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ArribaAbajoCapítulo VI

El archipiélago del sur


La prolongada cadena de tan diferentes islas, situadas en la terminación meridional del Nuevo Mundo, carece de una denominación común. A las que se encuentran entre el golfo de Peñas al norte y la salida occidental del Estrecho de Magallanes al sur, se las denomina «Archipiélago de la Patagonia Occidental»; las situadas entre el noroeste de este estrecho hasta la salida occidental del Canal de Beagle, se las llaman «Tierra del Fuego Sur-occidental». Por último, se comprende bajo el nombre de «Archipiélago de Cabo de Hornos» a todo el conjunto de islas entre el Canal de Beagle y las rocas de dicho cabo. Las tres regiones constituyen una unidad orográfica con el montañoso sur de la Isla Grande de la Tierra del Fuego. Enormes extensiones de esta tierra maravillosa no han sido pisadas aún por ningún pie humano.

Los referidos tres grupos de islas ofrecen un panorama muy variado y están sometidas a fuertes contrastes de clima. Por ello se explican las muchas y antagónicas descripciones que se han dado sobre toda la región, a lo largo de distintos viajes marítimos. He adquirido la suficiente experiencia de aquellas regiones para comprender semejante antagonismo de opiniones. Quien al pasar procedente del Océano tenga la suerte de admirar, bajo el extraño relucir del sol, sólo el contorno externo de las islas, puede considerarse satisfecho del magnífico panorama y de la extraordinaria distribución de su luz. Ahora bien, el que avance a través de los canales, casi todos profundamente entrecortados, y trate de recorrer el interior de las islas, quizás bajo fuertes aguaceros o borrascas de nieve, anhela salir pronto de aquella inhospitalaria región.

Pero, a pesar de todo, al cabo del tiempo no resulta la Tierra del Fuego tan repulsiva y hostil, como la han descrito muchos de sus visitantes. Allá existen únicas y soberbias creaciones de la Naturaleza que por sus fantásticos encantos constituyen la admiración de viajeros y excursionistas de todo el mundo. A la parte maravillosa del paisaje contribuyen los salientes, cortados inconcebiblemente en forma agreste, que, a ambos lados de la Isla Grande de la Tierra del Fuego, se extienden hacia el oeste. Entre el Canal de Beagle y el fiordo del Almirantazgo, se desarrolla el poderoso sistema orográfico de la mencionada Cordillera Darwin, a lo largo de unos ciento treinta kilómetros, desde el Monte Sarmiento hasta la Bahía de Yéndegaia, frente a la Península de Dumas.

Debido a la inclemencia del clima dominante y a las frecuentes precipitaciones se prolonga el límite de las nieves un poco hacia abajo, formándose las condiciones apropiadas para extensos glaciares.

Un inmenso manto de nieve y glaciares cubre sin interrupción alguna las mesetas, corona las crestas, jalona las cimas y se hunde en los profundos valles y escarpadas pendientes con sus recortados bordes, como las puntas y flecos de un gigantesco paño blanco. Las dos faldas de la montaña presentan diferente aspecto. Mientras la pendiente que baja hacia el Canal de Beagle es escarpada y enriscada, sin grandes escotaduras, en la ladera bañada por el fiordo del Almirantazgo, se abren largos y estrechos brazos de mar que penetran profundamente hacia el corazón de la cordillera y forma grandioso y pintorescos fiordos, los más grandes y más bellos de la Tierra del Fuego. En estos maravillosos fiordos desaguan numerosos glaciares, que se precipitan en el fondo del mar. Son muy superiores por su tamaño y extensión a los del Canal de Beagle, pues en aquel lugar se encuentran alimentados por la lejana cordillera Darwin, que se eleva próxima a dicho Canal, encontrando por el contrario en esta región, por su escaso declive y por sus grandes llanuras, una favorable posibilidad de desarrollo». (De Agostini). El compacto macizo de hielo, al suroeste de la Isla Grande de la Tierra del Fuego, se conoce con más exactitud merced a las fotografías aéreas hechas por el piloto alemán Guenther Plüschow, desde su avión Silberkondor.

Como ya se ha dicho, la Isla Grande de la Tierra del Fuego se corta bruscamente en su parte meridional, frente al estrecho Canal de Beagle y también en el Archipiélago del Cabo de Hornos, ofreciendo magníficos paisajes. Esta región supera por su belleza a muchas de las más famosas y espléndidas comarcas del Antiguo y del Nuevo Mundo. En la parte noroeste, sobre todo, «se ofrece al visitante uno de los más grandiosos espectáculos de la tierra. Alcanza a veces una extensión de cinco kilómetros. La tupida e impenetrable selva virgen se extiende a lo largo del Canal, a manera de ancho cinturón desde las alturas de las nieves perpetuas hasta los estrechos y bahías, donde el risueño verde de sus orillas se corta a veces bruscamente por el paso de un glaciar, que serpenteando a través del bosque se precipita en el mar. Y aquí puede verse flotar junto al exuberante verdor de las orillas un trozo de hielo azulado... Sobre toda esta naturaleza se extiende la libertad y el desenfreno característico del desierto. Hasta la misma Ushuia, única aldea argentina de la costa norte del Canal de Beagle central, tiene esta característica del desierto». (Dusén).

Son encantadores los efectos de color de los glaciares cuando los rayos del sol caen sobre ellos. ¡Cuántos contrastes increíbles se pueden apreciar en este archipiélago! Sorprende sobre todo el verde intenso de los bosques de hayas, los cuales, creciendo en suelos pantanosos, llegan hasta los mismos glaciares. El matorral deja crecer a la florida Fuchsia y a la Verónica antártica, cuyas flores lucen aun en tormentas de nieve y llegan a atraer hasta el asustadizo colibrí. Imagínese con toda claridad y exactitud el espectáculo: ¡En el lindero de los bosques de hayas siempre verdes, y sobre los hielos perpetuos, revolotea este pájaro cantor, conocido sólo en climas cálidos! Günther Plüschow, en su película Silberkondor über Feuerland, nos ha mostrado con todo detalle este variado y magnífico mar de glaciares.

Dentro del Archipiélago del Cabo de Hornos aventajan en extensión a todas las demás, la isla de Hoste, situada al oeste, y la isla de Navarino que avanza hacia el este. A su alrededor surgen en forma irregular islas de variados contornos y suaves arrecifes, a los que azotan continuamente las olas, así como también recortadas y amenazadoras rocas, formando algo así como un macizo de abandonadas ruinas. De forma imperturbable se mantienen firmes en aquel desaforado mar. Sin embargo, las espumosas olas corroen la dura roca y la hacen quebradiza en su superficie, perforan profundas cavidades y grandes grutas, en las que inmensas bandadas de aves acuáticas y manadas de mamíferos encuentran protección y segura defensa. Innumerables puertos pequeños y bien asegurados refugios se hallan por doquier, facilitando a los indios el desembarco de sus frágiles canoas.

Al noroeste del Archipiélago de la Tierra del Fuego se sitúan de tal forma las islas Clarence, Santa Inés y Desolación, que bordean por su parte sur la salida noroccidental del Estrecho de Magallanes. Desde aquí, a todo lo largo de la costa firme occidental y en completo laberinto de acantilados, se extienden hasta el Golfo de Peñas las muchas y pequeñas islas del archipiélago de la Patagonia occidental. En la larga continuación de ellas predomina una uniforme configuración de costas. La mayoría presentan playas más o menos extensas, a cuyas rocas el flujo y reflujo del mar las deja deslumbrantemente blancas, reduciéndolas a fina arena. Grandes llanuras casi no existen. Por el contrario, hay por doquier muy seguros refugios entre las enormes murallas pétreas y los estrechos fiordos, aunque muchas veces están separados unos de otros por grandes distancias. Las tranquilas bahías, cuyas estrechas orillas se hallan cubiertas de nieve, están protegidas por arrogantes cimas montañosas o por rocas que avanzan hasta el mar.

Desde el límite del nivel superior de las mareas hacia adentro cubren la tierra musgos y helechos, hierbas y plantas de pantanos. Parece como si el bosque se esforzara por avanzar hasta la orilla misma del mar. De las colinas y cadenas montañosas fluyen, al principio del verano, las aguas procedentes del deshielo que, bien en espumosos torrentes o en plateados hilos de agua, desembocan en los acantilados fiordos, en las tranquilas lagunas o en los pantanosos llanos. Muy numerosos son los riachuelos; sólo muy rara vez se tropieza con uno que merezca el nombre de río, siendo más bien pequeñas corrientes. Algunos valles presentan una gran extensión, estando bordeados por acantiladas paredes. En sus turberas y pantanosos prados, bañados por abundantes riachuelos, se desarrolla una rica vegetación de pantanos. A veces en una apartada bahía una escondida cascada acalla el suave embate de las olas, mientras que arriba, alrededor de sus nevados picachos, brama sin cesar la tempestad.

Los botes de madera, único medio de transporte de los indígenas, se adaptan a esta especial configuración de sus costas. En los confusos y entrelazados canales todos los lugares ofrecen a las familias indias refugios seguros cuando las poderosas tempestades amenazan despiadadamente con terribles calamidades. Evitar dichos mortales peligros constituye la parte principal de la lucha por la existencia de los fueguinos, ya que horribles y violentos temporales, unidos a fuertes aguaceros, granizos y ventiscas, azotan al archipiélago durante casi todos los meses del año.

A la característica del clima en el archipiélago de la Patagonia occidental contribuye no sólo la corriente marítima antártica, sino que por influencia del Océano Pacífico se convierte la punta más meridional de América en una de las comarcas más lluviosas de la tierra. Las fuertes lluvias locales son muy abundantes: aunque lo corriente es que esté cayendo siempre una ligera llovizna que cubre el paisaje durante todo el día con una espesa niebla. Torbellinos de nieve azotan con mucha violencia; sólo en muy raras ocasiones cae tranquila y suavemente en espesos copos y con más frecuencia en forma de cristalitos. En muchos lugares protegidos de los valles y bahías, la nieve se estaciona durante cuatro o cinco meses, desapareciendo rápidamente de los sitios que no están resguardados de los vientos del sur y del suroeste. Una granizada con pedriscos de todos los tamaños no es cosa rara en aquella región; la mayoría de las veces procede a los fuertes huracanes. Éstos se desencadenan procedentes del sur y del suroeste y anuncian su amenazadora proximidad por medio de espesas masas de nubes. Azotan en forma terriblemente fuerte cuando vienen acompañados de nieves y pedriscos. Las tormentas son rarísimas. En el archipiélago de la Patagonia occidental, por debajo del azul del cielo, cuelga muchas veces una espesa capa de niebla, cargada de humedad. Lúgubre y sombría es por lo tanto la comarca. Llueve o nieva casi todos los días del año. De diciembre a febrero, es decir, durante el estío, transcurre la parte del año más agitada atmosféricamente. Las corrientes de aire, procedentes del suroeste, son de un frío glacial, siendo por el contrario, benignas las escasas corrientes del noroeste, es decir, las que soplan del continente.

Si quisiéramos detallar las características del clima en particular, habríamos de intercalar una larga descripción. Las diferencias locales se aprecian en tan alargada región. Como la acción niveladora del océano se sobrepone a todas, no se da ni un intenso invierno ni un cálido verano. La temperatura media en diciembre, el mes más caluroso, llega a unos ocho grados sobre cero, y la de junio, el mes más frío del año, apenas baja de los dos grados bajo cero. La temperatura en general, se mantiene continuamente baja, y la sensación de frío originada por ello se aumenta por la mucha humedad del aire.

Como la diferencia de grados de calor durante el año oscila entre tan escasos límites, no existe una perfecta separación de estaciones. Como se da muy poco, a veces nada, dicha separación, no llega a presentarse el policromo cambio de aspectos en las plantas. Entre éstas sólo el frondoso árbol de haya es el que más se destaca en el paisaje cada tres meses por su intenso tono verde.

¡Un singular rincón del mundo constituye el archipiélago de la Tierra del Fuego y de la Patagonia occidental! Resumiendo todos sus singulares fenómenos escribe el investigador italiano A. de Agostini:

«En esta región, morfológicamente tan variada e hidrográfica y orográficamente de tantos contrastes, ha querido volcar el Creador en especial y prodigiosamente, la reluciente belleza de sus tesoros, pues en un pequeño espacio se concentran, en armónica construcción de partes, en maravillosa confusión de líneas y colores, lo que se presenta de forma excepcional y sublime a lo largo del ancho mundo... En las soledades de las cordilleras, en medio del enredado laberinto de canales, surgen los asombrosos contrastes, verdaderas maravillas de belleza. La intacta selva virgen con sus bosques de hayas de un verde siempre claro, con sus mirtos, cipreses y magnolias, constituyen el maravilloso fondo para los poderosos glaciares, que descienden de lo alto de la montaña en monstruosos bloques azul claro, sin romperse hasta que se precipitan en el mar; casi una vegetación tropical llega hasta la orilla del mar en cuyo centro flotan, en pleno verano, bloques de hielo; se oye lo mismo el estridente vocerío de los papagayos de zonas cálidas como el pesado y monótono ruido de los antárticos pingüinos...».



Desgraciadamente se desencadenan en este maravilloso paisaje tempestades y borrascas de enorme violencia. Continuamente el cielo se halla cubierto con negras y espesas nubes cargadas de vapor de agua. Ahora bien, si la luz del sol rompe por un momento el transparente velo de nubes, se ofrece a nuestra vista un encantador e indescriptible espectáculo, sobre todo en la quietud de la mañana o en las apacibles horas del atardecer, cuando los rayos solares brillan en colores de preciosas e inverosímiles tonalidades, meciéndose suavemente entre las blancas y fantásticas nubes, cuyas formas hacen cambiar continuamente. Sin embargo, existe por encima de todo el encanto de este paisaje, un hálito de muerte, un silencio agobiador. Aun en el momento en que el sol luce en todo su esplendor, o cuando la luna acaricia con su plateada luz un tranquilo mar o las escarpadas pendientes montañosas, siempre late, a pesar de tanta grandiosidad, una sensación de tristeza. Es la autoridad del silencio sepulcral la que reina en estas apartadas regiones; el pesado ambiente de las nubes, la misteriosa grandeza de las montañas continuamente azotadas por las tempestades del mar y del cielo.

A la vista de semejantes condiciones climáticas es incomprensible cómo ha llegado la flora hasta el alejado archipiélago fueguino en forma tan abundante que merece el nombre de auténtica vegetación; y sorprende aún más la uniforme exuberancia de los bosques de hayas antárticas, sobre todo cuando se cubren con el tenue y fresco verde primaveral o lucen, en el otoño, el manto de hojas, teñido de rojo púrpura. La pobreza en especies es ciertamente apreciable y con ella se une la progresiva uniformidad de toda la flora.

Toda esta extensión norte-sur del bosque de lluvias que comienza en el golfo de Peñas, constituye el lugar donde viven nuestros Yámanas y Alacalufes. Sus estribaciones orientales las hemos conocido al sureste de la gran isla de la Tierra del Fuego, bajo las copas de cuyos árboles encuentran un seguro refugio los supervivientes Selk’nam.

La extensión total de este bosque de lluvias es lógicamente limitada, pues alcanza con montes y colinas de doscientos a cuatrocientos metros, y no todas las llanuras que se extienden por debajo de dicha línea de vegetación están cubiertas de árboles. Los tupidos y verdes bosques, alternan con abiertos prados pantanosos, de color amarillo oscuro, y con aislados bosques de pantanos. De las accidentadas praderas se elevan rocas muy desnudas, y aquí y allá se amontonan gruesos pedruscos. La distribución del bosque se adapta a la dirección del viento y a la situación del lugar, buscando lo más posible el abrigo de aquél. Las llanuras abiertas a los vientos del sur y suroeste están en su mayoría completamente yermas, mientras que las laderas montañosas orientadas hacia el norte y noroeste se pueblan casi completamente de árboles y matorrales, en algunos sitios en forma muy espesa. También bordean a este bosque los pequeños puertos y las tranquilas bahías; abundan igualmente los valles protegidos y las ocultas gargantas. En las pulimentadas grietas de los acantilados que surgen del mar, se adhieren fuertemente las resistentes raíces. Hasta en las rocas del propio archipiélago del Cabo de Hornos, azotadas por las olas y tempestades, han echado raíces las más pequeñas especies de hayas, tan resistentes a las inclemencias del tiempo. Los bosques de hayas antárticas constituyen, por así decirlo, las únicas especies de árboles del sur; cuando se avanza hacia el norte, partiendo del Canal de Beagle, empiezan a presentarse las reducidas formas de un verdadero ciprés (Lobocedrus tetragano).

La selva virgen de la Patagonia occidental se encuentra sometida a la mayor humedad. Helechos y musgos cubren de tal forma el suelo que a veces se hunden las piernas hasta las rodillas en estas especies de plantas inferiores; las plantas parásitas y los líquenes se adhieren a los árboles en inconcebible cantidad, mientras que en las rocas bañadas por las aguas del mar se desarrollan las descoloridas algas. En realidad, una abundante vegetación rodea a los indígenas allí asentados y por todas partes crecen árboles que les surten de suficiente madera para el fuego del que no pueden prescindir.

Este uniforme reino vegetal sólo puede ofrecer a un reducido número de animales las condiciones necesarias para vivir. Si no fuera por los innumerables refugios costeros, a los cuales acuden a veces algunos mamíferos marinos y grandes bandadas de pájaros, a muy pocos seres vivos se verían en estos paralelos, geográficos. Como representantes de las especies superiores, aparecen en el sur el gran zorro y el guanaco y muy abundante por todas partes, la nutria (Lutra felina). Las especies de ballenas indígenas aparecen flotando muy rara vez en el continente polar antártico, en la región habitada por los fueguinos occidentales, ya que han sido extirpadas por los balleneros europeos y sólo muy de tarde en tarde se acercan en el día de hoy a la costa algún que otro animal enfermo. Lo mismo puede decirse de las otras especies de cetáceos, esto es, del elefante, del oso y del leopardo marino. Por el contrario, abundan en la actualidad, las focas (Artocephalus australis). Ambas especies son de vital importancia para la economía de los nómadas acuáticos, fueguinos.

Las alargadas costas, con sus acantilados y quebradas murallas, constituyen para las numerosas aves un lugar preferido de estacionamiento y un criadero muy apropiado. De vez en cuando se concentran enormes bandadas de gaviotas y gallarones, de cormoranes y pingüinos; las dos últimas especies mencionadas surten a los indígenas de abundante carne y aceite. Otros representantes del mundo de las aves se presentan o en pequeñas bandadas, como los papagayos y algunas clases de pinzones; o como únicos representantes de su especie, como el pájaro carpintero, el trepador y el abadejo. Ánades de forma y tamaño diferentes se encuentran con mucha frecuencia y tres tipos de ocas salvajes (Chloëphaga) completan aquel paisaje.

Con el suave murmullo y el débil oleaje de las continuas mareas se mezcla el ronco graznido de las gaviotas y las chillonas risotadas del milano, interrumpidas por el aullido de algunas perezosas focas o por el silbido de un rápido golpe de viento. Ahora bien, cuando se enfurece el alta mar y se desencadena la tempestad, se mueven con majestuosos balanceos los gigantes del mar bajo la procesaría de aves sobre las espumosas olas, tales como los dos albatros blancos, el albatros negro y otros lubiones y aves de rapiña de alta mar.

Entre las múltiples clases de animales marinos inferiores, los ostrones (Mytilus) y otros crustáceos, el gran cangrejo (Lithodes antárctica) y el sabroso erizo de mar (Echinus) son de importancia vital para la alimentación de aquellos indígenas.

Dos tribus se han repartido entre sí aquella prolongada cadena de grandes y pequeñas islas, sólo en parte conocidas: al sur, en el archipiélago del Cabo de Hornos viven los Yámanas y, uniéndose a ellos por el norte se encuentran los Alacalufes. El espacio habitado por los primeros se puede limitar con pocas palabras: dominan todo el litoral e islas situados entre la costa norte del Canal de Beagle y las rocas del Cabo de Hornos. Dicho con más exactitud: constituye la frontera norte para los Yámanas la ancha faja de tierra situada al sur de la Isla Grande de Tierra del Fuego, entre la bahía Aguirre al este y la salida occidental del Canal de Beagle por la península de Brecknock. Cinco grupos, que sólo en raras ocasiones se han relacionado entre sí, se han ido separando unos de otros con exactos límites geográficos. Cada familia aislada sabía orientarse perfectamente en el laberinto de islas de su estrecha patria, moviéndose a lo largo de sus costas con sus canoas; sólo en caso de extrema necesidad se aventuraban a penetrar en el interior de las islas. Ningún indicio pone de manifiesto que hayan vivido allí antes otros indígenas. Nuestros Yámanas son los primeros y únicos pobladores del archipiélago del Cabo de Hornos y, por ello, los habitantes más meridionales de la tierra.

Se denominan a sí mismos «Yámanas», en el sentido de «nosotros» y «nuestro pueblo». Es evidente que con tan egoísta denominación se consideran como auténticos y perfectos hombres, que han constituido una comunidad racial y, por tanto, se distinguen de las otras tribus vecinas. Con esta denominación dan a entender también su diferencia de los seres no humanos, especialmente de los representantes del reino animal y del mundo espiritual. Por consiguiente, la palabra «Yámana» constituye el verdadero nombre de la tribu.

Puede añadirse además que a nuestros indígenas del archipiélago del Cabo de Hornos, así como a sus vecinos los Alacalufes se les designa también con la denominación de «indios de canoa» y «fueguinos acuáticos»; por el contrario, se considera a las Selk’nam de la Isla Grande como indios peatones. Semejantes locuciones no quieren representar ningún nombre de tribu, aunque revelan claramente la base de la economía que respectivamente tienen y por la que ambos grupos, se diferencian con tanta claridad. Ya se ha explicado por qué han sido calificados los Alacalufes por la gente de mar con el sobrenombre de «hombres de barro».

Carecemos de verdaderas referencias para poder determinar el núcleo de población Yámana en los tiempos primitivos. Cálculos de posible autenticidad, a base de limitar para cada familia aislada su indispensable espacio vital, no se pueden llevar a cabo fácilmente en el dividido archipiélago del Cabo de Hornos. Todavía existen allí muchos canales y bahías que han sido vistos muy ligeramente por los europeos y que sólo pueden medirse aproximadamente. A pesar de ello, es necesario hacer un cálculo aproximado. Si se miden las costas navegables, tenemos una extensión en la que pueden moverse con facilidad unas 450 canoas para la búsqueda de alimentos. Si se asignan a cada. embarcación un promedio de seis tripulantes, obtendremos una cifra de la primitiva población de cerca de 3.000. Quizás pueda expresar la cifra de 2.500 la población que existía hacia 1870. Desde mediados del siglo pasado intentaron varias veces los misioneros de la secta anglicana asentarse en la región de los Yámanas. Después que consiguieron fundar la Estación Ushuaia, en la península Mac Cliton, en la costa norte del Canal de Beagle central, se estableció muy pronto, en octubre de 1884, una delegación del gobierno argentino, en concepto de subprefectura. Con ella consiguió el europeísmo hacer irrupción en la hasta entonces tranquila vida de los Yámanas, empezando al mismo tiempo una lenta decadencia de aquella primitiva tribu. De todos los males que han sido deparados a los fueguinos por el contacto con los europeos, nada iguala a las ruinas que causaron algunas enfermedades. Es un hecho cierto que antes de la llegada de los blancos nuestros indígenas eran no sólo una raza de resistencia física probada, sino que apenas se encontraban afectados por verdaderas dolencias; solamente se hallaban enfermas algunas personas aisladas por accidentes o dolores. Las epidemias no existían y la muerte prematura de las personas mayores era una cosa rara.

La mortandad en masa de los Yámanas empezó poco después de la fundación de la estación misional anglicana. Como en ella se reunían muchos indígenas durante casi todo el año y anclaban allí muchos buques argentinos, se explica por qué estalló precisamente en ese lugar la epidemia que alcanzó a todos los que se hallaban presentes en la estación. Las colonias misionales, Ushuaia más que ninguna otra, se convirtieron en escenarios de desolación. Los misioneros se dieron perfecta cuenta de la amenazadora situación en la que se hallaban envueltos ellos, sus familias y los indígenas. Estos últimos abandonaron temerosos las estaciones infectadas y contaminaron desgraciadamente las regiones de su compatriotas, que hasta entonces habían permanecido inmunes. Y mientras éste y aquel grupo yacían bajo los enigmáticos síntomas de la enfermedad, traía otro nuevo buque una nueva infección. Los más duros estragos se desarrollaron hacia el año 80 del pasado siglo. Los misioneros se vieron impotentes ante la incontenible mortandad de los indígenas. Estos calificaban a Ushuaia como el «cementerio de su tribu», y desde entonces no frecuentan aquel lugar en donde la burocracia argentina originó también no pocas molestias.

Los aislados gérmenes patógenos se propagaron con extraordinaria rapidez. Para los contagios se mostraban los pueblos primitivos mucho más sensibles que los civilizados, en los que la sucesión de generaciones produce una cierta inmunidad. Nada se exagera cuando se atribuye a la tuberculosis la mayor parte de las muertes entre los Yámanas desde el establecimiento de los europeos. Con esta plaga competía en voracidad el sarampión, presentado por primera vez a fines de 1884. En comparación con las terribles pérdidas de vidas humanas que hay que atribuir a estas dos enfermedades infecciosas, significan bien poco los casos de fallecimiento por otras epidemias; nos referimos a la viruela, tos ferina, tifus, gripe, sífilis y algunos otras más. ¡Tristes presentes con los que el europeísmo obsequió a los Yámanas! Las familias que por permanecer en el bosque no habían tenido contacto con los europeos se mantuvieron sanas durante algún tiempo hasta que al fin siguieron la misma triste suerte que sus compañeros de tribu. Con la más extraordinaria rapidez se despobló el archipiélago meridional.

Por los efectos de las graves epidemias y sospechosas innovaciones que, como secuela de los blancos, tomaron carta de naturaleza en la región del Cabo de Hornos, la primitiva población de cerca de 2.500 miembros de la tribu había descendido a fines de 1945 a poco menos de cincuenta. Así se expresaban las últimas noticias que pude recibir con referencia a este punto. Desde esa fecha ha seguido disminuyendo dicha cifra. Dentro de poco no habrá ningún Yámana.

Entre las funestas novedades introducidas en la centenaria pureza racial de nuestros fueguinos los más meridionales, considero al vestido europeo como el que causó más graves daños por sus duraderos efectos. Hay que admitir en honor a la verdad, que los europeos que a petición de los misioneros enviaron sus vestidos a los fueguinos lo habían hecho con la mejor voluntad de remediar el estado de necesidad de los salvajes tan pobremente abrigados. Más no había pensado ni sabido ninguno de los caritativos bienhechores que los indios estaban acostumbrados magníficamente a su extraordinario clima y que desnudos tenían la ventaja de recibir directa y abundantemente el calor de la hoguera en la cabaña o en la canoa. Con más detalle se describirá después cómo los fueguinos protegen su cuerpo contra el viento y la lluvia sólo por medio de una manta de piel, colocada suelta, llevando al mismo tiempo por modestia un sencillo taparrabo. Los vestidos europeos se ciñen mucho al cuerpo, impiden la transpiración de la piel, se van ensuciando poco a poco, no se le puede hacer una limpieza a fondo y no es posible desprenderse de ellos cuando están chorreando de humedad; sólo cuando se caen a pedazos procura sustituirlos su portador. Mucho más práctico y más eficaz para la protección del cuerpo es la primitiva manta de piel, aunque con ella parecieran los indígenas a los observadores europeos pobres dignos de lástima y temblando de frío; con ella sola habían vivido nuestros fueguinos, durante muchos siglos, fuertes, sanos y contentos.

Desde que se instalaron allí estancias y aserraderos, fueron solicitados los Yámanas poco a poco para trabajar en los mismos; con esto empezó para ellos la obligación de comer a horas determinadas y con arreglo al gusto europeo. Desde tiempo inmemorial estaban acostumbrados a alimentarse exclusivamente de carne, ligeramente aderezadas y sin ningún otro aditamento. En las estancias de los blancos se les suministraban pan abundante y legumbres, diariamente el guiso de haba preferido en Argentina y Chile, lo que les originó diferentes trastornos digestivos. Los indios llegaron a acostumbrarse bien pronto al gusto de la sal y del azúcar, de las especies e ingredientes picantes, con los que llenaban con frecuencia sus estómagos en excesiva cantidad. Todavía peores efectos trajo consigo el uso del alcohol, acompañado de la depravación moral. Por último, un daño incalculablemente mayor causaron los buscadores de oro que llegaron en patrullas al Canal de Beagle, hacia el año noventa del pasado siglo.

Revestían tantas formas los rápidos y sucesivos ataques del europeísmo al bienestar corporal y a la formación psíquica y moral de nuestros Yámanas, que ellos no pudieron adoptar una actitud defensiva y eficaz. Mortalmente herido fue decayendo este pueblo de tan larga y secular vida.

Si partimos de la salida occidental del Canal de Beagle y bordeamos la temida península Brecknock, abandonamos la región en que viven los Yámanas, y nos dirigimos en dirección norte hacia sus inmediatos vecinos en el mundo insular de la Patagonia occidental. Dicha región, situada frente a la costa occidental del continente, se extiende hasta el Golfo de Peñas y constituye una inmensa y extraña confusión de islas de muy variadas formas. En ellas reinan, como fácilmente se puede comprender, casi las mismas condiciones climáticas y la misma flora y fauna que hemos conocido como característicos del archipiélago del Cabo de Hornos. Los cipreses se encuentran con mucha frecuencia; innumerables nubes cargadas de vapor de agua cubren el cielo y con mayor fuerza cae la lluvia casi diariamente; su suelo, cubierto por el bosque de hayas, forma casi un auténtico cenagal.

Aquí tienen su morada la tercera tribu fueguina, los «Halakwulup». Como ellos se dan a sí mismos esta denominación, lo que pude comprobar después, estamos en el momento de renunciar a las hasta ahora usuales variaciones de dicho nombre, tales como «Alakaluf», «Alikulip», etcétera, repetidas en todas las descripciones. Los Yámanas se valen de la expresión «Inolomoala» (gente del oeste) para denominar a sus vecinos de los canales de la Patagonia occidental. Éstos constituyen una tribu completamente independiente, aunque se asemejan tanto a los Yámanas en su economía y en muchas otras cosas de importancia, que veces se confunden las dos tribus.

Les corresponde una dilatada extensión que se prolonga a lo largo de siete paralelos geográficos. Como la salida occidental del Estrecho de Magallanes es muy difícil de surcar por su fuerte oleaje, y como por el norte también es difícil debido al ancho Estrecho de Nelson, se subdivide el prolongado archipiélago en tres sectores. Cada uno de los mismos alberga su correspondiente grupo de indios, aislándose casi completamente de sus vecinos. Por esta razón se han originado en cada uno de ellos ciertas particularidades dialectales.

Los Alacalufes del grupo meridional recorren todo el conjunto de canales situados entre la península de Brecknock y el Cabo Tamar, así como el alargado Estrecho del Magallanes; ellos han sido y son «los fueguinos» de los que nos hablan las relaciones históricas como si fueran la única raza indígena en la Tierra del Fuego. Es evidente que por la frecuente navegación del Estrecho de Magallanes de los barcos extranjeros, han sido más conocidos en los medios, europeos los Alacalufes allí asentados.

Los tres grupos de Alacalufes no se aíslan tanto que se haga imposible toda relación entre las diferentes familias. Permanecen alejadas unas de otras porque atravesar los anchos canales que las separan va unido siempre a graves peligros y que sólo es posible hacerlo con seguridad en muy pocos días del año. Los mismos inconvenientes geográficos explican también por qué las tres tribus fueguinas, cada una como unidad racial, no hayan mantenido estrechos y regulares contactos entre sí; sólo por pura casualidad y muy raras veces se acercan familias de una tribu a las de otras para un intercambio pasajero. En ese caso se entienden por medio de signos y se cambian algunos regalos. A un verdadero intercambio de ideas se oponen las circunstancias de que cada tribu fueguina posee su propia lengua, que no ofrece coincidencias filológicas con las de sus vecinos.

Los Alacalufes son, como sus vecinos meridionales, verdaderos nómadas acuáticos y recorren con sus sencillas canoas las accidentadas costas del archipiélago, todavía no surcado en conjunto por los europeos. Sobre el número de habitantes de esta tribu en los primeros tiempos, nada, se puede afirmar con exactitud. Para un cálculo aproximado nos encontramos ante el inconveniente de que sus actividades dependen de la estación del año. Además hay que tener en cuenta que nuestros fueguinos permanecen durante los meses de verano en las islas situadas en el exterior, mientras que en invierno buscan la protección de los canales interiores.

Como no se ha consignado en ninguna parte la población exacta de los Alacalufes en los primeros tiempos, tengo que hacer un cálculo de la misma, aproximado a la realidad. Si tomo como base la cifra dada para los Yámanas hacia 1880 y tengo en cuenta la dilatada extensión geográfica del archipiélago de la Patagonia occidental, entonces resulta como muy probable que el número de Alacalufes llegaban a los 5.000. Hasta mediados del siglo pasado se podía mantener esta cifra. Desde entonces también esta tribu se va aniquilando bajo terribles sufrimientos. Mis pesquisas de a principios de 1924, realizadas con tantas dificultades, dieron como resultado únicamente un núcleo de población de 245 a 250 personas, incluyendo algunos mestizos.

La triste suerte de los Alacalufes no presenta en su desarrollo ninguna diferencia notable con la de los Yámanas. La serie de causas que han originado entre éstos tantos fallecimientos, se repiten en los primeros casi con el mismo orden. Como la principal de la rápida disminución de población ha sido la persecución directa y la destrucción organizada que han llevado a cabo los hombres blancos sin conciencia. Para los marineros de cierta línea de navegación constituía un deporte muy natural disparar sus fusiles a las canoas de madera. Algunas tripulaciones tomaban como blanco para sus ejercicios de tiro de los cañones de los buques el humo que salía de las cabañas.

Como al principio de la última decena del pasado siglo se instalaron también estancias de carneros en la región de Última Esperanza y se asentó allí una población europea con carácter permanente para su custodia, surgieron inmediatamente rivalidades entre éstos y los indígenas. En numerosas batidas se limpiaron de indios enormes extensiones de terrenos. La lucha iniciada con ellos traía consigo con frecuencia a los indios las más graves pérdidas. En frase concisa y significativa da a conocer aquel terrible estado de cosas el capitán de marina belga Lecointe, cuando dice:

«Como han sido los indígenas americanos peor tratados por los blancos, muestran tal odio ante ellos que no les importa cometer actos criminales. Los americanos los vuelven a castigar y los van exterminando poco a poco».



No menores daños causaron las enfermedades infecciosas contagiadas por los blancos, ante las que se encontraban sin ayuda alguna los indígenas. Lo mismo que en Ushuaia se propagaron frecuentes epidemias que atacaron a muchos Alacalufes reunidos en la estación misional de la isla Dawson, haciendo desaparecer a muchas personas de diferentes edades. Probablemente el brusco tránsito de la desenfrenada vida nómada a una manera de vivir en sociedad, con relaciones previamente reguladas, quebrantó rápidamente la capacidad de resistencia de aquellos salvajes.

Muchos pescadores y cazadores de focas recorren, desde hace algunas decenas de años, los canales de la Patagonia occidental. Proporcionan a los indígenas de todo sexo y edad, alcohol de inferior calidad y aguardiente de peligrosos efectos. Numerosos indios han perecido en la borrachera. Además, desde hace tiempo vive toda aquella sociedad ante el grave contagio de enfermedades venéreas, llevadas allí por los codiciosos europeos.

Por lo tanto, también esta primitiva tribu fueguina se encuentra ante una rápida y total extinción, y dentro de pocos años desaparecerá el último hombre de su suelo. Lo que con respecto a este punto ha quedado dicho en cuanto a los Yámanas, puede repetirse, sin variar una coma, para los Alacalufes, a pesar de que ambas tribus se componía antes de unos hombres extraordinariamente sanos y resistentes a las inclemencias del tiempo.

Hoy, cuando esto escribo, no llega al centenar el número total de habitantes de las tres tribus fueguinas. Toda medida para salvar este primitivo núcleo de indígenas suramericanos, llegaría ahora demasiado tarde. Quizás se hubiera conseguido algo cuando al final de mi investigación, a mediados de 1924, pude contar unos seiscientos fueguinos. Al Gobierno de entonces de Chile, bajo cuya comisión y apoyo realicé mis cuatro viajes, desde fines de 1918 hasta mediados de 1924, le presenté las propuestas convenientes; no podía rehuir semejante responsabilidad en cumplimiento de mi deber. Mi plan fundamental implicaba una pretensión bastante modesta y sencilla: cercar con alambradas algunas islas que poseyeran la suficiente extensión, y que no se explotaban económicamente, para impedir el paso entre ellas a buques extranjeros; de los espacios cercados se echarían a todos los europeos, prohibiéndoles la entrada bajo pena de muerte. En los espacios acotados se colocarían a los últimos fueguinos para que vivieran tranquilamente con arreglo a las costumbres de sus antepasados. Esta medida, que no habría significado una carga económica ni administrativa para el Gobierno, hubiese hecho posible, a mi entender, la perpetuación de los últimos fueguinos. Pero no encontré la menor comprensión para estas justas exigencias. Ante nuestra propia vista ha ido desapareciendo el grupo de indígenas de la Tierra del Fuego, tan importantísimo para la historia de la cultura humana.




ArribaAbajoCapítulo VII

A última hora


Los escasos supervivientes de las tres tribus fueguinas se encontraban al principio de este siglo ante el peligro de una inmediata desaparición. Esta triste realidad no puede comprenderla el lector sin la lectura del capítulo anterior.

Se trataba de obtener, por lo tanto, antes de su total extinción, una descripción completa de las principales características raciales de los fueguinos, y habían de iniciarse inmediatamente las investigaciones. Esta urgente necesidad me hizo darme prisa, siendo la causa de muchas faltas en mis preparativos. No obstante, a última hora me fue posible, después de silencioso y penoso trabajo de investigación durante repetidas estancias en la Tierra del Fuego, acumular un inesperado y rico material científico y hacerme cargo del valioso tesoro espiritual de aquellos indígenas.

Al principio de diciembre de 1918, abandoné Santiago para embarcar en Valparaíso hacia Punta Arenas. Me decidí por la ruta a lo largo de la costa chilena central y monótonamente transcurrieron los cinco primeros días. Al Sur del grupo Guaitecas atravesó el buque una formación de islas, de paisajes muy pintorescos, mientras marchaba por la única vía marítima utilizable, los canales Messier y Smith. A veces se movía tan cerca de las rocosas orillas que parecía que podían alcanzarse con la mano, a derecha e izquierda de la cubierta, las colgantes ramas del espeso bosque de helechos. En muchas apartadas bahías, que se abren de pronto en el confuso laberinto de los casi siempre estrechos canales, se veía un glaciar hundiéndose en el mar. Días de inolvidable encanto fueron aquellos en los que, libre de obligaciones oficiales, contemplaba desde el buque que se deslizaba suavemente, el variado y lúgubre paisajes de la acumulación de islas cubiertas de bosques, pudiendo captar con mis ojos de naturalista, la serie de espectáculos que se ofrecían ante mi vista. De Valparaíso hasta la entrada de Punta Arenas, en la ribera Norte del Estrecho de Magallanes, invirtió el buque diez días. En la pequeña ciudad portuaria existía alguna animación debido al esquileo de los carneros que se hacía en los tres cortos meses de verano. Con la tranquilidad natural de Sudamérica ultimé mis compras, y finalmente subí a un vaporcito que me llevó a Puerto Río Grande, en la costa oriental de la Isla Grande.

Tenía al fin bajo mis pies a la verdadera Tierra del Fuego. ¡Cuántas veces había volado mi imaginación a este trozo de tierra, desde que pasé por su borde septentrional a principios de septiembre de 1912! Ahora podía satisfacer mi ansiada esperanza. Aquí, en el insignificante Puerto Río Grande divisé los primeros Selk’nam. ¡Qué sorpresa y desilusión al mismo tiempo! Eran altos y vistosos, pero envueltos en sucios y desgarrados harapos. Todo el histórico destino, verdaderamente lamentable, de este magnífico grupo de hombres lo pude convivir, y me daba pena ver tan pocos supervivientes, pues sabía se encontraban muy cerca de su completa desaparición.

Ya desde hacía tiempo no reinaba ni con mucho en la Estación misional católica de Río Grande, 14 kilómetros al norte de dicho puerto, la animada actividad de antes; el número de indios disminuía de año en año y las visitas a sus amigos los misioneros decrecían paulatinamente. En los pocos días de mi estancia en la misma, disfruté de la casi ininterrumpida convivencia de algunos Selk’nam de diferentes edades, y procuré adaptar una actitud conforme con la suya, tímida y desconfiada; quería aproximarme a ellos humanamente y ganarlos para mi objetivo científico. Desde algunos años antes estaban acostumbrados a ser curiosamente observados por los visitantes blancos que acudían a su patria y tratados con desdén. Ya no se desconcertaban lo más mínimo, conservando una impasibilidad pétrea cuando alguna vez algún presuntuoso europeo miraba con desprecio su retrasado indigenismo. Ante la actitud de estos fueguinos frente a todo forastero, resultaba de todo punto imposible extraerles ni una sola palabra, desvanecer su testaruda timidez y muchísimo más su salvaje desconfianza. Yo encontré completamente justificada su reservada y poco sociable actitud: ¡Están bastante hartos de los curiosos y descarados blancos! ¿Podían los Selk’nam olvidar el daño que les habían ocasionado a su pueblo con su desalmada falta de consideración y respeto y con sus criminales matanzas?

El lector podrá deducir de los párrafos anteriores ante qué especiales dificultades me encontraba. Toda mi aventurada empresa dependía de la posibilidad de que adquirieran plena confianza conmigo estos recelosos salvajes. El ver un extranjero les recordaba los ignominiosos daños que los europeos habían causado a su pueblo. ¿Era posible todavía conseguir de ellos que creyeran en la buena fe de un europeo bienintencionado, que se proponía comprender cordialmente sus características etnológicas, dedicándose a la observación científica sin ideas interesadas? Si no hubiese conseguido de ellos un cambio completo de su estado de ánimo, que pasasen al polo opuesto de su anterior actitud frente a los europeos, estaban destinados al fracaso mis trabajos de investigación en su patria y habría emprendido inútilmente tan largo viaje. ¡Tenía que lograr ante todo que los Selk’nam me reconocieran como un europeo de buen corazón y que me obsequiaran con su leal confianza!

Francamente que por esta razón había venido hasta ellos sólo y sin acompañamiento alguno. Tenían que estar seguros que yo, encontrándome solo entre ellos, no podía alimentar ninguna intención agresiva. Por su mayor número les hubiera resultado facilísimo degollarme en las inaccesibles selvas de aquellas apartadas regiones y nadie les podría acusar de ello. ¡Pero los indios comprenden magníficamente el mimetismo y el silencio! Confiado en sus apariencias y sin protección alguna me entregué a ellos. Con toda honradez y la más profunda gratitud reconozco ahora que superaron mis arriesgadas esperanzas, pues me otorgaron de tal forma su confianza que no fui nunca para ellos un «Koliot» (europeo). No sólo he pasado largos meses completamente solo en sus campamentos, sino que renuncié firmemente el mostrarles un arma de fuego y mucho menos de amenazarles con ella. Hoy confieso que siempre llevaba conmigo un revólver, aunque muy oculto debajo de la camisa para que no pudiera ser visto por ningún indio. No necesitaba asustar a los indígenas; esta pequeña arma debía servírme más bien de protección ante dudosos tipos de procedencia europea que de vez en cuando suelen encontrarse en el solitario archipiélago de la Tierra del Fuego.

Tras corta estancia en aquella estación misional, donde no sólo había recibido una hospitalaria acogida, sino también valiosas informaciones sobre los indios, cabalgué, acompañado exclusivamente por un muchacho Selk’nam, en dirección sur de Río Grande. Ha de atravesarse este río en el reflujo y muy por encima de su desembocadura; ya que puentes no existen. Por la desnuda y ondulante estepa, a lo largo de la costa oriental hasta el sur de Río del Fuego, se avanza muy bien a caballo. Un poco más hacia el sur, el camino se hace muy difícil y peligroso, debido a los extensos pantanos y musgos, bosques y lomas de montañas. Lo más prudente es dejarse guiar por los indios. En parte resulta desagradable durante el verano verse sorprendido en estas llanuras por los fuertes chubascos; pero eso nada significa en comparación con las ordinarias batallas que ha de librar el jinete contra los impetuosos vientos que azotan durante todo el día. Hay momentos en que ni el indio ni su caballo pueden avanzar un paso. Muchas horas me pasé en el suelo, al mismo tiempo que agachaba lo más que podía a mi caballo, mientras que el fuerte viento del norte levantaba remolinos de arena. Sólo cuando al mediodía amainaba, podía continuar lentamente la marcha. Toda clase de penalidades y sufrimientos abruman al que en un trabajo de investigación atraviese el inhospitalario y despoblado terreno de la Isla Grande de la Tierra del Fuego.

A mis espaldas tenía el Río Grande. Después de muchas horas de marcha a caballo, a través de un paisaje típicamente de pampa, pude divisar en la desembocadura del Río del Fuego los contornos de la hacienda Viamonte. Es propiedad de los hijos del pastor anglicano Thomas Bridges, fallecido en el año 1898. Junto a los edificios de esta estancia, se levantan algunas cabañas indias para aquellas familias, cuyos hombres cooperan a la labor de esquileo en los cortos meses de verano; fuera de este período de trabajo viven en los lejanos bosques del sur. Había elegido la estación más favorable del año, los meses de enero y febrero, porque podía encontrar reunidas en aquel lugar a muchas familias y entablar con ellas las primeras relaciones. Para ello conté con la ayuda del misionero salesiano, P. Juan Zenone, que tenía su escuela en los edificios de la hacienda Viamonte y al cual querían muy sinceramente los indios.

Desde muy lejos me chocó el gran ruido de los ladridos de los perros procedentes del verdadero campamento indio. Cuando entré en la escuela con mi acompañante, vi al referido misionero rodeado de un alegre coro de niños. «¡Éste es un cordial amigo de los Selk’nam!», reflexioné ante semejante espectáculo. Después de un breve saludo, me puso en contacto con los niños, a los cuales se agregaron inmediatamente algunos adultos. Como es natural me comportaba sin afectación alguna frente a los tímidos y recelosos salvajes. Abiertamente empecé a colocar mi equipaje y objetos de regalos por la escuela para instalarme en ella, pues pensaba permanecer allí algún tiempo. Todo el grupo me rodeaba de la manera más familiar. Curiosamente seguían los relucientes y negros ojos indios cómo deshacía mi maleta y me iba instalando; a muchos rapaces vivarachos les causaba impresión este o aquel objeto para ellos desconocido, y sobre el cual hacían sus observaciones en alta voz. Mientras los niños charlaban animadamente, intenté repetir sus palabras con fuertes sonidos guturales. Soltaron una carcajada, hablando muy alto porque querían que comprendiera sus voces desde un principio. Me reía más de ellos que de mí mismo. Después me despedí de cada uno de los que componían aquella alegre reunión de jóvenes, entregándoles un pequeño obsequio y rogándoles volviesen al día siguiente. Muy contentos se marcharon a su campamento, hablando por todas partes de lo que habían visto en mi equipaje y de lo que los había obsequiado; que había repetido algunas de sus palabras y les había dado a entender que iba a quedarme allí mucho tiempo. Acto seguido se aventuraron a pasar algunos indios mayores a mi habitación de trabajo, para los cuales yo era indudablemente un viajero inusitado. En vez de ahuyentarlos, les dejé que registrasen tranquilamente mis cosas y los despedí también con un obsequio.

A fines de enero, en pleno verano en la Tierra del Fuego, dura mucho el crepúsculo vespertino. A pesar de que estaba muy cansado por el fatigoso cabalgar, aparecían constantemente curiosos mirones ante mi vivienda, con la idea de conocerme. ¡Estos seres humanos del mundo salvaje no se someten a un horario determinado! El Padre Zenone, al cual había manifestado mientras tanto mis planes y deseos, explicó a los curiosos espectadores gratuitos, que había venido desde muy lejos para charlar mucho con los Selk’nam, a quienes quería de verdad. Entonces se dibujó en aquellos morenos rostros una gran extrañeza: ¡Que un «Koliot» pudiese amar a los Selk’nam! Escucharon sus palabras con mucha confianza, aunque no las creyeron del todo y regresaron corriendo a sus cabañas. Hasta cerca de medianoche estuve sentado con el inteligente misionero, que tan valiosas informaciones me prestó sobre las relaciones con sus fueguinos, ofreciéndome también su colaboración para aprender su idioma.

Para los primeros contactos con los Selk’nam no había podido encontrar lugar más apropiado que este campamento de Río del Fuego, sólo separado unos cien metros de los principales edificios de la hacienda. Al amanecer de aquella intranquilísima noche, en la cual me habían despertado numerosas veces los fuertes ladridos de los perros, visité, acompañado del Padre Zenone, cada una de las cabañas capiliformes. Quería entablar relaciones con todas las familias, pero muy especialmente con aquellas personas de cuya colaboración podía obtener algo para mi trabajo de investigación. También tenía que aprender a encontrarme con los perros indios. Resulta verdaderamente difícil para quien no se las ha tenido que ver nunca con estas fieras. Son unos perros peligrosos que, deseosos de atacar, enseñan a todo europeo sus afilados dientes que sobresalen de su puntiagudo y medio abierto hocico. En cada cabaña existen por lo menos cuatro de estos mordaces e irreconciliables canes. Cuando un visitante forastero se encuentra todavía a muchos pasos salen a su encuentro con toda furia, ladran hacia el sitio por donde viene, dando ocasión a que se unan a ellos todos los demás canes con ensordecedor ruido. Un ejemplar aventaja al otro en repugnancia; están sucios y llenos de piojos, desaliñados y sarnosos. Los indios los aprecian porque se aprovechan de ellos por su fidelidad inquebrantable. Sin esgrimir una fuerte estaca en la mano, no debe uno aproximarse nunca a una cabaña india, pues arrojando piedras o chillando es imposible deshacerse de ellos.

En el campamento de Río del Fuego conté 27 familias con un total de 216 miembros. Dicha cifra, en enero, de 1919, comprendía los cuatro quintos de la población Selk’nam. Mientras tanto había ido descubriendo aquellas personas que parecían más asequibles a mis problemas y deseos. Inmediatamente surgieron mutuas visitas entre ellos y yo. La mayor parte del día la pasaba en las cabañas indias. Me encontraba sinceramente bien dentro de aquella sociedad morena, aunque al principio nos entendíamos con mucha dificultad. Su desconfianza fue cediendo sensiblemente por día. Ante estos recelosos seres del mundo salvaje, me comportaba como hombre; y humanamente quería compenetrarme con su manera de ser. Lo que ellos estimaban, aquello que consideraban como propio en primitivos valores culturales, en objetos manuales, instalaciones; en usos y costumbres, en imágenes e ideas y lo respetaban, a ello dedicaba mi reverente atención, y esta mi apreciación de su valores raciales, tanto espirituales como materiales, se la ponía de manifiesto con toda sinceridad.

Por supuesto que sabía y presentía suficientemente la enorme distancia que me separaba de su esencia cultural. Viven una vida completamente independiente en aquel su mundo ambiente y llenan su vida psíquica con otro distinto contenido que el nuestro; son el resultado de una evolución muy lejana a la nuestra. Todo lo que nos es extraño lo comprendemos y valoramos debidamente con intuiciones y juicios lógicos, inspirados en unos patrones que sean aplicables a ese mundo extraño, y el investigador europeo debe estar capacitado para poderlos explicar debidamente. Quien ve en el indio a un ser naturalmente inferior, retrasado y no desarrollado, quien no se esfuerza por comprender la utilidad o finalidad de sus creaciones y objetos usuales, quien no siente ninguna estimación de su fidelidad conyugal, honestidad y cariño filial y no le merecen la más mínima atención su moralidad y religión, no es apto a mi entender para la investigación de los pueblos salvajes, no puede llevar a cabo un verdadero trabajo de investigación, no hace más que sembrar la confusión y lo mejor que hace es quedarse en su casa.

Con estas aclaraciones he definido la postura que debe adoptar un investigador europeo frente a los pueblos primitivos. Otra aclaración más es la de cómo puede conseguir aproximarse a su «objetivo», los indios. Lo diré en dos palabras: también sus corazones se conquistan irremisiblemente valiéndose de los niños; lo mismo que hacemos con los adultos en nuestras propias patrias.

Desde que los Selk’nam del Río del Fuego notaron mi predilección por los niños, abandonaron toda su primera desconfianza; saber mis sentimientos los desarmó completamente e hizo que me consideraran amigo. El primitivo aprecia mucho más la buena y sincera voluntad que se le dispensa a sus pequeñuelos, que la que se manifiesta a él mismo. Por temperamento me agradan mucho los niños. Las más encantadoras horas que pasé en la Tierra del Fuego fueron para mí las de convivencia con aquellas pequeñas y confiadas criaturas. ¡En su mayoría estaban lo más sucio que puede pensarse! Es verdad que los mayores lo veían así, pero sus padres no se consideraban en la obligación de remediarlo. Con los muchachos participaba en sus juegos y bromas, olvidándome de mis años. Esto les agradaba extraordinariamente. Me pedían reiteradamente que formara parte de sus filas y de sus corros, que participara en sus bromas y burlas; sólo en raras ocasiones rehusé a ello, cuando tenía algún trabajo de importancia que realizar.

Su tímida actitud fue cediendo a los pocos días, y, desde entonces, fuimos buenos y fieles amigos. Me ofrecieron sus servicios y trabajaban afanosamente cuando solicitaba su colaboración; tenía que tomar parte en sus juegos y nos vencíamos recíprocamente en torneos de fuerza. Durante todo el día saltaban y jugaban los alegres y animados niños a mi alrededor, cuando no me encontraba ocupado en otra cosa; no me dejaron nunca tiempo para cavilaciones melancólicas o para el desaliento, al ver que mi investigación no progresaba con arreglo a mis deseos. Feliz y tranquilo me sentí de nuevo niño dentro de la vigorosa y alegre juventud india.

Por su encantador recuerdo mi imaginación vuela frecuentemente desde aquella fecha hacia aquel lejano archipiélago. Podían borrarse de mi memoria muchas otras cosas agradables, pero nunca podría olvidar la Tierra del Fuego sólo por sus amables y alegres niños. Con tan agradables colores no había soñado en mis sueños infantiles la vida del indio fueguino. De forma tan naturalmente humana se desarrolla allí la vida, que tuve que despojarme poco a poco de la insana estrechez mental de nuestra hipócrita cultura europea, para ser capaz de pensar, sentir y juzgar con arreglo a la original forma india. Mi frecuente trato con los niños, inconcebiblemente cordial, no me impidió, desde luego, que me observaran atentamente los mayores. De dichas observaciones sacaron sus deducciones y muy favorables tanto para mí como para mi trabajo de investigación. Después de varias semanas de estancia en aquel campamento capté casualmente la observación de una india anciana que hablaba a sus compañeros de tribu sobre mí, diciéndoles:

-Este Koliot tiene que ser una buena persona porque juega de forma cordial con nuestros niños.

En efecto, por medio de los niños me gané la confianza de los Selk’nam, así como la de los Yámanas y Alacalufes. Para confirmar la eficacia de esta afirmación, debo añadir que por este medio he triunfado indefectiblemente en otras partes del sur y del norte de América. Sin embargo, ni la postura espiritual anteriormente descrita frente a los primitivos ni el poder utilizar la suficientemente explicada mediación de los niños, integran por sí solas al verdadero investigador. Ante todo tiene que haber recibido del buen Dios, así como de su posición social, la necesaria vocación. A quien le falte, no la puede adquirir nunca con posterioridad a su intento; si a pesar de ello, se dedica a un trabajo de investigación, no le proporcionará ninguna satisfacción personal y su trabajo no aportará nada al progreso de la historia de la cultura.

Más por mis observadores que por mí mismo me habían dado cuenta de cómo me había acostumbrado a la vida y quehacer indio; todos los días y durante muchas horas, me sentaba en sus cabañas cupuliformess o acompañaba a los hombres en sus rápidos recados; procuraba comprender sus trabajos y me hacía enseñar dócilmente todo cuanto traían entre manos. Solícitamente me ayudaron en el aprendizaje de su lengua y se alegraron de mis progresos. Después de las primeras semanas contaban como cosa hecha mi participación en sus diarias tertulias vespertinas y en la caza del ganso salvaje o del guanaco.

Por último, se habían acostumbrado -yo también- a mi presencia en sus campamentos y no querían en absoluto prescindir de mí. Para ellos era yo precisamente «un Koliot muy diferente» de aquéllos que aparecían con frecuencia para molestar en el campamento, para provocarlos obscenamente o para hacer alarde de su desmedida superioridad. Este repulsivo deshecho de la civilización europea no presentía en forma alguna para ello le faltaba el necesario dominio de sí mismo, cómo los indios tienen una penetrante mirada y un excelente juicio; no carecen de un conocimiento del hombre. Del afecto que me habían tomado después de algunas semanas de estrecha convivencia, no me decían la menor palabra, pero me lo daban a entender. Como yo me comportaba absolutamente en todo como uno más, y veían que me agradaban sus costumbres y relatos, que me encontraba satisfecho con el asado de guanaco pobremente preparado y con el benéfico ardor de la lumbre en sus cabañas, que tomaba parte en sus trabajos y cacerías y me hacía explicar todos los pormenores interesantes de las mismas, que me reía y bromeaba con ellos sin afectación alguna, que sobre todo sabía jugar alegremente con sus niñas y les proporciona un rápido remedio contra la tos ferina de sus pequeños, me honraron con su confianza. Los fueguinos son hombres sensibles, tan acostumbrados a las inclemencias del tiempo; cuando se les quiere atraer hay que entregarse a ellos como hombres de buena voluntad y dejarse absorber completamente por su compañía.

Día tras día conviví con estos «salvajes» en Río del Fuego. Tan agradable y cómoda, de forma tan natural se desarrolló mi estancia, que fácilmente me acostumbré a ella, no echando de menos lo mucho que por mis necesidades de europeo había tenido que abandonar. Me fui reduciendo tanto en mis necesidades de vestido, cama y habitación, que me daba por contento con la escasez de las familias indias. Todas las cosas que me rodeaban me parecían magníficas. Igualmente me acomodé a la irregular división del día indio; pues dicho con otras palabras: ¡allí no existen horas! Sus ocupaciones se alteran según su libre albedrío o el tiempo reinante. Si se presenta un visitante lo abandonan todo y se tumban para escuchar sus palabras. Si alguien ha divisado una traílla de guanacos en las cercanías, se trasladan allí todos los hombres con sus armas. Si empieza a ladrar un mordaz perro, le hacen eco todos los demás en una confusión de ladridos, y adonde corren estos animales le siguen las personas mayores con todos sus hijos para disparar sus flechas y venablos a la salvaje jauría. Nunca se sabe lo que ocurrirá a la hora siguiente ni dónde se estará. El trabajo de investigación en un campamento indio permanece siempre, por así decirlo, en un intranquilo e indeterminado cambio de una situación a otra distinta, de una actividad a la completamente opuesta; todo depende de la fatal exigencia del momento. Así lo requieren las mismas condiciones de la vida india. Para el indio la división del tiempo a largo plazo no existe, no puede someterse a planes o promesas preconcebidas; tiene que ser un auténtico hombre del momento. Toda clase de dificultades se presentan al investigador que persigue su objetivo. De pronto se interrumpía la animada tertulia porque, por ejemplo, los perros de todo el campamento se peleaban; otras veces un viejo suspendía la descripción de un objeto porque un vecino suyo acudía con una fútil novedad; un día, una familia, cuyas relaciones parentales estaba anotando, se marchó sin decirme una palabra y recorrió varios kilómetros lejos de su cabaña, porque le habían prometido que el tiempo sería mejor allí. Siempre que me encontraba con una descripción a medias o con una información incompleta, ¿conseguiría completarla alguna vez?

Enorme desacierto hubiere sido imponer la coacción a indómitos salvajes.

Desde un principio había procurado una estrecha cordial convivencia con los Selk’nam en Río del Fuego. Merced a ella conseguí una profunda visión de su manera de vivir, de sus ocupaciones, de sus sentimientos y pensamientos; sobre todo me satisfizo conquistar su confianza.

Sin duda alguna había escogido el verdadero camino en mi método de trabajo.

Como las familias indias que vivían junto a la estancia Viamonte se encontraban bajo una influencia europea, mayor o menor, decidí continuar mi viaje hacia el sur, donde quería establecerme en el auténtico campamento indio del Lago Fagnano. Estaba convencido que la gente de Río del Fuego no olvidaría nuestras largas semanas de convivencia; y así podía contar con una buena acogida al año siguiente. Con toda idea había evitado todo contacto con los europeos que allí trabajaban; no quería que ningún juicio extraño influyera en mis apreciaciones y conceptos y, sobre todo, quería ratificar a los indígenas en su opinión de que yo había venido exclusivamente por ellos a la Tierra del Fuego y que, en consideración a ellos, no tenía nada que ver con los «Koliot». En realidad, los indios no se fiaban de mis palabras cuando les aseguraba que volvería al verano siguiente; esas mismas frases las habían dicho muchos europeos que habían pasado por aquella estancia sin cumplir nunca lo prometido. Por tanto, insistían en su duda y me aconsejaban que me quedase con ellos. Sin embargo, fiel a mi plan de trabajo, tenía que recorrer esta vez la extensa región fueguina; de otra forma no hubiese terminado mi empresa.

Mucho más tarde me enteré de la gran ventaja que para mí supuso el que la gente de Río del Fuego hubiese descubierto en mí a un eficaz y bonachón «curandero» (en su idioma «chon»), y en esta buena fama se extendió por toda la Isla Grande de la Tierra del Fuego. Previamente no puede saber ningún investigador que acogida le dispensarán los «salvajes»; como pasa corrientemente, el primer contacto es decisivo para el curso del trabajo y para su éxito definitivo.

Una buena fama me precedía también con respecto al grupo del Lago Fagnano, cuya aversión a los europeos la comprendí enseguida, pues en la soledad de sus campamentos del bosque evitan todo contacto con los blancos. De la gente de Río del Fuego me había despedido cordialmente. Acompañado sólo de un joven indio cabalgué hacia el sur, muy hacia el interior de la frondosísima selva virgen de la Isla Grande.

Un camino muy cómodo se extiende en las cercanías de la elevada costa, tanto que durante unas dos horas se tiene bajo la vista el Océano Atlántico; rápidamente se torna la altiplanicie en un paisaje pintoresco y la región se llena de colinas y montañas. Un poco más al sur formaba un bloque único la arboleda con la dilatada capa de helechos; en medio de ellos existen peligrosos musgos y verdes prados, sobre cuyas extensas superficies pastan miles de carneros. Mi vista se encontraba cautivada por aquellos nuevos panoramas y se fijaba en la inesperada riqueza del paisaje. Avanzábamos a través de alegres valles y florestas y entre elevado número de colinas y pantanos, Cuando el viento norte es muy fuerte, la marcha es penosa. Durante el día el aire es sensiblemente fresco y las noches son siempre muy frías. En el invierno se siente más el frío en la mitad norte que en la sur, la cual ofrece muchos lugares protegidos; en esta parte buscan preferentemente nuestros indios una segura protección para pasar el invierno.

A esta zona sur, difícilmente accesible, la embellece el alargado Lago Fagnano, cuya elevada ribera llena de árboles es encantadoramente pintoresca. En los protegidos rincones de su costa oriental, que permite la vista de toda la región, se había instalado un grupo Selk’nam mandado por el viejo Tenenésk. Éste era -dicho sea de paso- el último de una estirpe de los más habilidosos hechiceros. Siempre lo traté con mucha intimidad en mis cuatro viajes y conseguí su ilimitada confianza; él me facilitó hasta la participación en sus trascendentales ceremonias, con lo que conseguí conocer los valores culturales que poseen los Selk’nam. No puedo agradecerle suficientemente su valiosísima ayuda. Tenía un carácter díscolo, era desconfiado y receloso de la masa, y también muy susceptible, y esquivaba, como declarado enemigo de todos los europeos, a todo «Koliot». Se me había hecho saber antes que estaba perseguido por la policía argentina por dos crímenes cometidos hacía pocos años. Si yo hubiera dado de lado a este sujeto, el más influyente de todos los Selk’nam lo habría considerado, como una ofensa personal y le hubiera sido facilísimo frustrar toda mi investigación, haciéndome imposible toda convivencia con sus paisanos. La circunstancia de que había curado rápidamente a su mujer Kauxía -a la que amaba extraordinariamente- de una dolorosa enfermedad, tuvo como consecuencia que el receloso Tenenésk se convirtiera en un verdadero amigo mío.

También tuve muy buena acogida en este grupo de indios, compuesto sólo de algunas familias. Se me ofreció asilo en una auténtica cabaña india. Mi equipaje era extraordinariamente ridículo y mi abastecimiento dependía exclusivamente de los Selk’nam. Por la fuerza me tenía que acostumbrar a sus miserables condiciones de vida, aunque al principio me era muy difícil. Para el sueño nocturno se me había esparcido, junto a la lumbre de la cabaña, unos trozos de leña que por encima estaban cubiertos con unos harapientos trozos de cuero; en este lecho me tendía, envuelto en una gran piel de guanaco. El menú ofrecía poca variación: para el desayuno se daba carne de guanaco, asado al fuego vivo, y además, agua fresca; al mediodía, lo mismo, y por la tarde, se repetía la ración. Cuando de vez en cuando conseguía de algún estanciero un poco de pan o de café, de té con azúcar, se lo entregaba a los indios y, en una sola comida derrochaban estas escasas golosinas. Yo también recibía, como es lógico, mi ración de todo lo que se había cazado o recolectado; si hubiera ocultado algunos alimentos, no habría pasado por alto este egoísmo a su penetrante mirada y me habría quedado inmediatamente con las manos, mejor dicho, con el estómago vacío. Como mi existencia se encontraba en todo pendiente de los indios, quedé envuelto sin darme cuenta en su cotidiana labor; todas sus actividades las llevaba a cabo con tanta tranquilidad como si hubiese estado siempre entre ellos. Precisamente por eso pude observar y comprender con toda pureza y sin influencia extraña alguna su peculiar manera de vivir. Para mi objeto científico sirvió mucho el que me hiciese levantar una cabaña india propia dentro de las indígenas; en ella viví acompañado de un joven que sostenía el fuego y tomó a su cargo otros servicios: tenía que prescindir de vivir en una tienda de campaña cómodamente instalada; con éste y otros egoísmos parecidos me habría aislado de toda relación con la comunidad india.

En un principio mi conducta y proceder les pareció extraños a los Selk’nam del Lago Fagnano, pues hasta ahora no se había establecido nunca en su campamento uno de sus odiados «Koliot», y que además se hubiese acoplado sin dificultades a su actividad económica y que se hubiese amoldado tan completamente a su diaria labor y a su manera de vivir. Día tras día fui perdiendo para ellos aquella especial curiosidad, mostrándose cada vez más confiados y campechanos en su trato. Tomaba parte en sus quehaceres o me sentaba durante las horas de descanso en sus cabañas; iba de caza con los hombres o seguía a veces a las mujeres en sus labores de recolección. Muchas tardes se encontraba muy comunicativo el viejo Tenenésk y nos contaba algo de su mucha sabiduría; los hombres escuchábamos atentamente. La actitud general de la gente de este campamento revelaba una natural ingenuidad; debido a ello supuse que se reconocían muy distante del modesto y curioso europeo. En realidad, bajo las espesas copas de las hayas antárticas formábamos un solo grupo; me encontraba en medio de una vida india original y esto precisamente era muy conveniente para mis observaciones. Poco a poco me fui dando cuenta que este grupo del Lago Fagnano era el más apropiado para proporcionarme el profundo conocimiento de la cultura de su tribu y bien es verdad que satisfizo todas mis esperanzas al cabo de los años siguientes.

Desbaratando mis primitivos planes, una lesión en el pie me obligó a suspender la amable convivencia con los Selk’nam del Lago Fagnano, tan beneficiosa para mí. Encontraron justificada mi decisión y me instaron en la despedida a que cumpliera mi palabra de volverlos a ver en el verano próximo. A pesar de la fiebre me monté en las jamugas y comenzó la marcha en busca de una comisión argentina de fijación de límites que casualmente pasaba por allí cerca. Partimos a las seis y tomamos exactamente dirección sur. A lo largo de las horas, se deslizaba nuestra marcha a través del claro bosque de hayas sin matorral alguno; de vez en cuando desembocábamos en un lugar abierto o continuábamos por barrancos estrechos o desfiladeros. En una subida muy suave alcanzamos la base de la montaña. Poco antes superamos con mucha dificultad algunos peligrosos pantanos, pues hacía cuatro días que no había llovido. Tras muchos esfuerzos, pisábamos las escarpadas cimas, tirando de las riendas del caballo. Hacia las catorce horas alcanzamos la parte de piedras planas más altas de la cúspide. ¡Qué maravillosa perspectiva se divisaba desde allí! A nuestras espaldas, unas llanuras cubiertas de bosques en las que, por contraste, resplandecía como una plateada faja el alargado Lago Fagnano. A nuestros pies se iniciaba hacia abajo la Sierra Sorondo hasta el Canal de Beagle, que, a manera de sinuosa banda de color azul-grisáceo, se perdía entre la neblina a derecha e izquierda; en su margen meridional se levanta la cadena montañosa de la Isla Navarino, que alcanza los 1.200 metros, pudiendo vislumbrarse con bastante claridad a lo largo de las tormentosas rocas del Cabo de Hornos, la terminación del continente americano. La nieve perpetua brillaba con toda claridad en sus agrestes picachos, bajo los relucientes rayos del sol de mediodía, al mismo tiempo que el verde oscuro cubría los ondulados valles y profundas gargantas. El aire era helado; estábamos a 800 ms. sobre el nivel del mar, que se encontraba muy cerca de nuestros pies. Un escalofrío tras otro, me hacían estremecer. Tenía mucha fiebre.

La bajada comenzó. Primeramente lo hicimos con mucha dificultad, con paso de ganso, a lo largo de un arroyuelo de la montaña y tirando con las riendas del caballo; en las piedras llanas y pulimentadas por la nieve y temporales no encontraban suficiente asidero nuestros animales. Cuando se había alcanzado la zona de suelo pantanosa, pude subirme de nuevo al caballo, mientras los demás iban a pie. El lado de la subida era un poco menos escarpado que la parte opuesta que acabábamos de superar. Con más facilidad se realizó la marcha por la espaciosa y ondulada zona. Por último, tropezamos con un cómodo camino de herradura que oportunamente había mandado construir el pastor anglicano Thomas Bridges, con la colaboración de trabajadores indios y por orden del Gobierno argentino, y nuestros caballos aligeraron alegremente el paso. La perspectiva que sucesivamente se ofrecía a nuestra vista en las extensas zonas abiertas, cambiaba continuamente. Después de vadear cómodamente el Río Mayor, se pasaba por muchas praderas y extensos musgos al Canal de Beagle, última parte de esta única vía a través de la montaña. Hacia las 21 horas llegamos a los edificios de la hacienda en el puerto Harberton.

Para mi delicado estado de salud se ofreció aquí la necesaria comodidad, y una semana después se me presentó la inesperada oportunidad de ir en una lancha motora a Ushuaia, navegando por el Canal de Beagle en dirección oeste. Durante unas decenas de años había constituido un importante lugar de la misión anglicana. Allí supe por fuentes fidedignas que los últimos restos de la antes numerosa tribu yámana sólo llegaban ahora a unos setenta individuos auténticos. ¡La investigación no podía retrasarse un momento!

Enseguida que lo permitió mi estado de salud, abandoné nuevamente Ushuaia y fui a ver la hacienda Punta Remolino, que también se hallaba situada en la costa norte del Canal de Beagle. Unas circunstancias muy favorables e importantes para mi plan científico me decidieron quedarme allí. Esta hacienda es propiedad de la familia Lawrence, siendo explotada actualmente por los dos hermanos Lawrence, Federico y Alberto. El padre de ambos, el Rev. John Lawrence, había trabajado durante cuarenta años como misionero entre los yámanas y vivía todavía fiel al programa de su vida de proporcionar a los indios todo el apoyo posible, les había ofrecido, ayudado por su familia, una altruista acogida a lo largo de los años, socorriéndolos en todas sus necesidades. Punta Remolino se había convertido, por lo tanto, en el refugio general y preferido de estos fueguinos, y muchas veces acudían a él familias aisladas o miembros de las mismas. Corrientemente colaboraban algunos hombres en la labor del esquileo, durante las semanas del corto verano, mientras que sus familiares se instalaban en los almacenes. Por ello pude contar desde un principio con encontrar aquí en fechas determinadas con algunos representantes de aquella terriblemente reducida tribu nómada.

Otra ventaja se alió a mis planes de trabajo. Los hermanos Lawrence dominaban a la perfección la lengua yánama; pues habían pasado toda su vida con estos fueguinos en el Canal de Beagle y tenían una rica experiencia acerca de la historia y costumbres de los indígenas. La influencia que ejercían sobre ellos era todavía bastante decisiva, pues los indios nunca podían olvidar el mucho bien que les había proporcionado la familia Lawrence durante medio siglo. A estas magníficas posibilidades de trabajo, se agregó una especial y significativa circunstancia: Federico Lawrence tenía por mujer a una auténtica yámana, la inteligente y amable Nelly, madre de seis hijos, cuya hija mayor tenía diez y ocho años. Con todas las fibras de su corazón estaba ligada a la cultura de sus paisanos y guardaba conscientemente una gran aversión contra el europeísmo; los valores espirituales indios la satisfacían por completo y mantuvo siempre la más estrecha relación con las familias yámanas de su confianza. A esta mujer, extraordinariamente valiosa, con un carácter magnífico y buen corazón, con un inquebrantable apego a su pueblo, la pude apreciar y valorar debidamente en los años siguientes. Después, que comprendió y entendió perfectamente mi sincero deseo de saber la herencia de sus padres, no encontró ningún trabajo por difícil que fuera ni ningún inconveniente le era invencible para proporcionarme y facilitarme todo su apoyo; movió toda la influencia que tenía su esposo y paisanos de tribu para enseñarme todo lo que deseaba y para que comprendiese todo lo que debía. La incansable, discreta y extraordinaria colaboración de esta inteligente india, merece el más profundo reconocimiento, ya que, merced a ella, pude poner a salvo para la historia de la cultura el rico tesoro de la vida espiritual de los muchas veces calumniados yámanas. ¡La suerte tiene que acompañar siempre al investigador!

Se me facilitaron así los primeros contactos con los yámanas del Canal de Beagle, pues la familia Lawrence me había prometido cordialmente el mayor apoyo en mi labor. Día tras día comprendía mejor que tenía que empezar enseguida mi trabajo de investigación en Punta Remolino y que iba a realizar con más facilidad la investigación de los yámanas que la de las otras dos tribus fueguinas. Como me dijeron que hacía falta un profundo conocimiento de las particularidades raciales y culturales de estos los indígenas más meridionales, para conseguir la debida investigación de sus vecinos, me decidí por emprender inmediatamente mi trabajo entre los yámanas en el próximo verano. La experiencia me confirmó que esta decisión mía había sido acertada.

Antes de mi partida tomé los informes necesarios para poderme preparar lo mejor posible para el próximo viaje. Nelly Lawrence me prometió llamar con tiempo suficiente a un gran número de sus compatriotas para que estuviesen a disposición de mis planes científicos. Con las mejores esperanzas me despedí de la familia Lawrence y de los yámanas. Mi permiso no me permitía ya una visita a los Alacalufes, esparcidos por el prolongado archipiélago de la Patagonia occidental. Mis obligaciones oficiales me hicieron volver a Santiago, vía Ushuaia-Punta Arenas.

Sobre el número de población, puntos de reunión y manera de vivir de los Selk’nam y yámanas, así como sobre la forma mejor para reanudar la investigación, había conseguido tener una idea muy clara. Con ello me parecía que el fin de mi primer viaje, que propiamente no debía de proporcionarme otra cosa sino una visión sobre el terreno, se había conseguido. En los círculos científicos y políticos de Santiago procuré dibujar, basado en mi experiencia personal, un cuadro claro del estado real de la Tierra del Fuego; sin embargo, no conseguí apenas nada. Las monstruosas falsificaciones y las increíbles leyendas resurgieron en la memoria de muchos. Con ello deduje cuántos arraigados perjuicios y falsedades tenía que descartar, qué cantidad de observaciones concluyentes tenía que aportar en su defensa para que al fin empezara a tenerse un verdadero juicio sobre los fueguinos y una valoración real de su cultura, tanto en los círculos científicos como en todos los demás.

El año 1920 se encontraba bajo el signo del cuarto centenario del descubrimiento del Estrecho de Magallanes. Me pareció que no debía desaprovechar esta circunstancia para llamar la atención sobre la urgencia que había de emprender la exploración de los fueguinos, pues su territorio pertenecía políticamente al gobierno chileno. Inmediatamente fui comisionado por el competente Ministerio de Instrucción Pública para que continuase mis investigaciones en el lejano sur. El 5 de diciembre de 1919 abandonaba Santiago por segunda vez y me dirigí en el vapor costero Chiloé a Punta Arenas, donde dos días después me recogió un buque explorador de la Marina Chilena que me llevó a Ushuaia. Enseguida entré de nuevo en Punta Remolino.

Con general alegría y como un amigo de confianza fui cordialmente recibido. Me encontraba de nuevo en las cabañas de los yámanas y me puse a trabajar entre ellos como uno más. La buena Nelly Lawrence había cumplido por completo la promesa que me había hecho el verano anterior; la mayoría de los yámanas se habían reunido en Punta Remolino; entre ellos se encontraban los influyentes viejos y algunas personas que no habían experimentado contacto alguno con la misión anglicana ni con los colonos europeos, Diariamente podía hacer observaciones extraordinariamente valiosas; la gente conocía mis buenas ideas y disfrutaba con mi campechano trato. No tenía que convencerlos con regalos y les manifestaba mi gran satisfacción por los muchas aclaraciones que me iban dando con su mejor voluntad. Es claro que tuve que hacer todo lo posible para acostumbrarme al nauseabundo olor que expelían, no sólo sus objetos manuales y sus cabañas, sino también sus propios cuerpos. Los yámanas se encontraban mucho más sucios y descuidados que los Selk’nam. Es cierto que su menú ofrecía una variación más rica y no se limitaba a la diaria e imprescindible carne de guanaco; pero no obstante, cada mañana tenía que violentarme para poder soportar el penetrante olor de aceite de pescado, de aves marinas y focas, con que preparan todas las comidas. Ahora bien, no podía renunciar a una estrecha vida en común con estas familias; si lo hubiera hecho, no habría planteado en debida forma mi trabajo de investigación.

Como un don del cielo conseguí, sin esperarlo, un éxito magnífico: pude presenciar como aspirante y en todos sus detalles las significativas y trascendentales ceremonias de los yámanas y sus ritos secretos de iniciación a la pubertad. Hasta ahora ningún europeo se había figurado que también los fueguinos poseían semejante institución, propia de los pueblos de cultura más primitiva. Nelly Lawrence, apoyada enérgicamente por su marido, movió toda la poderosa influencia de su personalidad hasta que al fin consiguió que los hombres y mujeres que ejercían autoridad sobre la tribu, accedieran a que por vez primera tomase parte en sus secretos y sagrados ritos un miembro extraño a la misma. En efecto, presenciar dichas ceremonias significaba una ventaja de enorme importancia científica; para mí personalmente tuvo por consecuencia pertenecer con todos mis derechos a la tribu de los yámanas.

Cuando el innato nerviosismo volvió a incitar a estos inquietos salvajes, al cabo de varias semanas de permanencia en un mismo lugar, decidí continuar mi viaje de exploración a la región de los Selk’nam. Mientras estuve ocupado con tanto y tan lucrativo trabajo en el canal de Beagle, abandoné de momento mis otros proyectos de investigación, pero cuando se terminaran los ritos de iniciación a la pubertad, me dejaron libre los yámanas. Los viejos me dieron a entender que poseían además otras costumbres y ceremonias muy curiosas que hasta ahora me habían ocultado celosamente, pero que me las darían a conocer con mucho gusto en mi próxima visita. Me aconsejaron, muy especialmente, que soportase por segunda vez los ritos de iniciación a la pubertad, porque así podría tener derecho para presenciar las ceremonias reservadas exclusivamente a los hombres. Muy atrayentes me parecieron estas ofertas para que las pudiese rechazar. En su consecuencia les manifesté que volvería para fines de aquel año (1920). Nos separamos con la esperanza de volvernos a ver al cabo de unos diez meses. Las familias yámanas se marcharon remando en sus pequeñas canoas y yo me monté en un caballo que me llevó a Puerto Harberton, caminando en dirección este.

Después de un breve descanso nocturno atravesé la cordillera con mejor ánimo y estado de salud que un año antes lo había hecho en sentido contrario. Con la mayor sorpresa encontré el acantonamiento de Selk’nam del Lago Fagnano, donde me había encariñado con el influyentísimo hechicero Tenenésk, completamente vacío de hombres. Con semejantes sorpresas, por desagradables que sean, hay que contar siempre entre los vagabundos nómadas. Más tarde me enteré, por informes fidedignos, que dicho grupo indio, ante el justificado temor de verse atacado, se había retirado a un inaccesible lugar de la montaña. De dicho contratiempo me vi compensado después por la cordial acogida que me dispensaron los Selk’nam del Río del Fuego:

-Por primera vez ha cumplido su palabra un Koliot -decían.

Con mi probado método de trabajo me volví a introducir en el mundo espiritual de aquella gente y supe por noticias dignas de crédito que los hombres se reunirían muy pronto en unas ceremonias muy secretas a las que llaman «Klóketen».

Esta vez no pude permanecer mucho tiempo entre ellos, ya que necesitaba aprovechar el buen tiempo del verano para penetrar en el corazón de la Isla Grande de la Tierra del Fuego. A continuación exploré la dilatada parte septentrional y occidental de la misma, donde sólo había alguna que otra persona Selk’nam aislada.

Abandoné de nuevo la Isla Grande por la pequeña colonia chilena Porvenir, situada exactamente al este del puerto Punta Arenas, que alcancé después de atravesar el Estrecho de Magallanes. Al internarme hacia el oeste, en la región del fiordo Última Esperanza, tuve la suerte de escuchar verídicas informaciones sobre la tercera tribu fueguina, los Alacalufes. Desgraciadamente tuve que abandonar, desilusionado, la idea de poder llegar desde allí hasta aquellos indios, porque se hallaban situados mucho más al norte, en el archipiélago de la Patagonia occidental.

Como pone de relieve la descripción anterior, la mayor parte de mi estancia de aquel año en la Tierra del Fuego, la pasé entre los Yámanas. Aunque en aquella ocasión había trabajado menos entre los Selk’nam, sin embargo consideré de la mayor importancia el que aumentara nuestra mutua confianza, viendo posteriormente en la práctica sus buenos resultados. Ya tenía seguridad acerca de los lugares de reunión de los Selk’nam, así como sobre su núcleo de población. En lo sucesivo me podía dedicar exclusivamente a mis investigaciones en los campamentos de Río del Fuego y del Lago Fagnano. Mi segundo viaje había terminado.

Antes de partir de Santiago para continuar mis investigaciones etnológicas entre los Yámanas y Selk’nam, consideré conveniente hacer un viaje de exploración por la región de los Alacalufes. Estos tímidos pescadores nómadas recorren todavía en el día de hoy con sus pequeñas canoas, el prolongado mundo insular de la Patagonia occidental; hace una decena de años se les veía también en muchos lugares del Estrecho de Magallanes. La general conjetura que desde principios del siglo actual sólo constituían un escaso número de habitantes, se demostró como auténtica. La labor de poder hallar en el brumoso e intrincado laberinto de brazos de mar y escondrijos, dentro de cinco paralelos geográficos, a las vagabundas familias que durante todo el día, a veces una sola familia aislada, se mueven sin cesar de un lugar a otro, se parece mucho a una adivinanza. Recorrer durante algunos meses y con una embarcación apropiada todo el extenso espacio hubiera sido lo mejor. Este plan tenía que abandonarse, porque los elevados gastos necesarios no podían ser nunca aportados. En cambio, se me ofreció la feliz coincidencia de satisfacer mis esperanzas de viajar a la región de los Alacalufes unido a otra empresa científica. Los investigadores argentinos de origen alemán, Dr. F. Reichert y Dr. C. Hicken, me dieron a conocer, a mediados de 1920, su plan de investigar una región inexplorada de la cordillera central de la Patagonia meridional. Con ella creí poder combinar mis planes. Gracias a la amabilidad del Estado Mayor de la Marina de Guerra chilena, fue cosa fácil obtener un barco adecuado con el que podíamos alcanzar nuestros mutuos objetivos científicos. Estaba previsto partir del muelle de Puerto Montt y dejar a los investigadores geógrafos en Istmo Ofqui, en la península Taitao (46º 20’ latitud sur), desde donde intentarían subir al glaciar del macizo de San Valentín. Yo continuaría hacia el sur en busca de los canales Messier y Smith y de sus ramificaciones laterales para encontrar a las dispersadas familias Alacalufes; en mi viaje, de retorno recogería al grupo de investigadores geógrafos y volveríamos junto a la patria desde Istmo Ofqui a Puerto Montt.

Una inesperada circunstancia obligó a las autoridades de Marina a disponer del buque que se nos había prometido para principios de diciembre para otro servicio urgente y tuvimos que contentarnos con una embarcación más pequeña. Se adaptaba excelentemente para el viaje al Istmo Ofqui y ofrecía todas las comodidades necesarias, pero desgraciadamente no daba cabida a la cantidad de carbón necesaria para llevar a cabo mis planeados rodeos por los canales meridionales. Debido a lo avanzado del verano y a la imposibilidad de organizar rápidamente otra empresa, me uní a la Comisión geográfica, accediendo a su amable invitación, y pude servirles durante todo el curso de la investigación como zoólogo y fotógrafo. La primera ascensión al hasta entonces inexplorado y magnífico glaciar de San Rafael, que desemboca en una extraordinaria forma de abanico en el lago del mismo nombre, fue para mí un espectáculo que me llenó de satisfacción. Este regalo de la exuberante naturaleza me pareció en parte una compensación por haber tenido que renunciar a la realización de mis anteriores planes. Por lo demás la experiencia me demostró que, viniendo del norte, habría sido muy probable no hubiese encontrado a ningún Alaculuf, pues en los primeros meses del año recorren las islas más apartadas cuando van en busca del gran lobo marino, y entre aquellas islas es peligrosísima la navegación para un buque pequeño por la fuerte resaca del mar. Así, pues, el resultado de este viaje no significaba ninguna pérdida para mi general objetivo de investigación; al contrario, había adquirido una muy valiosa experiencia, esto es: que empresas de la categoría de la mía en una región tan extensa, sólo se pueden llevar adelante cuando se anda a tientas.

En la segunda mitad del año 1921 activé los preparativos para volver a la región de los Yámanas en el Canal de Beagle, donde me esperaban un abundante trabajo y un fecundo resultado científico. La suerte quiso que mi colega el Dr. Wilhelm Koppers llegase a tiempo a Santiago para poderme acompañar en mi tercer viaje a la Tierra del Fuego. A fines de diciembre de 1921 tomamos el buque en Puerto Montt, rumbo a Punta Arenas. De nuevo disfrutamos allí de la hospitalidad de los padres salesianos y, asimismo, las autoridades competentes de la Marina mercante y de guerra dispensaron muy gustosamente toda clase de atenciones a nuestra empresa científica. En la primera ocasión que se nos presentó nos dirigirnos a Punta Remolino en la ribera norte del Canal de Beagle. Muchos Yámanas acudieron a nuestro encuentro, y esto me satisfizo. Otros me dieron a conocer su desilusión por no haber venido durante el verano pasado; pero con la conducta y trato con los que hacía dos años había captado sus simpatías, logré que volvieran todos poco a poco a la confianza de antes. De nuevo volvía a pasar largas horas del día, hasta muy entrada la noche, en compañía de los Yámanas. Charlamos principalmente de sus instituciones sociales y aproveché la ocasión para manifestarles mi deseo de que debían de celebrar los ritos de iniciación a la pubertad y las ceremonias reservadas a los hombres en aquel mismo verano. Las exhortaciones de la inteligente Nelly Lawrence contribuyeron sin duda alguna a que todas las familias se decidieran a trasladarse a la costa norte de la Isla Navarino cuando terminara el esquileo y celebrar allí las dos ceremonias en la más completa soledad.

Con todo ello creía tener asegurado mi plan de trabajo durante aquel año. Como los hombres Yámanas estarían ocupados durante dos semanas en los trabajos de la hacienda, aproveché esos días para hacer una breve visita a los Selk’nam. De nuevo atravesé, esta vez en compañía del doctor W. Kopper, la montaña en dirección norte. En el Lago Fagnano tuvimos un breve cambio de impresiones con los conocidos Selk’nam. Cuando al atardecer del día siguiente entrábamos en el acantonamiento del Río del Fuego, nos encontramos con escasas familias. Un día de estancia en sus cabañas fue suficiente para que la amistad se reanudara; al despedirme les prometí que en el año próximo me detendría mucho tiempo entre ellos.

Tanto mi colega como yo no nos pudimos ahorrar la pesada vuelta por la montaña en dirección sur. Poco después de nuestra entrada en Punta Remolino, nos dirigimos, acompañados de todas las familias Yámanas a Puerto Mejillones, exactamente situado enfrente, en la costa norte de la Isla Navarino. Por segunda vez volví a ver ritos de iniciación a la pubertad, y ello me permitió tener derecho para asistir a las fiestas secretas reservadas a los hombres. Los hombres viejos de la tribu se decidieron a celebrarlas entonces con una relativa inseguridad; hacía mucho tiempo que no se habían celebrado, y ninguno de los jóvenes se sentía bastante seguro ante aquel complicado ceremonial. A pesar de estos inconvenientes y de otras dificultades, se realizaron al fin y transcurrieron bajo la acertada dirección del viejo Masémekens, entre la divertida alegría de todos los que participaron en ella; para mí supuso un incalculable conocimiento científico. Mientras tanto el corto verano había llegado a su fin. Los confiados Yámanas se despidieron de nosotros y se marcharon en sus pequeños botes en todas direcciones. Con dicha ceremonia resultaba terminada propiamente nuestra labor.

Mientras tanto había pedido que un buque de la marina chilena nos recogiera en Punta Remolino. Cuando me ocupaba de arreglar mi equipaje apareció, ante la sorpresa. de todos, el viejo Tenenésk con sus conocidos hombres Selk’nam; iba camino de Ushuaia. Con mucha alegría saludé a todos. Decidieron descansar dos días y se alojaron en los alrededores de los almacenes de la hacienda. Nuestra cordial y casi ininterrumpida conversación terminó con la invitación que me hizo para que asistiera durante unas semanas en el Lago Fagnano a los «Klokéten», las muy secretas ceremonias reservadas a los hombres. Su ofrecimiento me pareció magnífico, pues no le había sido posible hasta entonces a ningún europeo ver y describir esta particular ceremonia desde su principio hasta el fin. Desgraciadamente no estaba preparado para pasar los meses del crudo invierno en la nevada Tierra del Fuego. Por ello aseguré al pequeño grupo de Selk’nam, dirigido por Tenenésk, que volvería al año siguiente, y les ofrecí tomar parte en sus «Klokéten». Podía hacerlo porque había presenciado la parecida ceremonia de los Yámanas, denominada «Kina».

Cuando todavía estaba en la Isla Navarino tuve la enorme suerte de que dos mujeres de la tribu de los Alacalufes huyeran de la parte noroeste del Estrecho de Magallanes hacia Punta Remolino. Me facilitaron una valiosa información sobre la distribución local y sobre cuáles eran los lugares preferidos de acantonamiento de sus paisanos de tribu. Basado en dichos informes preparé mis planes para el próximo viaje. No menos valioso fue que me iniciaron en su idioma, hasta entonces casi totalmente desconocido para mí.

El minador de la Marina de guerra chilena Orompello atracó el 7 de abril, como estaba convenido, en Puerto Remolino; nos recogió y llevó después a través del encantador mundo de glaciares del brazo noroccidental del Canal de Beagle, a Punta Arenas. Pronto se presento allí una oportunidad para regresar a Santiago.

De nuevo en la patria, me ocupé en clasificar el gran número de notas que había recogido en mi viaje de aquel año a la Tierra del Fuego y, sobre todo, en comprobar las inevitables lagunas que habían en mis observaciones, las cuales debían de rellenarse en la primera ocasión. ¡No se me haga reproche alguno sobre si me había alargado mucho en mi labor! Quien conoce lo que supone prácticamente la investigación de los pueblos salvajes, sabrá apreciar debidamente con cuántas dificultades se tiene que luchar en la observación de una tribu nómada; y éstas son mayores si la tribu se compone sólo de unas decenas de familias, que se pierden en los inabordables riachuelos. El verdadero investigador comprende instintivamente que todas sus informaciones son inseguras cuando se contenta con preguntar y observar sólo a esta o aquella familia o persona. Los individuos aislados nunca son capaces de transmitir todo el sentido de las características de su tribu. Para un investigador serio no queda otro remedio que estar siempre presentando y comprobando, controlando y comparando lo que ha visto u oído. Sólo quien no se cansa de hacerlo entre la mayoría de individuos de diferentes edades, en variadas circunstancias y bajo nuevas condiciones externas, puede llegar a resultados positivos. Precisamente este mi método de trabajo, motivaba aquellos reiterados viajes a la Tierra del Fuego.

En mis tres visitas a la Tierra del Fuego había acumulado mucho material sobre los bienes espirituales de los Yámanas, con lo cual estaban aseguradas todas las partes esenciales de la economía, de las instituciones sociales y de la vida espiritual de esta tribu. Sin embargo, quedaban algunas pequeñas lagunas que llenar. Se podían descubrir de año en año nuevas circunstancias accesorias que completarían y ampliarían la visión general. Pendiente de dichos detalles accesorios, de los que podía prescindir con toda razón, me quedaba por investigar una importante ceremonia, que influía en la mentalidad de toda la tribu: la «Loima-yekamusch», que puede designarse breve y acertadamente como «Escuela de hechiceros». A pesar de mis tres visitas a los Selk’nam había tenido que dejar sin evacuar una gran cantidad de consultas; tenía la esperanza de que la próxima vez podía presenciar sus ceremonias secretas y calculaba, por mis experiencias del Canal de Beagle, que estos indios conservan un rico tesoro de mitos. Estaba obligado, además, a realizar la investigación completa de los Alacalufes, sobre los que no había obtenido hasta ahora nada más que algunos datos fragmentarios. Solamente tenía alguna seguridad acerca de su especial distribución geográfica la región insular de la Patagonia occidental y sobre algunos escasos lugares donde se reunían preferentemente algunas familias aisladas de los mismos. Para un nuevo viaje que completara debidamente todos mis datos anteriores sobre la cultura de las tres tribus fueguinas, no faltaban materias que examinar.

Esta vez hice mis preparativos para estar un año entero en la Tierra del Fuego. De acuerdo con la comisión oficial que para este viaje se había decretado por el Ministerio de Instrucción, me concedió el Sr. Director del Museo, Dr. A. Oyarzún, la debida licencia en el servicio del mismo. En primer lugar, quería detenerme más tiempo entre los Yámanas, que durante los meses de enero y febrero, se reunirían en gran número en la hacienda Punta Remolino. Al comenzar las fuertes nevadas era el momento más propicio para subir desde el Canal de Beagle a la montaña en dirección norte; en los largos meses de invierno podría tomar parte en las ceremonias secretas de los Selk’nam. En primavera o principios de verano tenia que intentar, al fin, ponerme en estrecho contacto con los Alacalufes en los canales de la Patagonia occidental. En realidad llevé a cabo, mi cuarto y último viaje a la Tierra del Fuego, de acuerdo en todo con lo que me propuse.

En diciembre de 1922, abandoné Santiago y embarqué en Puerto Montt. En el viaje hacia el sur se nos acercaron remando, a la altura de Puerto Bueno, dos canoas de los Alacalufes. Me resultó difícil pasar de largo ante estos hombres, cuya investigación racial constituía una parte importante en mi plan de trabajo de aquel año. Gracias a la siempre cordial acogida de las autoridades de Punta Arenas, pude utilizar en la continuación de mi viaje a Ushuaia el lujoso buque Cap Polonio, que acababa de entrar en dicho puerto y que tenía una capacidad de quinientos pasajeros. En el fondeadero de ésta, la más meridional ciudad de la tierra, pasé directamente de la majestuosa y maravillosa construcción de la más moderna técnica marítima a una modesta barquichuela de una conocida familia Yámana, que accidentalmente se encontraba allí. Hasta lo más íntimo de mi ser sentí el enorme contraste que existía entre ambos. Para vencer la enorme distancia cultural entre la miserable almadía y el moderno buque de lujo se requería tener presente una interminable serie de ideas en cuanto a la evolución de la humanidad.

Apenas había entrado en Punta Remolino cuando va se había extendido la noticia como reguero de pólvora por todo el archipiélago del Cabo de Hornos. Rápidamente, a las dos semanas escasas, se concentraron unas cincuenta personas Yámanas en Puerto Mejillones, en la orilla norte de la Isla Navarino, frente a Punta Remolino. Es verdad que habían venido con mucho gusto, más por afecto y amistad hacia mí que para pedirme obsequios o intereses personales. Nos comprendimos muy bien y supimos apreciarnos mutuamente. Sólo seis individuos que, al servicio de los cazadores de focas europeos estaban recorriendo las Islas Wollaston en busca de nutrias, dejaron de agregarse a nuestro grupo. Casi la totalidad de los Yámanas vivos que, incluidos algunos mestizos, no llegaban a sesenta, se hallaban reunidos en torno a mi persona. Un resto lamentable de una tribu que contaba con más de 2.500. Inmediatamente nos dispusimos a celebrar la ceremonia de la «Escuela de hechiceros». Acto seguido tuvieron lugar unas exequias corrientes en esta tribu, que me sirvieron de medio para poder examinar su sentimiento religioso y sus creencias. Después de algunas observaciones complementarias, suspendí definitivamente la investigación de los Yámanas. Mis mejores esperanzas habían quedado más que superadas por la importante riqueza de sus muchos tesoros de cultura. Con sentimientos del más sincero afecto me despedí para siempre de aquellos cariñosos hombres; sabía que no volveríamos a vernos más en la vida. Toda su riqueza espiritual y todos sus múltiples valores morales me los habían entregado muy gustosamente. Les deberé gratitud durante toda mi vida.

Ahora tenía que darme prisa. En mis dos meses de permanencia en la Isla Navarino había avanzado mucho el otoño y en las alturas existía ya abundante nieve; de un día a otro podría resultar imposible franquear la montaña. Por ello pude dedicarme a descansar sólo unos días para preparar mi viaje en la acogedora casa Lawrence. De allí seguí de nuevo al este, por la misma vía, esto es, a caballo por Puerto Brown a Harberton, en la orilla norte del Canal de Beagle; después con dirección norte por la montaña. A una altura de unos 300 metros aparecía la tierra cubierta por una brillante capa de hielo; con mucho trabajo y lentitud, tirando de las riendas de los caballos, pude avanzar con mi acompañante indio. Al día siguiente, antes de que llegara la noche, me encontraba de nuevo entre los Selk’nam de Lago Fagnano, que habían trasladado su acantonamiento mucho más al este. Allí existía una buena protección contra el viento sur y las nevadas.

De nuevo fui recibido como un amigo más. Aunque algunos hombres me ofrecieron prudentemente sus cabañas para que me refugiase, me decidí esta vez también por la del influyente y celoso Tenenésk. Con otra distinta conducta habría conseguido enfadar a este ambicioso viejo y probablemente convertido en irrealidad mis trabajos; además, me había ofrecido su valiosa experiencia, por lo cual tenía que estar atentamente cerca de él. A los pocos días me propuso amablemente que instalase una cabaña propia a los pocos pasos de la suya, en la que tomé, como acompañante y auxiliar, a su sobrino Tóin, de unos veintiocho años de edad. Rápidamente se construyó mi vivienda con arreglo al sistema indio y mi vida primitiva siguió adelante; ahora me encontraba independiente y menos incómodo. De nuevo me acostumbré lo más posible a la manera de vivir de aquella gente; fui complaciente en todo, y les atendí espléndidamente con regalos y medicinas. Sin embargo tuve que vencer una gran resistencia para que accedieran a que participase en sus «Klóketen». Esta larga ceremonia me proporcionó igualmente el conocimiento de otro tesoro, de su vida espiritual que acabó en una representación especial efectuada por los hechiceros llamada «Pescháre». Por último, con mi participación en aquellas dos ceremonias, pude conseguir captar toda la cultura de los Selk’nam.

La vida miserable y prolongada en un invierno de tanta nieve, unido al esfuerzo continuo de mi trabajo de investigación, bajo las más difíciles condiciones, debilitaron mi salud. Contra mi voluntad abandoné a los Selk’nam del Lago Fagnano, atravesé con peligro de muerte la montaña y alcancé casi sin fuerzas Punta Remolino, siempre acompañado de mis fieles amigos los indios Tóin y Hótech. Mi despedida de los dos fue igual a la de toda la tribu Selk’nam: tampoco volvería a ver más a ningún Yámana. Mis trabajos en la parte meridional de la Tierra del Fuego habían terminado.

La exploración de los Alacalufes constituía entonces mi última labor. De Punta Arenas me trajo un buque explorador de la Marina de guerra chilena, en dirección norte del Estrecho de Magallanes, al Canal de Smith. En Puerto Muñoz Gamero logré el primer contacto con los indígenas allí establecidos. El trabajo entre ellos era incomparablemente más difícil; por una parte, por el horrible temporal de lluvias y nieblas permanentes; por otra, por la depravación moral y enfermedades infecciosas que estaban aquejados la mayoría de los adultos a consecuencia de la acción, durante varias docenas de años, de una partida de europeos que hicieron de las suyas en aquel laberinto de islas. En la segunda mitad del año 1923, y al principio del siguiente me quedé entre ellos, porque todas mis observaciones, a pesar de las muchas dificultades, se desarrollaban felizmente y mi modo de trabajar ya descrito demostró su eficacia entre ellos. Conseguí atesorar la rica cultura que poseían estos indios. Pude conocer su especial actividad económica y participar en sus ritos de iniciación a la pubertad y en las ceremonias reservadas a los hombres, de cuya existencia no tenía la menor idea ningún europeo. Los valores espirituales de esta tribu se encontraban ya en una avanzada decadencia. Semejante hecho, tan lamentable, lo motivaba el estrecho contacto del salvaje puro e incontaminado con el auténtico deshecho de la civilización europea.

Faltaban, pues, a los mayores de esta tribu, el fiel recuerdo en la historia de los mitos y leyendas de su pueblo. De todos modos realicé también entre los Alacalufes muy importantes descubrimientos etnológicos y llegué a la conclusión de que toda su cultura se parecía esencialmente a la de la tribu Yámana.

Le ahorraré al lector y a mí mismo describir las casi insoportables condiciones de forma de vivir en el lluvioso laberinto de islas de la Patagonia occidental. ¡Muy abundante en sacrificios de todas clases es la vida de investigador! Mencionaré tan sólo que en el viaje en canoa a la región de Última Esperanza soporté una peligrosísima tempestad de la que puede decirse que me salvé por verdadero milagro. Completamente agotado, sin ropas, y lleno de miseria recibí una cordial acogida en la hospitalaria casa del Dr. Germán Eberhard donde me fui tornando poco a poco en hombre civilizado. Los catorce meses de estrecha convivencia con los primitivos fueguinos me habían casi desfigurado como tal. Después de una breve estancia con los Tehueltche, en la vertiente oriental de la cordillera, provincia argentina de Santa Cruz, regresé en abril de 1924 a Santiago de Chile.

Un resumen abreviado de los resultados de la investigación realizada en los cuatro viajes lo describen las páginas siguientes. Los lectores comprenderán fácilmente que aproveché la última oportunidad de emprender la investigación de los indios de la Tierra del Fuego, tan significativa para la historia de la civilización humana y que la llevé a cabo en toda su integridad. En el espacio de tiempo transcurrido entre diciembre de 1918 y abril de 1924, en el cual se desarrollaron los cuatro viajes, fue disminuyendo progresivamente ante mi propia vista el número de sus supervivientes. Un censo verdadero en el año 1919 arrojaba la lamentable cifra de sólo unos 279 Selk’nam auténticos, descontando unos quince mestizos. Cuando en el verano de 1923 me detuve entre los Alacalufes, una epidemia de gripe hizo desaparecer casi por completo a todos los Selk’nam adultos del grupo de Lago Fagnano. Con no menos violencia atacó la epidemia en otros lugares de la Isla Grande, muriendo Alacalufes de todas las edades. Aunque la disminución de la población absoluta dificultaba el trabajo de investigación, sin embargo era mucho más perjudicial para dicho trabajo la circunstancia de que muchos viejos con experiencia e influyentes personalidades habían caído como víctimas propiciatorias al ángel exterminador. Los Alacalufes habían perdido ya, como antes se ha dicho, toda su rica mitología. A mediados de 1923 dirigió Tenenésk por última vez en el Lago Fagnano las ceremonias reservadas a los hombres; al cabo de medio año después desapareció de este mundo y con él esta primitiva costumbre, pues los jóvenes supervivientes ya no dominan el complicado ceremonial. Mi primera asistencia a los «Klóketen» era, a su vez, la última celebración de las mismas para toda la tribu Selk’nam. Algo parecido ocurrió entre los Yámanas. Sólo el viejo Masémekens sabía todavía dirigir el complicado ceremonial de las Kina (ceremonias reservadas a los hombres) y las Yamalasemoina (escuela de hechiceros); desde que murió, no se han podido celebrar más estas ceremonias. También la buena Nelly Lawrence dijo adiós a este mundo a los tres años de haberme despedido de ella.

En efecto, a última hora emprendí la investigación de los restos de las tres tribus fueguinas, llevándola a feliz término bajo inmejorables condiciones de trabajo, y pude asegurar así la remota cultura de los primitivos fueguinos.




ArribaAbajoCapítulo VIII

La jornada de los cazadores nómadas


Quien quiera conocer los pueblos salvajes, lo mejor que hace es situarse sin prejuicio alguno dentro de su propio ambiente. Su persona no debe constituir un cuerpo extraño entre ellos, pues de otra forma no se desarrolla tranquilamente su complicada actividad económica en toda su primitiva originalidad. No es propio de un observador imparcial burlarse de unas costumbres e instituciones cuyo sentido, y significación no comprende al primer golpe de vista. Si se toma la molestia de investigar detenidamente toda particularidad que le sea extraña o que no le convenza, entonces descubrirá en ella una sorprendente finalidad, que pone de manifiesto una madura experiencia y la aguda labor observadora de los indígenas.

En el extremo más meridional del espacio vital del género humano, la Isla Grande de la Tierra del Fuego constituyó la patria de los Selk’nam. Ya sabemos por los capítulos anteriores sus medios de vida; bajo un cielo desapacible y un tiempo insoportable, la tierra se niega a proporcionar una cosecha que merezca ese nombre. Como ejemplo de los mamíferos, sólo algunas reducidas especies se orientan buscando su comida en tan escasas condiciones de alimentación. De acuerdo con ellas, tiene también el hombre que ha sido empujado hasta allí que reducir sus aspiraciones vitales, al grado más ínfimo para encontrarse al menos satisfecho de la existencia. En realidad, se ha acostumbrado nuestra tribu a su inhóspita y pobre patria y ha adaptado maravillosamente a ella sus instituciones externas, en el sentido de su más amplia significación. De ello surge un feliz intercambio entre ésta y el hombre. A base de ella organiza su felicidad, pues su patria le ofrece la satisfacción de todos sus deseos en tal medida, que no desea cambiarla por otro lugar de la tierra. ¡Los fueguinos se sienten completamente felices en su pobre mundo ambiente! No consideran en manera alguna como un defecto carecer de aquellos objetos usuales y de aquellas necesidades que nosotros, los europeos, consideramos como indispensables. Quien examina su posesión en bienes materiales, comprueba al cabo de muchas meditaciones y de extensas comparaciones su extraordinaria y eficiente capacidad intelectual, pues merced a su agudo ingenio ha hecho las cosas más útiles con el más ridículo material. En especial, las armas y los utensilios de los Selk’nam nos obligan a la siguiente valoración de su aptitud para el trabajo: ¡Nuestros indios eligen y trabajan el material de que disponen con tanta utilidad que con el gasto del más mínimo esfuerzo consiguen el mayor éxito! Semejante efecto recíproco entre hombres y naturaleza, puedo definirlo como de «Optimum adaptationis».

Para los pueblos salvajes, la clase de economía depende forzosamente del espacio vital que poseen. Esto se aplica con mayor razón para el nomadismo cazador de nuestros Selk’nam. Un crítico extraño tendrá que admitir, al cabo de madura reflexión, lo siguiente: en la Tierra del Fuego sólo y exclusivamente la caza inferior es la que hace posible a duras penas la existencia de las vagabundas familias aisladas. Para la cría del ganado, y tanto más para el cultivo de jardín o de arado, a la manera de otros pueblos salvajes, faltan las necesarias condiciones naturales. El interior de la Isla Grande de la Tierra del Fuego alberga como animales de caza aprovechables al cururo en el norte y al guanaco en el sur. Para el sostenimiento de los indios apenas entran en consideración las diferentes especies de aves que se encuentran en los pantanos y en sus prolongadas costas, y las materias alimenticias a base de plantas, faltan completamente. Guanacos y cururos determinan, por lo tanto, la característica directriz de la economía fueguina. La caza y el aprovechamiento de estos animales absorbe la vida de los Selk’nam y asegura la existencia de todos y cada uno en particular.

El constante deambular para cazar libremente no permite ningún asentamiento fijo. El vestido y enseres, las armas y utensilios se adaptan, lo más posible, a las exigencias de esta continua cacería; con una posesión material, increíblemente escasa, encuentran todo lo suficiente. En la preparación de la materia prima, y en la confección de sus objetos usuales, cada uno depende de sí mismo, pues no existe actividad industrial organizada. Cada Selk’nam es verdaderamente artífice de su propia fortuna. Los miembros de la familia, más exactamente: hombre, mujer e hijos, constituyen en el sostenimiento de la casa una cerrada comunidad de trabajo, que existe y labora con independencia de las demás. No hay diferencias de clases bajo el punto de vista del trabajo, ni bajo otras consideraciones, así como tampoco se encuentran sometidos los miembros de la tribu a una autoridad superior común. Con estas pocas frases se han dado a conocer los rasgos fundamentales de la forma de vivir de nuestros indios Selk’nam en la Isla Grande de la Tierra del Fuego, los cuales, tanto en su economía como en su organización social, presentan el más perfecto ejemplo de cazadores inferiores nómadas. A continuación se tratará con más detalles sus particularidades más importantes.

Como en bienes materiales, los Selk’nam revelan la más grande pobreza y modestia en todas las instalaciones para su bienestar corporal: más sencilla no podía ser su forma de vivir. Una larga permanencia en el mismo lugar está vedada a aquellas gentes, y mucho, menos podrían reunirse varias familias en un acantonamiento fijo, a la manera de una aldea, ya que el trabajo de la búsqueda de los medios de subsistencia obliga a cada familia aislada a moverse continuamente de un lugar a otro. Nunca puede descansar en esta labor, pues de lo contrario se verían amenazados por el espectro del hambre. Para sus batidas tiene que disponer el cazador de una dilatada extensión. Los guanacos al pastar, cambian constantemente de lugar. Si se encuentra el indio con una manada y da caza a una determinada pieza, entonces se dispersan asustadas las demás. Cuando están a mucha distancia, se vuelven a juntar o se agrupan a otra manada extraña. Donde la pieza apresada ha encontrado la muerte o cerca de ella, acude toda la familia del victorioso cazador y se quedan allí el tiempo que dura el acopio de carne. Enseguida procura el hombre probar su fortuna de cazador en otra parte, siguiendo las huellas de los guanacos. Es indudable que esta cacería libre e irregular obliga a cada una de las familias en particular a perseguir continuamente sus piezas de caza, instalándose aquí o allá y siempre por pocos días. Es imposible que puedan juntarse muchas familias durante un largo período de tiempo o permanentemente, pues los animales de caza se distribuyen muy caprichosamente, y nunca son suficientes para mantener a un elevado número de cazadores sedentarios. Ni el guanaco, que vive en rebaños, ni el cururo se dejan domesticar. El clima húmedo no permite que la carne se conserve ahumándola ni por otro procedimiento; por ello, es imposible la cría de ganado y el acopio de subsistencias.

Necesariamente se tiene que adaptar la vivienda y la construcción de sus cabañas, al errante desplazamiento de algunas de las familias. No hay tiempo para establecer una casa fija o una cabaña duradera, así como los necesarios utensilios para ello. La vivienda india está construida e instalada lo más rápida y ligeramente posible. ¿Para qué gastar tantos esfuerzos en lo que sirve a la familia sólo una noche o por pocos días? De dos formas construyen su morada los Salk’nam. En la mitad norte de la Isla Grande, abierta y desmantelada, se contentan con un refugio contra el viento a modo de una pared. Unos seis a diez puntales se disponen en un círculo de dos tercios de base, clavados en el suelo con ligera inclinación de unos a otros; por encima se cubren con un trozo de piel de 4,70 metros de largo y 2,80 metros de ancho, sujetando la punta de los listones con tiras de piel. Este refugio, de forma de concha, muestra suficiente estabilidad; su entrada es paralela a la dirección del viento, por lo cual sólo en los casos de extraordinaria violencia derriba su armazón. El principal objeto de ese refugio es preservar de la violencia del viento.

En el sur ofrece el extenso bosque unos gruesos palos para la construcción de una auténtica cabaña de forma cónica, que protege suficientemente contra las tormentas y granizos, la lluvia y la nieve, sobre todo cuando se instala al pie del bosque o en sitios abrigados de las rocas. Hombre y mujer colaboran en su construcción. Él derriba gruesos troncos y los arrastra consigo; ella se cuida de buscar varitas que pone entre ellos para después tapar las grietas con montones de musgos o de líquenes. Los niños mayores colaboran también según sus fuerzas. Sobre este armazón se extiende asimismo una cubierta de piel, previamente escogida; por fuera de la cabaña, y a su alrededor, se colocan unos montones de césped o de tierra, a una altura de algunos decímetros, para impedir la entrada del aire frío y húmedo por la parte baja. La planta ofrece un círculo perfecto, la altura interior de la punta del cono alcanza unos 2 metros y el diámetro del suelo oscila entre 2 y 4 metros, según el número de miembros de familia o de visitantes. En principio se destina cada cabaña para una sola familia. Como entrada, que siempre es estrecha, se deja un hueco libre entre dos palos; por fuera se cubre con un trozo de piel que, sujeto sólo por su parte superior, se puede pasar fácilmente por sus lados. El espacio llano del interior lo ocupa el fuego, que continuamente se mantiene encendido; el humo sale ascendiendo perpendicularmente por el vértice del armazón cónico.

En la parte interior de la cabaña alrededor del fuego y lindando con él, se extiende una gran cantidad de ramas, hojas de haya y líquenes, y encima algunos pequeños trozos de piel. Cada miembro de la familia tiene asignado su sitio para dormir, pasando acurrucado encima de él muchas horas del día. Para el sueño nocturno extienden todos su pelliza, y quien quiere tener su cabeza un poco más alta, coloca un tronco de madera del tamaño que desee. En la parte interior del cobertizo de la cabaña, se cuelgan cestas y bolsas de cuero, toda clase de objetos usuales y armas, pieles y trozos de carne; entre los palos del armazón se guardan toda clase de menudencias. Todo lo que existe de enseres y confort en el mundo, falta por completo en la Tierra del Fuego; los Selk’nam no emplean ni un tarugo de madera para sentarse. Esta cabaña cónica de la gente del sur posee la suficiente estabilidad, careciendo de ella la de la gente del norte por no tener a su alcance el grueso tronco de haya.

Ni la lluvia y nieve, ni el penetrante viento molesta sensiblemente a los indios, pudiendo prescindir sin gran molestia de todo abrigo mientras arde lentamente el fuego en su cabaña, que nunca se apaga. Durante el día pasa la mayoría de sus horas yendo de acá para allá, manteniéndose en continuo movimiento por cualquier causa; ahora bien, las frías noches lo empujan naturalmente al fuego bienhechor. Como los Selk’nam carecen de abrigo, no pueden prescindir del fuego de la cabaña y por ello le dedican una especial atención. ¡La cabaña y el guardavientos del grupo indígena del norte no significan mucho en su pobreza!

Al mudarse de lugar extiende la mujer en el suelo la ancha piel que cubre la cabaña, la enrolla, y hace un fardo con los palos. Este equipaje lo arrastra hasta un sitio próximo y apropiado, donde se levanta rápidamente y con toda facilidad un nuevo alojamiento. Semejante brevedad de construcción de su morada, en forma cónica o de guardavientos, proporciona a las familias Selk’nam la necesaria movilidad para elegir el sitio más adecuado para su actividad económica. Si se encuentran varias familias en su deambular, colocan las cabañas muy próximas unas a otras, y cada cual mantiene su propio fuego; están muy poco tiempo juntas, porque cada una aspira a la más completa independencia de la otra. A quien no le agrada un lugar, coge en breves momentos su insignificante ajuar y se marcha de allí. Antiguamente era corriente que estuviesen andando durante todo el día cada una de las familias Selk’nam. En las noches claras y tranquilas se ahorran la pequeña molestia de instalar la cabaña o el guardavientos; bajo la bóveda celeste o bajo el techo de hojas de las hayas antárticas se enciende una hoguera y cada cual espera durmiendo a que amanezca, envuelto en su manta de piel y tendido en el suelo.

El aprovisionamiento de la leña corresponde a grandes y pequeños; a los del sur se les presenta en cantidad, los del norte tienen que contentarse con leña menuda y pequeños matorrales. Como puede comprobarse, los Selk’nam han conseguido siempre hacer el fuego golpeando un pedazo de pedernal contra un trozo de pirita del tamaño de una nuez; como mecha para las chispas que saltan se emplea en el norte un bejín muy abundante (esto es, una especie de hongo pequeño) y en el sur un manojo de plumas finas. Todo adulto lleva consigo este encendedor y preservado de la humedad, en una bolsita de cuero que, colgada de un cordón alrededor de las caderas, se encuentra pegada a la piel de su cuerpo. Pero como conseguir así el fuego es algo complicado, se busca más bien una astilla ardiendo entre las familias vecinas de la cercanía para encender el fuego. Éste sirve también a los indígenas como medio auxiliar para la confección de diversos objetos usuales, por ejemplo, para enderezar las astas de las flechas y les suple la falta de iluminación en la cabaña.

Ya por los primeros descubridores fueron vistos los Selk’nam con una piel de guanaco que les cubría todo su cuerpo y que caía suelta sobre él. Esta especial prenda de vestir diferencia grandemente a nuestra tribu de todas las demás. La han conservado sin variar hasta nuestros días, prueba evidente de su utilidad práctica. Dicha capa de piel, que se ajusta muy poco al cuerpo y que permite fácilmente la entrada de aire por su parte baja, no puede definirse como un vestido en el verdadero sentido de la palabra, sino más bien como un abrigo sencillo para poderse defender del enorme frío y del viento; y en esto consiste su principal finalidad. El indio no sujeta en forma alguna este trozo de piel, que muestra una irregular forma rectangular; solamente junta sus dos puntas o bordes superiores con la mano izquierda sobre su pecho, quedando sin cubrir corrientemente el hombro derecho. Cuando el viento sopla muy fuerte, se aprieta firmemente la capa, vuelve las espaldas a la dirección del viento y baja la cabeza; si reina calma, la deja caer al suelo. Como esta prenda, se abre y quita con facilidad, su portador puede en todo momento, y a discreción, exponer una u otra parte desnuda de su cuerpo a la acción del fuego bienhechor que irradia dentro de sus cabañas. Si los hombres se ven sorprendidos en la cacería por fuertes lluvias, doblan sus pieles y se sientan sobre ellas, una vez que han encendido una gran hoguera; temblando de frío se ponen en cuclillas a su alrededor y se secan las gotas de lluvia que caen sobre su piel sin sentir así frío. Si estuvieran muy abrigados con trajes europeos, no produciría todo su efecto calorífero el fuego del hogar, experimentarían una fuerte sensación de frío y sus vestidos tendrían humedad.

De manera muy práctica vuelve el indio la parte de lana hacia afuera. Dicha espesa capa de lana vuelta hacia dentro se ensuciaría rápidamente, originaría una irregular calefacción del cuerpo y otros muchos inconvenientes. Ante la extraña impresión de que todos los Selk’nam llevan hacia afuera la parte lanuda de sus capas, yo la volví hacia dentro y la coloqué sobre mis vestidos. Le indiqué en cierta ocasión a un grupo de hombres que censuraban mi proceder:

-¡Los europeos llevamos corrientemente las pieles con la parte de la lana hacia dentro!

Entonces soltaron una carcajada y me dijeron para justificar su manera de proceder:

-Fíjate en el guanaco: También lleva en su vestido la lana hacia afuera. Sabe muy bien lo que debe ser.

Si dura mucho el rigor del frío, acuden los Selk’man a un remedio de mucha mayor eficacia: mezclan arcilla carbonizada con grasa de guanaco, y extienden la mezcla como gruesa capa por todo su cuerpo. Ésta es su verdadera protección contra el frío, no la manta de piel. Por razones de pudor llevan todas las personas mayores y las muchachas, un taparrabos triangular de cuero, del mismo largo, aunque un poco más ancho, que una robusta mano de hombre. Durante el invierno se cubren sus pies con cintas de piel, a manera de sandalias: la parte de lana aplicada hacia el exterior proporciona al pie un paso seguro sobre la nieve. Como adorno llevan los hombres en sus correrías y en la caza un trozo de piel triangular atado verticalmente sobre la frente.

Las indias confeccionan su gran capa de piel con varias piezas del mismo material, cosidas con hilos de tendones. La gente del norte necesitan de unas 40 a 60 pieles del pequeño cururo para dicho abrigo. Si la mujer Selk’nam del sur quiere confeccionar una buena capa, reúne de 50 a 60 trozos de piel, extraídos de las patas de guanacos muertos, uniéndolas con costuras muy fuertes: se trata de un trabajo penoso que dura mucho tiempo. Todas las piezas referidas: la gran manta de piel, taparrabos, adorno y sandalias se encuentran embadurnadas casi siempre en su parte interior con una mezcla de arcilla carbonizada y grasa de guanaco; de esta forma se las defiende contra una rápida putrefacción.

Toda clase de piel, sea de guanaco o de cururo, se tiende primero al aire para que se seque, colocándolas tirantes en un enrejado de bastones y junquillos. Pasados algunos días, las indias las quitan de este bastidor, limpian las pieles por su parte interior de todo resto de grasa o tejido muscular y zurra con sus fuertes puños toda la pieza con lo que se hace algo más flexible. Con arreglo al mismo procedimiento que nuestros hombres primitivos en la Tierra del Fuego, trabajaron hace ya miles de años los hombres de la Edad de Piedra en Europa las pieles de animales, convirtiéndolas en útiles para el hombre.

Nos sorprende la increíble escasez de abrigo corporal con la que se contentan los fueguinos en aquel su duro clima; forzosamente tienen que aprender a ser poco sensibles. Que atiendan tan poco a la limpieza general y que soporten tanta suciedad en sus cuerpos y cabañas, es dispensable, sobre todo en invierno, época en que existe una espesa capa de nieve por doquier y los arroyos y lagunas están cubiertos con una gruesa capa de hielo. ¿Cómo se buscan esta gente el agua y la calientan cuando no tienen ninguna clase de vasija? No se preocupan de la limpieza de sus cabañas porque las tienen que abandonar al día siguiente o a lo más algunos después. A pesar de que nuestros indios no carecen en absoluto del sentido de la limpieza, hay que tener en cuenta de que por la falta de los medios auxiliares necesarios, incurren en la mayor negligencia.

Felizmente existen frecuentes lluvias que los limpian de pies a cabeza. Además, cuando al cazar pasan a través del matorral, la piel de su cuerpo resulta frotada con el mismo; dicha frotación la realiza también, aunque con más suavidad y permanencia, la manta de piel suelta. Muchas personas mayores practican dicha frotación de forma muy particular: en muy escasos días se frotan de vez en cuando la cara con mucha agua procedente de algún arroyo o pantano y se secan con un manojo de musgos o líquenes. En invierno y en las mañanas frescas del verano, también yo me he considerado feliz restregándome ligeramente los ojos a la manera india, con unos copos de nieve o con las puntas de los dedos humedecidas; ¡hasta el propio europeo se siente pretensiones ante el ejemplo cotidiano de los modestos salvajes!

Nunca pierde la piel del indio un ligero brillo grasiento. De la lana del guanaco, que es muy grasienta, trasciende mucho a la piel de los Selk’nam. Por coquetería se arreglan la mayoría de los indios muy ligeramente sus cabellos. Antes no se los cortaban ni hombres ni mujeres, dejándolos caer sueltos sobre sus hombros. Ahora se los sostienen con un tendón colocado firmemente sobre la cabeza, llegando los pelos más largos, que quedan sueltos, a la altura de los hombros. Los pelos de las demás partes del cuerpo, como los de cejas, barba y axilas, se los arrancan con las uñas; lo consideran una cosa fea. La absoluta igualdad en el arreglo de sus cabelleras, unido al abundante tejido adiposo y la agradable fisonomía blanca aun entre los hombres, además de la identidad de forma de vestir de ambos sexos, hace muy difícil al visitante distinguir a primera vista, y a cierta distancia, un hombre de una mujer.

Como peine utilizan los Selk’nam el hueso de la mandíbula del delfín, del tamaño de un dedo, con sus muchos dientecillos, así como un trozo algo mayor de barba de ballena, en la que se han tallado de cinco a siete dientes muy toscos. Contra los pesadísimos piojos, no conocen remedio alguno. Sobre todo de noche, cuando reina un silencio sepulcral, se les oye rascarse casi sin interrupción.

Allí he podido comprobar lo que significa una plaga de piojos para quien se ve sin defensa contra ellos. Sin embargo, hay que consolarse: ¡La Tierra del Fuego es demasiado fría para las chinches y las pulgas, el arador de la sarna y los mosquitos, y por eso no existen allí; hay que entendérselas únicamente con los piojos!

Para su arreglo corporal emplean los Selk’nam, como sus dos vecinos de tribu, los colores negro, blanco y rojo. La madera carbonizada es triturada y el polvo se mezcla con una grasa fluida, que han desleído previamente en una concha colocada al fuego. El barro amarillo-grasiento se enrojece al fuego y después se pulveriza, produciendo un color rojo ladrillo, muy apreciado, que se extiende seco por todo el cuerpo o sólo por la cara.

Una creta fina, procedente del noroeste y que se consigue fácilmente, sirve para obtener el blanco más bello. Saliéndose de los dientes raspan un trozo de ella del tamaño de una naranja; el polvo se mastica en la boca, mezclándolo con la saliva y lo que resulta de la mezcla se arroja directamente sobre los lugares de la piel que se quieren adornar por medio de los labios que se tienen muy cerrados. Otras veces se escupe sobre una paleta, de donde se coge después con un palito, como hacen los pintores. Por puro placer de adornarse se pasan nuestros fueguinos todo el día pintándose. Lo más frecuente es que se pinten una raya roja, del ancho de un dedo y que va desde las narices a las orejas; asimismo es corriente que se pinten una serie de rayitas blancas y estrechas en las dos mejillas. Esta última pintura da a entender que el que la lleva está de buen humor y contento. Además existen pinturas determinadas para indicar funerales, bodas, el cargo de hechicero o los llamados espíritus del Klóketen.

No faltan objetos de adorno aunque su surtido no sea muy abundante. Las indias prefieren los collares. Con una aguja de hueso se enhebran muchos trocitos de hueso de aves, procurando el mayor número y los más pequeños para hacer más valiosa la pieza, ya que amolar las toscas piedras para darle un redondez uniforme dura muchísimo tiempo. Otra clase de objeto es el cordón trenzado con tres o cuatro hilos aislados de muchos metros de largo y reunidos en círculos del mismo diámetro; también se le aplica frecuentemente un color rojo mezclado con grasa. En la edad madura los jóvenes de ambos sexos estimulan sus encantos con tatuajes; una varita del grosor de un lápiz, cortada del arbusto Chiliotrichun se coloca ardiendo en la parte interna del antebrazo izquierdo directamente sobre la piel; poco después aparecen las deseadas cicatrices de unos 8 mm. de diámetro. Al mismo prurito de belleza contribuye entre los jóvenes un pequeño tatuaje a rayas en la parte inferior externa de ambos antebrazos. Prescindiendo de las dos últimamente referidas formas de tatuajes, relativamente suaves, no conocen los Selk’nam ninguna otra clase de mutilación corporal; pendientes, anillos, piedras preciosas y trofeos son desconocidos en el amplio sentido de la palabra. Tan sencillo como su abrigo corporal son sus modestos objetos de adornos.

Sólo la caza libre hace posible la existencia a nuestros indios en la Isla Grande de la Tierra del Fuego. Como la flora no les puede ofrecer absolutamente nada, viven exclusivamente dependiendo de sus animales de caza. Por lo tanto, la alimentación es lo más sencilla posible: se asa al fuego de la cabaña la carne del guanaco o cururo, sin la menor preparación.

Con la costumbre más natural, siguiendo el ejemplo de sus padres desde tiempo inmemorial, los indios dan muerte a su presa sin que se pueda hablar de un perfecto y auténtico método de caza. En el sur salen de caza los Selk’nam buscando el guanaco que vive libremente. Conocen a la perfección su forma de vivir, y ello les facilita extraordinariamente su labor. Vive frecuentemente en manadas, se descubre a sí mismo por relinchos y se presenta cándidamente, impulsado por su natural curiosidad; los cazadores y los perros le siguen perfectamente la pista, valiéndose de sus grandes pisadas en el suelo de los bosques o del terreno.

Corrientemente el Selk’nam sale de caza solamente acompañado de los perros. Si éstos descubren una pista, corren enseguida tras ella y sitúan al guanaco valiéndose de fuertes ladridos: el cazador se acerca corriendo y dispara la flecha, desde una distancia de unos 20 a 30 metros, sobre el cuello del animal. Los perros, ladrando rabiosamente, acorralan al animal herido hasta que, abatido, muere. Enseguida el cazador, satisfecho con su pieza, la empieza a destripar inmediatamente y la lleva arrastrando, hasta su familia que le ha seguido en la dirección convenida y ha instalado mientras tanto una cabaña. En posesión de carne fresca se disfruta de un tranquilo descanso de varios días. A veces salen a cazar cuatro u ocho hombres, organizando entonces una montería común con la que cercan a toda una manada.

Cuando sale de caza el fueguino tiene que estar sin traba alguna. Lleva sólo el arco y el carcaj con las flechas. En el momento preciso, coge una entre sus dientes, estando siempre dispuesto a disparar. Momentos antes se ha desprendido de la manta; con su propia piel, resistente a la inclemencia del tiempo, soporta fácilmente todos los rasguños y arañazos que recibe al atravesar la maleza, así como el viento helado y la gran nevada, cuando la tiene que recorrer a toda prisa y temblando de frío. Al adorno triangular sobre la frente, denominado Kóoel le atribuyen una influencia mágica, es decir, que a su vista se quedan inmóviles los guanacos, por ello todo cazador lleva esta pieza cuando sale de caza. Todas las presas que el victorioso cazador arrastra a su cabaña, las reparte entre sus parientes y vecinos, teniendo presente también a sus amigos e invitados. Nadie sale de allí con las manos vacías, así lo exige una remota costumbre de la tribu. La máxima aspiración de cada uno es ser altruista y ser considerado como tal. Cosa muy diferente constituye la caza del cururo, un roedor gris pardo (ctenomys) de vida oculta y subterránea en el espacio norte de la Isla Grande. Como este animal duerme durante el día y abandona su guarida al atardecer para buscar comida, salen los hombres y los jóvenes, al empezar el crepúsculo para poder descubrir sus escondites subterráneos. Con una vara puntiaguda de un metro de largo van tocando los boquetes del suelo hasta que dan con el verdadero nido. La capa de tierra de encima la echan a los lados hasta conseguir una débil cubierta, señalando este lugar por medio de unas varitas puestas de pie. Todas las mañanas de los días siguientes a esta operación, mientras duerme profundamente el cururo, que ha vuelto a su guarida, empuja violentamente el cazador dicha capa de tierra consiguiendo así su presa. Como antes existían muchos cururos en la parte norte de la Isla Grande, podían constituir la principal alimentación de los indígenas allí asentados. Naturalmente que daban caza también al guanaco cuando éste se presentaba.

Los Selk’nam que se encuentran en las cercanías de la costa, tropiezan a veces con una foca dormida: con un garrote cogido al azar, o con piedras, dan muerte al animal, cuya carne, de sabor de aceite de pescado, tanto les agrada al paladar y cuya tersa piel se dedica preferentemente a la confección del carcaj. En los muchos pantanos y pequeñas lagunas atrapan nuestros indios a los grasientos y pesados gansos salvajes, valiéndose de lazos hechos con barbas de ballena. En las noches muy oscuras cazan de vez en cuando cormoranes, que duermen en los huecos de las paredes de las rocas y en elevados bancos de arena. Para la pesca faltan en la Tierra del Fuego las debidas condiciones naturales. Los indígenas dependen casi exclusivamente de los guanacos y cururos. Los productos del reino vegetal no cuentan absolutamente para nada en el suministro de la casa india, pues sólo cogen al pasar algunos granos de Berberis, setas y jugosas hojas de diente de león (Taraxacum); pero ello por pura glotonería.

Especias, sal y demás condimentos son desconocidos entre los Selk’nam. El agua es su única bebida y para los niños no existe ninguna clase de leche animal. Prescindir de la sal no me costó mucho trabajo: el diario alimento a base de carne no provoca semejante necesidad fisiológica.

A esta restricción, inconcebible para los europeos, se une además la simple preparación de la carne. Faltan cacharros y vasijas de todas clases, por lo cual no existe una verdadera cocina, es decir, no hay medios para cocinar. La carne se asa, cortada en trozos del tamaño de una mano, dejándola encima del carbón vegetal o sosteniéndola con una estaca sobre las llamas. Ciertas partes de carne se cuecen sobre las cenizas. La carne cruda se cuelga de la rama de un árbol fuera de la cabaña, a la libre disposición de cada uno de los miembros de la familia. Quien siente hambre, corta el trozo que desea y lo lleva al fuego, colocándose en cuclillas a su alrededor realizando él sólo el asado o tostado de la misma. Dichos asados resultan un poco chamuscados, pues tienen adheridas muchas partículas de carbón y por dentro está bastante cruda.

El indio lo deja sobre el montón de leña menuda para que se enfríe un poco, lo coge después con las dos manos y le da grandes bocados. Si están muy calientes, se bebe enseguida un trago de agua fría o se mete unos copos de nieve en la boca. Carne cruda no comen nunca. Estos salvajes, de innata independencia, no se reúnen a comer a determinadas horas; cada cual se prepara un trozo de asado mayor o menor cuando le viene en gana.

Pero no se crea que los Selk’nam comen sólo cuando tienen hambre. Poseen un paladar muy fino y conocen sabrosos bocados que llaman extraordinariamente la atención. Indiscutiblemente, gozan nuestros indios de una enorme capacidad de resistencia en sus músculos masticadores y en su aparato digestivo. Mucho más sorprende la constante fuerza de voluntad que ejercen sobre sí mismos para, no aparecer como «glotones» ante sus congéneres y para conservar sus cuerpos en líneas. Las épocas de escasas provisiones alimenticias las pasan callados y sin quejarse; en la abundancia, llenan su vientre hasta el exceso. En realidad, necesitan comer mucho, en parte por la agotadora influencia del frío, tiempo húmedo y agitada forma de vivir y también por la exigencia de la exclusiva alimentación a base de carne. Quien los observa durante todo el día y cuenta las veces que se pone entre los dientes un nuevo trozo de asado, les atribuye un hambre canina; en período de invierno me parece que no se hartan nunca. Yo, por mi parte, seguí el mismo modo de comer de los indios. En breves palabras: la unilateral alimentación de los Selk’nam se aparta mucho de lo corriente. De todas formas, el comer solamente carne a pesar de su defectuosa preparación, ha desarrollado sus cuerpos airosos y sanos, longevos y resistentes.

Nuestros Selk’nam, como cazadores nómadas, llevan para defenderse desde tiempo inmemorial el arco y la flecha. Cada uno se los confecciona a sí mismo. El vástago del arco lo corta muy ingeniosamente de un tronco de haya de forma que tenga la necesaria elasticidad. Con cantos cortantes y con un martillo almendrado lo va arqueando poco a poco en sus dos extremos, unidos por un tendón de la pata del guanaco de unos 140 a 180 cm. de largo. La flecha puede considerarse como una pequeña obra de arte, no sólo por su confección sino también por su utilidad práctica. El largo total de la misma oscila entre los 60 y 80 cm. Para flecha se adapta magníficamente la resistente y ligera rama de la gran baya (Berberis ilicifolia). Todavía verde, se calienta al fuego y se pone completamente recta, bruñéndola después en un blando bloque de piedra arenosa y se lima con una piedra pómez. En su extremo inferior se le coloca para que vuele mejor un recorte triangular de una pluma fuerte de ganso salvaje, asegurándole en una hendidura. Para la otra punta de la flecha, algo más pequeña, se escoge un trozo de piedra de pizarra, a la cual se le han quitado sus bordes a golpes de una tosca piedra de martillo. Después se consigue su perfecta terminación con la ayuda de dos varillas de hueso del tamaño de un dedo: por medio de un blando trozo de cuero coge el hombre la piedrecilla que va a arrollar con el puño izquierdo apoyándola sobre el muslo. La mano derecha coge la varita de hueso de forma de lápiz y la pone casi vertical sobre la punta de piedra. Golpeando con la varita va haciendo saltar ranuras de forma de conchas que mientras más pequeñas resultan, más se aproximan a la perfección de la pieza trabajada. Mucho cuidado requieren las tres partes acabadas en punta, así como la pieza añadida al final. Todo el borde con su agudo filo de concha, proporciona a la punta de la flecha su extraordinaria agudeza. Desde que los indios tienen a su disposición restos de vidrio, confeccionan con ellos las puntas de sus flechas, cortando mucho más sus bordes.

El carcaj para las flechas -una bolsa plana de un metro de largo y del ancho de una mano-, lo consigue cosiendo la dura piel de las focas. Los cazadores fueguinos poseen en el lanzamiento de las flechas una asombrosa puntería; arco y flecha son sus inseparables compañeros y casi todo el día los están manejando.

Los Selk’nam se sirven de la honda, hecha de la manera ya conocida, cuando quieren cazar cururos, ocas salvajes y cormoranes. Un sencillo venablo ayuda a los habitantes costeros a atravesar en repentina percusión un pez; esta arma, de unos 150 cm. de largo, lleva por encima una punta de hueso con un diente en forma de gancho. Como cuchillo se emplea una esquirla de ágata o jaspe, extraída de un gran bloque. El punzón se asemeja a nuestras palanquetas: en un ancho cabo de madera, se corta una muesca, fijando en ella una concha pequeña y plana y se le cubren sus partes con correas de cuero. Esta herramienta sirve para cortar ramas delgadas y para los trabajos toscos del vástago del arco. El cuchillo que emplean las mujeres para cardar y limpiar las pieles y trozos de cuero es un trozo de madera, de forma cilíndrica y del tamaño de un puño, al que se le ata como hoja una esquirla de cuarzo muy cortante o un trozo de concha. Para coser necesita la lezna, que no es otra cosa que el hueso puntiagudo de la aleta de un gran pez. Toda mujer posee por lo menos una bolsa de cuero rectangular que utiliza como cubo; en otra bolsa de cuero de tamaño regular se guardan muchas cosas pequeñas y a nadie falta la bolsita para el indispensable eslabón. Una correa de unos 12 metros de larga, del diámetro de un lápiz corriente y enrollada como madeja, facilita a la mujer el arrastre de la carga, sobre todo de la leña. Toda india confecciona su cestita por medio de una sencilla técnica de trenzado; muchas de ellas se encuentran colgadas o colocadas alrededor de su cabañas. Las armas y utensilios anteriormente mencionados, unido a las prendas de vestir, constituyen todo el ajuar de los Selk’nam; la propiedad no puede concebirse más pobre ni más sencilla. Nadie se quiere cargar con cosas inútiles para no verse molestado en sus necesarias correrías. Para su casi diario deambular coge el hombre el arco y carcaj con las flechas, y se abriga con su manta de piel; la mujer se carga con todos sus pequeños utensilios y con el gran toldo de la cabaña, así como con su niño de pecho. Con andares de pato se dirigen a su objetivo.

Nosotros los europeos quizás consideremos la forma de vivir de los Selk’nam como miserable e indigna de un ser humano; pero los bienes materiales no constituyen solo la felicidad del hombre, pues mientras menos cosas posee el Sekl'nam con más comodidad recorre su región. Lo que necesita para su bienestar se lo ofrece abundantemente la naturaleza y en los esfuerzos necesarios triunfan sus facultades intelectuales. En todas las situaciones de la vida se basta a sí mismo y en todas partes se mantiene sobre sus propios pies; esto aumenta la confianza en sí mismo. Es un hombre completamente libre y se siente como tal, usando mucho de dicha libertad. Se encuentra en su propia patria como señor consciente de su victoria.

En la más perfecta adaptación al mundo que le rodea, ha desarrollado esta tribu fueguina una extraordinaria forma de vivir. Su actividad económica conserva todavía en el día de hoy muchas características de una fase de cultura muy primitiva. Como detalle muy singular hay que considerar que emplean preferentemente como materias primas la madera y el hueso, las conchas y las pieles, mientras que la piedra sólo ha conseguido una pequeña utilización. Por lo tanto, encarnan los Selk’nam, siendo contemporáneos nuestros, al hombre primitivo de la muy remota fase de cultura en la que se usó exclusivamente la madera.