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Poesías

Juan Eugenio Hartzenbusch

(Madrid, 1806 - 1880)

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D. Juan Eugenio Hartzenbusch

Abatido y enfermo desde que perdió a su excelente y segunda esposa, y más acabado por la sorda lima y vida sedentaria del estudio que por su edad de setenta y tres años, el Excmo. Sr. D. Juan Eugenio Hartzenbusch falleció el día 2 de agosto de 1880, en su habitación de la calle de Leganitos de esta corte, casa núm. 13.

El tiempo, que tanto es su poder, más o menos tarde borrará de la memoria de cuantos le conocieron aquel porte sencillo, aquel rostro de expresión franca, viva y afable; pero no de mi alma el cariño que profesé durante muchos años al antiguo amigo y al ilustre compañero de la Academia Española. Por fortuna, en sus obras está retratado el espíritu del hombre, y ya las bellas artes han perpetuado su imagen, robando la verdad a la naturaleza.

De su vida y de sus obras se ha dicho bastante, desperdigado por lo común en periódicos; pero como la existencia de éstos suele ser tan efímera, que las más veces no pasa de veinticuatro horas, nada que se escriba de Hartzenbusch dejará de tener aprecio en los siglos futuros, y al publicar hoy nueva colección de sus obras, necesario parece volver los ojos al autor y a sus excelentes producciones.

Nació en Madrid el 6 de septiembre de 18o6, hijo de un ebanista alemán y de madre española, y como le enseñasen aquel oficio, ayudó a su padre; pero habiendo quedado huérfano y sin otro caudal que la heredada profesión, tuvo que trabajar en ajenos talleres. De esto hizo gala toda su vida; y en verdad que mucho le honraba el haberse elevado por sí propio hasta el extremo de conquistar imperecedero renombre en las letras españolas.

Sirviole de firme punto de apoyo para tomar vuelo y arrojarse a dominar espacios de luz inextinguible, el profundo y sólido conocimiento de las lenguas latina, castellana y francesa y de las humanidades, que adquirió desde 1818 a 1822 en los Estudios Reales de San Isidro, con los padres de la Compañía de Jesús recién venidos de Italia.

Bien lograron tan sabios y generosos maestros aprovechar las naturales disposiciones de aquel muchacho que, ávido de enriquecer el entendimiento, empleaba sus ahorrillos en comprar comedias y libros que se suelen vender en puestos callejeros, y se desvivía por asistir a representaciones escénicas, públicas o particulares. Para ganar tiempo y facilitar el estudio aprendió taquigrafía, lo cual le valió en 1838 una plaza de taquígrafo temporero del Diario de sesiones del Congreso. Es de advertir que desde 1823 había comenzado a ejercitar sus fuerzas en la traducción de obras del teatro francés, con acierto y utilidad, y desde 1827, en la refundición de nuestras más célebres comedias antiguas. Por lo que, animándole sin duda alguna los cómicos, resolviose en 1831 a escribir dos dramas, fundados en la historia: el uno de ellos ni se representó ni imprimió, y el otro fue mal recibido del público y peor de la crítica. Pero todos estos trabajos deben considerarse como tímidos ensayos hechos por el novel poeta, sin conocimiento de su propio valer, sobre asunto forzado, y bajo la tutela de ajena inspiración: fueron como la carrera que se toma para dar un gran salto. Y en efecto, enardecido Hartzenbusch con el acicate de la derrota pasada, lejos de amilanarse, la tuvo por lección para no caer en nuevos errores. Desecha la desconfianza, busca asunto de interés universal y eterno, lo halla, estudia, escribe, y el 19 de enero de 1837 se estrena en el teatro del Príncipe su drama Los amantes de Teruel, que le valió ruidosos aplausos, grandes alabanzas y un puesto entre los famosos autores dramáticos de su época. Y ¿cómo no? Aquel verdadero hijo primogénito nació enriquecido con todo el tesoro de entusiasmo, invención, lozanía, atrevimiento y saber del joven poeta.

En 1838 confirmó y hasta levantó más su bien ganado crédito el drama Doña Mencía o La boda en la Inquisición, que obtuvo casi mayor triunfo que el primero, a causa de la naturaleza del asunto y de los principios políticos que se debatían entonces en los campos de batalla; pero de la anterior desmerece mucho esta obra, aunque dotada seguramente de interés y belleza, por lo complicado y confuso del argumento, por la inconsecuencia o vaguedad de los caracteres y por ciertas lastimosas pinceladas que habrían desaparecido a refundir el autor su poema.

Vítores y coronas le valieron también en 1841, 1844 y 1845, Alfonso el Casto, Juan de las Viñas y La Jura en Santa Gadea, estrenadas las dos últimas producciones cuando ya el autor, con tan honrosos títulos, servía plaza de Oficial primero en la Biblioteca Nacional, desde 9 de enero de 1844. Ciertamente que no debió extrañar la oficina, ni la ocupación de revolver libros y catálogos, quien allí había pasado gran parte de su juventud buscando noticias para trabajos literarios, y examinando papeles, raros y curiosos.

Dio al teatro en 1846 La madre de Pelayo, poema dramático digno del héroe cuyo sublime y patriótico ejemplo, transmitido de generación en generación, prestó aliento y constancia a los españoles para batallar durante ocho siglos hasta sacudir el yugo sarraceno; y un año después abría sus puertas al poeta insigne la Real Academia Española.

Aficionado a los estudios filológicos y a todos los que pudieran contribuir a la instrucción de la juventud, para cuya enseñanza había escrito fábulas y cuentos ingeniosísimos, le fue agradable el cargo de Director de la Escuela Normal que se le confirió en noviembre de 1854, y que le traía la ventaja de tener casa con jardín en la del establecimiento. Y aquí se me viene a la memoria un rasgo que retrata el carácter de nuestro excelente dramaturgo. Mi posición oficial me había proporcionado en 1856 el gusto y la honra de influir para aventajarle con el puesto de Bibliotecario primero y preparar su futura dirección en la Biblioteca Nacional, destino de mayor sueldo e importancia y más propio del esclarecido literato; procura verme en seguida, y me dice: «Señor D. Aureliano, aunque reconozco su buena intención de favorecerme, estoy muy lejos de agradecerla. ¡No sabe V. qué daño me ha hecho privándome de aquel jardincito!»

Obtuvo al fin en 11 de diciembre de 1862 el puesto de Director de la Biblioteca Nacional; pero debilitándose de día en día sus fuerzas físicas y morales, fue jubilado, a instancia suya, en 22 de octubre de 1875.

Poco después dejó de concurrir a la Academia Española, la cual, en premio de lo mucho que los trabajos de su instituto debían al talento, instrucción y laboriosidad del ilustre inválido, acordó que en todas las juntas se le contase como presente.

Honda pena consumía el ánimo de nuestro Hartzenbusch al verse inútil para el trabajo, casi paralítico y privado del placentero trato que constantemente había tenido con escritores y artistas. Así vivió algunos años, sin encontrar alivio; pero con el inefable consuelo de que su buen hijo D. Eugenio le cuidara y asistiera de día y de noche con la mayor piedad hasta cerrarle para siempre los ojos.

Extinguiose la luz de aquella noble existencia cuando por el rigor del estío se encontraban ausentes de Madrid muchos literatos y actores y no pocos de los compañeros y amigos del poeta; por lo que en la conducción del cadáver al cementerio de la Sacramental de San Ginés y San Luis, donde reposa, no pudo menos de faltar algo de la pompa y solemnidades acostumbradas; y así había de suceder, para que en todo lo de Hartzenbusch triunfase la modestia desde la cuna hasta la sepultura. La Real Academia Española, no enviando una comisión de tres individuos, como es costumbre, sino en cuerpo, asistió a la conducción del cadáver, presidida por el Sr. Cañete, individuo más antiguo de los que, a la sazón, se hallaban en Madrid.

No fue Hartzenbusch de los escritores que adelgazan el ingenio para imponer sus obras al público; jamás concurrió al teatro en el estreno de ellas, y nunca las apadrinó con oficiosos mosqueteros. No se le confunda con los que trabajan irás por aparentar suficiencia que por adquirirla; con los que cubren su ignorancia y desidia, proclamando la libertad del genio y el desprecio de toda regla de lógica y buen gusto; con los que no buscan sino hinchados elogios, y que, lejos de aprovecharse de las censuras y advertencias ajenas, se aferran a su parecer y se endurecen en los errores; con los que, finalmente, se disparan como cohetes, ambicionando escalar el cielo, esparcen en la altura fugitivas luces, que el vulgo imagina estrellas, y se deshacen y caen al punto, con humo y obscuridad, en el olvido.

Bien aprendido tenía que la sabiduría no reside en la bondad de las alabanzas del vulgo, sino en el propio mérito verdadero; por eso, además de estudiar sin descanso, oía a grandes y pequeños, a amigos y adversarios, a doctos e indoctos; puesta la mira siempre en que para nosotros vivieron los pasados, en que nosotros vivimos para los por venir, y en que para sí ninguno vive. Todo esto, que influyó en su carácter, define también la índole de sus escritos.

Si me preguntasen cuál, a juicio mío, es el principio capital que los vivifica, no vacilaría en señalar aquél que puso Montalbán por hermoso título de una comedia, Cumplir con su obligación. Esta idea civilizadora y santa anima las composiciones de D. Juan Eugenio, siendo los personajes de sus poemas antes propensos a cumplir deberes que a reclamar derechos. Por el deber de salvar el honor de una madre, ahoga Isabel de Segura el amor purísimo que había consagrado a Marsilla; impónese un destierro de cuatro años el Cid, por imaginar que el deber se lo manda; invocando interesadamente el nombre del deber, Doña Mencía halla siempre dispuesta a su hermana para los mayores sacrificios; en aras del deber ofrece Heriberta su vida por la de todo un pueblo; y ¿qué más? por el deber de librar a un hijo de muerte inevitable, ríndese al hierro homicida la madre de Pelayo.

De esta generosa idea nace siempre otra dulce y poética: la de la virtud paciente y resignada; y cuando el vate la representa con toca y sayal, envuelta en monjiles arreos, como vestido que indica la proximidad a Dios, el apartamiento del fango mundano, la perfección de la vida contemplativa y el ejercicio de la caridad y humildad, gloria del mundo y corona de los seres inmortales, nadie podrá censurar esto como lunar, por más que fuese entonces vulgar recurso desenlazar muchos dramas encerrando en una celda a la víctima que pierde el amor de la persona querida, o hace el sacrificio de cederla a un tercero. Hoy la víctima se suicidaría. En las obras de esta índole, Hartzenbusch se dirige a un fin más noble que el de huir de los casamientos forzosos del teatro antiguo, para caer en conventos, infortunios, desastres, forzosos también en las obras de la escuela romántica, y vaciados en una misma turquesa.

Tal vez merecería reproche nuestro escritor por ser no pocos de los tristes casos que pinta, obra más bien de inflexible y sañuda fatalidad, que no palpables castigos, enseñanzas y escarmientos decretados por la Providencia, si debiera vedársele al poeta doctrinar y deleitar al auditorio con lo que llamaron los gentiles querer de los hados, malas fadas los españoles de la Edad Media, influjo de las estrellas la Europa del renacimiento, fortuna los hombres de todos los siglos, y el filósofo cristiano juicios inescrutables de Dios, que sirven para avisar al divertido y aprovechan para escarmentar confiado.

Pudiera también ofrecer reparo el haber desenlazado nuestro autor dos de sus dramas con el suicidio de los protagonistas. Creía el poeta ser de todo punto necesaria la catástrofe si había de resultar la terrible lección moral que se propuso, castigando con pena eterna en Doña Mencía la intolerancia llevada al último extremo de inflexibilidad, y en Luciano el brutal egoísmo que no se detiene ante ningún humano respeto. Ya en los albores del teatro español se apeló al recurso del suicidio en dos de las piezas más notables de Juan del Encina.

Cuéntase Hartzenbusch de los primeros que en estos tiempos y con deliberada resolución han cultivado entre nosotros el drama simbólico, personificando un vicio o una virtud, con todas sus grandezas o feos colores, y deduciendo lógica y poéticamente de cada una de sus fases legítima consecuencia y bienhechora enseñanza.

También ha hecho ensayos en el drama filosófico para esclarecer en la escena con ingeniosa fábula una tesis moral, más propia de aulas al parecer, que de coliseos, y desbaratar así en tan ancha arena errores y engaños comunes que arrastran al hombre a un precipicio. Pero ha llevado a cabo el propósito, no apelando a caprichosas imaginaciones, sino buscando ejemplos en lo real, y penetrando en las entrañas de la naturaleza humana.

Sus conocimientos en historia, y el cariño a todo aquello en que se refleja la índole del pueblo español o constituye las glorias de nuestra patria, le impulsaron a escribir el drama histórico, procurando siempre retratar fiel y esmeradamente los rasgos característicos de los personajes verdaderos. Aderezan sus cuadros mil curiosidades, primores y noticias, olvidados entre el polvo de archivos y bibliotecas; y no pocas veces el dramático toma oficio de crítico, o de hábil arqueólogo que reúne y compagina fragmentos despedazados de bajos relieves griegos o de vasos etruscos, para conocer y reproducir con exactitud trajes, muebles y objetos antiquísimos.

Afanoso de ensayarse en todos los géneros, cultivó también el drama anecdótico y la comedia anecdótica, procurando enlazar con verosimilitud una anécdota verdadera a otra fingida. Y bien que otorgue el drama, por su índole, mayores libertades y licencias que la comedia (la cual, por ser un hecho de la vida común, puede fácilmente reducirse a las reglas llamadas clásicas), supo Hartzenbusch que el poeta no ha de mentir, sino fingir; y que las galas poéticas divinizan lo humano y suben de punto la ternura o la grandeza de los sentimientos.

Siempre diferente y siempre el mismo, el verdadero ingenio jamás escribe por patrón, ni aliña un solo manjar desfigurado con distintos condimentos. En cuanto deja espigado un campo, vuela a otro para resplandecer en todos.

Este mérito hay forzosamente que reconocer en Hartzenbusch, entendimiento grande, tal vez superior a su corazón, y tan grande como su actividad maravillosa.

Quien registre sus escritos, le hallará traductor infatigable desde 1823; cinco años adelante, refundidor de comedias antiguas; autor original en 1831; crítico en 1840, y con mayor asiduidad y empeño en 1846 y 1847, aunque pagando tributo alguna vez a la flaqueza humana; docto y esmerado ilustrador de los mayores dramáticos del siglo XVII, desde 1839; y siempre dando muestras de su aplicación e ingenio en multitud de composiciones literarias de diversa índole, y que, por reducidas que sean, todas encierran un pensamiento, ya sentencioso y doctrinal, ya tierno, expresivo o delicado: de las cuales, muchas forman parte de las colecciones de sus cuentos y fábulas. ¡Lástima que alguna vez la pasión y ataduras políticas tuerzan el vuelo de quien tenía empuje para dominar siempre en espacios de purísima y vivificadora luz!

A fuerza de estudio, observación y sabia advertencia, logró adquirir aquel estilo expresivo, serio y elegante, verdaderamente español, que enamora en el Romancero; sentencioso a semejanza de Alarcón; epigramático a la manera de Tirso; elevado y conceptuoso a veces recordando a Calderón, y a veces apropiándose el candor y la frescura de Lope.1

Fuera de los Amantes de Teruel, que salió perfecto y hermoso del entendimiento de Hartzenbusch, cual Minerva de la cabeza de Júpiter, dos épocas se distinguen en los dramas de nuestro académico: una que finaliza en 1843, otra que comienza desde el año siguiente. Son más obscuros y complicados los de la primera en su argumento, más largos, más recargados en sucesos y lances embarazosos e inútiles, más ricos en sutilezas y pormenores, más inciertos y erráticos en su desarrollo. Las censuras de personas advertidas y competentes llamáronle a cuentas consigo mismo, y uniendo a esta consideración los reparos y hablillas del público en las representaciones de Primero yo, El Bachiller Mendarias y Honoria, decidiose a recoger velas y a refundir alguna de sus anteriores composiciones, formando el propósito de tomar en las nuevas diferente rumbo. Quiso darles mayor claridad, evitar la confusión economizando lances y refrenando el natural ingenio, y hacer más sencillos y regulares los poemas: ejemplo de docilidad y modestia inusitado entre el genus irritabile, en el cual decía Cervantes que no hay poeta que no se tenga por el mayor del mundo.

Eligió asuntos pequeños para probar sus fuerzas; y como saliese con su intento en Juan de las Viñas, puso la mira en obra de otra importancia. Pero La Jura en Santa Gadea, que se recomienda por escenas de extraordinario vigor, colorido y efectos dramáticos, sacó aún muchos versos, demasiada historia, excesivas descripciones de que hoy gusta poco el teatro, el cual pide ante todo acción e interés; y se convenció el autor de que todavía necesitaba más enmienda. Entonces, a manera de quien para enderezar un árbol torcido le dobla con extremo hacia la parte contraria, huyendo de un vicio cayó en otro en La madre de Pelayo en que siguió de cerca la Mérope, de Alfieri, que ya anteriormente había vertido al castellano; y no por falta de arte, sino por exceso de buen deseo. La exagerada economía en la explicación de algunos antecedentes, fue parte (por tratarse de costumbres sólo conocidas de gente docta) para que el vulgo dejase de entender bien La ley de raza, y de apreciar todo el interés de su magnífico argumento. Los antiguos pintaron sanos y enteros a sus dioses, exceptuando a uno que entre ellos era artífice, al cual fingieron cojo. Las obras de arte han de cojear siempre de algún lado. Sin embargo, llevan las que desde entonces trazó la experimentada pluma de Hartzenbusch, el sello de un profundo conocimiento de las verdaderas reglas clásicas y de las peculiares inclinaciones y gustos del público español, por más que la libertad, exuberancia y opulenta fantasía de algunos trabajos anteriores ofrezcan singular atractivo, como todo lo que participa de la lozanía propia de la juventud. La luz de la aurora es más brillante que la del crepúsculo vespertino.

Poco supera y poco puede igualarse a las producciones literarias de diverso género, correspondientes al segundo período, en lo correcto, elegante, sencillo y castizo de la forma. Sobre este punto llegó a ser tan escrupuloso el poeta, que las corregía repetidas veces aun después de publicadas: tarea que le trajo afanoso hasta pocos años antes de su muerte. Nada más natural: si el entendimiento, como dice Cervantes, suele mejorarse con los años, y este beneficio se alcanza sin otra ayuda que la experiencia, ¿qué no se mejoraría el privilegiado del Sr. D. Juan Eugenio, que nunca dejó de estudiar y aprender? Cada día encontraba algo que enmendar en sus obras; y corrigiendo con preferencia y mayor empeño aquéllas que más estimaba y que han de vivir eternamente, no hay duda que logró perfeccionarlas. Opinan algunos que no lo consiguió siempre, y oponen: que la lima desgasta el relieve en los rasgos hermosos y característicos de la primera mano o primera intención; que el excesivo afán de razonar y justificar las cosas, encadena la fantasía; que no se retoca con el calor y el entusiasmo con que se crea; y por último, que no debe sacrificarse nunca el pensamiento a la forma, ni el efecto a la verosimilitud, porque a veces un grito inarticulado expresa tanto como el más elocuente y correcto discurso, y porque en la vida real se ven cosas tan extrañas y fuera de razón, que parecen imposibles.

Materia es ésta larga de tratar y difícil de resolver. Para mí, sin embargo, resulta incuestionable: que no caben en el teatro todas las verdades, y que no debe sacrificarse nunca en él la verosimilitud moral; que todo pensamiento puede decirse galana y correctamente; y que no hay defectos incorregibles en las obras del ingenio, fuera de los constitutivos, o que están encarnados en el asunto. A ellos pertenece la obscuridad del nebuloso drama trágico Primero yo, que jamás, e hizo muy bien, intentó reformar Hartzenbusch. Aplaudamos que retocara sus obras, y que se conserven los textos primitivos, a fin de comparar las variantes y obtener muy provechoso estudio.

Movió su pluma al producir tantos y tan diferentes trabajos, casi siempre la voluntad libre y enamorada del asunto; y no pocas veces, la exigencia de amigos y de empresas teatrales o periodísticas.

Entre sus bien intencionadas producciones, a más del preciosísimo cuento Mariquita la Pelona, destinado a consolar el quebranto de una hermosa dama, a quien, con motivo de grave enfermedad, fue necesario cortar el cabello, debe mencionarse La Archiduquesita, comedia escrita expresamente para que la malograda, admirable niña Rafaela Tirado, que apenas contaba entonces (1854) doce años de edad, pudiera lucir su precoz talento y prodigiosas dotes para la escena. El ingenio de Hartzenbusch, diestro en vencer mayores dificultades, hizo un cuadro que parece fotografiado de la humana vida, clásico en la traza y en las formas, artificioso y bien ordenado, verosímil en los sucesos, natural en los afectos, animado en las tintas, discreto en las razones, y tan decente y regocijado en las burlas, como provechoso en las veras, donde su protegida recogió gran cosecha de aplausos y ganó reputación de actriz maravillosa. Todo el mundo pronosticaba glorioso porvenir a la interesante criatura; pero el 13 de marzo de 1859, el soplo de la muerte deshizo tanta juventud y tan halagüeñas esperanzas.

Pertenecen a los trabajos forzados de Don Juan Eugenio las tres famosas comedias de magia que llevan por título La Redoma encantada, Los Polvos de la madre Celestina, y Las Batuecas, y el drama religioso El Mal apóstol y el Buen ladrón. La primera, originalísima; la segunda, trazada sobre la francesa Las Píldoras del diablo, pero tan bien acomodada a nuestro teatro, que merece carta de naturaleza española; y la última, simbólica y doctrinal, admirablemente imaginada y escrita. Decía con mucha gracia nuestro poeta, haber compuesto las tres primeras a medias con el pintor Lucini. Imposible parece que se pueda trazar nada tan literario en el género de tales producciones, el cual (más inocente e ingenioso que el llamado bufo, cuyo fin es ridiculizar y desautorizar cuanto hay de respetable y sagrado en la tierra) hoy ya, por lo común, sólo aspira a divertir el ánimo con payasadas y con la variedad de decoraciones, juegos de transformación, bailes, disfraces y comparsas. Pero las comedias de magia de Hartzenbusch enseñan algo y nos regocijan mucho, por la intervención de figuras históricas o tradicionales, por las oportunas alegorías, cultura de la sátira; y discreción de los chistes.

Después que durante algunos años se estuvo representando en varios teatros de España con grandes productos y con afición y respeto de auditorio el drama sacro-bíblico titulado La Pasión, escrito por D. Antonio Altadill, sobre el auto de Fr. Jerónimo de la Merced, se dictó, precedido de un monumental preámbulo, el Real decreto de 30 de abril de 1856, que prohibió «la representación de los dramas sacros o bíblicos, cuyo asunto pertenezca a los misterios de la religión cristiana, o entre cuyos personajes figuren los de la Santísima Trinidad o la Sacra Familia.» Desde entonces los empresarios veían sucederse unas cuaresmas a otras, recordando tristemente las antiguas ganancias, y en vano solicitaban de los poetas un drama de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en que no apareciese el Divino Redentor ni su Madre Santísima. No faltó algún autor que les contestase con esta poco reverente pregunta: ¿Creen ustedes que se puede hacer chocolate sin cacao, azúcar ni canela? Pero Hartzenbusch resolvió el problema escribiendo con estro soberano El Mal apóstol y el Buen ladrón, donde, si bien no salen las figuras de Jesús y María, constantemente se las ve sin verlas y se las oye sin oírlas, y el espectador las sigue anhelante y conmovido desde Belén hasta la cumbre del Calvario. ¿Qué mayor prueba de habilidad y de ingenio?

También pertenece al grupo de las producciones obligadas el libro de la zarzuela Heliodora o El Amor enamorado, o sea la fábula de Psiquis y Cupido, más literario que teatral, y que, por parecer muy costosa su representación y que el éxito no correspondería a los gastos, o por otras causas, estuvo muchos años sin ver la luz pública, hasta que el vate lo dio a la estampa en la colección que lleva por título Obras de encargo. Pero al fin, muerto ya el insigne autor, se estrenó en el teatro de Apolo, con brillante aparato y hermosa música del señor D. Emilio Arrieta, a 28 de septiembre de 1880.

Cúmpleme ahora volver atrás, si he de satisfacer a noble e irresistible impulso. Ya tengo dicho que la hégira literaria de nuestro poeta debe contarse desde que escribió Los Amantes de Teruel; que este poema fue uno de sus mayores y mejores triunfos escénicos; que si tiene obras más ajustadas a los preceptos clásicos del arte, ninguna revela tanto la espontaneidad, entusiasmo y lozanía de la juventud, y que no pudo elegir su autor un asunto de mayor interés para toda clase de personas y para todos los tiempos.

Nuevo Prometeo, logró reanimar dos estatuas, casi enterradas en olvido completo: dos modelos que ofrecen el más hermoso testimonio del fuerte imperio de la pasión divina, alma del universo, móvil a que debe su reproducción cuanto vive en la tierra, fuerza misteriosa que enlaza dos corazones, entrambos nacidos el uno para el otro, de tal manera que sólo existan para amarse y únicamente gocen una felicidad: la de estar unidos; y sólo padezcan un quebranto: el temor de poderse ver separados; y sólo alcancen un género de muerte: su separación. Si a estas dos almas de finísimo temple las pone a prueba en su bárbaro crisol el infortunio, las lágrimas y la compasión de los pechos sensibles están de su parte; y cuando aquellos dos corazones extreman su pasión hasta el sacrificio de la existencia, siglos y siglos durará en la tierra su memoria. Y entonces ¿dejará de ser envidiable su muerte? No consiste muchas veces en los prósperos sucesos la dicha, sino en la grandeza y ternura que rodea a la adversidad. ¿Qué tiene ya que desear quien puede morir de amor? ¿Quién no daría, por amar como dos finas almas se amaron, el morir como murieron? Los mismos que de ellas se burlar motejándolas de necias, carcómense de envidia y son pregoneros incansables de su heroísmo.

Ufánase todo pueblo con la historia de dos amantes desdichados; cada civilización muestra los suyos en competencia de los antiguos; cantando sus desventuras, inmortalízanse los grandes poetas. ¿Qué asunto más bello en su lira, que Píramo y Tisbe espirando junto a los ríos de Babilonia; Leandro, arrebatado por las furiosas olas del Helesponto, y Ero no sobreviviéndole; Carites, dando la vida por Lemolemo; Filis, por Demofonte; Laodamia, por su marido; Safo, por un ingrato? ¿Cuándo se olvidarán los atrevidos temblorosos besos que sellaron los labios de la infeliz Francisca de Rímini; las quejas del enamorado Macías; el estrecho abrazo de Tagzona y Hamet, que en la muerte confundió dos almas y dos cuerpos, arrojándolos desde la peña de Archidona; la fe inquebrantable y trágico fin de Julieta y Romeo, y de Lucía y Edgardo, cuyas ansias sólo hallaron término en el reposo de la tumba; y cuándo, por último, el intenso fuego de Isabel de Segura y Diego Marsilla, lauro del Turia y hermoso honor de España?

Estudiar este afecto en su mayor pureza, penetrar en sus misterios, identificarse con él por medio de la inspiración, y encontrar su fórmula poética más perfecta, después que infructuosamente la han estado buscando seis siglos, es fortuna que lograron muy pocos, es corona que ostenta D. Juan Eugenio Hartzenbusch en el drama de Los Amantes de Teruel. Y a la manera que no habría sido completa la gloria de quien descubrió un nuevo mundo, a no haber éste surgido de las olas más lozano, floreciente y maravilloso que el antiguo, de más salutíferos y corpulentos árboles, de montes más cargados de plata y oro, de mares y ríos más extraordinarios, de peces y aves, partículas vivas del arco iris, -no habría nuestro dramático elevado a la mayor altura su poema, a no darle nueva luz, recuerdos peregrinos y preciosas noticias la historia, tesoros mil la filosofía, y las musas y la naturaleza entera su mayor pompa y atavío.

Pero así como la belleza de cualquier asunto, en su perfección literaria extremada, no tiene más que una sola fórmula, así tampoco la útil, completa y acertada crítica; y ha de repetir sus mismas razones quien viene después, o ha de quedar muy por debajo de ellas. La crítica que del drama de Los Amantes de Teruel hizo Larra (último rasgo literario, si recuerdo bien, de aquella pluma cuyo puesto había de ocupar muy pronto un arma homicida), es de lo más notable que en su género posee la literatura española. No cause extrañeza si traigo a colación más adelante alguna especie de las de aquella crisis tan justa y con tanta unanimidad aplaudida por el público.

Únicamente en las épocas a que es dado el triste y estéril privilegio de negarlo y destruirlo todo, pudo ponerse en duda una tradición constantísima, apoyada por eficaces testimonios y fundamentos de su verdad. Mas la fuerza de la verdad es tan grande, que derriba y oprime al fin el orgullo y soberbia de los entendimientos mediocres y raheces, quedando a cargo del tiempo y de los desvelos de espíritus generosos disipar las tinieblas y el caos en que se apacientan la vanidad y la ignorancia.

A principios del siglo XIII vivían en la calle de los Ricoshombres, de Teruel, amándose desde el abril de su vida, Juan Diego Martínez Garcés de Marsilla e Isabel de Segura, cuya unión dificultaban la falta de bienes del galán y querer el padre de la dama hacerla esposa de Azagra, hermano del señor de Albarracín. Recabó el infeliz mancebo que esto se aplazase para dentro de cinco años, si antes el cielo no le ofrecía la gloria de pedir y alcanzar la mano de Isabel, rico y poderoso en la guerra a que toda la cristiandad se aprestaba contra los innumerables ejércitos africanos, que, ambicionando oprimir a España entera, asordaban el daban el confín de Andalucía. Hallose en la batalla de las Navas de Tolosa, y en las empresas y triunfos que de allí se siguieron, una vez roto el valladar de Sierra-Morena. Pero como invirtiese los cinco años del plazo en ganar despojos y riquezas en buena lid, pisó la tierra natal lleno de las más dulces esperanzas en el propio día y a la misma hora que daba Isabel de Segura (estrechada muy apretadamente por sus padres) su fe y su mano de esposa al rico Azagra en la parroquial de San Pedro. Corrió al templo, y alborotándose con tan inopinada vista los espíritus de ambos amantes, acongojose de tal manera el corazón de ambos, que viniendo a tierra con un desmayo, exhalaron casi a un tiempo la vida. Del dolor y lástima pasaron los circunstantes a la ira, volviendo a recrudecerse los bandos y parcialidades que dividían la población, y hubieran acudido a las armas a no mediar el clero y los venerables mártires Fr. Juan y Fr. Pedro de Pisa, que satisficieron y calmaron los ánimos con disponer que una misma sepultura juntase los cuerpos que había separado fieramente el destino, y que ésta se abriese en la capilla de San Cosme y San Damián, lindante con el cementerio de aquella misma iglesia. Honor hasta entonces a nadie concedido, que facilitaron el valor de las familias de los Azagras, Marsillas y Seguras, lo extraño del caso y la singular grandeza de aquella pasión amorosa, limpia de crimen y por su pureza y vehemencia santificada. Esto aconteció después de la primavera de 1217, siendo juez de Teruel D. Domingo Celladas.

Hasta aquí la tradición conservada de padres a hijos en la familia de Marsilla. Pero de otra manera, aunque todos uniformes, vulgo y poetas, refieren el suceso con novelescas circunstancias. Cuentan que al volver Diego halló a la doncella desposada, consiguió esconderse en la misma cámara de los novios, y mientras dormía su dichoso rival, habló a Isabel, diole amargas quejas y oído a sus disculpas, demandando ardientemente de ella un beso, por última señal de aquel malogrado cariño. Isabel, como honrada, se lo negó y le constriñó a que se fuera; mas interpretando Marsilla esto por desamor y olvido, espiró de pesadumbre en el acto. Espantada aquella mujer hubo de despertar a su marido, refiriole su cuita y sacaron el cadáver de casa. A los funerales asistieron los desposados por mayor disimulo; pero anhelando la desventurada Isabel de Segura besar muerto a quien vivo no le era lícito, al clavar sus labios en el helado rostro de su amante, rindió el postrimer suspiro.

Los aragoneses que dominaban en Sicilia y traficaban por toda Italia, debieron de llevar allí la fama de estos desgraciados amores, en alguna trova, de que el Bocacio por los años de 1350 pudo aprovecharse para su novela florentina de Girolanio y Salvestra, aderezándolos a su gusto y atribuyéndolos a italianos, como hizo con anécdotas de otros países, no nada escrupuloso. Canciones lemosinas y tal cual nota, que podríamos llamar doméstica, conservaron en Teruel la memoria de tan amarga desventura: con cuyos datos se extendió en forma de cuento una relación a principios del siglo XV, que ha llegado testimoniada a nosotros. Labrando, el año de 1555, nueva de antigua, una capilla de la iglesia de San Pedro, halláronse enteros los cuerpos de los amantes, en sendos cajones o ataúdes, novedad que reverdeció su nombradía, inflamó a los poetas e instigó tal vez a Pedro de Alventosa, vecino de aquella ciudad, a que escribiese en redondillas y publicase por entonces su Historia lastimosa y sentida de los tiernos amantes Marsilla y Segura, ahora nuevamente copilada y dada a luz; rarísima impresión en letra gótica, de la cual un solo ejemplar se conoce en la rica biblioteca del palacio de Blenhein (Inglaterra), propia de los duques de Malborough.2

Una obrilla harto ingeniosa hubo de componer por los años de 1577, Bartolomé de Villalba y Estaña Doncel, vecino de Jérica, intitulada Los veinte libros del pelegrino curioso, y grandezas de España, dedicados al duque de Saboya, príncipe del Piamonte, donde se introduce la verísima historia de los Amantes de Teruel. Dio a la estampa en 1581 micer Andrés Rey de Artieda, valenciano e infanzón de Aragón, su tragedia de Los Amantes, librillo que es hoy de peregrina rareza, y primera obra dramática donde figuran estos célebres personajes. No mucho después se imprimió en Alcalá de Henares, año de 1588, el Florando de Castilla, lauro de caballeros, compuesto en octava rima por el licenciado Hierónimo de Güerta, natural de Escalona: y al canto noveno, entra por modo de episodio la celebrada historia de los amantes. Cuya fama llegó a ser tal en estos reinos, que, por ello, visitó Felipe III la iglesia de San Pedro en los días 3 y 4 de septiembre de 1599, cuando estuvo en Teruel, de paso para Valencia, al tiempo de su matrimonio con la Reina Doña Margarita: así parece de la relación impresa de aquella jornada. Juan Yagüe de Salas, secretario de la ciudad, compuso e imprimió en Valencia, año de 1616, su epopeya trágica de Los Amantes de Teruel, en veintiséis cantos, que continuó su hijo Agustín, bien que este segundo trabajo aún permanece inédito.

Nadie se había atrevido hasta aquí a dudar acerca de un hecho incontestable, cuando en 1618 vino a calificarlo de fabuloso la Historia eclesiástica y secular de Aragón, publicada por Blasco de Lanuza, fundándose en que no hacían mención de él ciertos anales de la villa, ni escritores clásicos y de autoridad, ni letreros de mármol, como si por los historiadores graves que erizan sus discursos de tratados, negociaciones y batallas, se escribiese renglón de tantos infortunios domésticos, de tantas muertes de pena y de dolor que diariamente ocurren, y se dan al olvido a la hora de sucedidas. Pero el pueblo, que tiene su gusto particular histórico, hace más caso de estas aventuras tristes, que de los escarceos y zapatetas de los historiógrafos; y tanto como el dicho ligero, desabrido y solemne de éstos, vale la tradición constante, fija y respetuosa de aquél. Sintiéronse de ello el clero y las personas instruidas, que nunca imaginaron se atreviese nadie a negar un suceso como el de los amantes, y trataron de buscar documentos que lo comprobaran. Dieron efectivamente en el archivo del ayuntamiento con la relación y rota del siglo XV, inclusa en unos curiosos anales de Teruel; exhumaron a 13 de abril de 1619 los restos de Isabel y Marsilla, que estaban en sus dos féretros, y vieron en el del varón un escrito que decía así: «Este es Diego Juan Martínez de Marsilla, que murió de enamorado.» Extendiose acta de todo y se protocolizó testimonio, instrumento que por fortuna pareció en 1822, para desvanecer nuevas dudas, suscitadas a principios del siglo actual con motivo de una relación falsa que existía en la parroquial de San Pedro.

De aquí tomó vuelo nuevamente la tradición; y una vez llevada al teatro, hiciéronla en repetidas ocasiones asunto de sus dramas los poetas, y con esto popular y famosa por dilatados siglos. Ensayó en ella su numen Tirso de Molina, cuyos pensamientos y palabras reprodujo el Dr. Juan Pérez de Montalbán. Pero todos los dramáticos han traído equivocadamente el suceso al año de 1535, el mismo de la gloriosa jornada de Carlos V sobre Túnez.

El primer libro de geografía en que se recuerda la historia de los enamorados, es el Atlas de Bleu, impreso en Amsterdam, año de 1672.

Desde 1619 permanecieron los ilustres esqueletos, con abandono a merced de los curiosos, en la iglesia parroquial; pero en 1708, por la obra nueva que allí se hizo, fueron trasladados al claustro inmediato, y colocados de pie en un armario poco digno dentro de la pared, donde permanecieron recibiendo visitas, favores y disfavores de cuantos pisaban aquella población, hasta que en 1854 se les labró digno y honroso monumento a manera de templete, en un salón que da al claustro, y cuya antigua bóveda bizantina le realza. Ocupa el centro del monumento muy rica urna de cristal, y continúan allí de pie, como antes, los dos esqueletos: el de Isabel a mano derecha, cubiertos con delicados cendales desde la cintura a la rodilla.

Concluyamos formando catálogos de las posteriores noticias bibliográficas relativas a tan famoso acontecimiento. -1780. D. José Tomás Garcés presentó a S. M. una Memoria genealógica, justificada, de la familia que trae el sobrenombre de Garcés de Marsilla; y cinco años después vulgarizó un extracto de ella el Memorial literario de Madrid. -1789. En Murcia se imprimió un Diario de la marcha del regimiento de Dragones de Numancia, desde Navarra a Murcia, en 1788, por D. Manuel Fernández de Salazar, donde se canta el mayor lauro de Teruel. -En 1808, y en Madrid, D. Isidoro de Antillón dio a la estampa sus Noticias históricas sobre los Amantes de Teruel; pero falto de documentos útiles, no apreció atinadamente la verdad. Antes habían visto la luz en el papel periódico intitulado Variedades de Ciencias, Literatura y Artes, que dirigía Quintana. -A 19 de enero de 1837 estrenose con desusado aplauso en el teatro del Príncipe, el drama Los Amantes de Teruel, en cinco actos, en prosa y verso, de D. Juan Eugenio Hartzenbusch. -En 1838, las prensas de Valencia publicaron la novela de Marsilla y Segura o Los Amantes de Teruel, historia del siglo XIII, por D. Isidoro Villarroya. -En el mismo año, la Noticia histórica de la conquista de Valencia, por D. Luis Lamarca, que toca este particular. -Cuatro años después, en la propia ciudad, sacó a luz D. Esteban Gabarda su Historia de los Amantes de Teruel, escrita con claridad y acierto, acompañada de curiosos documentos y de excelentes observaciones críticas. -En 1843 insertó notable artículo de Hartzenbusch sobre el mismo asunto, el periódico intitulado El Laberinto, correspondiente al 16 de diciembre. -Y lo último que ha salido de molde en el particular, son cuatro pliegos impresos en Valladolid, año de 1852 (extracto de la novela valenciana de 1838), que venden los ciegos por las calles.

Contra el silencio de las crónicas españolas, contra la novela del Boccacio, contra las dudas de Lanuza y Antillón acerca del suceso prodigioso de los amantes, existen sus cadáveres en Teruel, una tradición no interrumpida de seis siglos, y un muy antiguo escrito: con lo cual basta para tener el hecho por verdadero. Razón es ya volver al drama que ha puesto en mis manos la pluma.

Ufanábase, hacia los primeros días de febrero de 1837, el que todos apellidaban mordaz, maldiciente y satírico, el desenfadado Larra, tributando elogios con sinceridad y entusiasmo al hombre modesto que, sin pandilla literaria ni alta posición que le abonase, en veinticuatro horas supo convocar a un pueblo, conmover su corazón y esclavizar su juicio, arrancarle vivos aplausos y aclamaciones legítimas, conquistándose nombre imperecedero. Ponderaba la dificultad que ofrecía el asunto por su publicidad misma, por lo intenso del amor de los héroes, que la tradición y la imaginación abultan a lo infinito; y sobre todo, por los obstáculos que debían removerse para persuadir al auditorio que la amante podía dar su mano a quien no fuese dueño de su corazón. «Era preciso (dice) poner a Isabel en posición tal, que sin menoscabarse en nada lo sublime, lo ideal de su pasión, pudiese aparecer casada, y casada voluntariamente; pues sólo voluntariamente puede casarse quien puede morir. El autor, con raro tino, ha encontrado el secreto de ese resorte dramático en la misma virtud, en la perfección misma de su protagonista, inventando un episodio bellísimo en la pasión criminal de la madre de Isabel; preparada con tal discreción, que cuando el espectador la sabe, como llega a su noticia acompañada del castigo y de las angustias de delito, hace más sublime a esa misma madre. Rodeada la doncella por todas partes, creyendo que su amante le ha faltado, cumplido el plazo, estrechada por el honor y la felicidad de su madre y por los inmensos beneficios de Azagra, cede, no a la seducción ni a la inconstancia, sino al deber. Pero Azagra no es un monstruo: es un hombre locamente enamorado, con quien el espectador llega hasta a reconciliarse. De esta suerte preside al drama, no la maldad, sino la fatalidad, la infausta hermosura de Isabel, causa y origen de propias y ajenas desventuras.

«Marsilla, luchando a brazo partido contra la fatalidad, es una creación llena de valor y entereza. Pobre, se enriquece; el amor de una mujer se atraviesa como un obstáculo insuperable a su felicidad; torna a su patria, y en el momento más crítico es sorprendido por unos bandoleros que no pueden comprender, cuando le roban su tesoro, que le roban, con el tiempo, la vida. Las campanas le anuncian que Isabel está casada; el crimen es el único recurso que le queda; un vínculo sagrado le priva de su bien. Es sacrílego, es injusto.

    -En presencia de Dios formado ha sido.

-Con mi presencia queda destruido.


Respuesta, por lo menos, tan sublime como el famoso Qu'il mourut de Corneille.

«Está escrito el drama con pasión, con fuego, con verdad: excelentes la versificación y estilo; castizo y puro el lenguaje; bien guardados los usos y las costumbres de la época. Animemos al poeta a proseguir su brillante carrera, no ya como jueces de su obra, sino como émulos de su mérito, como necesitados de sus producciones. Y si oyese el cargo vulgar de que el amor no mata a nadie, responda que las pasiones y las penas han llenado más cementerios que los médicos y necios; y aun será mejor que a ese cargo no responda, porque el que no lleve en su corazón la respuesta, no comprenderá ninguna.»

Medio siglo de no interrumpidos aplausos y la admiración de toda España y de los extranjeros, han confirmado los elogios del excelente crítico; y cuantos pueden adivinar la suerte de la literatura moderna española, saben que a las edades venideras pasarán Los Amantes de Teruel, de Hartzenbusch, como joya preciosísima. Túvole justamente su autor mayor cariño que a otra ninguna de sus obras, contemplándola con la ternura que un padre a un hijo sabio y virtuoso, afanándose en retocarla y atildarla constantemente. Larra, con su exquisito gusto y buen juicio, tachó de recargado el papel de la madre, advirtiendo que «no es lo que se dice a veces lo que hace más efecto, sino lo que se calla o se deja entender, y que existe un pudor en el mismo corazón del culpable, que le hace evitar el nombre de su falta.» Esta observación, otras de personas doctas y bien intencionadas y el veneno de los maldicientes, que el sabio convierte en medicina, inspiraron la refundición que se halla inserta en el tomo XLIX de la Colección autores españoles, publicada por Baudry (París, 1350), y otra posterior que el público saboreó no mucho después en el teatro Español. En ambas redujéronse a cuatro los actos, algunas escenas de prosa vinieron a transformarse en otras de verso, la traza y disposición de la fábula ganó en regularidad y sencillez, desaparecieron los lunares en que se puso lengua, el cuadro quedó más harmonioso y correcto, y subió de punto la perfección de una obra que rayaba donde más alto puede rayar el ingenio humano.

El público, sin embargo, echó de menos ciertas frases que guardaba en la memoria, tal fue borrada que no debía ceder su puesto a otra ninguna. Parecíale mejor que lo nuevo lo antiguo, en aquellas delicadísimas estrofas:

    Desde los años más tiernos

fuimos rendidos amantes;

desde que nos vimos... antes

nos amábamos de vernos.

Y parecía un querer

tan firme en almas de niño,

recuerdo de otro cariño

tenido antes de nacer.


Y no podía llevar en paciencia que se hubiesen alterado los gallardos versos

    Mi nombre es Diego Marsilla,

y cuna Teruel me dio:

ciudad que ayer se fundó

del Turia a la fresca orilla.


¿Qué importa que la que hoy decimos ciudad sólo fuese villa en aquel siglo? ¿Pues qué, no había sido ciudad en remotísimas edades, llamada Turúlicum, nombre derivado quizá de el del río Turia o Guadalaviar y de donde provino el de Teruel? Paséanse muy orondos por esas benditas calles de Dios muchos hombres de entendimiento acompasado y estrecho en que sólo caben media docena de especies, frases y palabras, los cuales, si no las hallan en la obra ajena que se les pone a tiro, o las ven algo diversas de las que se les metieron en el caletre, cierran el libro al punto y menosprecian al autor por gigante que sea, o a buen componer, le acribillan a inclementes alfilerazos. Decía Isabel la Católica deberse oír a todos, pero hacer cada cual de por sí lo que entienda buenamente que le cumple hacer. ¡Locura grande prestar oídos a la vulgar, falsa y engañadora crítica, semejante a las moscas sucísimas que empuercan de negro lo blanco y de blanco lo negro!

En cambio, los hombres de buena voluntad, de bien cimentado saber, de gusto fecundo y exquisito, cuantos en el arte contemplan un sacerdocio, un reflejo de la luz divina, ¡qué no gozaron y gozan con la refundición última de Los Amantes de Teruel! Aquella madre, egoísta, dura, terca, inflexible en el drama primitivo; aquella madre, que al bien y a la felicidad de su hija antepone la propia conservación del crédito de honrada; aquella madre, que pide a su hija, con sequedad de fiera, sacrificios que ella no había sabido hacer para conservar in inmaculada su honra; aquella madre, de sentimientos por dicha impropios de la naturaleza humana, adquiere en la refundición cuanta verdad y cuanta belleza son imaginables. Ya nada vale tanto para ella como la ventura de su hija; opónese ya resueltamente al sacrificio de Isabel; la esposa que una vez cayó y supo levantarse para no volver a caer más, ostenta la aureola del arrepentimiento y la vivísima del santo y dulce amor de madre. ¡Triunfo admirable del estudio bien encaminado, de la observación fructuosa, de prócer ingenio! ¡Qué diferencia entre el primer bosquejo de la madre y la estatua esbelta, correctísima, noble, humana, llena de grandeza y hermosura, que el bizarro artífice, el soberano Hartzenbusch ha sabido legar al aplauso de los siglos venideros! En 1836, desquiciado el orden social, hechas ludibrio de los revolucionarios la santidad del matrimonio y la dignidad de la madre, vida, sostén y esplendor glorioso de la familia, y envenenado el aire que respiraba el poeta, su mucho entendimiento se ofuscó y vino a crear un monstruo inverosímil en lugar de una figura humana. Serenados los ánimos, vuelta a su cauce la sensata opinión sobre los hombres y las cosas, al fin hubo de hacer su oficio la saludable reacción del buen gusto, en quien literariamente le tenía muy bueno, y, a la mujer que tuvo en sus entrañas a la infortunada Isabel de Segura devolvió los sentimientos inherentes al amor de madre, solícito siempre, desinteresado y puro.

Quien no vaciló en llevar a cabo esta buena obra, recibió en el instante mismo la recompensa, acudiendo a realzar a maravilla su drama nuevos aciertos y envidiables primores. ¿Dónde nada tan bello, dónde sentimiento más delicado, pintura más viva, interés igual, tantos rasgos sublimes como en la escena 4.ª del acto 4.º entre el moro Adel y la amada de Marsilla? Allí están frente a frente dos civilizaciones: la mahomética ciega, fatalista, bárbara por su esencia; y la cristiana, todo abnegación, caridad y heroísmo. Quizá sea es escena la mejor de la obra. Por este moro llega a noticia de Isabel, casada ya, que Marsilla vive, que le es fiel, y ha llegado al pueblo y la va llamando a voces por las calles:

    ¡Eterno Dios! ¡Qué felices

Nacimos!... ¿Cuándo ha llegado?

¿Cómo es que me lo han callado?...

Y tú ¿por qué me lo dices?


Del mismo Adel oye la triste que en su propia casa ha buscado refugio la Sultana de Valencia, origen y móvil de su terrible infortunio. ¡Qué fiera lucha se traba en su corazón de cristiana y amante entre los encendidos instintos de nuestra viciada sangre, que le arrastra a ser cruel, y la fe del Crucificado, que le manda vencerse y perdonar!

    Sean de mi furia jueces

Cuantas pierdan lo que pierdo.

¡Jesús! Cuando yo recuerdo

Que hoy pude... ¡Jesús mil veces!

Ella con feroz encono

Mi corazón desgarró...

Me asesina el alma... Yo

La defiendo, la perdono.


Y al contemplar tanta variedad de encontrados afectos, dramática, bella, admirable, es imposible dejar de rendir, en tributo de justa y merecida alabanza, un entusiasta recuerdo a la Sra. Doña Teodora Lamadrid, actriz de entendimiento prodigioso y de maestría, singular en el difícil arte de Máiquez y Talma, que volvió a la vida en el teatro Español a Isabel de Segura, con la poesía en el rostro, en el ademán, en el acento, en la pasión tan verdadera como ideal de aquella desdichada amante.

En esta admirable producción halló la fórmula perfecta, que durante seis siglos anhelaba hallar, la sublime desventura de Isabel y Marsilla. Pero muy puro ciertamente debió de ser el afecto de ambos, cuando sin mancha ha llegado a nosotros su memoria; y casi imposible debe parecer a las gentes la fuerza de tanto amor, cuando extrañándola y resistiéndose a darle crédito la generación presente, fue preciso que a nuestra sociedad sin fe ni virtudes apostrofase desdeñoso un suicida.

Me he detenido tal vez demasiado en hablar del insigne dramático, porque aventajándose a sus otras hermanas las Musas del Teatro, fueron con él pródigas de los más lozanos e inmarchitables laureles. Quien supo emular con Esquilo y Shakespeare, y competir en ingenuidad y sazonadas gracias con Tirso, y en galanura y donaire con Lope de Vega, nunca se llegó a sentar en el Parnaso junto a Píndaro, Herrera y Fr. Luis de León. No tiene arrebato lírico Hartzenbusch; mas, en cambio, le realzan ingenio y agudeza, y natural soltura y aptitud para el verso corto. La concisión es rasgo distintivo de su numen, y éste, español a toda ley. Cuanto le inspira está vaciado en la misma turquesa de lo bello, castizo, gallardo y elegante de nuestro Cancionero y Romancero.

Quizá en ocasiones adolece de la vaguedad poética y del espíritu un tanto soñador de los alemanes; pero en nuestro vate júzguese esto accidente, y el pensar y escribir a lo español, naturaleza. Por la forma es siempre original, y en sus obras todo es grano. Muy lejos de ellas lo palabrero, hinchado y ampuloso, lo baladí con que suelen disfrazarse la ignorancia y el mal gusto.

Sabe Hartzenbusch ser tierno y delicado y ostentar sensibilidad verdadera en las composiciones líricas Al busto de mi esposa y en la despedida a las insignes actrices Doña Bárbara y Doña Teodora Lamadrid. ¡Qué modelo de feliz interpretación, de grandeza y majestad, de variedad de tonos, al españolizar La Campana, de Schiller! ¡Qué novedad e intención en las fábulas!

    A un peral una piedra

   tiró un muchachuelo,

y una pera exquisita

   soltole el árbol.

   Las almas nobles

por el mal que reciben

   vuelven favores.


¡Qué bello, qué tierno, qué delicado, qué bien sentido el romance La cama de matrimonio! En su género, por ventura no tenga nada mejor el Pindo castellano.

El oído exquisito de Hartzenbusch y su mucho conocimiento de nuestra lengua acertaron a dar el ritmo propio y característico, ya al verso, ya a la prosa, con lo cual ocupa lugar digno y aventajado entre nuestros primeros poetas y prosistas. En los cuentos seduce por su gracejo y soltura maravillosos, les da vivo interés dramático y no olvida introducir en alguno, para maleante risa del vulgo, a tal cual de esos hombres pobres de magín y cortos de alma que historió el diestro pincel del sabio maestro Ferruz en su corónica de los varones famosos non conoscidos.

Con llave de oro cierre este desaliñado estudio mío el retrato magistral de Hartzenbusch, que en junta pública de la Real Academia Española, hubo de ofrecer a muy selecto auditorio el Sr. D. Manuel Tamayo y Baus, gloria de tan preclara Corporación literaria y gloria envidiable de nuestro moderno teatro español. He aquí sus palabras:

«El último en abandonarnos fue el excelentísimo Sr. D. Juan Eugenio Hartzenbusch, muerto para lo terreno el 2 de agosto del año pasado, a los setenta y tres años de edad. Algunos antes había empezado a decaer velozmente, y en muy largos días no fue sino débil pavesa que infundía lástima y espanto a los que tuvieron el triste gozo de verle mientras iba acabándose aquella vida tan preciosa y tan bien empleada.

»Se distinguió como escritor correctísimo y elegante, como erudito y como poeta lírico y dramático. En nuestra primera junta, después de su muerte, fue proclamado autoridad de la lengua española. Entre las más apreciables cualidades de su estilo, descuella la concisión. Ningún autor, antiguo ni moderno, le aventaja en el difícil arte de decir las cosas pronto y bien. De su mucho saber y singular perseverancia dan testimonio trabajos de varia índole y las ediciones de los teatros de Lope, Tirso, Alarcón y Calderón, que avaloran la Biblioteca de Rivadeneyra. Su discurso de recepción en esta Academia, es joya de elevada crítica y acendrado gusto. Cualquiera de sus composiciones poéticas o prosaicas, puede servir de modelo para aprender a escribir en castellano. En sus poesías líricas, en sus apólogos, en sus comedias, brillan galas y primores inestimables, y en Los Amantes de Teruel, uno de los mayores triunfos del ingenio dramático en la patria de Calderón. Si este drama no supera en belleza a todos los que en las dos últimas centurias se han escrito, no se le posponga, por lo menos, a otro ninguno.

»También Hartzenbusch sintió el azote de la crítica, y aunque tuvo ardientes defensores (como alguien que me escucha,3 y cuya buena acción recuerdo, porque las buenas acciones no deben olvidarse), tal vez las injustas censuras fueron motivo de que no favoreciese al teatro nacional con mayor número de obras. Ciertas diatribas han de ocasionar, al que es objeto de ellas, profunda amargura o profundo desprecio. No honra el desprecio a quien le siente; pero no hay coraza mejor contra los tiros de la envidia. Al regocijar la escena con su deliciosa comedia Un Sí y un No, estimó necesario ocultar su nombre, como Bretón había ocultado el suyo cuando se estrenó ¿Quién es ella? ¡Tierra singular esta amadísima patria nuestra, en que da miedo llevar un nombre glorioso!

«Fue Hartzenbusch de pequeño cuerpo y de semblante muy expresivo; humilde en su porte; de costumbres sencillas; nada aficionado a los placeres tumultuosos del mundo; grave y formal, aunque no adusto ni severo; propenso a manifestar con risa momentánea, que a menudo parecía fenómeno meramente físico, muy diversos movimientos del ánimo; prudente y comedido; parco en el hablar; siempre igual en su manera de producirse; ordenado y metódico; dócil y sosegado, más por hábito que por temperamento; alguna vez en la disputa o controversia, tenaz y vehementísimo, tan memorioso, que era índice vivo de todos nuestros clásicos; tan ingenioso, que no tuvo contrario mayor que la excesiva sutileza; amigo de disculpar y defender errores gramaticales o lingüísticos en que él no incurría jamás; pródigo de su erudición en bien de los menesterosos; héroe de paciencia con los aprendices de literato; caritativo encomiador de lo mediano o baladí; mudo para la propia alabanza; exacto cumplidor de todas sus obligaciones.

»A diferencia de Escosura, Oliván y Ayala, nunca tomó parte en la política; pero constantemente profesó ideas liberales, que le hicieron llevar sin pena sobre sus no robustos hombros el fusil de miliciano nacional; y aunque enemigo por naturaleza y por reflexión, del ruido y el desorden, si eran ocasionados en nombre de la libertad, los soportaba con paciencia. Gozábase en recordar su origen.

    La tercia rima con trabajo acoplo:

Más fácil instrumento necesita

diestra que manejó mazo y escoplo.


»Encomio, que no sólo disculpa, merece tal linaje de vanidad. Las grandes cruces de Isabel la Católica y de Carlos III mostraron todo su fulgor en el pecho de este hijo de honrados padres y feliz artesano, a quien desde el taller en que manejaba el mazo y el escoplo, fue dado levantarse al inmortal seguro de la fama bien adquirida.

»Ufanábase también de haber pretendido en sus mocedades la plaza de conserje de esta Corporación. Llegué tarde -decía,- la plaza estaba dada. Para entrar en la Academia tuvo, pues, que aguardar a que en 1847 se le diese, no precisamente la plaza de conserje, pero sí una de Académico de número; y nunca fue nadie más digno de tan preciado galardón. Necesita la Academia hombres afamados que, con su gloria, la hagan brillar, y hombres laboriosos que con su trabajo la hagan vivir. Hartzenbusch la sirvió de uno y otro modo. Contribuyó a mejorar el Diccionario en sus ediciones de 1852 y 1869, y en la duodécima habrá muchas definiciones suyas de vocablos de artes y oficios. En la Gramática, y particularmente en la Ortografía, queda abundante muestra de su estudio y aplicación. Asistió a mil trescientas veintisiete juntas, y por acuerdo tomado a una voz, se le consideró presente a otras doscientas veintisiete sesiones. Cuando le preguntamos si tenía condiciones para ser elegido Senador por la Academia, contestó negativamente. La ley pedía a los Cuerpos científicos y literarios hombres cargados de laureles, pero no enteramente desprovistos de dinero. La sabiduría y la pobreza andan en el pueblo de Cervantes muy bien avenidas. Hartzenbusch no tenía treinta mil reales de renta anual. Este gran literato, en quien el profundo saber y el gallardo ingenio vivieron en paz prestándose mutuamente ayuda como buenos hermanos, pudo, sin embargo, enriquecerá su patria. La enriqueció de gloria. Su nombre será siempre acatado en esta Academia y donde quiera que se hable la lengua española o se rinda culto a la belleza literaria.»

AURELIANO FERNÁNDEZ-GUERRA Y ORBE.

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La rosa amarilla

    Amarilla volviose

      la rosa blanca,

por envidia que tuvo

      de la encarnada.

       Teman las niñas

convertirse de blancas

      en amarillas.


Los mandamientos de España

    Dicen que locos y niños

hablan siempre la verdad:

la lengua de un niño loco

debe ser la más veraz.

   Un niño demente había,

que en medio de achaque tal,

iba, sin embargo, dócil

a la escuela del lugar.

   El maestro, que observó

que era el loco algo capaz,

quiso que de la doctrina

supiese lo principal.

   -¿Cuáles son, le preguntaba

un día para probar,

los mandamientos de Dios

que rigen la cristiandad?

   -A los hombres, dijo el chico,

diez impuso en general,

y después a las naciones

otros en particular.

   Dios manda que España tenga

trono firme y libertad,

montes, caminos, marina...

y el peñón de Gibraltar.


El uso de la libertad

    «¡Viva la libertad!» Así gritaban

juntos con recia voz por largo rato,

al verse libres de su duro encierro,

una marmota, un gato,

un colorín y un perro,

que antes en un cortijo suspiraban,

víctimas del poder y los caprichos

de un labrador aficionado a bichos.

-¿Qué se hace, compañeros?,

preguntó el colorín, pues es costumbre

de bestias a la vez y caballeros

que el promotor de las cuestiones sea

la cabeza más ruin de la asamblea.

Yo, prosiguió diciendo muy ufano,

puesto que terminó la servidumbre,

y en ella me enseñaban vanos sones,

quiero desde hoy con ellos al tirano

silbar, y confundirle a maldiciones.

-Yo, dijo la marmota,

buscaré un agujero

para dormir en él un año entero.

-Aquí, el gato exclamó, según se nota,

por los collados hay y los ejidos

multitud de conejos y de nidos:

ya que se me presenta buena traza,

contrabandista me hago de la caza.

-Yo, prorrumpió sagaz el perdiguero,

como que libre y suelto bien me lamo,

voy libremente a ver si encuentro un amo.

   ¡De tan indigno modo

Empleó la cuadrilla emancipada

la libertad dulcísima anhelada!

Para las almas nobles ella es todo;

para egoístas, nada.


La vuelta del emigrado

Elegía

    Yo os vi desarraigar, olmos lozanos,

Del nativo plantel; yo vi los fosos

Abrir en larga hilera, donde vida

Nueva os dio la común próvida madre;

Yo os vi las ramas extender nacientes,

Y de tierno follaje revestiros.

Niño yo entonces, vuestro liso tronco

Ceñía con la mano; ya ni os puedo

Con ambas abarcar. Ruda corteza

Los caracteres deformó, que un día

En vosotros grabé, cual en mi rostro

La mano de la edad y la desgracia

Trocaron ¡ay! en repugnante ceño

Los dulces rasgos de la infancia hermosa.

   En otro tiempo para mí de dicha

Me visteis de la cítara sonante

Pulsar las cuerdas por la vez primera,

Y ufano celebrar el fausto día

En que la patria respiró. Sobre este

Duro peñasco destrocé furioso

La libre lira, cuando hueste inmensa

Descendió de la cumbre de Pirene,

Para arrasar el venerando templo

Que a la alma libertad alzara España.

¿Cuál es el árbol de vosotros, donde

Di reclinado lágrimas ardientes

De la patria infeliz a la ruina

Al deciros adiós? ¡Cielos! ¡qué miro!

¿No era aquél? Sí. ¡De la segur despojo

Fuiste al fin!... ¡Como tantos inocentes

Que bárbara inmoló la tiranía!

Pero tú, más feliz, árbol querido,

Vuelves a renacer en ese bello

Vástago que a tu pie brota pujante,

Y las vidas ¡ay, Dios! que en el sepulcro

La mano sumergió del despotismo,

Para siempre jamás en él se hundieron.

   Pero estas melancólicas memorias

Abandonemos ya. La patria vuelve

De nuevo a respirar el aura pura

De libertad; y a saludaros torno,

Árboles, otra vez. No ya, cual antes,

Mancebo, de venturas coronado,

No. Huérfano me veis, sin bienes, seca

Del padecer la fuente de mi vida.

corta será su duración; mas si oye

La Parca ruegos de quien no la teme,

Cuando tendido a vuestra sombra entone

Con falleciente voz, en llanto ahogada

Los números que en días más serenos

Vosotros me inspirasteis, vibre el golpe

Crüel entonces; y la vida mía,

Donde canté la libertad, acabe.


29 de Mayo de 1834

El amante desdeñado

    Desierta observo la feliz ventana

Descanso de los brazos de mi esquiva;

Ni su mágica voz se oye lejana,

Ni suena su laúd, ni fugitiva

Su sombra vaga en el opuesto muro,

En cuyo lienzo con la noche obscuro

Vierte la luz que arroja

La estancia refulgente

Su claridad amarillenta y roja,

Mírola yo impaciente;

Y haciéndome traición la fantasía

Se me figura percibir abierta

De un mundo de placer y de alegría

La esplendorosa puerta;

Y espera el corazón a cada instante

Que del hermoso Edén que ve delante

Mensajero aparezca de ventura

Un ángel de bondad y de hermosura.

   ¡Ay del amante que suspira en vano,

¡Ay del que busca amor y halla desvío!

Naufraga y a un bajel tiende la mano,

Y se la hiere marinero impío;

Y en ciego desvarío,

Mientras vigor alcanza

Sigue la senda cándida espumosa

(Fiel símbolo de frágil esperanza)

Que en la rizada superficie undosa

Tras sí bullendo deja

La quilla envuelta en cobre

De la nave que rápida se aleja.

Lucha el mísero y vence la pujanza

Del piélago salobre,

Que brama de que el hombre le resista;

Lucha hasta que se esconden a su vista

Sobre el hirviente azul la espuma blanca,

Tras el hirviente azul la obscura punta

Del mástil elevado.

Exhala el nadador desesperado

Un ay entonces que el dolor le arranca,

Cierra los ojos y los brazos junta,

Y entrega al mar con despechado arrojo

Su cárdeno cadáver por despojo,

Que se sepulta como piedra inerte;

Porque la acción robándole a la muerte,

Con la esperanza, en su veloz huída,

De aquel hombre que fue salió la vida.

   Heme al pie de la reja sabedora

Del congojoso afán del pecho mío,

Que una sierpe abrigó que le devora.

Heme aquí, donde pierdo

Los ayes que en liviano desacuerdo

Del triste corazón al aire envío.

Sedientos de gozar mis ojos vagan

Por la región fantástica risueña

Donde ilusiones pérfidas me halagan,

Donde feliz el ánima se sueña;

Y la espalda entre tanto

Vuelvo a la realidad, embebecido

En el goce ideal del bien fingido:

Porque es en este mar de acerbo llanto

Privilegio el mayor de los mortales

Poder entre el delirio y el olvido

Soñar placeres padeciendo males.

   Y males son los que la noche anuncia

Lóbrega y temerosa;

Males la voz del huracán pronuncia

Tronando estrepitosa;

Y el rayo serpeando por la esfera,

Escribe en letras de color sangriento

La sentencia fatídica severa.

Fuego despiden que requema el viento

El macizo sillar y la ancha losa,

Cual si volcán sepulto

De Madrid bajo el sólido cimiento

Tenaz abriese con empuje oculto

Paso a la llama que su seno encierra,

Taladrando las capas de la tierra.

De la nube que vela el firmamento

Desprendiéndose rara, el suelo azota

Gruesa, pesada gota,

Cuyo golpe levanta

Del polvo humedecido

Repugnante vapor, hálito ardiente;

Con voz lúgubre canta

El agorero pájaro en su nido;

Del benéfico sueño abandonado,

Con el cuchillo de la fiebre herido,

Lanza infeliz doliente

Sobre potro de pluma

Penetrante gemido prolongado;

Vil pesadilla abruma

La mente de la púdica doncella,

Germen fatal desenvolviendo en ella;

Y de su labio, del coral envidia,

Voz que huye, con afán articulada,

Descubre las quimeras con que lidia,

Y amedrenta a su madre desvelada.

Gime cada morada,

Que bajo cada techo

Sufre en sueños fantástica tortura

Quien no se agita en doloroso lecho:

Y al gemir allegándose el zumbido

Del aire que murmura,

Y la voz del cuidoso centinela,

De las nocturnas aves el graznido,

Y al ronco trueno que la sangre hiela

El son de religiosa campanilla

Y el susurro de rezo misterioso,

Que se oyen y se dobla la rodilla,

Por sí temblando el corazón piadoso,

Naturaleza en confusión tan fuerte

Manda al hombre temer próximo daño;

Y yo en delirio extraño,

Provocando a la suerte

A que con brazo de rigor me oprima,

Quieto en la orilla estoy de la honda sima

Que socava a mis pies el desengaño.

   Sobrado conozco, bellísima ingrata,

Que no hay en tu pecho amor para mí;

Si empero piadosa te hallara mi pena,

Tornárase gozo mi triste gemir.

   No aspiro a que empañe tus claros luceros

De llanto amoroso rocío feliz,

Ni pido a tu labio que trémulo se abra,

Y lánguido diga dulcísimo sí.

   De insecto pequeño, que es átomo vivo,

La estrecha pupila no alcanza a medir

La curva gigante que ciñe los orbes,

Y caben en ella mil mundos y mil.

   Tú numen de amores, tú sol de hermosura

Si quiero a tu esfera la vista subir,

Hundido en el polvo del suelo me miro,

Y tú te me escondes detrás del cenit.

   Mas si es tu belleza de estirpe divina,

¿Por qué sus blasones desmientes así?

Con rostro de cielo, con alma de fiera,

Mirarte es amarte, y amarte sufrir.

   Al ídolo salta la sangre que arroja

De víctima herida la humilde cerviz;

Y al ídolo en vano su turbia mirada

La res inocente levanta al morir.

   Así cada día con frente serena

Los ayes escuchas, que vuelan a ti,

De aquél que postrado te muestra la llaga

Que hicieron tus ojos con dardo sutil.

   La queja del triste regala tu oído,

Porque es de tu triunfo bastardo clarín:

También el balido de inerme cordero

Deleita a la tigre que asalta un redil.

   De lloro y suspiros al alma impusiste

Acerbo tributo que ya te rendí:

¿No habrá una sonrisa, no habrá una mirada

Que a tantos rigores dé plácido fin?

   ¡Ah, sí! yo confío; mi amor me asegura.

Perdóname ¡oh bella! si no conocí

Qué máscara adusta de fiero desvío

Sagaz ocultaba legítimo ardid.

   Quisiste que en rudo crisol de desdenes,

Mi fe sus quilates hiciera lucir:

Vencida la prueba, la harás de tu seno

Joyel con que adornes su puro marfil.

   Quizá de mi gloria ya toco el instante.-

Su voz se ha escuchado, sus pasos oí.

Balsámica el aura me avisa que llega,

Y el alma a los ojos se quiere salir.

   ¡Oh! ven a esa reja; ven ya, mi señora,

Y dulce tu labio de fino carmín,

Vertiendo en mi pecho raudales de gozo,

Le dé la esperanza de un plácido sí.

   Cortó la voz al desdeñado amante

Otra voz de suavísimo sonido,

Lisonja sospechosa del oído,

Caricia de enemigo mofador.

   Palabras de pasión brotando ardientes

Oyó el tímido siervo a su tirana,

Y creyó que al dintel de la ventana

Llegar no la dejaba su rubor.

   «Tú eres mi único bien,» ella decía;

«Tuyo es mi pecho que leal te adora;

Cesa de darme nombre de señora,

Que ya de tu querer esclava soy.»

   «Premio debido a la constancia firme,

Sabré en halagos desquitar desdenes;

Contigo ya mi pensamiento tienes,

Y en esta mano el corazón te doy.»

   Y viéronse dos sombras en el muro,

Frente de la ventana luminosa;

Y asido de la mano de su hermosa,

Un doncel a la reja se asomó.

   Un amargo gemido a los amantes

Pudo turbar en tan feliz momento;

Mas le apagó con su zumbido el viento,

Y la noche ocultaba al que gimió.


    Miradle: sobre púrpura sentado,

La copa del placer bebiendo está.

Oid: -en su cantar regocijado

Ay de dolor discorde sonará.

   «El hombre, del mundo rey,

Siervo de la muerte vive,

Dicta a la tierra la ley,

De la nada la recibe.»

   «Gloria y oprobio eslabona,

pero en desigual razón:

Seguros sus hierros son,

Disputada su corona.»

   «No halla el hombre criatura

Que a su cetro no resista:

Dios le da la investidura,

Y él el poder se conquista.»

   «Osado en su frente a herir

Insecto mísero viene,

Que armas para herirle tiene,

Y alas también para huir;»

   «Y ante las aras se ve

De la muerte sin defensa

El ínclito ser que piensa

Con una cadena al pie.»

   «Y la segur del destino

Le postra al golpe fatal,

Cual troncha cañas de lino

Granizada o vendaval.»

   «Es resistir a la parca

Es huirla insensatez:

Con sola una mano abarca

Del Orbe la redondez.»

   «El hombre en tal situación,

Para encubrir su flaqueza,

Con risible sutileza

Forjó la resignación.»

   «Y quiso hacerse creer,

Sofista consigo mismo,

Que era virtud y heroísmo

Lo que es falta de poder.»

   «¿Por qué ese título falso

De rey, hombre, se te da,

Si eres un reo que va

De la cárcel al cadalso,»

   «Cuya muerte a proporción

Se retarda o se acelera

Según dura la carrera,

Según aguija el sayón?»

   «¡Ay! para haber de arrastrar

Tan efímera existencia,

Esclavo de una sentencia

Que no se puede evitar,»

   «Yo, en el caso de elegir,

Hubiera dicho: «Primero

Quedarme en la nada quiero,

Que nacer para morir.»

   Así el hombre delira y se atormenta

Luchando con idea tan cruel:

Insecto que de flores se alimenta,

Y labra acíbar en lugar de miel.

   Tímido caminante en noche obscura,

Se asusta del benéfico pilar

Que próximo descanso le asegura

Tras largo y afanoso caminar.

   Cáliz la vida con el fondo abierto

Que al licor deja sin cesar huir,

Y único punto al hombre descubierto

La muerte en el nublado porvenir,

   ¿Por qué dar a esa copa y a esa meta

Furtivas ojeadas de terror?

Mirarlas sí; mas con la vista quieta,

Y naciera del hábito el valor.

   Despavorido huyó la vez primera

Que vio el salvaje el bélico corcel,

Y osado luego a la temida fiera

Clavó el arpón, y se vistió su piel.

   Si al término de todos los caminos

Hay un despeñadero que rodar,

¿Por qué en la hondura amontonar espinos?

Plumas donde caer conviene echar.

   ¿Y qué es morir? ¿Qué es eso que desvela

Tanto al hombre que eterno quiere ser?

Hallar al fin la eternidad que anhela,

y un vestido prestado devolver.

   No es el hombre la caja quebradiza,

Forma perecedera si gentil,

Que la mano del tiempo pulveriza

Y restituye a su principio vil;

   Allí dentro un espíritu se encierra

Noble, puro, de origen celestial:

Aquello es hombre, lo demás es tierra,

Y aquello no perece, es inmortal.

   Sediento el hombre de ventura vive,

Y apenas en la vida la entrevé:

¿Será posible que la mano esquive

Que de los cielos posesión le dé?

   Breve es la vida. -¡Brevedad dichosa,

Que los días acorta de ilusión,

Y nos lleva en carrera presurosa

De la verdad a la feliz región!

   ¿Qué pide la virtud en la bonanza?

¿Qué anhela en la desgracia la virtud?

El piélago cruzar de la esperanza,

Sirviéndole de barca el ataúd.

   El malvado que gima y se amedrente

De rendir a la muerte la cerviz,

Huélguese en la miseria de viviente,

Temeroso de ser más infeliz;

   Pero es al cabo por decreto eterno

Desastroso el vivir del criminal;

Y si en la muerte asústale el infierno,

Su vida es otro infierno temporal.

   Mezcla el hombre de espíritu y de lodo,

Ya excepcionado de la ley común,

¿Por qué, si el alma sobrevive a todo,

Más privilegios pretender aún?

   Esos orbes vivíficos de lumbre

Que al mundo animan y le dan color,

Florones de la diáfana techumbre

O joyas del vestido del Señor,

Esta del hombre equívoca morada,

Cementerio con galas de jardín,

Todo al voraz abismo de la nada

Corre, y en él encontrará su fin.

   Y en medio del magnífico vacío

Que llenará la eterna majestad,

El hombre girará con señorío,

Satélite de un sol divinidad.

   Plazo es la vida que emplear debemos

En adquirir felicidad mayor,

Felicidad que adivinar podemos

En los goces que dan virtud y amor;

   Y consumir en quejas vanamente

Los días de este plazo de merced,

Es, en vez de limpiar escasa fuente,

Cegar su vena y perecer de sed.

   Muerte, centro de todo, ley temida

Mucho rigiendo, al abolirse más,

Porque el día fatal de tu caída

Contigo al universo arrastrarás;

   Ángel eres que al alma aprisionada

Libertas de prolija esclavitud,

Y ya del roce con el cuerpo ajada

La vuelves a su hermosa juventud.

   ¡Muerte! si tú me guías a los brazos

De los seres que amé, de aquellos dos,

que de mí se llevaron dos pedazos

En el amargo postrimer adiós;

   Si al padre caro, si a la esposa amante,

Ya para siempre me uniré por ti;

Si a la madre he de ver que tierno infante

Primero la lloré que conocí;

   Ven, que tú eres la dicha, errado el nombre,

Tú haces la vida dulce de dejar,

Y tú puerto seguro das al hombre

Que errante boga por inquieto mar.


El alcalde Ronquillo

Fragmento

(Muerte del Obispo de Zamora.)

    Poco antes que en el Duero se sepulte,

Cruza Pisuerga plácida campiña,

Donde la rica mies, la rica viña

Derraman sus tesoros a la par.

   Descuella un monte allí; sobre su cumbre

Un gigantesco torreón se eleva,

Monstruo que con las víctimas se ceba

Que lo da la venganza a devorar.

   Agrio son de cadenas y cerrojos,

Amenazas de bárbaros sayones,

Súplicas, alaridos, maldiciones

Llenan aquella lúgubre mansión.

   Fortaleza la llama quien lejano

Su mole ve sin registrar su centro;

Llámala infierno quien suspira dentro,

Cárcel la ley, su afrenta la razón.

   Allí un anciano en miserable estancia,

Más bien que calabozo sepultura,

Sufre de sus pesares la tortura

Con el pie de la muerte en el umbral.

   Pero en aquella frente consagrada

Señales duran de lo que era un día;

Centellea en su frente todavía

La llama del espíritu marcial.

   Bajo el morado episcopal vestido

Violento late el corazón de Acuña;

Cuando su mano el pectoral empuña,

Fue un acero tal vez lo que buscó.

   ¡Padilla! sin cesar suena en su labio,

Y un ay le sigue, y el prelado llora;

Y es el audaz prelado que en Zamora

¡Santiago y libertad! apellidó.

   -«¿Por qué, Señor,» arrodillado dice

Delante de un ebúrneo crucifijo;

«Por qué, Señor, tu cólera maldijo

La jornada infeliz de Villalar?

   ¿Era pendón de iniquidad acaso

La bandera del noble comunero?

Por defender el injuriado fuero,

¿No es lícito la espada desnudar?»

   «Si entronizado el codicioso belga

Saqueaba el palacio y la cabaña,

Y desangrando a la infeliz España,

Ríos de oro enviaba a su nación;

   Si reía en espléndido banquete,

Sirviéndole de música el gemido

De un pueblo que por él empobrecido

Moribundo imploraba compasión;»

   «Si al pedirle justicia el triste padre,

Padre a quien deshonró vil cortesano,

Decía el extranjero al castellano:

Cómprame la venganza y la tendrás;

   ¿Debió Castilla tolerar la afrenta?

¿No debió armarse para entrar en liza,

Y gritar a la chusma advenediza:

No reinarás sobre mi suelo más

   ¿Condenaste, Dios mío, por mi culpa

La empresa que si no te fuera grata,

porque soltando el báculo de plata,

Del profano bastón el puño así?

   No, que Samuel, ministro de las aras,

También en sangre se bañó la diestra,

Joyada de tu templo hizo palestra,

Moisés armó los brazos de Leví.»

   «Lo veo, sí; nuestra fatal caída

Quisiste que enseñara a las naciones

En dos tremendas útiles lecciones

Lo que merecen, lo que deben ser.

Quéjese el pueblo que agobiado llora,

Sólo de sí, pues que tolera el yugo;

Mas sepa, si combate a su verdugo,

Que sin unión es fuerza perecer.»

   «Perecieron por eso en el cadalso

Los hijos de la gloria y de la guerra:

Sus casas, igualadas con la tierra,

Yacen cubiertas de ignominia y sal.

   ¿Por qué me ha perdonado la cuchilla?

¿Por qué esta cárcel mi vivir esconde?»-

Una voz pavorosa le responde:

«Porque te espera muerte de dogal.»

   Ábrese con estrépito la puerta,

Y precedido de villana tropa,

Vestido un hombre de funesta ropa

Resuelto avanza en la prisión el pie.

   Vara sutil de magistrado lleva,

Que en él parece látigo sangriento:

Ningún rasgo de humano sentimiento

En su frente fanática se ve.

   Sanguinaria la boca, sanguinarios

Los torvos ojos de iracunda hiena,

Con desplegar el labio ya condena,

Con su mirada martiriza ya.

   Mudo, pasmado el infeliz Acuña,

La decisión espera de su suerte:

No le acobarda la imprevista muerte;

Pero le aterra ver al que la da.

   En nombre de Don Carlos os lo mando,»

Grita a los suyos el feroz alcalde;

Pero dicta sus órdenes en balde;

Tiembla el esbirro, párase el sayón.

   « Obedeced,» el bárbaro repite;

Los satélites claman: «¡Sacrilegio!»

Y acatando el sagrado privilegio,

Se lanzan en tropel de la prisión.

   «No teme el vengador de la justicia,»

Dice el cruel, «del hombre ni del cielo;

Ese dogal tirado por el suelo

No quedará sin víctima esta vez.»

   «¡Ronquillo!» fue a exclamar el sacerdote;

Pero apagó su voz el duro lazo,

Que estrechó con la planta y, con el brazo

Aquel verdugo en hábito de juez.

   Por los tránsitos luego de la cárcel

Su trofeo arrastró, dejando en ellos

Con la sangre de Acuña y los cabellos

Señalado el camino que llevó.

   Y a un corredor llegando, guarnecido

De dorado arabesco pasamano,

A ver el espectáculo inhumano

Testigos el sacrílego llamó.

   Y llegaron, y dijo: «Comuneros,

Que desdorar quisisteis la corona,

La clemencia de Carlos os perdona:

De Simancas salid; pero ¡mirad!»

   Y el cordel ominoso atando a un hierro,

Lanzó al aire el cadáver palpitando...-

Cayó la turba mísera temblando

Pasmada de terror y de piedad.

   Alzose un alarido que llenaba

Del ancho patio el ámbito vacío;

Sucedió al penetrante vocerío

Misterioso susurro de oración.

   Oscilaban pendientes entre tanto

Del corredor los míseros despojos,

Y el llanto que asomaba en muchos ojos

Se volvía en secreto al corazón.

   Pero el cáñamo vil con un crujido

Turbó el piadoso fúnebre homenaje,

Y anunció desde el alto barandaje

Nuevos horrores que mirar después.

   Cruzaba el patio el bárbaro Ronquillo...

Sonó un golpe violento... y de repente

De sangre salpicósele la frente,

Y vio el roto cadáver a sus pies.

   «Esconda,» dijo, «su ignominia luego

La sepultura que a pedirme vino.

Comuneros, sabéis vuestro destino:

¡Sed fieles al invicto emperador!»

   Y salió del castillo a lento paso

Con un lienzo enjugándose la cara,

Y agitando en el aire aquella vara

Que sembraba el espanto y el horror.


Isabel y Gonzalo

Leyenda

-I-

El descubrimiento

    Niebla densa y fría

Que sube del Tajo,

Cubriendo a la noche

La luz de sus astros,

Envuelve a Toledo

En húmedo manto.

Reina por las calles,

Reina en el palacio

Profundo silencio,

Gustoso descanso.

Ni el ave agorera

Con lúgubre canto

Prontos funerales

Intima al anciano,

Ni agudo ladrido

Despierta al avaro

Que nuevos tesoros

Apila soñando.

Ni suena campana,

Ni escúchanse pasos;

La villa parece

Sarcófago vasto,

Donde confundidos

Godos y romanos,

A sus sucesores

Están aguardando,

Sólo entre la sombra

Descúbrese un claro

De luz moribunda

Resplandor escaso;

Sólo en el alcázar

Del rey castellano,

Y en rico aposento

De techo dorado,

Un hombre no goza

Del sueño de tantos.

Enrique el segundo,

Enrique el bastardo,

Que vida y corona

Quitole a su hermano,

Solícito espera

La aurora velando.

No porque le acosen

Recuerdos amargos

Del crimen que vieron

Montiel y su campo:

Temblaba algún día

De verse las manos;

Mas ya se envanece

Del golpe villano:

Truecan de conciencia

Reyes adulados.

Del lecho mullido

Le tienen lejano

Sospechas que abriga

De cierto vasallo,

Que en prenda vedada

Sus miras acaso

Por desdicha suya

Puso temerario.

Paséase inquieto,

Y asómase cauto,

En una ventana

La vista clavando.

Ventana es aquélla

Que fue muchos años

Hito de los ojos

De los toledanos,

Colgada de flores,

Vestida de ramos,

Verdes esperanzas

Que allí se secaron.

Jamás los suspiros

Y amantes regalos

Aquella ventana

Abierta encontraron;

O nunca a lo menos

El bello milagro,

De mil albedríos

Amable tirano,

Señales visibles

De aprecio ni pago

Dio a los homenajes

Que le tributaron.

«Tienes, Isabela,

Corazón de mármol,»

Cantábanle luego

Sus enamorados.

Hoy ya no se culpa,

Sabido el arcano,

Su dura esquiveza,

Su honesto recato.

De rey y vasalla,

De ilícito lazo,

La triste Isabela

Nació para el claustro,

Y ya el sacro velo

Le están preparando.

Vino para darle

Su primer abrazo

Enrique a Toledo:

Vendióselo caro.

Por toda una vida

De días de esclavo,

Sin goces el alma,

Y el cuerpo penando,

La dio un apellido

Regio, pero vano.

Cierto que con ella

No anduvo bizarro

El más generoso

De los soberanos:

¡Fiad en virtudes

De razón de estado!

La víctima hermosa

Del triste holocausto

El cuello sumiso

Tendía llorando:

Enrique por eso

Vigila azorado

De su hija la casa

Frontera a palacio:

Aquellos luceros

Deshechos en llanto

«Amor nos anubla»

Dijeron incautos.

Burlan las tinieblas

El celo del Argos,

Y abierto el postigo,

La luz con sus rayos

El espionaje

Revela callando.

Sale del alcázar

El rey embozado,

Celoso dos veces,

Padre y soberano;

Y al tocar los muros

Que le dan cuidado,

Pisadas percibe,

Llaves y candados,

Puerta cautelosa

Que se abre despacio,

Y seda que cruje

Rozada con paño,

Y dos voces oye

Decirse muy bajo

En son de cariño,

En eco de halago:

«Adiós, Isabela;

Adiós, mi Gonzalo.»

El rey queda inmóvil,

La espada en la mano.

-II-

La venganza

    «Cumplid la piadosa ley,

Noramala para vos:

Sacerdote, hablad de Dios,

y no me nombréis al rey.»

   «¿No queda bien satisfecho

Su enojo con mi cabeza,

Si no postra la entereza

De este generoso pecho?»

   «Pues a ese mezquino afán

Yo mi pundonor igualo;

No triunfará de Gonzalo,

Que soy Núñez y Guzmán.»

   «Tengo vuestra absolución

De lo que a Dios ofendí;

Pero fiel vasallo fui:

No pido a Enrique perdón.»

   «Crédito a mi labio dad,

Y tened por cosa cierta

Que no se miente a la puerta

De la obscura eternidad.»

   «Sólo supe que Isabel

Sangre de Enrique tenía

Cuando era ya esposa mía:

Culpe a sus misterios él.»

   «Que si al más alto lugar

Sabe amor alzar el vuelo,

Timbre oculto con un velo

Mal se puede respetar.»

   «Pero decís que al Señor

Un corazón usurpé.-

Jamás Isabel su fe

Consagró a su Redentor.»

   «Si encarcelada vivir

La mandó precepto injusto,

El silencio del disgusto

No es promesa de cumplir.»

   «Dios su corazón formó,

Y pues que no le hizo suyo,

Sin temeridad arguyo

Que a mí me le destinó.»

   «Porque sólo hacer dichosa

Mi vida Isabel pudiera,

y falta al Señor no hiciera

Entre tantas una esposa.»

   «Y me dice la ventura

Que en sus brazos he gozado,

Que pude, sin ser culpado,

Ser dueño de su hermosura.»

   «Pues bien no se halla real

Donde la virtud no asiste,

Y es inquieto, amargo y triste

Todo placer criminal.»

   «El negro cadalso así

Veré con serena cara,

Contemplando en él un ara

De martirio para mí.»

   «Y si aunque erguida, me ven

Pálida un tanto la frente,

Es que al paso que inocente,

Soy querido y amo bien.»

   «Y no puede sin temor

La tumba ver un amante,

Pues le señala el instante

De renunciar al amor.»

   «Esto, padre, repetid

Al monarca de Castilla,

Y que empuñe la cuchilla

Luego al verdugo decid.»

   Enmudecido y absorto

De admiración y piedad,

Dejó la fúnebre estancia

El ministro del altar;

Y detrás del cortinaje

Descubrió, con pasmo igual,

A un rey trocado en espía

Menguando su majestad,

Monarca en la vestidura,

Y reo en el ademán.

Con violencia respiraba,

Como en su sordo bramar

Hórrida explosión anuncia

El hervoroso volcán.

En esto llegó un anciano

En hábito monacal,

Y entregole un azafate

Cubierto de un tafetán.

Un pliego y unos cabellos

Venían allí no más,

Súplicas de una infelice,

Despojos de una beldad.

Volviose Enrique de espaldas

Para poder ocultar

La conmoción que del pecho

Se le asomaba a la faz,

De recia interior batalla

Inequívoca señal.

Llegose luego a una mesa

Donde víanse a la par

Cadenas y escapularios,

Licores, frutas y pan,

Cirios de amarilla cera,

Una segur y un dogal,

y al pie del Crucificado,

Dios de mansedumbre y paz,

Hecho cetro de la muerte

Un pergamino fatal.

Desarrollole el monarca,

Y en él con celeridad

Dos palabras escribió

Vencido el enojo ya.

Perdón era la primera,

La segunda, libertad.

-III-

La separación

    De dos vírgenes tiernas

Apoyada en los hombros,

Trémulas las rodillas,

Desencajado el rostro,

Respirando congojas

Y hablando por sollozos,

Isabel lentamente

Se arrastra al locutorio,

Donde la está Gonzalo

Esperando anheloso.

Detiénese la triste

Para alentar un poco,

Desembargar la lengua

Y serenar los ojos:

Mostrar abatimiento

Parécela desdoro

De la consorte fina

Que con ánimo heroico,

En vida se sepulta

Por dársela a un esposo.

Para que a su semblante

Suban matices rojos,

Sangre le pide al pecho

Dilacerado y roto;

Y para ver al hombre

Que el tiempo más dichoso

Su ídolo fue adorado,

Su bien único y solo,

De la virtud y el cielo

Confía en el socorro.

Compónese la toca,

Desdobla el cuerpo airoso,

Del traje penitente

Repara el abandono,

Fija en una medalla

Ósculos mil devotos,

Y a vista de su amante

Ofrécese de pronto,

Cual ángel cuya planta

Huella el poder del Orco.

Largo tiempo es del labio

El ministerio ocioso;

Que al través de las rejas

Que al mundo ponen coto,

Los dos enamorados

Se dicen sin estorbo

En las miradas mucho,

En los suspiros todo.

Dando al fin a la lengua

Súbito desahogo,

Isabel a Gonzalo

Háblale de este modo:

   «Al cerrar por mí mano las barreras

Que de ti me separan y del mundo,

Quise que nunca mi dolor profundo

Con tu vista vinieras a aumentar.»

   «Hoy te agradezco que mi ley quebrantes,

Plácida recreándome la idea

De que Gonzalo la constancia vea

Con que mi pena sé sobrellevar.»

   «Entre temer la culpa y expiarla,

Paso los días y la muerte espero;

Pero a este precio tu vivir adquiero:

Dulce por ti se torna mi dolor.»

   «Cuando recuerdo que mi amor bizarro

Conserva a España su mejor caudillo,

Corro al altar y ante el Señor me humillo,

Y bendigo su mano de rigor.»

   «A vida sin placeres condenada

Desde que a ver la luz abrí los ojos,

Vegetando entre muros y cerrojos,

Fui como planta que sin sol creció.»

   «Las trovas que cantaron a mi reja

Galanes mil en amoroso ruego,

Yo las oía como escucha el ciego

El bramido del mar que nunca vio.»

   «Por ti mi corazón aletargado,

Llanura estéril, arenal desierto,

Se vio de flores de placer cubierto,

Y amaneció la dicha para mí.»

   «Aquellas horas de dulzura llenas,

Un beso tuyo, tu menor halago,

Yo, Gonzalo querido, no los pago

Ni con un siglo que suspire aquí.»

   «Mil años de penar en el infierno

Fueran de tanto bien premio mezquino...

Perdona mi locura, Juez divino;

Compadece a una mísera mortal.»

   «Habla al esposo la infeliz esposa,

Y se despierta su cariño blando;

Hablo al que todavía estoy amando,

Porque me vence mi pasión fatal.»

   «¡Ah! no lo permitáis, Dios poderoso,

Ni tú lo creas, mi Guzmán querido.

Nunca sobre tu amor caerá mi olvido,

Pero a ponerle freno aprenderé.»

   «Mas entre tanto que angustiada lloro,

Quizá en otra mujer pérfido adores.

No profanes jamás nuestros amores;

Prométeme, Guzmán, eterna fe.»

   «¿Me miras y del manto te despojas?

¡De Alcántara la cruz muestra tu pecho!

¡Y yo, Dios mío, de su fe sospecho,

Cuando se acoge como yo al altar!»

   «Centro ahora común de nuestras alma,

Dios, que desde su trono nos inspira,

Nuestro cariño mirará sin ira

Que a su seno amoroso va a parar.»

   «Y la esposa podrá de dos esposos

Implorar al Eterno por el hombre

Que para gloria de su santo nombre

Lidiará de Granada en el confín.»

   «Y al escuchar las ínclitas hazañas

Con que triunfe Guzmán del agareno,

Confundiré sin crimen en mi seno

Mano y origen, instrumento y fin.»

   «Que de mi amor con dura penitencia

La parte terrenal acrisolada,

Yo amaré tus virtudes y tu espada

Como destellos del poder de Dios:»

   «Y tras vida de paz sin amargura

Tranquilos a la huesa bajaremos,

Y en el cielo por fin nos uniremos

Por edades sin término los dos.»


A las aguas minerales de Panticosa

       Aún más subir! ¿A dónde

Mis pasos lleva la encumbrada vía?

¿Dónde el valle se esconde,

Término y fin de la esperanza mía?

¿Dónde brota la fuente

Que hace al cadáver renacer viviente?

   El alma se contrista

Del sendero en la bárbara aspereza;

La acobardada vista

Con agrias peñas por do quier tropieza,

Y un monte y otro monte

La encarcelan en mísero horizonte.

   Descubre el Pirineo

Altas cimas de hielo coronadas:

Yo ¡triste! no las veo;

Que cautivar no puede mis miradas

Entre las rocas yermas

Sino el cristal de las bullentes termas.

   Estrepitoso zumba

Caldarés4 en la quiebra donde osado

De golpe se derrumba,

Y de riscos enormes contrastado,

Embravecido ruge,

Y alza sus olas con doblado empuje.

   Mas yo aparto los ojos

Del río y de los fúlgidos cambiantes

Aúreos, de plata y rojos

Que pinta en las espumas vacilantes

La luz del claro cielo:

Son otras linfas las que ver anhelo.

   Más allá de la puente,

Ya el importuno estruendo se aminora

Del rápido torrente,

Y al fin el eco mudo lo devora,

Como el orgullo calla

Cuando traslinda la funérea valla.

   Nada el silencio augusto

Conturba allí de la pendiente senda;

No hay plácido ni adusto

Pájaro cuya voz el aire hienda:

Sólo en el hueco seno

Braman, tal vez, el huracán y el trueno.

   Falta en aquella altura

Aliento al ave que volando sube;

Sólo cruzar segura

Puede la esfera la ondulante nube,

Que da con forma extraña

Pomposo pabellón a la montaña.

   Ya se irgue aquí lozano

El roble fuerte, el pinalbar derecho,

Y al pie del avellano

Convida el césped con florido lecho,

Donde a la fresca sombra,

Despierta sueño la fragante alfombra.

   Allí yace escondida

De Plandigón5 la deliciosa vega,

De rocas circuída,

Cuya empinada cumbre al cielo llega:

La nieve que las viste

Cuarenta siglos ha que al sol resiste.

   Guste mi labio ardiente,

Guste pronto el licor maravilloso

Que aplaque dulcemente

La congoja del pecho fatigoso,

Carcoma de mi vida.

¡Oh! dadme la benéfica bebida.

   Quité al fin de la boca

El vaso, limpio de sangrienta mancha.

¡Oh! ya esperar me toca,

Ya confiado el corazón se ensancha,

Sin miedo de que quiebre

Mis venas ya la devorante fiebre.

   ¡Qué insólita alegría

Por mi espíritu débil se derrama!

Pujante lozanía

Mis desmayados órganos inflama,

Y en vivas ansias arde

De hacer el pecho de su fuerza alarde.

   Y suelto me encaramo

De los peñascos por la frente inhiesta,

Donde con silbos llamo

Al ganado que pace en la floresta,

O el manantial sorprendo

Que se desgaja de la cumbre huyendo.

   O bien en el estanque,

De mil arroyos con la ofrenda rico,

Doy al batel arranque,

Y cuando el remo a gobernar me aplico,

Cada vez que le hundo,

Círculos abro, imágenes confundo.

   Y elévase la mente,

Y la bóveda azul atravesando,

Miro al OMNIPOTENTE

Con el dedo en los montes señalando

Su giro a los raudales,

Piscina milagrosa de los males.

   Y alabo el santo nombre

Del justo Juez que al imponer la pena

De su soberbia al hombre,

De dádivas espléndido le llena,

Con que robusto y fuerte

Retarde la victoria de la muerte.

   ¿Por qué ignotos canales,

Señor, esas corrientes encaminas?

¿Qué ricos minerales

O qué gases vivíficos combinas

Allá en el antro rudo

Que vista humana penetrar no pudo?

   ¿Cuál es la lumbre que hace

Que hiervan los copiosos surtidores?

¿De qué, gran Dios, su diferencia nace

De temple y de sabores?

El orbe me contesta:

«Un HÁGASE mi fábrica le cuesta.»

   Asilo solitario

Que la proscrita paz halló en España,

Dichoso santüario

Que el fiero Marte perdonó en su saña,

Tú cuyas auras quietas

No turbó el son de bélicas trompetas;6

   Cuando de ti me aleje,

Sufre que en esta losa de granito

Reconocido, deje

Mi obscuro nombre por mi mano escrito,

En muestra de que debo

A tu favor el existir de nuevo.

   ¡Así cuando sonara

De mi postrer anhélito la hora,

Pía mano llegara

A mis labios en copa bienhechora

Tu licor dulce tibio,

Mágico elixir de salud y alivio!

   Entonces en sus brazos

Risueña la esperanza me acogiera,

Y los mortales lazos

Sin sentirlo mi espíritu rompiera,

Y de dolor exento,

Vivido hubiera hasta el fatal momento.


Madrid, 1840.

La medianía de ingenio

    Mediocribus esse poetis

non Di, non homines, non concessere columnæ.


Horacio.



    Simbólica verdad mal disfrazada,

Grito de la razón a la osadía,

Sueño que su impotencia, que su nada

Revelas a mi estéril fantasía:

Ya dejo la carrera comenzada;

Ya inútil reconozco mi porfía,

Y a pesar del sonrojo que padezco,

La lección provechosa te agradezco.

   Duerme el avaro y con el oro sueña

Que afanoso en sus arcas amontona;

Duerme el que sigue la marcial enseña,

Y ve en sus sienes la triunfal corona;

Duerme el amante, y la beldad risueña

Con su cariño fiel le galardona;

Dormí yo con mi altivo pensamiento,

Pero soñé mi oprobio y mi tormento.

   En medio me encontré de una llanura

Piélago inmóvil de sutil arena;

Suelo entre cuya incómoda soltura

Rodeábase al pie tenaz cadena:

Cubría el horizonte noche obscura;

Mas brillaba el cenit con luz serena;

Luz que, afrentando la del sol ausente,

Nacía de otro sol más refulgente.

   Del centro levantábase del llano

Altísima pirámide, y su cumbre

Era escabel de un genio soberano

Cercado en torno de celeste lumbre.

Coronas varias de laurel lozano

Tendía a la infinita muchedumbre,

Que anhelosa llegaba a cada instante

Al pie de la pirámide gigante.

   Llamados de la plácida sonrisa

Del numen seductor y de su acento,

Que aun en el alma débil y remisa

Despertaba ambición y atrevimiento;

Rivales todos en ahínco y prisa,

Ansiaban escalar el alto asiento,

Sin reparar en los pendientes lados,

De gradas y asidero despojados.

   Bajo la planta vi de algún dichoso

Que el mármol ablandaba su dureza,

Labrándole escalones obsequioso,

Tras él deshechos con igual presteza.

Ceñir vi al genio con laurel glorioso

Del mortal predilecto la cabeza,

Y exclamé: «Cuando todo me resista,

Mayor será la prez de mi conquista.»

   En las junturas de la piedra entonces

Hinqué las manos con pueril arrojo:

Para otros cera, mas conmigo bronces,

Mi sangre al punto las tiñó de rojo;

Cada cual de los ásperos esconces

De mí quedaba con algún despojo,

Hasta que al medio ya de la subida

La voluntad se declaró vencida.

   Rodé precipitado de la altura

Donde me alzó para mi mal mi anhelo,

Y encontré momentánea sepultura

Dentro del polvo del movible suelo:

Con mofa universal mi desventura

Solemnizó la multitud sin duelo,

Y al dolor del orgullo escarmentado

Desperté sobre el lecho acelerado.

   Rayos de mustia lámpara oscilantes

Hirieron en el muro las facciones

De los ingenios como el sol brillantes,

Que envidian a mi patria mil naciones.

   Vi los ojos de LOPE y de CERVANTES

Moverse en encontradas direcciones,

Y por sus labios extenderse lenta

Sonrisa amarga de piedad que afrenta.

   Sí, con postizas alas es en vano

Querer alzar hasta el Olimpo el vuelo;

Decreto irrevocable, aunque tirano,

Se burla del afán y del desvelo:

Do quier que toca la azarosa mano

Que el genio no inspiró, derrama hielo,

Y hasta el aliento del bastardo vate

Aja las flores y su tronco abate.

   Vislumbrar entre gasa incitadora

Purpúrea faz con ojos de centella,

Y acercarse a la imagen que enamora,

Y huir y el velo redoblar la bella,

Y seguirla con planta voladora,

Y hallarse siempre separado de ella:

Tal suplicio padece el desdichado

Que a Febo culto da sin ser llamado.

   La verdad siente, adora la hermosura,

Y la quiere cantar; mas cuando canta,

Con su voz la verdad se desfigura,

Con sus acentos la belleza espanta:

El pensamiento que pintar procura

Trueca naturaleza en su garganta,

O irritada con él diestra divina

Le fuerza a hablar por áspera bocina.

   Puso el genio a sus hijos en la frente

Brilladora señal de vivo fuego,

Y abriéndoles su alcázar eminente,

Lo cerró a la violencia como al ruego.

«Si hay,» díjoles el numen, «quien intente

Mis umbrales hollar osado y ciego,

Sin que de allí le arrojen vuestros brazos,

Caerá sobre él mi pórtico en pedazos.»

   Cedamos a la ley que nos condena;

Callar es el deber del labio rudo;

Con el destino la razón lo ordena:

Muera la envidia en el respeto mudo.

Abandone la cítara sin pena

Quien la pulsó de inspiración desnudo,

Y huyendo competencias desiguales,

Destrócela a los pies de sus rivales.

   Cantad, poetas: vuestras harpas de oro

Con su mágico son llenen la esfera;

Mi voz de mil y mil seguida en coro,

Romperá en vuestro aplauso la primera.

Fruto es del tiempo que perdido lloro

La admiración que merecéis sincera.

Recibid el tributo que os ofrece

Quien os escucha y goza... y enmudece.


La cama de matrimonio

    Adónde va el carpintero

Con tanta madera al hombro?

-Tengo que hacer un tablado

De cama de matrimonio.

-¿.Quién se casa? -Florentina.

-Tú eres entonces el novio.

Mil enhorabuenas, Pedro.

-Mil gracias, amigo Alfonso.

   -¿Cómo te has hecho ese traje?

-Madre mía, no sé cómo.

Feo salió para boda;

Para mortaja es el propio.

-Rásgale, niña, o deshazle.

-No, madre, ya no le toco.

Mala me siento hace días:

Puede que me sirva pronto.

   -¿Qué trabajas, Pedro amigo,

Tan afanado y lloroso?

-Labro una cama sin pies,

La postrera que usan todos.

-¿Quién ha muerto? -Florentina.

Por ella trabajo y lloro.

¡En ataúd se ha trocado

La cama de matrimonio!


18 de mayo de 1854.

Traducción de Metastasio

    Por qué la vida nos parece bella?

¿Qué placer nos ofrece mientras dura,

Si no hay edad ni condición en ella

Que dolor no se vuelva y amargura?

Niños, un ademán nos intimida;

Juguete somos en la edad florida

De la fortuna y del amor insano;

Y al fin cubiertos de cabello cano,

Abrumados gemimos

Al peso de los años que vivimos.

Ya el ansia de adquirir nos atormenta,

Ya el temor de perder nos pone susto:

Lid continua y violenta

Entre sí tienen siempre los malvados,

Y perdurable lid también sustenta

Contra la envidia y la falacia el justo.

Fantasmas engendrados

Por loca fantasía,

Sueño, delirio son nuestros cuidados;

Y cuando al cabo con vergüenza un día

Se desengaña nuestra mente ciega,

Entonces es cuando la muerte llega.


Imitación del alemán (de Schiller)

Vivos voco, mortuos plango, fulgura frango.


    Afianzado en el suelo fuertemente

Ya el molde está de recocida greda;

Hoy fabricada la campana queda:

Obreros, acudid a la labor.

   Sudor que brote ardiente

   Inunde nuestra frente;

Que si el cielo nos presta su favor,

La obra será renombre del autor.

   A la grave tarea que emprendemos

Razonamiento sólido conviene:

Gustoso y fácil el trabajo corre

Cuando sesuda plática se tiene.

Los efectos aquí consideremos

De un leve impulso a la materia dado:

De racional el título se borre

Al que nunca en sus obras ha pensado.

Joya es la reflexión ilustre y rica,

Y diose al hombre la razón a cuenta

De que su pecho con ahínco sienta

Cuanto su mano crea y vivifica.

   Para que el horno actividad recobre,

Trozos echad en él de seco pino,

Y oprimida la llama, su camino

Búsquese por la cóncava canal.

Luego que hierva el cobre,

   Con él se junte y obre

Estaño que desate el material

En rápida corriente de metal.

   Esa honda taza que la humana diestra

Forma en el hoyo manejando el fuego,

En alta torre suspendida luego

Pregón será de la memoria nuestra.

Vencedora del tiempo más remoto

Y hablando a raza y raza sucesiva,

Plañirá con el triste compasiva,

Pía rogando con el fiel devoto.

El bien y el mal que en variedad fecundo

Lance sobre el mortal destino sabio,

Herido el bronce del redondo labio

Lo anunciará con majestad al mundo.

   Blancas ampollas elevarse he visto;

En buen hora: la masa se derrite.

La sal de la ceniza precipite

Ahora la completa solución.

   Fuerza es dejar el misto

   De espuma desprovisto:

Purificada así la fundición,

Claro el vaso ha de dar y lleno el son.

   Él con el toque de festivo estruendo

Solemniza del niño la venida,

Que a ciegas entra en la vital carrera,

Quieto en la cuna plácida durmiendo.

En el seno del tiempo confundida

Su suerte venidera,

Mísera o placentera,

Yace para el infante;

Pero el amor y maternal cuidado

Colman de dicha su dorada aurora.

En tanto, como flecha voladora,

Van huyendo los años adelante.

Ya esquivo y arrogante

El imberbe doncel huye del lado

De la niña gentil cuando él nacida

Y al borrascoso golfo de la vida

Lanzándose impaciente,

Con el báculo se arma del viajero,

Vaga de tierra en tierra diferente,

Y al techo paternal vuelve extranjero.

En juventud allí resplandeciente,

Y a un ángel igualándose de bella,

Luego a sus ojos brilla

La cándida doncella,

Púrpura rebosando su mejilla.

Insólito deseo

El pecho entonces del mancebo asalta:

Ya entre la soledad busca el paseo,

Ya de los ojos llanto se le salta,

Ya fugitivo del coloquio rudo

De antiguos compañeros, que le enoja,

Desde lejos le sigue con vergüenza

El paso a la beldad: sólo un saludo

Mil placeres le inspira;

Y de sus galas el vergel despoja

Para adornar la recogida trenza

Del caro bien por cuyo amor suspira.

En aquel anhelar tierno, incesante,

Con aquella esperanza dulce y pura,

Ve los cielos abiertos el amante,

Y anégase en abismos de ventura.

¡Ay! ¿Por que han de pasar tan de ligero

Los bellos días del amor primero?

   Esos cañones negrear miramos:

Pértiga larga hasta la masa cale;

Que si de vidrio revestida sale,

No habrá para fundir dificultad.

   Sus, compañeros, vamos,

   Y pruebas obtengamos

De que hicieron pacífica hermandad

Los metales de opuesta calidad.

   Sí, que del justo enlace

De rigidez al par y de ternura,

De fuerza y de blandura,

La harmonía cabal se engendra y nace.

Mire quien votos perdurables hace

Si con su corazón cuadra el que elige;

Que la grata ilusión momentos dura,

Y el pesar del error eterno aflige.

Asienta bien sobre el cabello hermoso

De la virgen modesta

La corona nupcial que la engalana,

Cuando con golpe y son estrepitoso

Convoca la campana

De alegre boda a la brillante fiesta:

Mas día tan feliz y placentero

Del abril de la vida es el postrero;

Que al devolver los cónyuges al ara

Velo y venda sutiles,

Con ellos de su frente se separa

La ilusión de los goces juveniles.

Rinde al cariño la pasión tributo;

Marchítase la flor, madura el fruto.

Desde allí entra el varón en lid constante:

Verásele afanado y anhelante

Pretender, conseguir; veréis que osado

Con cien y cien obstáculos embiste

Para que su tesón el bien conquiste.

Entonces de abundancia rodeado

Se encontrará, que por do quier le llega:

Su troj rebosa de preciosos dones;

Crecen sus posesiones,

Y la morada que heredó se agranda,

En cuyo íntimo círculo despliega

Su celo cuidadosa

La vigilante madre, casta esposa.

Ella en el reino aquel prudente manda;

Reprime al hijo y a la niña instruye:

Nunca para su mano laboriosa,

Cuyo ordenado tino

En rico aumento del caudal refluye.

De esa mano, que lo hace en remolino

Al torno girador zumbar sonoro,

Brota el hilo y al huso se devana:

Ella el arca olorosa llena de oro,

Ella los paños de escogida lana,

Ella la tela de nevado lino

Custodia en el armario, que luciente

Mantiene la limpieza;

Ella une el esplendor a la riqueza,

Y al ocio junto a sí jamás consiente.

   El padre en esto, sonriendo ufano

Desde alto mirador sobre la casa,

Que deja registrar tendido llano,

De sus bienes el número repasa.

El árbol corpulento

Ve de crecidas pomas agobiado;

Su granero contempla apuntalado,

Y en densas olas al batir del viento

Moviendo las espigas el sembrado.

Y atrévese a exclamar con vanagloria:

«Tan firme como el mismo fundamento

Que sostiene la mole de la tierra,

Fuerte contra el poder de la desgracia

Me hace el tesoro que mi techo encierra.

¡Oh esperanza ilusoria!

¿Cuál poder eficacia

Contra el destino tiene?

No hay lazo que sus vuelos encadene,

Y antes de prevenir con el amago,

Se nos presenta el mal con el estrago.

Bien se parte la escoria recogida:

Ya principiar la fundición se puede;

Mas antes que la masa libre ruede,

Récese una plegaria con fervor.

   Dad al metal salida.

   ¡Dios un estrago impida!-

Río humeante, negro de color,

Se abisma en el canal abrasador.

   Es el fuego potencia bienhechora

Mientras la guía el hombre y bien la emplea,

Que a su fuerza divina auxiliadora

Deudor entonces es de cuanto crea;

Pero plaga se vuelve destructora

Cuando una vez de sus cadenas franca,

Por la senda que elige libre arranca,

Y avanza con fiereza,

Salvaje de cruel naturaleza.

¡Ay si sacude el freno, y ya no hallando

Quien resista sus ímpetus violentos,

En apiñada población derrama

Incendio asolador inmensa llama!

Guardan los elementos

Rencor a los humanos monumentos.

La misma nube cuyo riego blando

Los perdidos verdores

Devuelve a la pradera que fecunda,

Rayos también arroja furibunda.-

¿Escucháis en la torre los clamores

Lentos y graves que a temor provocan?

No hay duda: a fuego tocan.

Sangriento el horizonte resplandece,

Y ese rojo fulgor no es que amanece.

Tumultüoso ruido

La calle arriba cunde,

Y de humo coronada

Se alza con estallido,

Y de una casa en otra se difunde,

Como el viento veloz, la llamarada,

Que en el aire encendiendo

Sofocador bochorno,

Tuesta la faz cual bocanada de horno.

Las largas vigas crujen,

Los postes van cayendo,

Saltan postigos, quiébranse cristales,

Llora el niño, la madre anda aturdida,

Y entre las ruinas azorados mugen

Mansas reses, perdidos animales.

Todo es buscar, probar, hallar huída,

Y a todos presta luz en su carrera

La noche convertida

En día claro por la ardiente hoguera.

Corre a porfía en tanto larga hilera

De mano en mano el cubo, y recio chorro

En empinada comba

Lanza agitando el émbolo, la bomba.

Mas viene el huracán embravecido:

El incendio recibe su socorro

Con bárbaro bramido,

Y ya más inhumano

Cae sobre el depósito indefenso

Donde en gavilla aún se guarda el grano,

Donde se hacina resecado pienso;

Y cebado en aristas y maderas,

Gigante se encarama a las esferas,

Como en altivo alarde

De querer mientras arde

No dejar en el globo en que hace riza

Sino montes de escombros y ceniza.

El hombre en esto, ya sin esperanza,

Se rinde al golpe que a parar no alcanza,

Y atónito cruzándose de brazos,

Ve sus obras yacer hechas pedazos.

   Desiertos y abrasados paredones

Quedan allí, desolador vacío,

Juguete ya del aquilón bravío.

Sin puertas y sin marco los balcones,

Bocas de cueva son de aspecto extraño,

Y el horror en su hueco señorea,

Mientras allá en la altura se recrea

Tropel de nubes en mirar el daño.

   Vuelve el hombre los ojos

Por la postrera vez a los despojos

Del esplendor pasado,

Y el bastón coge luego de viandante

Sonriendo tranquilo y resignado.

Consuelo dulce su valor inflama.

El fuego devorante

Le privó de su próspera fortuna;

Mas cuenta, y ve que de las vidas que ama

No le faltó ninguna.

   El líquido en la tierra se ha sumido;

El molde se llenó dichosamente:

¡Ojalá a nuestra vista se presente

Obra que premie el arte y el afán!

   ¿Si el bronce se ha perdido?

   ¿Si el molde ha perecido?

Nuestras fatigas esperanza dan;

Mas ¡ay! ¡si desatraídas estarán!

   Al seno tenebroso

De la próvida tierra confiamos

La labor cuyo logro deseamos.

Así con fe sencilla

Confía el campesino laborioso

Al surco la semilla,

Y humilde espera en la bondad celeste

Que germen copiosísimo le preste.

Semilla más preciosa todavía

Entre luto y lamentos se le fía

A la madre común de lo viviente;

Pero también el sembrador espera

Que del sepulcro salga floreciente

A vida más feliz y duradera.

      Son pausado

      Funeral

      Se ha escuchado

      En la torre parroquial.

      Y nos dice el son severo,

      Que un mortal

      Hace el viaje lastimero

      Que es el último y final.

   ¡Ay que es la esposa de memoria grata!

¡Ay que es la tierna madre, a quien celoso

El rey de los sepulcros arrebata

Del lado del esposo,

Del cerco de los hijos amoroso,

Frutos lozanos de su casto seno,

Que miraba crecer en su regazo,

Su amante corazón de gozo lleno!

Roto ya queda el delicioso lazo

Que las dichas domésticas unía.

La esposa habita la región sombría;

Falta al hogar su diligente brazo

Siempre al trabajo presto,

Su cuidado, su aliño;

Falta la madre, y huérfano su puesto,

Lo usurpará una extraña sin cariño.

   En tanto que se cuaja en sus prisiones

El vertido metal, no se trabaje,

Y libre como el ave en el ramaje,

Satisfaga su gusto cada cual.

   Si al toque de oraciones,

   Libre de obligaciones

Ve los astros lucir el oficial,

Sigue el maestro con tarea igual.

   Cruza con ágil pie la selva espesa

Gozoso ya el peón, bien cual ausente

Que al patrio techo próximo se siente.

Abandona el ganado la dehesa,

Y en son discorde juntan

El cordero su tímido balido,

Y el áspero mugido

La lucia vaca de espaciosa frente,

Caminando al establo que barruntan.

A duras penas llega

Atestado de mies a la alquería

Bamboleando el carro; y en los haces

Una corona empínase y despliega

Colores diferentes y vivaces,

Fausta señal de que empezó la siega.

El pueblo agricultor con alegría

Se agolpa al baile y al placer se entrega.

La ciudad mientras tanto se sosiega,

Según desembaraza

El gentío las calles y la plaza,

Formando en amigable compañía

Las familias el corro de costumbre,

Ya en torno de la luz, ya de la lumbre,

Cierra la puerta de la villa el guarda,

Y ella cruje al partir del recio muro.

La tierra se encapota en negro manto;

Pero el hombre de bien duerme seguro.

No la sombra nocturna lo acobarda

Como al vil criminal, ni con espanto

Pesadilla horrorosa le desvela;

No: de reposo regalado y puro

Disfruta la virtud: un centinela,

La previsora LEY, su sueño vela.

¡Preciosa emanación del Ser Divino,

Salud de los mortales, orden santo!

Mi labio te bendiga.

La estirpe humana que a la tierra vino

En completa igualdad, por ti se liga

Con vínculo feliz, que sin quebranto

Guarda a todos su bien. Tú solo fuiste

Quien allá en la niñez de las edades

Los cimientos echó de las ciudades;

Tú al salvaje le hiciste

Dejar la vida montaraz y triste;

Tú en la grosera prístina cabaña

Penetraste a verter el dulce encanto

Que a las costumbres cultas acompaña;

Tú creaste ese ardor de precio tanto,

Ese AMOR DE LA PATRIA sacrosanto.

   Por ti mil brazos en alegre alianza

Reconcentran su fuerza y ardimiento,

Y a un punto dirigida su pujanza,

Cobra la industria raudo movimiento.

Maestro y oficial en confianza

De que les da la libertad su escudo,

Redoblan el ardor de sus afanes;

Y cada cual contento

Con el lugar que conquistarse pudo,

Fieros desprecian con desdén sañudo

La mofa de los ricos haraganes.

Es la fuente del bien del ciudadano.

Es su honor el trabajo y su ornamento.

¡Gloria a la majestad del soberano!

¡Gloria al útil sudor del artesano!

      Paz y quietud benigna,

      Unión consoladora,

      Sed de estos muros siempre

      Benéfica custodia.

      Nunca amanezca el día

      En que enemigas hordas

      Perturben el reposo

      De que este valle goza.

      Nunca ese cielo puro

      Que plácida colora

      La tarde con matices

      De leve tinta roja,

      Refleje con la hoguera

      Terrible y espantosa

      De un pueblo que devasta

      La guerra matadora.

   Esa fábrica endeble y pasajera,

Fuerza es, pues ya sirvió, que se destroce;

Y ojos y corazón nos alboroce

Obra que salga limpia de lunar.

   Recio el martillo hiera:

   Salte la chapa entera.

La campana veréis resucitar,

Cayendo su cubierta circular.

      Sabe con segura mano,

      Sabe en momento oportuno

      Romper el maestro el molde

      Cuya estructura dispuso;

      Mas ¡ay si el líquido ardiente

      Quebranta indómito el yugo,

      Y en vivo raudal de llama

      Discurre al antojo suyo!

      Con el bramido del trueno,

      Con ciego y bárbaro impulso,

      Estalla, y la angosta cárcel

      Quiebra en pedazos menudos;

      Y cual si fuese una boca

      De los abismos profundos,

      Estragos tan sólo deja

      En el lugar donde estuvo.

      Que fuerza a quien no dirige

      La inteligencia su rumbo,

      No en creaciones, en ruinas

      Emplea su empuje rudo,

      Cual pueblo que se subleva,

      En cuyo feroz tumulto

      Desgracias hay para todos

      Y bienes para ninguno7.

      Horrible es en las ciudades

      Donde, hacinado y oculto,

      Sedicioso combustible

      Largamente se mantuvo,

      Verlo de repente arder,

      Y alzarse un pueblo iracundo,

      Rompiendo en propia defensa

      Hierros de dominio injusto.

      Entonces la rebelión,

      Dando feroces aullos,

      Del tiro de la campana

      Se suspende por los puños,

      Y el pacífico instrumento,

      Órgano grave del culto,

      Da profanado la seña

      Del atropello y disturbio.

      La LIBERTAD, la IGUALDAD

      Se proclama en grito agudo;

      Y el tranquilo ciudadano

      Cierra el taller y el estudio,

      Y échase encima las armas,

      Zozobroso y mal seguro.

      Los pórticos y las calles

      Se llenan de inmenso vulgo,

      Libres vagando por ellas

      Los asesinos en grupos.

      Revístense las mujeres

      De la fiereza del bruto,

      Y al terror de la matanza

      Unen la befa, el insulto,

      Y con dientes de pantera

      Despedazan sin escrúpulo

      El corazón palpitante.

      Del contrario aún no difunto.

      Desaparece el respeto;

      Nada es ya sacro ni augusto:

      El bueno cede el lugar

      Al malvado inverecundo;

      Y los vicios y los males,

      Entronizándose juntos,

      Envanecidos pasean

      La carroza de su triunfo.

      Peligroso es inquietar

      El sueño al león sañudo;

      Terrible es el corvo diente

      Del tigre ágil y robusto:

      Mas no hay peligro más grande

      Ni de terror más profundo,

      Que el frenesí de los hombres

      Poblador de los sepulcros.

      ¡Mal haya quien en las manos

      Al ciego la luz le puso!

      A él no le alumbra, y con ella

      Se puede abrasar el mundo.

   ¡Ah! nos oyó la celestial grandeza.

Ved salir de la rústica envoltura,

Como dorada estrella que fulgura,

Terso y luciente el vaso atronador.

   Del borde a la cabeza

   Relumbra con viveza,

Y el escudo estampado con primor

Deja contento al hábil escultor.

   Acudid en tropel, compañeros,

Y según la costumbre cristiana,

Bauticemos aquí la campana,

Que CONCORDIA por nombre tendrá.

   Para amarnos al mundo vinimos,

Y es la unión la ventura del hombre:

Con su voz la campana y su nombre

De esa unión pregonera será.

      Que ese es el futuro empleo,

      Ese es el fin para el cual

      El artífice su autor

      La ha querido fabricar.

      Levantada sobre el valle

      De la vida terrenal,

      En medio del éter puro

      Suspensa debe quedar;

      Y vecina de las nubes

      Que engendran la tempestad,

      Y rayando en los confines

      De la región sideral,

      Habrá de ser desde allí

      Una voz divina más

      Que alterne con las estrellas,

      Que en su giro regular

      La gloria de Dios pregonan

      Y leyes al año dan.

      Sólo pensamientos graves

      Inspire a la humanidad,

      Cuando con sonoro acento

      Mueva el labio de metal.

      Sirva al tiempo y al destino

      De lengua para contar

      La rapidez de las horas

      Y el curso del bien y el mal,

      Siguiendo siempre, aunque ajena

      De sentir gozo y piedad,

      Las mudanzas que en la vida

      Se suceden sin cesar.

      El propio sonido suyo,

      Cuyo harmónico raudal

      Pujante el espacio llena

      Y se oye y pasa fugaz,

      Imagen es que nos dice

      Que así presuroso va

      Todo en la tierra a perderse

      En la inmensa eternidad.

   Ahora, con el cable retorcido,

Salga del foso ya,

Y ascienda a las regiones del sonido,

Al aire celestial.

Tirad, alzad, subid. Ya se ha movido:

Ya suspendida está.-

¡Resuene, oh patria, su primer tañido

Con la gozosa nueva de la PAZ!


La infanticida

Traducción del alemán (de Schiller)

    Qué escucho? Sordamente clamorea

Una y otra campana, y su camino

Corrió la flecha del reló. Pues, ea,

Cúmplase mi destino;

Vamos con el favor del Juez divino:

Llevadme, precursores de la muerte,

Donde el vil criminal su sangre vierte.

Mundo cruel, que con fatal encanto

Las almas envenenas,

Y horas me diste de ventura llenas,

Recibe mis cariños y mi llanto

Cuando fuera de ti la planta llevo.

Ya, mundo corruptor, nada te debo.

   Adiós quedad, contentos de la vida,

Cambiados hoy en podredumbre negra;

Adiós, gozosa edad, edad florida,

Cuya embriaguez el corazón alegra.

Sueños tejidos de oro,

Ilusiones de bien, hijas del cielo,

Quedad en este suelo

Donde perdidas al nacer os lloro.

¡Ay! vuestro verde vástago se trunca

Para que no dé flor ni brote nunca.

   En otro tiempo fue la gala mía

De la inocencia el cándido vestido

Que a la pluma del cisne afrentaría:

Realzaba la túnica preciosa

Cinta gentil de colorada rosa,

Y mi rubio cabello entretejido

Con rosas a la par, luengo pendía.

Víctima del infierno en este día,

De blanquecino traje se me viste;

Pero en lugar ¡ay, triste!

De flores en mi sien, sobre ella veo

Negra banda y capuz, señal de reo.

   Lloradme las que libres de flaqueza

No habéis vuestro decoro mancillado,

Y a quienes da su aroma regalado

El lirio celestial de la pureza.

Si os cupo en suerte el brío que domina

La blanda agitación del pecho hirviente,

Luisa nació mujer, y no heroína.

Yo sentí, cual mujer, humanamente,

Y el sentimiento ni martirio empieza.

Por el brazo de un pérfido cercada,

Quedose mi virtud aletargada.

   Tal vez de otra beldad gira ya en torno

El corazón de sierpe que me olvida,

Y al lado de la mesa de su adorno

En platica de amor su ingenio apura

Cuando abren para mí la sepultura.

Con los rizos quizá de su querida

Liviano juguetea,

Y el ósculo recoge y saborea

Con que ella le convida,

Cuando en el tajo mi garganta rota,

La sangre en alto desde el tronco brota.

   ¡Permita Dios, Hermán,8 que donde quiera

Te persiga mi coro funerario,

Y en tus oídos temerosa hiera

La rebramante voz del campanario!

Cuando del labio de la dama tuya

Entre susurro misterioso y tierno

Torrente para ti de gozo fluya,

Una saeta parta del infierno,

Que de improviso deje atravesada

La imagen del deleite sonrosada.

   Tanto dolor de quien por ti vivía,

¿No fue para ti nada, ¡oh fementido!

Nada el oprobio que por ti sufría?

¿Nada para tu pecho empedernido

Lo que al león y al tigre ablandaría,

El ser en mis entrañas escondido?

Huyes ¡ah! Tu bajel rápido boga;

Y en tanto que le miro, y que la pena

Mis ojos nubla, mi gemir ahoga,

Tú en la margen del Sena

Contra víctima nueva, en torpe amaño,

Diriges el suspiro del engaño.

   En el regazo maternal yacía

Reposando feliz el tierno infante,

Y al capullo entreabierto semejante,

Su labio encantador se sonreía.

Con placer congojoso descubría

En cada rasgo yo de aquel semblante

La faz que un tiempo mis delicias era;

Y a la vez me asaltaban a porfía,

Ya del cariño la piedad primera,

Ya desesperación bárbara y fiera.

«Mujer, ¿qué es de mi padre?» me gritaba

Muda su tierna voz, muda y de trueno.

«Mujer, ¿qué es de tu esposo?» retumbaba

Cada rincón de mi angustiado seno.

¡Ay, huérfano inocente!

Será en vano buscar al inclemente

que tal vez otros hijos acaricia:

Tú con harta justicia

Maldecirás la dicha delincuente

De la mujer y el hombre

Que te legaron de bastardo el nombre.

   En el inmenso mundo

Solitaria tu madre se veía

Con su dolor profundo,

Y abrasadora sed la consumía

Cada vez que, abrazándote, gustaba

Goces que el deshonor acibaraba.

Del ya pasado tiempo de alegría

Cada vagido tuyo despertaba

El recuerdo cruel y despechado,

Y puñal aguzado

Para la triste Luisa

Era, hijo mío, tu infantil sonrisa.

   Suplicio si evitaba tu presencia,

Suplicio igual teniéndote presente

Los abrazos que daba tu inocencia,

Fatal recuerdo del perdido ausente,

Me ligaban el cuello cual dogales

De furias infernales.

Tronando me aturdía

Voz como si se alzara de la huesa,

Que siempre del aleve la promesa,

Que siempre su perjurio repetía;

Y en la red de Satán así sin tino,

Se convirtió la madre en asesino.

   Permita Dios, Hermán, que donde huyeres,

Te acose infatigable sombra airada,

Que te despierte con su mano helada

En el dulce soñar de los placeres.

De las estrellas en la luz radiante

Mires centelleando la mirada

Del hijo agonizante;

Y cuando rindas el postrer aliento,

Salga a encontrarte pálido y sangriento,

Y azote que en su diestra te amenace,

Lejos del paraíso te rechace.

   Contémplale a mis pies inanimado,

Y a mí que, inmóvil, yerta

Y el juicio conturbado,

Correr miraba por la herida abierta

De su sangre el torrente,

Que se llevó mi vida juntamente.

Mas ¡ay! de la justicia el enviado

Ya pulsa con estrépito mi puerta.

Golpe más duro aún mi pecho siente

Que el golpe que ha sonado.

Corro: la fría muerte apague luego

Este afán que me abrasa como fuego.

   Es un Dios de piedad el de los fieles;

Yo, Hermán, soy pecadora y te perdono:

Quiero al morir sacrificar mi encono,

Y en holocausto ofrezco tus papeles.

Brotad de los tizones,

Llamas, brotad. ¡Albricias!

Arde la oferta de su fe traidora,

Y ¡oh! ¡cómo de los pérfidos renglones,

Henchidos de lisonjas y caricias,

El fuego se apodera y los devora!

Prendas de gozo ayer, hoy de quebranto,

¿Qué hubo que para mí valiera tanto?

   Tiembla de tu belleza seductora;

Tiembla, mujer, del que adorarte jura:

Lazo de mi virtud fue mi hermosura,

Y en el cadalso la maldigo ahora.

¿Qué miro? ¡Cielos! ¡El verdugo llora!

Ceñidme ya, y acabe mi martirio;

Ceñidme con presteza

Un lienzo alrededor de la cabeza.

Para tronchar un lirio,

¿Te ha de faltar denuedo?

No mudes de color: hiere sin miedo.


El cinco de mayo

Oda traducida de la que escribió en italiano Alejandro Manzoni a la muerte de Napoleón.

    Murió. -Cual yerto quédase,

Dado el postrer latido,

Del alma excelsa huérfano,

El cuerpo sin sentido,

Tal con la nueva atónito

El universo está.

   La hora contemplan última

Del hombre del destino,

Y dudan que en el cárdeno

Polvo de su camino

Pie de mortal imprímase,

Que le semeje ya.

   Le vi en el trono fúlgido

Y fue mi lengua muda;

Cayó, se alzó, y postráronle

Por fin en lid sañuda;

Y al recio grito múltiple

Voz no añadí jamás.

   Virgen de injuria pérfida

Y encomio lisonjero,

Mi Musa, cuando súbito

Se oculta el gran lucero,

Rinde a la tumba un cántico,

No efímero quizás.

   Del Alpe a las Pirámides,

Del Rhin al Guadarrama,

Lanzó tras el relámpago

Él la celeste llama:

Hirió de Scila el Tánaïs,

Y de uno al otro mar.

   Si esto fue gloria, júzguelo

Futura edad; la nuestra

Humíllese al Altísimo,

Que dilatada muestra

De su potente espíritu

Quiso en el hombre dar.

   El zozobroso júbilo

Que un gran designio cría,

Los indomables ímpetus

De quien reinar ansía,

Y obtiene lo que fuérale

Vedado imaginar.

   Todo lo tuvo: obstáculos

Grandes y grande gloria,

Y proscripción y alcázares,

La fuga y la victoria;

Se vio dos veces ídolo,

Dos pereció su altar.

   Dos siglos combatíanse

Cuando su voz oyeron,

Y a él como a ley fatídica

Sumisos acudieron:

Callar les hizo, y árbitro

Sentose entre los dos.

   Y de honda envidia y lástima

Objeto en su caída,

Cerrada en breve círculo

Desperdició su vida,

Odio y amor sin límite

De sí dejando en pos.

   Envuelve y hunde al náufrago

Ola que, alzándole antes,

Dejaba que en el piélago

Con ojos anhelantes

Buscara en vano el mísero

Tierra distante de él.

   Así abismaba al héroe

Tanto recuerdo amargo:

Él de historiarse impúsose

Mil veces el encargo,

Y mil cayole inválida

La mano en el papel.

   Mil veces, ¡ay! al tétrico

Fin de inactivo día,

Bajas las ígneas órbitas,

Brazos con pecho unía,

Y le asaltó en imágenes

El esplendente ayer.

   Y vio las tiendas móviles,

Y armas la luz volviendo,

Y el galopar belígero

Valles henchir de estruendo,

Las imperiosas órdenes

Y el pronto obedecer.

   Quizás, ¡ay! de la pérdida

Rendido al desconsuelo,

Desesperó; mas próvida

Mano llegó del cielo,

Y a la región vivífica

Piadosa le llevó.

Donde floridos tránsitos

Ofrece la esperanza

Al campo en que magnífico

Premio sin fin se alcanza,

Y noche muda tórnase

La gloria que pasó.

   Bella, inmortal, benéfica

Fe, por do quier triunfante,

De un nuevo triunfo alégrate:

Cerviz más arrogante

Al deshonor del Gólgota

Nunca se doblegó.

   Libra los restos flébiles

Tú de injurioso acento:

Dios que alza y postra, dándonos

Tribulación y aliento,

Ya solitario el túmulo,

Al lado vigiló.


La flor «no me olvides»

Imitación del poeta alemán Augusto Beugenbach

    Por la orilla de un torrente

Dos esposos paseaban

El día que se juraron

Cariño eterno en las aras.

En silencio pudibundo,

La amorosa desposada

El dulce desasosiego

Del pecho disimulaba.

Una flor azul celeste

Vio flotar sobre las aguas,

Y con un tierno suspiro

Dijo entre sí estas palabras:

«¡Flor infeliz! de una vida

Que ser no pudiera larga,

Bien temprano te despojan

Esas olas inhumanas.»

No pronunció en voz tan débil

Esta exclamación aciaga,

Que no la oyera el que vive

Anhelante de agradarla;

Y sin tomar más consejo

Que aquél que su amor le daba,

Tras la mata que fluctúa

En el torrente se lanza.

Pero ¡ay! que las recias olas

Al triste mancebo arrastran,

Y en un momento le llevan

Muy lejos de su adorada,

Que de susto y de congoja

Vacila al mover las plantas.

Ya en la desigual pelea

Fuerzas al náufrago faltan,

Cuando cerca de la margen

En un remanso se para,

Donde la flor se detiene

Y parece que le aguarda.

Hace un esfuerzo y la coge,

Y arrójasela a su amada;

Y ella, creyéndole salvo,

Los tiernos brazos le alarga.

¡En vano! que el agua quieta.

Profunda sima ocultaba,

Que tira a su centro al joven

Cual si cadenas le echara;

Y al hundirse en el abismo

Que rugiendo se lo traga,

El desdichado exclamó:

«Querida esposa del alma:

Para siempre de tu lado

El destino me separa;

No me olvides; ten memoria

Del que tanto te adoraba.»

   Este trágico suceso,

Divulgado por la fama,

Dar hizo a la florecilla,

Origen de la desgracia,

El nombre de no me olvides,

Y no me olvides se llama.


Recuerdos del dos de mayo

En 1839.

    Allí, donde tiene asiento

Sobre estériles arenas

El tardío monumento,

Viejo ya por el cimiento9,

Por la cima juvenil,

   Allí fue donde inhumanos

Los que dieron a la Europa

Nuevas leyes y tiranos,

Contra inermes ciudadanos

Asestaron el fusil.

   Sangre allí por mano aleve

Derramada, formó arroyos,

Y encerraron anchos hoyos

Sacerdotes con la plebe

Confundidos a la par.

   ¿No escucháis esa campana

Que se mece en lento giro?

Cada son recuerda un tiro

Que una vida castellana

Dejó al mundo que llorar.

   Fementidos extranjeros

Que aguzaban solapados

Contra España los aceros,

Falsamente encaminados

A talar otra región,

   Desnudáronse aquel día,

Que enlutó su verde a mayo,

Del disfraz que los cubría,

Y del trono de Pelayo

Profanaron el blasón.

   Generoso y no prudente,

Tuvo el hijo de los Cides

A sus plantas la serpiente,

Y por no temer su diente,

Cariñoso la halagó:

   Y a su salvo la traidora

Derramó en el seno amigo

La ponzoña matadora.

¡Cruda herida que aún se llora,

Porque el tiempo la enconó!

   Sin defensa abandonado

Viose entonces el Ibero:

Su monarca deslumbrado,

Por escrúpulos de aliado

Se olvidó de que era rey.

   Nos mandaron las legiones

Del isleño codicioso,

Con la voz de sus cañones,

Abatir nuestros pendones,

Renegar de patria y ley.

   Y al insulto ardiendo en saña,

Fulminó su rayo España

Y en refriegas pertinaces

Disipáronse las haces

Que juntó el gran adalid:

   Y a las puertas de Vitoria

Completose al fin la gloria

Que los cielos prometieron

A los tristes que murieron

En el Prado de Madrid.

   Nobles mártires, que ahora

Nueva guerra por Castilla

Veis cundir asoladora,

Que os conturba en vuestra silla

Levantada sobre el sol:

   Vuestro fin labró la fama

Del guerrero esclarecido

Que por grande el mundo aclama;

Grande, sí, porque vencido

Tarde fue del español.

   Su grandeza, donde a una

Con empeño trabajaron

La ambición y la fortuna,

Fue un altar que consagraron

Brazos mil a su interés.

   Si del corso estremecieron

Las miradas fulminantes

A los pueblos que le vieron,

Fue porque hombros de gigantes

Sustentábanle los pies.

   Esa audacia desmedida

Que te alzaba hasta el imperio

Devastando un hemisferio,

Preparaba tu caída,

Destructor Napoleón:

   Que a cometas refulgentes,

Como tú, pero fatales,

Los decretos celestiales,

Protectores de inocentes,

Dan fugaz aparición.

   Tú en el último destierro

Solitario te subías

A la cúspide de un cerro;

Tú mil veces dirigías

Las miradas hacia el mar:

   Y con hórrida congoja

Convertirse acaso viste

De azulada el agua en roja,

Y la sangre conociste

Que mandaste derramar.

   Asentaron en las olas

Mil cadáveres las plantas,

Y con voces españolas

Resonaron sus gargantas

Que el cuchillo atravesó.

   Y envidaste aquel instante,

Precursor de horrible fallo,

Al peón que, palpitante,

Bajo el pie de tu caballo

El espíritu rindió.

   Tu memoria maldijeron:

Que entre todas las naciones

Donde huellas imprimieron

Tus aciagos batallones

Por su mal y mal común,

Fue la España en quien semilla

Prodigaste más copiosa

De discordia y de rencilla,

Y tu sombra rencorosa

De sus creces cuida aún.

   Codiciosos tus paisanos,

Como tú de nuestra ruína,

Fomentaron entre hermanos

Lucha bárbara intestina

Que enflaquezca su valor:

   Que aprendieron con vergüenza,

Combatiendo contra España,

Que como ella no se venza,

No le es dado a gente extraña

Producir su vencedor.


España vindicada10

    Al fin de las regiones europeas

Donde acaba la tierra de Occidente,

Y mares y montañas giganteas

Apartan del antiguo continente

Vasto, fecundo suelo

Allí hay una nación agreste y ruda,

Que de saber y de virtud desnuda,

Mengua es del siglo, escándalo del cielo.»

Esta nación, a quien así acrimina

Voz lejana y vecina

Que al universo engaña,

Ésta, ¿lo creeréis? ésta es España.

   Fue grande, fue temida, fue señora:

Doblaban otro tiempo la rodilla

Los pueblos del ocaso y de la aurora

Delante de la enseña vencedora

De León y Castilla.

Viose después de su poder la silla

Por crudos adversarios contrastada:

Retembló su cimiento al recio embate;

Vaciló en medio del mortal combate

La regia majestad allí sentada,

Perdiendo en riesgo tanto

Ricos girones del purpúreo manto;

Pero a despecho del común encono,

Salvó su fe, su dignidad, su trono.

Émulos que conservan todavía

De pasadas afrentas la memoria,

Hoy nos calumnian con mayor porfía,

Cuando es mayor la castellana gloria.

   Se alza en el suelo cántabro pujante

Grito de guerra que los aires hiende,

Y fuego abrasador en un instante

Por la infeliz Península se extiende.

Ven cundir el estrago las naciones

Que hacen de humanidad pomposo alarde;

Y en lugar de extinguir el odio que arde,

Hostigan a los fieros campeones.

Así despedazarse dos leones

Ve un cazador en la africana arena;

Y lejos de que llegue y los amanse,

De intento deja que la lid los canse,

Para echarles a entrambos la cadena.

   Nos vieron zozobrar y desviaron

Del náufrago bajel su firme quilla;

Pero las bravas olas se aplacaron,

Y nuestro brazo nos llevó a la orilla.

Ya las iras cesaron;

Ya no se oye el horrísono estampido

Del mortífero bronce,

Por el eco cien veces repetido

Entre el ay del que muere y el herido,

Gira sobre su gonce

La férrea puerta del cancel de Jano;

Movida por la mano

De la PAZ, de la PAZ, que rodeada

De benéficos númenes en tropa,

Viene a cerrar el ominoso templo;

Y la grande nación tan ultrajada,

Hoy se presenta a la confusa Europa

De heroísmo y virtud ínclito ejemplo.

   Pudo español contra español la diestra

Levantar iracundo,

Y regar en el choque furibundo

Con la fraterna sangre la palestra;

Pudo servir de un hombre a las pasiones

Que doró artero con falaz vislumbre,

Y ceder al impulso que de lejos

Movía infatigable en sus manejos

El genio de la negra servidumbre,

Sediento del dolor de las naciones;

Mas nunca pudo desterrar del alma

El generoso, innato sentimiento

Que la sangre y la PATRIA nos inspira.

Así en la lid, al huracán violento

Sucediendo la calma,

Cada guerrero a su contrario mira,

Y al ver en él su hermano,

Suelta el acero, tiéndele la mano,

Con el grito de UNIÓN resuena el viento,

Y huye, al oírle, trémulo el tirano.

   ¡Honor, excelsa prez, a los valientes

Que el blasón coronaron de su gloria

Con un timbre mayor que la victoria!

Madres, esposas, vírgenes dolientes,

Que con humilde voto

La piedad implorabais del Eterno

Por las prendas ausentes;

De júbilo llenad el pecho tierno,

Que el cetro usurpador está ya roto.

Festivo canto vuestro labio entone,

Y la mano aperciba

Triunfante lauro y amigable oliva,

Con que su sien el adalid corone.

   Venid ahora a vernos,

Y aprended, ¡oh políticos sagaces!

En un rasgo no más a conocernos.

Vosotros prolongabais la pelea:

Obra de nuestra mano son las paces.

Olvidar disensiones pertinaces,

Para algún corazón difícil sea;

No para el español: cuéstale sólo

Tan magnánima prueba de heroísmo

Las redes quebrantar que le arma el dolo,

Y por guía admitir su instinto mismo.

   No es la patria del Cid y de Padilla

Esa que pinta vuestro labio injusto:

Respeto os deba su blasón augusto,

Que no tolera su león mancilla.

Ese pueblo fanático y grosero,

Juguete del iluso sacerdote,

Y armado siempre de cobarde acero,

Y alegre con la hoguera y el azote,

No le busquéis en el confín hispano:

Buscadle allá donde feroz levanta

Brazo de hierro déspota inhumano,

Y con el suelo, donde siervo nace,

Se vende al hombre reducido a planta.

Vuestro saber que envanecer os hace,

Lo admira España, y sin envidia os deja

Que, deslumbrados con su brillo falso,

Sobre el ara de Dios paséis la reja,

Y arrastréis los monarcas al cadalso.

Domeñar el Océano profundo,

La fe llevar a incógnitas regiones,

Lanzar al moro, conquistar un mundo,

Alzarnos libres para darnos leyes,

Vencer Napoleones,

Sacar de cautiverio nuestros reyes:

Estas solas hazañas

En los hijos buscad de las Españas.

Fiel a la mano augusta que le rige,

Valiente el español y generoso,

Si tal vez al error se precipita,

Pronto de la razón la senda elige;

Y para ser dichoso

Cuando su pecho a la virtud le incita,

Olvidaros tan sólo necesita.


A la guerra de África

Décimas

Leídas en el teatro del circo en la noche del 25 de enero de 1860.

    Vinieron los sarracenos,

y nos molieron a palos;

Que Dios ayuda a los malos,

Cuando son MÁS que los buenos.»

Así dice, por lo menos,

Una copla, urdida mal;

Pues, en examen formal,

Nos ofrece su remate

Un blasfemo disparate

Y una mentira historial.

   Para más negro desdoro

Del Rey, galán de la Cava,

Con mayor hueste contaba

Que el ejército del moro.

De pasmo y vergüenza el lloro

Fue que España derramó

Cuando el árabe pisó

La corona indo-germana,

Y lidiando una semana,

Por siete siglos reinó.

   España, a su gloria fiel,

Al África necesita

Ir a pagar la visita

Que se entró aquí de tropel.

Esa Mauritania infiel,

Antes, de los godos era;

Y pues la fe verdadera

Ya la bañó con su luz,

Adore otra vez la cruz

En la española bandera.

   ¡Ni en las almenas de un fuerte

Mirar le dejaba el sol

El rifeño al español,

Sin fulminarle la muerte!

Ceuta, cambiada la suerte,

Respirará sin afán.

De allí vino el musulmán;

De allí partirá el cristiano:

Su triunfo, tarde o temprano,

Los que vivan lo verán.

   ¿No dicen los corifeos

De una calumnia insolente,

Que el África propiamente

Principia en los Pirineos?

Los africanos trofeos

Que amontona cada día

La española valentía,

Ver dejan ya bien de bulto

Que ha de ser la voz de insulto

¡La conquista en profecía!

   ¡Sea a nuestros héroes dada

Gloria en la empresa a que van,

Y pronto brille en Tetuán

Nuestra enseña de Granada!

Deja la española espada

Los campos de sangre llenos;

No alzan ya los agarenos

Cabezas fieles en palos:

¡No les ayuda el ser malos,

Aun siendo MÁS que los buenos!


A la toma de Tetuán

7 de febrero de 1860.

    Da el estampido el cañón...

Madrid se levanta apriesa...

-¡Ruge, lamiendo su presa,

El castellano león!

Ya es Tetuán de los que son

Los MENOS en la campaña:

Póstrase el moro en su saña,

Y triunfa la cruz arriba.

¡Dé todo español un VIVA

Al ejército de España!


A la entrada triunfal del ejército de África

11 de mayo de 1860.

    Esos son los que envió

España a vengar su afrenta;

Esos los que en lid sangrienta

La victoria coronó.

No vuelven todos, ¡ay! no.-

Madre, que al cielo bendices;

Hijas y esposas felices,

Que veis a vuestros valientes,

Besad las tostadas frentes,

Besad más las cicatrices.

   Granizo y plomo ha llovido

Sobre esas fuertes falanges,

Y el voraz monstruo del Ganges

Por el moro ha combatido.

   ¿Cuál es el héroe tenido

Por mayor que los demás?

¿Dónde va el que deja atrás

La gloria y valor de Aquiles?

Los héroes aquí son miles:

Lo son todos a cual más.

   ¡Honor se dé y alta prez

A los bravos campeones,

Que, ya triunfando en Bullones,

Hicieron temblar a Fez!

En tierra extraña esta vez,

Nietos yacen de Guzmán:

Provoque otra el musulmán

Vuestros invictos aceros,

Y los muertos compañeros

De tumba mejorarán.

   Les pesa la arena impía

Que huellan árabes potros,

Y al despediros vosotros

Tembló su osamenta fría.

Tal vez ya saben el día

Que han de ver nuestro pendón,

Y dicen en ronco son

Que yerbas agita y ramos:

«Hoy para después tomamos

De esta tierra posesión.»


Para el romancero de la guerra de África.

    Lluvia de menudos plomos

Y espesa lluvia de hielo,

Sobre las alas caían

Del ave reina del viento.

Dejara el águila el nido

que labró en monte soberbio,

Cruzando el mar en defensa

De sus hijos en destierro.

Vencedora en el combate

Y herida por defenderlos,

Fuerzas le pide al reposo

Para ir a lidiar de nuevo.

Enemigos aquilones

Plumas le arrancan al vuelo:

Ruedan por los campos unas,

Otras en el mar cayeron;

Y bajo el risco eminente

Que la abriga en tosco hueco,

Penachos en sangre tintos

Alfombran en torno el suelo.

Su graznido, aun desde allí,

Le infunde al milano miedo;

Con el dolor de la llaga

Recrece en ella el esfuerzo,

Y pronto al África vuelve

A desafiar a un tiempo

La barbarie de los hombres,

Las inclemencias del cielo.

   Así, por difícil vía,

Con mar borrascosa en medio,

Vienen y al África tornan

Los españoles guerreros.

Llama la patria al herido,

Y al sano la guerra luego;

Compañera de su viaje,

Los va la muerte siguiendo;

Cobra en la batalla, y cobra

Tributo en bajel y en puerto:

¡Valieran los triunfos poco

Si se ganaran con menos!

   Oid el clamor salvaje

De la hueste de Marruecos:

Ya sus espingardas truenan,

Ya sus caballos partieron.

Gime el valle al estallar

El volcán del cañoneo;

Cimbréanse en los collados

Los árboles corpulentos;

Los claros de cada fila

Se ven de repente llenos;

Por el cristiano caído

Pone otro soldado el pecho;

Furioso turbión de balas

Fulminan los agarenos;

Vidas acaban, y vidas

Entre la gloria sin duelo.

Rocas parten las bombardas,

Obra de andaluz maestro:

¡Qué harán, descreído Cam,

Con las carnes de tus nietos!

¡Ahogáis al dolor el grito

Con el de la lucha horrendo!

¡Fuertes paleáis, y fuertes

Dais el suspiro postrero!

El Dios, cuyo altar ahí

Pisaron vuestros abuelos,

Las almas piadoso mire

Que dejan con ira el cuerpo.

   Cadáver hay africano,

Cuyos labios entreabiertos

Guardan con sonrisa fea

De brutal júbilo el sello.

Contaba el mísero iluso,

Soñó, deliró muriendo,

Con el soez paraíso

De su Profeta embustero.

En tanto, en la hueste nuestra

Mano hábil y ardiente celo

Prestan reparo al destrozo

Que hacen el plomo y el hierro,

Tras las filas apretadas,

Muro palpitante, denso,

De entre los pies del que lidia

Sacan al herido en peso.

De rodillas Esculapio

Fibras ata y une huesos;

Desnuda tierra, harta de agua,

Tiene el doliente por lecho.

No era para España el Moro

Contrario bastante fiero;

Cruel en África el hombre,

Lo son más los elementos.

«¡Victoria!» claman gozosos

Los héroes de Tajo y Ebro.

Contra la voz de alegría

Protesta envidioso el trueno.

   Desátanse recias nubes

En copiosos aguaceros,

Que de las tiendas golpean

Con furia el tupido lienzo.

Fuera, penetrante frío;

Dolores y ahogo dentro;

Torrentes de lluvia arriba,

Y abajo balsas de cieno.

Soldado que en la batalla

Sacó lacerado un miembro,

Con todos paga el fiarlos

Al insalubre terreno.

Dan sus efluvios al aire

Desconocidos venenos;

Los cristianos los respiran,

Y al par la muerte con ellos.

   Víctimas, que aún de la espada

No fuisteis cabal trofeo,

Salid en hombros amigos

De ese infausto campamento:

Ceuta, el mar, Málaga ofrecen

Aura que aspirar sin riesgo.

¿Quién de ese mal los estragos

No vio ya bajo su techo?

¿Quién hay que por él no llore

Madre, hijo, consorte o deudo?

El monstruo horrible del Ganges,

De humana sangre sediento,

Con mayor ansia apetece

La sangre del europeo.

Ya un cordón interminable

De hombres y acémilas veo,

Que por la playa arenosa

Caminan con paso lento.

Tristes compañeros guardan

A sus tristes compañeros:

Cien tumbas de prisa abiertas

Mostrarán por dónde fueron.

Henchidos los hospitales,

Ceuta hace hospital el templo:

Cruzan el piélago quillas

Con dolientes cargamentos.

¡Valor! ¡Valor! Ved los altos

Chapiteles malagueños;

Esperad: es la esperanza

La mitad ya del remedio.

Vítores y bendiciones

En ruidoso clamoreo,

Las andas humildes cercan

De los triunfantes enfermos;

Y el soldado que angustioso

Doblaba el lánguido cuello,

Revive y se alza al oir

La voz del amor del pueblo.

Tiernos brazos femeniles,

Que hábito recata honesto,

Posan en huecos vellones

Al desvalido viajero.

La ciencia y la caridad

Auxilio le dan y aliento;

Blando aire la madre patria

Le hace con el manto regio,

Y afable y majestüosa

Las estancias recorriendo,

Reparte la Religión

Las palmas del sufrimiento.

   Casta virgen: tú, que pasas

La noche y el día entero

Vigilante cuidadosa

Del que ve el sepulcro abierto,

Dime: de tantos dolientes

Que hallaron en ti consuelo,

¿Quién sufre más? ¿En quién es

Más grande el merecimiento?

¿Dónde está el héroe cristiano,

De resignación modelo,

Que el valor santo del mártir

Añade al marcial denuedo?

Nómbrale, pues, ora ocupe

Grado ilustre o pobre puesto:

Siempre es alta la virtud.

Honor merece y respeto,

Lo mismo en noble adalid

Que en combatiente plebeyo,

Y que en ti y en los ministros

De la ciencia y del Eterno,

Que impávidos arrostráis

Las epidemias y el hierro.

LA HERMANA DE LA CARIDAD

   Yo de rodillas pedí

El hábito en que me miras,

Previendo ya que sus iras

La peste probara en mí.

A buscarla vine aquí:

Riesgo mi vida corrió,

Pero en nada engrandeció

Eso mi sagrado ser;

Cumpliendo estaba un deber,

Y ese me le impuse yo.

   El ministro del altar,

Con impulso igual al mío,

Fue por su libre albedrío

Con los que van a lidiar;

Como él, el sabio en curar

Al campo marchó también:

Coronas condignas den

A su virtud y valor;

Más hay corona mayor:

Guardada para otra sien.

   El capitán valeroso

Que alcanza insigne victoria,

Voluntario de la gloria

Siguió su estandarte hermoso:

Laurel ciña esplendoroso

De gratitud nacional,

Y con aplauso inmortal

Su nombre entre todos ande,

Aún hay corona más grande

Guardada en este hospital.

   Mira allí, entre aquellas dos,

Que son la ciencia y la fe,

Aquel joven que se ve

Pronto a dar el alma a Dios,

No fue de la gloria en pos

Por ver un lauro en sus sienes:

Pasaba, pobre de bienes,

Los verdes años fugaces;

Dijo España: « Falta me haces;»

Y él respondió: « Aquí me tienes.»

   Le hirieron hijos de Agar

Con rabia y feroz delirio;

Por Dios padeció martirio,

Y Él le viene a coronar.

Óyele el nombre invocar

Del que es de justicia sol...

¡Mira en divino arrebol

Su rostro mortal bañado!...

EL POETA

¿Quién es ese hombre?

LA HERMANA DE LA CARIDAD

¡Un soldado

   Del ejército español!


Uclés 3 de marzo de 1860.

En la inauguración del Instituto español

    Cual es la criatura

De tantas como encierra

La doble inmensidad de mar y tierra;

Cuál es el triste ser a quien natura

Los dones de su amor de suerte tasa,

Que de madrastra rigurosa y dura

Con él parece codiciar el nombre?-

Pródiga para todos, sólo escasa,

Sólo injusta y cruel es para EL HOMBRE.

   Le negó la firmísima pupila

Del ave que a su antojo,

Cerniéndose en la atmósfera tranquila,

Examina del sol el disco rojo:

No le armó con la planta

Del fugitivo ciervo

Que al viento se adelanta;

No con la garra del león, ni diole

Del coloso selvático la mole:

De nombre rey, por su impotencia siervo,

De riesgos donde quiera

Y enemigos sin número cercado;

Al verle de pujanza desarmado

Con que su ruina el infeliz estorbe,

Mejor imaginársele pudiera

Nacido más para manjar de fiera

Que para dueño y árbitro del orbe.

   Él es, empero, su señor. Su mano,

Si tan débil por sí, tan desvalida,

Con otra y otra y ciento y mil unida

Se reviste de impulso soberano,

Y desata el indómito torrente

De fuerza a cuyo empuje,

Redoblado y creciente,

Junta la creación resiste en vano.

Por el hombre vencido, el tigre ruge,

Y dócil a la rienda y acicate

Se mueve el alazán; el hombre abate

Y ahonda el recio pino,

Y tremolando en él tirantes lonas,

Sobre el inquieto campo cristalino

Lanza flotante puente

Que une entre sí las apartadas zonas:

El trueno aterrador copia a la nube,

Y a la tierra el volcán; en sus entrañas

Negro polvo escondiendo,

Lo incendia; estalla, y con bramido horrendo

Desquicia la explosión y al cielo sube,

Cual brizna leve de menudas cañas,

Deshechas en ceniza las montañas.

   Con la preciosa herencia

De la anterior generación uniendo

Su caudal todas de poder y ciencia,

Veloz el hombre sin cesar camina

Por ardua senda que su mano allana,

Sediento de arribar al alto punto

Límite del saber y dicha humana,

Barrera entre el Eterno y su trasunto,

Solio que al del empíreo se avecina;

Y aquel mísero ser a quien mezquina

Dotar nos pareció naturaleza,

Formándole de intento

Símbolo derisorio de flaqueza;

Ese mismo, tan débil cuando SOLO,

Erguida la cabeza,

Domina EN SOCIEDAD de polo a polo;

Y alza su omnipotente pensamiento

Ya tan audaz el vuelo de sus alas,

Que osa en el aire suspender escalas,

Y amenaza asaltar el firmamento.

Así los rayos fúlgidos de Apolo,

Que en la diáfana bóveda perdidos

Esparcen solamente

Blando calor, aliento del viviente,

En el foco oprimidos

Del espejo de Arquímedes ardiente,

Se truecan en centella destructora,

Que árboles, piedras y metal devora.

Ved cuál de Siracusa

Se agolpa en las almenas

Muchedumbre que al mar mira confusa.

Tiembla el guerrero, su consorte llora.

« Los bajeles,» exclaman «son aquéllos

De Roma, de la bárbara invasora:

Suspendidas se ven de sus entenas,

Y prontas a cebarse en nuestros cuellos

La vara, y la segur, y las cadenas.»-

Un hombre el rayo de la ciencia vibra,

Y de tiranos a su patria libra.

Ved cómo el brazo tiende

Con el escudo fulminante armado,

Cuya llama voraz el aire enciende.

Paradas en su vuelo arrebatado

Caen en polvo las marinas aves;

Las olas hierven; las soberbias naves

Nadante hoguera son. Hórrida grita

Por entre el humo suena,

Y en temerosos ecos se difunde.

Si el romano en el mar se precipita,

Síguele el fuego allí: la escuadra se hunde;

Siracusa la frente alza serena

Y adora al hombre que su ruina evita,

Y en recia voz que el júbilo levanta,

Su libertad y su victoria canta.

   Pero triunfos sangrientos y crueles

No son de ambicionar. Sendas de gloria

Varias el hombre ante los ojos mira:

Ramos en sus vergeles

La madre de las Musas, la Memoria,

Ramos guarda de plácidos laureles

Para el compás, y la paleta, y lira.

Adoradores fieles

Somos del genio que el saber inspira,

Y a coronas pacíficas aspira

Nuestro común afán. También recata

La sociedad en su agitado seno

Monstruos que al respirar vierten veneno,

Que contamina y mata.

Crimen, error y tedio forman liga

Contra el ínclito ser que siente y piensa:

Torre aquí se levante de defensa

Donde su diente vil no nos persiga.

Aquí sus luces el saber derrame,

Su asilo mire aquí la desventura,

Despliegue sus encantos la hermosura,

El ingenio se inflame,

Y ardiendo de virtud en llama pura,

Palpite el corazón, admire y ame.

   ¡Grande empresa en verdad! A darle cima

No será nuestra fuerza poderosa;

Pero español aliento nos anima,

Y el mágico mirar de tanta hermosa.

¿Quién en ignoble ociosidad reposa;

Quién al saber no da vigilia inmensa,

Por lograr de unos labios hechiceros,

Escondida entre aplausos lisonjeros,

Una tierna sonrisa en recompensa?

Obra final del Hacedor divino,

Culto de numen la mujer merece:

Por ella nuestra vida se embellece,

Y enseñarnos tal vez es su destino.

Al lanzarnos nosotros por la vía

Que allá a la cumbre guía

Donde bañado en resplandor descuella

De HUMANIDAD Y CIENCIA el doble templo

Ya en él la planta sella,

Coronada la sien, AUGUSTA BELLA,

Que con la voz nos llama y el ejemplo.

De virtudes y genios reverente

Cerco la ciñe en torno,

Que cien guirnaldas a la regia frente

Solícitos ofrecen por adorno,

Colocando a sus plantas en trofeo

Las insignias de Apeles y de Orfeo.

Constante bienhechora

De la grande nación que en ella adora,

También del INSTITUTO es esperanza,

Cuando al nacer alcanza

Que le tienda su mano protectora.11

Crezca, pues, a su sombra guarecida,

Esta que planta débil abre el suelo,

Y riéguela el sudor de nuestro celo;

Que día llegará que se alce erguida,

Y en tronco agigantado convertida,

Superior a las nubes se remonte,

Embarazando con su verde pompa

El ámbito del cóncavo horizonte.

Brío mayor a la constancia nuestra

Los obstáculos den; no haya fatiga

De arredrarnos capaz, hasta que rompa

Las auras con los ecos de su trompa

Justa la fama, y diga

Que la labor de nuestra firme diestra

Rinde a la sociedad precioso fruto,

Y es digno de su nombre el INSTITUTO.


1840.

La estatua de Felipe IV y el busto de don Pedro Calderón de la Barca hablan del Teatro Real en las siguientes décimas

FELIPE IV
    Álzase detrás de mí

Palacio que ilustra al dueño,

Donde mi alcázar pequeño

Se alzó mientras yo viví.

Un templo delante vi

A musa extranjera hacer:

Quién es codicio saber,

Y, en estatua, como vivo,

Del despacho fugitivo,

En busca voy del placer.

   Ignoro qué ingenios son

Los que esa fachada muestra...

Mas no; que arriba, a mi diestra,

Descúbrese Calderón.

Dime tú, insigne varón,

Que en el curvo ático estás,

¿Qué drama, qué musa más

Nuevos en Madrid admiro,

Que allá en nuestro Buen Retiro

No penetraron jamás?


CALDERÓN
   Apurar, señor, pretendo,

Ya que preguntáis así,

Lo que supe desde aquí,

Sólo callando y oyendo.

Y en verdad que no comprendo

Cómo entre duda afanosa,

Nueva y peregrina cosa

La ópera se os figuró,

Después de escribiros yo

La púrpura de la rosa.

   Fábula cantada fue

Aquella célebre fiesta;

Fábula cantada es ésta,

Con arte mayor a fe.

Yo en mi romance canté;

Mas hoy de Oriente al Ocaso

Proclama el Dios del Parnaso,

En toda su monarquía,

Lengua de la melodía

La dulce lengua del Tasso.

   Pero aunque lo diga el sol,

Y aunque yo me oponga solo,

Sostengo que el buen Apolo

No ha estudiado el español.

Más claro que su arrebol

Haré ver que excede acaso

El habla de Garcilaso

A todas en variedad,

En fuerza y en majestad...

Pero esto no viene al caso.

   Ved un teatro, señor,

Donde el músico poema

Su poder junta y extrema

Y magnífico esplendor.

Aquí uno y otro cantor,

Coronados de laurel,

Símbolo glorioso y fiel

De triunfos bien adquiridos,

Hechizarán los oídos

De la corte de Isabel.

   Coliseo de ancho foro

Y magnífica platea,

Do quier deslumbra y recrea

Con luz, mármol, seda y oro.

Será de Madrid decoro

Y digno del nombre Real.

Tendrá nuestra capital,

Más grande ya, rica y bella,

Un teatro único en ella,

Y en el mundo principal.


FELIPE IV
   Con singular alegría

Tu relación escuché:

Por lo que a la escena honré,

Honra me dan todavía.

La española bizarría

Celebro, de levantar

Un templo donde hospedar

La musa extraña primero:

Bien sé yo que al forastero

Se debe el mejor lugar.

   Mas, cuidado, que si pasa

A dominio el hospedaje,

Quizá en daño y en ultraje

Cederá de los de casa.

Aún de cólera me abrasa

La queja poco leal

De aquel Téllez infernal

Que dijo con necio engaño:

«Madrid halaga al extraño,

Y al hijo le trata mal.»


CALDERÓN
   No temáis, señor, así;

A todo alcanza la mano

Donde el cetro castellano

Resplandece frente a mí.

Por algo me han puesto aquí:

El sol amanece ya,

Que artes, ciencias, cuanto da

Timbres a España y valor,

Con su rayo bienhechor

Vívido fecundará.


1850.

En la inauguración de la escuela central de agricultura

    Al rico y al pordiosero,

A la hermosa y al galán,

Sustento y abrigo dan

Labrador y ganadero.

Del redil y del granero

El tesoro bienhechor

Esparce en su alrededor

Raudal de vida fecundo:

Son providencia del mundo

Ganadero y labrador.

   ¿Por qué mirar con desdén

Al que arte profesa tal?

-Por ser estimado mal

Quien vende barato el bien.

-Pero tus quejas detén,

Clase abatida hasta aquí:

De haberte olvidado así

Nuestra patria se avergüenza,

Y hoy con ventaja comienza

La justicia para ti.

   Hoy del polvo te alzarás

En que tu humildad yacía;

Mas también desde este día

De ti España exige más.

Con la ciencia adornarás

Tus usos de antigua fecha;

Mire el que siembra y barbecha

Que está ya bien demostrado

Que juntos libro y arado

Multiplican la cosecha.

   Prueba ofrecerá segura,

Que tanta verdad abone,

La campiña ésta, en que pone

Su trono la Agricultura.

Cual rompe la nube obscura

Vívido el rayo del sol,

Matizando su arrebol

Ardua cima y honda cuenca,

Radiará de La Flamenca

Bien para el suelo español.

   En él la divina mano,

Que hoy se nos retira escasa,12

La copa vertió sin tasa

De su favor soberano.

Clima feliz, rubio grano,

Frutos con dulce sazón,

Reses de fardo y timón,

Reses de aprisco y de guerra,

Dote de la hispana tierra

Fueron siempre y aún lo son.

   Hágase un día valer

Esta abundancia sin par:

Tener y no aprovechar

Equivale a no tener.

Bebió del Guadiana ayer

La oveja, cuyo vellón

Hoy en distante región

Hace rico al hábil dueño:

¡Logre el pastor extremeño

Lo que ha logrado el sajón!

   Ostenta con ufanía

Su célebre vino el Rhin:

Es fuerza que tenga fin

Esa injusta nombradía.

Las cepas de Andalucía

Rinden jugo superior:

Adelgazad su vigor,

Traiga sin riesgo el placer;

Echadle un poco a perder,

Se le tendrá por mejor.

   Más trabajo os costará

Del bruto amansar la casta,

Que espanto, al bajar el asta,

Al león de África da.

Víctimas reciba ya

Más pingües el matadero,

Y el yugo del carretero

Más altas cervices ate:

No es de sentir, si combate,

Que no peligre el torero.

   Principios ciertos y claros

Vais a difundir, señores;

Pero a luchar con errores

Necesitáis prepararos.

Por ignorantes reparos

No os dejéis alucinar;

Formad en particular

Empeño de convertir

Al que no deja vivir

Ni arboleda ni tallar.

   Por librar de merma el trigo

Echa el incauto en las llamas

El álamo, cuyas ramas

Dieron al gorrión abrigo.

Mas al voraz enemigo

Verá en su techo anidar.

Sobra en España lugar

Para selva y para mies:

Yermarla de árboles es

Agua a las fuentes robar.

   Sin ellas mueren los prados,

Que dan al ganado vida,

Y es la labranza perdida:

No hay labranza sin ganados.

A cabañas y sembrados,

Al colmenar y al vergel

Llevad con examen fiel

Cuanta mejora es precisa.

Marcha hoy el saber aprisa:

Marchad a la par con él.

   En su estado natural

Produce el espino adusto

Mezquina baya sin gusto,

Que ni aun la pica el zorzal.

Injertadle con peral,

Y el fruto mejor tendréis.

Alumnos, esto hallaréis,

Si a la rústica experiencia

Vástagos nobles de ciencia

Con tino aplicar sabéis.

   Y la patria os deberá

Su más preciado tesoro.

Que busque el minero el oro:

Con el oro os buscará.

Y cuando vuelvan acá

Los que hoy nuestro suelo ven,

Y justa alabanza den

Al claro cielo de España,

Clamen con sorpresa extraña:

«Su campo es cielo también.»

   Y cuando quiera el viajero

Saber quién pudo tornar

Granja hermosa el tomillar,

La ciénaga abrevadero,

Un nombre dirá el vivero,

Otro el taller de la miel,

Otro el guía del corcel

Recio, gallardo y veloz;

Y España en sola una voz

El de la augusta ISABEL.


Leída en La Flamenca, el día 28 de septiembre de 1856.

Las tres bellezas

Versos para la primera distribución de premios a la virtud, celebrada en Madrid.

    Dijo en el Pindo un pastor

A las hermosas de allí

«Bellezas, venid a mí:

Quiero cantar la mayor.»

   Tres solas fueron al juez

Por la vega ancha florida:

La competencia del Ida

Principió segunda vez.

   Llegársele, ya intranquilo,

Vio el pastor a la primera:

Tesoro de encantos era,

Viviente Venus de Milo.

   Naturaleza, empeñada

En su más difícil obra,

Cien gracias le dio de sobra,

La del pudor no sobrada.

   Ella, el ligero cendal

De los hombros derribando,

«Soy (dijo con eco blando)

La Belleza corporal.»

   «De amor, al verte, se inunda

(Repuso el juez) valle y monte:

Ven, y a mi derecha ponte;

Llega la beldad segunda.»

   Con laurel se coronaba,

Y un sol en su frente ardía:

La primera seducía,

La segunda arrebataba.

   «Hija del Numen Ismenio

(Prorrumpió), su lauro doy.

Cántame sola: yo soy

La Belleza del ingenio.»

   Sintió el pastor dentro en sí

Fuego inspirador.-«¡Oh! ven.

Ponte a mi diestra. Mas ¿quién

Viene al certamen tras ti?»

   Con tímido paso lento

Caminaba la postrera,

Corno si allí la trajera

Resistido mandamiento,

   Y no avezada a salir

Nunca de su pobre hogar,

Quisiera el valle cruzar,

Excusando el competir.

   La envolvían hasta el suelo

Pliegues de un manto de lino:

Rasgos de rostro divino

Dejaba entrever el velo;

   Y de su andar al rumor,

Entre las auras movidas,

Harpa y flores escondidas

Música daban y olor,

   Que la razón natural

Creía, sin más aviso,

Fragancia de Paraíso

Y ecos de harpa celestial.

   «Tú eres la beldad sin tilde

(Clamó el pastor); alza el manto.»

Bajos los ojos en tanto,

Callaba la hermosa humilde.

   Tras un momento de calma,

Dijo en los aires expresa

La voz de un arcángel: «Esa

Es la Belleza del alma.

   »Con viva solicitud

Conságrale ofrenda pura:

No hay en el mundo hermosura

Más grande que la virtud.»

   Asió el pastor anhelante

Del velo a la hermosa en vano:

Con él se quedó en la mano,

Con blanca niebla delante.

   Y en las célicas regiones

La voz añadió: «Mortal,

De la Belleza moral

Se juzga por las acciones.»

Y la niebla se aclaró,

Y, en el fondo de un vergel,

España, la de Isabel,

Al zagal apareció.

   Con su corazón a solas,

Que ardor patriótico inflama,

Vio pasar en panorama

Cien virtudes españolas.

   El silencio en que han yacido

Su alto valor constituye:

Son el Guadiana, que fluye

Bajo la tierra sin ruido.

   El heroísmo tal vez

Más digno de admiración

Queda oculto en un rincón

Sin testigos y sin juez.

   Mas viva en tiniebla densa

Quien el bien haciendo vive:

Lo sabe quien lo recibe,

Y Dios que lo recompensa.

Vio el pastor en su lugar

Lo que hoy nuestros ojos ven.

Ya quiere España también

La virtud recompensar.

   Allí del falaz Apolo

Arroja el cantor la lira:

Ya mente y labios le inspira

Puro sentimiento solo.

   Él quiso dar un laurel

Y hay ciento aquí prevenidos:

Oigamos con sus oídos,

Viendo y sintiendo con él.

   La virtud se ofendería

Si en épica voz se oyera:

Su gala es ser verdadera,

Y el rubor su poesía.

   Contemplad ¡cuán a deshora

Esa doncella trabaja,

Entre luz trémula y baja

Y el rosicler de la aurora!

   -¿Cuándo al reposo te entregas,

Josefa?13 Va a amanecer.»

-«¡Ay! tengo que mantener

Mi madre y mi hermana ciegas.»

   -«Amalia,14 dame tu mano;

Tu amor con tu mano pido.»

-«Son de mi padre impedido,

Mi anciana madre y mi hermano.»

   -«En este claustro hallarán

Fin tus anhelos, María.»15

-«Mi ama se quedaría,

Si yo la dejo, sin pan.

   «Inseparables las dos,

De aquel propósito cedo:

Sierva del mundo me quedo

por el servicio de Dios.»

   -«Niño,16 por fin te curé;

Mas tienes que abandonar

Tu ejercicio militar.»

«Mi madre pierde mi pre.»

   -Mirad esa, a quien dejó

La razón sin un destello,

Feroz agarrarse al cuello

De aquélla de quien nació.17

   Persigue con furia igual

A su hermana18 otra demente.

«¡Afuera! grita la gente.

Los locos a su hospital.»

   -¡Mi hija! ¡Mi hermana! Yo

La tendré lejos de mí,

Después de mi muerte sí,

Durante mi vida no.

   «Sólo las fuerzas apoca

De mi larga resistencia

La lucha con la indigencia,

No el reluchar con la loca.»

   Mas ¿qué desgraciado clama?

Cuatro anegándose están:

Triunfantes bramando van

El Tajuña y el Jarama.

   «Ya la ropa me desciño.

¡Ánimo! no hay que temer.»

¡Acudid a esa mujer

Que tiene en brazos un niño!

   ¡Envía, Dios que lo ves,

Libertador oportuno!

Para los dos hubo uno;19

Para hijo y madre hubo tres.20

   De tu solio a manos llenas

Vierte, Señor, bendiciones

Sobre tantos corazones21

Con sangre santa en las venas.

   No ha muerto aún, ya se ha visto

Con gozosa maravilla;

No ha muerto aún la semilla

Que echó en el Gólgota Cristo.

   Poniendo a los vicios dique,

Premiando el ejemplo bueno,

Se hará que en el buen terreno

Más la virtud fructifique.

   Sociedad, que al bien caminas,

Cuando así le galardonas,

Valen mucho esas coronas

Que cubren otras de espinas.

   Regia mano las ciñó

Y adquieren más precio ya.

¡Feliz quien el premio da!

¡Bendito quien le ganó!


1861.

Con motivo de poner S. M. la reina (Q. D. G.) la primera piedra del edificio destinado a museos nacionales y biblioteca

    No hay magnífico señor,

Ni humilde trabajador,

Que a veces no necesite

De un amigo que le quite

Duda, pena o mal humor.

   No hay sabio tan engreído,

Que de atender se desdeñe

A quien, por él escogido,

En cualquier tiempo le enseñe

De balde, y solo, y sin ruido.

   No hay pecador pertinaz,

Que se rebele al consejo

De quien, hablándole en paz,

Le mire sin entrecejo,

Inalterable la faz.

   Este amigo, útil y fiel,

Que instruye, refiere y pinta,

Vestido gasta de piel,

Es mudo, y habla en papel,

Y señas hace de tinta.

   Hay alguno que, traidor,

En cáliz engañador

Ofrece mortal veneno;

Pero entre ellos, uno bueno

Es el amigo mejor.

Éste, que gusta de dar

Lección, y que no nos cueste,

Es el libro: hay un lugar

En que prefiere habitar,

Y una biblioteca es éste.

   Después que el hierro colgó,

Ya ganada en recia lid

La corona que heredó,

Una Biblioteca dio

Felipe quinto a Madrid.

   Hoy Madrid, harto distinto

Del que Felipe veía,

No cabe ya en su recinto,

Ni en sí aquella librería

Que fue de Felipe quinto.

   Pantoja en la Trinidad

Clama que tiene sin luz

Sus cuadros, y es la verdad:

Halle por la Cruz piedad

Juan Pantoja de la Cruz.

   La gran ISABEL deseos

Tenidos por devaneos

Hoy en realidades trueca:

Nacen aquí dos Museos,

Renace una Biblioteca.

   Tu nombre, Señora, lleve,

Cruzando el espacio leve,

La Fama por todas partes:

¡Bien haya quien a las Artes

Da el templo que se les debe!

   ¡Bien haya la gran nación,

Que sabe en digna ocasión

Cambiar con alta cordura

Tesoro sin duración

Por otro que siempre dura!

   Lo que por tantos es hecho

Con largueza meritoria,

Concede a todos derecho

A la parte del provecho

Y a la parte de la gloria.

   En las grandes condiciones

De la humana sociedad,

Para adquirir sus blasones,

La gloria es necesidad,

Es vida de las naciones.

   Y las glorias nacionales

Piden la magnificencia

De alcázares, en los cuales

Tengan el Arte y la Ciencia

Sus próvidos arsenales.

   A la fuente perenal

Un pueblo acude a beber,

Y no agota el manantial:

Fuente hay que presta saber,

Sin merma de su caudal.

   Ya por los anchos salones

Del edificio futuro

Me llevan mis ilusiones:

Damas en él y varones

Aquí y allá me figuro.

   Los unos en marcha lenta

Viendo van y conversando;

El observador se sienta,

Y un joven allí copiando

Colora un lienzo que alienta.

   ¿Quién sabe si ese mancebo,

De exterior grave y sencillo,

Vendrá en dichoso relevo

A ser segundo Murillo,

Ribera o Velázquez nuevo?

   ¿Quién sabe si de esos dos,

Que el uno del otro en pos,

Lugar buscan oportuno,

Voz de Clío será el uno

Y el otro lengua de Dios?

   Fija en un disco la lente

Aquél, y descubre sabio

Luz que las sombras ahuyente,

Con que a la verdad latente

Fatal error hizo agravio.

   Aquél, que de golpe cierra

Su libro y de allí se va,

Nuevo Arquímedes quizá,

Quiere en peso alzar la tierra,

Y dio con el punto ya.

   ¡Oh tú, en cuyo paralelo

No puede ponerse nombre!

¡Oh tú, bendito del Cielo,

Que supiste asir al vuelo

El son de la voz del hombre!

   Tú inmóvil y permanente

La hiciste de fugitiva,

Y del tiempo en la corriente,

Columna blanca valiente,

¡Se alza entre naufragios viva!

   Por ti el pensamiento vario

De una y mil generaciones

Encontró depositario;

Por ti formó de sus dones

La Ciencia inmortal erario.

   Por el libro nuestra edad

Con diadema se engalana

Que labró la antigüedad;

Y un libro será mañana

La ley de la humanidad.

   Nunca sin alto loor

Y gratitud infinita

Se nombre al Genio inventor,

Que al dar la palabra escrita,

Hizo al mundo el bien mayor.

   Con ella un pueblo educado

Aquí... ¡Oh falaces quimeras!

¡Oh ilusión! Sólo he quedado

En un arenal cercado

De mástiles y banderas.

   Prematuro es el contento

Del corazón anhelante:

Principio tiene el asiento

Del palacio del talento...

Miro el fin... ¡ay! ¡cuán distante!

   La flaca voz enfermiza,

Que este día solemniza,

Muda en el otro será;

Mas donde esté mi ceniza,

Saltos de gozo dará.


Madrid 5 de mayo de 1866.

Al salvador en la cruz

Canción para música

    Quien dio la vida al ciego,

Quien dio la voz al mudo,

Quien vida nueva pudo

A Lázaro infundir,

   Hoy pende de un madero,

Y espira escarnecido

Del pueblo fementido

Que viene a redimir.

   Quebrántase la roca;

Sin luz se queda el cielo;

Retiembla, roto el velo,

El arca del Señor;

   Y al ver los querubines

La cruz que los aterra,

Dirigen a la tierra

Miradas de furor.

   -«La sangre que han vertido

Los clavos y la lanza,

Pidiendo está venganza:

Dejádnosla tomar.

   »Descienda nuestro rayo,

Y que haga furibundo

Cenizas ese mundo

Rebelde sin cesar.»-

   En tanto que al Eterno,

Inmóvil en su trono,

Acusa de abandono

La hueste de Miguel,

   Bendicen el arcano

De amor ardiente lleno

Los justos en el seno

Del padre de Israel.

   Que ya de su ventura

Llegó por fin el día,

Y al Hijo de María

Unidos volarán;

   Dejando el Paraíso

La víctima inocente

Abierto al descendiente

Del ya feliz Adán.

   Pero si hoy en patíbulo espira,

Juez vendrá severísimo luego,

Más terrible entre nubes de fuego

Que en su cima le vio Sinaí.

   ¡Ay entonces del que haya perdido

De la gracia el divino tesoro!-

Yo, Señor, tus piedades imploro;

Yo pequé: ¡desgraciado de mí!


A Nuestra Señora en la traslación de su imagen de la Fuencisla a su santuario22

    Salve, Reina poderosa

De los hombres y del cielo,

Templo de oro, blanca rosa,

Fuente viva de consuelo

Para el triste pecador.

   Salve, tú que a la serpiente

Que rindió nuestra flaqueza

Quebrantástele la frente;

Salve, espejo de pureza,

Virgen madre del Señor.

   Como el sol que el orbe dora,

Sin descanso tú repartes

Del ocaso hasta la aurora

Tu piedad en todas partes

Con desvelo maternal.

   Y a tus pies hoy reunido

Todo el pueblo segoviano,

Las mercedes que ha debido

Al Eterno por tu mano

Agradécete leal.

   Cuando airado el Juez tremendo

En la tierra nos aísla

Con los males combatiendo

¡Madre nuestra de Fuencisla!

Nuestros ayes van a ti.

   Que es tu seno de ternura

Rico vaso que recoge

Nuestro llanto y le depura;

Y así Dios el ruego acoge

Que ofendiérale sin ti.

   Levantó su voz la guerra

Por los ámbitos de España,

Y amagó dejar la tierra

Plaga horrible con su saña

En total devastación.

   Suspirando, al templo sacro

A implorar tu gracia fuimos,

Y a tu augusto simulacro

Con el luto le vestimos

Que llevaba el corazón.

   Y al Altísimo aplacaron

Tas plegarias, Virgen pía,

Y las tumbas se cerraron

Que la peste cada día

Ensanchaba más tenaz.

   Y cesó la lucha horrenda,

Más terrible que la peste,

Y los gritos de contienda

Resarció el favor celeste

Con los himnos a la paz.

   Muda ya la fiera trompa

Que sonaba con espanto,

Da Segovia en esta pompa

Y en la gala de tu manto

Grato indicio de su fe.

   Signo es doble, Madre nuestra,

De salud por ti alcanzada,

Y a la par también demuestra

Que de España desterrada

La discordia al fin se ve.

   Brillen, pues, los rayos puros

Del clarísimo lucero,

Que al salir de nuestros muros

Testifica al mundo entero

Tu dichosa traslación;

   Y hagan hoy sus tornasoles,

Por influjo soberano,

Desde aquí a los españoles

Ser un pueblo todo hermano,

Más familia que nación.

   Y esta España, cuyo aliento

Se dignó el saber profundo

Elegir por instrumento

Que rindiera medio mundo

A la cruz del Salvador;

   Logre ser ¡oh Virgen pura!

Por lo fiel que te venera,

La nación de más ventura,

Ya que ha sido la primera

En virtudes y valor.


Al busto de mi esposa23

    Imagen de mi adorada

Consuelo de mi dolor,

Única prenda salvada

Del naufragio de mi amor,

   ¿Por qué clavados están

Siempre mis ojos en ti,

Si jamás en ti verán

A la hermosa que perdí?

   ¿Dónde el fuego de sus ojos

Me ha conservado el cincel;

¿Dónde los matices rojos

De su labio de clavel?

Mas ¿pudo quedar cautiva

En piedra, tela o metal

Su belleza fugitiva,

Su mirada angelical?

   Naturaleza, al formarte,

Ídolo del alma mía,

Quiso luchar con el arte

Que en imitarla porfía;

   Y dijo con altivez

Después que en ti se miró:

«Que venga el hombre esta vez

A copiar lo que hice yo.»

   Triunfabas, naturaleza,

Y triunfas en mi memoria;

Pero ¡con qué ligereza

Renunciaste la victoria!

   Polvo ya la criatura

Donde brilló tu poder,

No tiene esa piedra dura

Competencias que temer.

   Diestro, escritor, anduviste;

Disculpa mi loco error:

No hay en la boca del triste

Sino acentos de rigor.

   ¿Qué dejaras por hacer

Al que rige las esferas,

Si tú una piedra pudieras

Trocar en una mujer?

   Debiera yo comprenderte,

Y en ese mármol fatal

Ver el triste material

De las urnas de la muerte.

   Memorias de destrucción

Graba en él la humanidad:

¡Era fatídico el don,

Escultor, de tu amistad!

   Yerta me representaste

La faz del bien de mi vida:

¡Pronto la vi convertida

En el mármol que labraste!

   Como él encontré de frío

Su labio cárdeno y mudo,

La única vez que no pudo

Responder al labio mío.

   ¡Cuántas veces, dulce dueño,

Turbó con su huella ardiente

La dulzura de tu sueño

El beso que di en tu frente!

   Mas no te pudo arrancar

De aquel letargo profundo:

De él sólo has de despertar

Al ay de muerte del mundo.

   ¡Qué condición miserable!

¡Cuánta es del hombre la mengua!

¡Tener un ángel que le hable,

Y no comprender su lengua!

   Aquella noche postrera,

Bien mío, de tu vivir,

Tú me hablabas placentera

De un dichoso porvenir.

   En tu semblante lucía

Profética inspiración:

Era tu hablar de alegría,

Y era lúgubre su son.

   ¡Cerca de la dicha estabas!

¡No fue el presagio falaz!

Poco después habitabas

Las regiones de la paz.

   Como antorcha moribunda

Tal vez aviva su fuego,

Y el aire de luz inunda,

Y en sombrase abisma luego;

   Así aureola brillante

De esperanza y juventud

Te ciñó por un instante,

Palpando ya el ataúd.

   Fugaz relámpago aquél

De dicha para los dos:

Todo fue ternura en él,

porque era el último adiós.

   Así nos viene a halagar

Con su plácido arrebol,

Y se hace más bello el sol

Al sepultarse en el mar.

   Leía en tu languidez

La muerte su triunfo vil,

Viendo tu rosada tez

Vuelta en pálido marfil.

   Bella y fuerte de improviso,

Venturas te prometías...

-Era que abrir te veías

Las puertas del Paraíso.

   Tal te miro en ilusión,

Que en mi despecho me arredra,

Muchas veces en la piedra

Que te retrata en borrón.

   Que allá en las horas de calma

Vestidas de obscuridad,

En que misterios al alma

Revela la eternidad;

   Si tu imagen se estremece

Cuando el viento ronco zumba,

Que levantas me parece

La cabeza de la tumba.

   Luz que de purpúrea tinta

Se reviste, porque pasa

Por pliegues de roja gasa,

Tu bulto cándido pinta;

   Y sus rayos se despuntan

En el cristal,24 que es el velo,

De tu semblanza de hielo,

Y resbalan y se juntan;

   Y ornan la impasible sien

Con diadema esplendorosa,

Cual la que tu frente hermosa

Lleva junto al Sumo Bien.

   La piedra entonces se mueve,

Se reaniman tus luceros:

Ya coral en vez de nieve

Son tus labios hechiceros:

   Y eres tú, la misma, aquélla

Que yo delirante amé,

La que mi vida, mi estrella,

Mi cielo en la tierra fue.

   Tú, mi angélica MARÍA,

Tan bella como te vi,

Tan llena de amor, el día

Que diste el modesto sí.

   De tus labios el consuelo

Nace entre sonrisa pura,

Tu frente exhala ventura,

Derraman tus ojos cielo.

   Buscando tus brazos voy,

Ciego a la luz con que brillas:

Adórote de rodillas,

Y vienes a donde estoy.

   Tu ósculo me hace sentir

Tu inefable ser divino,

Y de su encierro mezquino

Tras ti el alma quiere huir.

   Con tu diestra la detienes,

Y batiendo blancas alas,

Vuelas ¡ay! y me señalas

La mansión de donde vienes.

   Y en tu rápido volar

Despidiéndote de mí

Te paras a pronunciar

Un espera y un allí.

   Y en el espacio azulado

Luego mis ojos no ven

Más que un iris empapado

En fragancias del Edén.

   Disipada la visión,

Cobras la forma glacial,

Mas dejas al corazón

Esperanza celestial.

   Que el hombre que a poseer

Llegó entre delicias mil

Un puro angélico ser

En un cuerpo femenil,

   En el valle del dolor

Querer sólo puede ya

Unirse pronto a su amor

En el cielo donde está.


Un enfermo a un vaso de agua

Décimas

    Un vaso de agua. -¡Oh placer!

¡Qué ardiente sed satisfago!

Quiero, bebido este trago,

Pararme a sentir y a ver.

Fiel el vaso al parecer,

Del don que ofrece se engríe;

Y tú, donde el bien sonríe

Al mustio labio anhelante,

Purísimo eres diamante

Que el dedo de Dios deslíe.

   Si tu caudal fuera escaso;

Si el ser yo tu posesor

Me costara tu valor,

¿Con qué pagara este vaso?

Mas tú te brindas al paso

En aire, en muros, en suelo;

Y el hombre, libre de anhelo,

Olvida, en la posesión,

Que un vaso de agua es un don

Preciosísimo del cielo.

   Milagrosa obras en mí,

Desde que tu néctar libo:

Con otro aliento revivo,

Regenerado por ti.

De lucha en que me rendí,

Me levanto vencedor;

En mi espíritu y humor

Paz de oración blanda cae:

¡Bien haya sed que me trae

Un bien que me hace mejor!

   Ciencia, que en clara doctrina

Los componentes me prestas,

Mientras tú los manifiestas,

Yo adoro al que los combina.

A luz para mí divina,

Quiere mi credulidad

Ver hasta la saciedad,

Agua, en tu naturaleza,

Las gracias de la pureza,

La imagen de la verdad.

   Como siempre algún dolor

Ha de ir al placer unido,

Lanzo de pronto un quejido

En mi júbilo mayor.

Después que con tal favor

Vida me vienes a dar,

Tú, que corres sin cesar,

¡Dulce fuente, néctar mío!

¿Te ha de viciar turbio el río,

Salobre y amargo el mar?

   «Alta ley cumplo, inmutable

(Me respondes): limpio llego

Al río, y allí me entrego,

De mí en todo irresponsable.

Ni manos tengo ni cable,

Ni de pararme intención,

Ni pérdida de sazón

Mi sosiego sobresalta;

Pureza nunca me falta

Para mi dulce misión.»

   Purezas, que la merced

Mayor del cielo formáis,

Yen el hombre suscitáis

Viva, devorante sed,

Castas, cautas, retened

El don de más celsitud;

   Rechazad solicitud,

Que su lealtad no acrisola:

Sed habéis de apagar sola

De labios de la virtud.


1875.

A Juan, su pícara memoria

ELLA
    Con luz harto macilenta

El día se te presenta

De ti anhelado y temido.

Septiembre, seis, ha venido:

Cumples hoy, Juan, los setenta.

   No abundan por acá mucho

Compañeros de tu edad:

Pasado, más que machucho,

Te veo, y oir te escucho

Tranquilo la novedad.

   Pero aunque hagas poco caso

De un anuncio de esta suerte,

Torpe ya tu cuerpo y laso,

Mal en tu trémulo paso,

Mal se ve para moverte.

   Renqueando por las calles,

Si a conocidos que te halles

Saludas cuando los ves,

Por más que entre ti batalles,

Dices luego: «Ése, ¿quién es?»

   Con flema, tal vez escasa,

Temes respondan quizá:

«Ya todo a usted se le pasa:

¡Si es don Fulano, que en casa

Estuvo anteayer, papá!»

   Su poquillo te contrista,

No como satisfactoria,

La tal respuesta imprevista,

Que dice cuál es tu vista,

Y cuál también tu memoria.

   Das en errores extraños

A tiempos, como esta vez,

Del tuyo son estos daños,

Del tuyo son desengaños.

Mal sin cura es la vejez.

   No eres ya el chico del día

Tantos de abril (abril era),

Cuando por la vez primera

Diste la mano a María

Para subir la escalera.


ÉL
   No los goces me recuerdes

De remotos años verdes;

Libro fueron que rasgué.

Rasgas mi seno y le muerdes,

Tú, sierpe hoy, la que ángel fue.

   Penas entonces de un modo

Y de otro asaltarme vi;

Luchaba empero, y vencí.

Con amor se vence todo,

Y amor y más hubo en mí.

   Esperando la bonanza,

Yo al turbión le sonreía,

Con la serena osadía

Del que males desafía

Escudado en la esperanza.

   La suya cumplida ve,

Por fin, con delicia inmensa;

Dios al cabo recompensa

Al que opone por defensa,

Con el infortunio, fe.

   Mil veces en mi interior

Me dije: «No lo mereces,

Y Dios te da su favor,

Mostrándotelo con creces

Junto al lecho del dolor.»

   En él mi esposa yacía;

En él suplicaba fiel;

-Yo con ella. -Y escribía

Los Amantes de Teruel.

   Allí guardo algún acento

Que exhaló doliente y frío

El labio del sufrimiento;

De allí el arrepentimiento

Me hizo arrancar algo mío.


ELLA
   Pues hoy debes repetir

Ese que es digno ejemplar,

Y lo bueno dilatar:

Circunscríbete a rezar,

Y déjate de escribir.

   Tu cabeza de contino

Te da cien chascos al día:

Tras afanosa porfía,

Sales con un desatino

Para que el mundo se ría.

   Capricho terco avasalla

Tu mente donde él preside,

y opone a tus miras valla.

¿Quieres que el mundo te olvide?

Olvida primero y calla.

Fiel destello de razón

Te infunda la reflexión,

De que en silencio completo,

Ganarás, si no respeto,

Títulos a compasión.

   Hombre a la razón sumiso,

Cumplir el común aviso

Debe cauto, al malearse.

Entonces es ya preciso...


ÉL
   Conocerse y anularse.


1876.

La Reina Doña Isabel II en la declaración de su mayoría

Coplas en castellano antiguo

    Ley mal aguisada, traída de allende,

Vedaba á la fembra sobir al dosel:

Tú nasces, y en brazos Castilla te prende,

É grita Castilla: «Que regne Isabel.»

   Lid muévenos dura tu avieso cormano:

Lid foé que de sangre la tierra fartó;

Clamaba moriendo el fiel castellano:

«Que regne Isabela; mi vida le dó.»

   Asaz perezoso el tiempo venía,

Non daban á España sus males vagar:

Vos recia por ende levántase un día

Diciendo a Isabela: « Comienza á regnar.»

   Sabroso es oirse nombrar soberana,

Non bien de la infanza salvando el confín;

Sabor há tu sceptro de poma temprana,

Que amagos de robo sofrió en el iardin.

   Ya, pues, que en el trono te ves regidera

É finca en tu mano la nuesa salud,

De ti generosas albricias espera

La gen que á fablarte sus cuitas acud.

   Sey tú como el iris que en lúcida comba

Señal de amistanza del cielo nos faz;

Sey tú como aquella bendita palomba,

Que troxo en el bico la oliva de paz.

   Muy más que el acero de innúmera hueste

Que fiere cervices de indómita grey,

Muy más puede un labio con riso celeste

Diciendo entre hermanos: «Concordia teney.»

   Catar te conviene non yaga en oprobio

La fe, nin los buenos que lievan su vos:

Non membre afambrida allá en el cenobio

La casta sorora, la esposa de Dios.

   Bien es que cuidosa tu regia auctoricia

Mantengas exenta de mengua é revés;

Mas seya delante de tu alta iosticia

Igual del fidalgo el pobre burgués.

   E síguese dende que débese pura

Servar la ordenanza del fuero común:

Franquicias donadas por ley é natura

Non leixes que tengan desmedro ningún.

   Farán en España firmísimo asiento

La paz, abundancia é iúbilo ansí;

É todo del tuyo sagaz regimiento,

É todo, señora, vendranos de ti.

   Estonce, al trabaio entrando cobdicia,

Verás bienandante la puebla crescer,

Trabaio que luce contenta é desvicia,

Da pan á la boca, virtudes al cuer.

   Estonce los yermos agora cerriles,

Do apenas la bestia el paso conduz,

De acuáticas vías, de férreos carriles

Veránse do quiera taiados en cruz.

   Estonce, de fructos con rico tesoro

Bogante la nao de ardid mercader,

Trayranos en trueque de América el oro,

Que hoy ya non es nueso, mas fuéralo ayer.

   Estonce (é tal día ¡que non seya lueñe!)

Granada en dotrinas, haberes é honor,

Alzarse veremos la nueva progeñe,

Que torne á la España su antigo splendor.

   Progeñe que inore los odios villanos,

Causantes agora contino desmán,

Progeñe en que todos se embracen hermanos,

Legítima prole del Cid é Guzmán.

   ¡Oh! mueva de prerlo el tiempo su ruda

É á nos, que nascimos á mala sazón,

Catar las primicias la suerta conceda,

Del sino que atiende la nuesa nación.

   Que veya, primero que el pie se le hunda,

El vicio cercano del negro lindel,

Que veya en España por esta Segunda

El siglo de aquella primera Isabel.

   É sí: verá un pueblo sesudo, valiente,

Que en torno á su Reygna bendizla é le diz:

«Tú noble, tú libre, tú sabia é potente,

Tú, en fin, á tu patria ficiste feliz.»


1843.

Al saber la noticia de la muerte de S.M.

    La triste nueva de su fin recibo.

¡Era flor de virtud, joven y bella!

Yo, viejo inútil, vivo.

¡Quién fuera digno de morir por ella?


26 de junio de 1878.

A la emperatriz de los franceses

    Iba mirando la Fortuna un día

   La orilla del Genil,

Y una perla encontró donde yacía

   El trono de Buabdil.

Era la perla del Genil hermosa,

   De precio singular:

Con otras fue por la voluble diosa

   Puesta en su mismo altar.

Llegose en tanto a la Fortuna un hijo

   De los que más amó.

«¡Una corona para mí!» le dijo:

   La madre se la dio.

Rica, muy rica, pareciole al verla:

   Diadema era imperial;

Mas faltaba en su círculo una perla

   Para lucir cabal.

«Abrid vuestro tesoro soberano,

   Y haced completo el don.

-Escoge entre mis joyas por tu mano,

   Según tu corazón.»

Solícito el Amor, libre de venda,

   Volaba por allí.

«Mira (le dijo al Príncipe) la prenda

   Guardada para ti.»

Puso en la margarita de Granada

   Su dedo blando Amor,

Y en la insignia del César engastada,

   La realzó en valor.

«¿Es (me decís) tu narración amena

   Fábula de otra edad?

-Es (con robusta voz responde el Sena)

   Magnífica verdad.»

Esas dos palmas ved, que a gran distancia

   Juntan sus ramos hoy.

A Granada escuchad: «Trono de Francia,

   Emperatriz te doy.»

Aún la flecha de Amor hace atrevida

   Conquistas al poder;

Aún se ve repetir ennoblecida

   La exaltación de Ester.

Eras, Eugenia, tú, dulce ornamento

   De tu natal país;

Ya resplandeces donde tuvo asiento

   La madre de San Luis.

Por ella el cielo próvido te mande

La luz de su favor:

Deuda en el solio contrajiste grande;

   Tu espíritu es mayor.

Haz de satisfacerla empeño y gala:

   Digno es de ti ese afán;

A tu hermosura tu virtud iguala;

   Tu sangre es de Guzmán.

Sangre del que en Tarifa puso freno

   Al sitiador cruel.

Timbre glorioso mereció de Bueno:

Sé su heredera en él.

A entrambos mundos con asombro tienes

   Mirándote los dos.-

¡Flor del suelo andaluz!... ¡Mil parabienes!

¡Emperatriz!... Adiós.

Cuando suene, de Francia bendecido,

   Tu nombre, en ecos mil,

No sentiremos el haber perdido

   La perla del Genil.


Febrero de 1853.

En el nacimiento del Príncipe Imperial de Francia

Epístola

Al Excmo. Sr. D. Salustiano de Olózaga.

Marzo de 1856.

    Llegó la nueva: rápida volando,

Mensajera feliz, el aire cruza

La fama, cuya voz pujante llena

Los valles anchos y las hondas grutas.

   Francia a la hermosa Emperatriz, que el suelo

Granadino le dio, madre, saluda.

Hierve en gozo París; desde sus muros

Me manda la amistad... Tomo la pluma.

   Deja, Salustio, que obsequiosos cerquen

Egregios vates la cesárea cuna:

Disonaría de sus arpas de oro

La de tu amigo, destemplada y ruda.

   Benignas otro tiempo visitaban

Este humilde rincón plácidas musas;

La paz de mi retiro las atrajo;

Las apartó de mí la desventura.

   Falta aquí el ángel del consuelo mío.

Llora una madre aquí; no ven la suya,

Y la llaman a gritos, y no viene,

Tres desafortunadas criaturas.

   Partió con ellas de Madrid; contaba

Tornar con ellas... ¡Esperanza ilusa!

Con traje de orfandad los tres volvieron;

No volverá la que a los tres enluta.

   Casi a la hora que por vez primera

Se oyó nombrar a la Consorte Augusta,

Del placentero título adornada,

Gloria y dulce temor de la hermosura;

   A las trémulas manos de otra madre,

Revueltas en montón, llegaban juntas

Prendas que fueron juveniles galas,

Despojos ya que desechó la tumba.

   No me es dable cantar: piadoso el tiempo

Reprime el llanto y el pesar endulza;

Para la triste esposa de tu amigo

Más crece con el tiempo la amargura.

   No me es dado cantar. Estos borrones

Destinados a ti, guarda y oculta:

Parabienes, Eugenia, escucha gratos,

No quejas de dolor inoportunas.

   Tú, cuya voz tan elocuente fluye

En el trato social y en la tribuna,

Y a la Madre feliz de César nuevo

Sus dichas puedes anunciar futuras;

   Aprovecha el instante en que sus ojos,

Bellos como la luz que nos alumbra,

Los horizontes penetrar queriendo,

Miren a España con filial ternura;

   Y dile entonces que si Francia en ella

Las esperanzas de su dicha funda,

Españoles también por ella al cielo

Votos dirigen de la fe más pura.

   ¡Logre ese Niño, que entre palmas nace,

Ganar aquélla que jamás caduca!

La de regir su generoso pueblo

Con ley de paz y amor próvida y justa.

   Padece aún su combatida patria

De heridas viejas de azarosa lucha:

Llegue su mano allí, y al blando toque

Lesión no quede ni señal ninguna.

   En la remota orilla del Euxino,

Cuyos escollos baten furibundas

Hinchadas olas que al chocar bramando

Su enojo escupen en hirviente espuma,

   Allí a la paz en lóbrega caverna

Con hierros en los pies Marte sepulta:

Cautiva lanza lastimeros ayes,

Y el fragor de la mar los traga y burla.

   Gruesos cañones de contrarias huestes

Sobre la inmensa cárcel se sitúan,

Y del rimbombe horrible de sus rayos

El tormentoso piélago murmura.

   Los férreos globos, que de entrambas partes

El polvo estallador ardiendo empuja,

Siembran la destrucción, llevan la muerte

Do quier que llega su potente furia.

   De las entrañas de la tierra salta

Volcán labrado por fatal industria,

Que armas, y combatientes, y defensas,

Arroja por las diáfanas alturas.

   Cada postrer suspiro del soldado,

Víctima allí de su infeliz fortuna,

Cuesta, sonando en el hogar paterno,

Mísero lloro, devorante angustia.

   Tenga ese azote fin. Cuando a la tierra,

Mal de las aguas del Diluvio enjuta,

Salir dudaba la familia indemne

Generadora de la edad segunda,

   Blanca paloma con el ramo vino,

De perdurable paz señal segura:

Traiga el Hijo de Luis la oliva santa

Que a un diluvio de mal término anuncia.

   Esto dirás a la Guzmana madre,

Que electa del Señor, planta fecunda,

Vea en torno de sí ricos renuevos

Donde amor sus encantos reproduzca.

   Esto dirás en el lenguaje noble

Que presta a la verdad gala y dulzura;

Para plácemes tiernos hoy inhábil,

Agria mi voz al corazón calumnia,

   Siglos un español faustos desea,

Gloria sin fin a la progenie augura

Napoleón-Guzmán...-¡Oh Dos de Mayo!

Dios no permitirá que vuelvas nunca.


Marzo de 1856.

La casa de la madre

A los serenísimos señores Infantes, Duque y Duquesa de Montpensier

    El suelo final dormía,

Tendida en funérea caja

Con blanca y negra mortaja,

La joven madre María.25

   Y hallando el acceso franco,

Un niño en la sala entró,

Y muerta a su madre vio,

Vestida de negro y blanco.

   Miró el niño el cuerpo inerte

Con infantil impiedad:

Estaba en la tierna edad

Que aun ignora que haya muerte;

   Mas causáronle estupor

Aquellas manos en cruz,

Y aquel traje, y tanta luz

De su madre en derredor.

   Le alzó en brazos por detrás

Un mancebo con cariño:

Sacaron de casa al niño,

Y a su madre no vio más.

   En un templo cierto día

Dar vio reverente culto

A un triste y hermoso bulto,

Que blanco y negro vestía.

   Cercábanle ardientes cirios;

Las manos le vio cruzadas,

Y en el pecho siete espadas

Indicando sus martirios.

   «¡Mirad a mi madre allí!»

El niño al punto exclamó.

Un joven le dijo: «No.»

Le dijo una anciana: «¡Sí!

   Lo es tuya de varios modos

María, que allí se ve.

-María mi madre fue.

-María es madre de todos.»

   Juntó con piadoso error

El niño (y hombre las junta)

La madre que vio difunta

Con la Madre del Señor.

   Y dulce interés despierta

Oírle en voz conmovida:

«Primer recuerdo en mi vida

Fue ver a mi madre muerta.»

   «Veloz el tiempo corrió:

Si el bien alcanzo que anhelo

Veré a mi madre en el cielo,

Joven ella, viejo yo.»

   A joven no era llegado,

Y unas flores vio arrancar

De tierra que fue solar

De humilde albergue arruinado.

   Y un hombre dijo sombrío,

Suspendiendo su labor:

«Donde esta campestre flor,

Nació tu madre, hijo mío.»

   «La casa materna, altar

Debe para el hijo ser:

¡Feliz, si viene a caer,

Quien la puede levantar!»

   Por más que al hijo desplace,

Poco el suelo poseyó

Donde su madre nació,

Nunca el suelo donde yace.

   Al muro que el tiempo arrasa

Da tumba naturaleza,

Ni aun deja ver la maleza

Las ruinas de aquella casa,

   Ruina era así la capilla

Que, depuesto el rudo almete,

Alzó sobre el Tagarete

El Rey que ganó a Sevilla.

   Morada en tiempos mejores

Fue de la mística flor,

Que es Madre del Redentor

Y Madre de pecadores.

   Ni el nombre más venerando

Las iras del Tiempo ablanda;

Mas vio por tierra Fernanda

La fábrica de Fernando;

   Y el digno Esposo la vio,

Que es de Príncipes ejemplo;

Y a la voz de entrambos, templo

La ruina resucitó.

   ¡Bien haya el amor filial

De la pareja querida,

Que alza la casa caída

De la Madre universal!

   Aceptad la predicción

De aquel hijo lastimado:

Por su boca os ha enviado

María su bendición.

   La obra de piedad que hacéis,

En sí el galardón encierra:

Dad a Dios casa en la tierra,

Y en el cielo la tendréis.


21 de septiembre de 1869.

Epístola de Don Quijote, en rancio lenguaje caballeresco, adereszada al muy respectable público matritense

    Caballeros é donceles,

Dotos rancios é noveles,

Damas, ya grandes, ya chicas,

Regalonas doncellicas,

É vos, la de aguja y plancha,

É tú, que adobas jigote:

Vos escribe Don Quijote

De la Mancha.

   Honráis con farta razón

Al perínclito varón,

Cuyo bulto de metal

Reverencian por igual

Congreso é Medinaceli26,

Cuando, quitado el bonete,

Saludan á Cide Hamete

Benengeli.

   Agora, si al caso faz,

Yo vos demandara en paz

Que, otra vegada, la fiesta

Para Cervantes aquesta,

Que noble intención descubre

De que Madrid le remiembre,

Se le ficiera en septiembre,

No en otubre.

   Cierto que hoy, día que es

Nono del deceno mes,

Cervantes el afamado

Fué en Alcalá baptizado;

Mas, por negligencia grave

(Que suplir quisiera yo),

Cuál fué el día en que nasció,

Non se sabe.

   Pero habedes certidumbre

De que era estonce costumbre

Cristianar á los infantes,

Llevando ya en fajas antes

Días, no en corta porción;

Y de veintiocho fué

Á la pila de la fe

Calderón.

   É como el santo del día

En que el pequeñuelo abría

Sus parpadicos al sol,

Daba nombre al español;

Y en el baptismal papel,

Á Cervantes pertinente,

Hay el nombre solamente

De Miguel;

   Veintinueve del pasado

Debió ser el señalado

Con el fausto nacimiento:

Día en que el magín atento

El nombre topa de aquel

Santo Arcángel eminente,

Que firió la impía frente

De Luzbel.

   É que non me llevo chasco

Piensa el Bachiller Carrasco,

É, demás del Bachiller,

Sancho Panza, su mujer,

Mi Cura, home gravedoso

El rapista de mi aldea,

É mi sin par Dulcinea

Del Toboso.

   Importa empero un ardite

Que á Cervantes felicite

La afición con que venís,

Hoy, día de San Dionís,

Ú esotro, pasado ya:

Como es del mérito paga,

Cuando-quiera que se faga,

Bien está.

   Non cuenta España scriptor

De lauro merescedor,

Que á Cervantes aventaje;

Non es de ninguno ultraje

Proferir en noble canto

Que la su gloria consigne:

«¡Nadie cual el manco insigne

De Lepanto!»

   Por él en Orán é Flandes,

En las lomas de los Andes

É las playas de Luzón,

Don Quijote y Sancho son

Conoscidos por do vamos:

Nos nombran en el camino,

Y al caballo y al pollino

Que montamos.

   El orbe señala entero

Á mi Duque y mi ventero,

Al bien malparado Andrés,

Al bizco infame Ginés,

Maritornes, tuerta é fea,

El hábito de Luscinda,

É las trenzas de la linda

Dorotea.

   Cervantes vida nos da,

Que dura é perdurará

Mientras fiel quede una mano

Persignante en castellano;

É quede ó no: -Bien lo fundo;

Que si acontesce tal mengua,

Ya nos ha dado su lengua

Todo el mundo.

   Mísero mi autor vivió,

Y en mi figura pintó

Su malandanza cruel:

Por poco es dueño de Argel;

Y en la patria que fulgura

Con luz por él encendida,

Tuvo pobre, ya perdida,

Sepultura.

   Yo, pues, el famoso Hidalgo,

Vos pido, por lo que valgo,

Que al valiente en la campaña,

Rey del ingenio de España,

Digáis con voces amantes,

Que en bronce la fama escriba:

¡Eterno el renombre viva

De Cervantes!


Leída en el teatro de la Zarzuela en la noche del 9 octubre de 1861.

Frey Lope Félix de Vega Carpio

Romance

Febrero de 1562.

    En un humilde aposento

De una posada en la corte,

Forastero y forastera

Se dicen castos amores.

Mujer y marido son,

Joven él, y ella más joven:

Lágrimas vierte la dama,

Y pide perdón el hombre.

«Matábanme, Félix mío,

Mis celosas aprensiones...

Cuando aprensiones las llamo,

Yerro a propósito el nombre.

Sin avisártelo, vengo

De Asturias a que me informes

Qué tan cierto es que en Madrid

Ofendes a tu consorte.

No ha de amarte más que yo

La que tu fe me soborne;

Y algo por bella me debes,

Y algo por discreta y noble.»

Suspendió aquí la quejosa

Las tiernas reconvenciones,

Porque en el rostro el deudor

Le dio con la paga entonces.

Fatigada la viajera,

Y siendo bien que repose,

La lleva Félix en brazos...

Dios les bendiga la noche.

25 DE NOVIEMBRE DEL MISMO AÑO

      Devoción me merece

      San Lope obispo:

      Lope quiero que sea

      Nombre del niño.

      -Ponle dos, ponle,

      Por mi amor y tu gusto,

      Félix y Lope.

1573

   Bajo el rústico dintel

Del Corral de la Pacheca,

Cisneros el comediante

Habla con Félix de Vega.

«Pasmado (le dice) estoy

De que haya en edad tan tierna

Quien ya en sus cuatro jornadas

Componga en verso comedias.

Once años cuenta Lopico,

Y pasos encuentro en esa,

Que no los tiene mejores,

Virués ni Juan de la Cueva.

De amor y de celos hay

Dos asombrosas escenas:

¿Cómo adivina un muchacho

Lo que no es dable que sienta?

-De amor y celos nació

(Modesto el padre contesta),

Y amor y celos retrata

Por él su naturaleza.»

Llegaba Lopico en esto

Con los chicos de una escuela,

Cañas cabalgando todos,

Pisando recio en las piedras.

Por bandera en otra caña

Llevaba un cartel de iglesia,

Y al pasar por el teatro,

Batió Lope su bandera.

1635

   «Úsase un dicho en Madrid,

Curiosa prima Dolores,

Que allá sin duda ignoráis

En las indianas regiones.

A lo más bello y mejor

En cualquier género y orden,

Ya no se llama excelente:

Dicen todos que es de Lope.

Cosas de Lope se llaman

Libros, espadas, sermones,

Joyas, telas, cuanto tiene

Gran brillo, mérito y coste.

De Lope son los tocados

Que el gusto nuevo dispone,

Las justas de ingenio dignas,

Las ruidosas diversiones.

Las villanas de Aranjuez

Que venden ramos de flores,

De Lope dicen que son

Rosas y claveles dobles.»

Así a una doncella linda

Cortesanas instrucciones

Daba, al entrar en Madrid,

Cierta señora en su coche.

De Cádiz la trae consigo,

Para que a su lado goce

Lo que en Méjico ganó

Su padre, que Dios perdone.

Tomar la calle de Francos

Pretende el automedonte:

Mas el paso le embaraza

Tropel de gentes enorme.

De las calles convecinas,

Ya despacio, ya de golpe,

Desembocan sin cesar

Mozos, viejos, ricos, pobres,

Placeras, dueñas, beatas,

Soldados y sacerdotes:

Sólo se ve luto, y manos

Con amarillos blandones.

No hay en la calle pared,

En cuyos huecos no asomen

Apiñadas las cabezas

De compasivos mirones.

La cruz de San Sebastián

Por entre la turba rompe;

Cánticos de muerte suenan;

Claman las lenguas de bronce.

No se ve féretro aún;

Saldrá, si en marcha se pone

La muchedumbre que llena

Puerta, zaguán y escalones.

Hacia la iglesia, por fin,

Se mueve la prieta mole,

Revueltas las cofradías,

Vacilando los pendones.

Pasan, y pasan, y pasan

Grandes, familiares, monjes,

Cómicos, freiles, poetas...

¿Quién hay a quien tantos honren?

La primita mejicana,

Diestra en aprender lecciones,

Prorrumpe: «Si no es de rey,

Entierro es éste de Lope.»

      Acertaba la niña:

      Lope, el famoso,

      Va de ocho capellanes

      Llevado en hombros.-

      «¡Sánchez! ¡Maestro!

      Decid a esta indianita

      Quién era el muerto.»

   El señor Sánchez, persona

Muy conocida en Madrid,

Zapatero es de aguadores

Y de gente baladí.

Aficionado a la farsa

Desde la edad infantil,

Con pan y comedia vive,

Cómicamente feliz.

Por jefe le reconoce

La turba mosqueteril

Que en el Príncipe y la Cruz

Mueve a menudo motín.

Más de un galán le ha doblado

La engarrotada cerviz,

Enviándole presentes,

Que él desdeñó recibir.

De un novel ingenio cuentan

Que visitándole, a fin

De que estrenándose en tablas,

No se le mostrara hostil,

«Mancebo (saltó el Maese),

Justicia os haremos: id,

Id en paz, si es tal la obra

Que yo la pueda aplaudir.»

Entrose en el coche Sánchez

Como en ganado país,

Y al paso que el duelo siguen,

Habla a las damas así:

   -«Nace el hombre con deseo

De ver y oír cuanto pueda;

Lo que en propio ser no viere,

Codicia verlo en comedia.

Pide el escribirla bien

Alto ingenio y muchas letras,

Alma, inventiva y gracejo,

Que Dios a pocos dispensa.

Farsas en España, ya

Divirtieron a mi abuela:

Para entonces no eran malas,

Para después no eran buenas.

Salieron al fin a luz

Dos, tres, seis y una docena,

Que asombraron a Madrid,

Sevilla y España entera.

En paseos y en saraos,

En las plazas y las tiendas,

Nadie a la sazón trataba

Más que de la farsa nueva.

«¿Quién ha escrito El verdadero

Amante? -Lope de Vega.

-Y Las Amazonas? -Lope.

-¿Y El molino y la Aristea?

-Lope. -¿Y la Abderite? -El mismo

Lope, y el Vamba y la Angélica,

La Melindrosa, El Maestro

De danzar, La Montañesa,

Lo cierto por lo dudoso,

Psiques, Muza, El Turco en Viena,

Los milagros del desprecio,

El pleito de Ingalaterra,

Amar sin saber a quién,

La Danza boba, La siega,

Los enredos de Celauro,

La Serrana de la Vera,

El mejor Alcalde el Rey,

Peribáñez, Las Batuecas,

El remedio en la desdicha,

El cerco de Orán, La Estrella

De Sevilla... -¡Señor! ¿cuánto

Escribe ese hombre? -Unas treinta

Comedias al año...» Luego

Compuso más de cincuenta:

Cincuenta y cuatro nos daba

Desde cuaresma a cuaresma;

Y esto ¿cuándo! cuando ya

Pasaba de los sesenta.

Dos días, y en cada uno

Doce horas de tarea,

Veinticuatro de bufete

Con otras tantas de huelga,

Tiempo bastante le fueron

Para llevar a la escena

De La noche de San Juan

La fábula placentera.

Con prisa igual más de ciento

Produjo su fácil vena,

Y ha tres años que contaba

Cabales mil y quinientas.

Esto, amén de cuatrocientos

Autos y de diez poemas,

Y romances infinitos,

Canciones y cantilenas,

Los sonetos a puñados,

Los epigramas por gruesas,

Epístolas, no sé cuántas,

Y ocho, en fin, o diez novelas.

Y este hombre comió y durmió,

Y santificó las fiestas,

Y estudió filosofía,

Cánones, historia y lenguas.

Y este hombre trató mil gentes;

Que no hay nación en la tierra

Que no enviase a Madrid

Persona que a Lope viera.

Del Padre Santo en la corte,

Del Gran Señor en presencia,

Con vítores resonó

El nombre del gran poeta.

Grande, sí, porque de España

Reprodujo la grandeza:

Cuanto hay bello y grande aquí.

Sus farsas nos representan;

Y no con frase trivial,

Ni en rima pobre y grosera:

Garcilaso y Castillejo

Brillan a la par en ellas.

¿Qué español no quiere ser

Aquel galán, que él diseña

En Las flores de Don Juan,

Flores de oro, no de seda!

¿Quién pudo sin llanto ver

A la divina Isabela,

Que allá en Irlanda padece

La más lastimosa fuerza!

Por templar al padre airado,

Que un hijo de amor desecha,

Esclava de su galán,

Suspira celosa Elena.

Corona Sol merecida

Ciñe de cónyuge honesta:

Porque un rey de amarla deje.

Sus brazos al fuego entrega.

Ley natural hace al hombro

Amar a su compañera;

Lope la pone en altar,

Y al pie del altar nos lleva.

Teatro español tuvimos

Antes que Lope naciera;

Mas era teatro en cuna,

Y aun era español apenas.

Él le dio forma y valor

Y sello que nunca pierda:

Si hombre como yo lo ve,

Marcadas tendrá las señas.

De Lope el arte aprendieron

Cuantos en él se le hombrean,

Tirso, Rojas, Alarcón,

Y el que hoy su laurel hereda.

De autores hablar no quiero,

Que usando mi oficio medran:

Zapatos remiendo yo,

Y ellos a Lope remiendan.

Pródigo maestro, a mil

Cortada dejó la tela:

Desperdicios de su pluma

Son gala de ciento ajenas.

El Fénix de los Ingenios

Le han llamado; no lo aciertan:

El fénix de sí renace,

Y un Lope no se renueva.

No da Dios tan a menudo

Tanto ingenio y tales prendas.

Flaquezas en Lope vimos:

Ejemplar vimos la enmienda.

Galán, soldado con brío,

Dulce humor y habla discreta,

Gran defensor de las damas,

Pagáronle el defenderlas.

Dos veces casado fue;

Dos hijas casadas deja,

Una bien, otra mejor:

Monja vive aquí a la vuelta.

Hija de culpa nació

La hermosísima Marcela;

Dios ángel volverla quiso,

Que gloria del padre fuera.

Sacerdote él ventiséis

Años, y en clausura estrecha

Catorce ella ya, virtud

A siglo y a claustro enseñan.

Jamás de labios de Lope

Salió palabra soberbia;

Jamás la envidia en su pecho

Vertió su ponzoña negra.

Con su ingenio iban al par

Su bizarría y modestia;

Quien no le trató por gusto,

Le buscó por conveniencia.

Ved esos pobres que gimen,

Siguiendo la turba densa:

Padre era de todos él,

Y pobre por ellos era.

Mas ya se paran allí...

Las Trinitarias son esas...

De frente a una celosía

Veis que el ataúd presentan...

Sor Marcela de San Félix,

Tras la celosía puesta,

A dar a su padre va

La despedida postrera.

Las manos al ataúd

Tiende amante una profesa.

¡Ella es! ¡ella es! la hija santa

Del gran Frey Lope de Vega.»

   Silencio reinó profundo,

Mudas las campanas quedan,

Beberse quieren los ojos

El eco flébil que esperan.

«¡Santos del Señor (se oyó),

Cuyas virtudes excelsas

La fe celebró de Lope

Con rima imperecedera!

¡Vos, Apóstol de las gentes,

Penitente Magdalena,

Roque, Diego, Nicolás,

Casilda, Julián de Cuenca!

¡Vos, Cardenal de Belén;

Vos, Ángel de las escuelas,

Brígida, Isidro, Agustín,

Y vos, mi Madre Teresa!

Con vosotros ha vivido

El alma de Lope tierna:

Recibidla en brazos, hoy

Que al pie del Eterno vuela,

Recibe tú, padre mío,

De este mi dolor la ofrenda:

Sin corazón para el mundo,

Me mata por ti la pena.

¡Padre! ¡Adiós! Del viaje largo

Descansas en paz perpetua;

Y en vez de laurel caduco,

Ciñes corona de estrellas.

¡Yo lloro, y eres feliz!

¡Bendita la mano sea,

Que gloria te da en el cielo,

Tras gloria tanta en la tierra!


A 25 de noviembre de 1860 se inauguró el sencillo monumento mural que se ve en la fachada de la casa donde Lope murió. Leyó en aquella solemnidad este romance, años antes escrito, mi querido amigo el Sr. D. Manuel Cañete.

Carta que escribe desde el otro mundo el peor poeta cómico del siglo pasado en España, con motivo de representarse hoy la mejor comedia española de su época. Por las señas dadas se comprenderá que la carta no puede menos de ser de Don Luciano Francisco Comella

    Yo, Comella, aquel fatal

Comella, que daba a luz

Un disparate mensual

Para el Príncipe, o la Cruz,

O los Caños del Peral;

   Yo, que los campos Elíseos

Habito al fin, desde que

Mis pecadillos purgué,

Tiempo ha, madrileños, quíseos

Decir lo que hoy os diré.

Escribiendo mal y pronto,

Al público traje tonto

Con mi Teresa en Landau,

Mi Federico en Torgau,

Mi Esclava de Negro Ponto.27

   Padres bobos de familias,

Madres de familia bobas,

Dieron prez a mis vigilias,

Aplaudiendo mis Cecilias,

Llorando con mis Jacobas.

   La sociedad alta y fina,

Como la gente común,

Se pasmó de mi Cristina,

Mi Natalia y Carolina

Y mi Escocesa Lambrún.

   Cómico lírico al par,

¡Cuánto no hicieron ganar

Mis óperas españolas!

Ellas se cantaban solas:

Señores, no es ponderar.

   Pródigamente aplaudido,

Y mal pagado, según

Costumbre de España ha sido

(La cual, dicen, ha seguido

Sin alteración aún),

   Señaló a mis glorias fin

Un mozuelo botarate,

Narigordo y chiquitín,

Que fue joyero y abate:

Don Leandro Moratín.

   Éste, sin hacer misterio,

Me retrató ce por be

Con superior magisterio

En aquel Don Eleuterio

De su comedia, El Café.

   Púseme yo furibundo

Al verme tratar así.

Me desquité28... me morí...

Él también salió del mundo,

Y encontrámonos aquí.

   Como todo lo miramos

Ya sin pasión los difuntos,

Pronto nos reconciliamos.

Lo que es ahora, tomamos

Los dos chocolate juntos.

   Unión tan rara y tan bella,

Que quien ponga duda en ella

Debe dejarse enterrar,

Y venir a merendar

Con Moratín y Comella.

   En el Diario leí

Que hoy29 en escena ponéis

La hermosa comedia, El Sí

De las niñas, que yo vi

Estrenar el año seis:

   Obra de gusto exquisito,

Si no de sublime genio,

Proclamada a voz en grito

Como la mejor que ha escrito

El buen Inarco Celenio;

   Obra que por el autor

Fue y es a la vez mirada

Con júbilo y con dolor,

Como que le fue inspirada

Por un malogrado amor.

   Esa hechicera Paquita

Se llamaba y era así,

Bella, amable... regordita...

Ya con nosotros habita:

La tengo en frente de mí.

   También la tal Doña Irene

Retrato al natural es,

Y ¡qué semejanza tiene!

Mas esto ya no conviene:

Voy a la comedia, pues.

   Sin bautizo y sin entierro,

Sin mono, urraca ni perro galán;

Que haga de primer galán;

O madre y niño en encierro

Transidos de hambre y sin pan,

   Con una decoración

De bien poco relumbrón;

Sin trajes ricos, vejete,

Versitos de sonsonete

Ni chistes de bodegón;

   Entusiasmo sin igual

Excitó en las jerarquías

Todas de la capital,

Durando veintiséis días,

Parando en el Carnaval.

   Éxito inmenso, inaudito,

Que de un revés fue ocasión:

Vedó su continuación

Aquel tribunal bendito

De la Santa Inquisición.

   Muy bien hecho,¡voto a san!

¡Tizonazo al perillán

Que, horrorizando almas pías,

Dijo que eran chucherías

Los santos de mazapán!

   Pero después ocurrió

Lo que ya la historia escribe.-

La España se transformó;

La Inquisición pereció,

Y El Sí de las niñas vive.

   Porque así triunfa el talento;

Así al error da castigo

El tiempo justo, aunque lento:

Yo escribí cien obras; ciento

Se sepultaron conmigo.

   No así Moratín: su nombre

Cada vez cunde mayor.

¡Loor, eterno loor

Al que tan bien pinta al hombre,

Para volverle mejor!

   Él enseñó a la vejez,

Él honró la ancianidad,

Él condenó, recto juez,

A eterna ridiculez

La pedante vanidad.

   El estafador tembló

De su voz grave y severa.

Y de sí se avergonzó

La hipócrita zalamera

Cuando su imagen miró.

   Él al paterno poder

Línea trazó decorosa,

Él defendió a la mujer:

-Su misión no pudo ser

Más noble ni más hermosa.

   Duramente me trató;

Mas (con orgullo lo digo)

Mi honradez reconoció.

Le alabo, y fue mi enemigo:

Pocos hacen lo que yo.

   Modelos de arte y buen gusto

Dejó; pero con derecho

Le dirá el crítico adusto

Que no es útil siempre y justo

Seguir su camino estrecho.

   Con poetas de otra edad

Moratín sus glorias parte;

El ingenio, aunque es verdad

Que necesita del arte,

Vive de la libertad.

   Y gloria de su nación

Será el insigne varón,

Que logre juntar al fin

El genio de Calderón,

El arte de Moratín.


Leída en el Teatro del Instituto.

Antón Berrío, poeta de la corte de Juan II de Castilla, al muy excelente scriptor Don Manuel Josef Quintana

Onorate l'altissimo poeta.

    Señor, mucho amado, mío:

Dé convusco en hora buena

La trova que vos envío

Yo el coplero Antón Berrío,

Compadre de Joán Baena.

   Del vueso coronamiento

Fízosenos relación,

É saltamos de contento

Nos, é fasta el fundamiento

D'aquesta elisia región.

   É segund prístina usanza,

Solenidad fue dispuesta

Súbito en vuestra alabanza,

É tócame aquí en la danza

Ser el yoglar de la fiesta.

   Cierto cuento asaz galano,

Romanzar por ende quiero,

D'un pastorcico insulano

É un sculpidor palanciano,

Muy sotil imaginero.

   El pastor Andrés Llorente,

Que es subjeto de la frasi,

Vivía entre pobre gente

En la Insula Escura, casi

Fuera del mundo yaciente.

   Los insulanos Escuros

Alzaron una capiella

De flacos é humildes muros,

Do plañir en sus apuros

Á la Madre sin manciella.

   Un bulto labrarse hía

De Doña Virgen María:

Non hí habiendo entallador,

Juró que el bulto faría

Nueso Llorente el pastor.

   Omne era d'engeño noto;

Mas nunca estrumentos viera

Del arte cinceladera,

É con un cuchillo boto

Decentaba la madera.

   Fué asín, que el tallado leño

Tosquilla sacó la faz

Del santo, fermoso Dueño;

Mas tod' el vulgo insuleño

Contentóse dél asaz.

   É vedes, por aventura,

Que aporta en la Insula Escura

Bajel que aventó é lievol

Fasta allí tormenta dura,

De tierras de claro sol.

   En la nao derrotada

Un entallador veníe

De maestría muy sonada,

É una imagen hi traíe

De la sola Inmaculada.

   Pasmóse cada insular,

É la efigie, decernieron

Ser maravilla sin par,

Fueras ende que quisieron

Ver al maestro labrar.

   Él sacó formón é gubia

É lima de recorrer

Fasta el hoyuelo postrer,

Pintura azul, blanca é rubia,

É todo su menester.

   É trasteando con ello,

É dejando a todos vello,

Dijo el Maese a la fin:

«Con aquesto faz aquello

Quien sabe facerlo asín.»

   Un lenguaraz le arguyó

(Ca de malandrines tales

Nadie en la vida escapó):

«Con estrumentos iguales

Ficiera otro tanto yo.»

   «Non ficieras, mal tu grado,

Respuso el pastor honrado,

É nada tu dicho val:

Con fierro bien aguzado

Mano torpe labra mal.»

   «Yo adelgacé cuanto pud;

Mas mi obra non es de prez;

De la d'este no hay quien dud:

Fuera, pues, ingratitud

Non le dar lo que merez.»

   «Con rico lauro de honor

Premien al entallador,

É digan los sabidores:

«Si éste usó medios mejores,

Fizo también lo mejor.»

   Tal ha judgado de ti,

Perínclito, buen Quintana,

La poetal familia hispana,

Que leda conmora aquí,

Libre d'afición mundana.

   Hobo antes del tú nascer

Poetas de grand valer;

Mas poco antaño prestaba

Voz que tartamudeaba

Con pequeñuelo saber.

   Fabla é dotrina mejor,

Aun en edad posterior

Alzó más la poetría;

Fincaba empero vacía

La siella de más altor.

   Tú fuiste a sazón venido

Para ser enaltecido

Rey del castellano metro:

Mil corrieran tras tu cetro;

El s'es a tus manos ido.

Ca tú, superno Cantor,

Sublimaste cual ningún

Virtud é sciencia é valor

É tierno gemiste aún

Trances de mortal dolor.

   Tú al toledano Moisés,

Tú al español Abrahán,

Tú al campeón burgalés

Luz diste con que después

Fulgir eternales han;

   Tú a1 que en Villalar cayera,

Suerte derrocando fiera

Su generoso pendón,

Trocaste en laude honradera

El malsinante padrón.

   Tú el mar pintaste furente,

Tú la blanda fermosura;

Grande tu cor é tu mente,

Loaste cuanto ha excelente

El omne é Palma Natura.

   Noblescidos en tus cantos

Grandes fechos é quebrantos,

El feliz é non feliz,

De las coronas de tantos

Una para ti se fiz.

   Luengos años de alegranza

Goces esa bienandanza

Que al tu mérito convién,

É troven en tu membranza

Omnes, é damas también.

   Vítores de alegre afán

Te envían de nueso albergue

Pelayo, el Cid é Guzmán,

É con Lauria é Gutembergue

El privado de don Joán.

   É tod' un pueblo en tropel,

De Pirene a Lusitaña,

Glorifique ese laurel

Que te da en nombre d'España

La magnánima Isabel.


Marzo de 1855.

Al Excmo. Señor D. Manuel Bretón de los Herreros

Romance

    Más de un siglo se contaba

Desde que el gran Calderón,

El cetro de nuestra escena

En su tumba sepultó.

   De allí su genio seguía

Reinando sin sucesor;

Que a serlo Bances en vano,

Zamora en vano aspiró.

   Y el fecundo Cañizares,

Conociéndose mejor,

Intentaba y resistía

La arrogante pretensión.

   Pasaba el tiempo, trocando,

Con movimiento veloz,

Usos, doctrina y costumbres

En el imperio español.

   Y entre aplausos, a La dama

Duende, y La banda y la flor,

España un Molier pedía,

Sin pensar en Alarcón.

   La musa de Inarco entonces

Las tablas avasalló,

Desde Madrid a donde antes

El inca adoraba el sol.

   ¡Caro triunfo, que pagaron

Luengos días de dolor!

Sin ser la victoria crimen

Se le exige expiación.

   Así a la patria tuvieron

Que decir doliente adiós,

Otros genios que ahuyentaba

Sañuda la proscripción.

   El gran cantor de Pelayo

Y aquél que inmortalizó

De la viuda de Padilla

El indomable tesón;

   El que supo devolver

A Lanuza vida y voz

Para esforzar la defensa

De los fueros de Aragón;

   Y aun aquél que para todos

Indulgencia reclamó,

No la hallaron bajo el cielo

Fulgente con su esplendor.

   Entonces fuerte poder,

Con los vencidos feroz,

De la diestra de un soldado

El noble acero arrancó.

   Y Talía en ella puso

Arma de alcance mayor,

Y la pluma de Menandro

Fue en desquite el rico don.

   Y corren ya nueve lustros,

Y de Valencia al Ferrol

Llenan el teatro el nombre

Y el gracejo de Bretón.

   Le dio Celenio su tino

De sagaz observador;

Tirso y Moreto en el chiste

La encantadora dicción.

   Y en el rústico labriego

Y el atildado señor,

Y bajo el techo de juncos

Y el esculpido artesón,

   Vicio persiguió y flaqueza,

Y juez igual con los dos,

En rimas de oro les hizo

Ser pública diversión.

   Cien fábulas, grande el número

Y el mérito no menor,

Ya regocijadas, ya

Con gravedad en sazón;

   Fallos de benigna ley,

Victorias contra el error,

La España toda corriendo

Hasta el último rincón,

   Lograron no hubiese en ella

Noche sin alto loor

De Marcela y sus hermanas

A la hermosa exposición.

   ¡Bien haya el plácido ingenio,

Bien haya el diestro censor,

Que acusa, y la risa mueve

Del mismo a quien acusó!


   Los horrores y torpezas

Del crimen aterrador,

Y la más aterradora

Para el íntegro varón,

Ingeniosa o petulante

Rebozada o sin rubor,

Apoteosis del vicio,

Tósigo moral atroz,

   Jamás cabida encontraron

En la mente del autor,

Gloria de Quel y Rioja,

Gloria del pueblo español.

   Quede a la posteridad

La fácil declaración

Que a los cantos de su lira

Lugar señale y valor;

   Y si Góngora y Quevedo

Deben con él, en razón,

De sátiras y letrillas

Partir el jovial honor;

   Y si desde Vega (Lope)

A Vega (Ventura), oyó

Sonar sus gracias Talía

Con más regalado son.

   Los que aparecer le vimos

Astro de luz superior,

De la escena desterrando

La tiniebla en que yació;

   Y le admiramos ayer,

Y le veneramos hoy,

Gratos discípulos, sí,

Dignos del Maestro, no.

   Vida y gloria, bien sin tasa,

Pedimos por él a Dios,

Y este don le consagramos

De fe, gratitud y amor.


Madrid 26 de mayo de 1869.

Epístola gratulatoria del Marqués de Villena al Conde de Sant Luis por la erección del Teatro Español

    Recibid con buen talante,

   Nuevo é perínclito Conde

   De Sant Luis,

   Letra de ánima habitante

   Otro mundo que ese donde

   Vos vivís.

É catad que non vos tome,

   Porque vos fable un finado,

   Susto é pena;

   Non de facer miedos home

   Fué nunca el Marqués cuitado

   De Villena.

Sepades que, no embargante

   Que aquí los muertos vivamos

   Bien felices,

   Á esa tierra malandante

   Por vegadas asomamos

   Las narices.

Cierta noche, discurriendo

   Por las calles de una villa

   Principal,

   Casa vi de mucho atuendo,

   Que antes de ornalla é pulilla

   Fué corral.

Rumores oí de dentro

   Jubilosos, é por puntos

   Aflictivos:

   Cuélome, cato et encuentro

   Una tropa de difuntos,

   Vueltos vivos.

Allí Pelayo30 furente

   Con su hermana contendía

   Por el moro;

   É tapándose la frente,

   La triste sólo decía:

   «Yo le adoro.»

Allí con sus cuitas vino

   Aquel pagano Jesté,31

   Rey de Creta,

   É Megara, el numantino32,

   Et el prisionero33 de

   Joán de Urbieta.

Allí salieran Guzmán,34

   Camila,35 Rui Calderón,36

É Macías,37

   Edipo,38 Bruto,39 Abrahán,40

   Et el que libró a Sión41

   De Golías.

É los que en Martos42 cayeron,

Enjiemplo duro de estrella

Muy cruel,

Et esos de quien dijeron

Que fué en morir tonta ella,

Tonto él.

É Malvina,43 é Joán Pascual,44

   É Manrique, el malhadado

   Trovador,45

   É aquel Cenón46 al igual

   De fortuna gasajado

   É de amor.

Leiva,47 Quevedo,48 la brava

   Joanica,49 el Alonso amante

   De Raquel,50

   Alonso el pintor,51 la Cava,52

   É aun el tesaurizante

   Don Samuel.53

Esquilache,54 el de Alba,55 Hernán

   Cortés,56 é la de Molina,57

   La prudente,

   É Berenguela,58 et el gran

   Cogedor de mies divina,

   Fray Vicente.59

Esos é otros personados

   Vi en aquella y otras tales

   Trasnochadas,

   Allí por arte ayuntados

   De péñolas poetales

   Bien tajadas.

É plúgome asaz la cosa,

   Ca yo ansimesmo capricho

   Tuve desto,

   É una farsa fiz donosa

   Para el rey Fernando, dicho,

   El Honesto.

Antojóseme saber

   Quiénes los auctores fueran

   Desas fablas,

   Do escribiendo á su placer

   Miraclos ansí fecieran

   En las tablas;

É siguiendo uno, que vi

   Con desusado alborozo

   Coronar;

   Sobióse a un zaquizamí,

   É acostóse el pobre mozo

   Sin cenar.

Gimiendo fugí yo dende,

   Por non ver en tanta prez

   Tal desdoro...

   -É juego mi vista ofende

   Palacio do resplandez

Plata é oro.

Rica mensa é pulcro lecho

   Dentro víanse, é preciados

   Atavíos,

   É tales que me sospecho

   Que aún fueran avantajados

   Para míos.

É supe que dueño fues

   De la morada tan mucho

   Relumbrante,

   Non perlado nin marqués,

   Sinon sólo cierto ducho

   Comediante.

«¿Cómo, dije, al estrumento

   Merced se faz, é a la mente

   Se la amengua?

   ¿Non val el poetal invento

   Lo que el dalle ante la gente,

   Bulto é lengua?

   »¿Por qué, pues, desigualar

   a dos que del claro Apolo

   Fijos son?

   El mayorazgo, ¿ha de estar

   Á fucias del que es tan sólo

   Segundón?

»Mejor al ingenio Grecia

   Tener en estima supo,

   Supo Roma.

   Mientras usanza tan necia

   Ture, acójome y ocupo

   Mi redoma.»

Por vos, Conde ilustre, fina

   El de tratar al scriptor

   Feo modo:

   Corona cingisle dina:

   Non ya de Febo el cultor

   Vive en lodo.

Mil quisieron ayudalle,

   Mil ahorralle pretendieron

   Días tristes:

   Vos supistes sólo honralle;

   Vos lo que tantos dijeron,

   Lo fecistes.

¡Gloria a vos, bien meresciente

   De las apacibles artes,

   Gloria á vos!

   Grato á los homes se cuente

   Vueso nombre en todas partes,

   Grato á Dios.

Él vos done la grand paga

   Que vuesos graciados non

   Pueden bien;

   Él vida luenga vos faga,

   Con la su bendicción

   Sancta, amén.


1849.

La despedida. A las señoras Doña Bárbara y Doña Teodora Lamadrid.

Biarritz, 4 de septiembre de 1863.

    La tarde va de vencida,

Sin viento se agita el mar,

Y el sol entre nubes de oro

Desciende con prisa ya.

Parece que arroja el día,

Cansado de caminar,

Su rojo escudo a las olas,

Que húmedo lecho le dan.

Toman desde lejos ellas

Carrera para asaltar

Escollos, que sobre el agua

La frente elevan audaz.

Embravecidas embisten,

Y vuelven gimiendo atrás,

Y salta del golpe al aire

Rota en lluvia la mitad.

Avanzan otras, que quieren

Las orillas inundar:

Igual confianza loca

Lleva desengaño igual.

Orgullosas amenazan,

Cuando lejanas están,

Creyéndose con empuje

Sobrado para llegar.

Pierde bulto a cada giro

El arrollado cristal,

Y en hoja líquida leve

Se desdobla al acabar.

Retrocede, presumiendo

Volver con mayor caudal,

Y cada vez que lo intenta,

Ve la margen más allá.

Espumas escalonadas

Quedan por el arenal,

Que atestiguan de su empeño

La burlada vanidad.

Puso a la naturaleza

El Ser que siempre será

Leyes de límite fijo,

Que es imposible pasar.

   Esto vio y esto pensaba,

Melancólico además,

Un viajero de la vida

Con poca ya que viajar.

Asiento le da un peñón,

Carcomido por la edad,

Socavado por las olas,

Que le minan sin cesar.

Al sol, que del horizonte

Pronto desparecerá,

Contempla en su brillo escaso,

Que deja el disco mirar.

La fuerza del mar contempla.

Y nota que es incapaz

De extenderse más adentro

Del humilde valladar.

Limitación, decadencia,

Término fijo fatal,

En el mar ve y en la roca

Y en el grande luminar;

Y en sí, criatura débil,

Quisiera no ver jamás

El forzoso cumplimiento

De la ley universal.

   «El hombre (exclamó) se encuentra

En el campo de la vida,

Sin saber a su venida

Con qué condiciones entra.

Mudo en sí se reconcentra

El día que ve llevar

Un cadáver a enterrar,

Y voz funesta le advierte

Que en aquello, que es la muerte,

Cuanto vive ha de parar.

   «Conozco sobrado bien,

Si atento al origen subo,

Que lo que principio tuvo,

Fin debe aguardar también

Mas ¿por qué nevar la sien

Que rizos de oro ha lucido?

¿Por qué torpe y dolorido

Volver el añoso brazo?

Muriera el vicio a su plazo,

Sin morir envejecido.

   «Suframos que la vejez

Luche con el cuerpo y venza;

Pierda la dorada trenza

Venus y la fresca tez;

Mas, con el rostro a la vez,

¿Por qué el alma se ha de ajar?

¿Por qué el tesoro agotar

De sus nobles facultades,

Cuando alcanza eternidades

La carrera que ha de andar?

   «Lleve el hombre su razón

Hasta la tumba; conserve

Llama el fuego con que hierve

Su vaga imaginación;

Su memoria en la ocasión

Dígale siempre «heme aquí;»

Mande yo en mi ser, y, así

Mi fin me hallará resuelto,

Aunque la edad me haya vuelto

Caricatura de mí.

   «Mudanza tan lastimera

No a todos nos es común:

Ver quiero si soy aún

Lo que ha pocos años era.

Pensamientos, la frontera

Cruzad al vuelo, y decid

En Toledo y en Madrid

A dos que el sepulcro habitan:

«Fe y valor os resucitan,

Segunda vez existid.»

   «Fuiste, Isabel,60 por tu mal,

Hija y víctima de amor;

Tú, Juana,61 el timbre mayor

Del estado conyugal.

Heroína sin igual,

Salvaste al esposo infiel:

Cuchillo amagó cruel

Por una dama su vida,

Y tú, consorte ofendida

Te echaste grillos por él.

   «Fiadme, Isabel y Juana,

Vuestros gozos y amarguras;

Vuestras hermosas figuras

Ponga yo en la escena hispana.

Ciña mi cabeza cana

Un laurel vuestro, y en pos

A las Musas el adiós

Postrero daré sin pena:

Cierre para mí la escena

Una de vosotras dos.»

   Calló el poeta: la noche,

Para su giro triunfal,

Adelantaba en Oriente

Su alfombra de obscuridad.

Niebla cayó de la altura,

Niebla se alzó de la mar,

Y envuelto el viajero en ella,

Dónde se halla ve no más.

Un globo de luz en frente

Comenzó luego a brillar,

Y a crecer entre la niebla,

Rompiendo su densidad.

Iris vario en anchas zonas

Orlábale circular;

Dos sombras volaban dentro,

De figura celestial.

Velo y hábito la una

Vestía con majestad:

Era una hermana del Rey,

Primer en Castilla Juan.

La segunda era la esposa

De aquel privado falaz,

Que la patria de Lanuza

No recuerda sin pesar.

Cadenas llevaba y luto;

Y, para bien de un mortal,

Infanta y matrona vienen

Del mundo de la verdad.

DOÑA ISABEL

   «Años ha que me llamaste,

Y años que, llegando a ti:

De mi pecho, que te abrí,

La pura fe celebraste.

Aquél a tu afán le baste,

Canto ajeno de ambición:

No viene una inspiración

Dos veces; y, aunque lo llores,

Pasó de cantar amores

Ya para ti la sazón.»

   Dijo, y en la niebla fría

Desapareció fugaz

La ilustre infeliz amante

De Gonzalo de Guzmán.

DOÑA JUANA COELLO

   «Temiste, años ha, cobarde,

Mi aparición generosa;

Y hoy, que llamas a mi losa,

Turbas mi sosiego tarde.

Para otro es bien que se guarde,

Cantor de más corazón,

Poner mi vida en acción

Sobre las tablas un día:

Comprende la alegoría

De la muerte de Milón.»

   Dijo, y en la turbia esfera

Se desvaneció fugaz

La sublime salvadora

Del cónyuge criminal.

Ancho hueco al partir abrió en la nube

   La encarcelada heróica,

Y a mis ojos por él se descubrieron,

   Los campos de Crotona.

Aquel membrudo, que a la selva guía

   La planta perezosa,

Es el fuerte Milón, atleta viejo,

   Pasmo de Grecia toda.

Cuando en cerviz de toro la cerrada

   Mano exterminadora

Descargaba Milón, la res caía

   Muerta, la nuca rota.

Mástil robusto quebrantar le vieron

   Barqueros de la costa;

Rodó movida del potente brazo,

   La corpulenta roca.

Del tiempo ya la inevitable carga

   Los hombros hoy le agobia;

Garra su mano de sañuda fiera,

   Muévesele temblona.

Un árbol halla, que aun ayer ufano

   Mecía su alta copa,

Y a talla le redujo de pigmeo

   La sierra mordedora.

Fuerte segur al derribado tronco

   Robó su verde pompa,

Y en el corte del pie de frente hiriendo,

   Hizo hendidura angosta.

Rajar el tronco por el hacha herido

   Milón a empeño toma:

Los dedos logra hincar, el leño cruje,

   La grieta se prolonga;

Y porfía Milón en el destrozo

   De la columna tosca;

Y, joven en el ánimo el atleta,

   Son ya sus fuerzas otras.

   Cede un instante...-y al cerrarse el tronco

   Para cobrar su forma,

Coge las manos del valiente dentro

   La despiadada boca.

Al grito del dolor, honda caverna

   León hambriento arroja,

Y a la presa lanzándose cautiva,

   Rugiendo la devora.

   Con el ay del moribundo,

Con el rugir de la fiera,

Se unió el rayo que en la esfera

Serpenteó furibundo.

   A la luz que vino a dar,

El negro peñón dejé,

Que temblaba por el pie

Con los golpes de la mar.

   Y dije con aflicción,

Abatiendo la cabeza:

«Me da la naturaleza,

Me da el cielo alta lección.

   »Tentativa era insensata

La mía, según contemplo,

Enseñado en el ejemplo

Del anciano crotoniata.

   »Nunca el débil más allá

De cautos límites ande:

Un esfuerzo suyo grande

Mezquino y vano será;

   »Y cuando ruda tenaza

Sus flacas manos oprima,

Verá lanzársele encima

Fiera que le despedaza,

   »Porque necio desoyó

De sus años el aviso,

Y fuerte mostrarse quiso

Donde nadie le obligó.»


Madrid 7 de septiembre.

   No pretendáis obligar

Vosotras, dulces amigas,

A peligrosas fatigas

La mano que os vengo a dar.

   Para empresas de mancebo

Ya inútil se experimenta.

Dejadle ajustar mi cuenta

Y hacerme ver lo que debo.

   Al impulso del destino

Viajando hacia donde voy

Quiero ir pagando desde hoy

Las deudas de mi camino;

   Y dando a todas lugar,

Si logro mi honrado intento,

Manda el agradecimiento

Por vosotras principiar.

   Tú abriste, BÁRBARA mía,

Para el obscuro artesano

El alcázar castellano

De Melpómene y Talía.

   Sublime intérprete fiel

Tú de la pasión más bella,

Devolviste al mundo aquella

Mártir de amor en Teruel,

   Que mintiendo al desdichado

Que supo mejor amar,

Le mató con un pesar,

Y a ella el de haberle dado.

   Madrid admiró en su día,

Junto en ruidoso tropel,

Tu firme no de Isabel,

Tu delirio de Mencía:

   Si por ellas en verdad

Ganó algún nombre mi Musa,

Yo te debo sin excusa,

Yo te rindo la mitad.

   Tú, mi TEODORA, después,

De tu Hermana sucesora,

Tú eres la que fue y ahora

Vida de mis obras es.

   Por tu aliento sostenidas,

Fundan en ello blasón:

Pequeñas de ingenio son,

Grandes como agradecidas.

   Tus pies queriendo tocar,

Se atropellan a tu puerta

La coronada Heriberta,

La humilde obrera Pilar,

   Matilde, predilección

De un César y un docto amantes,

Y la que engendró Cervantes

Y el ángel del Buen Ladrón.

   «Vivimos por ti, señora»

(De rodillas te dirán);

«Muertas hijas de Don Juan,

El alma nos da TEODORA.»

   Y yo solamente digo,

Mientras tú su frente besas:

«Contigo escudadas esas,

No perecerán conmigo.»

   Acecha el tiempo voraz

Mi vida y su dura mide:

La escena ya me despide;

Separémonos en paz.

   BÁRBARA... TEODORA... no,

No más ya; las tablas dejo:

Aún vive el amigo viejo;

Pero el poeta murió.

   Ya mis ojos el nadir

Por entre la huesa ven...

¡Ay! el amigo también

Se tendrá que despedir.


Epitafio para la Rafaelita Tirado

    A los diez años, el laurel de Talma

   La frente me ceñía;

Puso a los diez y seis funérea palma

   Dios en mi mano fría:

¡Papel fue breve la existencia mía!


1859.

    Alma envidiada al suelo,

De conocerte indigno,

Consorte que perdida

Para mi triste amigo,

Dichosa resplandeces

En solio de zafiros:

Vuelve los bellos ojos,

Luceros matutinos,

Al valle donde gime

Quien fue tu regocijo.

En ese de delicias

Inmensurable abismo,

Donde en perpetuo goce

Vivís los elegidos,

¿En qué puede un recuerdo

El bien disminuiros,

Que brota, fuente viva,

La faz del INFINITO?

¿Será que hasta vosotros

Cerrado esté el camino

Al ay del que padece

Al ruego del cariño?

¡Oh! no cabe en el cielo

Ingratitud ni olvido.

Aquel afecto dulce,

De las virtudes hijo,

Alma del universo,

Rayo del sol divino,

Que trueca en serafines

A dos amantes finos,

Aquél es el que debe

Formar el lazo pío,

Que inseparables una

La tierra y el empíreo.

Tú en el excelso coro

Cantas gloriosos himnos;

Solloza solitario

Tu esposo de continuo:

Mengua es del amor vuestro

Tan desigual destino.

Cuando en la noche miras

Que bañan hilo a hilo

Sus lágrimas el lecho

Que dividió contigo,

Tálamo dulce un día,

Ya potro de martirio;

Vuela a su cabecera,

Y aplica de improviso

La cariñosa mano

Al pecho dolorido:

La mano que otro tiempo

Contole los latidos,

En él derrame ahora

El bálsamo de alivio.

Pesares nos aquejan

En tanto que vivimos:

Inspírenos el cielo

Valor para sufrirlos.

Corran placer y pena

Por ley igual regidos;

No sea el mal eterno,

Y el goce fugitivo.

Cual tierna flor ajada

Por aquilón impío,

Lució tu abril, Jacinta,

Con instantáneo brillo

Contaste, caminando

Entre ásperos espinos,

Años de vida pocos,

De sufrimiento siglos.

¿Y quién en la ardua senda

Fue tu constante arrimo,

Partícipe en los males,

Igual en los peligros?

Tus labios no gustaron

Gota de amargo absintio,

Que al seno de tu esposo

No hubiese descendido.

Mas tú ves tus afanes

En dicha convertidos;

Los suyos cada día

Crecen con doble ahinco:

¡Mísero del que vive!

¡Feliz quien ha vivido!

¡Ah! logra del Eterno

Que separaros quiso,

Y a cuyo trono asistes

Alado paraninfo,

Que ya que en su presencia

Dilata el reuniros,

De aquella paz guardada

Para el celeste asilo

Luzca un reflejo débil

Al hombre que has querido,

Y aun lícito le sea

Días gozar tranquilos:

No diga, blasfemando

De tu inmortal cariño,

Que hasta en el cielo caben

Ingratitud y olvido.


A la Señora Doña Athenais Iruleta de Pastor, en la noche de su desposorio

    Según noticias que dan

Libros en que docto afán

Usos raros averigua,

Fecha tiene muy antigua

La verbena de San Juan.

   Conformes todos en esto

De lo antiguo, y no en el cuanto,

Cada cual sigue su texto;

Mas la función, por supuesto,

No es más antigua que el Santo.

   Desde antaño celebrada

Con más o con menos ruido,

También es verdad sentada

Que esta noche siempre ha sido

Noche al amor consagrada;

   Pues con fe cándida y pía,

Por todos nuestros mayores

Dos siglos ha se creía

Que esta noche decidía

La suerte de los amores;

   Y con deseo impaciente,

Y dando motivo a riñas

De mamá, padre o pariente,

Practicaban muchas niñas

La ceremonia siguiente.

   Tendida la cabellera,

Del cuello bajando al talle,

Pasaban la noche entera

En cuarto donde se oyera

Lo que hablaban por la calle.

   Gran estruendo en ella había,

Y era artículo de fe

Que, al oir la vocería,

Tener en agua debía

La niña el izquierdo pie.

   Quietas como inerte leño

En el puesto convenido,

Se estaban allí sin sueño,

La patita en el barreño,

Y muy atento el oído,

   Repitiendo sin cesar

Cada cual con gran fervor:

«Yo me quisiera casar,

¿Qué novio me piensa dar

San Juanito el Precursor?»

   En esto, en conjunto vario

De cuerdos y de beodos,

Por las calles en rosario

Iban mil, gritando todos

Los nombres del calendario;

   Y epítetos a la par

De vituperio o loor,

Como Fernando, Gaspar,

Mozo, viejo, hombre de mar,

Feo, rico, jugador.

   El primer nombre que oía

La curiosa que escuchaba

Con el pie en el agua fría,

Por de cónyuge aceptaba,

Y acaso acertar solía.

   Según era mala o buena

La condición del nombrado,

Tal era por de contado

La noche de la verbena

Para la del pie mojado.

   Alguna pegaba un brinco,

Viendo frustrado su ahínco;

Y alguna con sencillez

Casarse creyó con cinco,

Pregonados a la vez.

   Esta noche sin reposo

Tú acabas de oír aquí

El nombre ya de tu esposo;

Pero ese nombre amoroso

No era nuevo para ti;

   Ni en tu oído ha resonado,

Casualmente abandonado

Al eco repetidor;

Oístele de un Prelado

Que invocaba al Redentor.

   La mano de tu elegido

Juntó con la tuya hermosa,

Y de Dios os ha traído

Bendición para la esposa,

Bendición para el marido.

   Mi parabién admitid,

Y el de todos, él y tú,

Y que sienta, permitid,

Que entristeciendo a Madrid,

Te nos vayas al Perú.

   Prospéreos nuestro Señor

En éste y país extraño,

Y prendas tengáis de amor,

Que compongan un rebaño,

Delicia de su Pastor.


23 de junio de 1858.

Para el álbum de Julia

    Vienen volando y pasan

Las horas, y en su rápida carrera

Llevan consigo a perecer entera

Una generación.

   Tras aquélla sepultan

Otra, y sin descansar devoran ciento.

Polvo han de ser, de que se burle el viento,

Los hombres todos que serán y son.

   Las fábricas alzadas

Por ese polvo que vivió, y un día

Leyes a tierra y mares imponía,

Sobre él se arruinarán.

   Quizá en siglos futuros

Abismada Madrid, nueva Herculano,

La ciudad reina del imperio hispano

Se oculte de los doctos al afán;

   O bajo las raíces

De antigua ya y enmarañada selva

La hallen, y a ser pisado el suelo vuela

Donde vagamos hoy.

   Y al descubrir los senos

Que avariento guardaba aquel abismo,

Se abra un hueco y arroje el libro mismo

Cuyas páginas yo manchando estoy.

   Podrá existir entonces

Un sabio que solícito trabaje

Para entender los signos y el lenguaje

Abandonados ya;

   Y al recorrer las trovas

A ti, divina JULIA, dedicadas,

Rudas las hallará y desaliñadas,

Que ruda entonces nuestra edad será.

   Si al papel trasladado

Por maestro pincel tu rostro mira,

Justamente dirá que nuestra lira

Tu belleza ultrajó.

   Sentirá de tus ojos

El seductor, el mágico embeleso:

Yo siéntolo también; mas no por eso

A cantar tu hermosura basto yo.

   Lectores de otro siglo,

Que conocer queráis el alma y mente

De la beldad que postra dulcemente

Hoy el mundo a sus pies;

   Si visteis una hermosa

Que en ingenio y virtud brilla y descuella;

Si todos la adoráis... no es JULIA aquélla:

Bosquejo débil de sus gracias es.


En el álbum de Eladia

    Cada vez, Eladia hermosa,

Que esos tus luceros dan

Una mirada a las rejas

De la casa donde estás,

Que de Esposas del Señor

Claustro fue treinta años ha,

Y escuela es hoy de mancebos

Que a niños han de enseñar,

¿No ves un jardín, que, ahora,

En este mes de San Juan,

De bellas flores te ofrece

Riquísima variedad?

Pues bien; si las flores amas,

Como las debéis amar

Las que sois, cual eres tú,

La flor de la humanidad,

¿Cuándo a entretejer guirnaldas

Al vergel descenderás?

Irás en el verde mayo,

No en la yerta Navidad.

Vendrá el adusto diciembre,

Y el triste enero vendrá,

Y arrebatará esas galas

El soplo del vendaval.

Cubierto el rosal de nieve,

Sepultado el arrayán,

No irás a pedir entonces

Flor al mirto ni al rosal.

«No es tiempo de flores éste

(Cuerda para ti dirás):

No exijamos de Natura

Lo que ella no ha de prestar.»

-No exijas, Eladia bella,

De mí flores de otra edad:

Mi ingenio, jardín helado,

No produce flores ya.

Ricos ramos te daría

Mi rendida voluntad

En la florida estación,

Que ya miro muy atrás.

Tarde vienes: mustias hojas

Quedan sólo por acá,

Y aunque pocas y marchitas,

Cuesta el cogerlas afán.

Mas no hacen falta a la frente

Que ostenta con majestad

Guirnalda cuyo verdor

Inmarcesible será.

La puso en tu frente bella

Quintana, el vate inmortal,

Y flores por él cogidas

No se marchitan jamás.


Para el álbum de Pepita González Acevedo

    Hay una plaza en Madrid,

Que es la plaza del Progreso,

Cuyo espacio antes llenaban

Tres calles con un convento.

Una de las calles era

(Bastante mala por cierto)

Impropiamente llamada

La calle de los Remedios.

Estrecha, sucia y sombría,

No sé con cuál fundamento

Le dieron tan dulce nombre

Los antiguos madrileños.

Treinta y seis años hará,

Treinta y cinco por lo menos,

Que en la calle susodicha

Se hablaban dos muchachuelos.

Era el uno alto y delgado,

Chico el otro y nada recio,

Estudiantes de latín

Entrambos en un colegio,

Condiscípulos también

En la escuela de diseño

Que a la Merced ocupaba

Parte de sus aposentos.

Con la bolsa de los libros

Debajo del brazo izquierdo,

Conversando gravemente

Iban los dos compañeros.

«¿Qué vas a ser tú?» los dos

Se preguntaron a un tiempo.

«Yo cura,» contestó el alto.

«Yo pintor,» dijo el pequeño.

Viven, Pepita, en Madrid

Los dos mocitos aquellos;

Tú los conoces: con todo,

No acertarás quiénes fueron.

No esperes oir al uno

Entonar Kiries y oremus,

Ni cuadros del otro busques

En el salón del Museo.

El padre de almas futuro

Trocose en padre de cuerpos,

Y el pintor sólo ha pintado

Peñascos de nacimiento.

El uno, en fin, era Don

Juan González Acevedo;

El otro es el que te escribe

Este romance de ciego.

Sin pensar siquiera entonces

Si Dios criaba copleros,

Estaba en mis glorias yo

Mis mamarrachos haciendo;

Y eso de la poesía

Era oficio, en mi concepto,

Que no se usaba en el mundo

Desde Virgilio y Propercio.

Más adelante leí

Con dulcísimo embeleso

Del bendito de Comella

Cinco o seis pobres engendros.

¡Qué asombro, Pepita, el mío,

Cuando, a propósito de ellos,

Me dijo tu padre un día

Que era Comella un camello!

Aquel aviso piadoso,

Y algunos más que le debo

A mi antiguo camarada

De idioma latino y griego,

Me guiaron del Parnaso

Al escabroso sendero,

Cuando al cerrárseme todos

Halleme con ese abierto.

Recibe, Pepita hermosa,

Recibe grata el recuerdo

Que a la amistad con tu padre

Leal consagra mi pecho,

Y disculpa el desaliño

De estos rasgos que atropello,

Hoy, que es el séptimo día

Del actual pronunciamiento.


1854.

Versos para un álbum

    Emprendió con fanática porfía,

Pintor que quiso eternizar su fama,

Copiar del sol la esplendorosa llama

Y a ruda tela trasladar el día.

   ¡Bien su intento pagó desacertado!

Pues de clavar con insensato arrobo

Tenaz mirada en el ardiente globo,

Ciego vino a quedar el desdichado.

   Y exclamaba después con desconsuelo,

Su cuadro al explicar: «Del sol impropia

Toda imagen será; del sol no hay copia;

No le busquéis aquí: mirad al cielo.»

   Laura, sol eres tú; yo receloso

De que, si dócil tu mandato escucho,

Deje de verte por mirarte mucho,

Me niego a bosquejar tu rostro hermoso.


   Superior al pincel como a la lira

Tu mágica hermosura indefinible,

Es retratarte bien tan imposible,

Como que no te adore quien te mira.


Lope de Vega

Soneto

    Único en el ingenio y en la fama,

Fecundidad pasmosa fue su dote.

Amó seglar y llora sacerdote

Dos esposas, tres hijos, una dama.

   Huella el Parnaso, y el hispano drama

Se alza del suelo con pujante brote,

Y el inmortal autor de Don Quijote

De nuestra escena rey a Lope aclama.

   Su labio miel, su corazón ternura,

Nadie juntó más cándidas y bellas

Las gracias del amor y la hermosura.

   Claro sol entre pálidas estrellas

Que ofuscaba su luz inmensa y pura,

Sólo cuando él faltó brillaron ellas.


Soneto

    Con voz clamaste de pesar profundo,

Al contemplar la pequeñez humana:

«Sombra es la vida, como el sueño vana;

Y es fantástico bien el bien del mundo.»

   Pero brillando tú claro y fecundo

Sol en los cercos de la escena hispana,

¿Cómo ilusión te pareció liviana

La fuerza de tu ingenio sin segundo?

   Tú, desde el envidiado Manzanares

Al Arno, al Rhin y al Plata, mereciste

Respeto, admiración, lauros y altares;

   Y pues eterna vive tu memoria,

Con más justa razón decir debiste:

«Sueño todo será; verdad mi gloria.»


El pintor ciego

Soneto

A Esquivel

    Faltó la luz al genio peregrino,

De la gloria de Aquiles instrumento;

Mas sin la luz quedole el pensamiento,

Y a la inmortalidad libre el camino.

   Vendad los ojos con doblado lino

A Filias y Arïon: Fidias a tiento

La cera esculpe, y Arïon el viento

Suspende con su cántico divino.

   ¿Qué le resta al discípulo de Apeles

Cuando, sin ver, con lágrimas de artista

Riega desesperado sus pinceles?

   «Para que yo, Destino, te resista,

Dame (dirá) que olvide mis laureles,

Y arráncame a la par talento y vista.»


A la prematura muerte del virtuoso joven y eminente artista don Leonardo Alenza

    Para el mortal, en cuya sien fulgura

Del genio creador la ardiente llama,

Tiene el mundo un laurel, clarín la fama,

Y mármoles y bronce la escultura.

   Para premiar a la virtud obscura,

Flor que en la soledad su olor derrama,

Tiene el Padre común su seno, que ama

Con inefable amor, que siempre dura.

   Genio en ti, Alenza, con virtud se unía:

Consiguió tu pincel famoso hacerte:

Ya este mundo te dio cuanto podía.

   Dios hoy te llama a su celeste gremio;

Pero es adelantársete la muerte

Anticipar a tu virtud el premio.


1845.

A una romántica

Soneto

    Mujer: hazles la cruz de Caravaca

(O tu juicio va a andar de ceca en meca)

A tanto libro de palabra hueca,

Merecedores de cruel matraca.

Borda, en vez de gemir, una petaca,

O cósele un vestido a una muñeca,

O si te cansan almohadilla y rueca,

Diviértete en cuidar tiestos de albaca.

   Tu traje en forma de villana alcuza,

Sólo puede agradar a algún mostrenco,

Que te juzga salmón y eres merluza.

   No leas: cuando comas, llena el cuenco,

Y haz por trocar tu cara de gazuza

En colorado rostro de flamenco.


A la Batalla de Waterloo

Soneto de pies forzados

    Ea, quien tenga de valor un cacho,

Dijo Napoleón, sígame al cerro

Donde fuego nos hace tanto perro,

Y del pendón inglés no quede hilacho.

   Yo a vuestra frente montaré en un macho

Que pació solamente flor de berro;

Y de esa hueste el enemigo hierro

Quebrará cual juguete de muchacho.»

   Dijo: pero el soldado se hace el sordo,

Y aunque le ofrecen de oro un cucurucho

El miedo de morir habla más gordo.

   Cede el gran general a otro más ducho,

Y mientras huye en su caballo tordo,

Quema la guardia el último cartucho.


1841.

El viaje al Pindo

    Viaje al Pindo, tonadilla

Propia de la Navidad,

Compuesta para teatros

De casa particular.

Personas, las nueve Musas

Antiguas, y veinte más,

Hijas de las dos hermanas,

Fantasía y Novedad;

Un Poeta, una cuadrilla

Pastoril o pastoral,

Y otros varios individuos

Que no es preciso nombrar.

Decoración, el Parnaso,

Casa pobre; hay un corral

Con bardas de cambroneras,

De que falta la mitad:

Asnos que dentro se meten,

Las derriban al brincar.

Es de noche, y hace un frío

De exquisita calidad;

Olor a besugo asado

Perfuma el aire glacial,

Y de liras y zampoñas,

Que resuenan a la par,

Un majadero de almendras

Lleva majando el compás.

Las Musas, como es ya tarde,

Tienen gana de cenar,

Y la hambrecilla entretienen

Cantando en la soledad:

«¡Gloria a Dios en las alturas

De la esfera celestial,

Y paz en la tierra al hombre

De piadosa voluntad!»

   Llaman. -¿Quién es? -Un poeta.

(Sobresalto general.)

-Si dice que no ha cenado,

Que no pase del zaguán.-

Coro de silencio, pieza

Fácil de vocalizar.

-¿No abren aquí? -Somos niñas,

Y no está en casa papá.

-Pero oigan siquiera ustedes.

-Pues diga con brevedad.

      -En Madrid esta noche

      Soy convidado,

      Casa antigua de Abrantes,62

      Calle del Prado.

      ¡Ay, Musas mías!

      El convite me cuesta

      Mil agonías.

      Musical academia

      Forma el convite,

      Y al que no musiquiza,

      No se le admite.

      De esta manera,

      Si no canto ni toco,

      Me quedo fuera.

      De tañer la zambomba

      Tomé lecciones,

      Para entrar en aquellos

      Ricos salones.

      Un compañero

      Me ha birlado la plaza

      De zambombero.63


      Dicen que entre las nuevas

      Obras de Apolo,

      Un rabel se distingue

      Que toca solo.

      Dadle alquilado,

      Y esta noche se estrene

      Cerca del Prado.

   Duda, confusión, consulta.-

¿Se le da o no se le da?-

¿Se le alquila o se le presta?

-Señoras, determinad,

Que son ya más de las once,

Y tengo mucho que andar.-

Erato, dásele tú.

-Voy por él... Mas ¿dónde está?

-Yo no le tengo. -Tampoco

Yo.-¿Si no lo encontrarán?

-¡Si Apolo se lo ha llevado!!!

-¡Hay mayor fatalidad!

Bastaba que yo viniera,

Para que echara a volar.

-Consuélese usted, buen hombre,

Que todo se arreglará.

De instrumentos desechados

Hay lleno en casa un desván;

Para usted, de los mejores

Henchiremos un costal,

Y usted verá si consigue

Que alguno llegue a sonar.

-Pague Dios, castas doncellas,

a ustedes la caridad.

-Vaya enhorabuena usted

a su función musical.

(La Musa Talía entrega al poeta un saco de márraga lleno mes, que suenan como talega de sartenero. Éntrase Talía en la casa, y quédase acechando por un ventanillo. El poeta desata el costal, saca una trompeta, y le toma felizmente la embocadura: como estaba el instrumento bien enseñado, las primeras notas salen magníficas. Los Faunos y las Ninfas del bosque (o sean los gañanes y las mozuelas de por allí) acuden al son, trayendo numerosa comitiva de perros, que no han hecho colación todavía. Toca el poeta y declama alternadamente, a usanza de comedia antigua o de pregonero: dos estilos que se parecían bastante. Dice, pues, el poeta:)


POETA
   Esta es, noble Caliope, la trompa

Con que los grandes hechos preconizas:

Cobre en ella mi voz fuerza que rompa

Las columnas del aire movedizas.

Dice un refrán sin elocuente pompa

Que más días habrá que longanizas...

(Aquí aúlla un mastín y ladran diez.)

¡Longanizas! ¡Jesús! ¡Vienen a cuento!


LOS PASTORES.

(Caritativamente.)

Vuelva usted al costal ese instrumento.

(Obedece el poeta con resignación, y en seguida coge y prueba una flauta, y dice:)


POETA
   Dulce avena de Erato,

Ven a mi labio tú, que los amores

En son difundes grato;

Y consagra al Señor de los Señores,

Y orna en ofrenda pía,

El reverente amor del alma mía.

   Dejad vuestros ganados,

Los que moráis en el repuesto ejido;

Dones de fe colmados

Al Rey llevad en el portal nacido

Entre el buey y el jumento...


TALÍA

(Desde el ventanillo.)

Costal pide también ese instrumento.


POETA
Talía, por compasión,

Aunque siempre me rehúsas

Tu festiva inspiración...


TALÍA
No la implores de las Musas;

Haz que hable tu corazón.


POETA
Dios niño, vos que venís

A salvar a los mortales,

Poned término a los males,

Que padece este país.

Por sus culpas le afligís,

Y las llora con afán:

Los que lloran, cerca están

De volver a la virtud:

¡Niño Dios! ¡pan y quietud!

Virgen Madre! ¡paz y pan!


23 de diciembre de 1856.

Ellas y ellos

Romance

    Años ha que hay en el mundo

Reñidísima cuestión

Sobre cuál, de hombre y mujer,

Es en lo moral mejor.

Cada uno defiende el pleito

Pidiendo sentencia en pro;

Y a falta de juez que pueda

Fallar sin apelación,

Uno y otro litigante

Se proclama vencedor.

Satisfechos de este modo

Entrambos con su opinión,

Viven en tregua apacible

Hombres y mujeres hoy,

Y para el día del juicio

Se aplaza la decisión

Que a ellas y ellos manifieste

Quién acertaba y quién no.

Pero como a cada riña

Que tienen hembra y varón,

La suspendida contienda

Se renueva con calor,

Y es en circunstancia tal

La salida de cajón

Decirse ambos al sacarse

Todos los trapos al sol:

«Ustedes son los peores,-

Ustedes sí que lo son;»

Yo, sin ánimo de hacerme

De ninguno defensor,

Quiero agregar a los autos,

Por vía de ilustración,

Unos apuntes históricos,

Obra de ignorado autor,

Que hallé por casualidad

En un viejo cronicón.64

   Cuando la alta Omnipotencia

La obra del mundo acabó,

Al poner a hombre y mujer

En su plena posesión,

Árbitro de su destino

Hizo al hombre el Criador.

Todos los vicios y males

Encerrados se los dio

En una caverna horrible,

Segurísima prisión,

De cuya puerta de acero

La llave al hombre fió.

Las virtudes y placeres

En tanto a su discreción

Dueños del orbe quedaron:

Edad venturosa, ¡ay Dios!

Y tanto más envidiable

Cuanto más breve pasó.

Tuvo una vez la mujer

El deseo tentador

De ver qué clase de gente

Guardaba aquella mansión;

Pues conociendo de trato

La paz, el gozo, el amor,

Quiso conocer de vista

Y oír un rato la voz

A la tristeza, la envidia,

La cólera y la ambición.

Cogió por desgracia un día

Al hombre de buen humor;

Cogiole luego la llave,

Y sin más meditación

Fue a la gruta, y para abrirla

La osada mano tendió.

Los firmes ejes del mundo

Se estremecieron al son

Que hizo la llave al girar

De su punto en derredor,

Abrió la puerta; los vicios

Salieron en pelotón,

Y tropezando de golpe

Con la mísera que abrió,

Hicieron en ella presa

Sin ninguna compasión.

El hombre, que estaba lejos,

Mejor al pronto libró,

Porque al fin sólo pudieron

Entrar en su corazón

Los vicios que, por salir

Con ligereza menor,

No hallaron en la mujer

Desocupado rincón.

Pero esta desigualdad

Pronto desapareció;

Pues llorando la curiosa,

Aunque algo tarde, su error,

En busca de su consorte

Guió la planta veloz:

Abrió el esposo los brazos;

Ella en ellos se arrojó,

Y al seno del hombre entonces

Pasaron sin dilación

Las demás calamidades

Con que la mujer cargó,

Heredando al abrazarla

Cuanta humana imperfección

Cifró en la naturaleza

La ley del Sumo Hacedor,

   De esta memoria secreta

Infiere el que la escribió

Que, a vivir hombre y mujer

Con total separación,

Quizá el hombre en ese caso

Fuera de ambos el mejor;

Mas como ella y él se tienen

Invencible inclinación;

Como es, a pesar de todo,

Ese sexo encantador

La maravilla que puso

Término a la creación,

Busca el hombre a la mujer,

Copia de ella lo peor,

Y así junta en su persona

Los vicios de ambos a dos.


1839.

La composición para el Liceo

Romance

    Vaya usted con Dios, patrona;

Rosita, abur: anda, Bruna.-

Ya se marcharon, ya estoy

Libre de que me interrumpa

La vieja con sus regaños,

La niña con sus diabluras,

Y la zafia Maritornes

Con sus rondeñas de Asturias.

¡No tener para este jueves,

Que es mi turno de lectura,

Por más que haga en mis legajos

Escrupulosa rebusca,

Ni una imprecación al sol,

Ni un madrigal a la tumba!

¡Dar equivocadamente

Para empapelar azúcar.

Ayer mi romance esdrújulo

Sobre el ósculo de judas!

Por fin, dos horas me quedan;

Y si me sopla la musa,

Saldré airoso del empeño

En que me miro sin culpa.

¿Por qué pecado, Señor,

Mereció mi triste pluma

Que para escribir en verso

No pueda cogerla nunca,

Sin que al momento a mi puerta

Cien importunos acudan?

Ya el alcalde de mi barrio

Para un informe me busca;

Y cuando ve que no puedo

Responder a su pregunta,

Me encaja la historia entera

De Don Gaspar Buena-púa.

Ya los que suben a ver

Cierta vestal andaluza,

Llamados desde el balcón

Con gitanas guiñaduras,

Trocando su alegre cuarto

Con mi tétrica zahúrda,

Mi campanilla quebrantan

Que suena como una zumba.

Ya un Calderón de diez años

Largamente me consulta

Sobre el efecto que espera

Que en el teatro produzcan

Los gemidos de la dama

Cuando la hieren a obscuras,

Si se remeda a lo lejos

El canto de la lechuza.

Ya un vecino que padece

Fiebre tercianaria turca,

Regala a su cara cónyuge

Con la más tremenda zurra:

Vuelan los pucheros, se oyen

Maldiciones tremebundas,

Alborótase el cotarro,

Cunde en la calle la bulla,

Y al gritar un alguacil:

«¡Favor a Isabel Segunda!»

Tengo a fuer de miliciano

Que danzar en la trifulca.

Hoy hay paz: aprovechemos

Tan dichosa coyuntura.-

¿Qué asunto para escribir

Tomaré? Mas ¿quién lo duda?

¿Qué objeto para mis versos

Mejor que mi dulce Curra?

Una letrilla a sus ojos,

Su lunar o su cintura.

Principiemos. «Ángel bello

Que la Providencia suma...»

Adiós, ya llamaron. Llamen;

Que aunque la casa confundan,

No me muevo del asiento.-

¡Pues la cachaza me gusta!

¿A qué porfía ese bárbaro

Cuando ve que no le escuchan?

Señor, ¿quién será? Lo voy

a ver por la cerradura.

Sea por Dios: es el mozo

De la compañía. -Lucas,

¿Qué quieres? -Que pague usted

Sin dilación esa multa.-

¿Por qué? -Por haber faltado

Antes de anoche a la junta.-

Bien: toma. -¿Quiere usted dar

Ahora lo de la música?-

Lo de la música. -El cabo

Don Hilarión Sanahuja

Está enfermo hace tres meses;

Y a los gastos de la cura

Se le añaden los de madre,

Abuelo, la hermana viuda,

Diez hijos, y un sobrinito

Que le enviaron de Osuna.

Se ha abierto una suscrición

Para socorrer su angustia,

Y... -Para Don Hilarión.

¿Hay otra jorobadura?-

No, señor- ¡ah! que esta noche

Le toca a usted de patrulla.-

Anda con mil de a caballo,

Y mira si te desnucas

Esta vez en la escalera,

Para que otra no la subas.

¡Por mi fe que el privilegio

De lucir las fornituras,

Es ganga que va a llevarme

Al hospicio en derechura!

Paciencia y bolsa me gastan,

Tiempo y voluntad me usurpan:

Un santo con charreteras

Voy a ser, como lo sufra.

¡Tierno Garcilaso! tú

Celebrabas la hermosura

En medio de los horrores

De marcial hórrida lucha;

Y yo no agarro el fusil

Sin que envidie la fortuna

De quien usa un guante menos,

O anda en un pie como grulla.-

Una pobre. -Dios la ampare.-

Por la Virgen... -No me aturda.

Soy poeta. -Ya escapó.

Tal razón ¿a quién no asusta?-

Esto es mejor: ¡que si quiero

Chorizos de Extremadura!

No se come cerdo en casa.-

Moros son aquí, sin duda.-

Me parece que es preciso

Ir a buscar quien me supla,

Porque pensar hoy leer

Yo en el Liceo, es locura.-

¡Cielo santo! en la escalera

Ya suena la voz aguda

De mi patrona, que vuelve

Riñendo como acostumbra,

Y sube también con ella

Don Sempronio de Larruga,

El hijo más hablador

De la playa de Sanlúcar.

Ya se colaron en casa:

¡Bendiga Dios la cordura

De la vieja que les dice

Que no vuelvo hasta la una!

Pero ¿cuántos han entrado?

¡La curiosa doña Justa,

Paco Mochuelo el manolo,

La filarmónica Julia,

Y el gangoso Don Tomás

Y Blasa la tartamuda!

No sabiendo que hay aquí

Un pobrete a quien le turban,

Ríen, corren, gritan, charlan

En infernal baraúnda.

Uno al piano se pone,

Otro la guitarra pulsa,

Este silba, el otro baila,

Quien aplaude, quien se burla.

Pide Don Tomás silencio;

No le hacen caso: se atufa;

Vuelve a instar: no le aprovecha;

Pero le ocurre ¡oh ventura!

Apostrofarles en verso,

Dando voces furibundas:

Y mientras él se enronquece,

Y no le oyen o le bufan,

Sus versos le copio y cumplo

Con mi turno de lectura.

   Charlatanes sempiternos,

Que al mundo servís de estorbo,

Lléveos el cólera morbo

Por la posta a los infiernos;

Y el suplicio con que allí

Os castigue Radamanto,

Para que os abrume tanto

Como vosotros a mí,

Sea oír siempre leer

Versos ramplones y fríos,

Tan malos como los míos;

Peores, si puede ser.


A los reformadores del sombrero

    Sí, ya de paciencia basta:

Por vano, tramposo y feo,

Debe marcharse a paseo

El sombrero que hoy se gasta.

   Escandaliza y asombra

Que el guardapolvo del hombre

Sombrero tenga por nombre,

No dando a la cara sombra.

   ¡Guerra incesante y cruel

A ese trastucho embustero!

Rinda el nombre de sombrero,

O cumpla mejor con él.

¡Sombrero, sin ton ni son,

Por excelencia se llama!

Todo hace sombra: una rama,

Un abanico, un bastón;

   Y ¡él solo usa un distintivo

En que, la impudencia brilla!

Más sombra da la sombrilla,

Con ser un diminutivo.

   Tan loco y tan altanero

Nuestra indolencia le puso:

Se viene al postrer abuso

Por tolerar el primero.

   No bien domados los potros,

Burlan al jinete así:

Se ha puesto muy sobre sí,

Porque está sobre nosotros.

   Al principio, sin las galas

Que al fin por soberbia trajo,

Era el sombrero, un sombrajo

Con anchas, redondas alas;

   Después, con atroz demencia,

Digna de suplicio horrendo,

Fue por arriba creciendo,

Menguando en circunferencia;

   Bote, chistera, marmita,

Colmena, olla de campaña,

Jamás se le vio en España

Como aquí se necesita.

   Nada de esto hubiera habido,

Según imagino yo,

Si, cuando él se alicogió,

Se le hubiese alitendido.

   ¡Gloria a la presente edad

En que germinó la idea

De hacer que en España sea

El sombrero una verdad!

   No abundan mucho las tales,

Por nuestra mala fortuna:

Siquiera tengamos una,

Que es de las más capitales.

   Otra, y otra, y otra, y mil

A ésta seguirán después:

Todo en estas cosas es

Entrar en el buen carril.

   Aunque Débora y Barac

Dijesen que es elegante,

¿Quién usará en adelante,

Con hongo o chambergo, frac?

   Nadie: incompatibles son;

Si hay chambergo, el fraque cesa:

Libres nos veremos de esa

Doble cola de gorrión.

   Ánimo, no desmayéis:

Caiga y nunca se levante

El sombrero insombreante;

Pero mirad lo que hacéis.

   A gusto y razón, ultraja

Hoy el sombrero a ojos vistas:

Cambiádnosle, reformistas;

Mas cámbiese con ventaja.

   Id con tiento; ved, probad,

Y no deis en balde un paso;

No sea el remedio acaso

Peor que la enfermedad.


1859.

El peor, el último olvido

    Dio Perico Muñoz en olvidar

Hasta el comer a veces y el dormir:

Sólo una vez se le olvidó el vivir,

Y nunca más lo pudo recordar.


1874.

La vida del hombre

    Hoja en que estampo mi nombre,

Tú me sobrevivirás:

¿Qué vale ¡ay! el ser del hombre

Cuando un papel dura más?


En un álbum

    Te vi en un baile, me miré al espejo:

¡Ay, qué rabia me dio de verme viejo!...


    Para dos perdices dos,»

Dijo allá el del Castañar;

Y así lo dejó pasar

Gente a la buena de Dios.

   No lo escuchará ninguno

De estómago fuerte hoy día.

Sin replicar: «No, García:

Para dos perdices... uno.»


    Tras la dicha corremos

   Y ella se esconde,

Y jamás en la vida

   Sabemos dónde.

   ¡Qué, triste suerte!

¡Ser la dicha dudosa,

   Cierta la muerte!


1859.

    Llamó tocaya un chulo

   A una manola:

«Barbarita me llaman,»

   Dijo la moza;

   «Y usted, buen hombre,

Será, como es rollizo,

   Un barbarote.»


1869.

Epigrama

    Cuando veo una boda,

   Verla me carga;

Cuando miro un entierro,

   Doy a Dios gracias.

   Rabio y me alegro,

Porque no soy el novio

   Ni soy el muerto.