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consolándolo en una ausencia

    A par con mi amistad id, versos míos,

Id a Fileno, en cuyo pecho ahora

La hiel ingrata del dolor se ceba.

Él al fijar en vos sus tristes ojos

Exclamará tal vez: «Viva en mi amigo

Mi memoria es aún, viva en su seno

Late la compasión. Sierras fragosas,

Llanos inmensos, presurosos ríos

Le separan de mí, y enternecida,

De allá tan lejos su oficiosa mano

A embalsamar mis lágrimas se tiende.»

Llora, Fileno, llora: este consuelo

Señaló ya el destino a la amargura

Cuando en un tierno corazón se anida.

Yo lloraré contigo; aún en mi oído

Suenan los tristes dolorosos ayes

Que al partirse tu bien al viento dabas;

Te miro aún que, palpitante, opreso

Del congojoso afán, vuelves los ojos

Al sitio mismo en que arrancar la viste

De la rápida rueda, que sonando,

Tu pecho aún más que el pavimento hería.

«Ella se va», con falleciente labio

Hondamente exclamaste; y repitiendo

El eco: «Ella se va,» de amargo luto

Tu desolado corazón llenaba.

¡Oh momento cruel! Huyen entonces

La risa alegre y el festivo gozo

Del amante infeliz, huye el deleite

Que le inflamaba. En tan inmenso duelo,

¿Do su vista mover? ¿Hacia qué parte

Sus pasos llevará? Sólo un vacío

Mira, que el mundo en su tropel ruidoso

Ni llenó ni encubrió. ¿Dónde el halago?

¿Dónde el grato mirar? ¿Dónde los juegos?

Aquel continuo querellarse, aquellas

Iras dulces de amor, nubes suaves

Que su serena faz tal vez cubrían,

Y a deliciosa paz luego tornaban...

Todo huyó, todo fue: pasa un momento,

Llega el siguiente, y el dolor tan solo

Con su amarga lazada es quien los une.

Volaban antes las fugaces horas,

Volaban, y a par de ellas el deseo

Avivaba su ardor; tras él venía

La esperanza feliz vertiendo flores,

Y de ilusiones mágicas ornada;

Coronábala el goce, y luego el curso

De afán tan delicioso renacía;

Ansiábase otra vez, y se esperaba

Y se gozaba. ¡Ay Dios! Ya ¿qué le resta?

Amar, penar, gemir: tal su destino,

Tal es su triste y perdurable empleo.

¿Y qué? ¿Cerradas al ausente fueron

De un consuelo feliz las sendas todas?

No, amigo, no: si en tu afflicción amarga

Te tienes por el ser más infelice

De los que inflama amor, corre a la selva,

Corre, y en ella la frondosa cima

Deu un álamo verás alto y pomposo

Que aquel recinto de verdor corona

Y entre sus frescos y gallardos ramos

Contempla el nido desolado y yermo

Que fue altar de placer, y ora es de llanto.

Dos tórtolas en él... ¿Quién compasivo

No lamentó su desastrada suerte?

Brilló el color del cielo en su plumaje,

Y el fuego del amor ardió en su seno.

Juntas las miró el sol, juntas la noche.

Juntas volar a su cristal la fuente,

Juntas el valle; el eco embebecido

Su arrullo enamorado redoblaba.

Y al fin llegó la hora fatal: salieron,

Y sus ligeras alas desplegaron.

Infelices, ¿do vais? Torced el vuelo,

En el bosque no entréis; y no me escuchan;

Y siguiendo inocentes su camino,

Dulces besos se dan, y amantes juegan.

Y de repente, al espantoso estruendo

De la tronante pólvora silvando,

Salió el plomo mortífero; un gemido

Dio el viento en derredor; volvió los ojos

Azorada la tórtola a su amado,

Que abierto el bello seno y moribundo,

La miró y espiró. «Cayó», gritaba

Bárbaro el cazador, cayó; y en tanto

Huye, y huyendo la infelice viuda,

Hiende la esfera en lastimosos gritos.

Y ronca y sorda de gemir, su vuelo

Lejos allá sentó, do triste y sola,

Ningún viviente su dolor distrae;

La muerte implora allí, la muerte airada

Se niega a su clamor, y envenenado

El curso puro de sus dulces días,

Los vive en llanto y sempiterno luto.

¡Mísera! que al destino ni aún es dado,

Con ser tan poderoso, devolverle

Su malogrado bien. ¡Oh! ¿Qué es la ausencia,

Qué son los breves límites que ahora

A ti te parten de tu bien, Fileno;

Límites que traspasan los suspiros,

Y por do hienden del amor las alas,

Con ese eterno y lóbrego silencio,

Con ese abismo impenetrable y hondo

Que hay del ser al no ser, que hay de la vida

Al sueño helado de la tumba oscura?

Y al fin, en pena tal, si amargo el duelo,

Si es inmenso el afán, llorase entonces

Un corazón donde el amor ardía;

Que el pecho entonces resonando en ayes,

Sobre él su trono la tristeza asiente,

Si, justo es el dolor, pene el amante,

Pene, y en llanto funeral inunde

Del bien perdido las cenizas frías.

Mas cuando al tierno amor asaltan fieros

El puñal del desprecio, la ponzoña

de la doblez, los hielos del olvido,

¡Triste mil veces, triste el miserable

Que a tales plagas condenado gime!

¿Quién fue el tigre cruel, quién fue el ingrato

Que un sentimiento tan hermoso y puro,

Al hombre dado en el amor del cielo,

Con ellas corrompió? Del negro abismo

Se desataron a infestar la tierra,

A marchitar de la beldad las rosas,

A desmayar la juventud. Entonces

Cuantas las flores de esperanza fueron,

Tantos cuchillos de dolor se clavan.

Ama, y ¡quién lo creyera! su tormento

Más grande es el amar; la llama ardiente,

A pesar de su afán, crece en su seno;

Y devora y abrasa, y sus entrañas

Con insano furor vuelve en pavesas.

¡Oh lastimoso y miserable estado,

Do de continuo el corazón se lleva

De la rabia al dolor! Nunca la aurora

Le hallará al despertar embebecido

Ya en la memoria del placer pasado,

Ya en la esperanza del placer que viene.

Duerme agitado, empero, y despertando,

Siente la hiel que le atosiga, y llora

De viva afrenta y de vergüenza En vano

Mueve la planta a huir; ¿podrá el mezquino

De sí mismo escapar? Honda en el seno

La enarbolada flecha trae consigo,

Y mientras huye más, más se la clava;

Que si el olvido al parecer despliega

Su suspirado velo, y un momento

Cesa el afán, ¡ay si los ojos miran

La tirana beldad que antes ansiaron

Hinchase el corazón, el pie vacila,

Y a andar se niega; por sus miembros todos,

Que la vida abandona, un sudor frío

Vaga y triste temblor; turbios los ojos

Y en ronco son zumbando los oídos,

Ni ve ni escucha; la profunda llaga

A abrirse torna con furor, y en ella

Se dilata el raudal de la amargura.

¡Piedad del infeliz! ¿Su resistencia

Ha de ser por demás? Si de su pecho

Quiere arrancar tal vez la bella imagen

Que amor grabó con su buril de llama,

¿En vano esfuerzo la impotente mano

Desgarrará su corazón y entrañas,

Y quedará inviolable entre despojos

Allí reinando el ídolo sangriento?

Más valiera no amar; sí, más valiera,

Cual se huye el silvo de engañosa sierpe,

Esquivar la beldad, y a sus halagos

Con bronce duro amurallar el pecho.

Amor, terrible amor, yo, que en tributo

Te di el abril de mis floridos días,

Y tantas veces adorné tu pompa,

Detrás del carro triunfador traído;

Yo sé que a tu violencia y tus furores

Nada puede bastar; sé que mi pecho,

Bien como el hielo se deshace en agua

De Febo al rayo en el ardiente estío,

Tal se deshace al contemplar la risa

De una boca rosada, al ver los orbes

De un seno que palpita, al ver los ojos

Que halagüeños mirando centellean.

¿Cómo a tal prueba resistir podría

Tan flaco luchador? Días si otro tiempo

Llega en que torne a obedecer tus leyes,

Leyes de vida y de esperanza sean,

No de engaño o desdén. Contento entonces,

Rosas suaves me serán tus grillos,

Y adorno al cuello el ponderoso yugo.

Doy que, envidioso a mi ventura el cielo,

Me arranque entonces de mi bien, y airado

Doy que me esconda en el opuesto polo.

Yo lloraré, pero amaré mi llanto

Y amaré mi dolor. ¿Podrá la suerte

La memoria cegar? Siempre al oído

Me halagará sonando el blando acento

De la divina voz, cuando amorosa

Por la primera vez se dijo mía.

Mis labios luego el delicioso néctar

Renovarán que de su fresca boca

Mi amor libara en los primeros besos.

Lejos de ella estaré; pero anhelante

Preguntaré a los céfiros que vuelan,

preguntaré a los ecos que responden;

Y acordes todos me dirán: «Te adora.»

Lejos de ella estaré; más lleno de ella

Saldré a los campos, y embebido y solo

En cada flor contemplaré su imagen;

Que también ella es flor. Las ondas puras

Del plácido arroyuelo en sus remansos

Me la darán; me la dará la noche

En su faz melancólica y sombría,

En su fulgor hermoso las estrellas,

En su ilusión dulcísima los sueños.

Tú así también de tu dichoso tiempo

Podrás, Fileno, renovar la gloria:

Busca la soledad, ella en sus brazos

Dio siempre al triste favorable asilo;

Y dulce y melancólica, en su seno,

Renovando memorias deleitosas,

Templará tu amargura. Huye la vista

De esos hombres de mármol, que crueles

A los suspiros del dolor se cansan

O con mofa sacrílega le siguen;

fluye de ellos, en tanto que tu amigo

Alas le pide a la amistad, y vuela,

Y llega, y estrechándote a su pecho,

El raudal de tus lágrimas mitiga.


Al combate de Trafalgar.

    No da con fácil mano

El destino a los héroes y naciones

Gloria y poder: la triunfadora Roma,

Aquélla a cuyo imperio

Se rindió en silenciosa servidumbre

Obediente y postrado un hemisferio,

¡Cuántas veces gimió rota y vencida

Antes de alzarse a tan excelsa cumbre!

Vedla ante Aníbal sostenerse apenas

Sangre itálica inunda las arenas

Del Tresin, Trebia y Trasimeno ondoso;

Y las madres romanas,

Como infausto cometa y espantoso,

Ven acercarse al vencedor de Canas.

¿Quién le arrojó de allí? Quién hacia el solio

Que Dido fundó un tiempo, sacudía

La nube que amagaba al Capitolio?

Quién con funesto estrago

En los campos de Zama el cetro rompe

Con que leyes dio al mar la gran Cartago?

La constancia: ella sola es el escudo

Donde el cuchillo agudo

La adversidad embota; ella convierte

En deleite el dolor, la ruina en gloria;

Ella fija el dudoso torbellino

De la fortuna, y manda la victoria

Para el pueblo magnánimo no hay suerte.

¡Oh España! ¡Oh patria! El luto que te cubre

Muestre en tan grave afán tu amarga pena;

Pero espera también, y con sublime

Frente, de vil abatimiento ajena,

La alta Gades contempla y sus murallas

Besadas por las olas,

Que asombradas aún y enrojecidas

Tiéndense allí por las sonantes playas,

Cantando las hazañas españolas.

Se alzó el bretón en el soberbio alcázar

Que corona su indómito navío,

Y ufano con su g1oria y poderío,

«Allí están, exclamó; volved los ojos,

Compañeros, al1í: nuevos despojos

Ya vuestra invicta mano

Ya a conseguir en los endebles pinos

Que España apresta a su defensa en vano.

Libre de esclavitud no sea ninguno

Hijos somos nosotros de Neptuno,

¿Y ellos asan surcar el Océano?

Acordaos de Abukir: sólo un momento

¡Llegar, vencer y devorarlo sea!

Dadme este triunfo, y de laurel ceñido

Que el opulento Támesis me vea.»

Dijo; y tiende la vela: ellos le siguen

Abriendo el mar con sus nadantes proras

Del viento y de las ondas vencedoras;

Mientras que firme el español los mira,

Y despreciando su arrogancia fiera,

El noble pecho palpitando en ira,

Con impávida frente los espera,

¡Ira justa! ¡Ardor santo! Esos crueles,

Bajo las alas de la paz seguros.

Son los que nuestra sangre derramaron

Por vil codicia, a la amistad perjuros;

Esos los que a perpetua tiranía

Condenaron el mar, los que hermanaron

Del poder la insolencia y la soberbia

Con la rapacidad y alevosía;

Esos... La noche con su negro manto

Envuelve el mundo: sombras espantosas

Entorno de los mástiles vagando,

Estragos, muerte anuncian, y acrecientan

La pavorosa espectación; el día

Abre el campo al furor, y horrendo Marte

Con clamores de guerra hinche la esfera

Y levanta en los aires su estandarte.

Responde a esta señal el hueco bronce,

Con mortal estampido el eco truena,

Y por el mar llevándose bramando,

Hasta en las costas de África resuena.

Vuelan, movidas de rencor, las naves

Con naves a encontrar: menos violentas

Despide el polo austral sierras de hielo,

Que con su mole inmensa y resonante

Por las fáciles ondas se deslizan,

Y al audaz navegante atemorizan

Ni con estruendo igual turban el cielo

Las negras tempestades,

Cuando por Bóreas y Euro embravecidas,

A su furiosa guerra y duro encuentro

Hacen del orbe estremecerse el centro.

Tres veces fiero el insular se avanza,

Creyendo en su pujanza

Romper de nuestra escuadra el fuerte muro;

Tres veces rechazado

Por el hispano esfuerzo, ya dudosa

Ve la victoria que esperó seguro.

¿Quién su despecho pintará y su saña

Cuando aquel pabellón, antes tan fiero,

Miró invencible al pabellón de España?

No hay saber, no hay valor, solo ya fía

Su fortuna al poder: dobla sus naves

Y las redobla, en desigual pelea,

De popa a proa, en uno y otro lado

Cada español navío

De mil rayos y mil es contrastado;

Y él, con igual aliento

Que recibe la muerte, así la envía.

No: si cien voces yo, si lenguas ciento

Me diese el cielo, a numerar bastara

Las ínclitas hazañas de aquel día:

El humo al sol se las robaba entonces;

Pero la fama las dirá en su trompa,

Las artes en sus mármoles y bronces.

Llega el momento en fin, tiende la muerte

Su mano horrible y pálida, y señala

Víctimas grandes: el valiente Alcedo,

Castaños, Móyua, intrépidos perecen

Vosotros dos también, honor eterno

De Bética y Guipúzcoa2... ¡Ah, si el destino

Supiese perdonar! ¿Cómo a aplacarte

La oliva no bastó que unió Minerva

A los lauros de Marte en vuestra frente?

¿Qué a vuestra ilustre indagadora mente

Pudo ocultar el mundo o las estrellas?

De vuestras sabias huellas

Llenos están de América los mares,

Las Cícladas lo están; viuda la patria

De tantos héroes que enlutada llora,

Pide a su corazón lágrimas nuevas

Que a vuestro acerbo fin derrame ahora.

¡Ah! ¡Vivierais los dos! Y en vez de llanto,

Del dolorido canto

Que mi fúnebre acento hoyos consagra,

Pudiera yo contraponer el pecho

Al golpe atroz y recibir la herida

Diera a la patria así mi inútil vida,

¡Y vivierais los dos! Y ella orgullosa

Con vuestra luz y espíritu valiente,

Al arduo porvenir hiciera frente,

De rayos coronado y victoriosa.

No, empero, sin venganza y sin estrago,

Generoso escuadrón, allí caíste

También brotando a ríos

La sangre inglesa inunda sus navíos;

También Albión pasmada

Los montes de cadáveres contempla,

Horrendo peso a su soberbia armada;

También Nelson allí... Terrible sombra,

No esperes, no, cuando mi voz te nombra,

Que vil insulte a tu postrer suspiro:

Inglés te aborrecí, y héroe te admiro.

¡Oh golpe! ¡Oh suerte! El Támesis aguarda

De las naves cautivas

El confuso tropel, y ya en idea

Goza el aplauso y los sonoros vivas

Que al vencedor se dan. ¡Oh suerte! El puerto

Solo le verá entrar pálido y yerto:

Ejemplo grande a la arrogancia humana,

Digno holocausto a la aflicción hispana

Así el furor de Marte

impele el brazo de la parca, y siega

Vidas sin fin: lanzado por la rabia

Cunde el fuego voraz, las tablas arden,

Un volcán encendido

Es cada bosque, por los aires vagos

Se alza y retumba el hórrido estallido,

Y los sepulta el mar. ¿Hay más estragos?

Sí; que el cielo, ominoso a tal porfía,

Manda a los aquilones inclementes

Separar los feroces combatientes

Y en borrascosa noche hundir el día.

Lo manda; ellos crueles,

Azotando las ondas con sus alas,

Se arrojan a los míseros bajeles.

Al nuevo asalto, al sin igual combate

Fallece el árbol trémulo y se abate;

Hiéndese la armazón, el Océano

Por el roto entrepuente entra bramando;

Y moribundo el español exclama:

«¡Ah! Pereciese yo, pero lidiando.»

En tan atroz conflicto

Allá en las nubes la gloriosa frente

Asomaban los fuertes campeones

Que armados del tridente y del acero

Al pabellón íbero

Hicieron humillarse las naciones.

Lauria y Tovar se vían,

Avilés y Bazán, que, saludando

A los héroes de Hesperia que morían,

«Venid entre nosotros, les decían;

Venid entre los bravos que imitasteis.

Ya el premio hermoso del valor ganasteis

Ya a vuestro ejemplo de constancia armada

España; concitando sus guerreros,

Magnánima se apresta a nuevas lides

Volved la vista a la ciudad de Alcides

Gravina, Escaño, y Álava, y Cisneros,

Y otros ciento allí están, firme coluna,

Dulce esperanza a nuestro patrio suelo:

Venid, volad al cielo,

Y sed astros de esfuerzo y de fortuna.»


(1805.)

    Hoy fue, ¡mísero! hoy fue cuando, irritado

Amor del ocio en que yacer me vía,

Tornó a embestir mi corazón cuitado.

Era de mayo el más hermoso día,

Cuando naturaleza ostenta ufana

Toda su gentileza y bizarría,

Cuando más vivo el sol reina en la esfera,

Cuando en ramos la selva, el campo en florea,

En perfumes el aire, donde quiera

Todo respira amor y manda amores.

Entonces fue cuando a los ojos míos

Se presentó mi dulce vencedora:

¡Oh cuán hermosa! El mundo parecía

Que, cuidadoso de aumentar su gloria,

De toda aquella pompa se vestía

Por festejar su triunfo y su victoria.

La vi, templé, me estremecí: vencido

Vi ya que iba a quedar de tanto halago;

Pero no pude huir: su blando acento

Hasta el seno mas hondo y escondido

Llegó del pecho, y completó el estrago.

Sacude al punto amor la abrasadora

Antorcha que arma su terrible mano

«Arde», me dijo; y la escondió encendida

Toda en mi corazón: «arde, esta llama

Que ora en ti prende, irresistible, inmensa,

Sea de hoy más el tormento de tu vida,

Y también tu delicia y recompensa.»

Ya un giro ha dado con su carro de oro

Desde entonces el sol al alto cielo,

Y no cesa un momento el vivo anhelo

Que me arrebata tras la luz que adoro.

Crecen corriendo hacia la mar los ríos,

Crece amando mi amor. Célida hermosa,

¿Cómo es posible que inmortal no sea

Este puro, este noble sentimiento

Que todas mis potencias señorea

Y es de mi ser el único alimento?

Tú te inspiraste, sí: mi alma abatida,

Cubierta de aflicción, sintió volverse

Por ti del bien a la ilusión perdida;

Tú le inspiraste. ¡Oh Dios! ¿Qué no alcanzaba

En mi agitado pecho Y mis sentidos

Tu poder celestial? Cuando halagüeña

Tus miradas tal vez a mí volvías,

Iris eras de paz que deshacías

El tormentoso horror de mis dolores,

Y yo sin defenderme, cada día

Iba en tus ojos a beber amores,

Y en tu risa Y tu hablar me embebecía.

Encantos ¡ay! por siempre vencedores,

¿Qué importa que el destino a mis sentidos

Inhumano os esconda, si presentes

Siempre estáis a mi ardiente fantasía?

Aquí os tengo, aquí os miro, aquí os adoro

Aún me embelesa el sin igual decoro

Que siempre reina en la nevada frente;

Aún contemplo la púrpura del alba

Vertida en su mejilla trasparente;

Y respirando sin cesar, me creo

Aquella pura y encendida rosa,

Aquel precioso aroma de las flores

En la boca gentil, nido de amores,

Donde la amable discreción reposa.

Sólo ya un Dios la centellante lumbre

Del sol desprender pudo, y en despojos

Darla por siempre a los celestes ojos,

Ojos que cuanto ven ceniza harían

Sin su inefable y grata mansedumbre.

¡Dichoso aquel que sin cesar los vea!

¡Y más feliz quien de sus dulces rayos

Buscado, ansiado y regalado sea!

¿Dónde está, dilo, amor, el que presume

Gloria tan alta? ¡Ah Célida! Quien sepa

En esa faz tan nítida y tan bella

Buscar, hallar la imperceptible huella

Del triste afán que dentro te consume;

El que presente te respete, y llore

Por volver a tus pies cuando esté ausente,

Si siente al fin como mi pecho siente,

Ese te ame feliz, ese te adore.

Vientos, en vuestras alas vagorosas

Llevadle ardiendo los suspiros míos:

Id, veloces venid, y en cambio al menos

Un recuerdo traed. Si ella me oyera

Pidiéndola a los campos, a las selvas,

Y a los mares también; dando a los aires

Su dulce nombre, que repite el eco

Con el acento triste y lamentable

Con que le oye de mí; si ella me viera,

Fijos los pies en la sonante playa,

Tender la vista a descubrir de lejos

De sus divinas luces los reflejos,

Yo sé que, a tierna compasión movida.

Venir dejara hacia su triste amante

Un rayo al menos de esperanza y vida.

Paréceme a las veces que, sensible,

Compasiva a mi afán, este retiro

Viene a honrar con su vista, a hollar el prado,

A respirar el aire que respiro.

¡Dichoso entonces yo! Voy a su lado

Al bosque, al campo, a la apacible orilla

Del amansado mar; y si descansa,

También con ella a descansar me siento.

Del sol un árbol mismo nos defiende

Con su umbroso dosel, y de su acento

El sabroso raudal mi alma suspende.

No la hablo yo de amor, que amor la ofende

Pero a par de ella estoy, y absorto y mudo

Contemplo a mi placer de su hermosura

La delicada flor; flor que no pudo

Ni aun ajar del dolor la mano dura

Y enternecido, «¡Ah Célida! prorumpo,

Tú sufres: un destino inexorable

El bien que indignamente a otros prodiga

A ti te niega, y lleno de amargura,

El cáliz del dolor tu labio apura.

Yo así le apuro, idolatrada amiga,

Yo así le apuro: la inclemente mano

Del destino también a mí me oprime,

Y de un pesar recóndito y tirano

También mi pecho destrozado gime.

¿Temes acaso? ¿Por ventura ignoras

Que el cielo dio por bálsamo a las penas

Contarlas y llorar?... Célida hermosa,

No es más puro el albor de la mañana

Que lo es mi ardor, ni amó con mas ternura

El dulce hermano a su querida hermana,

El nuevo esposo a su inocente esposa.»

Digo así, y entre tanto a la frondosa

Selva baja la noche, el sol apaga

Sus rayos en el mar, tú te levantas,

Y tierna y melancólica a andar vuelves;

Yo tierno y melancólico te sigo,

Embebido, extasiado en la ventura

De andar, de hablar, de respirar contigo

Los céfiros entonces nos halagan

Con su grato frescor, y de las ondas

Sacan la frente las neréidas bellas,

Y nos saludan... ¡Ay! así otras veces

Nos vieron juntos ir, nos saludaban

Así las ninfas del undoso río

En cuya alegre y plácida ribera

Vi tu belleza por la vez primera

Y rendí a tus encantos mi albedrío.

Hierve en tanto a mi vista el mar, y el viente

Su seno agita y amenaza airado;

Hierve también con él mi pensamiento,

Y en raudo torbellino arrebatado,

Vuelvo a ser de mis bárbaros pesares

A la antigua tormenta sacudido.

Ángel consolador. ¿dónde te has ido?

¿Qué has hecho de aquel bálsamo suave

Que sobre el triste corazón vertido,

Su acerba llaga mitigar solía?

Contrario el cielo a la ventura mía,

Me le robo, dejándome inclemente,

Con esta amarga soledad presente,

Recuerdos tristes de mi bien perdido.

Ángel consolador, ¿dónde te has ido?


    Calma un momento tus soberbias ondas,

Océano inmortal, y no a mi acento

Con eco turbulento

Desde tu seno líquido respondas.

Cálmate, y sufre que la vista mía

Por tu inquieta llanura

Se tienda a su placer. Sonó en mi mente

Tu inmenso poderío,

Y a las playas remotas de occidente

Corrí desde el humilde Manzanares

Por contemplar tu gloria,

Y adorarte también, Dios de los mares.

Que ardió mi fantasía

En ansia de admirar, y desdeñando

El cerco oscuro y vil que la ceñía,

Tal vez allá volaba

Do la eterna pirámide se eleva

Y su alta cima hasta el Olimpo lleva.

Tal vez trepar osaba

Al Etna mugidor, y allí veía

Bullir dentro el gran horno,

Y por la nieve que le ciñe en torno

Los torrentes correr de ardiente lava,

Los peñascos volar, y en hondo espanto

Temblar Trinacria al pavoroso trueno;

Mas nada, ¡oh sacro mar! nada ansié tanto

Como espaciarme en tu anchuroso seno.

Heme en fin junto a ti: tu hirviente espuma

El alto escollo sin cesar blanquea

Do entre temor y admiración te miro.

Inquieto centellea

En tu cristal el sol, que al occidente,

De majestad vestido, huye y se esconde.

¿Dónde es tu fin? ¿En dónde

Mis ojos le hallarán? Con pie ligero

Tú te tiendes y corres, y llevado

Cual en las alas de aquilón sonante,

Mi espíritu anhelante

Te sigue al Ecuador, te halla en el polo,

Y endeble desfallece

A tanta inmensidad. ¿Te hizo el destino

Para ceñir y asegurar la tierra,

O en brazo aterrador a hacerle guerra?

¡Ay! que ese resonante movimiento

Me abate el corazón. Yo vi las mieses

Agitadas del viento

En los estivos meses,

Y dóciles y trémulas llevarse,

Y en seco son de su furor quejarse.

Vi el vértigo del polvo, y vi en las selvas,

Contrastados también los altos pinos,

Sacudirse y bramar; mas no este ciego,

Este hervir vividor, estas oleadas

Que llegan, huyen, vuelven,

Sin cansarse jamás: tiembla la arena

Al golpe azotador, y tú rugiendo

Revuélveste y sacudes

Una vez y otra vez: al ronco estruendo

Los ecos ensordecen,

Los escollos más altos se estremecen.

Cesa ¡oh mar! Cesa ¡oh mar! Ten, compasivo,

Piedad del flaco asiento

Que me sostiene exánime y pasmado.

¿No me oyes, no? ¿Y violento

Te ensoberbeces más? Ya desatado

El horrendo huracán, silva contigo.

¿Qué muralla, qué abrigo

Bastarán contra ti? Negras las olas

A manera de sierras se levantan,

Y en hondos tumbos y rabiosa espuma

Su furia ostentan y mi pecho espantan.

¿Llegó tal vez el día

En que, tras tanta guerra,

El paso vencedor des en la tierra,

Y bramando allá dentro, envuelvas ciego

Playas, imperios y hombres infelices,

Y al hondo abismo los sepultes luego,

Como cuando en tu vértigo espantoso

La Atlántica se hundió? Con fuerte mano

Las zonas todas de la tierra asidas,

Burlar pensaban tu furor, y en vano;

Que al golpe redoblado, impetuoso,

El eje poderoso

Se sintió vacilante, y estallando

Perdió su alto nivel: luchando entonces

Las ondas con las ondas se encontraron,

Y horrísonas cayeron,

Y el orbe estremecido desgarraron.

¿Do la región vastísima que un día

Desde Atlas a la América corría?

Destrozada, anegada, hoy solo dura

En la fragosa altura

Que de tanto furor salvó la frente

Dura ya solo en la memoria oscura,

Que lleva, ¡oh insano mar! de gente en gente

Los ecos voladores

De tu antigua violencia y tus horrores.

¡Y tanta fue del hombre la osadía,

Que los quiso arrostrar! Sube a los montes,

Y la tenaz porfía

De su mordaz segur humilla al suelo

Al cedro que resiste a las edades,

Al pino que se esconde allá en el cielo.

Gimieron ambos cuando, al mar lanzados,

En nadantes alcázares miraron

Trocar su antiguo ser y su destino,

Y al aire dando el vagoroso lino,

Los leves campos de cristal surcaron.

Adiós, amada playa; adiós, hogares:

El hombre audaz en la orgullosa popa

Os mira, os huye, y por los anchos mares

Al volver de las ondas se confía.

En vano el rumbo le negaban ellas;

Él le arrancó en el cielo

Al polo refulgente y las estrellas.

¿Qué pudo desde entonces

Negarse a su anhelar? Fiero y sañoso

El alto tormentorio amenazaba;

Con un mar de terror y proceloso

Las puertas del oriente defendía;

Mas vuela, rompe, y le sorprende Gama,

Y los hijos de Luso al punto hollaron

El golfo indiano y la mansión de Brama.

Colón, arrebatado.

De un numen celestial, busca atrevido

El nuevo mundo revelado a él sólo;

Y tres veces el polo

Ve al impávido Cook romper los hielos

Que a fuer de montes su rigor despide,

Descubriendo el secreto vergonzoso

Del yermo inmenso a que sin fin preside.

¡Gloria eterna a sus nombres! ¡Dadme rosas,

Dadme lauro inmortal que adorne y ciña

Sus frentes generosas!

Mirad la tierra a su divino esfuerzo

Enriquecerse toda, y mil tesoros

De su fecundo seno

Benéfica brotar; mirad la aurora

Unida al occidente,

Y al septentrión el sur. A este portento

Furioso el Océano,

Es fama que gritó: «¡Con que es en vano

Haber yo roto el orbe, y que, tendiendo

El valladar profundo

De mis terribles ondas,

Un mundo haya negado al otro mundo!»

¿Cómo después tan abundosa fuente

De amistad y de unión tornarse pudo

De estragos y violencias

Perenne manantial? Se alzó insolente

La vil codicia, y navegar con ella

Se vio el odio fatal en los navíos.

¿No era bastante, impíos,

Los vientos escuchar que en torno braman,

Los escollos temblar, mirar el cielo

Cubrirse todo de espantosas nubes

Y arderse en rayos, a los pies hirviendo

Sentir el mar sañudo,

Y una tabla sutil ser vuestro escudo;

Sin que a tan tristes plagas

Añadieseis también la plaga horrenda

De la guerra cruel? Ardiendo en ira

Ella cruza, ella agita, Y atronado

El ponto, en sangre enrojecer se mira.

Guerra: ¡bárbaro nombre! a mis oídos

Mas triste y espantoso

Que este mar borrascoso,

Tan terrible y atroz en sus rugidos.

¡Que no fuese yo un dios! ¡Oh cómo entonces

El horror que te tengo el universo

Te jurara también! Ondas feroces,

Sed justas una vez: ya que la tierra

Muda consiente que la hueste impía

De Marte asolador brame en su seno,

Vosotras algún día

Vengadla sin piedad: esas crueles,

Esas soberbias naos

Que, preñadas de escándalo y rencores,

Turban vuestro cristal con sus furores,

Del cielo y vientos contrastar se vean,

Y en ciego torbellino

Todas a un tiempo devoradas sean.

Tal vez así de la discordia el fuego

No osará profanar el Océano,

Tal vez el orbe dormirá en sosiego.


(1798.)

Fragmentos de una traducción del pastor Fido.

Discurso de Linco a Silvio.

    Dime: si en esta tan alegre y bella

Estación, que renueva el mundo todo,

Vieses, en vez de florecientes valles,

De verdes prados y vestidas selvas,

Estarse el fresno y el abeto y pino

Sin su usada frondosa cabellera,

Sin verdura los prados,

Sin flores los collados,

¿No dijeras tú, Silvio: «El mundo ahora

Se marchita y desmaya»?

Pues la sorpresa y el horror que entonces

De tan extraña novedad tuvieras,

De ti mismo la ten: dionos el cielo

Vida y costumbres a la edad conformes;

Y así como el amor nunca conviene

A pensamientos canos,

Así la juventud de amor contraria

Contrasta al cielo, y a natura ofende.

Mira en torno de ti: ¿ves la hermosura

Que adorna, Silvio, el universo ahora?

Ella es obra de amor: ama la tierra,

Ama también el mar, aman los cielos:

Aquella que allí ves luciente estrella,

Del alba precursora,

Bella madre de amor, de amores muere,

Y enamorada luce y enamora:

Mírala envuelta en esplendor y en risa;

Quizás en este punto el dulce seno

Deja del caro amante y sus delicias.

En bosques y florestas

Aman las fieras, y en las ondas aman

Las orcas graves y el delfín ligero.

El pajarillo aquel que dulcemente

Canta y lascivo vuela

Ya del haya al abeto,

Ya del abeto al mirto,

Si espíritu tuviese y voz humana,

«Yo me abraso de amor,» exclamaría.

Mas bien lo siente y en su voz lo dice,

Que su amada le entiende; y le responde

«A mí el fuego de amor también me inflama.»

Brama el toro en el campo, y cuando brama,

Al blando juego del amor convida

El león en el bosque

Ruge, y aquel rugido

Es solo de su amor dulce gemido.

Todo, en fin, ama, ¡oh Silvio! ¡Y Silvio solo

En cielo, en mar y en tierra

Será alma sin amor ni sentimiento!

¡Oh! deja ya las selvas,

Simple zagal...


Aminta y Lucrina.

    Te contaré la dolorosa historia

De nuestros males, que arrancar pudiera

Llanto y piedad a las encinas duras,

No solo a humanos pechos. En el tiempo

Que el sacerdocio santo era obtenido

Por jóvenes también, hubo un mancebo,

Noble pastor, y sacerdote entonces,

Llamado Aminta; el cual amó a Lucrina,

Ninfa gentil a maravilla y bella,

Pero soberbia a maravilla y falsa.

Mostróse ella gran tiempo agradecida,

O lo fingió con vanas apariencias,

Al puro afecto del amante joven,

Y sustentóle de esperanzas falsas,

Mientras que el infeliz rival no tuvo.

Mas no bien fue de rústico mozuelo

Mirada la inconstante, cuando al punto,

Sin defenderse a su primer suspiro,

Al nuevo amor abandonóse toda

Antes que el mal se sospechase Aminta.

¡Mísero Aminta! que esquivado luego

Fue y despreciado tanto, que ni verle

Ni escucharle jamás quiso la impía...

Pues como al fin, tras el amor perdido,

Quejas también y lágrimas perdiese,

Vuelto, rogando, a la gran diosa: «¡oh Cintia

Dijo, si ya con inocentes manos

Y puro corazón el sacro fuego

En tu altar encendí, venga la llama

Que la pérfida ninfa en mí ha vendido.»

Oyó Diana el llanto y las plegarias

Del fiel amante, su ministro amado,

Pues respirando en la piedad la ira,

Acrecentó la cólera, y cogiendo

El arco omnipotente, lanzó al seno

De la mísera Arcadia inevitables

Y ocultos dardos de espantosa muerte.

Sin piedad, sin socorro perecían

Gentes de toda edad y de ambos sexos

Era tarda la fuga, el arte inútil,

Vano el remedio; y antes que el doliente,

El médico infeliz morir solía.

Una sola esperanza en tantos males

Quedó, y fue el implorar su auxilio al cielo

Consultado el oráculo, respuesta

Dio, clara sí, pero funesta y triste

Que Cintia estaba airada, y aplacarse

Sólo pudiera si la infiel Lucrina,

U otro de nuestra gente en lugar suyo,

En holocausto presentado fuese

Por las manos de Aminta a la gran diosa.

Ella en vano lloró, y esperó en vano

De su nuevo amador ser socorrida;

Que al fin, llevada con solemne pompa,

Fue miserable víctima a las aras;

Donde a los pies de su ofendido amante,

A aquellos pies de quien seguida en vano

Ya tanto fue, las trémulas rodillas

Dobló, esperando su infelice muerte

Del mancebo cruel. Aminta entonces

Intrépido desnuda el sacro acero,

Y en su rostro inflamado parecía

Que el furor y venganza respiraban.

A ella vuelto después, dijo, lanzando

Un gran suspiro anunciador de muerte:

«Aprende en tu miseria, infiel Lucrina,

Cuál amante seguiste, y cuál dejaste,

Contempla en este golpe.» Esto diciendo,

Clavó el cuchillo por su mismo seno,

Y cayó sin aliento en brazos de ella,

Víctima y sacerdote a un tiempo mismo.

A tan fiero espectáculo pasmóse

La misera doncella; pero al punto

Que recobró la voz y los sentidos

Dijo llorando: «¡Oh fiel, oh fuerte Aminta!

¡Oh amante que tan tarde he conocido,

Y me has dado muriendo vida y muerte!

Si fue culpa el dejarte, ora la enmiendo

Eternamente uniéndome contigo.»

Y esto diciendo, desclavó el cuchillo,

Teñido aún con la caliente sangre

Del tarde amado enamorado pecho;

Y atravesando el suyo, moribunda

Sobre Aminta cayó, que aun no bien muerto

De aquel golpe fatal suspiraría.

Tal fue de ambos el fin...


Corisca.

    ¿Quién ha visto jamás, ni quién ha oído

Más extraña pasión, más importuna,

Ni más loca también? Quién en un pecho

El odio a un tiempo y el amor unirse

Con temple tan sutil, que uno por otro

Se dilata y estrecha, y nace y muere?

Si desde el pie gallardo hasta el semblante

Miro yo la belleza de Mirtilo;

Si sus modales y su hablar contemplo,

Y su hermoso ademán y sus miradas,

Me asalta amor con tan violento fuego,

Que toda yo me abraso, y me parece

Que vence esta pasión todas las otras.

Mas si después contemplo el obstinado

Amor que tiene a mi mujer, y pienso

Que de mí no se cura, y que por ella

Desprecia mi beldad idolatrada

De mil almas y mil, tanto le esquivo,

Y le aborrezco tanto, que imposible

Se me hace haberle alguna vez amado,

Y que ardiese por él el pecho mío.

Me digo así tal vez «¡Oh si pudiese

Gozar de mi dulcísimo Mirtilo,

Tal que yo sola le tuviese, y nadie

Le poseyese nunca! Oh más que todas

Feliz Corisca» Y en aquel momento

Un ímpetu en mi seno se despierta,

Y hacia él tan dulcemente me arrebata,

Que a sus huellas seguir, y a suplicarle,

Y a descubrir el corazón camino.

¿Qué más? Así me punza este deseo,

Que si pudiera ser, le adoraría.

Por otra parte me revuelvo y digo:

«¡Un soberbio, un esquivo, un desdeñoso,

Uno que a amar otra mujer se atreve,

Un hombre que me mira y no me adora,

Y así de mi semblante se defiende,

Que no muere de amor! ¡Yo, que debía,

Como a tantos he visto, verle ahora

Abatido y lloroso a los pies míos,

Abatida y llorosa a los pies suyos

Podré verme caer! «Y en esta idea

Ira tal, y tal cólera concibo

Contra él, y contra mí, por haber vuelto

A mirarle la vista, el pecho a amarle,

Que odio más que la muerte el amor mío

Y el nombre de Mirtilo, y le quisiera

Ver el más infeliz, más afligido

Pastor que hubiese; y si le viera entonces,

Con mis manos allí le mataría.

Así el odio y amor, ira y deseo

Se combaten a un tiempo; y yo, que he sido

La llama de mil almas hasta ahora,

Y el tormento de mil, ardo y suspiro,

Y pruebo en mi dolor el mal ajeno.

Yo, que allá en la ciudad por tanto tiempo,

De amantes gentilísimos servida,

Fui siempre insuperable, y burlé siempre

Todas sus esperanzas y deseos,

Ya de un rústico amor, de un vil amante,

De un zagalejo humilde soy vencida.

¡Oh Corisca infeliz! en este punto,

Si desprovista de amador te vieras,

Di, ¿qué fuera de ti? Dime, ¿qué harías

Para calmar tu enamorada rabia?

Aprendan a mi costa hoy las mujeres

A conservar y a acumular amantes.

Si ni otro bien ni pasatiempo alguno

Que el amor de Mirtilo yo tuviese,

¡Cierto que rica de galán me viera!

Mil veces simple la mujer que a un solo

Amante llega a reducirse: ¡oh! nunca,

Nunca tan necia se verá a Corisca.

¿Qué es constancia? ¿Qué es fe? Fábulas vanas

Nombres imaginados por celosos

Para engañar las simples doncelluelas.

La fe en el pecho de mujer, si acaso

Fe en hembra alguna aposentarse puede,

No es bondad, no es virtud; es una dura

Necesidad de amor, ley miserable

De menguada beldad que ama a ti no sólo,

Porque amada de muchos ser no puede.

Mujer bella y gentil, solicitada

De muchedumbre de amadores dignos,

Si a uno se acerca y los demás despide,

O no es mujer, o si es mujer, es necia.

¿Qué vale la beldad cuando no es vista

Y si vista, no amada; y si es amada,

Amada de uno solo? Que en el mundo

Cuanto más dignos y frecuentes sean

De una mujer los amadores, tanto

La fama crece y alabanza de ella,

Y su esplendor y gloria se aseguran

En tener muchos Las discretas damas

Así vivir en las ciudades suelen;

Y las que son más bellas y más grandes

Con mayor libertad; siempre es entre ellas

Despedir un amante gran locura;

Hacen muchos así lo que uno solo

Quizá no hará: quién para dar es bueno

Quién a servir, quién a otra cosa es útil;

Y sucede tal vez que sin saberlo

Lanza el uno los celos que dio el otro,

O los despierta en el que no los tuvo.

De esta manera en las ciudades viven

Las mujeres ilustres, donde un día

Yo aprendí el arte del amor, guiada

De mi espíritu mismo, y del ejemplo

De una dama gentil que me decía

«Es preciso tratar a los amantes

Cual si fuesen vestidos: tener muchos;

Uno ponerse, y remudarlos todos;

Que el largo conversar causa fastidio,

Y el fastidio desprecio y odio al cabo.

Es grande error, Corisca, que una dama

Llegue su amante a fastidiar; tú cura

De que aquel que soltares salga siempre

Quejoso, y no cansado. Y así siempre

He procedido yo; gusto tenerlos

En grande copia; entretener los unos

Con los ojos, los otros con las manos,

Pasar al pecho el que mejor me agrada,

Y al interior del corazón ninguno.

¡Mas ay! que de esta vez yo no sé cómo

Ha venido Mirtilo, y me atormenta

Tanto, ¡infeliz! que a suspirar me obliga,

Y a suspirar de veras, y negando

A mis cansados miembros el sosiego,

También yo aprendo a desear la aurora,

Tiempo oportuno a los amantes tristes.

Cual ellos, ¡ay! por esta selva umbrosa

Ando buscando la adorada huella

De mi enemigo. ¿Qué le harás, Corisca?

¿Le rogarás? El odio no lo quiere,

Aunque lo quiera yo. ¿Le huirás? Ni aquesto

Lo consiente el amor, aunque debiera

Tal vez hacerlo así. Pues ¿qué resuelves?

Las súplicas primero y los halagos

Abrirán el camino, y descubierto

Le ha de ser el amor, mas no la amante;

Si esto no basta, acudiré al engaño;

Y si ni este tampoco, memorable

Venganza hará la cólera...


El sátiro.

    Cual hielo a plantas, sequedad a flores,

A ciervos red, a pajarillos liga,

Granizo a espigas, y gusano a trigo;

Así contrario amor fue siempre al hombre;

Y quien fuego le dijo, conocía

Su natural tan pérfido y malvado

Pues si el fuego se mira, ¡oh cómo es bello!

Y si se toca, ¡oh qué cruel! El mundo

Más espantoso monstruo no conoce

Como fiera devora, y como acero

Punza y traspasa, y como viento vuela;

Y donde afirma la imperiosa planta

Toda fuerza y poder cede a su fuerza.

No de otro modo amor, que si le miras

Ya en bellos ojos, ya en cabellos de oro,

¡Oh cual gusta y deleita! ¡Oh cual parece

Que solo paz respira y alegría!

Mas si te acercas mucho y si le pruebas,

Si comienza a bullir, y luego crece,

No tiene tigre Hircania, ni la Libia

León tan fiero, o pestilente sierpe,

Que en fiereza le venza o se le iguale;

Crudo más que la muerte y que el infierno,

Contrario a la piedad, ministro de ira,

Y finalmente, amor de amor desnudo.

¿Mas para qué hablo de él? ¿Por qué le culpo?

¿Es él la causa de que el mundo ahora,

Amando no, mas delirando peca?

¡Oh femenil perfidia! A ti se impute

De la infamia de amor toda la culpa.

De ti sola, y no de él, viene y se engendra

Cuanto de duro y de malvado tiene;

Pues él, de suyo blando y apacible,

Al punto pierda su bondad contigo.

Tú no le dejas penetrar al pecho,

Y de pasar al corazón las vías

Le cierras todas; por defuera sólo

Le adulas y le halagas, y es tan sólo

Tu cuidado, tu pompa y tu deleite,

De un afeitado rostro la corteza.

No son tus obras ya, ni ya te empleas

En pagar con tu fe la fe de amante,

En luchar, en amar, con quien te ama

Hacer de dos un corazón tan solo,

Y en una voluntad unir dos almas.

Pero te ocupas en teñir con oro

Un cabello insensato, ornar la frente

Con una parte de él envuelta en nudos,

Y lo demás, en red entretejido,

Prender el corazón de mil incautos.

¡Oh cuán indigno a un tiempo y fastidioso

Es el verte tal vez con los pinceles

Pintarte las mejillas, y las faltas

De natura y del tiempo andar borrando!

¡Hacer se torne en púrpura brillante

La triste amarillez, blanco lo negro,

Las arrugas lisura, y un defecto

Quitar con otro, y aumentarle acaso!

Y esto es nada, aunque tanto: son iguales

A las obras costumbres y caricias.

¿Qué cosa tienes tú que no sea falsa?

Si abres la boca, mientes; si suspiras,

Mentido es este suspirar; si mueves

Hacia alguno los ojos, la mirada

Es mentida también: todos tus actos,

Todo ademán, y lo que en ti se mira,

Y lo que no se mira, hables o pienses,

Andes o llores tú, cantes o rías,

Todo es mentira, y aun aquesto es poco.

Vender más bien a quien mejor se fía,

Al más digno de amor amarle menos,

Y aborrecer la fe más que la muerte,

Tales las artes son que hacen tan crudo

Y tan perverso a amor. Tuya es la culpa

¡Oh pérfida mujer! de sus delitos,

O lo es más bien de quien de ti se fía.

En mí la culpa está, que te he creído,

Corisca perfidísima y malvada,

Aquí tan solo por mi mal venida

De las regiones lujuriosas de Argos,

Donde la liviandad tiene su imperio.

Mas tú finges también, y eres tan diestra

En mentir tus costumbres y palabras,

Que con las mas honestas ora unida

La fama del pudor anda contigo.

¡Oh cuánto afán he sostenido! ¡Oh cuántas

Ignominias por ella! ¡Oh cómo ahora

Me arrepiento de todo y me avergüenzo!

Aprende, incauto amante, de mi pena

A no adorar cual ídolo un semblante;

Que la mujer idolatrada es cierto

Un numen infernal: de su belleza

Se lo presume todo, a fuer de diosa;

Sobre ti, que te humillas, elevada,

Como cosa mortal te tiene en menos

Que ser por su valor ella se cree

Lo que la finges tú por tu vileza.

¿Para qué tanta esclavitud y tantos

Ruegos, suspiros. llantos? Estas armas

Úsenlas, sí, los niños y mujeres,

Mas nuestros pechos aún amando sean

Fuertes y varoniles. Hubo un tiempo

En que pensaba yo que suspirando,

Y llorando, y pidiendo, en pecho de hembra

La llama del amor se despertase.

Ora lo advierto, erré; que si ella tiene

El corazón de pedernal, es vano

El intentar con lágrimas suaves

O con el blando aliento de un suspiro

Hacerle echar centellas, si el acero

De un rígido eslabón no le combate.

Por tanto, deja el suspirar y el llanto,

Si el logro quieres de tu amor; y si ardes

Con fuego inextinguible, allá en el seno

De ese tu corazón más escondido

Tu afecto oculta, y ejecuta a tiempo

Lo que natura y el amor enseñan

Pues la virtud de la modestia solo

En el semblante la mujer la ostenta,

Y es grande error el que al tratar con ella

La tengas tú jamás, pues aunque tanto

La usa con los demás, consigo usada

La tiene en odio, y en su rostro quiere

Que la mire el amante, y no la emplee.

Con esta ley tan natural, si amares,

Tendrás gusto en tu amor; no vi Corisca

A mí me encontrará tierno y rendido

Sino fiero enemigo, que con armas

De un hombre de valor, no femeniles,

En crudo asalto la herirá. Dos veces

Cogí ya esta malvada, y no sé cómo

Se me fue de las manos; mas si llega

Por la tercera vez al mismo paso.

Ya yo la pienso asegurar de modo

Que escapar no podrá. Por estas selvas

Suele a veces vagar, y yo venteando

Como sagaz sabueso, ando tras ella.

¡Oh qué terrible estrago y qué venganza

Si la cojo he de hacer! Yo haré que vea

Que llega alguna vez a abrir los ojos

El que fue ciego, y que por mucho tiempo

No ha de vanagloriarse en sus perfidias

Una mujer sin fe y engañadora.


A don Gaspar de Jovellanos,

cuando se le encargó el ministerio de Gracia y Justicia

    ¿Pudo lucir el suspirado día

Que con sus votos la virtud llamaba,

Y la esperanza florecer que apenas

El sueño en sus halagos le pintaba?

Pudo: a este tiempo en repetido aplauso

Miro el viento batir, en dulces himnos

Los ecos resonar, y por do quiera,

De labio en labio sin cesar llevado,

El nombre de Jovino henchir la esfera.

¡Bien haya veces mil aquel momento

En que a las manos del saber se entregan

Las riendas del poder! En él cifrada

Su ventura ve el orbe; en ti, Jovino,

La suya ve tu patria. Ella anhelante,

Ya en el horror del precipicio puesta,

Auxilio implora y tu robusta mano

Que sólo tú de sus profundos males

El abismo sondar, dar a sus llagas

El poderoso bálsamo, y en rayos

De luz clara y vivífica pudieras

Inundarla por fin. ¡Oh! presto sea,

Presto se cumpla la esperanza mía;

La nube ahuyenta del error, con ella

Huirán al punto las funestas plagas

Que nuestra dicha en su insolencia ahogaron.

Y a ti sólo debida esta victoria,

Mi vista, ansiosa de tu honor, te vea

Brillar al fin con tan inmensa gloria.

Victoria más espléndida y más pura

Que las que en campos de pavor cubiertos

Consagra a Marte la fiereza humana;

No, empero, menos ardua revestida

De mil formas y mil tiende su vuelo

Rastren la ignorancia, y con sus alas

Cuanto toca consume; así en los campos

Que baña con sus ondas Guadiana

Crece el insecto volador, y muerta

Lamenta Ceres su verdura ufana.

Ora insulta y desprecia: en su habla loca

Es ocioso el saber, frívolos sueños

Las obras del ingenio, al polvo iguales

Los altos pechos que Minerva inspira.

¡Bárbara presunción! Allá en el Nilo

Suele el tostado habitador dar voces,

Y al astro hermoso en que se inflama el día

Frenético insultar: la injuria vana

Huye a perderse en la anchurosa esfera.

Y Febo en tanto derramando lumbre

Sigue en silencio su inmortal carrera.

Ora feroz a la indolencia usada

Se niega, y de murallas espantosas

Cerca y ataja los senderos todos

Por do a la humana perfección se arriba.

De allí, alzando el cuchillo, armada en muerto,

Cuantos su imperio detestable esquivan,

Tantos amaga. ¡Ay del cuitado que osa.

De generoso ardor el pecho henchido,

Sus nieblas disipar, buscar la lumbre,

Y a la cumbre trepar Víctima entonces

De su ciego furor... Pero primero

Del cielo y de la tierra se vería

Suspenso el curso, y de las cosas todas

El lazo universal roto y deshecho,

Que la insolente estupidez su triunfo

Logre completo, y que sus impías manos

La sacra antorcha a la razón extingan.

¿Quién dio a la tempestad el loco orgullo

De sobrar a la luz? Tú, gran Jovino,

Insta, combate, vence. el monstruo horrible

Bramando espire; que reinar se vena

Benéficas las letras; que amparadas

De su inviolable independencia sean.

Ellas fueron tu amor, ellas tu encanto

Siempre serán ¡O bienhadado y digno

De envidia el que en su albergue solitario

Las fuentes del saber tranquilo apura!

Felices en su afán vuelan las horas

Ya la lectura le embelesa, y lleno

De admiración, los altos monumentos

De la estudiosa antigüedad medita,

Y a sus genios se hermana, ecos grandiosos

Por do la serie de la ciencia humana

Se dilata a los siglos. Ya llevando

Al hermoso espectáculo que ostenta

Natura, su atención, busca sus leyes,

Sus misterios indaga, en su belleza

Atónito se arroba, y desde un punto

Se hace inmenso como ella. Ora a los hombres

La vista paternal vuelve, y llorando,

Exento del error, ve sus errores,

Y los señala y los combate, y libre

Muestra la senda en que a placer se lleven

De la mundana actividad las ruedas:

Tal vez sueña, y soñando en su delirio,

Nuevos mundos se finge, y de virtudes

Y de ventura celestial los llena.

¿Quién no envidia su error? Llora y suspira

En la dulce ilusión que le enajena,

Y del orbe en el bien el suyo mira.

Siquiera allí de la servil codicia,

de la ambición frenética no tiembla

La eterna agitación: a fuer de vientos

Que en partes mil el horizonte rompen,

Y furiosos batiéndose, a su impulso

La fiel serenidad huye turbada;

Tal en el centro del poder se acosan

La doblez, la maldad, los vicios viles,

Que en mentido disfraz vagan tras ellas,

Y en su mísero vértigo sepultan

De la virtud las esperanzas bellas.

¡Ay! que tal vez al formidable peso

Rebelde el hombro, y de luchar cansado

Con la depravación, los tristes ojos,

Jovino, volverás a aquellos días

De tu apacible soledad testigos;

Los volverás llorando; el desaliento

Su amarga hiel derramará en tus venas,

Maldiciendo afligido aquel momento

Que te arrancó a tu albergue, do tranquilo

La virtud, la verdad fueron tu asilo.

¿Y el ejemplo del bien que debe al mundo

Todo gran corazón? Y la alta gloria

De aterrar la maldad? Y los consuelos

De la opresa virtud? -Cuando lejana,

De hierro el cetro iniquidad violenta

Tienda a las veces, y afligido llore

El inocente en su opresión, tú entonces,

Tú serás su deidad. Antes venía,

Y con trémulo pie la aula pisaba,

La altiva majestad le confundía;

Demandaba justicia, y su semblante,

De incertidumbre tímida vestido,

Suspiraba un favor. Jovino ahora,

Jovino es quien atiende a sus querellas,

Quien enjuga sus lágrimas, quien tierno

También acaso le acompaña en ellas.

Lágrimas puras que, en placer bañada,

Derrama la virtud, ¡qué de consuelos

No dais al corazón! ¡Qué de pesares

No le quitáis! -¿Y el inmortal testigo,

El premio hermoso de los grandes hombres,

Alta posteridad, que ya te mira

Y tu nombre señala entre sus nombres?

¡Oh porvenir! ¡Oh juez incorruptible

Del hombre que vivió! ¡Cuál se amedrenta

De ti el profano pecho que ya un día

El bien miró, de indiferencia lleno,

Ni osó el cerco salvar que le ceñía!

Cuando la noche del sepulcro ostente

La nada ante sus pies, cuando ya el sueño

De su vida falaz se torne en humo,

¿Qué verá tras de sí? Mísero olvido

O excración eterna que a los tiempos

La memoria en su voz vuelve contino.

Aquel, empero, que de ardor divino

Tocado fue, que en incesante anhelo

Siempre ansió por el bien, y que en su mente,

A cuanto obró y pensó la faz terrible

Del tiempo que vendrá tuvo presente,

Ese vive inmortal; su excelso nombre

Colina el abismo de la tumba, y viva

Su gloria colosal queda en sus hechos;

Hechos que en ecos de alabanza suenan,

Que el campo inmenso del espacio ocupan,

Y el raudo giro de los siglos llenan.

Tiempo vendrá que en la dichosa Hesperia

Espaciando la vista alborozada,

Grite la admiración: «¿No es este el suelo

Que en otro tiempo a compasión movía?

Veinte siglos de error en él fundaron

El imperio del mal: en vano había

Pródigo el cielo de favor cubierto

Su seno en bienes mil, y codiciosa

La tierra por brotar, inagotables

Sus opimos tesoros ostentaba.

Su sed en vano innumerables ríos

Mitigaban regándola, y en vano

Bañara el mar su costa al occidente,

Al oriente y al sur. ¿Qué la servía

Un clima placidísimo y sereno

Que en vida, en fuerza y en placer la henchía?

Todo fue por demás: su manto triste

Tendió la asolación: yermos los campos,

Mustios los pueblos, indolente el hombre,

Sin conocer su estrago, sin aliento

Para salvarse de él, ruina y silencio

Cual de peste mortífera abrigaban.

¿Quién fue el Dios que bastó de tantos males

El torrente a atajar? Quién la carrera

Mudó a estas aguas, allanó los montes,

Los pantanos cegó? Cubren de Ceres

Y de Pomona los celestes dones

El suelo antes erial, que abrojos solos

Y zarzales inútiles llevaba.

Trocóse todo: por do quier la mano

Del hombre señalada, y por doquiera

Su vivífica acción en movimiento

Despierta mi atención. ¿Do las cadenas

Están de la verdad? ¡Cuál se ha extendido,

En alas del espíritu llevada,

De mar a mar y de Pirene a Gades!

¿Quién volvió a sancionar la ley de vida

Que en su próvido amor naturaleza

Por la voz del deleite diera al mundo?

¿Qué numen creador pudo en un día

Verter aquí la plenitud y holganza,

Imprimir su vigor y su energía?»

¡Ah! que entonces el nombre de Jovino

Grande a la gloria y al aplauso viva,

Y aquel augusto galardón reciba

Digno de su virtud y alto destino.

¡Oh hermosa emulación! Vendrán las artes

Hijas del genio imitador, y solas

Adornar ansiarán el bello triunfo

De su alumno y su dios: suyo las ciencias

Le aclamarán, con su divina mano

Allá en la playa astur mostrando alegres

La mansión que él les diera, altar primero

Que alzó a Minerva la razón hispana.

En medio el labrador, no como un día

Angustiado, infeliz, pobre y desnudo,

Sino contento y vigoroso, alzando

La agradecida voz, dirá: «Fue mío,

Y su alabanza es mía; si de flores

Primero se adornó su mente hermosa,

Para mí maduró, y en fruto opimo

Gocé yo al fin de su favor los dones.

Si de su voz la persuasión salía

Como raudal de miel, ella a mis llagas

Dulce bálsamo fue. ¿No ahogó su mano

Una en pos de otra las odiosas sierpes

Que infestaban mi ser? Ved mi abundancia,

Ved mi contento, el delicioso halago

Con que de hijuelos el enjambre hermoso

Me alivia y me corona. ¡Ay! hubo un tiempo

Que el ser padre era un mal: ¿quién sin zozobra

A la indigencia, al desaliento, diera

Nuevos esclavos? Pero huyó; al olvido

Lanzó Jovino tan amargos días:

Mi esperanza, mi paz, las glorias mías

Obras son de su amor, son de su anhelo;

Dadme pues sólo el bendecir su nombre,

Y en dulces himnos levantarle al cielo.»


Despedida de la juventud.

    Creced y floreced, plantas hermosas,

Creced y floreced, y alzando al cielo

Esas ramas sonantes y frondosas,

Dañad en dulce lobreguez el suelo;

Que yo, angustiado, a vuestra sombra amiga

Me acogeré, y en ella

Tendré un asilo al fin donde no sienta

El vivo resplandor que el sol ostenta.

Él, en eterna juventud luciendo,

Vuela, y vuela sin fin: ¿qué son los años

Qué los siglos ante él? Ruedan furiosos;

Y a contrastar su solio se amontonan,

Y en su feliz carrera

Nada marchita su beldad primera;

Todos su gloria y su esplendor coronan.

¡Oh cuánta diferencia

Entre su fuerza y la flaqueza cala!

Sigue un día a otro día,

Y en su sorda inclemencia

Cada cual me amortigua, y me arrebata

Al término en que espira la alegría.

Vuelvo la vista, y angustiado miro

Yacer segadas de mi edad las flores,

Y la vida mostrárseme erizada

De espinas solamente y de dolores.

Tened ¡ay! compasión de mi amargura

Que bien me la debéis, árboles bellos.

Decid: cuando los vientos bramadores

A la voz del noviembre se desatan,

Y sacudiendo frío,

En su furor horrísono maltratan

Vuestro verdor sombrío,

Y anunciándoos vejez, de angustia os llenan

Y a desnudez tristísima os condenan,

¿No sentís? no lloráis? Y estremecidos,

¿No os acordáis de abril, cuando halagüeñas

Las manos de natura engalanaban

Vuestras frentes risueñas,

Cuando el auro os besaba con ternura,

Y los ojos distantes que os miraban,

Cual templos de frescura

Y asilos de placer os saludaban?

Tal de mi juventud y de mi gloria

Los venturosos días

Se pintan tristemente en mi memoria,

Al tiempo que volando

Huyen lejos de mí, sin que mis ayes

Sólo un momento detenerlos puedan.

Adiós, divino amor, que desplegando

Las bellas alas de oro,

Me llevabas en ellas

Por senderos de flores,

Y el pecho y labio sin cesar colmabas

Del néctar celestial de tus favores.

Adiós: la cruda mano

Del tiempo, a mis delicias enemigo,

Te arrebata consigo.

Y ¡oh cuántos otros bienes el tirano

Me arrebata también! ¿Con que la risa

Huyó por siempre de los labios míos,

Y la fiel confianza de mi frente?

Mis ojos, ¡ay! de lágrimas vacíos,

¿Será que nunca a desahogar ya tornen

Mi triste corazón, y que se vean

De él por siempre alejadas

Las esperanzas que halagüeñas ríen,

Las ilusiones que sin fin recrean?

Contigo, ¡oh juventud! contigo nace

El entusiasmo ardiente

Que arrebata hacia el bien, contigo espira,

Y tras él la virtud mustia y doliente

Privar de fuerza y marchitar se mira.

¿Qué a tu ferviente anhelo

Cuestan jamás los sacrificios? Oyes

La voz de la amistad, sientes la llama

Del patriotismo que tu pecho agita,

O bien la gloria que en honor te inflama;

Partes entonces desalada, y corres

Impávida a tu fin: como en la selva

El volador caballo,

Cuando en dichosa libertad respira,

Orgulloso se lanza a la carrera;

El viento no le alcanza, y vanamente

A intimidar su ardiente lozanía

Las ramblas y torrentes se presentan;

Las ramblas y torrentes acrecientan

Su generoso aliento y su osadía.

Y en vez de tantos dones

Como en mi tierno corazón moraban

Y en su luz generosa me ensalzaban,

¿Qué ofreces a mi vida,

Oscuro porvenir? El triste freno

De la prudencia y su compás helado;

Mientras que, derramando su veneno

La vil sospecha, asida

Del funesto puñal del desengaño,

En cada halago temerá un peligro,

Tras cada bien me mostrará un engaño;

Y roto el velo a la ilusión, el mundo,

Que pintado en tan mágicos colores

A mi inocente espíritu reía,

Será de hoy más a la tristeza mía

Yermo sin amistad y sin amores.

Morir fuera mejor; mas ¡ay, que abiertas

Ya a devorarme aspiran

De la siguiente edad las negras puertas!

La vista estremecida

Duda y se vuelve atrás: detén la mano,

Y no de bronce la eternal barrera

Corras, que esconde mi estación florida,

¡Dura necesidad! ¡Oye mi ruego!...

Mas no me escucha, y la corrió, y yo ciego,

Sin poderme valer, desconsolado,

Del carro del destino arrebatado,

A su imperiosa voluntad me entrego.


    Tú, mudo esposo de la noche umbría,

¡Oh padre del sosiego,

Sueño consolador! ¿por qué te niegas

A mi lloroso ruego?

¿Por qué a mis sienes con piedad no llegas?

Y no que lento y vagaroso bates

Lejos de mí tu desmayado vuelo,

Y esparces en el suelo

La niebla del balsámico rocío

Con que el dolor serenas

Y el vivo afán de las acerbas penas.

Duélete ¡oh sueño! al contemplar las mías;

Suspende, ¡ay Dios! suspende

Por un momento el velador cuidado,

Y en él tu velo vaporoso tiende.

¿No bastan, di, para penar los días?

Mi espíritu, rendido

A tanta agitación, mi triste pecho,

De palpitar cansado,

Y en ansia y fuego el corazón deshecho,

Tu celestial venida

Imploran ¡ay! a restaurar mi vida.

Para obligarte, en vano

Mezclarme quise al alborozo insano

Del ruidoso festín, y la ancha copa

Henchí tres veces de espumoso vino.

Tres veces la apuré, sediento y ciego;

Pero en mi yerta boca

Se heló la risa y se tornó en gemido.

Y el ardiente licor que entró en mi seno,

En vez de dar a mi dolor reposo,

Raudal fue impetuoso

De hiel ingrata y ponzoñosa lleno.

Fácil un tiempo mi clamor olas,

Y blandamente en derredor volabas,

Y halagüeño doblabas

La gloria de mis días,

Que tú en la noche a redoblar ventas.

¡Oh ilusiones de bien! ¿Dónde habéis ido?

¿Tal vez a no tomar? Tal vez si ahora

¡Oh sueño! has de venir, vendrá contigo

A atormentarme airada

Del bien perdido la doliente idea;

Mas ven, sueño, a mi voz, aunque así sea.

Ven; que ya las dos osas

Al ocaso avecinan

Su refulgente carro, y presurosas

Las centellantes Pléyadas se inclinan.

La luna fatigada

Se retira hacia el mar, y ya la aurora

Precipita la hora

Que anuncia en el oriente

Su trémulo esplendor. ¡Ay! vendrá el día,

Vendrá, y mis ojos, de velar cansados,

Su luz no sostendrán ni su alegría.

¡Ríndete a compasión, sueño precioso!

Tu néctar delicioso

Mi triste frente halague,

Y blando y dulce y regalado vague

¿Me escuchas? ¡Oh favor! Ya desmayados

Mis sentidos fallecen,

Mis miembros se entorpecen,

Mis párpados se agravan,

Las penas mismas su inclemencia fiera

Con tu presencia acaban.

¡Quién de ellas libre al despertar se viera!