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«Nacer laurel y ser humilde caña» (Una lectura biográfica de Lope)

Juan Manuel Rozas


Universidad de Extremadura




ArribaAbajoEn los inicios de una trayectoria


   Tiene su silla en la bordada alfombra
de Castilla el valor de la Montaña
que el valle de Carriedo España nombra.
   Allí otro tiempo se cifraba España
allí tuve principio; mas ¿qué importa
nacer laurel y ser humilde caña?
   Falta dinero allí, la tierra es corta;
vino mi padre del solar de Vega:
así a los pobres la nobleza exhorta.
   Siguióle hasta Madrid, de celos ciega,
su amorosa mujer, porque él quería
una española Elena, entonces griega.
   Hicieron amistades, y aquel día
fue piedra en mi primero fundamento
la paz de su celosa fantasía,
   En fin, por celos soy, ¡qué nacimiento!
Imaginadle vos, que haber nacido
de tan inquieta causa fue portento.



Con estos versos de la Epístola a Amarilis1, nos explica Lope su origen y su génesis. En ellos hay cuatro ideas fundamentales que, aunque poetizadas, son una base real para empezar su biografía2. Procede de la montaña y se enorgullece de ello, como todos los españoles de la época; mas es económicamente humilde su familia y, por ello, su padre debe de emigrar hacia la Corte, entonces Valladolid, como tantos españoles de entonces. Su madre (al parecer, en este cuarto dato la fantasía dora la realidad en exceso), celosa por los amores que su marido mantenía con otra mujer, le sigue, y exactamente de la reconciliación del matrimonio nacerá el Fénix de los Ingenios. Este detalle y el garbo con que el poeta lo cuenta -aunque no fuese del todo cierto- es importante, como expresión de la manera con que Lope se veía impulsado por un destino en el que el amor y los celos tenían principal asiento. Por ello, y por su amplio curriculum afectivo, su vida, que se podría ordenar de otras maneras, va a quedar aquí estudiada a través de sus amores. Y en una primera etapa de juventud, que llamaremos de primavera, nos centraremos en los amores de Filis y Belisa; en una segunda etapa, que llamaremos estival, nos centraremos en Juana Guardo y en Camila Lucinda; en una tercera, denominada otoñal, pondremos el norte en Marcia Leonarda; y, por fin, la cuarta será el invierno, en el que hallaremos a Lope ya solo, sin amor humano.

Su padre, por el que Lope sintió gran admiración, se llamó Félix de Vega, tras pasar en Valladolid una temporada, donde ejerció su oficio de bordador, se trasladó, al compás de la Corte, a Madrid, a principios de 1562, año en que nacería Lope. El padre, artista artesano, poeta y mujeriego, como el hijo, sufrió también él, una honda crisis religiosa, tal vez de la mano del beato Bernardino de Obregón3, y se dedicó, con éste, a ayudar a los enfermos pobres de los hospitales. Murió en 1576, mientras que la madre le sobrevivió hasta 1589. Habían tenido seis hijos: antes de Lope, Francisco e Isabel, que casó con el francés Luis de Rosicler; después de él Juliana, de la que nada se sabe, y Juan, que muere en La Invencible. Y Luisa, que se casó y tuvo descendencia.

La partida de bautismo del poeta dice así:

En seis días de diciembre de quinientos y sesenta y dos años, el muy reverendo señor ldo. Muñoz bautizó a Lope, hijo de Feliz de Vega y de Francisca su mujer. Compadre mayor, Antonio Gómez; Madrina, su mujer. - El Ido. Muñoz4.



Si esta fecha es segura por este documento, no lo es tanto, según la crítica reciente, la de su nacimiento. Siguiendo a su primer biógrafo, Montalbán5, se considera que Lope nació el 25 de noviembre; sin embargo, en los últimos años se duda de esta fecha y se sopesa la del 2 de diciembre6.

Los datos que tenemos sobre su formación intelectual son cuatro, colocados sobre el reiterada tema de su enorme precocidad: que pudo ser alumno de Vicente Espinel; que siguió las enseñanzas de los jesuitas; que fue protegido por el Obispo Manrique de Lara; y que pasó algunos años en la Universidad de Alcalá.

Sin duda, Lope fue muy precoz. Él mismo lo dice varias veces con detalles concretos que parecen ciertos, en líneas generales7. Mas de ahí a la descripción que, sabrosa y minuciosa, hace Montalbán, puede haber un abismo de exageración y de idealización:

A los dos primeros abriles de su edad, ya en la viveza de sus ojos, ya en el donaire de sus travesuras, y ya en la fisonomía de sus facciones mostró con los amagos lo que después hizo verdad con las ejecuciones. Iba a la escuela excediendo conocidamente a los demás en la cólera de estudiar las primeras letras y, como no podía por la edad formar las palabras, repetía la lición más con el ademán que con la lengua. De cinco años leía en romance y latín, y era tanta su inclinación a los versos, que, mientras no supo escribir, repartía su almuerzo con los otros mayores porque le escribiesen lo que él dictaba. Pasó después a los estudios de la Compañía, donde en dos años se hizo dueño de la gramática y la retórica, y antes de cumplir doce, tenía todas las gracias que permite la juventud curiosa de los mozos, como es danzar, cantar y traer bien la espada [...]8.



Que antes de acudir a los jesuitas, fuese donde Espinel para que, como prestigioso dómine que era, le enseñase esas primeras y precoces letras, no tiene nada de raro. Desde luego, Lope le llama «mi maestro», y recalca al empezar un soneto:


   Aquesta pluma, célebre maestro,
que me pusisteis en las manos cuando
los primeros caracteres firmando
estaba, temeroso y poco diestro9.



Su formación en el Colegio Imperial de los jesuitas ha sido aclarada por Millé suficientemente, quien en una ocasión la resume así: «Siguió sin mayores tropiezos sus estudios en el recién fundado Colegio de la Compañía de Jesús, donde dio muestras de extraordinaria precocidad hasta el punto de que a los cinco años -últimos de 1576- leía en castellano y en latín, [y] en su infancia tradujo un poema De raptu Proserpinae de Claudiano10.

Don Jerónimo Manrique de Lara (¿hacia 1572?) tomó a Lope bajo su protección. Este noble eclesiástico, que sería luego Obispo de Cartagena y de Ávila y en el año de su muerte sería nombrado nada menos que Inquisidor General, debió de querer encauzar al poeta hacia la vida sacerdotal, para lo que le encaminó a la Universidad de Alcalá a seguir estudios («probablemente de Artes y Teología»)11, tal vez durante los cuatro años que quiere Montalbán, tal vez durante alguno menos, como parece desprenderse de la poca rentabilidad que al hecho le sacó, a través de su vida, el vanidoso y atacado por cultos que fue siempre Lope, que despacha muy rápidamente el asunto en la «Epístola segunda» «Al Doctor Gregorio de Angulo, Regidor de Toledo»12:


   Crióme don Jerónimo Manrique,
estudié en Alcalá, bachilleréme,
y aun estuve de ser clérigo a pique.
   Cegóme una mujer; aficióneme [...].



¿Es una poetización de su vida como tantas veces? Nada más podemos aclarar sobre su formación a nivel universitario, al menos hasta que su nombre aparezca unido a los libros de matriculados o a otros documentos13.




ArribaAbajoFilis e Isabel o la primavera

El primer gran amor de Lope fue Elena Osorio: amor vehemente, como la primavera, y que Lope traspuso en poesía abundantísima. Jerónimo Velázquez era solador, pero ya en 1570, sin dejar este ofició, lo encontramos de representante, haciendo los autos del Corpus en Segovia. Estaba casado con Inés Osorio y tenía de ella dos hijos, Damián, abogado, que pasó a América, y Elena, que casó con Cristóbal Calderón en 1576. Éste también pasaría pronto a indias. Dos o tres años después, hacia 1579, pues tenía Lope unos diecisiete, se entablaron unos amores apasionados entre Elena y el Fénix, los cuales, durante unos años, pasaron por toda la gama de lances, en la realidad y en la literatura, que La Dorotea expresa: exaltación, entrega, disputas, celos, riñas, nostalgias y desesperaciones. Con motivo de estos amores Lope escribió numerosos y bellos romances, bastantes de los cuales pasaron al Romancero general. Los seudónimos empleados en esta literatura fueron varios, aunque predominan los de Filis y Belardo. Sin embargo, las tres piezas más impresionantes de estos amores son los tres sonetos llamados «de los mansos», de los que copio el más vehemente y cercano a los hechos14:


   Vireno, aquel mi manso regalado
del collarejo azul, aquél hermoso
que, con balido ronco y amoroso,
llevaba por los montes mi ganado,
   aquél del vellocino ensortijado,
de alegres ojos y mirar gracioso,
por quien yo de ninguno fui envidioso,
siendo de mil pastores envidiado,
   aquél me hurtaron, ya Vireno hermano,
ya retoza otro dueño y le provoca.
Toda la noche vela y duerme el día.
   Ya como blanca sal en otra mano.
Ya come ajena mano con la boca
de cuya lengua se abrasó la mía.



En el año 1587 estas relaciones se habían deteriorado completamente, sobre todo por la continua aparición de un nuevo pretendiente de mayor categoría económica y social que Lope, el cual satisfacía más a la madre -si hacemos caso de La Dorotea- que a la hija. Era éste sobrino del Cardenal Antonio Perrenot de Granvela.

Lope de Vega arremetió contra la familia Velázquez con lo que tenía más a su mano, las sátiras, divulgadas manuscritas15. Iban éstas, sobre todo, dirigidas contra Damián y Elena. Jerónimo Velázquez se vio obligado a denunciar al Fénix. Tras diversos lances, en un curioso proceso y, sobre todo, gracias al testimonio del representante Rodrigo de Saavedra, amigo del demandante y del demandado, nuestro poeta, fue condenado al destierro: ocho años y cinco leguas de la Corte, y dos años fuera del Reino16.

Esta sentencia podría haber frenado a cualquier mozo que no fuese Lope. A él, su fogosidad y su poder creativo, tanto en la vida como en la literatura, le llevará a precipitarse en nuevos embrollos. Al final de sus amores con Elena, o muy poco después, entabló otros con una dama muy diferente, «una doncella de alta clase»17, Isabel de Urbina. Como la familia de ella no era gustosa de estos amores y como el destierro le condenaba a perderla, Lope tiró por la calle de en medio y la raptó, y, para mayor escándalo, con la ayuda de un alguacil llamado Juan Chaves. Se inició en el mismo mes de febrero de ese año el nuevo proceso por el nuevo delito, y Lope tuvo que resolverlo casándose por poderes -pues ya estaba en el destierro-, representado por su cuñado Luis de Rosicler. La boda fue el 10 de mayo. Así cuenta Millé las incidencias de estos tres meses18:

En ese breve intervalo de tres meses, Lope hizo gala de una maravillosa actividad. Probablemente se alejaría pro formula de Madrid, fingiendo que marchaba a su destierro y volvería después ocultamente [...]. Raptada doña Isabel, probablemente la condujo a Valencia, acompañados los dos tórtolos por Claudio Conde, inseparable amigo del poeta, y allí se establecerían tranquilamente, pues no eran gente para ahogarse en poco agua [...]. Entre tanto, el travieso Claudio Conde -un verdadero «bala perdida»- debió de hacer alguna mala trastada en Valencia, recayendo contra él la «sentencia tan rigurosa» -quizá de muerte o de galeras- a que alude Lope19. Correspondió entonces a éste devolver a su amigo las finezas que de él había recibido. Para lo cual, ni corto ni perezoso, no sabemos si empleando la astucia o la violencia, le sacó de la prisión [...]. Después, los dos amigos, fugitivos de Valencia, atravesarían de nuevo toda España para dejar a doña Isabel en las cercanías de Madrid y acabar de tramitar el matrimonio, embarcándose, por fin, en la Armada, y saliendo con ella de Lisboa el 30 de mayo de 1588, a los veinte días de haberse efectuado el casamiento.



En efecto, Lope habla decidido buscar fortuna por segunda vez en el mar. En 1583 había asistido a la expedición dirigida por el Marqués de Santa Cruz a la isla Terceira; ahora -parece demostrado- se embarcará nada menos que en la Gran Armada. Lo hace en el galeón San Juan, que logró volver sano y salvo tras duros combates y tras ser arrojado por la tempestad a las costas de Irlanda, donde tomó agua para después volver a La Coruña. De la famosa expedición no nos ha dejado Lope una obra capital, pero sí numerosos testimonios en prosa y versos que ha enumerado puntualmente Millé, desde el soneto que empieza:


   Famosa armada de estandartes llena,
partidos todos de la roja estola,
árboles de la fe, donde tremola
tanta flámula blanca en cada entena20.



¿Cuál fue el verdadero motivo que llevó a Lope a la Invencible? Seguramente sus relaciones con la justicia: las pasadas, buscando el perdón; o las presentes, huyendo con su amigo Claudio de los hechos acaecidos en Valencia. En esta ciudad pasaron Lope e Isabel los dos primeros años de destierro, que fueron vitales para el desarrollo del futuro dramaturgo. Valencia era un foco de población suficiente, alegre y adinerado, como para condicionar una rica actividad teatral, además tenía una larga tradición impresora que para el teatro culminó con la labor realizada por Timoneda. Por otra parte, era puerta marítima de Italia por donde entraban los famosos cómicos de este país que venían a deambular por el nuestro. Todo esto fomentó el desarrollo de un teatro valenciano que modeló, sin duda, el del joven Lope21.

En 1590 se va a vivir a Toledo, donde entra al servicio del Marqués de Malpica. De esa fecha son los autógrafos de El príncipe inocente y de El perseguido, obras todavía no logradas22. Al año siguiente entra al servicio del Duque de Alba, Don Antonio, también desterrado como él y por razones también de origen amoroso. Y en 1592 lo encontramos ya en Alba de Tormes como gentilhombre de la casa ducal. Allí vive una existencia propicia para las letras, produciendo variadas y numerosas obras, al lado de escritores como Medinilla, o de músicos como Juan Blas de Castro. Testimonian su actividad poemas descriptivos como la Descripción de la Tapada, la Elegía a don Diego de Toledo, hermano del Duque23, etc., y sobre todo su libro La Arcadia, que es reflejo lejano de los habitantes de la pequeña Corte24. También escribió allí comedias: por ejemplo, de 1593 son El caballero del milagro y El favor agradecido; de 1594, Laura perseguida y El maestro de danzar. Son ya dramas muy considerables25.

De Isabel tuvo dos hijas, Antonia y Teodora, y al nacer ésta, la madre -que llevaba meses enferma- murió. Era noviembre de 1594. Lope quiere empezar una nueva vida, y al año siguiente -le faltaba uno todavía de destierro- consigue el perdón de Velázquez y de la justicia, y regresa a Madrid. Vuelve viudo y, casi con toda seguridad, con la muerte reciente de sus dos hijas. Hace almoneda de sus bienes. Empieza otra vez a vivir, y rápidamente renace de sus cenizas dolorosas, como Fénix que es, en su ciudad natal, olvidando pronto lo anterior. No exageremos, sin embargo, su descuido para con el pasado y para con Belisa, pues sabemos, por un texto, que mandó hacer un retrato a su difunta mujer al que escribió el soneto que empieza:

Duerme el sol de Belisa en noche escura26.




ArribaAbajoCamila Lucinda y Juana o el verano

Si hemos llamado primavera a la anterior etapa, no ha sido sólo por la edad de Lope, sino también por la vehemencia con que brotan sus pasiones amorosas -del libelo al rapto- en esa etapa, y también por su actitud -de valentón a soldado- propia de hombre joven; y, por supuesto por la obra de esos años: iniciación dramática, juvenil exhuberancia del romancero y novela pastoril.

Si llamamos verano a esta segunda etapa, que va aproximadamente desde los treinta y tres años hasta los cincuenta, no es sólo por la edad, sino también por el estilo de sus amores con Camila Lucinda, hondos, calurosos y sabios; por su fecundidad de padre, tanto en el matrimonio como en el lecho de la amante; por la honda sabiduría con que ha aprendido a navegar entre mujeres y hombres, entre escritores y cortesanos, como prueba su correspondencia y su cargo en relación con el duque de Sessa, hasta hacerse un hombre, no sólo famoso, sino incluso respetado, a pesar de su indudable fama de calavera. Y, por supuesto, por sus obras. En esta etapa escribe ya algunas de sus más famosas comedias, como son La viuda valenciana, El nuevo mundo, Adonis y Venus, El gran duque de la Moscovia, El niño inocente de La Guardia, El anzuelo de Fenisa, Los melindres de Belisa, Lo fingido verdadero, El duque de Viseo, etc., culminando su labor en 1609 con la publicación del Arte nuevo de hacer comedias27. En la épica ha logrado su mayor empeño publicando, también en 1609, la Jerusalén. Y en lírica ha logrado en las diferentes ediciones de las Rimas, de 1602 a 1609, una fama envidiable. Teniendo en cuenta que aunque en este poemario haya sonetos dedicados a otras mujeres, va unido principalmente a su fogosa pasión a Camila Lucinda. Por fin, otras obras de esta época redondean su importante producción: La Dragontea, El peregrino en su patria, con la lista de las comedias que había escrito hasta entonces, el Isidro, etc.

Lope de Vega vive, desde 1595 en que regresa de Alba de Tormes hasta 1610, en que se compra una casa en la calle de los Francos -hoy Cervantes- de Madrid y se instala definitivamente hasta su muerte28, entre Madrid y Toledo. Concretamente reside en la Corte desde 1595 hasta 160429; y en Toledo, desde esta fecha hasta 1610. Durante su servicio al marqués de Sarriá, fue en su séquito a Valencia para asistir al cortejo nupcial con que Felipe III esperaba a su prometida, Margarita de Austria, en 1599. Lope escribió, con este motivo, las ciento noventa octavas de las Fiestas de Denia. Además, a causa de sus amores con Lucinda, hará largos y frecuentes viajes a Sevilla -por el camino llamado de la plata: Toledo, Ciudad Real, Córdoba- en los años que van de 1601 a 1604.

Esta etapa está presidida por la convivencia amorosa del poeta con dos mujeres muy distintas: Juana de Guardo, con la que contrae matrimonio en 1598, y Micaela Luján de la que es amante paralelamente a su matrimonio y desde una fecha no conocida pero posiblemente anterior a la boda. En general, los biógrafos explican este matrimonio en relación con la fortuna del padre de la esposa, rico negociante abastecedor de carnes y pescados de Madrid. Ya en vida del poeta esta boda le costó numerosas sátiras de sus enemigos, que le acusaban de haber hecho un buen negocio con una boda mercantilizada. Góngora empieza por entonces sus sátiras y le dirige un soneto donde le llama: «repentino poeta acelerado; / morador de la fuente del Mercado»30.

Para Entrambasaguas es evidente ese «Casamiento sin amor», como titula un capítulo de su biografía31, y recalca los aspectos negativos de esta unión. Por el contrario, Francisco A. de Icaza resalta los positivos, estimando que Lope trató con respeto a su mujer y el cuidado que tuvo con ella -siendo mujer de poca salud- en sus enfermedades32. Desde luego, a pesar de estar muy enamorado de su amante, Lope parece -salvo en una cita de mal gusto- respetar su hogar, su mujer y especialmente al hijo habido con ella, Carlos Félix. En las cartas al duque de Sessa, que empiezan a escribirse a partir de 1605, se habla mucho del hogar de Lope, de su vida cotidiana, con un tono entre ingenioso y complacido, como prueba este fragmento:

A doña Juana, criada y esclava de Vex.ª dije y ley el capitulo en que le haze tanta merced, honra y fabor, y respondió: «que no sabia responder»; mirélo bien; vi que tenia razon, y de mí digo lo mismo; ella y Carlos estan agradecidissimos a los regalos de Vex.ª, y quanto a la merced de Vex.ª me promete a mí, digo que no tenga esse cuidado, que todos le habemos de seruir, y que si açertamos, eso basta para premio33.



Es importante, además, recordar que Lope no llegó a cobrar nunca la aceptable dote a la que tenía derecho por su boda, no apremiando nunca al egoísta de su suegro. Juana es un personaje bastante oscuro en la biografía del Fénix, y la ausencia de textos poéticos y embellecedores del poeta que la mencionen -en contra de lo que sucedió con las otras mujeres a las que estuvo unido- nos la deja en una penumbra hogareña de madre y señora de su casa, fuera del plano del amor. Esto se acrecienta ante la fogosidad -verdaderamente estival- con que Lope paralelamente busca y ama a Micaela, a la que llamó en sus versos Camila Lucinda, o simplemente Lucinda.

A Camila Lucinda dedicó numerosísimas composiciones poéticas y se autorretrató junto con ella como Belardo y Lucinda en numerosas comedias. Américo Castro, que reunió todas las «Alusiones a Micaela Luján en las obras de Lope de Vega»34, llega a describir:

ninguno de los grandes amores del poeta dejó tan abundantes reflejos en su obra como el amor de Camila Lucinda [...].



Desde pequeños detalles, como anteponer la M de Micaela a su firma en multitud de ocasiones, por lo menos hasta el año 1608, hasta interpolar en el canto V de La hermosura de Angélica, comenzada en 1588 y editada en 1602, un elogio exacerbado de su nueva amante a la hora de publicarse, en el cual antepone la belleza de Lucinda a la de la protagonista del poema. Pero en intensidad son las Rimas de 1602, en sus sonetos, el muestrario más apasionante y bello por su amor a Micaela. Como ha estudiado Montesinos35, son muy numerosos los sonetos expresamente dedicados a Lucinda, y hay entre ellos varios de los mejores poemas de nuestra lírica amorosa. El tono es siempre de clara exaltación y de indudable atracción sensual. El soneto 44 es muy significativo, proceda de una comedia o esté escrito ex pofesso para Lucinda, por declarar la supremacía de este amor sobre todos los anteriores. Merece leerse:


Que otras veces amé negar no puedo,
pero entonces Amor tomó conmigo
la espada negra, como diestro amigo,
señalando los golpes en el miedo.
   Mas esta vez que batallando quedo,
blanca la espada y cierto el enemigo,
no os espantéis que llore su castigo,
pues al pasado amor amando excedo.
   Cuando con armas falsas esgremía,
de las heridas truje en el vestido
(sin tocarme en el pecho) las señales;
   mas en el alma ya, Lucinda mía,
donde mortales en dolor han sido
y en el remedio heridas inmortales36.



Micaela de Luján había nacido en 1570, para unos críticos en la provincia de Burgos, para otros en Sierra Morena37. Había casado con el mediocre representante Diego Díaz de Castro que emigró a Indias en 1596. Ella, sin embargo, fue una extraordinaria actriz, no importando para ello su incultura que llegaba, al parecer, hasta el no saber escribir. Su enamoramiento por Lope debió de ser tan apasionado como el de éste, a juzgar por la insistencia con que viven juntos y por el descuido con que -mujer casada- tiene hijos con el poeta, que era conocido por todos. Entre 1601 y 1604 las estancias de Lope en la capital andaluza son tan abundantes que nos hace pensar que durante esos años estuvo más meses en casa de Micaela que en la de Juana.

En Sevilla amplió Lope a ocho el círculo de sus amistades literarias. Trató familiarmente a Mateo Alemán y acudió a la tertulia de don Juan de Arguijo, en la magnifica casa de éste, verdadero museo.

El número de hijos que tuvo con Micaela fue mucho más abundante que el que tuvo con Juana. Con la actriz tuvo nada menos que siete hijos, de los cuales cinco no llegaron a la adolescencia (Ángela, Mariana, Jacinta, Juan, y Félix) y dos llegaron a mayores: Marcela y Lope. De Juana tuvo tres o cuatro hijos, de los cuales sobrevivieron dos: uno, Carlos Félix, por poco tiempo, pues murió a los siete años; y otro, Feliciana, que alcanzará la edad adulta. El marido de Micaela murió en Perú, en 1603, y entonces Lope, en cuanto que pudo, reunió sus dos hogares, el de Juana y el de Micaela, en Toledo. Esta se marchó a Madrid en 1607 y sus relaciones con el Fénix no duraron mucho más allá de 1608, y seguramente muriendo ella no muchos años después. Lope y Juana, como se ha dicho, volvieron a Madrid en 1610, morando en casa propia.

Es importante ver este dato de la casa como culminación de esta etapa. Lope la rotuló orgulloso parva propria, magna. En verdad, por lo que se conserva, era una excelente casa y Lope la cuidó y la amuebló con gusto. Poseía un pequeño jardín que cuidaba personalmente, y al que hay numerosas alusiones en su poesía.

Un dato fundamental de estos últimos años que venimos viendo es su servicio como secretario al duque de Sessa, que ahora, al establecerse en Madrid el Fénix, se va a acrecentar muchísimo, así como el número de cartas que conservamos. Hasta el punto de que, en cierta manera, la biografía de Lope podría dividirse en dos épocas, tomando como eje 1610 y como motivo la ausencia o la continua presencia de cartas personales. Nótese que desde 1605 -primera carta a Sessa- hasta 1609 tenemos media docena de epístolas familiares conservadas, y sólo en el año de 1610 y 1611, sesenta y cinco. Las relaciones con Sessa son vitales desde ese año, como iremos viendo a través de la próxima etapa. Como dice Vossler38:

Por si no bastaba que Lope tomara de su mano los asuntos cortesanos y galantes del duque, quiso ser iniciado éste en los amoríos de su secretario y participar en los relámpagos del espíritu y en las artes de la palabra que en trances semejantes se evidenciaban. El joven don Juan quería ver al viejo en plena faena. No sólo quería los servicios, sino que también quería participar en el goce de los secretos, de las cuitas y pasiones de su poeta. Sin reserva y sin pudor se le confió éste y se estableció entre ambos pecadores una especie de hermandad, en la que el gusto de la aventura erótica del uno competía con el del otro y se hacía más intenso. La culpa compartida era media culpa.



Sin embargo, el mismo Vossler señala39:

Lo que da a este compadrazgo un cierto encanto es únicamente el ingenio y el espíritu de Lope, mal empleados aquí, pero estimulados sin duda [...]. La frescura de la expresión [de las cartas] recuerda, a menudo el tono de La Dorotea.



En efecto, las cartas, además de fundamentales documentos para la vida y época del poeta, son un monumento de lenguaje coloquial, de ingenio, de astucia, de intimidad, de vida y de navegación cortesana.




ArribaAbajoDios y Amarilis o el largo otoño

Sin embargo algo estaba cambiando en la vida de Lope y en su ser íntimo. En 1614 se hará sacerdote, pero antes -y creo que desde el abandono de Micaela Luján- la psicología de Lope empieza a entrar en un complejo proceso. Desde luego, ya en 1611, aparecen una serie de acontecimientos, ya pequeños, ya graves, que se pueden pensar como encadenados lógicamente hacia un posible cambio de vida40. En esa fecha cae enfermo y desde entonces -a pesar de la buena salud de que habló Montalbán en tono de puro elogio41- la enfermedad le sorprenderá en muchas ocasiones, como muestran repetidamente sus cartas. Pero más graves males que los propios se le han introducido en casa. También por entonces doña Juana se postra de cuidado, y de males de los que no volverá a reponerse. Lope insiste en sus cartas en el mucho tiempo que gasta en cuidarla. Disgustos accidentales son también el destierro del duque de Sessa, durante el cual decide éste tajantemente ser coleccionista de autógrafos de Lope, lo que le acarreará al poeta numerosas incomodidades; o un ataque nocturno del que es víctima el Fénix, por parte de unos desconocidos; y, desde luego las continuas regañinas semanales de sus confesores.

1613 le asesta dos golpes mortales. Primero muere su hijo predilecto, Carlos Félix, y poco después su mujer, al dar a luz a Feliciana. Al poco de enviudar, en otoño de ese año, ya piensa en el sacerdocio. Pero la crisis religiosa venía de atrás, como muestran diversas actitudes suyas, como el sucesivo ingreso en cofradías religiosas, por ejemplo en la Orden Tercera franciscana en 1611, y como muestran, inequívocamente, las obras fundamentales de los años 1611 a 1613, Pastores de Belén, Contemplativos discursos, y Cuatro soliloquios de Lope de Vega Carpio, llanto y lágrimas que hizo arrodillado delante de un crucifijo pidiendo a Dios perdón de sus pecados. Estos los publicará, ampliados, en 1616 con el título de Soliloquios amorosos de un alma a Dios. En ellos el amor divino se enfrenta al humano:


!Qué de veces os negué
por confesar mi locura
a la fingida hermosura!42



Por otra parte, dada su publicación en 1614, es obvio que la mayoría de los poemas de las Rimas sacras deben ser de estos años anteriores. Y, evidentemente, su magnífica Elegía a Carlos Félix, pieza bien significativa de su talento religioso poco antes de enviudar.

También la edad -los cincuenta años en la época eran un claro paso hacia la vejez- debió de impulsar a Lope hacia el sacerdocio, pensando que se había acabado, juntamente con la juventud, el amor humano. En Peribáñez, disfrazado de Belardo, dice:


Cayó un año mucha nieve,
y como lo rucio vi,
a la iglesia me acogí.



Antes, Peribáñez le ha preguntado: «¿Tan viejo estáis ya, Belardo?». Y él responde: «El gusto se acabó ya»43.

Hay también un cansancio de ese continuo vivir con la moral y la fe disociadas en un diario reorganizarse la vida. Esto parece expresar en la Epístola de Belardo a Amarilis:


ordéneme, Amarilis; que importaba
el ordenarme a la desorden mía44.



No hay, pues, como se ha dicho, afán de notoriedad -esnobismo, diríamos hoy- en su ordenación, sino una sincera y lógica crisis, motivada por una suma de desgracias y de reflexiones, en una mente predispuesta y en una edad crítica, el principio de la vejez, el principio de su otoño. Lo que no sabía Lope es que él era un perfecto galán otoñal.

Tampoco hay, y esto parece evidente aún, un afán de lucro que nunca consiguió con el sacerdocio, siguiendo alimentándose de la literatura y del mecenazgo de Sessa. Prueba máxima de la sinceridad de su conversión son precisamente las cartas a su señor. Éste querrá que siga siendo su secretario y su tercero conjuntamente. Y Lope no podrá ya teóricamente serlo, y se quejará de ello al duque, pidiéndole ser sólo su capellán. Pero éste no le quiere para capellán, sino para secretario de amores. Y se da así la paradoja de ver que cuando era joven y el obispo Manrique le quiso hacer cura y encarrilar su carrera, incluso económica, el potro sin freno, como le llamaría luego Góngora, de Lope escapó; y ahora que su protector no lo quiere cura, Lope se hace sacerdote. El testimonio de esta carta es fundamental:

Yo escriuo a Vexª. ese papel para aquella persona por el ´vltimo: la raçon es que como los confesores propios ylan tan delgado, les ha parecido no absoluerme, como si yo estuviera a pan y cuchillo con esta secretarya; crea Vexª. que en mí tiene vn esclavo y que lo sere toda mi vida, como lo podra experimentar mandandome las demas cosas que fueren sin culpar45 [...].



Lope se ordenó de menores en Madrid a principios de 1614, y marchó después a Toledo, donde más discretamente y tras una considerable espera que le impacienta -vehemente para todo-, consigue ser presbítero el 24 de mayo. No ha perdido naturalmente ni su ingenio ni su humor, y su psicología está tan lejos de la santidad como lo estuvo siempre, no obstante su arrepentimiento y su sinceridad. Así lo muestra una carta en la que cuenta con excelente gracejo cómo el obispo le había obligado a quitarse sus queridos bigotes:

Llegué, presenté mis dimisorias al de Troya, que assi se llama el Obispo y diome Epistola; para que Vexª. sepa que ya me voy açercando a capellan suyo; y sería de ver quán a propósito ha sido el título, pues solo por Troya podia ordenarse hombre de tantos inçendios; mas tan cruel como si hubiera sido el que metio en ella el caballo, porque me riñó porque llebaua vigotes; y con esta justa desesperaçion yo me los hize quitar, de suerte que dudo que Vexª. me conozca, aunque no me atrebere a bolver a Madrid tan rapado, que podré hazer el ofiçio de Catalina [su criada], y negarme a mí mismo, como ella lo hace a quien me busca46.



No es un santo, pero sabemos, por sus cartas también, cómo en1615 puede jurar que en año que lleva ordenado, a pesar de la promiscuidad con cómicas, no ha cometido pecado desde que se ordenó.

Sus problemas de conciencia vuelven de nuevo en 1616, cuando sufre un penúltimo enamoramiento de la actriz Lucía Salcedo, a la que siempre llama La Loca, y a la que perseguirá hasta Valencia. Su sacerdocio, en el camino de la castidad, había llegado hasta ahí.

Ese mismo año va a conocer a Marta de Nevares, la mujer que tal vez más amó en toda su vida, y con la que va a convivir, hasta la muerte de ella, más de tres lustros. Estaba casada con Roque Hernández, un mal sujeto, desde los trece años, en un desdichado matrimonio. Cuando se encuentran Lope y ella tienen respectivamente cincuenta y cuatro y veintitrés años, y de ese encuentro de un sacerdote más maduro y de una joven va a surgir un auténtico y sublime amor, otoñal, dulce, hondo, más tranquilo que los anteriores que Lope ha tenido. Las dificultades eran considerables. En un Madrid pequeño y barroco, un sacerdote y una casada. El marido sospecha y parece que llega a enviar a unos hombres para que maten una noche a Lope. Todos critican. Los poetas enemigos, con Góngora al frente, le zahieren en versos:


   Dicho me han por una carta,
que es tu cómica persona
sobre los manteles mona
y entre las sábanas, marta.
Agudeza tiene harta
lo que me advierten después;
que tu nombre del revés,
siendo Lope de la haz,
en haz del mundo y en paz
pelo de esta marta es47.



Y sin embargo, Lope, ya en verso en la famosa Égloga a Amarilis48, como luego en las Novelas a Marcia Leonarda49, como en la sincera e íntima prosa de una carta de los primeros momentos de amor llenos de dificultades:

porque yo estoy perdido, si en mi vida lo estube, por alma y cuerpo de muger, y Dios sabe con qué sentimyento mio, porque no sé cómo ha de ser ni durar en esto, ni viuir sin gozarlo, porque, pensando en que ya lo dexo, me muero de çelos de suçessor [...].50



Estas palabras son de 1617, cuando ya Marta ha entablado una petición de separación a su marido. Poco después nacería Antonia Clara, hija de Lope y Marta. Por fin, en 1619, en un rapto poco caritativo y muy vehemente, Lope canta victoria. Roque ha muerto. Y en la dedicatoria que hace a Amarilis de La viuda valenciana nos sobrecoge la salvaje alegría del enamorado ante el tan deseado óbito. Ya no hay graves inconvenientes. Marta irá a vivir a su casa y juntará a su hija Antonia Clara con los hijos de otras dos mujeres: Feliciana, nacida de Juana, y Marcela y Lope, nacidos de Micaela. Vivirán felices una serie de años, sólo con los problemas cotidianos de una familia compleja: Lopito es bastante calavera y se va en busca de aventuras; Marcela profesa en 1622 en las Trinitarias Descalzas; el poeta seguirá peleando con su bizarra secretaría del de Sessa, y con los literatos y con la literatura.

En este período Lope, en efecto, continúa sus luchas literarias con escritores rivales, y adquiere otras nuevas. Contra Cervantes, recibiendo réplica de éste en el prólogo de la segunda parte del Quijote, zahiriéndole con clara alusión a sus amores sacrilegos al decir que del tal adora sus obras y su «ocupación continua y virtuosa»51. Por supuesto, con Góngora, como ya hemos visto. Con la salida en manuscritos del Polifemo y las Soledades, la pugna entre gongorinos y castizos lopistas se enardece, llegando a un gran tono de virulencia hacia 1617, con mutuo envío de sátiras. La guerra, estudiada con todo detalle por Orozco52, es larga de contar. De rechazo choca con Jáuregui, que de una enemistad franca contra Góngora había quedado indeciso. Montalbán y Lope le contestan al Orfeo con el Orfeo en lengua castellana53. También con Juan Ruiz de Alarcón siguen los problemas, acabando un día Lope por ser detenido con otros amigos por escándalo en el estreno de una obra del mejicano54. Pero tal vez la conjura más grave es la que se lanza contra el Fénix en 1617 por parte de los neoaristotélicos. En esa fecha, firmada por Torres Rámila en unas ocasiones y en otras por Mártir Rizo, teniendo detrás otras personas como Suárez de Figueroa, aparece la Spongia, obra latina con la que se quería borrar la obra de Lope. Los amigos contestan con la Expostulatio spongiae suma de elogios del Fénix, y duro ataque a Torres Rámila, profesor de la Universidad de Alcalá. Todavía en 1621 (y aún después) Lope seguirá atacando en La Filomena a este profesor.

Como era lógico, esta etapa otoñal es de oro para la inteligencia de Lope. Para el teatro da El bastardo Mudarra, La dama boba, Santiago el Verde, El galán de la Membrilla, Fuente Ovejuna, El mejor alcalde, el Rey, El caballero de Olmedo, etc. Es decir, un elenco de lo mejor de su obra dramática. Y fuera de las tablas dará a conocer Pastores de Belén, Rimas sacras, La Filomena, La Circe, Corona trágica, etc.




ArribaLa soledad del invierno

Desde 1628 hasta 1635 en que muere el poeta, las desgracias en forma de enfermedad, muerte y abandono de seres queridos van a ser continuas, hasta dejarle progresivamente, al final de sus días, absolutamente solo con su querida casilla y librillos en la calle de los Francos55. En 1628 Lope cae gravemente enfermo. Una enfermedad que pone de veras en peligro su vida y que le afectó mucho, hasta el punto de que es entonces cuando concibe la idea de dejar de escribir para el teatro, lo que expresará, dos años tarde, en una carta que luego veremos. Más grave es la enfermedad de Marta, ciega desde una fecha indeterminada, no muy anterior a ésta, y que ahora sufre un proceso de locura furiosa, aunque parece transitorio, pues mejora después56. En 1630 se decide a pedir un sueldo fijo al duque para que le reciba como capellán, con estas palabras:

Dias ha que he desseado dexar de escriuir para el teatro, asi por la edad, que pide cosas más seueras, como por el cansancio y afliccion de espiritu en que me ponen. Esto propuse en mi enfermedad, si de aquella tormenta libre llegaua al puerto; mas, como a todos les sucede, en bessando la tierra, no me acordé del agua. Aora, Señor, exm.º, que con desagradar al pueblo dos historias que le di bien escritas y mal escuchadas e conoçido, o que quieren verdes años, o que no quiere el çielo que halle la muerte a vn saçerdote escriuiendo lacayos de comedias57 [...].



No lo conseguirá, por esa falta de sensibilidad que el duque mostró siempre a este problema. Y Lope escribió algunas comedias más, pero la verdad es que tan pocas que se puede decir que de hecho había abandonado el teatro. Pues con fecha segura, posterior a 1630, nos ha dejado solamente: El castigo sin venganza, La noche de San Juan, Si no vieran las mujeres, El desprecio agradecido y Las bizarrías de Belisa, cuya despedida al público indica que ya prácticamente no escribía comedias58.

En 1632 muere Marta. En 1633 deja la casa paterna, para casarse con Luis de Usátegui, Feliciana. En 1634 -probablemente- muere Lopito. Ese mismo año Antonia Clara se deja raptar por un tal Cristóbal Tenorio. Lope ha perdido todos sus seres queridos definitivamente. Todos ellos, salvo Feliciana, han desaparecido sin descendencia. Feliciana tendrá una hija monja y un hijo capitán que a su vez morirá sin descendencia. Lope se refugia en sí mismo y en Dios, libre ya de posibles disgustos y sobre todo de nuevas pasiones. En los últimos cinco años de su vida ha escrito también algunos libros importantes. Fundamentales son el Laurel de Apolo (1630), La Dorotea (1632) y las Rimas de Burguillos (1633). A medida que las penas han llegado, lo autobiográfico toma un carácter más acusado. Así lo muestran la Égloga a Amarilis y la Égloga a Claudio59, y, por supuesto, La Dorotea, repaso general de su vida. Incluso las Rimas de Burguillos rezuman, por debajo de su brillante humor, nostalgia, sabiduría de viejo y recuerdos.

Al poeta sólo le restaba morir. Y también lo hizo bien. Sobre sus últimos momentos tenemos la crónica puntual, y en este caso creíble, de Montalbán60. Enfermó el 18 de agosto de 1635, día en el que se levantó muy temprano «rezó el oficio divino, dijo misa en su oratorio, regó el jardín y encerróse en su estudio. A mediodía se sintió resfriado, ya fuese por ejercicio que hizo en refrescar las flores o ya, como afirman los mismos de su casa, por otro más alto ejercicio hecho tomando una disciplina». Sin embargo fue al Seminario de los Escoceses esa tarde para escuchar al Doctor Cardoso y allí «le dio repentinamente un desmayo, que obligó a llevarle entre dos de aquellos caballeros a un cuarto del Doctor Don Sebastián Francisco de Medrano, muy amigo suyo, que está dentro del mismo Seminario, donde sosegó un poco hasta que en una silla le trujeron a su casa». Lo vieron varios médicos, entre ellos el Doctor Juan de Negrete, médico del Rey que como amigo le visitó: «Tomóle el pulso, viole también la fatiga del pecho, reconoció la calidad de la sangre, y previno el suceso, diciéndole con mucha blandura que le diesen luego el Santísimo Sacramento, porque servía de alivio al que había de morir y de mejoría al que había de sanar. ‹‹Pues si V. M. lo dice -respondió Lope muy conforme-, ya debe ser menester», y volvióse del otro lado a pensar bien lo que le esperaba». En sus últimos momentos estuvieron con él, entre otros, Valdivielso, su hija Feliciana y Pérez de Montalbán. Por fin su vida se extinguió el lunes, 21, siendo enterrado al día siguiente a las once. El gentío era inmenso. Dice Montalbán que «fue tan dilatado, que estaba la cruz de la parroquia en San Sebastián y no había salido el cuerpo de su casa, con ser tanto el distrito y haber rodeado una calle» para que se despidiese de él, desde su convento, su hija Marcela. El entierro fue tan bueno que «viendo una mujer tanta grandeza, dijo con mucho donaire: ‹‹Sin duda este entierro es de Lope, pues es tan bueno», refiriéndose a la frase que se exclamaba, por abreviar, para indicar que todo lo bueno era de Lope.