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Martes, junio 7, noche.

Las noticias de Washington; las referentes al «Upton»; mis entrevistas con Rivero y Echavarría; el estado físico de M. L.; la situación nueva en que he observado a la Junta, tales son los motivos de inestable meditación que he tenido en estos días.

Han aumentado los esfuerzos de los políticos americanos en favor del reconocimiento de beligerancia, y el informe publicado del Presidente del Comité de Negocios Extranjeros, Banks, en el Congreso, es completamente favorable a la beligerancia.

Según un telegrama la expedición fue sorprendida en el acto del desembarco, y destruida por los españoles, que, si no mataron más de diez ni prendieron más de tres expedicionarios se apoderaron de casi todo el armamento. Tal vez noticias posteriores nos den pormenores más halagüeños que los ofrecidos por los españoles.

Rivero, con quien empecé a preparar el terreno para la representación en Venezuela, cree seriamente que Puerto Rico no se levantará hasta que Cuba le mande tres mil hombres. M. L. está moribundo. Si muere, preveo graves disgustos entre los gestores aquí de la revolución. Y tanto más cuanto que la Junta ha adquirido ya aquella fuerza de gobierno que atrae a todos los parásitos y todas las adulaciones. Con decir que ayer me acordaba de las antesalas de los ministerios españoles, digo mi pensamiento.



Jueves 9.

Quizás no sea tan falso como Rivero hoy afirman los nuestros el rumor de las tentativas de soborno, pues Rivero me decía hace tres días que una de las glorias diplomáticas de Morales Lemus había sido el destruir el plan de denuncia que hace dos meses había fabricado el Ministro español; pero de todos modos es singular, a un tiempo favorable y desfavorable para este país el que así influyan en la marcha de sus asuntos los ardides, las argucias del interés y la pasión, la inmoralidad supuesta o realizada. Es favorable, porque demuestra una fuerza de resistencia en las instituciones y en el espíritu público de este país, que no sólo no tiene ningún otro sino que ningún otro puede tener, porque ningún otro tiene tanta juventud de pensamiento unida a un tan absoluto sistema de publicidad. Es desfavorable, porque prueba que hay un principio de corrupción allí donde la suposición de corrupción alarma a los buenos y hace vacilar a los falibles. El hecho es éste: el Ministro español, por medio de sus heraldos en la prensa y en los círculos políticos, ha divulgado la noticia de que M. L. y otros representantes de Cuba han tratado de comprar con bonos cubanos la aquiescencia de senadores y representantes. Sea o no cierto, el hecho no se presenta como una protesta de la moral, sino como un ardid de la política. Se trata hoy de discutir la cuestión de Cuba en el Congreso, se teme un voto favorable, y para prevenirlo, se acusa ante el público de prevaricadores a los que han de resolver la situación de Cuba respecto a los Estados Unidos. Ya hace dos meses, y con el mismo fin, se hizo la tentativa, y la moral escrupulosa se aplacó tan pronto como desapareció, con el aplazamiento, el peligro que ve España en el reconocimiento de beligerancia. De tal manera es viciosa la política del mundo que Europa se reiría del puritano que quisiera paralizar la acción de un Congreso o de un Gobierno por medio de una acusación de ese género. Yo mismo que aun tengo la fuerte debilidad de creer en la moral que yo practico o quiero practicar, me asombro de que sirva de elemento político.

Una terrible noticia, que da alborozada La Revolución. En una carta de Adolfo Cavada, que publica, dice éste que todos los cubanos de allí son favorables a la cesión. Si esto no es una impostura de un deseo personal, será la infamia de un pueblo. ¡En ese caso, maldita sea la hora en que yo tuve la abnegación de ponerme a pensar libremente en nombre de esclavos sin pudor!



Lunes, 13 de junio, noche.

Hoy debe haber partido para sus amados bosques, para el rincón en que han acotado a esos pobres sobrevivientes de los antiguos dominadores naturales de este suelo, la delegación india que vino a exponer sus quejas a los hombres blancos, el Gran Padre. Se ha distinguido por su elocuencia, por su fervor de sentimientos generosos, por su firmeza y por su enérgica veracidad, «Red Cloud», Nube Roja, jefe de los Sioux. «Desnudo nací, desnudo moriré. Pero lo que el grande espíritu me dio, quiero tenerlo. Deseo la paz con el Gran Padre y con los blancos; pero si los bebedores de whiskey que nos mandan al fuerte Fetherman siguen violando los tratados, robándonos, matándonos porque cazamos, ellos son los que querrán la guerra, no nosotros. Que el Gran Padre destruya el fuerte y nos mande otros hombres que no sean bebedores ni soldados». Esto, en dos entrevistas con el Presidente, y en tres o cuatro con el Secretario de asuntos indios, Cox, ha dicho el noble patriota de las selvas. ¡Cuál y cuán humano y cuán saludable y cuán fecundo sería el poder de este país, si en vez de rechazar a esa noble raza, se la atrajera por el cruzamiento y por la civilización! Pero no hay quien se eleve a esas consideraciones. Lo mismo que sucedió en otras ocasiones, la opinión pública ha intercedido por los débiles; pero por pura fuerza de las instituciones de la libertad, no por el lógico enlace de ideas que, yendo al fondo de las cosas, encuentra en ellas la base de los procederes lógicos e invariables, los procederes de la razón, siempre concordes con las inspiraciones del sentimiento generoso. Los Creeks y otras tribus vecinas se han congregado en los contornos del Canadá para dirigir un mensaje al Presidente y al Congreso, exponiendo las quejas de la población india y los medios de establecer relaciones más humanas. ¡Quiera la justicia hacer posible las consecuencias de la libertad!



Martes 14.

Un tremendo contratiempo. El Presidente ha interpuesto su voto, casi puede decirse su veto entre el Congreso y Cuba. Debía hoy empezarse la discusión del informe de la Comisión de Negocios Extranjeros de la Cámara, según cuya mayoría, deben los Estados Unidos: 1.º, reconocer el estado de guerra en Cuba; 2.º, declararse neutrales; 3.º, conceder iguales relaciones y derechos comerciales a ambas partes beligerantes; 4.º, condenar el rigorismo de los españoles. Aun cuando la minoría del Comité se oponía y en su contrainforme declaraba que no había razones para reconocer beligerancia, pedía la clausura de los arsenales, astilleros y armerías de la Unión a todo poder europeo que quiera con sus recursos combatir los esfuerzos independientes de sus colonias. Así, más tímidos los unos que los otros, todos secundaban el espíritu del pueblo que, por cualquier motivo, entre ellos, su sincero anhelo de libertad para todo el Nuevo Mundo, se ha declarado por Cuba. La Cámara hubiera votado en favor del informe de la mayoría, quizá el Senado la hubiera secundado y este reconocimiento de beligerancia, concediendo derechos, que hoy no tiene, a la revolución de Cuba, la hubiera impulsado visiblemente: el mensaje del Presidente ha venido a destruir esa esperanza. Verdad es que, lejos de desanimar, animó a los sostenedores de la revolución; pero inmediatamente se vio en las palabras del demócrata Cox la intención de hacer cuestión de partido la de Cuba, y éste y no otro es mi temor, y ésta y no otra cosa, arredrará a la mayoría republicana de la Cámara. Los telegramas de la Junta decían hoy a las dos que a aquella hora se contaba la mayoría; pero los del Evening Post que, después de presentar a Banks en actitud resuelta, anuncian el aplazamiento para la sesión nocturna, prueban que los amigos de Cuba no tenían confianza y necesitaban tiempo para prepararse una votación.

Y ese mensaje ¿qué dice? Aun cuando no dijera nada, por el mero hecho de recaer en una cuestión tan, complicada para la política federal, desuniría las fuerzas del Congreso; pero diciendo lo que dice, maravilla será que no produzca un efecto desastroso. Dice sustancialmente: «No podemos declararnos neutrales porque no hay tal guerra. Los cubanos no se baten. Alguna bala ocasional mata a algún español; pero casi todos mueren de enfermedad. Si los cubanos se batieran y los que vienen aquí, en vez de venir a embrollamos en una guerra, se fueran a pelear, tal vez ofrecería las garantías que la ley internacional exige a los combatientes que piden el reconocimiento de beligerancia». El momento escogido, el tono del mensaje, el carácter personalista que tiene, la pequeñez de miras que revela y la mezquindad de argumentos que expone, hacen odioso ese documento. Si produjera el efecto, ya lógico, de abrir los ojos a nuestros interesados anexionistas, la lucha sería más larga, pero el éxito más seguro, de fines menos dudosos y de trascendencia más universal. Y, aquí, una queja melancólica, un suspiro impotente y una indignación de enfermo: ¡si yo pudiera!

Ayer me conmovió profundamente y dígolo con alegría, me reconfortó la noticia de las tentativas revolucionarias de Puerto Rico. La noticia era del corresponsal del World, y dice: «He sabido por un pasajero del vapor de Guadalupe que ha habido tentativas en Puerto Rico; que se han preso a sospechosos, y que veintiocho de ellos han sido fusilados». Para mantener viva la esperanza, inquirí la veracidad del corresponsal, y averiguada, [destruido] los ojos del entendimiento para ver mi deseo y para no ver la probabilidad que lo [destruido]. Tentativas, más de una, y en pocos días, puesto que cartas hasta el 28 de mayo nada dicen, y la noticia se refiere al tiempo transcurrido entre ese día y el 6 de junio: ningún dato, sino el de las prisiones y el de los prisioneros, veintiocho fusilados.



Miércoles 15.

Tenían razón los españoles: la expedición ha caído parcialmente en sus manos, y bajo sus balas han caído algunos de aquellos dignos jóvenes que fueron a cumplir con su deber. Entre ellos, fusilados, Almeida, Medal y L. García. Decadencia terrible de la moral que en los momentos en que nuevas víctimas consagra de ese modo la causa de la justicia, el Presidente Grant con su mensaje, dificulte el esperado triunfo, según lo anuncia hoy un diario republicano.



Jueves, 16 de junio del 70, noche.

Siguen llegando pormenores de la expedición medio perdida. La Gaceta de la Habana, que no he podido conseguir, publica las exposiciones de Medal, Almeida e Isidoro Fernández, los tres jóvenes fusilados. Según parte de esas declaraciones, hubo una dispersión. Los sanos, con su jefe a la cabeza, se internaron; los enfermos quedaron en la costa. Allí les sorprendieron los cien artilleros españoles y les mataron diez hombres, perdiendo dos. Si es cierto que entre los muertos está I. M. Fernández, la sinceridad ha perdido una personificación. Aquel excelente joven era realmente un patriota sin reservas. Tal vez es mejor que haya muerto: así se ha salvado de amarguras que no experimentó. Los cubanos acusan a los tres jóvenes que, en su angustia, cometieron la debilidad de creer que, haciendo confesiones, salvarían su vida. Es triste morir y luchar por los injustos.



Viernes, 17 de junio, 70.

En vez del bill de Banks, lo que votó ayer la Cámara fue la proposición de Bingham. Así, pues, hoy como ayer, sigue siendo árbitro el Presidente; así, pues, los intereses del partido republicano siguen siendo antepuestos al alto interés de conveniencia por venir, a la lógica de los principios y a las exigencias de la justicia. No por eso es menos patente, antes lo veo patentemente con hondo dolor de mi alma, que el sentimiento público, más perspicaz, más generoso, más activo que el gubernamental, aquí como en todas partes, es juguete de las clases gobernantes. Una diferencia ya considerable, que aquí, al fin y al cabo, siempre es el sentimiento público el que triunfa. Así parece ahora mismo demostrarlo la emoción de la Cámara, de la prensa y de la opinión en estos días, que ha llegado hasta el punto de producir una crisis ministerial. De la recomposición del ministerio, de la sustitución de Fish y de cuantos en el gabinete secundan su política, parece que se ha producido el pacto en transacción que generó la votación de ayer, por la cual, el partido republicano quiso salvar a su Presidente y desviar los golpes preparados por los demócratas.



Martes, 21 de junio del 70, mañana.

Ayer llegó el «Upton». Ya ha variado la opinión de la mayor parte de la gente, y las que antes congojas, son hoy esperanzas halagüeñas. Para mí, la llegada del buque, fue confirmación del último telegrama español en que se presentaba perseguido vivamente Leño. Felizmente, otro telegrama de ayer dice que Leño, desembarcado con veinte y dos hombres y mucha parte del cargamento del vapor está en salvo, que, pues no lo han cogido, no era tan cercana ni tan peligrosa la persecución.

También recibí ayer cartas de papá. Multitud de sensaciones: congojas profundísimas, seguidas, continuadas y completadas por emociones más dulces, por esperanzas más alegres. Primeramente, exposición de los males causados por mi rompimiento con España; agravación de los males de Rosita; demencia puerparia de Lola; enfermedad de papá. Segunda parte: convencimiento de un cambio favorable en la situación de la familia; de una lucha de opiniones en el país respecto a mí, de donde sugiere mi calma de este instante que si los conservadores me combaten de todos modos en el ánimo de mi familia, los radicales, los pobres, aquellos por quienes trabajo, me consideran.

¿Amor? Deliberadamente, sondeando, averiguando, inquiriendo, excitándome, Clara sencilla, indiscreta por sencilla, me provocó a que hablara. Aun cuándo esta mañana me he levantado pensando que mi franqueza es fruto inmediato de mi amor a la verdad, la franqueza ha dado una noche de insomnio a mi conciencia. Contesté sencillamente la verdad, la verdad de lo que pienso, y dije que me parecía una infamia el unir a mi destino actual a una mujer. Clara miraba a hurtadillas a Carolina, ésta interrumpía levemente su silencio para aprobarme con voz que más de una vez creí que estaba ahogada, y yo sentía que allí había una situación de porvenir. ¿Amado? No quiero averiguarlo. ¿Amante? No a fe; pero si amado pienso seriamente que será la última vez que pase por las inútiles, peligrosas y enervantes luchas secretas que he mantenido. Puesto que me hacen esperar, es necesario seriamente trabajar; y puesto que tengo tiempo para trabajar, creo que lo tendré para fijar definitivamente la posición de mis afectos. Si me ama, que no llore; iremos juntos a la patria.



New York, Clinton Place 33, martes 21 de junio, 70, noche.

Hace ocho años que murió Eladia, con quien fui injusto, a pesar de quererla entrañablemente y de respetarla como respeto la virtud. La vida pasada va presentándose con creciente lucidez a mi conciencia y a la injusticia de los hombres y a los golpes de la adversidad deberé este beneficio. Voy sabiendo lo que perdí y cuanto más lo sé, más profundamente lo deploro. ¡Ah! ¡noble hermana, perdóname las injusticias de mi susceptibilidad!

Yo creo que estoy viviendo lo que imaginé un tiempo que había de vivir. Hechos, circunstancias, palabras, sentimientos, pensamientos, todo lo repito. Anoche me sorprendí en una de las situaciones de Barcelona; hoy he estado comparándola, explicándola por unas palabras de Bayoán: «Las pasiones del hombre [...] Un rapto las inflama». Yo no amaba a esa criatura, y hoy creo que la amo. Por lo menos, hoy he padecido pensando en ella, y he pensado en ella, que es más grave todavía. Deseo ardientemente que llegue el sábado para verla, para examinarla, para consultar su corazón, para ver, para entender, para creer, para decidirme y resolver. Por de pronto, ya la imaginación tiene la iniciativa y ha resuelto llevarme a donde ella.



Jueves, 29 de junio, 70, día.

Voy a despachar los asuntos de sentimiento para consagrarme a los de razón. Llegó el sábado y pasó. La vi, la examiné, y de dos sentimientos contradictorios germinó una duda en donde acaso reposa la verdad. Empezó por recibir con infantil agradecimiento la hoja de mangle que dijo: «Guardaré toda mi vida». Después, cuando yo dije que acaso iría a Cartagena, interrogada por mí, contestó a mi duda, diciendo que, si me viera, tendría una de las mayores alegrías de su vida. Más tarde, durante el paseo, como su hermana adelantara o acortara el paso, ella me contemplaba en ávido silencio como si esperara que yo aprovechara aquellos preciosos momentos de confesión y averiguación. Después, ya en su casa, y definiendo yo el amor comedido, respetuoso, desapasionado, más de reflexión que de corazón, con que deseo ver pagado el que yo sienta, le hablé de la simpatía que me inspiraba, de la cautela que me imponía, de la reserva con que debía proceder. Y ella me dijo yo no sé qué de amistad y de cariño frío, y estas palabras sondeadoras, en donde ya no estaba la sencillez encantadora, en donde palpitaba o el despecho del afecto impaciente o el rompimiento del encanto: «Ud. me ha conocido. Yo no amaré nunca ni nunca me casaré. Una casa en el campo y una tranquila soledad, todo mi anhelo». Poco antes había dicho que ella no podría ser feliz. Y, uniendo yo todas las insignificancias de aquel día, las efusiones del principio a las reservas del fin, entre modesta y angustiosamente deduje que ella no me ama, que acaso ha obedecido a la fascinación de lo desconocido y de lo nuevo, acaso a la influencia de su hermana, que ha visto en mí la esperanza de un esposo como el suyo. Contradicha, una pasión se inflama. ¿Se ha inflamado la mía? Tal vez sería más lógico averiguar si la pasión existe. Después del baño de naturaleza que en la tarde del domingo me di en Central Park, era probable que el sentimiento estuviera aún más dispuesto a abandonarse y tal vez esa predisposición explica mis anhelos del lunes por verla, por hablarle y por explicarme. Principio funesto. No estaba Clara en la habitación, y tuve que vencer mi timidez para hacer que la noticiaran mi presencia. Lo hicieron, y ella me dijo en ese tono confidencial que toman todas las indiscreciones del afecto: «Ella está arriba: no habrá oído que llamaba Ud.». «Y ha hecho muy bien», respondí. Apenas entramos en la habitación, C. pasó a la de Caro, y le dijo: «Vamos, H. está aquí, y ha estado llamando». Yo me avergoncé de que convirtieran mi nombre en imperativo para ella, y dije desde mi asiento para que lo oyera: «Si ha oído Ud. ha hecho perfectamente en no responder». Clara volvió, y nos pusimos, ella a conversar, yo a esperar. Esperé veinte o treinta minutos que me parecieron dos horas de indiscreción; temía ser indiscreto; temía que ella se incomodara conmigo por la frecuencia de mis visitas, y sólo cuando la vi salir, y sonreírme... Pero aquella salida fue mi encanto. Primero, entreabrió la puerta, sacó la cabecita, me sonrió, se sonrojó, se escondió y al fin se resolvió a salir. ¡Qué sed tuve yo en aquella noche, de sus sonrisas y de sus miradas, y qué parca fue conmigo de miradas y sonrisas!

Cuba ha recibido en las resoluciones presentadas por Sumner al Senado, un auxilio que puede llegar a ser eficaz. En esas resoluciones que se refieren a una política de pensamiento, el pueblo de los Estados Unidos es quien habla y quien, por medio de su Senado condena en el Gobierno español el mantenimiento de la esclavitud, el designio de reducir por la fuerza a la colonia que quiere emanciparse, y las crueldades que comete. Esta condenación, que no excluye la más viva simpatía por el pueblo español, está basada en tres principios: el de la abolición o el de que el hombre no puede ser propiedad del hombre; el de independencia entre el continente europeo y el americano; el de humanidad, recientemente consagrado por la guerra civilizada de los cuatro años. Los pueblos jóvenes no aman los principios; aman sus consecuencias, con las cuales se contentan. Esta es probablemente la razón de la extraña hostilidad que ha encontrado la resolución de Sumner en casi todos los americanos y casi toda la emigración cubana. En Europa, al contrario, es probable que el triunfo de esas resoluciones en el Senado sea el primer paso efectivo en favor de la independencia de Cuba.

La pérdida de los recursos llevados por el «Upton» parece absoluta. Todas las correspondencias de los periódicos americanos favorables a nosotros, la confirman. Desembarcó la segunda expedición en Herradura. Viola un pescador que dio aviso al campamento español más próximo, y al día siguiente salieron de él cuarenta hombres que encontraron a veinticinco cubanos guardando los pertrechos. Hubo una lucha, de la cual salieron un muerto y dos heridos españoles; dos muertos, cuatro heridos y un prisionero cubanos: al prisionero, que dicen era el buen M. Mestre, lo fusilaron; a los heridos los acabaron: entre ellos estaba el no menos buen Leite Vidal. Los demás se acogieron al monte, y los españoles se llevaron nuestros recursos. El corresponsal de The World titula su correspondencia: «The Junta blunders». Es odioso, realmente odioso que así se sacrifiquen al acaso las vidas preciosas de los jóvenes que más valen, que más han amado la causa de la justicia y de la patria: es criminal que así se desaliente a los sostenedores de ella, para quienes cada fracaso es un golpe mortal y cada esperanza perdida un incentivo de divisiones y anarquía.

Morales Lemus murió antes de ayer. Pormenor: no han sentido esa muerte. No lo sustituye F., sino M.

Hoy he leído el proyecto de ley con que el diputado Holguín, de la Cámara de representantes del Parlamento federal de Colombia, intenta sentar las bases de una alianza de las repúblicas latinas para hacer independientes a Cuba y Puerto Rico. Tiene cuatro considerandos y tres artículos. Según el primer considerando, la América latina declara que no puede ser neutral en la guerra de España y Cuba. Por el segundo, declara la urgencia que la América latina tiene de manifestar su condenación de los procederes bárbaros de España. Por el tercero, que no pueden permanecer inertes los que hace poco hicieron lo mismo que Cuba hoy. Por el cuarto, que la circunstancia de ser europea una de las partes en contienda exige una manifestación más explícita que la del Paraguay. Decreto, pues, Primero: Que el ejecutivo se dirija a todos los gobiernos republicanos de la América latina, solicitando un pacto basado en la mediación con España, para que acabe su dominación en Cuba y Puerto Rico y a la reanudación de amistad con España si ésta transige, o a la guerra, si no. Segundo: Que el Ejecutivo quede autorizado para declarar la guerra a España. Tercero: Autorización de gastos. Propuesto el proyecto en doce de mayo, fue tan calurosamente acogido que muchos diputados quisieron que se considerara inmediatamente; pero se aplazó la consideración hasta el catorce, día en que fue discutido y aprobado por gran mayoría.

He aquí un refrigerante del espíritu. El proyecto nace muerto porque está concebido en términos inaceptables para su práctica y para muchos de los poderes que habrían de validarlo; pero es una explosión de generosidad que indemniza de muchos golpes, que prueba cuánto partido podría sacar Cuba de la fraternal disposición de esos pueblos, y que corrobora mis ideas, pues precisamente esa acción colectiva de todas las repúblicas era la preocupación en mi próximo viaje a Venezuela y había sido el deseo manifestado cuando se habló de las conferencias de paz entre España y repúblicas latinas.



Viernes, 19 de julio, 70, tarde.

La más importante que puede haber es esa bendita tenacidad con que el Senado rechaza el tratado entre los presidentes Báez y Grant. Se lo presentaron bajo forma de compra de bahía de Samaná y lo rechazó: se lo presentaron bajo el concepto de anexión de la Isla de Santo Domingo, y lo rechaza. Este último rechazo lo impuso ayer mismo. Dicen que con la anexión de Texas sucedió una cosa semejante y que para hacer aceptar aquel tratado, fue preciso una votación conjunta, mayoría de ambas Cámaras reunidas; pero el Herald duda que el Senado vote jamás a favor de la resolución conjunta. La fe va, pues, dándome frutos más ciertos que suele darme la convicción. Tengo fe en el porvenir independiente de las Antillas confederadas, creo que se confederarán, creo que sólo así cumplirán el destino providencial a que parecen, por su situación y por sus tradiciones, abocadas, y aun cuando he llegado a temer que el Senado, cohibido por el Presidente, aceptara el tratado, anexara a Santo Domingo, me decía con viva convicción que por encima del poder federal estaba la voluntad de la Providencia. No habrá probablemente necesidad de ir tan arriba ni de salirse de este mundo ni de buscar en mecanismos sobrehumanos lo que sólo ha dependido del mecanismo de instituciones humanas; pero no es malo abandonarse alguna vez a creer que, si en el mundo no es constante, fuera del mundo es invariable la ley de la justicia y la moral.

Anoche se empeñaron los cubanos reunidos en el Club en sentir a Morales Lemus, y lo sintieron, hablando P. cuatro palabras de efecto, y M. para acusar oscuramente a otros cubanos, combinando entre P. y M. el medio de tener una biografía para el que hoy llaman hombre ilustre. Cuando yo creía que en todo aquello había sinceridad, M. el joven se me agarró del brazo y me contó cosas tremendas: las mismas hechuras de M. Lemus han sido sus obstáculos: él vio los peligros de la Junta, la disolvió dos veces, y A. y M. y P. volvieron a formarla: él quería algo que no fuera la anexión, y ellos, que querían la anexión a toda costa, en todo se le oponían: ellos pidieron al gobierno de Cuba que mandara una declaración de anexión a Washington; y él tuvo que reparar la debilidad del Gobierno y la Cámara guardando el documento: él tuvo que resistir a Fish y Grant que le aseguraban el reconocimiento de beligerancia si él les aseguraba la anexión, y por no comprometer a su país, M. L. prefirió el no reconocimiento, los disgustos públicos y privados que le trajo, al compromiso. Todo esto podrá ser absolutamente cierto o podrá estar impregnado del barniz de parcialidad que todas estas gentes dan a todo; pero de los datos se desprende que si M. L. fue débil hasta ser inepto, los que debieron ser sus auxiliares fueron sus rivales.

Veo claramente un plan de acción para nosotros, los antianexionistas: lo maduraré, y si no puedo ir a Venezuela, que, dudo la posibilidad de reunir gente y de llevar una expedición a Puerto Rico, este es el camino más corto para hacer independiente la revolución de las Antillas, lo pondré en plan.



Sábado, 2 de julio, 70, noche.

Lamentando el no poder estudiar a fondo esta pujante sociedad. Hoy la agitan dos cuestiones, que con aspectos distintos, son una sola en realidad; la lucha con los indios; la inmigración de los chinos. Una y otra son el problema del trabajo, de la producción, de la riqueza, de la población en situaciones distintas. En la primera apariencia, la fuerza expansiva del trabajo se abalanza sobre el trabajo inerte, y hay lucha y continúa la lucha: hoy mismo hablan los periódicos de un nuevo encuentro entre indios y exploradores. En la segunda apariencia, la fuerza atractiva de la riqueza, buscando brazos en mercados más baratos, ha traído chinos, los chinos han creado un desequilibrio, los trabajadores blancos lo han sufrido pero no pueden soportarlo, y así como, en el primer caso, la expansión ciega no ha encontrado otro remedio ni otro medio que la fuerza, la destrucción y el exterminio; en el segundo caso, la reacción irreflexiva no ha hallado otro recurso ni otro curso que la violencia, si felizmente no de otra, de intención y de disposición. Los meetings que en Boston y aquí se celebran se dirigen, como es necesario y natural, a los representantes del pueblo; pero hay en sus resoluciones una marcada animosidad, una manifiesta violencia de deseo, contra esos pobres aventureros del trabajo que, anhelantes de su producto y careciendo de él en su país, vienen a buscarlo en éste. No vienen, que los traen. Como a Cuba, como a California, los ha traído a Boston una compañía de especuladores. El hecho es tan sencillo en sus causas como trascendental, económica, social, política, humanamente puede serlo en sus efectos. Por una parte, grande oferta de trabajo en China, país de población exuberante; por otra parte, gran demanda de trabajo en los Estados Unidos, país de población en formación. Pero éste es el fenómeno general que, atrayendo las emigraciones europeas, puebla esta parte del continente. El fenómeno especial es que, siendo pletórica la población de China, estando allí depreciada la mano, siendo escasísimo el trabajo y teniendo efectos particulares en la cantidad y en la calidad del trabajo las condiciones etnográficas y fisiológicas del chino, el trabajo del chino puede obtenerse a infinito menos precio que la mano de obra europea. Intentando luchas contra el encarecimiento de ésta, el interés individual y el capital han formado compañías de emigración que, yendo a China, contratan allí, con arreglo al valor medio del trabajo en el mercado oferente y en el demandante, a precio más alto que en aquél, a precio más bajo que en éste, los brazos que la industria necesita. Los ha necesitado la industria del calzado en Boston, y los ha traído. Efecto inmediato, desnivel del salario, depreciación del trabajo, preferencia del más barato, huelga forzada del más caro. Este, naturalmente, se defiende, y de aquí la lucha. Para resolverla, los dos eternos remedios de los conflictos económicos, la libertad, la protección. Partidarios de éstas los trabajadores europeos, lo que puede llamarse el trabajo nacional, ha dicho en los meetings que es necesario que lo protejan contra esas invasiones, no vedando la inmigración de brazos chinos, sino vedando el previo contrato, el que hace el capital demandante con el trabajo oferente, porque ese contrato establece una especie de esclavitud, y porque, si no lo dicen éste será el resultado, o la no demanda acabará con la inmigración o la inmigración sin contrato restablecerá el nivel del salario. Representantes de la libertad algunos, muy pocos diarios y no muchos políticos, objetan que no se puede poner obstáculo a la inmigración por contrato, pues así se atacaría la libertad de contratación individual que cualquier patrono tiene con cualquier asalariado, y porque, si hay por el momento un desnivel, el nivel se restablecerá. Esta es mi opinión y mi deseo. Es cierto qué hay un abuso infame en los contratantes y que el contrato crea para el chino, aquí como en Cuba, una especie de esclavitud; pero el interés del obrero chino, ya conocedor de las condiciones verdaderas del trabajo, y del obrero caucásico, movido a dar a su trabajo las condiciones por las cuales triunfa el otro, resolverán la cuestión. Además, y principalmente, involucrada en ésta, hay una cuestión de cambio de progreso, más interesante para la humanidad que la huelga accidental de unos cuantos trabajadores.



Domingo, 3 de julio, 70.

Vengo de la clase de inglés. Tanto se ha anunciado Mr. Alexi y con tanto calor aconsejaba la asistencia a su enseñanza el remitente de El Demócrata, que fui. En vez de un profesor de inglés, me encontré con un profesor de religión; en vez de un maestro, encontré un discípulo de sectas. Toda su enseñanza de inglés ha estado reducida a leer y a hacer leer; pero, en cambio, no ha ocultado por mucho tiempo la secreta intención de su enseñanza; y la más leve ocasión le ha servido de pretexto, y aun cuando más de una vez ha recordado su extravío, más de una se ha extraviado. Dos ideas no claramente expresadas por él han sido luminosas para mí; la una, relativa al pensamiento del protestantismo; la otra, a la esencia y al fin mismo de la religión. Del protestantismo dijo que era la expresión de la libertad en el fondo y en la forma; en el fondo, porque interpreta libremente, es decir, se atiene más al espíritu que a la letra de la ley sagrada; en la forma, porque en la organización del gobierno de la iglesia y en las relaciones del Hacedor con la hechura, del religionario con el Ser religionado, simplificaba los intermediarios, buscaba la unidad, ponía en contacto más directo al ser que cree y al creído. A propósito de esto, describió sucinta y es probable que parcialmente el fin particular de [destruido], la unitaria, la universalista, la presbiteriana, la anabaptista, asignando a los primeros un fin más espiritual, un fin más formalista a los segundos. Los unitarios creen que no hay más que un Dios; que Jesús fue un hombre que tuvo la abundancia de la divinidad, y que el Espíritu Santo no es más que ese hondo sentimiento de la divinidad, esa abundancia de conciencia que inspira actos, afectos e ideas conformes con los naturalmente imbuidos por Dios en el espíritu. Los universalistas son inmortalistas; es decir, que consideran la religión por su resultado; que creen que todos los hombres se salvan, y que si hay premio y castigo, el premio es el más pronto goce, el castigo el goce más tardío de la Divinidad. Episcopales, presbiterianos anabaptistas son la expresión inmediata del cisma protestante, es decir, que se ocupan principalmente de la organización: los primeros creen que el obispo es el jefe natural de la iglesia; los otros creen que son los ancianos. Como A., no comprendiendo bien el espíritu del propagandista, le dijera que él era naturalista, creyente de Dios en la naturaleza, el profesor pronunció una palabra honda: «La naturaleza, reveladora de Dios, nada más cierto; pero ese Dios que se ve en la naturaleza no es el padre: F. lo admira, no lo ama». Es decir, creer es poner toda el alma en lo creído. Dios es, no sólo el Creador, sino el Padre; o tanto vale: Aquel que, por ciencia y por amor, hizo lo hecho para amar y ser amado; pero que se vea en Él lo que el hijo en el padre, un auxiliar inmediato, un amparo real, un director efectivo, un consejero amable, bondadoso, cariñoso a quien es necesario amar para conocer completamente. Si no me engaño, esto. La religión filosófica enseña a conocer a Dios: la histórica a temerlo; la teológica a creerlo; la natural a sentirlo; es necesario que haya unión de estos extremos, conocimiento y amor para ser religioso.

«¿Estaré yo asistiendo al nacimiento de una nueva secta?», me preguntaba esta tarde al detenerme en Washington Square ante un meeting al aire libre. Era un meeting religioso. Veinte hombres, a lo sumo, eran los fieles; los demás eran curiosos. Un hombre de mediana estatura leía en la Biblia unos versículos, y después leía en un papel unos versos, que los veinte fieles repetían cantando. El concurso escuchaba, oía, se disolvía, volvía, a reunirse, los coches pasaban, los pilluelos saltaban y gritaban, los indiferentes sonreían y pasaban, los atentos atendían, los observadores observaban. Un imprudente se burlaba, y uno de los directores del meeting se alejó, pocos pasos de él, habló con un policía, el policía se dirigió al hombre, el hombre resistió por un momento, después se disuadió de la resistencia, se retiró, y nadie se apercibió, y los nuevos creyentes siguieron leyendo, predicando, cantando, atrayendo, propagando. Habló un anciano, luego habló un joven, después habló, fogosamente un hombre ya maduro, más tarde hizo una plegaria un hombre de pelo ceniciento, y cuando todos los apóstoles de la nueva idea hubieron completado su propaganda, repartiendo unas tarjetas impresas: «Hark! come, do come! Whosoever believeth in Christ shall be saved»; y hubieron anunciado que el próximo domingo tendrían en idéntico sitio idéntica reunión, se retiraron. Era la primera vez que yo gozaba de ese hermoso espectáculo, y daba gracias al acaso que me dio la ocasión de gozar de él. ¡Cosa más natural! ¡Unos cuantos fieles a una idea, que creen en ella y la comunican, y buscan secuaces en el pueblo, y lo atraen, y se la presentan en lenguaje sencillo, con la elocuencia de la fe, con el fuego de la sinceridad, y un pueblo que ve, oye, piensa, respeta y se retira sin escandalizarse, sin anatematizar, sin dudar del derecho de los otros, sin reconocer para sí otro derecho que el del juicio! Y esa cosa tan natural, tan sencilla, tan racional, tan primitiva, es un crimen en casi todo el mundo, sería una ridiculez en los pueblos que pasan por más civilizados.

Otro baño de naturaleza artificial en Central Park. ¿Qué será de mis ávidos pulmones el día en que respire el aire puro, el ambiente perfumado de mis campos?



Martes, 5 de julio, 70.

Ayer, desde las siete de la mañana, hasta las seis de la tarde, me lo pasé contemplando y admirando a este pueblo: desde las siete de la tarde hasta las doce de la noche, queriendo y no queriendo, sintiendo y arrepintiéndome de sentir. A las siete de la mañana salí, y la siempre animada Broadway estaba más animada que jamás. En una de sus aceras, desplegadas las milicias; en la otra, desplegada la curiosidad de millones de hombres, mujeres, mozos, niños, viejos, negros, europeos: resonaban en ruidos y sonidos las calles circunvecinas, todo el mundo estaba en la calle celebrando un acontecimiento que pasó, el más grande de los acontecimientos de la edad moderna. Era 4 de julio, y en 4 de julio de 1776 nació a la vida independiente el pueblo que hoy respetan los poderosos de la tierra. Yo comparaba aquel día con éste: la situación de entonces y la presente; los adelantos, el camino recorrido y bendecía el advenimiento de este pueblo. Me preguntaba de dónde eran, si americanos o europeos, los mil pobladores de las calles, los voluntarios que representaban la fuerza del Estado, me respondía que casi todos eran extranjeros, y sentía el deseo más piadoso del porvenir venturoso de esta hospedería del mundo, y veía de antemano confirmadas en una realidad embrionaria la prepotente realidad que, imaginando, he atribuido a todo este continente. Después fui a Central Park: gente en todas partes, y allí también la hospitalidad delicada atrayendo al extranjero. Al «Please keep off the grass», habían sustituido sobre el césped unos tarjetines con la palabra Common, y en un padrón más grande que los otros, esta explicación: «Visitors are allowed to-day on the lawn, where the word common is put».

Por la noche fui con la familia de Cara a ver unos fuegos que no vimos y que no me ocuparon ni por un momento. Me ocupaba Cara. Una importuna intervención de F. me explicó dos horas después, delante de toda la familia y provocando una explicación espinosísima, el sentimiento que experimento y el que inspiro. «No se ande Ud. con rodeos; hable Ud. claro para que lo entiendan», dijo en resumidas cuentas; y en resumidas cuentas, lo que pasa es eso: que no hablo claro, que quiero y no quiero, que siento y no siento y que determino quizá en ella una lucha más violenta que la que sustento en mí. Esto es serio, quizá lo más serio que me ha acontecido desde la resolución de venir a Nueva York, y es necesario estudiarlo cuando esté con disposiciones para hacerlo.



Miércoles, 6 de julio de 1870.

Mi imaginación matará a mi voluntad. Si el tiempo que pierdo en imaginar lo empleara en buscar medios de realizar lo que imagino ¿quién sabe? Y no soy nada. Se me ocurre utilizar las disposiciones favorables de Colombia, y paso dos horas imaginando. Se me ocurre utilizar la fuerza de Sumner, y paso otras dos horas en imaginar. Se me ocurre ligar el porvenir de las repúblicas hispanoamericanas al porvenir de las Antillas, y la imaginación eleva a la categoría [destruido] los medios que, desde la ley Holguín me ofrece la fa [destruido] me ocurre que la independencia de Cuba es un hecho de re [destruido] que está ligado a intereses internacionales, manejables, dirigibles, convertibles a ese fin, y me contento con imaginar. Se me ocurre que la revolución de Puerto Rico puede llegar a ser la última palabra, el hecho decisivo, la fuerza dominante, y en vez de moverme, me siento y me recuesto para imaginar. Estimulada por la lectura de los telegramas europeos que atribuyen a la política francesa el designio de arreglar por medio de un congreso la situación de España, hoy más grave que nunca, pues si prevaleciera el deseo del gobierno español que ha ofrecido la corona al príncipe Leopoldo de Hohenzollern, las conexiones de éste con el jefe de su familia, el Rey de Prusia, y con su mujer, infanta de Portugal, serían en un porvenir, quizás muy próximo, de inmensa trascendencia en la política europea, la fácil imaginación concibe derechamente el medio de arreglar la cuestión de las Antillas por medio de un Congreso americano-europeo, y todo lo que hace es expresar por medio del periódico el pensamiento.

Lo que con los hechos de vida general, con los de mi vida individual. Ahí está Cara, que puede contar las vacilaciones mías; ahí está su hermana, que puede referir sus impaciencias. Aquí estoy yo, que puedo anotar mi incertidumbre. Anoche la vi. Estaba meditabunda. ¿Meditaba en el efecto que presume pueden haberme causado las indiscreciones de F.? Estaba encantadora. Su vestido blanco realzaba su belleza; sus miradas furtivas iluminaban; su sonrisa exteriorizaba su alma candida. Hubiera tenido una ocasión, y quizá le hubiera dicho la verdad. Y la verdad ¿cuál es? ¿La verdad?; que la amo, que me siento inclinado a amarla, que quisiera amarla, que la amaría si los impulsos primeros del corazón prevalecieran. Pero no deben prevalecer. El que todo lo aplaza para cuando Puerto Rico sea independiente tiene obligación de consagrarse a Puerto Rico y no debe pensar en otra cosa; el que, aun salvado ese sagrado compromiso, no puede contraer el espinoso de crear una familia en los momentos mismos en que intenta crear una patria, porque no tiene recursos para nada, no puede; no debe sentir otra cosa que su impotencia. La admiración de esa alma sencilla, la atracción poderosa que ejerce sobre mí, el hambre de afecto que me devora, la sed de felicidad que me ahoga, la necesidad de reposo moral que me aguijonea borran a cada [destruido] cada pensamiento en ella, la idea de los obstáculos, el deber de seguir solo mi camino solitario, y anoche, dispuesto como iba a continuar denodadamente la conversación de la noche anterior, hubiera dicho lo que pensaba y lo que pienso. No tuve ocasión, y nada dije. Ella fue quien me dijo con una energía que admiré y estimulé: «Nunca, nunca, por nada ni por nadie, diré que sí, en tanto que no ame apasionadamente, en tanto que no ame con idolatría». Y yo recibí como un desahucio aquellas palabras que tuve el valor de aplaudir, y en tanto que se me recogía el corazón, y que todas las esperanzas imprudentes se escondían, yo no sé qué hondo sentido, qué intención amiga prestaba yo a aquellas miradas luminosas, a aquella sonrisa transparente con que la noble niña moderaba la desesperación de sus palabras. Dos veces me las ha dicho, y dos veces las he recibido como una desesperanza, y dos veces, después de herir en lo profundo mi esperanza, han vuelto a reanimarla. Encantos tormentosos de nuestra situación.

Tal cual es. Vi a Cara en casa de Catalina: me encantó. No se describen los efectos de la luz. Una alma sencilla, en unos ojos muy negros y muy intensos, en unas facciones regulares, en una sonrisa infinitamente diáfana. Aproveché el primer pretexto que me dieron, y volví a verla. La hablé como un padre y la traté como a un niño, como trato yo a los niños, respetando el ser que se anuncia, buscándolo, indagándolo, excitándolo, cuidando de que mis ademanes, mi palabra, mis efectos, mis pensamientos y mis actos lleven al alma nueva un concepto puro de la vida, una noción severa del mundo. A la segunda o tercera vez, la familiaridad era completa. Ella me atraía, yo le inspiraba confianza. La noche de la taza de café fue deliciosa. Ella no estaba en casa de Catalina cuando yo llegué, y su hermana que allí estaba, me ofreció una taza de café. Salió para llevármela, y a los pocos momentos se presentó tímidamente queriendo entrar y no queriendo la sencilla niña. Yo la recibí con alborozo, la rogué que se sentara, me opuso la presencia de visitas en su habitación, salió, volvió al poco tiempo con una taza de café, yo busqué mil pretextos para hacerla volver y, al fin conseguí que se sentara. Como se acaricia una esperanza, como se contempla un sueño, así la acariciaba con los ojos, así la contemplaba con el alma. Interpretando a su manera, C. o su marido dijeron que «haríamos una buena pareja». Ella aludió donosamente a su estatura, y yo, acercándome a ella, rogándole que se levantara, ofreciéndola mi brazo, llevándola al espejo y haciéndola que comparara las estaturas, le contesté. Pero reflexionando en los riesgos de la sencillez, dije: «¡Pobre criatura!, más le valiera no casarse que casarse conmigo. Hija mía, yo no soy lo que acaso aparezco. Yo soy un carácter violento, un espíritu exigente, una voluntad imperativa; sería un pésimo marido». C. y su marido dijeron en mi favor lo que quisieron, y ella creyó lo que creyó; pero yo pensaba que era verdad lo que había dicho, y pensaba además que era muy grave para un hombre que tan fácilmente convierte en deber [destruido] más embrionarios y sus ideas menos formadas; [destruido] ni aún en chanzas ideas y sentimientos que implican la idea y el sentimiento del deber. Si no fue en aquella misma noche, fue anterior o posterior la expresiva comparación tácita que hice entre Cara y Teresita. Había yo contemplado durante una parte de la noche a la primera, y hallándola llena de encanto: cuando la comparé a la otra, más educada por el mundo, de conversación más culta, incapaz de cubrirse el rostro con el pañuelo, que ni una sola vez se rió a carcajadas, Cara me pareció inferior. Y sin embargo, esos defectos, esa inmediación a la naturaleza, esa pureza prístina, esa sencillez, ese candor, eso es lo que me encanta. ¡Ah! ¡fuera rubia!... Voy aceptándola con su pelo negro y con sus ojos de tinieblas luminosa. Otra noche, la segunda que la vi, me empeñé en vencer la antipatía puramente fisiológica que le inspiran los hombres y mujeres de color, y vi en esta antipatía otro defecto. Después he encontrado otros más graves, una gran incultura de su inteligencia, una postración casi absoluta de su actividad. Cuento, computo, contrabalanceo, discuto. El amor no me cogerá de sorpresa. Pero en cambio, he descubierto en ella una penetración, admirable para el bien, una docilidad prodigiosa de alma, y una firmeza de carácter que germina. Firmeza de carácter. Su conducta conmigo desde que, conteniendo yo mis sentimientos y asustado del camino recorrido, hablé de amistad donde pude hablar de amor: docilidad de alma en la fortaleza con que, por complacerme y obedecerme, contuvo su terror al trueno y en la naturalidad con que después lo ha contenido; penetración para el bien, en el visible progreso de su sentimiento y de su imaginación.

Con todo esto podría llegar a justificar mi amor, si lo sintiera, la condición más imprudente, si a ella me arrastrara, pero no acabo de exponer la situación. Es esta: Por su parte, simpatía hacia mí: me ha dicho textualmente: «E., Ud. me es muy simpático». Según su hermana, ayer mismo me ponía por ejemplo a uno de sus enamorados. Si hay algo más en su corazón, ese es mi temor, porque en el momento en que yo haya inspirado un afecto verdadero contraigo el compromiso inviolable de pagarlo. La conducta de su hermana, llena de cuidados y de contemplaciones para mí; atenta a ella con aquel cuidado con que las madres esperan los afectos de sus hijas; favoreciendo estas extrañas relaciones; inquietándose y aun impacientándose de que no sigan el curso común. La conducta de su cuñado, en la cual quizás haya cierta especie de ambición intelectual, es más reservada que la de su mujer, pero da por existente la creencia de ésta. F. dijo claramente las otras noches estas dos cosas: que lo que se quería es que yo hablara claro; que se sabía que yo estoy enamorado. Saliendo de casa de este último, Arizmendi me dijo que se decía que ella estaba enamorada de mí, y yo de ella, y que había ya un compromiso.

Es decir, que la viva simpatía mutua, el encanto que ella me da con su sencillez y su pureza, contrastando con mi conducta, a los ojos de los otros reservada, excesivamente indiscreta a los míos, han dado este resultado: que no sabiendo yo si la amo ni si ella me ama, los demás dan por sabido lo que nosotros no sabemos, y por lógicamente concluido en un matrimonio este pacto aún no formado de dos almas. Y, la verdad reflexionada, es que tienen razón en llegar a esa consecuencia. Sería más racional, más digno, más noble, menos expuesto a infelicidad irremediable el amar conteniendo el amor y educándolo en sí y en el ser amado, y fortaleciéndolo en la estimación; pero es más humano, más de la naturaleza instintiva el estallar, el irrumpir, el apasionarse, el enloquecerse, el enamorarse locamente, suceda lo que quiera, ya termine un matrimonio desgraciado la locura, ya la apacigüe un rompimiento inesperado. Mi propia lucha así lo dice. Hay en esta resistencia sorda más dolor, para ella y para mí, que acaso habría en una lucha abierta de pasiones duras. ¡Cosa más rara! La voluntad, facultad adquirida, hija penosa de mi experiencia y de mi esfuerzo, muere siempre a manos de la imaginación o vive en ella. La razón, facultad que, tal cual la recuerdo en sus primeros días, ha sido una fuerza formidable en mí, convertida de fuerza de acción que naturalmente fue en fuerza de oposición que se han hecho el sentimiento y la imaginación predominantes, mata a la imaginación y al sentimiento.



Clinton Place (calle 8.ª) 33, Julio 7 de 1870.

Venga de donde venga, y produzca el afecto o el interés que la produzca, oigamos la voz de la verdad. Anoche, cuando me retiraba para casa, tuve el mal encuentro de ese joven falso, quizá no más que otros muchos de su mismo origen, pero más peligroso por tener una cultura superior. Me habló de la situación actual de nuestros asuntos, me demostró con sus palabras lo que ya con tanto horror en él y en otros he observado; que hasta del mal de su patria se alegran si ese mal es obra de sus enemigos y los condena ante la opinión. Como yo tratara de calmarlo y de darle esperanzas en lo porvenir y acudiera a mi repertorio de esperanzas intelectuales en la influencia de la revolución de Puerto Rico y censurara a los que intentan divorciarla de la revolución cubana, me dijo fríamente dos verdades: «Que si Puerto Rico estuviera en actitud revolucionaria tenía pretextos y los había tenido para, cuando menos, dar muestras de agitación; Que nosotros no contábamos con el país, ni lo conocemos ni podemos juiciosamente esperar que nos responda cuando no sabemos más que lo que nosotros mismos nos decimos». Estoy haciendo examen de conciencia y averiguando la inmensa gravedad de mi posición. Si voy a Venezuela y logro reunir fuerzas y las llevo, no puedo contar con nadie. El pueblo no me conoce; los conservadores me temen; la juventud me cree rival de Betances. Como político, condeno la expedición y creo inconveniente el momento; como hombre, no tengo las cualidades necesarias para empresas de aventureros; como ciudadano, he hecho más de lo que me pide mi país puesto que mi país se queja de que he hecho más de lo que él me pide y dice, y tiene razón que sólo ahora veo yo, que más útil le sería si estuviera en las Cortes españolas. Si me quedo aquí, ni por Puerto Rico ni por mí ni aun por C. hago nada. ¿Qué hago yo? Desarrollar en el periódico un pensamiento que nadie entiende, chocar en el Club con los hábitos y la educación despótica de algunos de sus miembros; hacer sencillamente en todas partes actos de virtud política y de valor civil que nadie entiende; vivir arrinconado por los fuertes, mal comprendido de los débiles; sin elementos, sin secuaces para hacer fructífero mi oscuro apostolado; avergonzado, si como de mi trabajo para el periódico, no sólo porque me duele desviar de la revolución doce o diez y seis pesos semanales, sino porque me han abrumado diciéndome que eso es explotar la política; avergonzado e inquieto, si como y debo lo que como; irritado con todos, con todo y conmigo mismo si me cruzo de brazos para esperar un trabajo que no viene, si solicito empleo para mi actividad, que no me dan. ¿Voy a Colombia? Entonces rompo con la revolución, porque iré para consagrarme al trabajo individual, y tal vez no llegue a tiempo si llego a Puerto Rico. Y en cualquiera parte donde esté si la revolución se anticipa a mi esfuerzo personal, yo no estaré contento. Hay, ya, en el fondo de este incansable patriotismo al cual lo he sacrificado todo, un fermento de ambición, que no consiste por Dios en dominar por el poder, sino en dominar por la inteligencia y los servicios. Ambiciono hacer más que nadie, lo que nadie, y necesito para eso ser el primero en la primera hora. Sé que nunca se llega tarde cuando se lleva la palabra del enigma, la resolución del problema; pero este saber esperar, que es una virtud del político como del hombre, me parece un vicio del egoísmo y la ambición pequeña. Mi plan no sería malo si yo llegara a tenerlo en la conciencia como lo tengo en la imaginación, porque entonces sería el fruto de la verdad en vez de ser, como hoy es, el fruto de la impotencia. Pienso ir a Venezuela; obtener el reconocimiento de Cuba; ligar en una acción a Venezuela y Colombia; dejar sentadas las bases de una política colombiana (latinoamericana) con relación a las Antillas, y, después de escribir, predicar y favorecer con recursos debidos a mi influencia, la revolución cubana, intentar la de Puerto Rico. Para esto, dos meses; agosto y septiembre. Si entonces se ha levantado Puerto Rico, ir a cumplir con mi deber. Si no, y no he conseguido lo que busco en Venezuela, ir a buscar en Cartagena a Cara, casarme, trabajar, acumular ahorros y disponerlos para el día en que quiera Puerto Rico. Plan completo, que como todos los planes de la vida y todos los sistemas de la filosofía, prescinde involuntariamente de una realidad imprevista que inopinadamente se presenta y lo trastorna. En el mío hay desde ahora una realidad hostil. Suponiendo que yo ame a Cara, suponiendo que el continuo pensar en ella sea amor, suponiendo que me resuelva a resolverme, y que me atreva a decirla que la amo ¿me ama ella? Sonríame cuanto quiera la esperanza, yo no quiero creerla hasta que la vea realizada. Pienso temerariamente matarla de una vez o verla radiante en esta misma noche, por obedecer a un impulso de conciencia, por destruir las tinieblas que yo mismo he formado, y por obedecer al movimiento de afecto que desde anoche me estimula.

Pasé parte de la noche en casa de M., cuya esposa dulcifica de tal modo las amarguras de la emigración, que apenas penetra en el hogar y apenas ella se le acerca, de agitado que esté se tranquiliza. Durante dos horas estuve yo observando estos efectos, pensando en Cara, imaginando que ella podía ser el bálsamo para mis heridas, la paz exterior de mi alma, aliento de mis desmayos, compañera de mis ideas solitarias, madre de mis hijos, la vi, hubo un momento que la vi delante de mí como vi delante de M. a Úrsula, y cuando salí a la calle y respiré ansiosamente el ambiente de las horas avanzadas y contemplé la dulce tranquilidad de la bóveda estrellada y admiré la luna, en todas partes me hacía falta Carolina cuanto más creyera verla en todas partes. Pienso que si esto es amor hay en ese amor algo más que el fuego de dos almas; hay la idea de una reproducción en una criatura como la de M., y este pensamiento me parece el del egoísmo; pero es un egoísmo santo o tan bueno como santo. Pienso que ella necesita educación, y no me espanto, y estoy pensando en los medios de dársela. Pienso que no es rubia y mi ideal estético se pasea a cada momento por la idealidad; pero tal vez vale más la tranquila confianza que me inspira esa alma sencilla, que los transportes de alegría frenética que me causara la realidad de mi ideal. Pienso que soy pobre, pero pienso que sé y puedo y quiero trabajar. Pienso que puede sorprenderme la revolución de Puerto Rico, pero pienso también que, antes que obstáculo, es un incentivo para el deber, un amor puro.



Lunes, 11 de julio del 70.

Anoche, por fin, aprovechando un solo momento de tête-à-tête, le dije que estaba enamorándome. Me contestó con la risa con que ella disimula sus turbaciones; pero me contestó mejor con el involuntario sonrojo que iluminó todo su rostro. Tal vez me ame. Si la próxima ausencia o contrariedades impensadas no lo mortifican, el afecto realmente moral que ella me inspira, el amor apacible que tengo a su alma sencilla, no llegará a pasión, y podría dominarlo en cuanto quisiera: anoche mismo, después de aquella muda confesión, ninguno de los síntomas del amor enfermizo me dominó. Pienso más en el matrimonio que en la pasión; más me ocupo de ella como esposa que como amante. Decía ella, y ahora comprendo la intención, que quisiera ser rubia y tener ojos azules. Sabe que este es mi ideal. Lejos de contradecirle, apoyé su amorosa optación y, dando un suspiro al ideal perdido, la dije que hasta de él me haría olvidar. Al ideal lo amaría como ideal: tal vez logre amar en ella una realidad amable, sencilla, perfectible, modelable, formada por mí para mi paz y para la educación y la dicha de mis hijos.



Martes, 12 de julio del 70.

Fui con el corazón enamorado, la confesión en los labios, la resolución en la voluntad, a un tiempo inquieto y tranquilo, conmovido y satisfecho, a verla. Su hermana hizo cuanto pudo decorosamente para dejarnos hablar; pero siempre intervino en la conversación, y yo tuve que hacer pública, y en términos menos calurosos que lo hubiera hecho en la intimidad, la confesión de mis disposiciones al amor. «Cuando veamos a H. llegar a Cartagena», decía Clara, interrogando con los ojos a Cara. «Todo el mundo se alegrará, dije yo, excepto Carolina, que se morirá de tristeza...». «O de alegría», dijo ella con un candor apasionado que estuvo a punto de causarme el efecto que esperaba. Mucho más le dije con los ojos, que expresé con la palabra; pero dije lo bastante para expresar la inmensa gratitud de mi alma. Yo no sé si es que el amor necesita confesiones sigilosas, confidencias directas, comunicación inmediata de emociones, o si estoy yo tan enfermo de atonía o estoy amando más con la imaginación que con el corazón y la voluntad; pero es verdad; que aquella atrevida confesión de Carolina tan ávidamente expresada con sus ojos, tan manifiestamente expresa con la movilidad que adquirió todo su cuerpo, más me aterró que me complugo. Por una parte, el corazón agradecido preguntaba: «¿Será verdad?». Por otra parte, preguntaba el temor del presente y del porvenir: «¿Y cómo contraigo yo compromisos que no sé cómo cumplir?». Hablamos de la necesidad de la educación intelectual; la prometí un plan de estudios; me prometió seguirlo; hablamos más sustanciosamente que suelen en caso igual hombres y mujeres, casi convinimos en un plan de porvenir, casi nos dimos una promesa íntima, y la familiaridad llegó a tal punto que yo me tomé la libertad de darme una de esas felicidades infinitesimales, cuya repetición constituirá probablemente la gran felicidad que nadie conoce y que es tan fácil conseguir. Me dolía el dedo, más porque deseaba que ella pensara en mí pensando en él, que por dolor muy vivo, e hice que dos veces me compusiera el vendaje: La segunda vez fue un largo momento de delicia, que ella debió experimentar con más intensidad que yo, porque al levantar la frente, la bañaba, como a todo su semblante, la aurora de las felicidades amorosas, el sonrojo.



Martes, 12 de julio del 70.

A consecuencia de las acusaciones de Céspedes, según las cuales nada hace la Junta porque intenta encerrarse en una conducta que dé la anexión por resultado, el Club se vio anoche forzado a tratar la cuestión capital de la revolución: «¿Es ésta independiente o anexionista?». Según el entusiasmo que inspiraban los independientes, es independiente; según las declaraciones de los junteros, anexionista. Esas declaraciones se refieren: 1.ª, a la carta dirigida por Céspedes a Seward; 2.ª, a las resoluciones del Congreso de Guáimaro; 3.ª, a la carta colectiva de Figueredo, Peralta y otros combatientes, pidiendo la anexión. Pudiera añadir que, hace muy poco, Adolfo Cavada se pronunciaba también por la anexión. Ahora bien ¿qué valor tienen esos documentos? Tengo delante el de Céspedes, y voy a examinarlo. Es una carta de Céspedes y de los miembros de la Junta consultiva del Gobierno Provisional, datada diez días después del alzamiento (10 de octubre) y en la cual exponen el origen de la revolución; su objeto, agruparse bajo la bandera de la libertad, constituir un gobierno libre; los triunfos conseguidos, la posesión de cincuenta leguas de territorio, la liberación de una población de más de cien mil colonos, la ocupación de poblaciones, como Yara, Jiguaní, Tunas, etc., y de ciudades como Bayamo, asiento del Gobierno, y Holguín, y la prisión de doscientos enemigos, entre los cuales, jefes militares y civiles. El objeto preciso de la carta es meramente pedir recursos, pues «sólo nos falta para llevar a cabo nuestra santa empresa que las naciones civilizadas y libres interpongan su influencia a fin de que, reconocidos como beligerantes, hagan respetar el derecho de gente». No por otra cosa, no por deseo de anexión, como sostienen los anexionistas. «Por eso, al acordarnos de que hay en América una nación grande y poderosa, a la cual nos ligan importantísimas relaciones de comercio y grandes simpatías por sus sabias instituciones, que han de servirnos de norma para formar las nuestras», se dirigen al Ministro de Estado para qué les preste sus auxilios. Si inmediatamente dicen que «no será dudoso ni extraño que, después de haberse constituido la nación independiente, formemos más tarde o más temprano, una parte integrante de tan poderosos Estados», no es porque vayan a la anexión, sino «porque los pueblos de América, es decir, de todo el Continente, Sur y Norte, Costafirme e Islas, están llamados a formar una sola nación, y a sella admiración del mundo». O lo que tanto vale: creyendo que el primer ensayo de confederación en todo un continente y entre razas y costumbres diferentes, ha de hacerse en América, los firmantes no se extrañan de que llegue el día en que se unan todos los pueblos del Continente. Así, vista de cerca, la carta es profundamente antianexionista por los muchos cuidados que pone en la única afirmación federalista y no anexionista que contiene. Si así es de todos los demás documentos anexionistas, nada hay en ellos que turbe la paz de la dignidad humana.



Miércoles, 13 de julio, 70.

Ahora, cuando me sorprendí leyendo con reflexión y examen cuidadoso uno de los libros que he reunido para instruir a Cara, he sentido la alegría más pura que debo al sentimiento consciente que estimulo, y por primera vez he creído en que estoy dominado por ese sentimiento. Paz en el alma, ejercicio agradable de sus facultades, quietud en la imaginación soñadora, apacible movimiento en la imaginación qué completa, abrillantándola y transformándola a la realidad, unidad de pensamiento, uniformidad de sentimiento, seguridad de mí mismo, todo esto ¿qué es, si no es posesión de una seguridad, fijación de mi vida, lo que se llama amor? En vano me sobresalta el temor de faltar a mi deber eminente; en vano, contestando mi incertidumbre a mi temor, me digo que el que no va derecho a su fin no llega a él, que yo no he llegado a ninguno por haber abandonado ciento; a esto me respondo que, lejos de haber incompatibilidad, hay correlación entre ambos deberes, y que mejor llegaré yo al más grande, tranquilizado ya el espíritu por el más pequeño, iluminada el alma por un rayo de felicidad, que siguiendo convulsivamente por el camino solitario que seguía. La duda, que no es mala cuando su origen es bueno, la conciencia, sigue elaborando sus cautelas. Dudo si la amo, si debo amarla, si ella me ama, si merezco amor; si es amor lo que siento, si es amor lo que ella manifiesta, y ahora, cuando lo recuerdo, como anoche cuando no me atreví a entrar en su casa, dudo que el sentimiento benévolo de ahora y el sentimiento de temor entonces, sean expresión de un afecto determinado y no representación de mi carácter general, tímido y benévolo con todos y en todo.



Jueves, 14 de julio del 70.

Estoy enamorado. Antes de ayer dudaba, porque no luchaba: hoy creo porque lucho. Y ¿por qué lucho? Porque estoy enamorado. No lo estuviera, y el obstáculo insignificante que irrita la pasión dormida, no hubiera, ni por un momento, intranquilizado mi atención. Yo, que buscaba en mi conciencia la seguridad de que mi conducta no se opondría a mi deber, la seguridad más preciada todavía de que con ella no alteraría la paz de esa alma nueva, estoy ahora irritado contra los efectos necesarios de la conducta que pedí a la conciencia. En resumen ¿qué es? Que esa criatura duda. Por una parte, duda de sí; por otra, de mí. De sí, y afirma con persuasión su amargura, que ella sabe que podría inspirar el sentimiento absorbente de que yo hablo: Duda de mí... siete veces más niño, más nuevo, ¡más tímido que ella!, ¿qué ha de dudar ella de mí? Lo que ella duda es el momento de la contestación; vacila, teme, se detiene, dice con los ojos lo que calla, con la sonrisa luminosa lo que oculta, con palabras a otro las que no se atreve a dirigirme.

Cuando entré en su casa, estaba llena. A su lado, un buen muchacho, que me parece tanto mejor, cuanto que no me inspira celos: él ocupó el centro entre ella y yo. ¡Oh! ¡inefable alegría la del amor furtivo! ¿Cuándo hablarán sus palabras, cuándo hablarán las mías, con la fuerza expresiva que sus miradas furtivas para mí, que mis ansiosas miradas para ella? ¡Cómo relampagueaban sus ojos! ¡cómo centelleaba su sonrisa! ¡Con qué elocuencia esquivaba encontrarse con mis ojos, con qué santa afectación se complacía en desentenderse de mí para escuchar a los que hablaban! ¡con qué alegría, que sólo yo sabía apreciar y agradecer, se transformó de reservada y cautelosa en expansiva y confiada, cuando logré atraerla a una conversación en que, siendo intermediario involuntario nuestro interlocutor y su hermana, nos hablábamos de nosotros por medio de ellos, sin que ellos supieran que así hablábamos! Cuando la convidé a que se acercara a la ventana, en donde estaba ya el consejero de reserva, recibí dos veces una blanda negación en su doble negativa. Cuando se hizo una invitación general para salir a tomar el fresco, nada se opuso a que ella contestara en alta voz al secreto anhelo de ambos, e inmediatamente después de oír la invitación, la aceptó y se dispuso a salir. Nos detuvimos en la escalera de la calle. Allí, en frente de la luna, embalsamado el aliento por la brisa que dulcificaba la temperatura, quise hablarla, la hablé tímidamente, queriendo arriesgar y no queriendo comprometerme, dejando que mis largas miradas concluyeran las frases inconclusas. Hay un pacto secreto que ni ella ni yo nos atrevemos a firmar: éste el obstáculo. ¡Imposible que creyera lo que dijo: que no me cree, que no se atreve a creerme, que es acto de voluntad benévola, lo que es sentimiento arraigado y enredado en toda mi alma!

En toda mi alma, y pasarán los días, y sobrevendrán nuevos sucesos, y como nos haya ligado mi palabra ¿a dónde os iréis, noches de alegría inocente, recuerdos de estos días, memoria de esa nobilísima criatura?

Conferenciaron sus hermanos, nos invitaron a subir de nuevo, yo anuncié por cortesía que me marchaba, ella insistió en que me quedara, yo quería darle Las Cartas abiertas que le había anunciado y que una timidez invencible, que le confesé, no me había permitido darle antes, subimos, seguí aprendiendo qué dura cosa es amar sin libertad, qué duro espectáculo la impaciente indiferencia: me pareció, siguió pareciéndome que su hermano, a pesar de su respeto por mí, está impaciente en la situación que le crea mi presencia, y me levanté, me despedí, fruncí el ceño, experimenté la primera contrariedad de este cariño, resolví aumentarla con otras, pensando que no era digno de mí el prodigarme con exceso, y esta mañana al levantarme, se formuló la sorda tempestad de anoche en esta resolución que está angustiándome: «Esta noche no iré a verla». Lo resuelto, hecho. Pero, al menos, escribiendo otra Carta abierta.



Viernes, 15 de julio de 1870.

Fui, contra lo que quería y resolví, a verla. Me esperaba: su traje, más cuidado que de costumbre, me lo dijo: ¡y yo, ingrato, iracundo, irreflexivo y ciego, iba a darla al dolor de defraudar una esperanza! ¡La sencilla criatura! ¡Con qué anhelante atención, con qué paciencia cariñosa me escuchaba! Ni una palabra de amor. Allí sus hermanos, allí ese F., que si no está enamorado de ella, afectando interés por ambos, después de provocar declaraciones mías, después de arrancar de la conciencia de ella la confidencia involuntaria de su amor, pasó toda la noche empeñándose y consiguiendo que no hablara con ella una palabra. Y no salí disgustado. Todo es amor cuando se ama -no por el temor o la previsión de que pase, deja de ser realidad la realidad- y ella y yo estábamos contentos teniéndonos al lado, mirándonos, sonriéndonos furtivamente, asustándose ella del ruido que oyó, tranquilizándola yo, buscando ella en mí un apoyo, ofreciéndoselo yo en mi tranquilidad, reconviniéndome ella porque por buscar la causa del ruido la dejé sola y me dijo: «¡Me han dejado sola!», abriendo una puerta que ella cerraba, para que viendo la nada que la asustaba se acostumbrara a no asustarse.



Domingo, 17 de julio del 70.

[...] El ejército francés se encuentra en Metz, formidable plaza fuerte francesa del departamento del Mosele, sólo distante cincuenta y cinco millas de Treves, uno de los puntos atacables de la frontera prusiana. Napoleón salió o debió salir ayer de París para campaña. Intenta empezarla pasando inmediatamente el Rhin. A los generales de que ayer se hablaba, añaden hoy el nombre de Canrobert. El Almirante Ganouillés mandará la escuadra del Báltico, la flotilla de cañoneros que debe bombardear los puertos fluviales del Rhin. Será simultánea la acción del ejército y la armada francesa; a no ser que se confirme el despacho que presenta a la flota francesa aguardando en el canal británico a la prusiana. Se han duplicado las fuerzas de la escuadra francesa en el Mediterráneo, que manda J. de la Gravière. Actividad militar extraordinaria: salida de regimientos para la frontera: la carne de cañón está contenta. Se hace esfuerzo por localizar la guerra y quitar todo pretexto a Alemania. Los puentes fronterizos entre Francia y Bélgica han sido cortados. Todas las potencias observarán neutralidad, excepto Dinamarca que ha ofrecido reunirse a Francia, para la cual la llave del Báltico será una excelente arma. Suecia se declara neutral; Austria, si Rusia no se mueve; Italia simpatiza con Francia; España también, de donde dicen que Prim ha escrito a Napoleón. En este caos de pasiones, Inglaterra se presenta en actitud honrosa: aun está su Embajador en París, Lord Lyons, tratando de atraer a sus colegas a un congreso que termine racionalmente la contienda.

No menos entusiastas que los franceses y más adictos a su Rey que aquéllos, los alemanes han celebrado el tránsito de Guillermo desde Ems a Berlín con una ovación loca. Toda la Alemania hace causa común con la Prusia; la del Sud con la del Norte: la patria alemana está hoy representada en Prusia. De todas partes se piden armas para defenderla. De todas partes se envían hombres, caballos y dinero al Gobierno para sostenerlo. Para concentrar esa fuerza de expansión, se reunirá el martes el Reichstadt. Se ha ordenado la movilización de todo el ejército. Un despacho de Seltz, veintisiete millas de Strassburg, dirigido ayer a París, dice que un destacamento prusiano ha invadido por Opotbach, Baviera, el departamento del Mosele, quizá como avanzada del ejército que se supone intentará apoderarse de Metz. Si este rumor es cierto, y lo es el que se atribuye a Francia de caminar en dirección a Treves, el espacio de cincuenta o setenta millas que separa el ejército francés avanzado del punto prusiano que sirve de objetivo a los franceses, será el teatro inmediato de la guerra, o estará siéndolo ya.

¿Qué consecuencias tendrá ella? Quizá sean tremendas, si como dice un telegrama de Londres, la neutralidad de Inglaterra se dificulta por la apurada posición de Bélgica y Holanda, cuya invasión no podría consentir. El resultado sería funesto para Francia si, como anuncia The Times de Londres, Inglaterra interviniera en caso de que Prusia perdiera fuerza, y si allí se aplaude, como el periódico dice que lo aplaudiría la humanidad, la reversión de todas las provincias alemanas de Francia a la patria germánica. Y en caso de que Rusia, como se afirma en Londres, esté de acuerdo con Prusia, la posición de las demás potencias será embarazosa, e imposible de prever el resultado de la lucha.



Lunes, 18 de julio del 70.

Venciendo la pereza, hija, en parte, del formidable calor de noventa y cinco grados; en parte, del decaimiento de fuerzas morales que acompaña a toda incertidumbre, voy a hablar de Candorina. De tal modo prevenida estaba, que me pareció no estaban preparadas para acompañarme. Sí lo estaban, y salimos solos, ella, su hermana y yo. Estaba encantadora. Su rostro, cada vez más pálido y más expresivo, estaba iluminado por esos dos ojos luminosos que tantos cielos me prometen: su pequeña estatura, su sombrerillo, su chaqueta de lino blanco acompañando a su saya negra, la daban todo el carácter de su edad; y el cruzamiento modesto de sus brazos, y la inocente sonrisa con que me hacía sus confidencias mudas representándomela como el tipo de la adolescente que he soñado, me la hacían más amable. Hablamos, por impertinencia mía, de la inclinación de F. hacia ella y yo le di esos estúpidos celos que sirven de confesión al amor mudo, y provocando sus opiniones, la dije que no era malo casarse con el dinero. Se enfadó, y por Dios que yo hice mal en aplacar su enfado, que además de animar su semblante, me daba el placer de la confesión indirecta que cuanto más provoco más codicio. ¡Casarse ella por interés! ¡Qué exclamaciones me dirigía, y cómo me miraba y qué graciosito apretaba los labios y volvía la cabeza! Puesto que no quiere dinero, ¿qué es lo que quiere; cómo quiere que sea su marido? Este tema nos ocupó durante todo el paseo. Sólo quiere que sea bueno su marido. Yo soy más exigente, y quiero que sea un hombre, y que valga en la tierra y en su esfera. Yo no debo olvidar la hora pasada a su lado y al de su hermana, ni el banco mezquino ni el parque indigno de su amor en que nos confiamos en silencio nuestro afecto, y en que hicimos castillos del porvenir con voz y con voto de su hermana. Esta nos dijo algo que a Candorina no agradó; pero yo la dije que ella era mármol del cual estaba seguro que sacaría una estatua incomparable, y mientras estuvimos juntos, y solos los tres, estuvimos bien. Dejamos de estarlo en cuanto llegamos a la casa. Su hermano, por cualquier motivo, nos llevó a un salón extraño en el cual tuvimos que ser extraños uno de otro. Jamás me pagará ese hombre el disgusto que me costó. Pasar de aquellas dulces confidencias mudas a aquel silencio embarazoso, de aquel continuo ser mirado a aquel no mirar ni sentir en el alma el efecto de sus ojos, y sufrir la transición de un espectador benévolo, amigo, estimulante, como Clara, a espectadores como Q. y como S. Quiso reparar la impertinencia de la noche anterior, y estuvo insólitamente afable, pero no tardó en arrepentirse y empezó a apuñalarme con el puñal que más honradamente me penetra; afectando desdén por Puerto Rico y llevando la duda al ánimo de ella. Me levanté fríamente, saludé y salí.

Imposible parece que sea tan frío mi pensamiento en el momento en que echa fuego mi imaginación y en que está mi corazón inflamado del sentimiento más decidido que me ha hecho experimentar criatura humana. Estas extrañas contradicciones demuestran que mi enfermedad moral sigue su marcha.

[...] Bajo este aspecto, como bajo otros muchos,

estoy en plena situación de Bayoán.

En plena: amando sin saber y no sabiendo si soy amado, queriendo y no debiendo amar, resistiendo y abandonándome al sentimiento, luchando sin lucha. Contener una vida es peor que matarla; es obligarla a ser voraz en el momento de abandonarla a sus impulsos propios. ¿Qué habrá en el mundo que satisfaga este vacío? ¿quién será quien calme esta sed de desconocido? ¿quién el que diga más allá al inaccesible más allá que siempre busco?

¡Oh! Estaba celestial, sí, celestial; suelto el cabello, flotante el largo traje, su color blanco comenzando en su cabellera negra y el cuello alabastrino contrastando con el collar negro de azabache. ¡Extraña cosa!, ya no es tan sencilla como era. La rabia con que pienso, con que siento y con que escribo estas palabras, demuestran el crecimiento de la pasión, no la verdad de la observación. Cuando le salí al encuentro, postrándole mi corazón, la dije que postraría mis rodillas, la modestia asustadiza que siempre ha ocultado su rostro a la muda alabanza de mis ojos, lo ocultó anoche. Que se sintiera contenta, que estuviera contenta de agradarme, que el cuerpo se aligerara y cuando tuvo que levantarse, corriera como una niña y gorjeara como un pajarillo satisfecho, y tuviera relámpagos en los ojos, y luz de luna en la sonrisa, y tuviera más seguridad y se sintiera confiada y lo manifestara ¿qué quiere decir todo esto sino que el amor que no me ha confesado con palabras la acusa a ella como me acusa a mí? ¿qué quiere decir sino que va creyendo que es posible que yo la ame, que cree en mi amor, que va dejando de admirarse de que ella lo inspire y yo lo sienta? Pasado, pasado para siempre, el tiempo en que yo podía, sabía y me complacía en analizar, en sondear y en iluminar los sentimientos más oscuros, los siempre oscuros que yo he inspirado o he sentido. Ahora mismo estoy burlándome de mí porque, aun haciéndolo mal, me ocupo de un afecto que me distrae de mi deber.

Sea, pues, del género que sea, si el sentimiento existe en ella como existe en mí, vengan sus manifestaciones, aceptemos las cosas como son, sin verlas por dentro, y sintamos el sentimiento consolador y desconsolador que estoy sintiendo. Íbamos a hablar, cuando se presentaron dos visitas. No lo disimulé, y en voz alto manifesté mi disgusto. Hice muy mal, pues gracias a ellas, pude tener la hora completa de mi vida. Ella cerca de la ventana, recibiendo en el rostro la claridad indecisa del cielo y de la calle, unas veces mirándome con firme intensidad, otras veces huyendo la mirada, ahora sonriendo blandamente, más luego fijando los labios en un índice y poniéndose a meditar, siempre escuchándome con vivísima atención, y con mirada más segura que ha tenido nunca. Entre dudas, vacilaciones, suspensiones de palabras y de respiración la dije en una hora estas palabras que pueden decirse en un segundo: «Estaba consagrado a un deber, y creía que un deber excluye otro: Ud. me ha hecho comprender que no, y estoy resuelto a cumplir mejor mi deber de patriotismo, fijando definitivamente mis afectos: si tengo la honra de ser oído y logro merecer la felicidad de llamarla mi esposa ¿será mi esposa la primera que me recuerde mi deber?». Sobre la luz de su alma en sus ojos y en sus labios, brilló dulcemente la luz de la sinceridad. «No sé; no me atrevo a decirlo: mi hermano fue a cumplir con su deber, yo lo aplaudo, y sin embargo, lo siento». ¿Qué he de decir yo en palabras lo que siento? Hace media hora que estoy mirando hacia arriba, con las manos cruzadas sobre la cabeza, mirándola en mi imaginación, oyéndola en mi corazón, sintiéndola en mi alma, encendiendo en su recuerdo, alma, vida y corazón: ¿cuándo la inútil palabra, hecha para las necesidades de los hombres, o por los errores del sistema o para el placer de los amantes de la forma, cuándo dirá lo que yo sentía al decirla, después de mucho contemplarla, después de mucho devorarla con el alma: «La adoro a Ud.?». Yo la dije, yo, de cuyos labios no había salido jamás: yo la amo.

Se me va mañana: ya empecé a llorarla hoy. Consumatum est omnia, yo la amo. Sí, el sentido involuntario de la aproximación, se hace patente: toda mi vida se ha encerrado en el amor de un día, y quizá no volveré a verla, no volveré a amarla, no volveré a morir de vida.

Hablemos pacíficamente de la guerra. Las noticias de importancia son las que remite el corresponsal telegráfico G. W. S. de la Tribune... Los jefes del ejército en campaña son: Canrobert del 1.er cuerpo; Paliken, del 2.º; Frossard, del 3.º; McMahon, del 4.º; Foilly, del 5.º; Bazaine, de la reserva y de la Guardia Imperial. No sé por qué presentimiento, hijo directo de las ideas que me inspira la guerra, creo que Bazaine será el que tenga un trabajo más ímprobo y más sombrío.

Los prusianos ocupaban hasta el diez y siete los siguientes puntos: Saasbruck, de la Prusia reniana; Neuburg, de la Baviera reniana; Linden, del Hesse-Darmstadt. Las tropas del contingente de Baden están en Rostadt. De Moltke, ha dicho en Consejo de Ministros que nunca ha estado Prusia tan preparada para la guerra como hoy. El Príncipe Federico Guillermo mandará el ejército de Alemania meridional, y su primo Federico Carlos, el de la septentrional. La neutralidad es ya general, aunque es dudosa de Rusia y de Inglaterra.



Miércoles, 20 de julio del 70.

Corazón más descontentadizo que el mío, no lo ha sufrido hombre: alma que más se rebele contra el límite de los sentimientos humanos, no la ha encarcelado otro; inteligencia más exigente, imaginación más soñadora de todos los ideales, juicio más severo, jamás ser racional las combatió. ¡Qué noche y qué emociones, qué delicia y qué desgracia, qué deleite y qué tormento, qué alegría y qué tristeza, qué felicidad y qué descontento de ella, qué sentimientos y qué presentimientos, qué anhelos y qué desmayos, qué insensatez en la cordura, qué locura en la razón, qué hielo en el fuego, qué calor en la frialdad, qué reserva en el abandono, qué duda en la confianza, qué desesperación en la esperanza, qué incredulidad en la fe, qué amor tan sin amor!

Del jueves al sábado el impulso de la vacilación a la determinación; del sábado al domingo, el paso de lo determinado a lo resuelto; del domingo al lunes, el salto de la resolución a la acción; del lunes al martes, la carrera desenfrenada de la acción, hasta el examen de la acción en la conciencia. El tiempo se precipita, y la pesca se precipita con el tiempo. Lo que no hice en un mes de sondeo, lo he hecho en cuatro días de pasión. Lo que no me atrevía resolver mientras conté con el tiempo, lo he hecho en el momento en que el tiempo me faltó: el sábado balbució mi amor; el domingo lo articulé; el lunes lo razoné; el martes lo enloquecí; en sábado, me enterneció, pensaba en mí y sufría por mí; en domingo me enamoró, con su amada sencillez, sus ojos confesaban su cariño; en lunes la adoré, se me presentó como la virgen de mis sueños; en martes la he amado con todos los amores del amor, con la blanda quietud de los efectos reflexivos, con la dulce inquietud del cariño intransigente, con la duda de los primeros desengaños, con el arrepentimiento de las primeras injusticias, con la virtud de los amores verdaderos, con el fuego contenido de la pasión fugaz.

Estaba vestida, cuidadosamente vestida de negro; el claroscuro después del rayo de luz; me senté a su lado: tímidamente, porque había muchos visitantes, porque quiero que mi amor sea lo que pienso mucho más que lo que siento, y porque no quería ser espectáculo de ociosos. Le dije la verdad, que estaba triste, que había pasado uno de los días más tristes de mi vida, una de las congojas más acerbas de mi alma. Como siempre que la hablo en mi lengua que no es ella la única que no entiende, que acaso sea ella quien más fácilmente ha de aprenderla, abrió los ojos, me miró fijamente, atendió intensamente, entendió presintiendo y respondió sintiendo. Me inquietaba el concurso, me incomodaban los testigos, quería libertad y la dije: «¡Cuánto deseo que hablemos!...». ¡Beatísima naturaleza, tú eres en todos los seres la autora de la verdad en el sentimiento como en la razón! Ella me contestó con una ingenuidad, maravillosamente manifiesta en el tono de su voz, en el rápido fulgor de su rostro, en la alegre sonrisa del corazón que hablaba en ella: «Yo también». «¡Ud. también!», la dije con larguísima sonrisa e intensísima mirada. Y ella, como el niño sorprendido en una acción que aun no sabe si es buena y es plausible, o si es mala y es punible, quedó suspensa, entreabierta la boca, el índice de la mano izquierda entre los labios, no atreviéndose a mirarme, no atreviéndose a dejar de examinarme con el ángulo del ojo. Al fin descansó de su inquietud en una sonrisa que se dilató hasta la carcajada breve. Haber recibido la primera luz del sol recién creado, la primera iluminación de la luna recién adoptada por el sol; haber recibido en el pulmón y en el cerebro el bálsamo primero de la primera brisa, el aroma primero de la primera flor, todo no vale lo que vale la primicia de un alma nueva, de un amor únicos del despertar de un espíritu, de la primera revolución de un ser.

¡Hora bendita y preciada fortuna la de aquel que merece la desgracia de tener una conciencia bastante formada para ser a un tiempo juez y cómplice, autor y copartícipe de esa transformación de un alma! Si yo la observara, la estudiara, la analizara, más que me estudio y me analizo, quizá el primer amor digno del hombre de que hubiera sido testigo esta tierra enlodado por el amor-instinto, sería este amor tan doloroso, tan complejo, tan vasto y tan estrecho, tan escéptico y tan crédulo, tan infantil y tan viril, tan consciente y tan inconsciente, tan vicioso y tan loco, tan apasionado y tan frío, tan contradictorio, tan lleno de combates, que estoy sintiendo y acaso estoy haciendo sentir y conocer. ¿Qué importa que yo, perpetuo luchador entre cielo y tierra, diablo y ángel, bestia y hombre, incorregible perseguidor de lo difícil, inenmendable conciliador de los contrastes, haga hoy en la realidad lo que antes en la idealidad y realice arbitrariamente lo soñado, y esté fuera de la realidad de los otros estando en una perfecta realidad que es mía, y luche y haga luchar, y sufra y haga sufrir, y me aliente y desaliente, y me arrepienta y reincida, sin que haya otro punto de relación entre mis afectos, mis actos y mis pensamientos y el pensamiento, actos y afectos de los otros, que la mera existencia de una realidad común, apreciada por ellos y por mí de un mismo modo, ejercitada a su modo por todos, al mío por mí? Lo que importa es ver cómo nace ese espíritu dormido; cómo se forma esa razón naciente; cómo está ese sentimiento, cómo se encauza esa imaginación, cómo se educa esa naturaleza, cómo se repite la creación de un ser.

En un momento de amante osadía me dijo antenoche la expresión mal expresada de su estado moral: «Yo quisiera que Ud. fuera un poco menos a su manera, un poco más estúpido». Es decir: ella quisiera que yo me pusiera un poco más en la realidad universal: teme no alcanzarme o teme que yo tenga, que bajarme. Errores ambos, porque la noble criatura no entiende, no sabe entender cómo y hasta qué punto es igual a un espíritu, el más alto por mejor coincidencia de cultura artificial y de cultura natural, el espíritu simple, nativo, naturaleza viva por donde se deslizan con igual espontaneidad los productos siempre amables de la naturaleza y los artificios siempre tristes de los hombres. En esto que ahora pienso con piedad, con religión, con reverencia de esa alma que tan intensamente he ligado hasta la mía, no pensaba anoche, y por eso, en la superficie de mi primera felicidad, sobrenadaban las contradicciones. La he conocido en el momento de completa inconsciencia; yo mismo he sido el autor de su dicha, y quiero que, a pesar de la lucha, conserve íntegramente las fuerzas que tanto amé en un principio.

Durante mucho tiempo, es probable, es seguro, ella me ha amado más que yo la he amado: primera revelación, primera fascinación, alma menos usada, corazón más joven, choque más vivo. Mi conducta la ha hecho luchar, y ha necesitado combinar la fuerza de su cariño con las de su hermana y con los artificios que la necesidad y la experiencia extraña suministran. Ha conseguido el deseo de mi alma, el suyo mismo, y anoche decía con una profundidad de intención en una palabra ingenua, la verdad: «Es cierto, la voluntad lo consigue todo», y me sonreía triunfalmente. El afecto convertido en pasión por la lucha, ha hecho vivir rápidamente su espíritu y lo ha cargado con las facultades nativas y con los medios adquiridos. Lo que yo quiero son las facultades, lo que me incomoda son los medios, y como éstos, según ella cree erróneamente, han asegurado el triunfo apetecido, éstos son los que yo encuentro combinados con aquella adorada sencillez que me ha esclavizado. No es tan sencilla como antes; afecta alguna vez, disimula algunas, reserva muchas, ha aprendido a callar por conveniencia, sabe rehuir contestaciones, atormenta diálogos, no toma una parte muy viva en el sentimiento que inspira y se fija más que conviniera en la contradicción manifiesta y necesaria que hay entre mi predicación y la práctica del mundo. Estos estados de transformación, tan interesantes para el observador, son insoportables para el vividor, el sentidor, el hombre que siente y hace, vive y quiere vivir. De aquí mi lucha de afectos en la noche más llena de mi vida.

No quiso decirme que me ama; pero no ha cesado de decírmelo desde que yo resolví amarla. Y me ama. ¡Ah! ¿cómo no? «Mi hermana M. me decía que yo no puedo ocultar mis sentimientos, y es verdad. Cuando yo amo, no pueden dejar de conocerlo». Esta fue una confesión. Esta fue otra: jugaba ella con el dije de sándalo que la había regalado; lo olía, me lo daba a oler; yo me empeñaba en atribuir a sus manos el olor, ella se empeñaba en retirar la mano para que yo no lo confundiera, y yo cogí el dije, lo besé, se lo entregué, y le dije que hiciera ella lo mismo. ¡Divina confesión de un gesto! Lo hizo con desdén en el labio, se puso encarnada, me envió uno de los relámpagos de sus ojos, y me dijo: «¡Yo besar un pedazo de madera!... Si fuera un ser amado...». «¿Qué haría Ud.?». «Lo devoraría a besos». Y después cuando, juntos en la ventana, insistí en que ella consagrara con uno de esos besos el dije bienhadado, ¡qué mirada precedió y qué sonrisas siguió al beso depositado en el juguete inerte! ¡Ah! y esto, apenas comenzado, acabará; ¡y mañana habrá todo concluido, y la soledad y el vacío y la oscuridad y el desafecto y el silencio y la lucha sin auxiliares, volverán cada vez con más empeño! Tiembla, haces bien en temblar, corazón triste.



Jueves, 21 de julio, 70.

¡De qué hablaré yo que no sea de su partida! Hace tres días que está martirizándome, hace tres días que estoy estimulando y conteniendo el dolor anticipado, que ha caído hoy por completo sobre mí. ¡Y cuándo ha caído! Después de la noche más agitada, de la única agitación de nuestro amor. Lo contaré otro día. Estoy provocando voluntariamente la honda tristeza que roe sordamente allá en el fondo, y no debo estar triste. La edad de los afectos infecundos ha pasado.

He recibido una carta de Lacroix y parte de una de «Martel». Es imposible conciliarias: lo que el uno afirma lo niega el otro; las esperanzas del uno son dudas en el otro. En ambas se descubre la existencia de un estado revolucionario en la Isla; pero ambas demuestran que ese estado es todavía embrionario.

Prevost-Paradol se ha suicidado ayer. Víctima de su delicadeza y de su ambición. Arrójenle la primera piedra los infames; yo le arrojo mi profunda conmiseración.

Se ha declarado oficialmente la guerra por Francia a Prusia. Ayer leyó la declaración el Ministro de Estado y consignó que desde el 19 existía un estado de guerra entre las dos potencias. La declaración se ha leído también en el Parlamento alemán, y así queda probado que la provocadora es Francia. En el mismo se ha leído un discurso del Rey que ha producido entusiasmo universal y el rápido empréstito de 120 millones de thalers. No es menor el entusiasmo en Francia. Hasta los extranjeros se contaminan, y se habla de una legión, trabajo cuesta decirlo, de cien americanos.



Viernes, 22 de julio, 70.

Ahora, contemplando por centésima vez su retrato, comparaba el estado de mi alma con los deberes de la posición que voluntariamente me he creado, y he tenido miedo. Yo no hago nada por complacencia con la opinión del mundo, por halagar preocupaciones, por lisonjear pasiones, por secundar errores; por lo tanto, no puedo temer el ridículo vulgar, y lo he desdeñado, y ¡ojalá no lo hubiera desdeñado tanto! y lo he provocado y ¡ojalá no hubiera cometido nunca la temeridad de provocarlo!; pero hay un ridículo formidable, digno de ser consultado y de ser temido; el que denuncia la discrepancia entre la fuerza que se tiene y la que se emplea, entre el esfuerzo y lo que obtiene, entre los fines que se buscan y los medios que se emplean. Indudablemente, sí, indudablemente, yo he tenido fuerza, yo tengo fuerza para la empresa acometida; pero siempre la he empleado mal; he hecho esfuerzos infinitamente superiores a lo que quería obtener, y no he obtenido nada nunca; he concebido clara, lúcida, precisamente, todos los fines que me he propuesto realizar, pero nunca he sabido, podido ni querido saber y poder reunir los medios. Una vida así empleada es una vida penosa. De esa vida forman parte los días que ahora se deslizan, los pensamientos que ahora me solicitan, los suspiros que me ahogan, la tristeza que anoche me agobiaba, el recuerdo tenaz del alma mía, el amor, la pasión, la inflamación de espíritu que sufro. Y ¿es o no es ridículo estar en esta situación de ánimo al mismo tiempo que me desespera la situación de Puerto Rico, cuando quiero y no puedo libertarlo, cuando en proporción del aumento de mis compromisos, ceden los que el país tenía consigo mismo, y el país se abandona a una confianza infundada en tanto que yo, víctima, en vano me ofrezco en holocausto y por todo porvenir tengo el de un sacrificio estéril?

Tengo más ganas de dormir que de escribir, más ganas de soñar que de pensar, y se van los pensamientos que concibo; pero estoy pensando que no debe continuar esta situación; una de dos: o logro reunir fuerzas y llevar una expedición de víctimas al victimario, o me retiro a trabajar. Para aquello, no tengo recursos ni auxiliares ni otra idoneidad que la de una tranquila indiferencia por la muerte; para esto tengo motivos de todos géneros; desde los motivos del amor propio, hasta los motivos del amor nuevo que siento. El amor propio me aconseja que no me prodigue, que dé valor a mis palabras, a mis pensamientos, a mis actos y a mis sentimientos; que para esto espere; que para esperar, trabaje; que para trabajar, deje la estúpida política que me obliga a seguir los acontecimientos. El amor nuevo, el amor verdadero me aconseja que dé satisfacción a la nunca satisfecha necesidad de amar que tan tempranamente sentí, que tan largamente he combatido y sofocado, que tan inoportunamente he dejado de satisfacer en estos días. Las necesidades no son utopías, ni teorías, ni idealismos: son necesidades; ¿dejan de serlo porque sean del espíritu? y si, por ser del espíritu, siguen siendo necesidades, y acaso más urgentes que las del cuerpo ¿no pueden ser alteraciones de la salud del alma los desequilibrios, la falta de armonía, la desproporción de fuerzas, de predominio de unas sobre otras, efecto necesario de la no satisfacción de nuestras necesidades morales? Yo he pasado toda mi vida intelectual en combatir mi actividad afectiva, toda mi vida afectiva en llorar la falta de ideales. He podido amar mucho y no he amado a nadie. De tal modo he perdido algunas veces la conciencia de ese sentimiento que su sola mención me repugnaba cuando era mención impúdica del mundo; me escandalizaba, cuando era mística aspiración del pensador. Hoy, por primera vez, sé lo que es amor; y lo sé más que por sentirlo (que aun no estoy seguro de sentirlo) por el efecto que experimento al presentirlo, y por la claridad con que me explico sus caracteres, sus fenómenos, sus impulsos, sus extravíos y sus beneficios. Hoy sé, creo saber que no hay incompatibilidad entre el amor a una mujer, el amor a la familia y el amor a la patria y a la idea: sé, creo saber que se puede pensar a un mismo tiempo en la patria y en el hogar, en construirse una patria y un hogar. Si el hogar por construir estuviera en la patria, y no hubiera obstáculos de tiempo, de distancia, de comunicaciones, de recursos, bien, dice en voz tímida el sentido común; pero habiendo esos obstáculos... Precisamente esa es la cuestión: vencer esos obstáculos y hacer que del vencimiento de ellos salga conjuntamente mi felicidad de hombre y mi gloria de ciudadano.

Mi situación es ésta: respecto a mi patria, el compromiso de contribuir a libertarla: respecto a Candorina, el compromiso de ir a buscarla, si en septiembre u octubre no se hace algo por la libertad de Puerto Rico. En septiembre y octubre, como están las cosas, no sólo seguirá Puerto Rico como hoy está, sino que cualquier cosa que se haga, sólo concitará la animadversión de los mismos interesados en hacerla: las revoluciones no se hacen con expediciones, y el pueblo que aun las pide, no quiere hacer la revolución. Por tanto, si además de este estímulo, tengo el desaliento de pensar y de saber que nada se puede conseguir en Venezuela, que nada puede hacerse aquí, donde lo único que hacen los buenos es concitarse a los malos, por tanto, yo podría, sin escrúpulo, irme a reunir desde el día seis con ella. Que pienso en ella, que quisiera tenerla al lado, que su partida me ha conmovido más hondamente que creí, que la echo de menos a todas horas, que el día no tiene ya objeto para mí y me fastidia, todo eso es verdad, y prueba que existe la causa que produce esos efectos; pero no es menos verdad que mi dolorosa situación, mi vida inquieta, mi corazón vacío, mi carácter melancólico, la complacencia dolorosa que me produce la tristeza, todo eso es motivo poderoso para aumentar mi dolor, quizá para hacerlo accidental, quizá para creerlo artificial, hijo del empeño deliberado de sentir y no de la espontaneidad del sentimiento.



Sábado, 23 de julio de 1870.

Ante todo, es bueno que se estudie la actitud de América. Si hace dos días los alemanes celebraron en Steneway Hall el meeting que reunió en una misma todas las opiniones alemanas; si ese meeting coincidía con otros cien en la misma New York y en otras ciudades federales; si la población francesa ha tenido la prudencia de reconocer su inferioridad numérica y de abroquelar su conducta detrás de la opinión de que era faltar al deber de la hospitalidad el celebrar reuniones que pudieran producir conmociones en la patria adoptiva, y si en Canadá la población francesa aclama en sus reuniones a la madre patria, el sentimiento público americano, verdaderamente americano, es favorable a Prusia y se ha manifestado antes de ayer en la reunión del Comité general republicano.

Se está verificando en estos momentos un fenómeno de extraordinaria importancia que, bajo cualquier concepto, demuestra la influencia de la opinión pública en el mundo. Sea que Francia tuviera motivos para estar alerta desde marzo de 1869, en que hubo tentativas de elevar al trono español a otro Hohenzollern, Federico, el hermano de Leopoldo, sea que Prusia haya sido sorprendida por la repentina actitud guerrera de Francia, es indudable que una y otra potencia, ya desde el 66 preparadas para la guerra, esperaban la que está ya declarada. Lo que ha sucedido desde el 6 de julio acá, principalmente lo que está sucediendo desde el día de la declaración, 19, demuestra que ni una ni otra potencia se resuelven a prescindir de la opinión del mundo, y que todo ese trabajo diplomático, toda esa parsimonia en el empleo de la fuerza formidable que se han opuesto una a otra, no son más que vacilaciones debidas al temor de pasar como provocador. Así lo dice claramente el Presidente del Legislativo francés, Schneider, al dirigirse en corporación al Emperador, recordándole las palabras de Montesquieu: «No es autor de la guerra el que la declara, sino el que la hace necesaria»; así lo dice Napoleón al contestar, glosando las mismas palabras. Este hecho y el de los pasos que se han dado para neutralizar absolutamente las mercancías, prueban que la guerra va perdiendo en Europa su carácter de duelo a muerte entre poderosos, para convertirse en luchas de intereses y por intereses. Verdad es que Francia se niega a respetar los buques mercantes y las mercancías que no vayan guardadas por bandera neutral; pero también es cierto que Prusia ha declarado que el comercio será respetado cualquiera sea la bandera que lo ampare, y esta simple declaración bastará para hacer más simpática la causa de Prusia.



Miércoles, 27 de julio del 70.

Aun cuando ya está vencido el error en mi razón quiero seguir venciéndolo en la costumbre. Desde que se ha ido Candorina, más de una vez he suspirado llamándome desgraciado, recordando la brevedad de mi ventura, anotando los rápidos contentos, contando las breves horas de alegría, diciéndome que nunca enamorado alguno las tuvo más veloces, que nunca amor alguno fue más breve: he pensado que esta era una debilidad de la melancolía. Si es cierto que apenas he tenido tiempo de creer en el afecto que inspiraba y que sentía, no es menos cierto que yo no quería inspirarlo ni sentirlo porque no debía ni podía llegar ahora al único fin que puede tener un afecto tan noble, tan superior a la pasión, tan virtuoso: de aquí la breve lucha, y de esta lucha la pérdida de tiempo, y de esta pérdida, la abreviación del ya brevísimo espacio que sabía de antemano, pues sabía que ellos debían partir, duraría la correspondencia inmediata, íntima, directa, de este amor. Así, lejos de imputar la desgracia, si es desgracia santificar con la prueba los afectos, si es desgracia mantenerlos por la ausencia en la pureza inmaculada de intención que acaso no resiste al deleite que produce la contemplación de lo bello, lejos de imputar la desgracia a la anómala manera de realizarse las cosas para mí, impútela a mi propia voluntad, obediente a una esperanza, movida por un sentimiento, en vez de obedecer a realidades y en vez de moverse por deberes.



Nueva York, jueves 11 de agosto del 70.

Cuanto más áspera es la lucha, más viva es la ternura con que pienso en Cara. Me convierto hacia a ella como a un refugio contra esta inundación de miserias que me ahogan. Han acabado ya con toda mi paciencia, han zapado aquel edificio incontrastable de benevolencia y de abnegación que la soledad y la idealidad habían construido, y me debato inútilmente en esta corriente de pasiones. La reserva de todo el mundo ha dado otro estallido con ocasión de mi Mensaje... Yo lo había hecho de tan buena fe, con deseo tan puro, con intención tan sana, con patriotismo tan generoso, pensando tanto en los nobles pueblos a quienes lo dirijo, acordándome tanto de Cara a quien deseaba que llegaran las alabanzas que suponía yo que merecería en aquel país, tanta y tanta conciencia había puesto en él, que hasta indiscutible lo creía. Error de la buena fe. La iniciativa que tengo en todo, la profunda verdad de mis sentimientos y de mis principios, todo hace de mí el más formidable de los adversarios; por tanto, el más odiado de los revolucionarios. Lo que yo sufro, sometido a esta gente, conociendo a fondo, y por la fuerza de las cosas, a estos hombres; lo que yo sufro, viéndome en donde me tiene esa querida revolución de las Antillas, único sueño de mi adolescencia y de mi juventud; lo que yo sufro, viendo en el periódico atacado por los míos lo mismo que los otros atacan después; lo que yo sufro, viendo que nadie me entiende, ni cuando hablo ni cuando escribo ni cuando pienso ni cuando hago; lo que yo sufro al verme hoy tan obligado a disminuir la estatura de mi alma, al recordar que, en otro medio, tuve que sufrir el mismo dolor, al presentir que tendré que sufrirlo mañana, luchando o triunfando, en la pelea o en la organización, entre soldados improvisados o estadistas del acaso, es demasiado sufrir, y la muerte vendría a tiempo si he de vivir para no realizar lo que he pensado.



Nueva York, sábado 13 de agosto, 70.

Tengo necesidad de ocupar constantemente el cuerpo y el espíritu, la imaginación y la atención, la razón y el corazón, para vivir contento de mí mismo. No puedo ocuparme en nada, porque estoy fuera de las condiciones de la vida que deseo, a un abismo de objetivo que buscaba, y muero. Es insoportable esta vida. Siempre ante mi razón y ante la conciencia el contraste de lo que soy y lo que pudiera ser, de lo que debo y quiero con lo que puedo; de lo que hago con lo que sería capaz de hacer; de lo que veo con lo que esperaba ver; de lo que pienso con lo que debiera pensar; de lo que siento con lo que quisiera sentir; de mi infortunio, con la pureza de mi vida y de mis fines, que debieran hacerme venturoso.

La situación de Puerto Rico, y la en que me coloca; la lucha de Cuba y las ásperas que me cuesta; la necesidad de trabajo para vivir y para estar contento de la vida, y la necesidad de abandonar el que gratuitamente desempeñaba; la necesidad, ya inaplazable de un afecto de esposa que aliente en la soledad el ánimo que decae en la sociedad, y la imposibilidad de dar satisfacción a esa necesidad, todo me aguijonea, me espolea, me hiere, me quebranta. Ayer, la falta de la carta que esperaba de Cara, y la sesión del Club me anonadaron, en cuanto pueda anonadarse un hombre que casi ha perdido la conciencia del dolor: hoy estoy todavía bajo la presión de las dos luchas, y estoy enfermo de ánimo: olvido de la amada, perfidias de los amigos, envidias ásperas de los enemigos, celadas de hoy y de mañana, conspiración para impedirme llegar a tiempo a Puerto Rico, mil cosas he temido y pasado temiendo durante casi toda la noche. ¡Oh! me hacen falta circunstancias, hace diez años que estoy buscándolas y perdiéndolas, diez que estoy padeciendo el tormento infernal de estar siempre fuera de mi orden, y es necesario que o caiga en mi centro de gravedad, y que repose, o que me arrastren otras fuerzas, y me destrocen.



Nueva York, Clinton Place 33, agosto 15, 70.

¿Por qué no he de contar mis emociones? ¿por qué no he de examinar mis sentimientos? La profunda tristeza de estos tres últimos días, el incesante volver el pensamiento a Cara, la intranquilidad por su silencio, el continuo pensar en lo que hará, en lo que pensará, en su estado físico, moral ¿no es una serie de manifestaciones importantes en la guerra de mí mismo contra mí mismo que origina mi anhelo de perfeccionamiento? La tristeza, como revelación de un afecto radical; el afecto como revelación de un movimiento del espíritu hacia esfera más completa del vivir; la conjunción de toda una vida de ideas y de una experiencia la más áspera, en un sentimiento tan buscado y tan huido ¿no son hechos importantes para mi porvenir? Hoy mismo, cuando esa tristeza es producto probable de las tres causas activas de malestar, el estado de mi patria, la lucha infecunda con los hombres, la sinceridad del sentimiento ¿no es un síntoma de evolución que esa tristeza se resuma en el pensamiento de mi amor y en el recuerdo de la niña amada? Que mis luchas en la emigración me abismen en la tristeza; que me sumerjan en ella las lluvias y la oscuridad congojosa de estos días, bien, no lo niego; pero ¿puedo negar que algo nuevo hay en mí cuando todo lo refiero al sentimiento que me embarga?

Me avergüenza ocuparme de esto. Sé lo que es; conozco su grandeza; favorezco la altísima necesidad que representa, y sin embargo, cuando pienso que todo lucha con todo, que, ya no es tiempo para otra cosa que para acabar de sacrificarse, me avergüenzo. Y ¡quién sabe!, ese afecto sencillo, hijo de la admiración a la naturaleza, producto de la reflexión y del razonamiento sano puede ser mi salvación, no ya sólo como hombre, sino como ciudadano. Hoy no veo yo más que el sacrificio, y el sacrificio es estéril, y no debe hacerse nada con un fin que no lleve al fin.

Y siempre solo, sin nadie a quien oír, a quien hablar, a quien querer, a quien creer, porque hasta ella me abandona, hasta ella me priva de sus cartas.



Viernes, 19 de agosto del 70.

En el momento de la resolución, las dificultades de la resolución. Tengo a mi disposición el dinero que pedí a mi padre; sobre mi corazón, el peso abrumador de la ingratitud; en mi alma, el sentimiento profundo de la inutilidad de mis sacrificios; en mi razón, la causa fría de esa inutilidad de abnegación; en mi juicio, la condenación de casi toda mi vida, por contraria a la realidad y por exclusivamente sentimentalista; en mi experiencia, el espectáculo triste de la emigración, la conducta de los puertorriqueños, el conocimiento de la impotencia a que me reducen la pobreza mía y la adoración que individuos y pueblos tienen al dinero; en mi conciencia, la evidencia de que no es posible hacer la revolución de Puerto Rico. Tengo esa carta de mi padre, tengo la conducta de los que más debieran respetarlo; tengo el proceder aquí de los que más debieran auxiliarme, lo tengo todo, cuantos motivos de resolución puede tener un hombre, patria, familia, afectos, necesidad de felicidad, indignación contra el presente y el pasado, necesidad de otra vida, imposibilidad de continuar en la presente, amor propio, orgullo justo, dignidad herida, sentimiento de la gloria, todo, todo, todo y sin embargo no sé qué hacer de ese dinero ni a donde ir ni cómo romper con todo mi pasado.

En frente de los motivos, las dificultades. Con cuatrocientos pesos no se hace nada. No se casa un hombre ni se establece una familia ni se crean deberes nuevos ni se fomenta una fortuna. Si yo me hubiera quedado en España, sería diputado de Puerto Rico. ¿No hubiera yo hecho más en un día de Parlamento que en ocho meses de emigración?

¿Qué hago? Lo que pienso. Esperar a A. y prepararme para el seis de septiembre. Si las cartas de la familia Bda. son las que espero, me reuniré a ella.



Lunes 22.

Ha llegado Azcárate. Lo he visto y lo he abrazado; pero no he hablado todavía con él. Viene con poderes del Gobierno español; y lo esperaban aquí algunos telegramas de los Ministros de Ultramar y de Marina.



Nueva York, jueves 1.º de septiembre del 70.

Pensando tristemente en este aniversario de mi llegada a París, de paso para esta impotente emigración, he comparado el estado de la gran ciudad entonces y hoy, al en que estoy yo y estaba entonces: cuando transformaciones tan inesperadas acontecen a los pueblos, bien pueden los individuos acostumbrarse a las tristes que provocan ellos.

París trastornada, Strasburgo, Salsburgo, (?) Toul, Metz, resistiendo al asedio, dos departamentos ocupados por prusianos, más de dos recorridos por ellos, Bazaine acorralado en una plaza fuerte, McMahon derrotado en una frontera, toda Francia preparándose a la defensa, toda Prusia preparándose al ataque.



Lunes, 5 de septiembre del 70.

Los telegramas del sábado trajeron la noticia más conmovedora que, después del triunfo de las armas federales, ha recorrido el mundo. Napoleón había entregado su espada, Wimpffen había rendido su ejército, Bazaine el suyo, McMahon estaba rendido, Berlín, Londres, Nueva York, Washington entonaban victoria, los alemanes paseaban su alegría por las calles de la ciudad, los franceses paseaban su tristeza. McMahon y Wimpffen tenían sus ciento veinte mil hombres en Sedán: el Rey Guillermo, el Príncipe heredero, el de Baviera, tenían sus dos cuerpos de ejército, doscientos cuarenta mil hombres alrededor de Sedán. A las seis de la mañana comenzó el Waterloo de Augústulo: el círculo de alemanes fue estrechándose a medida que el combate adelantaba, hasta que apretó por completo al ejército francés; derrota de éste, después de una lucha épica, dispersión de fuerzas, fusilamiento del general de Failly por sus mismas tropas, persecución de todos por los prusianos, ausencia del sol que presenció la muerte de diez mil hombres y la caída de veinte o treinta mil: era jueves. Al día siguiente, dos de septiembre de 1870, el autor de la guerra entregaba a las doce del día su espada inútil, diciendo en una carta embustera: «No pudiendo morir a la cabeza de mi ejército, pongo mi espada a los pies de V. M.».



Septiembre 7 del 70.

El domingo, 4 de septiembre, será para Francia el símbolo de su rehabilitación, será para todos los hombres dignos la fecha de una era de dignidad, y ojalá sea para Europa el primer día de un período nuevo. En ese día sagrado, la minoría republicana del Cuerpo Legislativo y el centro izquierdo orleanista declararon caducado el imperio, se constituyó un Gobierno provisional: París aclamó la república, la manifestación del gobierno proclamó la república. Francia la aclamó, y el espíritu postrado de un pueblo generoso se levantó otra vez. La revolución que, desde 1866 profetizaba yo que coincidiría con la primera guerra a que el imperio se abandonara, ha coincidido. Quizá todo el fundamento de mi profecía consistía en mi odio al despotismo: inducía por el mío el odio de Francia; suponía que toda guerra exterior sería una derrota, y veía en la desorganización de la derrota la posibilidad de una república vengadora de la dignidad y de la libertad. La realización de la profecía es confutación suficiente de los argumentos de hecho que siempre han defendido, que hoy justifican, que acaso mañana divinicen al segundo como han divinizado al primer imperio. Que una sociedad ya vieja, secretamente disgregada por la continua acción de necesidades exigentes, crea mejor satisfacción de sus necesidades un gobierno de fuerza que la fuerza de los gobiernos de la libertad; que un pueblo imaginarista, susceptible, dominante, ansioso de gloria, secularmente educado por el principio absoluto de una autoridad sin contrapeso, trueque imprudentemente su libertad por su gloria; que, en la perversión de sentimientos y de ideas que los hechos renovadores y la avidez reconstructora del siglo han producido, una nación confunda la gloria de las armas con la gloria del trabajo moral, intelectual y físico; la legítima preponderancia del progreso con la imposición de la fuerza y de la astucia; en una sociedad, así postrada por elaboraciones latentes y por vicios de su carácter y por errores del siglo, un ambicioso, con sólo el talento necesario para ver las crisis, las flaquezas, los errores, los intereses malsanos, con la voluntad suficiente para explotarlos dirigiéndolos a su fin, con la astucia que dan la debilidad y la ambición, llegue al dominio absoluto de esa sociedad, y la engañe y engañe al mundo y soborne la conciencia de una época y soborne la conciencia de la humanidad en la historia, presentando como obra suya lo que es obra del tiempo, de las necesidades biológicas de los pueblos, del concurso de circunstancias determinadas por la opinión universal, por el estado del mundo, por el del país que domina, nada quiere decir. Los malvados pueden ser ricos, llegan a ser poderosos, suelen llegar a ser omnipotentes, merecen el respeto interesado de sus dependientes, la estimación aduladora de todos los insensatos o sencillos y cuentan y pueden contar con la complicidad del silencio del honrado; pero nadie puede decir del malvado afortunado que es autor de los bienes fatales, que fatalmente se derivan de toda fuerza, cualquiera que sea ella, por mal que se emplee, por perversamente que se la dirija. Nadie tampoco podrá decir que un ambicioso que mancha con su conducta los primeros años de su vida, que engaña a un pueblo con un juramento falso, que baña en sangre sus triunfos, que corrompe por reinar, que guerrea por sostenerse en el trono, que contribuye a la inmoralidad de una época, que pervierte el sentido de las palabras, el carácter de los afectos, el valor de las ideas, la significación de los actos, el espíritu de la historia, que es poderoso porque ha hecho impotente a todo el mundo, que se hace oír porque ha hecho callar a todos, cuyos argumentos son las armas, cuyos medios son la tiranía y el personalismo, la astucia y la cautela, nadie puede decir que ese hombre sea acreedor al respeto de la historia, ni bienhechor de la humanidad, ni creador de la estabilidad de un pueblo ni fomentador de su prosperidad. Después de las guerras de Luis XIV, de las crápulas de Luis XV, de los horrores necesarios del Terror, de las conquistas devastadoras de Napoleón I, Francia gozó de una paz interior y exterior que no han logrado alterar las tres revoluciones y las seis o siete cortas guerras que ha sostenido desde la restauración de la monarquía hasta la del imperio. El segundo imperio encontró un pueblo que crecía y se atribuye la proporción favorable que hay entre los treinta y dos millones de almas que el censo reconocía en 1815 y los cuarenta y dos que hoy reconoce: encontró una sociedad demasiado excitada por las luchas intelectuales, de principios, de sentimiento, de conciencia, que produjeran las nuevas ideas del 92, y se atribuye el reposo, en parte producido por el desarrollo físico, en parte producto del gobierno personal: encontró una Europa indefinida, un mapa bosquejado, y se atribuye la reconstitución de la Europa política en las bases geográficas que hoy tiene. Es decir, que la prosperidad de Francia, hija del aumento de población, del cansancio del espíritu público y del desarrollo del trabajo, lo atribuye a su influencia; la preponderancia en Europa, a las guerras con que se ha puesto en Europa de parte del tiempo y de la libertad contra el pasado y la tiranía. Y ¿por qué ese poder que tanto bien ha hecho es hasta tal punto impopular que, en el momento de recoger el fruto de su obra, en el momento de la desgracia, lo destrozan? Cuando los novelistas del segundo imperio hayan contestado a esa pregunta, entonces relataré yo los fundamentos de mi profecía. Entre tanto, sigo creyendo en la inmanencia de los grandes sentimientos en el espíritu de la humanidad y de los pueblos, sigo viendo la obra de ellos en esa catástrofe de un engañador de medio mundo, y sigo esperando, como espero, que, por reacción natural, el sentimiento redentor de Francia, obrando eficazmente sobre el alma de ese pueblo cure en él y en Europa de las pasiones aviesas que han estado gobernándola y que han llegado hasta aquí y que forman donde quiera la atmósfera moral de nuestra época.

Desdichadamente, no puedo tener confianza en la república. Creo, como los positivistas, que es obra social, trabajo de ciencia y de conciencia, compulsa de vanidades sociales, computación de intereses, transformación, cambio radical, lo que representa para Francia y para toda la Europa central el gobierno del pueblo por el pueblo, y no veo unidad de pensamiento en las escuelas socialistas, pensamiento social en las escuelas políticas, conciencia de la situación en nadie. Tengo confianza en la espontaneidad generosa de la nación, en la fuerza expansiva de sus sentimientos, en las virtudes de su carácter, en la fuerza de cohesión que creará probablemente la igualdad de principios, de gobierno, de situación en toda la Europa occidental; pero temo a la ignorancia y la miseria, dos aliados perversos de la filantropía y de la filosofía que, desviando de su curso natural los preceptos de éstos, los llevan a ejecuciones repentinas que espantan a la propiedad, al trabajo, a la producción y al cambio, y dan armas a la hipocresía, a la iniquidad, al despotismo, perpetuos rehabilitadores de todas las causas contrahumanas.

Un mundo que se mueve, un hombre que se para a ver el movimiento, tal mi situación, tal mi desesperación. César se mesaba a los veinticinco años los cabellos, porque había llegado a la edad de Alejandro sin ser lo que Alejandro; yo estoy golpeándome el pecho desde los veinticinco años, porque desde entonces me siento fuera de mi obra, inútil para mi destino, extraviado de mi senda, separado de mi fin.



8 de septiembre del 70.

Lo visible, hasta ahora, es que el Gobierno provisional, cuyos miembros no tuvieron en el Parlamento el valor necesario para descartar a tiempo la responsabilidad de los actos del imperio, comprenda que lo salvador es la paz y teme la paz salvadora, porque teme la cólera del pueblo. Ese pueblo, a cuyo deseo teme el Gobierno no corresponder fielmente, no quiere la guerra. Tenía el instinto de su situación, preveía mejorarla con la guerra y la exigía. Caducado el imperio, sólo piensa en aclamar su obra, la república: los soldados recién llegados a París manifiestan profundo descontento de la guerra; los secundan la Guardia Nacional y la Movible y es probable que el interés individual, convencido a estas horas, de la inutilidad de la resistencia y de sus peligros, la condene. Si el Gobierno provisional sabe arriesgar su popularidad, la salvará: con ella, la república.



Viernes, 9 de septiembre del 70.

Cuba, por medio de su Comisionado, ha saludado a la República Francesa.

La circular del Ministerio del Interior de la República Francesa declara francamente el peligro que amenaza a París: están a sus puertas los prusianos: tal vez hayan llegado ya a las fortificaciones exteriores. El Gobierno provisional tiene confianza en sus medios de defensa.

Si los gobiernos vacilan, los pueblos no han titubeado ni un momento. El de Irlanda, el de Inglaterra, el de Italia, el de Francia, el americano, el español, aclaman, proclaman y bendicen la república, piden y trabajan febrilmente por la unión republicana de Europa. De todos, el cuyos actos pueden llegar a ser más decisivos y son ya dignos de profunda atención, es el inglés. El meeting celebrado antes de ayer en una de las grandes ciudades de la Gran Bretaña, las amargas censuras que la prensa de Londres lanza contra la Reina y la convicción universal de que la constitución de la república sería una evolución tranquila y no una revolución violenta en Inglaterra, dan un carácter trascendente a la actitud directa del pueblo, único en donde la libertad ha prevalecido sobre la monarquía, en donde la república podría hacer la obra inmensa a que está destinada en las sociedades carcomidas de la vieja Europa.

Estamos en el primer momento de una renovación. Ya no mueren los pueblos, y para que no mueran, es preciso que se regeneren: para que se regeneren es preciso que se sometan a la guía de los principios. Hay mucha inmoralidad, mucha ignorancia, mucha miseria en Europa y en América, y las sociedades que mantuvo en equilibrio falso el interés material, no podrán volver a su equilibrio, si hoy lo rompen, hasta que lo encuentren en su centro natural de gravedad; la libertad y la justicia, la ciencia y la conciencia. Bajo este punto de vista considerada, la situación de Europa será tanto más natural cuanto más grave sea, y la guerra que acaso no puedan contener los esfuerzos de la monarquía, morirá de una vez en una guerra general, que no será de poderes que buscan ponderación artificial, sino de ideas que necesitan realidad. ¡Ah!, quiera el cielo que, pues me lanzo a la vida de este siglo y me ha dado inteligencia, sentimiento, voluntad y conciencia para comprender, sentir, querer y conocer el triunfo de la verdad sobre la mentira, de la justicia sobre la iniquidad, tome yo en esta contienda guerrera la parte que me siento capaz de tomar, que anhelo con delirio tomar y realizar.



Nueva York, septiembre 10 del 70.

Ayer hablé en los dos centros. En la Liga, para contestar a los ataques que se dirigían a mi Mensaje, cuyo examen sincero hice: nadie me comprendió. Al salir de la Liga entré por casualidad en el Club de los Artesanos, en donde se hablaba de mí y en mi contra en aquel momento. Les di una lección de libertad, de justicia, de verdad y de sinceridad que yo quisiera otros pudieran repetir. Me designaron para la misión a París. Quise excusarme, pero no aceptaron mis excusas. Heme aquí, pues, perplejo.



Nueva York, jueves, 22 de septiembre del 70.

Cartas de Puerto Rico. No hay esperanzas.



Nueva York, viernes, 30 de septiembre del 70.

Todo se concentra en mi cerebro: la duda, el temor, recuerdos amargos, previsiones atormentadoras, tristeza, descontento, horror a la vida sin objeto.



Nueva York, octubre 2 del 70.

¿Podré yo descender al fondo de mi corazón y encontrar en él la razón profunda de mi tristeza? Ciertamente, reflexionando, encuentro que estoy entre un fin ignorado y una falta de decisión acabadora. ¿A dónde voy?; no lo sé. ¿A qué?; no lo sé. ¿Por qué?; no lo sé. ¿Con quién?; tampoco lo sé. Dudo hasta de quien nunca había dudado: de mí mismo. Temo hasta las tempestades que antes eran un placer para mí; y heme aquí dudando si debo o no exponerme al mal tiempo que se anuncia en una navegación.

Haré siempre lo que he hecho, lo que hago; quejarme y echarme la culpa a mí mismo. El que se mira mucho a sí mismo no ve bastante a los demás. Clara prueba la de mi vida en New York. Hubiera podido hacerme un hombre útil, no he hecho más que conquistarme enemigos. Es verdad que no he hecho más que lo que me mandaba la idea que vine a servir aquí: pero, ¿desde cuándo se sirve a las ideas desentendiéndose de los hombres? La grandeza de los hombres que han llegado al fin que buscaban no ha consistido más que en el arte con que han sabido hacerse instrumentos de los hombres que necesitaban para sus ideas. Es una regla invariable, que se aplica tanto a Jesús como a Sócrates. La debilidad de los hombres fracasados no ha dependido más que del exceso con que ellos han servido a las ideas, desentendiéndose de la realidad y de la vida; y convirtiéndose en almas sin cuerpo, fuerzas sin órganos.



Clinton Place 33, Nueva York, 3 de octubre del 70.

Mi último día en New York. Mañana a mediodía comienzo a bordo del «Arizona» mi nueva aventura. Deseo y temo, temo más que deseo, haber comenzado, y deseo más que temo acabar de una vez para siempre. Ya es demasiado esto de jamás encontrar uno en su casa, ni en lo que hace relación a los hombres, ni en lo que se refiere a las costumbres. Busco en vano un corazón amigo, un espíritu hermano, una voluntad concorde. Voy a partir después de haber hecho por la revolución lo de que no han sido capaces los que tenían el mayor deber: nadie se ha apercibido de ello; partiré sin que nadie venga a expresarme su sentimiento.