Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

19 de febrero de 1870, mañana.

Noche de Club, estuve en él a cumplir mi compromiso. Tenía que hablar y no estaba tranquilo, pero tenía la tranquilidad suficiente para contribuir a ordenar aquel desorden, y lo hubiera conseguido si tuviera las cualidades que me faltan. Indudablemente, me falta el talento de los pormenores mecánicos, el ingenio, la claridad de vista para las cosas reales, con la cual y con el cual se ven de una ojeada los defectos y los excesos de las cosas y los medios inmediatos de corregirlos. La proposición contra el juramento halló dos obstáculos, uno de conducta y otro de principio. Aquella; se oponía a que, pocos días después de convertido por la discusión en imperativo reglamentario el juramento, se volviera a discutir. Principio libremente aceptado era que las mociones reformadoras de estatutos no se discutieran sino quince días después de presentadas. No podía, pues, discutirse lo que se discutió. Pero, pues se había discutido y pedía una votación, era necesario que ésta completara la discusión para cerrarla de una vez. Esto era tan obvio que no se me ocurrió, así como tampoco se me ocurrió otra cosa igualmente obvia de que inmediatamente sacó partido Mestre. Pues hay aquí una asociación que, después de votada una resolución, la rechaza, la asociación tiene el derecho de volver sobre sus acuerdos y anularlos. Pero si me falta absolutamente esta sutileza, no me falta el vivo deseo de que el ensayo que hace el Club produzca sus frutos naturales e hice cuanto pude, y logré que se ordenara aquel desorden. Algo hay allí y algo puede sacarse. Pruébanlo la atención y la animación que después, cuando Rius, Escobar, Mestre y yo hablamos, manifestaron los asistentes. Mestre habla bien y tiene sutileza, la conveniente para hacer de él un político prudente. Escobar es un hombre muy sincero y de pensamiento muy sano. Rius es un talento claro y un hombre que ama las ideas. Yo hablé mal, por más que me oyeron atentamente y me aplaudieron, cosas las dos que probablemente se aplicarían, sin que lo conociera el auditorio, a las ideas parcialmente tomadas del discurso, o a éste en sí. Ningún orden, ningún pensamiento dominante, y mucho miedo. Todos los días hablando con todo el mundo, digo cosas mejores en series más completas. Si yo hubiera dicho lo que había pensado o hubiera repetido lo que dije a mis coadyuvantes, hubiera dicho algo.



Miércoles, 2 de febrero del 70, mañana.

Después de exigírmelo a mí mismo he pedido a Castro, Acosta, Márquez, a cuantos pueden dármelo, a cuantos debieran poder, el plan de hacienda que necesito para la revolución y para la reorganización. Aun no lo tengo, y probablemente, como no lo forme yo en vista de las circunstancias y de las necesidades, nadie me lo dará. En todo tan atrasado como en esto, y cada vez más comprometido y más resuelto yo, pienso con insistencia en si, no teniendo como no se tienen, los elementos de la revolución, es patriótico el provocarla y es prudente el llevarla desde fuera. Tanto más me convenzo de la necesidad de ir a Puerto Rico, cuanto mayores son los obstáculos que se presentan. El mayor de todos no es la posición que tengo en la emigración cubana.



2 de febrero, noche.

Pensemos en lo digno de pensarse. ¿Puedo yo, desconocido en mi país, sin amigos en él, sin otra influencia que la poco expansiva que conquistan la profunda posesión de las ideas y el sacrificio por ellas, intentar en mi nombre una revolución? ¿Puedo contar con Betances, que, además de su decaimiento, ha cometido la ligereza de ver en mí un rival, y, tratándome como tal, ha desconocido sistemáticamente hasta el derecho que, como soldado de la misma patria y de la misma idea, tenía? ¿Puedo yo contar con Basora que, hoy mismo, anunciándome la partida de su amigo, me decía con inequívoca intención: «Queda Ud. dueño del campo, y queda solo. Yo voy a ponerme a trabajar para vivir»? ¿Puedo yo contar con recursos que nadie me ofrece, que nadie me dará, que son absolutamente necesarios? ¿Puedo, por otra parte, exponerme a las exigencias constantes, incesantes, implacables, de mi corazón, que me llama a Puerto Rico, que a bien de realizar el objeto de su continua palpitación, me hace amable el sacrificio de la vida, pero no deja ver tranquilamente a la razón los peligros de un golpe de mano en vago? ¿Debo yo, sobre todo, obrar por sentimiento, por esta pasión de la razón que convierte en activo movimiento todas las meditaciones de mi vida, cuando acaso mi país pueda entrar en las vías de la revolución tranquila? Harto me ha engañado la generosidad de mi alma, harto me ha alucinado el desinterés absoluto de mi apostolado, para no detenerme una vez a compulsar las circunstancias. Sí, todo lo veo, todo lo comprendo, todo lo domino en mi razón y en mi conciencia; pero, no doy un paso, no inclino la cabeza para meditar, no recojo el corazón para sentir, sin que a cada paso, a cada meditación, a cada palpitación, surja el ideal de la patria deseado, del porvenir buscado. ¡Ah! tremendo error del entusiasmo, el cometido al venir aquí. Puerto Rico, Puerto Rico era mi puesto. Si sólo se tratara de la patria, Cuba independiente me la daría, pero se trata de toda la vida reflexiva de mi espíritu, y necesito que Puerto Rico complete la obra de Cuba y realice el ideal de las Antillas, independientes, fundadas en la libertad y en la igualdad, procurando la unión de todo el Continente, sirviendo de mediadores al comercio y a la civilización del mundo. Y desde aquí no se va a eso. Aquí se pierde el tiempo y nada más.



Viernes, 4 de febrero, 70, noche.

¿Qué sería mejor para conseguir de hecho el lugar que de derecho me corresponde en la revolución de las Antillas? Maldigan cuanto quieran de las ideas esos fatalistas que el despotismo ha hecho adoradores de los éxitos, alguna influencia tienen las ideas cuando a mí, que no sé más que pensar y sentir, se ven obligados a rendirme un pleito homenaje que no sé exigirles. Me lo rinden, pero de tal manera, que la fuerza mayor que yo desarrollo en ideas quede anulada por la mayor fuerza de habilidad que ellos emplean: y como ellos son los árbitros, el rendimiento; que hacen a mis ideas y a mis sentimientos es un nuevo recurso que utilizan, un motivo de justificación a que se abrazan. Es como si dijeran: «Nosotros pensamos lo que piensa él; tenemos sus mismas ideas y sentimientos; pero él quiere llevar todas las cosas a sus consecuencias extremas sin reparar en los obstáculos, y es más un entusiasta que un político, más un visionario que otra cosa». Y sobra que digan visionario. La mayoría perpetua no se para a examinar, ni puede, de qué parte está la razón, de cuál el supremo interés de las ideas, en cuál los motivos de acción «más generosos, en cuál concepción más completa del pensamiento, en cuál capacidad mayor para realizarla. Ve que los detractores cautelosos de las mismas ideas a que afectan obedecer, son los que tienen en su mano la suma de facultades necesarias para obrar, y se inclinan al que algo puede. Así, todos, empezando por P., que ayer se tomó la libertad de borrarme algunas palabras de mi artículo, sólo porque se referían a Morales Lemus. Este, que no verá con gusto la propaganda independiente que hago y que sentirá además una inferioridad de medios manifiesta cada vez que contraste sus actos con los que yo propongo, debe ser, estoy próximo a creerlo, el que más me combata y el que haya contribuido más a mi posición penosa entre esta gente.

Pero, no: algo esencial, radical, hijo de mi propia naturaleza, producto de mi exigente educación intelectual, engendro de mi educación moral, efecto de mi austeridad refractaria, debe haber en mí que produce en todas partes los mismos resultados. ¿Cómo es que, a pesar de todos los sacrificios de amor propio que les hago, los míos, los mismos por quienes estoy aquí, con quienes he venido a trabajar, buscan, provocan y aprovechan cuantas ocasiones son aprovechables, para atormentar mi amor propio? Porque hago con ellos lo mismo que con los otros; cuidar su conducta, y lo que es más y es peor para ellos, les pruebo que es mejor la que aconsejo. De modo que entre ellos y las circunstancias que me crean están haciendo a la fuerza y por dignidad, un ambicioso de un ideólogo inofensivo.



Lunes, 6 de febrero del 70, mañana.

Bs. salió el sábado. Fui, y no me arrepiento, a verlo a bordo. Así, cosa bastante inútil, constará que mi resolución es tan firme, que ni aun ante las pequeñeces de los otros se detiene. Es difícil saber de qué sentimientos iba animado nuestro apóstol; pero es fácil conjeturar que, siendo su viaje la determinación de su impotencia y el propósito de vivir para sí, sólo en el caso de favorabilísimos trances para la revolución dominicana y de incondicional disposición de Cabral y Luperón en favor nuestro, se decidirá Bs. a hacer algo.

Es necesario que yo siga conquistando adeptos en el Club. Si responde a la verdad como respondió en la última noche de sesión, y soy yo quien, como entonces, logro ser intérprete de la verdad, aun puedo esperar algo. El sentimiento y el entusiasmo son fuerzas. Todo depende del modo de ponerlas en actividad.

Anoche reuní en casa de Rius a los que con él han de secundarme, y me he convencido de que la asociación puede llegar a adquirir poderosos desarrollos. Los hombres son niños que, cuando pueden combinar sus deberes con el ansia nativa de acción que tiene todo espíritu, hacen maravillas. Hagamos, pues, del Club una distracción para honrados, y enseñémosles a distraerse con medios más nobles que los vulgarmente aplicados r matar fastidios.



Sábado, 12 de febrero, 70, mañana.

La actitud indecisa de Escobar; la resuelta de Aldama y de Mestre y de la Junta contra el Club; la siempre vacilante de Piñeyro; la de los miembros ardientes del Club; el valor general de todos ellos; lo que significan las palabras y los actos de L. Delmonte en la sesión de ayer; juicio de mí mismo, como guía de un partido y como orador, tales debieran ser los objetos de este diario. No tengo en este instante aquella ansiedad de sentimiento que suele ser inspiradora de mis sondeos más largos, y acaso no sondee como deba. Trataré de hacerlo.

Escobar es un hombre de sinceridad suficiente para no poder ocultar las inconsecuencias a que lo conducen; por una parte, la fuerza de los principios absolutos que oscura pero resueltamente invoca; por otra parte, la situación de amor propio en que lo han colocado los probables desdenes de la Junta. Por eso, tan pronto predica el absolutismo revolucionario, como transige secretamente con aquellos de quienes lo separa su amor propio. Dice él que trabajó en las Cinco Villas, principalmente por la abolición de la esclavitud, que es efectivamente su preocupación continua, y en el momento sólo en que, prohibida por Dulce la discusión sobre la esclavitud, se convenció de que España no resolvería jamás esta cuestión. Es decir, que para él la patria, la dignidad, el derecho de los blancos, todas eran cuestiones secundarias, en cuyo arreglo transigía con España. Planteada la cuestión capital, no transigió, conspiró, concitó el ánimo de los negros, fue perseguido y remitido a España. Vuelve, y se encuentra con todos los puestos ocupados, con todos los honores repartidos, con la dirección despótica que se ha dado aquí a la revolución de Cuba, y obedeciendo a su amor propio y escudándose en la cuestión de la esclavitud, se puso en la oposición. Acostumbrado a exaltar su ánimo en la lucha solitaria y a ser estimulado por las insinuaciones de los otros, ha perdido el tiempo en buscar caminos que no ha hallado, en unificar su pensamiento cada vez más dispar, y en exigir vanamente de los hombres lo que sólo debió exigir a los principios. Sigue aún, y tal vez por mucho tiempo, en idéntica apreciación de los sucesos, en idéntico punto de conducta, y es inconstante, inconsecuente, ahora partidario del terror, partidario más tarde de la conciliación, hoy enemigo acérrimo de todos los prohombres de la Junta, defensor de ellos y de Aldama cuando éste o aquéllos lo han tratado con deferencia. Alguien le habrá dicho, aceptando interesarse en su favor, y queriendo servir a su propósito, que disuena su nombre respetable en una reunión de entusiastas, de declamadores, y dice que quiere retirarse, como antes había dicho que era necesario sustituir a Aldama. Si, como decía Basora, el efecto causado en la Junta por la actitud del Club, es tal que el Club adquiere toda la preponderancia que la Junta pierde, no sólo por sus fuerzas propias, sino por la debilidad de su rival, es necesario que Escobar esté siempre a nuestro lado, por su carácter y por ser representante de algunos propietarios de Cinco Villas.

Mestre y Aldama, o más bien la Junta, o más bien, Mestre, que es el director espiritual de Aldama, en cuyo valimiento pecuniario se resume la Junta entera, está resueltamente en contra de la actitud del Club. Creen que éste les opondrá obstáculos y como, además de no tenerlos nunca y de gozar de la amable irresponsabilidad, tienen un propósito deliberado, la anexión, por el cual trabajan y del cual saben contrario a todo el elemento desinteresado de la emigración, temen. Temor de asustadizos, por supuesto: que si en vez de considerar las cosas desde el punto de vista en que se sitúan, las consideraran desde el alto que debe dirigir toda política revolucionaria, lejos de temerle, sacarían partido del Club. Pero Mestre y Piñeyro y Morales Lemus no comprenden esto, no comprenden tampoco que la lógica está de parte del Club y en contra de ellos, han creído que era bastante asustar a los asustadizos y ridiculizar a los tímidos. Forzados a aceptar, aceptan cuando no pueden esquivarse, pero esquivan cuando pueden. Así ha hecho Aldama con la presidencia de la comisión encargada de preparar la expedición. En vez de aceptar la presidencia, para seguir dando pruebas del fácil patriotismo que consiste en dar dinero, ha renunciado. Para la renuncia, sus motivos probables: primero, dirigir al Club la censura de que es antipatriótico distraer de la Junta los recursos que el Club logre atraerse: segundo, no dar dinero para la expedición del Club, y contribuir por su parte a hacer fracasar la empresa.

Era bueno que esto constara; pero era necesario que constara sin que de esto naciera una autorización a los rumores de que el Club tiene un empeño contrario al de la Junta. Yo me levanté, tomando así de hecho la dirección de la fracción resuelta; pero no estoy satisfecho. Más lo estoy del modo que tuvo de apoyarme Rius. Tampoco estoy satisfecho del discurso de sentimiento que pronuncié después y en que, y en nombre del Club, recibí al mensajero del «Ana». Nada importa que el primer discurso me valiera una adhesión unánime ni que el segundo estuviera cubriéndome de aplausos durante cinco minutos: en el primero, me apoyaba la inexperiencia: en el segundo me aplaudía el entusiasmo. Es necesario no abusar del entusiasmo. El que yo siento e inspiro es de buena ley, el más santo y el más noble, pero por lo mismo, más irreflexivo que otro alguno. Si, como veo con asombro, yo sirvo para el arte de orador, es necesario que yo realice el arte de la manera original que lo concibo; como expresión nítida de la solidaridad de todas las fuerzas del espíritu. Sentimiento, bueno; pero no superior a la razón, y siempre razonando en la conciencia propia. Esto en cuanto al fondo, que en cuanto a la forma, tengo que hacer grandes esfuerzos para corregirla. No he logrado todavía que reproduzca mi pensamiento, no sólo por difusa, sino también por incompleta. Puesto que el arte oratorio consiste en la persuasión del sentimiento extraño por el propio y en el convencimiento de la razón pública por la razón privada, el artista más perfecto será aquel que, realizando lo que concibe, se dirige siempre por su conciencia, y teniendo por instrumento el sentimiento propio y el extraño, lo mueve por la razón. Yo no hago eso. Una vez, la primera, hablé exclusivamente en nombre de la razón y por su medio, exponiendo principios dispersos, en vez de presentar la serie; después, he hablado casi exclusivamente en nombre del sentimiento, expresando en divagaciones en vano solidarizadas por la razón, índices de sentimiento, en vez del sentimiento completo que quería expresar.

Lo que para mí es poco, es bastante para los que me aplauden, es mucho para los que no me creen capaz de hacerlo.

También para las señoras es bastante mi palabra, pues se dignan solicitarla. Ayer la señora de Zenea me invitó a dar unas lecciones, lecturas o conferencias para la Junta de Señoras. La amable, la interesante, la digna Carmita, de quien, a pesar de no entender los sacrificios de puro sentimiento, son admiradores muchos emigrados, apoyó tímidamente, con una mirada cuidadosa, con un rubor incontenible, la petición de su amiga. Carmita es una señora joven, bella, cabellos rubios, ojos negros, perfil enérgico, contorno gracioso, actitud modesta, noble y digna, para quien el sentimiento de la patria es un deber sagrado, y en quien el deber no tiene obstáculos. Era rica y se ha resignado a ser pobre. No por serlo ha de dejado de ser desinteresada, y hasta P. admira el desinterés, el abandono, la abnegación tranquila con que esa noble criatura, que sólo vive ya de las prendas que logró salvar de los españoles, comparte sus prendas con los desgraciados para quienes la emigración es un tormento de alma y cuerpo. Yo sé lo que ella hace; ella sabe lo que yo hago; yo sé que en ella, la posesión absoluta del sentimiento generador de su heroísmo la hace modesta, que la modestia la hace inadecuada para el brillo, que el brillo deslumbra en otros que valen menos que ella, y tal vez, a esta comunidad de oscuridad y de sacrificio, de abnegación sin recompensa, y de resolución superior a toda acción externa, se deba la viva simpatía que me inspira, y la simpatía que debía inspirarle. ¡Oh! indudablemente era para mí dulcísimo el aliento que recibía del sexo amable que, al levantarse con la patria cubana, para disputar a los españoles su derecho de patria y de independencia, adquiere toda la fuerza que puede adquirir para la causa. Ser independiente y obrar independientemente, tales son los objetos que para ser digno auxiliar de las cubanas yo debo proponerme.

El Club, la expedición, los hechos personales, mi conducta, mis escritos sobre Puerto Rico. El Club es una fuerza, y puede llegar a ser una potencia. Representa la libre iniciativa, la práctica activa de la libertad por la emigración cubana, es un pedazo de Cuba haciendo ejercicio de derecho. En tanto que se limite a esto, en tanto que meeting perpetuo del pueblo cubano, hará bien. Pero si se convierte en instrumento de oposición, se consagra exclusivamente a oponerse a los que debe considerar como fuerzas auxiliares -el Ministro, el Agente-, entonces, puede ser un precedente funesto para Cuba independiente. No es tanto oponerse por razones, en su mayor parte personales, como examinar, discutir y demostrar la conveniencia patriótica de la oposición, lo que al Club toca; no tanto hacer oposición como aprender a hacerla en justicia y en razón, lo que le incumbe.

Cierto es que, además de con sus actos, la Junta ha provocado con la suya hostil, la hostil actitud del Club; pero si ésta puede ser una razón para otros, no debe serlo para mí que llevo una idea de porvenir en donde los otros no tienen más que una volandera pasión del presente. Independientemente de la acción de la Junta, el Club tiene un objeto concreto de acción; representar frente a frente, en parangón y como contraprueba de la acción conservadora, anexionista de la representación y de la Agencia, la acción crecientemente impulsiva, la idea crecientemente clara, los sentimientos crecientemente incontenibles de la revolución. Esta quiere, no puede menos de querer, debe querer, la independencia de la Isla; la igualdad de derechos, hija de la abolición de la esclavitud; la subdivisión de la propiedad, como producto de la reorganización del trabajo. Los conservadores de la Plenipotencia y de la Agencia quieren y deben querer la anexión, que les asegura sus propiedades y riquezas, que contendrá los estímulos de la raza esclava, que sobre todo, y según su creencia, convirtiendo a Cuba en estado federal, la obligará a entrar ordenadamente en la vida de la federación, sustrayéndola a los presuntos peligros de la vida propia.

Si el Club necesita usurpar atribuciones o tiene las necesarias para servir de contrapeso al abuso que hacen de las suyas los que representan al Gobierno, éste es el punto de grave preocupación; tanto más grave para mí, cuanto que, conociendo tanto como siento y deseo la libertad, sé que no se conoce, que no se sabe, hasta que se vive, y sé que no se vive sino en cuanto obedece al límite del derecho individual. ¿Atenta el Club al derecho de los unos, a la que debe ser ley de todos, convirtiendo en determinaciones ejecutivas los propósitos que le inspire el patriotismo? Toda la acción posible de la emigración, se reduce aquí a buscar auxilios militares y auxilios diplomáticos. Probado que el Ministro y su Junta no han bastado para lo primero, probado que ha habido intenciones oscuras e inactividad para lo segundo ¿no tiene el Club el derecho de suplir la deficiencia primera y de oponerse a los graves riesgos de la revolución a que pudiera llevarla la idea manifiestamente anexionista del enviado diplomático? Si en uno y otro caso secunda a la revolución, y el instituto capital del Club es ése, parece indudable que tiene, por una parte, derecho para preparar expediciones, derecho para censurar y, aun por actos públicos, condenar y renegar los actos del Ministro. Tengo la fortuna de no poner ni un átomo de personalidad ni un escrúpulo de amor propio ni un soplo de ambición en mi empresa, y esto que puede ser contrario a mis mismos altos fines, pues parece ley de vida individual que aquellos negocios se consigan más totalmente que más encienden la pasión del negociante, es hoy calmante de mi conciencia y estímulo de mis altísimos deseos. Y puesto que incidentalmente toco un axioma, compruébelo mi experiencia diaria, y empiece a renunciar a esta categoría imposible de la conciencia. No, cuando se tiene una idea, para que triunfe, es necesario que triunfe su apóstol. Hoy, como siempre, mi obra es fruto excelente para otros, amargo para mí. Obvia razón. Amo demasiado la idea, me olvido demasiado de mí mismo, siembro para dejar voluntariamente que cosechen otros, y los otros, que tal vez admirarían más la obra, si identificado en ella, quisiera yo triunfar con ella, viéndome abandonarla a todos, hacer abnegación de mí mismo porque triunfe ella, consideran, como se considera, una abstracción la realidad viviente que yo les presento, les expongo, les enseño a amar. Todo es un arte en esta vida, y el arte más difícil el que, venciendo la pasividad generosa que infunde el amor incondicional e impersonal del bien, supone la condición de personalizar en sí el bien que contribuye activamente a conquistar. Un poco de ambición, un poco de estímulo personal me daría la fuerza que hoy me falta.

Así no sucedería lo que hoy sucede. Un obstáculo, un temor los paraliza, y los mismos que han obedecido ciegamente al consejo de mi razón, al impulso de mi sentimiento de conciencia, me desoyen en el momento mismo en que puestas mis ideas al contraste de la realidad, yo me escudo en la austeridad de mi pensamiento, y ellos, reconociendo su terreno me creen inferior a ellos, en tanto, por lo menos, cuanto son inferiores a mí en la concepción de mi ideal.



Martes 15.

Supuesto el derecho de todo amigo de la revolución a socorrerla, se propuso el proyecto de expedición y se adoptó. Llevar la expedición significaría que el Club tiene tantas fuerzas como la Representación: no llevarla, declararse impotente, no ya para secundar, sino hasta para representar la revolución. Esto es tan sencillo que a todos les parece evidente. Y sin embargo, proceden de tal modo, van tan despacio, los separan tantos reparos, es tan poca la duración del sentimiento que los anima, que estoy temblando por el éxito del proyecto y por el crédito del Club.



Febrero 18, del 70, noche.

Y sigo. Se trata de explicarme por qué se siente dolor de alma en el cuerpo, por qué se ahoga mi corazón en el vacío, precisamente cuando se ha satisfecho un anhelo de corazón, una necesidad, más o menos vehemente, más o menos comprendida y exteriorizada, del alma. Es decir, y fíjese la averiguación sobre un dato constante. Yo estaba perfectamente tranquilo y tan completamente contento como puedo estarlo yo que bien puedo abandonar la idea de la ventura, La había visto: ella había estado tan afectuosa como convenía a mi ansiedad, y ni aun el pretexto más leve de disgusto tuve. Fui al Club, pude distraerme, tenía de qué hablar, tuve que hablar, lo hice, y en medio de todo, y a pesar del estímulo externo, caí en una melancolía abrumadora. Melancolía de afecto, dolor del placer, que pasó de la fantasía a los órganos alojándose en los pulmones, que me ahogaba. Causas posibles: la conocida; los excesos de imaginación cometidos al imaginar en la calle, paseando, discutiendo conmigo mismo el porvenir de mi país y mi presente actual y las manifestaciones diversas de mi ser y las modificaciones que los accidentes de la vida me imponen; el temor de mí mismo que me sobrecogió al hablar en el Club, y que, descontentándome, añadió uno más a los motivos de congoja que me agobian.

Está bien. Ya satisfecha la parte más exigente de mi espíritu ¿no podríamos satisfacer a la más soberana? Pues, a escribir el manifiesto.



Miércoles, 23 de febrero, 70, noche.

Ha caído mi vista sobre mi última palabra, en el momento en que, fijándose mi reflexión, en los accidentes desanimadores que han sobrevenido, sentía decaer la fe de estos últimos días y contemplaba como vano edificio del deseo lo que llegó a parecerme realidad posible. Y me he dicho lo que estoy diciéndome: «¡Manifiesto!; ambiciones de la sinceridad, cálculos del fervor, delirio del patriotismo; todo, menos recursos adecuados al fin. Con alguna resolución por parte de los puertorriqueños, con sólo el imperfecto conocimiento que de mí tienen los cubanos, con algún dinero, y con los recursos bastantes para emprender una expedición, conseguiría más en dos días que imaginé en meses de tardía propaganda». Esto no me lo digo solamente porque el nacimiento de la Liga venga a servir de obstáculo al Club, y me retire de él los recursos que de él pensaba yo arbitrar, sino porque pienso en las palabras de [...].

Estoy preocupado. La Liga, que un discurso mío ha destruido en Cooper Institute, ¿puede servir de algo, e hice mal en oponerle mi palabra y mis reflexiones contundentes, o no puede servir, más que de rompimiento entre las fuerzas ya desunidas de la emigración, e hice bien en contribuir a matarla? Habló por mí el patriotismo y el patriotismo estaba iluminado por la razón más clara y por la sinceridad más diáfana. Sin embargo, la pasión de los interesados se fija principalmente en mí, que era uno de los pocos de buena fe que allí había, y me enajena el afecto de hombres que, como Rius y Escobar, se habían voluntariamente puesto a mi lado. Yo no he pesado todavía las circunstancias de que me he visto rodeado desde mi llegada. Será necesario que lo haga para medir la inmensa caída de mi entusiasmo, de mi abnegación y de mis sacrificios, el egoísmo y la reserva de los otros.



Bleeker St. 292, viernes, 25 de febrero de 1870, noche.

Cojo la pluma para despedirme de la casa. En estas cuatro paredes queda el secreto de profundas angustias, de ideas punzantes, de contradicciones vivas; pero también queda el recuerdo de un alma sincera y de un corazón sensible. ¡Mi estrecho camarote! Ni tu frío, ni tu incomodidad han logrado doblegar mi espíritu ni lograrán hoy, en esta última mirada, reconocerte como uno de los calabozos en que más libre he sido. Yo me alejo; pero aquí te queda mi recuerdo, y siempre convertiré complacientemente los ojos a este retiro en donde he amado. ¿Amado? ¡Ah!, como siempre, empezó por otro corazón y concluyó en el mío: ella ha sido la primera en sentirlo y en manifestarlo, yo soy el último en sufrirlo. Por sufrirlo te huyo.



Nineth St. 53, sábado 26, noche.

Tomo posesión del aposento nuevo. Cuatro veces más espacioso que el antiguo: una vasta chimenea, que no necesita fuego, pues el cuarto es abrigado: tan interior, que dudo se vea bien de día; no da ni al patio ni a la calle. Está alfombrado, tiene un sofá, un balancín, dos sillas, una cómoda, un estante de libros, un espejo de adorno, un lavamanos, una cama para dos en donde sobro yo, y una seguridad tan grande, que el vecino podría entrar impunemente en mi habitación y apuñalarme, que sin duda para acostumbrar a trances tales, de dormitorio anejo, separado de su gabinete por dos vidrieras, han convertido este dormitorio en casa completa de un hombre solo. El aspecto exterior es infinitamente superior al de la otra casa. La comida es peor y el modo de comer insoportable. La comida se ha reducido a una sopa, y un plato de carne, acompañado de verduras y legumbres y seguido de un pedazo de pastel y de una taza de té. Yo me he quejado tanto de aquella pobre Mme. Griffon, que es justo elevar su comida cotidiana a la categoría de banquete. A pesar de todo, y a pesar del oscuro malestar que produce todo cambio sin progreso, me he sentido bien.

Hay mucho ruido en esa sala. Esas mujeres que la ocupan, hablan gritando y ríen a carcajadas. Decididamente, esas mujeres son muy ruidosas. Dos de ellas, muy agradables: la más próxima a mí en la mesa, es morena, tez pálida, ojos negros, aspecto melancólico y movimientos malignos de ojos y de boca. Cuando se levantó, de delicada que parecía, se presentó fuerte y erguida: desproporción entre su estatura, alta y el tinte de su semblante. La otra es rubia, y me atrajo con sus miradas, que me honraron más de una vez.

Soy un niño. Sigo diciéndomelo, tanto cuando examino la absoluta sinceridad de mis relaciones con los hombres, como cuando juzgo este estado moral, medio real y medio artificial, que me da dolores de corazón involuntarios, que ocupa voluntariamente mi imaginación, que provoco al mismo tiempo que esquivo. Soy un niño. Ella no lo sabe, no podía saberlo, no era capaz de gozar del deleite eminente de atraerse el afecto ingenuo de un corazón de niño en un espíritu de hombre, y de la misma ignorancia que en ella está haciéndome infeliz, padecen los que me juzgan por sí mismos e involuntariamente me aleccionan. Aquella sonrisa confidencial que cambiaron M. y C. era un juicio. Lo expresó ella, al preguntarme quién era el autor de los juicios sobre el meeting. Bastaba la tranquila confesión que de mi obra hice, bastaba la ingenuidad de mi alegría cuando, interpretando su asombro por acatamiento al dominio de mí mismo porque yo había creído juzgarme, creí que ella aplaudía mi conducta. ¡Cuál fue y cuán infantil mi asombro, al oírle decir que me desaprobaba, que yo me había elogiado con exceso, que ella había sufrido por creer que me habían herido en mi modestia! Su marido confirmó su pensamiento, y quedó convenido que yo era reo de vanidad ridícula en el momento en que yo seguía pensando... despacio. Si yo no tuve otra intención que la de probar que me juzgaba a mí mismo con severidad, la publicidad del juicio era un acto de soberbia: y si yo tengo suficiente resignación para hacer caso omiso de las alabanzas de los hombres, contentándome, como he logrado aprender a contentarme, con el beneplácito secreto de mi conciencia, he incurrido en un delito contra la austeridad de mi causa y de mis fines, al hacerme yo mismo apologista de mi austeridad. No es ésta la primera vez en que el juicio de los hombres condena la extraña apariencia que toma en mí la vanidad; pero es la primera vez en que me ofrece patentemente una prueba palpable de mi flaqueza. Me he hecho daño y estoy avergonzado. Las debilidades son perdonables, y hasta son fructíferas y conducen al término buscado, si son un sistema, si forman un todo espontáneo con las virtudes, las aptitudes, las fuerzas naturales; pero son un mal, una causa verdadera de dificultades si contratan con el deseo de corregirlas, con un sistema de pensamiento superior a ellas. Así, no sólo son desagradables porque son discordantes, sino que son inconvenientes porque son inútiles. Conque, a curarlas y piense que la egolatría debilita, y la debilidad hace impotente.

¡Singular perspicacia de la mujer! Se han cansado los hombres de combatir en diversos sentidos mi conducta en el meeting, y, firme como estaba yo, en la generosidad general de mis sentimientos, en la constancia de mis ideas, en el patriotismo de mis palabras, he estado toda la mañana oyendo impasiblemente a Basora y Márquez acusarme de irresoluto porque creen qué varío de punto de vista al transigir; pero cuando C. me ha dicho sencillamente: «No era bueno hablar de un asunto importante en el cual no se había pensado», yo vi que ella era la única que veía en mi conciencia: Mi conciencia no está quieta. He estado diciéndome que acaso la Liga concebida debía existir por sí sola, para su fin especial, con medios y recursos especiales, y si yo hubiera tenido tiempo de pensar o me hubiera resignado a callar para dar tiempo al pensamiento, a la consideración trascendente de la discusión, que fue mi argumento primero, tal vez se hubiera opuesto la de esa especialidad de acción. Indudablemente, las miras de los ligueros, como las de los junteros, son personales; pero si ellos podían servir con sus pasiones a la causa ¿no hubiera podido llegar a ser político el utilizar sus pasiones, en vez de aniquilar? Eso mismo estoy pensando al transigir con ellos y eso mismo trataré de conseguir: ¿no hubiera sido mejor hacerlo antes?

Salirse de la realidad es una torpeza más que una injusticia; pero si yo prefiero la torpeza a la injusticia, coadyuvé a no salirme de la realidad el temor de ser injusto. Lo soy con Puerto Rico, desde el momento en que me coloco en un punto de vista ideal, el del deber abstracto, que no por ser el que yo amo, es más imperativo entre los hombres y me quejo de un pueblo incapaz de hacer más de lo que hace. La injusticia está aquí duplicada de torpeza, y pues hay quien aquí, como en Puerto Rico condena por injustos mis artículos, tengo obligación de moderarme, de ser más cauto, de ser más justo para no ser tan torpe, y para recordar que una torpeza basta para inutilizar a un hombre, y a veces, para desarmar una causa.



9th St. 53, lunes 28 de febrero, 70.

Vengo del Club. Yo creo que no se pierde el tiempo que se pierde en aprender a no perderlo, y me opongo tan enérgicamente como puedo, a las protestas de los que no toman en serio lo que debiera parecerles serio, a las censuras de los que contribuyen a hacerlas merecidas, y al desaliento de los pocos sinceros para quienes la caída de hoy sería un desencanto para mañana y una causa de desmoralización para siempre.

Dice Alfaro que la expedición ha muerto por la oposición que hay entre M. L. y A. Dice B. que por ser incapaz la comisión. Viene Quesada, y unos lo acusan sin pruebas, y otros sin pruebas lo alaban. Estoy ya satisfecho de haber dicho la verdad sobre todo cuanto de palabra y por escrito, he dicho, y cuando más descanso en la veracidad de mi conciencia y en la rectitud de mi conducta, vienen a decirme indirectamente que, o mi obra no sirve para nada o merece censura por ser obra de debilidad. Y en tanto, aquella fuerza de ideas que me animaba, va flaqueando, y mi santo entusiasmo disminuye, y así como en el cuerpo siento dolores de cansancio en el espíritu.



Martes, 1.º de marzo de 1870.

Voy a tratar de escribir el manifiesto a los puertorriqueños; pero no quiero dejar de pensar en lo que he hecho durante el día. Así, mientras escribo, dejaré la vacilación que me ha sorprendido al volver a pensar en el contenido, en el fin y en el compromiso que representará la proclama. Quiero que el contenido sea una exhortación razonada; un juicio de mi vida pública; el compromiso, uno de vida y muerte a la causa de la justicia y de la dignidad; el fin, preparar los ánimos para un levantamiento. Me pregunto dos cosas; si, con los recursos que tengo que crear, con mi absoluta soledad de acción, y, operándose la contraria del Gobierno español con sus reformas; si, después de mi dolorosísima experiencia personal, es éste el momento oportuno y es realizable el compromiso que quiero contraer.

Cuando oigo a Basora, autorizando con su fría desesperación la mía; cuando recuerdo el desmayo de Betances; cuando pienso en la actitud de los más resueltos, y me veo solo, aquí y allí; sin auxiliares aquí; sin popularidad allí, y recuerdo la cosecha de desaires, que personal y colectivamente, me han hecho los puertorriqueños y medito en los sacrificios que el amor de su dignidad me ha costado y cuesta, reflexiono en las palabras de Basora: «No conviene que se sacrifique Ud. inútilmente, cuando acaso pueda Ud. hacerlo con utilidad». Pero cuando veo roto el porvenir de las Antillas por la pasividad de Puerto Rico; cuando contemplo escarnecida la justicia en seiscientos mil seres racionales; cuando mezclo mi amor a aquella naturaleza con la suma de ideas que constituyen mi carácter; cuando pienso en conciencia, me olvido de todos los augurios, me abandono a la idea de mi deber, considero fríamente la necesidad de hacer la revolución, y sigo excogitando medios, o más bien me abandono a la esperanza de hacer los suficientes para ir a provocar el sacrificio. Estas últimas palabras, sobre las cuales recae mi pensamiento, después de haberme distraído de ellas, expresan involuntariamente mi resolución y mi situación: situación de impotencia; resolución de salir de ella, aún a precio de muerte. No sé más; pero sé esto, y esto es realmente el fondo más íntimo de mi conciencia. Fondo sin fondo. No hay más que sentimiento y fantasía.

¿No es mejor esperar a que las circunstancias me secunden, me den la fuerza que ellas dan a los deseos, a los sentimientos y a las ideas? ¿no me he dicho que es sabio el esperar? ¿no me dice toda mi vida que la abnegación incondicional, como todo lo que se comprende, nos arrastra fuera de la realidad? Y si yo tengo que operar con ella y sobre ella ¿a qué salirme de la realidad? Y si es salirse de ella el cerrarse voluntariamente los caminos ¿a qué he de escribir ese manifiesto que, por una parte, forzará una palabra sagrada, y por otra, acabará de vedarme para siempre la tentativa, aun posible, de volver a Puerto Rico a valerme de los medios que suministre el Gobierno español y atacarlo con ellos? ¡Qué sé yo! Pero es un hecho de conciencia en mí que, cada vez que considero la necesidad de la revolución, la impotencia centuplica el valor de mis deberes, y creo que es necesario hacerlo todo aun cuando empiece por nada. Bajo este punto de vista, el manifiesto puede ser importantísimo: conque, a hacerlo.

Ha llegado Quesada. Piñeyro quería y no quería que le acompañara a recibirlo: yo quería y no quería acompañarlo; pero al fin, sobre el querer de la vanidad pueril de hacerme conocer, prevaleció el consejo de mi razón, que siempre ha repugnado esos homenajes, y no fui. Dijo Arizmendi que había visto una procesión de cubanos, en coche y a pie, con banderas, y dando muestras de alegría, siguiendo al General. Yo he pensado después que, siendo buena la manifestación para probar unidad de sentimiento entre la revolución y la emigración, hay cierta especie de improcedencia en ese triunfo, concedido en tierra extraña a un soldado de cuyos antecedentes se hacen cargos, de cuya deposición por el Congreso de Guáimaro y de cuya venida no se hacen comentarios favorables. Ya la otra noche se vio en el Club que los mismos que se atrevieron a protestar contra los alardes de partidarismo, callaron ante la pasión de los partidarios. De esa ovación de hoy hecha por la adoración interesada, puede Quesada salir hecho un coloso, y el militarismo un poder fuerte.



Miércoles, marzo 2 del 70, noche.

Basora se equivoca cuando cree que va a volverme loco la revolución de Puerto Rico. Gracias a él, a Betances, a Cabrera, a R. Nadal, a los Acosta, Castro, Padial y Vizcarrondo; gracias a los jóvenes como a los viejos, a los presentes como a los ausentes; gracias también a mi venida a Nueva York y al examen de las cosas y de los hombres; gracias al abismo que he medido entre mi ideal y la realidad; gracias por fin al íntimo dolor de que hablaré después, no, no es posible que me vuelva loco. Necesito completa razón, helado mi entusiasmo, rígida mi conciencia, tranquilo el juicio para ir despacio a donde no ha podido llevarme de prisa mi absoluta abnegación. Yo puedo, y tal vez debo, perseverar en mi pensamiento humanitario; pero es preciso que no me anticipe ni me exalte ni me extravíe la exageración de un deber que soy el único en obedecer. Despacio.

Despacio, sí, que cada vez se abren más los horizontes, cada vez es más diáfana la luz, cada vez más probado mi idealismo, cada vez más pavorosa la desatendida y desatenta realidad. Si es verdad, si esas cartas publicadas por el Diario de la Marina son, como parecen, la ingenua expresión del estado interior de la revolución, ¡ah, pobre ideal! ¡qué lejos estás de realizarte! Intimo dolor del alma, pesadumbre de conciencia, desmayo de corazón, tristeza inmensa, todas las fórmulas son insuficientes para expresar el estado en que he caído al leer esos documentos. Yo soy un inocente. Creí que allí, al menos, la inminencia del peligro, la posesión de la idea por cada combatiente armado, la lógica de los hechos, la necesidad, mantendrían la unión. Engaño. Los hombres siguen siendo lo que han sido; el despotismo los ha deformado.



Jueves, 3 de mayo de 1870.

He recibido carta de mi padre: está contento. Mi primera alegría desde que estoy aquí. Piensa en haciendas y en trabajar y en descansar de los dolores que sus negocios le han causado. Que así sea. En tanto, yo pienso en destruir el orden de cosas bajo el cual intenta él ordenar sus asuntos.

Siguen quejándose del periódico y haciéndome solidario de faltas que no son mías.

Después del sobrecogimiento de corazón que me causó ayer la lectura de los primeros documentos de Santa Lucía, he pensado hoy que acaso no había nada de racional en mi miedo, que por lo mismo que me empeño en prescindir del hombre, olvido que lo que sucede es natural.



Sábado, 5 de mayo de 1870, noche.

¡Qué coincidencias tan ejemplares son las que me aleccionan! Acababa yo de leer algunos de mis Diarios de París y de saborearme a mí mismo, con ingenuidad, sintiéndome agradable; cuando salí a la calle y en ella encontré a I. Armas. Hablando yo de mi esperanza de ir pronto a combatir en Puerto Rico, me dijo textualmente lo que textualmente quiero copiar para enfrenamiento de la vanidad que yo, enfrenador perpetuo de mis defectos, refreno en la soledad y desboco frecuentemente en sociedad. Me dijo: «Quédese, Ud. no sirve para las armas, y hay papeles marcados: en la tierra de los ciegos, el tuerto es rey». Rey entre ciegos: he ahí lo que hacen de mí las luchas interiores, los conatos de virtud, los esfuerzos de razón, los sacrificios a las ideas, alguna inteligencia y mucha moralidad que tengo. Es decir, que, haga lo que hiciere, impónganme cuanto logran imponerme las virtudes que he tratado de crear, los hombres, no me conceden nada. Todo el mundo me ha disputado el pedazo de reputación honrosa que han conquistado mis esfuerzos; y yo, entre tanto, ingenuo, sencillo, inocente, queriendo hacer más cada día, estoy descontento de mí mismo, y si por ventura me reconforto con las pruebas de mí mismo que en mi pasado encuentro, tengo que ceder a esta evidencia de mí mismo y dudar de mí y de mi obra para atender a la opinión desfavorable o erizada de reservas que de mí forman los demás. Esto no es mucho, porque de esta absoluta soledad saldrá la fuerza vencedora de mi vida; pero no es bueno, porque lo que gana en vehemencia la conciencia, lo pierde en tranquilidad el corazón.

Que mis escritos son oscuros y muy largos mis discursos: confieso sin reserva lo segundo y, ¿qué he de hacer?, me hacen creer en lo primero. Ricardo y Larrínaga me han dicho, juzgándome también, aunque indirectamente, que mi plan de comité no es bueno, que no llevará a ninguna parte, que haré lo que se ha hecho, y nada más. ¿Estoy yo condenado a ser un mártir? Porque de esta glacial indiferencia de los hombres y de esta hirviente llama de ideas y de sentimiento que hay en mí, una de dos, o sale una muerte repentina de mi alma, por plétora de fuerzas, o sale el esfuerzo que medito, y él consagra en la muerte mi existencia entera. Hacer una revolución sin auxiliares, sin medios o con los mezquinos que acaso pueda obtener a última hora, es un delirio. Y es, sin embargo, tan patente para mí la necesidad que otros no ven, que cuanto más me persuado interiormente y cuanto más me convencen la conducta y las palabras de los otros, más ciega es mi resolución. Así, a primera vista, que es la única que tienen los hombres para las luchas, y sobre todo, para las oscuras formaciones de los caracteres, estoy loco, y es locura cuanto pienso y cuanto intento. A mi visita interior, todo me parece complemento sencillo de mi deber, y todo es obediencia a la necesidad creada en mi alma por las meditaciones de mi vida.



Lunes, 7 de mayo, 70, noche.

Voy a constituir el comité revolucionario de Puerto Rico.

[...] La misma idealidad, con ideal más alto, está embelleciendo hace diez años, hace veinte, una realidad más tenebrosa: la revolución, la independencia, la libertad y la prosperidad de Puerto Rico. Antes que Don Quijote, Sancho ha visto la realidad desnuda: un pueblo de esclavos blancos y de esclavos negros. Éstos, envilecidos por la esclavitud social; aquéllos, por la política; los últimos madurando su odio contra los déspotas; los primeros, rumiando su venganza contra sus amos; injustos los unos con los que quieren salvarlos de la ignominia, y justos los otros con los que no han podido impedir su esclavitud; ingratos; como todos los ingratos, enemigos de sus bienhechores. He pasado toda mi vida pensando en el modo de libertarlos, de mejorarlos, de hacerlos felices, y soy el único hombre a quien ellos no conocen, el único de quien prescinden, el primero de quien dudan. Y es que el despotismo, que los ha incapacitado para toda acción que no derive del odio que ha engendrado en ellos, les ha dado todas las supersticiones de la autoridad, cualquiera que sea la forma que ella revista, y como yo carezca absolutamente de la autoridad de la riqueza, y todo el Puerto Rico que ha ido a Madrid, me ha visto pobre, en vez de pensar que mi pobreza era por ellos, han pensado que un pobre era impotente para todo, y han pasado.

Ver esta realidad, hija del despotismo, me ha costado tanto trabajo y tan dolorosa suspensión de espíritu, como me costó en 1863 mi primer contacto directo con la realidad de la sociedad y de la vida. Yo había creído que Puerto Rico era un paraíso y que sus habitantes eran los ángeles del mundo. Todo lo refería al cielo, al sol, al campo, al aire embalsamado, a la belleza soberana de la naturaleza, y así como me parece imposible que la naturaleza se deforme allí, me parecía imposible que el espíritu del hombre se hubiera deformado, y aun cuando tenía pruebas duras de ello, me negaba a la prueba; y aun cuando todos los días veía la evidencia, me negaba a ella; y cuando alguno de mis paisanos me presentaba la fotografía verdadera, yo la rechazaba por hecha a la luz de la pasión. Nadal, Cartagena, la familia Polo, la familia Quijano, Ruiz, Acosta, Pastrana, Escoriaza, Vizcarrondo, Tapia, me presentaban diariamente pruebas de mi error, y la conducta de mi patria conmigo y la de mis compatriotas con mi familia, me decían todos los días que la realidad no estaba en la santidad que suponía, y cuanto más los próximos y los extraños, los amigos y los deudos, el mismo Carlos Bonilla, la misma Caridad, me demostraban que la regla no tiene excepción, que el despotismo influye invariablemente, más reaccionaba y más me encaramaba en mi ideal. Y en él estoy, y por él empezaré mañana a construir artificialmente un edificio en el aire, que acaso no me dé materiales bastantes para construir la Puerto Rico que deseo, pero que probablemente será lo suficientemente débil para derrumbarse sobre mí y anonadarme. Y la idealidad es tan tenaz que aun bajándose aquí a la realidad, y coincidiendo con ella, la abandona, sigue su vuelo, y me engolfa en el mar de nubes de lo imposible.



Miércoles, 9 de febrero de 1870, noche.

Contrasentido chocante, dice Jules Fabre, es prescindir de las personas cuando ellas pueden tener una influencia decisiva en los negocios de la vida. Y yo, por una tenacidad de generosidad que no me exime, sin embargo, de los juicios personales más severos, pero que me priva de la justa pasión que el mal personal debiera darme, tengo por sistema prescindir, olvidar y perdonar a las personas, y, en vez de juzgarlas, combatirlas e inutilizarlas por sus faltas, las juzgo, las perdono y las contemplo por sus virtudes morales o intelectuales, y me hago su juguete.

Por lo mismo consiento en dejarme explotar por las pasiones de P. Que eso nada menos significa el sesgo sincero que di yo a la consulta capciosa que, después de una impertinencia mía, vino a tener conmigo. Se trataba de un asunto grave, cuya trascendencia de porvenir vi inmediatamente, descuidando la de presente. Hay una lucha secreta entre la Junta, Morales Lemus y Quesada. Se supone que éste abusa y extralimita sus poderes, dándose el carácter de enviado que no tiene. Se le suponen intentos militaristas y deseo de vengar el golpe recibido del Gobierno y del Congreso de Cuba. Mañana examinaré este asunto.



Jueves, 10 de marzo, 70, 12½ noche.

No tengo tiempo ni disposición para examinar el asunto que dejé pendiente, aunque no me he ocupado, en toda la noche, de otra cosa. Voy a leer la carta de Varona y Zambrana y tal vez deduzca de ella los elementos que me faltan para el juicio. Por ahora, los hechos van presentando como una evidencia la inducción que hice al día siguiente de la llegada del General. Es un soldado, me dije; ha sido vencido por la influencia civil; tendrá ambición, necesitará rehabilitarse, y viene aquí a buscar medios de hacerlo.



Viernes, 11 de marzo, noche.

Ruiz me ha dicho: «Mil enhorabuenas por el manifiesto: es el acto de un hombre honrado». Primera y única alabanza por un acto que me compromete a jugar la cabeza. Márquez, el puertorriqueño, el hombre de juicio a quien he hecho mi amigo, el hombre a quien reservamos para la presidencia de la república futura, se contentó con decirme: «Qué quiere Ud. decir con aquel cuando queráis?». Basora, el hombre en cuyo inseparable me he convertido, Basora no ha sabido hacer otra cosa que celebrar la malicia de su amigo. Estos son dos hombres de experiencia, y se creen con la calma de alma que tienen en la palabra y en los movimientos; Ruiz es un hombre de experiencia, con toda la vivacidad en la palabra, en la conducta y en las impresiones, que tiene en el fondo del alma. Los unos callan, porque juzgan el resultado de mis actos, y no ven resultado: el otro aplaude por qué hace abstracción del éxito y adivina y descubre al hombre que se muestra tal. ¿Cuál de ellos juzga bien? Estoy pensando que no lo sé; que a tal imparcialidad me lleva el estoico deseo de juzgarme con justicia; pero me hace bien la conducta de Ruiz. Es venturoso encontrar quien nos anime cuando todos se empeñan en oponernos el obstáculo de su indiferencia o de sus mezquindades.

Sigue la cuestión Quesada dando pasto a la voracidad ociosa de los emigrados. Yo no sé si la actitud en que me mantengo es la más conveniente para mí; pero me parece la más digna de mi posición intelectual y moral. No tanto, sin embargo, que guarde la reserva que convendría a mi pensamiento. La generosidad me arrastra algunas veces, y, por reacción contra la debilidad de P., estuve a punto de hacerme su instrumento cuando me confió con oculta intención el estado de las relaciones entre la Junta y Quesada, y me ha hecho su instrumento cuando en el Club me he opuesto al nombramiento de esos soldados para socios de honor, oposición que él no se ha atrevido arrostrar.

Es necesario que yo trate de representarme concretamente, historiando lo que he visto, la verdadera situación de la revolución aquí. Sólo cuando: lo haya hecho, podré con fruto examinar el conflicto que hoy se provoca esquivándolo.



Sábado, 12 de marzo, 70, noche.

Si hubiera de hacer lo que, a pesar de mi repugnancia, debo tal vez hacer, recogería todas las palabras, todas las censuras, todas las murmuraciones, todas las expresiones de pasión de que soy forzado testigo; formaría con ellas una crónica de la revolución y de la emigración, y convertiría en Crónica mi Sonda13. Yo no sabía en conciencia cuán profunda verdad, qué axioma de vida tan completo es el que se me escapó en Bayoán cuando dije: «Tengo la desgracia de explicármelo todo». En primer lugar, esto prueba una poderosísima facultad de generalización cuyos males en las relaciones de la vida son palpables: en segundo lugar, determina un estado de abstracción, mediante el cual nos aislamos de todo el movimiento de la pasión humana, y, por ver más que los otros, vemos menos el mal y lo perdonamos y no lo combatimos o lo combatimos con armas que no se sienten. No, no se trata de dar explicaciones y de explicarse nada: se trata de ver, de sentir, de juzgar, y de obrar secundando el juicio. Cuando yo me explico y explico a los otros por qué los antecedentes de la tiranía producen en nosotros los efectos desorganizadores que producen, la explicación contribuye a aminorar los efectos porque la luz alumbra y guía aún a los más empeña dos en no guiarse por la luz; pero como no los mejora inmediatamente, me priva de la influencia activa que mayor lucidez y más elevación de juicio y sentimiento podría darme si yo practicara un poco más la vida que me explico. Me explicaría por qué ellos me envuelven en las acusaciones que dirigen al periódico y condenan mi conducta y me amenazan con la pérdida de una popularidad que dicen que he adquirido; y además de explicármelo, sacaría partido de la explicación y tal vez, contribuiría a dirigir un poco mejor la revolución. Se quejan, en parte con razón, porque dicen que el periódico no tiene color; se quejan, además, por su inquina para con P. y para con sus inspiradores. Con sólo estimularlos, vendría a mis manos el periódico, y entonces podría yo exponer libremente, dirigir con propia iniciativa mis pensamientos y el de la revolución. Pero me contento con explicarme los móviles, con explicarles sus errores, y si ellos se aprenden la lección, se olvidan que he sido yo el aleccionador. Y esto no es bueno. Demasiada serenidad en el juicio, en la conducta, en el sentimiento y en la vida, hacen creer en un misterio, en algo que los más atrevidos no se atreven a seguir.

He llevado a obsequiar a Sellén, no sólo por que su conducta conmigo es de las más dignas, sino porque me interesa la situación de su espíritu. Hemos hablado de muchas cosas; y las mejores, aquellas que hemos dicho sobre el pasado, el presente y el porvenir de este pueblo. Será bueno hacer un esfuerzo de memoria, conservar en ella los puntos capitales que yo expuse, y trasladarlos aquí. Es necesario socorrer a ese desgraciado. A falta de dinero, con palabras, consejos y bondad.



Lunes, 14 de agosto, noche.

Ahora que veo la fecha; hace poco cuando Mz. me disuadía, con una chanza bárbara, del proyecto que, a fuerza de creerlo yo de mi deber, me atribuyen los otros de ir a cumplir con él en Puerto Rico, me detengo a considerar lo que deseo, lo que quiero, lo que digo, lo que aseguro, y veo que hay una contradicción y una temeraria dualidad entre mi objeto y mis recursos, mis medios y mis fines, mis actos y mis palabras, mis propósitos y mi conducta. ¿Cómo? Pienso en ir a Puerto Rico, y dejo hacer a la casualidad y no la prevengo y la domino, y me abandono a los sucesos, y los espero, yo, que quiero provocarlos, y me hago instrumento de la pereza de los hombres, ¡yo, que anhelo combatirla! Que el hecho es ése. En tanto que no tenga otros medios, es necesario crear artificialmente una representación revolucionaria, y pues los míos me abandonan, apóyeme en los otros. ¿No estoy pensando yo todos los días lo que todos los días digo; que no hay cosa pequeña; que la sucesión de las pequeñas engendra las grandes; que no hay situación falsa cuando se sabe aprovecharla? Pues ¿por qué vacilo ante la realidad y la temo y la armo con los temidos aguijones de mi propia timidez?

Yo debo ver en el fondo de estas quejas una prueba del lento efecto que va produciéndome el creciente sentimiento, la ya clara idea de mi incapacidad para la práctica de los negocios y de la vida. De M. decía yo esta tarde que sabe concebir, pero no expresar ni practicar. Yo, yo soy el que debo cargar con la censura; yo soy el que concibo y no expreso ni practico. De la concepción a la práctica no hubiera tal vez habido en mi vida más que un paso, si desde que empecé a concebir hubiera empezado a poder practicar; no empecé a poder, y para indemnizarme de mi impotencia, empecé a imaginar. Aquí es donde cabe, aquí donde engrana aquella idealidad formidable que tantas veces me ha espantado y tantas veces me he empeñado en corregir. De esa imposibilidad de realizar, ficticiamente burlada por el imaginar ansioso de lo que podría hacer en esto, en aquello en tal época, con tal fin, nació la fuerza morbosa que inutilizó la sana. En vez de hacer, imaginé. Imagino, probablemente no hago hoy más imaginar, cuando supongo que yo debo absolutamente sacrificarlo todo, y en vez de ponerme al sacrificio, me contento con esperarlo estoicamente sin hacer nada para llegar a él. Lo que para hacer la revolución, para hacerlo todo. Cuando el más inexperto de los jóvenes ha encontrado en el Club el medio práctico de hacer una cosa, estoy yo imaginando todavía, no él medio, sino el fin a que el medio se dirige. De aquí, y de la extraña vanidad, perpetuamente muerta y perpetuamente resurrecta, que creo haber dominado en lo grande, que me domina en lo pequeño, nace la inutilidad de mis esfuerzos, la incompleta opinión que tienen de mí hasta los que más forzados se ven a estimarme y la insolidez de la que pudiera ser una de las más sólidas de todas las posiciones en la emigración.



Jueves, 24 de marzo, 70, noche.

Acabo de leer la observación que he hecho en mí mismo siempre que me he decidido a algo, y cuantas veces, las pocas en que he hecho lo que antes decidí: «El espíritu se irgue, el corazón se levanta, el ánimo se siente fuerte cuando se toma una resolución». Por el contrario, cuando la resolución no es decisiva, o es una alternativa entre la duda y el deseo, todo se debilita. Yo llego al séptimo año de mis alternativas entre la duda y el deseo, y voy cansándome de esta larga irresolución, de esta penosa oscuridad sin día. Déme o no cuenta del motivo, ese debe ser el de los repentinos desmayos de sentimiento y voluntad en que suelo caer, en que caía esta noche al entrar en el mismo Instituto Cooper donde he leído la observación correspondiente al estado de mi ánimo. Ganas de morir, al entrar; ganas de llorar, al salir.

Esa debe ser en conciencia mi esfera de acción. Si no hago nada, preferible es morir; y si pienso en lo que puedo hacer y no he hecho ¿qué he de hacer más que llorar? Yo me recorro en todas las fases de mi ser, y no encuentro en ellas otras huellas que las del dolor. ¿Inteligencia? Ni un placer para ella; todo ha sido trabajo solitario; desordenado, penoso, oscuro, lleno de tormentos y de dolores de injusticia. ¿Voluntad? Una lucha gigantesca por crearla; creación de ella por esfuerzos radicales y recónditos, que no ha apreciado nadie, y que la han hecho tan perfecta que nadie la comprende, tomándola por débil cuando es buena, tachándola de insoportable cuando austera. ¿Sensibilidad? Toda mi vida la he empleado en mantener intacta esa función, desviándola de los extravíos que repugna la razón, distrayéndola de los atractivos de la realidad, consagrándola devotamente al amor de las ideas puras. Y ella tan viva todavía, que cualquiera realidad que la haya conmovido, sigue conmoviéndola indefinidamente. Aun vive, aunque tardío, el recuerdo de Memé.

Armas decía anoche que había oído pocos aplausos como el que antenoche acogió mi imagen de los huesos, y cuando yo recuerdo que, a pesar de todo logré improvisar durante hora y media, no diciendo tonterías ni hablando de memoria, estoy pensando que mi amor propio exagera, y meditando que, por una parte, mi excesiva buena fe, y por otra, mi desdén de los hombres de cierta clase, dan a éstos las armas que voluntariamente me quito. Poco a poco. Esto va siendo grave, y es necesario cortar el mal a tiempo. Yo sabía, cuando era débil, que el respeto se confunde por el miedo; sé hoy, experto, que respeto o miedo, se necesita algo que complete artificialmente nuestra fuerza real.



Sábado, 26 de marzo, 70, noche.

Mucha pereza, que llega hasta dormirme una hora después de levantarme y cuantas veces me pongo en estado de reposo; un abandono tan apático como en los días más oscuros de mi lucha; un tedio que llega hasta el abatimiento; estado de inconsciencia que pasa al de indiferencia; inseguridad que se revela en la propensión a apasionarme. En todo esto puede influir: primero, el cambio de costumbres, el verdadero trastorno de hábitos a que me obligan los de estas casas americanas: segundo, la perpetua oscuridad de mi aposento que exigiendo perpetua luz de gas cansa mi vista y mi cerebro: tercero, el creciente sentimiento de mi soledad de corazón, de pensamiento y de voluntad, unas veces despertado por el recuerdo de ella, más veces, por la falta de amigos, de auxiliares.



Lunes, 28 de marzo, noche.

La del lunes pasado, fue una noche de descontento; ¿debe ser de contento la de este lunes que termina? Vengo del Club, en donde tan inconexamente como siempre, he expresado entre truenos de aclamaciones y de aplausos el pensamiento de mi vida. Ahora, al unir esos aplausos, que más me importunan que me embriagan, con mi pensamiento dominante, veo un motivo de regocijo: no estoy solo: es decir, mi idea no es mía, es de todos. Pero ¿hice bien en expresarla? Cuando pienso que todos somos tan cobardes de pensamiento que todo pensamiento enérgicamente expresado nos asusta, creo que sí; cuando pienso que la revolución está en manos de los que aquí la interpretan mal y la hacen esclava de la idea anexionista, creo que sí; cuando pienso que Macías, el autor de la Liga, no sabe otra cosa que pedir anexión y buscarla y predicarla, creo que sí; cuando pienso que Escobar, por sus ideas, su energía y su sentimiento, en favor de la anexión, y esta noche, delante de los americanos, ha abogado por ella y la ha razonado y la ha elevado a la categoría de sistema, creo que sí. Y creo que sí, porque creo que son perjuros de la revolución cuantos no quieren sus fines lógicos, y que son apóstatas de la patria-suelo y de la patria-libertad cuantos venden los dolores de la independencia por la felicidad de la anexión. Pero cuando pienso que allí había dos americanos delegados de la asociación popular que se ha formado aquí en pro de Cuba, creo que no. Y no porque las virtudes sociales, cortesía, deber de hospitalidad, gratitud, etc., me impusieran la obligación de enfrenar un sentimiento generoso, de acallar una idea poderosa, de perder una excelente ocasión de conocer, fijar y dirigir el sentimiento popular, sino porque, además de abandonarme con exceso al sentimiento, que, gracias a su pureza misma no se ha desbordado en clamores peligrosos, pero ha presentado incompletamente mi pensamiento, era necesario en mí el atender a las pasiones que rugen a mi alrededor, en vez de aguijonearlas como temerariamente lo he hecho en mi discurso. Político verdadero es aquel que sabe utilizar todas las fuerzas, las pasiones y sus hombres entre ellas, para dirigirlos a la satisfacción de las necesidades morales y materiales, intelectuales y afectivas, de momento y perdurables, que tiene una sociedad en sus crisis como en su marcha regular.

Si Macías me mira con ojos rencorosos; si la Junta me esquiva y me aísla; si los mismos entre quienes soy popular y ante los cuales tengo el deber de realizar las esperanzas de hombres que les doy, no tienen para mí aquella continuidad de afecto, de resolución en mi favor, de confianza en mi fuerza moral e intelectual como en la sanidad de mi sentimiento, es porque yo mismo no sé completarme ni completar mi obra, ni ser lógico en mis manifestaciones como lo soy en mi desconocida realidad. Yo hubiera esta noche podido hacer un servicio eminente a las Antillas, y les he hecho un medio servicio. Hubiera podido decirles lo que pienso, y sólo supe decirles lo que siento. Siento con viveza mayor cuanto más estimulada por las ideas de mi coauxiliares, que esa sagrada revolución de las Antillas puede caer en el abismo si triunfan los intereses y las segundas intenciones de la oligarquía plutocrática e intelectual, y, recordando la acción ejercida hoy por el Gobierno federal contra Santo Domingo y viendo con ojos que ven la palpable indiferencia por las ideas que este negocio y toda la política federal en las Antillas patentiza, sentí con violencia y olvidé la austeridad del pensamiento. Pienso que es necesario que América complete la civilización, sirviendo a estas dos ideas: unidad de la libertad por la federación de las naciones; unidad de las razas por la fusión de todas ellas. A este trabajo han de concurrir todos los miembros del Continente; tierra firme e islas: la tierra firme ha entrado en fusión; el Norte, llevando a su consecuencia la libertad sajona y sirviendo de fundente a las razas europeas: el Sur, fundiendo con la europea la raza indígena: fuera de la esfera de acción americana, intentando entrar en ella, las Antillas: ¿qué son las Antillas? El lazo, el medio de unión entre la fusión de tipos y de ideas europeas de Norte América y la fusión de razas y caracteres dispares que penosamente realiza Colombia (la América latina): medio geográfico natural entre una y otra parte del Continente, elaborador también de una fusión trascendental de razas, las Antillas son, políticamente, el fiel de la balanza, el verdadero lazo federal de la gigantesca federación del porvenir; social, humanamente, el centro natural de las fusiones, el crisol definitivo de las razas. Por eso sirven de estación necesaria a las comunicaciones comerciales de la tierra, por eso serán un día la casa de peregrinos de la Humanidad. Por eso también es un crimen de lesa providencia el intentar separarlas de sus fines.

Todo esto lo dije; pero lo dije deshilvanadamente, a, borbotones, como relámpagos que exhalaba el sentimiento. No hice bien.



Martes, 29 de marzo, 70, noche.

Acabo de preguntarme si es digna de la razón humana, si es lógico el proceder de la emigración, que vive como viven normalmente los hombres; de pasiones, de envidias, de rivalidades, de relaciones siempre acibaradas por intereses que son contradictorios, o que hacen contradictorias las pasiones. Hay algo de inmoral, de repugnante al sentimiento delicado, en esta mezcla de pequeñeces que sirven de materiales a una obra grande. Yo recuerdo que, recién llegado aquí, oyendo a Basora hablar de las rivalidades que separaban a los emigrados, me escandalicé, me llamé a engaño, me di por abismado en una decepción y no sabía darme cuenta de mi escándalo y de mi indignación. Hoy, resistiendo cuanto puedo a la corriente, me encuentro en medio de ella, y ya, sólo me extraña el ser yo el arrastrado en ella, no el que ella arrastre. Y que arrastra, las mismas debilidades en que incurro yo lo dicen. Yo también soy un hombre, yo también tengo pasiones, y si mi distintivo consiste en dominarlas, mi debilidad social consiste en no saber aprovecharlas declarándome sujeto a ellas, y mi debilidad moral consiste en no anularlas. Así, por querer utilizarlas, los perdono, no me defiendo de ellos, no cuento con ellos sino como con factores de antemano conocidos y destruidos, y los demás me arrollan, me hieren con las armas que les abandono, y como suelen burlarse de los débiles, se burlan del desdén del fuerte.



Miércoles, 30 de marzo, 70, noche.

¿Cómo es posible que yo esté contento? Tengo tanta confianza en mi fuerza, que prescindo de mi experiencia, y me abandono a los hombres, a la vida y a los hechos con el mismo candor con que los niños. La franqueza es virtuosa en tanto que ni para los otros ni para nosotros es dañina; la verdad una virtud, mientras no daña a los fines generosos; la justicia una obligación, mientras no nos atrae la injusticia; el valor una fuerza, siempre que no sea una imprudencia. Pero cuando somos o intentamos ser tan virtuosos que, por serlo, nos privamos de los elementos que necesita el triunfo de la virtud; cuando hacemos una necesidad orgánica de las que son satisfacciones excepcionales de los espíritus más elevados; cuando por la práctica habitual de pensamientos y de sentimientos a que los demás hombres no pueden o no quieren elevarse, sugerimos a la envidia y a la calumnia su hija, el dictado de locos, entonces dañamos, más que servimos a nuestro fin de vida. Esto me ha sucedido y me sucede. Vivo en absoluta soledad. ¿Qué me valen las pruebas de simpatía que mi conducta me procura si no se aprovecha la simpatía? ¿qué me vale el poder que me otorgan sobre ellos los demás, si no lo empleo? ¿de qué sirve que tenga conciencia para llevar el deber hasta el sacrificio, si antes que los medios de evitar ésa contraída conmigo mismo en la conciencia, me abandono a la seguridad que tengo en ella, vivo indefenso contra el accidente y confío tranquilamente en que sabré sacrificarme? Oscuramente está presentado el triple roedor de mis días: mi situación actual, mis luchas con los hombres, y mi pensamiento de Puerto Rico. La situación es grave: por una parte, corifeo de la idea de la revolución; por otra, director cuotidiano de la opinión. Para el primer papel, ni bastante actividad ni bastante laboriosidad; para el segundo, ni bastante desembarazo ni suficiente meditación. De mis luchas con los hombres, no saco ningún fruto porque no peleo: doy el paso, realizo el acto que contraría a los demás, y me aíslo como si pudieran aislarme, como si debiera hacerlo quien ha dejado una espina en el corazón de un ambicioso. De mi pensamiento de Puerto Rico no puedo hablar, porque lo reduzco a sentimiento; sin recursos para realizar lo realizable que deseo, no hago lo realizable que conviene.

Esta vida fuera de la realidad del mal es un error y es quizás una debilidad: pensémoslo. El mal existe porque es necesario: puedo y debo evitarlo, pero sin huirle, sin prescindir de él. El mal consciente ejercido por el bien es bien. El mal como retribución de mal, obediencia al instinto de conservación. El mal como testigo de las injusticias que se me hacen, un acto de justicia. Sí, es tarde para la reforma; pero sea tiempo para la reserva. Pensando diariamente en esto, no tomaré el papel activo de la pasión; pero me precaveré contra ella. Después de la carta de Amill, la de Rigual. Aquél ofrecía ir tras de mi palabra; éste, desde New Orleans se pone a disposición de la patria. Estos inesperados y algunos fieles, próximos los unos, conocidos los otros, son todos los auxiliares con que cuento para sacar aquí de su estado embrionario y para empujar a la revolución de Puerto Rico.



Viernes, 1.° de abril, 70, noche.

Al fin he dado gusto a P. Quería, y no sabía cómo, desembarazarse de mi incómoda compañía, y ha encontrado el pretexto que buscaba. Tal vez a estas horas esté buscando o haya encontrado el medio de deshacer lo hecho; por una parte, no puede convenirle privarse de un trabajador asiduo; por otra parte no querrá privarse de la popularidad que, a duras penas, conserva ya el periódico. Quizá los asustadizos de la Junta, no menos deseosos que él, le habrán sin embargo representado la gravedad del hecho, el escándalo, el conflicto a que puede dar lugar. Pero, suceda lo que quiera, yo he procedido como de costumbre; contribuyendo sandiamente a lo mismo que he previsto como un daño para mí. Verdad es que si el miedo prevalece en ellos, mi posición será tanto más firme cuanto más insegura la de P.; mas es cierto también que entonces serán más repetidos los conflictos, más difíciles las relaciones, más enojosa la tarea infecunda: sobre todo, entonces como ahora, vencedor de carácter, habré sido un vencido de la malignidad. Yo tengo obligación en todas partes, contra todos los obstáculos, defendiéndome de todas las armas: me he formado lo bastante para exigirme una virilidad completa, y no hay virilidad cuando hay vacilación en la elección de medios. Luego, el defecto capital de siempre: mucha impetuosidad y mucha excitabilidad. La suposición de una ofensa me irrita más que la ofensa y lo echo todo a rodar. Así hice esta noche en el Club, como hice por la tarde con P. Con esto perdí la partida, no sólo porque él pudo salirse con la suya estando en calma, mucho más moderado que yo y más diestro, sino porque me preparé una retirada imposible: he dicho que allí representaba el espíritu de la revolución y que me saldría de allí; no me atacarán por la fuerza, me atacarán por la resistencia; prohibirán a los cajistas que reciban mis artículos o me los publicarán o hallarán medios de oponérseme sin exasperarme, y por cansancio y por dignidad me retiraré.

En la discusión de la moción de mensaje me ha sucedido lo mismo. Estoy seguro de que la pérdida de la votación fue la indignación prematura con que injurié al leal presidente del Club, suponiéndole que prevenía en su favor la votación, cuando, por el contrario, sólo tenía un noble pensamiento de imparcialidad y de adoctrinación cuando dijo a los jóvenes que el votar contra él sería un acto de valor. Yo dije lo contrario, y los muchachos, a quienes después acusé de ineptos, votarían probablemente bajo la presión de mi conminación. Luego, tan suspicaz como siempre. Desde que entré, me pareció que todo el mundo conocía el altercado, que todo el mundo se ponía de parte de P. y ya estaba prevenido contra todo, y principalmente contra M., a quien si luego conseguí dominar con la sonrisa y el donaire, contesté con áspera intención cuando le pedí el fundamento de su oposición.

El frenólogo inesperado me ha dicho algunas verdades: que todo lo improviso, que no tengo venerabilidad, que soy muy áspero y que propendo al empleo de la fuerza. Parece mentira que toda mi educación concienzuda no haya logrado armonizar esas fuerzas, o parece mentira que ellas hayan prevalecido sobre la educación o que no hayan ahogado mi espíritu en sus luchas. Sí, lo mejor; a dormir.



Sábado, 2 de abril, 70, noche.

No he ido a la redacción; después he variado de propósito; luego no puedo estar contento. Mi propósito era seguir allí, sin aceptar el sueldo, y para probar que, por encima de los poseedores oficiales del periódico, hay otra cosa, las ideas de la revolución, que dan fuerza para oponerse a las discrecionalidades y vencerlas. Pensaba también suscitar un examen público de mi conducta, convocar a la emigración como jurado, y vacilo. Sin embargo, cuando pienso que es conveniente empezar a dar lecciones prácticas de libertad a bajos y altos, para que aquellos confíen en ella, para que éstos la teman, creo que es bueno realizar mi propósito. Trataré de madurarlo.

Aldama dice secamente a P.: «Espero que desaparezca el dualismo que se nota».

Sigo madurando mi desconfianza de los hombres. Con motivo de las insoportables luchas pequeñas con P., la animosidad injusta de M. y de cuantos lo oyen y lo siguen. M., que a pesar de ser espejo de la Junta y de conocer la hostilidad de ella hacia mí, no ha podido menos de sentirse atraído y me ha llenado los oídos de palabras de estímulos y los hombros de apretones, me miró esta noche de reojo. Historia triste, pero eterna; eterna, pero triste. Por supuesto, presente otra vez el fantasma de la pobreza. Inmediatamente visto el mal, imaginado el remedio. Contra pobreza, Cuba. Es realmente lo que mejor puedo hacer. Así me acostumbraré a la guerra y podré prepararme a la de Puerto Rico.

Hoy, Arizmendi, hombre de cuarenta años, soñaba despierto con Puerto Rico, a donde fue niño y de donde tiene recuerdos muy vivos. Soñaba, porque es desgraciado y sitúa el lugar de su ventura allí donde le abren horizonte para verlo. Le he dicho que me lo llevaré para allá y ha hecho su escenario. ¿Qué extraño que yo sueñe también?



6 de abril del 70, noche.

Heme aquí arrepentido, arrepentido no, sorprendido, inseguro de mi acto. Un sacrificio inútil, no a la patria, no a las ideas, no a la dignidad, no a la impaciencia de carácter, no a la violencia de mi susceptibilidad, no a nada fijo, determinado y determinable, sino a todo junto. Sabía que eso era lo que se buscaba, y en vez de esquivar el golpe, me he puesto a recibirlo. ¿Confiado en algo? Positivamente en nada. Con la creencia que tengo de ser el pensamiento de la revolución, con la fuerza que han adquirido mis esfuerzos de dignidad y de sinceridad, yo podría impopularizar a esos trabajadores oscuros de años de malicia: me han hecho voluntariamente, y tal vez, al devolverles el daño, evitaría uno de porvenir a la patria y las ideas; pero vacilo. No sólo no estoy seguro del bien que obrando así realizaría, sino que dudo de la gente. Excepto dos o tres imberbes de corazón sano y de voluntad bien dispuesta, nadie se me ha acercado esta noche a condoler la pérdida que mi salida puede causar a la revolución sincera. Error perpetuo. Deslizándome siempre por la pendiente, por remediar el cometido, estoy madurando otro: irme a Cuba. Sé que allí me reconfortará el espectáculo que da un pueblo armado por su derecho, y espero que, tanto más la amaré y tanto más resuelto seré en su defensa, cuanto más activamente la defienda.

M. L. escribe a B. diciéndole que formé la Junta. Objeto, contentarme. B. pactará, le conviene, y por interés, hará inoportunamente hoy lo que se resistió a hacer cuando yo lo persuadía.



Sábado, 9 de abril del 70, noche.

Ante todo, una fecha memorable. Ayer, 8 de abril, los negros han tomado en New York pública posesión de sus derechos de hombre: son hombres desde ayer.

Hoy he recibido cartas de Mayagüez. Me han espantado. En vez de estimar mi conducta de abnegación, la culpan. Los hombres y la opinión aprecian los sacrificios que les sirven, reniegan de los que no concurren directamente a su fin. Así, nada de quejas, y volvamos a coger la cruz; pero pesémosla para saber cuánto pesa y hasta cuándo podré resistir.

Acabo de leer el primer número de La Estrella de Cuba, que bajo tan mal aspecto me presentaban. Prueba que Cuba tiene hijos inteligentes, y que todos ellos la aman sinceramente. Ya esto es mucho. Se ocupa de mí con exceso. De mis ideas de solidaridad antillana, en el torpe artículo en que denosta a Puerto Rico. De mis ideas antianexionistas en el artículo conciliador sobre la cuestión. De mi conducta, cuando censura ásperamente a los que se dejan aplaudir y a los que aplauden. Si yo fuera un hombre al uso, estaría contento. Se ocupan de mí y por todas partes me combaten.



Domingo, 10 de abril, 70.

El buen humor de los días en que renace primavera y el mal humor de la oscuridad y las preocupaciones de la falta de trabajo. Siempre lo mismo y siempre el mismo.



Lunes, 11 de abril.

Meeting de Quesada. Desde que se anunció, se calumnió. «Va a atacar a la Junta. Va a quejarse de todos. Va a decir que aquí faltamos a nuestro deber. Que entre Cuba combatiente y Cuba emigrada hay un abismo. Que es necesario que haya otros hombres al frente de los negocios. Pedirá dinero». «Se le debe interpelar. Diga por qué vino, qué intenta. Esto es muy grave, gravísimo. Sirvamos a la patria. Se va a dar un escándalo. ¿Iremos? ¡Si no fuera nadie!». La Junta, sus parciales; los enemigos de ésta, los amigos del otro; las ambiciones, la envidia, el despecho, el amor propio; la buena fe, el patriotismo, la sinceridad, todo había convergido al mismo punto. Y era en verdad un momento grave. Si Q. y los suyos se atrevían y decían lo que pensaban, escisión segura; nadie se atrevería a evitarlo. Allí Piñeyro, allí Zenea, allí Ruiz. Ni Mestre, ni otro alguno de los que, presintiéndose atacados, habrán sentido el temor. Habló Quesada. Algo dijo de lo que se esperaba; pero no lo que se esperaba. Habló Varona más seguro de sí mismo y de su propósito; pero dijo tan tímidamente lo que se proponía, que nadie quiso entenderlo.

Yo buscaba con la vista a los héroes de conversación cuando el público me llamó dos veces. Dije como pude lo que pensaba, y entendieron. Mañana vendrá lo que venga, y seguirán haciendo lo que han hecho. Razón demás para que, en vez de contribuir yo a que sustituyan con otros a los inútiles de hoy, ponga mi buena fe al servicio de lo malo necesario en contra de lo igualmente malo amenazante.

Después hubo una escena. Habían dicho que Q. llevaba señoras dispuestas a dar brillantes, y yo estaba prevenido. Así, cuando uno de los adláteres dio su reloj y su alfiler de precio y cuando Q. lo imitó y cuando las señoras les secundaron, no me conmoví; pero cuando de todas partes, hasta los más pobres, cuando los negros se aproximaron y dieron su dinero, yo vacilé, pero me resolví a dar lo que llevaba, lo único que tengo, todo mi capital: un peso diez centavos. Subí, di y hablé. He estado temiendo que fuera un acto de vanidad (de tal modo han secado los hombres mi entusiasmo) lo que, no, no, cien veces no, no era un acto innoble, sino un acto de olvido, de abandono, de espontaneidad generosa. Sí, hablaba al alma, y es verdad que pensaba y que sentía que nunca había presenciado escena igual.

Y estaba tanto más contento, cuanto que manos honradas me apretaban cariñosamente y la voz de un hombre honrado vino a decirme que me comprendía, que me estimaba como a hombre verdadero. Había dejado a P. y a A. murmurando; pero ya no me acordaba de ellos, cuando complacido en la alabanza del suceso, entré en casa de B. Como se precipitan los buenos sobre un malo, así se precipitaron aquellos ciudadanos sobre mí. Había puesto mi palabra al servicio de la impostura; había hecho un daño a Cuba. Yo era responsable de lo que sucediera. Repetí lo que dije: todo lo contrario de lo que habían dicho los mismos que acababan de escucharme. ¡Ah! entonces... entonces he hecho mal. Debía haber dado a la Junta. Doy a un pícaro, no a un hombre honrado. Debí oponerme a que los negros dieran, en vez de abandonarme al entusiasmo que los negros me inspiraron. Era responsable del empleo de ese dinero. ¿Para Cuba? Una carcajada.

Y cuando el alma postrada gemía profundamente y por milésima vez en mi vida, sentía la angustia de esta absoluta soledad que me ha enfermado de implacable nostalgia de una patria que no existe, me dijeron benévolamente: «Ud. se mejorará».



Martes, 12 de abril, 70.

Y cuando veo que esta fuerza del ataque se liga con el aumento de mi pobreza y con el temor que esa gente tiene a que les sea gravoso, la indignación me ahoga. Todo, todo el día lo he pasado hablando y oyendo hablar del mismo asunto. He oído tantos pareceres a una misma persona, cuantas veces la he oído hablar. He tenido tres violencias y hubiera podido llegar a tres disgustos graves si, como estoy irritado, estuviera ciego.



Jueves, 14 de abril, 70, noche.

La reunión de Yrving Hall excitó la alarma de la Junta: destacaron a Z.; éste se unió a otros, concertaron un meeting de cubanos para pedir explicaciones sobre su conducta a Q. y lo celebraron. Hasta aquí, todo bien. Pero parece, según de la misma discusión se desprendió, que el enviado de la Junta se cuidó más de ella que de los a quienes había apelado para combinar el plan, y sin convenir con ellos, llevó preparada una moción según la cual, en vez de entenderse directamente la emigración con Q., éste daría explicaciones a una comisión que el Club nombrara.



Lunes, 18 de abril, noche.

Empezando por lo que puede ser más inmediato en resultado ¿de qué modo ha respondido Q. al interrogatorio de la comisión? Diciendo con pruebas fehacientes, documentos firmados por el Ejecutivo y autorizados por la Cámara, que trae comisión para llevar recursos militares, con o sin el concurso de la Junta, y que, en virtud de esa facultad, se ha creído con el derecho de intentar todos los medios, empleándolos todos de tal modo que no rompieran, antes estrecharan la unión, pues él está dispuesto a aceptar la suprema dirección de la Junta, a darle sus recursos, a acudir a una asamblea de cubanos para que ventilen el punto, a todo, en fin, menos a embarcarse ni a desembarcar en puntos determinados.

R., que ya se arrepiente de la parte activa que ha tomado en la acusación de Q., me decía hace poco que la cosa es grave. Yo empiezo a creer que lo es. Los temores de usurpación que tantas debilidades han inspirado a la Junta; el miedo a su responsabilidad que ha influido en M. L. hasta el punto de trasladar su representación a M., la manifiesta segunda intención con que trabaja Q., cosas todas que se unen para formar la trama, no tienen más importancia hoy, que se aclaran, que ayer que oscurecían el siempre oscuro imaginar de todos. Lo que es importante, lo que es grave, lo que puede ser de porvenir es la negativa de ese hombre a aceptar designación de punto para el embarque y el desembarque. Ha revolucionado, revuelto en Méjico, y puede dejarse arrastrar por sus pasiones. Viene arrojado de Cuba y puede querer vengarse. En este caso, una guerra de partido incubada en la misma de independencia, el militarismo por porvenir, la anarquía por resultado.

¿Tiene razón la Junta? Pues debe negarle todo recurso a Q. ¿Tiene éste razón? Pues se debe combatir a la Junta hasta que cumpla con su deber. ¿Tienen ambos razón? Pues el deber de ambos consiste en representar genuinamente la revolución, aun extralimitándose de la acción pasiva del pueblo así representado. Más vale asustar con un escándalo aparente a los asustadizos, que malversar una revolución. Y preparándome para otro examen con datos, me pregunto: ¿habría escándalo en que la emigración censurara a la Junta, la reconociera débil para luchar con Q. y, con objeto de salvar de éste al porvenir sustituyera con una Junta de elección la autoritaria que existe? La Junta es un auxiliar del Representante, que éste tiene el indisputable derecho de nombrar puesto que se hace responsable de sus actos. Pero como esta responsabilidad es ficticia y está además esquivada, desde el momento en que, pidiendo asesores al Club, el Ministro reconoce que necesita de la opinión cubana para compartir con ella la responsabilidad de sus actos, la emigración tiene el derecho de hacer efectiva esa responsabilidad, aceptando de hecho lo que indirectamente le impone el representante. Aun cuando, pues, no hubiera un interés revolucionario, superior a todo otro; aun cuando la emigración no tuviera el derecho natural que su mera representación del pueblo cubano le da, bastaría el que el mismo representante le reconoce. Si no se practica, aun cuando esté reconocido, el derecho no es derecho. Que es urgente practicarlo está demostrándolo la lucha entre Q. y la J., si no lo demostrara la inhabilidad de ésta, si no lo probara la conducta cada vez más arbitraria del representante.



Martes 19, noche.

Realmente es importante la contradicción que han hallado los cubanos entre el telegrama de hoy y los anteriores. Si Modesto Díaz y Máximo Gómez han podido tomar la ofensiva, romper las líneas de Balmaseda y acercarse a Oriente, la derrota que asegura el parte, aun siendo cierta, no significa nada en comparación de lo que significa la actitud de esos caudillos.

La Revolución sigue publicando con deleite los artículos de El Universal, periódico de los progresistas y de Rivero, que abogan por la cesión de Cuba a estos Estados. En vano anteponer palabras atenuantes del efecto; el efecto es siempre la propaganda en favor de la cesión. ¿Podemos nosotros consentir que así se desencauce la revolución? Pienso en la necesidad de pedir explicaciones en el Club; pero la apatía de los otros aumenta la mía.



Miércoles 20, 70, noche.

El Boletín de Puerto Rico que la casualidad puso en mis manos ha sido una revelación. El editorial del periódico y la narración de los festejos a los voluntarios de Lares, me están haciendo ver estas dos cosas: primera, que la idea de la revolución está viva en Puerto Rico, porque el miedo del Gobierno y de los privilegiados es visible: segunda, que yo tengo razón contra todos cuando insisto en hacerlo todo, grande y pequeño, pues indudablemente responden, esos temores del Gobierno colonial y de su gente, expuestos en el periódico, a la invocación que, en el Club, dirijo yo a, los puertorriqueños. Y cuando veo que da fruto lo poco me desespera el pensar que con algo más podría yo hacerlo todo y que me lo quitan todo para que no haga nada y me avergüenza en conciencia el ver que allí nos creen en diligente movimiento cuando no hacemos nada.



Jueves, 21 de abril, 70, noche.

Es de estimarse la observación de Sellén. Supone que Balmaseda y Rodas están separados por graves disensiones; que es objeto del uno lo que es horror del otro y que, por tanto, siempre es trabajo de ambos el destruir el que el otro ha hecho o intenta. Presenta como prueba el parte que noticiaba ayer la reocupación de Bayamo por fuerzas insurrectas, y argumenta así: «R. tenía el plan de encerrar en un círculo de fuerzas españolas el núcleo camagüeyano de la insurrección: lo hubiera conseguido si B. no hubiera dejado romper las líneas en que él, por su parte, circunscribe el núcleo sud-oriental». La Cuba de los españoles tiene dos jefes. Algún día podrá servirme de guía y luz esta observación fundamental.

Decían ayer que la Junta se había reunido para tratar de los veinte mil pesos. Asistían algunos de los capitalistas cubanos y dieron algo: cuatro o cinco mil mejicanos. Se atribuyen a A. estas palabras: «Si no puedo lograr que se nos den esos recursos, venderé los vapores y las armas y me retiraré de la Junta».

A la reforma de ella, ha seguido la de la Representación. Echavarri, con el título de secretario, auxiliará a Morales Lemus.



Viernes 22, noche.

Hace poco salí del Club: estaba lleno. ¿Lo llenaba la curiosidad o el patriotismo? A juzgar por el asunto en discusión, el patriotismo: a juzgar por la actitud, la curiosidad. Se trataba de discutir el informe de la comisión nombrada para averiguar las causas de la disidencia entre el Representante, con sus delegados, y el general Quesada. El informe refiere que la comisión conferenció con el Representante, el cual les dijo de palabra, lo que más tarde les dijo por escrito, autorizando con documentos sus palabras. Según ellos, él -que reconoce el perfecto derecho con que la emigración pide cuentas a los agentes de la revolución, no sólo no tiene inconveniente, sino que tiene un placer en deferir al derecho de la emigración, como lo tendría en oír sus consejos-, desde el día siguiente de la llegada de Quesada se estableció la incompatibilidad. Los documentos que así lo prueban son seis o siete comunicaciones cruzadas entre el Ministro, la Junta y el general. En esos documentos brillan por su significación el en que Quesada pide doscientos mil pesos en bonos, llamando su comisión Misión extranjera de la República, y el en que Morales Lemus le contesta negándoselos. La Junta, a quien vio también la comisión, reiteró lo que había dicho su delegante. Q. dio en conclusión una proposición escrita, según la cual estaba dispuesto a secundar a la Junta, dándole todo lo que hubiera recogido, dirigiendo a sus fondos los que pudiera reunir, con tal de que se le diera el mando de la expedición y de que se le reservara el derecho de fijar el día de salida y de determinar el punto de desembarque. Esto sólo bastaba para fomentar las sospechas que inspira el general, y para justificar la negativa de la Junta: pero ¿basta para justificar las resoluciones que la comisión llevaba preparada? Según ellas el Club resuelve: no apoyar en nada a Quesada: apoyar en todo a la Junta. Si yo hubiera visto entonces tan claramente como ahora la dualidad que aquí hay, la incondicionalidad de la censura y de la adhesión, hubiera combatido, y desde que salí del Club estoy sintiendo la inquietud de conciencia que ahora siento: temo no haber hecho lo que debía.

El papel que Rigual me manda es un nuevo incentivo a mi descontento. Hay un hombre que es más concienzudo que yo; el que pide justicia para los españoles, una política que no los exceptúe, una conducta generosa, la independencia de la Isla, y todo esto, contra la opinión de muchos y haciendo frente a acusaciones pavorosas, ese es hombre concienzudo. Estoy pensando en llamarlo para intentar una propaganda activa.

He escrito a papá, C., R., L.-C.



Sábado, 23 de abril, noche.

Si no me hubiera propuesto objetivarme, me halagaría recordando la salutífera influencia que tiene sobre mí la naturaleza, me recordaría las dos vueltas que he dado en la plaza de la Segunda Avenida, buscando aire campestre para los pulmones, olores vegetales para el olfato, remedos de los espectáculos de la naturaleza para la vista. Pero me he vedado ocuparme de mí mismo en cuanto no se refiera a mis relaciones con el porvenir de las Antillas, y no hablaré de la beatífica contemplación de Anna ni de la acerba rigidez de espíritu que me produce la conducta de mis íntimos amigos. Digo íntimos para expresar aquellos a quienes veo todos los días. B. vuelve a su antiguo modo de ser. No hace un mes, su pobreza y mis triunfos me lo entregaron por completo: hoy, después de la enfermedad en que su mejor acompañante he sido yo, mi pobreza y mi separación del periódico vuelven a entregarme el hombre que conocí en los primeros días. M. lo imita y el mismo R. parece de cuando en cuando obedecer a la corriente contraria que empuja siempre contra mí a los que más motivos y más deber tienen de ser mis auxiliares.

La Revolución publica hoy un artículo de La Discusión, Madrid, en el cual se habla de una acción común por parte de Estados Unidos e Inglaterra en favor de Cuba. Por la tarde, The Evening Post publica un telegrama según el cual Prim está preparando la opinión española para vender Cuba a los cubanos, en tanto que el Presidente y el Secretario de Estado de la Unión declaran en círculos políticos que son favorables al establecimiento de una confederación de las Antillas. Si no fueran tan dispares como se presentan ahora los intereses de Inglaterra y los Estados Unidos, yo estaría de enhorabuena y bien podría dejar aclamar mi pensamiento, como lo aclamaban esta tarde A. y R., que al oír la lectura del telegrama, gritaron irónicamente el uno, sin reserva al otro, cariñosamente ambos: ¡Viva Hostos!; no sabiendo que tal vez ese grito pueda ser algún día expresión del triunfo de la idea. ¡Ah! Qué partido no puede sacar un hombre atento, observador de los hechos y de su desarrollo, apreciador de las circunstancias, conocedor de los móviles de hombres y de pueblos. Cualesquiera que sean los obstáculos, dos intereses tiene Inglaterra en las Antillas que podrán obligarla a mucho; los comerciales representados por sus Antillas; los políticos involucrados en el problema del desarrollo de América sajona.

Demostrar que las Antillas pueden ser independientes y libres por sí solas, si Inglaterra, Francia, Alemania y Estados Unidos garantizan su independencia; demostrar que la libertad y la estabilidad se arraigarían con la federación de todas ellas; hacer ver el papel que en el porvenir comercial del mundo tendrían esos pueblos, que servirían de fiel a la balanza de valores; probar su influencia en el porvenir político de América, en la cual representaría el fiel de la balanza de poderes, no es difícil. Y en tanto que este alto fin se ofrece a nuestro esfuerzo, esa gente pierde su tiempo en contemplar a los que nos amenazan, y, fijos en el porvenir de su dinero, ¡nada más que en eso piensan!

Si yo ejecutara todo lo que pienso, muchas cosas saldrían mal, pero muchas más de las que hago haría. Ahora tengo en la imaginación todo el plan para, desde mi aislamiento, empezar a tejer la santa trama. Inconvenientes ridículos, la impotencia odiosa de la pobreza se interpone, sucede la consideración de la realidad a la concepción de la posibilidad, la calma restituye a su desnudez mi situación, y todo se desmorona, y así ha desmoronado toda mi vida activa, todo el movimiento de trabajo moral, afectivo, intelectual y orgánico que he construido en el vacío de mi imaginación. Relacionarme con el Cónsul Inglés, interesarlo, ganarlo a mi causa y mi persona; valerme de él para conferenciar con el Embajador; de éste para relacionar la revolución con Inglaterra; del Club para ejercer presión sobre la Junta y el Ministro; de éstos para obligarlos a entrar en la senda cuya meta busco, he aquí cosas que tengo en mis manos y que se me escapan de las manos.

Como todo, se me escapa por motivos idénticos la revolución de Puerto Rico. Bastaba que ese firme L. C. y algunos otros respondieran a mi llamamiento para que, previsto como lo tengo todo, si dispusiera de recursos, intentara con éxito la obra salvadora.



Lunes, 25 de abril de 1870, noche.

Pensemos en lo que dice el buen F. Ha visto a M. L. que le ha dicho que la federación es el porvenir de las Antillas: escándalo de honradez el que sentí. Ese hombre, que se despierta hoy dominado por esa grande idea, ha pasado año y medio en buscar la anexión y sigue consintiendo que la prediquen prácticamente sus delegados de la Junta.



Miércoles, 27 de abril.

Según los últimos telegramas, la revolución busca otra vez la parte oriental, hacia la cual, no obstante los obstáculos, se ha dirigido victoriosamente. Los partes españoles hablan de derrotas; pero, aun suponiéndolas, derrotas para las cuales necesitan los vencedores de tres batallones y de nueve horas de combate, representan un crecimiento extraordinario de fuerzas por parte de los revolucionarios. Y como ese aumento de fuerza corresponde a un pensamiento militar, es posible concederle importancia. Al parecer, el plan de Bodas consistía en bloquear con las fuerzas del Norte y Sur la parte de la insurrección organizada en sociedad civil y militar. El trabajo de Díaz y de Gómez, al romper ese bloqueo, ha inutilizado o tratado de inutilizar el propósito español. Morelo, nombrado para sustituir a Balmaseda, representará en la revolución de Cuba el pensamiento genuino del gobierno americano, suponiendo, pues, que Balmaseda no se retire, y en caso de retirada los voluntarios crearían un conflicto, éste será probable, pues M. determinará una conducta nueva, que no será otra que la de preparar los ánimos a la solución, aun oscura pero probable que buscan Prim y sus auxiliares. Y como esa solución corresponderá a la triple necesidad que siente el Gobierno español de desembarazarse de la cuestión de Cuba, de aplacar la excitación pública que esa cuestión empieza a causar en España y de evitar las dificultades internacionales que puede causarle, los voluntarios se opondrán. Entrando está, pues, en una nueva fase la revolución.



Calle Octava 33, viernes 5 de mayo de 1870.

Desde mi última fecha hasta hoy, el curso de la revolución se ha precipitado. Muchos telegramas, procedentes de Washington han autorizado la creencia de que los voluntarios se disponen a desobedecer a su Gobierno. Que esto es posible, lo afirma el telegrama de hoy en que se presenta al Gobierno español aplazando indefinidamente la discusión de la Constitución de Puerto Rico por consideración a los españoles que, desde Cuba, han pedido que no se hagan concesiones. El Gobierno accede, luego transige; luego teme. Así lo prueba también el telegrama de Washington en que se noticia falsamente que algunos cubanos importantes han entablado conferencias preliminares de arreglo con el Ministro español, con el solo objeto de decir que éste no se niega, antes se muestra dispuesto a pactar. Así, finalmente, lo prueban la avenida de telegramas de Washington en que, ya denunciando el estado de desorganización del imperio español en Cuba, ya manifestando la aquiescencia del Ejecutivo Federal a la idea de federación de las Antillas, se muestra indirectamente que se da por aniquilada la dominación española en Cuba. De modo que, por una parte, el Gobierno español se declara impotente contra los voluntarios, que, a su vez se declaran impotentes contra los cubanos, en tanto que las potencias extranjeras empiezan a pensar en el papel que los acontecimientos pueden obligarles a hacer en las Antillas.

El sueño empieza a realizarse, y yo sigo soñando; empiezan a despertar los que más dormían cuando yo anunciaba la buena nueva, y yo me veo obligado a dormir. A soñar y dormir, que dormir y soñar es este aislamiento, esta inactividad en que me desespero.

Ha llegado Jordán. Se han abstenido de recibirlo en triunfo, pero lo reciben con fe, esperanza y caridad, a reserva de destrozarlo mañana. Ha llegado Armas, de quien tan mala opinión tienen sus hermanos, y han empezado a destrozarlo, reservándose el derecho de reconstruirlo. Es verdad que el discurso es temerario, pero también es verdad que el Club no se ha ocupado sino de la parte condenable, dejando la parte en que con razón condena. Tenían razón para atacar y desenmascarar a Quesada; pero no para divinizar a la Junta, y yo me abstuve de intervenir: tienen razón para censurar la apoteosis de Q. hecha por A., pero debían haber considerado que había dos enemigos, el descubierto a quien atacaban, y el encubierto tan bien atacado por su víctima, tan apadrinado por ellos. La notabilísima proclama de Céspedes contribuye, sin saberlo, al funesto error. La Junta es el peor enemigo de la revolución, y él la ampara.



Sábado, 7 de mayo, 70, noche.

Si hablo de la desconsoladora versatilidad de esas pobres gentes, que no tienen un solo día de seguro pensamiento, tendré que hablar de las burlas que hacen a todo pensamiento firme, del escepticismo mordente con que juzgan mi idea de la confederación de las Antillas: en uno y otro caso, diré en el fondo lo mismo, y diré una cosa que es bueno que me espante pero que es necesario que no me desanime. Si hablo de lo que hablan, y digo que piensan en banquetes intempestivos a J., me ocupo de una pequeñez tanto más repugnante cuanto más antipolítica. Si hablo del nuevo artículo de The Evening Post sobre confederación de las Antillas, incurro en el pecado anti-mundano de ocuparme de una cosa difícil, de porvenir lejano.

Hablaré del telegrama de la Habana por Washington en que se menciona la alarma de la oficialidad española por los conciliábulos secretos que en estos días han celebrado los voluntarios jefes de la Habana; en que se da por inminente el rompimiento entre los españoles de Cuba y los de España; en que se atribuye no sé qué increíble aquiescencia por el Gobierno español a estos planes.



Calle 8.ª 33, New York, domingo 8 de mayo, 70.

Según telegramas de la Habana, ayer agarrotaron los españoles o Goicuría. Me ha impresionado hondamente la noticia. El único interés que ya me queda es el interés por la desgracia; la única indignación que sobrevive en mí es la indignación contra las cobardías de la suerte y de los hombres. Víctima de ella, ha sucumbido aquel hombre desgraciado. Si no hubieran zaherido tan cruelmente la debilidad o la irresolución de que dio muestras en el «Lillian», tal vez hubiera llevado al sosiego y a la oscuridad su vencimiento. Pero lo maltrataron, lo empujaron, y ha sacrificado a su honra su existencia. Tomarán el hecho, lo registrarán y vendrán a decirme que acuso injustamente porque la desgracia de ese hombre ha sido independiente de los motivos que lo llevaron a Cuba, pues ya estaba seguro en Cuba, de donde, si ha salido, lo ha hecho por la movilidad de su carácter, por la inquietud de su espíritu, que le impidieron seguir en donde estaba y lo obligaron a salir a aventurar, a exponerse. Tomo yo el hecho, escudriño las ideas que lo han formado y digo sencillamente que si no hubiera ido a Cuba no hubiera sabido de ella, y que si no hubiera salido no lo hubieran cogido y ajusticiado. ¡Y qué justicia! Unas cuantas horas, un juicio, una sentencia y el cadalso.



Martes, 10 de mayo, 70, mañana.

¿Haría mal si me marchara a Cuba? Saliendo de mí mismo, y considerando bajo su aspecto general el problema, se me presenta erizado de dos dificultades capitales: la familia y la patria. Acabo de sacrificar a la primera, abandono a la segunda. Es posible que viendo en mi ida a Cuba una prueba de la impotencia revolucionaria de los puertorriqueños, el Capitán General deje en paz a mi familia, pero también es posible que aumente su animosidad y es de seguro probable que aumente el desaliento de mi padre. A los ojos de los puertorriqueños, ir a Cuba equivale a no poder ir a Puerto Rico. Allí están esperándonos. Aunque es verdad que esperar a los que sólo con deseos inseguros se llama, no es esperar. Mas sea porque la revolución está aún en su período de sueño dorado, y sin inspirar la idea del sacrificio personal a los que más la desean, estimula el deseo de todos, o sea porque preparada de la manera con que ha sido preparada y dirigida, no teniendo allí iniciadores decididos los busque en la emigración, es realidad, es verdad que los emigrados somos la esperanza de aquella gente. ¿Defraudaré esa esperanza en mi ida? En este instante veo claramente todos los inconvenientes, y creo más heroico quedarme que partir; vendrá F., me alucinará el entusiasmo comunicado, y desearé partir. Iré a ver a B., me desesperará su impasibilidad, y desearé partir. Veré a E., volverá tal vez a recordarme con su conducta nueva, la vieja maldad de los hombres, que no saben ser útil a otro sin hacer pesar sobre su dignidad el servicio con que la han cargado, y desearé partir. ¡Ojalá me arrebate la desesperación, la indignación o el entusiasmo de un momento! Más vale morir luchando, que vivir muriendo. Es mejor el mal provocado que el sufrido.



Miércoles, 11 de mayo, 70.

La salida de la expedición y los temores que inspira; la muerte de Goicuría y las reacciones forzadas que logra en su favor el sentimiento puro del egoísmo admirador del éxito; el sentimiento de conservación individual que asoma detrás de la exclamación: «¡Esto va largo!»; el nombramiento de Baldorioty, la actitud de Sanz y los sacudimientos que me traen esas noticias; las palabras de Otway, Ministro de las Colonias, sobre la revolución cubana; el carácter de la evolución que agita a Francia; el juicio inesperado que sugiere a la prensa americana, y el descontento de mi situación actual, esos los motivos de pensamiento que he tenido.

El optimismo, cuando sobre todo es, como en mí, reacción enérgica contra los males de la vida, es una virtud; pero es también un error si se empeña en prescindir de la realidad. Por eso es bueno tener cuenta del pesimismo de los otros y por eso pienso que es mejor pesar las probabilidades de éxito o los obstáculos que tenga la expedición ya próxima a salir, que abandonarse a la fe irracional. Temen que aquí, a última hora, pongan obstáculos. Bien pudieran. Todo el mundo sabe cuándo, de dónde, en qué buque, con qué elementos sale la expedición. Todo el mundo sabe que no ha salido antes por falta de unos muy pocos miserables mil pesos y de muchas rencillas miserables. Todo el mundo sabe que es relativamente formidable, y todos éstos son estimulantes poderosos para los españoles. Felizmente, la desgracia que ha abismado a Goicuría despierta interés en este país, y el Gobierno no se atreverá a incitar el clamor que acogería cualquier acto de parcialidad contra cubanos en pro de españoles. En cuanto a la llegada, si es verdad que dirige la expedición ese excelente joven que no parece tan capaz como es sensible, tal vez los españoles, que no dejarán de esperarla, nos den un mal rato. La culpa, a quien le toque.

La revolución está en su período de crecimiento; pero como carece de elementos para ser expansiva y ofensiva, se fortalece en la inmovilidad y en la defensa. Lo ven los que creían que la revolución acabaría muy pronto, y, sin tener en cuenta el carácter del movimiento, sus relaciones con el interés del mundo, la actitud de los gobiernos extranjeros, se espantan, se ponen en examen de su patriotismo, dudan que dure lo que la lucha, y empiezan a cansarse. De aquí al momento de paz a toda costa, que tiene toda revolución, no hay más que un paso.



Domingo, 15 de mayo, mañana.

Ayer, a las doce y unos minutos, salió la expedición. Iban en ellas doscientos catorce jóvenes entre los cuales habían empezado mis ideas a germinar. Cuando en la noche anterior, algunos de ellos se despidieron de mí, los abrazos y apretones de manos que me dieron y las calorosas palabras que me dirigieron, tan íntimamente penetraron en mi corazón que hicieron más dolorosa la situación de mi ánimo y me dieron en el de ayer uno de los días más melancólicos de mi vida.



Viernes, 20 de mayo, 70.

Esos pobres españoles causan la admiración del mundo. Después de sus barbaridades de año y medio ha, el inútil martirio de Goicuría y de los Agüero. Después de la promesa del Ministro de Ultramar de hacer la abolición de la esclavitud, el telegrama de esta noche en que Rodas comunica al mundo que hace libres a todos los esclavos de los insurrectos combatientes o laborantes, en Cuba o en el extranjero, o «que hayan cogido las armas o servido como guías a las tropas españolas o prestado cualesquiera otros servicios a la causa nacional», según el tenor literal del despacho. La explicación más obvia es que el Gobierno colonial prepara la obra del metropolitano. Pero ¿por qué se ocupa éste de un asunto que exasperará contra España el interés de sus representantes en Cuba? Impotente España para contener a los voluntarios y para resolver la cuestión de Cuba, ha pactado indudablemente con el Gobierno americano para, por su mediación, pactar con los cubanos. En este caso, la resolución del Gobierno colonial y la determinación del central significan un rompimiento terminante con los voluntarios para que, reconocida por éstos la inutilidad de continuar su lucha en favor de la esclavitud, depongan en aras de los intereses que aun les quedan las pasiones que les mueven contra los cubanos. Esta política, en el primer caso, sería una tristeza; en el segundo, un acto de grandeza; en ambos, demasiado atrevida para que pueda esperarse del Gobierno español.

Tal vez se espere favorecer de ese modo la rebelión con que amenazan los españoles de Cuba, para hacer entonces intervenir, de acuerdo con ellos, a las potencias interesadas en el porvenir de las Antillas. Tal vez no significa más que un pleito homenaje a los voluntarios para quienes sería una venganza sabrosa el despojar completamente de sus bienes a los independientes. Pero entonces ¿por qué libertar a los negros que ellos mismos han armado? ¿Será quizá que, deseando contrastar el efecto funesto para ella, producido por los últimos patíbulos, quieren calmar el ánimo de este gobierno, diciéndole: Todo es mentira en la revolución; la libertad de los esclavos, porque para que sean libres hemos tenido que libertarlos; la causa de la revolución, por que mal puede levantarse contra nosotros un pueblo cuyo gobierno deja que nos anticipemos a sus medidas revolucionarias? Como ellos sostienen que la emancipación ha sido una falsa de la revolución, la declaratoria de Bodas es un arma para sus amigos.

Escribir artículos para los diarios insurrectos y americanos, examinando todas las probabilidades, y provocar en el Club una resolución, tal debe ser mi preocupación en cuanto vea confirmada esta noticia inmensa, hasta hoy vaga en forma y fondo.



Sábado, 21 de mayo del 70.

Si es ser soñador el desear el bien, el caminar perseverantemente por el camino de espinas que conduce a él, el perdonar las maldades de los tontos, las tonterías de las malvados, las intemperancias de los apasionados, los errores, las falsedades, las injusticias, la vanidad provocadora, sigo soñando y pasaré soñando el resto de mis días. Lo poco que he intentado hacer por Puerto Rico despertó las pasiones secretas de los monopolizadores, y hoy estalla Betances en su triste carta que fecha desde Port-au-Prince, en doce del pasado. Los que no ven la cara de las pasiones en la mía ni los impulsos irreflexivos de la pasión en mi impasibilidad, no saben hasta qué punto es prueba de fuerza la que diariamente doy, cuando me excitan las pasiones de los otros. Si lo supieran, tal vez tendrían miedo y el miedo les haría más cautos. Ven el resultado del esfuerzo, no el esfuerzo, juzgan de mi insensibilidad por la indiferencia que aparento, y no sólo me excitan y me inquietan y me perturban, sino que se atreven a querer demostrarme que ellos son los tranquilos de pasión, yo el intranquilo apasionado. Así hace B. en su carta. He tratado de contestarla como debo, de modo que brille en ella el político que prescinde de cuanto no le guía a su objeto, y espero continuarla en perfecto dominio de mí mismo.

Las noticias que me han legado de Puerto Rico anuncian la próxima llegada de Baldrich, ejecutor probable del pensamiento de los progresistas, que será una transacción insegura con el espíritu liberal al mismo tiempo que con el de statu quo. Creo, y a L. C. y papá expreso mi creencia, que si se saca partido de la situación nueva que forzosamente creará ese hombre, la revolución, hoy dormida, despertará.



Lunes, 23 de mayo, 70, noche.

Ejercicios de voluntad. Si me digo al salir de casa. «Iré por tal parte», aun cuando me olvide y tome otro rumbo, vuelvo al propuesto, y voy a donde pensó que había de ir. Si me he propuesto en estos Diarios hablar de mí mismo cuanto menos pueda, y, por lo que a esta noche se refiere, me he propuesto recorrer el mundo político ¿por qué no he de acallar los sentimientos que más íntimamente me combaten? Me ha sorprendido extraordinariamente la lectura de los telegramas de Londres y Lisboa que cuentan el pronunciamiento de esta última ciudad: ha dado por resultado la elevación de Saldanha al poder. En España ha producido tal efecto que, según un despacho de Madrid, se le atribuía como éxito definitivo la unión ibérica. Quizás algo de esto haya en el fondo, pues The Times, de Londres, arroja su mal humor en carcajadas sarcásticas contra el octogenario duque. Su homónimo, en dignidades, el duque de Espartero se ha resuelto, al mismo tiempo que él, a aceptar la presidencia del Ministerio portugués, a aceptar el trono español. Si coinciden en ideas como han coincidido en vidas y preparan o realizan la unión de España y Portugal, la causa de la federación habrá dado en Europa su segundo paso y muchas cosas serán perdonadas a esos dos pueblos.

Sigue Napoleón haciendo su papel y sigue la pobre Francia ignorando que la revolución interna que la impulsa no es la revolución terrorista de los que la representan ni la revolución recortada que quisieran los demócratas del Parlamento.

El parte telegráfico que hace dos o tres días hablaba de conferencias preliminares entre plenipotenciarios de Inglaterra, Estados Unidos y Francia o de conversaciones diplomáticas entre los Gobiernos de esas tres potencias, sobre la solución de Cuba y la petición colectiva a España para que ésta emancipe a sus esclavos, explica, en parte, el decreto abolicionista de Rodas y quizá confirma la noticia del pensamiento federalista que se atribuye en la cuestión de las Antillas a Inglaterra. De Cuba, no otras noticias que los pormenores de la muerte de Gaspar y Diego Agüero; murieron como indios que, después de la de Sócrates, es la mejor muerte que se conoce. Sigue siendo en la prensa de Nueva York visible la influencia de estos hechos en la política del país. Publica The Sun las declaraciones de Phillips, el cónsul americano en Santiago de Cuba. Son tremendas contra España colonial. Las noticias de Santo Domingo presentan a Cabral adelantado y cada vez más antianexionista el espíritu del país. Las noticias de P. Rico son desconsoladoras. Reformas sin plan. He aconsejado que se secunden las circunstancias. Y como S. me dice que teme por la vida de mi padre si hay un movimiento cualquiera en Puerto Rico, y yo he tenido la puerilidad de decirlo, seguro estoy de que, sin otro juicio, llegarán a condenarme y me preparan para algún día algún expediente de cargos formidable. Son incapaces de comprender las resoluciones completamente impersonales del verdadero político, y aun cuando supieran que yo no he hecho otra cosa que la imperiosa para todo corazón de hijo, al dominarme motivadamente por los tres únicos seres queridos que me quedan, atribuirán a debilidad de corazón lo que es fortaleza de mirada, así como creyeron y dijeron que el meeting de pesadumbre, acto manifiesta, obviamente político, era un asunto de sentimentalismo. ¡Pobre gente!



New York, Calle 8.ª, 33, martes 24 de mayo del 70.

Visita de Monge y conversación sobre Puerto Rico: cartas de papá: visita de Varona: noticias de la expedición. Prescindiendo de la situación interior del espíritu, tal es mi día. Según las noticias, el «Upton» hace agua y ha tenido que aproximarse a la costa. Si es cierto, y una noticia desgraciada encuentra crédulos, expositores de su necesidad y explicaciones muy lógicas, que todo es lógico contra el fracaso como suele todo serlo en pro del éxito, ¡pobre expedición! Para hacerla todavía más desgraciada cuentan que se han enviado dos buques del Estado en persecución del expedicionario. Con ocasión de estos rumores, V. me ha referido episodios joco-serios que dan carcajadas de dolor, sobré las expediciones anteriores. Refiere la de Q. y dice que, a pesar de desembarcar en el mismo muelle de la Guanaja, a pesar de haber construido barricadas para contener los primeros ataques de los españoles, quince14 después de llegada la expedición, aun estaban las armas, municiones, cajas, etc., a tres millas de la costa. De donde él, generalizando, mantiene que está perdida toda expedición cuyo material no esté en proporción del cuerpo expedicionario, porque no hay allí medios de transporte ni pueden llevarse, ni abandonándose ciegamente al acaso, puede contarse con la absoluta ausencia del enemigo. Habla de la expedición de Jordán. Habla de la primera expedición de Goicuría, como del fracaso de la confianza. No sólo embarazaron el buque con todo lo superfluo sin nada de lo necesario, de modo que en la misma bahía de Nueva York tuvieron hambre, lo cual les obligó a cometer las imprudencias de New London, sino que dieron completa publicidad al hecho, aceptaron como expedicionarios a reporters de periódicos y a gente mercenaria, que espiaban en nombre de España.



Miércoles 25, día.

El sueño que anoche me rendía y me quitó la pluma de la mano, va siendo un fenómeno digno de atención. ¿Por qué, cuando falto de un trabajo asiduo, incapaz de consagrarme con método a mis meditaciones, el cuerpo se postra fácilmente, el cerebro se adormece, y así como la imaginación de sueño en sueño, va de somnolencia en somnolencia el organismo? Por una razón probable: porque la imaginación sueña demasiado y o la pereza es una de las formas del exclusivo imaginar, o el sueño la necesidad salutífera del cuerpo cuando el alma se prodiga en fantasía. Lo que fuere, ello es que me dormí y me acosté. Momento inoportuno y abandono criminal de la conciencia, porque debí hablar de la inmensa emoción de las dos cartas. Una corta y otra larga, ambas de mi noble padre. La primera, aguda, cómo sus angustias; conmovedora como sus lágrimas la otra. Según ambas, el efecto de mi rompimiento con España ha sido trascendental para mi familia y para mi país. Para éste, que esperaba de mi acción en España una revolución sin sangre, porque he defraudado sus esperanzas; para aquélla, porque he interrumpido la penosa reconstrucción de la fortuna doméstica, porque he alejado de la casa del perseguido a todos los amigos, los aduladores o los temerosos del perseguidor; porque los que olfateando la fortuna nueva y el poder inesperado que yo representaba, volvían a la casa abandonada, a la amistad interrumpida por la ruina, huyen otra vez del abandono. Dice papá que el ridículo y el sarcasmo le persiguen: son los españoles que paladean de antemano su venganza; me dice que el respeto y la veneración de los nuestros no recompensan las irreverencias de los otros: es que los hijos del despotismo no conocen los deberes de la libertad que ansían, no aman a los que, por adhesión racional a la libertad, no quieren ser idolatrados, y por más que diga «423»15 que mi manifiesto ha aumentado, si es posible, el cariño que inspiraba, yo no debo ser popular en Puerto Rico. Fuera mi padre rico, y tal vez el prestigio de su riqueza, centuplicado por el de mi nombre, contribuiría, no sólo a la veneración de todos por él, sino a hacerlo una bandera, un símbolo de revolución. Entre tanto, abandonado a su angustia el digno anciano no habla la palabra de la desesperación, y anoche, como antes de anoche, he tenido pesadumbre en la conciencia. Es necesario resistirla y seguir caminando con ella mi camino.

No hay en él un espacio que no tenga un obstáculo. Si oigo a C. no es prudente hacer nada; si a M. todo es posible. Si ofrezco medios de acción, no los aceptan; si ofrezco medios de sacar partido de las circunstancias, piden acción. Eso me sucedió con M. En la primera entrevista, todo estaba perdido. Ayer le expuse el plan realizable para, por medio de las reformas a que se verá obligado B., hacer la revolución, y hasta llegó a demostrarme que la revolución estaba hecha. Y entre tanto, aquí nada se hace, de allí nada se manda, y el plan más irrealizable, el que tantas veces, cuantas sugerido por la imaginación, rechazado por la razón, es el que mejor puede llegar a realizar.



Miércoles por la noche.

Probablemente es más importante el consagrar mi tiempo a averiguar de qué depende esta atonía intelectual que me sorprende cada vez que las contradicciones se suscitan enérgicamente contra mi pensamiento y por qué me domina la indiferencia que, en medio de las mayores excitaciones siento, que el consagrarlo a recordar lo que pasa en el Club; pero además de que todo es importante en la vida de los pueblos, es conveniente para mí el salir un poco de mí mismo (y acaso de mi exclusiva clausura depende la dificultad intelectual de que me quejo), y es bueno pensar en los demás.

R. me ha hablado de la proximidad de la solución que se prepara a la cuestión de las Antillas. Lo ha hecho en términos ambiguos porque no han logrado hacer que se me escape la relación que hay entre la actitud de la prensa española, que augura la intervención de Inglaterra en la contienda hispano-colonial y los trabajos efectivos que se hacen en el gobierno de éste y de aquel país. Al parecer, algún sondeador inglés ha debido tratar esa cuestión con Morales Lemus y de ahí el empeño de presentar como primera base el libre cambio. Libertad de comercio y no anexión de las Antillas, tales son los objetos que puede proponerse Inglaterra en la intervención. Así, le conviene. E. asegura que en el arreglo entrará Puerto Rico; luego el arreglo es la confederación de las Antillas.

Cartas de L. C. y de «Martel». Aquél pide una proclama; éste aplaude la mía.



Viernes 28, por la mañana.

Cogía la pluma para examinar en mis recuerdos el problema de porvenir que plantean los cubanos, cuando me he encontrado con la fecha. Es 28 de mayo de 1870. En 28 de mayo de 1862, hace ya ocho años en el tiempo, no hace tiempo ninguno en mi corazón, murió mi madre, la santísima mujer a quien debí una vida que pudo ser feliz, que yo he hecho a sabiendas desgraciada. Son las nueve de la mañana, y a las nueve de la mañana, llorando todavía la ausencia de su esposo y de sus hijos, murió aquella esposa, aquella madre, aquella hija incomparable. ¡Cuántas veces, desde entonces, he recordado los esfuerzos de ella por atraerme a un porvenir más positivo que el temerariamente solicitado por mi afán! ¡Cuántas veces he recordado aquella conversación acalorada, convertida en altercado por mi celo juvenil, en que yo le presentaba la pobreza como un estímulo del talento y la virtud; y en que ella, asustada de mis palabras, de antemano irritada contra la suerte que diera oídos a mi excéntrica optación, la escarnecía con sarcasmo centelleante, la maldecía con ímpetu de corazón atribulado, y de la cólera pasaba a la tristeza, y del grito a la queja maternal, y rogaba sumisamente a Dios que no me oyera! Dios no me oyó, pero me ha oído esta conciencia impasible para la cual no hay sacrificio inaceptable ni circunstancia que no exija un sacrificio, y aquí estoy, después de ocho años de miseria y de miserias, más miserable cada vez, cada vez más tenaz en mi propósito, cada vez más estoico en mi conducta, una vez seguro de mí mismo, cien mil veces dudando de mi fuerza, algunas veces apoyándome en la conciencia, imperativa, otras veces buscando auxiliares sobrehumanos, pidiendo hoy desde lo íntimo del alma el auxilio eficaz de aquella que me puso en el camino de la vida, que guió amorosamente mis primeros pasos, que quiso, al abandonarme, en medio del camino, enderezar la dirección que yo tomaba, y desembarazarme de los obstáculos y de los peligros que voluntariamente ponía mi idealidad, que temerariamente provocaba mi confianza en la fuerza pasiva de que no he carecido nunca. ¡La fuerza pasiva! ¡Qué he hecho yo con esa fuerza! Soportar las injusticias de la casualidad, de las circunstancias, de los hombres, de los amigos; llegar a la atonía; salirme tan absolutamente del mundo de los vivos que cuando tuve que volver a él no lo conocía y, como niño, me espantaba de lo desconocido; perder la noción del derecho; abusar de la noción de mi deber, convertir en deber los actos más insignificantes, dar a la palabra de los hombres la fe que la mía me inspiraba, juzgar prácticamente como una negación el mal, como una afirmación absoluta el bien, desviar dulcemente a los malvados, elevar a la categoría de buenos, espíritus rudimentarios que siempre han concluido por aceptar en sí y fuera de sí el mal reparador, y llegar a ser hombre. Ser hombre, mi gran conquista, mi solemne orgullo, mi horrible mito. Estoy diciéndome persuasivamente que en lo hecho, he adelantado cuanto se puede adelantar y que el día en que este hombre formado por el esfuerzo perseverante de sí mismo, llegue a encontrarse en circunstancias favorables...

Pero no me digo que es necesario buscar, encontrar, conquistar esas circunstancias, ni me digo que cada vez soy más perezoso para buscarlas, cada vez menos idóneo para hallarlas, cada vez menos perseverante para conquistarlas. Si mi madre dirige hacia mí las miradas de su alma, tal vez vea con absoluta lucidez que aquella pobreza que yo no temía, que ella odiaba por mí, ha contribuido funestamente en el desarrollo de mi vida, en la inútil fortaleza de mi carácter, en la impotencia de lo que llama A. mi virtud. Si ve, que se sonría piadosamente de mi error; si puede, que me inspire los medios de repararlos a tiempo. Y si Carlos y Eladia que de distinto modo contribuyeron a la obra previsora de mi madre y contribuyeron con su muerte a hacer más consciente mi inconsciente vida, aun obedecen como entonces al influjo de aquella alma cariñosa, que secunden su voluntad y que me auxilien.

Esta piedad que imploro de los muertos, ténganla los vivos. Persuadida por su voz, la buena Clara quería que todo el mundo se hubiera ido ya, acriminaba a todo el mundo, culpaba por la inacción a Puerto Rico y de paso, me culpaba. No hay uno de esos pobres cubanos o puertorriqueños para quienes no sea yo un fantasma. En todas partes me ven, en todas partes me atacan. Perdonados, aun cuando sepan lo que hacen. Pero esta desunión, que es real, efectiva, positiva y formidable, superior a todos mis esfuerzos por negarla, hecho más contundente que la energía de mi buena fe y de mis ilusiones, adquiere cada día más vehemencia. Tiene dos aspectos: el personal que es el de las pasiones de todos y de cada uno; el local que es el de la lucha latente entre la parte occidental y la oriental de la Isla.



28, noche.

He leído la carta de los Agüero a sus padres. Es un monumento de tranquilidad de espíritu. Escriben una hora antes del suplicio y es tal la absoluta independencia que los sobrepone al trance amargo, tal la adhesión a la idea que los sacrifica y tan radical el olvido de sí mismos que dicen sencillamente: «Nos apresaron antes de ayer: hemos sido juzgados y condenados: moriremos dentro de una hora». Y textualmente: «Esperamos que reciban Uds. con resignación esta noticia». Es una carta familiar, escrita a la familia. Como ellos la han hecho, con más cuidado de los suyos y de sí mismos que lo han hecho ellos, noticia el vulgo de los hombres los accidentes vulgares de la vida. Imposible, es imposible que deje de ser independiente una raza que, a pesar de abatida por la tiranía, tiene esa independencia de alma en sus sacrificados. Imposible parece también que, siendo tan activo como es el patriotismo en todos los cubanos que conozco, tan espontáneo y tan intenso como lo he observado en la sesión de esta noche, el influjo letal de la educación despótica produzca los efectos que produce.



Domingo 29, noche.

He escrito a Morales Lemus, diciéndole que quiero representar a Cuba en Venezuela. Mi plan es conseguir la declaración de beligerancia, hacerme amigos y auxiliares, y llevar una expedicioncita a Puerto Rico. Para obtener recursos aquí, no hay más remedio que dar lecturas y para que éstas sean productivas es necesario que haya un interés superior al que mi delicadeza pone en los asuntos de dinero. Si se me da la representación, M. L. y la Junta, a quienes digo que no aceptaré auxilios de la revolución, se esforzarán porque yo los consiga decorosamente y tomarán a su cargo la dirección de la lectura. Puede producir seiscientos pesos, con los cuales tal vez pueda pasar dos meses en Caracas. Dos meses dan tiempo para una de estas dos cosas: o para favorecer el alzamiento de Puerto Rico, si las reformas y el plan que he mandado producen su efecto, o para prepararme trabajo, si siguen las cosas como están. Así, a primera vista, el éxito parece probable.