consolándolo en una ausencia
A par con mi amistad id, versos míos,
Id a Fileno, en cuyo pecho ahora
La hiel ingrata del dolor
se ceba.
Él al fijar en vos sus tristes ojos
Exclamará
tal vez: «Viva en mi amigo
Mi memoria es aún, viva
en su seno
Late la compasión. Sierras fragosas,
Llanos inmensos, presurosos ríos
Le separan de mí,
y enternecida,
De allá tan lejos su oficiosa mano
A embalsamar mis lágrimas se tiende.»
Llora,
Fileno, llora: este consuelo
Señaló ya el
destino a la amargura
Cuando en un tierno corazón
se anida.
Yo lloraré contigo; aún en mi oído
Suenan los tristes dolorosos ayes
Que al partirse tu bien
al viento dabas;
Te miro aún que, palpitante, opreso
Del congojoso afán, vuelves los ojos
Al sitio mismo
en que arrancar la viste
De la rápida rueda, que
sonando,
Tu pecho aún más que el pavimento
hería.
«Ella se va», con falleciente labio
Hondamente
exclamaste; y repitiendo
El eco: «Ella se va,» de amargo
luto
Tu desolado corazón llenaba.
¡Oh
momento cruel! Huyen entonces
La risa alegre y el festivo
gozo
Del amante infeliz, huye el deleite
Que le inflamaba.
En tan inmenso duelo,
¿Do su vista mover? ¿Hacia qué
parte
Sus pasos llevará? Sólo un vacío
Mira, que el mundo en su tropel ruidoso
Ni llenó
ni encubrió. ¿Dónde el halago?
¿Dónde
el grato mirar? ¿Dónde los juegos?
Aquel continuo
querellarse, aquellas
Iras dulces de amor, nubes suaves
Que su serena faz tal vez cubrían,
Y a deliciosa
paz luego tornaban...
Todo huyó, todo fue: pasa un
momento,
Llega el siguiente, y el dolor tan solo
Con su
amarga lazada es quien los une.
Volaban antes las fugaces
horas,
Volaban, y a par de ellas el deseo
Avivaba su ardor;
tras él venía
La esperanza feliz vertiendo
flores,
Y de ilusiones mágicas ornada;
Coronábala
el goce, y luego el curso
De afán tan delicioso renacía;
Ansiábase otra vez, y se esperaba
Y se gozaba. ¡Ay
Dios! Ya ¿qué le resta?
Amar, penar, gemir: tal su
destino,
Tal es su triste y perdurable empleo.
¿Y
qué? ¿Cerradas al ausente fueron
De un consuelo feliz
las sendas todas?
No, amigo, no: si en tu afflicción
amarga
Te tienes por el ser más infelice
De los
que inflama amor, corre a la selva,
Corre, y en ella la
frondosa cima
Deu un álamo verás alto y pomposo
Que aquel recinto de verdor corona
Y entre sus frescos
y gallardos ramos
Contempla el nido desolado y yermo
Que
fue altar de placer, y ora es de llanto.
Dos tórtolas
en él... ¿Quién compasivo
No lamentó
su desastrada suerte?
Brilló el color del cielo en
su plumaje,
Y el fuego del amor ardió en su seno.
Juntas las miró el sol, juntas la noche.
Juntas
volar a su cristal la fuente,
Juntas el valle; el eco embebecido
Su arrullo enamorado redoblaba.
Y al fin llegó la
hora fatal: salieron,
Y sus ligeras alas desplegaron.
Infelices,
¿do vais? Torced el vuelo,
En el bosque no entréis;
y no me escuchan;
Y siguiendo inocentes su camino,
Dulces
besos se dan, y amantes juegan.
Y de repente, al espantoso
estruendo
De la tronante pólvora silvando,
Salió
el plomo mortífero; un gemido
Dio el viento en derredor;
volvió los ojos
Azorada la tórtola a su amado,
Que abierto el bello seno y moribundo,
La miró y
espiró. «Cayó», gritaba
Bárbaro el
cazador, cayó; y en tanto
Huye, y huyendo la infelice
viuda,
Hiende la esfera en lastimosos gritos.
Y ronca y
sorda de gemir, su vuelo
Lejos allá sentó,
do triste y sola,
Ningún viviente su dolor distrae;
La muerte implora allí, la muerte airada
Se niega
a su clamor, y envenenado
El curso puro de sus dulces días,
Los vive en llanto y sempiterno luto.
¡Mísera! que
al destino ni aún es dado,
Con ser tan poderoso,
devolverle
Su malogrado bien. ¡Oh! ¿Qué es la ausencia,
Qué son los breves límites que ahora
A ti
te parten de tu bien, Fileno;
Límites que traspasan
los suspiros,
Y por do hienden del amor las alas,
Con ese
eterno y lóbrego silencio,
Con ese abismo impenetrable
y hondo
Que hay del ser al no ser, que hay de la vida
Al
sueño helado de la tumba oscura?
Y
al fin, en pena tal, si amargo el duelo,
Si es inmenso el
afán, llorase entonces
Un corazón donde el
amor ardía;
Que el pecho entonces resonando en ayes,
Sobre él su trono la tristeza asiente,
Si, justo
es el dolor, pene el amante,
Pene, y en llanto funeral inunde
Del bien perdido las cenizas frías.
Mas cuando al
tierno amor asaltan fieros
El puñal del desprecio,
la ponzoña
de la doblez, los hielos del olvido,
¡Triste mil veces, triste el miserable
Que a tales plagas
condenado gime!
¿Quién fue el tigre cruel, quién
fue el ingrato
Que un sentimiento tan hermoso y puro,
Al
hombre dado en el amor del cielo,
Con ellas corrompió?
Del negro abismo
Se desataron a infestar la tierra,
A marchitar
de la beldad las rosas,
A desmayar la juventud. Entonces
Cuantas las flores de esperanza fueron,
Tantos cuchillos
de dolor se clavan.
Ama, y ¡quién lo creyera! su
tormento
Más grande es el amar; la llama ardiente,
A pesar de su afán, crece en su seno;
Y devora y
abrasa, y sus entrañas
Con insano furor vuelve en
pavesas.
¡Oh lastimoso y miserable estado,
Do de continuo
el corazón se lleva
De la rabia al dolor! Nunca la
aurora
Le hallará al despertar embebecido
Ya en
la memoria del placer pasado,
Ya en la esperanza del placer
que viene.
Duerme agitado, empero, y despertando,
Siente
la hiel que le atosiga, y llora
De viva afrenta y de vergüenza
En vano
Mueve la planta a huir; ¿podrá el mezquino
De sí mismo escapar? Honda en el seno
La enarbolada
flecha trae consigo,
Y mientras huye más, más
se la clava;
Que si el olvido al parecer despliega
Su suspirado
velo, y un momento
Cesa el afán, ¡ay si los ojos
miran
La tirana beldad que antes ansiaron
Hinchase el corazón,
el pie vacila,
Y a andar se niega; por sus miembros todos,
Que la vida abandona, un sudor frío
Vaga y triste
temblor; turbios los ojos
Y en ronco son zumbando los oídos,
Ni ve ni escucha; la profunda llaga
A abrirse torna con
furor, y en ella
Se dilata el raudal de la amargura.
¡Piedad
del infeliz! ¿Su resistencia
Ha de ser por demás?
Si de su pecho
Quiere arrancar tal vez la bella imagen
Que amor grabó con su buril de llama,
¿En vano esfuerzo
la impotente mano
Desgarrará su corazón y
entrañas,
Y quedará inviolable entre despojos
Allí reinando el ídolo sangriento?
Más
valiera no amar; sí, más valiera,
Cual se
huye el silvo de engañosa sierpe,
Esquivar la beldad,
y a sus halagos
Con bronce duro amurallar el pecho.
Amor,
terrible amor, yo, que en tributo
Te di el abril de mis
floridos días,
Y tantas veces adorné tu pompa,
Detrás del carro triunfador traído;
Yo sé
que a tu violencia y tus furores
Nada puede bastar; sé
que mi pecho,
Bien como el hielo se deshace en agua
De
Febo al rayo en el ardiente estío,
Tal se deshace
al contemplar la risa
De una boca rosada, al ver los orbes
De un seno que palpita, al ver los ojos
Que halagüeños
mirando centellean.
¿Cómo a tal prueba resistir podría
Tan flaco luchador? Días si otro tiempo
Llega en
que torne a obedecer tus leyes,
Leyes de vida y de esperanza
sean,
No de engaño o desdén. Contento entonces,
Rosas suaves me serán tus grillos,
Y adorno al cuello
el ponderoso yugo.
Doy que, envidioso
a mi ventura el cielo,
Me arranque entonces de mi bien,
y airado
Doy que me esconda en el opuesto polo.
Yo lloraré,
pero amaré mi llanto
Y amaré mi dolor. ¿Podrá
la suerte
La memoria cegar? Siempre al oído
Me halagará
sonando el blando acento
De la divina voz, cuando amorosa
Por la primera vez se dijo mía.
Mis labios luego
el delicioso néctar
Renovarán que de su fresca
boca
Mi amor libara en los primeros besos.
Lejos de ella
estaré; pero anhelante
Preguntaré a los céfiros
que vuelan,
preguntaré a los ecos que responden;
Y acordes todos me dirán: «Te adora.»
Lejos de ella
estaré; más lleno de ella
Saldré a
los campos, y embebido y solo
En cada flor contemplaré
su imagen;
Que también ella es flor. Las ondas puras
Del plácido arroyuelo en sus remansos
Me la darán;
me la dará la noche
En su faz melancólica
y sombría,
En su fulgor hermoso las estrellas,
En
su ilusión dulcísima los sueños.
Tú
así también de tu dichoso tiempo
Podrás,
Fileno, renovar la gloria:
Busca la soledad, ella en sus
brazos
Dio siempre al triste favorable asilo;
Y dulce y
melancólica, en su seno,
Renovando memorias deleitosas,
Templará tu amargura. Huye la vista
De esos hombres
de mármol, que crueles
A los suspiros del dolor se
cansan
O con mofa sacrílega le siguen;
fluye de
ellos, en tanto que tu amigo
Alas le pide a la amistad,
y vuela,
Y llega, y estrechándote a su pecho,
El
raudal de tus lágrimas mitiga.
No da con fácil mano
El
destino a los héroes y naciones
Gloria y poder: la
triunfadora Roma,
Aquélla a cuyo imperio
Se rindió
en silenciosa servidumbre
Obediente y postrado un hemisferio,
¡Cuántas veces gimió rota y vencida
Antes
de alzarse a tan excelsa cumbre!
Vedla ante Aníbal
sostenerse apenas
Sangre itálica inunda las arenas
Del Tresin, Trebia y Trasimeno ondoso;
Y las madres romanas,
Como infausto cometa y espantoso,
Ven acercarse al vencedor
de Canas.
¿Quién le arrojó de allí?
Quién hacia el solio
Que Dido fundó un tiempo,
sacudía
La nube que amagaba al Capitolio?
Quién
con funesto estrago
En los campos de Zama el cetro rompe
Con que leyes dio al mar la gran Cartago?
La
constancia: ella sola es el escudo
Donde el cuchillo agudo
La adversidad embota; ella convierte
En deleite el dolor,
la ruina en gloria;
Ella fija el dudoso torbellino
De la
fortuna, y manda la victoria
Para el pueblo magnánimo
no hay suerte.
¡Oh España! ¡Oh patria! El luto que
te cubre
Muestre en tan grave afán tu amarga pena;
Pero espera también, y con sublime
Frente, de vil
abatimiento ajena,
La alta Gades contempla y sus murallas
Besadas por las olas,
Que asombradas aún y enrojecidas
Tiéndense allí por las sonantes playas,
Cantando
las hazañas españolas.
Se
alzó el bretón en el soberbio alcázar
Que corona su indómito navío,
Y ufano con
su g1oria y poderío,
«Allí están, exclamó;
volved los ojos,
Compañeros, al1í: nuevos
despojos
Ya vuestra invicta mano
Ya a conseguir en los
endebles pinos
Que España apresta a su defensa en
vano.
Libre de esclavitud no sea ninguno
Hijos somos nosotros
de Neptuno,
¿Y ellos asan surcar el Océano?
Acordaos
de Abukir: sólo un momento
¡Llegar, vencer y devorarlo
sea!
Dadme este triunfo, y de laurel ceñido
Que
el opulento Támesis me vea.»
Dijo;
y tiende la vela: ellos le siguen
Abriendo el mar con sus
nadantes proras
Del viento y de las ondas vencedoras;
Mientras
que firme el español los mira,
Y despreciando su
arrogancia fiera,
El noble pecho palpitando en ira,
Con
impávida frente los espera,
¡Ira justa! ¡Ardor santo!
Esos crueles,
Bajo las alas de la paz seguros.
Son los
que nuestra sangre derramaron
Por vil codicia, a la amistad
perjuros;
Esos los que a perpetua tiranía
Condenaron
el mar, los que hermanaron
Del poder la insolencia y la
soberbia
Con la rapacidad y alevosía;
Esos... La
noche con su negro manto
Envuelve el mundo: sombras espantosas
Entorno de los mástiles vagando,
Estragos, muerte
anuncian, y acrecientan
La pavorosa espectación;
el día
Abre el campo al furor, y horrendo Marte
Con clamores de guerra hinche la esfera
Y levanta en los
aires su estandarte.
Responde a esta señal
el hueco bronce,
Con mortal estampido el eco truena,
Y
por el mar llevándose bramando,
Hasta en las costas
de África resuena.
Vuelan, movidas de rencor, las
naves
Con naves a encontrar: menos violentas
Despide el
polo austral sierras de hielo,
Que con su mole inmensa y
resonante
Por las fáciles ondas se deslizan,
Y al
audaz navegante atemorizan
Ni con estruendo igual turban
el cielo
Las negras tempestades,
Cuando por Bóreas
y Euro embravecidas,
A su furiosa guerra y duro encuentro
Hacen del orbe estremecerse el centro.
Tres
veces fiero el insular se avanza,
Creyendo en su pujanza
Romper de nuestra escuadra el fuerte muro;
Tres veces rechazado
Por el hispano esfuerzo, ya dudosa
Ve la victoria que esperó
seguro.
¿Quién su despecho pintará y su saña
Cuando aquel pabellón, antes tan fiero,
Miró
invencible al pabellón de España?
No hay saber,
no hay valor, solo ya fía
Su fortuna al poder: dobla
sus naves
Y las redobla, en desigual pelea,
De popa a proa,
en uno y otro lado
Cada español navío
De
mil rayos y mil es contrastado;
Y él, con igual aliento
Que recibe la muerte, así la envía.
No: si
cien voces yo, si lenguas ciento
Me diese el cielo, a numerar
bastara
Las ínclitas hazañas de aquel día:
El humo al sol se las robaba entonces;
Pero la fama las
dirá en su trompa,
Las artes en sus mármoles
y bronces.
Llega el momento en fin, tiende
la muerte
Su mano horrible y pálida, y señala
Víctimas grandes: el valiente Alcedo,
Castaños,
Móyua, intrépidos perecen
Vosotros dos también,
honor eterno
De Bética y Guipúzcoa2... ¡Ah,
si el destino
Supiese perdonar! ¿Cómo a aplacarte
La oliva no bastó que unió Minerva
A los
lauros de Marte en vuestra frente?
¿Qué a vuestra
ilustre indagadora mente
Pudo ocultar el mundo o las estrellas?
De vuestras sabias huellas
Llenos están de América
los mares,
Las Cícladas lo están; viuda la
patria
De tantos héroes que enlutada llora,
Pide
a su corazón lágrimas nuevas
Que a vuestro
acerbo fin derrame ahora.
¡Ah! ¡Vivierais los dos! Y en
vez de llanto,
Del dolorido canto
Que mi fúnebre
acento hoyos consagra,
Pudiera yo contraponer el pecho
Al golpe atroz y recibir la herida
Diera a la patria así
mi inútil vida,
¡Y vivierais los dos! Y ella orgullosa
Con vuestra luz y espíritu valiente,
Al arduo porvenir
hiciera frente,
De rayos coronado y victoriosa.
No,
empero, sin venganza y sin estrago,
Generoso escuadrón,
allí caíste
También brotando a ríos
La sangre inglesa inunda sus navíos;
También
Albión pasmada
Los montes de cadáveres contempla,
Horrendo peso a su soberbia armada;
También Nelson
allí... Terrible sombra,
No esperes, no, cuando mi
voz te nombra,
Que vil insulte a tu postrer suspiro:
Inglés
te aborrecí, y héroe te admiro.
¡Oh golpe!
¡Oh suerte! El Támesis aguarda
De las naves cautivas
El confuso tropel, y ya en idea
Goza el aplauso y los sonoros
vivas
Que al vencedor se dan. ¡Oh suerte! El puerto
Solo
le verá entrar pálido y yerto:
Ejemplo grande
a la arrogancia humana,
Digno holocausto a la aflicción
hispana
Así el furor de Marte
impele el brazo de la parca, y siega
Vidas sin fin: lanzado
por la rabia
Cunde el fuego voraz, las tablas arden,
Un
volcán encendido
Es cada bosque, por los aires vagos
Se alza y retumba el hórrido estallido,
Y los sepulta
el mar. ¿Hay más estragos?
Sí; que el cielo,
ominoso a tal porfía,
Manda a los aquilones inclementes
Separar los feroces combatientes
Y en borrascosa noche
hundir el día.
Lo manda; ellos crueles,
Azotando
las ondas con sus alas,
Se arrojan a los míseros
bajeles.
Al nuevo asalto, al sin igual combate
Fallece
el árbol trémulo y se abate;
Hiéndese
la armazón, el Océano
Por el roto entrepuente
entra bramando;
Y moribundo el español exclama:
«¡Ah! Pereciese yo, pero lidiando.»
En
tan atroz conflicto
Allá en las nubes la gloriosa
frente
Asomaban los fuertes campeones
Que armados del tridente
y del acero
Al pabellón íbero
Hicieron humillarse
las naciones.
Lauria y Tovar se vían,
Avilés
y Bazán, que, saludando
A los héroes de Hesperia
que morían,
«Venid entre nosotros, les decían;
Venid entre los bravos que imitasteis.
Ya el premio hermoso
del valor ganasteis
Ya a vuestro ejemplo de constancia armada
España; concitando sus guerreros,
Magnánima
se apresta a nuevas lides
Volved la vista a la ciudad de
Alcides
Gravina, Escaño, y Álava, y Cisneros,
Y otros ciento allí están, firme coluna,
Dulce esperanza a nuestro patrio suelo:
Venid, volad al
cielo,
Y sed astros de esfuerzo y de fortuna.»
(1805.)
Hoy fue, ¡mísero! hoy fue cuando,
irritado
Amor del ocio en que yacer me vía,
Tornó a embestir mi corazón cuitado.
Era de
mayo el más hermoso día,
Cuando naturaleza
ostenta ufana
Toda su gentileza y bizarría,
Cuando
más vivo el sol reina en la esfera,
Cuando en ramos
la selva, el campo en florea,
En perfumes el aire, donde
quiera
Todo respira amor y manda amores.
Entonces fue cuando
a los ojos míos
Se presentó mi dulce vencedora:
¡Oh cuán hermosa! El mundo parecía
Que, cuidadoso
de aumentar su gloria,
De toda aquella pompa se vestía
Por festejar su triunfo y su victoria.
La vi, templé,
me estremecí: vencido
Vi ya que iba a quedar de tanto
halago;
Pero no pude huir: su blando acento
Hasta el seno
mas hondo y escondido
Llegó del pecho, y completó
el estrago.
Sacude al punto amor la abrasadora
Antorcha
que arma su terrible mano
«Arde», me dijo; y la escondió
encendida
Toda en mi corazón: «arde, esta llama
Que ora en ti prende, irresistible, inmensa,
Sea de hoy
más el tormento de tu vida,
Y también tu delicia
y recompensa.»
Ya un giro ha dado con
su carro de oro
Desde entonces el sol al alto cielo,
Y
no cesa un momento el vivo anhelo
Que me arrebata tras la
luz que adoro.
Crecen corriendo hacia la mar los ríos,
Crece amando mi amor. Célida hermosa,
¿Cómo
es posible que inmortal no sea
Este puro, este noble sentimiento
Que todas mis potencias señorea
Y es de mi ser el
único alimento?
Tú te inspiraste, sí:
mi alma abatida,
Cubierta de aflicción, sintió
volverse
Por ti del bien a la ilusión perdida;
Tú
le inspiraste. ¡Oh Dios! ¿Qué no alcanzaba
En mi
agitado pecho Y mis sentidos
Tu poder celestial? Cuando
halagüeña
Tus miradas tal vez a mí volvías,
Iris eras de paz que deshacías
El tormentoso horror
de mis dolores,
Y yo sin defenderme, cada día
Iba
en tus ojos a beber amores,
Y en tu risa Y tu hablar me
embebecía.
Encantos ¡ay! por siempre
vencedores,
¿Qué importa que el destino a mis sentidos
Inhumano os esconda, si presentes
Siempre estáis
a mi ardiente fantasía?
Aquí os tengo, aquí
os miro, aquí os adoro
Aún me embelesa el
sin igual decoro
Que siempre reina en la nevada frente;
Aún contemplo la púrpura del alba
Vertida
en su mejilla trasparente;
Y respirando sin cesar, me creo
Aquella pura y encendida rosa,
Aquel precioso aroma de
las flores
En la boca gentil, nido de amores,
Donde la
amable discreción reposa.
Sólo ya un Dios
la centellante lumbre
Del sol desprender pudo, y en despojos
Darla por siempre a los celestes ojos,
Ojos que cuanto
ven ceniza harían
Sin su inefable y grata mansedumbre.
¡Dichoso aquel que sin cesar los vea!
¡Y más feliz
quien de sus dulces rayos
Buscado, ansiado y regalado sea!
¿Dónde está, dilo, amor, el que presume
Gloria
tan alta? ¡Ah Célida! Quien sepa
En esa faz tan nítida
y tan bella
Buscar, hallar la imperceptible huella
Del
triste afán que dentro te consume;
El que presente
te respete, y llore
Por volver a tus pies cuando esté
ausente,
Si siente al fin como mi pecho siente,
Ese te
ame feliz, ese te adore.
Vientos, en vuestras
alas vagorosas
Llevadle ardiendo los suspiros míos:
Id, veloces venid, y en cambio al menos
Un recuerdo traed.
Si ella me oyera
Pidiéndola a los campos, a las selvas,
Y a los mares también; dando a los aires
Su dulce
nombre, que repite el eco
Con el acento triste y lamentable
Con que le oye de mí; si ella me viera,
Fijos los
pies en la sonante playa,
Tender la vista a descubrir de
lejos
De sus divinas luces los reflejos,
Yo sé que,
a tierna compasión movida.
Venir dejara hacia su
triste amante
Un rayo al menos de esperanza y vida.
Paréceme
a las veces que, sensible,
Compasiva a mi afán, este
retiro
Viene a honrar con su vista, a hollar el prado,
A respirar el aire que respiro.
¡Dichoso entonces yo! Voy
a su lado
Al bosque, al campo, a la apacible orilla
Del
amansado mar; y si descansa,
También con ella a descansar
me siento.
Del sol un árbol mismo nos defiende
Con
su umbroso dosel, y de su acento
El sabroso raudal mi alma
suspende.
No la hablo yo de amor, que amor la ofende
Pero
a par de ella estoy, y absorto y mudo
Contemplo a mi placer
de su hermosura
La delicada flor; flor que no pudo
Ni aun
ajar del dolor la mano dura
Y enternecido, «¡Ah Célida!
prorumpo,
Tú sufres: un destino inexorable
El bien
que indignamente a otros prodiga
A ti te niega, y lleno
de amargura,
El cáliz del dolor tu labio apura.
Yo así le apuro, idolatrada amiga,
Yo así
le apuro: la inclemente mano
Del destino también
a mí me oprime,
Y de un pesar recóndito y
tirano
También mi pecho destrozado
gime.
¿Temes acaso? ¿Por ventura ignoras
Que el cielo dio
por bálsamo a las penas
Contarlas y llorar?... Célida
hermosa,
No es más puro el albor de la mañana
Que lo es mi ardor, ni amó con mas ternura
El dulce
hermano a su querida hermana,
El nuevo esposo a su inocente
esposa.»
Digo así, y entre tanto a la frondosa
Selva
baja la noche, el sol apaga
Sus rayos en el mar, tú
te levantas,
Y tierna y melancólica a andar vuelves;
Yo tierno y melancólico te sigo,
Embebido, extasiado
en la ventura
De andar, de hablar, de respirar contigo
Los céfiros entonces nos halagan
Con su grato frescor,
y de las ondas
Sacan la frente las neréidas bellas,
Y nos saludan... ¡Ay! así otras veces
Nos vieron
juntos ir, nos saludaban
Así las ninfas del undoso
río
En cuya alegre y plácida ribera
Vi tu
belleza por la vez primera
Y rendí a tus encantos
mi albedrío.
Hierve en tanto a
mi vista el mar, y el viente
Su seno agita y amenaza airado;
Hierve también con él mi pensamiento,
Y en
raudo torbellino arrebatado,
Vuelvo a ser de mis bárbaros
pesares
A la antigua tormenta sacudido.
Ángel consolador.
¿dónde te has ido?
¿Qué has hecho de aquel
bálsamo suave
Que sobre el triste corazón
vertido,
Su acerba llaga mitigar solía?
Contrario
el cielo a la ventura mía,
Me le robo, dejándome
inclemente,
Con esta amarga soledad presente,
Recuerdos
tristes de mi bien perdido.
Ángel consolador, ¿dónde
te has ido?
Calma un momento tus soberbias ondas,
Océano inmortal, y no a mi acento
Con eco turbulento
Desde tu seno líquido respondas.
Cálmate,
y sufre que la vista mía
Por tu inquieta llanura
Se tienda a su placer. Sonó en mi mente
Tu inmenso
poderío,
Y a las playas remotas de occidente
Corrí
desde el humilde Manzanares
Por contemplar tu gloria,
Y
adorarte también, Dios de los mares.
Que
ardió mi fantasía
En ansia de admirar, y desdeñando
El cerco oscuro y vil que la ceñía,
Tal vez
allá volaba
Do la eterna pirámide se eleva
Y su alta cima hasta el Olimpo lleva.
Tal vez trepar osaba
Al Etna mugidor, y allí veía
Bullir dentro
el gran horno,
Y por la nieve que le ciñe en torno
Los torrentes correr de ardiente lava,
Los peñascos
volar, y en hondo espanto
Temblar Trinacria al pavoroso
trueno;
Mas nada, ¡oh sacro mar! nada ansié tanto
Como espaciarme en tu anchuroso seno.
Heme
en fin junto a ti: tu hirviente espuma
El alto escollo sin
cesar blanquea
Do entre temor y admiración te miro.
Inquieto centellea
En tu cristal el sol, que al occidente,
De majestad vestido, huye y se esconde.
¿Dónde es
tu fin? ¿En dónde
Mis ojos le hallarán? Con
pie ligero
Tú te tiendes y corres, y llevado
Cual
en las alas de aquilón sonante,
Mi espíritu
anhelante
Te sigue al Ecuador, te halla en el polo,
Y endeble
desfallece
A tanta inmensidad. ¿Te hizo el destino
Para
ceñir y asegurar la tierra,
O en brazo aterrador
a hacerle guerra?
¡Ay! que ese resonante
movimiento
Me abate el corazón. Yo vi las mieses
Agitadas del viento
En los estivos meses,
Y dóciles
y trémulas llevarse,
Y en seco son de su furor quejarse.
Vi el vértigo del polvo, y vi en las selvas,
Contrastados
también los altos pinos,
Sacudirse y bramar; mas
no este ciego,
Este hervir vividor, estas oleadas
Que llegan,
huyen, vuelven,
Sin cansarse jamás: tiembla la arena
Al golpe azotador, y tú rugiendo
Revuélveste
y sacudes
Una vez y otra vez: al ronco estruendo
Los ecos
ensordecen,
Los escollos más altos se estremecen.
Cesa ¡oh mar! Cesa ¡oh mar! Ten, compasivo,
Piedad del flaco asiento
Que me sostiene exánime
y pasmado.
¿No me oyes, no? ¿Y violento
Te ensoberbeces
más? Ya desatado
El horrendo huracán, silva
contigo.
¿Qué muralla, qué abrigo
Bastarán
contra ti? Negras las olas
A manera de sierras se levantan,
Y en hondos tumbos y rabiosa espuma
Su furia ostentan y
mi pecho espantan.
¿Llegó tal vez el día
En que, tras tanta guerra,
El paso vencedor des en la tierra,
Y bramando allá dentro, envuelvas ciego
Playas,
imperios y hombres infelices,
Y al hondo abismo los sepultes
luego,
Como cuando en tu vértigo
espantoso
La Atlántica se hundió? Con fuerte
mano
Las zonas todas de la tierra asidas,
Burlar pensaban
tu furor, y en vano;
Que al golpe redoblado, impetuoso,
El eje poderoso
Se sintió vacilante, y estallando
Perdió su alto nivel: luchando entonces
Las ondas
con las ondas se encontraron,
Y horrísonas cayeron,
Y el orbe estremecido desgarraron.
¿Do la región
vastísima que un día
Desde Atlas a la América
corría?
Destrozada, anegada, hoy solo dura
En la
fragosa altura
Que de tanto furor salvó la frente
Dura ya solo en la memoria oscura,
Que lleva, ¡oh insano
mar! de gente en gente
Los ecos voladores
De tu antigua
violencia y tus horrores.
¡Y tanta fue
del hombre la osadía,
Que los quiso arrostrar! Sube
a los montes,
Y la tenaz porfía
De su mordaz segur
humilla al suelo
Al cedro que resiste a las edades,
Al
pino que se esconde allá en el cielo.
Gimieron ambos
cuando, al mar lanzados,
En nadantes alcázares miraron
Trocar su antiguo ser y su destino,
Y al aire dando el
vagoroso lino,
Los leves campos de cristal surcaron.
Adiós,
amada playa; adiós, hogares:
El hombre audaz en la
orgullosa popa
Os mira, os huye, y por los anchos mares
Al volver de las ondas se confía.
En vano el rumbo
le negaban ellas;
Él le arrancó en el cielo
Al polo refulgente y las estrellas.
¿Qué
pudo desde entonces
Negarse a su anhelar? Fiero y sañoso
El alto tormentorio amenazaba;
Con un mar de terror y proceloso
Las puertas del oriente defendía;
Mas vuela, rompe,
y le sorprende Gama,
Y los hijos de Luso al punto hollaron
El golfo indiano y la mansión de Brama.
Colón,
arrebatado.
De un numen celestial, busca atrevido
El nuevo
mundo revelado a él sólo;
Y tres veces el
polo
Ve al impávido Cook romper los hielos
Que a
fuer de montes su rigor despide,
Descubriendo el secreto
vergonzoso
Del yermo inmenso a que sin fin preside.
¡Gloria
eterna a sus nombres! ¡Dadme rosas,
Dadme lauro inmortal
que adorne y ciña
Sus frentes generosas!
Mirad la
tierra a su divino esfuerzo
Enriquecerse toda, y mil tesoros
De su fecundo seno
Benéfica brotar; mirad la aurora
Unida al occidente,
Y al septentrión el sur. A este
portento
Furioso el Océano,
Es fama que gritó:
«¡Con que es en vano
Haber yo roto el orbe, y que, tendiendo
El valladar profundo
De mis terribles ondas,
Un mundo
haya negado al otro mundo!»
¿Cómo
después tan abundosa fuente
De amistad y de unión
tornarse pudo
De estragos y violencias
Perenne manantial?
Se alzó insolente
La vil codicia, y navegar con ella
Se vio el odio fatal en los navíos.
¿No era bastante,
impíos,
Los vientos escuchar que en torno braman,
Los escollos temblar, mirar el cielo
Cubrirse todo de espantosas
nubes
Y arderse en rayos, a los pies hirviendo
Sentir el
mar sañudo,
Y una tabla sutil ser vuestro escudo;
Sin que a tan tristes plagas
Añadieseis también
la plaga horrenda
De la guerra cruel? Ardiendo en ira
Ella
cruza, ella agita, Y atronado
El ponto, en sangre enrojecer
se mira.
Guerra: ¡bárbaro nombre!
a mis oídos
Mas triste y espantoso
Que este mar
borrascoso,
Tan terrible y atroz en sus rugidos.
¡Que no
fuese yo un dios! ¡Oh cómo entonces
El horror que
te tengo el universo
Te jurara también! Ondas feroces,
Sed justas una vez: ya que la tierra
Muda consiente que
la hueste impía
De Marte asolador brame en su seno,
Vosotras algún día
Vengadla sin piedad: esas
crueles,
Esas soberbias naos
Que, preñadas de escándalo
y rencores,
Turban vuestro cristal con sus furores,
Del
cielo y vientos contrastar se vean,
Y en ciego torbellino
Todas a un tiempo devoradas sean.
Tal vez así de
la discordia el fuego
No osará profanar el Océano,
Tal vez el orbe dormirá en sosiego.
(1798.)
Discurso de Linco a Silvio.
Dime: si en esta tan alegre y bella
Estación, que renueva el mundo todo,
Vieses, en
vez de florecientes valles,
De verdes prados y vestidas
selvas,
Estarse el fresno y el abeto y pino
Sin su usada
frondosa cabellera,
Sin verdura los prados,
Sin flores
los collados,
¿No dijeras tú, Silvio: «El mundo ahora
Se marchita y desmaya»?
Pues la sorpresa y el horror que
entonces
De tan extraña novedad tuvieras,
De ti
mismo la ten: dionos el cielo
Vida y costumbres a la edad
conformes;
Y así como el amor nunca conviene
A pensamientos
canos,
Así la juventud de amor contraria
Contrasta
al cielo, y a natura ofende.
Mira en torno de ti: ¿ves la
hermosura
Que adorna, Silvio, el universo ahora?
Ella es
obra de amor: ama la tierra,
Ama también el mar,
aman los cielos:
Aquella que allí ves luciente estrella,
Del alba precursora,
Bella madre de amor, de amores muere,
Y enamorada luce y enamora:
Mírala envuelta en esplendor
y en risa;
Quizás en este punto el dulce seno
Deja
del caro amante y sus delicias.
En bosques y florestas
Aman las fieras, y en las ondas aman
Las orcas graves y
el delfín ligero.
El pajarillo aquel que dulcemente
Canta y lascivo vuela
Ya del haya al abeto,
Ya del abeto
al mirto,
Si espíritu tuviese y voz humana,
«Yo
me abraso de amor,» exclamaría.
Mas bien lo siente
y en su voz lo dice,
Que su amada le entiende; y le responde
«A mí el fuego de amor también me inflama.»
Brama el toro en el campo, y cuando brama,
Al blando juego
del amor convida
El león en el bosque
Ruge, y aquel
rugido
Es solo de su amor dulce gemido.
Todo, en fin, ama,
¡oh Silvio! ¡Y Silvio solo
En cielo, en mar y en tierra
Será alma sin amor ni sentimiento!
¡Oh! deja ya
las selvas,
Simple zagal...
Aminta y Lucrina.
Te contaré la dolorosa historia
De nuestros males, que arrancar pudiera
Llanto y piedad
a las encinas duras,
No solo a humanos pechos. En el tiempo
Que el sacerdocio santo era obtenido
Por jóvenes
también, hubo un mancebo,
Noble pastor, y sacerdote
entonces,
Llamado Aminta; el cual amó a Lucrina,
Ninfa gentil a maravilla y bella,
Pero soberbia a maravilla
y falsa.
Mostróse ella gran tiempo agradecida,
O
lo fingió con vanas apariencias,
Al puro afecto del
amante joven,
Y sustentóle de esperanzas falsas,
Mientras que el infeliz rival no tuvo.
Mas no bien fue
de rústico mozuelo
Mirada la inconstante, cuando
al punto,
Sin defenderse a su primer suspiro,
Al nuevo
amor abandonóse toda
Antes que el mal se sospechase
Aminta.
¡Mísero Aminta! que esquivado luego
Fue
y despreciado tanto, que ni verle
Ni escucharle jamás
quiso la impía...
Pues como al fin, tras el amor
perdido,
Quejas también y lágrimas perdiese,
Vuelto, rogando, a la gran diosa: «¡oh Cintia
Dijo, si
ya con inocentes manos
Y puro corazón el sacro fuego
En tu altar encendí, venga la llama
Que la pérfida
ninfa en mí ha vendido.»
Oyó Diana el llanto
y las plegarias
Del fiel amante, su ministro amado,
Pues
respirando en la piedad la ira,
Acrecentó la cólera,
y cogiendo
El arco omnipotente, lanzó al seno
De
la mísera Arcadia inevitables
Y ocultos dardos de
espantosa muerte.
Sin piedad, sin socorro perecían
Gentes de toda edad y de ambos sexos
Era tarda la fuga,
el arte inútil,
Vano el remedio; y antes que el doliente,
El médico infeliz morir solía.
Una sola esperanza
en tantos males
Quedó, y fue el implorar su auxilio
al cielo
Consultado el oráculo, respuesta
Dio, clara
sí, pero funesta y triste
Que Cintia estaba airada,
y aplacarse
Sólo pudiera si la infiel Lucrina,
U
otro de nuestra gente en lugar suyo,
En holocausto presentado
fuese
Por las manos de Aminta a la gran diosa.
Ella en
vano lloró, y esperó en vano
De su nuevo amador
ser socorrida;
Que al fin, llevada con solemne pompa,
Fue
miserable víctima a las aras;
Donde a los pies de
su ofendido amante,
A aquellos pies de quien seguida en
vano
Ya tanto fue, las trémulas rodillas
Dobló,
esperando su infelice muerte
Del mancebo cruel. Aminta entonces
Intrépido desnuda el sacro acero,
Y en su rostro
inflamado parecía
Que el furor y venganza respiraban.
A ella vuelto después, dijo, lanzando
Un gran suspiro
anunciador de muerte:
«Aprende en tu miseria, infiel Lucrina,
Cuál amante seguiste, y cuál dejaste,
Contempla
en este golpe.» Esto diciendo,
Clavó el cuchillo
por su mismo seno,
Y cayó sin aliento en brazos de
ella,
Víctima y sacerdote a un tiempo mismo.
A tan
fiero espectáculo pasmóse
La misera doncella;
pero al punto
Que recobró la voz y los sentidos
Dijo llorando: «¡Oh fiel, oh fuerte Aminta!
¡Oh amante que
tan tarde he conocido,
Y me has dado muriendo vida y muerte!
Si fue culpa el dejarte, ora la enmiendo
Eternamente uniéndome
contigo.»
Y esto diciendo, desclavó el cuchillo,
Teñido aún con la caliente sangre
Del tarde
amado enamorado pecho;
Y atravesando el suyo, moribunda
Sobre Aminta cayó, que aun no bien muerto
De aquel
golpe fatal suspiraría.
Tal fue de ambos el fin...
Corisca.
¿Quién ha visto jamás,
ni quién ha oído
Más extraña
pasión, más importuna,
Ni más loca
también? Quién en un pecho
El odio a un tiempo
y el amor unirse
Con temple tan sutil, que uno por otro
Se dilata y estrecha, y nace y muere?
Si desde el pie gallardo
hasta el semblante
Miro yo la belleza de Mirtilo;
Si sus
modales y su hablar contemplo,
Y su hermoso ademán
y sus miradas,
Me asalta amor con tan violento fuego,
Que
toda yo me abraso, y me parece
Que vence esta pasión
todas las otras.
Mas si después contemplo el obstinado
Amor que tiene a mi mujer, y pienso
Que de mí no
se cura, y que por ella
Desprecia mi beldad idolatrada
De mil almas y mil, tanto le esquivo,
Y le aborrezco tanto,
que imposible
Se me hace haberle alguna vez amado,
Y que
ardiese por él el pecho mío.
Me digo así
tal vez «¡Oh si pudiese
Gozar de mi dulcísimo Mirtilo,
Tal que yo sola le tuviese, y nadie
Le poseyese nunca!
Oh más que todas
Feliz Corisca» Y en aquel momento
Un ímpetu en mi seno se despierta,
Y hacia él
tan dulcemente me arrebata,
Que a sus huellas seguir, y
a suplicarle,
Y a descubrir el corazón camino.
¿Qué
más? Así me punza este deseo,
Que si pudiera
ser, le adoraría.
Por otra parte me revuelvo y digo:
«¡Un soberbio, un esquivo, un desdeñoso,
Uno que
a amar otra mujer se atreve,
Un hombre que me mira y no
me adora,
Y así de mi semblante se defiende,
Que
no muere de amor! ¡Yo, que debía,
Como a tantos he
visto, verle ahora
Abatido y lloroso a los pies míos,
Abatida y llorosa a los pies suyos
Podré verme caer!
«Y en esta idea
Ira tal, y tal cólera concibo
Contra
él, y contra mí, por haber vuelto
A mirarle
la vista, el pecho a amarle,
Que odio más que la
muerte el amor mío
Y el nombre de Mirtilo, y le quisiera
Ver el más infeliz, más afligido
Pastor que
hubiese; y si le viera entonces,
Con mis manos allí
le mataría.
Así el odio y amor, ira y deseo
Se combaten a un tiempo; y yo, que he sido
La llama de
mil almas hasta ahora,
Y el tormento de mil, ardo y suspiro,
Y pruebo en mi dolor el mal ajeno.
Yo, que allá
en la ciudad por tanto tiempo,
De amantes gentilísimos
servida,
Fui siempre insuperable, y burlé siempre
Todas sus esperanzas y deseos,
Ya de un rústico
amor, de un vil amante,
De un zagalejo humilde soy vencida.
¡Oh Corisca infeliz! en este punto,
Si desprovista de amador
te vieras,
Di, ¿qué fuera de ti? Dime, ¿qué
harías
Para calmar tu enamorada rabia?
Aprendan
a mi costa hoy las mujeres
A conservar y a acumular amantes.
Si ni otro bien ni pasatiempo alguno
Que el amor de Mirtilo
yo tuviese,
¡Cierto que rica de galán me viera!
Mil veces simple la mujer que a un solo
Amante llega a reducirse:
¡oh! nunca,
Nunca tan necia se verá a Corisca.
¿Qué
es constancia? ¿Qué es fe? Fábulas vanas
Nombres
imaginados por celosos
Para engañar las simples doncelluelas.
La fe en el pecho de mujer, si acaso
Fe en hembra alguna
aposentarse puede,
No es bondad, no es virtud; es una dura
Necesidad de amor, ley miserable
De menguada beldad que
ama a ti no sólo,
Porque amada de muchos ser no puede.
Mujer bella y gentil, solicitada
De muchedumbre de amadores
dignos,
Si a uno se acerca y los demás despide,
O no es mujer, o si es mujer, es necia.
¿Qué vale
la beldad cuando no es vista
Y si vista, no amada; y si
es amada,
Amada de uno solo? Que en el mundo
Cuanto más
dignos y frecuentes sean
De una mujer los amadores, tanto
La fama crece y alabanza de ella,
Y su esplendor y gloria
se aseguran
En tener muchos Las discretas damas
Así
vivir en las ciudades suelen;
Y las que son más bellas
y más grandes
Con mayor libertad; siempre es entre
ellas
Despedir un amante gran locura;
Hacen muchos así
lo que uno solo
Quizá no hará: quién
para dar es bueno
Quién a servir, quién a
otra cosa es útil;
Y sucede tal vez que sin saberlo
Lanza el uno los celos que dio el otro,
O los despierta
en el que no los tuvo.
De esta manera en las ciudades viven
Las mujeres ilustres, donde un día
Yo aprendí
el arte del amor, guiada
De mi espíritu mismo, y
del ejemplo
De una dama gentil que me decía
«Es
preciso tratar a los amantes
Cual si fuesen vestidos: tener
muchos;
Uno ponerse, y remudarlos todos;
Que el largo conversar
causa fastidio,
Y el fastidio desprecio y odio al cabo.
Es grande error, Corisca, que una dama
Llegue su amante
a fastidiar; tú cura
De que aquel que soltares salga
siempre
Quejoso, y no cansado. Y así siempre
He
procedido yo; gusto tenerlos
En grande copia; entretener
los unos
Con los ojos, los otros con las manos,
Pasar al
pecho el que mejor me agrada,
Y al interior del corazón
ninguno.
¡Mas ay! que de esta vez yo no sé cómo
Ha venido Mirtilo, y me atormenta
Tanto, ¡infeliz! que
a suspirar me obliga,
Y a suspirar de veras, y negando
A mis cansados miembros el sosiego,
También yo aprendo
a desear la aurora,
Tiempo oportuno a los amantes tristes.
Cual ellos, ¡ay! por esta selva umbrosa
Ando buscando la
adorada huella
De mi enemigo. ¿Qué le harás,
Corisca?
¿Le rogarás? El odio no lo quiere,
Aunque
lo quiera yo. ¿Le huirás? Ni aquesto
Lo consiente
el amor, aunque debiera
Tal vez hacerlo así. Pues
¿qué resuelves?
Las súplicas primero y los
halagos
Abrirán el camino, y descubierto
Le ha de
ser el amor, mas no la amante;
Si esto no basta, acudiré
al engaño;
Y si ni este tampoco, memorable
Venganza
hará la cólera...
El sátiro.
Cual hielo a plantas, sequedad a flores,
A ciervos red, a pajarillos liga,
Granizo a espigas, y
gusano a trigo;
Así contrario amor fue siempre al
hombre;
Y quien fuego le dijo, conocía
Su natural
tan pérfido y malvado
Pues si el fuego se mira, ¡oh
cómo es bello!
Y si se toca, ¡oh qué cruel!
El mundo
Más espantoso monstruo no conoce
Como fiera
devora, y como acero
Punza y traspasa, y como viento vuela;
Y donde afirma la imperiosa planta
Toda fuerza y poder
cede a su fuerza.
No de otro modo amor, que si le miras
Ya en bellos ojos, ya en cabellos de oro,
¡Oh cual gusta
y deleita! ¡Oh cual parece
Que solo paz respira y alegría!
Mas si te acercas mucho y si le pruebas,
Si comienza a
bullir, y luego crece,
No tiene tigre Hircania, ni la Libia
León tan fiero, o pestilente sierpe,
Que en fiereza
le venza o se le iguale;
Crudo más que la muerte
y que el infierno,
Contrario a la piedad, ministro de ira,
Y finalmente, amor de amor desnudo.
¿Mas para qué
hablo de él? ¿Por qué le culpo?
¿Es él
la causa de que el mundo ahora,
Amando no, mas delirando
peca?
¡Oh femenil perfidia! A ti se impute
De la infamia
de amor toda la culpa.
De ti sola, y no de él, viene
y se engendra
Cuanto de duro y de malvado tiene;
Pues él,
de suyo blando y apacible,
Al punto pierda su bondad contigo.
Tú no le dejas penetrar al pecho,
Y de pasar al
corazón las vías
Le cierras todas; por defuera
sólo
Le adulas y le halagas, y es tan sólo
Tu cuidado, tu pompa y tu deleite,
De un afeitado rostro
la corteza.
No son tus obras ya, ni ya te empleas
En pagar
con tu fe la fe de amante,
En luchar, en amar, con quien
te ama
Hacer de dos un corazón tan solo,
Y en una
voluntad unir dos almas.
Pero te ocupas en teñir
con oro
Un cabello insensato, ornar la frente
Con una parte
de él envuelta en nudos,
Y lo demás, en red
entretejido,
Prender el corazón de mil incautos.
¡Oh cuán indigno a un tiempo y fastidioso
Es el
verte tal vez con los pinceles
Pintarte las mejillas, y
las faltas
De natura y del tiempo andar borrando!
¡Hacer
se torne en púrpura brillante
La triste amarillez,
blanco lo negro,
Las arrugas lisura, y un defecto
Quitar
con otro, y aumentarle acaso!
Y esto es nada, aunque tanto:
son iguales
A las obras costumbres y caricias.
¿Qué
cosa tienes tú que no sea falsa?
Si abres la boca,
mientes; si suspiras,
Mentido es este suspirar; si mueves
Hacia alguno los ojos, la mirada
Es mentida también:
todos tus actos,
Todo ademán, y lo que en ti se mira,
Y lo que no se mira, hables o pienses,
Andes o llores tú,
cantes o rías,
Todo es mentira, y aun aquesto es
poco.
Vender más bien a quien mejor se fía,
Al más digno de amor amarle menos,
Y aborrecer la
fe más que la muerte,
Tales las artes son que hacen
tan crudo
Y tan perverso a amor. Tuya es la culpa
¡Oh pérfida
mujer! de sus delitos,
O lo es más bien de quien
de ti se fía.
En mí la culpa está,
que te he creído,
Corisca perfidísima y malvada,
Aquí tan solo por mi mal venida
De las regiones
lujuriosas de Argos,
Donde la liviandad tiene su imperio.
Mas tú finges también, y eres tan diestra
En mentir tus costumbres y palabras,
Que con las mas honestas
ora unida
La fama del pudor anda contigo.
¡Oh cuánto
afán he sostenido! ¡Oh cuántas
Ignominias
por ella! ¡Oh cómo ahora
Me arrepiento de todo y
me avergüenzo!
Aprende, incauto amante, de mi pena
A no adorar cual ídolo un semblante;
Que la mujer
idolatrada es cierto
Un numen infernal: de su belleza
Se
lo presume todo, a fuer de diosa;
Sobre ti, que te humillas,
elevada,
Como cosa mortal te tiene en menos
Que ser por
su valor ella se cree
Lo que la finges tú por tu
vileza.
¿Para qué tanta esclavitud y tantos
Ruegos,
suspiros. llantos? Estas armas
Úsenlas, sí,
los niños y mujeres,
Mas nuestros pechos aún
amando sean
Fuertes y varoniles. Hubo un tiempo
En que
pensaba yo que suspirando,
Y llorando, y pidiendo, en pecho
de hembra
La llama del amor se despertase.
Ora lo advierto,
erré; que si ella tiene
El corazón de pedernal,
es vano
El intentar con lágrimas suaves
O con el
blando aliento de un suspiro
Hacerle echar centellas, si
el acero
De un rígido eslabón no le combate.
Por tanto, deja el suspirar y el llanto,
Si el logro quieres
de tu amor; y si ardes
Con fuego inextinguible, allá
en el seno
De ese tu corazón más escondido
Tu afecto oculta, y ejecuta a tiempo
Lo que natura y el
amor enseñan
Pues la virtud de la modestia solo
En el semblante la mujer la ostenta,
Y es grande error el
que al tratar con ella
La tengas tú jamás,
pues aunque tanto
La usa con los demás, consigo usada
La tiene en odio, y en su rostro quiere
Que la mire el
amante, y no la emplee.
Con esta ley tan natural, si amares,
Tendrás gusto en tu amor; no vi Corisca
A mí
me encontrará tierno y rendido
Sino fiero enemigo,
que con armas
De un hombre de valor, no femeniles,
En crudo
asalto la herirá. Dos veces
Cogí ya esta malvada,
y no sé cómo
Se me fue de las manos; mas si
llega
Por la tercera vez al mismo paso.
Ya yo la pienso
asegurar de modo
Que escapar no podrá. Por estas
selvas
Suele a veces vagar, y yo venteando
Como sagaz sabueso,
ando tras ella.
¡Oh qué terrible estrago y qué
venganza
Si la cojo he de hacer! Yo haré que vea
Que llega alguna vez a abrir los ojos
El que fue ciego,
y que por mucho tiempo
No ha de vanagloriarse en sus perfidias
Una mujer sin fe y engañadora.
cuando se le encargó el ministerio de Gracia y Justicia
¿Pudo lucir el suspirado día
Que con sus votos la virtud llamaba,
Y la esperanza florecer
que apenas
El sueño en sus halagos le pintaba?
Pudo:
a este tiempo en repetido aplauso
Miro el viento batir,
en dulces himnos
Los ecos resonar, y por do quiera,
De
labio en labio sin cesar llevado,
El nombre de Jovino henchir
la esfera.
¡Bien haya veces mil aquel
momento
En que a las manos del saber se entregan
Las riendas
del poder! En él cifrada
Su ventura ve el orbe; en
ti, Jovino,
La suya ve tu patria. Ella anhelante,
Ya en
el horror del precipicio puesta,
Auxilio implora y tu robusta
mano
Que sólo tú de sus profundos males
El
abismo sondar, dar a sus llagas
El poderoso bálsamo,
y en rayos
De luz clara y vivífica pudieras
Inundarla
por fin. ¡Oh! presto sea,
Presto se cumpla la esperanza
mía;
La nube ahuyenta del error, con ella
Huirán
al punto las funestas plagas
Que nuestra dicha en su insolencia
ahogaron.
Y a ti sólo debida esta victoria,
Mi vista,
ansiosa de tu honor, te vea
Brillar al fin con tan inmensa
gloria.
Victoria más espléndida
y más pura
Que las que en campos de pavor cubiertos
Consagra a Marte la fiereza humana;
No, empero, menos ardua
revestida
De mil formas y mil tiende su vuelo
Rastren la
ignorancia, y con sus alas
Cuanto toca consume; así
en los campos
Que baña con sus ondas Guadiana
Crece
el insecto volador, y muerta
Lamenta Ceres su verdura ufana.
Ora insulta y desprecia: en su habla loca
Es ocioso el
saber, frívolos sueños
Las obras del ingenio,
al polvo iguales
Los altos pechos que Minerva inspira.
¡Bárbara presunción! Allá en el Nilo
Suele el tostado habitador dar voces,
Y al astro hermoso
en que se inflama el día
Frenético insultar:
la injuria vana
Huye a perderse en la anchurosa esfera.
Y Febo en tanto derramando lumbre
Sigue en silencio su
inmortal carrera.
Ora feroz a la indolencia usada
Se niega,
y de murallas espantosas
Cerca y ataja los senderos todos
Por do a la humana perfección se arriba.
De allí,
alzando el cuchillo, armada en muerto,
Cuantos su imperio
detestable esquivan,
Tantos amaga. ¡Ay del cuitado que osa.
De generoso ardor el pecho henchido,
Sus nieblas disipar,
buscar la lumbre,
Y a la cumbre trepar Víctima entonces
De su ciego furor... Pero primero
Del cielo y de la tierra
se vería
Suspenso el curso, y de las cosas todas
El lazo universal roto y deshecho,
Que la insolente estupidez
su triunfo
Logre completo, y que sus impías manos
La sacra antorcha a la razón extingan.
¿Quién
dio a la tempestad el loco orgullo
De sobrar a la luz? Tú,
gran Jovino,
Insta, combate, vence. el monstruo horrible
Bramando espire; que reinar se vena
Benéficas las
letras; que amparadas
De su inviolable independencia sean.
Ellas fueron tu amor, ellas tu encanto
Siempre serán ¡O bienhadado y digno
De envidia el
que en su albergue solitario
Las fuentes del saber tranquilo
apura!
Felices en su afán vuelan las horas
Ya la
lectura le embelesa, y lleno
De admiración, los altos
monumentos
De la estudiosa antigüedad medita,
Y a
sus genios se hermana, ecos grandiosos
Por do la serie de
la ciencia humana
Se dilata a los siglos. Ya llevando
Al
hermoso espectáculo que ostenta
Natura, su atención,
busca sus leyes,
Sus misterios indaga, en su belleza
Atónito
se arroba, y desde un punto
Se hace inmenso como ella. Ora
a los hombres
La vista paternal vuelve, y llorando,
Exento
del error, ve sus errores,
Y los señala y los combate,
y libre
Muestra la senda en que a placer se lleven
De la
mundana actividad las ruedas:
Tal vez sueña, y soñando
en su delirio,
Nuevos mundos se finge, y de virtudes
Y
de ventura celestial los llena.
¿Quién no envidia
su error? Llora y suspira
En la dulce ilusión que
le enajena,
Y del orbe en el bien el suyo mira.
Siquiera
allí de la servil codicia,
de la ambición
frenética no tiembla
La eterna agitación:
a fuer de vientos
Que en partes mil el horizonte rompen,
Y furiosos batiéndose, a su impulso
La fiel serenidad
huye turbada;
Tal en el centro del poder se acosan
La doblez,
la maldad, los vicios viles,
Que en mentido disfraz vagan
tras ellas,
Y en su mísero vértigo sepultan
De la virtud las esperanzas bellas.
¡Ay! que tal vez al
formidable peso
Rebelde el hombro, y de luchar cansado
Con la depravación, los tristes ojos,
Jovino, volverás
a aquellos días
De tu apacible soledad testigos;
Los volverás llorando; el desaliento
Su amarga hiel
derramará en tus venas,
Maldiciendo afligido aquel
momento
Que te arrancó a tu albergue, do tranquilo
La virtud, la verdad fueron tu asilo.
¿Y
el ejemplo del bien que debe al mundo
Todo gran corazón?
Y la alta gloria
De aterrar la maldad? Y los consuelos
De la opresa virtud? -Cuando lejana,
De hierro el cetro
iniquidad violenta
Tienda a las veces, y afligido llore
El inocente en su opresión, tú entonces,
Tú serás su deidad. Antes venía,
Y
con trémulo pie la aula pisaba,
La altiva majestad
le confundía;
Demandaba justicia, y su semblante,
De incertidumbre tímida vestido,
Suspiraba un favor.
Jovino ahora,
Jovino es quien atiende a sus querellas,
Quien enjuga sus lágrimas, quien tierno
También
acaso le acompaña en ellas.
Lágrimas puras
que, en placer bañada,
Derrama la virtud, ¡qué
de consuelos
No dais al corazón! ¡Qué de pesares
No le quitáis! -¿Y el inmortal testigo,
El premio
hermoso de los grandes hombres,
Alta posteridad, que ya
te mira
Y tu nombre señala entre sus nombres?
¡Oh
porvenir! ¡Oh juez incorruptible
Del hombre que vivió!
¡Cuál se amedrenta
De ti el profano pecho que ya
un día
El bien miró, de indiferencia lleno,
Ni osó el cerco salvar que le ceñía!
Cuando la noche del sepulcro ostente
La nada ante sus pies,
cuando ya el sueño
De su vida falaz se torne en humo,
¿Qué verá tras de sí? Mísero
olvido
O excración eterna que a los tiempos
La memoria
en su voz vuelve contino.
Aquel, empero, que de ardor divino
Tocado fue, que en incesante anhelo
Siempre ansió
por el bien, y que en su mente,
A cuanto obró y pensó
la faz terrible
Del tiempo que vendrá tuvo presente,
Ese vive inmortal; su excelso nombre
Colina el abismo de
la tumba, y viva
Su gloria colosal queda en sus hechos;
Hechos que en ecos de alabanza suenan,
Que el campo inmenso
del espacio ocupan,
Y el raudo giro de los siglos llenan.
Tiempo vendrá que en la dichosa
Hesperia
Espaciando la vista alborozada,
Grite la admiración:
«¿No es este el suelo
Que en otro tiempo a compasión
movía?
Veinte siglos de error en él fundaron
El imperio del mal: en vano había
Pródigo
el cielo de favor cubierto
Su seno en bienes mil, y codiciosa
La tierra por brotar, inagotables
Sus opimos tesoros ostentaba.
Su sed en vano innumerables ríos
Mitigaban regándola,
y en vano
Bañara el mar su costa al occidente,
Al
oriente y al sur. ¿Qué la servía
Un clima
placidísimo y sereno
Que en vida, en fuerza y en
placer la henchía?
Todo fue por demás: su
manto triste
Tendió la asolación: yermos los
campos,
Mustios los pueblos, indolente el hombre,
Sin conocer
su estrago, sin aliento
Para salvarse de él, ruina
y silencio
Cual de peste mortífera abrigaban.
¿Quién
fue el Dios que bastó de tantos males
El torrente
a atajar? Quién la carrera
Mudó a estas aguas,
allanó los montes,
Los pantanos cegó? Cubren
de Ceres
Y de Pomona los celestes dones
El suelo antes
erial, que abrojos solos
Y zarzales inútiles llevaba.
Trocóse todo: por do quier la mano
Del hombre señalada,
y por doquiera
Su vivífica acción en movimiento
Despierta mi atención. ¿Do las cadenas
Están
de la verdad? ¡Cuál se ha extendido,
En alas del
espíritu llevada,
De mar a mar y de Pirene a Gades!
¿Quién volvió a sancionar la ley de vida
Que en su próvido amor naturaleza
Por la voz del
deleite diera al mundo?
¿Qué numen creador pudo en
un día
Verter aquí la plenitud y holganza,
Imprimir su vigor y su energía?»
¡Ah!
que entonces el nombre de Jovino
Grande a la gloria y al
aplauso viva,
Y aquel augusto galardón reciba
Digno
de su virtud y alto destino.
¡Oh hermosa emulación!
Vendrán las artes
Hijas del genio imitador, y solas
Adornar ansiarán el bello triunfo
De su alumno y
su dios: suyo las ciencias
Le aclamarán, con su divina
mano
Allá en la playa astur mostrando alegres
La
mansión que él les diera, altar primero
Que
alzó a Minerva la razón hispana.
En medio
el labrador, no como un día
Angustiado, infeliz,
pobre y desnudo,
Sino contento y vigoroso, alzando
La agradecida
voz, dirá: «Fue mío,
Y su alabanza es mía;
si de flores
Primero se adornó su mente hermosa,
Para mí maduró, y en fruto opimo
Gocé
yo al fin de su favor los dones.
Si de su voz la persuasión
salía
Como raudal de miel, ella a mis llagas
Dulce
bálsamo fue. ¿No ahogó su mano
Una en pos
de otra las odiosas sierpes
Que infestaban mi ser? Ved mi
abundancia,
Ved mi contento, el delicioso halago
Con que
de hijuelos el enjambre hermoso
Me alivia y me corona. ¡Ay!
hubo un tiempo
Que el ser padre era un mal: ¿quién
sin zozobra
A la indigencia, al desaliento, diera
Nuevos
esclavos? Pero huyó; al olvido
Lanzó Jovino
tan amargos días:
Mi esperanza, mi paz, las glorias
mías
Obras son de su amor, son de su anhelo;
Dadme
pues sólo el bendecir su nombre,
Y en dulces himnos
levantarle al cielo.»
Creced y floreced, plantas hermosas,
Creced y floreced, y alzando al cielo
Esas ramas sonantes
y frondosas,
Dañad en dulce lobreguez el suelo;
Que yo, angustiado, a vuestra sombra amiga
Me acogeré,
y en ella
Tendré un asilo al fin donde no sienta
El vivo resplandor que el sol ostenta.
Él, en eterna
juventud luciendo,
Vuela, y vuela sin fin: ¿qué son
los años
Qué los siglos ante él? Ruedan
furiosos;
Y a contrastar su solio se amontonan,
Y en su
feliz carrera
Nada marchita su beldad primera;
Todos su
gloria y su esplendor coronan.
¡Oh cuánta
diferencia
Entre su fuerza y la flaqueza cala!
Sigue un
día a otro día,
Y en su sorda inclemencia
Cada cual me amortigua, y me arrebata
Al término
en que espira la alegría.
Vuelvo la vista, y angustiado
miro
Yacer segadas de mi edad las flores,
Y la vida mostrárseme
erizada
De espinas solamente y de dolores.
Tened
¡ay! compasión de mi amargura
Que bien me la debéis,
árboles bellos.
Decid: cuando los vientos bramadores
A la voz del noviembre se desatan,
Y sacudiendo frío,
En su furor horrísono maltratan
Vuestro verdor sombrío,
Y anunciándoos vejez, de angustia os llenan
Y a
desnudez tristísima os condenan,
¿No sentís?
no lloráis? Y estremecidos,
¿No os acordáis
de abril, cuando halagüeñas
Las manos de natura
engalanaban
Vuestras frentes risueñas,
Cuando el
auro os besaba con ternura,
Y los ojos distantes que os
miraban,
Cual templos de frescura
Y asilos de placer os
saludaban?
Tal de mi juventud y de mi
gloria
Los venturosos días
Se pintan tristemente
en mi memoria,
Al tiempo que volando
Huyen lejos de mí,
sin que mis ayes
Sólo un momento detenerlos puedan.
Adiós, divino amor, que desplegando
Las bellas alas
de oro,
Me llevabas en ellas
Por senderos de flores,
Y
el pecho y labio sin cesar colmabas
Del néctar celestial
de tus favores.
Adiós: la cruda
mano
Del tiempo, a mis delicias enemigo,
Te arrebata consigo.
Y ¡oh cuántos otros bienes el tirano
Me arrebata
también! ¿Con que la risa
Huyó por siempre
de los labios míos,
Y la fiel confianza de mi frente?
Mis ojos, ¡ay! de lágrimas vacíos,
¿Será
que nunca a desahogar ya tornen
Mi triste corazón,
y que se vean
De él por siempre alejadas
Las esperanzas
que halagüeñas ríen,
Las ilusiones que
sin fin recrean?
Contigo, ¡oh juventud!
contigo nace
El entusiasmo ardiente
Que arrebata hacia
el bien, contigo espira,
Y tras él la virtud mustia
y doliente
Privar de fuerza y marchitar se mira.
¿Qué
a tu ferviente anhelo
Cuestan jamás los sacrificios?
Oyes
La voz de la amistad, sientes la llama
Del patriotismo
que tu pecho agita,
O bien la gloria que en honor te inflama;
Partes entonces desalada, y corres
Impávida a tu
fin: como en la selva
El volador caballo,
Cuando en dichosa
libertad respira,
Orgulloso se lanza a la carrera;
El viento
no le alcanza, y vanamente
A intimidar su ardiente lozanía
Las ramblas y torrentes se presentan;
Las ramblas y torrentes
acrecientan
Su generoso aliento y su osadía.
Y
en vez de tantos dones
Como en mi tierno corazón
moraban
Y en su luz generosa me ensalzaban,
¿Qué
ofreces a mi vida,
Oscuro porvenir? El triste freno
De
la prudencia y su compás helado;
Mientras que, derramando
su veneno
La vil sospecha, asida
Del funesto puñal
del desengaño,
En cada halago temerá un peligro,
Tras cada bien me mostrará un engaño;
Y roto
el velo a la ilusión, el mundo,
Que pintado en tan
mágicos colores
A mi inocente espíritu reía,
Será de hoy más a la tristeza mía
Yermo sin amistad y sin amores.
Morir
fuera mejor; mas ¡ay, que abiertas
Ya a devorarme aspiran
De la siguiente edad las negras puertas!
La vista estremecida
Duda y se vuelve atrás: detén la mano,
Y
no de bronce la eternal barrera
Corras, que esconde mi estación
florida,
¡Dura necesidad! ¡Oye mi ruego!...
Mas no me escucha,
y la corrió, y yo ciego,
Sin poderme valer, desconsolado,
Del carro del destino arrebatado,
A su imperiosa voluntad
me entrego.
Tú, mudo esposo de la noche umbría,
¡Oh padre del sosiego,
Sueño consolador! ¿por qué
te niegas
A mi lloroso ruego?
¿Por qué a mis sienes
con piedad no llegas?
Y no que lento y vagaroso bates
Lejos
de mí tu desmayado vuelo,
Y esparces en el suelo
La niebla del balsámico rocío
Con que el
dolor serenas
Y el vivo afán de las acerbas penas.
Duélete ¡oh sueño! al contemplar
las mías;
Suspende, ¡ay Dios! suspende
Por un momento
el velador cuidado,
Y en él tu velo vaporoso tiende.
¿No bastan, di, para penar los días?
Mi espíritu,
rendido
A tanta agitación, mi triste pecho,
De palpitar
cansado,
Y en ansia y fuego el corazón deshecho,
Tu celestial venida
Imploran ¡ay! a restaurar mi vida.
Para obligarte, en vano
Mezclarme quise
al alborozo insano
Del ruidoso festín, y la ancha
copa
Henchí tres veces de espumoso vino.
Tres veces
la apuré, sediento y ciego;
Pero en mi yerta boca
Se heló la risa y se tornó en gemido.
Y el
ardiente licor que entró en mi seno,
En vez de dar
a mi dolor reposo,
Raudal fue impetuoso
De hiel ingrata
y ponzoñosa lleno.
Fácil
un tiempo mi clamor olas,
Y blandamente en derredor volabas,
Y halagüeño doblabas
La gloria de mis días,
Que tú en la noche a redoblar ventas.
¡Oh ilusiones
de bien! ¿Dónde habéis ido?
¿Tal vez a no
tomar? Tal vez si ahora
¡Oh sueño! has de venir,
vendrá contigo
A atormentarme airada
Del bien perdido
la doliente idea;
Mas ven, sueño, a mi voz, aunque
así sea.
Ven; que ya las dos osas
Al ocaso avecinan
Su refulgente carro, y presurosas
Las
centellantes Pléyadas se inclinan.
La luna fatigada
Se retira hacia el mar, y ya la aurora
Precipita la hora
Que anuncia en el oriente
Su trémulo esplendor.
¡Ay! vendrá el día,
Vendrá, y mis ojos,
de velar cansados,
Su luz no sostendrán ni su alegría.
¡Ríndete a compasión, sueño precioso!
Tu néctar delicioso
Mi triste frente halague,
Y
blando y dulce y regalado vague
¿Me escuchas? ¡Oh favor!
Ya desmayados
Mis sentidos fallecen,
Mis miembros se entorpecen,
Mis párpados se agravan,
Las penas mismas su inclemencia
fiera
Con tu presencia acaban.
¡Quién de ellas libre
al despertar se viera!