¡y qué sé yo cuánto más!, porque la Guantería es una agencia universal, y su dueño una guía de viajeros, un libro de empadronamientos, un registro de policía, en punto a datos y curiosidades locales.

Consideremos ahora el mentidero en día de fiesta, y ejemplo al canto.

Son las doce de la mañana: la concurrencia, no cabiendo en la tienda, invade el portal inmediato y parte de la calle. La sesión está fraccionada en grupos que apenas logran oírse, en fuerza de lo mucho que gritan. En uno, la joven América, vestida a la europea, se afana porque le comprenda su teoría sobre la comenencia de la infusión de razas, un jurisconsulto de gran volumen, que, olvidando la severidad del Digesto, y sin negar al indiano la oportunidad de su descurso, acaba por hacerle creer que Bezana se llamó Bucefalonia en tiempo de los romanos. La ciencia de Hipócrates, dejando sus rancios aforismos, predica higiene moderna, y haciendo aplicaciones al bello sexo, vacila entre el zapato de charol con moña y las botinas de marrón; un procurador le arguye contra los escotes de los trajes de baile, y aun de paseo en verano, y un mayorazgo, dueño de una gran huerta, sostiene lo contrario, porque piensa explotar las hojas de sus higueras, en día no lejano, si los vestidos no dan en subir al paso que van bajando; el matrimonio anda en un rincón a merced de un meritorio con cinco hijos, que le defiende, y de un mal humorado que le acribilla; la hacienda pública se arregla más allá con los cálculos de un desarreglado que jamás pudo establecer en su casa el orden y la economía; el arte dramático moderno perece bajo las iras de un erudito que no distingue la prosa del verso más que por el tamaño de los renglones; la religión, la política, el baile, tienen allí también su grupo de competentes, sin que le falten, por supuesto, al comercio, cuyo grano merece la preferencia de ciertos hombres de chapa, siempre y en todas partes.

Entre tanto, tú, mi buen amigo, detrás del mostrador, pides, ya que no parroquianos, cuya entrada es imposible, un poco de luz para clasificar los guantes que en horas anteriores has desparramado por servir a algún precavido consumidor; pero ni luz ni parroquia te conceden los que, en el egoísmo de su deleite, se curan muy poco del daño que te hacen.

De pronto se revuelven las masas, ábrese un angosto sendero, y, a toda fuerza de puños y caderas, avanza hasta el mostrador una robusta pasiega. La imprudente ama de cría desenvuelve ante el concurso una tira informe y deshilada, y pide un par igual, pero «que alargue y encoja».

-¿Para quién son? -pregunta un curioso, rollizo y alegrote, movido de no sé qué sentimiento.

-Para la señorita -contesta la montaraz nodriza, sin sospechar el cúmulo de deducciones que pudieran desprenderse de este solo dato. Ignora la desdichada que, como al naturalista le basta un diente hallado en un basurero para saber el género, la especie, la edad, la estatura y otra porción de circunstancias del animal a que perteneció, a un ocioso de la Guantería le sobra una liga vieja para... ¡bah, yo lo creo!

La animación de la concurrencia crece con este motivo (no el de la liga, sino el de los empellones de la pasiega); ésta se amosca, lanzando por su bendita boca más rayos y centellas que una tempestad; y tú, que necesitas ya muy poco para estallar, empiezas a tratar de «usted» a la reunión, detalle terrible que suele preceder a tu tardío, pero imponente enojo, concluyendo... por largarte a la calle por la puerta falsa, cerrando la principal, en la imposibilidad de arrojar a los demás fuera de la tienda. ¡Ejemplo sublime! Dos minutos después no queda un ocioso en la Guantería. Vuelves entonces a entrar en ella, abres la puerta de la calle, respiras con ansia, vas a lanzar una exclamación de sorpresa al encontrar el local libre y despejado, y antes que despliegues los labios, te ves envuelto en la misma muchedumbre de marras. Pero tu fisonomía se halla ya serena, tu voz firme y segura, y en tu pecho no queda el más leve enojo hacia los invasores. Y ¿cómo tan repentino cambio? ¿Consiste en que la frecuencia de esas escenas te han acostumbrado a mirarlas con indiferencia, o en que, en la imposibilidad de corregir a tanto incorregible, te resignas a sus vandálicos atropellos? No, seguramente: es que los breves momentos en que te ves solo detrás del mostrador, te hacen extranjero en tu propia casa, te entristecen y te afectan hasta el extremo de que ofrezcas, en tus adentros, la mejor caja de guantes por el peor de tus amigos. Porque no puedes vivir sin su presencia; tú me lo has confesado más de una vez: te son tan necesarios como a nosotros la Guantería.

No la cierres nunca, Juan, aun cuando la fortuna te persiga más allá de tus ambiciones, o no te respondo de los resultados.

¿Qué sería de nosotros si al salir un día de casa nos hallásemos esa puerta cerrada? Mediten un poco sobre este punto mis contertulios. La Guantería, como la salud, no se sabe lo que vale hasta que se ha perdido.

En una ocasión, y por un motivo que no quiero recordarte por no afligir tu corazón de padre, hallé cerrada la puerta ¡caso inaudito!, en un día de trabajo. Nunca, hasta entonces, había reparado yo en el aspecto de los sillares de aquella puerta, desnudos de las charoladas hojas que de ordinario los revisten; jamas me pareció la calle de la Blanca más larga, más silenciosa, más triste. Llegaron varios contertulios; pasmáronse, como yo, ante tal espectáculo, y mustios y cabizbajos dímonos a vagar por la población. Sobrónos el tiempo, aburrímonos en todas partes, y tornamos a casa en el mayor desaliento. Tres días sin Guantería, y comprendo en Santander hasta la revolución.

Así, pues, Juan incomparable, explota, estruja tu establecimiento famoso mientras lo necesites para provecho de tus hijos y sostén de tu familia; pero si, como he dicho ya, llegaran sus productos a colmar tus modestas ambiciones, antes de cerrarle considera que es indispensable para tu gloria y deleite de tus infinitos amigos; y ya que, a pesar de su utilidad patente y preclara historia, no le declare el gobierno monumento nacional, ilustre Senado montañés, quede siempre abierto para que los futuros santanderienses aprendan allí, como nosotros, a ser excelentes ciudadanos y tan buenos amigos como lo es tuyo el que, en prueba de ello, te dedica estos renglones.

1869





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