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«Los hijos de la piedra» de Miguel Hernández: su dimensión autobiográfica

Eutimio Martín

En el «I Congreso Internacional Miguel Hernández» que se celebró en Alicante en marzo de 1992, dos especialistas de tan reconocida solvencia como Agustín Sánchez Vidal y Francisco Javier Díez de Revenga, emitieron dos opiniones totalmente divergentes respecto a la fuente de inspiración de la única obra teatral en prosa del autor oriolano: Los hijos de la piedra. Para el primero, dicha obra «es por completo ajena a los sucesos de Asturias, de los que Miguel no tomó conciencia hasta entrar en contacto con Raúl González Tuñón». En cuanto al segundo, este texto dramático está «inspirado en la revolución de los mineros de Asturias»1.

Saber a qué atenerse, dilucidar la presencia o ausencia de la revolución de octubre de 1934 en una obra escrita un año después, tiene a todas luces una importancia decisiva para poder determinar si hay que incluir este drama dentro de la obra que haría acreedor a Miguel Hernández poco después al meritorio título de «poeta de la revolución», estampillado en su condena a muerte por la represión franquista.

La obra literaria de Miguel Hernández presenta, de manera más o menos solapada pero indefectible, una dimensión autobiográfica. Nunca escribe de lo que ignora o no le concierne; siempre alude a lo que le ocurre, aspira o rechaza. El problema ahora es determinar el preciso alcance de compromiso social y la dimensión estrictamente personal de Los hijos de la piedra.

No creemos que sea ocioso relacionar este texto con un episodio sentimental en la biografía del poeta: su relación con una mujer que vivía en el pueblo minero de La Unión, donde trabajaba como perito químico en el análisis de mineral. Se llamaba María Cegarra (1903-1993) y Miguel, por más que lo intentó, no logró sobrepasar con ella los límites de una simple amistad2. La había conocido en 1932 en Orihuela con motivo de la inauguración de un monumento a Gabriel Miró. Los jóvenes literatos oriolanos, presentes en el acto, no fueron insensibles a esta mujer de extraordinarios ojos azules, perfectamente consciente de su atractivo3. Miguel Hernández presentaba una particular fragilidad al encanto de María Cegarra. Rara avis científica, era, por añadidura, autora de un libro de versos, doble condición que relegaba a Josefina Manresa, la novia oficial del poeta, a un desvaído segundo plano. Cabe preguntarse si Perito en lunas, el título del primer libro de Hernández, enviado a la imprenta precisamente en 1932, no constituía un amoroso guiño cómplice para acercarse a María Cegarra en un paralelo profesional con «perita en minerales»4. Las invitaciones que el autor de Perito en lunas recibe de su pareja de amigos Antonio Oliver y Carmen Conde, que regentan la Universidad Popular de Cartagena, le ofrecen la ocasión de acudir al lado de María y gozar de su anhelada compañía.

La relación se estrecha en 1935 en un periodo en que el poeta ha roto su compromiso con Josefina. Es el año en que escribe El rayo que no cesa, en cuya redacción no estuvo ausente la imagen de María Cegarra, según referirá ella misma muchos años más tarde: «Cuando hizo "El Rayo que no cesa" me traía los primeros versos del que luego ha sido un libro y me los dedicó a mí»5.

Y María añade en la misma entrevista: «nos paseábamos por aquí, lo llevé a las minas más cercanas y a las puestas de sol». Estas «minas más cercanas» son, a nuestro parecer, las minas de Los hijos de la piedra, las cuales, como se especifica en el comienzo de la escena segunda del acto I: «son minas al aire libre». Esta particularidad motiva el siguiente diálogo totalmente absurdo en el medio minero de Asturias:

PASTOR.- Pocas ganas de trabajar tenéis hoy.

MINERO 2.º.- Esperamos a que el sol baje un poco más al poniente.

MINERO 3.º.- No se puede trabajar ya entre las doce y las tres6.


El texto de Los hijos de la piedra especifica concretamente dos topónimos de la provincia de Albacete: Los Baladres y Almansa7, tan distantes de Asturias como cercanos a la murciana Cartagena.

¿Ha transferido Hernández al escenario cartagenero la revolución minera asturiana de octubre de 1934? No lo parece ya que en Los hijos de la piedra el conflicto queda circunscrito al ámbito local y con una dimensión de escasa ortodoxia revolucionaria. Aunque en la obra se emplee el término revolución no se presenta como tal la conflictiva situación sino como terreno abonado para el desencadenamiento de una revolución: «Que ya comprendo bien la palabra "revolución". Me doy cuenta. ¿Y vosotros?»8.

Lo que se narra en Los hijos de la piedra no es una revolución sino una revuelta: «¡Muerte para quien espantó el sosiego de Montecabra!»9.

Recordemos el argumento de la obra: la paz social y el bienestar laboral reinan en Montecabra gracias a don Pedro, el dueño de minas y montes, cuya bondad se encomia: «el mejor hombre del mundo» que «nos da el jornal y algo más si lo necesitamos». Pero fallece y su sucesor se comporta de manera tan despótica («no puede uno ni mear con calma») que los mineros no tardan en negarse a salir de la mina y declararse en huelga de hambre. De nada sirven las súplicas de las mujeres de los mineros. La Guardia Civil les obliga a abandonar la mina arrojándoles bombas y el patrón los condena al paro decidiendo el lock out.

Un personaje denominado Pastor destaca en la obra por su protagonismo. Sobre él recae la mayor intensidad dramática. Forma pareja con Retama y es la víctima en mayor grado del malvado patrón decidido a ocasionarle todo el daño posible económica y afectivamente. Su capataz roba y destruye el ganado y él viola a Retama embarazada quien, incapaz de sobreponerse por la pérdida del hijo, fallece en brazos de Pastor.

Aumenta la desesperación entre la gente del pueblo obligada a emigrar para encontrar trabajo. Se les une el Pastor con el cadáver de Retama en brazos y, «viento que vino a soplar el fuego», origina una revuelta que termina colgando al señor a un árbol «por los ojos de unos garfios». El Pastor, considerado «el hombre más hombre», se lanza para morir contra el batallón de la Guardia Civil que, obedeciendo a la consigna de «tiros a la barriga», se ha encargado de la represión contra todo el pueblo. Es obvio que si hay que establecer alguna relación con un suceso de envergadura nacional habría que limitarse a la feroz represión de Casas Viejas inequívocamente aludida en este final con la consigna de «¡Tiros a la barriga!».

Había sin duda problemas laborales en el centro minero de La Unión provocados por una crisis de producción explicitada en un folleto publicado en 1920: La Unión, ciudad minera. Causas productoras de la crisis de su industria y medios que pudieran adoptarse para solucionarla. El autor señalaba «las causas productoras de la crisis de su industria» y proponía «los medios que pudieran adoptarse para solucionarla». Achaca en primer lugar a una «abulia suicida» el absurdo que supone dejar morir de miseria «una región naturalmente rica en metales dispuestos casi a flor de tierra en suaves montañas» de la sierra de Cartagena y La Unión. A mediados del siglo XIX doscientas noventa minas ocupaban a seis mil obreros. La Unión era considerada «La Nueva California». Como consecuencia del cese de la industria de guerra, una vez finalizado el primer conflicto europeo, surgió un problema social de reivindicaciones obreras con súbitas paralizaciones «que dejan sin trabajo a miles de trabajadores y provocan importantes movimientos migratorios».

El autor del folleto mencionado es Andrés Cegarra Salcedo (1894-1928), hermano de María. Ha escrito versos y prosas líricas y goza de una sólida reputación intelectual acentuada por la conmiseración que despertaba entre sus paisanos una muy temprana anquilosis que lo condenó desde niño a la inmovilidad en un sillón de paralítico10.

María Cegarra profesará un verdadero culto a la memoria de Andrés hasta el punto de considerarse obligada a prolongar la obra de su malogrado hermano con la suya propia: «Yo hubiera querido reemplazarlo totalmente. Sí, es posible que el haber elegido yo este camino de la literatura haya sido para prolongar la memoria de Andrés»11.

Inmediatamente después de la muerte de su hermano, María se lanza a la escritura y en 1935, precisamente, publica Cristales míos12. Hernández, para granjearse el amor de María, va a inscribirse en esta prolongación facilitando en lo posible la divulgación de su obra. El 7 de setiembre de 1935 le escribe desde Madrid: «He leído tu libro muy bien: ¡qué a la perfección te reflejan esos poemas femeninos, rociados de pólenes de las minas y el corazón, sumergidos en melancolía, mar y soledades! [...] ¿Cuándo vendrás por aquí? Quiero que te conozcan mis amigos mucho. He hablado de ti a Neruda, hablaré a Vicente Aleixandre y a quien a mí me interesa más poéticamente».

Y a continuación: «Voy dando fin a mi tragedia y pronto empezaremos Maruja Mallo y yo a preocupamos de su estreno».

Miguel Hernández no puede evitar el asociar a María Cegarra con Los hijos de la piedra. En el fondo se ha incrustado en el entrañable recuerdo que liga a su esquiva amada con el fallecido hermano, asociándose al problema por él tratado en el folleto que mereció un premio en los Juegos Florales. Pero la familia Cegarra Salcedo no tiene un ápice de revolucionaria. Corre a su cargo la inauguración de un local de la Juventud Conservadora y María será nombrada delegada de la Sección Femenina de La Unión. Andrés Cegarra Salcedo había concluido su informe sobre la crisis local minera abogando por una «magna federación de todos los mineros españoles» que constituiría «una agrupación gigantesca integrada por todos los patronos y por todos los obreros». Nada más cerca del «sindicalismo vertical» preconizado por el fascismo falangista en concomitancia con la doctrina papal de la encíclica Rerum Novarum, que también encarece la anulación de la lucha de clases mediante un entendimiento entre patronos y obreros. Era este el objetivo de los Sindicatos Católicos tan bien implantados en Murcia y en el sur de Valencia. Miguel va a enmendarle la plana a Andrés Cegarra, ante su hermana, con la lección de tragedia social y humana implícita en Los hijos de la piedra.

Los paseos «a las puestas de sol» de que nos habla María Cegarra en 1978, adobados de un eficaz coqueteo femenino13, surtieron un efecto fulgurante en el corazón indigente de Miguel: «Me acuerdo mucho de ti [...] El otro día quité de la solapa de mi chaqueta aquel nardo que me regalaste. María: ha llegado conmigo hasta Madrid: no debió mustiarse nunca. Deseándote en tu ambiente aldeano muchas cosas buenas y esperando verte pronto, te saludo con mucho cariño: Adiós».

El género epistolar no era el punto fuerte de Miguel Hernández. Pero trasluce este mensaje, superficialmente trivial, una intensa emoción contenida. Tenía, por otra parte, que navegar hacia la conquista amorosa de María Cegarra sorteando el escollo de su pudibundez. La procesión iba por dentro. Ya el 26 de agosto de 1935 había dedicado «para mi queridísima María Cegarra con todo el fervor de su Miguel Hernández» el soneto de El rayo que no cesa donde exponía, en términos de una rara crudeza sexual pero bajo una opaca cobertura barroca, la exaltación de un amor no correspondido:

¿No cesará esta terca estalactita

de cultivar sus duras cabelleras

como espadas y rígidas hogueras

hacia mi corazón que muge y grita?

Este rayo, ni cesa ni se agota.

En mí mismo tomó su procedencia

y ejercita en mí mismo sus furores.

Esta obstinada piedra de mí brota

y sobre mí dirige la insistencia

de sus húmedos rayos destructores.



¿A qué pensó María Cegarra que se refería Miguel Hernández cuando hablaba en este soneto de su «terca estalactita de duras cabelleras» u «obstinada piedra» que de él brotaba, que de él procedía y que, por no poder alcanzar la meta deseada, contra él mismo terminaba dirigiendo sus «húmedos rayos»?

No sobresalió tampoco Miguel Hernández como autor dramático. Pero confirió a Los hijos de la piedra (donde la revolución de Asturias brilla por su ausencia) una dimensión autobiográfica insatisfecha al conseguir imponer, sobre la realidad frustrante, el deseo apetecido: formar pareja con María Cegarra. De hecho, ha sublimado en esta obra su fallido intento de seducción construyendo una pareja protagonista: Pastor-Retama. Es la pareja Miguel-María o Perito en lunas-Perita en minerales, dramáticamente idealizada. Ninguna mujer española se llama Retama, ni creemos que así se haya llamado nunca. Ni María de la Retama siquiera. Pero un poeta no se guía por el santoral sino por la rima, eje estructurante de un poema. Y Retama rima con Cegarra. O, dicho de otro modo: Retama es Cegarra desde una perspectiva poética.

Es la que le cuadra a Miguel Hernández.