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ArribaAbajoDe Santander a Torrelavega


ArribaAbajo- I -

Las Behetrías.-Piélagos.-Un Calvario


«Desde la piedra del río hasta la hoja del monte, y desde la hoja del monte hasta piedra del río»157, no hay objeto ni paraje en el camino que vamos a tomar, con el cual, por tan conocido y sinnúmero de veces visto, no pudiera yo entretenerte, si me olvidase, ¡oh lector!, de que «los gustos de los discretos hanse de medir con la razón, y no con los mismos gustos». Es máxima de Cervantes, y no rehusarás concederme que ya es signo de discreción tener cuenta con lo que la discreción preceptúa.

Distráete con tus propios pensamientos mientras dura la parte de nuestro camino que ya tenemos recorrida y olvidada. ¡Qué curiosidad inspiran los pensamientos de un compañero de viaje! Nadie se deja engañar por la apariencia, ni admite que el espíritu de aquel extraño no tenga más ocupación que la visible y aparente, la lectura, por ejemplo, o la contemplación del país; ni se conforma nuestro egoísmo con que hayamos de ser materia para él indiferente. Es cierto que le pagamos, y en su presencia, háganos o no nos haga caso, tenemos modo especial de portarnos, más corteses o más desenfadados, extremados en bien o en mal, pero postizos; no somos, en fin, lo que seríamos a solas.

Esta conversación sin palabras, a modo de romanza sentimental alemana, este diálogo mudo camina a veces tan de conformidad y concertadamente, que el silencio suele terminar por una pregunta partida de uno u otro lado, pero que no sorprende al que la debe contestar; y es que no se ha hecho sino cambiar de diapasón, alzar la voz después de haberla usado mesurada o baja por prudencia, por respeto, por temor de despertar a alguien que dormía: y dormía efectivamente la calidad fundamental y característica de la raza-hombre, su instinto sociable, la necesidad de comunicación y armonía, que debiera ser inclinación y precepto, gusto y código, imán y lazo, y que no pocas veces, torcida por nuestra pasión, por el interés y el mal pago, degenera y se cambia en aversión y misantropía.

Nada verás por aquí que te parezca nuevo, como no sea la ermita de los Remedios, arrimada a un árbol solitario. Desde tan lejos no distingues el extraño blindaje que protege su campana de las pedradas de los transeúntes. No sé si habrás observado que una de las tentaciones más vivas en despoblado es la de probar con un guijarro el timbre de los esquilones de los santuarios; algún advertido previó en los Remedios este riesgo, rodeando su campana con uno a modo de medio tonel de madera: el blindaje ha estorbado la puntería al metal, pero no ha resistido el choque de los proyectiles, de que se manifiesta taladrado y conmovido.

De la estación de Guarnizo parte un camino al Sur a pasar la ría de Solia y entrarse por los valles de Villaescusa y Obregón, en Penagos y en el corazón de las montañas. Por aquí venían nuestros padres a buscar la férula de los célebres escolapios de Villacarriedo, cuando en su capital no hallaban quien les impusiera en los preceptos de Horacio y la retórica ciceroniana; por aquí venían caballeros en un mulo, fiados a un trajinero leal y honrado, pero más versado en albeitería que en culta pedagogía. Antes de mucho podrán hacerse llevar en ancha y holgada carretela a visitar las remozadas aulas donde pelearon a bostezos y ayunos con el Nebrija y el Guevara.

Estos lugares recuerdan aquella soberanía electiva que en los siglos medios ejercían en su mayor parte los pueblos montañeses, libres de entregarse al señor que más les pluguiera. En algunos de ellos era limitado este derecho a ciertos linajes de la tierra, de los cuales había de ser el elegido; otros gozaban libertad absoluta, y tanto usaron de ella y tanto se dieron a manejos extraños y se enredaron y confundieron con los manejos propios, que en Castilla dióse en llamar a cuanto era desorden, inquietud, fuerza y escándalo con el nombre de aquel prístino y noblísimo derecho: behetría.

Pagaban las behetrías sus impuestos al rey: la infurción, tributo del suelo; el humadgo, tributo de la casa, y el yantar, para su mesa, y la fonsadera, para su hueste; y estos pechos, cuantiosos, pero de cobranza difícil, negociaba a menudo el rey, canjeándolos por otras obligaciones y descargándose en ellos de deudas o mercedes no cumplidas. Esto hizo Don Enrique III con su hermano, aquel célebre infante don Fernando, a quien los compromisarios de Caspe dieron un día la gloriosa corona de Aragón, y a quien en 1403 la de Castilla debía, por juro de heredad, doce mil doblas, dándole en recompensa de ellas sus derechos realengos sobre las behetrías.

A ese valle de Villaescusa vino enviado por el infante su oficial del cuchillo Pero Alonso de Escalante158, y en la aldea de la Concha, ante escribano real y los omes buenos, fijodalgos y labradores del valle, hizo información minuciosa de los referidos derechos, y puso en orden su cobranza159.

Cianca, adonde se llega después de pasar la estación de Guarnizo y sus lozanos robles, figura en la que podríamos llamar geografía militar de Lope García, porque apenas cita en su interesante libro nombre propio de lugar, sino para referir sucesos de armas ocurridos o preparados en él. En Cianca vinieron a establecerse hijos de aquella prolífica estirpe de Ceballos, la cual, no pareciéndole bastantes sus repetidos y dispersos solares montañeses, íbalos a buscar fuera160. Pero los de Cianca no los acogieron bien; hubo bandos y pelearon unos con otros en diversos sitios de la comarca. Venía, en ayuda de los de Cianca, un Pedro Gómez de Agüero, bastardo de este linaje, y descubriendo al trasponer de una loma algunos jinetes, creyólos de sus aliados, y llegóse alegre y descuidado a juntarse con ellos. Dejáronle venir, y ya estaba cerca cuando advirtió su error; eran de los Ceballos. Quiso torcer las riendas y huir, mas tropezó su caballo y cayó en tierra. Vinieron sobre él los enemigos y le mataron. «E tornáronse los de Agüero con el muerto a Trasmiera», dice heladamente el historiador.

Cuando el ferrocarril cruza las fragosas y sombrías estribaciones septentrionales del monte Carceña, y sobre el hondo cauce del revuelto Carrimón, harto conocido en un tiempo de cazadores de jabalíes y hoy de los cazadores de sordas o becadas, desemboca en el placentero valle de Piélagos, pasando por encima de la carretera.

Si siguieses por esa carretera de Castilla, la hallarías bordada de «casas de placer», como sin curarse de caer en extranjerismo, decían nuestros cronistas vicios. Y darás con una que echa fuera sus rosales y madreselvas para alegrar tus ojos y restablecer con el fresco aroma de sus flores tu acaso decaído espíritu. Las casas son como las personas: las hay abiertas y cerradas, que convidan a entrar y convidan a no arrimarse, que llaman y que despiden. A la puerta de ésta puedes llamar con confianza plena de que los verdes y floridos vástagos de sus cenadores no engañan, sino que de antemano, y para que no vaciles, y para que sepas dónde entras, quieren darte señales de la acogida que te espera dentro. Y verás que el calor del doméstico cariño, del cordial y sincero afecto, hasta al yerto suelo favorece, porque en los arriates a uno y otro lado del umbral hospitalario hallarás, en medio de los ardores de junio, rozagante y magnífica, la flor esquiva de los hielos, la camelia.

El Pas, que baja de Toranzo, serpea a lo largo del valle.

Habíanle echado encima un puente de robustísima sillería para someter su inquieta bravura al paso del ferrocarril; pero alteróse un día, hizo cólera, amontonó agua, y retorciéndola en torno de los anchos pilares, los arrancó de cuajo, cual dicen que desarraiga el elefante troncos añejos, y sin encarnizarse en deshacerlos, como quien no tiene saña, dejó los enormes trozos de fábrica enteros, tendidos dentro de su cauce, y allí yacen todavía.

Generoso en medio de su furia; porque a dos pasos del puente y en su margen derecha encuentra una fábrica, industria y vivienda humana, que con una presa le entorpece el paso y le roba caudal para sus menesteres, y no tiene contra él mayor defensa que los ligeros chopos y alisos de su parque, y, sin embargo, la perdonó, y no quiso de ella más que el sobresalto y temor de los que la vivían.

Pues poco más abajo de este teatro de su fuerza y de sus iras, le hallaréis manso y sosegado, metiéndose entre espadañas, por bajo de castaños y robles, moderando su correr como si amara la sombra y buscara descanso; aquí ya su voz no es la de su origen que provoca y desvela, es voz suave, insinuadora, que aconseja o adormece. Diríase que el agua ha envejecido, si el agua no fuera la imagen más hermosa y clara de la juventud perenne, de la vida en su flor y en su fruto, en su expansión constante sobre el mundo, en la transparencia de sus intentos sanos, en la pureza virgen del alma cuando aún no ha sido enturbiada por lluvias y huracanes, por el cieno que la misma corriente mueve, levanta del fondo y arrastra consigo suspendido y revuelto.

Así entra el Pas por los términos de Quijano; así camina al mar, entre los molinos y praderas, los pomares y cerecedas de Barcenillas; escondido del sol bajo las hojas, acompañando el paso del viajero, sin apartarse de la vera de su camino, refiriéndole al oído misterios sin número, que el viajero entiende, pero que no puede repetir a nadie, porque aún no ha sido reducido al modelo preciso, concreto, pintoresco y eufónico de la palabra, el sonido inarticulado, vago, inconsistente, sutil del agua.

Las aguas corrientes no son riqueza sólo, son vida del paisaje.

Como que el agua posee los tres accidentes del vivir; luz, voz y movimiento; luz reflejada como la luz de la pupila, voz ligera y amorosa, soñolienta y grave, como la voz de la garganta humana. No hay soledad donde el agua corre, no hay tristeza donde el agua mana, no hay desierto donde el agua vive. Fecunda el suelo y despierta el alma, arrulla el dolor, ensancha la alegría, es compañía y música, medicina y deleite; sobre sus ondas van blandamente llevados los pensamientos, os los trae de donde viene, lleva los vuestros adonde va; en ellas se refleja el cielo y podéis contemplarle sin que os ofenda la viva luz del sol, cuando ya la frente se inclina a tierra o porque la tierra la atrae o porque el peso de los años la dobla.

Así corre el Pas hasta que, bajo los arcos de la puente de Arce, se encuentra con la marea que le ofusca la claridad y le amarga la dulzura.

En esta puente de Arce tenía su torre, por los años del rey don Enrique III161, un señor Ruy Díaz de Arce, de cuyas violencias hace minuciosa mención el «Pleyto de los Valles». Habíalo buscado ya por homicida la justicia del rey; mas era poderoso, muy emparentado en la tierra, y el rey mismo había ordenado a su corregidor en las Asturias de Santillana, Juan Fernández de Roa, la suspensión de los procedimientos. Insolentóse con esto Ruy Díaz, y fueron a más sus fechorías, tanto, que en l403 fué preso y encarcelado con un su criado Gonzalo de Pando, cómplice e instrumento. No se descuidaron sus parientes, deudos y amigos, y trataron de asaltar la cárcel y libertar al facineroso. Súpolo el fiscal y avisó al entonces corregidor, Gómez Arias, hombre resuelto y de pecho duro, pidiéndole dictase sentencia capital contra los reos antes de que los conjurados se los arrarcasen de las manos. A 27 de Agosto sentenció Gómez Arias el proceso, mandando empozar a Ruy Díaz, como se ejecutó, y que le derriben su torre, y que los valles de Camargo y Piélagos se encarguen de esta segunda parte de la sentencia y del suplicio de horca a que condena a Gonzalo de Pando.

¿Dónde estaría la torre en que anidaba el salteador milano? Ya encontrará su solar el novelista que sepa utilizar la rica mina de caracteres y hechos singulares que los papeles viejos de la Montaña encierran.

Poco corren ya las aguas para entrar en el mar por una boca estrecha, tormentosa y desolada frente a Miengo. ¿Por qué se llamaba este territorio entre las bocas del Pas y del Besaya que desagua más al Poniente, en Suances, la onor de Miengo?162. Yo sólo sé que estos dos puertos eran de la villa de Santander, la cual tenía el privilegio de la carga y descarga, pesca y salazón en ellos: amparados los naturales de la autoridad del marqués de Santillana, cuyo era el territorio, resistían la gabela y hacían tuerto al derecho de los santanderinos; éstos acudieron al rey don Juan II, quien, sentenció en su favor163, otorgándoles la confiscación de los buques y mercaderías que pudiesen tomar en contravención a lo legal y establecido. Luego se otorgó a los incursos en penalidad el canje be los bienes confiscados por dinero, y quizás con perjuicio de los de Santander, licencia de comerciar y marinear en estos parajes mediante una fianza o anticipo a la Corona, porque en 1498, a 20 de julio, desde Valladolid, los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel se dirigen en una sobrecarta real al corregidor de la villa de Santander, al cual hacen su mero ejecutor para lo mandado en esta sobrecarta, y al concejo, regidores, caballeros, escuderos, oficiales y homes buenos de la dicha villa, mandándoles guarden y cumplan y hagan guardar y cumplir otra su carta «librada de algunos de los oidores de la nuestra abdiencia e de otros oficiales della e sellada con nuestro sello de cera colorada a las espaldas», en que enviaron mandar al dicho concejo de la villa de Santander «e a la persona o personas que fueran en tomar e llevar los navíos de los concejos del puerto de sant Martín de Larena164, que luego que con la dicha ntra. carta fuesedes requeridos diesedes e tornasedes e restituyesedes a los dichos concejos del dicho puerto de sant Martín de Larena e myengo todos los navíos e pitiaças que asy les llevarades e tomarades e mandaredes tomar e llevar contra voluntad de los dichos concejos del dicho puerto con todos sus aparejos, segund e por la via e forma que ge se les llevaredes e tomaredes, et ficierades tomar e llevar, pues que avian dado fianças los dichos concejos en la d.cha n.tra corte de quatrocientos mil nirs.»165.

Nos hemos dejado ir con la corriente, en la franca extensión de la palabra, y no es éste el camino que lleva el tren. El tren va luchando con la pendiente, tomando altura, franqueando las huertas de Vioño, pasando bajo el célebre santuario de Nuestra Señora de Valencia y tomando los floridos campos de Zurita. Desde su altura se domina la fresca vega de Renedo, Carandia y la entrada de Toranzo, donde principia a levantarse la niebla.

Esparcidas en esa vega, unas al aire abierto en los prados otras en las encrucijadas de los caminos, a la sombra de las cercas o de los árboles, están las cruces de un calvario.

Un día de estío, atravesando la vega, hallé los crucifijos vestidos de plantas y flores silvestres. La pobre humanidad aplica humanos consuelos al dolor divino y corona las sienes de Cristo expirante con espadañas, símbolo del agua que restaña la sangre y refresca la herida y viste su martirizado cuerpo de amapolas adormecedoras del padecer y que embotan sus espinas. La pobre y sencilla fe de los aldeanos montañeses acaso quería además endulzar otros dolores y adormecer otras penas, en la efigie del Crucificado, porque en aquellos días se había alzado en la capital española la voz blasfema de los incrédulos, a quienes no satisface el propio descreimiento si no va a herir y estremecer las creencias de otros más afortunados.

Es la impiedad fanática, y, como todo fanatismo, es ciega. No perdona a la conciencia ajena la libertad con que se busca otro juez excelso para sus actos, desengañada de la miseria y, flaquezas de los jueces de la tierra; otro consuelo y amparo a sus dolores, persuadida de la ineficacia y tibieza de los consuelos mundanos. El impío desconoce la caridad, virtud por excelencia humana, piedra angular del concierto social, de la paz entre hermanos, del recíproco amor y la armonía; fáltanle generosidad, que es la caridad del instinto, y paciencia, que es la caridad de la reflexión, y habla a los creyentes como el desalmado que en presencia de niños y doncellas suelta de propósito su lengua disoluta, sin lástima de su candor y su inocencia.

Tal vez no está muy cierto de su impiedad si no ve sus efectos en las lágrimas y el horror de sus semejantes.

La sangre le espanta, pero le sonríe el lodo, y usa de él a manos llenas; no hiere en la carne, pero befa el espíritu; va a buscar en lo más hondo de un alma el ídolo de su fe, el símbolo augusto de sus creencias, y allí te escupe y le abofetea; no lleva a su prójimo al Calvario, pero le encierra en el Pretorio, y agota con él escarnios e ignominias.

Blasona de fuerte y no compadece ni perdona; presume de ánimo sereno y se ofende de la devoción que se postra en el templo, e invoca a Dios. Seduce a un flaco, gana a un cobarde, tornadizos que arrancará de su gremio, oculta u ostensiblemente la hora del supremo bien o de la suprema desgracia, y levanta un eco potente, universal, profundo de dolor y penitencia en el pueblo que rodea contrito y lloroso las aras de su culto.

¿No comprenderá nunca la grandeza del inocente que se castiga por el culpado, del justo que ora por quien le lastima, del mártir que se ofrece por quien ataraza su generoso pecho? ¿No verá nunca ese Dios patente en la tierra sublime de los montes y las aguas, claro y manifiesto al hombre de cuya frente pensativa cae cotidianamente sobre el surco el santo sudor del trabajo, y que para descansar de sus pensamientos y esperar en la fecundidad de sus sudores, ciñe de espadañas y amapolas el domingo las sienes de Cristo?

Ya el camino se engarganta y cierra a todo horizonte y lejana perspectiva. Y va corriendo por una sierra fragosa, descubriendo simas y frondosos bosques, hasta que saliendo a la cima de Tanos, hace alto en la estación y descubre a sus pies la soberbia llanura de Torrelavega.




ArribaAbajo- II -

El solar de la Vega


De este llano que nuestros ojos descubren, brota la vida en expresión más lata, opulenta y magnífica; vida rica, juvenil, que late en el sano ambiente de las faenas campesinas, en el hervir inquieto de los establecimientos fabriles, en el fresco rumor de dos ríos que se juntan en medio de una apacible vega, en el tráfago de cuatro carreteras que se cruzan y se apartan, en el rumor de las arboledas, en el vaho de la mies, en el murmullo sordo, continuo, penetrante de la población campestre esparcida por honduras y laderas que, como el zumbido de las abejas desparramadas a libar en las flores de la espesura, indica la inmediación de una colmena, del centro activo en que se funde y junta el trabajo y caudal común para multiplicarse, y repartirse, y circular de nuevo alimentando necesidades, deseos, gustos, y aun caprichos de un dilatado pueblo.

Ese centro no se ve desde la altura; déjanle adivinar la aguja de un campanario y los tejados de algunas casas, entrelas cuales se esconde la torre que dió nombre a la villa.

En la vega que la dió apellido se mezclan el Saja y el Besaya, trae aquél sus venas madres de las sierras de Usar, de las altísimas cumbres de Sejos, donde saluda misteriosas piedras célticas, rudos menhires o fantásticos dólmenes, y viene ya cansado de hacer bien, de regar los valles de Cabuérniga, Cabezón y Reacín, y más cansado de oír disputas de historiadores y críticos, y no saber todavía a punto fijo si fué frontera de astures y cántabros, y se llamó Salia en días de Plinio, o Saunlum en los de Pomponío Mela. Tampoco carece el otro de pretensiones clásicas, puesto que desde su origen ve el monte de Aradillos, donde pasó la postrera y final batalla entre cántabros y romanos, pero le aventaja en conocimiento de cosas modernas, porque ha venido a lo largo de las hoces de Bárcena, de Iguña y de Buelna, admirando la prodigiosa construcción de un ferrocarril, que parecía imposible, despeñándose en algunos sitios para desembarazarse de obstáculos y ver mejor el movimiento de las locomotoras, deteniéndose en otros a alborotar golpeando las peñas, en competencia con la voz estridente y dura del vapor y sin poder ahogarla.

Apenas juntos ambos ríos, van a pasar por Barreda. Guardando la barca que aquí salva la corriente, está un venerable solar, alzada su torre sobre un manso cerro, tendida delante una alfombra de hierba, erizado a su espalda un bosque de castaños, de esos castaños seculares cuyo tronco rugoso, informe, roído y averdugado tiene la fisonomía hasta, rudimentaria, informe, gigantesca de las primeras formaciones del mundo, fósil vivo, piedra vegetativa, ceniza con jugos que brotan en verdes hojas y espesos erizos.

En esta casa paró San Francisco cuando cruzó la comarca peregrinando a Compostela; el aposento en que tuvo lecho el glorioso peregrino mudóse en oratorio, donde las generaciones sucesivas de los poseedores del solar han agradecido constantemente al cielo su favor divino y conservado piadosamente su memoria.

Poco más abajo ya la corriente lleva el peso de los barcos, harto aún para sus libres espaldas; por eso a intervalos los deja posar en seco arrimados a los muelles de Requejada, retirándose ella a descansar en lo más hondo de su lecho. Luego se retuerce entre promontorios de roca por una parte y playas de tupido junco por otra, y, en fin, haciendo puerto del perezoso Suances, que puesto en una altura, pasa su vida mirando al mediodía, sale al mar entre dos rocas, el Torco y la de Afuera.

Tornando a subir, los montes de Mercadal, la sierra de Ganzo, rodean y encintan la llanura. Mercadal parece revuelto y conmovido por un sacudimiento subterráneo; su suelo no tiene el color natural de la tierra, de la roca presentada al sol, a la lluvia y al aire en la superficie del globo; es región minera, socavada y removida, cuyas entrañas roe y explora el hombre, codicioso del metal que esconden.

Por encima de Ganzo descúbrese un monte y su atalaya caída, Bispieres, a cuyo pie se esconde la vieja Santillana. Y entre la gola que dejan una y otra sierra, Torres la harinera, Puente San Miguel, Villa Presente, Cerrazo, pueblos que se escalonan sobre la pendiente del terreno hasta subir a San Esteban de Cildad, uno de los raros sitios que en esta tierra hidalga, pacífica y generosa tenían dramática y pavorosa fama.

Tal es el solar de la Vega. Tal es la cuna de uno de los pocos apellidos cuya histórica huella conserva el pueblo, y aplaude todavía en sus romances y en sus dramas166. De aquí salió el primero de este linaje, a quien impacientaba sin duda el estrecho límite, a quien no satisfacían las pocas ocasiones de fama que podía hallar en su tierra, y fué a buscarlas más menudas y en más vasto teatro, en la ambulante corte o en la regla tienda de los monarcas castellanos, dándose a conocer con el apellido del lugar de donde venía. Ya en días de Don Alfonso VII, el emperador167, se señalaba Diego Gómez de la Vega168. Su hijo o nieto sería el valiente paladín, cuyo nombre calla la historia, el cual debía ganar nuevo y propio apellido que sustituir al patronímico, y añadir al de solar. Al cabo de una batalla, maltratado y rendido de pelear, jadeante y sin alientos, se presentaba ante la hueste cuya victoria había asegurado. «Lasso vienes -le dijo el rey-, lasso seas169; y los Lassos de la Vega fueron tanto adelante, que corto tiempo después, en los de Don Alonso el Sabio, era almirante del Océano un Pero Lasso de la Vega170.

Hijo de este almirante era un García, quien elidiendo la vocal postrera de su nombre, aparece como el primero de los Garcilasos, que siglos andando habían de ser famosos en los orbes distintos de la gloria. Con él también asoma a presidir los destinos de la familia un astro sangriento, que tarda en ponerse lo que tardan en vivir tres generaciones.

Merino mayor de Castilla, gran privado de Alfonso XI, dice Villazán171 en la Crónica de este rey, era este Garcilaso «ome que cataba mucho en agüeros». Hallándose en Córdoba la corte, y queriendo Alfonso terminar las civiles discordias que le suscitaban sus deudos, la despierta y ambiciosa dinastía de los Manueles, envió a su merino a tierra de Soria a juntar gentes y recoger armas. A pocas jornadas de Córdoba, los sorteros y cabalistas de que andaba siempre rodeado, ayudaron a Garcilaso a vaticinar que si caminaba a Soria, en Soria hallaría muerte con muchos de los que le acompañasen. Y con esta certidumbre siniestra, el leal caballero, sin cuidarse de evitarla, envió a decir al rey que, pues no podía excusarse de morir, estuviese cierto de que haría que su muerte fuese en honra y en servicio de su señor.

Los de Soria, gente inquieta, muy mezclada siempre en guerras de partido, y cuya conciencia no estaba muy sentada y tranquila, cuando vieron venir al merino con tal aparato de caballeros y soldados, dieron fáciles oídos a parciales y cabecillas de su ciudad, dejándose creer que Garcilaso venía con la justicia del rey a prenderlos y encausarlos. Conjuráronse para evitarlo, y estando Garcilaso oyendo misa con su comitiva en la iglesia de San Francisco, entraron y le dieron muerte con un su hijo Pedro, no inocente, pues la crónica dice que «era muy sin Dios, et tomaba de lo ageno muy de buena manera», y con otros, hasta veintidós infanzones e hijosdalgo172. Los pocos salvos de la matanza, fuéronlo por caridad de los frailes, que los vistieron con sus propios hábitos, ayudándoles a escapar desconocidos.

Dos hijos vivos dejó el merino asesinado en Soria: uno, heredero de su nombre y de su sangriento destino; otro, a quien dieron nombre ya acreditado entre sus ascendientes, conservándole los antiguos apellidos de la casa, se llamó Gonzalo Ruiz de la Vega173.

Estos dos hermanos, Garcilaso y Gonzalo, eran mayordomos de los infantes don Fadrique y don Fernando, hijos bastardos del rey y de la célebre favorita doña Leonor de Guzmán, y en calidad de tales asistían en el ejército que el belicoso rey guiaba hacia los confines marítimos de Andalucía, bien resuelto a desalojar la morisma y arrojarla al mar desde las cerradas asperezas de Calpe. Amenazaba a Algeciras y Gibraltar la hueste; llevaban los infantes la vanguardia e iban haciendo redrar de sí las tropas ligeras del enemigo, cuando «aqueste Gonçalo Ruiz» -dice la crónica- cuydando que facia lo mejor, llegó a una puente muy estrecha, que estaba en aquel río del Salado, et con él algunos vasallos de don Fadrique, et por acorrer unos omes de pié que estaban allende el río, Gonçalo Ruiz, et aquellas compañas de don Fadrique pasaron aquella puente, et Garcilaso desque vió que Gonçalo Ruiz su hermano avia pasado la puente, él con algunos vasallos de don Fernando pasó luego. Et estos fueron los primeros que en aquel día pasaron el río del Salado. Et los moros eran en aquel logar más que dos mill et quinientos caballeros, et los christianos eran fasta ochocientos».

Así comenzó aquella famosa batalla del Salado de Tarifa174, que había de acabar con el poder militar de los Benimerines venidos a España, fiando en el prestigio de sus africanas victorias la esperanza de restablecer la quebrantada dominación musulmana en España. Así comenzó, por una hazaña de hidalgos montañeses, una batalla que había de terminar y decidir con su firme y resuelta acometida la infantería de los cántabros175

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En este paso del río fué donde, ofendido Garcilaso de la insolencia del gallardo moro que traía atado a la cola de su caballo un listón con las letras del AVEMARÍA, cerró con él en desafío, dióle muerte, y puso las azules letras sobre el oro fulgente de su limpio escudo.

Pero ni esta gloria, ni el alto empleo de justicia mayor que tuvo juego en Castilla, le preservaron de las sanguinarias venganzas del rey don Pedro, hijo y sucesor inmediato de Alfonso onceno. En su palacio de Burgos le hizo matar, y que fuese el cadáver arrojado a la plaza, donde se acosaban toros, y donde las poderosas fieras cebaron el asta y la pezuña en los despojos del heroico caballero del Avemaría.

¿Qué había de hacer su hijo, el tercer Garcilaso, sino alistarse entre los enemigos del rey y vengadores de su padre? Siguiendo las armas de los bastardos, se acreditaba de valeroso y esforzado; pero no podía vencer el influjo de su estrella siniestra alta todavía sobre el horizonte.

En la batalla de Nájera176 aventuraba el infante de Trastámara todo su poder contra el de su reinante hermano, a quien la suerte ayudaba y favorecíale con victoria completa. Entre los cadáveres del campo de batalla quedaba el de Garcilaso de la Vega, último descendiente varón de la rama primogénita. Pero la heredera de la segada estirpe, si no podía por su sexo perpetuar el apellido, quedaba con caudal bastante para ser solicitada por tal varón que entroncase en una de las más altas y próximas a la estirpe soberana de Castilla.

Al día siguiente a la batalla del Salado, el rey, según su magnífica costumbre, había hecho merced a los más señalados de su hueste en la pelea, ricos hombres, hidalgos o escuderos. Allí, en la Peña del Ciervo, donde acampaba, armó caballero a Gonzalo Ruiz de la Vega, su buen servidor, dándole heredades y tierras que le ayudasen a sustentar su buen nombre; y ampliando y precisando mejor sus mercedes en el año siguiente de 1341, le daba en señorío aquellos valles de las Asturias de Santillana, donde radicaba su solar y no corta herencia de sus mayores.

El señorío era el paso de la nobleza solariega a la nobleza titulada; daba jurisdicción, salvos siempre, más en la forma que de hecho, los derechos del rey; constituía estado, y facilitaba con una nueva merced regia el cambio del yelmo o el coronel cerrado sobre el escudo, por una corona abierta y floreada, y la entrada del agraciado en aquella peligrosa oligarquía de que el trono se rodeaba y hacía a menudo vacilar los tronos.

Gonzalo Ruiz de la Vega dejó una hija legítima, doña Teresa, casada con Pero Ruiz de Villegas; con consentimiento de estos herederos, los testamentarios de Gonzalo Ruiz hicieron venta y cesión de los bienes de Asturias de Santillana a Garcilaso, su hermano, y muerto éste en Nájera, su hija doña Leonor era la señora de la Vega177.

Don Diego Hurtado de Mendoza, de nobilísima estirpe, almirante mayor de Castilla, viudo ya de una esposa de sangre real178, pretendió y obtuvo la mano de la rica heredera montañesa, y en el segundogénito de esta unión venturosa y en su título de marqués de Santillana, quedaron abogados apellidos y señoríos. Es verdad que nunca en tiempo alguno alcanzó en cabeza de sus sucesores la alta y purísima gloria que en la de este su poseedor primero.

Señora ya la dura raza, y autorizadas por el rey sus justicias, hízose temer acreditándose de inexorable. La natural turbulencia y ánimo independiente de sus vasallos eran domados por el espanto. Contábase en las aldeas; que la torre de la Vega escondía una sima insondable, patíbulo y sepulcro a la vez de los malavenidos con el nuevo dominio179, misterioso castigo que amedrentaba a los que veían sin temor alzada frente al solar la horca, instrumento de sumarios procedimientos y sentencias ejecutivas.

Pregunta ahora, lector, a la extinguida tradición si con sucesos de aquellos días tienen lazos de origen los nombres de dos de los barrios de Torrelavega, edificados precisamente al entrar y salir de sus arterias, la Quebrantada y el Mortuorio.

Porque entre dos tan significativos y lúgubres nombres sienta el centro de que te hablé a los comienzos de este capítulo, la colmena a la cual hallas, si llegas en jueves, enjambrada dentro del recinto de su ancha plaza, cuyo piso recuerda el del cóncavo y desnivelado foro de Sena. Agitada, hacendosa, hirviente, despoblándose de los enjambres ya ahítos y repoblándose de los que llegan hambrientos, manteniendo perennes y vivas las dos corrientes de hormiguero humano, la que va y la que viene, fluyendo y refluyendo por calles, caminos, paseos y veredas, a caballo, a pie, en coche, chasqueando látigos, sonando cascabeles, aguijando yuntas, silbando reses, cantando, plañendo, traduciendo en gritos, voces, ruidos y clamores varios, las pasiones todas del tráfico, de labradores y artesanos, de buhoneros y marchantes, la compra y la venta, la ganancia y la pérdida, la alegría expansiva causada por el oro, el placer del negocio feliz, el contento del traje nuevo, de la herramienta extraordinaria, del manjar no acostumbrado; el acento, en suma, confuso, múltiple y turbio, pero ardiente y vivido, del mercado.

Ese es el día de mercado en Torrelavega. De los caminantes y recueros que entre días de la semana halles desparramados por los diversos caminos que cruzan la Montaña, a distancias diversas de sus límites y de su centro, y andando en direcciones opuestas, convergente y divergente, apenas hallarás uno que no venga al mercado de Torrelavega, o que del mercado no venga. Pañeros de Castilla, vinateros de Rioja, pasiegas con el cuévano cargado a la espalda, asturianas con la ancha cesta rellena de aves sobre la indomable cabeza, aperadores, cesteros, mercaderes e industriales de industria y mercaderías varias, de poco y de mucho, de nuevo y de viejo, de rico y de pobre, de nacional y extranjero.

Así es el cuadro que la plaza ofrece; colmada, henchida, intransitable de curiosos, chalanes, baratillos, tiendas y puestos de géneros.

Allí los frutos de la tierra: pilas de borona sin moler, recogidas sobre tendidas sábanas; descoloridos trigos de la montaña, el álaga y el cutiano; tiernas alubias de blanca o roja o azotada piel; sabrosas legumbres y frescas verduras; coles y cebollas, y los rojos pimientos y ajos duros de Quevedo180

Allí los frutos de la mecánica: largas piezas de algodón pintado que el viento flamea, y la vara mide y corta la hábil tijera del pasiego; cintas vistosas de infinitos y vivísimos colores, tentación de la aldeana y ornamento preciado del chaleco de su novio; y lienzos y muebles, hojalatería y barro, utensilio doméstico; y los frutos de la industria agrícola, apiñados quesos, y rubia manteca apellada y envuelta en hojas de rizado helecho. Allí, en fin, el pueblo cacareador y glotón del corral, de amarillos tarsos, colorada cresta y pomposa cola, merecida fama de esta feria, y el guarín humilde, a quien hipócrita pero propiamente llaman los montañeses el de la vista baja, al que todo aprovecha y es a su vez todo provecho.

La pintura de este mercado, con su crudeza de tono y de colores, pedía pluma de afilados puntos, de aquellas plumas castellanas a las cuales no parecía licencia excesiva usar el sustantivo propio, el epíteto conveniente y oportuno; las que no velaban la idea ni la amortecían velándola; las que escribían a la vez para los ojos y para el oído, trazando cuadros de frase pintoresca cuyo sentido retrataba la forma y el paisaje, cuya eufonía reproducía los sonidos y la voz armoniosa y vaga de la escena.

Pero no olvidemos que estarnos en la cumbre de Tanos. Desde esta cumbre, donde se oye con tan claro acento vibrar despierta la voz de los siglos que dormían, radian tres vías diferentes que nos convidan a penetrar en otros asilos de la tradición, del arte, del espíritu yerto de las generaciones olvidadas. Podemos bajar al llano, salvar la vega, resistir la magia de sus armonías, y caminar a la romancesca Santillana. Podemos seguir sobre las férreas barras la cuenca del Besaya, los montes, y encaramarnos por las vueltas de la asombrosa vía a las parameras de Campos. Y podemos entrarnos en la aspereza que a nuestra mano izquierda se enmaraña, y seguir hasta el fondo del clásico valle de Toranzo, para subir un puerto y asomarnos a Castilla. Una tras de otra, con el favor de Dios, hemos de recorrerlas todas. Tomenlos para descanso y solaz de ánimos solitarios la postrera, que aquí parece menos concurrida.