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Poesías
Juan Eugenio Hartzenbusch
(Madrid,
1806 - 1880)
Abatido y enfermo desde que perdió a su excelente
y segunda esposa, y más acabado por la sorda lima
y vida sedentaria del estudio que por su edad de setenta
y tres años, el Excmo. Sr. D. Juan Eugenio Hartzenbusch
falleció el día 2 de agosto de 1880, en su
habitación de la calle de Leganitos de esta corte,
casa núm. 13.
El tiempo, que tanto es su poder, más
o menos tarde borrará de la memoria de cuantos le
conocieron aquel porte sencillo, aquel rostro de expresión
franca, viva y afable; pero no de mi alma el cariño
que profesé durante muchos años al antiguo
amigo y al ilustre compañero de la Academia Española.
Por fortuna, en sus obras está retratado el espíritu
del hombre, y ya las bellas artes han perpetuado su imagen,
robando la verdad a la naturaleza.
De su vida y de sus obras
se ha dicho bastante, desperdigado por lo común en
periódicos; pero como la existencia de éstos
suele ser tan efímera, que las más veces no
pasa de veinticuatro horas, nada que se escriba de Hartzenbusch
dejará de tener aprecio en los siglos futuros, y al
publicar hoy nueva colección de sus obras, necesario
parece volver los ojos al autor y a sus excelentes producciones.
Nació en Madrid el 6 de septiembre de 18o6, hijo
de un ebanista alemán y de madre española,
y como le enseñasen aquel oficio, ayudó a su
padre; pero habiendo quedado huérfano y sin otro caudal
que la heredada profesión, tuvo que trabajar en ajenos
talleres. De esto hizo gala toda su vida; y en verdad que
mucho le honraba el haberse elevado por sí propio
hasta el extremo de conquistar imperecedero renombre en las
letras españolas.
Sirviole de firme punto de apoyo
para tomar vuelo y arrojarse a dominar espacios de luz inextinguible,
el profundo y sólido conocimiento de las lenguas latina,
castellana y francesa y de las humanidades, que adquirió
desde 1818 a 1822 en los Estudios Reales de San Isidro, con
los padres de la Compañía de Jesús recién
venidos de Italia.
Bien lograron tan sabios y generosos
maestros aprovechar las naturales disposiciones de aquel
muchacho que, ávido de enriquecer el entendimiento,
empleaba sus ahorrillos en comprar comedias y libros que
se suelen vender en puestos callejeros, y se desvivía
por asistir a representaciones escénicas, públicas
o particulares. Para ganar tiempo y facilitar el estudio
aprendió taquigrafía, lo cual le valió
en 1838 una plaza de taquígrafo temporero del Diario
de sesiones del Congreso . Es de advertir que desde 1823 había
comenzado a ejercitar sus fuerzas en la traducción
de obras del teatro francés, con acierto y utilidad,
y desde 1827, en la refundición de nuestras más
célebres comedias antiguas. Por lo que, animándole
sin duda alguna los cómicos, resolviose en 1831 a
escribir dos dramas, fundados en la historia: el uno de ellos
ni se representó ni imprimió, y el otro fue
mal recibido del público y peor de la crítica.
Pero todos estos trabajos deben considerarse como tímidos
ensayos hechos por el novel poeta, sin conocimiento de su
propio valer, sobre asunto forzado, y bajo la tutela de ajena
inspiración: fueron como la carrera que se toma para
dar un gran salto. Y en efecto, enardecido Hartzenbusch con
el acicate de la derrota pasada, lejos de amilanarse, la
tuvo por lección para no caer en nuevos errores. Desecha
la desconfianza, busca asunto de interés universal
y eterno, lo halla, estudia, escribe, y el 19 de enero de
1837 se estrena en el teatro del Príncipe su drama
Los amantes de Teruel, que le valió ruidosos aplausos,
grandes alabanzas y un puesto entre los famosos autores dramáticos
de su época. Y ¿cómo no? Aquel verdadero hijo
primogénito nació enriquecido con todo el tesoro
de entusiasmo, invención, lozanía, atrevimiento
y saber del joven poeta.
En 1838 confirmó y hasta
levantó más su bien ganado crédito el
drama Doña Mencía o La boda en la Inquisición ,
que obtuvo casi mayor triunfo que el primero, a causa de
la naturaleza del asunto y de los principios políticos
que se debatían entonces en los campos de batalla;
pero de la anterior desmerece mucho esta obra, aunque dotada
seguramente de interés y belleza, por lo complicado
y confuso del argumento, por la inconsecuencia o vaguedad
de los caracteres y por ciertas lastimosas pinceladas que
habrían desaparecido a refundir el autor su poema.
Vítores y coronas le valieron también en 1841,
1844 y 1845, Alfonso el Casto , Juan de las Viñas y
La Jura en Santa Gadea , estrenadas las dos últimas
producciones cuando ya el autor, con tan honrosos títulos,
servía plaza de Oficial primero en la Biblioteca Nacional,
desde 9 de enero de 1844. Ciertamente que no debió
extrañar la oficina, ni la ocupación de revolver
libros y catálogos, quien allí había
pasado gran parte de su juventud buscando noticias para trabajos
literarios, y examinando papeles, raros y curiosos.
Dio
al teatro en 1846 La madre de Pelayo , poema dramático
digno del héroe cuyo sublime y patriótico ejemplo,
transmitido de generación en generación, prestó
aliento y constancia a los españoles para batallar
durante ocho siglos hasta sacudir el yugo sarraceno; y un
año después abría sus puertas al poeta
insigne la Real Academia Española.
Aficionado a los
estudios filológicos y a todos los que pudieran contribuir
a la instrucción de la juventud, para cuya enseñanza
había escrito fábulas y cuentos ingeniosísimos,
le fue agradable el cargo de Director de la Escuela Normal
que se le confirió en noviembre de 1854, y que le
traía la ventaja de tener casa con jardín en
la del establecimiento. Y aquí se me viene a la memoria
un rasgo que retrata el carácter de nuestro excelente
dramaturgo. Mi posición oficial me había proporcionado
en 1856 el gusto y la honra de influir para aventajarle con
el puesto de Bibliotecario primero y preparar su futura dirección
en la Biblioteca Nacional, destino de mayor sueldo e importancia
y más propio del esclarecido literato; procura verme
en seguida, y me dice: «Señor D. Aureliano, aunque
reconozco su buena intención de favorecerme, estoy
muy lejos de agradecerla. ¡No sabe V. qué daño
me ha hecho privándome de aquel jardincito!»
Obtuvo
al fin en 11 de diciembre de 1862 el puesto de Director de
la Biblioteca Nacional; pero debilitándose de día
en día sus fuerzas físicas y morales, fue jubilado,
a instancia suya, en 22 de octubre de 1875.
Poco después
dejó de concurrir a la Academia Española, la
cual, en premio de lo mucho que los trabajos de su instituto
debían al talento, instrucción y laboriosidad
del ilustre inválido, acordó que en todas las
juntas se le contase como presente.
Honda pena consumía
el ánimo de nuestro Hartzenbusch al verse inútil
para el trabajo, casi paralítico y privado del placentero
trato que constantemente había tenido con escritores
y artistas. Así vivió algunos años,
sin encontrar alivio; pero con el inefable consuelo de que
su buen hijo D. Eugenio le cuidara y asistiera de día
y de noche con la mayor piedad hasta cerrarle para siempre
los ojos.
Extinguiose la luz de aquella noble existencia
cuando por el rigor del estío se encontraban ausentes
de Madrid muchos literatos y actores y no pocos de los compañeros
y amigos del poeta; por lo que en la conducción del
cadáver al cementerio de la Sacramental de San Ginés
y San Luis, donde reposa, no pudo menos de faltar algo de
la pompa y solemnidades acostumbradas; y así había
de suceder, para que en todo lo de Hartzenbusch triunfase
la modestia desde la cuna hasta la sepultura. La Real Academia
Española, no enviando una comisión de tres
individuos, como es costumbre, sino en cuerpo, asistió
a la conducción del cadáver, presidida por
el Sr. Cañete, individuo más antiguo de los
que, a la sazón, se hallaban en Madrid.
No fue Hartzenbusch
de los escritores que adelgazan el ingenio para imponer sus
obras al público; jamás concurrió al
teatro en el estreno de ellas, y nunca las apadrinó
con oficiosos mosqueteros. No se le confunda con los que
trabajan irás por aparentar suficiencia que por adquirirla;
con los que cubren su ignorancia y desidia, proclamando la
libertad del genio y el desprecio de toda regla de lógica
y buen gusto; con los que no buscan sino hinchados elogios,
y que, lejos de aprovecharse de las censuras y advertencias
ajenas, se aferran a su parecer y se endurecen en los errores;
con los que, finalmente, se disparan como cohetes, ambicionando
escalar el cielo, esparcen en la altura fugitivas luces,
que el vulgo imagina estrellas, y se deshacen y caen al punto,
con humo y obscuridad, en el olvido.
Bien aprendido tenía
que la sabiduría no reside en la bondad de las alabanzas
del vulgo, sino en el propio mérito verdadero; por
eso, además de estudiar sin descanso, oía a
grandes y pequeños, a amigos y adversarios, a doctos
e indoctos; puesta la mira siempre en que para nosotros vivieron
los pasados, en que nosotros vivimos para los por venir,
y en que para sí ninguno vive. Todo esto, que influyó
en su carácter, define también la índole
de sus escritos.
Si me preguntasen cuál, a juicio
mío, es el principio capital que los vivifica, no
vacilaría en señalar aquél que puso
Montalbán por hermoso título de una comedia,
Cumplir con su obligación . Esta idea civilizadora
y santa anima las composiciones de D. Juan Eugenio, siendo
los personajes de sus poemas antes propensos a cumplir deberes
que a reclamar derechos. Por el deber de salvar el honor
de una madre, ahoga Isabel de Segura el amor purísimo
que había consagrado a Marsilla; impónese un
destierro de cuatro años el Cid, por imaginar que
el deber se lo manda; invocando interesadamente el nombre
del deber, Doña Mencía halla siempre dispuesta
a su hermana para los mayores sacrificios; en aras del deber
ofrece Heriberta su vida por la de todo un pueblo; y ¿qué
más? por el deber de librar a un hijo de muerte inevitable,
ríndese al hierro homicida la madre de Pelayo.
De
esta generosa idea nace siempre otra dulce y poética:
la de la virtud paciente y resignada; y cuando el vate la
representa con toca y sayal, envuelta en monjiles arreos,
como vestido que indica la proximidad a Dios, el apartamiento
del fango mundano, la perfección de la vida contemplativa
y el ejercicio de la caridad y humildad, gloria del mundo
y corona de los seres inmortales, nadie podrá censurar
esto como lunar, por más que fuese entonces vulgar
recurso desenlazar muchos dramas encerrando en una celda
a la víctima que pierde el amor de la persona querida,
o hace el sacrificio de cederla a un tercero. Hoy la víctima
se suicidaría. En las obras de esta índole,
Hartzenbusch se dirige a un fin más noble que el de
huir de los casamientos forzosos del teatro antiguo, para
caer en conventos, infortunios, desastres, forzosos también
en las obras de la escuela romántica, y vaciados en
una misma turquesa.
Tal vez merecería reproche nuestro
escritor por ser no pocos de los tristes casos que pinta,
obra más bien de inflexible y sañuda fatalidad,
que no palpables castigos, enseñanzas y escarmientos
decretados por la Providencia, si debiera vedársele
al poeta doctrinar y deleitar al auditorio con lo que llamaron
los gentiles querer de los hados, malas fadas los españoles
de la Edad Media, influjo de las estrellas la Europa del
renacimiento, fortuna los hombres de todos los siglos, y
el filósofo cristiano juicios inescrutables de Dios,
que sirven para avisar al divertido y aprovechan para escarmentar
confiado.
Pudiera también ofrecer reparo el haber
desenlazado nuestro autor dos de sus dramas con el suicidio
de los protagonistas. Creía el poeta ser de todo punto
necesaria la catástrofe si había de resultar
la terrible lección moral que se propuso, castigando
con pena eterna en Doña Mencía la intolerancia
llevada al último extremo de inflexibilidad, y en
Luciano el brutal egoísmo que no se detiene ante ningún
humano respeto. Ya en los albores del teatro español
se apeló al recurso del suicidio en dos de las piezas
más notables de Juan del Encina.
Cuéntase
Hartzenbusch de los primeros que en estos tiempos y con deliberada
resolución han cultivado entre nosotros el drama simbólico,
personificando un vicio o una virtud, con todas sus grandezas
o feos colores, y deduciendo lógica y poéticamente
de cada una de sus fases legítima consecuencia y bienhechora
enseñanza.
También ha hecho ensayos en el
drama filosófico para esclarecer en la escena con
ingeniosa fábula una tesis moral, más propia
de aulas al parecer, que de coliseos, y desbaratar así
en tan ancha arena errores y engaños comunes que arrastran
al hombre a un precipicio. Pero ha llevado a cabo el propósito,
no apelando a caprichosas imaginaciones, sino buscando ejemplos
en lo real, y penetrando en las entrañas de la naturaleza
humana.
Sus conocimientos en historia, y el cariño
a todo aquello en que se refleja la índole del pueblo
español o constituye las glorias de nuestra patria,
le impulsaron a escribir el drama histórico, procurando
siempre retratar fiel y esmeradamente los rasgos característicos
de los personajes verdaderos. Aderezan sus cuadros mil curiosidades,
primores y noticias, olvidados entre el polvo de archivos
y bibliotecas; y no pocas veces el dramático toma
oficio de crítico, o de hábil arqueólogo
que reúne y compagina fragmentos despedazados de bajos
relieves griegos o de vasos etruscos, para conocer y reproducir
con exactitud trajes, muebles y objetos antiquísimos.
Afanoso de ensayarse en todos los géneros, cultivó
también el drama anecdótico y la comedia anecdótica,
procurando enlazar con verosimilitud una anécdota
verdadera a otra fingida. Y bien que otorgue el drama, por
su índole, mayores libertades y licencias que la comedia
(la cual, por ser un hecho de la vida común, puede
fácilmente reducirse a las reglas llamadas clásicas),
supo Hartzenbusch que el poeta no ha de mentir, sino fingir;
y que las galas poéticas divinizan lo humano y suben
de punto la ternura o la grandeza de los sentimientos.
Siempre
diferente y siempre el mismo, el verdadero ingenio jamás
escribe por patrón, ni aliña un solo manjar
desfigurado con distintos condimentos. En cuanto deja espigado
un campo, vuela a otro para resplandecer en todos.
Este
mérito hay forzosamente que reconocer en Hartzenbusch,
entendimiento grande, tal vez superior a su corazón,
y tan grande como su actividad maravillosa.
Quien registre
sus escritos, le hallará traductor infatigable desde
1823; cinco años adelante, refundidor de comedias
antiguas; autor original en 1831; crítico en 1840,
y con mayor asiduidad y empeño en 1846 y 1847, aunque
pagando tributo alguna vez a la flaqueza humana; docto y
esmerado ilustrador de los mayores dramáticos del
siglo XVII, desde 1839; y siempre dando muestras de su aplicación
e ingenio en multitud de composiciones literarias de diversa
índole, y que, por reducidas que sean, todas encierran
un pensamiento, ya sentencioso y doctrinal, ya tierno, expresivo
o delicado: de las cuales, muchas forman parte de las colecciones
de sus cuentos y fábulas. ¡Lástima que alguna
vez la pasión y ataduras políticas tuerzan
el vuelo de quien tenía empuje para dominar siempre
en espacios de purísima y vivificadora luz!
A fuerza
de estudio, observación y sabia advertencia, logró
adquirir aquel estilo expresivo, serio y elegante, verdaderamente
español, que enamora en el Romancero; sentencioso
a semejanza de Alarcón; epigramático a la manera
de Tirso; elevado y conceptuoso a veces recordando a Calderón,
y a veces apropiándose el candor y la frescura de
Lope.1 1
Fuera de los Amantes de Teruel , que salió
perfecto y hermoso del entendimiento de Hartzenbusch, cual
Minerva de la cabeza de Júpiter, dos épocas
se distinguen en los dramas de nuestro académico:
una que finaliza en 1843, otra que comienza desde el año
siguiente. Son más obscuros y complicados los de la
primera en su argumento, más largos, más recargados
en sucesos y lances embarazosos e inútiles, más
ricos en sutilezas y pormenores, más inciertos y erráticos
en su desarrollo. Las censuras de personas advertidas y competentes
llamáronle a cuentas consigo mismo, y uniendo a esta
consideración los reparos y hablillas del público
en las representaciones de Primero yo , El Bachiller Mendarias
y Honoria , decidiose a recoger velas y a refundir alguna
de sus anteriores composiciones, formando el propósito
de tomar en las nuevas diferente rumbo. Quiso darles mayor
claridad, evitar la confusión economizando lances
y refrenando el natural ingenio, y hacer más sencillos
y regulares los poemas: ejemplo de docilidad y modestia inusitado
entre el genus irritabile, en el cual decía Cervantes
que no hay poeta que no se tenga por el mayor del mundo.
Eligió asuntos pequeños para probar sus fuerzas;
y como saliese con su intento en Juan de las Viñas,
puso la mira en obra de otra importancia. Pero La Jura en
Santa Gadea, que se recomienda por escenas de extraordinario
vigor, colorido y efectos dramáticos, sacó
aún muchos versos, demasiada historia, excesivas descripciones
de que hoy gusta poco el teatro, el cual pide ante todo acción
e interés; y se convenció el autor de que todavía
necesitaba más enmienda. Entonces, a manera de quien
para enderezar un árbol torcido le dobla con extremo
hacia la parte contraria, huyendo de un vicio cayó
en otro en La madre de Pelayo en que siguió de cerca
la Mérope, de Alfieri, que ya anteriormente había
vertido al castellano; y no por falta de arte, sino por exceso
de buen deseo. La exagerada economía en la explicación
de algunos antecedentes, fue parte (por tratarse de costumbres
sólo conocidas de gente docta) para que el vulgo dejase
de entender bien La ley de raza , y de apreciar todo el interés
de su magnífico argumento. Los antiguos pintaron sanos
y enteros a sus dioses, exceptuando a uno que entre ellos
era artífice, al cual fingieron cojo. Las obras de
arte han de cojear siempre de algún lado. Sin embargo,
llevan las que desde entonces trazó la experimentada
pluma de Hartzenbusch, el sello de un profundo conocimiento
de las verdaderas reglas clásicas y de las peculiares
inclinaciones y gustos del público español,
por más que la libertad, exuberancia y opulenta fantasía
de algunos trabajos anteriores ofrezcan singular atractivo,
como todo lo que participa de la lozanía propia de
la juventud. La luz de la aurora es más brillante
que la del crepúsculo vespertino.
Poco supera y poco
puede igualarse a las producciones literarias de diverso
género, correspondientes al segundo período,
en lo correcto, elegante, sencillo y castizo de la forma.
Sobre este punto llegó a ser tan escrupuloso el poeta,
que las corregía repetidas veces aun después
de publicadas: tarea que le trajo afanoso hasta pocos años
antes de su muerte. Nada más natural: si el entendimiento,
como dice Cervantes, suele mejorarse con los años,
y este beneficio se alcanza sin otra ayuda que la experiencia,
¿qué no se mejoraría el privilegiado del Sr.
D. Juan Eugenio, que nunca dejó de estudiar y aprender?
Cada día encontraba algo que enmendar en sus obras;
y corrigiendo con preferencia y mayor empeño aquéllas
que más estimaba y que han de vivir eternamente, no
hay duda que logró perfeccionarlas. Opinan algunos
que no lo consiguió siempre, y oponen: que la lima
desgasta el relieve en los rasgos hermosos y característicos
de la primera mano o primera intención; que el excesivo
afán de razonar y justificar las cosas, encadena la
fantasía; que no se retoca con el calor y el entusiasmo
con que se crea; y por último, que no debe sacrificarse
nunca el pensamiento a la forma, ni el efecto a la verosimilitud,
porque a veces un grito inarticulado expresa tanto como el
más elocuente y correcto discurso, y porque en la
vida real se ven cosas tan extrañas y fuera de razón,
que parecen imposibles.
Materia es ésta larga de
tratar y difícil de resolver. Para mí, sin
embargo, resulta incuestionable: que no caben en el teatro
todas las verdades, y que no debe sacrificarse nunca en él
la verosimilitud moral; que todo pensamiento puede decirse
galana y correctamente; y que no hay defectos incorregibles
en las obras del ingenio, fuera de los constitutivos, o que
están encarnados en el asunto. A ellos pertenece la
obscuridad del nebuloso drama trágico Primero yo ,
que jamás, e hizo muy bien, intentó reformar
Hartzenbusch. Aplaudamos que retocara sus obras, y que se
conserven los textos primitivos, a fin de comparar las variantes
y obtener muy provechoso estudio.
Movió su pluma
al producir tantos y tan diferentes trabajos, casi siempre
la voluntad libre y enamorada del asunto; y no pocas veces,
la exigencia de amigos y de empresas teatrales o periodísticas.
Entre sus bien intencionadas producciones, a más
del preciosísimo cuento Mariquita la Pelona, destinado
a consolar el quebranto de una hermosa dama, a quien, con
motivo de grave enfermedad, fue necesario cortar el cabello,
debe mencionarse La Archiduquesita , comedia escrita expresamente
para que la malograda, admirable niña Rafaela Tirado,
que apenas contaba entonces (1854) doce años de edad,
pudiera lucir su precoz talento y prodigiosas dotes para
la escena. El ingenio de Hartzenbusch, diestro en vencer
mayores dificultades, hizo un cuadro que parece fotografiado
de la humana vida, clásico en la traza y en las formas,
artificioso y bien ordenado, verosímil en los sucesos,
natural en los afectos, animado en las tintas, discreto en
las razones, y tan decente y regocijado en las burlas, como
provechoso en las veras, donde su protegida recogió
gran cosecha de aplausos y ganó reputación
de actriz maravillosa. Todo el mundo pronosticaba glorioso
porvenir a la interesante criatura; pero el 13 de marzo de
1859, el soplo de la muerte deshizo tanta juventud y tan
halagüeñas esperanzas.
Pertenecen a los trabajos
forzados de Don Juan Eugenio las tres famosas comedias de
magia que llevan por título La Redoma encantada , Los
Polvos de la madre Celestina , y Las Batuecas , y el drama
religioso El Mal apóstol y el Buen ladrón .
La primera, originalísima; la segunda, trazada sobre
la francesa Las Píldoras del diablo, pero tan bien
acomodada a nuestro teatro, que merece carta de naturaleza
española; y la última, simbólica y doctrinal,
admirablemente imaginada y escrita. Decía con mucha
gracia nuestro poeta, haber compuesto las tres primeras a
medias con el pintor Lucini. Imposible parece que se pueda
trazar nada tan literario en el género de tales producciones,
el cual (más inocente e ingenioso que el llamado bufo,
cuyo fin es ridiculizar y desautorizar cuanto hay de respetable
y sagrado en la tierra) hoy ya, por lo común, sólo
aspira a divertir el ánimo con payasadas y con la
variedad de decoraciones, juegos de transformación,
bailes, disfraces y comparsas. Pero las comedias de magia
de Hartzenbusch enseñan algo y nos regocijan mucho,
por la intervención de figuras históricas o
tradicionales, por las oportunas alegorías, cultura
de la sátira; y discreción de los chistes.
Después que durante algunos años se estuvo
representando en varios teatros de España con grandes
productos y con afición y respeto de auditorio el
drama sacro-bíblico titulado La Pasión, escrito
por D. Antonio Altadill, sobre el auto de Fr. Jerónimo
de la Merced, se dictó, precedido de un monumental
preámbulo , el Real decreto de 30 de abril de 1856,
que prohibió «la representación de los dramas
sacros o bíblicos, cuyo asunto pertenezca a los misterios
de la religión cristiana, o entre cuyos personajes
figuren los de la Santísima Trinidad o la Sacra Familia.»
Desde entonces los empresarios veían sucederse unas
cuaresmas a otras, recordando tristemente las antiguas ganancias,
y en vano solicitaban de los poetas un drama de la Pasión
de Nuestro Señor Jesucristo en que no apareciese el
Divino Redentor ni su Madre Santísima. No faltó
algún autor que les contestase con esta poco reverente
pregunta: ¿Creen ustedes que se puede hacer chocolate sin
cacao, azúcar ni canela? Pero Hartzenbusch resolvió
el problema escribiendo con estro soberano El Mal apóstol
y el Buen ladrón, donde, si bien no salen las figuras
de Jesús y María, constantemente se las ve
sin verlas y se las oye sin oírlas, y el espectador
las sigue anhelante y conmovido desde Belén hasta
la cumbre del Calvario. ¿Qué mayor prueba de habilidad
y de ingenio?
También pertenece al grupo de las producciones
obligadas el libro de la zarzuela Heliodora o El Amor enamorado ,
o sea la fábula de Psiquis y Cupido, más literario
que teatral, y que, por parecer muy costosa su representación
y que el éxito no correspondería a los gastos,
o por otras causas, estuvo muchos años sin ver la
luz pública, hasta que el vate lo dio a la estampa
en la colección que lleva por título Obras
de encargo. Pero al fin, muerto ya el insigne autor, se estrenó
en el teatro de Apolo, con brillante aparato y hermosa música
del señor D. Emilio Arrieta, a 28 de septiembre de
1880.
Cúmpleme ahora volver atrás, si he de
satisfacer a noble e irresistible impulso. Ya tengo dicho
que la hégira literaria de nuestro poeta debe contarse
desde que escribió Los Amantes de Teruel; que este
poema fue uno de sus mayores y mejores triunfos escénicos;
que si tiene obras más ajustadas a los preceptos clásicos
del arte, ninguna revela tanto la espontaneidad, entusiasmo
y lozanía de la juventud, y que no pudo elegir su
autor un asunto de mayor interés para toda clase de
personas y para todos los tiempos.
Nuevo Prometeo, logró
reanimar dos estatuas, casi enterradas en olvido completo:
dos modelos que ofrecen el más hermoso testimonio
del fuerte imperio de la pasión divina, alma del universo,
móvil a que debe su reproducción cuanto vive
en la tierra, fuerza misteriosa que enlaza dos corazones,
entrambos nacidos el uno para el otro, de tal manera que
sólo existan para amarse y únicamente gocen
una felicidad: la de estar unidos; y sólo padezcan
un quebranto: el temor de poderse ver separados; y sólo
alcancen un género de muerte: su separación.
Si a estas dos almas de finísimo temple las pone a
prueba en su bárbaro crisol el infortunio, las lágrimas
y la compasión de los pechos sensibles están
de su parte; y cuando aquellos dos corazones extreman su
pasión hasta el sacrificio de la existencia, siglos
y siglos durará en la tierra su memoria. Y entonces
¿dejará de ser envidiable su muerte? No consiste muchas
veces en los prósperos sucesos la dicha, sino en la
grandeza y ternura que rodea a la adversidad. ¿Qué
tiene ya que desear quien puede morir de amor? ¿Quién
no daría, por amar como dos finas almas se amaron,
el morir como murieron? Los mismos que de ellas se burlar
motejándolas de necias, carcómense de envidia
y son pregoneros incansables de su heroísmo.
Ufánase
todo pueblo con la historia de dos amantes desdichados; cada
civilización muestra los suyos en competencia de los
antiguos; cantando sus desventuras, inmortalízanse
los grandes poetas. ¿Qué asunto más bello en
su lira, que Píramo y Tisbe espirando junto a los
ríos de Babilonia; Leandro, arrebatado por las furiosas
olas del Helesponto, y Ero no sobreviviéndole; Carites,
dando la vida por Lemolemo; Filis, por Demofonte; Laodamia,
por su marido; Safo, por un ingrato? ¿Cuándo se olvidarán
los atrevidos temblorosos besos que sellaron los labios de
la infeliz Francisca de Rímini; las quejas del enamorado
Macías; el estrecho abrazo de Tagzona y Hamet, que
en la muerte confundió dos almas y dos cuerpos, arrojándolos
desde la peña de Archidona; la fe inquebrantable y
trágico fin de Julieta y Romeo, y de Lucía
y Edgardo, cuyas ansias sólo hallaron término
en el reposo de la tumba; y cuándo, por último,
el intenso fuego de Isabel de Segura y Diego Marsilla, lauro
del Turia y hermoso honor de España?
Estudiar este
afecto en su mayor pureza, penetrar en sus misterios, identificarse
con él por medio de la inspiración, y encontrar
su fórmula poética más perfecta, después
que infructuosamente la han estado buscando seis siglos,
es fortuna que lograron muy pocos, es corona que ostenta
D. Juan Eugenio Hartzenbusch en el drama de Los Amantes de
Teruel . Y a la manera que no habría sido completa
la gloria de quien descubrió un nuevo mundo, a no
haber éste surgido de las olas más lozano,
floreciente y maravilloso que el antiguo, de más salutíferos
y corpulentos árboles, de montes más cargados
de plata y oro, de mares y ríos más extraordinarios,
de peces y aves, partículas vivas del arco iris, -no
habría nuestro dramático elevado a la mayor
altura su poema, a no darle nueva luz, recuerdos peregrinos
y preciosas noticias la historia, tesoros mil la filosofía,
y las musas y la naturaleza entera su mayor pompa y atavío.
Pero así como la belleza de cualquier asunto, en
su perfección literaria extremada, no tiene más
que una sola fórmula, así tampoco la útil,
completa y acertada crítica; y ha de repetir sus mismas
razones quien viene después, o ha de quedar muy por
debajo de ellas. La crítica que del drama de Los Amantes
de Teruel hizo Larra (último rasgo literario, si recuerdo
bien, de aquella pluma cuyo puesto había de ocupar
muy pronto un arma homicida), es de lo más notable
que en su género posee la literatura española.
No cause extrañeza si traigo a colación más
adelante alguna especie de las de aquella crisis tan justa
y con tanta unanimidad aplaudida por el público.
Únicamente en las épocas a que es dado el triste
y estéril privilegio de negarlo y destruirlo todo,
pudo ponerse en duda una tradición constantísima,
apoyada por eficaces testimonios y fundamentos de su verdad.
Mas la fuerza de la verdad es tan grande, que derriba y oprime
al fin el orgullo y soberbia de los entendimientos mediocres
y raheces, quedando a cargo del tiempo y de los desvelos
de espíritus generosos disipar las tinieblas y el
caos en que se apacientan la vanidad y la ignorancia.
A
principios del siglo XIII vivían en la calle de los
Ricoshombres, de Teruel, amándose desde el abril de
su vida, Juan Diego Martínez Garcés de Marsilla
e Isabel de Segura, cuya unión dificultaban la falta
de bienes del galán y querer el padre de la dama hacerla
esposa de Azagra, hermano del señor de Albarracín.
Recabó el infeliz mancebo que esto se aplazase para
dentro de cinco años, si antes el cielo no le ofrecía
la gloria de pedir y alcanzar la mano de Isabel, rico y poderoso
en la guerra a que toda la cristiandad se aprestaba contra
los innumerables ejércitos africanos, que, ambicionando
oprimir a España entera, asordaban el daban el confín
de Andalucía. Hallose en la batalla de las Navas de
Tolosa, y en las empresas y triunfos que de allí se
siguieron, una vez roto el valladar de Sierra-Morena. Pero
como invirtiese los cinco años del plazo en ganar
despojos y riquezas en buena lid, pisó la tierra natal
lleno de las más dulces esperanzas en el propio día
y a la misma hora que daba Isabel de Segura (estrechada muy
apretadamente por sus padres) su fe y su mano de esposa al
rico Azagra en la parroquial de San Pedro. Corrió
al templo, y alborotándose con tan inopinada vista
los espíritus de ambos amantes, acongojose de tal
manera el corazón de ambos, que viniendo a tierra
con un desmayo, exhalaron casi a un tiempo la vida. Del dolor
y lástima pasaron los circunstantes a la ira, volviendo
a recrudecerse los bandos y parcialidades que dividían
la población, y hubieran acudido a las armas a no
mediar el clero y los venerables mártires Fr. Juan
y Fr. Pedro de Pisa, que satisficieron y calmaron los ánimos
con disponer que una misma sepultura juntase los cuerpos
que había separado fieramente el destino, y que ésta
se abriese en la capilla de San Cosme y San Damián,
lindante con el cementerio de aquella misma iglesia. Honor
hasta entonces a nadie concedido, que facilitaron el valor
de las familias de los Azagras, Marsillas y Seguras, lo extraño
del caso y la singular grandeza de aquella pasión
amorosa, limpia de crimen y por su pureza y vehemencia santificada.
Esto aconteció después de la primavera de 1217,
siendo juez de Teruel D. Domingo Celladas.
Hasta aquí
la tradición conservada de padres a hijos en la familia
de Marsilla. Pero de otra manera, aunque todos uniformes,
vulgo y poetas, refieren el suceso con novelescas circunstancias.
Cuentan que al volver Diego halló a la doncella desposada,
consiguió esconderse en la misma cámara de
los novios, y mientras dormía su dichoso rival, habló
a Isabel, diole amargas quejas y oído a sus disculpas,
demandando ardientemente de ella un beso, por última
señal de aquel malogrado cariño. Isabel, como
honrada, se lo negó y le constriñó a
que se fuera; mas interpretando Marsilla esto por desamor
y olvido, espiró de pesadumbre en el acto. Espantada
aquella mujer hubo de despertar a su marido, refiriole su
cuita y sacaron el cadáver de casa. A los funerales
asistieron los desposados por mayor disimulo; pero anhelando
la desventurada Isabel de Segura besar muerto a quien vivo
no le era lícito, al clavar sus labios en el helado
rostro de su amante, rindió el postrimer suspiro.
Los aragoneses que dominaban en Sicilia y traficaban por
toda Italia, debieron de llevar allí la fama de estos
desgraciados amores, en alguna trova, de que el Bocacio por
los años de 1350 pudo aprovecharse para su novela
florentina de Girolanio y Salvestra, aderezándolos
a su gusto y atribuyéndolos a italianos, como hizo
con anécdotas de otros países, no nada escrupuloso.
Canciones lemosinas y tal cual nota, que podríamos
llamar doméstica, conservaron en Teruel la memoria
de tan amarga desventura: con cuyos datos se extendió
en forma de cuento una relación a principios del siglo
XV, que ha llegado testimoniada a nosotros. Labrando, el
año de 1555, nueva de antigua, una capilla de la iglesia
de San Pedro, halláronse enteros los cuerpos de los
amantes, en sendos cajones o ataúdes, novedad que
reverdeció su nombradía, inflamó a los
poetas e instigó tal vez a Pedro de Alventosa, vecino
de aquella ciudad, a que escribiese en redondillas y publicase
por entonces su Historia lastimosa y sentida de los tiernos
amantes Marsilla y Segura, ahora nuevamente copilada y dada
a luz ; rarísima impresión en letra gótica,
de la cual un solo ejemplar se conoce en la rica biblioteca
del palacio de Blenhein (Inglaterra), propia de los duques
de Malborough.2 2
Una obrilla harto ingeniosa hubo de componer
por los años de 1577, Bartolomé de Villalba
y Estaña Doncel, vecino de Jérica, intitulada
Los veinte libros del pelegrino curioso, y grandezas de España,
dedicados al duque de Saboya, príncipe del Piamonte,
donde se introduce la verísima historia de los Amantes
de Teruel . Dio a la estampa en 1581 micer Andrés Rey
de Artieda, valenciano e infanzón de Aragón,
su tragedia de Los Amantes, librillo que es hoy de peregrina
rareza, y primera obra dramática donde figuran estos
célebres personajes. No mucho después se imprimió
en Alcalá de Henares, año de 1588, el Florando
de Castilla, lauro de caballeros, compuesto en octava rima
por el licenciado Hierónimo de Güerta, natural
de Escalona: y al canto noveno, entra por modo de episodio
la celebrada historia de los amantes. Cuya fama llegó
a ser tal en estos reinos, que, por ello, visitó Felipe
III la iglesia de San Pedro en los días 3 y 4 de septiembre
de 1599, cuando estuvo en Teruel, de paso para Valencia,
al tiempo de su matrimonio con la Reina Doña Margarita:
así parece de la relación impresa de aquella
jornada. Juan Yagüe de Salas, secretario de la ciudad,
compuso e imprimió en Valencia, año de 1616,
su epopeya trágica de Los Amantes de Teruel, en veintiséis
cantos, que continuó su hijo Agustín, bien
que este segundo trabajo aún permanece inédito.
Nadie se había atrevido hasta aquí a dudar
acerca de un hecho incontestable, cuando en 1618 vino a calificarlo
de fabuloso la Historia eclesiástica y secular de
Aragón , publicada por Blasco de Lanuza, fundándose
en que no hacían mención de él ciertos
anales de la villa, ni escritores clásicos y de autoridad,
ni letreros de mármol, como si por los historiadores
graves que erizan sus discursos de tratados, negociaciones
y batallas, se escribiese renglón de tantos infortunios
domésticos, de tantas muertes de pena y de dolor que
diariamente ocurren, y se dan al olvido a la hora de sucedidas.
Pero el pueblo, que tiene su gusto particular histórico,
hace más caso de estas aventuras tristes, que de los
escarceos y zapatetas de los historiógrafos; y tanto
como el dicho ligero, desabrido y solemne de éstos,
vale la tradición constante, fija y respetuosa de
aquél. Sintiéronse de ello el clero y las personas
instruidas, que nunca imaginaron se atreviese nadie a negar
un suceso como el de los amantes, y trataron de buscar documentos
que lo comprobaran. Dieron efectivamente en el archivo del
ayuntamiento con la relación y rota del siglo XV,
inclusa en unos curiosos anales de Teruel; exhumaron a 13
de abril de 1619 los restos de Isabel y Marsilla, que estaban
en sus dos féretros, y vieron en el del varón
un escrito que decía así: «Este es Diego Juan
Martínez de Marsilla, que murió de enamorado.»
Extendiose acta de todo y se protocolizó testimonio,
instrumento que por fortuna pareció en 1822, para
desvanecer nuevas dudas, suscitadas a principios del siglo
actual con motivo de una relación falsa que existía
en la parroquial de San Pedro.
De aquí tomó
vuelo nuevamente la tradición; y una vez llevada al
teatro, hiciéronla en repetidas ocasiones asunto de
sus dramas los poetas, y con esto popular y famosa por dilatados
siglos. Ensayó en ella su numen Tirso de Molina, cuyos
pensamientos y palabras reprodujo el Dr. Juan Pérez
de Montalbán. Pero todos los dramáticos han
traído equivocadamente el suceso al año de
1535, el mismo de la gloriosa jornada de Carlos V sobre Túnez.
El primer libro de geografía en que se recuerda la
historia de los enamorados, es el Atlas de Bleu, impreso
en Amsterdam, año de 1672.
Desde 1619 permanecieron
los ilustres esqueletos, con abandono a merced de los curiosos,
en la iglesia parroquial; pero en 1708, por la obra nueva
que allí se hizo, fueron trasladados al claustro inmediato,
y colocados de pie en un armario poco digno dentro de la
pared, donde permanecieron recibiendo visitas, favores y
disfavores de cuantos pisaban aquella población, hasta
que en 1854 se les labró digno y honroso monumento
a manera de templete, en un salón que da al claustro,
y cuya antigua bóveda bizantina le realza. Ocupa el
centro del monumento muy rica urna de cristal, y continúan
allí de pie, como antes, los dos esqueletos: el de
Isabel a mano derecha, cubiertos con delicados cendales desde
la cintura a la rodilla.
Concluyamos formando catálogos
de las posteriores noticias bibliográficas relativas
a tan famoso acontecimiento. -1780. D. José Tomás
Garcés presentó a S. M. una Memoria genealógica,
justificada, de la familia que trae el sobrenombre de Garcés
de Marsilla ; y cinco años después vulgarizó
un extracto de ella el Memorial literario de Madrid . -1789.
En Murcia se imprimió un Diario de la marcha del regimiento
de Dragones de Numancia, desde Navarra a Murcia , en 1788,
por D. Manuel Fernández de Salazar, donde se canta
el mayor lauro de Teruel. -En 1808, y en Madrid, D. Isidoro
de Antillón dio a la estampa sus Noticias históricas
sobre los Amantes de Teruel; pero falto de documentos útiles,
no apreció atinadamente la verdad. Antes habían
visto la luz en el papel periódico intitulado Variedades
de Ciencias, Literatura y Artes , que dirigía Quintana.
-A 19 de enero de 1837 estrenose con desusado aplauso en
el teatro del Príncipe, el drama Los Amantes de Teruel ,
en cinco actos, en prosa y verso, de D. Juan Eugenio Hartzenbusch.
-En 1838, las prensas de Valencia publicaron la novela de
Marsilla y Segura o Los Amantes de Teruel , historia del siglo
XIII, por D. Isidoro Villarroya. -En el mismo año,
la Noticia histórica de la conquista de Valencia,
por D. Luis Lamarca, que toca este particular. -Cuatro años
después, en la propia ciudad, sacó a luz D.
Esteban Gabarda su Historia de los Amantes de Teruel, escrita
con claridad y acierto, acompañada de curiosos documentos
y de excelentes observaciones críticas. -En 1843 insertó
notable artículo de Hartzenbusch sobre el mismo asunto,
el periódico intitulado El Laberinto, correspondiente
al 16 de diciembre. -Y lo último que ha salido de
molde en el particular, son cuatro pliegos impresos en Valladolid,
año de 1852 (extracto de la novela valenciana de 1838),
que venden los ciegos por las calles.
Contra el silencio
de las crónicas españolas, contra la novela
del Boccacio, contra las dudas de Lanuza y Antillón
acerca del suceso prodigioso de los amantes, existen sus
cadáveres en Teruel, una tradición no interrumpida
de seis siglos, y un muy antiguo escrito: con lo cual basta
para tener el hecho por verdadero. Razón es ya volver
al drama que ha puesto en mis manos la pluma.
Ufanábase,
hacia los primeros días de febrero de 1837, el que
todos apellidaban mordaz, maldiciente y satírico,
el desenfadado Larra, tributando elogios con sinceridad y
entusiasmo al hombre modesto que, sin pandilla literaria
ni alta posición que le abonase, en veinticuatro horas
supo convocar a un pueblo, conmover su corazón y esclavizar
su juicio, arrancarle vivos aplausos y aclamaciones legítimas,
conquistándose nombre imperecedero. Ponderaba la dificultad
que ofrecía el asunto por su publicidad misma, por
lo intenso del amor de los héroes, que la tradición
y la imaginación abultan a lo infinito; y sobre todo,
por los obstáculos que debían removerse para
persuadir al auditorio que la amante podía dar su
mano a quien no fuese dueño de su corazón.
«Era preciso (dice) poner a Isabel en posición tal,
que sin menoscabarse en nada lo sublime, lo ideal de su pasión,
pudiese aparecer casada, y casada voluntariamente; pues sólo
voluntariamente puede casarse quien puede morir. El autor,
con raro tino, ha encontrado el secreto de ese resorte dramático
en la misma virtud, en la perfección misma de su protagonista,
inventando un episodio bellísimo en la pasión
criminal de la madre de Isabel; preparada con tal discreción,
que cuando el espectador la sabe, como llega a su noticia
acompañada del castigo y de las angustias de delito,
hace más sublime a esa misma madre. Rodeada la doncella
por todas partes, creyendo que su amante le ha faltado, cumplido
el plazo, estrechada por el honor y la felicidad de su madre
y por los inmensos beneficios de Azagra, cede, no a la seducción
ni a la inconstancia, sino al deber. Pero Azagra no es un
monstruo: es un hombre locamente enamorado, con quien el
espectador llega hasta a reconciliarse. De esta suerte preside
al drama, no la maldad, sino la fatalidad, la infausta hermosura
de Isabel, causa y origen de propias y ajenas desventuras.
«Marsilla, luchando a brazo partido contra la fatalidad,
es una creación llena de valor y entereza. Pobre,
se enriquece; el amor de una mujer se atraviesa como un obstáculo
insuperable a su felicidad; torna a su patria, y en el momento
más crítico es sorprendido por unos bandoleros
que no pueden comprender, cuando le roban su tesoro, que
le roban, con el tiempo, la vida. Las campanas le anuncian
que Isabel está casada; el crimen es el único
recurso que le queda; un vínculo sagrado le priva
de su bien. Es sacrílego, es injusto.
-En presencia de Dios formado ha sido.
-Con mi presencia
queda destruido.
Respuesta, por lo menos, tan sublime como
el famoso Qu'il mourut de Corneille.
«Está escrito
el drama con pasión, con fuego, con verdad: excelentes
la versificación y estilo; castizo y puro el lenguaje;
bien guardados los usos y las costumbres de la época.
Animemos al poeta a proseguir su brillante carrera, no ya
como jueces de su obra, sino como émulos de su mérito,
como necesitados de sus producciones. Y si oyese el cargo
vulgar de que el amor no mata a nadie, responda que las pasiones
y las penas han llenado más cementerios que los médicos
y necios; y aun será mejor que a ese cargo no responda,
porque el que no lleve en su corazón la respuesta,
no comprenderá ninguna.»
Medio siglo de no interrumpidos
aplausos y la admiración de toda España y de
los extranjeros, han confirmado los elogios del excelente
crítico; y cuantos pueden adivinar la suerte de la
literatura moderna española, saben que a las edades
venideras pasarán Los Amantes de Teruel, de Hartzenbusch,
como joya preciosísima. Túvole justamente su
autor mayor cariño que a otra ninguna de sus obras,
contemplándola con la ternura que un padre a un hijo
sabio y virtuoso, afanándose en retocarla y atildarla
constantemente. Larra, con su exquisito gusto y buen juicio,
tachó de recargado el papel de la madre, advirtiendo
que «no es lo que se dice a veces lo que hace más
efecto, sino lo que se calla o se deja entender, y que existe
un pudor en el mismo corazón del culpable, que le
hace evitar el nombre de su falta.» Esta observación,
otras de personas doctas y bien intencionadas y el veneno
de los maldicientes, que el sabio convierte en medicina,
inspiraron la refundición que se halla inserta en
el tomo XLIX de la Colección autores españoles,
publicada por Baudry (París, 1350), y otra posterior
que el público saboreó no mucho después
en el teatro Español. En ambas redujéronse
a cuatro los actos, algunas escenas de prosa vinieron a transformarse
en otras de verso, la traza y disposición de la fábula
ganó en regularidad y sencillez, desaparecieron los
lunares en que se puso lengua, el cuadro quedó más
harmonioso y correcto, y subió de punto la perfección
de una obra que rayaba donde más alto puede rayar
el ingenio humano.
El público, sin embargo, echó
de menos ciertas frases que guardaba en la memoria, tal fue
borrada que no debía ceder su puesto a otra ninguna.
Parecíale mejor que lo nuevo lo antiguo, en aquellas
delicadísimas estrofas:
Desde los años más tiernos
fuimos rendidos
amantes;
desde que nos vimos... antes
nos amábamos
de vernos.
Y parecía un querer
tan firme en almas
de niño,
recuerdo de otro cariño
tenido antes
de nacer.
Y no podía llevar en paciencia que se hubiesen
alterado los gallardos versos
Mi nombre es Diego Marsilla,
y cuna Teruel me dio:
ciudad
que ayer se fundó
del Turia a la fresca orilla.
¿Qué importa que la que hoy decimos ciudad sólo
fuese villa en aquel siglo? ¿Pues qué, no había
sido ciudad en remotísimas edades, llamada Turúlicum ,
nombre derivado quizá de el del río Turia o
Guadalaviar y de donde provino el de Teruel ? Paséanse
muy orondos por esas benditas calles de Dios muchos hombres
de entendimiento acompasado y estrecho en que sólo
caben media docena de especies, frases y palabras, los cuales,
si no las hallan en la obra ajena que se les pone a tiro,
o las ven algo diversas de las que se les metieron en el
caletre, cierran el libro al punto y menosprecian al autor
por gigante que sea, o a buen componer, le acribillan a inclementes
alfilerazos. Decía Isabel la Católica deberse
oír a todos, pero hacer cada cual de por sí
lo que entienda buenamente que le cumple hacer. ¡Locura grande
prestar oídos a la vulgar, falsa y engañadora
crítica, semejante a las moscas sucísimas que
empuercan de negro lo blanco y de blanco lo negro!
En cambio,
los hombres de buena voluntad, de bien cimentado saber, de
gusto fecundo y exquisito, cuantos en el arte contemplan
un sacerdocio, un reflejo de la luz divina, ¡qué no
gozaron y gozan con la refundición última de
Los Amantes de Teruel ! Aquella madre, egoísta, dura,
terca, inflexible en el drama primitivo; aquella madre, que
al bien y a la felicidad de su hija antepone la propia conservación
del crédito de honrada; aquella madre, que pide a
su hija, con sequedad de fiera, sacrificios que ella no había
sabido hacer para conservar in inmaculada su honra; aquella
madre, de sentimientos por dicha impropios de la naturaleza
humana, adquiere en la refundición cuanta verdad y
cuanta belleza son imaginables. Ya nada vale tanto para ella
como la ventura de su hija; opónese ya resueltamente
al sacrificio de Isabel; la esposa que una vez cayó
y supo levantarse para no volver a caer más, ostenta
la aureola del arrepentimiento y la vivísima del santo
y dulce amor de madre. ¡Triunfo admirable del estudio bien
encaminado, de la observación fructuosa, de prócer
ingenio! ¡Qué diferencia entre el primer bosquejo
de la madre y la estatua esbelta, correctísima, noble,
humana, llena de grandeza y hermosura, que el bizarro artífice,
el soberano Hartzenbusch ha sabido legar al aplauso de los
siglos venideros! En 1836, desquiciado el orden social, hechas
ludibrio de los revolucionarios la santidad del matrimonio
y la dignidad de la madre, vida, sostén y esplendor
glorioso de la familia, y envenenado el aire que respiraba
el poeta, su mucho entendimiento se ofuscó y vino
a crear un monstruo inverosímil en lugar de una figura
humana. Serenados los ánimos, vuelta a su cauce la
sensata opinión sobre los hombres y las cosas, al
fin hubo de hacer su oficio la saludable reacción
del buen gusto, en quien literariamente le tenía muy
bueno, y, a la mujer que tuvo en sus entrañas a la
infortunada Isabel de Segura devolvió los sentimientos
inherentes al amor de madre, solícito siempre, desinteresado
y puro.
Quien no vaciló en llevar a cabo esta buena
obra, recibió en el instante mismo la recompensa,
acudiendo a realzar a maravilla su drama nuevos aciertos
y envidiables primores. ¿Dónde nada tan bello, dónde
sentimiento más delicado, pintura más viva,
interés igual, tantos rasgos sublimes como en la escena
4.ª del acto 4.º entre el moro Adel y la amada de Marsilla?
Allí están frente a frente dos civilizaciones:
la mahomética ciega, fatalista, bárbara por
su esencia; y la cristiana, todo abnegación, caridad
y heroísmo. Quizá sea es escena la mejor de
la obra. Por este moro llega a noticia de Isabel, casada
ya, que Marsilla vive, que le es fiel, y ha llegado al pueblo
y la va llamando a voces por las calles:
¡Eterno Dios! ¡Qué felices
Nacimos!... ¿Cuándo
ha llegado?
¿Cómo es que me lo han callado?...
Y
tú ¿por qué me lo dices?
Del mismo Adel oye
la triste que en su propia casa ha buscado refugio la Sultana
de Valencia, origen y móvil de su terrible infortunio.
¡Qué fiera lucha se traba en su corazón de
cristiana y amante entre los encendidos instintos de nuestra
viciada sangre, que le arrastra a ser cruel, y la fe del
Crucificado, que le manda vencerse y perdonar!
Sean de mi furia jueces
Cuantas pierdan lo que pierdo.
¡Jesús! Cuando yo recuerdo
Que hoy pude... ¡Jesús
mil veces!
Ella con feroz encono
Mi corazón desgarró...
Me asesina el alma... Yo
La defiendo, la perdono.
Y al
contemplar tanta variedad de encontrados afectos, dramática,
bella, admirable, es imposible dejar de rendir, en tributo
de justa y merecida alabanza, un entusiasta recuerdo a la
Sra. Doña Teodora Lamadrid, actriz de entendimiento
prodigioso y de maestría, singular en el difícil
arte de Máiquez y Talma, que volvió a la vida
en el teatro Español a Isabel de Segura, con la poesía
en el rostro, en el ademán, en el acento, en la pasión
tan verdadera como ideal de aquella desdichada amante.
En
esta admirable producción halló la fórmula
perfecta, que durante seis siglos anhelaba hallar, la sublime
desventura de Isabel y Marsilla. Pero muy puro ciertamente
debió de ser el afecto de ambos, cuando sin mancha
ha llegado a nosotros su memoria; y casi imposible debe parecer
a las gentes la fuerza de tanto amor, cuando extrañándola
y resistiéndose a darle crédito la generación
presente, fue preciso que a nuestra sociedad sin fe ni virtudes
apostrofase desdeñoso un suicida.
Me he detenido
tal vez demasiado en hablar del insigne dramático,
porque aventajándose a sus otras hermanas las Musas
del Teatro, fueron con él pródigas de los más
lozanos e inmarchitables laureles. Quien supo emular con
Esquilo y Shakespeare, y competir en ingenuidad y sazonadas
gracias con Tirso, y en galanura y donaire con Lope de Vega,
nunca se llegó a sentar en el Parnaso junto a Píndaro,
Herrera y Fr. Luis de León. No tiene arrebato lírico
Hartzenbusch; mas, en cambio, le realzan ingenio y agudeza,
y natural soltura y aptitud para el verso corto. La concisión
es rasgo distintivo de su numen, y éste, español
a toda ley. Cuanto le inspira está vaciado en la misma
turquesa de lo bello, castizo, gallardo y elegante de nuestro
Cancionero y Romancero.
Quizá en ocasiones adolece
de la vaguedad poética y del espíritu un tanto
soñador de los alemanes; pero en nuestro vate júzguese
esto accidente, y el pensar y escribir a lo español,
naturaleza. Por la forma es siempre original, y en sus obras
todo es grano. Muy lejos de ellas lo palabrero, hinchado
y ampuloso, lo baladí con que suelen disfrazarse la
ignorancia y el mal gusto.
Sabe Hartzenbusch ser tierno
y delicado y ostentar sensibilidad verdadera en las composiciones
líricas Al busto de mi esposa y en la despedida a
las insignes actrices Doña Bárbara y Doña
Teodora Lamadrid. ¡Qué modelo de feliz interpretación,
de grandeza y majestad, de variedad de tonos, al españolizar
La Campana, de Schiller! ¡Qué novedad e intención
en las fábulas!
A un peral una piedra
tiró un muchachuelo,
y una pera exquisita
soltole el árbol.
Las almas nobles
por el mal que reciben
vuelven favores.
¡Qué bello, qué
tierno, qué delicado, qué bien sentido el romance
La cama de matrimonio ! En su género, por ventura no
tenga nada mejor el Pindo castellano.
El oído exquisito
de Hartzenbusch y su mucho conocimiento de nuestra lengua
acertaron a dar el ritmo propio y característico,
ya al verso, ya a la prosa, con lo cual ocupa lugar digno
y aventajado entre nuestros primeros poetas y prosistas.
En los cuentos seduce por su gracejo y soltura maravillosos,
les da vivo interés dramático y no olvida introducir
en alguno, para maleante risa del vulgo, a tal cual de esos
hombres pobres de magín y cortos de alma que historió
el diestro pincel del sabio maestro Ferruz en su corónica
de los varones famosos non conoscidos.
Con llave de oro
cierre este desaliñado estudio mío el retrato
magistral de Hartzenbusch, que en junta pública de
la Real Academia Española, hubo de ofrecer a muy selecto
auditorio el Sr. D. Manuel Tamayo y Baus, gloria de tan preclara
Corporación literaria y gloria envidiable de nuestro
moderno teatro español. He aquí sus palabras:
«El último en abandonarnos fue el excelentísimo
Sr. D. Juan Eugenio Hartzenbusch, muerto para lo terreno
el 2 de agosto del año pasado, a los setenta y tres
años de edad. Algunos antes había empezado
a decaer velozmente, y en muy largos días no fue sino
débil pavesa que infundía lástima y
espanto a los que tuvieron el triste gozo de verle mientras
iba acabándose aquella vida tan preciosa y tan bien
empleada.
»Se distinguió como escritor correctísimo
y elegante, como erudito y como poeta lírico y dramático.
En nuestra primera junta, después de su muerte, fue
proclamado autoridad de la lengua española. Entre
las más apreciables cualidades de su estilo, descuella
la concisión. Ningún autor, antiguo ni moderno,
le aventaja en el difícil arte de decir las cosas
pronto y bien. De su mucho saber y singular perseverancia
dan testimonio trabajos de varia índole y las ediciones
de los teatros de Lope, Tirso, Alarcón y Calderón,
que avaloran la Biblioteca de Rivadeneyra. Su discurso de
recepción en esta Academia, es joya de elevada crítica
y acendrado gusto. Cualquiera de sus composiciones poéticas
o prosaicas, puede servir de modelo para aprender a escribir
en castellano. En sus poesías líricas, en sus
apólogos, en sus comedias, brillan galas y primores
inestimables, y en Los Amantes de Teruel, uno de los mayores
triunfos del ingenio dramático en la patria de Calderón.
Si este drama no supera en belleza a todos los que en las
dos últimas centurias se han escrito, no se le posponga,
por lo menos, a otro ninguno.
»También Hartzenbusch
sintió el azote de la crítica, y aunque tuvo
ardientes defensores (como alguien que me escucha,3 3 y cuya
buena acción recuerdo, porque las buenas acciones
no deben olvidarse), tal vez las injustas censuras fueron
motivo de que no favoreciese al teatro nacional con mayor
número de obras. Ciertas diatribas han de ocasionar,
al que es objeto de ellas, profunda amargura o profundo desprecio.
No honra el desprecio a quien le siente; pero no hay coraza
mejor contra los tiros de la envidia. Al regocijar la escena
con su deliciosa comedia Un Sí y un No, estimó
necesario ocultar su nombre, como Bretón había
ocultado el suyo cuando se estrenó ¿Quién es
ella? ¡Tierra singular esta amadísima patria nuestra,
en que da miedo llevar un nombre glorioso!
«Fue Hartzenbusch
de pequeño cuerpo y de semblante muy expresivo; humilde
en su porte; de costumbres sencillas; nada aficionado a los
placeres tumultuosos del mundo; grave y formal, aunque no
adusto ni severo; propenso a manifestar con risa momentánea,
que a menudo parecía fenómeno meramente físico,
muy diversos movimientos del ánimo; prudente y comedido;
parco en el hablar; siempre igual en su manera de producirse;
ordenado y metódico; dócil y sosegado, más
por hábito que por temperamento; alguna vez en la
disputa o controversia, tenaz y vehementísimo, tan
memorioso, que era índice vivo de todos nuestros clásicos;
tan ingenioso, que no tuvo contrario mayor que la excesiva
sutileza; amigo de disculpar y defender errores gramaticales
o lingüísticos en que él no incurría
jamás; pródigo de su erudición en bien
de los menesterosos; héroe de paciencia con los aprendices
de literato; caritativo encomiador de lo mediano o baladí;
mudo para la propia alabanza; exacto cumplidor de todas sus
obligaciones.
»A diferencia de Escosura, Oliván y
Ayala, nunca tomó parte en la política; pero
constantemente profesó ideas liberales, que le hicieron
llevar sin pena sobre sus no robustos hombros el fusil de
miliciano nacional; y aunque enemigo por naturaleza y por
reflexión, del ruido y el desorden, si eran ocasionados
en nombre de la libertad, los soportaba con paciencia. Gozábase
en recordar su origen.
La tercia rima con trabajo acoplo:
Más
fácil instrumento necesita
diestra que manejó
mazo y escoplo.
»Encomio, que no sólo disculpa, merece
tal linaje de vanidad. Las grandes cruces de Isabel la Católica
y de Carlos III mostraron todo su fulgor en el pecho de este
hijo de honrados padres y feliz artesano, a quien desde el
taller en que manejaba el mazo y el escoplo , fue dado levantarse
al inmortal seguro de la fama bien adquirida.
»Ufanábase
también de haber pretendido en sus mocedades la plaza
de conserje de esta Corporación. Llegué tarde
-decía,- la plaza estaba dada. Para entrar en la Academia
tuvo, pues, que aguardar a que en 1847 se le diese, no precisamente
la plaza de conserje, pero sí una de Académico
de número; y nunca fue nadie más digno de tan
preciado galardón. Necesita la Academia hombres afamados
que, con su gloria, la hagan brillar, y hombres laboriosos
que con su trabajo la hagan vivir. Hartzenbusch la sirvió
de uno y otro modo. Contribuyó a mejorar el Diccionario
en sus ediciones de 1852 y 1869, y en la duodécima
habrá muchas definiciones suyas de vocablos de artes
y oficios. En la Gramática, y particularmente en la
Ortografía, queda abundante muestra de su estudio
y aplicación. Asistió a mil trescientas veintisiete
juntas, y por acuerdo tomado a una voz, se le consideró
presente a otras doscientas veintisiete sesiones. Cuando
le preguntamos si tenía condiciones para ser elegido
Senador por la Academia, contestó negativamente. La
ley pedía a los Cuerpos científicos y literarios
hombres cargados de laureles, pero no enteramente desprovistos
de dinero. La sabiduría y la pobreza andan en el pueblo
de Cervantes muy bien avenidas. Hartzenbusch no tenía
treinta mil reales de renta anual. Este gran literato, en
quien el profundo saber y el gallardo ingenio vivieron en
paz prestándose mutuamente ayuda como buenos hermanos,
pudo, sin embargo, enriquecerá su patria. La enriqueció
de gloria. Su nombre será siempre acatado en esta
Academia y donde quiera que se hable la lengua española
o se rinda culto a la belleza literaria.»
AURELIANO FERNÁNDEZ-GUERRA
Y ORBE.
Amarilla
volviose
la
rosa blanca,
por envidia que tuvo
de
la encarnada.
Teman
las niñas
convertirse de blancas
en
amarillas.
Dicen que locos y niños
hablan siempre la verdad:
la lengua de un niño loco
debe ser la más veraz.
Un
niño demente había,
que en medio de achaque
tal,
iba, sin embargo, dócil
a la escuela del lugar.
El maestro, que observó
que era el loco algo capaz,
quiso que de la doctrina
supiese
lo principal.
-¿Cuáles son,
le preguntaba
un día para probar,
los mandamientos
de Dios
que rigen la cristiandad?
-A
los hombres, dijo el chico,
diez impuso en general,
y después
a las naciones
otros en particular.
Dios
manda que España tenga
trono firme y libertad,
montes,
caminos, marina...
y el peñón de Gibraltar.
«¡Viva la libertad!» Así
gritaban
juntos con recia voz por largo rato,
al verse
libres de su duro encierro,
una marmota, un gato,
un colorín
y un perro,
que antes en un cortijo suspiraban,
víctimas
del poder y los caprichos
de un labrador aficionado a bichos.
-¿Qué se hace, compañeros?,
preguntó
el colorín, pues es costumbre
de bestias a la vez
y caballeros
que el promotor de las cuestiones sea
la cabeza
más ruin de la asamblea.
Yo, prosiguió diciendo
muy ufano,
puesto que terminó la servidumbre,
y
en ella me enseñaban vanos sones,
quiero desde hoy
con ellos al tirano
silbar, y confundirle a maldiciones.
-Yo, dijo la marmota,
buscaré un agujero
para dormir
en él un año entero.
-Aquí, el gato
exclamó, según se nota,
por los collados hay
y los ejidos
multitud de conejos y de nidos:
ya que se
me presenta buena traza,
contrabandista me hago de la caza.
-Yo, prorrumpió sagaz el perdiguero,
como que libre
y suelto bien me lamo,
voy libremente a ver si encuentro
un amo.
¡De tan indigno modo
Empleó la cuadrilla emancipada
la libertad dulcísima
anhelada!
Para las almas nobles ella es todo;
para egoístas,
nada.
Yo os vi desarraigar, olmos lozanos,
Del nativo plantel; yo vi los fosos
Abrir en larga hilera,
donde vida
Nueva os dio la común próvida madre;
Yo os vi las ramas extender nacientes,
Y de tierno follaje
revestiros.
Niño yo entonces, vuestro liso tronco
Ceñía con la mano; ya ni os puedo
Con ambas
abarcar. Ruda corteza
Los caracteres deformó, que
un día
En vosotros grabé, cual en mi rostro
La mano de la edad y la desgracia
Trocaron ¡ay! en repugnante
ceño
Los dulces rasgos de la infancia hermosa.
En otro tiempo para mí de dicha
Me visteis de la cítara sonante
Pulsar las cuerdas
por la vez primera,
Y ufano celebrar el fausto día
En que la patria respiró. Sobre este
Duro peñasco
destrocé furioso
La libre lira, cuando hueste inmensa
Descendió de la cumbre de Pirene,
Para arrasar el
venerando templo
Que a la alma libertad alzara España.
¿Cuál es el árbol de vosotros, donde
Di reclinado
lágrimas ardientes
De la patria infeliz a la ruina
Al deciros adiós? ¡Cielos! ¡qué miro!
¿No
era aquél? Sí. ¡De la segur despojo
Fuiste
al fin!... ¡Como tantos inocentes
Que bárbara inmoló
la tiranía!
Pero tú, más feliz, árbol
querido,
Vuelves a renacer en ese bello
Vástago
que a tu pie brota pujante,
Y las vidas ¡ay, Dios! que en
el sepulcro
La mano sumergió del despotismo,
Para
siempre jamás en él se hundieron.
Pero
estas melancólicas memorias
Abandonemos ya. La patria
vuelve
De nuevo a respirar el aura pura
De libertad; y
a saludaros torno,
Árboles, otra vez. No ya, cual
antes,
Mancebo, de venturas coronado,
No. Huérfano
me veis, sin bienes, seca
Del padecer la fuente de mi vida.
corta será su duración; mas si oye
La Parca
ruegos de quien no la teme,
Cuando tendido a vuestra sombra
entone
Con falleciente voz, en llanto ahogada
Los números
que en días más serenos
Vosotros me inspirasteis,
vibre el golpe
Crüel entonces; y la vida mía,
Donde canté la libertad, acabe.
29 de Mayo de 1834
Desierta observo la feliz ventana
Descanso de los brazos de mi esquiva;
Ni su mágica
voz se oye lejana,
Ni suena su laúd, ni fugitiva
Su sombra vaga en el opuesto muro,
En cuyo lienzo con la
noche obscuro
Vierte la luz que arroja
La estancia refulgente
Su claridad amarillenta y roja,
Mírola yo impaciente;
Y haciéndome traición la fantasía
Se me figura percibir abierta
De un mundo de placer y de
alegría
La esplendorosa puerta;
Y espera el corazón
a cada instante
Que del hermoso Edén que ve delante
Mensajero aparezca de ventura
Un ángel de bondad
y de hermosura.
¡Ay del amante
que suspira en vano,
¡Ay del que busca amor y halla desvío!
Naufraga y a un bajel tiende la mano,
Y se la hiere marinero
impío;
Y en ciego desvarío,
Mientras vigor
alcanza
Sigue la senda cándida espumosa
(Fiel símbolo
de frágil esperanza)
Que en la rizada superficie
undosa
Tras sí bullendo deja
La quilla envuelta
en cobre
De la nave que rápida se aleja.
Lucha el
mísero y vence la pujanza
Del piélago salobre,
Que brama de que el hombre le resista;
Lucha hasta que
se esconden a su vista
Sobre el hirviente azul la espuma
blanca,
Tras el hirviente azul la obscura punta
Del mástil
elevado.
Exhala el nadador desesperado
Un ay entonces que
el dolor le arranca,
Cierra los ojos y los brazos junta,
Y entrega al mar con despechado arrojo
Su cárdeno
cadáver por despojo,
Que se sepulta como piedra inerte;
Porque la acción robándole a la muerte,
Con
la esperanza, en su veloz huída,
De aquel hombre
que fue salió la vida.
Heme
al pie de la reja sabedora
Del congojoso afán del
pecho mío,
Que una sierpe abrigó que le devora.
Heme aquí, donde pierdo
Los ayes que en liviano
desacuerdo
Del triste corazón al aire envío.
Sedientos de gozar mis ojos vagan
Por la región
fantástica risueña
Donde ilusiones pérfidas
me halagan,
Donde feliz el ánima se sueña;
Y la espalda entre tanto
Vuelvo a la realidad, embebecido
En el goce ideal del bien fingido:
Porque es en este mar
de acerbo llanto
Privilegio el mayor de los mortales
Poder
entre el delirio y el olvido
Soñar placeres padeciendo
males.
Y males son los que la noche
anuncia
Lóbrega y temerosa;
Males la voz del huracán
pronuncia
Tronando estrepitosa;
Y el rayo serpeando por
la esfera,
Escribe en letras de color sangriento
La sentencia
fatídica severa.
Fuego despiden que requema el viento
El macizo sillar y la ancha losa,
Cual si volcán
sepulto
De Madrid bajo el sólido cimiento
Tenaz
abriese con empuje oculto
Paso a la llama que su seno encierra,
Taladrando las capas de la tierra.
De la nube que vela
el firmamento
Desprendiéndose rara, el suelo azota
Gruesa, pesada gota,
Cuyo golpe levanta
Del polvo humedecido
Repugnante vapor, hálito ardiente;
Con voz lúgubre
canta
El agorero pájaro en su nido;
Del benéfico
sueño abandonado,
Con el cuchillo de la fiebre herido,
Lanza infeliz doliente
Sobre potro de pluma
Penetrante
gemido prolongado;
Vil pesadilla abruma
La mente de la
púdica doncella,
Germen fatal desenvolviendo en ella;
Y de su labio, del coral envidia,
Voz que huye, con afán
articulada,
Descubre las quimeras con que lidia,
Y amedrenta
a su madre desvelada.
Gime cada morada,
Que bajo cada techo
Sufre en sueños fantástica tortura
Quien
no se agita en doloroso lecho:
Y al gemir allegándose
el zumbido
Del aire que murmura,
Y la voz del cuidoso centinela,
De las nocturnas aves el graznido,
Y al ronco trueno que
la sangre hiela
El son de religiosa campanilla
Y el susurro
de rezo misterioso,
Que se oyen y se dobla la rodilla,
Por sí temblando el corazón piadoso,
Naturaleza
en confusión tan fuerte
Manda al hombre temer próximo
daño;
Y yo en delirio extraño,
Provocando
a la suerte
A que con brazo de rigor me oprima,
Quieto
en la orilla estoy de la honda sima
Que socava a mis pies
el desengaño.
Sobrado
conozco, bellísima ingrata,
Que no hay en tu pecho
amor para mí;
Si empero piadosa te hallara mi pena,
Tornárase gozo mi triste gemir.
No
aspiro a que empañe tus claros luceros
De llanto
amoroso rocío feliz,
Ni pido a tu labio que trémulo
se abra,
Y lánguido diga dulcísimo sí.
De insecto pequeño, que
es átomo vivo,
La estrecha pupila no alcanza a medir
La curva gigante que ciñe los orbes,
Y caben en
ella mil mundos y mil.
Tú
numen de amores, tú sol de hermosura
Si quiero a
tu esfera la vista subir,
Hundido en el polvo del suelo
me miro,
Y tú te me escondes detrás del cenit.
Mas si es tu belleza de estirpe
divina,
¿Por qué sus blasones desmientes así?
Con rostro de cielo, con alma de fiera,
Mirarte es amarte,
y amarte sufrir.
Al ídolo
salta la sangre que arroja
De víctima herida la humilde
cerviz;
Y al ídolo en vano su turbia mirada
La res
inocente levanta al morir.
Así
cada día con frente serena
Los ayes escuchas, que
vuelan a ti,
De aquél que postrado te muestra la
llaga
Que hicieron tus ojos con dardo sutil.
La
queja del triste regala tu oído,
Porque es de tu
triunfo bastardo clarín:
También el balido
de inerme cordero
Deleita a la tigre que asalta un redil.
De lloro y suspiros al alma impusiste
Acerbo tributo que ya te rendí:
¿No habrá
una sonrisa, no habrá una mirada
Que a tantos rigores
dé plácido fin?
¡Ah,
sí! yo confío; mi amor me asegura.
Perdóname
¡oh bella! si no conocí
Qué máscara
adusta de fiero desvío
Sagaz ocultaba legítimo
ardid.
Quisiste que
en rudo crisol de desdenes,
Mi fe sus quilates hiciera lucir:
Vencida la prueba, la harás de tu seno
Joyel con
que adornes su puro marfil.
Quizá
de mi gloria ya toco el instante.-
Su voz se ha escuchado,
sus pasos oí.
Balsámica el aura me avisa que
llega,
Y el alma a los ojos se quiere salir.
¡Oh!
ven a esa reja; ven ya, mi señora,
Y dulce tu labio
de fino carmín,
Vertiendo en mi pecho raudales de
gozo,
Le dé la esperanza de un plácido sí.
Cortó la voz al
desdeñado amante
Otra voz de suavísimo sonido,
Lisonja sospechosa del oído,
Caricia de enemigo
mofador.
Palabras de pasión
brotando ardientes
Oyó el tímido siervo a
su tirana,
Y creyó que al dintel de la ventana
Llegar
no la dejaba su rubor.
«Tú
eres mi único bien,» ella decía;
«Tuyo es
mi pecho que leal te adora;
Cesa de darme nombre de señora,
Que ya de tu querer esclava soy.»
«Premio
debido a la constancia firme,
Sabré en halagos desquitar
desdenes;
Contigo ya mi pensamiento tienes,
Y en esta mano
el corazón te doy.»
Y viéronse
dos sombras en el muro,
Frente de la ventana luminosa;
Y asido de la mano de su hermosa,
Un doncel a la reja se
asomó.
Un amargo gemido a los amantes
Pudo turbar en tan feliz momento;
Mas le apagó con
su zumbido el viento,
Y la noche ocultaba al que gimió.
Miradle: sobre púrpura sentado,
La copa del placer bebiendo está.
Oid: -en su cantar
regocijado
Ay de dolor discorde sonará.
«El hombre, del mundo rey,
Siervo de
la muerte vive,
Dicta a la tierra la ley,
De la nada la
recibe.»
«Gloria y oprobio eslabona,
pero en desigual razón:
Seguros sus hierros son,
Disputada su corona.»
«No halla
el hombre criatura
Que a su cetro no resista:
Dios le da
la investidura,
Y él el poder se conquista.»
«Osado en su frente a herir
Insecto mísero
viene,
Que armas para herirle tiene,
Y alas también
para huir;»
«Y ante las aras se
ve
De la muerte sin defensa
El ínclito ser que piensa
Con una cadena al pie.»
«Y la
segur del destino
Le postra al golpe fatal,
Cual troncha
cañas de lino
Granizada o vendaval.»
«Es
resistir a la parca
Es huirla insensatez:
Con sola una
mano abarca
Del Orbe la redondez.»
«El
hombre en tal situación,
Para encubrir su flaqueza,
Con risible sutileza
Forjó la resignación.»
«Y quiso hacerse creer,
Sofista
consigo mismo,
Que era virtud y heroísmo
Lo que
es falta de poder.»
«¿Por qué
ese título falso
De rey, hombre, se te da,
Si eres
un reo que va
De la cárcel al cadalso,»
«Cuya
muerte a proporción
Se retarda o se acelera
Según
dura la carrera,
Según aguija el sayón?»
«¡Ay! para haber de arrastrar
Tan efímera
existencia,
Esclavo de una sentencia
Que no se puede evitar,»
«Yo, en el caso de elegir,
Hubiera
dicho: «Primero
Quedarme en la nada quiero,
Que nacer para
morir.»
Así el
hombre delira y se atormenta
Luchando con idea tan cruel:
Insecto que de flores se alimenta,
Y labra acíbar
en lugar de miel.
Tímido
caminante en noche obscura,
Se asusta del benéfico
pilar
Que próximo descanso le asegura
Tras largo
y afanoso caminar.
Cáliz
la vida con el fondo abierto
Que al licor deja sin cesar
huir,
Y único punto al hombre descubierto
La muerte
en el nublado porvenir,
¿Por qué
dar a esa copa y a esa meta
Furtivas ojeadas de terror?
Mirarlas sí; mas con la vista quieta,
Y naciera
del hábito el valor.
Despavorido
huyó la vez primera
Que vio el salvaje el bélico
corcel,
Y osado luego a la temida fiera
Clavó el
arpón, y se vistió su piel.
Si
al término de todos los caminos
Hay un despeñadero
que rodar,
¿Por qué en la hondura amontonar espinos?
Plumas donde caer conviene echar.
¿Y
qué es morir? ¿Qué es eso que desvela
Tanto
al hombre que eterno quiere ser?
Hallar al fin la eternidad
que anhela,
y un vestido prestado devolver.
No
es el hombre la caja quebradiza,
Forma perecedera si gentil,
Que la mano del tiempo pulveriza
Y restituye a su principio
vil;
Allí dentro un espíritu
se encierra
Noble, puro, de origen celestial:
Aquello es
hombre, lo demás es tierra,
Y aquello no perece,
es inmortal.
Sediento el hombre
de ventura vive,
Y apenas en la vida la entrevé:
¿Será posible que la mano esquive
Que de los cielos
posesión le dé?
Breve
es la vida. -¡Brevedad dichosa,
Que los días acorta
de ilusión,
Y nos lleva en carrera presurosa
De
la verdad a la feliz región!
¿Qué
pide la virtud en la bonanza?
¿Qué anhela en la desgracia
la virtud?
El piélago cruzar de la esperanza,
Sirviéndole
de barca el ataúd.
El malvado
que gima y se amedrente
De rendir a la muerte la cerviz,
Huélguese en la miseria de viviente,
Temeroso de
ser más infeliz;
Pero es
al cabo por decreto eterno
Desastroso el vivir del criminal;
Y si en la muerte asústale el infierno,
Su vida
es otro infierno temporal.
Mezcla
el hombre de espíritu y de lodo,
Ya excepcionado
de la ley común,
¿Por qué, si el alma sobrevive
a todo,
Más privilegios pretender aún?
Esos orbes vivíficos de lumbre
Que al mundo animan y le dan color,
Florones de la diáfana
techumbre
O joyas del vestido del Señor,
Esta del hombre equívoca morada,
Cementerio con galas de jardín,
Todo al voraz abismo
de la nada
Corre, y en él encontrará su fin.
Y en medio del magnífico
vacío
Que llenará la eterna majestad,
El
hombre girará con señorío,
Satélite
de un sol divinidad.
Plazo es la
vida que emplear debemos
En adquirir felicidad mayor,
Felicidad
que adivinar podemos
En los goces que dan virtud y amor;
Y consumir en quejas vanamente
Los días de este plazo de merced,
Es, en vez de
limpiar escasa fuente,
Cegar su vena y perecer de sed.
Muerte, centro de todo, ley temida
Mucho
rigiendo, al abolirse más,
Porque el día fatal
de tu caída
Contigo al universo arrastrarás;
Ángel eres que al alma aprisionada
Libertas de prolija esclavitud,
Y ya del roce con el cuerpo
ajada
La vuelves a su hermosa juventud.
¡Muerte!
si tú me guías a los brazos
De los seres que
amé, de aquellos dos,
que de mí se llevaron
dos pedazos
En el amargo postrimer adiós;
Si al padre caro, si a la esposa amante,
Ya para siempre me uniré por ti;
Si a la madre he
de ver que tierno infante
Primero la lloré que conocí;
Ven, que tú eres la dicha,
errado el nombre,
Tú haces la vida dulce de dejar,
Y tú puerto seguro das al hombre
Que errante boga
por inquieto mar.
(Muerte del Obispo de Zamora.)
Poco antes que en el Duero se sepulte,
Cruza Pisuerga plácida campiña,
Donde la
rica mies, la rica viña
Derraman sus tesoros a la
par.
Descuella un monte allí; sobre
su cumbre
Un gigantesco torreón se eleva,
Monstruo
que con las víctimas se ceba
Que lo da la venganza
a devorar.
Agrio son de cadenas
y cerrojos,
Amenazas de bárbaros sayones,
Súplicas,
alaridos, maldiciones
Llenan aquella lúgubre mansión.
Fortaleza la llama quien lejano
Su mole
ve sin registrar su centro;
Llámala infierno quien
suspira dentro,
Cárcel la ley, su afrenta la razón.
Allí un anciano en miserable estancia,
Más bien que calabozo sepultura,
Sufre de sus pesares
la tortura
Con el pie de la muerte en el umbral.
Pero
en aquella frente consagrada
Señales duran de lo
que era un día;
Centellea en su frente todavía
La llama del espíritu marcial.
Bajo
el morado episcopal vestido
Violento late el corazón
de Acuña;
Cuando su mano el pectoral empuña,
Fue un acero tal vez lo que buscó.
¡Padilla!
sin cesar suena en su labio,
Y un ay le sigue, y el prelado
llora;
Y es el audaz prelado que en Zamora
¡Santiago y
libertad! apellidó.
-«¿Por qué,
Señor,» arrodillado dice
Delante de un ebúrneo
crucifijo;
«Por qué, Señor, tu cólera
maldijo
La jornada infeliz de Villalar?
¿Era
pendón de iniquidad acaso
La bandera del noble comunero?
Por defender el injuriado fuero,
¿No es lícito la
espada desnudar?»
«Si entronizado
el codicioso belga
Saqueaba el palacio y la cabaña,
Y desangrando a la infeliz España,
Ríos de
oro enviaba a su nación;
Si reía
en espléndido banquete,
Sirviéndole de música
el gemido
De un pueblo que por él empobrecido
Moribundo
imploraba compasión;»
«Si
al pedirle justicia el triste padre,
Padre a quien deshonró
vil cortesano,
Decía el extranjero al castellano:
Cómprame la venganza y la tendrás;
¿Debió
Castilla tolerar la afrenta?
¿No debió armarse para
entrar en liza,
Y gritar a la chusma advenediza:
No reinarás
sobre mi suelo más ?»
¿Condenaste,
Dios mío, por mi culpa
La empresa que si no te fuera
grata,
porque soltando el báculo de plata,
Del profano
bastón el puño así?
No,
que Samuel, ministro de las aras,
También en sangre
se bañó la diestra,
Joyada de tu templo hizo
palestra,
Moisés armó los brazos de Leví.»
«Lo veo, sí; nuestra fatal
caída
Quisiste que enseñara a las naciones
En dos tremendas útiles lecciones
Lo que merecen,
lo que deben ser.
Quéjese
el pueblo que agobiado llora,
Sólo de sí,
pues que tolera el yugo;
Mas sepa, si combate a su verdugo,
Que sin unión es fuerza perecer.»
«Perecieron
por eso en el cadalso
Los hijos de la gloria y de la guerra:
Sus casas, igualadas con la tierra,
Yacen cubiertas de
ignominia y sal.
¿Por qué me ha
perdonado la cuchilla?
¿Por qué esta cárcel
mi vivir esconde?»-
Una voz pavorosa le responde:
«Porque
te espera muerte de dogal.»
Ábrese
con estrépito la puerta,
Y precedido de villana tropa,
Vestido un hombre de funesta ropa
Resuelto avanza en la
prisión el pie.
Vara sutil de magistrado
lleva,
Que en él parece látigo sangriento:
Ningún rasgo de humano sentimiento
En su frente
fanática se ve.
Sanguinaria
la boca, sanguinarios
Los torvos ojos de iracunda hiena,
Con desplegar el labio ya condena,
Con su mirada martiriza
ya.
Mudo, pasmado el infeliz Acuña,
La decisión espera de su suerte:
No le acobarda
la imprevista muerte;
Pero le aterra ver al que la da.
En nombre de Don Carlos os lo mando,»
Grita a los suyos el feroz alcalde;
Pero dicta sus órdenes
en balde;
Tiembla el esbirro, párase el sayón.
« Obedeced,» el bárbaro repite;
Los satélites claman: «¡Sacrilegio!»
Y acatando
el sagrado privilegio,
Se lanzan en tropel de la prisión.
«No teme el vengador de la justicia,»
Dice el cruel, «del hombre ni del cielo;
Ese dogal tirado
por el suelo
No quedará sin víctima esta vez.»
«¡Ronquillo!» fue a exclamar el sacerdote;
Pero apagó su voz el duro lazo,
Que estrechó
con la planta y, con el brazo
Aquel verdugo en hábito
de juez.
Por los tránsitos
luego de la cárcel
Su trofeo arrastró, dejando
en ellos
Con la sangre de Acuña y los cabellos
Señalado
el camino que llevó.
Y a un corredor
llegando, guarnecido
De dorado arabesco pasamano,
A ver
el espectáculo inhumano
Testigos el sacrílego
llamó.
Y llegaron, y dijo: «Comuneros,
Que desdorar quisisteis la corona,
La clemencia de Carlos
os perdona:
De Simancas salid; pero ¡mirad!»
Y
el cordel ominoso atando a un hierro,
Lanzó al aire
el cadáver palpitando...-
Cayó la turba mísera
temblando
Pasmada de terror y de piedad.
Alzose
un alarido que llenaba
Del ancho patio el ámbito
vacío;
Sucedió al penetrante vocerío
Misterioso susurro de oración.
Oscilaban
pendientes entre tanto
Del corredor los míseros despojos,
Y el llanto que asomaba en muchos ojos
Se volvía
en secreto al corazón.
Pero
el cáñamo vil con un crujido
Turbó
el piadoso fúnebre homenaje,
Y anunció desde
el alto barandaje
Nuevos horrores que mirar después.
Cruzaba el patio el bárbaro Ronquillo...
Sonó un golpe violento... y de repente
De sangre
salpicósele la frente,
Y vio el roto cadáver
a sus pies.
«Esconda,» dijo, «su
ignominia luego
La sepultura que a pedirme vino.
Comuneros,
sabéis vuestro destino:
¡Sed fieles al invicto emperador!»
Y salió del castillo a lento paso
Con un lienzo enjugándose la cara,
Y agitando en
el aire aquella vara
Que sembraba el espanto y el horror.
-I-
Niebla densa y fría
Que
sube del Tajo,
Cubriendo a la noche
La luz de sus astros,
Envuelve a Toledo
En húmedo manto.
Reina por las
calles,
Reina en el palacio
Profundo silencio,
Gustoso
descanso.
Ni el ave agorera
Con lúgubre canto
Prontos
funerales
Intima al anciano,
Ni agudo ladrido
Despierta
al avaro
Que nuevos tesoros
Apila soñando.
Ni suena
campana,
Ni escúchanse pasos;
La villa parece
Sarcófago
vasto,
Donde confundidos
Godos y romanos,
A sus sucesores
Están aguardando,
Sólo entre la sombra
Descúbrese
un claro
De luz moribunda
Resplandor escaso;
Sólo
en el alcázar
Del rey castellano,
Y en rico aposento
De techo dorado,
Un hombre no goza
Del sueño de
tantos.
Enrique el segundo,
Enrique el bastardo,
Que vida
y corona
Quitole a su hermano,
Solícito espera
La aurora velando.
No porque le acosen
Recuerdos amargos
Del crimen que vieron
Montiel y su campo:
Temblaba algún
día
De verse las manos;
Mas ya se envanece
Del
golpe villano:
Truecan de conciencia
Reyes adulados.
Del
lecho mullido
Le tienen lejano
Sospechas que abriga
De
cierto vasallo,
Que en prenda vedada
Sus miras acaso
Por
desdicha suya
Puso temerario.
Paséase inquieto,
Y asómase cauto,
En una ventana
La vista clavando.
Ventana es aquélla
Que fue muchos años
Hito
de los ojos
De los toledanos,
Colgada de flores,
Vestida
de ramos,
Verdes esperanzas
Que allí se secaron.
Jamás los suspiros
Y amantes regalos
Aquella ventana
Abierta encontraron;
O nunca a lo menos
El bello milagro,
De mil albedríos
Amable tirano,
Señales
visibles
De aprecio ni pago
Dio a los homenajes
Que le
tributaron.
«Tienes, Isabela,
Corazón de mármol,»
Cantábanle luego
Sus enamorados.
Hoy ya no se culpa,
Sabido el arcano,
Su dura esquiveza,
Su honesto recato.
De rey y vasalla,
De ilícito lazo,
La triste Isabela
Nació para el claustro,
Y ya el sacro velo
Le están
preparando.
Vino para darle
Su primer abrazo
Enrique a
Toledo:
Vendióselo caro.
Por toda una vida
De días
de esclavo,
Sin goces el alma,
Y el cuerpo penando,
La
dio un apellido
Regio, pero vano.
Cierto que con ella
No anduvo bizarro
El más generoso
De los soberanos:
¡Fiad en virtudes
De razón de estado!
La víctima
hermosa
Del triste holocausto
El cuello sumiso
Tendía
llorando:
Enrique por eso
Vigila azorado
De su hija la
casa
Frontera a palacio:
Aquellos luceros
Deshechos en
llanto
«Amor nos anubla»
Dijeron incautos.
Burlan las
tinieblas
El celo del Argos,
Y abierto el postigo,
La
luz con sus rayos
El espionaje
Revela callando.
Sale del
alcázar
El rey embozado,
Celoso dos veces,
Padre
y soberano;
Y al tocar los muros
Que le dan cuidado,
Pisadas
percibe,
Llaves y candados,
Puerta cautelosa
Que se abre
despacio,
Y seda que cruje
Rozada con paño,
Y dos
voces oye
Decirse muy bajo
En son de cariño,
En
eco de halago:
«Adiós, Isabela;
Adiós, mi
Gonzalo.»
El rey queda inmóvil,
La espada en la
mano.
-II-
«Cumplid la piadosa ley,
Noramala
para vos:
Sacerdote, hablad de Dios,
y no me nombréis
al rey.»
«¿No queda bien satisfecho
Su enojo con mi cabeza,
Si no postra la entereza
De este
generoso pecho?»
«Pues a ese mezquino
afán
Yo mi pundonor igualo;
No triunfará
de Gonzalo,
Que soy Núñez y Guzmán.»
«Tengo vuestra absolución
De lo que a Dios ofendí;
Pero fiel vasallo fui:
No pido a Enrique perdón.»
«Crédito
a mi labio dad,
Y tened por cosa cierta
Que no se miente
a la puerta
De la obscura eternidad.»
«Sólo
supe que Isabel
Sangre de Enrique tenía
Cuando era
ya esposa mía:
Culpe a sus misterios él.»
«Que si al más alto lugar
Sabe amor alzar el vuelo,
Timbre oculto con un velo
Mal
se puede respetar.»
«Pero decís
que al Señor
Un corazón usurpé.-
Jamás
Isabel su fe
Consagró a su Redentor.»
«Si
encarcelada vivir
La mandó precepto injusto,
El
silencio del disgusto
No es promesa de cumplir.»
«Dios su corazón formó,
Y pues que no le hizo suyo,
Sin temeridad arguyo
Que a
mí me le destinó.»
«Porque
sólo hacer dichosa
Mi vida Isabel pudiera,
y falta
al Señor no hiciera
Entre tantas una esposa.»
«Y me dice la ventura
Que en sus brazos
he gozado,
Que pude, sin ser culpado,
Ser dueño
de su hermosura.»
«Pues bien no
se halla real
Donde la virtud no asiste,
Y es inquieto,
amargo y triste
Todo placer criminal.»
«El
negro cadalso así
Veré con serena cara,
Contemplando
en él un ara
De martirio para mí.»
«Y si aunque erguida, me ven
Pálida
un tanto la frente,
Es que al paso que inocente,
Soy querido
y amo bien.»
«Y no puede sin temor
La tumba ver un amante,
Pues le señala el instante
De renunciar al amor.»
«Esto,
padre, repetid
Al monarca de Castilla,
Y que empuñe
la cuchilla
Luego al verdugo decid.»
Enmudecido
y absorto
De admiración y piedad,
Dejó la
fúnebre estancia
El ministro del altar;
Y detrás
del cortinaje
Descubrió, con pasmo igual,
A un rey
trocado en espía
Menguando su majestad,
Monarca
en la vestidura,
Y reo en el ademán.
Con violencia
respiraba,
Como en su sordo bramar
Hórrida explosión
anuncia
El hervoroso volcán.
En esto llegó
un anciano
En hábito monacal,
Y entregole un azafate
Cubierto de un tafetán.
Un pliego y unos cabellos
Venían allí no más,
Súplicas
de una infelice,
Despojos de una beldad.
Volviose Enrique
de espaldas
Para poder ocultar
La conmoción que
del pecho
Se le asomaba a la faz,
De recia interior batalla
Inequívoca señal.
Llegose luego a una mesa
Donde víanse a la par
Cadenas y escapularios,
Licores,
frutas y pan,
Cirios de amarilla cera,
Una segur y un dogal,
y al pie del Crucificado,
Dios de mansedumbre y paz,
Hecho
cetro de la muerte
Un pergamino fatal.
Desarrollole el
monarca,
Y en él con celeridad
Dos palabras escribió
Vencido el enojo ya.
Perdón era la primera,
La
segunda, libertad.
-III-
De dos vírgenes tiernas
Apoyada en los hombros,
Trémulas las rodillas,
Desencajado
el rostro,
Respirando congojas
Y hablando por sollozos,
Isabel lentamente
Se arrastra al locutorio,
Donde la está
Gonzalo
Esperando anheloso.
Detiénese la triste
Para alentar un poco,
Desembargar la lengua
Y serenar
los ojos:
Mostrar abatimiento
Parécela desdoro
De la consorte fina
Que con ánimo heroico,
En vida
se sepulta
Por dársela a un esposo.
Para que a su
semblante
Suban matices rojos,
Sangre le pide al pecho
Dilacerado y roto;
Y para ver al hombre
Que el tiempo
más dichoso
Su ídolo fue adorado,
Su bien
único y solo,
De la virtud y el cielo
Confía
en el socorro.
Compónese la toca,
Desdobla el cuerpo
airoso,
Del traje penitente
Repara el abandono,
Fija en
una medalla
Ósculos mil devotos,
Y a vista de su
amante
Ofrécese de pronto,
Cual ángel cuya
planta
Huella el poder del Orco.
Largo tiempo es del labio
El ministerio ocioso;
Que al través de las rejas
Que al mundo ponen coto,
Los dos enamorados
Se dicen sin
estorbo
En las miradas mucho,
En los suspiros todo.
Dando
al fin a la lengua
Súbito desahogo,
Isabel a Gonzalo
Háblale de este modo:
«Al
cerrar por mí mano las barreras
Que de ti me separan
y del mundo,
Quise que nunca mi dolor profundo
Con tu vista
vinieras a aumentar.»
«Hoy te agradezco
que mi ley quebrantes,
Plácida recreándome
la idea
De que Gonzalo la constancia vea
Con que mi pena
sé sobrellevar.»
«Entre
temer la culpa y expiarla,
Paso los días y la muerte
espero;
Pero a este precio tu vivir adquiero:
Dulce por
ti se torna mi dolor.»
«Cuando recuerdo
que mi amor bizarro
Conserva a España su mejor caudillo,
Corro al altar y ante el Señor me humillo,
Y bendigo
su mano de rigor.»
«A vida sin
placeres condenada
Desde que a ver la luz abrí los
ojos,
Vegetando entre muros y cerrojos,
Fui como planta
que sin sol creció.»
«Las trovas
que cantaron a mi reja
Galanes mil en amoroso ruego,
Yo
las oía como escucha el ciego
El bramido del mar
que nunca vio.»
«Por ti mi corazón
aletargado,
Llanura estéril, arenal desierto,
Se
vio de flores de placer cubierto,
Y amaneció la dicha
para mí.»
«Aquellas horas de dulzura
llenas,
Un beso tuyo, tu menor halago,
Yo, Gonzalo querido,
no los pago
Ni con un siglo que suspire aquí.»
«Mil años de penar en el infierno
Fueran de tanto bien premio mezquino...
Perdona mi locura,
Juez divino;
Compadece a una mísera mortal.»
«Habla
al esposo la infeliz esposa,
Y se despierta su cariño
blando;
Hablo al que todavía estoy amando,
Porque
me vence mi pasión fatal.»
«¡Ah!
no lo permitáis, Dios poderoso,
Ni tú lo creas,
mi Guzmán querido.
Nunca sobre tu amor caerá
mi olvido,
Pero a ponerle freno aprenderé.»
«Mas
entre tanto que angustiada lloro,
Quizá en otra mujer
pérfido adores.
No profanes jamás nuestros
amores;
Prométeme, Guzmán, eterna fe.»
«¿Me miras y del manto te despojas?
¡De
Alcántara la cruz muestra tu pecho!
¡Y yo, Dios mío,
de su fe sospecho,
Cuando se acoge como yo al altar!»
«Centro ahora común de nuestras
alma,
Dios, que desde su trono nos inspira,
Nuestro cariño
mirará sin ira
Que a su seno amoroso va a parar.»
«Y la esposa podrá de dos
esposos
Implorar al Eterno por el hombre
Que para gloria
de su santo nombre
Lidiará de Granada en el confín.»
«Y al escuchar las ínclitas hazañas
Con que triunfe Guzmán del agareno,
Confundiré
sin crimen en mi seno
Mano y origen, instrumento y fin.»
«Que de mi amor con dura penitencia
La parte terrenal acrisolada,
Yo amaré tus virtudes
y tu espada
Como destellos del poder de Dios:»
«Y
tras vida de paz sin amargura
Tranquilos a la huesa bajaremos,
Y en el cielo por fin nos uniremos
Por edades sin término
los dos.»
Aún más subir! ¿A dónde
Mis pasos lleva la encumbrada vía?
¿Dónde
el valle se esconde,
Término y fin de la esperanza
mía?
¿Dónde brota la fuente
Que hace al cadáver
renacer viviente?
El alma se contrista
Del sendero en la bárbara aspereza;
La acobardada
vista
Con agrias peñas por do quier tropieza,
Y
un monte y otro monte
La encarcelan en mísero horizonte.
Descubre el Pirineo
Altas cimas
de hielo coronadas:
Yo ¡triste! no las veo;
Que cautivar
no puede mis miradas
Entre las rocas yermas
Sino el cristal
de las bullentes termas.
Estrepitoso
zumba
Caldarés
4 4 en la quiebra donde osado
De golpe
se derrumba,
Y de riscos enormes contrastado,
Embravecido
ruge,
Y alza sus olas con doblado empuje.
Mas
yo aparto los ojos
Del río y de los fúlgidos
cambiantes
Aúreos, de plata y rojos
Que pinta en
las espumas vacilantes
La luz del claro cielo:
Son otras
linfas las que ver anhelo.
Más
allá de la puente,
Ya el importuno estruendo se aminora
Del rápido torrente,
Y al fin el eco mudo lo devora,
Como el orgullo calla
Cuando traslinda la funérea
valla.
Nada el silencio augusto
Conturba allí de la pendiente senda;
No hay plácido
ni adusto
Pájaro cuya voz el aire hienda:
Sólo
en el hueco seno
Braman, tal vez, el huracán y el
trueno.
Falta en aquella altura
Aliento al ave que volando sube;
Sólo cruzar segura
Puede la esfera la ondulante nube,
Que da con forma extraña
Pomposo pabellón a la montaña.
Ya
se irgue aquí lozano
El roble fuerte, el pinalbar
derecho,
Y al pie del avellano
Convida el césped
con florido lecho,
Donde a la fresca sombra,
Despierta
sueño la fragante alfombra.
Allí
yace escondida
De Plandigón
5 5 la deliciosa vega,
De
rocas circuída,
Cuya empinada cumbre al cielo llega:
La nieve que las viste
Cuarenta siglos ha que al sol resiste.
Guste mi labio ardiente,
Guste
pronto el licor maravilloso
Que aplaque dulcemente
La congoja
del pecho fatigoso,
Carcoma de mi vida.
¡Oh! dadme la benéfica
bebida.
Quité al fin de
la boca
El vaso, limpio de sangrienta mancha.
¡Oh! ya esperar
me toca,
Ya confiado el corazón se ensancha,
Sin
miedo de que quiebre
Mis venas ya la devorante fiebre.
¡Qué insólita alegría
Por mi espíritu débil se derrama!
Pujante
lozanía
Mis desmayados órganos inflama,
Y
en vivas ansias arde
De hacer el pecho de su fuerza alarde.
Y suelto me encaramo
De los peñascos
por la frente inhiesta,
Donde con silbos llamo
Al ganado
que pace en la floresta,
O el manantial sorprendo
Que se
desgaja de la cumbre huyendo.
O
bien en el estanque,
De mil arroyos con la ofrenda rico,
Doy al batel arranque,
Y cuando el remo a gobernar me aplico,
Cada vez que le hundo,
Círculos abro, imágenes
confundo.
Y elévase la mente,
Y la bóveda azul atravesando,
Miro al OMNIPOTENTE
Con el dedo en los montes señalando
Su giro a los
raudales,
Piscina milagrosa de los males.
Y
alabo el santo nombre
Del justo Juez que al imponer la pena
De su soberbia al hombre,
De dádivas espléndido
le llena,
Con que robusto y fuerte
Retarde la victoria
de la muerte.
¿Por qué ignotos
canales,
Señor, esas corrientes encaminas?
¿Qué
ricos minerales
O qué gases vivíficos combinas
Allá en el antro rudo
Que vista humana penetrar
no pudo?
¿Cuál es la lumbre
que hace
Que hiervan los copiosos surtidores?
¿De qué,
gran Dios, su diferencia nace
De temple y de sabores?
El
orbe me contesta:
«Un HÁGASE mi fábrica le
cuesta.»
Asilo solitario
Que la
proscrita paz halló en España,
Dichoso santüario
Que el fiero Marte perdonó en su saña,
Tú
cuyas auras quietas
No turbó el son de bélicas
trompetas;
6 6
Cuando de ti me aleje,
Sufre que en esta losa de granito
Reconocido, deje
Mi
obscuro nombre por mi mano escrito,
En muestra de que debo
A tu favor el existir de nuevo.
¡Así
cuando sonara
De mi postrer anhélito la hora,
Pía
mano llegara
A mis labios en copa bienhechora
Tu licor
dulce tibio,
Mágico elixir de salud y alivio!
Entonces en sus brazos
Risueña
la esperanza me acogiera,
Y los mortales lazos
Sin sentirlo
mi espíritu rompiera,
Y de dolor exento,
Vivido
hubiera hasta el fatal momento.
Madrid, 1840.
Mediocribus esse poetis
non Di, non homines,
non concessere columnæ.
Simbólica verdad mal disfrazada,
Grito de la razón a la osadía,
Sueño
que su impotencia, que su nada
Revelas a mi estéril
fantasía:
Ya dejo la carrera comenzada;
Ya inútil
reconozco mi porfía,
Y a pesar del sonrojo que padezco,
La lección provechosa te agradezco.
Duerme
el avaro y con el oro sueña
Que afanoso en sus arcas
amontona;
Duerme el que sigue la marcial enseña,
Y ve en sus sienes la triunfal corona;
Duerme el amante,
y la beldad risueña
Con su cariño fiel le
galardona;
Dormí yo con mi altivo pensamiento,
Pero
soñé mi oprobio y mi tormento.
En
medio me encontré de una llanura
Piélago inmóvil
de sutil arena;
Suelo entre cuya incómoda soltura
Rodeábase al pie tenaz cadena:
Cubría el
horizonte noche obscura;
Mas brillaba el cenit con luz serena;
Luz que, afrentando la del sol ausente,
Nacía de
otro sol más refulgente.
Del
centro levantábase del llano
Altísima pirámide,
y su cumbre
Era escabel de un genio soberano
Cercado en
torno de celeste lumbre.
Coronas varias de laurel lozano
Tendía a la infinita muchedumbre,
Que anhelosa llegaba
a cada instante
Al pie de la pirámide gigante.
Llamados de la plácida sonrisa
Del numen seductor y de su acento,
Que aun en el alma débil
y remisa
Despertaba ambición y atrevimiento;
Rivales
todos en ahínco y prisa,
Ansiaban escalar el alto
asiento,
Sin reparar en los pendientes lados,
De gradas
y asidero despojados.
Bajo la planta
vi de algún dichoso
Que el mármol ablandaba
su dureza,
Labrándole escalones obsequioso,
Tras
él deshechos con igual presteza.
Ceñir vi
al genio con laurel glorioso
Del mortal predilecto la cabeza,
Y exclamé: «Cuando todo me resista,
Mayor será
la prez de mi conquista.»
En las
junturas de la piedra entonces
Hinqué las manos con
pueril arrojo:
Para otros cera, mas conmigo bronces,
Mi
sangre al punto las tiñó de rojo;
Cada cual
de los ásperos esconces
De mí quedaba con
algún despojo,
Hasta que al medio ya de la subida
La voluntad se declaró vencida.
Rodé
precipitado de la altura
Donde me alzó para mi mal
mi anhelo,
Y encontré momentánea sepultura
Dentro del polvo del movible suelo:
Con mofa universal
mi desventura
Solemnizó la multitud sin duelo,
Y
al dolor del orgullo escarmentado
Desperté sobre
el lecho acelerado.
Rayos de mustia
lámpara oscilantes
Hirieron en el muro las facciones
De los ingenios como el sol brillantes,
Que envidian a
mi patria mil naciones.
Vi los
ojos de LOPE y de CERVANTES
Moverse en encontradas direcciones,
Y por sus labios extenderse lenta
Sonrisa amarga de piedad
que afrenta.
Sí, con postizas
alas es en vano
Querer alzar hasta el Olimpo el vuelo;
Decreto irrevocable, aunque tirano,
Se burla del afán
y del desvelo:
Do quier que toca la azarosa mano
Que el
genio no inspiró, derrama hielo,
Y hasta el aliento
del bastardo vate
Aja las flores y su tronco abate.
Vislumbrar entre gasa incitadora
Purpúrea
faz con ojos de centella,
Y acercarse a la imagen que enamora,
Y huir y el velo redoblar la bella,
Y seguirla con planta
voladora,
Y hallarse siempre separado de ella:
Tal suplicio
padece el desdichado
Que a Febo culto da sin ser llamado.
La verdad siente, adora la hermosura,
Y la quiere cantar; mas cuando canta,
Con su voz la verdad
se desfigura,
Con sus acentos la belleza espanta:
El pensamiento
que pintar procura
Trueca naturaleza en su garganta,
O
irritada con él diestra divina
Le fuerza a hablar
por áspera bocina.
Puso
el genio a sus hijos en la frente
Brilladora señal
de vivo fuego,
Y abriéndoles su alcázar eminente,
Lo cerró a la violencia como al ruego.
«Si hay,»
díjoles el numen, «quien intente
Mis umbrales hollar
osado y ciego,
Sin que de allí le arrojen vuestros
brazos,
Caerá sobre él mi pórtico en
pedazos.»
Cedamos a la ley que
nos condena;
Callar es el deber del labio rudo;
Con el
destino la razón lo ordena:
Muera la envidia en el
respeto mudo.
Abandone la cítara sin pena
Quien
la pulsó de inspiración desnudo,
Y huyendo
competencias desiguales,
Destrócela a los pies de
sus rivales.
Cantad, poetas: vuestras
harpas de oro
Con su mágico son llenen la esfera;
Mi voz de mil y mil seguida en coro,
Romperá en
vuestro aplauso la primera.
Fruto es del tiempo que perdido
lloro
La admiración que merecéis sincera.
Recibid el tributo que os ofrece
Quien os escucha y goza...
y enmudece.
Adónde va el carpintero
Con tanta madera al hombro?
-Tengo que hacer un tablado
De cama de matrimonio.
-¿.Quién se casa? -Florentina.
-Tú eres entonces el novio.
Mil enhorabuenas, Pedro.
-Mil gracias, amigo Alfonso.
-¿Cómo
te has hecho ese traje?
-Madre mía, no sé
cómo.
Feo salió para boda;
Para mortaja es
el propio.
-Rásgale, niña, o deshazle.
-No,
madre, ya no le toco.
Mala me siento hace días:
Puede que me sirva pronto.
-¿Qué
trabajas, Pedro amigo,
Tan afanado y lloroso?
-Labro una
cama sin pies,
La postrera que usan todos.
-¿Quién
ha muerto? -Florentina.
Por ella trabajo y lloro.
¡En ataúd
se ha trocado
La cama de matrimonio!
18 de mayo de 1854.
Por qué la vida nos parece bella?
¿Qué placer nos ofrece mientras dura,
Si no hay
edad ni condición en ella
Que dolor no se vuelva
y amargura?
Niños, un ademán nos intimida;
Juguete somos en la edad florida
De la fortuna y del amor
insano;
Y al fin cubiertos de cabello cano,
Abrumados gemimos
Al peso de los años que vivimos.
Ya el ansia de
adquirir nos atormenta,
Ya el temor de perder nos pone susto:
Lid continua y violenta
Entre sí tienen siempre
los malvados,
Y perdurable lid también sustenta
Contra la envidia y la falacia el justo.
Fantasmas engendrados
Por loca fantasía,
Sueño, delirio son nuestros
cuidados;
Y cuando al cabo con vergüenza un día
Se desengaña nuestra mente ciega,
Entonces es cuando
la muerte llega.
Imitación del alemán (de Schiller)
Vivos
voco, mortuos plango, fulgura frango .
Afianzado en el suelo fuertemente
Ya el molde está de recocida greda;
Hoy fabricada
la campana queda:
Obreros, acudid a la labor.
Sudor
que brote ardiente
Inunde nuestra frente;
Que si el cielo nos presta su favor,
La obra será
renombre del autor.
A
la grave tarea que emprendemos
Razonamiento sólido
conviene:
Gustoso y fácil el trabajo corre
Cuando
sesuda plática se tiene.
Los efectos aquí
consideremos
De un leve impulso a la materia dado:
De racional
el título se borre
Al que nunca en sus obras ha pensado.
Joya es la reflexión ilustre y rica,
Y diose al
hombre la razón a cuenta
De que su pecho con ahínco
sienta
Cuanto su mano crea y vivifica.
Para que el horno actividad recobre,
Trozos echad en él de seco pino,
Y oprimida la llama,
su camino
Búsquese por la cóncava canal.
Luego que hierva el cobre,
Con
él se junte y obre
Estaño que desate el material
En rápida corriente de metal.
Esa
honda taza que la humana diestra
Forma en el hoyo manejando
el fuego,
En alta torre suspendida luego
Pregón
será de la memoria nuestra.
Vencedora del tiempo
más remoto
Y hablando a raza y raza sucesiva,
Plañirá
con el triste compasiva,
Pía rogando con el fiel
devoto.
El bien y el mal que en variedad fecundo
Lance
sobre el mortal destino sabio,
Herido el bronce del redondo
labio
Lo anunciará con majestad al mundo.
Blancas ampollas elevarse he visto;
En buen hora: la masa se derrite.
La sal de la ceniza precipite
Ahora la completa solución.
Fuerza
es dejar el misto
De espuma desprovisto:
Purificada así la fundición,
Claro el vaso
ha de dar y lleno el son.
Él
con el toque de festivo estruendo
Solemniza del niño
la venida,
Que a ciegas entra en la vital carrera,
Quieto
en la cuna plácida durmiendo.
En el seno del tiempo
confundida
Su suerte venidera,
Mísera o placentera,
Yace para el infante;
Pero el amor y maternal cuidado
Colman de dicha su dorada aurora.
En tanto, como flecha
voladora,
Van huyendo los años adelante.
Ya esquivo
y arrogante
El imberbe doncel huye del lado
De la niña
gentil cuando él nacida
Y al borrascoso golfo de
la vida
Lanzándose impaciente,
Con el báculo
se arma del viajero,
Vaga de tierra en tierra diferente,
Y al techo paternal vuelve extranjero.
En juventud allí
resplandeciente,
Y a un ángel igualándose
de bella,
Luego a sus ojos brilla
La cándida doncella,
Púrpura rebosando su mejilla.
Insólito deseo
El pecho entonces del mancebo asalta:
Ya entre la soledad
busca el paseo,
Ya de los ojos llanto se le salta,
Ya fugitivo
del coloquio rudo
De antiguos compañeros, que le
enoja,
Desde lejos le sigue con vergüenza
El paso
a la beldad: sólo un saludo
Mil placeres le inspira;
Y de sus galas el vergel despoja
Para adornar la recogida
trenza
Del caro bien por cuyo amor suspira.
En aquel anhelar
tierno, incesante,
Con aquella esperanza dulce y pura,
Ve los cielos abiertos el amante,
Y anégase en abismos
de ventura.
¡Ay! ¿Por que han de pasar tan de ligero
Los
bellos días del amor primero?
Esos
cañones negrear miramos:
Pértiga larga hasta
la masa cale;
Que si de vidrio revestida sale,
No habrá
para fundir dificultad.
Sus, compañeros,
vamos,
Y pruebas obtengamos
De que hicieron
pacífica hermandad
Los metales de opuesta calidad.
Sí, que del justo
enlace
De rigidez al par y de ternura,
De fuerza y de blandura,
La harmonía cabal se engendra y nace.
Mire quien
votos perdurables hace
Si con su corazón cuadra el
que elige;
Que la grata ilusión momentos dura,
Y
el pesar del error eterno aflige.
Asienta bien sobre el
cabello hermoso
De la virgen modesta
La corona nupcial
que la engalana,
Cuando con golpe y son estrepitoso
Convoca
la campana
De alegre boda a la brillante fiesta:
Mas día
tan feliz y placentero
Del abril de la vida es el postrero;
Que al devolver los cónyuges al ara
Velo y venda
sutiles,
Con ellos de su frente se separa
La ilusión
de los goces juveniles.
Rinde al cariño la pasión
tributo;
Marchítase la flor, madura el fruto.
Desde
allí entra el varón en lid constante:
Verásele
afanado y anhelante
Pretender, conseguir; veréis
que osado
Con cien y cien obstáculos embiste
Para
que su tesón el bien conquiste.
Entonces de abundancia
rodeado
Se encontrará, que por do quier le llega:
Su troj rebosa de preciosos dones;
Crecen sus posesiones,
Y la morada que heredó se agranda,
En cuyo íntimo
círculo despliega
Su celo cuidadosa
La vigilante
madre, casta esposa.
Ella en el reino aquel prudente manda;
Reprime al hijo y a la niña instruye:
Nunca para
su mano laboriosa,
Cuyo ordenado tino
En rico aumento del
caudal refluye.
De esa mano, que lo hace en remolino
Al
torno girador zumbar sonoro,
Brota el hilo y al huso se
devana:
Ella el arca olorosa llena de oro,
Ella los paños
de escogida lana,
Ella la tela de nevado lino
Custodia
en el armario, que luciente
Mantiene la limpieza;
Ella
une el esplendor a la riqueza,
Y al ocio junto a sí
jamás consiente.
El padre
en esto, sonriendo ufano
Desde alto mirador sobre la casa,
Que deja registrar tendido llano,
De sus bienes el número
repasa.
El árbol corpulento
Ve de crecidas pomas
agobiado;
Su granero contempla apuntalado,
Y en densas
olas al batir del viento
Moviendo las espigas el sembrado.
Y atrévese a exclamar con vanagloria:
«Tan firme
como el mismo fundamento
Que sostiene la mole de la tierra,
Fuerte contra el poder de la desgracia
Me hace el tesoro
que mi techo encierra.
¡Oh esperanza ilusoria!
¿Cuál
poder eficacia
Contra el destino tiene?
No hay lazo que
sus vuelos encadene,
Y antes de prevenir con el amago,
Se nos presenta el mal con el estrago.
Bien se parte la escoria recogida:
Ya
principiar la fundición se puede;
Mas antes que la
masa libre ruede,
Récese una plegaria con fervor.
Dad al metal salida.
¡Dios
un estrago impida!-
Río humeante, negro de color,
Se abisma en el canal abrasador.
Es el
fuego potencia bienhechora
Mientras la guía el hombre
y bien la emplea,
Que a su fuerza divina auxiliadora
Deudor
entonces es de cuanto crea;
Pero plaga se vuelve destructora
Cuando una vez de sus cadenas franca,
Por la senda que
elige libre arranca,
Y avanza con fiereza,
Salvaje de cruel
naturaleza.
¡Ay si sacude el freno, y ya no hallando
Quien
resista sus ímpetus violentos,
En apiñada
población derrama
Incendio asolador inmensa llama!
Guardan los elementos
Rencor a los humanos monumentos.
La misma nube cuyo riego blando
Los perdidos verdores
Devuelve a la pradera que fecunda,
Rayos también
arroja furibunda.-
¿Escucháis en la torre los clamores
Lentos y graves que a temor provocan?
No hay duda: a fuego
tocan.
Sangriento el horizonte resplandece,
Y ese rojo
fulgor no es que amanece.
Tumultüoso ruido
La calle
arriba cunde,
Y de humo coronada
Se alza con estallido,
Y de una casa en otra se difunde,
Como el viento veloz,
la llamarada,
Que en el aire encendiendo
Sofocador bochorno,
Tuesta la faz cual bocanada de horno.
Las largas vigas
crujen,
Los postes van cayendo,
Saltan postigos, quiébranse
cristales,
Llora el niño, la madre anda aturdida,
Y entre las ruinas azorados mugen
Mansas reses, perdidos
animales.
Todo es buscar, probar, hallar huída,
Y a todos presta luz en su carrera
La noche convertida
En día claro por la ardiente hoguera.
Corre a porfía
en tanto larga hilera
De mano en mano el cubo, y recio chorro
En empinada comba
Lanza agitando el émbolo, la bomba.
Mas viene el huracán embravecido:
El incendio recibe
su socorro
Con bárbaro bramido,
Y ya más
inhumano
Cae sobre el depósito indefenso
Donde en
gavilla aún se guarda el grano,
Donde se hacina resecado
pienso;
Y cebado en aristas y maderas,
Gigante se encarama
a las esferas,
Como en altivo alarde
De querer mientras
arde
No dejar en el globo en que hace riza
Sino montes
de escombros y ceniza.
El hombre en esto, ya sin esperanza,
Se rinde al golpe que a parar no alcanza,
Y atónito
cruzándose de brazos,
Ve sus obras yacer hechas pedazos.
Desiertos y abrasados paredones
Quedan allí, desolador vacío,
Juguete ya
del aquilón bravío.
Sin puertas y sin marco
los balcones,
Bocas de cueva son de aspecto extraño,
Y el horror en su hueco señorea,
Mientras allá
en la altura se recrea
Tropel de nubes en mirar el daño.
Vuelve el hombre los ojos
Por
la postrera vez a los despojos
Del esplendor pasado,
Y
el bastón coge luego de viandante
Sonriendo tranquilo
y resignado.
Consuelo dulce su valor inflama.
El fuego
devorante
Le privó de su próspera fortuna;
Mas cuenta, y ve que de las vidas que ama
No le faltó
ninguna.
El líquido
en la tierra se ha sumido;
El molde se llenó dichosamente:
¡Ojalá a nuestra vista se presente
Obra que premie
el arte y el afán!
¿Si el bronce
se ha perdido?
¿Si el molde ha perecido?
Nuestras fatigas esperanza dan;
Mas ¡ay! ¡si desatraídas
estarán!
Al seno
tenebroso
De la próvida tierra confiamos
La labor
cuyo logro deseamos.
Así con fe sencilla
Confía
el campesino laborioso
Al surco la semilla,
Y humilde espera
en la bondad celeste
Que germen copiosísimo le preste.
Semilla más preciosa todavía
Entre luto y
lamentos se le fía
A la madre común de lo
viviente;
Pero también el sembrador espera
Que del
sepulcro salga floreciente
A vida más feliz y duradera.
Son
pausado
Funeral
Se ha escuchado
En la torre parroquial.
Y
nos dice el son severo,
Que
un mortal
Hace
el viaje lastimero
Que
es el último y final.
¡Ay
que es la esposa de memoria grata!
¡Ay que es la tierna
madre, a quien celoso
El rey de los sepulcros arrebata
Del lado del esposo,
Del cerco de los hijos amoroso,
Frutos
lozanos de su casto seno,
Que miraba crecer en su regazo,
Su amante corazón de gozo lleno!
Roto ya queda el
delicioso lazo
Que las dichas domésticas unía.
La esposa habita la región sombría;
Falta
al hogar su diligente brazo
Siempre al trabajo presto,
Su cuidado, su aliño;
Falta la madre, y huérfano
su puesto,
Lo usurpará una extraña sin cariño.
En tanto que se cuaja
en sus prisiones
El vertido metal, no se trabaje,
Y libre
como el ave en el ramaje,
Satisfaga su gusto cada cual.
Si al toque de oraciones,
Libre
de obligaciones
Ve los astros lucir el oficial,
Sigue el
maestro con tarea igual.
Cruza
con ágil pie la selva espesa
Gozoso ya el peón,
bien cual ausente
Que al patrio techo próximo se
siente.
Abandona el ganado la dehesa,
Y en son discorde
juntan
El cordero su tímido balido,
Y el áspero
mugido
La lucia vaca de espaciosa frente,
Caminando al
establo que barruntan.
A duras penas llega
Atestado de
mies a la alquería
Bamboleando el carro; y en los
haces
Una corona empínase y despliega
Colores diferentes
y vivaces,
Fausta señal de que empezó la siega.
El pueblo agricultor con alegría
Se agolpa al baile
y al placer se entrega.
La ciudad mientras tanto se sosiega,
Según desembaraza
El gentío las calles y
la plaza,
Formando en amigable compañía
Las
familias el corro de costumbre,
Ya en torno de la luz, ya
de la lumbre,
Cierra la puerta de la villa el guarda,
Y
ella cruje al partir del recio muro.
La tierra se encapota
en negro manto;
Pero el hombre de bien duerme seguro.
No
la sombra nocturna lo acobarda
Como al vil criminal, ni
con espanto
Pesadilla horrorosa le desvela;
No: de reposo
regalado y puro
Disfruta la virtud: un centinela,
La previsora
LEY, su sueño vela.
¡Preciosa
emanación del Ser Divino,
Salud de los mortales,
orden santo!
Mi labio te bendiga.
La estirpe humana que
a la tierra vino
En completa igualdad, por ti se liga
Con
vínculo feliz, que sin quebranto
Guarda a todos su
bien. Tú solo fuiste
Quien allá en la niñez
de las edades
Los cimientos echó de las ciudades;
Tú al salvaje le hiciste
Dejar la vida montaraz
y triste;
Tú en la grosera prístina cabaña
Penetraste a verter el dulce encanto
Que a las costumbres
cultas acompaña;
Tú creaste ese ardor de precio
tanto,
Ese AMOR DE LA PATRIA sacrosanto.
Por
ti mil brazos en alegre alianza
Reconcentran su fuerza y
ardimiento,
Y a un punto dirigida su pujanza,
Cobra la
industria raudo movimiento.
Maestro y oficial en confianza
De que les da la libertad su escudo,
Redoblan el ardor
de sus afanes;
Y cada cual contento
Con el lugar que conquistarse
pudo,
Fieros desprecian con desdén sañudo
La mofa de los ricos haraganes.
Es la fuente del bien del
ciudadano.
Es su honor el trabajo y su ornamento.
¡Gloria
a la majestad del soberano!
¡Gloria al útil sudor
del artesano!
Paz
y quietud benigna,
Unión
consoladora,
Sed
de estos muros siempre
Benéfica
custodia.
Nunca
amanezca el día
En
que enemigas hordas
Perturben
el reposo
De que
este valle goza.
Nunca
ese cielo puro
Que
plácida colora
La
tarde con matices
De
leve tinta roja,
Refleje
con la hoguera
Terrible
y espantosa
De
un pueblo que devasta
La
guerra matadora.
Esa
fábrica endeble y pasajera,
Fuerza es, pues ya sirvió,
que se destroce;
Y ojos y corazón nos alboroce
Obra
que salga limpia de lunar.
Recio el martillo
hiera:
Salte la chapa entera.
La campana
veréis resucitar,
Cayendo su cubierta circular.
Sabe
con segura mano,
Sabe
en momento oportuno
Romper
el maestro el molde
Cuya
estructura dispuso;
Mas
¡ay si el líquido ardiente
Quebranta
indómito el yugo,
Y
en vivo raudal de llama
Discurre
al antojo suyo!
Con
el bramido del trueno,
Con
ciego y bárbaro impulso,
Estalla,
y la angosta cárcel
Quiebra
en pedazos menudos;
Y
cual si fuese una boca
De
los abismos profundos,
Estragos
tan sólo deja
En
el lugar donde estuvo.
Que
fuerza a quien no dirige
La
inteligencia su rumbo,
No
en creaciones, en ruinas
Emplea
su empuje rudo,
Cual
pueblo que se subleva,
En
cuyo feroz tumulto
Desgracias
hay para todos
Horrible
es en las ciudades
Donde,
hacinado y oculto,
Sedicioso
combustible
Largamente
se mantuvo,
Verlo
de repente arder,
Y
alzarse un pueblo iracundo,
Rompiendo
en propia defensa
Hierros
de dominio injusto.
Entonces
la rebelión,
Dando
feroces aullos,
Del
tiro de la campana
Se
suspende por los puños,
Y
el pacífico instrumento,
Órgano
grave del culto,
Da
profanado la seña
Del
atropello y disturbio.
La
LIBERTAD, la IGUALDAD
Se
proclama en grito agudo;
Y
el tranquilo ciudadano
Cierra
el taller y el estudio,
Y
échase encima las armas,
Zozobroso
y mal seguro.
Los
pórticos y las calles
Se
llenan de inmenso vulgo,
Libres
vagando por ellas
Los
asesinos en grupos.
Revístense
las mujeres
De
la fiereza del bruto,
Y
al terror de la matanza
Unen
la befa, el insulto,
Y
con dientes de pantera
Despedazan
sin escrúpulo
El
corazón palpitante.
Del
contrario aún no difunto.
Desaparece
el respeto;
Nada
es ya sacro ni augusto:
El
bueno cede el lugar
Al
malvado inverecundo;
Y
los vicios y los males,
Entronizándose
juntos,
Envanecidos
pasean
La carroza
de su triunfo.
Peligroso
es inquietar
El
sueño al león sañudo;
Terrible
es el corvo diente
Del
tigre ágil y robusto:
Mas
no hay peligro más grande
Ni
de terror más profundo,
Que
el frenesí de los hombres
Poblador
de los sepulcros.
¡Mal
haya quien en las manos
Al
ciego la luz le puso!
A
él no le alumbra, y con ella
Se
puede abrasar el mundo.
¡Ah!
nos oyó la celestial grandeza.
Ved salir de la rústica
envoltura,
Como dorada estrella que fulgura,
Terso y luciente
el vaso atronador.
Del borde a la cabeza
Relumbra con viveza,
Y el escudo estampado
con primor
Deja contento al hábil escultor.
Acudid en tropel, compañeros,
Y según la costumbre cristiana,
Bauticemos aquí
la campana,
Que CONCORDIA por nombre tendrá.
Para
amarnos al mundo vinimos,
Y es la unión la ventura
del hombre:
Con su voz la campana y su nombre
De esa unión
pregonera será.
Que
ese es el futuro empleo,
Ese
es el fin para el cual
El
artífice su autor
La
ha querido fabricar.
Levantada
sobre el valle
De
la vida terrenal,
En
medio del éter puro
Suspensa
debe quedar;
Y
vecina de las nubes
Que
engendran la tempestad,
Y
rayando en los confines
De
la región sideral,
Habrá
de ser desde allí
Una
voz divina más
Que
alterne con las estrellas,
Que
en su giro regular
La
gloria de Dios pregonan
Y
leyes al año dan.
Sólo
pensamientos graves
Inspire
a la humanidad,
Cuando
con sonoro acento
Mueva
el labio de metal.
Sirva
al tiempo y al destino
De
lengua para contar
La
rapidez de las horas
Y
el curso del bien y el mal,
Siguiendo
siempre, aunque ajena
De
sentir gozo y piedad,
Las
mudanzas que en la vida
Se
suceden sin cesar.
El
propio sonido suyo,
Cuyo
harmónico raudal
Pujante
el espacio llena
Y
se oye y pasa fugaz,
Imagen
es que nos dice
Que
así presuroso va
Todo
en la tierra a perderse
En
la inmensa eternidad.
Ahora,
con el cable retorcido,
Salga del foso ya,
Y ascienda a
las regiones del sonido,
Al aire celestial.
Tirad, alzad,
subid. Ya se ha movido:
Ya suspendida está.-
¡Resuene,
oh patria, su primer tañido
Con la gozosa nueva de
la PAZ!
Traducción del alemán (de Schiller)
Qué escucho? Sordamente clamorea
Una y otra campana, y su camino
Corrió la flecha
del reló. Pues, ea,
Cúmplase mi destino;
Vamos con el favor del Juez divino:
Llevadme, precursores
de la muerte,
Donde el vil criminal su sangre vierte.
Mundo
cruel, que con fatal encanto
Las almas envenenas,
Y horas
me diste de ventura llenas,
Recibe mis cariños y
mi llanto
Cuando fuera de ti la planta llevo.
Ya, mundo
corruptor, nada te debo.
Adiós
quedad, contentos de la vida,
Cambiados hoy en podredumbre
negra;
Adiós, gozosa edad, edad florida,
Cuya embriaguez
el corazón alegra.
Sueños tejidos de oro,
Ilusiones de bien, hijas del cielo,
Quedad en este suelo
Donde perdidas al nacer os lloro.
¡Ay! vuestro verde vástago
se trunca
Para que no dé flor ni brote nunca.
En otro tiempo fue la gala mía
De la inocencia el cándido vestido
Que a la pluma
del cisne afrentaría:
Realzaba la túnica preciosa
Cinta gentil de colorada rosa,
Y mi rubio cabello entretejido
Con rosas a la par, luengo pendía.
Víctima
del infierno en este día,
De blanquecino traje se
me viste;
Pero en lugar ¡ay, triste!
De flores en mi sien,
sobre ella veo
Negra banda y capuz, señal de reo.
Lloradme las que libres de flaqueza
No habéis vuestro decoro mancillado,
Y a quienes
da su aroma regalado
El lirio celestial de la pureza.
Si
os cupo en suerte el brío que domina
La blanda agitación
del pecho hirviente,
Luisa nació mujer, y no heroína.
Yo sentí, cual mujer, humanamente,
Y el sentimiento
ni martirio empieza.
Por el brazo de un pérfido cercada,
Quedose mi virtud aletargada.
Tal
vez de otra beldad gira ya en torno
El corazón de
sierpe que me olvida,
Y al lado de la mesa de su adorno
En platica de amor su ingenio apura
Cuando abren para mí
la sepultura.
Con los rizos quizá de su querida
Liviano juguetea,
Y el ósculo recoge y saborea
Con
que ella le convida,
Cuando en el tajo mi garganta rota,
La sangre en alto desde el tronco brota.
¡Permita
Dios, Hermán,
8 8 que donde quiera
Te persiga mi coro
funerario,
Y en tus oídos temerosa hiera
La rebramante
voz del campanario!
Cuando del labio de la dama tuya
Entre
susurro misterioso y tierno
Torrente para ti de gozo fluya,
Una saeta parta del infierno,
Que de improviso deje atravesada
La imagen del deleite sonrosada.
Tanto
dolor de quien por ti vivía,
¿No fue para ti nada,
¡oh fementido!
Nada el oprobio que por ti sufría?
¿Nada para tu pecho empedernido
Lo que al león y
al tigre ablandaría,
El ser en mis entrañas
escondido?
Huyes ¡ah! Tu bajel rápido boga;
Y en
tanto que le miro, y que la pena
Mis ojos nubla, mi gemir
ahoga,
Tú en la margen del Sena
Contra víctima
nueva, en torpe amaño,
Diriges el suspiro del engaño.
En el regazo maternal yacía
Reposando feliz el tierno infante,
Y al capullo entreabierto
semejante,
Su labio encantador se sonreía.
Con placer
congojoso descubría
En cada rasgo yo de aquel semblante
La faz que un tiempo mis delicias era;
Y a la vez me asaltaban
a porfía,
Ya del cariño la piedad primera,
Ya desesperación bárbara y fiera.
«Mujer, ¿qué es de mi padre?» me
gritaba
Muda su tierna voz, muda y de trueno.
«Mujer, ¿qué
es de tu esposo?» retumbaba
Cada rincón de mi angustiado
seno.
¡Ay, huérfano inocente!
Será en vano
buscar al inclemente
que tal vez otros hijos acaricia:
Tú con harta justicia
Maldecirás la dicha
delincuente
De la mujer y el hombre
Que te legaron de bastardo
el nombre.
En el inmenso mundo
Solitaria tu madre se veía
Con su dolor profundo,
Y abrasadora sed la consumía
Cada vez que, abrazándote,
gustaba
Goces que el deshonor acibaraba.
Del ya pasado
tiempo de alegría
Cada vagido tuyo despertaba
El
recuerdo cruel y despechado,
Y puñal aguzado
Para
la triste Luisa
Era, hijo mío, tu infantil sonrisa.
Suplicio si evitaba tu presencia,
Suplicio igual teniéndote presente
Los abrazos que
daba tu inocencia,
Fatal recuerdo del perdido ausente,
Me ligaban el cuello cual dogales
De furias infernales.
Tronando me aturdía
Voz como si se alzara de la
huesa,
Que siempre del aleve la promesa,
Que siempre su
perjurio repetía;
Y en la red de Satán así
sin tino,
Se convirtió la madre en asesino.
Permita Dios, Hermán, que donde
huyeres,
Te acose infatigable sombra airada,
Que te despierte
con su mano helada
En el dulce soñar de los placeres.
De las estrellas en la luz radiante
Mires centelleando
la mirada
Del hijo agonizante;
Y cuando rindas el postrer
aliento,
Salga a encontrarte pálido y sangriento,
Y azote que en su diestra te amenace,
Lejos del paraíso
te rechace.
Contémplale
a mis pies inanimado,
Y a mí que, inmóvil,
yerta
Y el juicio conturbado,
Correr miraba por la herida
abierta
De su sangre el torrente,
Que se llevó mi
vida juntamente.
Mas ¡ay! de la justicia el enviado
Ya
pulsa con estrépito mi puerta.
Golpe más duro
aún mi pecho siente
Que el golpe que ha sonado.
Corro: la fría muerte apague luego
Este afán
que me abrasa como fuego.
Es un
Dios de piedad el de los fieles;
Yo, Hermán, soy
pecadora y te perdono:
Quiero al morir sacrificar mi encono,
Y en holocausto ofrezco tus papeles.
Brotad de los tizones,
Llamas, brotad. ¡Albricias!
Arde la oferta de su fe traidora,
Y ¡oh! ¡cómo de los pérfidos renglones,
Henchidos
de lisonjas y caricias,
El fuego se apodera y los devora!
Prendas de gozo ayer, hoy de quebranto,
¿Qué hubo
que para mí valiera tanto?
Tiembla
de tu belleza seductora;
Tiembla, mujer, del que adorarte
jura:
Lazo de mi virtud fue mi hermosura,
Y en el cadalso
la maldigo ahora.
¿Qué miro? ¡Cielos! ¡El verdugo
llora!
Ceñidme ya, y acabe mi martirio;
Ceñidme
con presteza
Un lienzo alrededor de la cabeza.
Para tronchar
un lirio,
¿Te ha de faltar denuedo?
No mudes de color:
hiere sin miedo.
Oda traducida de la que escribió en italiano Alejandro
Manzoni a la muerte de Napoleón.
Murió. -Cual yerto quédase,
Dado el postrer latido,
Del alma excelsa huérfano,
El cuerpo sin sentido,
Tal con la nueva atónito
El universo está.
La hora contemplan
última
Del hombre del destino,
Y dudan que en el
cárdeno
Polvo de su camino
Pie de mortal imprímase,
Que le semeje ya.
Le vi en el
trono fúlgido
Y fue mi lengua muda;
Cayó,
se alzó, y postráronle
Por fin en lid sañuda;
Y al recio grito múltiple
Voz no añadí
jamás.
Virgen de injuria pérfida
Y encomio lisonjero,
Mi Musa, cuando súbito
Se
oculta el gran lucero,
Rinde a la tumba un cántico,
No efímero quizás.
Del
Alpe a las Pirámides,
Del Rhin al Guadarrama,
Lanzó
tras el relámpago
Él la celeste llama:
Hirió
de Scila el Tánaïs,
Y de uno al otro mar.
Si
esto fue gloria, júzguelo
Futura edad; la nuestra
Humíllese al Altísimo,
Que dilatada muestra
De su potente espíritu
Quiso en el hombre dar.
El zozobroso júbilo
Que un gran
designio cría,
Los indomables ímpetus
De
quien reinar ansía,
Y obtiene lo que fuérale
Vedado imaginar.
Todo lo tuvo:
obstáculos
Grandes y grande gloria,
Y proscripción
y alcázares,
La fuga y la victoria;
Se vio dos veces
ídolo,
Dos pereció su altar.
Dos
siglos combatíanse
Cuando su voz oyeron,
Y a él
como a ley fatídica
Sumisos acudieron:
Callar les
hizo, y árbitro
Sentose entre los dos.
Y
de honda envidia y lástima
Objeto en su caída,
Cerrada en breve círculo
Desperdició su vida,
Odio y amor sin límite
De sí dejando en pos.
Envuelve y hunde al náufrago
Ola que, alzándole antes,
Dejaba que en el piélago
Con ojos anhelantes
Buscara en vano el mísero
Tierra
distante de él.
Así abismaba
al héroe
Tanto recuerdo amargo:
Él de historiarse
impúsose
Mil veces el encargo,
Y mil cayole inválida
La mano en el papel.
Mil veces,
¡ay! al tétrico
Fin de inactivo día,
Bajas
las ígneas órbitas,
Brazos con pecho unía,
Y le asaltó en imágenes
El esplendente ayer.
Y vio las tiendas móviles,
Y armas
la luz volviendo,
Y el galopar belígero
Valles henchir
de estruendo,
Las imperiosas órdenes
Y el pronto
obedecer.
Quizás, ¡ay! de
la pérdida
Rendido al desconsuelo,
Desesperó;
mas próvida
Mano llegó del cielo,
Y a la
región vivífica
Piadosa le llevó.
Donde floridos tránsitos
Ofrece
la esperanza
Al campo en que magnífico
Premio sin
fin se alcanza,
Y noche muda tórnase
La gloria que
pasó.
Bella, inmortal, benéfica
Fe, por do quier triunfante,
De un nuevo triunfo alégrate:
Cerviz más arrogante
Al deshonor del Gólgota
Nunca se doblegó.
Libra los restos
flébiles
Tú de injurioso acento:
Dios que
alza y postra, dándonos
Tribulación y aliento,
Ya solitario el túmulo,
Al lado vigiló.
Imitación del poeta alemán Augusto Beugenbach
Por la orilla de un torrente
Dos
esposos paseaban
El día que se juraron
Cariño
eterno en las aras.
En silencio pudibundo,
La amorosa desposada
El dulce desasosiego
Del pecho disimulaba.
Una flor azul
celeste
Vio flotar sobre las aguas,
Y con un tierno suspiro
Dijo entre sí estas palabras:
«¡Flor infeliz! de
una vida
Que ser no pudiera larga,
Bien temprano te despojan
Esas olas inhumanas.»
No pronunció en voz tan débil
Esta exclamación aciaga,
Que no la oyera el que
vive
Anhelante de agradarla;
Y sin tomar más consejo
Que aquél que su amor le daba,
Tras la mata que
fluctúa
En el torrente se lanza.
Pero ¡ay! que las
recias olas
Al triste mancebo arrastran,
Y en un momento
le llevan
Muy lejos de su adorada,
Que de susto y de congoja
Vacila al mover las plantas.
Ya en la desigual pelea
Fuerzas
al náufrago faltan,
Cuando cerca de la margen
En
un remanso se para,
Donde la flor se detiene
Y parece que
le aguarda.
Hace un esfuerzo y la coge,
Y arrójasela
a su amada;
Y ella, creyéndole salvo,
Los tiernos
brazos le alarga.
¡En vano! que el agua quieta.
Profunda
sima ocultaba,
Que tira a su centro al joven
Cual si cadenas
le echara;
Y al hundirse en el abismo
Que rugiendo se lo
traga,
El desdichado exclamó:
«Querida esposa del
alma:
Para siempre de tu lado
El destino me separa;
No
me olvides; ten memoria
Del que tanto te adoraba.»
Este trágico suceso,
Divulgado
por la fama,
Dar hizo a la florecilla,
Origen de la desgracia,
El nombre de no me olvides,
Y no me olvides se llama.
En 1839.
Allí, donde tiene asiento
Sobre estériles arenas
El tardío monumento,
Viejo ya por el cimiento
9 9 ,
Por la cima juvenil,
Allí
fue donde inhumanos
Los que dieron a la Europa
Nuevas leyes
y tiranos,
Contra inermes ciudadanos
Asestaron el fusil.
Sangre allí por mano aleve
Derramada, formó arroyos,
Y encerraron anchos hoyos
Sacerdotes con la plebe
Confundidos a la par.
¿No
escucháis esa campana
Que se mece en lento giro?
Cada son recuerda un tiro
Que una vida castellana
Dejó
al mundo que llorar.
Fementidos
extranjeros
Que aguzaban solapados
Contra España
los aceros,
Falsamente encaminados
A talar otra región,
Desnudáronse aquel día,
Que enlutó su verde a mayo,
Del disfraz que los
cubría,
Y del trono de Pelayo
Profanaron el blasón.
Generoso y no prudente,
Tuvo el
hijo de los Cides
A sus plantas la serpiente,
Y por no
temer su diente,
Cariñoso la halagó:
Y
a su salvo la traidora
Derramó en el seno amigo
La ponzoña matadora.
¡Cruda herida que aún
se llora,
Porque el tiempo la enconó!
Sin
defensa abandonado
Viose entonces el Ibero:
Su monarca
deslumbrado,
Por escrúpulos de aliado
Se olvidó
de que era rey.
Nos mandaron las legiones
Del isleño codicioso,
Con la voz de sus cañones,
Abatir nuestros pendones,
Renegar de patria y ley.
Y al insulto ardiendo en saña,
Fulminó su rayo España
Y en refriegas pertinaces
Disipáronse las haces
Que juntó el gran adalid:
Y a las puertas de Vitoria
Completose
al fin la gloria
Que los cielos prometieron
A los tristes
que murieron
En el Prado de Madrid.
Nobles
mártires, que ahora
Nueva guerra por Castilla
Veis
cundir asoladora,
Que os conturba en vuestra silla
Levantada
sobre el sol:
Vuestro fin labró
la fama
Del guerrero esclarecido
Que por grande el mundo
aclama;
Grande, sí, porque vencido
Tarde fue del
español.
Su grandeza, donde
a una
Con empeño trabajaron
La ambición y
la fortuna,
Fue un altar que consagraron
Brazos mil a su
interés.
Si del corso estremecieron
Las miradas fulminantes
A los pueblos que le vieron,
Fue
porque hombros de gigantes
Sustentábanle los pies.
Esa audacia desmedida
Que te alzaba
hasta el imperio
Devastando un hemisferio,
Preparaba tu
caída,
Destructor Napoleón:
Que
a cometas refulgentes,
Como tú, pero fatales,
Los
decretos celestiales,
Protectores de inocentes,
Dan fugaz
aparición.
Tú en
el último destierro
Solitario te subías
A
la cúspide de un cerro;
Tú mil veces dirigías
Las miradas hacia el mar:
Y con hórrida
congoja
Convertirse acaso viste
De azulada el agua en roja,
Y la sangre conociste
Que mandaste derramar.
Asentaron
en las olas
Mil cadáveres las plantas,
Y con voces
españolas
Resonaron sus gargantas
Que el cuchillo
atravesó.
Y envidaste aquel instante,
Precursor de horrible fallo,
Al peón que, palpitante,
Bajo el pie de tu caballo
El espíritu rindió.
Tu memoria maldijeron:
Que entre
todas las naciones
Donde huellas imprimieron
Tus aciagos
batallones
Por su mal y mal común,
Fue la España
en quien semilla
Prodigaste más copiosa
De discordia
y de rencilla,
Y tu sombra rencorosa
De sus creces cuida
aún.
Codiciosos tus paisanos,
Como tú de nuestra ruína,
Fomentaron entre
hermanos
Lucha bárbara intestina
Que enflaquezca
su valor:
Que aprendieron con vergüenza,
Combatiendo contra España,
Que como ella no se venza,
No le es dado a gente extraña
Producir su vencedor.
Al fin de las regiones europeas
Donde acaba la tierra de Occidente,
Y mares y montañas
giganteas
Apartan del antiguo continente
Vasto, fecundo
suelo
Allí hay una nación agreste y ruda,
Que de saber y de virtud desnuda,
Mengua es del siglo,
escándalo del cielo.»
Esta nación, a quien
así acrimina
Voz lejana y vecina
Que al universo
engaña,
Ésta, ¿lo creeréis? ésta
es España.
Fue grande, fue
temida, fue señora:
Doblaban otro tiempo la rodilla
Los pueblos del ocaso y de la aurora
Delante de la enseña
vencedora
De León y Castilla.
Viose después
de su poder la silla
Por crudos adversarios contrastada:
Retembló su cimiento al recio embate;
Vaciló
en medio del mortal combate
La regia majestad allí
sentada,
Perdiendo en riesgo tanto
Ricos girones del purpúreo
manto;
Pero a despecho del común encono,
Salvó
su fe, su dignidad, su trono.
Émulos que conservan
todavía
De pasadas afrentas la memoria,
Hoy nos
calumnian con mayor porfía,
Cuando es mayor la castellana
gloria.
Se alza en el suelo cántabro
pujante
Grito de guerra que los aires hiende,
Y fuego abrasador
en un instante
Por la infeliz Península se extiende.
Ven cundir el estrago las naciones
Que hacen de humanidad
pomposo alarde;
Y en lugar de extinguir el odio que arde,
Hostigan a los fieros campeones.
Así despedazarse
dos leones
Ve un cazador en la africana arena;
Y lejos
de que llegue y los amanse,
De intento deja que la lid los
canse,
Para echarles a entrambos la cadena.
Nos
vieron zozobrar y desviaron
Del náufrago bajel su
firme quilla;
Pero las bravas olas se aplacaron,
Y nuestro
brazo nos llevó a la orilla.
Ya las iras cesaron;
Ya no se oye el horrísono estampido
Del mortífero
bronce,
Por el eco cien veces repetido
Entre el ay del
que muere y el herido,
Gira sobre su gonce
La férrea
puerta del cancel de Jano;
Movida por la mano
De la PAZ,
de la PAZ, que rodeada
De benéficos númenes
en tropa,
Viene a cerrar el ominoso templo;
Y la grande
nación tan ultrajada,
Hoy se presenta a la confusa
Europa
De heroísmo y virtud ínclito ejemplo.
Pudo español contra español
la diestra
Levantar iracundo,
Y regar en el choque furibundo
Con la fraterna sangre la palestra;
Pudo servir de un hombre
a las pasiones
Que doró artero con falaz vislumbre,
Y ceder al impulso que de lejos
Movía infatigable
en sus manejos
El genio de la negra servidumbre,
Sediento
del dolor de las naciones;
Mas nunca pudo desterrar del
alma
El generoso, innato sentimiento
Que la sangre y la
PATRIA nos inspira.
Así en la lid, al huracán
violento
Sucediendo la calma,
Cada guerrero a su contrario
mira,
Y al ver en él su hermano,
Suelta el acero,
tiéndele la mano,
Con el grito de UNIÓN resuena
el viento,
Y huye, al oírle, trémulo el tirano.
¡Honor, excelsa prez, a los valientes
Que el blasón coronaron de su gloria
Con un timbre
mayor que la victoria!
Madres, esposas, vírgenes
dolientes,
Que con humilde voto
La piedad implorabais del
Eterno
Por las prendas ausentes;
De júbilo llenad
el pecho tierno,
Que el cetro usurpador está ya roto.
Festivo canto vuestro labio entone,
Y la mano aperciba
Triunfante lauro y amigable oliva,
Con que su sien el adalid
corone.
Venid ahora a vernos,
Y aprended,
¡oh políticos sagaces!
En un rasgo no más
a conocernos.
Vosotros prolongabais la pelea:
Obra de nuestra
mano son las paces.
Olvidar disensiones pertinaces,
Para
algún corazón difícil sea;
No para
el español: cuéstale sólo
Tan magnánima
prueba de heroísmo
Las redes quebrantar que le arma
el dolo,
Y por guía admitir su instinto mismo.
No es la patria del Cid y de Padilla
Esa que pinta vuestro labio injusto:
Respeto os deba su
blasón augusto,
Que no tolera su león mancilla.
Ese pueblo fanático y grosero,
Juguete del iluso
sacerdote,
Y armado siempre de cobarde acero,
Y alegre
con la hoguera y el azote,
No le busquéis en el confín
hispano:
Buscadle allá donde feroz levanta
Brazo
de hierro déspota inhumano,
Y con el suelo, donde
siervo nace,
Se vende al hombre reducido a planta.
Vuestro
saber que envanecer os hace,
Lo admira España, y
sin envidia os deja
Que, deslumbrados con su brillo falso,
Sobre el ara de Dios paséis la reja,
Y arrastréis
los monarcas al cadalso.
Domeñar el Océano
profundo,
La fe llevar a incógnitas regiones,
Lanzar
al moro, conquistar un mundo,
Alzarnos libres para darnos
leyes,
Vencer Napoleones,
Sacar de cautiverio nuestros
reyes:
Estas solas hazañas
En los hijos buscad de
las Españas.
Fiel a la mano augusta que le rige,
Valiente el español y generoso,
Si tal vez al error
se precipita,
Pronto de la razón la senda elige;
Y para ser dichoso
Cuando su pecho a la virtud le incita,
Olvidaros tan sólo necesita.
Leídas en el teatro del circo en
la noche del 25 de enero de 1860.
Vinieron los sarracenos,
y nos
molieron a palos;
Que Dios ayuda a los malos,
Cuando son
MÁS que los buenos.»
Así dice, por lo menos,
Una copla, urdida mal;
Pues, en examen formal,
Nos ofrece
su remate
Un blasfemo disparate
Y una mentira historial.
Para más negro desdoro
Del Rey, galán de la Cava,
Con mayor hueste contaba
Que el ejército del moro.
De pasmo y vergüenza
el lloro
Fue que España derramó
Cuando el
árabe pisó
La corona indo-germana,
Y lidiando
una semana,
Por siete siglos reinó.
España,
a su gloria fiel,
Al África necesita
Ir a pagar
la visita
Que se entró aquí de tropel.
Esa
Mauritania infiel,
Antes, de los godos era;
Y pues la fe
verdadera
Ya la bañó con su luz,
Adore otra
vez la cruz
En la española bandera.
¡Ni
en las almenas de un fuerte
Mirar le dejaba el sol
El rifeño
al español,
Sin fulminarle la muerte!
Ceuta, cambiada
la suerte,
Respirará sin afán.
De allí
vino el musulmán;
De allí partirá el
cristiano:
Su triunfo, tarde o temprano,
Los que vivan
lo verán.
¿No dicen los
corifeos
De una calumnia insolente,
Que el África
propiamente
Principia en los Pirineos?
Los africanos trofeos
Que amontona cada día
La española valentía,
Ver dejan ya bien de bulto
Que ha de ser la voz de insulto
¡La conquista en profecía!
¡Sea
a nuestros héroes dada
Gloria en la empresa a que
van,
Y pronto brille en Tetuán
Nuestra enseña
de Granada!
Deja la española espada
Los campos de
sangre llenos;
No alzan ya los agarenos
Cabezas fieles
en palos:
¡No les ayuda el ser malos,
Aun siendo MÁS
que los buenos!
7 de febrero de 1860.
Da el estampido el cañón...
Madrid se levanta apriesa...
-¡Ruge, lamiendo su presa,
El castellano león!
Ya es Tetuán de los que
son
Los MENOS en la campaña:
Póstrase el
moro en su saña,
Y triunfa la cruz arriba.
¡Dé
todo español un VIVA
Al ejército de España!
A la entrada triunfal del ejército de África 11 de mayo de 1860.
Esos son los que envió
España
a vengar su afrenta;
Esos los que en lid sangrienta
La
victoria coronó.
No vuelven todos, ¡ay! no.-
Madre,
que al cielo bendices;
Hijas y esposas felices,
Que veis
a vuestros valientes,
Besad las tostadas frentes,
Besad
más las cicatrices.
Granizo
y plomo ha llovido
Sobre esas fuertes falanges,
Y el voraz
monstruo del Ganges
Por el moro ha combatido.
¿Cuál
es el héroe tenido
Por mayor que los demás?
¿Dónde va el que deja atrás
La gloria y valor
de Aquiles?
Los héroes aquí son miles:
Lo
son todos a cual más.
¡Honor
se dé y alta prez
A los bravos campeones,
Que, ya
triunfando en Bullones,
Hicieron temblar a Fez!
En tierra
extraña esta vez,
Nietos yacen de Guzmán:
Provoque otra el musulmán
Vuestros invictos aceros,
Y los muertos compañeros
De tumba mejorarán.
Les pesa la arena impía
Que huellan árabes potros,
Y al despediros vosotros
Tembló su osamenta fría.
Tal vez ya saben
el día
Que han de ver nuestro pendón,
Y dicen
en ronco son
Que yerbas agita y ramos:
«Hoy para después
tomamos
De esta tierra posesión.»
Para el romancero de la guerra de África.
Lluvia de menudos plomos
Y espesa
lluvia de hielo,
Sobre las alas caían
Del ave reina
del viento.
Dejara el águila el nido
que labró
en monte soberbio,
Cruzando el mar en defensa
De sus hijos
en destierro.
Vencedora en el combate
Y herida por defenderlos,
Fuerzas le pide al reposo
Para ir a lidiar de nuevo.
Enemigos
aquilones
Plumas le arrancan al vuelo:
Ruedan por los campos
unas,
Otras en el mar cayeron;
Y bajo el risco eminente
Que la abriga en tosco hueco,
Penachos en sangre tintos
Alfombran en torno el suelo.
Su graznido, aun desde allí,
Le infunde al milano miedo;
Con el dolor de la llaga
Recrece
en ella el esfuerzo,
Y pronto al África vuelve
A
desafiar a un tiempo
La barbarie de los hombres,
Las inclemencias
del cielo.
Así, por difícil
vía,
Con mar borrascosa en medio,
Vienen y al África
tornan
Los españoles guerreros.
Llama la patria
al herido,
Y al sano la guerra luego;
Compañera
de su viaje,
Los va la muerte siguiendo;
Cobra en la batalla,
y cobra
Tributo en bajel y en puerto:
¡Valieran los triunfos
poco
Si se ganaran con menos!
Oid
el clamor salvaje
De la hueste de Marruecos:
Ya sus espingardas
truenan,
Ya sus caballos partieron.
Gime el valle al estallar
El volcán del cañoneo;
Cimbréanse
en los collados
Los árboles corpulentos;
Los claros
de cada fila
Se ven de repente llenos;
Por el cristiano
caído
Pone otro soldado el pecho;
Furioso turbión
de balas
Fulminan los agarenos;
Vidas acaban, y vidas
Entre la gloria sin duelo.
Rocas parten las bombardas,
Obra de andaluz maestro:
¡Qué harán, descreído
Cam,
Con las carnes de tus nietos!
¡Ahogáis al dolor
el grito
Con el de la lucha horrendo!
¡Fuertes paleáis,
y fuertes
Dais el suspiro postrero!
El Dios, cuyo altar
ahí
Pisaron vuestros abuelos,
Las almas piadoso
mire
Que dejan con ira el cuerpo.
Cadáver
hay africano,
Cuyos labios entreabiertos
Guardan con sonrisa
fea
De brutal júbilo el sello.
Contaba el mísero
iluso,
Soñó, deliró muriendo,
Con
el soez paraíso
De su Profeta embustero.
En tanto, en la hueste nuestra
Mano hábil
y ardiente celo
Prestan reparo al destrozo
Que hacen el
plomo y el hierro,
Tras las filas apretadas,
Muro palpitante,
denso,
De entre los pies del que lidia
Sacan al herido
en peso.
De rodillas Esculapio
Fibras ata y une huesos;
Desnuda tierra, harta de agua,
Tiene el doliente por lecho.
No era para España el Moro
Contrario bastante fiero;
Cruel en África el hombre,
Lo son más los
elementos.
«¡Victoria!» claman gozosos
Los héroes
de Tajo y Ebro.
Contra la voz de alegría
Protesta
envidioso el trueno.
Desátanse
recias nubes
En copiosos aguaceros,
Que de las tiendas
golpean
Con furia el tupido lienzo.
Fuera, penetrante frío;
Dolores y ahogo dentro;
Torrentes de lluvia arriba,
Y
abajo balsas de cieno.
Soldado que en la batalla
Sacó
lacerado un miembro,
Con todos paga el fiarlos
Al insalubre
terreno.
Dan sus efluvios al aire
Desconocidos venenos;
Los cristianos los respiran,
Y al par la muerte con ellos.
Víctimas, que aún
de la espada
No fuisteis cabal trofeo,
Salid en hombros
amigos
De ese infausto campamento:
Ceuta, el mar, Málaga
ofrecen
Aura que aspirar sin riesgo.
¿Quién de ese
mal los estragos
No vio ya bajo su techo?
¿Quién
hay que por él no llore
Madre, hijo, consorte o deudo?
El monstruo horrible del Ganges,
De humana sangre sediento,
Con mayor ansia apetece
La sangre del europeo.
Ya un cordón interminable
De hombres
y acémilas veo,
Que por la playa arenosa
Caminan
con paso lento.
Tristes compañeros guardan
A sus
tristes compañeros:
Cien tumbas de prisa abiertas
Mostrarán por dónde fueron.
Henchidos los
hospitales,
Ceuta hace hospital el templo:
Cruzan el piélago
quillas
Con dolientes cargamentos.
¡Valor! ¡Valor! Ved
los altos
Chapiteles malagueños;
Esperad: es la
esperanza
La mitad ya del remedio.
Vítores y bendiciones
En ruidoso clamoreo,
Las andas humildes cercan
De los
triunfantes enfermos;
Y el soldado que angustioso
Doblaba
el lánguido cuello,
Revive y se alza al oir
La voz
del amor del pueblo.
Tiernos brazos femeniles,
Que hábito
recata honesto,
Posan en huecos vellones
Al desvalido viajero.
La ciencia y la caridad
Auxilio le dan y aliento;
Blando
aire la madre patria
Le hace con el manto regio,
Y afable
y majestüosa
Las estancias recorriendo,
Reparte la
Religión
Las palmas del sufrimiento.
Casta
virgen: tú, que pasas
La noche y el día entero
Vigilante cuidadosa
Del que ve el sepulcro abierto,
Dime:
de tantos dolientes
Que hallaron en ti consuelo,
¿Quién
sufre más? ¿En quién es
Más grande
el merecimiento?
¿Dónde está el héroe
cristiano,
De resignación modelo,
Que el valor santo
del mártir
Añade al marcial denuedo?
Nómbrale,
pues, ora ocupe
Grado ilustre o pobre puesto:
Siempre es
alta la virtud.
Honor merece y respeto,
Lo mismo en noble
adalid
Que en combatiente plebeyo,
Y que en ti y en los
ministros
De la ciencia y del Eterno,
Que impávidos
arrostráis
Las epidemias y el hierro.
LA HERMANA
DE LA CARIDAD
Yo de rodillas pedí
El hábito en que me miras,
Previendo ya que sus
iras
La peste probara en mí.
A buscarla vine aquí:
Riesgo mi vida corrió,
Pero en nada engrandeció
Eso mi sagrado ser;
Cumpliendo estaba un deber,
Y ese
me le impuse yo.
El ministro del
altar,
Con impulso igual al mío,
Fue por su libre
albedrío
Con los que van a lidiar;
Como él,
el sabio en curar
Al campo marchó también:
Coronas condignas den
A su virtud y valor;
Más
hay corona mayor:
Guardada para otra sien.
El
capitán valeroso
Que alcanza insigne victoria,
Voluntario
de la gloria
Siguió su estandarte hermoso:
Laurel
ciña esplendoroso
De gratitud nacional,
Y con aplauso
inmortal
Su nombre entre todos ande,
Aún hay corona
más grande
Guardada en este hospital.
Mira
allí, entre aquellas dos,
Que son la ciencia y la
fe,
Aquel joven que se ve
Pronto a dar el alma a Dios,
No fue de la gloria en pos
Por ver un lauro en sus sienes:
Pasaba, pobre de bienes,
Los verdes años fugaces;
Dijo España: « Falta me haces;»
Y él respondió:
« Aquí me tienes.»
Le hirieron
hijos de Agar
Con rabia y feroz delirio;
Por Dios padeció
martirio,
Y Él le viene a coronar.
Óyele
el nombre invocar
Del que es de justicia sol...
¡Mira en
divino arrebol
Su rostro mortal bañado!...
EL POETA
LA HERMANA
DE LA CARIDAD
Del ejército español!
Uclés 3 de marzo de 1860.
En la inauguración del Instituto español
Cual es la criatura
De tantas como
encierra
La doble inmensidad de mar y tierra;
Cuál
es el triste ser a quien natura
Los dones de su amor de
suerte tasa,
Que de madrastra rigurosa y dura
Con él
parece codiciar el nombre?-
Pródiga para todos, sólo
escasa,
Sólo injusta y cruel es para EL HOMBRE.
Le negó la firmísima pupila
Del ave que a su antojo,
Cerniéndose en la atmósfera
tranquila,
Examina del sol el disco rojo:
No le armó
con la planta
Del fugitivo ciervo
Que al viento se adelanta;
No con la garra del león, ni diole
Del coloso selvático
la mole:
De nombre rey, por su impotencia siervo,
De riesgos
donde quiera
Y enemigos sin número cercado;
Al verle
de pujanza desarmado
Con que su ruina el infeliz estorbe,
Mejor imaginársele pudiera
Nacido más para
manjar de fiera
Que para dueño y árbitro del
orbe.
Él es, empero, su
señor. Su mano,
Si tan débil por sí,
tan desvalida,
Con otra y otra y ciento y mil unida
Se
reviste de impulso soberano,
Y desata el indómito
torrente
De fuerza a cuyo empuje,
Redoblado y creciente,
Junta la creación resiste en vano.
Por el hombre
vencido, el tigre ruge,
Y dócil a la rienda y acicate
Se mueve el alazán; el hombre abate
Y ahonda el
recio pino,
Y tremolando en él tirantes lonas,
Sobre
el inquieto campo cristalino
Lanza flotante puente
Que
une entre sí las apartadas zonas:
El trueno aterrador
copia a la nube,
Y a la tierra el volcán; en sus
entrañas
Negro polvo escondiendo,
Lo incendia; estalla,
y con bramido horrendo
Desquicia la explosión y al
cielo sube,
Cual brizna leve de menudas cañas,
Deshechas
en ceniza las montañas.
Con
la preciosa herencia
De la anterior generación uniendo
Su caudal todas de poder y ciencia,
Veloz el hombre sin
cesar camina
Por ardua senda que su mano allana,
Sediento
de arribar al alto punto
Límite del saber y dicha
humana,
Barrera entre el Eterno y su trasunto,
Solio que
al del empíreo se avecina;
Y aquel mísero
ser a quien mezquina
Dotar nos pareció naturaleza,
Formándole de intento
Símbolo derisorio de
flaqueza;
Ese mismo, tan débil cuando SOLO,
Erguida
la cabeza,
Domina EN SOCIEDAD de polo a polo;
Y alza su
omnipotente pensamiento
Ya tan audaz el vuelo de sus alas,
Que osa en el aire suspender escalas,
Y amenaza asaltar
el firmamento.
Así los rayos fúlgidos de Apolo,
Que en la diáfana bóveda perdidos
Esparcen
solamente
Blando calor, aliento del viviente,
En el foco
oprimidos
Del espejo de Arquímedes ardiente,
Se
truecan en centella destructora,
Que árboles, piedras
y metal devora.
Ved cuál de Siracusa
Se agolpa en
las almenas
Muchedumbre que al mar mira confusa.
Tiembla
el guerrero, su consorte llora.
« Los bajeles,» exclaman
«son aquéllos
De Roma, de la bárbara invasora:
Suspendidas se ven de sus entenas,
Y prontas a cebarse
en nuestros cuellos
La vara, y la segur, y las cadenas.»-
Un hombre el rayo de la ciencia vibra,
Y de tiranos a su
patria libra.
Ved cómo el brazo tiende
Con el escudo
fulminante armado,
Cuya llama voraz el aire enciende.
Paradas
en su vuelo arrebatado
Caen en polvo las marinas aves;
Las olas hierven; las soberbias naves
Nadante hoguera son.
Hórrida grita
Por entre el humo suena,
Y en temerosos
ecos se difunde.
Si el romano en el mar se precipita,
Síguele
el fuego allí: la escuadra se hunde;
Siracusa la
frente alza serena
Y adora al hombre que su ruina evita,
Y en recia voz que el júbilo levanta,
Su libertad
y su victoria canta.
Pero triunfos
sangrientos y crueles
No son de ambicionar. Sendas de gloria
Varias el hombre ante los ojos mira:
Ramos en sus vergeles
La madre de las Musas, la Memoria,
Ramos guarda de plácidos
laureles
Para el compás, y la paleta, y lira.
Adoradores
fieles
Somos del genio que el saber inspira,
Y a coronas
pacíficas aspira
Nuestro común afán.
También recata
La sociedad en su agitado seno
Monstruos
que al respirar vierten veneno,
Que contamina y mata.
Crimen,
error y tedio forman liga
Contra el ínclito ser que
siente y piensa:
Torre aquí se levante de defensa
Donde su diente vil no nos persiga.
Aquí sus luces
el saber derrame,
Su asilo mire aquí la desventura,
Despliegue sus encantos la hermosura,
El ingenio se inflame,
Y ardiendo de virtud en llama pura,
Palpite el corazón,
admire y ame.
¡Grande empresa en
verdad! A darle cima
No será nuestra fuerza poderosa;
Pero español aliento nos anima,
Y el mágico
mirar de tanta hermosa.
¿Quién en ignoble ociosidad
reposa;
Quién al saber no da vigilia inmensa,
Por
lograr de unos labios hechiceros,
Escondida entre aplausos
lisonjeros,
Una tierna sonrisa en recompensa?
Obra final
del Hacedor divino,
Culto de numen la mujer merece:
Por
ella nuestra vida se embellece,
Y enseñarnos tal
vez es su destino.
Al lanzarnos nosotros por la vía
Que allá a la cumbre guía
Donde bañado
en resplandor descuella
De HUMANIDAD Y CIENCIA el doble
templo
Ya en él la planta sella,
Coronada la sien,
AUGUSTA BELLA,
Que con la voz nos llama y el ejemplo.
De
virtudes y genios reverente
Cerco la ciñe en torno,
Que cien guirnaldas a la regia frente
Solícitos
ofrecen por adorno,
Colocando a sus plantas en trofeo
Las
insignias de Apeles y de Orfeo.
Constante bienhechora
De
la grande nación que en ella adora,
También
del INSTITUTO es esperanza,
Cuando al nacer alcanza
Que
le tienda su mano protectora.
11 11
Crezca, pues, a su sombra
guarecida,
Esta que planta débil abre el suelo,
Y riéguela el sudor de nuestro celo;
Que día
llegará que se alce erguida,
Y en tronco agigantado
convertida,
Superior a las nubes se remonte,
Embarazando
con su verde pompa
El ámbito del cóncavo horizonte.
Brío mayor a la constancia nuestra
Los obstáculos
den; no haya fatiga
De arredrarnos capaz, hasta que rompa
Las auras con los ecos de su trompa
Justa la fama, y diga
Que la labor de nuestra firme diestra
Rinde a la sociedad
precioso fruto,
Y es digno de su nombre el INSTITUTO.
1840.
La estatua de Felipe IV y el busto de don Pedro Calderón
de la Barca hablan del Teatro Real en las siguientes décimas FELIPE IV
Álzase detrás de mí
Palacio que ilustra al dueño,
Donde mi alcázar
pequeño
Se alzó mientras yo viví.
Un templo delante vi
A musa extranjera hacer:
Quién
es codicio saber,
Y, en estatua, como vivo,
Del despacho
fugitivo,
En busca voy del placer.
Ignoro
qué ingenios son
Los que esa fachada muestra...
Mas no; que arriba, a mi diestra,
Descúbrese Calderón.
Dime tú, insigne varón,
Que en el curvo ático
estás,
¿Qué drama, qué musa más
Nuevos en Madrid admiro,
Que allá en nuestro Buen
Retiro
No penetraron jamás?
CALDERÓN
Apurar,
señor, pretendo,
Ya que preguntáis así,
Lo que supe desde aquí,
Sólo callando y oyendo.
Y en verdad que no comprendo
Cómo entre duda afanosa,
Nueva y peregrina cosa
La ópera se os figuró,
Después de escribiros yo
La púrpura de la
rosa.
Fábula cantada fue
Aquella célebre fiesta;
Fábula cantada es
ésta,
Con arte mayor a fe.
Yo en mi romance canté;
Mas hoy de Oriente al Ocaso
Proclama el Dios del Parnaso,
En toda su monarquía,
Lengua de la melodía
La dulce lengua del Tasso.
Pero
aunque lo diga el sol,
Y aunque yo me oponga solo,
Sostengo
que el buen Apolo
No ha estudiado el español.
Más
claro que su arrebol
Haré ver que excede acaso
El
habla de Garcilaso
A todas en variedad,
En fuerza y en
majestad...
Pero esto no viene al caso.
Ved
un teatro, señor,
Donde el músico poema
Su
poder junta y extrema
Y magnífico esplendor.
Aquí
uno y otro cantor,
Coronados de laurel,
Símbolo
glorioso y fiel
De triunfos bien adquiridos,
Hechizarán
los oídos
De la corte de Isabel.
Coliseo
de ancho foro
Y magnífica platea,
Do quier deslumbra
y recrea
Con luz, mármol, seda y oro.
Será
de Madrid decoro
Y digno del nombre Real.
Tendrá
nuestra capital,
Más grande ya, rica y bella,
Un
teatro único en ella,
Y en el mundo principal.
FELIPE
IV
Con singular alegría
Tu relación
escuché:
Por lo que a la escena honré,
Honra
me dan todavía.
La española bizarría
Celebro, de levantar
Un templo donde hospedar
La musa
extraña primero:
Bien sé yo que al forastero
Se debe el mejor lugar.
Mas, cuidado,
que si pasa
A dominio el hospedaje,
Quizá en daño
y en ultraje
Cederá de los de casa.
Aún de
cólera me abrasa
La queja poco leal
De aquel Téllez
infernal
Que dijo con necio engaño:
«Madrid halaga
al extraño,
Y al hijo le trata mal.»
CALDERÓN
No temáis, señor, así;
A todo alcanza la mano
Donde el cetro castellano
Resplandece
frente a mí.
Por algo me han puesto aquí:
El sol amanece ya,
Que artes, ciencias, cuanto da
Timbres
a España y valor,
Con su rayo bienhechor
Vívido
fecundará.
1850.
En la inauguración de la escuela central de agricultura
Al rico y al pordiosero,
A la hermosa
y al galán,
Sustento y abrigo dan
Labrador y ganadero.
Del redil y del granero
El tesoro bienhechor
Esparce en
su alrededor
Raudal de vida fecundo:
Son providencia del
mundo
Ganadero y labrador.
¿Por
qué mirar con desdén
Al que arte profesa tal?
-Por ser estimado mal
Quien vende barato el bien.
-Pero
tus quejas detén,
Clase abatida hasta aquí:
De haberte olvidado así
Nuestra patria se avergüenza,
Y hoy con ventaja comienza
La justicia para ti.
Hoy del polvo te alzarás
En que
tu humildad yacía;
Mas también desde este
día
De ti España exige más.
Con la
ciencia adornarás
Tus usos de antigua fecha;
Mire
el que siembra y barbecha
Que está ya bien demostrado
Que juntos libro y arado
Multiplican la cosecha.
Prueba ofrecerá segura,
Que tanta
verdad abone,
La campiña ésta, en que pone
Su trono la Agricultura.
Cual rompe la nube obscura
Vívido
el rayo del sol,
Matizando su arrebol
Ardua cima y honda
cuenca,
Radiará de La Flamenca
Bien para el suelo
español.
En él la
divina mano,
Que hoy se nos retira escasa,
12 12
La copa vertió
sin tasa
De su favor soberano.
Clima feliz, rubio grano,
Frutos con dulce sazón,
Reses de fardo y timón,
Reses de aprisco y de guerra,
Dote de la hispana tierra
Fueron siempre y aún lo son.
Hágase
un día valer
Esta abundancia sin par:
Tener y no
aprovechar
Equivale a no tener.
Bebió del Guadiana
ayer
La oveja, cuyo vellón
Hoy en distante región
Hace rico al hábil dueño:
¡Logre el pastor
extremeño
Lo que ha logrado el sajón!
Ostenta con ufanía
Su célebre
vino el Rhin:
Es fuerza que tenga fin
Esa injusta nombradía.
Las cepas de Andalucía
Rinden jugo superior:
Adelgazad
su vigor,
Traiga sin riesgo el placer;
Echadle un poco
a perder,
Se le tendrá por mejor.
Más
trabajo os costará
Del bruto amansar la casta,
Que
espanto, al bajar el asta,
Al león de África
da.
Víctimas reciba ya
Más pingües el
matadero,
Y el yugo del carretero
Más altas cervices
ate:
No es de sentir, si combate,
Que no peligre el torero.
Principios ciertos y claros
Vais
a difundir, señores;
Pero a luchar con errores
Necesitáis
prepararos.
Por ignorantes reparos
No os dejéis
alucinar;
Formad en particular
Empeño de convertir
Al que no deja vivir
Ni arboleda ni tallar.
Por
librar de merma el trigo
Echa el incauto en las llamas
El álamo, cuyas ramas
Dieron al gorrión abrigo.
Mas al voraz enemigo
Verá en su techo anidar.
Sobra
en España lugar
Para selva y para mies:
Yermarla
de árboles es
Agua a las fuentes robar.
Sin
ellas mueren los prados,
Que dan al ganado vida,
Y es la
labranza perdida:
No hay labranza sin ganados.
A cabañas
y sembrados,
Al colmenar y al vergel
Llevad con examen
fiel
Cuanta mejora es precisa.
Marcha hoy el saber aprisa:
Marchad a la par con él.
En
su estado natural
Produce el espino adusto
Mezquina baya
sin gusto,
Que ni aun la pica el zorzal.
Injertadle con
peral,
Y el fruto mejor tendréis.
Alumnos, esto
hallaréis,
Si a la rústica experiencia
Vástagos
nobles de ciencia
Con tino aplicar sabéis.
Y la patria os deberá
Su más
preciado tesoro.
Que busque el minero el oro:
Con el oro
os buscará.
Y cuando vuelvan acá
Los que
hoy nuestro suelo ven,
Y justa alabanza den
Al claro cielo
de España,
Clamen con sorpresa extraña:
«Su
campo es cielo también.»
Y
cuando quiera el viajero
Saber quién pudo tornar
Granja hermosa el tomillar,
La ciénaga abrevadero,
Un nombre dirá el vivero,
Otro el taller de la miel,
Otro el guía del corcel
Recio, gallardo y veloz;
Y España en sola una voz
El de la augusta ISABEL.
Leída en La Flamenca , el día 28 de septiembre
de 1856.
Versos para la primera distribución de premios a
la virtud, celebrada en Madrid.
Dijo en el Pindo un pastor
A las
hermosas de allí
«Bellezas, venid a mí:
Quiero
cantar la mayor.»
Tres solas fueron
al juez
Por la vega ancha florida:
La competencia del Ida
Principió segunda vez.
Llegársele,
ya intranquilo,
Vio el pastor a la primera:
Tesoro de encantos
era,
Viviente Venus de Milo.
Naturaleza,
empeñada
En su más difícil obra,
Cien
gracias le dio de sobra,
La del pudor no sobrada.
Ella, el ligero cendal
De los hombros
derribando,
«Soy (dijo con eco blando)
La Belleza corporal.»
«De amor, al verte, se inunda
(Repuso el juez) valle y monte:
Ven, y a mi derecha ponte;
Llega la beldad segunda.»
Con
laurel se coronaba,
Y un sol en su frente ardía:
La primera seducía,
La segunda arrebataba.
«Hija del Numen Ismenio
(Prorrumpió),
su lauro doy.
Cántame sola: yo soy
La Belleza del
ingenio.»
Sintió el pastor
dentro en sí
Fuego inspirador.-«¡Oh! ven.
Ponte
a mi diestra. Mas ¿quién
Viene al certamen tras ti?»
Con tímido paso lento
Caminaba
la postrera,
Corno si allí la trajera
Resistido
mandamiento,
Y no avezada a salir
Nunca de su pobre hogar,
Quisiera el valle cruzar,
Excusando
el competir.
La envolvían
hasta el suelo
Pliegues de un manto de lino:
Rasgos de
rostro divino
Dejaba entrever el velo;
Y
de su andar al rumor,
Entre las auras movidas,
Harpa y
flores escondidas
Música daban y olor,
Que
la razón natural
Creía, sin más aviso,
Fragancia de Paraíso
Y ecos de harpa celestial.
«Tú eres la beldad sin tilde
(Clamó el pastor); alza el manto.»
Bajos los ojos
en tanto,
Callaba la hermosa humilde.
Tras
un momento de calma,
Dijo en los aires expresa
La voz de
un arcángel: «Esa
Es la Belleza del alma.
»Con viva solicitud
Conságrale
ofrenda pura:
No hay en el mundo hermosura
Más grande
que la virtud.»
Asió el
pastor anhelante
Del velo a la hermosa en vano:
Con él
se quedó en la mano,
Con blanca niebla delante.
Y en las célicas regiones
La voz
añadió: «Mortal,
De la Belleza moral
Se juzga
por las acciones.»
Y la niebla se aclaró,
Y, en el fondo de un vergel,
España, la de Isabel,
Al zagal apareció.
Con
su corazón a solas,
Que ardor patriótico inflama,
Vio pasar en panorama
Cien virtudes españolas.
El silencio en que han yacido
Su alto
valor constituye:
Son el Guadiana, que fluye
Bajo la tierra
sin ruido.
El heroísmo tal
vez
Más digno de admiración
Queda oculto
en un rincón
Sin testigos y sin juez.
Mas
viva en tiniebla densa
Quien el bien haciendo vive:
Lo
sabe quien lo recibe,
Y Dios que lo recompensa.
Vio el pastor en su lugar
Lo que hoy nuestros
ojos ven.
Ya quiere España también
La virtud
recompensar.
Allí del falaz
Apolo
Arroja el cantor la lira:
Ya mente y labios le inspira
Puro sentimiento solo.
Él
quiso dar un laurel
Y hay ciento aquí prevenidos:
Oigamos con sus oídos,
Viendo y sintiendo con él.
La virtud se ofendería
Si en épica voz se oyera:
Su gala es ser verdadera,
Y el rubor su poesía.
Contemplad
¡cuán a deshora
Esa doncella trabaja,
Entre luz
trémula y baja
Y el rosicler de la aurora!
-¿Cuándo al reposo te entregas,
Josefa?
13 13 Va a amanecer.»
-«¡Ay! tengo que mantener
Mi madre
y mi hermana ciegas.»
-«Amalia,
14 14
dame tu mano;
Tu amor con tu mano pido.»
-«Son de mi padre
impedido,
Mi anciana madre y mi hermano.»
-«En
este claustro hallarán
Fin tus anhelos, María.»
15 15
-«Mi ama se quedaría,
Si yo la dejo, sin pan.
«Inseparables las dos,
De aquel propósito
cedo:
Sierva del mundo me quedo
por el servicio de Dios.»
-«Niño,
16 16 por fin te curé;
Mas tienes que abandonar
Tu ejercicio militar.»
«Mi madre
pierde mi pre.»
-Mirad esa, a quien
dejó
La razón sin un destello,
Feroz agarrarse
al cuello
De aquélla de quien nació.
17 17
Persigue con furia igual
A su hermana
18 18
otra demente.
«¡Afuera! grita la gente.
Los locos a su
hospital.»
-¡Mi hija! ¡Mi hermana!
Yo
La tendré lejos de mí,
Después
de mi muerte sí,
Durante mi vida no.
«Sólo
las fuerzas apoca
De mi larga resistencia
La lucha con
la indigencia,
No el reluchar con la loca.»
Mas
¿qué desgraciado clama?
Cuatro anegándose
están:
Triunfantes bramando van
El Tajuña
y el Jarama.
«Ya la ropa me desciño.
¡Ánimo! no hay que temer.»
¡Acudid a esa mujer
Que tiene en brazos un niño!
¡Envía,
Dios que lo ves,
Libertador oportuno!
Para los dos hubo
uno;
19 19
Para hijo y madre hubo tres.
20 20
De
tu solio a manos llenas
Vierte, Señor, bendiciones
Sobre tantos corazones
21 21
Con sangre santa en las venas.
No ha muerto aún, ya se ha visto
Con gozosa maravilla;
No ha muerto aún la semilla
Que echó en el Gólgota Cristo.
Poniendo
a los vicios dique,
Premiando el ejemplo bueno,
Se hará
que en el buen terreno
Más la virtud fructifique.
Sociedad, que al bien caminas,
Cuando así le galardonas,
Valen mucho esas coronas
Que cubren otras de espinas.
Regia
mano las ciñó
Y adquieren más precio
ya.
¡Feliz quien el premio da!
¡Bendito quien le ganó!
1861.
Con motivo de poner S. M. la reina (Q. D. G.) la primera
piedra del edificio destinado a museos nacionales y biblioteca
No hay magnífico señor,
Ni humilde trabajador,
Que a veces no necesite
De un amigo
que le quite
Duda, pena o mal humor.
No
hay sabio tan engreído,
Que de atender se desdeñe
A quien, por él escogido,
En cualquier tiempo le
enseñe
De balde, y solo, y sin ruido.
No
hay pecador pertinaz,
Que se rebele al consejo
De quien,
hablándole en paz,
Le mire sin entrecejo,
Inalterable
la faz.
Este amigo, útil
y fiel,
Que instruye, refiere y pinta,
Vestido gasta de
piel,
Es mudo, y habla en papel,
Y señas hace de
tinta.
Hay alguno que, traidor,
En cáliz engañador
Ofrece mortal veneno;
Pero entre ellos, uno bueno
Es el amigo mejor.
Éste, que gusta de dar
Lección,
y que no nos cueste,
Es el libro: hay un lugar
En que prefiere
habitar,
Y una biblioteca es éste.
Después
que el hierro colgó,
Ya ganada en recia lid
La corona
que heredó,
Una Biblioteca dio
Felipe quinto a Madrid.
Hoy Madrid, harto distinto
Del
que Felipe veía,
No cabe ya en su recinto,
Ni en
sí aquella librería
Que fue de Felipe quinto.
Pantoja en la Trinidad
Clama que
tiene sin luz
Sus cuadros, y es la verdad:
Halle por la
Cruz piedad
Juan Pantoja de la Cruz.
La
gran ISABEL deseos
Tenidos por devaneos
Hoy en realidades
trueca:
Nacen aquí dos Museos,
Renace una Biblioteca.
Tu nombre, Señora, lleve,
Cruzando el espacio leve,
La Fama por todas partes:
¡Bien
haya quien a las Artes
Da el templo que se les debe!
¡Bien haya la gran nación,
Que
sabe en digna ocasión
Cambiar con alta cordura
Tesoro
sin duración
Por otro que siempre dura!
Lo
que por tantos es hecho
Con largueza meritoria,
Concede
a todos derecho
A la parte del provecho
Y a la parte de
la gloria.
En las grandes condiciones
De la humana sociedad,
Para adquirir sus blasones,
La
gloria es necesidad,
Es vida de las naciones.
Y
las glorias nacionales
Piden la magnificencia
De alcázares,
en los cuales
Tengan el Arte y la Ciencia
Sus próvidos
arsenales.
A la fuente perenal
Un pueblo acude a beber,
Y no agota el manantial:
Fuente
hay que presta saber,
Sin merma de su caudal.
Ya
por los anchos salones
Del edificio futuro
Me llevan mis
ilusiones:
Damas en él y varones
Aquí y allá
me figuro.
Los unos en marcha lenta
Viendo van y conversando;
El observador se sienta,
Y un
joven allí copiando
Colora un lienzo que alienta.
¿Quién sabe si ese mancebo,
De exterior grave y sencillo,
Vendrá en dichoso
relevo
A ser segundo Murillo,
Ribera o Velázquez
nuevo?
¿Quién sabe si de
esos dos,
Que el uno del otro en pos,
Lugar buscan oportuno,
Voz de Clío será el uno
Y el otro lengua
de Dios?
Fija en un disco la lente
Aquél, y descubre sabio
Luz que las sombras ahuyente,
Con que a la verdad latente
Fatal error hizo agravio.
Aquél, que de golpe cierra
Su
libro y de allí se va,
Nuevo Arquímedes quizá,
Quiere en peso alzar la tierra,
Y dio con el punto ya.
¡Oh tú, en cuyo paralelo
No puede ponerse nombre!
¡Oh tú, bendito del Cielo,
Que supiste asir al vuelo
El son de la voz del hombre!
Tú inmóvil y permanente
La hiciste de fugitiva,
Y del tiempo en la corriente,
Columna blanca valiente,
¡Se alza entre naufragios viva!
Por ti el pensamiento vario
De
una y mil generaciones
Encontró depositario;
Por
ti formó de sus dones
La Ciencia inmortal erario.
Por el libro nuestra edad
Con
diadema se engalana
Que labró la antigüedad;
Y un libro será mañana
La ley de la humanidad.
Nunca sin alto loor
Y gratitud
infinita
Se nombre al Genio inventor,
Que al dar la palabra
escrita,
Hizo al mundo el bien mayor.
Con
ella un pueblo educado
Aquí... ¡Oh falaces quimeras!
¡Oh ilusión! Sólo he quedado
En un arenal
cercado
De mástiles y banderas.
Prematuro
es el contento
Del corazón anhelante:
Principio
tiene el asiento
Del palacio del talento...
Miro el fin...
¡ay! ¡cuán distante!
La
flaca voz enfermiza,
Que este día solemniza,
Muda
en el otro será;
Mas donde esté mi ceniza,
Saltos de gozo dará.
Madrid 5 de mayo de 1866.
Quien dio la vida al ciego,
Quien
dio la voz al mudo,
Quien vida nueva pudo
A Lázaro
infundir,
Hoy pende de un madero,
Y espira escarnecido
Del pueblo fementido
Que viene a
redimir.
Quebrántase la
roca;
Sin luz se queda el cielo;
Retiembla, roto el velo,
El arca del Señor;
Y al
ver los querubines
La cruz que los aterra,
Dirigen a la
tierra
Miradas de furor.
-«La
sangre que han vertido
Los clavos y la lanza,
Pidiendo
está venganza:
Dejádnosla tomar.
»Descienda
nuestro rayo,
Y que haga furibundo
Cenizas ese mundo
Rebelde
sin cesar.»-
En tanto que al Eterno,
Inmóvil en su trono,
Acusa de abandono
La hueste
de Miguel,
Bendicen el arcano
De amor ardiente lleno
Los justos en el seno
Del padre
de Israel.
Que ya de su ventura
Llegó por fin el día,
Y al Hijo de María
Unidos volarán;
Dejando
el Paraíso
La víctima inocente
Abierto al
descendiente
Del ya feliz Adán.
Pero si hoy en patíbulo espira,
Juez vendrá severísimo luego,
Más
terrible entre nubes de fuego
Que en su cima le vio Sinaí.
¡Ay entonces del que haya perdido
De
la gracia el divino tesoro!-
Yo, Señor, tus piedades
imploro;
Yo pequé: ¡desgraciado de mí!
A Nuestra Señora en la traslación de su imagen
de la Fuencisla a su santuario22 22
Salve, Reina poderosa
De los hombres
y del cielo,
Templo de oro, blanca rosa,
Fuente viva de
consuelo
Para el triste pecador.
Salve,
tú que a la serpiente
Que rindió nuestra flaqueza
Quebrantástele la frente;
Salve, espejo de pureza,
Virgen madre del Señor.
Como
el sol que el orbe dora,
Sin descanso tú repartes
Del ocaso hasta la aurora
Tu piedad en todas partes
Con
desvelo maternal.
Y a tus pies hoy reunido
Todo el pueblo segoviano,
Las mercedes que ha debido
Al
Eterno por tu mano
Agradécete leal.
Cuando
airado el Juez tremendo
En la tierra nos aísla
Con
los males combatiendo
¡Madre nuestra de Fuencisla!
Nuestros
ayes van a ti.
Que es tu seno de ternura
Rico vaso que recoge
Nuestro llanto y le depura;
Y así
Dios el ruego acoge
Que ofendiérale sin ti.
Levantó su voz la guerra
Por los
ámbitos de España,
Y amagó dejar la
tierra
Plaga horrible con su saña
En total devastación.
Suspirando, al templo sacro
A
implorar tu gracia fuimos,
Y a tu augusto simulacro
Con
el luto le vestimos
Que llevaba el corazón.
Y al Altísimo aplacaron
Tas plegarias,
Virgen pía,
Y las tumbas se cerraron
Que la peste
cada día
Ensanchaba más tenaz.
Y
cesó la lucha horrenda,
Más terrible que la
peste,
Y los gritos de contienda
Resarció el favor
celeste
Con los himnos a la paz.
Muda
ya la fiera trompa
Que sonaba con espanto,
Da Segovia en
esta pompa
Y en la gala de tu manto
Grato indicio de su
fe.
Signo es doble, Madre nuestra,
De
salud por ti alcanzada,
Y a la par también demuestra
Que de España desterrada
La discordia al fin se
ve.
Brillen, pues, los rayos puros
Del clarísimo lucero,
Que al salir de nuestros muros
Testifica al mundo entero
Tu dichosa traslación;
Y hagan hoy sus tornasoles,
Por influjo
soberano,
Desde aquí a los españoles
Ser
un pueblo todo hermano,
Más familia que nación.
Y esta España, cuyo aliento
Se dignó el saber profundo
Elegir por instrumento
Que rindiera medio mundo
A la cruz del Salvador;
Logre
ser ¡oh Virgen pura!
Por lo fiel que te venera,
La nación
de más ventura,
Ya que ha sido la primera
En virtudes
y valor.
Imagen de mi adorada
Consuelo de
mi dolor,
Única prenda salvada
Del naufragio de
mi amor,
¿Por qué clavados
están
Siempre mis ojos en ti,
Si jamás en
ti verán
A la hermosa que perdí?
¿Dónde
el fuego de sus ojos
Me ha conservado el cincel;
¿Dónde
los matices rojos
De su labio de clavel?
Mas
¿pudo quedar cautiva
En piedra, tela o metal
Su belleza
fugitiva,
Su mirada angelical?
Naturaleza,
al formarte,
Ídolo del alma mía,
Quiso luchar
con el arte
Que en imitarla porfía;
Y
dijo con altivez
Después que en ti se miró:
«Que venga el hombre esta vez
A copiar lo que hice yo.»
Triunfabas, naturaleza,
Y triunfas
en mi memoria;
Pero ¡con qué ligereza
Renunciaste
la victoria!
Polvo ya la criatura
Donde brilló tu poder,
No tiene esa piedra dura
Competencias que temer.
Diestro,
escritor, anduviste;
Disculpa mi loco error:
No hay en
la boca del triste
Sino acentos de rigor.
¿Qué
dejaras por hacer
Al que rige las esferas,
Si tú
una piedra pudieras
Trocar en una mujer?
Debiera
yo comprenderte,
Y en ese mármol fatal
Ver el triste
material
De las urnas de la muerte.
Memorias
de destrucción
Graba en él la humanidad:
¡Era fatídico el don,
Escultor, de tu amistad!
Yerta me representaste
La faz del bien
de mi vida:
¡Pronto la vi convertida
En el mármol
que labraste!
Como él encontré
de frío
Su labio cárdeno y mudo,
La única
vez que no pudo
Responder al labio mío.
¡Cuántas
veces, dulce dueño,
Turbó con su huella ardiente
La dulzura de tu sueño
El beso que di en tu frente!
Mas no te pudo arrancar
De aquel
letargo profundo:
De él sólo has de despertar
Al ay de muerte del mundo.
¡Qué
condición miserable!
¡Cuánta es del hombre
la mengua!
¡Tener un ángel que le hable,
Y no comprender
su lengua!
Aquella noche postrera,
Bien mío, de tu vivir,
Tú me hablabas placentera
De un dichoso porvenir.
En tu
semblante lucía
Profética inspiración:
Era tu hablar de alegría,
Y era lúgubre su
son.
¡Cerca de la dicha estabas!
¡No fue el presagio falaz!
Poco después habitabas
Las regiones de la paz.
Como antorcha
moribunda
Tal vez aviva su fuego,
Y el aire de luz inunda,
Y en sombrase abisma luego;
Así
aureola brillante
De esperanza y juventud
Te ciñó
por un instante,
Palpando ya el ataúd.
Fugaz
relámpago aquél
De dicha para los dos:
Todo
fue ternura en él,
porque era el último adiós.
Así nos viene a halagar
Con su plácido arrebol,
Y se hace más bello
el sol
Al sepultarse en el mar.
Leía
en tu languidez
La muerte su triunfo vil,
Viendo tu rosada
tez
Vuelta en pálido marfil.
Bella
y fuerte de improviso,
Venturas te prometías...
-Era que abrir te veías
Las puertas del Paraíso.
Tal te miro en ilusión,
Que en mi despecho me arredra,
Muchas veces en la piedra
Que te retrata en borrón.
Que
allá en las horas de calma
Vestidas de obscuridad,
En que misterios al alma
Revela la eternidad;
Si
tu imagen se estremece
Cuando el viento ronco zumba,
Que
levantas me parece
La cabeza de la tumba.
Luz
que de purpúrea tinta
Se reviste, porque pasa
Por
pliegues de roja gasa,
Tu bulto cándido pinta;
Y sus rayos se despuntan
En el cristal,
24 24
que es el velo,
De tu semblanza de hielo,
Y resbalan y
se juntan;
Y ornan la impasible
sien
Con diadema esplendorosa,
Cual la que tu frente hermosa
Lleva junto al Sumo Bien.
La piedra
entonces se mueve,
Se reaniman tus luceros:
Ya coral en
vez de nieve
Son tus labios hechiceros:
Y
eres tú, la misma, aquélla
Que yo delirante
amé,
La que mi vida, mi estrella,
Mi cielo en la
tierra fue.
Tú, mi angélica
MARÍA,
Tan bella como te vi,
Tan llena de amor,
el día
Que diste el modesto sí.
De
tus labios el consuelo
Nace entre sonrisa pura,
Tu frente
exhala ventura,
Derraman tus ojos cielo.
Buscando
tus brazos voy,
Ciego a la luz con que brillas:
Adórote
de rodillas,
Y vienes a donde estoy.
Tu
ósculo me hace sentir
Tu inefable ser divino,
Y
de su encierro mezquino
Tras ti el alma quiere huir.
Con tu diestra la detienes,
Y batiendo
blancas alas,
Vuelas ¡ay! y me señalas
La mansión
de donde vienes.
Y en tu rápido
volar
Despidiéndote de mí
Te paras a pronunciar
Un espera y un allí .
Y
en el espacio azulado
Luego mis ojos no ven
Más
que un iris empapado
En fragancias del Edén.
Disipada la visión,
Cobras la
forma glacial,
Mas dejas al corazón
Esperanza celestial.
Que el hombre que a poseer
Llegó
entre delicias mil
Un puro angélico ser
En un cuerpo
femenil,
En el valle del dolor
Querer sólo puede ya
Unirse pronto a su amor
En
el cielo donde está.
Un vaso de agua. -¡Oh placer!
¡Qué
ardiente sed satisfago!
Quiero, bebido este trago,
Pararme
a sentir y a ver.
Fiel el vaso al parecer,
Del don que
ofrece se engríe;
Y tú, donde el bien sonríe
Al mustio labio anhelante,
Purísimo eres diamante
Que el dedo de Dios deslíe.
Si
tu caudal fuera escaso;
Si el ser yo tu posesor
Me costara
tu valor,
¿Con qué pagara este vaso?
Mas tú
te brindas al paso
En aire, en muros, en suelo;
Y el hombre,
libre de anhelo,
Olvida, en la posesión,
Que un
vaso de agua es un don
Preciosísimo del cielo.
Milagrosa obras en mí,
Desde que
tu néctar libo:
Con otro aliento revivo,
Regenerado
por ti.
De lucha en que me rendí,
Me levanto vencedor;
En mi espíritu y humor
Paz de oración blanda
cae:
¡Bien haya sed que me trae
Un bien que me hace mejor!
Ciencia, que en clara doctrina
Los componentes me prestas,
Mientras tú los manifiestas,
Yo adoro al que los combina.
A luz para mí divina,
Quiere mi credulidad
Ver hasta la saciedad,
Agua, en tu
naturaleza,
Las gracias de la pureza,
La imagen de la verdad.
Como siempre algún dolor
Ha de ir al placer unido,
Lanzo de pronto un quejido
En
mi júbilo mayor.
Después que con tal favor
Vida me vienes a dar,
Tú, que corres sin cesar,
¡Dulce fuente, néctar mío!
¿Te ha de viciar
turbio el río,
Salobre y amargo el mar?
«Alta
ley cumplo, inmutable
(Me respondes): limpio llego
Al río,
y allí me entrego,
De mí en todo irresponsable.
Ni manos tengo ni cable,
Ni de pararme intención,
Ni pérdida de sazón
Mi sosiego sobresalta;
Pureza nunca me falta
Para mi dulce misión.»
Purezas, que la merced
Mayor del cielo
formáis,
Yen el hombre suscitáis
Viva, devorante
sed,
Castas, cautas, retened
El don de más celsitud;
Rechazad solicitud,
Que su lealtad
no acrisola:
Sed habéis de apagar sola
De labios
de la virtud.
1875.
ELLA
Con luz harto macilenta
El día
se te presenta
De ti anhelado y temido.
Septiembre, seis,
ha venido:
Cumples hoy, Juan, los setenta.
No
abundan por acá mucho
Compañeros de tu edad:
Pasado, más que machucho,
Te veo, y oir te escucho
Tranquilo la novedad.
Pero aunque
hagas poco caso
De un anuncio de esta suerte,
Torpe ya
tu cuerpo y laso,
Mal en tu trémulo paso,
Mal se
ve para moverte.
Renqueando por
las calles,
Si a conocidos que te halles
Saludas cuando
los ves,
Por más que entre ti batalles,
Dices luego:
«Ése, ¿quién es?»
Con
flema, tal vez escasa,
Temes respondan quizá:
«Ya
todo a usted se le pasa:
¡Si es don Fulano, que en casa
Estuvo anteayer, papá!»
Su
poquillo te contrista,
No como satisfactoria,
La tal respuesta
imprevista,
Que dice cuál es tu vista,
Y cuál
también tu memoria.
Das
en errores extraños
A tiempos, como esta vez,
Del
tuyo son estos daños,
Del tuyo son desengaños.
Mal sin cura es la vejez.
No eres
ya el chico del día
Tantos de abril (abril era),
Cuando por la vez primera
Diste la mano a María
Para subir la escalera.
ÉL
No
los goces me recuerdes
De remotos años verdes;
Libro
fueron que rasgué.
Rasgas mi seno y le muerdes,
Tú, sierpe hoy, la que ángel fue.
Penas
entonces de un modo
Y de otro asaltarme vi;
Luchaba empero,
y vencí.
Con amor se vence todo,
Y amor y más
hubo en mí.
Esperando la
bonanza,
Yo al turbión le sonreía,
Con la
serena osadía
Del que males desafía
Escudado
en la esperanza.
La suya cumplida
ve,
Por fin, con delicia inmensa;
Dios al cabo recompensa
Al que opone por defensa,
Con el infortunio, fe.
Mil veces en mi interior
Me dije: «No
lo mereces,
Y Dios te da su favor,
Mostrándotelo
con creces
Junto al lecho del dolor.»
En
él mi esposa yacía;
En él suplicaba
fiel;
-Yo con ella. -Y escribía
Los Amantes de Teruel.
Allí guardo algún
acento
Que exhaló doliente y frío
El labio
del sufrimiento;
De allí el arrepentimiento
Me hizo
arrancar algo mío.
ELLA
Pues hoy
debes repetir
Ese que es digno ejemplar,
Y lo bueno dilatar:
Circunscríbete a rezar,
Y déjate de escribir.
Tu cabeza de contino
Te da cien
chascos al día:
Tras afanosa porfía,
Sales
con un desatino
Para que el mundo se ría.
Capricho terco avasalla
Tu mente donde
él preside,
y opone a tus miras valla.
¿Quieres
que el mundo te olvide?
Olvida primero y calla.
Fiel destello de razón
Te infunda
la reflexión,
De que en silencio completo,
Ganarás,
si no respeto,
Títulos a compasión.
Hombre a la razón sumiso,
Cumplir
el común aviso
Debe cauto, al malearse.
Entonces
es ya preciso...
1876.
La Reina Doña Isabel II en la declaración de
su mayoría Coplas en castellano antiguo
Ley mal aguisada, traída de allende,
Vedaba á la fembra sobir al dosel:
Tú nasces,
y en brazos Castilla te prende,
É grita Castilla:
«Que regne Isabel.»
Lid muévenos
dura tu avieso cormano:
Lid foé que de sangre la
tierra fartó;
Clamaba moriendo el fiel castellano:
«Que regne Isabela; mi vida le dó.»
Asaz
perezoso el tiempo venía,
Non daban á España
sus males vagar:
Vos recia por ende levántase un
día
Diciendo a Isabela: « Comienza á regnar.»
Sabroso es oirse nombrar soberana,
Non bien de la infanza salvando el confín;
Sabor
há tu sceptro de poma temprana,
Que amagos de robo
sofrió en el iardin.
Ya,
pues, que en el trono te ves regidera
É finca en
tu mano la nuesa salud,
De ti generosas albricias espera
La gen que á fablarte sus cuitas acud.
Sey
tú como el iris que en lúcida comba
Señal
de amistanza del cielo nos faz;
Sey tú como aquella
bendita palomba,
Que troxo en el bico la oliva de paz.
Muy más que el acero de innúmera
hueste
Que fiere cervices de indómita grey,
Muy
más puede un labio con riso celeste
Diciendo entre
hermanos: «Concordia teney.»
Catar
te conviene non yaga en oprobio
La fe, nin los buenos que
lievan su vos:
Non membre afambrida allá en el cenobio
La casta sorora, la esposa de Dios.
Bien
es que cuidosa tu regia auctoricia
Mantengas exenta de mengua
é revés;
Mas seya delante de tu alta iosticia
Igual del fidalgo el pobre burgués.
E
síguese dende que débese pura
Servar la ordenanza
del fuero común:
Franquicias donadas por ley é
natura
Non leixes que tengan desmedro ningún.
Farán en España firmísimo
asiento
La paz, abundancia é iúbilo ansí;
É todo del tuyo sagaz regimiento,
É todo,
señora, vendranos de ti.
Estonce,
al trabaio entrando cobdicia,
Verás bienandante la
puebla crescer,
Trabaio que luce contenta é desvicia,
Da pan á la boca, virtudes al cuer.
Estonce
los yermos agora cerriles,
Do apenas la bestia el paso conduz,
De acuáticas vías, de férreos carriles
Veránse do quiera taiados en cruz.
Estonce,
de fructos con rico tesoro
Bogante la nao de ardid mercader,
Trayranos en trueque de América el oro,
Que hoy
ya non es nueso, mas fuéralo ayer.
Estonce
(é tal día ¡que non seya lueñe!)
Granada
en dotrinas, haberes é honor,
Alzarse veremos la
nueva progeñe,
Que torne á la España
su antigo splendor.
Progeñe
que inore los odios villanos,
Causantes agora contino desmán,
Progeñe en que todos se embracen hermanos,
Legítima
prole del Cid é Guzmán.
¡Oh!
mueva de prerlo el tiempo su ruda
É á nos,
que nascimos á mala sazón,
Catar las primicias
la suerta conceda,
Del sino que atiende la nuesa nación.
Que veya, primero que el pie se
le hunda,
El vicio cercano del negro lindel,
Que veya en
España por esta Segunda
El siglo de aquella primera
Isabel.
É sí: verá
un pueblo sesudo, valiente,
Que en torno á su Reygna
bendizla é le diz:
«Tú noble, tú libre,
tú sabia é potente,
Tú, en fin, á
tu patria ficiste feliz.»
1843.
Al saber la noticia de la muerte de S.M.
La triste nueva de su fin recibo.
¡Era flor de virtud, joven y bella!
Yo, viejo inútil,
vivo.
¡Quién fuera digno de morir por ella?
26 de
junio de 1878.
Iba mirando la Fortuna un día
La
orilla del Genil,
Y una perla encontró donde yacía
El trono de Buabdil.
Era
la perla del Genil hermosa,
De precio
singular:
Con otras fue por la voluble diosa
Puesta
en su mismo altar.
Llegose en tanto a la Fortuna
un hijo
De los que más amó.
«¡Una corona para mí!» le dijo:
La
madre se la dio.
Rica, muy rica, pareciole al verla:
Diadema era imperial;
Mas faltaba
en su círculo una perla
Para
lucir cabal.
«Abrid vuestro tesoro soberano,
Y
haced completo el don.
-Escoge entre mis joyas por tu mano,
Según tu corazón.»
Solícito el Amor, libre de venda,
Volaba
por allí.
«Mira (le dijo al Príncipe) la prenda
Guardada para ti.»
Puso
en la margarita de Granada
Su dedo
blando Amor,
Y en la insignia del César engastada,
La realzó en valor.
«¿Es (me decís) tu narración amena
Fábula
de otra edad?
-Es (con robusta voz responde el Sena)
Magnífica
verdad.»
Esas dos palmas ved, que a gran distancia
Juntan sus ramos hoy.
A Granada
escuchad: «Trono de Francia,
Emperatriz
te doy.»
Aún la flecha de Amor hace atrevida
Conquistas al poder;
Aún
se ve repetir ennoblecida
La exaltación
de Ester.
Eras, Eugenia, tú, dulce ornamento
De tu natal país;
Ya resplandeces
donde tuvo asiento
La madre de San
Luis.
Por ella el cielo próvido te mande
La luz de su favor:
Deuda en el
solio contrajiste grande;
Tu espíritu
es mayor.
Haz de satisfacerla empeño y gala:
Digno es de ti ese afán;
A tu hermosura tu virtud iguala;
Tu
sangre es de Guzmán.
Sangre del que en Tarifa
puso freno
Al sitiador cruel.
Timbre
glorioso mereció de Bueno:
Sé
su heredera en él.
A entrambos mundos con
asombro tienes
Mirándote
los dos.-
¡Flor del suelo andaluz!... ¡Mil parabienes!
¡Emperatriz!... Adiós.
Cuando suene, de Francia bendecido,
Tu
nombre, en ecos mil,
No sentiremos el haber perdido
La
perla del Genil.
Febrero de 1853.
En el nacimiento del Príncipe Imperial de Francia Al Excmo. Sr. D. Salustiano de Olózaga.
Marzo de 1856.
Llegó la nueva: rápida
volando,
Mensajera feliz, el aire cruza
La fama, cuya
voz pujante llena
Los valles anchos y las hondas grutas.
Francia a la hermosa Emperatriz,
que el suelo
Granadino le dio, madre, saluda.
Hierve en
gozo París; desde sus muros
Me manda la amistad...
Tomo la pluma.
Deja, Salustio,
que obsequiosos cerquen
Egregios vates la cesárea
cuna:
Disonaría de sus arpas de oro
La de tu amigo,
destemplada y ruda.
Benignas otro
tiempo visitaban
Este humilde rincón plácidas
musas;
La paz de mi retiro las atrajo;
Las apartó
de mí la desventura.
Falta
aquí el ángel del consuelo mío.
Llora
una madre aquí; no ven la suya,
Y la llaman a gritos,
y no viene,
Tres desafortunadas criaturas.
Partió
con ellas de Madrid; contaba
Tornar con ellas... ¡Esperanza
ilusa!
Con traje de orfandad los tres volvieron;
No volverá
la que a los tres enluta.
Casi
a la hora que por vez primera
Se oyó nombrar a la
Consorte Augusta ,
Del placentero título adornada,
Gloria y dulce temor de la hermosura;
A
las trémulas manos de otra madre,
Revueltas en montón,
llegaban juntas
Prendas que fueron juveniles galas,
Despojos
ya que desechó la tumba.
No
me es dable cantar: piadoso el tiempo
Reprime el llanto
y el pesar endulza;
Para la triste esposa de tu amigo
Más
crece con el tiempo la amargura.
No
me es dado cantar. Estos borrones
Destinados a ti, guarda
y oculta:
Parabienes, Eugenia, escucha gratos,
No quejas
de dolor inoportunas.
Tú,
cuya voz tan elocuente fluye
En el trato social y en la
tribuna,
Y a la Madre feliz de César nuevo
Sus dichas
puedes anunciar futuras;
Aprovecha
el instante en que sus ojos,
Bellos como la luz que nos
alumbra,
Los horizontes penetrar queriendo,
Miren a España
con filial ternura;
Y dile entonces
que si Francia en ella
Las esperanzas de su dicha funda,
Españoles también por ella al cielo
Votos
dirigen de la fe más pura.
¡Logre
ese Niño , que entre palmas nace,
Ganar aquélla
que jamás caduca!
La de regir su generoso pueblo
Con ley de paz y amor próvida y justa.
Padece
aún su combatida patria
De heridas viejas de azarosa
lucha:
Llegue su mano allí, y al blando toque
Lesión
no quede ni señal ninguna.
En
la remota orilla del Euxino,
Cuyos escollos baten furibundas
Hinchadas olas que al chocar bramando
Su enojo escupen
en hirviente espuma,
Allí
a la paz en lóbrega caverna
Con hierros en los pies
Marte sepulta:
Cautiva lanza lastimeros ayes,
Y el fragor
de la mar los traga y burla.
Gruesos
cañones de contrarias huestes
Sobre la inmensa cárcel
se sitúan,
Y del rimbombe horrible de sus rayos
El tormentoso piélago murmura.
Los
férreos globos, que de entrambas partes
El polvo
estallador ardiendo empuja,
Siembran la destrucción,
llevan la muerte
Do quier que llega su potente furia.
De las entrañas de la tierra salta
Volcán labrado por fatal industria,
Que armas, y
combatientes, y defensas,
Arroja por las diáfanas
alturas.
Cada postrer suspiro del
soldado,
Víctima allí de su infeliz fortuna,
Cuesta, sonando en el hogar paterno,
Mísero lloro,
devorante angustia.
Tenga ese azote
fin. Cuando a la tierra,
Mal de las aguas del Diluvio enjuta,
Salir dudaba la familia indemne
Generadora de la edad segunda,
Blanca paloma con el ramo vino,
De perdurable paz señal segura:
Traiga el Hijo de
Luis la oliva santa
Que a un diluvio de mal término
anuncia.
Esto dirás a la
Guzmana madre,
Que electa del Señor, planta fecunda,
Vea en torno de sí ricos renuevos
Donde amor sus
encantos reproduzca.
Esto dirás
en el lenguaje noble
Que presta a la verdad gala y dulzura;
Para plácemes tiernos hoy inhábil,
Agria
mi voz al corazón calumnia,
Siglos
un español faustos desea,
Gloria sin fin a la progenie
augura
Napoleón-Guzmán...-¡Oh Dos de Mayo!
Dios no permitirá que vuelvas nunca.
Marzo de 1856.
A los serenísimos señores Infantes, Duque
y Duquesa de Montpensier
El suelo final dormía,
Tendida
en funérea caja
Con blanca y negra mortaja,
La joven
madre María.
25 25
Y hallando
el acceso franco,
Un niño en la sala entró,
Y muerta a su madre vio,
Vestida de negro y blanco.
Miró el niño el cuerpo inerte
Con infantil impiedad:
Estaba en la tierna edad
Que aun
ignora que haya muerte;
Mas causáronle
estupor
Aquellas manos en cruz,
Y aquel traje, y tanta
luz
De su madre en derredor.
Le
alzó en brazos por detrás
Un mancebo con cariño:
Sacaron de casa al niño,
Y a su madre no vio más.
En un templo cierto día
Dar vio reverente culto
A un triste y hermoso bulto,
Que
blanco y negro vestía.
Cercábanle
ardientes cirios;
Las manos le vio cruzadas,
Y en el pecho
siete espadas
Indicando sus martirios.
«¡Mirad
a mi madre allí!»
El niño al punto exclamó.
Un joven le dijo: «No.»
Le dijo una anciana: «¡Sí!
Lo es tuya de varios modos
María,
que allí se ve.
-María mi madre fue.
-María
es madre de todos.»
Juntó
con piadoso error
El niño (y hombre las junta)
La
madre que vio difunta
Con la Madre del Señor.
Y dulce interés despierta
Oírle
en voz conmovida:
«Primer recuerdo en mi vida
Fue ver a
mi madre muerta.»
«Veloz el tiempo
corrió:
Si el bien alcanzo que anhelo
Veré
a mi madre en el cielo,
Joven ella, viejo yo.»
A
joven no era llegado,
Y unas flores vio arrancar
De tierra
que fue solar
De humilde albergue arruinado.
Y
un hombre dijo sombrío,
Suspendiendo su labor:
«Donde
esta campestre flor,
Nació tu madre, hijo mío.»
«La casa materna, altar
Debe para
el hijo ser:
¡Feliz, si viene a caer,
Quien la puede levantar!»
Por más que al hijo desplace,
Poco el suelo poseyó
Donde su madre nació,
Nunca el suelo donde yace.
Al
muro que el tiempo arrasa
Da tumba naturaleza,
Ni aun deja
ver la maleza
Las ruinas de aquella casa,
Ruina
era así la capilla
Que, depuesto el rudo almete,
Alzó sobre el Tagarete
El Rey que ganó a
Sevilla.
Morada en tiempos mejores
Fue de la mística flor,
Que es Madre del Redentor
Y Madre de pecadores.
Ni el nombre
más venerando
Las iras del Tiempo ablanda;
Mas vio
por tierra Fernanda
La fábrica de Fernando;
Y el digno Esposo la vio,
Que es de Príncipes
ejemplo;
Y a la voz de entrambos, templo
La ruina resucitó.
¡Bien haya el amor filial
De la
pareja querida,
Que alza la casa caída
De la Madre
universal!
Aceptad la predicción
De aquel hijo lastimado:
Por su boca os ha enviado
María
su bendición.
La obra de
piedad que hacéis,
En sí el galardón
encierra:
Dad a Dios casa en la tierra,
Y en el cielo la
tendréis.
21 de septiembre de 1869.
Epístola de Don Quijote, en rancio lenguaje caballeresco,
adereszada al muy respectable público matritense
Caballeros é donceles,
Dotos
rancios é noveles,
Damas, ya grandes, ya chicas,
Regalonas doncellicas,
É vos, la de aguja y plancha,
É tú, que adobas jigote:
Vos escribe Don
Quijote
De la Mancha.
Honráis
con farta razón
Al perínclito varón,
Cuyo bulto de metal
Reverencian por igual
Congreso é
Medinaceli
26 26 ,
Cuando, quitado el bonete,
Saludan á
Cide Hamete
Benengeli.
Agora,
si al caso faz,
Yo vos demandara en paz
Que, otra vegada,
la fiesta
Para Cervantes aquesta,
Que noble intención
descubre
De que Madrid le remiembre,
Se le ficiera en septiembre,
No en otubre.
Cierto que hoy,
día que es
Nono del deceno mes,
Cervantes el afamado
Fué en Alcalá baptizado;
Mas, por negligencia
grave
(Que suplir quisiera yo),
Cuál fué
el día en que nasció,
Non se sabe.
Pero habedes certidumbre
De que era estonce
costumbre
Cristianar á los infantes,
Llevando ya
en fajas antes
Días, no en corta porción;
Y de veintiocho fué
Á la pila de la fe
Calderón.
É como el santo del día
En que el pequeñuelo abría
Sus parpadicos
al sol,
Daba nombre al español;
Y en el baptismal
papel,
Á Cervantes pertinente,
Hay el nombre solamente
De Miguel;
Veintinueve del pasado
Debió ser el señalado
Con el fausto nacimiento:
Día en que el magín atento
El nombre topa
de aquel
Santo Arcángel eminente,
Que firió
la impía frente
De Luzbel.
É
que non me llevo chasco
Piensa el Bachiller Carrasco,
É,
demás del Bachiller,
Sancho Panza, su mujer,
Mi
Cura, home gravedoso
El rapista de mi aldea,
É mi
sin par Dulcinea
Del Toboso.
Importa
empero un ardite
Que á Cervantes felicite
La afición
con que venís,
Hoy, día de San Dionís,
Ú esotro, pasado ya:
Como es del mérito paga,
Cuando-quiera que se faga,
Bien está.
Non
cuenta España scriptor
De lauro merescedor,
Que
á Cervantes aventaje;
Non es de ninguno ultraje
Proferir en noble canto
Que la su gloria consigne:
«¡Nadie
cual el manco insigne
De Lepanto!»
Por
él en Orán é Flandes,
En las lomas
de los Andes
É las playas de Luzón,
Don Quijote
y Sancho son
Conoscidos por do vamos:
Nos nombran en el
camino,
Y al caballo y al pollino
Que montamos.
El orbe señala entero
Á
mi Duque y mi ventero,
Al bien malparado Andrés,
Al bizco infame Ginés,
Maritornes, tuerta é
fea,
El hábito de Luscinda,
É las trenzas
de la linda
Dorotea.
Cervantes
vida nos da,
Que dura é perdurará
Mientras
fiel quede una mano
Persignante en castellano;
É
quede ó no: -Bien lo fundo;
Que si acontesce tal
mengua,
Ya nos ha dado su lengua
Todo el mundo.
Mísero mi autor vivió,
Y en mi figura pintó
Su malandanza cruel:
Por poco
es dueño de Argel;
Y en la patria que fulgura
Con
luz por él encendida,
Tuvo pobre, ya perdida,
Sepultura.
Yo, pues, el famoso Hidalgo,
Vos
pido, por lo que valgo,
Que al valiente en la campaña,
Rey del ingenio de España,
Digáis con voces
amantes,
Que en bronce la fama escriba:
¡Eterno el renombre
viva
De Cervantes!
Leída en el teatro de la Zarzuela
en la noche del 9 octubre de 1861.
Febrero de 1562.
En un humilde aposento
De una posada
en la corte,
Forastero y forastera
Se dicen castos amores.
Mujer y marido son,
Joven él, y ella más
joven:
Lágrimas vierte la dama,
Y pide perdón
el hombre.
«Matábanme, Félix mío,
Mis celosas aprensiones...
Cuando aprensiones las llamo,
Yerro a propósito el nombre.
Sin avisártelo,
vengo
De Asturias a que me informes
Qué tan cierto
es que en Madrid
Ofendes a tu consorte.
No ha de amarte
más que yo
La que tu fe me soborne;
Y algo por bella
me debes,
Y algo por discreta y noble.»
Suspendió
aquí la quejosa
Las tiernas reconvenciones,
Porque
en el rostro el deudor
Le dio con la paga entonces.
Fatigada
la viajera,
Y siendo bien que repose,
La lleva Félix
en brazos...
Dios les bendiga la noche.
25 DE NOVIEMBRE
DEL MISMO AÑO
Devoción
me merece
San
Lope obispo:
Lope
quiero que sea
Nombre
del niño.
-Ponle
dos, ponle,
Por
mi amor y tu gusto,
Félix
y Lope.
Bajo el rústico dintel
Del Corral de la Pacheca,
Cisneros el comediante
Habla
con Félix de Vega.
«Pasmado (le dice) estoy
De que
haya en edad tan tierna
Quien ya en sus cuatro jornadas
Componga en verso comedias.
Once años cuenta Lopico,
Y pasos encuentro en esa,
Que no los tiene mejores,
Virués
ni Juan de la Cueva.
De amor y de celos hay
Dos asombrosas
escenas:
¿Cómo adivina un muchacho
Lo que no es
dable que sienta?
-De amor y celos nació
(Modesto
el padre contesta),
Y amor y celos retrata
Por él
su naturaleza.»
Llegaba Lopico en esto
Con los chicos de
una escuela,
Cañas cabalgando todos,
Pisando recio
en las piedras.
Por bandera en otra caña
Llevaba
un cartel de iglesia,
Y al pasar por el teatro,
Batió
Lope su bandera.
«Úsase un
dicho en Madrid,
Curiosa prima Dolores,
Que allá
sin duda ignoráis
En las indianas regiones.
A lo
más bello y mejor
En cualquier género y orden,
Ya no se llama excelente:
Dicen todos que es de Lope.
Cosas de Lope se llaman
Libros, espadas, sermones,
Joyas,
telas, cuanto tiene
Gran brillo, mérito y coste.
De Lope son los tocados
Que el gusto nuevo dispone,
Las
justas de ingenio dignas,
Las ruidosas diversiones.
Las
villanas de Aranjuez
Que venden ramos de flores,
De Lope
dicen que son
Rosas y claveles dobles.»
Así a una
doncella linda
Cortesanas instrucciones
Daba, al entrar
en Madrid,
Cierta señora en su coche.
De Cádiz
la trae consigo,
Para que a su lado goce
Lo que en Méjico
ganó
Su padre, que Dios perdone.
Tomar la calle
de Francos
Pretende el automedonte:
Mas el paso le embaraza
Tropel de gentes enorme.
De las calles convecinas,
Ya
despacio, ya de golpe,
Desembocan sin cesar
Mozos, viejos,
ricos, pobres,
Placeras, dueñas, beatas,
Soldados
y sacerdotes:
Sólo se ve luto, y manos
Con amarillos
blandones.
No hay en la calle pared,
En cuyos huecos no
asomen
Apiñadas las cabezas
De compasivos mirones.
La cruz de San Sebastián
Por entre la turba rompe;
Cánticos de muerte suenan;
Claman las lenguas de
bronce.
No se ve féretro aún;
Saldrá,
si en marcha se pone
La muchedumbre que llena
Puerta, zaguán
y escalones.
Hacia la iglesia, por fin,
Se mueve la prieta
mole,
Revueltas las cofradías,
Vacilando los pendones.
Pasan, y pasan, y pasan
Grandes, familiares, monjes,
Cómicos,
freiles, poetas...
¿Quién hay a quien tantos honren?
La primita mejicana,
Diestra en aprender lecciones,
Prorrumpe:
«Si no es de rey,
Entierro es éste de Lope.»
Acertaba la niña:
Lope,
el famoso,
Va
de ocho capellanes
Llevado
en hombros.-
«¡Sánchez!
¡Maestro!
Decid
a esta indianita
Quién
era el muerto.»
El señor
Sánchez, persona
Muy conocida en Madrid,
Zapatero
es de aguadores
Y de gente baladí.
Aficionado a
la farsa
Desde la edad infantil,
Con pan y comedia vive,
Cómicamente feliz.
Por jefe le reconoce
La turba
mosqueteril
Que en el Príncipe y la Cruz
Mueve a
menudo motín.
Más de un galán le ha
doblado
La engarrotada cerviz,
Enviándole presentes,
Que él desdeñó recibir.
De un novel
ingenio cuentan
Que visitándole, a fin
De que estrenándose
en tablas,
No se le mostrara hostil,
«Mancebo (saltó
el Maese),
Justicia os haremos: id,
Id en paz, si es tal
la obra
Que yo la pueda aplaudir.»
Entrose en el coche
Sánchez
Como en ganado país,
Y al paso que
el duelo siguen,
Habla a las damas así:
-«Nace
el hombre con deseo
De ver y oír cuanto pueda;
Lo
que en propio ser no viere,
Codicia verlo en comedia.
Pide
el escribirla bien
Alto ingenio y muchas letras,
Alma,
inventiva y gracejo,
Que Dios a pocos dispensa.
Farsas
en España, ya
Divirtieron a mi abuela:
Para entonces
no eran malas,
Para después no eran buenas.
Salieron
al fin a luz
Dos, tres, seis y una docena,
Que asombraron
a Madrid,
Sevilla y España entera.
En paseos y en
saraos,
En las plazas y las tiendas,
Nadie a la sazón
trataba
Más que de la farsa nueva.
«¿Quién
ha escrito El verdadero
Amante ? -Lope de Vega.
-Y Las Amazonas ?
-Lope.
-¿Y El molino y la Aristea ?
-Lope. -¿Y la Abderite ?
-El mismo
Lope, y el Vamba y la Angélica ,
La Melindrosa,
El Maestro
De danzar, La Montañesa,
Lo cierto por
lo dudoso,
Psiques, Muza, El Turco en Viena,
Los milagros
del desprecio,
El pleito de Ingalaterra,
Amar sin saber
a quién,
La Danza boba, La siega,
Los enredos de
Celauro,
La Serrana de la Vera,
El mejor Alcalde el Rey,
Peribáñez, Las Batuecas,
El remedio en la
desdicha,
El cerco de Orán, La Estrella
De Sevilla ...
-¡Señor! ¿cuánto
Escribe ese hombre? -Unas
treinta
Comedias al año...» Luego
Compuso más
de cincuenta:
Cincuenta y cuatro nos daba
Desde cuaresma
a cuaresma;
Y esto ¿cuándo! cuando ya
Pasaba de
los sesenta.
Dos días, y en cada uno
Doce horas
de tarea,
Veinticuatro de bufete
Con otras tantas de huelga,
Tiempo bastante le fueron
Para llevar a la escena
De La
noche de San Juan
La fábula placentera.
Con prisa
igual más de ciento
Produjo su fácil vena,
Y ha tres años que contaba
Cabales mil y quinientas.
Esto, amén de cuatrocientos
Autos y de diez poemas,
Y romances infinitos,
Canciones y cantilenas,
Los sonetos
a puñados,
Los epigramas por gruesas,
Epístolas,
no sé cuántas,
Y ocho, en fin, o diez novelas.
Y este hombre comió y durmió,
Y santificó
las fiestas,
Y estudió filosofía,
Cánones,
historia y lenguas.
Y este hombre trató mil gentes;
Que no hay nación en la tierra
Que no enviase a
Madrid
Persona que a Lope viera.
Del Padre Santo en la
corte,
Del Gran Señor en presencia,
Con vítores
resonó
El nombre del gran poeta.
Grande, sí,
porque de España
Reprodujo la grandeza:
Cuanto hay
bello y grande aquí.
Sus farsas nos representan;
Y no con frase trivial,
Ni en rima pobre y grosera:
Garcilaso
y Castillejo
Brillan a la par en ellas.
¿Qué español
no quiere ser
Aquel galán, que él diseña
En Las flores de Don Juan,
Flores de oro, no de seda!
¿Quién pudo sin llanto ver
A la divina Isabela,
Que allá en Irlanda padece
La más lastimosa
fuerza!
Por templar al padre airado,
Que un hijo de amor
desecha,
Esclava de su galán,
Suspira celosa Elena.
Corona Sol merecida
Ciñe de cónyuge honesta:
Porque un rey de amarla deje.
Sus brazos al fuego entrega.
Ley natural hace al hombro
Amar a su compañera;
Lope la pone en altar,
Y al pie del altar nos lleva.
Teatro
español tuvimos
Antes que Lope naciera;
Mas era
teatro en cuna,
Y aun era español apenas.
Él
le dio forma y valor
Y sello que nunca pierda:
Si hombre
como yo lo ve,
Marcadas tendrá las señas.
De Lope el arte aprendieron
Cuantos en él se le
hombrean,
Tirso, Rojas, Alarcón,
Y el que hoy su
laurel hereda.
De autores hablar no quiero,
Que usando
mi oficio medran:
Zapatos remiendo yo,
Y ellos a Lope remiendan.
Pródigo maestro, a mil
Cortada dejó la tela:
Desperdicios de su pluma
Son gala de ciento ajenas.
El
Fénix de los Ingenios
Le han llamado; no lo aciertan:
El fénix de sí renace,
Y un Lope no se renueva.
No da Dios tan a menudo
Tanto ingenio y tales prendas.
Flaquezas en Lope vimos:
Ejemplar vimos la enmienda.
Galán,
soldado con brío,
Dulce humor y habla discreta,
Gran defensor de las damas,
Pagáronle el defenderlas.
Dos veces casado fue;
Dos hijas casadas deja,
Una bien,
otra mejor:
Monja vive aquí a la vuelta.
Hija de
culpa nació
La hermosísima Marcela;
Dios
ángel volverla quiso,
Que gloria del padre fuera.
Sacerdote él ventiséis
Años, y en
clausura estrecha
Catorce ella ya, virtud
A siglo y a claustro
enseñan.
Jamás de labios de Lope
Salió
palabra soberbia;
Jamás la envidia en su pecho
Vertió
su ponzoña negra.
Con su ingenio iban al par
Su
bizarría y modestia;
Quien no le trató por
gusto,
Le buscó por conveniencia.
Ved esos pobres
que gimen,
Siguiendo la turba densa:
Padre era de todos
él,
Y pobre por ellos era.
Mas ya se paran allí...
Las Trinitarias son esas...
De frente a una celosía
Veis que el ataúd presentan...
Sor Marcela de San
Félix,
Tras la celosía puesta,
A dar a su
padre va
La despedida postrera.
Las manos al ataúd
Tiende amante una profesa.
¡Ella es! ¡ella es! la hija
santa
Del gran Frey Lope de Vega. »
Silencio
reinó profundo,
Mudas las campanas quedan,
Beberse
quieren los ojos
El eco flébil que esperan.
«¡Santos
del Señor (se oyó),
Cuyas virtudes excelsas
La fe celebró de Lope
Con rima imperecedera!
¡Vos,
Apóstol de las gentes ,
Penitente Magdalena,
Roque,
Diego, Nicolás,
Casilda, Julián de Cuenca !
¡Vos, Cardenal de Belén;
Vos, Ángel de las
escuelas ,
Brígida, Isidro, Agustín ,
Y vos,
mi Madre Teresa !
Con vosotros ha vivido
El alma de Lope
tierna:
Recibidla en brazos, hoy
Que al pie del Eterno
vuela,
Recibe tú, padre mío,
De este mi dolor
la ofrenda:
Sin corazón para el mundo,
Me mata por
ti la pena.
¡Padre! ¡Adiós! Del viaje largo
Descansas
en paz perpetua;
Y en vez de laurel caduco,
Ciñes
corona de estrellas.
¡Yo lloro, y eres feliz!
¡Bendita
la mano sea,
Que gloria te da en el cielo,
Tras gloria
tanta en la tierra!
A 25 de noviembre de 1860 se inauguró
el sencillo monumento mural que se ve en la fachada de la
casa donde Lope murió. Leyó en aquella solemnidad
este romance, años antes escrito, mi querido amigo
el Sr. D. Manuel Cañete.
Carta que escribe desde el otro mundo el peor poeta cómico
del siglo pasado en España, con motivo de representarse
hoy la mejor comedia española de su época.
Por las señas dadas se comprenderá que la carta
no puede menos de ser de Don Luciano Francisco Comella
Yo, Comella, aquel fatal
Comella,
que daba a luz
Un disparate mensual
Para el Príncipe,
o la Cruz,
O los Caños del Peral;
Yo,
que los campos Elíseos
Habito al fin, desde que
Mis pecadillos purgué,
Tiempo ha, madrileños,
quíseos
Decir lo que hoy os diré.
Escribiendo mal y pronto,
Al público
traje tonto
Con mi Teresa en Landau ,
Mi Federico en Torgau ,
Mi
Esclava de Negro Ponto. 27 27
Padres
bobos de familias,
Madres de familia bobas,
Dieron prez
a mis vigilias,
Aplaudiendo mis Cecilias,
Llorando con
mis Jacobas .
La sociedad alta y
fina,
Como la gente común,
Se pasmó de mi
Cristina ,
Mi Natalia y Carolina
Y mi Escocesa Lambrún .
Cómico lírico al
par,
¡Cuánto no hicieron ganar
Mis óperas
españolas!
Ellas se cantaban solas:
Señores,
no es ponderar.
Pródigamente
aplaudido,
Y mal pagado, según
Costumbre de España
ha sido
(La cual, dicen, ha seguido
Sin alteración
aún),
Señaló
a mis glorias fin
Un mozuelo botarate,
Narigordo y chiquitín,
Que fue joyero y abate:
Don Leandro Moratín.
Éste, sin hacer misterio,
Me retrató
ce por be
Con superior magisterio
En aquel Don Eleuterio
De su comedia, El Café.
Púseme
yo furibundo
Al verme tratar así.
Me desquité
28 28 ...
me morí...
Él también salió
del mundo,
Y encontrámonos aquí.
Como
todo lo miramos
Ya sin pasión los difuntos,
Pronto
nos reconciliamos.
Lo que es ahora, tomamos
Los dos chocolate
juntos.
Unión tan rara y
tan bella,
Que quien ponga duda en ella
Debe dejarse enterrar,
Y venir a merendar
Con Moratín y Comella.
En el Diario leí
Que hoy
29 29 en escena
ponéis
La hermosa comedia, El Sí
De las niñas ,
que yo vi
Estrenar el año seis:
Obra
de gusto exquisito,
Si no de sublime genio,
Proclamada
a voz en grito
Como la mejor que ha escrito
El buen Inarco
Celenio;
Obra que por el autor
Fue y es a la vez mirada
Con júbilo y con dolor,
Como que le fue inspirada
Por un malogrado amor.
Esa hechicera Paquita
Se llamaba y era
así,
Bella, amable... regordita...
Ya con nosotros
habita:
La tengo en frente de mí.
También
la tal Doña Irene
Retrato al natural es,
Y ¡qué
semejanza tiene!
Mas esto ya no conviene:
Voy a la comedia,
pues.
Sin bautizo y sin entierro,
Sin mono, urraca ni perro galán;
Que haga de primer
galán;
O madre y niño en encierro
Transidos
de hambre y sin pan,
Con una decoración
De bien poco relumbrón;
Sin trajes ricos, vejete,
Versitos de sonsonete
Ni chistes de bodegón;
Entusiasmo sin igual
Excitó en
las jerarquías
Todas de la capital,
Durando veintiséis
días,
Parando en el Carnaval.
Éxito
inmenso, inaudito,
Que de un revés fue ocasión:
Vedó su continuación
Aquel tribunal bendito
De la Santa Inquisición.
Muy
bien hecho,¡voto a san!
¡Tizonazo al perillán
Que,
horrorizando almas pías,
Dijo que eran chucherías
Los santos de mazapán!
Pero
después ocurrió
Lo que ya la historia escribe.-
La España se transformó;
La Inquisición
pereció,
Y El Sí de las niñas vive.
Porque así triunfa el talento;
Así al error da castigo
El tiempo justo, aunque
lento:
Yo escribí cien obras; ciento
Se sepultaron
conmigo.
No así Moratín:
su nombre
Cada vez cunde mayor.
¡Loor, eterno loor
Al
que tan bien pinta al hombre,
Para volverle mejor!
Él enseñó a la vejez,
Él honró la ancianidad,
Él condenó,
recto juez,
A eterna ridiculez
La pedante vanidad.
El estafador tembló
De su voz
grave y severa.
Y de sí se avergonzó
La hipócrita
zalamera
Cuando su imagen miró.
Él
al paterno poder
Línea trazó decorosa,
Él
defendió a la mujer:
-Su misión no pudo ser
Más noble ni más hermosa.
Duramente
me trató;
Mas (con orgullo lo digo)
Mi honradez
reconoció.
Le alabo, y fue mi enemigo:
Pocos hacen
lo que yo.
Modelos de arte y buen
gusto
Dejó; pero con derecho
Le dirá el crítico
adusto
Que no es útil siempre y justo
Seguir su
camino estrecho.
Con poetas de
otra edad
Moratín sus glorias parte;
El ingenio,
aunque es verdad
Que necesita del arte,
Vive de la libertad.
Y gloria de su nación
Será
el insigne varón,
Que logre juntar al fin
El genio
de Calderón,
El arte de Moratín.
Leída
en el Teatro del Instituto.
Antón Berrío, poeta de la corte de Juan II
de Castilla, al muy excelente scriptor Don Manuel Josef Quintana Onorate l'altissimo poeta.
Señor, mucho amado, mío:
Dé convusco en hora buena
La trova que vos envío
Yo el coplero Antón Berrío,
Compadre de Joán
Baena.
Del vueso coronamiento
Fízosenos relación,
É saltamos de contento
Nos, é fasta el fundamiento
D'aquesta elisia región.
É segund prístina
usanza,
Solenidad fue dispuesta
Súbito en vuestra
alabanza,
É tócame aquí en la danza
Ser el yoglar de la fiesta.
Cierto
cuento asaz galano,
Romanzar por ende quiero,
D'un pastorcico
insulano
É un sculpidor palanciano,
Muy sotil imaginero.
El pastor Andrés Llorente,
Que es subjeto de la frasi,
Vivía entre pobre gente
En la Insula Escura, casi
Fuera del mundo yaciente.
Los insulanos Escuros
Alzaron una capiella
De flacos é humildes muros,
Do plañir en
sus apuros
Á la Madre sin manciella.
Un
bulto labrarse hía
De Doña Virgen María:
Non hí habiendo entallador,
Juró que el bulto
faría
Nueso Llorente el pastor.
Omne
era d'engeño noto;
Mas nunca estrumentos viera
Del
arte cinceladera,
É con un cuchillo boto
Decentaba
la madera.
Fué asín,
que el tallado leño
Tosquilla sacó la faz
Del santo, fermoso Dueño;
Mas tod' el vulgo insuleño
Contentóse dél asaz.
É
vedes, por aventura,
Que aporta en la Insula Escura
Bajel
que aventó é lievol
Fasta allí tormenta
dura,
De tierras de claro sol.
En
la nao derrotada
Un entallador veníe
De maestría
muy sonada,
É una imagen hi traíe
De la sola
Inmaculada.
Pasmóse cada
insular,
É la efigie, decernieron
Ser maravilla
sin par,
Fueras ende que quisieron
Ver al maestro labrar.
Él sacó formón
é gubia
É lima de recorrer
Fasta el hoyuelo
postrer,
Pintura azul, blanca é rubia,
É
todo su menester.
É trasteando
con ello,
É dejando a todos vello,
Dijo el Maese
a la fin:
«Con aquesto faz aquello
Quien sabe facerlo asín.»
Un lenguaraz le arguyó
(Ca de malandrines tales
Nadie en la vida escapó):
«Con estrumentos iguales
Ficiera otro tanto yo.»
«Non ficieras, mal tu grado,
Respuso
el pastor honrado,
É nada tu dicho val:
Con fierro
bien aguzado
Mano torpe labra mal.»
«Yo
adelgacé cuanto pud;
Mas mi obra non es de prez;
De la d'este no hay quien dud:
Fuera, pues, ingratitud
Non le dar lo que merez.»
«Con
rico lauro de honor
Premien al entallador,
É digan
los sabidores:
«Si éste usó medios mejores,
Fizo también lo mejor.»
Tal
ha judgado de ti,
Perínclito, buen Quintana,
La
poetal familia hispana,
Que leda conmora aquí,
Libre
d'afición mundana.
Hobo
antes del tú nascer
Poetas de grand valer;
Mas poco
antaño prestaba
Voz que tartamudeaba
Con pequeñuelo
saber.
Fabla é dotrina mejor,
Aun en edad posterior
Alzó más la poetría;
Fincaba empero vacía
La siella de más altor.
Tú fuiste a sazón
venido
Para ser enaltecido
Rey del castellano metro:
Mil
corrieran tras tu cetro;
El s'es a tus manos ido.
Ca tú, superno Cantor,
Sublimaste
cual ningún
Virtud é sciencia é valor
É tierno gemiste aún
Trances de mortal dolor.
Tú al toledano Moisés,
Tú al español Abrahán,
Tú al
campeón burgalés
Luz diste con que después
Fulgir eternales han;
Tú
a1 que en Villalar cayera,
Suerte derrocando fiera
Su generoso
pendón,
Trocaste en laude honradera
El malsinante
padrón.
Tú el mar
pintaste furente,
Tú la blanda fermosura;
Grande
tu cor é tu mente,
Loaste cuanto ha excelente
El
omne é Palma Natura.
Noblescidos
en tus cantos
Grandes fechos é quebrantos,
El feliz
é non feliz,
De las coronas de tantos
Una para ti
se fiz.
Luengos años de
alegranza
Goces esa bienandanza
Que al tu mérito
convién,
É troven en tu membranza
Omnes,
é damas también.
Vítores
de alegre afán
Te envían de nueso albergue
Pelayo, el Cid é Guzmán,
É con Lauria
é Gutembergue
El privado de don Joán.
É tod' un pueblo en tropel,
De
Pirene a Lusitaña,
Glorifique ese laurel
Que te
da en nombre d'España
La magnánima Isabel.
Marzo de 1855.
Al Excmo. Señor D. Manuel Bretón de los Herreros
Más de un siglo se contaba
Desde que el gran Calderón,
El cetro de nuestra
escena
En su tumba sepultó.
De
allí su genio seguía
Reinando sin sucesor;
Que a serlo Bances en vano,
Zamora en vano aspiró.
Y el fecundo Cañizares,
Conociéndose mejor,
Intentaba y resistía
La arrogante pretensión.
Pasaba
el tiempo, trocando,
Con movimiento veloz,
Usos, doctrina
y costumbres
En el imperio español.
Y
entre aplausos, a La dama
Duende , y La banda y la flor ,
España un Molier pedía,
Sin pensar en Alarcón.
La musa de Inarco entonces
Las
tablas avasalló,
Desde Madrid a donde antes
El inca
adoraba el sol.
¡Caro triunfo,
que pagaron
Luengos días de dolor!
Sin ser la victoria
crimen
Se le exige expiación.
Así
a la patria tuvieron
Que decir doliente adiós,
Otros
genios que ahuyentaba
Sañuda la proscripción.
El gran cantor de Pelayo
Y aquél
que inmortalizó
De la viuda de Padilla
El indomable
tesón;
El que supo devolver
A Lanuza vida y voz
Para esforzar la defensa
De los fueros
de Aragón;
Y aun aquél
que para todos
Indulgencia reclamó,
No la hallaron
bajo el cielo
Fulgente con su esplendor.
Entonces
fuerte poder,
Con los vencidos feroz,
De la diestra de
un soldado
El noble acero arrancó.
Y
Talía en ella puso
Arma de alcance mayor,
Y la pluma
de Menandro
Fue en desquite el rico don.
Y
corren ya nueve lustros,
Y de Valencia al Ferrol
Llenan
el teatro el nombre
Y el gracejo de Bretón.
Le dio Celenio su tino
De sagaz observador;
Tirso y Moreto en el chiste
La encantadora dicción.
Y en el rústico labriego
Y el atildado señor,
Y bajo el techo de juncos
Y el esculpido artesón,
Vicio
persiguió y flaqueza,
Y juez igual con los dos,
En rimas de oro les hizo
Ser pública diversión.
Cien fábulas, grande el
número
Y el mérito no menor,
Ya regocijadas,
ya
Con gravedad en sazón;
Fallos
de benigna ley,
Victorias contra el error,
La España
toda corriendo
Hasta el último rincón,
Lograron no hubiese en ella
Noche sin
alto loor
De Marcela y sus hermanas
A la hermosa exposición.
¡Bien haya el plácido ingenio,
Bien haya el diestro censor,
Que acusa, y la risa mueve
Del mismo a quien acusó!
Los
horrores y torpezas
Del crimen aterrador,
Y la más
aterradora
Para el íntegro varón,
Ingeniosa o petulante
Rebozada o sin rubor,
Apoteosis del vicio,
Tósigo moral atroz,
Jamás cabida encontraron
En la
mente del autor,
Gloria de Quel y Rioja,
Gloria del pueblo
español.
Quede a la posteridad
La fácil declaración
Que a los cantos de
su lira
Lugar señale y valor;
Y
si Góngora y Quevedo
Deben con él, en razón,
De sátiras y letrillas
Partir el jovial honor;
Y si desde Vega (Lope)
A Vega (Ventura),
oyó
Sonar sus gracias Talía
Con más
regalado son.
Los que aparecer
le vimos
Astro de luz superior,
De la escena desterrando
La tiniebla en que yació;
Y
le admiramos ayer,
Y le veneramos hoy,
Gratos discípulos,
sí,
Dignos del Maestro, no.
Vida
y gloria, bien sin tasa,
Pedimos por él a Dios,
Y este don le consagramos
De fe, gratitud y amor.
Madrid
26 de mayo de 1869.
Epístola gratulatoria del Marqués de Villena
al Conde de Sant Luis por la erección del Teatro Español
Recibid con buen talante,
Nuevo
é perínclito Conde
De Sant
Luis,
Letra de ánima habitante
Otro mundo que ese donde
Vos
vivís.
É catad que non vos tome,
Porque
vos fable un finado,
Susto é pena;
Non de facer miedos home
Fué
nunca el Marqués cuitado
De Villena.
Sepades que, no embargante
Que
aquí los muertos vivamos
Bien felices,
Á esa tierra malandante
Por
vegadas asomamos
Las narices.
Cierta noche, discurriendo
Por las calles
de una villa
Principal,
Casa
vi de mucho atuendo,
Que antes de ornalla
é pulilla
Fué corral.
Rumores oí de dentro
Jubilosos,
é por puntos
Aflictivos:
Cuélome,
cato et encuentro
Una tropa de difuntos,
Vueltos vivos.
Con su hermana contendía
Por el moro;
É
tapándose la frente,
La triste
sólo decía:
«Yo le adoro.»
Allí con sus cuitas vino
Rey de Creta,
É
Megara, el numantino
32 32 ,
Joán de Urbieta.
Allí
salieran Guzmán,
34 34
Et el que libró
a Sión
41 41
De Golías.
É los que en Martos
42 42 cayeron,
Enjiemplo duro de estrella
Muy cruel,
Et esos de quien dijeron
Que fué en
morir tonta ella,
Tonto él.
É
Manrique, el malhadado
É
aquel Cenón
46 46 al igual
De fortuna
gasajado
É de amor.
Joanica,
49 49 el Alonso
amante
É aun el tesaurizante
La prudente,
É
Berenguela,
58 58 et el gran
Cogedor de mies
divina,
Esos é
otros personados
Vi en aquella y otras
tales
Trasnochadas,
Allí
por arte ayuntados
De péñolas
poetales
Bien tajadas.
É
plúgome asaz la cosa,
Ca yo ansimesmo
capricho
Tuve desto,
É
una farsa fiz donosa
Para el rey Fernando,
dicho,
El Honesto.
Antojóseme
saber
Quiénes los auctores fueran
Desas fablas,
Do escribiendo
á su placer
Miraclos ansí
fecieran
En las tablas;
É
siguiendo uno, que vi
Con desusado alborozo
Coronar;
Sobióse
a un zaquizamí,
É acostóse
el pobre mozo
Sin cenar.
Gimiendo
fugí yo dende,
Por non ver en tanta
prez
Tal desdoro...
-É
juego mi vista ofende
Palacio do resplandez
Plata é oro.
Rica mensa é pulcro lecho
Dentro víanse, é preciados
Atavíos,
É
tales que me sospecho
Que aún fueran
avantajados
Para míos.
É supe que dueño fues
De
la morada tan mucho
Relumbrante,
Non
perlado nin marqués,
Sinon sólo
cierto ducho
Comediante.
«¿Cómo,
dije, al estrumento
Merced se faz, é
a la mente
Se la amengua?
¿Non
val el poetal invento
Lo que el dalle
ante la gente,
Bulto é lengua?
»¿Por qué, pues, desigualar
a dos que del claro Apolo
Fijos
son?
El mayorazgo, ¿ha de estar
Á
fucias del que es tan sólo
Segundón?
»Mejor al ingenio Grecia
Tener
en estima supo,
Supo Roma.
Mientras
usanza tan necia
Ture, acójome
y ocupo
Mi redoma.»
Por vos, Conde
ilustre, fina
El de tratar al scriptor
Feo modo:
Corona cingisle
dina:
Non ya de Febo el cultor
Vive
en lodo.
Mil quisieron ayudalle,
Mil
ahorralle pretendieron
Días tristes:
Vos supistes sólo honralle;
Vos
lo que tantos dijeron,
Lo fecistes.
¡Gloria a vos, bien meresciente
De las
apacibles artes,
Gloria á vos!
Grato á los homes se cuente
Vueso
nombre en todas partes,
Grato á
Dios.
Él vos done la grand paga
Que
vuesos graciados non
Pueden bien;
Él
vida luenga vos faga,
Con la su bendicción
Sancta, amén.
1849.
La despedida. A las señoras Doña Bárbara
y Doña Teodora Lamadrid. Biarritz, 4 de septiembre de 1863.
La tarde va de vencida,
Sin viento
se agita el mar,
Y el sol entre nubes de oro
Desciende
con prisa ya.
Parece que arroja el día,
Cansado
de caminar,
Su rojo escudo a las olas,
Que húmedo
lecho le dan.
Toman desde lejos ellas
Carrera para asaltar
Escollos, que sobre el agua
La frente elevan audaz.
Embravecidas
embisten,
Y vuelven gimiendo atrás,
Y salta del
golpe al aire
Rota en lluvia la mitad.
Avanzan otras, que
quieren
Las orillas inundar:
Igual confianza loca
Lleva
desengaño igual.
Orgullosas amenazan,
Cuando lejanas
están,
Creyéndose con empuje
Sobrado para
llegar.
Pierde bulto a cada giro
El arrollado cristal,
Y en hoja líquida leve
Se desdobla al acabar.
Retrocede,
presumiendo
Volver con mayor caudal,
Y cada vez que lo
intenta,
Ve la margen más allá.
Espumas escalonadas
Quedan por el arenal,
Que atestiguan de su empeño
La burlada vanidad.
Puso a la naturaleza
El Ser que siempre
será
Leyes de límite fijo,
Que es imposible
pasar.
Esto vio y esto pensaba,
Melancólico además,
Un viajero de la vida
Con poca ya que viajar.
Asiento le da un peñón,
Carcomido por la edad,
Socavado por las olas,
Que le minan
sin cesar.
Al sol, que del horizonte
Pronto desparecerá,
Contempla en su brillo escaso,
Que deja el disco mirar.
La fuerza del mar contempla.
Y nota que es incapaz
De
extenderse más adentro
Del humilde valladar.
Limitación,
decadencia,
Término fijo fatal,
En el mar ve y en
la roca
Y en el grande luminar;
Y en sí, criatura
débil,
Quisiera no ver jamás
El forzoso cumplimiento
De la ley universal.
«El hombre
(exclamó) se encuentra
En el campo de la vida,
Sin
saber a su venida
Con qué condiciones entra.
Mudo
en sí se reconcentra
El día que ve llevar
Un cadáver a enterrar,
Y voz funesta le advierte
Que en aquello, que es la muerte,
Cuanto vive ha de parar.
«Conozco sobrado bien,
Si atento
al origen subo,
Que lo que principio tuvo,
Fin debe aguardar
también
Mas ¿por qué nevar la sien
Que rizos
de oro ha lucido?
¿Por qué torpe y dolorido
Volver
el añoso brazo?
Muriera el vicio a su plazo,
Sin
morir envejecido.
«Suframos que
la vejez
Luche con el cuerpo y venza;
Pierda la dorada
trenza
Venus y la fresca tez;
Mas, con el rostro a la vez,
¿Por qué el alma se ha de ajar?
¿Por qué
el tesoro agotar
De sus nobles facultades,
Cuando alcanza
eternidades
La carrera que ha de andar?
«Lleve
el hombre su razón
Hasta la tumba; conserve
Llama
el fuego con que hierve
Su vaga imaginación;
Su
memoria en la ocasión
Dígale siempre «heme
aquí;»
Mande yo en mi ser, y, así
Mi fin
me hallará resuelto,
Aunque la edad me haya vuelto
Caricatura de mí.
«Mudanza
tan lastimera
No a todos nos es común:
Ver quiero
si soy aún
Lo que ha pocos años era.
Pensamientos,
la frontera
Cruzad al vuelo, y decid
En Toledo y en Madrid
A dos que el sepulcro habitan:
«Fe y valor os resucitan,
Segunda vez existid.»
«Fuiste,
Isabel,
60 60 por tu mal,
Hija y víctima de amor;
Tú,
Juana,
61 61 el timbre mayor
Del estado conyugal.
Heroína
sin igual,
Salvaste al esposo infiel:
Cuchillo amagó
cruel
Por una dama su vida,
Y tú, consorte ofendida
Te echaste grillos por él.
«Fiadme,
Isabel y Juana,
Vuestros gozos y amarguras;
Vuestras hermosas
figuras
Ponga yo en la escena hispana.
Ciña mi cabeza
cana
Un laurel vuestro, y en pos
A las Musas el adiós
Postrero daré sin pena:
Cierre para mí la
escena
Una de vosotras dos.»
Calló
el poeta: la noche,
Para su giro triunfal,
Adelantaba en
Oriente
Su alfombra de obscuridad.
Niebla cayó de
la altura,
Niebla se alzó de la mar,
Y envuelto
el viajero en ella,
Dónde se halla ve no más.
Un globo de luz en frente
Comenzó luego a brillar,
Y a crecer entre la niebla,
Rompiendo su densidad.
Iris
vario en anchas zonas
Orlábale circular;
Dos sombras
volaban dentro,
De figura celestial.
Velo y hábito
la una
Vestía con majestad:
Era una hermana del
Rey,
Primer en Castilla Juan.
La segunda era la esposa
De aquel privado falaz,
Que la patria de Lanuza
No recuerda
sin pesar.
Cadenas llevaba y luto;
Y, para bien de un mortal,
Infanta y matrona vienen
Del mundo de la verdad.
DOÑA
ISABEL
«Años ha que me llamaste,
Y años que, llegando a ti:
De mi pecho, que te abrí,
La pura fe celebraste.
Aquél a tu afán le
baste,
Canto ajeno de ambición:
No viene una inspiración
Dos veces; y, aunque lo llores,
Pasó de cantar amores
Ya para ti la sazón.»
Dijo,
y en la niebla fría
Desapareció fugaz
La
ilustre infeliz amante
De Gonzalo de Guzmán.
DOÑA
JUANA COELLO
«Temiste, años ha,
cobarde,
Mi aparición generosa;
Y hoy, que llamas
a mi losa,
Turbas mi sosiego tarde.
Para otro es bien que
se guarde,
Cantor de más corazón,
Poner mi
vida en acción
Sobre las tablas un día:
Comprende
la alegoría
De la muerte de Milón.»
Dijo, y en la turbia esfera
Se desvaneció
fugaz
La sublime salvadora
Del cónyuge criminal.
Ancho hueco al partir abrió en la nube
La
encarcelada heróica,
Y a mis ojos por él se
descubrieron,
Los campos de Crotona.
Aquel membrudo, que a la selva guía
La
planta perezosa,
Es el fuerte Milón, atleta viejo,
Pasmo de Grecia toda.
Cuando en
cerviz de toro la cerrada
Mano exterminadora
Descargaba Milón, la res caía
Muerta,
la nuca rota.
Mástil robusto quebrantar le
vieron
Barqueros de la costa;
Rodó
movida del potente brazo,
La corpulenta
roca.
Del tiempo ya la inevitable carga
Los
hombros hoy le agobia;
Garra su mano de sañuda fiera,
Muévesele temblona.
Un
árbol halla, que aun ayer ufano
Mecía
su alta copa,
Y a talla le redujo de pigmeo
La
sierra mordedora.
Fuerte segur al derribado tronco
Robó su verde pompa,
Y en el corte
del pie de frente hiriendo,
Hizo hendidura
angosta.
Rajar el tronco por el hacha herido
Milón
a empeño toma:
Los dedos logra hincar, el leño
cruje,
La grieta se prolonga;
Y porfía Milón en el destrozo
De
la columna tosca;
Y, joven en el ánimo el atleta,
Son ya sus fuerzas otras.
Cede
un instante...-y al cerrarse el tronco
Para
cobrar su forma,
Coge las manos del valiente dentro
La
despiadada boca.
Al grito del dolor, honda caverna
León hambriento arroja,
Y a la
presa lanzándose cautiva,
Rugiendo
la devora.
Con el ay del moribundo,
Con el rugir de la fiera,
Se unió el rayo que en
la esfera
Serpenteó furibundo.
A
la luz que vino a dar,
El negro peñón dejé,
Que temblaba por el pie
Con los golpes de la mar.
Y dije con aflicción,
Abatiendo
la cabeza:
«Me da la naturaleza,
Me da el cielo alta lección.
»Tentativa era insensata
La mía,
según contemplo,
Enseñado en el ejemplo
Del
anciano crotoniata.
»Nunca el débil
más allá
De cautos límites ande:
Un
esfuerzo suyo grande
Mezquino y vano será;
»Y cuando ruda tenaza
Sus flacas manos
oprima,
Verá lanzársele encima
Fiera que
le despedaza,
»Porque necio desoyó
De sus años el aviso,
Y fuerte mostrarse quiso
Donde nadie le obligó.»
Madrid 7 de septiembre.
No pretendáis obligar
Vosotras,
dulces amigas,
A peligrosas fatigas
La mano que os vengo
a dar.
Para empresas de mancebo
Ya inútil se experimenta.
Dejadle ajustar mi cuenta
Y hacerme ver lo que debo.
Al
impulso del destino
Viajando hacia donde voy
Quiero ir
pagando desde hoy
Las deudas de mi camino;
Y
dando a todas lugar,
Si logro mi honrado intento,
Manda
el agradecimiento
Por vosotras principiar.
Tú
abriste, BÁRBARA mía,
Para el obscuro artesano
El alcázar castellano
De Melpómene y Talía.
Sublime intérprete fiel
Tú de la pasión más bella,
Devolviste
al mundo aquella
Mártir de amor en Teruel,
Que mintiendo al desdichado
Que supo
mejor amar,
Le mató con un pesar,
Y a ella el de
haberle dado.
Madrid admiró
en su día,
Junto en ruidoso tropel,
Tu firme no
de Isabel,
Tu delirio de Mencía:
Si
por ellas en verdad
Ganó algún nombre mi Musa,
Yo te debo sin excusa,
Yo te rindo la mitad.
Tú,
mi TEODORA, después,
De tu Hermana sucesora,
Tú
eres la que fue y ahora
Vida de mis obras es.
Por
tu aliento sostenidas,
Fundan en ello blasón:
Pequeñas
de ingenio son,
Grandes como agradecidas.
Tus
pies queriendo tocar,
Se atropellan a tu puerta
La coronada
Heriberta,
La humilde obrera Pilar,
Matilde,
predilección
De un César y un docto amantes,
Y la que engendró Cervantes
Y el ángel del
Buen Ladrón.
«Vivimos por
ti, señora»
(De rodillas te dirán);
«Muertas
hijas de Don Juan,
El alma nos da TEODORA.»
Y
yo solamente digo,
Mientras tú su frente besas:
«Contigo escudadas esas,
No perecerán conmigo.»
Acecha el tiempo voraz
Mi vida y su dura
mide:
La escena ya me despide;
Separémonos en paz.
BÁRBARA... TEODORA... no,
No más ya; las tablas dejo:
Aún vive el amigo
viejo;
Pero el poeta murió.
Ya
mis ojos el nadir
Por entre la huesa ven...
¡Ay! el amigo
también
Se tendrá que despedir.
A los diez años, el laurel de Talma
La
frente me ceñía;
Puso a los diez y seis funérea
palma
Dios en mi mano fría:
¡Papel fue breve la existencia mía!
1859.
Alma envidiada al suelo,
De conocerte
indigno,
Consorte que perdida
Para mi triste amigo,
Dichosa
resplandeces
En solio de zafiros:
Vuelve los bellos ojos,
Luceros matutinos,
Al valle donde gime
Quien fue tu regocijo.
En ese de delicias
Inmensurable abismo,
Donde en perpetuo
goce
Vivís los elegidos,
¿En qué puede un
recuerdo
El bien disminuiros,
Que brota, fuente viva,
La faz del INFINITO?
¿Será que hasta vosotros
Cerrado
esté el camino
Al ay del que padece
Al ruego del
cariño?
¡Oh! no cabe en el cielo
Ingratitud ni olvido.
Aquel afecto dulce,
De las virtudes hijo,
Alma del universo,
Rayo del sol divino,
Que trueca en serafines
A dos amantes
finos,
Aquél es el que debe
Formar el lazo pío,
Que inseparables una
La tierra y el empíreo.
Tú
en el excelso coro
Cantas gloriosos himnos;
Solloza solitario
Tu esposo de continuo:
Mengua es del amor vuestro
Tan
desigual destino.
Cuando en la noche miras
Que bañan
hilo a hilo
Sus lágrimas el lecho
Que dividió
contigo,
Tálamo dulce un día,
Ya potro de
martirio;
Vuela a su cabecera,
Y aplica de improviso
La
cariñosa mano
Al pecho dolorido:
La mano que otro
tiempo
Contole los latidos,
En él derrame ahora
El bálsamo de alivio.
Pesares nos aquejan
En tanto
que vivimos:
Inspírenos el cielo
Valor para sufrirlos.
Corran placer y pena
Por ley igual regidos;
No sea el
mal eterno,
Y el goce fugitivo.
Cual tierna flor ajada
Por aquilón impío,
Lució tu abril,
Jacinta,
Con instantáneo brillo
Contaste, caminando
Entre ásperos espinos,
Años de vida pocos,
De sufrimiento siglos.
¿Y quién en la ardua senda
Fue tu constante arrimo,
Partícipe en los males,
Igual en los peligros?
Tus labios no gustaron
Gota de
amargo absintio,
Que al seno de tu esposo
No hubiese descendido.
Mas tú ves tus afanes
En dicha convertidos;
Los
suyos cada día
Crecen con doble ahinco:
¡Mísero
del que vive!
¡Feliz quien ha vivido!
¡Ah! logra del Eterno
Que separaros quiso,
Y a cuyo trono asistes
Alado paraninfo,
Que ya que en su presencia
Dilata el reuniros,
De aquella
paz guardada
Para el celeste asilo
Luzca un reflejo débil
Al hombre que has querido,
Y aun lícito le sea
Días gozar tranquilos:
No diga, blasfemando
De tu
inmortal cariño,
Que hasta en el cielo caben
Ingratitud
y olvido.
A la Señora Doña Athenais Iruleta de Pastor,
en la noche de su desposorio
Según noticias que dan
Libros
en que docto afán
Usos raros averigua,
Fecha tiene
muy antigua
La verbena de San Juan.
Conformes
todos en esto
De lo antiguo, y no en el cuanto,
Cada cual
sigue su texto;
Mas la función, por supuesto,
No
es más antigua que el Santo.
Desde
antaño celebrada
Con más o con menos ruido,
También es verdad sentada
Que esta noche siempre
ha sido
Noche al amor consagrada;
Pues
con fe cándida y pía,
Por todos nuestros mayores
Dos siglos ha se creía
Que esta noche decidía
La suerte de los amores;
Y con
deseo impaciente,
Y dando motivo a riñas
De mamá,
padre o pariente,
Practicaban muchas niñas
La ceremonia
siguiente.
Tendida la cabellera,
Del cuello bajando al talle,
Pasaban la noche entera
En
cuarto donde se oyera
Lo que hablaban por la calle.
Gran estruendo en ella había,
Y era artículo de fe
Que, al oir la vocería,
Tener en agua debía
La niña el izquierdo
pie.
Quietas como inerte leño
En el puesto convenido,
Se estaban allí sin sueño,
La patita en el barreño,
Y muy atento el oído,
Repitiendo sin cesar
Cada cual
con gran fervor:
«Yo me quisiera casar,
¿Qué novio
me piensa dar
San Juanito el Precursor?»
En
esto, en conjunto vario
De cuerdos y de beodos,
Por las
calles en rosario
Iban mil, gritando todos
Los nombres
del calendario;
Y epítetos
a la par
De vituperio o loor,
Como Fernando, Gaspar,
Mozo,
viejo, hombre de mar,
Feo, rico, jugador.
El
primer nombre que oía
La curiosa que escuchaba
Con
el pie en el agua fría,
Por de cónyuge aceptaba,
Y acaso acertar solía.
Según
era mala o buena
La condición del nombrado,
Tal
era por de contado
La noche de la verbena
Para la del pie
mojado.
Alguna pegaba un brinco,
Viendo frustrado su ahínco;
Y alguna con sencillez
Casarse creyó con cinco,
Pregonados a la vez.
Esta noche sin reposo
Tú acabas
de oír aquí
El nombre ya de tu esposo;
Pero
ese nombre amoroso
No era nuevo para ti;
Ni
en tu oído ha resonado,
Casualmente abandonado
Al
eco repetidor;
Oístele de un Prelado
Que invocaba
al Redentor.
La mano de tu elegido
Juntó con la tuya hermosa,
Y de Dios os ha traído
Bendición para la esposa,
Bendición para
el marido.
Mi parabién admitid,
Y el de todos, él y tú,
Y que sienta, permitid,
Que entristeciendo a Madrid,
Te nos vayas al Perú.
Prospéreos nuestro Señor
En éste y país extraño,
Y prendas
tengáis de amor,
Que compongan un rebaño,
Delicia de su Pastor.
23 de junio de 1858.
Vienen volando y pasan
Las horas,
y en su rápida carrera
Llevan consigo a perecer entera
Una generación.
Tras aquélla
sepultan
Otra, y sin descansar devoran ciento.
Polvo han
de ser, de que se burle el viento,
Los hombres todos que
serán y son.
Las fábricas
alzadas
Por ese polvo que vivió, y un día
Leyes a tierra y mares imponía,
Sobre él
se arruinarán.
Quizá
en siglos futuros
Abismada Madrid, nueva Herculano,
La
ciudad reina del imperio hispano
Se oculte de los doctos
al afán;
O bajo las raíces
De antigua ya y enmarañada selva
La hallen, y a
ser pisado el suelo vuela
Donde vagamos hoy.
Y
al descubrir los senos
Que avariento guardaba aquel abismo,
Se abra un hueco y arroje el libro mismo
Cuyas páginas
yo manchando estoy.
Podrá
existir entonces
Un sabio que solícito trabaje
Para
entender los signos y el lenguaje
Abandonados ya;
Y al recorrer las trovas
A ti, divina
JULIA, dedicadas,
Rudas las hallará y desaliñadas,
Que ruda entonces nuestra edad será.
Si
al papel trasladado
Por maestro pincel tu rostro mira,
Justamente dirá que nuestra lira
Tu belleza ultrajó.
Sentirá de tus ojos
El
seductor, el mágico embeleso:
Yo siéntolo
también; mas no por eso
A cantar tu hermosura basto
yo.
Lectores de otro siglo,
Que
conocer queráis el alma y mente
De la beldad que
postra dulcemente
Hoy el mundo a sus pies;
Si
visteis una hermosa
Que en ingenio y virtud brilla y descuella;
Si todos la adoráis... no es JULIA aquélla:
Bosquejo débil de sus gracias es.
Cada vez, Eladia hermosa,
Que esos
tus luceros dan
Una mirada a las rejas
De la casa donde
estás,
Que de Esposas del Señor
Claustro
fue treinta años ha,
Y escuela es hoy de mancebos
Que a niños han de enseñar,
¿No ves un jardín,
que, ahora,
En este mes de San Juan,
De bellas flores te
ofrece
Riquísima variedad?
Pues bien; si las flores
amas,
Como las debéis amar
Las que sois, cual eres
tú,
La flor de la humanidad,
¿Cuándo a entretejer
guirnaldas
Al vergel descenderás?
Irás en
el verde mayo,
No en la yerta Navidad.
Vendrá el
adusto diciembre,
Y el triste enero vendrá,
Y arrebatará
esas galas
El soplo del vendaval.
Cubierto el rosal de
nieve,
Sepultado el arrayán,
No irás a pedir
entonces
Flor al mirto ni al rosal.
«No es tiempo de flores
éste
(Cuerda para ti dirás):
No exijamos
de Natura
Lo que ella no ha de prestar.»
-No exijas, Eladia
bella,
De mí flores de otra edad:
Mi ingenio, jardín
helado,
No produce flores ya.
Ricos ramos te daría
Mi rendida voluntad
En la florida estación,
Que
ya miro muy atrás.
Tarde vienes: mustias hojas
Quedan
sólo por acá,
Y aunque pocas y marchitas,
Cuesta el cogerlas afán.
Mas no hacen falta a la
frente
Que ostenta con majestad
Guirnalda cuyo verdor
Inmarcesible será.
La puso en tu frente bella
Quintana,
el vate inmortal,
Y flores por él cogidas
No se
marchitan jamás.
Para el álbum de Pepita González Acevedo
Hay una plaza en Madrid,
Que es
la plaza del Progreso,
Cuyo espacio antes llenaban
Tres
calles con un convento.
Una de las calles era
(Bastante
mala por cierto)
Impropiamente llamada
La calle de los
Remedios.
Estrecha, sucia y sombría,
No sé
con cuál fundamento
Le dieron tan dulce nombre
Los
antiguos madrileños.
Treinta y seis años hará,
Treinta y cinco por lo menos,
Que en la calle susodicha
Se hablaban dos muchachuelos.
Era el uno alto y delgado,
Chico el otro y nada recio,
Estudiantes de latín
Entrambos en un colegio,
Condiscípulos también
En la escuela de diseño
Que a la Merced ocupaba
Parte de sus aposentos.
Con la bolsa de los libros
Debajo
del brazo izquierdo,
Conversando gravemente
Iban los dos
compañeros.
«¿Qué vas a ser tú?» los
dos
Se preguntaron a un tiempo.
«Yo cura,» contestó
el alto.
«Yo pintor,» dijo el pequeño.
Viven, Pepita,
en Madrid
Los dos mocitos aquellos;
Tú los conoces:
con todo,
No acertarás quiénes fueron.
No
esperes oir al uno
Entonar Kiries y oremus,
Ni cuadros
del otro busques
En el salón del Museo.
El padre
de almas futuro
Trocose en padre de cuerpos,
Y el pintor
sólo ha pintado
Peñascos de nacimiento.
El
uno, en fin, era Don
Juan González Acevedo;
El otro
es el que te escribe
Este romance de ciego.
Sin pensar
siquiera entonces
Si Dios criaba copleros,
Estaba en mis
glorias yo
Mis mamarrachos haciendo;
Y eso de la poesía
Era oficio, en mi concepto,
Que no se usaba en el mundo
Desde Virgilio y Propercio.
Más adelante leí
Con dulcísimo embeleso
Del bendito de Comella
Cinco
o seis pobres engendros.
¡Qué asombro, Pepita, el
mío,
Cuando, a propósito de ellos,
Me dijo
tu padre un día
Que era Comella un camello!
Aquel
aviso piadoso,
Y algunos más que le debo
A mi antiguo
camarada
De idioma latino y griego,
Me guiaron del Parnaso
Al escabroso sendero,
Cuando al cerrárseme todos
Halleme con ese abierto.
Recibe, Pepita hermosa,
Recibe
grata el recuerdo
Que a la amistad con tu padre
Leal consagra
mi pecho,
Y disculpa el desaliño
De estos rasgos
que atropello,
Hoy, que es el séptimo día
Del actual pronunciamiento.
1854.
Emprendió con fanática
porfía,
Pintor que quiso eternizar su fama,
Copiar del sol la esplendorosa llama
Y a ruda tela trasladar
el día.
¡Bien su intento
pagó desacertado!
Pues de clavar con insensato arrobo
Tenaz mirada en el ardiente globo,
Ciego vino a quedar
el desdichado.
Y exclamaba después
con desconsuelo,
Su cuadro al explicar: «Del sol impropia
Toda imagen será; del sol no hay copia;
No le busquéis
aquí: mirad al cielo.»
Laura,
sol eres tú; yo receloso
De que, si dócil
tu mandato escucho,
Deje de verte por mirarte mucho,
Me
niego a bosquejar tu rostro hermoso.
Superior
al pincel como a la lira
Tu mágica hermosura indefinible,
Es retratarte bien tan imposible,
Como que no te adore
quien te mira.
Único en el ingenio y en la fama,
Fecundidad pasmosa fue su dote.
Amó seglar y llora
sacerdote
Dos esposas, tres hijos, una dama.
Huella
el Parnaso, y el hispano drama
Se alza del suelo con pujante
brote,
Y el inmortal autor de Don Quijote
De nuestra escena
rey a Lope aclama.
Su labio miel,
su corazón ternura,
Nadie juntó más
cándidas y bellas
Las gracias del amor y la hermosura.
Claro sol entre pálidas
estrellas
Que ofuscaba su luz inmensa y pura,
Sólo
cuando él faltó brillaron ellas.
Con voz clamaste de pesar profundo,
Al contemplar la pequeñez humana:
«Sombra es la
vida, como el sueño vana;
Y es fantástico
bien el bien del mundo.»
Pero brillando
tú claro y fecundo
Sol en los cercos de la escena
hispana,
¿Cómo ilusión te pareció liviana
La fuerza de tu ingenio sin segundo?
Tú,
desde el envidiado Manzanares
Al Arno, al Rhin y al Plata,
mereciste
Respeto, admiración, lauros y altares;
Y pues eterna vive tu memoria,
Con más justa razón decir debiste:
«Sueño
todo será; verdad mi gloria.»
A Esquivel
Faltó la luz al genio peregrino,
De la gloria de Aquiles instrumento;
Mas sin la luz quedole
el pensamiento,
Y a la inmortalidad libre el camino.
Vendad los ojos con doblado lino
A Filias
y Arïon: Fidias a tiento
La cera esculpe, y Arïon
el viento
Suspende con su cántico divino.
¿Qué le resta al discípulo
de Apeles
Cuando, sin ver, con lágrimas de artista
Riega desesperado sus pinceles?
«Para
que yo, Destino, te resista,
Dame (dirá) que olvide
mis laureles,
Y arráncame a la par talento y vista.»
A la prematura muerte del virtuoso joven y eminente artista
don Leonardo Alenza
Para el mortal, en cuya sien fulgura
Del genio creador la ardiente llama,
Tiene el mundo un
laurel, clarín la fama,
Y mármoles y bronce
la escultura.
Para premiar a la
virtud obscura,
Flor que en la soledad su olor derrama,
Tiene el Padre común su seno, que ama
Con inefable
amor, que siempre dura.
Genio en
ti, Alenza, con virtud se unía:
Consiguió
tu pincel famoso hacerte:
Ya este mundo te dio cuanto podía.
Dios hoy te llama a su celeste
gremio;
Pero es adelantársete la muerte
Anticipar
a tu virtud el premio.
1845.
Mujer: hazles la cruz de Caravaca
(O tu juicio va a andar de ceca en meca)
A tanto libro
de palabra hueca,
Merecedores de cruel matraca.
Borda, en vez de gemir, una petaca,
O
cósele un vestido a una muñeca,
O si te cansan
almohadilla y rueca,
Diviértete en cuidar tiestos
de albaca.
Tu traje en forma de
villana alcuza,
Sólo puede agradar a algún
mostrenco,
Que te juzga salmón y eres merluza.
No leas: cuando comas, llena el cuenco,
Y haz por trocar tu cara de gazuza
En colorado rostro de
flamenco.
Ea, quien tenga de valor un cacho,
Dijo Napoleón, sígame al cerro
Donde fuego
nos hace tanto perro,
Y del pendón inglés
no quede hilacho.
Yo a vuestra
frente montaré en un macho
Que pació solamente
flor de berro;
Y de esa hueste el enemigo hierro
Quebrará
cual juguete de muchacho.»
Dijo:
pero el soldado se hace el sordo,
Y aunque le ofrecen de
oro un cucurucho
El miedo de morir habla más gordo.
Cede el gran general a otro más
ducho,
Y mientras huye en su caballo tordo,
Quema la guardia
el último cartucho.
1841.
Viaje al Pindo, tonadilla
Propia
de la Navidad,
Compuesta para teatros
De casa particular.
Personas, las nueve Musas
Antiguas, y veinte más,
Hijas de las dos hermanas,
Fantasía y Novedad;
Un Poeta, una cuadrilla
Pastoril o pastoral,
Y otros varios
individuos
Que no es preciso nombrar.
Decoración,
el Parnaso,
Casa pobre; hay un corral
Con bardas de cambroneras,
De que falta la mitad:
Asnos que dentro se meten,
Las
derriban al brincar.
Es de noche, y hace un frío
De exquisita calidad;
Olor a besugo asado
Perfuma el aire
glacial,
Y de liras y zampoñas,
Que resuenan a la
par,
Un majadero de almendras
Lleva majando el compás.
Las Musas, como es ya tarde,
Tienen gana de cenar,
Y la
hambrecilla entretienen
Cantando en la soledad:
«¡Gloria
a Dios en las alturas
De la esfera celestial,
Y paz en
la tierra al hombre
De piadosa voluntad!»
Llaman.
-¿Quién es? -Un poeta.
(Sobresalto general.)
-Si
dice que no ha cenado,
Que no pase del zaguán.-
Coro de silencio, pieza
Fácil de vocalizar.
-¿No
abren aquí? -Somos niñas,
Y no está
en casa papá.
-Pero oigan siquiera ustedes.
-Pues
diga con brevedad.
-En
Madrid esta noche
Soy
convidado,
Casa antigua
de Abrantes,
62 62
Calle
del Prado.
¡Ay,
Musas mías!
El
convite me cuesta
Mil
agonías.
Musical
academia
Forma
el convite,
Y al que
no musiquiza,
No
se le admite.
De
esta manera,
Si no canto
ni toco,
Me
quedo fuera.
De
tañer la zambomba
Tomé
lecciones,
Para entrar
en aquellos
Ricos
salones.
Un
compañero
Me
ha birlado la plaza
Dicen
que entre las nuevas
Obras
de Apolo,
Un rabel se
distingue
Que
toca solo.
Dadle
alquilado,
Y esta noche
se estrene
Cerca
del Prado.
Duda, confusión,
consulta.-
¿Se le da o no se le da?-
¿Se le alquila o se
le presta?
-Señoras, determinad,
Que son ya más
de las once,
Y tengo mucho que andar.-
Erato, dásele
tú.
-Voy por él... Mas ¿dónde está?
-Yo no le tengo. -Tampoco
Yo.-¿Si no lo encontrarán?
-¡Si Apolo se lo ha llevado!!!
-¡Hay mayor fatalidad!
Bastaba que yo viniera,
Para que echara a volar.
-Consuélese
usted, buen hombre,
Que todo se arreglará.
De instrumentos
desechados
Hay lleno en casa un desván;
Para usted,
de los mejores
Henchiremos un costal,
Y usted verá
si consigue
Que alguno llegue a sonar.
-Pague Dios, castas
doncellas,
a ustedes la caridad.
-Vaya enhorabuena usted
a su función musical.
(La Musa Talía entrega
al poeta un saco de márraga lleno mes, que suenan
como talega de sartenero. Éntrase Talía en
la casa, y quédase acechando por un ventanillo. El
poeta desata el costal, saca una trompeta, y le toma felizmente
la embocadura: como estaba el instrumento bien enseñado,
las primeras notas salen magníficas. Los Faunos y
las Ninfas del bosque (o sean los gañanes y las mozuelas
de por allí) acuden al son, trayendo numerosa comitiva
de perros, que no han hecho colación todavía.
Toca el poeta y declama alternadamente, a usanza de comedia
antigua o de pregonero: dos estilos que se parecían
bastante. Dice, pues, el poeta:)
POETA
Esta
es, noble Caliope, la trompa
Con que los grandes hechos
preconizas:
Cobre en ella mi voz fuerza que rompa
Las columnas
del aire movedizas.
Dice un refrán sin elocuente
pompa
Que más días habrá que longanizas...
(Aquí aúlla un mastín y ladran diez.)
¡Longanizas! ¡Jesús! ¡Vienen a cuento!
LOS
PASTORES.
Vuelva usted al costal ese
instrumento.
(Obedece el poeta con resignación, y
en seguida coge y prueba una flauta, y dice:)
POETA
Dulce avena de Erato,
Ven a mi labio
tú, que los amores
En son difundes grato;
Y consagra
al Señor de los Señores,
Y orna en ofrenda
pía,
El reverente amor del alma mía.
Dejad
vuestros ganados,
Los que moráis en el repuesto ejido;
Dones de fe colmados
Al Rey llevad en el portal nacido
Entre el buey y el jumento...
TALÍA
Costal pide también ese instrumento.
POETA
Talía, por compasión,
Aunque
siempre me rehúsas
Tu festiva inspiración...
TALÍA
No la implores de las Musas;
Haz que
hable tu corazón.
POETA
Dios niño,
vos que venís
A salvar a los mortales,
Poned término
a los males,
Que padece este país.
Por sus culpas
le afligís,
Y las llora con afán:
Los que
lloran, cerca están
De volver a la virtud:
¡Niño
Dios! ¡pan y quietud!
Virgen Madre! ¡paz y pan!
23 de diciembre
de 1856.
Años ha que hay en el mundo
Reñidísima cuestión
Sobre cuál,
de hombre y mujer,
Es en lo moral mejor.
Cada uno defiende
el pleito
Pidiendo sentencia en pro;
Y a falta de juez
que pueda
Fallar sin apelación,
Uno y otro litigante
Se proclama vencedor.
Satisfechos de este modo
Entrambos
con su opinión,
Viven en tregua apacible
Hombres
y mujeres hoy,
Y para el día del juicio
Se aplaza
la decisión
Que a ellas y ellos manifieste
Quién
acertaba y quién no.
Pero como a cada riña
Que tienen hembra y varón,
La suspendida contienda
Se renueva con calor,
Y es en circunstancia tal
La salida
de cajón
Decirse ambos al sacarse
Todos los trapos
al sol:
«Ustedes son los peores,-
Ustedes sí que
lo son;»
Yo, sin ánimo de hacerme
De ninguno defensor,
Quiero agregar a los autos,
Por vía de ilustración,
Unos apuntes históricos,
Obra de ignorado autor,
Que hallé por casualidad
En un viejo cronicón.
64 64
Cuando la alta Omnipotencia
La obra del
mundo acabó,
Al poner a hombre y mujer
En su plena
posesión,
Árbitro de su destino
Hizo al hombre
el Criador.
Todos los vicios y males
Encerrados se los
dio
En una caverna horrible,
Segurísima prisión,
De cuya puerta de acero
La llave al hombre fió.
Las virtudes y placeres
En tanto a su discreción
Dueños del orbe quedaron:
Edad venturosa, ¡ay Dios!
Y tanto más envidiable
Cuanto más breve pasó.
Tuvo una vez la mujer
El deseo tentador
De ver qué
clase de gente
Guardaba aquella mansión;
Pues conociendo
de trato
La paz, el gozo, el amor,
Quiso conocer de vista
Y oír un rato la voz
A la tristeza, la envidia,
La cólera y la ambición.
Cogió por
desgracia un día
Al hombre de buen humor;
Cogiole
luego la llave,
Y sin más meditación
Fue
a la gruta, y para abrirla
La osada mano tendió.
Los firmes ejes del mundo
Se estremecieron al son
Que
hizo la llave al girar
De su punto en derredor,
Abrió
la puerta; los vicios
Salieron en pelotón,
Y tropezando
de golpe
Con la mísera que abrió,
Hicieron
en ella presa
Sin ninguna compasión.
El hombre,
que estaba lejos,
Mejor al pronto libró,
Porque
al fin sólo pudieron
Entrar en su corazón
Los vicios que, por salir
Con ligereza menor,
No hallaron
en la mujer
Desocupado rincón.
Pero esta desigualdad
Pronto desapareció;
Pues llorando la curiosa,
Aunque
algo tarde, su error,
En busca de su consorte
Guió
la planta veloz:
Abrió el esposo los brazos;
Ella
en ellos se arrojó,
Y al seno del hombre entonces
Pasaron sin dilación
Las demás calamidades
Con que la mujer cargó,
Heredando al abrazarla
Cuanta humana imperfección
Cifró en la naturaleza
La ley del Sumo Hacedor,
De esta memoria
secreta
Infiere el que la escribió
Que, a vivir
hombre y mujer
Con total separación,
Quizá
el hombre en ese caso
Fuera de ambos el mejor;
Mas como
ella y él se tienen
Invencible inclinación;
Como es, a pesar de todo,
Ese sexo encantador
La maravilla
que puso
Término a la creación,
Busca el
hombre a la mujer,
Copia de ella lo peor,
Y así
junta en su persona
Los vicios de ambos a dos.
1839.
Vaya usted con Dios, patrona;
Rosita,
abur: anda, Bruna.-
Ya se marcharon, ya estoy
Libre de
que me interrumpa
La vieja con sus regaños,
La niña
con sus diabluras,
Y la zafia Maritornes
Con sus rondeñas
de Asturias.
¡No tener para este jueves,
Que es mi turno
de lectura,
Por más que haga en mis legajos
Escrupulosa
rebusca,
Ni una imprecación al sol,
Ni un madrigal
a la tumba!
¡Dar equivocadamente
Para empapelar azúcar.
Ayer mi romance esdrújulo
Sobre el ósculo
de judas!
Por fin, dos horas me quedan;
Y si me sopla la
musa,
Saldré airoso del empeño
En que me
miro sin culpa.
¿Por qué pecado, Señor,
Mereció
mi triste pluma
Que para escribir en verso
No pueda cogerla
nunca,
Sin que al momento a mi puerta
Cien importunos acudan?
Ya el alcalde de mi barrio
Para un informe me busca;
Y
cuando ve que no puedo
Responder a su pregunta,
Me encaja
la historia entera
De Don Gaspar Buena-púa.
Ya los
que suben a ver
Cierta vestal andaluza,
Llamados desde
el balcón
Con gitanas guiñaduras,
Trocando
su alegre cuarto
Con mi tétrica zahúrda,
Mi campanilla quebrantan
Que suena como una zumba.
Ya un
Calderón de diez años
Largamente me consulta
Sobre el efecto que espera
Que en el teatro produzcan
Los gemidos de la dama
Cuando la hieren a obscuras,
Si
se remeda a lo lejos
El canto de la lechuza.
Ya un vecino
que padece
Fiebre tercianaria turca ,
Regala a su cara cónyuge
Con la más tremenda zurra:
Vuelan los pucheros,
se oyen
Maldiciones tremebundas,
Alborótase el cotarro,
Cunde en la calle la bulla,
Y al gritar un alguacil:
«¡Favor
a Isabel Segunda!»
Tengo a fuer de miliciano
Que danzar
en la trifulca.
Hoy hay paz: aprovechemos
Tan dichosa coyuntura.-
¿Qué asunto para escribir
Tomaré? Mas ¿quién
lo duda?
¿Qué objeto para mis versos
Mejor que mi
dulce Curra?
Una letrilla a sus ojos,
Su lunar o su cintura.
Principiemos. «Ángel bello
Que la Providencia suma...»
Adiós, ya llamaron. Llamen;
Que aunque la casa confundan,
No me muevo del asiento.-
¡Pues la cachaza me gusta!
¿A
qué porfía ese bárbaro
Cuando ve que
no le escuchan?
Señor, ¿quién será?
Lo voy
a ver por la cerradura.
Sea por Dios: es el mozo
De la compañía. -Lucas,
¿Qué quieres?
-Que pague usted
Sin dilación esa multa.-
¿Por qué?
-Por haber faltado
Antes de anoche a la junta.-
Bien: toma.
-¿Quiere usted dar
Ahora lo de la música?-
Lo de
la música. -El cabo
Don Hilarión Sanahuja
Está enfermo hace tres meses;
Y a los gastos de
la cura
Se le añaden los de madre,
Abuelo, la hermana
viuda,
Diez hijos, y un sobrinito
Que le enviaron de Osuna.
Se ha abierto una suscrición
Para socorrer su angustia,
Y... -Para Don Hilarión.
¿Hay otra jorobadura?-
No, señor- ¡ah! que esta noche
Le toca a usted de
patrulla.-
Anda con mil de a caballo,
Y mira si te desnucas
Esta vez en la escalera,
Para que otra no la subas.
¡Por
mi fe que el privilegio
De lucir las fornituras,
Es ganga
que va a llevarme
Al hospicio en derechura!
Paciencia y
bolsa me gastan,
Tiempo y voluntad me usurpan:
Un santo
con charreteras
Voy a ser, como lo sufra.
¡Tierno Garcilaso!
tú
Celebrabas la hermosura
En medio de los horrores
De marcial hórrida lucha;
Y yo no agarro el fusil
Sin que envidie la fortuna
De quien usa un guante menos,
O anda en un pie como grulla.-
Una pobre. -Dios la ampare.-
Por la Virgen... -No me aturda.
Soy poeta. -Ya escapó.
Tal razón ¿a quién no asusta?-
Esto es mejor:
¡que si quiero
Chorizos de Extremadura!
No se come cerdo
en casa.-
Moros son aquí, sin duda.-
Me parece que
es preciso
Ir a buscar quien me supla,
Porque pensar hoy
leer
Yo en el Liceo, es locura.-
¡Cielo santo! en la escalera
Ya suena la voz aguda
De mi patrona, que vuelve
Riñendo
como acostumbra,
Y sube también con ella
Don Sempronio
de Larruga,
El hijo más hablador
De la playa de
Sanlúcar.
Ya se colaron en casa:
¡Bendiga Dios la
cordura
De la vieja que les dice
Que no vuelvo hasta la
una!
Pero ¿cuántos han entrado?
¡La curiosa doña
Justa,
Paco Mochuelo el manolo,
La filarmónica Julia,
Y el gangoso Don Tomás
Y Blasa la tartamuda!
No
sabiendo que hay aquí
Un pobrete a quien le turban,
Ríen, corren, gritan, charlan
En infernal baraúnda.
Uno al piano se pone,
Otro la guitarra pulsa,
Este silba,
el otro baila,
Quien aplaude, quien se burla.
Pide Don
Tomás silencio;
No le hacen caso: se atufa;
Vuelve
a instar: no le aprovecha;
Pero le ocurre ¡oh ventura!
Apostrofarles en verso,
Dando voces furibundas:
Y mientras
él se enronquece,
Y no le oyen o le bufan,
Sus versos
le copio y cumplo
Con mi turno de lectura.
Charlatanes
sempiternos,
Que al mundo servís de estorbo,
Lléveos
el cólera morbo
Por la posta a los infiernos;
Y
el suplicio con que allí
Os castigue Radamanto,
Para que os abrume tanto
Como vosotros a mí,
Sea
oír siempre leer
Versos ramplones y fríos,
Tan malos como los míos;
Peores, si puede ser.
Sí, ya de paciencia basta:
Por vano, tramposo y feo,
Debe marcharse a paseo
El sombrero
que hoy se gasta.
Escandaliza y
asombra
Que el guardapolvo del hombre
Sombrero tenga por
nombre,
No dando a la cara sombra.
¡Guerra
incesante y cruel
A ese trastucho embustero!
Rinda el nombre
de sombrero,
O cumpla mejor con él.
¡Sombrero,
sin ton ni son,
Por excelencia se llama!
Todo hace sombra:
una rama,
Un abanico, un bastón;
Y
¡él solo usa un distintivo
En que, la impudencia
brilla!
Más sombra da la sombrilla,
Con ser un diminutivo.
Tan loco y tan altanero
Nuestra
indolencia le puso:
Se viene al postrer abuso
Por tolerar
el primero.
No bien domados los
potros,
Burlan al jinete así:
Se ha puesto muy sobre
sí,
Porque está sobre nosotros.
Al
principio, sin las galas
Que al fin por soberbia trajo,
Era el sombrero, un sombrajo
Con anchas, redondas alas;
Después, con atroz demencia,
Digna de suplicio horrendo,
Fue por arriba creciendo,
Menguando en circunferencia;
Bote,
chistera, marmita,
Colmena, olla de campaña,
Jamás
se le vio en España
Como aquí se necesita.
Nada de esto hubiera habido,
Según
imagino yo,
Si, cuando él se alicogió,
Se
le hubiese alitendido.
¡Gloria
a la presente edad
En que germinó la idea
De hacer
que en España sea
El sombrero una verdad!
No abundan mucho las tales,
Por nuestra
mala fortuna:
Siquiera tengamos una,
Que es de las más
capitales.
Otra, y otra, y otra,
y mil
A ésta seguirán después:
Todo
en estas cosas es
Entrar en el buen carril.
Aunque
Débora y Barac
Dijesen que es elegante,
¿Quién
usará en adelante,
Con hongo o chambergo, frac?
Nadie: incompatibles son;
Si hay chambergo,
el fraque cesa:
Libres nos veremos de esa
Doble cola de
gorrión.
Ánimo, no
desmayéis:
Caiga y nunca se levante
El sombrero
insombreante;
Pero mirad lo que hacéis.
A
gusto y razón, ultraja
Hoy el sombrero a ojos vistas:
Cambiádnosle, reformistas;
Mas cámbiese con
ventaja.
Id con tiento; ved, probad,
Y no deis en balde un paso;
No sea el remedio acaso
Peor
que la enfermedad.
1859.
Dio Perico Muñoz en olvidar
Hasta el comer a veces y el dormir:
Sólo una vez
se le olvidó el vivir,
Y nunca más lo pudo
recordar.
1874.
Hoja en que estampo mi nombre,
Tú me sobrevivirás:
¿Qué vale ¡ay!
el ser del hombre
Cuando un papel dura más?
Te vi en un baile, me miré al
espejo:
¡Ay, qué rabia me dio de verme viejo!...
Para dos perdices dos,»
Dijo
allá el del Castañar;
Y así lo dejó
pasar
Gente a la buena de Dios.
No
lo escuchará ninguno
De estómago fuerte hoy
día.
Sin replicar: «No, García:
Para dos
perdices... uno.»
Tras la dicha corremos
Y ella se
esconde,
Y jamás en la vida
Sabemos
dónde.
¡Qué, triste suerte!
¡Ser la dicha dudosa,
Cierta la muerte!
1859.
Llamó tocaya un chulo
A
una manola:
«Barbarita me llaman,»
Dijo
la moza;
«Y usted, buen hombre,
Será,
como es rollizo,
Un barbarote.»
1869.
Cuando veo una boda,
Verla me carga;
Cuando miro un entierro,
Doy a Dios gracias.
Rabio y me alegro,
Porque no soy el novio
Ni soy el muerto.