París, 3 de septiembre, 2½ de la tarde.
Castelar ha realizado mis sospechas.
No sé qué hacer. Para colmo, La. no me ha dado aún sino la mitad de lo que L. me dio por su conducto.
Cerradas las bibliotecas, se han cerrado para mí todas las puertas de la distracción, y a las amarguras de la pobreza, tengo que añadir las del viajero desposeído de su trabajo. Ya buscando ocupaciones, fui el martes por la noche a la conferencia anunciada en el club de libreros jóvenes, Boulevard Montparnasse 102. Si no fuera por la absoluta pereza intelectual, relataría las impresiones de esa noche, pues no quiero que se me olvide el propósito que formé de establecer en Puerto Rico ese medio de educación popular.
[...] Toda mi actividad es por eso inútil. No tanto, sin embargo, como juzga mi odio a las cosas inútiles. No lo es nunca conocer a los hombres entre quienes se ha cruzado y acaso se tenga que cruzar la vida, y directamente y por mí mismo veo y juzgo, en [...], en Pi, en Fernández de los Ríos, en Olózaga, en Parsad (?), en Sagasta, en Ruiz Zorrilla, lo que piensan de sí unos de otros, no sólo me es útil para el presente, sino para el porvenir.
[...]6
Sr. Director de El Universal7, Muy señor mío: Puesto que es usted de los pocos que conocen en la Península el verdadero estado político de las cada vez más infelices Antillas españolas; puesto que es usted de los pocos que saben hasta qué punto sería ilógica la revolución, si no se llevaran a Puerto Rico y Cuba las ideas que han transformado en quince días a España; puesto que es usted de los pocos que ven, pues ya se ve el peligro que habría de no acabar la justicia que reclama para las islas trasatlánticas la vida de libertad y de derecho inicuamente negada a una y otra; y puesto que, más feliz que el mío (El Progreso) sobrevive su periódico a los tiempos oscuros que todos hemos contribuido a esclarecer, consienta Ud. en que me sirva de El Universal para exponer la situación de aquellos pueblos y para definir los deberes que está obligada a cumplir en ellos la revolución. Revolucionario en las Antillas como activa y desinteresadamente lo he sido, lo soy y lo seré en la Península; como debe serlo quien sabe que la revolución es el estado permanente de las sociedades, quien no puede ocultarse del movimiento, sin tener la necesaria propensión de las ideas a realizarse; revolucionario en las Antillas, forzosamente estacionarias y forzadamente propensas a moverse, quiero para ellas lo que he querido para España. Y así como lo primero que quería para España era dignidad, cuya falta me angustiaba, y más que otra cosa me obligo a emigrar, así lo primero que quiero para Puerto Rico y Cuba es dignidad. A esa premisa radical corresponden consecuencias radicales: por eso creo, por eso sé que Cuba y Puerto Rico no pueden estar contentas de su madre patria ni de sí mismas, hasta que se haya abolido la esclavitud y constituido en cada una de ellas un gobierno propio. Sin igualdad civil, sin libertad política no hay dignidad; sin dignidad no hay vida. Las Antillas no viven, languidecen, como languidecía la tenebrosa España de Isabel de Borbón. Por ansia de libertad y de justicia contribuí en cuanto pude a la maravillosa transformación que, aun esperada en la razón, me asombra en la realidad; por ansia de justicia y libertad quiero contribuir en cuanto pueda a la transformación de aquellas dos islas generosas: a este fin escribiré estos artículos. En ellos me ocuparé principalmente de Puerto Rico, no sólo porque lo conozco mejor, sino también porque es la menos rica de las dos Antillas, y los gobiernos como los individuos se ocupan más de los ricos que de los pobres. |
LOS TRASTORNOS DE PUERTO RICO
Para que haya empuñado las armas un pueblo tan pacífico, que si más de una vez ha protestado contra el gobierno que siempre lo ha agobiado, sólo se había servido de ellas para rechazar heroicamente las invasiones extranjeras y para coadyuvar con sus hermanos, los jefes de Santo Domingo al triunfo de Palo Hincado, que acabó con la dominación de los franceses;
Para que se haya armado un pueblo tan sumiso, tan paciente, tan por encima de los estímulos irreflexivos de la ira; para que haya empezado a disolverse aquella sociedad basada en la injusticia política, económica, social y administrativa, en la desigualdad y en la arbitrariedad, en el fanatismo del principio de autoridad, y en el despotismo religioso;
Para que se haya esclarecido el interés conservador, mantenedor en todas partes de todas las tiranías; para que a ese interés se haya presupuesto el santo interés de la conservación social, correspondiente en los pueblos al derecho de vida en los individuos;
Para que al heroísmo pasivo que heredaron de los indios suceda en los puertorriqueños la movilidad heroica de los españoles, es absolutamente necesario que las causas permanentes de justo, de moderado descontento, hayan llegado ya a aquel término funesto para gobernantes y gobernados del cual no pueden pasar sin sucumbir unos y otros.
Se ha llegado a este término funesto.
Al militarismo depresivo en el gobierno; al abuso sistemático en la administración económica; a la constante prevaricación en la justicia; al discrecionalismo en la legislación, han añadido la violencia y el sarcasmo en el cobro del impuesto.
Cuando contribuyendo la naturaleza a la desgracia de la Isla, destruyó en un día el huracán su riqueza agrícola y con terremotos incesantes su riqueza urbana, en vez de suspender el cobro de las contribuciones, se hizo más violento el cobro; en vez de sustituirlas con un arbitrio, con un empréstito que dejara al porvenir la reparación de los males del presente, se transforma el sistema indirecto en directo, y esto sin preparación, sin plan, sin otro fin que aumentar el producto del impuesto, que se triplicó. Este aumento, que coincidía con la primera miseria pública en la Isla ¿qué otra base podría tener que la ruina, el hambre, la desesperación? Sucedió lo que debía suceder: ciego de espíritu o sordo de corazón es el que sabiendo esto no haya comprendido el telegrama oficial que noticia los disturbios ocurridos en la pacífica Isla de Puerto Rico.
Este es el mal, éstas son las causas, ésos son sus efectos. Todo mal lleva consigo el remedio.
Por eso no me detengo a explicar los que propongo, los que pido en la adjunta exposición que quiero dirigir públicamente.
AL GOBIERNO PROVISIONAL
Hondamente conmovido por la noticia de los trastornos ocurridos en mi patria; con clara conciencia de los orígenes del mal; enérgicamente estimulado por la absoluta convicción de que la responsabilidad de cuanto haya acontecido y puede acontecer en Puerto Rico, debe caer hoy ante el Gobierno, como caerá mañana ante la historia, sobre el despotismo constitucional de aquel país, y sobre los déspotas que lo personifiquen; el puertorriqueño que suscribe pide resueltamente al Gobierno provisional:
- Que valiéndose del telégrafo trasatlántico, ordene la suspensión del cobro de contribuciones, en tanto que el crédito público arbitra los recursos necesarios;
- que, empleando también el telégrafo, ordene la suspensión de los juicios militares, e impida así el derramamiento de sangre;
- que convoque inmediatamente a Cortes Constituyentes los diputados que designe en Puerto Rico el sufragio universal de hombres libres;
- que declare su absoluta disposición a respetar y ejecutar el voto de la Isla, expresado por su representante;
- que entregue la dirección pública de la Isla a un Gobernador Civil, hijo del país y residente en él, auxiliado por una Junta administrativa, provisional, elegida por los Ayuntamientos y los mayores contribuyentes de la Isla;
- que disuelva el Consejo de Administración y suprima los Corregimientos;
- que aplique inmediatamente a la Isla los decretos de 12 y 14 del corriente mes, relativo el primero a comunidades religiosas y el segundo a enseñanza; aquel en su integridad, suprimiendo en éste los artículos 12 y 15;
- que acepte inmediatamente para Puerto Rico y la ejecute allí, la proposición en que la Junta Revolucionaria Superior aboga por la libertad de vientre;
- que fije un plazo para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico;
- que se limite la autoridad militar a las funciones meramente militares que le competen;
- que destituya al Capitán General, al Intendente y a todos los altos empleados de la Isla, causa de todos los peligros que amenazan la integridad nacional.
Seguro del eminente servicio que presto a la madre patria, seguro también de la posibilidad de lo que pido; creyendo que esto es lo que pide la maltratada Isla de Puerto Rico, que cumple hoy con el deber de dirigirse al Gobierno provisional, debo declarar que el paso que ahora da es en sí de formidable trascendencia.
Medítelo el Gobierno provisional, resuélvase a satisfacer las exigencias de la justicia, torpe y sistemáticamente conculcada en Puerto Rico, decídase a ejercer resueltamente el poder revolucionario que una acción de la dignidad española ha puesto en sus manos; destruya la absurda inconsecuencia tradicional, que a principios del siglo en la América continental y a mediados de él en la insular, gobernaba con el despotismo allende, en tanto que aquende el mar gobernaba con la libertad, y el Gobierno provisional habrá hecho lo necesario para ser digno de seguir desenvolviendo en la gloriosa revolución del espíritu latino el gobierno digno de la España nueva.
Madrid, 1868.
LA ISLA DE PUERTO RICO Y EL PODER EJECUTIVO
El Poder Ejecutivo, por medio del Ministro de Ultramar, provoca a la paciente, a la más que paciente Puerto Rico. No contento con supeditar todos los intereses de aquella desventurada isla al éxito dudoso de la guerra de conquista que se hace en Cuba; no contento con la injusticia imperdonable que le sirve de norma en su gobierno, si este nombre merece el despotismo militar de Puerto Rico; no contento con haber faltado a todos los compromisos que habían contraído con las Antillas los partidos coaligados para la revolución, con los que ésta contraía desde el momento en que obedecía a la idea de reparar la honra de España, en parte alguna más comprometida que en las Antillas; no contento con burlarse en Puerto Rico de los principios que aquí le obliga la fuerza de la opinión a respetar; no contento con dejar impunes los cobardes abusos de autoridad que en aquella isla han cometido los funcionarios todos, desde el General Gobernador hasta el último municipal; los atentados a la propiedad cometidos por las columnas militares que, so color de sofocar un motín, devastaron campos y saquearon domicilios; no contento con haber engañado la esperanza de aquellos isleños ilusos, prometiéndoles libertad de imprenta, que se convirtió en un derecho de esclavitud de imprenta; libertad de reunión que se convirtió en una concesión ultrajante para reunirse para asuntos electorales; derecho de [destruido] que se ha convertido en la exención de todo el país excepto los ricos; no contento con haber autorizado todas las licencias, todos los abusos, autoriza el despojo.
Autorización del despojo, y nada más, significa el decreto de 30 de abril, publicado en 30 de mayo.
Yo no haré a ese decreto ni a ninguna disposición del Poder Ejecutivo, que se refiera a las Antillas, el honor de examinarlo. Los que conocen su derecho, no examinan las violaciones del derecho; protestan y se callan. El Poder Ejecutivo no tiene el derecho de resolver nada sobre nada en las Antillas, mientras aquellos pueblos no estén representados en las Cortes. No lo estarán jamás, porque, aun suponiendo que, terminada la discusión de la Constitución, se llame a los diputados de Puerto Rico, los diputados de Puerto Rico no vendrán. Además de impedirlo las precauciones que el ejecutor de la revolución ha tomado para que sólo vengan los peninsulares partidarios del régimen de conquista, y los pocos hijos del país que sólo merecen su desdén, el propósito del Gobierno ha sido y es tan manifiestamente contrario a la presencia de los diputados en la Asamblea constituyente, que no habrá un solo puertorriqueño, digno de serlo, que acepte el tardío mandato. Si, allí y aquí, tenemos la dignidad necesaria para retraernos absolutamente de la vida pública, y no queremos relaciones ni afinidades con los que desde tres siglos de opresión, escandalizan a la razón universal, haciendo en Cuba lo que hacen, consintiendo lo que consienten en Puerto Rico; si, allí, como aquí, cansados de persuadir a sordos de conciencia, nos hemos abroquelado en nuestro desdén, ¿cómo es posible que consintamos en venir, si pudiéramos venir, a justificar con nuestra presencia, nuestra esclavitud política y social?
No pudiendo, no queriendo, no debiendo venir los diputados puertorriqueños; no estando Puerto Rico representada en Cortes, y siendo de la exclusiva competencia de éstas la formación de las leyes, así para Ultramar como para la Península, es clara la violación cometida por el Poder Ejecutivo al decretar el despojo que decreta.
Despojo, he dicho, porque ese es el nombre de las contribuciones que se imponen a un país que no las vota y en donde la fortuna pública y privada está a merced de un déspota. El General Gobernador de la Isla de Puerto Rico decretó, por sí y ante sí, con el mismo derecho que al legislar su resolución usurpa el Poder Ejecutivo, un impuesto sobre la exportación del azúcar, las mieles, el café y el tabaco. El nuevo impuesto, que además de ser una violación de derecho, es una estupidez científica, y un abuso repugnante de poder, tenía la circunstancia agravante de ser más oneroso que el recién impuesto en Cuba: en esta isla, más rica y en circunstancias totalmente distintas, el tipo del impuesto es la mitad del de Puerto Rico.
Todo esto lo sabe el Poder Ejecutivo, y sin embargo, acepta el despojo, y lo legaliza. Estos actos no se juzgan con palabras.
En el Congreso hay gran número de diputados que se han comprometido a defender la honra de España en América; pero como el patriotismo consiste en humillar la frente a los vicios y los absurdos de la nacionalidad, y como Cuba comete, el crimen de querer separarse de esta madre patria a quien tanto debe, y como Puerto Rico podría querer imitar a Cuba, los diputados de la mayoría y de la minoría creen muy patriótico faltar a los compromisos contraídos, y callan, y callan, y callan. Esta conducta no se juzga tampoco con palabras.
A un extranjero que me preguntaba: «¿Qué hacen la revolución y los revolucionarios españoles en Cuba?», le contesté: «Fusilan, fusilan, fusilan». Si me preguntara qué hacen en Puerto Rico, le diría: «Deshonran y se deshonran».
Madrid, 1868.
¿CUÁL DE LAS DOS FORMAS DE GOBIERNO, MONARQUÍA O REPÚBLICA, REALIZA MEJOR EL IDEAL DEL DERECHO?
Discurso y rectificación, en la sesión celebrada por el Ateneo de Madrid en la noche del sábado 20 de diciembre de 1868
El Presidente, Sr. Moreno Nieto:
-El Sr. Hostos tiene la palabra.
El Sr. Hostos:
-Señores: Yo no necesito deciros lo que soy. Yo soy americano: yo tengo la honra de ser puertorriqueño y tengo que ser federalista. Colono, producto del despotismo colonial, cohibido por él en mis afectos, en mis pensamientos, en mis actos, me vengué de él imaginando una forma definitiva de libertad y concebí una confederación de ideas, ya que me era imposible una confederación política. Porque soy americano, porque soy colono, porque soy puertorriqueño, por eso soy federalista. Desde mi isla veo a Santo Domingo, veo a Cuba, veo a Jamaica, y pienso en la confederación: miro hacia el norte y palpo la confederación, recorro el semicírculo de islas que ligan y «federan» geográficamente a Puerto Rico con la América latina, y me profetizo una confederación providencial.
Mas como no son suficientemente racionales las determinaciones del sentimiento, he tenido la necesidad de razonarlo, y tengo necesidad de razonarlo ante vosotros.
Para ello me valdré del tema sometido a vuestra deliberación. Dice el tema en su primera parte: ¿Cuál de las dos formas de gobierno, monarquía o república, realiza mejor el ideal del derecho?
Yo voy a examinar tan rápidamente como me sea posible, como me lo permita mi tarda manera de expresar mi pensamiento, los cuatro conceptos capitales de la pregunta: forma, realización del ideal por la forma, ideal y derecho.
La forma ¿es realización del ideal? Realizar un ideal es darle vida objetiva y toda forma, por el mero hecho de realizar, da vida objetiva a su esencia, a su ideal, y toda forma de gobierno realizará el ideal del derecho; en cuyo caso es ociosa la discusión, pues toda forma expresará su ideal completo.
Pero si no realiza ¿exterioriza la forma? Si lo hace, la exteriorización será de algo interno, esencial in se, en cuyo caso la forma no será otra cosa que un desarrollo de la esencia, y aunque quepan torcimientos en el desarrollo, siempre será la forma una expresión del ideal, irán juntos uno y otra, serán inseparables, y allí donde haya forma, habrá exteriorización del ideal. De modo que permaneciendo inseparables, el ideal en toda forma será indiferente.
Esto no es cierto: sin buscar otra razón, porque es condenación de la libertad, negación del derecho, y por negación del derecho disipación del ideal, exaltación de la arbitrariedad, consagración de la fatalidad.
Lo cierto es que la forma es condición de la esencia: que toda esencia lleva consigo su forma, todo ideal su realidad conjunta y no hay realización ni exteriorización sino deformación del ideal, es decir, medios arbitrarios más o menos artísticos, más o menos conformes con la forma y con la esencia en todo ideal que se manifiesta.
Ideal, pues, es el todo, fondo y forma, realidad e idea, que como norma infalible de justicia, de verdad y de belleza compulsa eternamente los actos, los pensamientos, los afectos de la humanidad. Luego forma y esencia son una unidad irreductible; y pues hay ideal absoluto, hay forma absoluta que le corresponde eternamente.
Esto se prueba por la definición del derecho -y advierto entre paréntesis que de esta definición, como de todo el pensamiento del discurso, sólo yo soy responsable, pues no sigo escuela alguna-. Derecho es la manifestación de aquella facultad connatural y necesaria mediante la cual realizamos los fines morales de nuestra existencia.
El ideal del derecho es la justicia. Como no hay más que un ideal, una justicia, no hay más que una forma, un derecho; pues yo no conozco otro que el siempre dependiente de la justicia inmutable.
Haciendo aplicación de estos principios a las formas de gobierno, podemos decir que aquella forma será más conforme con el ideal del derecho que más convenga con él, con la justicia. Mas, como la forma no es nada o es elemento del ideal o parte necesaria de él, una de las formas es absoluta, necesaria y verdadera.
¿Cuál de las dos? Según el revolucionario de la ciencia-historia, Vico, y según mi querido amigo, el señor Rayón, la monarquía: según la razón y yo, la república.
Examinemos las dos formas:
Monarquía: gobierno de uno, primera injusticia; absorción de todos los derechos individuales y sociales en una soberanía indiscutible, segunda injusticia: negación de todas las libertades connaturales por una autoridad artificial, tercera injusticia; irrevocabilidad e irresponsabilidad de poder, cuarta injusticia, que hace necesario el tremendo derecho de insurrección. ¿Realiza esta forma de gobierno la justicia?
Frente a las cuatro injusticias capitales de la monarquía, la absoluta libertad individual, la independencia del municipio, la independencia de la provincia, la omnipotencia de la representación nacional, la responsabilidad de todos los poderes, la alianza libérrima de todas las parcialidades nacionales, que es lo que constituye la federación. He dicho monarquía y federación (república absoluta), porque todas las degeneraciones históricas de una y otra, todas las formas intermedias, son, o negación de la monarquía absoluta, o transacciones con la república federal. No he hablado de la república unitaria, porque no hay república en donde hay concentración de poder, y no hablo de las formas históricas de la monarquía, porque además de estar ya cansado de cansaros, hay una fórmula que expresa históricamente la necesidad de la forma absoluta de gobierno, y es que cuando más absoluta es la monarquía, más se niega como forma de gobierno, pues más se separa de la justicia; y que cuando más absoluta es la república, más conviene con el ideal del derecho, la justicia.
Ahora, señores, que está contestada la primera parte del tema, haré una salvedad: yo no quiero hacer aplicación de mis principios a España, porque soy enemigo de esa patología política que convierte en doctores a todos los que se ocupan del estado actual de un pueblo, y aplican remedios a un mal siempre más fácil de diagnosticar que de curar.
Señores: Yo no sé si por el aislamiento en que ha vivido España, que como el individuo cohibido por una fuerza fatal se recoge en sí mismo y se aísla de los otros pueblos; yo no sé si por ese aislamiento España desatiende demasiado el movimiento internacional de las ideas. Lo que sé es que se recoge demasiado. Abriera ella y abrid vosotros vuestros ojos al horizonte inmenso que presenta Europa, y veréis cuán poderosa aunque en estado latente se manifiesta en ella la idea federal.
Quiero evitaros el cansancio que siento yo también, y voy tan sólo a probar con los hechos capitales que ahora mismo se verifican o anuncian, que todo lo que pasa es aspiración de los pueblos a una solidaridad política, equivalente a esa confederación intelectual ya realizada.
Tres problemas conmueven hoy a Europa: la cuestión de Oriente, la cuestión germánica y la cuestión italiana. En todos tres sucede una de estas dos cosas: o acción fatal hacia la federación o reacción contra unidades absorbentes. Es decir, en donde la unidad es tradicional, tendencia hacia la federación; en donde la unidad es reciente, malestar inconllevable por no haber adoptado el principio federal.
En la cuestión de Oriente se realiza un fenómeno notable. En tanto que las potencias interesadas en su resolución más la complican cuanto más se empeñan en simplificarla, las razas que esperan de su solución el lugar que demandan en la historia, ofrecen en estado latente la clave del enigma. La raza eslava se prepara a la vida activa del progreso obedeciendo a su pensamiento de alianza, de federación entre todos los miembros que la componen; y mientras que la diplomacia concentra su acción en el Imperio Otomano, el Panslavismo triunfa secretamente en los principados y conturba en Bohemia y en Hungría el proyecto unitarista del imperio de los Habsburgo.
La raza helénica pugna con más fruto cada vez a emanciparse absolutamente de Turquía; y se agrupa alrededor de la Grecia emancipada.
En la cuestión germánica triunfa visiblemente el pensamiento federal, que a pesar del interés de vida que tiene la Alemania del Sur de unirse a la del Norte, hace resistencia a su interés por no someterse a la hegemonía de Prusia y ha formulado su intento federal diciendo: Quiero la unidad en la libertad, es decir, quiero la unidad en la libre asociación de los diversos miembros de la nacionalidad.
Prueba de la reacción contra las unidades ficticias, es el malestar de Italia enferma de impotencia hasta el punto de no haber podido resolver esa cuestión de Roma, tanto más difícil cuanto más se empeña en resolverla.
Lo que ha sucedido en éstas revoluciones territoriales, sucede esencialmente en ese «cuarto estado» cuyo advenimiento están anunciando el creciente progreso de las ideas políticas y la visible diferencia en que están los poderes constituidos y los pueblos.
Pese lo que pese a esta pasiva clase media que se esconde cuando debiera presentarse, que huye cuando debiera combatir, que en todas partes ha matado con su temor la libertad, el «cuarto estado» pide su puesto en la vida histórica y política.
El desarrollo económico, los problemas que ha dado a resolver, la denuncia que había hecho de una fuerza hasta ahora desdeñada y la obligación de reconocerla en que ha puesto a las clases altas y a los gobiernos, demuestra, señores, que se prepara en Europa uno de esos acontecimientos que transforman la vida de los pueblos. Y como si la fuerza latente quisiera, aún antes de estallar, determinar su carácter dominante, el «cuarto estado», a un mismo tiempo cohibido y desdeñado, se asocia y se liga y se fortalece en alianzas que un día lo harán incombatible, y surgen las ligas y se realizan las asociaciones internacionales de la clase obrera.
¿Qué quiere decir esto? Que la forma absoluta está triunfando, que toda Europa se dirige a la federación. Yo no he querido, señores, y os lo he dicho, hacer aplicaciones del principio que defiendo a la Península española; pero debo llamar solemnemente vuestro patriotismo y vuestra atención hacia un modo de federación española que salvará para España dos miembros importantísimos de su nacionalidad actual.
Señores: las colonias españolas están hoy en un momento crítico. Víctimas de un despotismo tradicional, una y mil veces engañadas, ¡engañadas, señores, lo repito!, no pueden, no deben seguir sometidas a la unidad absurda que les ha impedido ser lo que debieran ser, que les prohíbe vivir.
España no ha cumplido en América los fines que debió cumplir, y unas tras otras las colonias del Continente se emanciparon de su yugo. La historia no culpará a las colonias.
Si España quiere ser digna de historia: si quiere conservar los restos de aquella gran familia que le dio la conquista, que le arrancó su tiranía, piense hondamente en su deber, repare las injusticias cometidas, sea menos avara de su libertad, extienda hoy la que acaba de conquistar, la que ha prometido, la que so pena de indignidad no puede negar a aquellos pueblos dóciles siempre a su voz, siempre dispuestos a auxiliarla, que la han auxiliado con sus riquezas cada vez, las mil veces que las ha necesitado, abra sus brazos a los que por su culpa se retiran de ellos y segura de sí misma dígales:
«Pueblos generosos, Puerto Rico y Cuba, perdonadme los tormentos que durante tres siglos os he impuesto. ¡En el nombre de Dios y obedeciendo a la razón y a la justicia, que ni para los individuos ni para los pueblos quieren la esclavitud, liguémonos con los vínculos de la libertad; sed libres dentro de vosotros mismos! Unámonos en nuestro común afecto, en nuestra conveniencia mutua; vivamos como hermanos, independientes unos de otros en nuestra propia vida; dependientes de todos en nuestras necesidades, en nuestras dificultades, en nuestras angustias comunes».
El lazo de libertad que aun puede unir a las Antillas con España, es el lazo federal; el modo de realizar la independencia dentro de la dependencia, la federación.
He dicho lo bastante.
(El señor Aguilera pide la palabra y en nombre de su patriotismo, ataca el discurso del señor Hostos, lo culpa de antiespañol, cita el llamamiento de las Provincias de Ultramar a las Cortes de 1812 y culpa de ingratitud a las Antillas.)
El señor Hostos:
-Por la justicia que hago al patriotismo del señor Aguilera, compare S. E. la firmeza y resolución del mío: yo estimo en los otros lo que animo en mí. Pero como yo no he atacado a España, sino que he dicho la verdad; como yo no he tratado una cuestión de patriotismo, señor Aguilera, sino que he tratado una cuestión de justicia; como no he perdido el tiempo en repetir lo que la historia sabe, sino que lo he empleado en dar una solución salvadora a un problema cada vez más peligroso, repito firmemente cuanto he dicho y añado que lejos de ser ingratas las colonias, no las provincias de Ultramar, han dado pruebas de su amor a la metrópoli, que ésta no ha pagado más que con la indiferencia.
(El señor Aguilera insiste en su prueba de convocatoria a Cortes y pregunta qué han hecho las Antillas por España).
El señor Hostos:
-Antes he aplaudido el patriotismo del señor Aguilera, ahora aplaudo su habilidad, y no para que me lo agradezca, que yo aborrezco demasiado la habilidad para estimarla. En tanto que insiste una vez y otra vez en la convocatoria a Cortes del año 12, y las atribuye la emancipación de las colonias continentales, S. S. olvida hábilmente que entre 1812 y 1868, están 1837 y 1854. En 1812, primera evolución de la idea liberal en España, tiene razón S. S., las colonias americanas fueron llamadas a Cortes, ¿para qué?: para demostrarlas que aquí se tenía miedo a la libertad de las colonias. En lo que no tiene razón S. S., lo que es indigno de su ilustración, es la falsedad de que se hace eco. Supone S. S. que las colonias se emanciparon porque se les reconoció el derecho de exponer su pensamiento y sus necesidades en la Representación Nacional. Este es un absurdo digno de sus inventores.
En las colonias del Continente como en Cuba y Puerto Rico, hay una raza de explotadores, que por explotarlo todo, se han hecho comerciantes de carne humana: esa «buena gente» veía y ve que la libertad hubiera destruido el edificio que el despotismo y su codicia habían fabricado, y para evitar su destrucción en las Antillas imputaron a los derechos de 1812 la emancipación de las colonias. La historia se ríe de esa buena gente. De lo que no se ríe la historia es de la indigna violación cometida en 1837. ¿Sabe S. S. lo que sucedió en 1837? Pues sepa que en 1837, segunda evolución de la idea liberal, fueron convocadas a Cortes Constituyentes las colonias que quedaban; pero como embarazaban por causas personales no muy dignas (abrigaban algunas liberales los temores de los monopolistas coloniales), se inventó un pretexto para desembarazarse de aquel obstáculo. Se dijeron: «Finjamos que damos un paso liberal: finjamos que queremos suma de libertades para Cuba y Puerto Rico, y quitémonos de encima a sus representantes, que pudieran muy bien parecerse a aquellos indomables americanos del sur que en 1812 eclipsaron con la suya nuestra gloria».
Y, señores, so pretexto de que España cambiaba su principio colonial, y progresaba del principio de asimilación al de expansión, del sistema español al inglés, pusieron un artículo adicional a su Constitución, y consumaron una iniquidad, y arrojaron del Congreso a los representantes de Cuba y Puerto Rico.
Llega el año 54, tercera evolución de la idea liberal en España, y ¿qué se hizo por Cuba y Puerto Rico? Nada, Llega el año 68, ebullición de la idea liberal: triunfamos todos, porque todos hemos contribuido al triunfo de esta revolución, y acaso más enérgicamente los antillanos que en ella han tomado parte, que muchos de los que hoy gozan de sus frutos; cuando todos esperábamos, cuando todos anhelábamos que la revolución fuera digna de sí misma, que se extendiera a Cuba y Puerto Rico, cuando los que sirvieron a la libertad de aquí por servir a la de allá, esperábamos que así se premiarían los sacrificios que habíamos hecho, que así se compensara el valor con que habíamos hablado cuando todo el mundo callaba, que así se cumplieran los compromisos personales, personales, sí señores, contraídos con algunos de nosotros en favor de nuestra patria: entonces se nos dice enseñándonos a Cuba armada contra la odiosa contribución que a ella como a Puerto Rico la ha esquilmado, armada también contra la opresión que hemos vencido aquí: entonces se nos dice: «O deponéis las armas o no hay libertades»; a lo cual contestan: «O nos dais las libertades o no deponemos las armas».
Pregunta el señor Aguilera qué debe España a las Antillas. Les debe los sacrificios pecuniarios para ayudar a su guerra de África; les debe el dinero con que se hizo la guerra de Santo Domingo: les debe sobre todo la mansedumbre de tres siglos de paciencia con que han esperado la libertad que necesitaban: les debe la justicia, que es lo que pedimos.
(Varias voces: «¡Sí, justicia!».)
(El Presidente, en frases enérgicamente inspiradas por un alto sentimiento de patriotismo, reconoce el del señor Hostos, y le ruega delicadamente declarar que no ha estado en su ánimo estimular con sus palabras los sucesos de Cuba.)
El Sr. Hostos:
-El señor Moreno Nieto, cuya maravillosa elocuencia he admirado en este instante más que nunca, me pide una declaración: yo voy a complacer a mi elocuente amigo haciendo dos declaraciones:
Primera: que no creo que el alzamiento de Cuba, producido por el hambre y por la opresión del régimen antiguo, se sostenga contra la libertad, en cuyos rápidos efectos, en cuya influencia para la pacificación espero yo. Segunda: que si contra lo que espero no se hiciera justicia, y allí, con el derecho que se ha usado aquí, se peleara en favor de la libertad, que arraiga en mi patria como en todas partes al modo que la planta en la tierra, no estaría yo en el Ateneo.
(El señor Presidente aplaude el alto patriotismo del señor Hostos que dice es tanto más digno de respeto cuanto que pasa de las palabras a los hechos.)
(El señor Goicorretea, defendiendo a un ausente, pregunta al señor Hostos qué tiene que decir de las contribuciones de Cuba y Puerto Rico.)
El Sr. Hostos:
-Estoy de elogios; y como no sé a qué ausente ha aludido el caballero que tiene la bondad de interpelarme, diré, primero, que yo no me ocupo nunca de los hombres; he dicho y repito que las contribuciones son odiosas, producto de una combinación indigna. Los últimos hombres de aquel régimen, que se han ido porque arruinaban este país; los últimos hombres de aquel régimen concibieron un medio muy sencillo de rellenar las cajas que vaciaban: y mientras que desolaban a las tristes islas huracanes, que hacía veinte años no las visitaban; mientras que arrancaban de cuajo las cosechas; mientras que las desplomaban terremotos como jamás las habían estremecido; mientras que cruzados de brazos y los ojos fijos en el cielo, preguntaban: «¡Hasta cuándo, Providencia!»; aquí les contestaban enviándoles una contribución que duplicaba y triplicaba el tipo del impuesto.
Madrid, enero 23, 1869.
Madrid, Plaza de Oriente, mayo 29, 18698.
El hombre completo es un edificio que no se acaba nunca. Con el mismo fin, más lúcidamente vislumbrado, que en 1858 me curó instintivamente de los desarreglos de la imaginación, emprendo hoy la tarea, tantas veces recomenzada, tantas veces abandonada, tantas veces reconocida como salvadora.
Entre entonces y hoy, ¿qué diferencia? Una desfavorable. Entonces empezaba a vivir de mi razón; hoy empiezo a conocer toda la peligrosa fuerza de la imaginación. Entonces me combatía enérgicamente; hoy me combatiré con desmayado esfuerzo. De entonces acá, toda mi vida.
Toda mi vida ¿qué ha sido? Nada de juicios sintéticos: quiero un relato conciso y verdadero.
En 1858, obedeciendo involuntariamente a todos los impulsos sanos de mi sentimiento, maté las sensaciones, y concentré toda la vida de mi espíritu en aquel amor inconfeso, tributo pagado a la idealidad, antes que armonía de mi corazón con una realidad amarga. Amaba el ideal de mis sentimientos, y por eso fue él tan paternal, y por eso pude sacrificar, en aras de mi lealtad de amigo, la realidad que a mis ojos representaba el ideal de mis sentimientos.
Pero aquel sacrificio es la historia de los dos años siguientes, y debo recordarlos. Ya en ellos empezó mi lucha con la realidad. Durante todo el año 59, hasta noviembre, estuve deglutiendo las primicias de mi sentimiento, y hubiera seguido deglutiéndolas inofensivamente, si la enfermedad de Carlos, que ya empezaba a amenazarme, no me hubiera obligado a volver a Puerto Rico. Volví en julio: y, prueba de que el conato amoroso de Madrid era una explosión de sentimiento: en San Juan estuve pendiente de las salidas nocturnas que hacía a su balcón una blanca, finísima figura, expresión que me representa a aquella joven mucho mejor que otro cualquier recuerdo. Después, en Mayagüez, otra blanca aparición (no lo recuerdo exactamente), borraría la impresión de la figura blanca, y satisfecho mi corazón con sus contemplaciones silenciosas, soportaba estoicamente los disgustos que me causaban la posición insegura en que me había colocado ante la familia, la rebeldía con que, por no estudiar, me oponía yo a continuar mi carrera de abogado.
Madrid, mayo 30, 69, día.
Puesto que no he hecho a tiempo el examen de los hechos que constituyen mi vida de los últimos diez años, resígneme a las continuas interrupciones que me impone la necesidad de observar los hechos presentes, y vayan mezclados los unos con los otros. Ayer me interrumpí para escribir a mi padre. Su carta del cuatro de mayo contesta a la en que yo planteaba resueltamente el problema de mi vida activa.
Decíale yo que era necesario prepararse para verme arrostrar todas las eventualidades del apostolado de justicia y libertad que he querido hacer en favor de nuestra patria, y, deseando que el fin por realizar y el deber por cumplir estuvieran sancionados por la bendición paternal, discutía con él mi posición actual en España y la necesidad de ir a Nueva York para desde allí, y probablemente desde Cuba, intentar con esfuerzos personales, con las armas en la mano, la conquista de la independencia.
El noble viejo contesta con el corazón. Teme y vacila.
Para calmarlo, he fundado en razón las resoluciones que ella, mi conciencia de hombre y mis deberes de ciudadano me aconsejan:
Punto de partida.- El sentimiento de la justicia que, esclarecido por la experiencia, se ha convertido en idea de justicia, en voluntad de justicia. Estimulado por este sentimiento-voluntad-idea, el patriotismo se ha hecho en mí una consecuencia inmediata de él, y más que al sentimiento de la patria, sirvo, al servirla, al de justicia. Ella es quien, haciéndome presenciar el desarrollo de la revolución peninsular, las inconsecuencias inicuas que comete en las Antillas, ha iluminado con su viva luz mi conciencia de ciudadano, y me manda completar la obra con tanto dolor secreto, con tan ignorada abnegación, en tan dolorosa soledad comenzada aquí. He hecho demasiado para retroceder. Me movía un sentimiento superior a todo interés, y me puse en pugna, no sólo con la ilógica de la revolución, con las reservas de su gobierno, con la defección de los antes defensores de las Antillas, así en la Cámara como en el periodismo, sino hasta con la opinión pública, con el espíritu y los vicios de la raza ibérica. No puedo, pues, seguir aquí, sin atraerme la indignación de los aleccionados y atraídos por mi propaganda escrita, y sin abdicar mi conciencia y mi dignidad y mis principios ante los que, contrarios a las manifestaciones de ellos, esperan que yo no vacile en sus últimas consecuencias. Por encima del compromiso libremente contraído por mí ante los hombres, están los compromisos de mi idea. En las Antillas se viola la justicia: violación contumaz en la subsistencia de la esclavitud: violación irritante en la gestión económica; violación feroz, en la represión horrenda que se hace en Cuba, que se prepara en Puerto Rico; violación insensata en esta isla aplazando indefinidamente la satisfacción de sus tímidos deseos, mintiendo intenciones que nunca se realizan, disfrazando en apariencias de derecho la burla que se hace a su necesidad de justicia y libertad. ¿Se argumenta con la pasividad del país y lo poco dispuesto que estaría a seguirme? Respondo que todos los pueblos son pasivos antes de la revolución. ¿Que me espera la ingratitud? Respondo que éste es un vicio necesario, de que son irresponsables, hasta hoy, todos los pueblos, porque para agradecer es necesario conocer el servicio recibido, y la vida de [destruido] y sentimiento que hacen las sociedades conocidas, que hacen más las sociedades nacientes, obedecen harto poco a la razón para que sea ella la que las guíe en los juicios que forman de los hombres y los hechos. Hay injusticia en culpar a los pueblos por su pasividad y por su ingratitud, manifestaciones ambas de la necesidad de las revoluciones. Estas no son, no deben ser otra cosa que estímulos para el desarrollo de una sociedad, de una vida nacional cualquiera. Y como este estímulo impone siempre sacrificios, es natural, y acaso es necesario que haya resistencia de las fuerzas conservadoras. Ahora bien, como no hay orden, ni conservación de intereses, ni intereses permanentes que no tengan su fundamento natural y necesario en la libertad, en la justicia, en la dignidad, ninguna revolución debe hacerse que no corresponda al desarrollo de estas fuerzas morales de las sociedades: si la revolución no corresponde inmediatamente a esta necesidad, los pueblos son ingratos con los iniciadores de la revolución; por temer que no corresponda, son pasivos. La pasividad es un vicio, producto de la atonía del despotismo; la ingratitud es un vicio de ignorancia, producto también del despotismo: al despotismo, sólo el esfuerzo revolucionario puede combatirlo con fruto; luego las revoluciones son tanto más necesarias cuanto mayor sea la pasividad de los pueblos antes de la revolución, y mayor la ingratitud que, después de ella, se prevea. Demostrada la necesidad de la revolución, y el deber personal de secundarla o iniciarla con las armas, he demostrado la fatalidad del hecho. Aun cuando él no fuera necesario en sí, lo hacen fatal la conducta del Gobierno español y las relaciones de la revolución peninsular con las Antillas. ¿Con qué derecho exige acatamiento una revolución que declara el derecho de emancipación contra el despotismo? Si España se emancipa de un despotismo personal ¿por qué exige sumisión al despotismo nacional? El derecho de independencia está virtualmente declarado por la revolución. Si España no fuera soberbia y apática, dos vicios que se patentizan en toda su historia colonial, hubiera apagado la revolución de Cuba, prevendría la de Puerto Rico, declarándoles que eran independientes. ¿Por qué ante esta sola idea, se exalta el sentimiento público? Porque la soberbia ibérica (lo que ellos llaman su altivez) no concibe que un pueblo dominado pueda rehusar el legado generoso de una tan noble nacionalidad como la española. ¿Por qué el Gobierno y la Asamblea Constituyente no se atreven a dirigir el sentimiento público, evitando los horrores de Cuba, consintiendo los horrores políticos de Puerto Rico? Porque uno y otra se entregan a la apática confianza de vencer con las armas en la mano a los que, arma en mano, los rechazan.
Estos son los argumentos mal desenvueltos que, por pereza intelectual no desenvuelvo más, y quiero conservar para que la pereza intelectual no me los arrebate.
Que no convencerán a mi padre, lo dudo; pero dudo que lo persuadan. Está su afecto paternal demasiado interesado en el asunto. Pero ya he conseguido mi objeto principal, haciéndole pensar seriamente en la eventualidad de un cambio en mi vida, y me siento más dispuesto que nunca a verificar el cambio.
Mayo 31, 69, 4 tarde.
Si yo no hubiera tenido las postraciones de espíritu que más de una vez me han hecho pensar amargamente en la decadencia de mis fuerzas interiores, estaría contento de la serenidad con que he oído esa revelación; pero he vacilado demasiado, he obedecido demasiado a los accidentes de la vida, para creer que es; un acto de magnanimidad. Cierto es que no he sentido más que piedad, honda piedad por esos pobres, y aquella rebeldía congénita a mi alma con que me convierte contra todas las violaciones de justicia; pero es cierto también que había presentido todo el mal, y que su revelación no ha sido tan repentina que no estuviera dispuesta mi razón a recibirla. No estaba dispuesto a recibir el choque con que debía lastimarme la pavorosa ceguedad, la torpeza de sentimiento que debilita e inutiliza a ese pobre diablo y tuve que contenerme para no destruir con un acto de cólera despreciativa el acto de justiciera piedad. ¡Incomprensible maraña de la vida! ¡Los defectos de sus virtudes, desgraciando a los más virtuosos! La ignorancia, la inconciencia de sus vicios, fortaleciendo al vicioso. Esa pobre criatura, tan digna, tan generosa, tan magnánima, tan heroica, víctima de la obcecación de un día, del día funesto en que, despertando su sentimiento, amó por lástima. ¡Con qué sorprendente tranquilidad, me ha dicho: «No, eso es imposible: ¡si yo lo desamparo será un malvado!». No quiero reflexionar con la pluma; quiero que estos apuntes sean miliarias de mi vida; reflexione en la conciencia y con el mejor instrumento de reflexión, con mi razón. Consigne, y baste, que el de hoy ha sido un día de admiraciones. Consérvese el recuerdo de este día, y esa carta preciosa que tan fielmente la retrata.
Una mañana deliciosa, mañana de lluvia y sol, de árboles rociados, de rocío refulgiendo en todas las hojas de todas las ramas; ambiente saludable, perfumes frescos, concierto de pájaros amantes, hubiera podido disipar las nieblas que se aglomeraban y me pesaban en el cerebro: había padecido anoche y tenía oscura la percepción. Lo observo con la pluma, porque más de una vez he observado con espanto que la libertad en que dejo a la imaginación cuando algo me conturba en la realidad, no sólo ha influido morbosamente en mi organismo sino que ha alterado las funciones normales y el ordenado funcionar de mis facultades. Observándolo a tiempo esta mañana, me esforcé por dejar de imaginar para poder pensar, y conseguí, tomando por punto de partida dos hechos diversos -las Conferencias Dominicales y el estado psicológico de Lola, esa infeliz víctima, que quiero y respeto tanto por infeliz cuanto por ser mi hermana-, dar fórmula a dos ideas confusas. Aquí se me presenta recónditamente una incertidumbre. Esas ideas, producto de rápidas miradas intelectuales a objetos de observación ¿son ideas de la razón o de la fantasía? ¿funciona ideando mi fantasía o razona imaginando mi razón? Hondo problema. Imaginando y razonando pensé: en, una política científica cuyo fin la justicia, cuyo instrumento primo la razón, que en vez de ir del poder director hacia las fuerzas dirigidas fuera de éstas al poder; en vez de ser patrimonio aristocrático de unos cuantos, fuera el patrimonio de todas las madres a sus hijos: medios empleables; la eliminación de la conciencia por el más puro esclarecimiento de la justicia-sentimiento-idea-voluntad.
En lo que es la virtud ante el mundo y en sí misma; es decir, en esa antinomia que existe entre la idea racional, la idea histórica y la de virtud. Según la historia y el común pensar, la virtud es un esfuerzo, es un triunfo accidental, de un momento, conseguido por un espíritu fuerte sobre un accidente extraño: de aquí, lo que se me ocurre llamar la aristocracia de la virtud, la idea de que hay un pequeño número de elegidos para los cuales sólo es asequible la virtud. Esta, según mi pensamiento, es democrática, permanente, natural: democrática, porque todos los hombres pueden ser virtuosos; permanente, porque no siendo un esfuerzo, sino sucesión de actos reflexivos para practicar sistemáticamente los conceptos de la razón, es una serie de momentos, y no una suma de actos, ideas y sentimientos, ordenados y dirigidos, no unidad casual en los actos virtuosos; natural porque nada lo es más que practicar rectamente lo que rectamente nos aconseja el consejero íntimo, esa conciencia que, en el fondo del mal como del bien, subsiste siempre como comprobación del distintivo racional del hombre.
En que las funciones de nuestras facultades creadoras son simultáneas, afirmación hecha con ocasión de la incertidumbre arriba consignada y de un recuerdo de mi idea de las tres conciencias. Educar una es educar todas las facultades -dice mi En lo que pienso-: con lo cual pensaba que, dada la armonía preestablecida, necesaria y consecuente de nuestras facultades, el desarrollo de una es siempre un desarrollo inicial de las otras.
En la situación de esa noble criatura, cuya vida está siendo prueba de que toda existencia racional es fondo y forma -o ideas, sentimientos, deseos y conductas-, y que siendo igualmente esenciales uno y otro, la maldad del uno influye hasta pervertirlo, en el otro aspecto de toda la vida.
En que la pobre criatura y el pobre diablo pecan por olvido de esta verdad, y como, siendo ambos dóciles, bien inclinados, capaces de conocer el bien y de seguirlo, estando dotados de aquella fuerza de afectos que sustituye la experiencia y transforma los más oscuros horizontes, ni uno ni otro ven la luz que hay en el suyo.
Junio, 3.
Los hondos disgustos de familia que en estos días, sobre todo en el día treinta y uno, he soportado, han vuelto a dirigir mi espíritu hacia una idea que mil veces, en tiempos de más espontaneidad, concibió la imaginación. Esta es la idea: «Tengo más salud de alma cuando mi alma lucha, que cuando, abandonada al trabajo o al desvarío, se olvida de su carácter esencial». Así vista, es tan sencilla y tan verdadera la idea, que ya me asombra el haberme asombrado de ella. ¿Qué cosa hay más natural? El dolor moral tiene su origen y su remedio en el seno mismo del espíritu. Enseña a mirar y a ver interiormente. Mirar y ver interiormente es mirar y ver una fuerza siempre dispuesta a ejercitarse, cuyo ejercicio armoniza. Armonía es seguridad. Seguridad es salud. Esta se altera en el cuerpo, cuando las funciones orgánicas han perdido la inconscia seguridad con que se manifiesta toda ley natural. Se altera en el espíritu, cuando las funciones morales pierden la no más conscia seguridad que, ley natural también, recibe de su legítimo ejercicio.
Luchemos, pues, pero luchemos con todas nuestras fuerzas, con razón que dirija la voluntad y el sentimiento, con voluntad que secunde a la razón y al sentimiento, con sentimiento que armonice razón y voluntad. «Si quieres ser hombre completo, pon todas las fuerzas de tu alma en todos los actos de tu vida», decía no bastante consciamente, hace algún tiempo. La verdad del consejo, eso es lo que racionalmente me enseñan los sinsabores de estos días.
¿Qué sinsabores son esos? La memoria del sentimiento es la única que no he perdido. Conserve ella el recuerdo; que si yo lo acompaño de sus frutos, jamás se borrarán de mi memoria. Yo no escribo para que algún día se recojan en mis escritos los hechos oscuros de mi vida. Escribo para recoger día por día el substratum intelectual de los sucesos.
Uno de los que hoy me preocupan es el previsto de ser electo diputado. La carta de R., que hoy recibo, confirma las afirmaciones de A. ¿Qué debo hacer? ¿Llevar mi consecuencia hasta la negativa, o servir a mi país hasta aceptar su representación? Lo pensaré paseando.
Si llevo a mi paseo matinal un pensamiento fijo, no me sucede lo que hoy. Hoy he divagado hasta desvanecerme, hasta olvidarme de la naturaleza circunstante, para admirar cuya belleza encantadora tuve que hacer esfuerzos denodados. Bien los pagó mi complacencia: ¡qué aire, qué luz, qué colores, qué perfumes, qué sonidos, qué serenidad, qué majestad, qué armonía placentera! La asociación de ideas era inevitable, y asocié a mi complacencia de momento el recuerdo de la naturaleza patria. ¡Ah! ¡cuándo me dará mi esfuerzo la patria que idealmente estoy construyéndome hace años!
Madrid, P. de Ote., junio 4, 69.
Ayer conmovió a Madrid la inesperada noticia del embarque forzoso de Dulce. Los voluntarios de la Habana han tomado una resolución que simplifica el problema allí planteado. No hay posibilidad de gobernar sin someterse a ellos. Someterse es, por una parte, abdicar en ellos; por otra parte, alejar cada vez más a los cubanos. Su independencia es, pues, un hecho consumado. Sosténganse algún tiempo los revolucionarios, suscítese una cuestión, por insignificante que parezca, de la cual puedan los Estados Unidos tomar punto de partida para intervenir en Cuba, y la causa de justicia habrá dado a las Antillas el primer paso.
Plaza de Oriente, N.º 7, junio 8.
En medio del éxtasis dulcísimo de que gozaba contemplando los árboles y el cielo, oyendo a los ruiseñores y siguiendo sus alegres movimientos, me sorprendió este pensamiento: ¿Se puede, en conciencia y con probabilidad de bien, arrastrar a Puerto Rico en la acción revolucionaria? Recordé lo que había escrito a Azcárate, volví a pensar que las sociedades son entidades sujetas, como el individuo racional, a la doble ley de su desarrollo biológico y psicológico, creí patente la necesidad de una evolución, y tengo por necesaria y útil la que estoy predicando desde que por primera vez me ocupé del porvenir de aquellos pueblos. Pero como no hay verdad científica que no necesite medios idóneos para realizarse, me pregunté con qué medios, con qué arte político, con qué instrumentos, con qué conducta contamos para aplicar la verdad casi conquistada, y estoy inquieto. Si la revolución pudiera hacerse sin una larga lucha, tal vez podría responder del éxito. Si la lucha es larga, y desencadena las ambiciones de los ignorantes, ¿qué éxito será el de la revolución?
París, Boulevard St. Germain, 40, septiembre, domingo 5, 18699.
Si tuviera que responderme a la pregunta de más arriba y hubiera de consultarme a mí mismo, no podría responderme muy favorablemente. No hay triunfo sin lucha, y no luchamos sino cuando nos ponemos a hacerlo. Esto es lo que me digo desde mi llegada a París, el primero de este mes. He hecho una millonada de cosillas sin arribar a nada; ni siquiera una que pudiera ponerse a la cuenta de la patria. En realidad, siempre el dinero; pero siempre también la debilidad.
Septiembre 10.
Me atenacea el pensamiento: que no hago nada; que estoy en donde mismo este mes del año pasado. Aun cuando me parece que es mucho cargarse con faltas de que uno no es sólo responsable, y que vea que es la ausencia de V. lo que accidentalmente priva de fuerzas a mi resolución; aun cuando vea claro que faltando el dinero nada puede hacerse, me pregunto por qué he emprendido este viaje trascendental en condiciones tan embarazosas como las mías. Si la falta de dinero conlleva en mí parálisis de fuerzas, ¿a qué he venido?
Septiembre 11.
Más por huir de esta enojosa soledad que por cualquiera otra razón, fui ayer a casa de los cubanos. Me convencí allí de una verdad palpable: la de que no se estima a nadie que no se conoce. Pensamiento inmediato de relación: esquive relaciones con personas que no lo conocen, para no exponerse a tormentos de amor propio cuyas amarguras no se necesita experimentar.
Blanco vino ayer a verme a propósito de asuntos que pueden algún día tener su utilidad. Acosta no ha venido. Los jóvenes de Puerto Rico no vienen a verme. Veré a ver lo que hace G. ¿Qué se ha hecho de F.?
Lunes, 13 de septiembre.
Por las mañanas al levantarme, lo mismo que por las tardes al pasear por la ciudad, no pienso en otra cosa que en el insoportable tormento que es tener que matar el tiempo. Al levantarme, eso se me hace soportable y hasta agradable, yéndome al Jardín de Plantas, a observar los animales del jardín zoológico. Después de comida, salgo, más por no dar una idea desventajosa de mí mismo a las gentes de la casa y a los vecinos que por el placer de salir. Pero antes, una mirada escrutadora al horizonte. ¿Lloverá?... esa nube... pero más allá está claro... sí, pero... ahí está la luna... sí, pero aquellas nubes van a envolverla. Primera vacilación, que venzo, como siempre, más por ejercicio de voluntad que por convicción. Y me echo a andar: la media luz de las plazoletas, la luz espléndida de las plazas y los parques, los efectos luminosos de que se goza desde los puentes más frecuentados, el panorama sin igual del Arco de Triunfo, la línea luminosa de la calle Rívoli, el aspecto deslumbrante de los boulevards, los café-conciertos, los teatros Guignol de los Campos Elíseos, los almacenes de los pasajes, el eterno vaivén de las avenidas, la vida alegre de que son ejemplares engañosos el Boulevard de los Italianos, Montmartre y Poissonier, las silenciosas devociones o la resignación a la miseria de que se ven pruebas en los obreros retrasados que ni siquiera miran, que casi no respiran; el espectáculo repugnante de los borrachos que por todas partes hacen vacilar su dignidad, el agua, la tierra, el cielo, los campos, los árboles, las flores, hacen el París visible, el París exterior, el París que uno puede ver; lo vi muchas veces el año pasado, cuando empujado hasta la orilla del Sena por una idea gemela de la que ahora me ha traído paseaba por todas partes, como hoy, mis desconocidos dolores, mi pobreza y mi pensamiento universal. Así veo, y veo mejor lo que ya había visto: pero ya no hay el placer de lo desconocido, y mientras que camino con paso firme por calles y paseos que ya conozco, la soledad, la impotencia de mis medios, que siempre coincide con la riqueza de voluntad, con la potencia de los fines buscados, veo al obrero que lleva del brazo a su obrera, al adolescente que saborea de antemano el primer placer que le promete su compañera, al estudiante que abraza urbi et orbe su cocotte, y me pregunto a dónde voy, y por qué voy solo, siempre pensativo, y cómo puedo sufrir esta eterna atención de espíritu que jamás ha gozado del placer de las compensaciones. Y de vacilación en vacilación, todas las noches doy mi paseo, una por el Arco de Triunfo, otras por los boulevards centrales, pasando por la Avenida [destruido] y el arrabal de San Antonio, conociendo bien mi situación para llevarla con dignidad, a menudo descontento de mí mismo y de los otros, siempre soñando con el porvenir de mi país, siempre fiel a mis ideas.
Esta necesidad de variedad, de compañía, de distracción, que constituye una necesidad de nuestro espíritu, puesto que su no satisfacción constituye un estado patológico del alma, me ha hecho perdonar sinceramente a los viciosos, así como he perdonado a los criminales. ¿Por qué han de dejar de fumar los que fuman, beber los que beben abusivamente, de jugar los que juegan, de amar sin pudor los que así aman, espíritus sin educación como son en su mayor parte, cuando los espíritus cuidadosa, victoriosamente dirigidos, se encuentran mal después de una abstención convencional, circunstancial, forzada o voluntaria, de esos pequeños placeres que convidan a vivir? ¿No hay otros placeres? Ciertamente que los hay, pero son placeres costosos que no puede permitirse quien ni siquiera tiene para leer o beber una taza de café. De lo que he deducido, observándome a mí mismo, que la mayor parte de los placeres por inocentes que sean, constituyen una verdadera necesidad para quien no tiene dinero para procurarse otros o bastante educación moral para rechazar los que no son dignos de un alma digna. Y como no hay necesidad, artificial o real, que no tenga su fondo en lo más íntimo de nuestro ser, he buscado ahí y encontrado [destruido] la necesidad de los placeres. El hombre es un condenado al trabajo. Y a falta de él sufre. Camina, fuma, goza, bebe, ama, trabaja con el alma o con el cuerpo, con los nervios o con el cerebro y el condenado vivirá; deja de trabajar, y el condenado morirá.
Así, no hay más que mirarme, que ver mi alma, conocer un poco mi conciencia, saber la tarea que yo me he echado a cuestas, para saber si sufro o no en esta inopia de acción, de ideas, de medios y de dinero en que yo vivo. Y sin embargo, no se sabrá todo lo que yo sufro. Mientras más consciente es una posición, más feliz o desgraciada. La mía estaba prevista, sabida de antemano, profetizada; es la del año pasado aquí mismo, la de los años anteriores en España; es la tenaz anteposición de deberes en todas partes obsedidos, de ideas en todas partes renegados, a los intereses personales, aún a los deberes de familia, de hijo, de hermano.
Fue Acosta quien aconsejándome asegurar algo para papá y Rosita antes de lanzarme me recordaba mi deber de hijo voluntariamente pospuesto. Hoy es una carta de Lola que viene a recordarme un deber de hermano a sabiendas esquivado. Esta pobre criatura renueva en mí todas las pasiones desvanecidas, con su desenvoltura. Olvidémosla. No se debe pensar en aquello de que no se puede hablar.
No estoy contento del axioma en que me embozo: quisiera decirlo todo, verlo todo cara a cara, claramente, luminosamente, en razón, en conciencia: pero la pereza de voluntad rival de tal pereza intelectual, teme al trabajo. Pero sin embargo, combatiendo como combatía contra mis vicios, yo hubiera ya dado un corte definitivo en Madrid a este asunto, pero Lola no lo consintió. Mientras Lola lo permita, eso será su desgracia y nuestra deshonra.
Nuestra vergüenza, sí. Nada más vergonzoso que ver a uno de los suyos atormentado en vida, unido por la ley a un miserable. Los portugueses tienen razón: es un miserable el que le pega a una mujer. Es otro el que lo sabe y lo consiente, y esta es la dificultad que yo sufro remordiéndome de no haber obrado apasionadamente con el indigno. Cuando pienso en eso y veo en lo que ha venido a caer Engracia, tan llena de un porvenir intelectual, y pienso en la familia a la cual, por dobles lazos, nosotros nos hemos unido, apruebo esta sensación intelectual que no tiene equivalente más que en el pudor; es como la vergüenza de ver un tesoro arrastrado por la muerte. Sí, esta familia lo es. Pero tal es sin embargo, la fuerza de la razón y el poder de la conciencia, que aun sintiéndome tocado me encuentro y encuentro a mi familia más limpios que nunca.
París, septiembre 14, 1 de la tarde.
Mientras daba mi paseo habitual esta mañana oí cerca de mí a un joven español que al ver a un aguilucho exclamó: «Como en Asturias... pero aquellas...». Y creyó un deber de patriotismo preferir los aguiluchos asturianos a los franceses. Y yo de soñar. ¿De dónde viene eso, por qué es eso así? ¿Por qué nos agarramos así al suelo natal? Creo haber encontrado la razón. La dejo aquí para volver a ella, y pensar sobre ella. Amamos la patria porque es un punto de partida. La vida es un viaje; la razón no sabría encontrar el punto de partida si no fuera por el terruño cuya imagen atrayente vemos por todas partes. He llegado a darle gran desarrollo a esta idea, pero la pereza intelectual, haciendo su obra, aún, me detiene aquí.
Hice muy mal porque el asunto es capital para mí. ¿Por qué? ¿Quién sufre o goza más de las renovaciones alternativamente tristes o placenteras de la patria que yo? ¿Para quién es como para mí, cuestión de vida o muerte, de ser o no ser, la de hacer una patria política, social, intelectual, moral, de la que geográficamente debo a la naturaleza? ¿Para quién es que una virtud a sabiendas, fríamente convertida en vicio -tanto como para aquel que se elimina a sí mismo, su familia, todo, delante de la idea de la patria- es motivo de los remordimientos más punzantes, en días de inactividad involuntaria o, como ayer, determinada por la entristecedora reflexión intelectual de los sacrificios hechos a la patria? No es la primera vez, porque pienso en ello cada vez que tengo que dirigirme a alguno de mis compatriotas, pero fue ayer cuando leyendo un telegrama sobre Puerto Rico, me hice las más desoladoras reflexiones y sentí los remordimientos más amargos. ¿Cómo -me sorprendí diciéndome- hacen en su ausencia lo que no han querido hacer en mi presencia, y el sueño de algunos años de martirio va a realizarse en el momento en que yo no puedo ni debo contribuir a su realización? ¿Será posible que habiéndolo aventurado y perdido todo, en el momento en que tengo más fuerzas para renegar de la injusticia y de la tiranía éstos desmienten con sus actos mi oposición furiosa? Y todavía hoy me pregunto: habiendo yo hecho tanto por construir el edificio de la independencia patria, ¿seré yo el único que en el momento de gozarla no vaya a poder participar de ella? Muchas veces he pensado morir por mis ideas, ser inmolado por mi pensamiento, martirizado voluntariamente por la justicia, y lo mismo que no he retrocedido ante mi conciencia, yo no retrocedería ante mi organismo físico: miro esta eventualidad sin trepidar; lo que no veo tranquilamente es ese yo no sé qué estrago fisiológico al cual atribuyo esta frialdad, esta impasibilidad en mi visión. Puede ser que ella sea producida por cualquiera otra causa. Siempre he vivido sólo con mi pensamiento: jamás, puedo afirmarlo categóricamente, jamás he sido alentado, jamás he tenido partidarios conocidos, y la soledad de las ideas tanto como la de la persona hace languidecer todo esfuerzo. A propósito y en confirmación de lo cual, recuerdo dos reflexiones trascendentales que en mis paseos me he hecho últimamente. Soñaba a la vez con el porvenir de mi país y con el pasado del cristianismo, y mientras me acobardaba pensar en el estado moral e intelectual de mis compatriotas, me fortalecía pensando en la historia del cristianismo: ¿qué fue lo que le dio el triunfo? La predicación de una idea humana. Tan pronto como oyó la palabra reveladora: Amaos los unos a los otros; la humanidad se levantó de su lecho crapuloso, de su indignidad aceptada: ¿por qué desesperar de la influencia de una idea no menos humana contemplaos los unos a los otros y curaos del mal de indignidad? Un muchacho empujaba, provocaba un cachorro de zorra del Jardín Zoológico: «¿Con qué derecho lo maltrata -le dije-, qué le ha hecho él?». Y como todavía una hora después yo rumiaba esta extraña exhortación, me puse a sondear su profundidad. Ciertamente, yo tenía razón en hablar de derecho: el derecho es una fuerza, y todos los hombres sabemos que la fuerza no tiene derecho contra la debilidad. Yo había hablado de una bestia como si lo hubiera hecho de una persona, y tenía razón: el precepto racional: «No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti mismo», es de tan estricta aplicación a las relaciones de los hombres con los animales, como a los de los humanos entre sí. De aquí la deducción siguiente: Si el cristianismo ha hecho tanto con sólo enunciar su aforismo, si yo he aplacado la furia irreflexiva de un vagabundo con sólo pronunciarle una verdad de conciencia universal, sigue tu camino siempre que sean la justicia y la razón quienes te escolten. O lo que es lo mismo: no te descorazonen los obstáculos del momento: si llevas una idea universal, ella llegará a su fin. Releyendo por casualidad la afirmación final, he pensado en la que hace la Gaceta de Madrid, del día doce, cuyo decreto sobre la formación de una comisión para decidir el número y carácter de las reformas políticas y administrativas que deben hacerse al gobierno de la isla de Puerto Rico, puede hacer inútiles todas mis gestiones.
Septiembre 15, mediodía.
Mi decisión de ir al Boulevard Montparnasse si todavía se dan este año las conferencias de invierno que contribuyeron tan poderosamente a hacerme soportable la soledad del año pasado, ha tenido éxito. Las conferencias, aunque menos asiduamente, continúan todavía. Han dado una que yo puedo aprovechar. Versó sobre las fronteras marítimas de la Francia. El profesor era un hombre como de cincuenta años, de aspecto franco, de intención galaica, de palabra fácil, de erudición mariposeante. No dijo nada profundo, pero engarzó de tal modo su descripción topográfica con anécdotas históricas y éstas en alusiones políticas, que me gustó mucho oírle, y el público se asoció a mi satisfacción. El público francés, cualquiera que sea, es muy fácil al aplauso, porque es muy sensible a los placeres estéticos. Todo lo que tiene colorido, aunque sea pasajero, le complace. También es un público cuyo encogimiento político es fácil de observar. Así, aun cuando le gusta, a estilo ateniense, el epigrama político, cuando percibe uno, necesita otro y otro para animarse: si el orador no lo estimula, él no se estimula a sí mismo. El epigrama político era lo mejor de la oratoria del conferencista de la otra noche.
Una carta de Ramón Freyre me ha sacado de muchas dudas. Me alegro que todo le salga bien. El habla también del efecto producido en España por la nota americana relativa a Cuba, y lo que me dice, me anima. ¡Adelante pues!
Septiembre 16.
Ayer tarde tres encuentros: con Matingo, con Asquerino, con Fortún-Lanza. Con Matingo y sus dos hijas, fue un momento de historia pasada. El antiguo empleado de mi padre, pasea por Europa una fortuna de quien éste no ha recibido favores: ellas, las hijas del dependiente, están en una holgura de que ya no gozan las hijas del patrón de su padre. La fortuna cambia, los defectos triunfan sobre las buenas cualidades vencidas. Habría sido un momento de envidia si yo me conociera menos, o fuera sensible a la odiosa pasión, pero tengo bastante corazón y bastante razón para atribuir los efectos a sus causas naturales. Matingo se dedicó a levantar una fortuna, y lo consiguió. Mi padre ha luchado demasiado para dedicarse exclusivamente a hacer dinero. Esta simple reflexión no lo es tanto para todos, que aquel de los dos que ha salido victorioso no sienta orgullo. Así, él no me vio, yo no le vi sin cierto encogimiento: el suyo, de ver a un pobre que era rico antes que él; el mío de ver a un rico que no lo era en los buenos tiempos de mi familia. Hablamos, y oí lo de siempre. Los ricos no pueden vivir en el país, y los señores se van. ¿Y cuando se ve desde el primer momento cómo se forman esas grandes situaciones que tienen por salida natural la revolución, y uno se dedica completamente a ella -no solamente por adhesión a sus ideas, sino también por reacción contra los egoístas y los débiles- se ve también la desaparición continua de los elementos que uno necesita, y se ve uno furiosamente empujado al abismo? Pues como la sima está muy lejos, no queda otro centro de gravedad que el abismo. ¿Y bien?... En lugar de hablarle, me deshice de Asquerino. No son capaces de comprender que un hombre que ama la justicia y la libertad pueda verse obligado a dejarlo todo por sus ideas, y temo a las discusiones ociosas. La entablada con Fortún no fue ni útil ni profunda, pero versó sobre la cuestión de las Antillas, y en ésta siempre encuentro provecho. El de ayer ha sido el conocimiento próximo de uno de los tipos de los partidarios de la revolución: el indeciso. Hay más de los que uno cree. Por lo demás ése no fue el único provecho de mi encuentro con los dos cubanos.
Hace una hora recibí una carta de Lola que todavía no me he atrevido abrir. Una alarma a pura pérdida. No era una carta de mi hermana sino de su marido. Me habla fraternalmente, y me da la única prueba de fraternidad que yo hubiera querido pedirle, la de llevar a Lola a Puerto Rico. ¡Oh! ¡bendigamos al buen Dios!
Septiembre 17, medianoche.
He trabajado todo el día y me preparo a trabajar esta noche, y estoy contento. Mi paseo a la luz de la siempre querida luna agrega a mi bienestar, y he meditado dulce, tranquilamente sobre mi pobreza. Me decía con profunda convicción, que es un estado en que se tienen todas las solicitaciones de la virtud, la fuerza, y ninguno de los atractivos del vicio, la debilidad. Y como hasta mañana o pasado no tendré que contestar ninguna petición de dinero, no he tenido necesidad de él, y mis pies han sustituido el coche, mis diálogos internos al placer de los entretenimientos, mi continencia a los placeres del amor comprado. Tenía lo que tengo: noventa y cinco céntimos con que yo pensaba tan decididamente oponerme a las asechanzas de lo imprevisto, que al pasar la calle del Sena, tuve la viveza de pensar en mis imprevistos, al encontrarme con uno delante de mí. Una joven con un pequeñuelo en brazos pedía limosna. Pedir limosna en París es cosa difícil. Los mendigos no son sólo perseguidos por la policía sino rechazados por la indiferencia sistemática del público. La gente ocupada rechaza a los pobres como a un obstáculo de que hay que desembarazarse; los que buscan placer les huyen como la luz de las tinieblas; los descuidados no se cuidan de nada; los cuidadosos sólo se cuidan de ellos mismos; los paseantes, matan el tiempo o hacen la digestión, y sabiendo que la administración se cuida bien de evitar la mendicidad en las calles, no creen en la necesidad cuando la ven. Yo creo en ella, al contrario, y con tal fuerza que en París no se me ocurre como en Madrid discutir la miseria. La de la pobre mujer debía ser anonadadora. Me tendía los brazos mostrándome al pequeñuelo, balbuceando frases que las lágrimas entrecortaban y que yo no pude entender, y que no por eso me conmovieron menos, ¡pero pasé de largo!... Continué hasta la esquina con la mano en el bolsillo, proponiéndome devolverme para socorrerla, el recuerdo de mis imprevistos torturándome la imaginación y un reproche punzante en la conciencia. Y ahora, sin por eso perdonarme, me he dicho que la miseria es una cadena, y he deseado para siempre el freno de la pobreza. ¿Qué pobreza? ¡Oh!, bien entendido, la que baste a las necesidades de mi familia, y aleje de mi conciencia la lucha tantas veces librada en ella entre mi conmiseración y mi egoísmo. Este espíritu de propia conservación -lazo por el cual al ligar el individuo a sí mismo ha sabido la naturaleza entreligar los hombres-, ¿es tan exigente, despeja la cabeza tan por completo de pasiones o errores o heroísmos apacentados, que oscurece las luces más largo tiempo, más cuidadosamente prendidas en nuestra razón y en nuestra conciencia? Desde que trabajo y al trabajar pienso en el fruto posible de mi esfuerzo y en la posibilidad de por él hacerme independiente de todo y de todos, pienso menos exclusivamente en mi país. Y sin embargo es para ir a mi país, para poder ir con mis propios recursos, sin tener que apelar a otros, sin recurrir a los cubanos, sin manchar mi devoción a la causa con la mancha de un interés cualquiera, es con este noble espíritu, con esta intención digna que trabajo. ¿A qué entonces esa contradicción? Porque uno tiene siempre que desasirse, uno está siempre sujeto a las necesidades de esta intrincada naturaleza nuestra, y ésta pide recompensa a todo trabajo, a la recompensa bienestar, al bienestar un objeto limitado, y el trabajo se empuja naturalmente, obedeciendo a esa ley, a esa razón, por un camino completamente distinto del que yo quisiera seguir. Por otra parte, si debo creer a mis temores de hoy, no es de no ir a mi deber en las Islas, sino de quedarme en mis angustias de París, a lo que yo debo temer. ¿Por qué? Por una razón muy sencilla. Fiando mi porvenir al trabajo que he depositado en el buzón del Gaulois, su admisión o no es de una importancia capital. Oponiendo ésta al valor del artículo, el artículo no vale nada. E imagino, y pienso, y veo los jueces del concurso leer, con la sonrisa en los labios, mis durezas, y me veo rechazado, lejos de mi ideal, condenado a esta realidad de abandono, de soledad, de miseria y de impotencia. Probemos, por si acaso, al Fígaro.
Septiembre 18, 1¼.
Como es por costumbre mi inteligencia, cuando no ve bien claramente el fin y los medios, así es su proceder difícil, vacilante. Todos mis esfuerzos han sido inútiles para llegar a algo notable. Se trataba a la vez de juzgar el estado, actual de la Francia, según lo denuncian sus periódicos, y por la fuerza del movimiento latente que se apercibe en ella, examinar el doble malestar de Europa y de la Francia en sus relaciones, sociales descubiertas por las discusiones socialistas en todas partes y por el temor que ha causado la abolición de la propiedad en el Congreso Internacional de Bde. Ambos asuntos son de interés palpitante, tanto que no he podido decidirme por uno o por otro. Nada extraño entonces que no haya podido gozar de la belleza de la noche ni de la serenidad de mi espíritu. Fui a ver a Valiente, que creía había llegado; pero no lo ha hecho todavía. Esperaré su carta. Allí encontré a Echevarría que me saludó muy deferentemente. Espero tranquilamente el domingo. Como probablemente me rechazarán, tendré que preparar otro trabajo, más para reconfortarme que porque yo tenga confianza en mi diálogo socrático. En fin, allá veremos.
Septiembre 19.
Mientras leía ahora la narración del momento en que el Dr. Hayes, después de sufrimientos increíbles y gracias a una resistencia heroica, descubrió la parte de la mar libre del Polo, opuesta a la en que el Dr. Kane había en 1853 enarbolado el pabellón americano, me sentía lleno de la angustia del entusiasmo, y pensaba en mi ría, en mi mar libre, en mis hechos, en mis esfuerzos, en mis sufrimientos. ¿Qué son ellos comparados con el fin por alcanzar? ¿Quién es aquel que habiendo conocido los ardores de una vida llena por un pensamiento quisiera abandonarlo? Aun cuando no hiciera nada por el momento, aun teniendo que quedarme en mi misma soledad, aun sintiéndome de hecho abandonado, trabajo por mi idea. Tiempos vendrán en que con esfuerzos menos dolorosos, el deslumbramiento será más vivo y la victoria más cierta. ¿Habré triunfado en el Gaulois? Ni lo sé ni lo espero. Tampoco sé si Valiente ha llegado, como tampoco su carta, ni informes de Fortún. El tiempo no pasa sólo para mis ideas, pues también sobre mis créditos, y ya veo caer sobre mí al locatario y al hostelero. Así, no hay tranquilidad completa. Llueve a cántaros. Al decirme: Tanto mejor; no pensaba que tengo que salir, que no tengo paraguas, ni dinero con qué comprarlo, ni con qué pagar mi asiento en el ómnibus, ni tiempo ni menosprecio bastante para curarme de mi temor al ridículo en que caigo a mis propios ojos cuando veo rodar la lluvia sobre mi sombrero y mis vestidos.
Septiembre 20.
He pasado casi todo el día en rehacer, como yo rehago, el diálogo sobre las fuerzas, al mismo tiempo que lo copiaba y me prometía de él más de lo que me había prometido ya del Plébiscite inaperçu. Voy a adjuntar este artículo a estos exámenes de mí mismo para recordar siempre esta primera prueba. No ha tenido éxito. No sé si este trabajo pertenece a la categoría de los modestos o a la de los peligrosos de que habla el Gaulois al informar de, su sufragio a los concurrentes. Sólo sé que no por esperado me ha abismado menos este rechazo. He visto de golpe el vacío de mi situación, y he tratado de salir de ella buscándome auxiliares. Fui a casa de Valiente, pero no ha vuelto todavía. Fortún ha ido a buscarle. Lanza vive en una casa que no he podido encontrar, que me he alegrado de no haber encontrado, por lo que me disgusta el verme obligado a subirlo a mi nivel o a bajarme al suyo. He pensado en mis auxiliares más naturales, los puertorriqueños Blanco, Acosta, Matingo. Pero ¿qué voy a esperar de gente que sabiendo mi sacrificio -¿sacrificios?... ya basta de esta palabra-, que sabiendo la tenacidad que pongo en el cumplimiento de mis deberes, en vez de animarme, me descorazonan? Sin embargo, apelaré a ellos no sólo para salir de esta situación, sino también para probarlos. He aquí lo que pienso. Hablaré a Acosta para que me procure un trabajo cualquiera de sus corresponsales. Si él no lo obtiene esperaré hasta el concurso del 26. Reposado, y habiendo cumplido con mi deber, si los cubanos, si Valiente no quieren o no pueden quitarme de encima esta montaña, encargaré a Blanco y Acosta que vayan a hablar en mi nombre a Matingo.
Este obstáculo del dinero es mi tormento. Él me ha hecho perder las mejores ocasiones, los mejores auxiliares, me ha hecho inspirar sospechas a aquellos que no podían dudar de la grandeza de mis ideas, de la pureza de mis intenciones. Mi obra de Barcelona, que hubiera podido ser tan grande, fracasó por falta de dinero, que también me ha hecho dejar mis mejores amigos. Mi obra de París el año pasado, que era la continuación de la de Barcelona, fracasó por falta de dinero; mi obra de Madrid, desde la revolución hasta febrero, hubiera podido convertirse en un porvenir, y nada me ha dejado, por falta de dinero. Cuando concebí mi partida de Barcelona para venir aquí a hacer la gran tarea, tuve que recurrir a amigos, al crédito; y todavía no he podido satisfacerles. Cuando concebí mi gran idea del levantamiento de Cataluña, hube de recurrir a amigos, al crédito, y aun no he podido satisfacerlos. Cuando concebí toda la trascendencia de mi deber y me convencí de que mi puesto estaba en las Antillas hube de recurrir a la amistad, al crédito, que no sé si un día podré satisfacer. La apretura me acompaña siempre, todo lo hago en aprietos. Hubiera podido pedir quinientos francos a Freyre para mi viaje a New York, pero he preferido aventurar en el concurso, aventurar en las enojosas relaciones con los emigrados, antes que alejarme su amistad inteligente. Sólo me queda el último paso... ¿El último? Cuando llegue a New York, ¿no habré de recomenzar?
Septiembre 21, 7½ de la noche.
Mi hermana, que no pensaba salir de Madrid cuando la dejé allí, ya está en camino de Puerto Rico. Hoy debe haber salido. ¿Por qué puede todo el mundo moverse en libertad, mientras que yo, más necesitado que nadie de la libertad de movimiento, no puedo gozar de ella? El egoísmo es una fuerza, pero empujada al extremo que lo es generalmente, se convierte en un vicio repugnante; pero desprenderse de ella es perder uno de los resortes de nuestra vida. Casi lo he perdido, y por eso hago lo que hago. En este momento pienso que estos sordos dolores de mi impotencia voluntaria podrían muy bien ser una lección redentora para cualquiera otro: no para mí: como si no la recibiera, como si no la hubiera recibido desde mi nacimiento, y sobre todo desde 1863. En fin, en fin, avancemos hasta esa muerte que acabo de ver en mi imaginación como un hecho palpable, que avanza a la medida de la redención de mi país. ¡Hacia la redención de mi país! ¿Es que un impotente puede hacer nada? Ciertamente que sí, puede hacer lo que yo; acordarse de todo lo que no puede gozar. Gozaría con un aguacero torrencial en mi país, y mientras más oigo el que cae aquí más lo maldigo, pensando en el que tantas veces meció mi sueño, el que tanto le gustaba a mi madre, mientras estuvo la familia reunida. Aquí empieza la lucha. La familia y la patria, siempre los mismos deberes, siempre los mismos deberes entrelazándose y contraponiéndose. Estoy por pensar que padece de decrecimiento de espíritu el que ha perdido la actividad intelectual. ¡Qué autógrafo el mío! El que lea en el porvenir (¿habrá uno para mí?) estas confidencias, si él llega a penetrarse del pensamiento que en ellas piense encontrar, no pasará seguramente por los ultrajes que yo infiero a la lengua de que me sirvo. Y como yo sé que puedo escribir mejor de lo que lo hago, el crimen es más grave. A lo lejos el silbido estridente de una locomotora; en el interior, la memoria de mis viajes, del que hice casi en los mismos días de este mes, el año pasado, y la renovación de mi llegada a España, de mi descontento al encontrarme hecho un quídam en un país al cual yo había servido tanto, con toda la sinceridad de mi corazón, con los esfuerzos más generosos en favor de una libertad que yo sabía no podría gozar. Si a los ojos de la posteridad estos son los esfuerzos de conciencia, de razón, de imaginación, de voluntad, de sentimiento, que merecen la concesión del diploma de grande hombre, a los que han preparado su vida ¿seré yo un grande hombre? ¡Oh!, hace ya largo tiempo que mis servicios a la humanidad no tienen ni siquiera ese estímulo; pero si le hago la pregunta a mi conciencia, ¿por qué no he de hacérsela al papel? No hay que esperar mucho: he sido un escritor polla sinceridad superior a los de mi tiempo, y nadie lo piensa ni lo dice; he sido un político más previsor que la mayor parte de los que veo siendo admirados, y no he podido obtener otros sufragios que los de algunos admiradores. Nadie en el mundo ha hecho más sacrificios de amor propio por amor de la causa de su devoción, y sin embargo no he dejado de oírme tachar de orgulloso. He contado todas mis debilidades desde las del espíritu hasta las de la razón y la conciencia, que son las que hacen la fuerza social, jamás se ha pensado en hacerme justicia. ¿Justicia? ¡Oh! ¡si por amarla hasta el martirio es quizá por lo que soy su víctima perpetua! Todo esto ¿qué producirá? Un hombre que habiendo dominado su cobardía, podrá, llegado el momento, morir heroicamente por sus ideas. Pero los legados hechos al arte, a la historia, a la sociología, a las ciencias naturales, a la ciencia práctica del gobierno... Eso es demasiado para un hombre solo. El tiempo es aire para el trabajo, para el ocio es plomo, decía uno de los consejos que un día me dirigí a mí mismo. He aquí la confirmación. Desde que escribo, el tiempo pasa con una rapidez maravillosa. Vamos a copiar nuestro trabajo para el concurso, y el tiempo seguirá siendo aire.
Septiembre 22.
Al regresar ayer de la conferencia, inefectuada, de Montparnasse, el cielo que había estado espantosamente oscuro se puso de un azul purísimo y la luna apareció radiante en el zenit. Siempre me han gustado la luna y el sol; pero nunca había sabido su valor hasta que he venido a descubrirlo aquí, en donde he aprendido lo necesarias que son la luz y su compañera la limpieza de las calles. Es un placer tan grande para mí contemplar el cielo, que se me van las horas dándole gracias por su bondad para conmigo. Mucho frío, mucho apetito y frecuentes recuerdos de mi país cada vez, todas las tardes, que voy al Jardín de Plantas.
Septiembre 23.
Mientras tengo esperanza veo con tranquilidad mi desesperada situación.
Lola debe tener ya dos días en el mar. Y pienso en mí, y me repito lo que mejor que con palabras me digo en la agonía inexpresable de mi corazón y de mi alma. Esta frase oportuna de Freyre que tan bien coincide con mis propios pensamientos: «Le regalo el romance Une heure trop tard»; y esta sentencia de Molière: «Ud. no hará nunca más que cambiar de posición», a menudo vienen a mi mente. Siempre he llegado tarde: ¿llegaré tarde? Nunca, enfermedad incurable, he hecho más que cambiar de postura: ¿no será más que otro cambio?
Septiembre 25.
El de ayer fue un día bien ocupado. Mi primer paso fue ir donde Acosta. Le dije: «Me preparo para mi gran viaje, cuestión de patriotismo. Búsqueme trabajo para poder emprenderlo». Me respondió: «Imposible, asuntos de familia me impiden ayudarle. En cuanto a trabajo, mi único corresponsal de aquí no tiene ninguno que ofrecerle. En cuanto a su viaje, no se vaya sin verme». Era preciso sin embargo hacerle entender bien la verdad, hacérsela conocer. Comencé por decirle: «Ud. es latino. Ud. no puede comprender que un hombre piense más en su trabajo que en sus amigos para satisfacer sus obligaciones. Ud. se equivoca si creyó entenderme lo contrario». Después le dije que se trataba de una cuestión de idea muy seria, que estaba dispuesto a salir adelante en el asunto y que entre otros contaba con él. Los jóvenes puertorriqueños conocían una sociedad latinoamericana de la cual se podía sacar partido. Que les hablara y que preparara una reunión en la cual, mediante el pago de la entrada yo pudiera dar una conferencia. Acosta puso excusas. Blanco estaba mejor dispuesto. Pero yo no me dejé imponer y de buen o mal grado ellos han accedido. Acosta prepara una entrevista con Matingo, en quien él había pensado para procurarme la suma requerida; pero le he hecho comprender que yo no recurriré a eso sino en último extremo. Para desarrollar mejor mi plan, les he invitado a comer conmigo. Llegaron poco después de mi regreso del Gaulois, en donde de nuevo y en presencia de muchísima gente deposité un sobre enorme. Hemos hablado de los telegramas recibidos de Nueva York en que se asegura el probable reconocimiento del derecho de Cuba a la beligerancia; y también del porvenir de las Antillas. Siempre creo en la realización del porvenir racional de la América, es decir, en la dilatación del progreso mediante la unificación de la raza. Pero dos razas igualmente fuertes, igualmente representantes del espíritu humano, como las que pueblan ambas partes del bello continente, están llamadas a resolver el problema por medio de las fuerzas especiales, del carácter particular de las ideas, de los medios, de la educación, de la vocación, de los fines etnológicos, históricos y geográficos de cada una. Según esto, un acontecimiento histórico más afortunado y una misión por cumplir habiendo favorecido y simplificado la obra de la América, todos sus admiradores han abrazado la idea que ella misma ha concebido de su prepotencia. Luego esta prepotencia destruirá el fin histórico de ambas partes. ¿Cómo impedir el peligro? Favoreciendo la constitución de una federación interamericana. ¿Qué países pueden ofrecer esperanzas? Las Antillas, cuya posición central, vis-à-vis del Continente y del mundo entero, hace de ellas una fuerza comercial imponderable favoreciendo un vasto desarrollo de la civilización, mediante la cual servirán a estos tres fines: balancear las fuerzas de la América, servir de conductor civilizador y preparar el ensayo de fusión latente que se verifica siempre en los grandes centros comerciales, la unidad de la especie. De esta idea del porvenir cercano y lejano se han necesariamente desprendido para mi política deberes hacia las Antillas que ningún otro quiere comprender. Estos deberes los expongo así: las Antillas no pueden ser anexionadas a los Estados Unidos: las Antillas no pueden ser sino estados independientes: las Antillas deben forzosamente unirse en una federación. No hay uno solo que no haya exclamado: «Pero Ud. olvida al presente por el porvenir»; porque todos juzgan los pueblos según su propia debilidad, sus vacilaciones y su egoísmo, creen que no hay más que anexar las islas: tesis que han sostenido con tal fuerza que me han dejado atónito al oírles decir que Betances ha perdido parte de su popularidad a causa de su antianexionismo. Fue entonces cuando expuse a mis comensales mi proyecto. Nos sentamos a la mesa. Teníamos apetito, ellos por su continuo pasear los boulevards, yo por la compañía que hace dos años he empezado a desear, y que siempre, como mi padre, me ha gustado en la mesa. Comimos bien, pues el hostelero se comportó como un hombre de gusto, y yo hice todo el gasto de la conversación. ¿De qué hablé? De lo que lo hago más a gusto. De mí mismo. Narré algunos hechos de mi vida y traté de hacerles comprender el abismo que hay entre lo que yo hubiera podido ser y lo que soy. ¿La causa?: mi patria. Y nuevas variaciones sobre el mismo tema. En verdad, he hecho todo lo que dije y aún más, aun cuando en los detalles yo exagerara un poquito. Pero ¿de qué iba a hablarles? ¿Podré convencerles jamás del incomprensible misterio: Lo que yo hubiera podido, lo que puedo? Y sin embargo la necesidad de hacer constatar mi posición, de hacerles ver bien el fondo de mi alma, más que un deseo vanidoso, fue lo que me hizo hablarles de mí mismo, mezclando los importantes asuntos de mi vida con mi vida misma, sin importancia. Y si mi vanidad fuera al menos sincera podría probablemente perdonarse el pequeño vicio en gracia a los adornos con que yo lo ornaba; pero no: mi vanidad es forzada: es la hija legítima de los impotentes que han podido ser potentes, de los excluidos que han podido ser exaltados, de los pobres que han tenido con qué ser ricos: de ahí una visible dificultad, siempre enojosa por ser siempre suspicaz. Y por otra parte un hombre que ha conocido bastante la vida y los hombres para haber hecho provisión de observaciones y de caracteres no puede dejar de tener una multitud de facetas, fáciles de comprender por la reflexión, pero difíciles de ser apercibidas por la imaginación en su preciso valor. Así, cuando, al descubrirme la intimidad tal cual soy, yo debiera ser más estimado y mejor comprendido, lo soy menos y más suspicacias suscito. Cuál no ha debido ser las de mis dos comensales al oírme hablar con una volubilidad que ponía de relieve mi pensamiento, mi manera de entender el dinero, mi resolución de no recurrir a la gente de gobierno, mi completo abandono a la idea de la muerte. ¿Qué dirán ellos? No me preocupa. Lo que me preocupa es esta observación de siempre: que todas esas facultades que, esparcidas por la negligencia no sirven más que para hacerme envidiosos, acaso enemigos, podrían convertirse en fuerzas decisivas si por el estudio, la quietud de la imaginación y el conocimiento científico de mí mismo, yo llegara a unirlas en un haz solidario y auxiliar del gran haz de mis facultades mayores. ¿Sería más bella mi querida Venus de Milo si en vez de sus brazos truncados los tuviera perfectos? Siempre he pensado al recordarlo que sería cien veces preferible rehacer intelectualmente esta unidad rota por el tiempo que contemplarla perfecta. Pero hay otra comparación menos estética que es tal vez más exacta. ¿Para qué sirven los dedos si no es para completar la función de la mano? ¿Y la mano, si no es para completar el ejercicio del brazo? ¿Y el brazo, si no es para manifestar la extensión del movimiento? ¿Me mutilaría yo voluntariamente los dedos, la mano, el brazo? ¿No he hecho yo esfuerzos para convertir mi mano izquierda en perfecta auxiliar de la derecha? Así, ¿qué son las pequeñas facultades de que se hace despliegue involuntario cuando se las expone en la intimidad, si no son la izquierda de la derecha mano, los dedos de ambas, las manos de ambos brazos, los brazos del movimiento?
Después de la comida, Blanco, que me parece un hombre muy sincero, me dijo en tono de simpatía notoria: «Pero, mi amigo, todavía no hemos hablado de los medios por combinar para su viaje». Y al mismo tiempo que les daba mis gracias más cordiales, les expuse mi proyecto y convinimos convocar a los jóvenes de Puerto Rico a una reunión. Pero pensé entonces que mi concurso del Gaulois podría tener éxito, que no sé aún lo que yo haría si llegara a hacerme aquí un nombre rápido; y pesaba también el fardo que caería sobre mí si habiendo dado la conferencia y recogido sus productos, yo no hacía el viaje. Y se los dije al mismo tiempo que pensaba para mí mismo lo egoísta que es el hombre desinteresado de sí mismo, y cómo los pequeños proyectos traban a los grandes. A lo cual, sin saberlo, respondió Acosta cuando me dijo amistosamente que él sentía mi viaje a Nueva York porque él lo creía inútil si yo contaba con una expedición próxima. Esto me ha dejado en la duda, luchando con mis ideas, pesando el proyectado viaje a Nueva York y el proyecto de dedicarme a la literatura francesa, haciendo aquí lo que no hice en España. Para poner en ejecución nuestra combinación, fuimos a ver a Audinot, un mozo simpático de como treinta años, de frente despejada, de mirar sereno, de ojos muy vivos, de una gran movilidad de pensamiento. Nos contó sus proezas de Puerto Rico, que nos hicieron reír y meditar mucho. Este hombre es una fuerza. ¡Si yo pudiera ganármelo! Es el cura de la Moca, no ha ocultado su influencia y acaso habló demasiado, pero no sabemos lo que bien dirigido él pueda llegar a hacer. Era lo que al entrar en el café decía yo a Acosta y a Blanco, de los cuales no me separé sino a media noche, después de haberles hablado con mucho vigor, seguridad, audacia, viveza, al mismo tiempo que atacaba sus ideas y les atraía como factores de mi problema, como obreros de mi obra, convenciéndoles de mis razones. Si no hubiese perdido esa fuerza de conservación cuya falta a menudo echo de menos, el día de ayer me hubiera sido muy importante. Me habría atraído tres hombres: dos por simpatía y el tercero por temor al porvenir; pero desde mi juventud sé que yo no preveo ni aún para hacerme amigos, menos para destruir mis enemigos.
Esta mañana he empezado a dudar del éxito de la La fête. Pienso que como el artículo no tenía nada de peligroso, y que aun cuando de palpitante actualidad está hecho con bastante habilidad, tiene una delicada ironía, y podría llegar a triunfar. Pero he descubierto en mi memoria algunas negligencias imperdonables: aiet endormi en lugar de soit endormi, charron en lugar de charretier, que pueden haber dado lugar a que me rechacen nuevamente. Pero la esperanza de mi partida casi asegurada (contando con la Asociación y con Matingo como si éstos fueran apoyos seguros) me ha impedido dejarme descorazonar. Mañana habrá bastante tiempo.
Septiembre 27.
Es hoy el aniversario de mi partida para la fracasada aventura de la alta Cataluña, ¿fracasada por falta de ocasión y exceso de éxito? Creo que sí. ¿Llegará un día en que no tenga que aventurar?
La fête ha fracasado. Hice bien en preverlo todo. En cuanto lo supe me fui a casa de Acosta y de Blanco. No les encontré, y les dejé escrito que deseaba verles esta noche. Bien preparado para una desesperación tranquila, me fui a ver mi bella de Milo. ¡Oh! ¡qué majestad, qué sublimidad tiene ella en su aislado retiro! Por espacio de una hora la he contemplado de frente, de perfil, a través del vidrio, de lejos, de cerca. Me he saturado de su belleza, de su serenidad, de su limpidez, de su pureza, de su divinidad, y he podido sentirme tranquilo. A las nueve fui donde mis auxiliares: los jóvenes están bien dispuestos, pero muchas razones se oponen al éxito: la mayoría de los americanos del barrio están de vacaciones; el resto es gente con la cual no se puede contar, viajeros, ricos, indiferentes. ¿Qué hacer? Veremos. Pasamos bien el resto de la noche en la intimidad de confidencias, recuerdos, esperanzas, que me entretuvieron hasta la una de la mañana, cuando llegué a casa.
Septiembre 28.
Para librarse de las molestias de los envidiosos y de los impertinentes hay que vivir como el común de las gentes, porque si uno es pobre y digno y su dignidad y su reserva lo obligan a uno a ponerlas en su vida y en sus hábitos, no dejará uno de estar sujeto a las miradas inquisitivas de la medianía o de la ignorancia, jueces de todo. ¿Por qué trabaja tanto ese hombre, sale poco de su casa, no tiene mujer, y no habla ni mete bulla a pesar de ser tan cortés, tan amable, tan benévolo? Estas son probablemente las preguntas que se hará el vecindario, con que intrigarán a mi locataria y probablemente habrán hecho a todos los conserjes de los alrededores: me mortifica la idea de estar siendo el blanco de las habladurías de los vecinos, sobre todo al pensar que a las tonterías de la curiosidad se puede agregar la sospecha: «¿Ha llegado él al punto de no poder pagarme el alquiler?». Pues es una preocupación punzante: ¿Y si no puedo pagarle el alquiler a la locataria y las comidas al hostelero? Cuando entro y encuentro a la locataria en la escalera con la conserje, tiemblo de amor propio, y mientras más se acerca, el tiempo de pagar y más palpables son mis dificultades, peor efecto me hacen estas entrevistas: es lo que me ha pasado hoy. Cuando el hostelero se descuida más en las comidas, pone menos cuidado en sus dos visitas cuotidianas, menos exactitud en la hora fijada, más pienso yo que él teme no ser pagado y lo hace de antemano en triquiñuelas. Hace días que esta duda me mortifica.
Septiembre 30.
¿Será verdad? Sí, es verdad: definitivamente he resuelto mi viaje. ¿Lo haré? Sí. ¿Cómo? No lo sé. ¿Mañana? Mañana. ¿Con qué recursos? No me contesto, pero tengo la seguridad de corazón de toda resolución. Sólo que, los del Correo de Ultramar, a quienes mi buena fortuna les ha hecho adquirir Bayoán, exigen tiempo para el pago, y eso puede demorarme tal vez una semana. Estoy tan contento que no hago más que pensar en el mar. ¿Pero, será esta buena fortuna capaz de socorrer al infortunio, a cualquiera que busque el abismo por la atracción del abismo? Sin embargo no debo quejarme. Siempre he tenido, por raro que parezca, pero es verdad, siempre he encontrado auxiliares, tibios, incompletos, comoquiera que hayan sido siempre los he encontrado: Éntrala, para buscarme impresor para Bayoán; Garrido, para imprimirlo; ese noble Matías Ramos, para ponerlo al alcance de los puertorriqueños; ese mismo M. E., mi hermano, mi amigo, aun cuando me hacía mal, para La Nación, para Las Antillas, para El Progreso, para mis desconocidas agonías de Madrid; Garnier, Tapia, para ponerme en relaciones con ese noble Cabrera, el único hombre de quien he recibido un verdadero servicio, en la forma y en el fondo; López, para procurarme el judío; ese bueno de Foncueba para simplificar mi difícil misión voluntaria de Gerona; ese ingenuo patriota Ziburu, la simplicidad de cuyos servicios estimo todavía; esa buena Juana cuya última injusticia, aumentada por sus apremios pecuniarios no deben hacerme olvidar sus servicios de un año, y la paciencia de éstos; ese buen Pozo y su mujer; ese devoto Montaña; este difícil Freyre cuya radical nobleza de sentimiento y de pensamiento, no me ha faltado; esos difíciles, esos implacables Blanco y Acosta a quienes probablemente acabaré por deber mi partida; ese simple, bueno, inteligente y espléndido egoísta Álvarez-Peralta, que espontáneamente me ha abierto el camino y tiene palabras de respeto para mi decisión; todos en fin, todos aquellos a quienes he podido dirigirme, todos me han respondido: todos, excepto cuatro, son compatriotas míos. ¿Me quejaré todavía? Sí, me quejo de haber tenido que recurrir a tanta gente, de tantos años de agonía, de tantos dolores de dignidad, de tantas luchas de conciencia, de la irreverente exposición de una creación tan reverenciada como la de mi pensamiento y mis sentimientos, de una tal conflagración de espíritu, de una tal miseria, de una tal impotencia, de una tal abnegación no comprendida, de un martirio tan desconocido. Y adelante. Sí, me iré.
Octubre 3, mediodía.
Esta mañana recibí una carta de Blanco avisándome que Acosta había recibido una carta de Martínez10 con trescientos francos para mí. Suponiendo que haga ciento cincuenta francos en la reunión, todo mi haber será de cuatrocientos cincuenta. Calculo que debo ciento cuarenta de alquiler y de restaurant: Decidido como estoy a partir aún en tercera, espero tener bastante con el resto. Pero ¿a Nueva York?
Octubre 4.
A excepción de una hora y media que pasé en casa de Audinot oyendo el piano, no he hecho otra cosa hoy que andar de un lado a otro preparando mi viaje. La «London, Havre, New York, Steam Ship Line» hasta ahora es la más barata, pero es también la más lenta: del Havre a New York son catorce días, pero el pasaje no me costará más que ciento sesenta francos en tercera, desde luego. Me pregunto cómo podré hacer el viaje en tan malas condiciones para mi cuerpo y para mi amor propio, y como siempre, dispuesto a la abnegación, me contesto que yo lo sobrellevaré. Se puede, aunque en mejores condiciones yo no he podido hacer la navegación de Puerto Rico a Cádiz ni de Barcelona a Marsella en segunda.
Octubre 5.
A punto de partir Blanco y Acosta llegaron a mi puerta para entregarme la letra de Matingo y los trescientos francos. Es un gran alivio encontrarse con un espíritu delicado. Matingo ha dado pruebas de un alma elevada: su carta es enternecedora: la prefiero a sus trescientos francos. Blanco me ha ofrecido caballerosamente cien francos, y Acosta cincuenta que Audinot me pide que acepte y cincuenta que él mismo me ofrece: pero no puedo aceptarlos. ¿Podía yo aceptarlos? No podía.
Octubre 6.
Si no fuera por las dificultades de siempre, mi enemigo, el dinero, estaría tranquilo. ¡Los días son tan bellos, el otoño es tan espléndido, la naturaleza está tan alegre! Pero mientras más arreglo mis cuentas con menos me quedo para llegar a Nueva York con bastante dinero para no tener que recurrir a otros.
No estaré contento de mí mismo si olvido la fácil disposición de Audinot para ayudarme. Vino ayer, lleno de consideración a mi situación y de delicadeza en su conducta, excusándose de que las circunstancias le impidieran contribuir a mi viaje tan abundantemente como él desearía: después de irse encontré cincuenta francos que él me había dejado sin que yo lo percibiera.
Los dos francos y medio dados como fianza en el almacén de baúles y los veinte pagados al sastre por el arreglo de mi sobretodo, me pesan mucho.
Blanco ha venido a traerme ciento cincuenta francos. Alea jacta est. Él me ha dado dos satisfacciones. Buenas noticias: de la tercera de a bordo, y la promesa de acompañarme hasta el Havre.
Octubre 9.
Un movimiento de gratitud a esta bella Francia pone la pluma en mis manos. Desde hace días estoy maravillándome de la belleza de su cielo, de la dulzura de su temperatura otoñal, de la tenaz frescura de las flores de sus jardines, del perfume refrigerante de las plantas, de la bondad de esta vida de pobre que puede llevarse tan dulcemente, tan útilmente para el corazón y el espíritu, en este fácil París en donde todo puede hacerse, todo puede ser, sin trabas, sin obstáculos, siempre que haya una conciencia serena, sentidos regidos por ella, deberes queridos por cumplir, experiencia suficiente para sustraerse a los placeres de la calle y para no tener otros que los del pensamiento. Sí, París es la ciudad de los pobres. En ninguna parte que yo sepa -veremos a Nueva York-, se puede vivir con tanta dignidad, necesitando menos recursos. El espectáculo enseñador de la civilización es gratis por todas partes: el arte arrastra a la contemplación aún a los menos ávidos; la ciencia lo envuelve a uno por todas partes arrastrándolo siempre hacia las bibliotecas y los establecimientos públicos de instrucción y hasta a las asociaciones de obreros en que se profesa para ellos; una vida cómoda y poco costosa; familias a quienes con poco esfuerzo uno puede atraerse por completo; libros baratos, teatros en que se puede a la vez admirar la literatura antigua y la moderna, junto con los efectos escenográficos que la ciencia aplicada ha sabido sacar; un pueblo cortés; una completa libertad de acción. Este no es ciertamente el falso París de la gracia, de las cocottes, de los extranjeros poderosos; ni el demasiado realista París de las angustias materiales y morales: pero cualquiera suficientemente avanzado en su educación moral y racional para contentarse con la pobreza suficiente, que sepa estudiar las vidas en lugar de odiarlas, puede analizar la miseria para aprender a ser útil a la humanidad. Una civilización cualquiera no es más que la historia resumida de una raza, de una porción de la humanidad, y las grandes ciudades no son más que la confluencia de todos los recursos de una civilización; se puede estudiar a la una por las otras: desgraciado del ciego de sentimiento o de razón que pida a una civilización, a una gran ciudad luz sin sombra, virtudes sin tacha, riquezas sin miserias, limpidez sin mancha. Expresión una y otra de la vida de la humanidad, mientras más expresen su progreso, más expondrán también sus monstruosidades. El crimen de Pantín, la intemperancia por todas partes, la monomanía del dinero de todos y cada uno, la indiferencia por la libertad, la demasiado fácil condescendencia con la indignidad pública que soporta pacientemente un gobierno personal, todo eso no es más que el síntoma de una enfermedad constitucional de la humanidad en progreso; eso no es sólo triste gaje de los parisienses, eso es la enfermedad de todos los habitantes de las grandes ciudades; el trabajo, las pasiones y el interés: he ahí los motivos; el bien y el mal, el error y la verdad, el amor y la concupiscencia; he ahí el movimiento. Es por eso que el París del extranjero repugna y el del pensador atrae. El primer día, ensordecedor; después, entristecedor; más tarde, suscitador de serias meditaciones. De todos modos, quiero al París que conozco y lo prefiero con mucho a los demás que conozco de Europa.
Anoche fui -¡cincuenta céntimos!- otra vez al Odeón. Representaban Sgamarelle, Cinna y Les Precieuses ridicules. He ahí tres obras maestras por diez centavos: un calor sofocante, es verdad: pero ¿quién no arrostraría gustoso tres horas de molestia con tal de que lo aliviaran Molière, el gran Molière, y Corneille, el fuerte Corneille? ¡Qué profunda delicadeza la de Sganarelle! ¡Qué radicalmente humano su tipo! De tal modo humano, que el perspicaz comediante no tiene más que desenvolver este carácter mezcla de perfecta hombría de bien y de egoísmo, para hacer la comedia más ejemplar, más alegre, más dulce del palacio intelectual. Nada de peripecias. Dos desvanecimientos y un retrato son toda la trama: pero la estructura, qué sustancialmente trabajada. Vino el turno de Cinna. La tragedia es admirable: grandísima facilidad en el estilo; abundancia de pensamiento; caracteres bien pintados; ideas subalternas muy bellas; gran fuerza en la concepción; las escenas bien torneadas y una atmósfera de grandeza moral que llenaba la acción: faltaba el fin, sin embargo: el alegato de toda la pieza contra la tiranía y el gobierno personal desaparecen ante la magnanimidad de caricatura prestada a Augusto. Augusto y Máximo, el tirano y el amante sincero de la libertad, aun al aceptar la del déspota, son los dos grandes caracteres de la obra. Emilia y Cinna podrán ser dos romanas, pero son indudablemente dos tipos humanos. Llegamos a las Ridicules. ¡Qué cuadro, qué limpieza en el dibujo, qué vigor en la crítica, qué verbo, qué acción, qué movimiento, qué verdad, qué naturalidad! En éstas, como en la Sigarelle, los artistas representaron a maravilla. Cinna no por mal representada atrajo menos aplausos. ¿Y el público? El público me amargó: es verdad que no lo componían sino estudiantes, hombres maduros que habían ido allí a falta de distracción más novedosa, y obreros; pero no había en toda esa muchedumbre un solo grupo de hombres pensantes en el pasado, en el porvenir ni en el futuro de su país para sentirse embargados por el ingenio que chorreaba Cinna por todas partes. ¡Qué dolor! Oyeron representar sin pestañar el cuadro ad hominem de las carnicerías que sembraron el reinado de Augusto, pero no resistieron a la adulación -la enfermedad más grave de los pueblos gobernados por un autócrata- y tan pronto se presentaba Augusto lo aplaudían. ¿Aplaudirían al personificador o al personificado? Es lo que me intriga. El personificador no valía la pena: el personificado está hoy por todas partes en Francia y lo adulan tanto cuanto pueden, aun cuando sea a la manera de Cinna. En cuanto a Sigarelle, no aplaudieron más que las salidas un poco obscenas, pero, ¡los caracteres!, apenas se apercibían de ellos. A mi lado, transportado de júbilo por las Precieuses, me preguntó uno por quién era la pieza. ¿Cómo, me dije, hay en Francia quién no conozca a Molière? Y le contesté con un tono impaciente: «Pues de Molière».
Octubre 10.
Creí economizarme el gasto de los diez o veinte centavos del teatro en la reunión de Belleville, en donde no contaba encontrar el espectáculo interesante de que yo fui el más desinteresado y acaso él más noblemente apasionado espectador. Al entrar vi una mujer detrás de una mesa sobre la que había una bandeja con algunos centavos que parecían ser el obstáculo de los pobres o de los apurados. Tuve bastante decisión para entrar de largo, pero la señora me dijo: «Ciudadano, si hace el favor...». Y al contestar ella a mi pregunta de cuánto debía pagar, respondí deslizando modestamente los diez céntimos en la bandeja. Entré en la sala. Era una vasta superficie cuadrada ocupada en toda su extensión por bancos atrás, y sillones adelante, y rodeada por una circunferencia de palcos: el conjunto pobre, usado, sórdido. Se veía bien que era el sitio de reunión de un pueblo que no tiene el hábito de hacerlo. Faltando espectadores al espectáculo, éste se convierte en una asamblea del pueblo. La sala parecía consagrada originariamente a la música. En lugar de los nombres de los oradores, los políticos, los revolucionarios de la Francia, los de algunos de los maestros: en donde uno esperaba encontrar Rousseau, Voltaire, Mirabeau, Desmoulins, Danton, Manuel, se leía Adam, David, Halevy, etc. Pocos vestidos burgueses, por todas partes la blusa y la gorra del obrero: algunas gruesas mujeres, algunas sirvientas, dos o tres señoras: un olor insoportable a tabaco de pipa, una atmósfera cargada, la suciedad del trabajo, el movimiento, el ruido de un pueblo que se encuentra dueño de sí mismo. La mesa directiva tardaba en reunirse. Al lado de su departamento y un poco más abajo, una mesa delante de la cual se sentaban dos personas que yo creí eran los estenógrafos. Un señor que tenía la apariencia de todos los satisfechos de sí mismo se adelantó a la mesa pidiendo a la Asamblea nombres para la presidencia. Pueblo no acostumbrado: grita, vuelve a gritar, clama y reclama a cada nombre. Por todas partes Rochefort: querían darle la presidencia de honor, pero Louis Blanc se la ganó. La presidencia de la sesión fue de tal modo disputada, hubo tal guerra de vanidad entre los elegidos, tantos de ellos mismos se retiraron -unos por su dignidad, otros porque no aceptaban simplemente- que todos se maravillaron y yo más que los demás de ver la mesa instalada al fin. Había una pandilla dirigida por un tal Dumont, joven de gran viveza y de gran influjo sobre los suyos, que mantenía viva la pasión del pueblo. ¡La pandilla!, gritaban a cada paso y por todo, pero no por eso dejaba la pandilla de resistir a todas las decisiones de la mayoría. Triunfante ésta, se leyó la orden del día. Nada más interesante ni más apropiado a la situación económica de Europa, a la revolución social latente en Francia: Asociación general de producción y de consumo para el aseguro de la vida y la libertad del trabajo. La señora Pi pidió la palabra, y fue recibida por un prolongado cuchicheo de la Asamblea: pero ella no se desconcertó, aunque un buen fisonomista hubiera podido leer en su cara cierto encogimiento. Era una mujer de talla mediana, trigueña, de ojos serios, cabellos negros descuidados, con un vestido ceniciento a la moda de las damas de compañía o de las muchachas de restaurant. Se acercó a la tribuna con aire resuelto. Su apostura era la de un orador acostumbrado. Sus manos, demasiado fuertes para una mujer, obedecían con sobriedad pero con seguridad a su palabra fácil. ¿Qué dijo ella? Nada muy nuevo. Y sin embargo, mientras más hablaba ella y más la atendía yo, más admiraba a esa pobre mujer aislada en su sexo, que se aproximaba al contrario, y dedicada tal vez a una causa grandiosa. Hablaba mucho de armonía universal y mucho del problema en discusión: pero también decía, y puede ser que sin darse cuenta de ello, de cosas bien dignas de ser pensadas después de haber sido sentidas. ¿Sabía ella, por ejemplo, lo que decía cuando pedía la nivelación por el trabajo, la constitución de una sociedad humana de trabajadores, cuyos secretarios debieran su función a su trabajo? Lo que ella parecía entender mejor y sentir más en todo su discurso fueron sus ataques a los procuradores, los notarios y los abogados mismos. Movida por un sentimiento generoso, ella no se daba cuenta de su inconsecuencia al pedir la supresión de una función que, aun cuando inicua por los abusos que a su sombra se cometen, no por eso deja de ser una función, una obra, un trabajo social. Pero como el sentimiento es la avanzada de la razón, el sentimiento bien dirigido, uno puede explicarse a la vez la inconsecuencia y perdonar a la inconsecuente. El sentimiento es derecho. Sí, es preciso la desaparición de los intermediarios de la justicia: he ahí el desiderátum: los intermediarios de la justicia usurpan siempre y fatalmente, por la fatalidad de las pendientes humanas, los derechos de los individuos y aún los de la justicia misma: he ahí la razón fundamental. Los intermediarios de la justicia, escribientes, procuradores, notarios, abogados -yo agrego jueces y magistrados-, son (las excepciones confirman la regla) desgraciadamente arrastrados por su egoísmo a hacer del derecho, de la justicia, un modus vivendi. La oradora terminó hablando de igualdad: ¿hubiera podido dejar de aplaudirla el pueblo francés?
Un joven de treinta a treinta y dos años, de paso seguro, aire tranquilo, ademanes naturales, sin afectación, se presentó en la tribuna. Prometía menos de lo que dio. Parecía tan burgués como su ropa. Era todo un orador de parlamento, no sólo porque su manera era parlamentaria, sino porque su habilidad en esquivar la cuestión principal denunciaba en él el seguro instinto de los parlamentarios, y también por la fuerza de que daba pruebas en sus argumentos, y por la calidad de ellos. A alguien de la Asamblea que lo interrumpió dudando de lo que acababa de decir, le respondió con escapatorias, con círculos viciosos, sin conmoverse, sin inquietarse: a una denegación terminante con que la muchedumbre respondió a una cifra de que él hizo uso, él contestó, sin tomarse el trabajo de sostener su cifra, con firmeza que la había tomado de Le Reveil, fuente científica un poco dudosa e indudablemente apasionada, aunque honesta. Son los defectos morales, lo que yo llamaría la inconscienciabilidad, acompañados del talento en el decir y de la fuerza en el sentimiento, lo que hacen los oradores de parlamento. La muchedumbre, incluso yo, estaba emocionada. Este hombre hablaba con el sentimiento latente del pueblo, hablaba de libertad, se burlaba de ella, llegó hasta hacer llamamientos a las armas -dulce pero claramente-, lloraba y cantaba a la libertad, castigaba al imperio y a sus partidarios, atacaba las infamias económicas y sociales de que el imperio ha sacado renombre, condenaba con un tono sincero y espíritu austero la explotación de los crímenes que se permite a una prensa habituada a la mordaza; opuso la libertad dejada al mal a la libertad negada al bien, el crimen de Pantín explotado a los estupros de Bauvais defendido del rumor público; los armamentos inútiles a las trabas al trabajo y a los trabajadores; las conscripciones diezmantes de Napoleón a su caída en Waterloo; y aun cuando el comisario del gobierno protestó y se opuso con toda su fuerza, la Asamblea entera y yo con ella aclamamos con aplausos prolongados y repetidos a las ideas personificadas en aquel momento por el orador. Estábamos todos tan emocionados que, si en lugar de una tentativa de explotación (el interés individual está por encima de todo en estas grandes ciudades) declamada por un quídam, se nos hubiera hablado por otros labios con la misma conciencia, el incidente final hubiera sido estrepitoso. Los dos señores que ocupaban la mesa al lado de la presidencia no estaban menos movidos que el comisario de policía y su adjunto.
Dumont fue llamado a la tribuna, y habló muy enérgicamente contra la falta de sentido que encontraba en los alegatos en favor de la libertad mientras que ellos, los obreros, el pueblo, no gozaban del derecho de igualdad, lo que -de paso- no excitaba el entusiasmo y prueba la rectitud de sentimiento de los pueblos que reprimen sus ideas cuando conciben alguna cosa anterior, como en el caso de Francia, en donde la cuestión política tiene fría ascendencia sobre la cuestión social. Empujado el orador por su propia vehemencia y por la hostilidad de la sala, se apartó brillantemente de la cuestión en debate para llamar a la reunión a aprontar una suscripción para los mineros en huelga. Era lo que esperaba el comisario: declaró disuelta la reunión: pero la presidencia sintiéndose apoyada por la Asamblea declaró que la sesión continuaría, a lo que respondió el comisario con un llamamiento a la fuerza. Un orador se declaró comunista y acusaba a uno de sus predecesores cuando apareció la fuerza: el comisario seguido de una porción de gendarmes, tomó posesión del estrado: el orador se calló, pero algunos obreros se opusieron pasivamente a la entrada de la policía, y ésta tomó la actitud amenazante que precede a toda colisión. El presidente entonces declaró disuelta la reunión por la fuerza armada: hubo protestas, algunas llenas de cólera, pero ya me habían dado abundante ejemplo de prudencia, cuando yo tomé la decisión de salir.
Ayer las Tullerías, esta mañana el Luxemburgo, han recibido mi adiós. En las Tullerías, los prados estaban frescos como en los primeros días: en el Luxemburgo, el césped y los árboles tenían el dulce color melancólico de las plantas en vísperas de morir: ayer como hoy, era tónico el olor del suelo radiante, y la penetrante brisa del otoño era fortificante. Ayer en las Tullerías, hoy en Notre-Dame, he merecido miradas benévolas a algunas jóvenes y he pensado que también las francesas son amables. Esta noche iré al Jardín de Plantas, después de lo cual podré partir sin dejar pesar detrás de mí.
París, octubre 10, 11 de la noche.
Estoy contento: me he despedido de los castaños de la India, de los plátanos americanos, de los tamarindos, de la magnolia, de las bestias feroces y de los pájaros sumisos; he recorrido diciéndoles adiós los rincones de mi gusto, la pendiente desde donde se ve el atrayente panorama del ala derecha del jardín, el montículo en donde asienta su trono el cedro del Líbano, el banco en donde tantas veces he pedido consejo a la meditación tranquila, los cuadros de flores lucientes, el de forma de ramillete que tanto he admirado, la campanita cerca del banano, el algodonero, la caña de azúcar que me recuerda la patria siempre presente en mi alma; he vuelto a ver el lugar melancólico en donde la santa babiloniana se bañaba en un pequeño estanque, y el árbol de las pajareras que con algunas plantas exóticas y la encina característica de la vieja Europa, forman un retiro encantador lleno de misterio y de belleza; he saludado a la luna, y varias veces he dado el último adiós al lugar bien amado.
Con el alma reconfortada y el corazón ligero, fui entonces a buscar a Blanco para arreglar con él nuestro viaje al Havre; pero él me dijo de haberse arrepentido del compromiso.
Nueva York, octubre 31, 1869, medio día (Bleeker St. 292).
Como siempre, lo de siempre y para siempre condenado a lo de siempre. La casualidad, la inteligencia, la conciencia y la fortuna unidas no lograrían jamás hacer producir efectos diferentes a causas agentes en medios y en esfera igual; jamás, con razón más grande, lograrán mis deseos la virtud de mis esfuerzos desamparados de la suerte y de la casualidad amiga, conseguir que, por sólo variar de escenario, varíen para mí las escenas, el drama y los actores. Nada, pues, de quejas contra mí ni contra nada. Si logro aprender, lograré ser.
El hecho es que no he salido todavía de España ni de Francia ni de Puerto Rico; que estoy en plena lucha con las mismas ideas, con los mismos hombres, con idénticas pasiones, con igual insolidez de fines, con parecida codicia de medios materiales, con todo lo que en España me ha dañado, con todo lo que en Francia me asustaba, con todo lo que en Cuba y Puerto Rico puede producir el sistema antihumano que enferma allí, como en todas partes, a los tiranizados todos.
Pero, cuidado: no por explicarme con perfecta claridad la causa original de estos vicios colectivos que me salen al encuentro, de esos vicios individuales que se me oponen de continuo, siga yo teniendo la magnanimidad enervadora que en España me ha inutilizado, que me hacía ridículo a los ojos de aquella gente de París. Seamos justos, pero dejemos de ser pasivos: la justicia es tal cuando, considerando fines, medios, esfuerzos, propósitos, intenciones, actos, pensamientos, ejecución, disculpa en nombre del bien, y en nombre del bien, y para el bien y por el bien castiga. Que no me conozcan, nada extraño; que sea imposible conocerme, culpa mía; que yo no sepa enseñar a conocerme, vicio de mi primera soberbia iniciación moralista; que parezca inverosímil realidad el triunfo de contradicciones que constituyen mi carácter, natural; que sea difícil creer en un conjunto de esfuerzos como los que constituyen mi personalidad íntima y mi exterioridad activa, necesaria; que se huya de mí como de un problema que se tiene por irresoluble, pereza y cobardía de espíritu; que se desatiendan, se olviden voluntariamente, se anulen, se borren mis servicios, competencia explicable que no asombra; que, finalmente, la inopia de medios materiales inspire esa invencible sospecha que inspira siempre el contraste de una impotencia manifiesta con una potencia moral e intelectual tanto más reconocida cuanto más negada, humanidad; pero que se me empuje, se me atraiga, se me engañe, y después se disimule el engaño y se afecte asombro de la conducta provocada, y se desatienda lo claramente hecho entender, eso es lo que no puedo -sí podré-, lo que no debo, lo que no debería perdonar jamás. Y eso ha sucedido.