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Ibérica por la libertad

Volumen 4, N.º 12, 15 de diciembre de 1956

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Ilustración

IBÉRICA es un boletín de información dedicado a los asuntos españoles y patrocinado por un grupo de americanos que creen que la lucha de España por la libertad es una parte de la lucha universal por la libertad, y que hay que combatir sin descanso en cada frente y contra cada forma que el totalitarismo presente.

IBÉRICA se consagra a la España del futuro, a la España liberal que será una amiga y una aliada de los Estados Unidos en el sentido espiritual y no sólo en sentido material.

IBÉRICA ofrece a todos los españoles que mantienen sus esperanzas en una España libre y democrática, la oportunidad de expresar sus opiniones al pueblo americano y a los países de Hispano-América. Para aquellos que no son españoles, pero que simpatizan con estas aspiraciones, quedan abiertas así mismo las páginas de IBÉRICA.

Directora:

  • VICTORIA KENT

Presidentes de Honor:

  • SALVADOR DE MADARIAGA
  • NORMAN THOMAS

Consejeros:

  • ROBERT J. ALEXANDER
  • CLAUDE G. BOWERS
  • ROGER BALDWIN
  • FRANCES R. GRANT
  • JOHN A. MACKAY
  • VICTOR REUTHER

IBÉRICA se publica el día 15 de cada mes, en español y en inglés por Ibérica Publishing Co., Inc., 112 East 19 th St., New York 3, N. Y. Todo el material contenido en esta publicación es propiedad de Ibérica Publishing Co., Inc. y no puede ser reproducido en su integridad. Copyright 1956, Ibérica Publishing Co.

Suscripción anual: $ 3.






ArribaAbajoSalvador de Madariaga (Conclusión)

Ángel de Río


Madariaga no se volvió a España. Por el contrario se afirmó en Ginebra. Allí se convirtió en la encarnación del nuevo espíritu internacionalista, en el europeo ejemplar y en uno de los técnicos más respetados, a la vez que batallaba incansablemente por dos causas, el desarme y la unión europea, de cuya transcendencia no cabe dudar hoy, treinta años más tarde. ¡Y qué años! Pero en Ginebra también, a pesar de sus tareas oficiales, encontró reposo para dar expresión a su españolismo, orientado -no lo olvidemos- hacia la vida, en reacción contra el Saber, en dos de sus obras más brillantes, que le colocaron inmediatamente entre los críticos destacados de la cultura española y de la caracterología europea: Guía del lector del «Quijote» (1926) e Ingleses, franceses y españoles (1928). La primera es una perspicaz indagación de los valores humanos y literarios, psicológicos y artísticos del gran libro; merece figurar -y figura, de hecho- entre la docena de interpretaciones esenciales con que nuestra época ha contribuido a la comprensión del arte cervantino. La segunda es una lúcida exposición de psicología nacional comparada, llena de chispeantes atisbos sobre el carácter, la historia, la vida y la cultura de tres de los pueblos de mayor personalidad en el mundo occidental.

En 1928 se opera un nuevo cambio: de las salas internacionales de Ginebra, donde se intenta decidir el destino de Europa y del mundo en unos tiempos turbulentos, a la quietud de las aulas de Oxford, donde se estudia y medita. Es designado para ocupar la Cátedra Alfonso XIII. En la conferencia inaugural, «Aims and Methods of a Chair of Spanish Studies» (15 de mayo de 1928), afirma y define el sentido humanístico en que debe inspirarse el estudio de una cultura extraña, sentido humanístico, no reñido con los fines utilitarios del presente, los comerciales, por ejemplo, que sirven de acicate a todo el hispanismo moderno. Siguiendo la inclinación, permanente en él, a interpretar el significado de los grandes personajes literarios, Madariaga desarrolla en esta conferencia un interesante paralelo entre Don Quijote y Hamlet, símbolos respectivos de sus pueblos, llamados a integrarse en su oposición: «En cuanto Hamlet y Don Quijote representan las dos soluciones alternativas, propuestas en el dominio del arte al gran problema de nuestra vida religiosa y civil, las literaturas inglesa y española se revelan como centradas en una misma área de la mente humana y se iluminan mutuamente. En cierto sentido, nuestra tarea consiste en sacar a Hamlet de su abatimiento y hacer que se enamore de Dulcinea, y en moderar la alborotada imaginación de Don Quijote infundiendo en su alma el temor del Espectro.»

No era, sin embargo, el ambiente académico el más propicio para el temperamento vivaz y complejo de Madariaga, en quien el fondo de pasión y fantasía españolas se había combinado con el pensamiento esquematizante del francés y el sentido de acción del inglés, formando una curiosa trinidad. Hombre internacional y español expatriado, atraído por tan contrarias fuerzas, no iba a poder sustraerse al torbellino tremendo, que por el año treinta agita al mundo occidental y a su propia patria. Apenas profesa en Oxford más de un curso académico. En 1929, si la cronología no nos falla, hace su primer viaje a América: encuentro importante con una nueva realidad.

Viene a los Estados Unidos solicitado por organizaciones de orientación internacional y en este primer viaje, como en otro siguiente, en el año 31, se dedica a propagar la idea de la Paz, ante el peligro que se cierne, inminente, sobre Europa y sobre el resto del mundo. Trata de convencer a los norteamericanos del error gravísimo al apartarse de la Liga de las Naciones. Le precede la fama de su libro Disarmament, que acaba de salir, donde recoge su experiencia en el Secretariado de la Liga. Paz, desarme, unidad necesaria de Europa y del mundo, eran ya para él -hoy empiezan a serlo para otras muchas gentes- necesidades convergentes. Su primer contacto con el Nuevo Mundo le inspira otro libro dentro del campo de sus meditaciones predilectas sobre psicología comparada, Americans, abundante, como era de esperar, en observaciones muy agudas, pero significativo, sobre todo, en la evolución que estamos delineando por la reiteración del principio de la «unidad inherente y orgánica del mundo de los hombres» desde el prefacio hasta las conclusiones: «¿Un gobierno mundial: Sueño o necesidad?»

América y el hombre americano se presentan como la personificación incompleta aún, pero ya perceptible, de ese mundo único y unido, según dice en la dedicatoria: «Por 'Americanos' entiendo las personas que, cualquiera que sea su nacionalidad, sienten el espíritu y la fe de un mundo nuevo, y que sin embargo no pueden aún desprenderse de los viejos prejuicios de tribu ni de íntimas insularidades; gente como tú, querido lector, o como yo. A ellos, Americanos de todas las naciones, se dedica este libro.»

En este viaje, entra Madariaga en contacto directo con la América de su propia lengua y como casi todo español consciente llegado a esas tierras, descubre en ellas la dimensión más profunda del pasado peninsular. De ese contacto y de ese descubrimiento saldrán con el tiempo algunas de sus obras más duraderas y más discutidas.

Dio en los Estados Unidos numerosas conferencias sobre «Las relaciones entre la América hispánica y la ánglica». Varios, entre ellos Camilo Barcia, le reprocharon entonces su aparente indiferencia ante los valores genuinamente hispánicos, o, como Barcia dijo, el predominio del espíritu ginebrino en detrimento del particularismo patriótico. Madariaga contestó a estos reproches con un artículo, «Lo ecuménico y lo hispánico» (El Sol, 3 de marzo de 1929), donde explicaba claramente sus motivos: «Y colocándome -termina- como el defensor convencido de la Sociedad de Naciones estoy seguro de permanecer fiel a la tradición más alta y pura del pensamiento español.» La tradición invocada es, por supuesto, la de Vitoria y los internacionalistas del siglo XVI. He aquí una pauta segura para entender la actitud universalista e hispánica, a un tiempo, de Madariaga.

Llega un momento decisivo en la variada existencia de nuestro hombre. El destino le impone nuevas tareas. Primavera del 31. En los Estados Unidos, o en Méjico, le sorprende el nombramiento para la Embajada de Washington. La nueva España republicana le reclama.

A los títulos de su labor internacional, su ya larga obra de escritor, se une, para este requerimiento, la aparición el año anterior, 1930, del libro España, la exposición más coherente, sin duda, de los antecedentes, problemas, sentido y espíritu de la historia del país en los últimos cien años.

Se incorpora de lleno y por primera vez desde su voluntaria expatriación, quince años antes, a la vida española. En realidad, va a seguir sirviendo, principalmente, desde el extranjero: embajadas de Washington y París, delegación a la Liga de Naciones, pero fue también Diputado galleguista, de la ORGA (cosa extraña, paradójica, en un hombre internacional) y ministro.

No es este el lugar, ni el clima, ni la ocasión y coyuntura para un juicio sereno de la actuación de los hombres de la República. En la de Madariaga, como en la de todos los otros, hubo sus más y sus menos. Tengamos los liberales el valor de reconocerlo. No todo fueron aciertos en los cinco años republicanos y nadie quedará exento de legítimas censuras ante el juicio de la historia. Lo cual, claro está, en ningún modo justifica la demasía de los enemigos de aquel régimen ni el levantamiento que hizo imposible aquella rectificación, por la que clamaban, con Ortega y Gasset, las gentes más conscientes; rectificación que, sin duda, hubiera llegado de no estar condenada España a un destino convulsivo que ha imposibilitado su evolución normal. La responsabilidad, para quien haya estudiado el drama y cualesquiera que hayan sido los errores, repetidos por desgracia, de los liberales, está clara. No es tanto de los que, acosados de problemas, no pudieron -o, acaso, en algún momento, no supieron- gobernar, como de los que sistemáticamente, y durante más de un siglo, no han dejado gobernar.

En todo caso, Madariaga, como tantos otros, ha pagado sus errores, si error hubo. La historia se encargará de dar el fallo. Por su parte, él trató de justificar sus actitudes, algunas discutibles, en la segunda edición del libro España, donde se encuentran algunas de las páginas más vulnerables de su cuantiosa producción. Quizás el ambiente de pasiones inevitables en toda gran crisis histórica no era el propicio para un intelectual del tipo de Madariaga, liberal e ilustrado, mejor equipado, por vocación y experiencia, para entender los procesos históricos que para regir las corrientes turbulentas de la vida española, en plena agitación. Con la guerra civil vuelve, probablemente un poco desilusionado, a su centro: el de espectador no por entero indiferente y siempre dispuesto, si las circunstancias lo requieren, a entrar en el terreno de la acción para luchar por unas ideas que el partidista, totalmente comprometido o engagé, no podrá nunca compartir ni entender. Ya antes de la guerra civil -manifestación típicamente española del desconcierto del mundo occidental- Madariaga se había enfrentado con el desorden en su libro Anarquía y jerarquía, «Ideario para la constitución de la tercera República» (1935). Da, pues, por liquidada e imposible a la segunda. Consecuencia, en parte, de su desilusión y, en parte, de los acontecimientos del año 34, el libro analiza la profunda crisis de la democracia, definida en una pregunta inquietante «¿Estamos -dice- en las postrimerías de la libertad?» Ante el desatarse de dictaduras y totalitarismo, la creciente presión de una psicología de masa y el desbordamiento de apetencias de poder, ¿qué es lo que espera el mundo? La solución no es dudosa, según Madariaga: hay que revitalizar al liberalismo, restableciendo el orden alterado con un sentido preciso de las jerarquías, inherentes a la naturaleza humana y una orgánica restauración de valores sociales, políticos, espirituales. Está aquí prefijada la imagen de esa Tercera España y, aun, en términos mundiales, de esa Tercera Fuerza, que ahora empieza a ser el anhelo de muchos. Y no dejan de resultar hoy proféticas y conmovedoras las palabras con que Madariaga evoca, en la primera página, los efectos terribles de la Guerra Civil: «Resurge la imagen lastimosa de las ciudades sitiadas y medio destruidas; la censura; los partes oficiales; el ejército salvador; el glorioso general; los rebeldes y los leales; las penas de muerte; los indultos y los fusilamientos; la estela de odio y dolor; el chirlo que la navaja rasga profundamente en el rostro de España; el foso de sangre que durante años separará a sus hijos en dos bandos irreconciliables.» Recuérdese que esto se escribió en 1935.

Salvador de Madariaga

Salvador de Madariaga

Al año siguiente ya está Madariaga en el destierro. Ya no es ni alto funcionario de la Liga de Naciones, ni profesor, ni ministro. No es más que un político sin empleo y, sobre todo, lo que ha sido siempre, un escritor libre, un free lance de la pluma y de la inteligencia. Nuevas realidades van dejando a los hombres de la primera postguerra al margen. Algunos se incorporarán a la lucha sin reserva, a la española y a la europea o mundial, que la sigue; otros, paralizados ante la dimensión de la catástrofe, se inhiben y callan, temerosos, cansados o inermes. Madariaga no se aquieta; sigue su propio curso, el que le imponen un temperamento infatigable y un pasmoso vigor creativo. Desde la BBC de Londres o desde la biblioteca de Oxford, en el Congreso por la Libertad de la Cultura, en repetidos viajes por Europa y América, va a seguir escribiendo los libros más varios y combatiendo por los mismos ideales: libertad y orden, respeto al Estado constituido, paz mundial, restauración de un régimen de derecho en España, unidad de Europa, del mundo y de la cultura. Continúa incansable hasta este mismo momento en el que acaba de presidir el Congreso por la Libertad de la Cultura en Méjico. Muchos no pueden por menos de admirar su constante actividad e incluso su posición equilibrada en un mundo dominado por toda clase de excesos. No es de extrañar, por otro lado, que en una época poco dada a la sensatez, quizás hayan sido más los que le atacan, desde todas las franjas del espectro político, de la azul a la roja.

En cuanto a la obra escrita, no ha publicado Madariaga en estos años menos de diez o doce libros ensayos, poesía, novela, teatro, historia, quizás lo más maduros, como el Retrato de Europa, o sus comedias poéticas en el Toisón de Oro, o la novela Corazón de piedra verde, o Campos elíseos y la colección de sus poesías, antiguas y más recientes, Rosa de cieno y ceniza, el Hamlet traducido o los recientes ensayos De la angustia a la libertad, etc. Comentar siquiera brevemente estos y otros libros harían inacabables estas notas, cuyo único objeto es el recuento, a manera de homenaje a sus setenta años, de labores y quehaceres. No puede, sin embargo, ser pasada por alto en esta recapitulación la empresa quizás de mayor aliento: sus magníficos estudios sobre la América Española. En ellos encuentra Madariaga el tema capaz de concentrar su atención durante una década de labor sin descanso. Todos, aun los críticos más acerbos, han reconocido la seriedad de sus investigaciones. Como si quisiera rivalizar con los historiadores clásicos de la grandeza y la decadencia de Roma, traza un vasto plan, desde los orígenes a la disolución del Imperio, organizado en torno a tres biografías: Colón, el descubridor visionario (publicada en 1939), Hernán Cortés, el político, conquistador conquistado (de 1941) y, años tarde, Bolívar (1951). Entre las dos primeras y la última siente la necesidad de presentar, en un macizo volumen de más de mil páginas, Cuadro histórico de las Indias (1945), el proceso total de la historia colonial hispanoamericana -el auge y el ocaso. La biografía del Liberador cierra el panorama.

En la perenne fraternal discordia entre españoles y americanos, pocas obras han suscitado mayores polémicas que este monumental fresco histórico de Madariaga, ni han abierto tantas heridas que se creían cerradas, especialmente el Bolívar y el examen de los hechos que prepararon la independencia, en la segunda parte del Cuadro histórico, el Ocaso (en inglés The Fall of the Spanish American Empire). En tanto que se reconocieron, sin grandes regateos, los valores evidentes en las biografías del Almirante y del Conquistador, al historiar la vida del paladín de la emancipación y los poderes que se concitaron contra el Régimen español, Madariaga tocaba puntos neurálgicos. Es posible que la pasión españolista esté exacerbada en algún momento. Cosa rara en él, pero hasta cierto punto explicable como reacción defensiva contra la leyenda negra y otros excesos con que se ha juzgado la obra de España en este continente. De lamentar, sin embargo, en un espíritu tan equilibrado. Hay, en su visión no desprovista de grandeza del héroe venezolano, una cierta complacencia en recargar pasiones y debilidades. Se insiste también, quizás más de lo necesario, en señalar lo negativo en el proceso, desde luego transcendental y doloroso para el porvenir de lo hispánico, de la liquidación del imperio. Reconocido esto, explicable la respuesta violenta de una gran parte -no toda- de la crítica hispanoamericana, sería injusto e inútil negar la calidad altísima de la obra de Madariaga, como historiador del Nuevo Continente. Ni cabe dudar que, en el conjunto, significa un intento, logrado y sobresaliente, para presentar una visión coherente, seriamente documentada, de la máxima creación española -los veinte pueblos hispanoparlantes de América- junto con la comprensión de las corrientes, espirituales unas, materiales y de poder, otras, que han modelado, en el fondo, el ser de esos pueblos en lo que tienen de hispánico, que no es poco.

Madariaga, como siempre, ha sabido, en estas obras, ver la historia en función de lo humano y de las fuerzas, ciegas o voluntarias y conscientes, que forjan el devenir de las civilizaciones.

Por lo que respecta a Bolívar, no creemos que salga, en el fondo, disminuido, al bajarlo de su pedestal y reducirlo a proporciones humanas. Probablemente, todo lo contrario: sus flaquezas harán resaltar más su gloria. El profesor Entwistle llegó a decir en su entusiasmo que el Bolívar «era la obra más grande de Madariaga..., y, probablemente, una de las historias más grandes que se hayan escrito». Entre este juicio y el totalmente negativo de sus detractores, que apenas sí lo consideran como un libelo injuriante o un desahogo del resentimiento español, debe existir un término medio. Y nadie puede leer en el Epílogo, las palabras finales, confesión del héroe enfrentándose con su sino sin conmoverse hondamente, sin sentir el soplo de tragedia que Madariaga ha sabido infundir a este apasionante retablo histórico: «Vedme pues aquí en mi dimensión real, despojado por mi propio ser póstumo del título de Libertador que me otorgasteis. Ni yo Libertador, ni Cortés Conquistador, ni Colón Descubridor, ninguno de los tres protagonistas de esta trilogía del Nuevo Mundo es lo que parece ser. Los tres pisamos las tablas de la Historia con el pie firme de los creadores de su propia estirpe, ávidos de fama y de gloria. Los tres fuimos meros instrumentos de Algo que ni aun ahora nos ha sido dar penetrar. Colón no supo que descubría América; Cortés no supo que creaba la República mejicana; yo no soñé que el alma en pena del tirano Aguirre que ardía en fuegos fatuos sobre las llanuras de Venezuela os tiranizaría al verterse en mar de petróleo estéril sobre vuestros valles antaño fértiles. El hombre propone y Dios dispone, dice un refrán, nuestro como español. Ni Colón se descubrió a sí mismo, ni Cortés se conquistó a sí mismo, ni yo me liberté a mí mismo -ni este que ha querido explicarnos a los tres sería capaz de explicarse a sí mismo ni de vislumbrar cómo repercutirá en la Historia el tríptico de tragedias que ha trazado con nuestras vidas.»

Cierre adecuado a una empresa de considerables proporciones literarias, históricas, humanas e intelectuales.

*  *  *

El balance peca, sin duda, de incompleto. Falta la simple mención de bastantes obras o de numerosos quehaceres y cargos. Y falta, sobre todo, para dar una imagen aproximada del escritor, el examen siquiera somero de sus creaciones específicamente literarias, quizás las que mejor reflejan la autenticidad de su espíritu. En ellas podríamos atisbar la unidad de existencia tan variada y prolífica, la ley de una inteligencia en gran medida excepcional. Pero no son las páginas de Ibérica, con su carácter combativo, atento a los urgentes problemas de la actualidad política, el lugar apropiado para ese examen.

Madariaga está aún a sus setenta años -¡extraordinaria vitalidad!- en plena madurez creativa, luchando con vigor por las causas que dan sentido a toda su vida. Ha sido objeto de toda clase de honores y alabanzas. Y pocos nombres españoles pueden rivalizar con el suyo en estimación fuera de las fronteras de nuestra lengua. Ha sido también, sobre todo entre los de casa, objeto de críticas y ataques casi siempre exagerados, y es obvio que su figura no ocupa en las escasas obras serias que han intentado historiar nuestra cultura contemporánea el lugar que justamente merece. Inquirir el porqué acaso exigiría uno de esos tratados de psicología nacional comparada en los que él es maestro. La gente ibérica y sus descendientes desconfían, en su invidencia, del hombre brillante que confunden con el superficial; de la riqueza de facultades que toman por dispersión; de la inteligencia pura, capaz de situarse en el justo medio. Rara vez, por otro lado, aceptan a quien ha sabido conquistar gloria y fama entre los extraños. ¿Y qué decir de la reacción apasionada y extremista ante la mera invocación de esa Tercera España -la única posible- por la que Madariaga, coincidiendo con los mejores de toda nuestra historia moderna, ha librado casi todas sus batallas? Se nos ocurre, sin embargo, que Madariaga puede esperar sereno el fallo de la historia como uno de los espíritus mejor dotados de su generación, autor de varias obras de valor permanente y adelantado, por añadidura, de algunas de las más nobles causas en este desquiciado mundo de la primera mitad del siglo XX, plagado de extremismos.

ÁNGEL DEL RÍO

Nota: Algunas de las citas están traducidas del inglés por no haber tenido a mano la edición española de las obras correspondientes. Es posible que no en todos los casos coincidan con el texto español del original.




ArribaAbajo El inconformismo de las nuevas generaciones

Ignacio Iglesias1


Toda voz joven que nos llega de España, máxime cuando es la expresión inequívoca de un cierto inconformismo, provoca en nosotros la mayor atención. Atención y gozo a la par, pues nos resulta muestra palmaria de que, no obstante los sostenidos esfuerzos de los numerosos validos y veladores del régimen franquista, no faltan inconformistas entre las nuevas generaciones. En un país donde el inconformismo es delito grave, esas voces -pocas o muchas- alcanzan un máximo valor y una más grande significación.

Son veinte años ya los que lleva el franquismo tratando de arrancar de raíz todo signo de independencia intelectual, de libertad cultural, de libre pensamiento y de posibilidad de expresión. El único alimento de cultura -perdónesenos ambos vocablos- que dicho régimen ha venido ofreciendo al pueblo español no ha sido otro que una prensa uniformada por las directivas gubernamentales y una literatura militante, cuyo fin no fue otro que el de cantar a los vencedores y denigrar a los vencidos de la guerra civil. Y no se olvide que, para cortar toda comparación con el pasado, se usaron y abusaron de los autos de fe y de las hogueras inquisitoriales, donde se quemaron a los libros a falta de poder abrasar a sus autores.

Así y todo, a pesar del cuidado puesto y de la afanosa colaboración de franquistas laicos y eclesiásticos, el régimen no ha logrado plenamente sus fines. Ha provocado, eso sí, un daño inmenso, incalculable, al frenar deliberadamente el desarrollo cultural de España. Pero, a fin de cuentas, no lo ha impedido de forma absoluta, de la misma manera que no pueden ponerse puertas al campo. Prueba de ello son ese gran número de revistas que pululan por varias ciudades españolas, unas científicas, otras literarias, muchas de ellas muy interesantes, en las cuales se deja traslucir un noble afán de abrir una ventana al exterior, hacia los países de libertad de pensamiento y de expresión libre. Algunas han pagado su intento con una suspensión indefinida.

Ilustración

No existe duda alguna, para quienes examinen con atención el panorama cultural español, de que ha habido una innegable y significativa evolución en estos últimos años. Esta evolución, lograda a contrapelo contra el propio régimen, se deja ver en las distintas actividades intelectuales, en las revistas literarias, en la novela, en la misma poesía, hasta hace poco motivos inconfesados de evasión. Se constata una mayor libertad de expresión, un estilo más osado, una sinceridad más auténtica. Creemos que, en el sordo combate sostenido por los jóvenes escritores contra los mil y un impedimentos de la censura, aquéllos han ganado algunos puntos, como suele decirse en la jerga pugilística. Combate que en muchos casos -la mayoría, tal vez- han tenido que sostener contra sí mismos antes de emprenderla contra los demás.

Hace muy pocos meses -julio de 1956-, en esa magnífica revista literaria que con el curioso título de Papeles de Son Armadans fue a fundar a Mallorca, huyendo deliberadamente del ambiente oficial madrileño, ese gran escritor que es Camilo José Cela, éste escribió unas líneas sumamente elocuentes: «La voz del escritor encuentra -suele decirse, también suele callarse- su raíz más profunda y vivificadora en la independencia, esa humilde y lozana flor que brota en el áspero, en el umbrío -y deleitoso y juvenil- huerto de la rebeldía. Luchemos (o nos dejamos aplastar como un insecto, que tanto monta) por defender nuestra mínima verdad, aquella íntima y última escama que no nos es dado prostituir. Y abandonaríamos -se piensa, rectamente, por el escritor- la lucha, esta cruenta lucha, antes de mancillar el campo abierto y soleado de la verdad, el planeta donde la verdad, según Rostand quería, suena comme des éperons, retumba como el diáfano y bárbaro canto de las espuelas.»

¿Quién de nosotros, al leer esas líneas que nos llegan de la misma España, no siente la diástole de su alma y se apresuraría a suscribirlas, por ser expresión franca y pública de unos principios -el de la libertad del escritor, el de su independencia real, el de su derecho incontrovertible a errar y a expresar como verdad su propio error- que no han dejado un solo instante de ser los nuestros y que seguiremos defendiendo para oponernos a la oficialización, a la estatificación, a la burocratización del escritor, males todos ellos inherentes a todo régimen dictatorial, totalitario, enemigo por naturaleza de esas dos libertades imprescindibles, tan necesarias como el aire que se respira, que son la de pensamiento y la de expresión? Ambas son la conquista máxima de la civilización y sin ellas un pueblo es esclavo material y espiritualmente.

Otras voces no menos significativas hemos escuchado también en estos últimos tiempos, algunas de ellas procedentes del campo de la lírica, donde por cierto reinaba desde el final de la guerra civil un clima más bien monótono, consecuencia de una poesía en la que «lo de menos era la carne de las palabras y lo más el canturreo que pudiera dar sopor a los ojos fatigados de tres años de luchas y reblandecidos por la luz hiriente de una realidad cruda», sea dicho con las atinadas palabras empleadas por el catedrático de la Universidad de Oviedo don Emilio Alarcos Llorach, en su discurso inaugural del año académico 1955-56. «Tampoco habría que desechar -añadió el Sr. Alarcos- el posible temor de muchos poetas a ser sinceros.» Pero el caso es que ese temor, harto justificado, se fue perdiendo al correr de los años, y tras una tendencia puramente formalista, seguida luego de una poesía de tono religioso, llegó por fin una lírica más auténtica, más atrevida, en la que el poeta no se canta, sino que canta por todos los demás hombres. Es una poesía de profundo latido social.

Una de las figuras más interesantes de la actual poesía española, en la que lo más es la carne de las palabras, es Blas de Otero,


...hijo de una patria triste
y hermosa como un sueño de piedra y sol;
de un tiempo amargo como el poso de la historia,



según sus propias palabras. Su poesía es una constante exigencia de sinceridad, contraria a toda hipocresía, por lo que afirma no callar jamás:


Mis ojos hablarían si mis labios
enmudecieran. Ciego quedaría
y mi mano derecha seguiría
hablando, hablando, hablando.



Existe en Blas de Otero un afán de solidaridad humana con los hombres de nuestro tiempo que sufren «hambre y sed de justicia»,


He visto
espaldas astilladas a trallazos,
almas cegadas avanzando a brincos...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Bien lo sabéis. Vendrán
por ti, por mí, por todos.
Y también por ti.
Aquí no se salva ni Dios. Lo asesinaron.



Pero donde el inconformismo grita su verdad es en esta visión que de la España actual nos da el poeta, en franca oposición a la prefabricada idea de patria que ofrece el régimen:


Retrocedida España,
agua sin vaso, cuando hay agua; vaso
sin agua, cuando hay sed. «Dios que buen
vasallo,
si oviese buen...»
Silencio.



Donde pone «silencio» léase «señor», según el texto cidiano, y la alusión personal al Caudillo quedará bien clara. También lo está en esta otra parte del mismo poema:


Para qué hablar de este hombre si hay tantos que
       esperan
(españahogándose) un poco de luz, nada
más, un poco de luz
que apague la sed de sus almas.



La poesía actual de Blas de Otero -una de las más importantes revelaciones de la lírica española de postguerra-, superado ya su primer período de tremendismo y de angustia, es altamente serena, no obstante la pasión que la anima. En ella denuesta la España de nuestros días y canta con alegría a una España soñada, a una España del futuro. En esa España del futuro, donde reine la justicia y la libertad, soñamos también nosotros. Por eso el inconformismo de todos esos jóvenes españoles, que ansían un futuro mejor y que defienden orgullosamente su independencia de escritores, no puede dejar de hallar en nosotros un eco sonoro. Nuestros destinos son, a fin de cuentas, plenamente solidarios.

IGNACIO IGLESIAS




ArribaAbajo Nosotros también pedimos libertad

Comunicado de las Federaciones de Estudiantes Españoles


El deseo de libertad que actualmente sienten todos los estudiantes universitarios españoles se va plasmando, periódicamente, en manifestaciones y huelgas cada vez mas frecuentes. El SEU, que hace ya años perdió toda influencia en la vida estudiantil de algunas ciudades, como la de Barcelona, ha debido abandonar los últimos puestos que conservaba en otras, como la de Madrid, durante el último curso escolar. Ha quedado reducido a un organismo puramente administrativo que muere lentamente al margen de las aspiraciones y deseos de los estudiantes.

En la clandestinidad, cada vez con mayor potencialidad y empuje, siguen funcionando la «Federació Nacional d'Estudiants de Catalunya» y la «Unión de Estudiantes Vascos» («Euzko IKasle Alkartusana»). Por otra parte, como consecuencia de febrero, los estudiantes de Madrid han considerado necesario, recientemente, organizarse, a su vez, de forma clandestina y han creado la «Unión Nacional de Estudiantes Españoles», con ramificaciones en diversas universidades.

Estas tres organizaciones sindicales clandestinas, con constantes e íntimos contactos entre sí, son las que orientan y procuran encauzar los naturales sentimientos de la juventud.

Últimamente, al conocerse los tristes acontecimientos de Hungría, la opinión pública reaccionó en favor de aquel pueblo oprimido y se manifestó solidaria de aquellos hombres que se habían sublevado abiertamente contra una dictadura semejante a la que atenaza a España y que también se opone de una forma violenta a los deseos de libertad de un pueblo dominado por el terror.

En la Universidad de Barcelona, los estudiantes repartieron tracs en los que se afirmaba la simpatía y admiración que la juventud catalana sentía por la húngara, se hacía notar el fin común que ambas perseguían y se proponía una pública manifestación de solidaridad.

Así que tales propósitos fueron conocidos por el Gobernador Civil de Barcelona, Felipe Acedo Colunga (de triste memoria por su actuación como Fiscal militar en la revolución de Asturias de 1934), éste hizo llamar al Sr. Vigil, jefe del Distrito Universitario del SEU, y le ordenó que impidiese toda manifestación estudiantil, de la que le haría responsable, y que, según dijo, la policía tenía órdenes de reprimir a toda costa.

Al día siguiente, martes, 30 de octubre, los jeeps de la policía patrullaron sin descanso por las calles cercanas a la Universidad, al Hospital Clínico (sede de la Facultad de Medicina) y de la Escuela Industrial.

Como novedad, cabe señalar el «estreno» de una nueva brigada motorizada de policía, con emisor y receptor de radio en todos los coches, bombas de anilina, granadas lacrimógenas, etc.

Los estudiantes de Medicina se negaron a entrar en clase. Organizaron manifestaciones en el interior de su Facultad contra el SEU y en favor de la libertad.

En las otras Facultades también hubo manifestaciones y se iniciaron las luchas entre los estudiantes liberales y los falangistas. Estos últimos, muy inferiores en número a pesar de haber introducido refuerzos extrauniversitarios provinentes de la Guardia de Franco y de diversas Centurias, tuvieron que batirse en retirada. A pesar de ello, las clases en la Universidad continuaron con una casi total normalidad.

Desde la huelga general de 1951, los estudiantes de Barcelona no se habían vuelto a atrever a actuar individualmente. Recordaban demasiado bien las consecuencias que tales actos provocaban. Por ello era una masa la que se movía y, si bien la policía siempre responsabilizaba a algunos, debía hacerlo prácticamente a suertes, pues resultaba imposible descubrir a los verdaderos motores. Por regla general, las autoridades acostumbraban a detener y a castigar a aquellos muchachos con los que ya habían tenido anteriormente alguna relación, aunque en aquella ocasión concreta no hubiesen intervenido para nada.

Pero esta última vez las cosas se han planteado de distinta forma.

El miércoles los ánimos se hallaban muy exaltados. Todo el mundo esperaba que la agitación cristalizase en algo concreto. Los estudiantes se negaron a entrar en clase.

Por primera vez, después de muchos años, la certeza de sus propias fuerzas y la confianza en ellas constituían un bagaje espiritual de gran pujanza.

Se improvisan meetings en el patio de las estatuas de la Universidad. Los oradores reclaman libertad de prensa y de propaganda, la disolución del SEU, sindicatos libres, así como la libertad de Hungría. Los representantes del SEU intentan defender su posición. Hablan de la represión policiaca que se va a provocar y se oponen a que haya huelgas y manifestaciones. Son abucheados y no pueden terminar sus discursos.

Los estudiantes cantan la «Marsellesa» y el Himno de Riego. Se oyen gritos de «Viva la libertad», «Viva Cataluña», «Vivan los estudiantes», «Mueran las dictaduras». A los policías que patrullan ante las puertas de la Universidad les cantan «Dónde están las porras..., materile, -rile, -rile».

Aprovechando que el jueves es día festivo, el Rector ordena que se cierre la Universidad el viernes y el sábado, para ver si con estos días de descanso se calman los ánimos.

Pero al lunes siguiente los estudiantes se negaron nuevamente a entrar en clase. La Universidad se hallaba totalmente rodeada por la policía que impedía el tráfico por la acera próxima. Para entrar en la Universidad se exigía la presentación del carnet de estudiante o de Falange.

En el interior del recinto estudiantil continuaban los meetings, gritos y cantos alusivos. Dos policías que intentaron entrar fueron apaleados y expulsados. Poco antes del mediodía, de nuevo unas docenas de policías intentaron, infructuosamente, entrar en la Universidad. Los estudiantes defendían celosamente su feudo.

Poco después se presentó ante la Universidad el Gobernador Civil en persona. Por un momento los estudiantes temieron que el Rector de la Universidad de Barcelona, Sr. Buscarons, saliera a recibir al ilustre visitante y dejara entrar al «carnicero de Asturias» y a su gente. En vez de ello, el Sr. Buscarons continuó encerrado en su despacho, sin definir cuál era su posición ante los acontecimientos que se estaban desarrollando.

Los estudiantes, desde las ventanas, lanzan proyectiles al Gobernador. Cascotes de tiestos, piedras, cuanto cae en sus manos es apto para probar la puntería. Se oyen gritos contra el Gobernador Civil, contra la Falange y contra el SEU. Se solicita insistentemente la libertad de sindicación y la de prensa y propaganda.

El Gobernador Civil se ve obligado a retirarse sin haber conseguido otra cosa que enardecer aún más los ánimos.

Ilustración

Hacia la una, los estudiantes consiguieron romper el cerco de policía. Continuaron la manifestación por la calle. Intervino la Fuerza pública. Fueron arrestados unos cincuenta estudiantes, que fueron conducidos y confinados en los locales de Jefatura Superior de Policía.

El martes la Universidad continuaba sitiada. En su interior los estudiantes continuaron con los meetings, discursos, gritos subversivos, cantos y demás manifestaciones de protesta. Junto con las demandas habituales, exigían la libertad de los estudiantes arrestados.

Hacia las once, un gran silencio: los estudiantes salieron en masa de la Universidad, con intención de dirigirse hacia los locales de Jefatura a fin de exigir la libertad de sus compañeros. La policía intervino violentamente. Tres estudiantes fueron heridos de cierta gravedad. Otros muchos fueron arrestados. El resto tuvo que refugiarse nuevamente en la Universidad. En señal de protesta, las campanas de la Universidad voltearon toda la mañana.

El caso se planteó en el Consejo de Ministros. Blas Pérez, ministro de Gobernación, se mostró especialmente partidario de una dura represión.

El miércoles, 7 de noviembre, por orden del Jefe del Estado, se cierran, hasta nueva orden, la Universidad de Barcelona, la Facultad de Medicina, la Escuela de Comercio y la Escuela Industrial.

El sábado, una comisión de estudiantes fue a visitar al Rector de la Universidad. Se comprometió, en nombre de todos, a reanudar normalmente las clases a condición de que previamente fuesen liberados los dieciocho estudiantes que seguían arrestados. El resto de los que habían pasado por Jefatura ya habían sido puestos en libertad.

El lunes, cumplida la condición impuesta, se reanudaron las clases.

El mismo día se supo que, por orden del ministro de la Gobernación, se habían impuesto multas que oscilaban entre mil y veinticinco mil pesetas a los dieciocho estudiantes a los que se acusaba de ser responsables de los acontecimientos ocurridos.

Estas multas serán pagadas por suscripción entre los estudiantes pues todos se sienten solidarios de la acción realizada. Además, ya se han recibido algunos donativos del interior y de exilados.

A pesar de que los anteriores acontecimientos han sido cuidadosamente silenciados por toda la prensa -incluso por la de Barcelona-, al ser conocidos han producido hondo malestar en todas las Universidades.

En Madrid, los estudiantes se reunieron ante la Delegación húngara en el exilio, para manifestar su solidaridad con los estudiantes magiares. Fueron atacados por la policía y dispersados.

También, con ocasión de la muerte de D. Pío Baroja, la juventud madrileña ha manifestado abiertamente los deseos de libertad que tiene.

Los ánimos están muy exaltados y se comenta con indignación la hipocresía del régimen que, a pesar de hacer grandes declaraciones en favor de los húngaros y de la causa que defienden, arresta y castiga a los estudiantes españoles que luchan por las mismas reivindicaciones que los estudiantes del heroico pueblo de Hungría, obstaculizando incluso las naturales manifestaciones contra los crímenes cometidos por el ejército soviético.

FEDERACIONES
DE ESTUDIANTES ESPAÑOLES
DELEGACIÓN AL EXTERIOR

(Firmado.)


MANIFIESTO DE LOS ESTUDIANTES

Los estudiantes de la Universidad de Barcelona han repartido unas octavillas que dicen:

«Se ha pedido a gritos la libertad de nuestra Universidad. Los hechos no han sido fruto de la casualidad sino que han constituido el exacto reflejo de un estado de opinión. Este deseo de libertad debemos concretarlo en una serie de puntos positivos y obtenibles, dentro de las circunstancias.

Nosotros, estudiantes universitarios, pedimos:

1. Libertad de expresión y de pensamiento, dentro de la Universidad. Creación de tribunas de estudiantes que dependan de manera directa del claustro, no del sindicato.

2. Libertad de asociación y la convocatoria en un plazo mínimo de un Congreso nacional de estudiantes, independiente de la organización que tan burdamente se atribuye la representación estudiantil.

3. Adopción de las medidas necesarias para que el ingreso a la Universidad sea asequible, y no en forma ficticia, a todas las clases sociales.

4. Libertad para los detenidos, cuyo único delito ha sido el de manifestar públicamente la realidad de una situación existente en la Universidad.

Declaramos esto para que todo el mundo sepa que los estudiantes sabemos lo que queremos y que toda represión a nuestras manifestaciones irá solamente contra la más elemental justicia.»

Barcelona, noviembre de 1956.






ArribaAbajo La era de Trujillo

Jesús de Galíndez


«Todo se lo debemos a Trujillo»


-Letrero a la puerta del manicomio de Nigua, R. D.                


Estilo personal del tirano

Sería incompleto el estudio del régimen político trujillista si no le agregara un toque humano. Precisamente porque es una tiranía tan personal, es preciso analizar brevemente al hombre.

Para resumir este capítulo bastaría con transcribir cualquiera de los pies impresos en la República Dominicana cada vez que se reproduce la fotografía de Trujillo. En los Estados Unidos, su Presidente Roosevelt era simplemente citado como «F. D. R.» y el actual Presidente Eisenhower es «Ike». En la República Dominicana se requieren varias líneas de tipografía: Su Excelencia el Generalísimo Doctor Rafael Leonidas Trujillo Molina, Honorable Presidente de la República (cuando lo es), Benefactor de la Patria, Reconstructor de la Independencia Financiera de la República; ahora que no es Presidente, la cita es más larga, pues hay que ponerle un «ex» y además agregar: Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. A veces hay que mencionar a continuación: Primer Obrero, Primer Maestro, Primer Periodista...

Si de sus fotos pasamos al país mismo, en cualquier mapa pequeño encontraremos que la capital es Ciudad Trujillo, que hay una provincia Trujillo, otra provincia Trujillo Valdez, que la montaña más alta es el Pico Trujillo... En mapas más detallados encontraremos hasta poblados con nombres de la «familia real»; y en los croquis de ciudades se multiplicarán las calles y plazas con idénticos nombres.

Esta megalomanía personal tiene réplica perfecta en la vida de los negocios. No hay ninguno de importancia en que no aparezca de un modo u otro su nombre, para cobrar pingües beneficios. Peculado que beneficia a otros miembros de su familia, y a los favoritos de turno. Lo que nos lleva a otras dos características del régimen, el nepotismo y el servilismo.

Yo simplificaría todos los títulos de Trujillo en uno solo: es el Primer Propietario de la República Dominicana, su granja alcanza al país entero. Por eso no gobierna, sino que dispone de haciendas y vidas como le place.

Megalomanía

El material disponible es tan abundante, que el problema es resumirlo en pocos párrafos. Comenzaré por los títulos oficiales y permanentes de Trujillo que deben repetirse protocolarmente por orden en que los cito. El rango de Generalísimo le fue conferido por una Ley del 26 de mayo de 1933. El grado de Doctor (honoris causa) le fue conferido por el claustro universitario el 8 de octubre de 1934, en virtud de una Ley del día 3 creándolo. El título de Benefactor de la Patria le fue conferido por una Resolución del Congreso en fecha 11 de noviembre de 1932. Y el título de Restaurador de la Independencia Financiera le fue conferido por Ley del 2 de noviembre de 1940.

En un rango inferior, pero igualmente oficial, podemos mencionar otros títulos y rangos que periódicamente se le atribuyen a Trujillo cuando no es Presidente. Así el 21 de enero de 1942 fue proclamado Jefe Supremo del Ejército y la Armada, y el 16 de agosto de 1952 fue proclamado Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de la República (el mismo día que se juramentó Héctor como Presidente). Así también, sus repetidos nombramientos como Embajador Extraordinario cada vez que sale en viaje de placer; y hasta su fugaz designación como Delegado ante las Naciones Unidas a fines de 1952, y como Ministro de Relaciones Exteriores a comienzos de 1953, al solo efecto de darle prestigio oficial durante su estancia en Estados Unidos.

Agregaré su nombramiento como catedrático de Economía Política de la Universidad de Santo Domingo, en diciembre de 1940; cátedra que jamás ha ocupado ni por un solo día.

La lista sería inacabable si descendiéramos a minucias. En octubre de 1931 se le proclamó «hijo benemérito» de la ciudad de Santo Domingo; y en abril de 1939 se otorgó a San Cristóbal el rango de «ciudad benemérita» por haber nacido en ella Trujillo. En diciembre de 1936 se decidió celebrar cada 11 de enero como «Día del Benefactor»; en octubre de 1938 se decidió celebrar cada 24 de octubre, por ser su cumpleaños y onomástico; y en marzo de 1941, se acordó celebrar también cada 16 de agosto, como aniversario del comienzo de la Era; agréguense los repetidos Días de Fiesta Nacional cada vez que Trujillo regresa de un viaje. Y no puede faltar en este apartado que el año 1955 ha sido proclamado oficialmente como «Año del Benefactor» para festejar los 25 años de su Era; con este motivo se le entregará el 16 de agosto una nueva condecoración, el «Gran Collar de la Patria» formado por 25 eslabones enjoyados, uno por cada año de la Era.

Lugar preeminente entre todos estos honores dominicanos merecen las designaciones de lugares geográficos con su nombre. Destaca el rebautizo de la capital (Santo Domingo de Guzmán desde su fundación por Colón en 1496) como Ciudad Trujillo, por Ley del 11 de enero de 1936. A su lado podemos colocar la creación de la Provincia Trujillo por Ley de octubre de 1932, aunque no entró en vigor hasta aprobarse la Reforma Constitucional de 1934; la creación de las provincias Benefactor y Libertador en 1938; la creación de la provincia San Rafael en 1942; agregaré el nombre de Pico Trujillo dado a la montaña más alta de la isla por Ley del 21 de septiembre de 1936. Y no quiero entrar en el Puerto Trujillo, los puentes, carreteras, plazas, paseos, etc., porque sería una relación inacabable.

Hasta ha merecido honores literarios; en julio de 1938 se le concedió el «Premio Anual del Libro». Para finalizar, unas palabras sobre sus condecoraciones extranjeras. La primera que recibió fue el Gran Collar del Libertador, otorgado por el dictador venezolano Juan Vicente Gómez en 1931. Después se han multiplicado, a veces con procedencias y nombres sorprendentes. Tenemos una relación oficial de las recibidas hasta 1947, pues este año Trujillo decidió que el Congreso le impartiera una autorización general para usarlas, pese a que hasta entonces se había prescindido de este requisito que la Constitución exige a todo dominicano cuando se trata de condecoraciones extranjeras; he aquí la lista de las mencionadas en esa Resolución del Congreso, fechada el 26 de enero de 1947: (sigue una relación de 32 condecoraciones).

Es de suponer que desde 1947 hasta la fecha haya aumentado considerablemente la colección. Las últimas condecoraciones de que tengo noticia le fueron otorgadas durante su último viaje a Europa en el verano de 1954: el dictador español Franco le impuso el Collar de la Orden de Isabel la Católica, y el Papa le concedió la Gran Cruz de la Orden Piana.

Dudo que ningún tirano haya coleccionado jamás una serie tan pintoresca de títulos, condecoraciones y honores.

Peculado

Cualquiera de los libros escritos contra Trujillo dedica varias páginas a detallar sus negocios. Este aspecto de su fabulosa actividad es un secreto a voces en la República Dominicana; pero como ocurre con todos estos secretos conocidos, lo difícil es probarlos con fuentes y cifras. No creo que nadie pueda lograrlo por completo hasta que un día su régimen se derrumbe y sea posible indagar en los archivos.

Entre esos libros contra Trujillo el que precisa más datos es Una satrapía en el Caribe, firmado con el pseudónimo de Gregorio R. de Bustamante. Yo he visto dos cartas escritas en México y dirigidas a Nueva York para gestionar su traducción inglesa, en que se afirmaba que su verdadero autor es José Almoina; Almoina fue secretario particular de Trujillo desde 1945 hasta 1947.

A mi juicio la única prueba que hoy se puede ofrecer de este peculado de Trujillo es un simple cálculo aritmético. Multiplicar los años que ha pasado en diversos cargos públicos por el sueldo oficial que le correspondió en ellos2; si se compara el resultado agregando todos los intereses que normalmente se quiera, con el lujo fastuoso de este hombre y sus gastos conocidos, se verá que no es posible comprenderlos sin un milagro de la Providencia, la lámpara de Aladino, o el peculado más descarado.

Como ya dije antes, Trujillo es el primer hombre de negocios del país. Y además es preciso reconocer que algunos de esos negocios han beneficiado la economía general.

Pero todos y cada uno de esos negocios han rendido pingües beneficios personales a Trujillo; y además su éxito ha sido logrado gracias a un monopolio, legal o violento, declarado o de hecho, absoluto o parcial, pero siempre impuesto gracias a su tenencia del Poder. Esto se llama peculado en cualquier lenguaje civilizado.

Voy a detallar aquí algunos de esos negocios que en la República Dominicana conocen todos.

La sal. Todos los autores, sobre todo los dominicanos que fueron contemporáneos de la ascensión de Trujillo al Poder en 1930, suelen mencionar como su primer negocio, cronológicamente, el monopolio de la sal impuesto por una Ley de 1932. Antes de 1930 explotaba las salineras del sur de la República una Compañía dominada por la familia Michelena. Esa Ley de 1932, considerando que las salineras «están amenazadas de agotarse», prohibió extraer más sal de ellas incluso en las concesiones anteriormente hechas a particulares y municipios. Trujillo estableció una «Compañía Salinera C. por A.», de tipo privado bajo protección oficial. Todos los autores que tratan del asunto, así como el conocimiento general en la República Dominicana, califica esta Compañía como negocio privado de Trujillo y base inicial de su fortuna.

Los seguros. Otro de los primeros grandes negocios de Trujillo que se citan en muchos libros es la «Compañía de Seguros San Rafael», organizada a fines de 1932 a raíz de haberse aprobado la Ley sobre Accidentes del Trabajo. En este caso el propio nombre de la Compañía denuncia al propietario, así como el hecho de que su primer presidente fuese Teódulo Pina Chevalier, tío de Trujillo y miembro del Gabinete. Esta Compañía se erigió en el acto en monopolio casi total de hecho, para lo cual no se vaciló en eliminar una Compañía norteamericana previamente establecida con semejantes propósitos, la «Víctor Insurance Co.» de Víctor Braegger.

La leche. El primer gran negocio visible de Trujillo fue el clásico de la isla de Santo Domingo, el pastoreo de vacas y el aprovechamiento de sus productos. Cualquiera que vaya a la República Dominicana puede ver en la ciudad de San Cristóbal la inmensa «Hacienda Fundación», donde el dictador gusta de pasar muchos días y a menudo lleva a sus huéspedes de honor complaciéndose en exhibirles la excelencia de sus vacas y caballos. Trujillo es sin disputa el mayor granjero de la República Dominicana, y por muchos años pudo obtener una substanciosa suma de la venta de la leche y otros productos de la ganadería en competencia normal. Pero no le bastó con esa competencia más o menos legítima, y hace una docena de años implantó un control oficial de la venta lechera que de hecho le atribuyó otro monopolio parcial, mejor dicho una prioridad hasta el límite que alcance la producción de la «Hacienda Fundación» y otras granjas de su propiedad particular. Es la llamada «Central Lechera», establecida legalmente con el pretexto de garantizar la pureza de la leche.

El tabaco. Cuando Trujillo ocupó el Gobierno existían en la República Dominicana dos compañías productoras de cigarrillos en competencia, la Tabacalera Dominicana, cuyo principal accionista era Anselmo Copello, y el Faro a Colón, cuyo principal accionista era el Cónsul honorario de Italia Amadeo Barletta. La segunda fue eliminada de hecho a raíz de la conspiración de 1935 en que se dijo estaba complicado Barletta, a quien se encarceló y condenó a una pena de prisión aunque seguidamente fuese indultado por la presión del Gobierno italiano. Copello fue más dúctil y aceptó cederle a Trujillo una mayoría de acciones en la Tabacalera Dominicana; en recompensa fue designado Embajador dominicano en Washington a fines de 1943. La Tabacalera Dominicana tiene hoy un monopolio de hecho sobre la producción nacional, y está protegida contra la competencia extranjera por fuertes impuestos de importación.

Nuevas industrias. Son bastantes los casos de nuevas industrias establecidas en el país con capital privado de Trujillo, que actúan en forma de Compañías Anónimas dirigidas por alguno de sus favoritos. Citaré la «Aceitera Dominicana», la «Cervecera Nacional», la Fábrica de Cementos organizada hacia 1947, y otras fábricas menores como la de jugos de frutas, sacos y cordelería, chocolates, etc.

Con frecuencia estas fábricas ayudan parcialmente a la economía general del país, pues sus productos parecen más baratos que los importados, pero siempre en esa diferencia de precios hay que tener en cuenta la protección fiscal de fuertes impuestos de importación, y siempre también el principal beneficiario es su capitalista mayor Rafael L. Trujillo Molina.

Manufacturas y negocios tradicionales. En otros casos Trujillo, solo o con sus parientes cercanos, ha montado en mayor escala su propia fábrica de alguna de las manufacturas tradicionales del país, o su propio comercio para importar y vender bienes de consumo generalizado; siempre en condiciones de privilegio que le sitúan muy por encima de la competencia ordinaria. En este orden podemos citar la fábrica de zapatos «FADOC» (Fábrica Dominicana de Calzado), beneficiándose de fuertes impuestos sobre el calzado importado y la venta segura de calzado y correajes para el Ejército; la fábrica de muebles criollos «La Caobera», la «Ferretería Read», que especialmente durante la guerra hizo negocios fabulosos aprovechando la escasez de algunos materiales, sobre todo de construcción, y la «Caribbean Motors Co.» para la importación de automóviles y accesorios, agencia que también se benefició primero de procedimientos de persecución para reducir al mínimo la competencia y después aprovechó durante los años de la guerra el mismo uso de controles y prioridad que benefició a la Ferretería Read.

Productos naturales y exportación.- Parecidas tácticas ha utilizado Trujillo en la cosecha y exportación de ciertos productos naturales dominicanos. Se suele citar la producción de arroz multiplicada durante la Era, de tal modo que de ser país importador de arroz asiático la República Dominicana ha pasado a ser exportadora del mismo, en mejora que en cierto modo beneficia la economía nacional, pero que se dice ha beneficiado aún más el bolsillo personal de Trujillo, la producción maderera, el comercio de exportación del cacao, el segundo producto dominicano a renglón seguido del azúcar, que tradicionalmente estuvo muy repartido entre propietarios pequeños.

Negocios bancarios. Ignoro exactamente cómo juega la intervención personal de Trujillo en el nuevo sistema bancario dominicano, una de las formas de actuación que ya me han sido referidas es que Trujillo presta capitales propios a estos Bancos para que a su vez los utilicen a préstamos particulares, cobrando Trujillo una parte substancial del interés que el Banco recibe de sus deudores; es decir, sería un negocio en apariencia legítimo si no fuese por el origen mismo de todo el sistema y la mezcla de gobernante-prestatario. En menor escala se dice también que dinero de Trujillo o de familiares cercanos juega en la operación vulgarmente conocida como «el banquito», es decir, la venta a primeros de mes del futuro sueldo de los empleados públicos a cambio de un descuento3.

El azúcar. Deliberadamente he dejado para final mención este reciente aspecto de la vida de negocios de Trujillo. El negocio del azúcar estaba casi totalmente en manos de Compañías norteamericanas, salvo alguno de la familia Viccini, dominicana de origen italiano. Al terminar la guerra Trujillo decidió entrar en el negocio, montando Ingenios propios nuevos o adquiriendo alguno de pequeña importancia hasta entonces; el Ingenio que recibió mayor importancia en la prensa fue el Central Río Haina, para facilitar cuyas operaciones se construyó un puerto artificial en la desembocadura de este río.

Bustamante, en su libro Una satrapía en el Caribe, es quien da más detalles concretos (con referencia individual a las Gacetas Oficiales correspondientes) sobre algunas de las medidas oficiales que han facilitado esos negocios fabulosos. La principal fue el Control sobre Importaciones y Exportaciones establecido durante la pasada guerra, con el pretexto del estado anormal de la economía continental.

A más de este control general, se establecieron numerosísimos controles particulares sobre distintos ramos, sobre todo de la importación. Una consecuencia de este sistema rígido fue conceder cuotas monopolísticas o de prioridad a las firmas con capital privado de Trujillo, o a las que beneficiaban a sus familiares y favoritos.

Sólo así es posible explicarse las residencias privadas del Jefe en todo el país, sus viajes al extranjero, sus fiestas de archimillonario, sus regalos, su propaganda en el extranjero...

Adulación y servilismo

Al comenzar cada curso en la Escuela Diplomática y Consular de la República Dominicana practicábamos un examen de ingreso para seleccionar los candidatos; hacíamos preguntas fáciles y difíciles con distinta valoración: y un año la pregunta más difícil versó sobre las «Civilizaciones pre-colombianas en América». Un candidato no vaciló en responder así: «La civilización pre-colombiana más importante en América es la República Dominicana en la gloriosa Era de Trujillo.»

Esta anécdota revela perfectamente el ambiente de adulación y servilismo que impera en la República Dominicana bajo Trujillo. Este muchacho no había aprendido en las escuelas primarias y secundarias nada acerca de las primitivas culturas del Nuevo Mundo, lo que sólo demostraría un vacío en su cultura; pero además había sido entrenado desde chiquitito en el culto oficial a Trujillo.

Esta técnica de la propaganda no diría que sigue propósitos totalitarios, pues no van encaminados hacia ninguna concepción estatal sino simplemente personal. Pero en los métodos repite técnicas usuales en la Rusia de Stalin o en la Alemania de Hitler. Todos los aparatos de propaganda y de educación van encaminados a imbuir en las mentes la única idea de que Trujillo es un genio al que todo se debe.

Basta pasear por las calles de Ciudad Trujillo o del poblado más remoto, hojear las páginas del diario o de un libro, escuchar las canciones en un baile. Trujillo, Trujillo, Trujillo...

Su retrato aparece por doquiera, y nada más que su retrato. «Dios y Trujillo», «Trujillo siempre» repiten los anuncios. Nada se hace en la República Dominicana que no sea «por iniciativa del Generalísimo»...

A veces esta adulación se transforma sin quererlo sus autores en cruel ironía. Tal supone el letrero que yo mismo vi a la puerta del manicomio de Nigua: «Todo se lo debemos a Trujillo.»

(Continuará.)

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Arriba Editorial

Libertad o anarquía


Nuestro editorial del pasado mes terminaba diciendo: «Acaso un día el pueblo español, recordando la protesta hecha hoy por el general Franco sobre las libertades de Hungría, salga por las calles pidiendo las suyas detenidas por él. ¿Cuál será la respuesta del General?»

Pues bien, la respuesta no se ha hecho esperar. Los estudiantes de la Universidad de Barcelona y los de Madrid, solidarizándose con la lucha del pueblo húngaro por su libertad, han querido manifestar esa solidaridad, con lo que no hacían sino secundar las palabras del general Franco en la entrevista concedida al director de la Associated Press y que nosotros reprodujimos.

En Madrid las manifestaciones estudiantiles fueron disueltas pacíficamente por la policía, pero en Barcelona fue reprimida brutalmente por la fuerza pública al mando del propio Gobernador Civil de Cataluña, Sr. Acedo Colunga. Los estudiantes -como se encontrará descrito al detalle en otro lugar de nuestra revista- pretendieron, al mismo tiempo que solidarizarse con la viril actitud del pueblo húngaro, pedir también sus propias libertades: libertad de asociación, libertad de expresión en las aulas y libertad de cultura. Las autoridades del Gobierno franquista han dado una respuesta a la pregunta formulada por nosotros. A la petición de libertad de los estudiantes han contestado los representantes del general Franco con represiones, violencias y encarcelamientos.

Pero sería ingenuo de nuestra parte pretender que la experiencia de un país sea válida para otros. Las experiencias, lo mismo los hombres que los pueblos, han de sufrirla en su propia carne. Pero lo que sí está claro, lo que aparece con meridiana luz, es que ha terminado una etapa y que esta etapa se cierra con la condena universal de Rusia y sus procedimientos.

Ha terminado la atracción que el comunismo ruso ha ejercido en las masas juveniles y otra etapa se inicia: la del resurgimiento de lucha abierta por la libertad en aquellos pueblos sometidos a la tiranía de un hombre o de un grupo. La libertad nacional y la libertad individual son los objetivos de esta nueva lucha entablada por la juventud. La libertad nacional está sojuzgada no sólo en aquellos países en que una fuerza extranjera mantiene su dominación contra la voluntad de los naturales del país, sino también en aquellos otros países en los que una fuerza interior, militar o civil, impide el desarrollo de la libertad individual y colectiva e impone normas de gobierno y de vida nacional al margen de y contra la voluntad nacional. Así en España.

No somos visionarios ni cultivamos el optimismo en estufa, los hechos señalan que una nueva etapa comienza. Las masas que se han levantado en Hungría contra el comunismo ruso y que lo han disfrutado durante largos años se levantan hoy contra el dominio extranjero y contra las normas comunistas que han regido el país durante ese periodo. Y los mismos que creían en las doctrinas comunistas dan su sangre por deshacerse de ese dominio y establecer su vida nacional sobre otras bases.

El turno llegará a otros países que sufren moral y materialmente un régimen dictatorial. En España, donde los individuos de menos de 30 años desconocen en absoluto la razón y los objetivos de la lucha que sostuvieron sus padres y hermanos, han surgido y continúan surgiendo voces por la libertad, voces de esa juventud que ha seguido al general Franco durante 18 años, que ha creído en el franquismo, que ha esperado que el franquismo resolviera sus problemas, que no ha podido ser influenciada por teoría alguna en contra, y es ella misma la que, al igual que la juventud húngara, pide hoy, y clamará mañana con energía incontenida, sus libertades nacionales e individuales sojuzgadas por los poderes dictatoriales que les ahoga.

Pero habrá que jugar la partida con los dados que tenemos sobre el tablero: la potencialidad de los opresores y la decisión de los oprimidos de romper el círculo infernal en que están encerrados. Polonia y Hungría muestran esa decisión, decisión firme y desesperada que los ha de llevar a la libertad o les ha de sumir en la anarquía. La responsabilidad de las fuerzas opresoras es total al pretender oponerse con sus hierros candentes a la evolución de ese nuevo ciclo histórico que comienza y que ninguna fuerza podrá reprimirlo. Esa nueva forma de vida pugna por establecerse, una forma libre que se abrirá camino dentro de una libertad nueva.

De los propósitos de esas fuerzas que tratan de impedirlo y de la actitud que adopten los países democráticos depende el que vayamos a una era de paz o desemboquemos en un periodo de anarquía.



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