Por cima de vulgares edificios, y a Mediodía, se levanta una torre cuadrangular, maciza, destinada en su origen a recibir peso más grave que el de las campanas y reloj que ocupan su ático. Estribando en ella corre al Este una nave desmochada, de bastardo estilo, que apoya sus muros en una masa de hastiales, ojivas y murallones, viejos, mohosos, empenachados de hortigas y malvas. Decoración ruda, pero acentuada; imán del viajero que en las ciudades busca, mejor que galas de su riqueza contemporánea, las marchitas facciones de su añeja fisonomía.
Tomando una subida, parte rampa, parte escalinata, que arrastra pegada al paredón más bajo, torciendo luego a la izquierda, nos hallamos en paraje donde puede el espíritu cerrar ojos y oídos a la vida actual, a sir lengua, trajes y usos, para vivir en lejanos tiempos. Era el terreno un cerro escarpado a lengua del agua, cuyas asperezas domaron a golpe de machones y graderías, quienquiera que fuesen los que lo eligieron para fundación militar o cenobítica. Estamos al pie de la recia torre abierta en ojiva, dentro de cuyo hueco se espacian anchos escalones de piedra, trepando a una calle más alta, y al ingreso principal del claustro y del templo. A nuestra izquierda comienzan otros que suben a la puerta meridional; a raíz de éstos, y bajo el vuelo de su tramo postrero, se alza sombría bóveda; al extremo del lóbrego cañón se mira con deleite lucir el sol, y se adivina el halago del aire ambiente; en una de sus crujías está el portal abocinado del Cristo de Abajo.
La fábrica de la catedral descansa sobre cuatro pilares cortos y robustos que parten esta bóveda en tres naves. Altos zócalos poligonales, fustes cortos, arcos achaflanados, arquitectura del duodécimo siglo. Dobles hiladas de nichos en un lienzo de pared, muestran que tuvo un tiempo fúnebre destino; más antigua es su consagración al culto. Debió suplir a la iglesia en tanto se erigía; y datos ciertos prueban que a principios del siglo XIV se celebraban los misterios divinos en ella y en honra de los mártires Emeterio y Celedonio63.
Recibe luz la cripta por dos ventanas que la tornan a flor de tierra a Norte y Mediodía de la torre; la del Norte, abierta en el vano de la que fué puerta, tiene en los tímpanos dos cabezas esculpidas dentro de dos medallones, modelados según estilo del renacimiento. Era tradición en el siglo pasado, que estos bustos, difíciles ya de conocer, eran imágenes imperiales de Santa Elena y su hijo Constantino64, y esta atribución se comoda con la advocación del Santo Cristo, que acaso fué primitivamente de la Santa Cruz.
Un caracol abierto en el espeso muro, lleva del interior del Cristo al de la catedral; desemboca junto al altar votivo de San Matías, dentro de la nave izquierda.
Enhiesto y firme permanece el esqueleto del templo del siglo XIII: fábricas sucesivas de tiempos posteriores le envuelven y bastardean sus costados, como vegetaciones parásitas que hienden la corteza de un tronco caído en espesura impenetrable, y al cabo de siglos le laceran y roen sus entrañas, únicamente preservado por su fibra incorruptible se conserva ileso el corazón, testimonio de la edad del vegetal centenario: así la nave central conserva su crucería ojiva de labor tosca y perfil airoso, cerrada en las claves con leones y castillos, emblema de los reinos, y el escudo de Burgos, cabeza de Castilla, cuyo puerto era Santander. Y en las fajas de capiteles de donde arrancan los tallados nervios de las naves laterales, corren todavía aquella serie misteriosa de seres fantásticos, quimeras o esfinges, busto de hombre y cuerpo de fiera, postrera reliquia bizantina de la ornamentación del arte, rastro acaso de las encarnaciones mitológicas, y aquellas figuras rasuradas, de larga cabellera y ropas talares, que brotan del anillo del fuste como de una sima sepulcral, y se dirigen al pueblo con ademanes y gestos expresivos, pero que ya ni el pueblo ni los doctos comprenden.
Durante el período dentro del cual cabe suponer erigida la iglesia, por indicaciones de su estilo y traza, gobernaron a Castilla reyes poderosos y magnánimos. Alfonso VIII, que hizo de la Sierra Morena muro fronterizo e incontrastable contra el agareno. Doña Berenguela, ínclita madre del Rey Santo. Fernando III, que hizo pastar tranquilos los caballos de sus mesnadas en las floridas márgenes del Guadaira.
Alfonso VIII, sin embargo, no hubiera esculpido el blasón de un reino que no le pertenecía, y León era dominio de su primo, Alfonso también, que fué luego el noveno en Castilla. En tiempos de San Fernando el arte comenzaba a pulirse; engrandecía sus trazas, afinaba sus líneas, solicitaba del escultor mayor riqueza y variedad; parece, pues, que debió ser en días de doña Berenguela, casada con el citado Alfonso de León, cuando se alzaron y cerraron las bóvedas de la Abadía (1214 a 1230 de J. C.). La escogida matrona a quien cupo el destino augusto de criar en su hijo a la par cumplido rey para la patria y glorioso bienaventurado para el cielo, tenía con Santander lazos de éstos, lisonjeros siempre al pecho femenino, y que éste nunca afloja voluntariamente. Tratada de casar en su infancia (A. C. 1188) con el infante Conrado, hijo del emperador Federico de Alemania, Santander con otras villas y ciudades castellanas formaba parte del dote señalada a la princesa por su padre Alfonso VIII65.
De cualquier modo, dentro del centenar que componen unidas la mitad del siglo duodécimo y la primera del inmediato siguiente, comienzan a señalarse en la historia general la villa y su abadía, como favorecidas por los reyes castellanos. Alfonso VII arranca, según vimos, la comarca montañesa de manos del último señor de Cantabria. Alfonso VIII amuralla y fortalece a Santander, legisla el tráfico de su puerto, provee a la administración y regimiento de sus pobladores, y la da en señorío al abad66.
Este era en tiempos tan azarosos el medio más seguro de conservar a merced suya tierras tan inquietas y belicosas, apartadas, más que por la distancia, por la aspereza de sus fraguras, de aquellas en que entretenía a los monarcas su eterno empeño de adelantar la frontera cristiana hacia el Mediodía. Doña Berenguela fomenta y continúa las obras de la abadía; y San Fernando, que acaso las termina, consagra en un monumento breve, expresivo y duradero, a la manera heroica de aquellos tiempos, la participación de aquel su nuevo estado en empresas militares, el agradecimiento del soberano, el valor de sus súbditos, y la memoria gloriosa de la hazaña más alta de su reinado: este monumento es el escudo de armas de Santander.
No es el momento de hallarnos bajo los ojivales ámbitos de la catedral, impropio de semejante recuerdo; dentro de ellos oraron los tripulantes de la nave de Bonifaz; sobre esos roídos sillares que nosotros vemos y tocamos, recostaron su mente contrita, vagaron sus ojos entristecidos, que no hay quien, próximo a abandonar su patria, los conserve serenos, por más que a la jornada le arrastren entusiastas afectos, y sueñe encontrar al cabo de ella gloria, poder, honores o riqueza: ¡cuántos habían de cerrarlos para siempre en las marismas del Guadalquivir! Los afortunados volvieron y posaron su mirada encendida por la ardiente luz de la victoria en las piedras donde la habían posado opaca y dolorida; antes y después, pesarosos o regocijados, no apacentaban su imaginación ruda con delirios y poéticas divagaciones; pero bajo la burda estameña de sus jubones medía los latidos de su sangre el vivo compás de los afectos entrañables y sinceros.
¿Quién de ellos traería la piedra que fué pila de surtidor en algún ajarafe sevillano y desde entonces es pila de agua bendita a la entrada de la abadía? -Sus letras esculpidas para celebrar la limpieza y frescura del manantial, parecen hoy encarecer en muslímica frase la virtud del agua consagrada que purifica y lava el corazón.
Labrado en bronce amarillo sobre el respaldo de los bancos donde asisten los procuradores de la ciudad a ciertas solemnidades, habla al pueblo el glorioso blasón, letra viva cuando la voz perpetua de la tradición lo descifra con leal pureza. Y pintado con trasparente e ingenuo color se conserva para cuantos leen en el libro famoso de la Crónica general donde suenan los primeros vagidos de la prosa castellana.
Dice así la Crónica:
«... los moros avien una buena puente con que passavan de Sevilla a Triana sobre barcas recias e fuertes mucho travadas con cadenas de fierro gordas mucho además, e passavan por ella en todas essas partes do querien como por terrenos onde avien gran guarimiento al su cercamiento.-ca toda su mayor guarda por ally la avien e de alli les venia.-otros si los que estavan en Triana la puente les era su mantenimiento todo a el su fecho: e sin acorro della non avien punto de vida. Bien assi entendio el rey Don Ferrando que si les él esta puente non tollese se podría el su fecho mas alongar de lo que non farie, e que por aventura a la cima que serie aventurado de se poder acabar. Desi ovo su consejo sobre este fecho: e mandó a Remon Bonifaz67 e a otros que fueron llamados de aquesos que eran sabidores de la mar que fuessen ensayar algund arteficio como les quebrantassen por alguna arte la puente: e el acuerdo en que se fallaron fue: que tornaron dos naves las mayores e más fuertes que y teníen -e guisados muy bien de quanto menester era para combatir-en día de Sancta Cruz, tercer día de Mayo-en la Era de mill e dozientos e ochenta e seys años68. Remon Bonifaz entró en la una con buena compaña e muy abondada de armas-en la otra fueron aquellos que Renon Bonifaz escogió de omes buenos guerreros: e assi estovieron esperando fasta que a hora d'mediodia se levanto un viento fraco non de gran ayuda-e con esto desandieron una gran pieça ayuso onde estavan porque tomassen el derecho viage mejor e viniessen mas rezias-E la nave en que Remon Bonifaz venle descendio ayuso mucho mas que la otra. E el rey Don Ferrando con creencia verdadera de la sancta fé que en e1 avie mando poner a los mastyles destas naves cruces.-Desi movieron de aquel logar do descendieran-e ydas al medio el coso quedo el viento que non fazie punto del-e fueron los de las naves en gran coyta coydando que non acabarien lo encomengado-mas empero quiso Dios acorrer a la hora con buen viento-mas en rezio que començo. Desi las naves començaron yr muy reçias enderezadas las velas-e yvan los de dentro a muy gran peligro de algaradas e de engaños que por todo logar del arraval tenien posados los moros que non quedavan de les tirar a muy grand priessa: e de la torre del oro esso mismo con trabuques que los aquexavan adeinas-e con ballestas de torno e de otras maneras -e con fondas-e dardos enpeñalados-e con quantas cosas podien que non se davan punto de vagar. E los de Triana eso mismo fazien de su parte quanto podien. Mas quiso Dios que les non fizieron tal daño de que se mucho sintiesen. La nave que y primero llego yva de parte del arraval-e non pudo quebrar la puente por do acerto... mas la otra en que Remon Bonifaz yva-desque llego-fue dar un golpe a tan fuerte que se passo, crala de la otra parte de la puente-E el rey e el infante don Alfonso e los sus ricos omes quando esto vieron con todo el poder la hueste començaron recurrir en derredor de la villa por embargar los muros-e fazerlos arancar por aver logar las naves de se salir en salvo-e asi lo fizieron.-Los moros se tovieron de todo en todo por quebrantados tanto que vieron la puente perdida.»
Y el escritor que años después de acontecido, con tan sobria y mesurada pluma, refería el hecho, describía su teatro y sus menores accidentes, la fortaleza de trabes y cadenas que cerraba el río, las armas y cruda defensa de los moros, el pecho alentado y animoso de marineros y soldados cántabros, la incertidumbre del viento, la religiosa piedad del rey, la solicitada intervención del cielo, el rigor del choque, la rapidez del triunfo, y la decisiva importancia de la victoria, era, tal vez, uno de los canónigos (porque era colegiata ya) que regían la comunidad asilada en esta abadía. Ha sido parecer recibido entre analistas e historiógrafos que el libro de la Crónica general fué compuesto por Jofre de Loaysa, abad de Santander por los años de 127269; y otros atribuyeron al insigne Nuño Pérez de Monroy, que ocupaba la silla abacial entre 1309 y 1322, la docta y espinosa tarea de escoger y copilar las noticias y documentos destinados a servir para la ordenación de aquella historia70.
La divisa del señor completó el escudo de la villa. Figuraban en sus sellos el abad y capítulo de San Emeterio, dos cabezas humanas71, símbolo indudable de la tradición inmemorial que acreditaba a su iglesia la posesión de los cráneos de sus patronos los santos hermanos mártires Celedonio y Emeterio, que puestas en jefe, conforme al uso y prescripciones heráldicas, coronan el blasón y te distinguen del de las vecinas villas de la costa, que participes de la empresa de Sevilla, lo fueron también de su gloriosa y desinteresada recompensa72.
A Risco no le pareció suficiente prueba de la antiquísima posesión de estas reliquias el nombre de San Emeterio, que en los siglos medios llevó la abadía de Santander; se ayuda de Moral es, que trae, sin prueba suficiente, a tiempos coetáneos el hallazgo de ellas.
Reducida y pobre la iglesia de doña Berenguela, fué aumentada por uno de sus abades, elevado a la metropolitana de Burgos. Don Manuel Francisco de Navarrete Ladrón de Guevara, arzobispo de Burgos en 1705, que había regido aquella colegial desde 1693 hasta 1699, comenzó el ensanche y obra de la capilla mayor. Sus obreros acomodaron las formas dórico-latinas a la gallarda montea de la nave ojiva, al área estrecha del viejo ábside, ensanchada a expensas de la vecina fortaleza; y el presbiterio, realzado sobre tres gradas de finos mármoles, quedó separado por dos recios arcos torales del resto del edificio. Para cubrir la monótona desnudez del muro plano del fondo, le aplicaron un retablo de viciosa arquitectura, pero de grandiosas proporciones y ricamente dorado.
Un elevado zócalo, dos cuerpos partidos por esbeltas columnas corintias, un remate aligerado por dos ventanas gemelas, un gran relieve central, un grupo encima, cuatro imágenes colaterales, constituyen su ordenación sobria y bien entendida. La reciente corrupción del gusto hizo ondear las cornisas, cortar los remates o rizarlos en cartelas y brotar ligeras vegetaciones parásitas entre el fuste y la basa de las columnas, entre los cuerpos varios del arquitrabe, decorando los entrepaños de nieles y ramajes abiertos en hueco con más gracia que majestad adecuada al sitio.
En el intercolumnio central campea de alto relieve la Asunción de la Virgen, misterio titular de la iglesia; siéntese esta escultura del gusto de la época, que fundaba el equilibrio de la composición en la simetría de los grupos y figuras; pero es de mano diestra, dibujada con firmeza, estofada y pintada con delicadeza y suavidad. Más que obra de imaginero, parece obra de estatuario, concebida para ser labrada en mármoles; ofrece reminiscencias de estudios clásicos, apartándose de la tradición nacional tan viva y gloriosa en Castilla y Andalucía; manera mórbida y ligera, oportuna al asunto, como lo era la robusta y recia de Roldán y Montañés para las trágicas escenas de la Pasión.
Igual manera produjo las estatuas que en los intercolumnios laterales representan los gloriosos mártires patronos de la ciudad y su provincia, en traje militar romano, loriga de cuero, casco empenachado, coturno y clámide derribada a la espalda, permitiendo lucir la airosa proporción del busto y el perfil general de la figura.
Conforme a la tradición católica, rematan el retablo las tres figuras del Calvario; la escena en que se consuma la redención, y en que la palabra decisiva de Cristo liga con lazo indisoluble de dolor y agradecimiento los humanos destinos al herido amor de su madre.
¡Mísero de quien allí no respira auras de paz y de misericordia, de quien en el místico ambiente del templo empapado de los aromas del incienso y de la humedad de los sepulcros, homenajes de los vivos y memorias de los muertos, alimentado del aire de los suspiros, del vaho de las lágrimas, no se siente movido a perdonar y arrepentirse, a sollozar y gemir dentro de sí mismo! ¡Más mísero aún quien de aquella atmósfera que desahoga el pecho, eleva el corazón e inflama el espíritu, toma para sus entrañas no sé qué invisible germen de insaciables odios y ciegos rencores!
Vosotros los que os recostáis en esos plintos y columnas, y juzgáis impacientes y cansados el recinto estrecho, el culto pobre, opaca y discorde la voz de los sagrados cánticos, porque estáis en el abril de la vida, y el batir de alas de la imaginación os ensordece y sonáis con deslumbradoras esplendideces y pampa magnífica, pensad que nunca habéis de oír música que tan blandamente os hable al corazón, y le amanse en sus desvaríos y altiveces y le levante de sus desfallecimientos.
La imagen de la augusta Señora, a cuyo tránsito glorioso está la iglesia consagrada, prevalece en su recinto, titula sus capillas, realza sus retablos, santifica sus aras. Adórala allí el ánima devota del cielo y de la patria, bajo tres gloriosas advocaciones, veneración honda y constante de los españoles: la de su Concepción Purísima, que aclaman patrona de su tierra, guía de su estado, consolación perpetua de aflicciones y miserias; la del Pilar del Ebro, tutela y escudo de independencia y honra, rodeado de sus firmes y leales aragoneses, pechos de pedernal, roca y fuego; la del Rosario, festejada por el santísimo pontífice Pío V, en agradecimiento y memoria de aquella victoria de las galeras españolas sobre la armada del turco en las aguas inmortales de Lepanto.
En otra parte tiende su simbólico escapulario, vestida del pardo burlel que abrigó el inflamado corazón de Santa Teresa, en otra muestra el yerto cadáver de su Hijo, asistida de ángeles, pero lacerada por aquel dolor sin igual que ofrece como ejemplo a quien afligido la contempla: videte si est dolor sicut dolor meus.
En los demás altares adora el pueblo a sus naturales patronos, al mártir del Calvario, al Salvador glorioso del mundo, al apóstol pescador, hijo de las olas, natural protector de la gente marinera; y adórale en la hora de lágrimas, de contrición, en que, despierta a la voz del vigilante gallo su ruda conciencia le hiere con implacable dolor, dolor de su negación, su apostasía, su miedo.
También tiene allí altar el fervoroso mártir del sigilo confesional, y el glorioso paduano, objeto de ferviente culto femenino. Ninguna de estas capillas pertenece al primitivo plan de la obra; son construcciones greco-romanas de época decadente. Del altar de San Matías, por cuya inmediación penetramos subiendo del Cristo de abajo, hay que hacer mención más detenida. Porque el culto de ese apóstol, culto oficial en Santander, trae su origen de días en que la peste había hecho asiento en la villa, y apenas desaparecía por breves intervalos y amenazaba despoblarla. Es antiguo esto de la peste en Santander, porque entre las tradiciones de su fundación, hay una que asegura que la villa vino a ser fundada donde hoy se halla, porque de su asiento primitivo, más tierra adentro, fueron arrojados por la peste los habitantes.
Pero en 1503, agotados los auxilios y medios humanos, pensaron las corporaciones eclesiásticas y populares en impetrar del cielo un intercesor especial entre los apóstoles, cuyo amparo alejase el azote que sobre el pueblo incesantemente caía.- «E luego tomaron doce candelas de cera, iguales por peso y medida, y encendida cada una de ellas en igual, e doctada e nombrada cada una a cada uno de los dichos doce apóstoles, e la que postrera quedase encendida que aquel apóstol a quien se habla nombrado la tal candela aquel querían tornar e tomaban por su patrono e amparador, e defensor e guardador del dicho pueblo e de sus alquerías e vecindad, para ahora e para siempre jamás, para que la guarde de todo mal y en especial de pestilencia»73. Y oída misa mayor por las autoridades y pueblo congregado, sucedió consumirse sucesivamente las velas y quedar postrera ardiendo la dedicada a San Matías; y conocida por tal camino la voluntad del cielo, se acordó tomar e invocar al apóstol por patrono de la ciudad y su término comunal, y hacer villa efigie de talla del Santo, y celebrar fiesta en su día, y llevarle procesionalmente por las calles de la población encomendada a su custodia74, con otras particularidades que se contienen en la curiosa acta de voto y capitulación.
Salgamos al claustro por una puerta cuyos machones en su revestimiento llevan la fecha del siglo XV, manifiesta en el estilo de las torres castellanas esculpidas en recuadros alternos, mientras sus jambas y dintel acusan más moderna edad75. El ancho patio, antiguo cementerio, ha venido al cabo de tres siglos a recobrar la placentera y fresca fisonomía que tuvo en el XVI, cuando un viajero lo apellidaba «huerto amenísimo perpetuamente embalsamado por el fragante aroma de sus árboles florecidos»76. Una cruz clavada en escabel de piedra abre sus brazos de hierro sobre la tierra bendita, un tiempo lecho de humanas reliquias, cercada de rosas y cipreses, de laureles y magnolias, a cuyo rico follaje dan suave y soñolienta voz las auras pasajeras, nunca dormidas en estos parajes marinos. Todos lo vimos desierto prado, cuando entre su yerba ociosa asomaban los escuetos ángulos de algunas piedras sepulcrales, desencajadas y ennegrecidas por las lluvias.
Rodéase el jardín de arquería ojiva, por donde entra copiosa luz a las cuatro crujías del claustro. Su disposición es sencilla: pilares de planta romboidal, amortecidos vivos y aristas, un doble collarín por capitel y otro por basa. El pavimento de los ánditos cubiertos más bajo que el piso del patio antes de ser renovado en 178277, era un memorial de piedra donde la antigua sociedad, la villa de los siglos medios, con sus gremios, corporaciones, insignias, escudos, dignidades y apellidos, aparecía viva, entera en su organismo detallado y completo, como aparece la ciudad romana en Herculano y en Pompeya, desentrañada de lavas y cenizas volcánicas. Se había formado con lápidas desalojadas de la iglesia del Cristo, probablemente por la idéntica razón que las desalojó luego del claustro; muchas de ellas conservaban grabados los atributos o emblemas de profesiones y artes, instrumentos y herramientas de oficios, costumbre heredada de los primitivos cristianos, seguida durante los siglos de fe, conservada en las comarcas y países pobres e incultos donde únicamente príncipes o magnates podían magnificar sus sepulturas con grandiosos simulacros y prolijas inscripciones. Completaban el curioso museo lapidario epitafios esparcidos por el claustro, y sepulcros, estatuas y figuras de la nave meridional, que después de haber sido entierro de canónigos, vino a servir para común sepultura de pobres78. La ciencia epigráfica, que hoy tan solícita y perseverante busca, reune y compara documentos, que no se ahorra de fatigas ni caudales para restituir, merced a sus esparcidos rasgos, la fisonomía social de señalados monumentos históricos, hubiera estimado en su valor singular tan rara y curiosa galería.
En la nave occidental se abre la puerta de una capilla arruinada, cuya advocación del Espíritu Santo, es memoria y última reliquia del hospicio fundado para doce pobres por el abad más insigne que tuvo la Colegiata79.
Ilustre por su sangre, considerado por sus letras, eminente por sus prendas de consejero y estadista, Nuño Pérez de Monroy, brilla con purísima gloria en tiempos harto difíciles para la monarquía castellana. Dos minoridades sucesivas pusieron a prueba la integridad de su carácter, que salió ilesa de tan prolijos y multiplicados riesgos, encarecido su buen nombre con el extraño ejemplo de conservar su dignidad modesta, sin pretender a mayores en la jerarquía eclesiástica.
Cierto que su virtud no estaba sola; apoyábase en el corazón varonil y entero de la matrona regente doña María de Molina, gobernadora de los reinos de Castilla durante la menor edad de su hijo Fernando IV, y posteriormente la de su nieto Alfonso XI. Honra singular y excelencia gloriosa de nuestras dinastías españolas, la de que sus hembras mostrasen en el trono cualidades suficientes para acreditar al más esforzado y prudente varón; estirpe rica, generosa y bendita por Dios, la que dando una Isabel santa a Portugal, una Blanca gloriosísima a Francia, cuenta dentro de nuestra tierra española una Berenguela en el siglo XIII; una María en el XIV; una Isabel por excelencia católica en el XV. Y de esta tradición perpetuada y enaltecida, del hábito de obedecer y servir a una mujer generosa y digna, cuya autoridad y elevación eran justificadas por el ejercicio constante de toda virtud doméstica y pública, nació acaso en la caballería castellana el respeto profundo a la mujer, y tomó nuestra cortesía su carácter austero y grave eximiéndose de la liviana jovialidad que empaña y desdora la celebrada galantería de otras naciones. La cotilla y el chapín bordado terciaban en la vida social con el arrebolado prestigio de haber hollado el escabel del solio con no menor firmeza y gloria que el férreo zapato y el borceguí purpúreo, y fulgía sobre la frente altiva de la dama española, reina del estrado, la soberana aureola de sus semejantes las señoras del solio.
Acechada por el bando de los Cerdas, joven entonces esperanzado y resuelto, cercada de nobles tornadizos y ambiciosos, no muy segura de sus derechos la viuda de Sancho el Bravo, fuera acaso figura menos eminente y ejemplar de nuestra historia sin la asistencia y constante celo del abad de Santander. Porque en el consejo de los príncipes pueden los privados hacerles servicio mayor que el de procurar su gloria y engrandecimiento; pueden preservar su fama del feo epíteto de codiciosos o malrotadores, y su nombre de torpes manchas de sangre vertidas en traiciones y venganzas; y de favor tan inestimable es deudora doña María a Nuño Pérez, que después de mantener y justificar la pureza de su administración, supo impedir el homicidio consentido por el rey, en la persona de un príncipe don Juan su tío, venido a Burgos a asistir a una fiesta de familia en fe de un seguro real80.
No anduvo escasa la reina en pagar la leal asistencia del abad, quien respondió con largueza de príncipe, gastando su hacienda y su crédito en servicio de pobres y de reyes; éstos posaban en sus casas de Valladolid como en palacio propio, y en ellas, al decir de Alonso de Maldonado, cronista de los Monroyes81, casó aquel don Pedro famoso por sus justicias. Para los pobres fundó asilos en Plasencia y Valladolid, y a su querida iglesia de Sant Medel y San Celedón la dotó con rentas y capellanías, proveyendo a su prestigio con ordenar y regularizar el aparato del culto y lloras canónicas, y a su seguridad con lograr de los monarcas reinantes la confirmación y ensanche de los privilegios otorgados por antecesores suyos, principalmente los del señorío de la Villa, y derechos de ancoraje y puerto, mercedes de Alonso VIII82.
Antes de despedirnos de la vieja abadía, recortamos su historia, dejándonos guiar en las tinieblas de las eras remotas por la mano segura y experta del preclaro ilustrador de nuestra historia eclesiástica, P. Enrique Flórez. Piensa el ilustre agustino que en el siglo XII, y por obra de Alfonso VII el emperador83, fué convertida en colegial la antigua fundación monástica existente en Santander de tiempos inmemoriales. Otro tanto había hecho en Santillana, y sin duda estos actos de aquel rey emprendedor respondían al pensamiento político de unir estrechamente a su corona y real servicio estos estados, arrancados al dominio feudal de sus señores naturales, como dijimos al hablar del último de ellos, Rodrigo González de Lara.
«No reconozcáis otro señor más que al abad de San Emeterio», decía casi un siglo después (1187) a los santanderinos un nieto de aquel monarca, el glorioso vencedor de las Navas; Alfonso VIII84, «o a quien hiciese sus veces en su ausencia, él os nombrará merino que oiga vuestras querellas y las decida, y al abad recurriréis de las decisiones del merino cuando lastimen vuestro derecho; al abad pagaréis censo de la casa que habitareis, de la tierra que adquirieseis, del huerto que labraseis; sea juez en vuestros litigios, y si litigaseis con extraño, venga éste a hacerse oír o dar sus descargos ante el tribunal abadengo. No iréis a la hueste sino cuando el rey cercado de enemigos lo necesite, ni pagarán entrada vuestras mercaderías por mar ni tierra en la villa.»
Con estos privilegios y otras donaciones reales, la abadía crecía lo bastante para que, mediado el siglo siguiente, no pareciera pobre estado para un infante de Castilla, y la poseyese don Sancho, cuarto hijo del Rey Santo.
En su celda abacial de Santander se ocupaba el príncipe en ordenar las horas canónicas, en corregir a sus beneficiados estableciendo penas para los negligentes en el coro y prohibiéndoles la asistencia a romerías y otros parajes públicos. Y a 5 de Octubre de 1257 firmaba sus constituciones, donde se contienen curiosas cláusulas: «Otro si mandamos, que cuando fuera el Preste a comulgar85 que vaia con sobrepelliz, y con cruz, y con agua bendita y con lanterna, que bala con candela ardendo y con campana taniendo ante sí, y llebe el Corpus Christi ante sus pechos con gran reverencia, e que vaian con el dos clerigos de la Iglesia de los que han beneficios menores, et que no le desamparen fasta que sea tornado a la Eglesia, y esto que lo mande el sacristan a los clerigos de los beneficios menores... y si fuera de la Eglesia dijere palabra vedada a su compañero, y ge lo podían probar, que sea privado de la racion por ocho días. Demas, mandamos que ninguno non beba en taberna, ni juegue dado, ni faga juego atal que sea contra la honestidad de la clerecia.» Y esta otra de obscura Interpretación: «Demás mandamos que ningun clérigo non dé la mano á ninguno en cimenterio ni en la Eglesia, si no fuera ante el altar quando dijere misa, si non fuese en placentería de todos los canónigos»86.
Los abades que suceden hasta don Nuño Pérez87 proveen con igual celo a la prosperidad y prestigio de la colegiata, ya con prescripciones canónicas, ya mereciendo de los reyes la confirmación de privilegios antiguos y donaciones nuevas. De don Nuño ya hemos dicho el celo constante por su iglesia y repetidos favores que la procuró. Él consiguió del rey don Fernando IV la renta de la sal para aplicarla a obras pías, conforme a su mejor voluntad; él tomó de ella lo necesario para la diaria y continua asistencia de doce pobres; él logró que se le confirmase y a su cabildo el derecho de ancoraje en los puertos de las cuatro villas; obtuvo del rey Alfonso XI la mitad de los tributos reales (servicios y pedidos) de la villa para establecimiento de tres capellanes; él al fin logró la merced de que su iglesia fuese excluida de la general disposición dada contra las franquezas y libertades de las iglesias en general, revocándose en cuanto a ella las cartas reales expedidas en nombre del mismo Alfonso por doña María de Molina su abuela y los infantes sus tíos y tutores, en Toro, a 22 de junio de 131688.
Sucédense luego otros abades que, desempeñando cargos en corte, seguían más a menudo a ésta que hacían asiento en la abadía. Así fueron sus derechos invadidos y menoscabados, tanto que a principios del siglo XV, don Juan García, abad de Santander, hubo de recurrir al rey don Juan II en querella y reclamación de ciertos dominios usurpados por vecinos audaces, y el rey, en 16 de Diciembre de 14 10, y en Medina del Campo, proveyó a la petición, disponiendo que su adelantado mayor en Castilla, Diego Gómez Manrique, se encargase de obligar a la restitución a los detentadores.
Muy entrado ya este siglo, la poderosa casa de Mendoza, aumentada con los señoríos de la Vega y el marquesado de Santillana, se apodera de la abadía cuyo báculo empuñan, entre los años de 1486 y 1538, tres prelados de aquel apellido.
Reinaba Felipe II, y era abad don Juan Suárez Carvajal, cuando se promovió por vez primera el pensamiento de la erección en obispado de la colegial de Santander, uniéndole la de Santillana y otros territorios. Fué combatido el plan por unos y sustentado por otros. Santillana alegaba su supuesta mayor antigüedad y otras razones, solicitando la preferencia para la nueva sede. No tuvo efecto por entonces la concesión ni tampoco en las diversas ocasiones en que se removió la instancia y se pidió su resolución por el cabildo de Santander durante el siglo XVII.
Una bula de Benedicto XIV, despachada en 12 de Noviembre de 1751, erigió finalmente el obispado, cuyo primer titular fué el entonces abad don Francisco Javier de Arriaza, y la colegial y la abadía perdieron sus anticuados nombres para mudarlos en el de Catedral.
La puerta del claustro nos pone en la Rúa Mayor; años hace tenía esta calle fisonomía original y propia; pegado a los restos que aún subsisten del edificio colegial, se mostraba un casón antiguo, obra de nobles líneas, apellidado palacio; su edad, dos siglos, años más o menos; mis coetáneos recuerdan sus pesados cornisones, las macizas repisas cónicas de sus balcones semicirculares, el verdín tornasolado que marcaba a lo largo de la fachada las filtraciones de la lluvia y los penachos de yerba apoderados de sus impostas, donde chillaban escondidos los gorriones voraces.
Los ancianos de primeros del siglo lo conocieron vivienda de un magnate, el conde de Villafuertes89, vizconde del Tanaro, y en sus narraciones, doradas por el tiempo y el sol risueño y mágico de los días juveniles, es grato descubrir rastros de aquella vida de señor, monótona acaso, pero serena, y tan distinta de la vida presente. El palacio comunicaba con el claustro de la catedral, y cuentan los ancianos que durante el descanso establecido en las horas canónicas, los canónigos pasaban a la sala de billar del vecino y le acompañaban y se divertían con el taco, el tabaco y la taza de café, a que, a fuer de discreto, era aficionadísimo el conde.
«Fútil detalle y que hace poquísimo al caso» -pensará alguno de mis lectores.
Sin contradecirle ni defenderme, diré por qué no he resistido a la memoria que me lo trajo a los puntos de la pluma. Háme sucedido tantas veces vagar cansado por los libros que pretenden conservar la fisonomía de las edades humanas, y no hallar en ellos sino el postizo arreo de un oficio, el traje con que el hombre se ofrece al público y lo solicita, que cuando por azar en ellos o por descuido del autor asomaba un detalle doméstico, un pormenor de la vida común, mi ánimo se recobraba de su fatiga, sintiéndose entonces y sólo entonces en compañía de semejantes suyos.
El espíritu humano, considéresele individual o colectivamente, tiene sus períodos de crecimiento sucesivo: es infantil primero, dado a admirar y a levantar con su admiración todo aquello que menos se le parece; luego siente que la admiración sola tiene algo de inconsistente y huero, y se inclina a saber la verdad de las cosas, y la busca, por más inmediata o por más interesante en lo que le concierne y es pertinente a su condición y naturaleza.
Hubo un tiempo en que Aulo Gelio y Terencio Varrón, Plinio y Petronio, domésticos pintores de Roma, dieron más curiosa luz y más clara al terrible pueblo, que sus épicos analistas. Estos gloriosos magnificadores de la patria refirieron cómo el romano organizaba sus ejércitos, imponía sus códigos, colonizaba y combatía; sus poetas menores y escritores de costumbres nos han contado cómo el romano vivía. Nos dejaron el conocimiento minucioso y perfecto del suelo en que el germen fructifica, el análisis de la vena donde escondidamente se engendra y solidifica aquel metal raro que los historiadores nos ofrecen ya forjado y convertido en arma centellante, en prodigiosa herramienta, o en joyel deslumbrador.
Tan ligeras como son y tan de poco momento estas y otras memorias parecidas, tienen el melancólico encanto de lo pasado, y acaso no es ocioso recordarlas.
La raza antigua mengua y se extingue en ciertas ciudades de provincia; sucédela otra vigorosa y nueva con el justo e indiscutible fuero de su actividad, de su energía, de su constancia y de su trabajo; pero imitando a los labradores, que al preparar una tierra usada para nueva sementera, descepan, arrancan, queman y exterminan la añeja raigambre, pretende borrar con su desdén lo pasado, negándolo o escarneciéndolo; suponiendo que la virilidad social del pueblo que habita ha sido instantánea y exclusiva obra suya. Error grave y manifiesta injusticia. Cada edad humana ha puesto su contingente, dado de su savia y de su vida para el crecimiento y sucesión de las futuras, y es vano pretender romper con ninguna de ellas y suponerse desligado y libre de su ascendencia.
Cada estado social contribuye a la economía, orden y movimiento común; cada uno de ellos tiene lugar esencial y funciones propias, sin que haya posibilidad de extirpar o excluir a ninguno de ellos por razón de los excesos a que su propia índole los expone: al militar, porque suele ser prepotente y agresivo; al eclesiástico, porque puede dar en invasor y tenebroso al político, porque se inclina a la falsía; al mercader, porque propende al embuste. Y tan injusto como sería negar a los vicios de cada estado la oposición y equilibrio de virtudes contrarias, tanto sería y tan insensato atribuir a determinado siglo todo cuanto es glorioso para nuestra raza, altitud de ingenio, amor de la justicia, heroicos impulsos, y a otro cuanto la envilece y desdora, cobardía de ánimo, flaqueza e ignorancia.
En las evoluciones y sucesivo movimiento del mundo moral, lo que parece más súbito e instantáneo a nuestros ojos es obra de larga y lenta preparación-trabajo acumulado por la sucesión de los momentos de nuestra raza-. Vicios y virtudes son herencia recibida de nuestros mayores, y que legaremos a los que nos sucedan. Si queremos estimar su verdadero valor, estudiémoslas con rectitud de propósito y sin pasión en as diversas épocas humanas.
A esta parte, pues, por donde vamos, parte alta y meridional de la villa, llamaban puebla vieja, separada de la puebla nueva o baja por un barranco donde entraba el mar, y cuyas márgenes servían de astillero y atarazanas. Uníalas un puente, donde en trances de discordia vinieron más de una vez a encontrarse y pelearon ambas pueblas. Porque la villa, aunque arrimada al bando de los Giles, tenía dentro de sí inagotable origen de división y guerra en la rivalidad y ambiciones de linajes opuestos, codiciosos de gobernarla y dominar a sus contrarios. Hijos de un mismo apellido se disputaban perpetuamente la preeminencia y posesión de los cargos concejiles, y para rendir en su pro el oscilante fiel de las elecciones populares, empleaban tanto la violencia de las armas como en tiempos más cultos los sutiles enredos de la astucia90.
«En la villa de Santander», dice el buen Lope Garcia91, «no se falla que oviese bandos sino que todo el mando de la villa avia seido e era en el linaje de Escalante fasta que Gonzalo Gutierrez de la Calleja que era criado e pariente de J. º (Juan) Gutierrez de Escalante se allo con la Rua mayor e con la ayuda de los Giles fizo guerra a los Giles fijos de Juan Gutierrez de Escalante despues de él muerto, e peleando un día con los fijos e sobrinos de Ruy Gutierrez de Escalante a la puente, feriéronse muchos de los de Escalante porque entraron en su barrio, e morió J. º (Juan) de Escalante fijo de Juan Gutierrez el ciego (el viejo?) de una saetada que le dieron por el pie de pasillo, é esta fué la primera sangre vertida entre ellos.»
Ominoso lugar parece la puente para los de tal apellido, porque siglos adelante, y en aquel paraje, amagaban a quien lo llevaba, no virotes de ballesta, sino balas de fusil asestadas a su generoso pecho. Dios le guardó para ejemplo y amparo de sus hijos, y para darle ocasión de perdonar agravios y pagar ingratitudes con favores. También andaba Santander partida en bandos, roída por la sedición, alterado su reposo, interrumpidos sus honrados hábitos de trabajo, que a distancia de siglos y a pesar de la densa capa de experiencia, desengaños, escarmientos y castigos que el tiempo tiende sobre el mundo, la pasión humana retoña al advenimiento de cada generación, con igual brío, irreflexión y empuje.
Otras plumas historiarán estas conmociones e inquietudes; la mía no quiere apartarse ahora de épocas ya serenadas por el tiempo, en cuyos recuerdos se entretiene; mas hay lugares donde no pasa el hombre sin levantar el corazón a Dios y bendecirle, como se descubre y santigua el caminante ante la cruz del humilladero, como el navegante se enternece y ora a vista del escollo donde naufragó su buque y conservó la vida; por eso es la tierra templo sembrado de incógnitos altares, de misteriosas aras, cuya imagen está en el cielo, y cuyos cultos pasan invisibles entre un corazón agradecido y el Criador.
Allí en la Rúa Mayor tiene su solar el antiguo y revoltoso linaje; allí muestra todavía su puerta ojiva del siglo XIV, flanqueada por dos repisas esculpidas de incierto empleo, coronada del sencillo blasón y el apellido, timbres que agobia el orgulloso escudo de los Guevaras, sobrepuesto más tarde en una reedificación o restauro, a causa de traslación de dominio. Las hiladas de sillarejo, su color y labra distinguen en la fachada lo más añejo y lo más reciente. Esta casa, llamada por el pueblo el Navío, sea por su extraña disposición interna, por su forma prolongada y angosta, o por su situación semejante a la del buque que encallada su proa en las algas y el cascajo atraca su popa al terraplén de la ribera, y su vecina señalada con las armas de Herrera, únicas en pie de tan remotos días, son padrón de lealtad y amor patrio. Conservólas el pueblo cuando abatió los solares vecinos castigando a sus dueños de haber faltado a la causa común de la villa, en cierta ocasión memorable.
Aquel triste rey Enrique IV, de lastimosa memoria, era despojado por armas o por intriga de lo mejor de sus dominios; en provecho de los ensoberbecidos grandes de Castilla. Arrancábanle villas, ciudades y castillos, unos peleando contra su derecho, asistiendo al infante don Alfonso; otros pagándose a ley de generosos del servicio que prestaban, amparando su combatida causa. De éstos, el marqués de Santillana, Diego Hurtado de Mendoza, segundo del título, había logrado en su favor donación de la villa de Santander92.
Poco lisonjeada del favor y harto mejor avenida con la autoridad realenga, floja a veces, pero más benévola y menos apurada que la de los señores, la villa rehusó entregarse al prócer allegó éste fuerzas en sus estados de Santillana y occidente de la provincia; y puestas al mando de don Ladrón de Guevara, señor de Escalante, las dió por escolta a su merino de Santillana, Juan de Gauna, y al corregidor García López de Burgos, encargados de hacer cumplida la donación regia.
Santander, amurallada y fuerte, determinó resistir; pero antes de probar la fortaleza de sus cercas habla el de Santillana probado, y probado con suerte, la de sus moradores. Corrompidos con dádivas y promesas de otras mayores, tres hidalgos de buena sangre, Fernando Fernàndez de Alvarado, Juan Gutiérrez de Alvear y Gonzalo de Sotórzano, diéronse al enemigo- tanta mano tenían en el gobierno de la villa, que pudieron abrirle franca entrada a la Rúa Mayor, a la colegial y al castillo; aposentáronle en lo mejor de ella.
Sorprendidos, no desconcertados por la traición, los leales se recogieron a la parte baja de la villa, mientras sus corredores y mensajeros extendían por la costa y valles comarcanos la fama del trance en que la villa estaba puesta. Todos respondieron a la guerrera llamada: los pueblos, temerosos de que la tiranía feudal ahogase sus fueros y libertades; los señores, convencidos de que el rey no era competidor para ellos, y lo habla de ser, y temible y forzosamente aventajado el marqués.
Giles y Negretes acallaron sus quejas, vencieron su encono y enviaron sus huestes contra el más poderoso. Sucesivamente recibía auxilios la villa y sostenía recios y cuotidianos combates con los intrusados alevosamente en su seno. Corría la sangre por una y otra parte, morían hidalgos y burgueses; allí cayó de un ballestazo Fernando de Escalante junto al arroyo de Becedo y su desagüe en las atarazanas, entre los cuerpos que señalaban cada día la frontera de ambos bandos y el sitio de la refriega; pero a medida que les crecía el ánimo a los santanderinos, menguábales a sus contrarios, cercados ya y desesperanzados de refuerzo. En tal punto pidieron tregua. Concertóse por sesenta días, durante los cuales la villa de arriba estaría en manos de don Ladrón de Guevara; y si al cabo de ellos no llegaba socorro del marqués, sería entregada a los vecinos.
No descuidaron éstos prevenir las contingencias; aprovecharon la tregua para enviar naves por la marina a solicitar aliados y recursos, y al cabo de días gastados por los hombres del marqués en espiar inquietos día y noche desde los altos muros y troneras que ocupaban, por ver u oír señal que les avisara del suspirado socorro, sólo tuvieron ojos para ver entrar por la ancha bahía las gruesas fustas que traían soldados a la villa, y oídos para oír el vocerío con que eran recibidos vizcaínos y trasmeranos.
Guiaba la animosa flota Juan Alonso de Muxica y de Buytron, señor de Aramayona, poderoso y temido en Vizcaya, aliado antiguo de los montañeses, y a quien convenía tenerlos corno avanzada y muro contra el de Santillana, más poderoso y no menos que él arriscado; allí venía Gonzalo de Salazar, hijo de Lope García, acaudillando sus solariegos de Somorrostro, que dejaron huella de su marcial entrada en el nombre de la calle por donde embistieron y aún dura, y Juan de Agüero, con sus parientes y allegados, con que la villa tuvo en torno de su pendón una lucida hueste de tres mil hombres escogidos y bien armados.
Y ya pudo, sin riesgo de enflaquecerse, rebosar del estrecho recinto y tomar los caminos por donde pudieran llegar los socorros del marqués y establecerse en lugar conveniente, apercibiéndose a recibirlos.
Vinieron éstos al mando del conde de Saldaña, primogénito de aquél, trayendo gente enviada por su deudo don Pedro Fernández de Velasco, primer conde de Haro; mas llegados a la puente de Arce se arredraron y detuvieron, y en tanto se aconsejaban y resolvían, expiraba la tregua. No aguardaron mayor plazo los de la villa; arremetieron con todas sus fuerzas, entraron iracundos la Puebla vieja, hirieron, asolaron, ocupáronla toda vencedores, y la iglesia y el castillo, y derribaron a raíz del suelo las casas de los torticieros.
No vió el débil rey con malos ojos esta resistencia de su villa; revocó la merced93 y premió adelante su desobediencia y bríos, titulándola muy noble y leal. Los hidalgos de la tierra vieron celebrada su victoria, y entre los cantares y decires con que el pueblo recuerda y perpetúa los sucesos históricos, anduvo buen tiempo esta copla:
| A dos condes y un marqués | |||
| un caballero montañés | |||
| lleva a todos de través94. |
Sería interesante saber qué parte tomó el abad en estos acontecimientos. Parece cómplice de los amigos del de Santillana, puesto que su iglesia fué de los puestos abiertos al invasor por los conjurados; pero ¿quién era entonces el abad? ¿Cómo se llamaba? ¿Tenía aún jurisdicción señorial? ¿Pertenecía a la familia de los Mendozas, cuyos apellidos encontramos por aquellos años en las sillas abaciales de Santander y Santillana? ¿Era ya abad don García Lasso de Mendoza, nieto del primer marqués de Santillana, el cual años más tarde ocupó ambas dignidades? Curiosos habrá que, acotando las blancas márgenes de este libro, diluciden e ilustren este punto y tantos otros como van quedando al estudio y erudición de mejores ingenios.
¿Cuál fué la puerta franqueada a los agresores en la querella? Siete tenía el muro un siglo después; probablemente las mismas de entonces: los nombres de seis de ellas, conservados en los de las calles a que abrían salida, declaran paladinamente su situación respectiva: Arcillero, Santa Clara, Sierra, San Francisco, Atarazanas y San Pedro95; queda por señalar la llamada de San Nicolás. Atendamos a que la Rúa mayor, importante en aquel tiempo, había de tener forzosa comunicación con la campiña; a que en la obra contemporánea citada no se menciona cuál fuese; a que enfrente de ella y por las alturas de las actuales calzadas altas hacia donde hoy están Santa Cruz y el hospital, el antiguo panorama de la villa ofrece una iglesia con advocación de San Nicolás, y colegiremos sin violencia que la puerta de San Nicolás, situada hacia lo alto del paredón de hoy, daba entrada a la Rúa mayor, y por ella de rebato, amparados de la noche, conducidos por los tres hidalgos tornadizos, entraron los soldados del marqués.
Ayúdame, lector, a restablecer el antiguo paisaje, a imaginar derribado caserío de la actual ciudad a Occidente de la cuesta del hospital; a fingir entero el muro, enhiesto su almenaje su pardo lienzo arranca de la Rúa mayor y baja la colina abajo, escalonado en trozos de igual altura y nivel distinto. En lo áspero y encumbrado del terreno el escarpe suple al foso que en la accesible hondonada se abre ancho y enjuto, tal como lo pintan las memorias contemporáneas. El terreno encañado entre esa colina de San Pedro o San Nicolás y la de San Sebastián que corre al Norte de la villa, ondea subiendo hacia Occidente en valle desigual y mies abierta. Una cruz de piedra señala los límites rurales: a uno y otro lado de ella pasan el arroyo y el camino, y arrimado al muro de la ciudad y a la puerta de su nombre, levanta su antigua fábrica el convento de San Francisco. Supón la hora del mediodía en uno de los templados y serenos de invierno: el sol baña las piedras y el matizado suelo, y la gente menuda acude a tomarlo resguardada del sutil Nordeste; el filo de la contraescarpa, el pie del muro están ocupados por jayanes que duermen, mendigos que se limpian de miseria y hacendosas mujeres de braceros que guardan su pobre colada tendida y remiendan las calzas del chicuelo que en tanto se abriga con el calor del cielo. Alguna rodona de cercenado guardapiés, cortejada por un soldado de la fuerza o de las galeras de Castilla ancladas en el puerto, se aleja por el camino de Burgos, por donde cruzan sollastres y garnijos, dándose groseras zumbas y soeces vayas; los primeros a abastecer su figón de comestibles, exentos de la tasa de la villa; los segundos a recibir al mulatero, cuya recua esperan cargar en la ribera al retorno de las lanchas pescadoras.
De tanto en tanto se detienen y agrupan con otros concurrentes en torno del truhán que recita, con gutural y compasado acento, los sabrosos romances del Palmero o la Infantina; del aventurero que miente peregrinaciones, votos y penitencias testimoniados con talcos, plomos y conchas, prendidos a su rota esclavina y mugriento sombrero, y aunque mal confiados en su veracidad y en su honrada palabra, y dispuestos a zumbarle con epítetos raeces, todavía soldados y marineros, próximos a arriesgarse en navegaciones y aventuras, le buscan a hurtadillas y le pagan en sonantes novenes la peregrinación a Santiago, las estaciones de hinojos ante el Pilar santo de Zaragoza, y acaso acaso un capitán enamorado le colma el oculto bolsón, para que, llegado a Roma, hecha con ardiente contrición la visita de sus siete basílicas, eche el clavo a su fortuna y le consiga del cielo el favor de tornar venturoso y hallar fiel a su amada.
En tanto al umbral de la portería franciscana se atropa la muchedumbre hambrienta que aguarda la sopa. El hidalgo que vuelve de dar su cuotidiano paseo por la solitaria mies del valle 96, en sabrosa plática con un racionero de la colegial, se ve acosado por los más audaces; recházalos con un ¡Dios los amparel atufado por el penetrante hedor que expiden; pero a tiempo pasa la santera de San Bartolomé del Monte, que sale de la villa de su semanal cuestación; salúdale por su nombre; el hidalgo se detiene, mete mano a su escarcela y suelta una blanca en el taleguillo de la frera; a punto ya de entrar por el arco de San Francisco, cruza otro saludo con el padre procurador de Santa Catalina de Monte Corbán, que pasa caballero en su mula, remangados los blancos hábitos, batiéndole las piernas los hijares de su bestia, y los hombros las alas del fieltro con que se guarda del sol o de la lluvia.
La campana colegial que tañe el Ave María, a la cual responden las de los conventos, parece poner espuelas a la rucia, que repicando el paso toma la cuesta del Cubo y desaparece entre los setos de las huertas. El hidalgo se para y descubre; imítanle muchos de los transeúntes; el racionero reza, las mujeres en lo alto se santiguan, y aunque de mala gana, soldados y daifas bajan la voz y templan la risa. Y, al cabo de breve pausa arrecia el vivo rumor del gentío, las voces diversas, gritos, carcajadas, apóstrofes y juramentos; recobran su acción y movimiento grupos e individuos, y destellan al vivo rayo del sol el jubón recamado del caballero, la acerada gola del militar, el ceniciento hábito del mendicante, la abigarrada trapería de lisiados y truhanes, y los zagalejos de las mozas de servir que traen lleno el cántaro de la fuente de la Bóveda97 o de la más lejana, y por ende más concurrida, de Becedo98.
Esa portería donde tu imaginación dócil a mi deseo, lector complaciente o compatriota amigo, ha visto amontonarse el tropel hambriento y desarrapado, no era la que en tus días da paso a pretendientes e intrigantes, a paisanos y militares, extraños huéspedes del claustro99; ni tampoco ese pórtico donde los domingos aguardan mezclados la hora de su rosario hermanos de la orden tercera y acogidos de la caridad, y los días comunes al caer la oración miden las losas y pasean sosegadamente dos o tres padres comentando las nuevas de la ciudad o los negocios de la corporación, al sabor y al humo de un papelillo100.
El actual convento lleva la fecha de su reedificación en la fachada: 1639. Gonzaga, general de la orden, que un siglo antes escribía su puntual historia y estadística, pone la fecha de su fundación primera anterior al año 1270, a juzgar de las letras de un sepulcro situado a inmediación del ingreso principal. «No existe -dice- tradición ni escritura de su edad ni fundador»101. Carezca en buen hora de diploma o instrumento auténtico, mas no puede fallecerle la tradición, nacida de la incertidumbre misma de su origen, fastos del pueblo que a su modo hace la historia inspirado por su gratitud o su rencor.
Tradición tiene el convento, tradición común a las fundaciones seráficas de oscuros principios. Lo que es desdeñado por un cronista imparcial y austero, guardábanlo amorosamente bajo la caliente lana de su sayal los humildes y pequeños, y al desnudarse la monástica jerga, lo conservaron al calor de la seglar sotana, como parte que era, no del traje, sino del alma.
Yo se la oí contar, oscura en tiempo, dudosa en nombres, incierta y confusa como descolorido recuerdo o palabra de anciano, balbuciente y tarda.
Venturoso en guerras, y pagado de esfuerzos y fatigas con el acrecentamiento pingüe de su mayorazgo, vivía la villa cierto hidalgo honrado y temeroso de Dios. Pertenecíanle estas tierras próximas al muro, solar del convento y huertas vecinas, erial entonces infecundo. Cavilaba buscando modo de hacerle fructífero el buen hidalgo, y contra la costumbre de su ánimo resuelto, vacilaba indeciso: ya imaginaba enajenarle, ya resolvía romperle y labrarle, o bien edificar vivienda para si fuera de las lóbregas y estrechas calles de la villa, abierta al sol y al aire con el regalo y esparcimiento de árboles y jardines.
En tales meditaciones vivía; sus convecinos murmuraban sorprendidos del reposo con que parecía mirar aquella parte de su hacienda; censuraban en otro tiempo su actividad, inoportuna a veces, a veces excusada; su constante afán de mejorar, cambiar, amojonar, partir y descuajar, y ahora le raían por perezoso e indiferente; y ahora y antes, lo mismo de su actividad que de su inercia, concluían idéntica afirmación, a saber: que algún misterio envolvía el proceder del hidalgo, que bien sabido se tendría el por qué de ello, y algunos provechos ciertos aguardaba. ¡Quién acertó nunca con la opinión y gusto de sus convecinos!
Paseaba cierta tarde el hidalgo sus cavilaciones por el camino de Burgos, cuando vió llegar dos frailes de hábito extraño para él, y facha venerable. Se encontraron, y el más enjuto y joven de los forasteros saludó al hidalgo por su nombre, deseándole el favor del cielo. Lisonjeado por la novedad, cortés a medias y a medias curioso, incorporóse a los viandantes para guiar su entrada en la villa. Caminaban despacio y entretenidos; la conversación del fraile, persuasiva y fervorosa, inflamaba lentamente el sencillo corazón del hidalgo. Nacíanle gratas sospechas de que iba hablando con un siervo de Dios predilecto y bendito, y luego las trocó en certidumbre, cuando cercanos a las puertas de la villa el varón apostólico le dijo: «Estas tierras que os turban el sueño y acucian el ánimo, tienen empleo señalado por los designios de la Providencia; Dios las quiere para mansión de los pobres hijos de Asís, y envía a su siervo Francisco a poner la primera piedra de su casa. Hincóse el hidalgo a besar el hábito del santo, y ufano de la elección divina, cedió las tierras para fundación de la orden.»
Singular vacío ocupa en las historias franciscanas el lugar del viaje del gran patriarca a España. Todas convienen en que peregrinó a Santiago de Compostela, y el cómputo de los años de su vida y empleo de cada uno de ellos, hace caer la jornada dentro de los de 1213 y 1214. No la mencionan aquellos tres compañeros, testigos perennes y leales de los dichos y hechos del santo, León de Viterbo, Rufino de Asís y Ángel de Rieti, que dejaron escrita una Memoria expresiva y breve de todos sus actos102. Sin embargo, la tradición constante y repetida se afirma con datos y pormenores suficientes para que el grave analista Wadingo admita como positiva y auténtica probanza.
El seráfico mendigo, el bienaventurado caballero de la pobreza, como se titulaba, cuando vuelto de sus vanidades hidalgas trocó martas y brocados por la áspera jerga, y el dorado cíngulo por la soga penitente, goza del prestigio común a todos los héroes populares. Cada región pretende haber sido teatro de sus milagros, todas quieren haberle visto y albergado, haber sido honradas con su elección para asiento o cuna de nueva comunidad, nueva familia. Testimonio, no tanto de piadosa vanidad cuanto del concepto universalmente adquirido de la prodigiosa actividad, incansable celo y eficaz propaganda del héroe.
Como al valor y al brazo de los paladines legendarios se atribuye el vencimiento de todo monstruo, la doma de toda fiera, el remedio de toda calamidad, a la insaciable caridad de Francisco se atribuye el establecimiento de su religión en toda región extrema, tempestuosa y fría, agria y estéril, inhospitalaria y ruda. Ley eterna de la gratitud humana, que paga todo beneficio con la perpetua memoria de su bienhechor; legado que las generaciones heredan y extienden, acrecentándole siempre, renovándole a menudo, invocándole en horas supremas, en momentos de tribulación; en los apuros de la patria, si el héroe no fué más que héroe; en los aprietos del corazón, si fué santo.
Patria y corazón han de vivir expuestos a dolores y miserias, y recaer en su yugo, por largas treguas que hayan de sosiego y de fortuna; por eso el nombre y culto de sus patronos en la historia y en el cielo, si a intervalos se entibia y decae, no perece ni se extingue nunca. Nadie se lo enseña a los niños, y éstos lo aprenden, y lo defienden, y lo aman, y lo invocan apenas su tierno pecho sufre la ponzoña del dolor primero, apenas siente lastimado ese amor áspero, violento al suelo nativo, que madruga en el alma harto más que la razón y el discurso.
Italia es tierra feraz, opulenta y jugosa, en que la planta hombre nace y crece más vigorosa y ruda, según decía su famoso Alfieri; madre de hijos insignes en virtud y en maldad, en gloria y en infamia, que sobrepujan al tiempo y perpetúan su nombre, alzándole a la más alta gloria o enlodeciéndole en criminal bajeza; preclaros ingenios, esclarecidos capitanes, sublimes santos y torpes criminales o hediondos réprobos.
Italiano y de Asís fué Juan Bernardone, a quien su padre, por amor que a lo francés tenía, y semejanza que entre el genial de aquellos naturales y el de su hijo creyó hallar, dió en apodar Francesco, apodo destinado a altísima fortuna y perenne nombradía.
Ya mozo, tentóle la vanidad un deseo loco de emular en gastos y rumbo a los hidalgos sus convecinos. Logrólo aína; la nobleza menuda de Asís era ociosa y pobre, mientras en casa de Francisco, casa de mercader aplicado y hacendoso, había caudales horros, nunca mejor empleados que en satisfacer sus veleidades de magnífico. Esto pensaba su madre, madre al fin, y que, nacida de estirpe noble, vela de buen grado las aficiones de su hijo, y no se hacía de rogar para sustentarlas.
Guerras y placeres eran la vida en aquella edad de la juventud hidalga en Italia; en guerras y placeres participó Francisco, obedeciendo siempre a las ansias infinitas de su pecho y sin verlas sacias nunca.
Así su imaginación ardiente comenzó a volverse a las cosas del cielo, a sentir la atracción de lo invisible y eterno, de lo inmaterial y permanente; la generosa grandeza de la Redención vino a labrar en su ánimo, la voz del mendigo cobró un eco extraño a sus oídos, y la efigie del Crucificado se animó a sus ojos con la vida dolorosa de una agonía sin remedio y sin fin; el pecador comenzó a sentir el dolor de las heridas del mártir, a oír sus quejas y sollozos: sincero y ferviente, había cedido a las disipaciones mundanas; sincero y ferviente se dejaba envolver y arrastrar por la seducción inefable del misterio.
Prendas de su alma habían sido la compasión y el desprendimiento, virtudes que llevan lejos, muy lejos, a la miseria y a la santidad. Por esto su primer paso en el nuevo camino por donde entraba, ciego de fervor y de esperanza, fué despojarse de sus bienes con provecho de sus semejantes; por eso halló quien le siguiera, quien le acompañara, quien imitase su abnegación. Esas virtudes son el numen del fundador evangélico, su iniciativa, su fortaleza y su prestigio; llaman el favor del poderoso, la limosna del opulento, la personal consagración del pobre y del entusiasta.
Menores llamó Francisco a sus compañeros, y menores se llamaron sus discípulos luego que Inocencio III desde su silla apostólica ratificó y bendijo la nueva comunidad y la nueva regla; menores, porque Jesucristo habla dicho a sus apóstoles: «Lo que hiciéseis a los menores de vuestros hermanos, lo habréis hecho a mí.» Los benedictinos le dan una iglesia suya, arruinada casi, tan pequeña y pobre, que en su lengua italiana la llamaba el pueblo Santa María de la Porciúncula, porque parcela o porcioncilla escasa de tierra era la que la iglesia ocupaba y le pertenecía. Y de tan humilde principio y de seis fervorosos que le asisten y obedecen, parte la orden mendicante a ocupar el mundo.
Rico de amor corno era el corazón del patriarca, encerraba intimo germen de poesía. Educado anticipadamente su entendimiento en la música y en la poesía caballeresca de los trovadores, puesto, por su vivir errante y mendigo, en comunicación constante con la naturaleza, y necesitado acaso de hablar otra lengua que la lengua de la razón y del discurso usada en sus predicaciones, de descansar de la lengua que persuade en la que exalta y conmueve, prorrumpía en aquel himno sublime, il cántico del Sole, en que acordándose del común origen de todo lo criado, llama hermanas a todas las criaturas, convidándolas a alabar y engrandecer al Señor. A su ejemplo riman y cantan sus compañeros y discípulos, el gran Buenaventura, su futuro historiador, Jacomino de Verona, uno de los precursores de Dante, y aquel Jacopone de Todi, autor de la elegía en que la cristiandad entera llora el dolor de María al pie de la cruz.103
Y quizás la poesía franciscana y su hondo sentimiento de la naturaleza influyen en el arte y hacen aparecer un nuevo elemento de composición, el paisaje, en tablas y frescos del decimotercero siglo, al renacer la pintura en manos de los prerrafaelista en Sena y en Florencia.
Es San Francisco de las figuras históricas que arrastran consigo y distraen de todo camino cuando se las encuentra. Continúa ejerciendo en los dominios de la imaginación su irresistible ascendiente. No es preciso para ello entrar en un templo corno éste, espacioso y pobre, en cuyo piso lees todavía los números de las antiguas sepulturas; en cuyos machones miras el blasón elocuente de la orden, la cruz soberana patíbulo del hijo de Dios, y clavados en ella el brazo redentor y el brazo penitente, la desnudez divina y el cilicio humano, el sacrificio y la oración, y rojeando a sus pies la sangre, precio, llave y fruto del sin igual misterio.
Pero acaso bajo las anchas bóvedas, prendidos a las imágenes sacras, a las figuras de los escudos heráldicos, a las labores de los sepulcros de los antiguos caballeros, viven recuerdos que prestan viva luz al ambiente y hacen fulgurar la santa diadema del patriarca, que en lo más alto del retablo mayor tiende aún los brazos abiertos al cielo.
Los soles de la vida agostan el alma; pero en su tierra abrasada duerme inextinguible un germen que retoña y reverdece al calor de un afecto, al riego de una lágrima, y como no se olvida la manera de santiguarse, porque viene de enseñanza maternal, tampoco el lugar de la primera oración, de la primera misa, porque en ella acompañó la madre al hijo. En el umbral bendito dejan su carga las aldeanas, fiándola del mendigo que tiende la mano abierta a los fieles; cóbranla cuando salen, y subiéndola sobre la cabeza tornan a su faena; en el umbral bendito deja el alma sus tristezas humanas para entrar dentro de la iglesia como entraba antes de probarlas y conocerlas, alegre, desembarazada, señora de un horizonte breve pero sereno, tan limpio de penas, que para dar alimento a la sed de padecer, sello misterioso de nuestra raza, necesitaba afligirse con el padecer ajeno. No teniáis; al umbral y a la salida hallaréis de nuevo, y no menguado en peso, vuestro fardaje.
En esta iglesia y en su capilla de San Luis, dice Jorge Brawn se verificaban las elecciones anuales de los magistrados de la villa. Los mejores linajes de ella, abusando de su poder, intervenían y violentaban la voluntad popular, o la menospreciaban y se sobreponían a ella cuando no iba conforme con la suya propia. Modos había de preparar el sufragio, concertando su aparente espontaneidad con el provecho de los ambiciosos e intrigantes; pero no siempre alcanzaban o se torcían antes de dar el prometido resultado, y entonces los desesperados no vacilaban en acudir a la violencia, violencia que alguna vez ensangrentó el atrio del templo y acaso los ámbitos sagrados.
Eran los antiguos bandos que, reducidos al recinto de poblado y ya despedidos de sus antiguas cabalgadas y rebatos, perpetuaban su división y odios, buscando la satisfacción de su vanidad en la humillación y derrota de sus contrarios.
Parece que un rey, Juan II quizás, quiso remediar el escándalo, y dió ciertas ordenanzas a la villa para la provisión de los cargos de su magistratura. Eran un modo de transacción y avenencia entre los linajes enemigos, para que de mutuo convenio alternasen en el regimiento y administración municipal. Mas sucedió que algunos de los linajes, bien avenido con la posesión de la autoridad, cuando fué cumplido su tiempo y llegó el de cederla al linaje rival, desentendióse de las ordenanzas y rehusó cumplirlas. Constituyóse entonces un estado de permanente discordia, más grave aún y más escandaloso que aquel al cual habían puesto término las ordenanzas de don Juan II.
Y los Reyes Católicos se vieron en el caso de proveer a su remedio, expidiendo en Madrid, a 30 de enero de 1498, una carta real en que ordenaron, hasta en sus menores detalles, el modo de hacer las elecciones104. ¿Fueron mejor obedecidos que su negligente padre? Es dudoso. En un proceso de mediados del siglo XVI hallo que en el primer tercio del siglo era cabeza del bando de los Giles Juan Ruiz de Escalante, el viejo, «el cual vivía en la Rúa mayor, e proveía la vara de la Hermandat, cuando cabía a su linaje en quien quería»105. Prueba de que caída en desuso la provisión última, se había vuelto a las ordenanzas anteriores. Y a dos de mayo de 1560, el rey Felipe II, en Toledo, aprobó y confirmó, para que se restituyera a su ejercicio, la carta de los Reyes Católicos, sus bisabuelos.
Otro solar antiguo tuvo la orden francisca en la villa. Diósele en 1323 doña María de Guitarte, viuda de Gonzalo García de Santander, valeroso capitán de las naves de Alfonso X y Sancho IV106. Huérfana de hijos y de esposo, y ricamente heredada, la piadosa hembra gastó su hacienda en labrar convento para las hijas del seráfico padre, dentro de los muros, arrimado a su ángulo nordeste entre las puertas de la Sierra y la que de su vecindad se llamó de Santa Clara107.
Todavía cerca la clausura el ancho paredón, sobre cuyos altos adarves arraigan laureles e hinojos; todavía subsiste el ábside del siglo XIV, con su rasgado ventanaje, tapiado en días de guerras civiles, sus rudos estribos y toscas gárgolas, y queda parte del cenobio construida en menos remoto tiempo: en el siglo XVII, a juzgar por su arquitectura.
¡Pero cuál se asombraran sus pacíficas y antiguas moradoras si, restauradas por un momento en su retiro, oyeran el constante y bullicioso estrépito que hace retumbar sus ámbitos!¡Y qué famosa ocasión para ejercitar su natural travieso y provocativo tendrían los estudiantes que dentro de ellos corren y vocean, si vieran parecer un día a las venerables madres, y asomar las graves tocas y luengos mantos, poniendo coto a sus juegos y atajo a sus diálogos y palabrería, pocas veces casta y ortodoxal!
Vacío el monasterio por la revolución, destinóse a colegio de segunda enseñanza con el nombre de Instituto Cántabro. Tenla entonces Santander varones de ánimo robusto, que pudieron con justicia aplicarse a sí propios la frase de un héroe de Lope de Vega:
| En las guerras soy soldado | |||
| y en las paces regidor. |
Metidos en los azares de una guerra civil y desastrosa; dudosos los destinos de la patria; sombrío el horizonte y preñado el cielo de siniestros presagios, pusiéronse en mientes llevar a cabo una fundación esencialmente pacífica, cimiento de más tranquilo vivir, centro de luminosa enseñanza, fuente de clara doctrina que, ahorrando a las madres el dolor, a los padres el dispendio de alejar en tierna edad a sus hijos, les dejaba el dulce peso de educarles el corazón, atendiendo a la vez al indispensable cultivo de su inteligencia.
Salían aquellos honrados ciudadanos de guardar la improvisada aspillera y entraban en el salón municipal. Dejaban el marcial entretenimiento de la táctica y su ejercicio para discutir la administración popular, y sin descalzar la militar espuela al regreso de aventuradas expediciones, preparaban y escogían los medios de realizar su intento, dando a su obra sólida trabazón y duradera vida.
Por uno y otro camino llegaron al término donde se compensan el desinterés y la perseverancia: la abnegación y el esfuerzo en el campo, la prudencia y la integridad en la gestión de los intereses comunes, se vieron premiadas con igual felicísimo éxito, y un mismo día celebraron los santanderinos la paz de Vergara y la inauguración de su Instituto.
¡Hermosa coincidencia!; soltar las armas y abrir las aulas; envainar la bayoneta, retirar el cañón amenazador de la angosta tronera y erigir la cátedra del magisterio; apagar la tea y encender la antorcha; tender la mano al enemigo y llevar juntos sus hijos a los bancos del estudio, donde no han de oír predicaciones de odios que enciendan la sangre y armen el brazo, sino principios benéficos y creadores; donde han de aprender las máximas de la moral para amarse, las leyes de la filosofía para conocerse, los misterios de la ciencia para penetrar la admirable máquina del mundo y comprender sus portentos, los ejemplos de la historia para honrar la patria, los encantos de las letras y las artes para estimar la grandeza del ingenio humano, respetarle como a centella de divino origen, como a consolación suprema de ruinas y dolores, como a prenda exclusiva de duración de los pueblos, pues la misericordia del cielo conserva y perpetúa sus obras cuando pasaron y se extinguieron sus leyes, sus armas, su poder, su gloria, y ya no pisa la tierra hombre que hable su lengua y en ella rece, discurra, blasfeme o gima.
Desde 1839, año de su inauguración, ha sido el instituto plantel donde las inteligencias cántabras, preparadas por una labor primera y rudimentaria, han sido nutridas de sustancia y modeladas para sus destinos ulteriores; allí se han iniciado y presentido las vocaciones de todos nuestros conterráneos de la generación actual; allí los que ahora ciñen espada sintieron el primer hervor del militar entusiasmo exaltados por las glorias de la falange, del tercio, de la guerrilla; allí los que guían naves por remotos y tempestuosos mares, vieron la primera luz de los rumbos del cielo en sus fijos luminares; allí los que velan con provechosa constancia en persecución de la fortuna, tuvieron la noción elemental de la economía y del cálculo; allí los que predican al pueblo desde la sagrada cátedra, los que amparan la justicia en el foro, sintieron el misterioso atractivo de la palabra; allí los que manejan pluma comprendieron la áspera grandeza de esta obra excelente y viril, la cual exige de consuno idea, valor, inspiración y trabajo, según frase del más elegante de los modernos críticos franceses108.
Allí, en fin, ha sentido, o siente, o sentirá las primeras e inefables caricias de la musa patria, el ingenio, que ha de hacer olvidar este libro mío (si alguna vez mi libro logra fama, siquiera en los estrechos horizontes de la tierra nativa), trazando en fiel y vigoroso retrato su imagen, inspirado por la voz íntima y constante que oye el buen hijo brotar, doliente de las ruinas, de los recuerdos, del sepulcro sagrado de su madre olvidada u ofendida:
Exoriare aliquis nostris ex ossibus ultor109.
No abusemos de tu paciencia, lector, que andará ya muy al cabo, así como tu aliento aridecido del seco polvo, o hastiado del vapor de moho que tantas piedras viejas despiden.
Vamos a lo que no envejece ni se muda, a lo que permanece y dura, aunque movible y fugitivo, según la expresión de nuestro Quevedo. Vamos al mar, azul y profundo, sonoro y undívago hoy, como lo era en los tiempos en que arrullaba aquí vastas soledades; al mar que vieron en el siglo V los Erulos o Normandos de que nos habla el viejo Idacio110, igual que lo ven ahora los mareantes de los clippers que llevan pan a Cuba y de Cuba traen tabaco y dulce.
Aquí está la gala de Santander, aquí su opulencia: aquí suena la respiración de sus anchos pulmones, su rumor sordo de colmena, su correr de tratos y negocios, su rechinar de cabrias, su zumbar de aventadores, su rodar de barriles, su golpear de empaques, su contar sin duelo y sin tregua de cueros, duelas, hierros, tablas, bacalao y fardería: aquí late la vida de su cerebro, aquí suena el oro de su bolsillo, y cruje sobre el papel la pluma de sus escritorios, y susurra en el aire el cuchicheo de sus transacciones y el aritmético y arcano frasear de cotizaciones, precios, cambios y descuentos.
Por aquí rebosó, haciendo estallar el férreo cinto de sus muros, cuando, crecida de villa a ciudad por merced del señor rey Don Fernando VI111, le pareció poco y estrecho aposento el de sus antiguas calles, y para edificarse vivienda suntuosa y vasto almacén echó cimientos en el agua, donde no tenía más coto que el de sus dineros y su voluntad.
La voluntad no ha enflaquecido nunca, los dineros han tenido períodos de fluir y prodigarse, y tiempos de escasear y retraerse. Y los muelles, sujetos a las fluctuaciones económicas, empujados en los momentos prósperos, paralizados en los adversos, han ido entrándose mar adelante con la pertinacia de todo lo fatal e incontrastable.
Su fábrica cuenta a piedra en grito y al más sordo, tres períodos sucesivos de construcción desde que, levantado el piso antiguo de la baja Ribera, al promediarse el pasado siglo, paulatinamente creció hasta el Martillo, en cuyas obras suena el nombre del Don Juan de Isla, que hallamos en el astillero de Guarnizo. Luego, en los días de 1820 a 1823, se alarga desde el Martillo al Merlon, y se apellida Nuevo por su fecha, de Calderón por su diligente constructor y empresario, y al cabo se dilata hasta el desagüe de Molnedo, anónimo, porque se edificó en tiempos en que la asociación es especial y poderoso agente de la actividad humana, y en ella se anegan nombre e iniciativa individuales, por más que de la iniciativa individual tenga toda asociación su espíritu, su energía, sus resultados y sus provechos, y más ligero y menos suntuoso, porque ha nacido en tiempos en que hay muchos vestidos que hacer, y no se puede consumir el caudal en uno solo, suntuoso y de boato.
Pero este es muelle epiceno y mestizo; tiene de señor y de obrero, de comerciante y de vago, de taller y casino, de lonja y de paseo. Sin quitarse la honrada librea de su trabajo, el polvo de la harina que le mancha muros y losas, como mancha el polvo de la creta las barbas y manos del escultor, como mancha el polvo de la hulla la piel curtida del cerrajero, cesa, descansa, toma aires de ocioso y de galán, se deja visitar por damas y se hace cómplice de amores y elegantes aventuras.
Otro es el muelle que no reposa ni tiene domingo, ni hora de urbanidad y sociales esparcimientos; el muelle obrero, de pipa y faja, incansable, rudo, polvoriento, escabroso, inhospitalario para todo el que no va a pagar o recibir jornal, a cargar o descargar, a comprar o vender. En este muelle liemos desembarcado. Arranca de la parte meridional de la ciudad y se tiende al Sudoeste a buscar, avanzando por escalones, la distante península de Maliaño y a pedirle su nombre.
Franceses vinieron a construirlo, y un día de verano de 1853, entre músicas y aclamaciones de algunos entusiastas, y las preces que la Iglesia tiene para toda obra beneficiosa y útil de la inteligencia humana, sumergióse en las aguas de Santander, por cuatro o seis brazas de fondo, la primera piedra de la construcción. ¡Cuántos se reían y alzaban los hombros al oír hablar del porvenir y utilidades y ventajas de una empresa cuyo presente se reducía a un sillar sumergido en las aguas, hundido y desaparecido en el cieno de su fondo! La fe es prenda rara; faltábales a los mismos que, partícipes del pensamiento inicial, lo habían transmitido a la actividad y mayores medios de los extranjeros; húbolos que como Esaú vendieron su derecho de primogénitos, es decir, de propietarios primeros en la tierra arrancada al mar, levantada y establecida sobre su extensa ciénaga, por un plato de lentejas, y quizás el descorazonamiento cundía y se arraigaba porque los extranjeros, aparte de las ventajas que de la realización del plan habían de dimanar, legítima recompensa de sus afanes y perseverancias, pedían pocos dineros sonantes.
Pero al sillar inicial y simbólico fueron siguiendo algunas barcadas de sillares. Un día ya asomó el artificial escollo sobre la base de las aguas en su pleamar, y como hitos de una medición fantástica fueron asomando otros escollos parecidos en toda la extensión de la obra proyectada.
Los escollos fueron creciendo y ensanchando, luego se unieron, luego el cieno de las mareas se espaldó en su base y rellenó sus huecos, y los barcos fueron descargando arena al abrigo de aquellos estribos, y el mar, después de porfiar una vez y otra, de roerles los cimientos, de arrancarles las piedras de la base, de minar, arrastrar, hundir y quebrantar, sintióse a su vez quebrantado e impotente contra la tenacidad humana, y cedióle el paso, y se fué retirando, y reconoció, por último, que su destino no era pelear contra el naciente y ya vigoroso y erguido muelle, sino ayudar a su utilidad y empleo, arrimando los barcos y teniéndolos a flote, mientras vomitaban sobre la escollera los depósitos de sus anchas bodegas ó las abarrotaban con las mercancías que la escollera acarreaba.
De tal manera, con uno y otro muelle, alargándose a Vendaval y Nordeste, va Santander abrazando su bahía, a modo de colosal crustáceo que abre la ancha tenaza de sus pinzas para coger la presa.
¿Hasta dónde llegará? ¿Cuál será el límite de su afanosa, lenta y tenaz porfía? ¿Cuántos siglos pondrá la eternidad desde el punto en que yo cuento hasta aquel en que un bibliófilo curtido y seco, empolvado y miope, manuscriba aquí entre renglones de lo impreso, con inefable y egoísta gozo la contestación definitiva a mis preguntas?
Pintoresca ribera contiene el espacioso lago desde la escollera extrema de uno y otro muelle. Allá al Este avanza el cabo San Martín y su inútil batería; un peñón, que parece desprendido de la costa, asoma en medio de las aguas; llámanle los marineros San Mamés, y con este nombre, y en aquel paraje, pinta Brawn, en su Santander del siglo XVI, un islote con una ermita y un puente que le une a San Martín. Si alguno duda de que en trescientos años la mano del hombre y los besos del mar pueden reducir a tan exiguo escollo una piedra capaz de fundaciones devotas, córrase hacia el puerto y cerca de su boca hallará la peña de la Torre, que en días no lejanos mostraba señales de antiguos fosos y parapetos de tierra, que en otros más recientes dió asiento a una ancha tienda de campaña, bajo la cual se guarecía la corte de Isabel II112, esparciéndose desahogadamente fuera de ella el numeroso pueblo que formaba el cortejo naval de su reina. Diez años han pasado y ya escaso asiento deja al pie de los curiosos la pólvora que hace estallar el peñón con repetidos barrenos.
Estos cabos y promontorios cierran la vista de la boca del puerto; más allá de ellos se dibujan ya las tierras de la otra parte; el pálido arenal de las Quebrantas, cementerio de náufragos, envuelto siempre en la siniestra bruma de las rompientes; tras de sus dunas tumulares se esconde el santuario de Latas y su romería; luego el arenal del Puntal, que viene y se acerca a provocar a la ciudad frente a sus soberbios muelles; en su descolorida arena negrean las caravanas que bajan de Galizano y Somo a tomar el barco que, abrigado en el redondo seno del Miera, los aguarda. Aquí se derrama en la bahía el alevoso río; ya la barra que levantó para cegar el puerto es muro que resiste a su corriente, la rechaza y la obliga a ondear y torcerse para buscar camino, a remansar para hacer caudal recoger fuerzas y tentar con mayores ventajas el paso. Y se echa en un refuelle sobre la venta de Pedreña, que, como situada en alto y sobre firmísimo cimiento de rocas, le mira por encima de su tejado con la misma indiferencia con que en tiempos antiguos miraba de más cerca a los huéspedes que llegaban hambrientos y pedían de comer.
Tierra adentro, por cima de lomas y quiebras, blanquea el palacio de Setien, arrimado a unos árboles, señor del paisaje, como lo era en la comarca la raza que le fundó y tuvo en él vivienda largo tiempo. Los nobiliarios cuentan con poéticos rasgos el origen de los Setienes; ¿por qué no recordarlo? Precisamente en esta marina, siguiendo la vera del agua, pasando el melancólico Ambojo y su bosque a raíz de las mareas y su ciprés característico, obelisco perpetuo de los solares montañeses, plañidor que llora sobre su muerto espíritu y apagada gloria, único ser que llora perennemente sobre los muertos, que decía Byron113; pasando luego un promontorio que llaman del Acebo, aunque ni acebo ni otro árbol hojecen en su pelada loma, llegaremos a Helechas.
No tuvieron mucho que cavilar los etimologistas heráldicos para discurrir que Helechas se llamaba así de lo espeso y crecido del helechal que ocupaba el sitio. ¿Por qué no nos dicen de dónde trae su nombre cierto aquella roca cónica aislada enmedio del agua, que unos dicen de Marnay, otros de la Garza y otros de las Ánimas?
¡La peña de las Ánimas! Nadie dudaría del origen de su dictado si lo llevase un escollo en la procelosa costa, allí donde el terror y la creencia popular oyen el gemido de las almas, cuyos cuerpos arrolla el agua, y los destroza y sumerge con su violencia airada la tormenta, donde el oído fascinado percibe entre el clamor de las olas y el alarido de los vientos el ¡ay! blasfemo del que desespera y el gemido supremo del que se ahoga; pero aquí, silenciosa, en medio de las plácidas ondas que roen calladamente la piedra, ¿qué leyenda extraña, qué visión misteriosa aparecida en doble tiniebla de antiguos tiempos y densa noche engendró el fúnebre título?
En el sene que se forma a Levante de la peña está, pues, Helechas: una iglesia torreada, ennegrecida por las lluvias de ocaso, vecina del agua, señala el pueblo. Normandos o godos hijos de tierras boreales o aventureros de la mar, llegaron y desembarcaron acaudillados por dos príncipes. Recibiéronles los naturales a saetazos y pedradas, armas de aquella edad remota; andaba la pelea reñida y el vencer dudoso, cuando de lo cerrado del helechal y espantadas por la grita y estruendo del combate, partieron siete raposas. «¡Septem! ¡Septem!», gritaron los príncipes, que por lo visto eran latinos, a sus soldados: «¡Feliz agüero!», quiero decir, «¡propitium omen!» Con cuya vista y cuya voz, recobrados los vacilantes invasores, arrollaron a sus enemigos y lograron establecerse en la comarca. Los vencidos, prendados luego de la buena disposición de los príncipes, a quienes apellidaban con el vocablo que les hablan oído en la batalla, los toleraron, y se sometieron gustosos a la mayor autoridad de su valor y su prestigio, y los príncipes, gloriosos de su hazaña, aceptaron el mote para apellido, fundaron estirpe y se llamaron los de Setien.
Sale de nuevo la costa y se arrima a otra isla que también tiene dos nombres: ¿Se llama de la Astilla o se llama de Pedrosa? A gentes de este apellido pertenecía cuando el Estado la quiso y le fué cedida para lazareto. Triste como todo lazareto, que significa hospital y cárcel, cautiverio y peste, prisión y contagio; un pino la corona, sangrando por las heridas abiertas en su corteza; un almacén vacío la ocupa, y ya comienza a poblarse de sus edificios propios, de tumbas. Detrás de la isla, en el continente, la risueña mies de Pontejos, y entre sus verdores, la piedra curtida de una torre con almenaje y cubos en sus cuatro ángulos. Un rico escudo blasona su frente, puesto sobre la espada de Santiago, timbrado con yelmo y corona de marqués. ¿Es este el solar del apellido y cabeza del título que la coronada Madrid recuerda con filial respeto?
Aquí entra la ría a bañar las desiertas gradas del astillero, y los pies de Cabarga, lugares conocidos. Al otro lado encontramos de nuevo a Maliaño; luego, subiendo hacia el Norte, la torcida canal de los Raos, que se entra hasta la mies de Camargo, pasando bajo el ferrocarril y una y otra carretera.
Como vinimos a Santander costeando la rada, ya estos lugares nos son familiares; vamos encontrando a Estaños y Muriedas; la Peña-Castillo con la iglesia de Loreto agarrada a su costado, santificando su siniestro aspecto; la verde isla del Oleo que produce yeso, los admirables pinos de Campogiro, y atajándonos el paso a las ricas huertas de Cajo, a sus sombríos boscajes, la escollera de los muelles del Oeste, y los vastos terrenos encerrados dentro de ellas, y sus múltiples aplicaciones, marismas, arenal, astillero, huerta, playa de baño y playa de pesca.
Y encerrado dentro de este marco espléndido tan a la ligera y de borrón pintado, el lienzo inmenso de agua sobre cuyas espaldas flota esa escuadra de potentes cascos, gallarda cruz y valerosos marineros atentos al silbar de la locomotora, que desde las lejanas breñas y gargantas les viene avisando que abran las escotillas para recibir el trigo cosechado en las vegas del Carrión y del Arlanza.
Y es añejo este servicio que la bahía de Santander presta a los graneros castellanos, como que la naturaleza la ensanchó y ahondó para puerto de Castilla.
Cuando el onceno de los Alfonsos, llamando a sí caballeros y mesnadas, órdenes militares y peonaje de villas y ciudades juntaba hueste a vista y en daño de la morisca Algeciras, dispuso que el abastecimiento y provisiones de su numeroso ejército se hicieran en los puertos de Cantabria, «et apercebióse de mandar a sus tesoreros», dice la Crónica114, «que enviasen por mucha farina et por mucha cebada a Castiella;... et que lo ficiesen levar a los puertos de Castro, et de Laredo et de Santander el de Bermeo... et que lo troxiesen al real por mar.» Tan ventajosa era la cercanía, y tanto más fácil el acarreo, a pesar de las asperezas y temerosas fraguras de la cordillera cantábrica.
Años más tarde, en el de 1370, rey de Castilla Don Enrique, segundo de su nombre, aprestaba en esta bahía una escuadra, poniendo a su frente a Pero González de Agüero, caballero de Trasmiera y de aquel turbulento linaje tan famoso en las peleas y bandos de la tierra115.
Sitiaba el rey a Carmona, donde fortalecidos se defendían los hijos y parcíales de su desventurado hermano don Pedro. Teníanle tomado el Guadalquivir los portugueses, que ayudaban a los sitiados amenazando las espaldas del ejército real e impidiéndole el bastimento. Agüero y sus naves entraron por la barra de Sanlúcar favorecidos del viento y de la marea, y trabando pelea con las portuguesas, rindiendo a unas, desbaratando otras, o poniéndolas en fuga, limpiaron el río de enemigos hasta subir a Sevilla, asegurando la retaguardia y la victoria de Don Enrique.
Por entonces comenzaba uno de sus períodos de calurosa lucha, aquella célebre contienda secular entre Inglaterra y Francia, originada de comunes y mal definidos derechos, que después de poner en riesgo extremo la vida de la nación francesa, terminó con gloria suya en la admirable y breve epopeya de Juana de Arco, la doncella de Orleans. Recientes estaban los beneficios del francés a Don Enrique, como los agravios del inglés, ayudador antiguo de don Pedro, pretendiente a la corona de Castilla, a favor del enlace del duque de Lancaster con una hija del muerto rey y de la Padilla. Así, que recibió benévolamente la embajada que llegó a pedirle auxilio en nombre del prudente Carlos V de Francia.
Trafala un cierto Ivan o Juan de Gales, prócer inglés, desposeído de los estados de su apellido por los reyes de Inglaterra, que al tomárselos con muerte de sus antecesores, quisieron asegurarse la posesión, dando el feudo y título al primogénito de su casa real. Ofendido y ansioso de venganza, servía y servía con celo al enemigo de su rey y de su patria; error frecuente en todo tiempo, apostasía que oscurece las mayores prendas del alma, borrón que empaña la más alta gloria.
Vino a Santander, donde se hallaba a la sazón el rey castellano, y le pidió y obtuvo su escuadra y sus almirantes. Naos y marinos gozaban de buen nombre, ganado en difíciles empresas de mar y guerra, ya en las costas de Levante, ya en las de África y Andalucía. Cuarenta naos gruesas, ocho galeras y trece barcos menores, armados y abastecidos, «ainsi que nefs d'Espaigne sont», dice el viejo Froissart116, como término de ponderación extrema, zarparon del puerto; regíanlas Rui Díaz de Rojas, merino que había sido de Guipúzcoa; Ferrán Sánchez de Tovar, famoso en las expediciones navales de dos reinados, y Ambrosio Bocanegra, el genovés, continuando el memorable catálogo de sus compatriotas que habían de pedir ocasión de imperecedera gloria al brío y al arrojo de las banderas y los corazones españoles117.
Tan eficaz fué el socorro, diestra y valerosamente conducido, que con un solo combate puso término a la campaña. Dióse frente a la Rochela, cuyo puerto bloqueaba la Armada inglesa al mando del ilustre conde de Pembroke. Victoria decisiva y completa, cuyos trofeos fueron para los castellanos doce galeras enemigas presas con su general, y el tesoro que conduela para sostener la guerra, más sesenta caballeros espuelas doradas118.
Víspera de San Juan, a 23 de junio de 1371119, fué la batalla, y al siguiente día, señalado entre españoles, las naves vencedoras, impacientes quizás por mostrarse gloriosas y ufanasen sus patrias costas, daban la vela para Santander. «Gallarda vista hacían -cuenta Froissart-, izadas al tope grandes banderas blasonadas con las armas de Castilla, tan grandes y cumplidas que a menudo tocaban sus puntas en el agua, oyéndose a bordo crecido estrépito de bocinas y trompetas, de dulzainas y tambores.»
Un cronista extranjero nos conserva está animada y breve pintura de la escuadra castellana; mas no hubo en Castilla cronista que ¡los la pintase entrando por las aguas santanderinas, alegrando con salvas y músicas el puerto, esparciendo el marcial alarido de sus victoriosos cánticos por el solitario arenal de Latas, haciendo retumbar la honda embocadura del Miera y el escueto islote de San Mamés, y convidando con el estampido de la pólvora y el cobre, la voz alegre de las campanas de Los Cuerpos Santos, que se alzaba fuerte, clamorosa y viva como la voz de la patria regocijada y feliz a dar a sus nobles hijos el parabién y la bienvenida, mientras percibido apenas en el robusto estruendo, más delgado y oscuro, vibraba el clamor argentino de las clarisas cerradas entre los muros, de los franciscanos apartados en lo bajo y externo de la villa.
Nadie escribió, o el tiempo consumió lo escrito, la febril agitación del pueblo al avistarse las velas desde el cerro de San Sebastián, al ser reconocidas como propias por el ojo experto de los ancianos prácticos, en el aparejo, en la boga, en el corte y campo del trapo, en el modo de tomar el viento y recelar de la costa o arrimarse a ella; nadie el misterioso terror, el misterioso hechizo de lo desconocido, y el tropel en los muelles, y en el almenaje, y por las torres y ventanas de las casas, y el flamear de lienzos al acercarse los barcos, y el gritar, y el preguntarse de cuantos a bordo enviaron prendas de su cariño, y el arrojarse en lanchas y botes, haciéndolos zozobrar, y el bogar sin compás hacia los que llegan entre risas y suspiros, aclamaciones y recelos, y la desaforada impaciencia de la mocedad marinera que, despojándose del compendioso traje, se sumerge en las aguas, surge, sacude la mojada cabellera, y nada a porfía desafiando el afilado tajamar de la galera que avanza rasgando el agua, revolviendo espumas, henchidas e inmóviles las ancha s gavias, símbolo peregrino de fuerza, valor y audacia, o la rodea esperando y recogiendo los tacos del disparado falconete, que caen encendidos y humeando a apagarse en el agua; ni el asomarse a la borda del rostro pálido del herido o del inutilizado, ansioso de calmar ansias supremas, ni el ansia mayor de los que miran parecer uno en pos de otro rostros y rostros sanos o padecidos, sin que ninguno de ellos sea el que esperan.
Nada de esto se escribió, ni era preciso, porque si los sucesos del hombre reunido en sociedad obedecen a causas variables según las ocasiones, los tiempos y las usanzas; los sucesos de su alma, sus dolores, afectos y desengaños, son constantes y se renuevan con la raza en las edades y en el individuo, y no necesitamos que un autor contemporáneo nos lo cuente para saber cómo lloraron las madres del siglo XIV que perdieron a sus hijos en la guerra, o los hijos cuyos padres quedaron en ella, ni cómo la gloria deslumbrante egoísta de los afortunados, hizo olvidar la muerte, el sacrificio, los martirios y agonía de los menos venturosos, cuyas vidas nutrieron el espléndido y fascinador fantasma.
Cronistas también, y cronistas apretados por la muchedumbre de sucesos, por la austera ley de proporción y ceñidos a límites de prolija y seca narrativa, indican los diferentes aprestos navales, las levas y arribos de escuadras que' en son de paz o guerra hacen figurar el nombre de Santander en los ricos anales de la patria. Así le citan al referir Ayala los armamentos contra La Rochela en 1372120
Gutierre Díez de Games, los que en 1405 acaudilló Pero Niño para otra campaña de la misma contienda entre ingleses y franceses; Andrés Bernáldez, el desembarco de la princesa imperial Margarita, que venía de Alemania a ser esposa del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, en marzo de 1497, y a la cual hallaremos más adelante en otro lugar de estas montañas; y Sandoval, el del magnífico César Carlos V, a 16 de julio de 1522, cuando venía, castigada la soberbia castellana, a tomar franca y duradera posesión de estos reinos, que habían de ser en su mano el arma más segura y mejor templada de su grandeza y del temor de los extraños.
Pero llegó (A. C. 1570) uno de estos sucesos, llamados especialmente históricos, sin duda porque la historia los consigna y pone en luz, y llegó de improviso. Hubo, entre los testigos del suceso, uno, curioso de escribir lo que vela, o puesto en obligación por amistad o deferencia, de participarlo a ausentes; el tiempo salvó su carta, y con ella una relación curiosa y menuda del caso, de éstas que antes no cabían en la gravedad y extensión de una crónica, y de las que, a impulso de nuevos gustos, hoy se engendran y toman su más rica y sabrosa sustancia las crónicas121.
Una tarde de octubre, cubierta y lluviosa, con mar del Norte y vendavales duros, tarde de uno de estos días atemporalados, que sobrevienen a las veces en nuestra costa, y plantan la huella y estrago de crudísimo invierno en medio de las dulzuras y halagos de tardío verano, que tapan el sol, alborotan el mar, desencadenan los vientos, y traen a deshora las noches largas, la desnudez del campo, el naufragio, la miseria y la enfermedad, pareció en aguas del puerto y en demanda de su boca una lucida escuadra de hasta treinta naves gruesas y hermosamente pintadas. Acercóse a entrar la que hacía de capitana; llegáronsela, según su costumbre, lanchas o botes que andaban por la bahía, y supieron que en ella y con su comitiva de próceres y su escolta de soldados embarcados en la escuadra, venía a ser reina de España la princesa Ana María de Austria, hija del emperador Maximiliano II, cuarta esposa de Felipe II, viudo dos años había de la malograda Isabel de Valois. Ya en la villa sabrían, sin duda, que en su vecina Laredo aguardaban a la regia prometida emisarios de su esposo, el cardenal arzobispo de Sevilla don Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, y el duque de Béjar don Francisco de Zúñiga y Sotomayor. Por esto sería mayor la sorpresa de todos, grande el desconcierto de las autoridades, obligadas a atender inopinadamente al hospedaje y agasajo de su augusta huéspeda y séquito, y extraordinaria la alegría del pueblo, ávido siempre de fiestas, ocasión del holganza, de espectáculos nuevos y de imprevista granjería a veces.
Desaviados la justicia y regidores acudieron a lo preciso: despojaron de su dosel a un Cristo para hacer palio a la viajera; señaláronla aposento en el de un vecino inmediato a la puerta de Arcellero, donde probablemente pisó tierra, y para vajilla y utensilio hicieron contribuir con la propia a los mejores de la villa. Estos pormenores, que andaban de boca en boca, recogía y apuntaba un Francisco Carreño, espectador andaluz, si podemos tomar su ortografía como retrato de su pronunciación viciosa, y como indicio de naturaleza la entrañable preferencia con que se ocupa de los cuartagos alemanes que en la escuadra venían; comisionado en Santander para embarcar trigo y enviarlo a Sevilla, donde correspondía con el colegio de jesuitas, según se infiere de ciertas cláusulas de su carta y de haber sido ésta hallada y constar entre papeles de la Compañía.
Desembarcó doña Ana María; era joven, hermosa, blanca de tez, viva de rostro, cualidades sobradas con la de extranjera para prendar a la muchedumbre; mas por si no bastaban a tanto, traía consigo dos de sus hermanillos, niños todavía, los cuales interesaron de manera que luego corrió la voz cierta o forjada de la competencia habida entre ellos y otros hermanos suyos sobre queto dos querían venir a España, competencia decidida en una suerte de dados, aconsejada por el emperador122.
Hospedada la reina, el regimiento de la villa agotó su imaginativa para entretenerla aquellos días, haciendo salir las danzas del Corpus y ensayando otras nuevas que la dieron placer y risa. Perseveraban en tanto la mar recia y el tiempo duro, que habían impedido a las naves tomar el puerto de Laredo; mas no sería esta sola causa la de que rindiesen en Santander su viaje, cuando noticiosos de ello los embajadores que la esperaban en Laredo, en tal de apresurarse allegar y ofrecer su homenajea la señora, la enviaron emisarios con ruego de que fuese servida de ir a Laredo, para que no fueran sin duda malogrados los preparativos dispuestos en su obsequio. Trajo la embajada el alcalde Ortiz; no dice Carreño qué especie de alcalde era, si de corte o de la villa; mas no se probó de sutil montañés ni de diestro cortesano, cuando para decidir a la reina no halló mejor argumento que encarecerla los cuantiosos gastos hechos por el duque.
Con ánimo real, contestóle la princesa que el emperador su padre le habla dado con qué poder hacer holgadamente su viaje sin ser costa de nadie, ni necesitar de hacienda ajena.
Y era que aquellos altivos españoles, tomando a pechos la autoridad y respetos de la majestad que representaban, se miraban en dar paso a la cortesía sobre el ceremonial prescrito por la regia etiqueta, creyendo que únicamente el rey puede hacerlo, como puede perdonar, y no lo puede el magistrado que representa, distribuye y ejercita su justicia.
En fin, al quinto día, sábado 7 de octubre, parecieron los embajadores al otro lado de la bahía en Sorno y Galizano; habían venido por tierra desde Laredo, y para atravesar el agua fuéronles a buscar en lanchas tomadas a naves de comercio, con músicas y todo el aparato debido a su representación soberana. La escuadra les honraba con salvas de sus guarniciones, formadas en orden de batalla; los buques fondeados en el puerto con tiros de artillería, y ellos corrían majestuosamente la bahía, aguardando, dice Carreño, la marca, para atracar al muelle sin haber de empozarse en el fango o necesitar ajenos pies para desembarcar cómoda y aseadamente, y quizás también aguardando a que pareciera sobre el muelle la comitiva enviada por la reina, según el tenor de las ceremonias y aparato a que se creían deudores y de que no pensaban escatimarse un ápice.
Efectivamente, en el muelle los aguardaban y los recibieron los señores que desde los puertos de Flandes habían acompañado a la reina, el gran prior de Castilla en la orden de San Juan, Don Fernando de Toledo, de la ilustre casa de Alba, apellido entonces respetado y temido en el orbe a par del nombre de esta España, cuyas armas regía; don Luis Venegas de Figueroa, aposentador mayor que había sido de palacio, enviado del rey en la corte de Maximiliano desde tres años atrás, el de 1567, y acaso el más hábil y activo negociador del matrimonio de la princesa123; el almirante de la escuadra, Maximiliano, conde de Boussu, caballero flamenco, buen soldado, levantado a tan alto puesto por influjo y favor del gran duque de Alba124, y otros caballeros, entre los cuales, aunque Carreño no lo cite, no faltaría aquel insigne coronel de tercios, Cristóbal de Mondragón, que venía mandando las ocho banderas de arcabuceros walones, embarcadas en la flota para guardia de la augusta persona125
. Guiaron aquéllos, y fueron los recién venidos a saludar a la reina y besarle la mano.
El día siguiente, domingo, entretenido Carreño en seguir a cada uno de tantos ilustres próceres que se repartieron lloras e iglesias para oír misa, asistiendo con entera pompa, seguidos de criados, pajes, libreas y monteros, sin mezclarse, ni empecerse con el recíproco esplendor, olvidó escribir si la reina oyó misa, y dónde la oyó; pero acostumbrado a ver en Sevilla al cardenal salir en procesión con cruz alzada delante, sorprendióse (y lo nota) de verle caminar a la Colegial sin ella, olvidado de que la sagrada insignia, señal de dominio, no de jerarquía, sólo podía ser enarbolada en el territorio de su iglesia y de sus sufragáneas. Es verdad que apremiado por la salida de un barco, listo para dar a la vela y llevar su carta, la terminaba apresuradamente el mismo día, domingo 8 de Octubre, no sin añadir, malicioso como todos sus conterráneos, una postdata encaminada a poner de muestra el cómo los magnates se regalaban en su mesa126.
Mas en punto a marítimos banquetes, hubo de dejar perdurable rastro en las conversaciones y en la memoria de los santanderinos el celebrado en su bahía a bordo de un inglés, Royal Prince, capitana de una escuadra de catorce poderosos navíos, el día 24 de Septiembre (domingo) del año de gracia de 1623.
Reputados son los ingleses de pródigos y tenaces en la mesa, y en este caso lo acreditaron. Mil seiscientos platos se sirvieron, si no yerra y vió claro un testigo de vista que lo cuenta127, y de ellos, cuatrocientos de dulces, ¡qué ocasión para golosos! «Salióse bien tarde de él», añade después de descrito el festín, el ingenuo comensal, quien no estaba acostumbrado, sin duda, a las dilatadas sobremesas y amplias compotaciones a que los hijos del leopardo, con exquisito pudor, conservan su nombre griego: symposium.
Es verdad que al brindar, para hacer eco majestuoso a la voz del orador, o para desperezar al auditorio y hacerle volver en sí, y reconocerse entre el vapor cálido y vertiginoso de las copas, soltaba la escuadra su artillería, a cuyo estruendo vajilla y aparadores venían al suelo, con gran ruido de cristalería y búcaros rotos, y solaz y aplauso de los convidados: propia genialidad de bretones.
El que así festejaba su mansión en estos parajes era un pretendiente desairado, aquel Carlos Estuardo, de poca ventura, cuya cabeza y cuya corona cayeron años adelante, en el de 1649, sobre el cadalso de Whitehall, derribadas por el hacha que afilaron la dureza y fanatismo puritanos, y esgrimieron los rencores de Cromwell. Era mozo de grandes prendas, benévolo, inteligente, erudito, mesurado en sus costumbres, pero obstinado y débil. Y según probó su suerte futura, más inclinado a condescender con sus aficiones movedizas que a buscar en la razón madurada y egoísta las causas de las necesidades implacables del Estado y su remedio.
Había venido a España enamorado de una niña, cautivo de su retrato y de la fama que en las cortes publica gracias y desgracias, virtudes y vicios de las familias reales. Y había venido guiado por su imaginación de veintidós años, la cual le decía que su calidad augusta no le excusaba de las obligaciones de galán, que no era de caballeros fiar el premio de una pasión a negociaciones diplomáticas y políticos tratos, y que en tierra de España, afamada entonces por su amorosa bizarría, y a los ojos de una princesa española, sus propios merecimientos habían de ser más elocuente abogado que la sutileza de un embajador.
Diez y siete años tenía la princesa María de Austria128, hija de Felipe III, hermana de Felipe IV y objeto de tan singular y acendrado afecto. ¿Lo merecía la española?
Hay quienes niegan al corazón su lógica, o alegan que su lógica consiste en no tener ninguna, como si en cuanto es natural, espontáneo y no nacido de voluntad humana, sino a pesar de ella, o sin cabal cuenta de ella, pudiese faltar la relación necesaria y fatal del principio a la consecuencia, de la causa al efecto. Y es común entre cuantos blasonan de observadores y versados en sondear misterios y cuidados del alma, asombrarse de inclinaciones o desdenes, tacharlos de fingidos o absurdos, olvidando o aparentando ignorar que el alma humana es riquísima en secretos, y por mucho que la perspicacia ahonde y los penetre, todavía quedan en ella centros inaccesibles e inexplorados. En esos centros reside el germen cuya inesperada erosión sorprende a cuantos la presencian, por su viveza, por su intensidad, por excesos a que no pocas veces guía o arrastra.
Autores ingleses cuentan que la princesa no fué insensible. Seis meses de fiestas y galanteo, desde Marzo a Septiembre, ayudaron a la natural bizarría del príncipe a ganar su tierno corazón.
Velázquez nos la dejó retratada, ya de más años129, con aquel sobrio y armonioso colorido que su mano empleaba a veces como en alarde soberano de la riqueza que sabía encontrar en la paleta menos provista130. Los cabellos de la princesa, rubios, espesos y rizosos, dan su tono transparente y ambarino al lienzo; en torno de aquella áurea diadema vaporosa y crespa, más vaporosa y más leve que las pardas plumas con que se engalana, funden y conciertan sus tintas la blanca tez limpia y fresca, los ojos garzos, más cariñosos que apasionados, la boca sonrosada y carnosa, la rizada valona, traher ominoso que emboza el cuello, esconde su morbidez y mata la viveza juvenil del busto, el fondo oliváceo y el paño aceituní del vestido.
Todos se parecen estos rostros austríacos; todos tienen impreso el sello de la bondad, cualidad excelente en príncipes cuando se ampara de entereza y resolución, funesta cuando domina el temperamento y lo envilece y enerva, sello tan persistente y hondo, que así pasa a través del austero gesto de Felipe II, como templa la atonía lastimosa del segundo Carlos. En todos ellos baja invasora la raíz del cabello a hender en su medio la ancha y cuadrada frente, aguileño rasgo que imprime en la abierta y generosa fisonomía del emperador algo del fiero gesto de la reina poderosa de los aires.
La inflexible razón de Estado sobrevino y se interpuso entre ambos amantes. Regía la política española un hombre a quien no apartaban de su camino platónicas razones, dichas o desdichas de enamorados, por más que él lo hubiera sido, y no recatado ni modesto en sus mocedades, don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares. Acompañando al inglés venía otro hombre, favorito también, que no cedía en habilidad ni en carácter al favorito español, Jorge Villiers, duque de Buckingham, tan célebre en el mundo por su hermosura, su audacia y sus aventuras; procaz libertino, corruptor de las costumbres inglesas y causante en no poca parte del odio de clases que con las diferencias religiosas ahondaron la sima en que cayó el trono de Inglaterra.
No son sabidas las causas de la disensión entre ambos personajes; murmuradores hubo que las supusieron de toda especie, celos de marido y celos de estadista. Súbitamente y con sorpresa de la corte española, el príncipe inglés y su acompañamiento tomaron el camino de Santander, donde les esperaba o vino a buscarlos la escuadra. Y aunque honrados oficialmente con la compañía de altos sujetos diputados por el rey, luego cundió que la separación de los favoritos había sido poco afectuosa.
Nada de esto se ignoraba en la villa. Sabíase también que a bordo estaban los magnates españoles, el cardenal de Burgos, Zapata; el célebre conde de Gondomar, de tan alta reputación en los negocios, que era universalmente llamado el Maquiavelo español; los condes de Monterrey y de Barajas y buen número de cortesanos, en quienes siendo ley y hábito el disimulo, nadie echaría de ver si su alegre participación en las fiestas nacía de sentimiento o de mandato.
¿Quién no se figura, pues, los cuentos y dichos que andarían en los honrados hogares santanderinos, la curiosidad de las mujeres, las suposiciones de los hombres, las santiguadas de las viejas, los comentos de los hidalgos, el asombro y decires de los populares? ¿Cómo estarían de gente, sobre todo durante la noche y durante el banquete, y las salvas y el desusado estrépito, los muelles de entonces, los muelles que, arrancando de las Atarazanas, dejando paso al puente, corrían por la Ribera, torcíanse al Norte, a sotavento de la Aduana, y doblando la plaza del Príncipe Alfonso, arrimados al muro, iban a morir delante de la puerta del Arcillero, en el arrabal extramuros de la marinería?
Cuando la escuadra vencedora de la Rochela desembarcó sus prisioneros, lleváronlos a la fortaleza de la Villa «atados con cadenas de hierro», dice Froissart131, «usanza de españoles, no más corteses que los alemanes». Allí ocurrió una escena parecida a la que siglos después ocurría en Lombardía, cuando el condestable de Borbón, traidor a su patria francesa y vencedor de sus ejércitos, se encontraba al ilustre caballero Bayardo, herido y cercano a morir, acusadora imagen que e, remordimiento presentaba a su apostasía. Pero en el castillo de Santander eran otros los tiempos y otros los personajes, que lo habían de ser en los campos de Romagnano.
Encontráronse, pues, el ilustre general inglés, conde de Pembroke, y el tornadizo Juan de Gales, el cual, atrevidamente y sin respetar la desgracia de su compatriota, le dijo con acerba ironía:
-¿Venís acaso, conde de Pembroke, a hacerme pleito homenaje de las tierras que lleváis en el principado de Gales, cuyo heredero soy, y que me usurpa vuestro malaconsejado rey?
-¿Quién sois vos, que tales palabras usáis?- contestó el de Pembroke, sorprendido y avergonzado, a su desconocido interlocutor.
-Soy Juan, hijo del príncipe Aymon de Gales, a quien vuestro rey de Inglaterra mató a tuerto y contra toda ley, quitándome mi herencia; halláraos yo en lugar y en ocasión en que reñir pudiéramos, y de igual a igual os probaría la felonía grande que conmigo usásteis vos y vuestros parciales; consejo de ellos fué la sentencia que quitó la vida a mi padre, cuya completa venganza espero tan pronto como la ocasión me la ofrezca.
Mediando entonces Tomás de Saint-Aubin, caballero del séquito de Pembroke, dijo:
-Juan, si entendéis decir y sostener que mi señor el conde o su padre cometieron infamia o que os deban pleito alguno, arrojad aquí la prenda de vuestro reto, el guante o el anillo; no faltará quien lo recoja.
-Cautivos sois -contestó desdeñosamente el provocador y en vano os retaría estando como estáis a la merced de vuestros vencedores; ¿a qué hablar más ahora? Yo os buscaré cuando seáis libres, y entonces tendrán otro alcance mis palabras132.
Algunos españoles, aucuns chevaliers et vaillants hommes d'Espaigne-dice Froissart-, que presenciaban la querella, se adelantaron a terminarla, y ya los almirantes no descansaron hasta conseguir que los prisioneros fuesen llevados a Burgos.
Estos prisioneros sirvieron después para el rescate que el rey Don Enrique quiso hacer de las villas y ciudades entregadas en pago de sus servicios a los capitanes extranjeros que le habían ayudado contra su hermano Don Pedro. En Santander se había concertado el precio133, y así recobró la Corona la ciudad de Soria134, las villas de Atienza y Almazán y los demás lugares entregados al célebre Beltrán Claquín, el felón de Montiel; así las tierras de Agreda, que habían sido gaje de Oliveros de Mauny135.
Esa fortaleza de la villa, única sin duda en el recinto, llega con el mismo nombre hasta la edad moderna. Ni la titula de otro modo el anciano gobernador que la reedifica y pone encima de su ingreso principal esta inscripción: GOBERNANDO LAS ARMAS DEL REY NUESTRO SEÑOR EN ESTAS CUATRO VILLAS DE LA COSTA Y EL PRINCIPADO DE ASTURIAS, POR SU GRACIA Y GRANDEZA, DON SEBASTIÁN HURTADO DE CORCUERA, DEL ORDEN DE ALCÁNTARA Y DEL SU CONSEJO SUPREMO DE GUERRA, MANDÓ PONER A LA PUERTA DE ESTE SU CASTILLO LAS ARMAS. REALES EN 30 DÍAS DEL MES DE AGOSTO DEL AÑO DE 1656136.
Y sin embargo, era oportuno haberla titulado de San Felipe, como se llama ahora; porque Felipe se llamaba el rey, y éste ha sido en todo tiempo modo común de lisonja de autoridades y pueblos a soberanos; y quizás entonces recibió el titulo, aunque la inscripción lo calle.
De este castillo era alcaide en 1577 Juan de Escobedo, aquel célebre secretario de don Juan de Austria, cuyo asesinato fué un misterio. Aun ignora la historia, que ignora tantas cosas, y lo ignorará siempre, si el hierro que lo mató en Madrid tras de Santa María de la Almudena, cortó la vida a un ambicioso temible, o castigó a un enamorado audaz y venturoso. Mozo despierto, en situación de conocer las altas calidades de su señor, la voluntad que los pueblos le tenían y el prestigio sin límites con que seguían unánimes su voz capitanes y soldados de los temibles tercios españoles, pudo muy bien dar cabida en su ardiente cerebro a desvanecidos pensamientos; faltábale, empero, una condición capital en conspiradores y políticos, freno en la lengua.
Con juvenil petulancia se había dejado decir, hablando de conspiraciones y descontentos, que teniendo amiga a Inglaterra, «se prodrían alçar con España, con tener la entrada de villa de Santander, y del castillo de dicha villa, y con un fuerte en la peña de Mogro», y cuando, lejos de haberse calmado lo recelos del rey, naturalmente suspicaz y desconfiado, se enconaban y crecían de continuo, poseído ya de la alcaidía del citado castillo, pretende en forma la fortificación de la peña y la tenencia de ella137.
Causa había para que, a espaldas de la prehensión, escribiese Felipe II de su puño: «Menester será prevenirnos bien de todo, y darnos mucha prisa a despacharle, antes que nos mate», porque harto penetraba su experiencia de los hombres cuán grandes daños pueden venir al Estado de sucesos no previstos, y que la historia absuelve mejor al poderoso del pecado de tiranía que del de negligencia.
Notable fortaleza debía ser la de un lugar que tan principal papel tenía en la honda política interior de España, en uno de sus momentos más agitados y obscuros. Y mal se da cuenta de ella quien ahora ve su flaco aspecto, y el sin rebozo con que el caserío urbano se apodera de sus escarpes, ciega sus fuegos y domina sus hastiales.
Casi un siglo después, en 1656, con temor de nuevas guerras navales, quiso el Gobierno del rey Felipe IV proveer a la defensa de estas costas, y en 15 de Marzo comisionó a don Sebastián Hurtado de Corcuera, gobernador a la sazón de la tierra de Asturias y residente en Gijón, para que visitando las cuatro villas, y sus disposiciones defensivas, consultase al rey lo que estimara conveniente para su fortificación y armamento. Vino a Santander en 14 de Abril, y hallóla bien preparada de gente, y no mal provista de artillería, pero desmontada y sin fustes.
«Ay en esta villa -dice la consulta- cuatro capitanes de infantería de la milicia de ella y su jurisdicción, que tienen sus soldados muy bien disciplinados, hay muchos mosquetes y los juegan muy bien, y arcabuces, y pocas picas, porque todos se inclinan al arcabuz, y verdaderamente hacen ventaja a todos los demás de la costa... » «tiene tres castillos, que son el de Henano138, San Martín y el que está dentro del lugar que llaman de la Villa, dotados de castellanos y gente de guarnición con sueldos; pero hoy se hallan estos castillos con necesidad de esplanadas, colgadiços, encabalgamentos, pólvora, municiones y pertrechos, por cuia falta está con arto, riesgo, y por el peligro de los desembarcaderos de la Magdalena, Sardinero, San Pedro y Nuestra Señora del Mar, puede ser la villa invadida de enemigos y necesita harto reponer la artillería y fortaleza, de modo que se pueda defender por los naturales... « En vista de esto, creyóse conveniente que el don Sebastián permaneciera en la villa para atender a lo necesario, y así se dispuso.
En esta época reparó el castillo y debió hacer colocar la inscripción mencionada, porque afines del mismo año, en 22 de Diciembre, escribe a Madrid al conde de Peñaranda, Presidente del Consejo de Indias, aceptando la regía merced que aquél le comunica, del gobierno y capitanía general de la provincia de Tierra-firme139, y es de colegir que abandonaría este gobierno de las cuatro villas, que había tenido desde la primavera hasta terminar el año de 1656140.
Otra batería tenla Santander, no mencionada en la consulta de Corcuera, o por olvido, o más probablemente por su estado ruinoso, aunque no era vieja. Habíala alzado diez y siete años antes, en el de 1639, y con motivo de las famosas correrías y amagos del arzobispo Sourdis, el entonces gobernador don Fernando de la Cerda. Era una plataforma para doce piezas, situada en la misma boca del puerto y en el lugar llamado Santa Cruz. De aquí el llamarse esta fortificación de Santa Cruz de la Cerda, y posteriormente de la Cerda solo141.
Pronto iremos a ella y la hallaremos benéficamente empleada en sostener una luz que alumbre a los buques el paso de la gola que antes les cerraba. Hace tiempo ya que Santander dejó el ejercicio profesional de las armas, y sólo en ocasiones extremas, y más bien seducida o engañada que por vocación e impulsos propios, ha quemado pólvora.
Tal vez se hallaría en Santander quien no perdonase a este libro mío callar el nombre de la Compañía, porque en esa iglesia de los discípulos de Loyola, reza y oye misa y lava su alma, y acaso allí fueron benditos sus amores y cristianados sus hijos.
Hay tradición que atribuye esta fundación a aquel Luis Quixada, amigo del emperador Carlos V, de quien hablamos en Laredo; pero mi amigo el erudito arqueólogo don Manuel de Assas, con quien habrá de contar todo el que quiera escribir de Santander y su provincia, afirma142 que la fábrica del Colegio fué comenzada en 1603, la de la iglesia en 1607, y ya vimos que el buen Quixada murió valerosamente en 1570.
¿Hízose la edificación por legado suyo y con bienes que le habían pertenecido? Quien resolviese afirmativamente esta pregunta, habría conciliado ambas opiniones, la vulgar y la erudita.
Sea porque se erigieron en los mismos días y por idénticas manos, sea porque en cuantas obras proceden más o menos directamente de los jesuitas, resalta la admirable unidad, principio y base de su organización, ya fuesen ellos sus propios arquitectos, ya trascendiera el espíritu de su disciplina a los arquitectos que empleaban, no hay duda que sus fundaciones se parecen tanto, que, aun sin hablar de las que son hermanas y gemelas, desde luego revelan al observador su común origen y su destino143.
El templo es dórico, de una nave cuya bóveda posa sobre pilastras estriadas, y cúpula hemisférica en el crucero. Conjunto frío, como el de todos los interiores greco-romanos, cuando la riqueza del material, el fresco o la escultura no los realzan y calientan.
Pero ¿qué importa al creyente la arquitectura del edificio en que ora? ¿Qué le importan la materia o el precio de la imagen ante la cual se prosterna, si su afortunado pensamiento le forja templos, aras y efigies de formas purísimas, vago color, impalpable substancia y vida celeste? Allá arriba, en región suprema está su alma, allí ora y suspira, allí ruega y consigue, no sobre el mal labrado piso que sus rodillas oprimen, ni ante el polvoroso simulacro, ni dentro de las añejas paredes que el musgo roe y el agua deshace.
Acaso en orden diverso de ideas venga un curioso a registrar, creyendo encontrar aquí resueltas sus dudas, y dicho cuál era en Santander la calle de Don Gutierre, 144que habrá visto mencionada en papeles del siglo XVII, y quién era ese Don Gutierre cuyo nombre creyó, el que tituló la calle, dejar perpetuado al menos para cuanto durase la villa; y qué beneficios o qué hazañas le habían acreditado para tamaña merced; y cuál la calle de Soportales, porque aquella en que él los alcanzó tenía además de sus soportales otro apellido; y la razón de llamarse del Cadalso otra cuyo terrorífico nombre han ahogado los contemporáneos en el de una inmediata menos ocasionado a románticas sospechas, y, finalmente, si la retorcida y tenebrosa del Infierno heredó tal nombre de la pelea contra los de Santillana que referimos arriba, como aseguran algunos, o si lo trae más propiamente de aquella funesta lepra de los siglos medios, la hechicería, que con sus fueros de consentida no se asustaba de tener albergue en los cimientos y cercanías de la iglesia, como anidan la culebra y el escuerzo a raíz de la tapia en que mora la paloma sin hiel y florecen el casto jazmín y la siempreviva yedra.
Acaso no es Santander la única ciudad donde el pueblo estigmatizó con el reprobado nombre el lugar adonde le llevaban la incurable llaga de su pensamiento, la tentación perenne de su corazón, el ejemplo de sus caudillos, regidores y maestros, las pasiones todas de su alma, el odio, la envidia, el amor, la venganza, el ansia de riquezas, y el ansia más tirana todavía, insaciable y vertiginosa de felicidad.
¿Quién sabe si ese corvo callejón sombrío no encierra el secreto de la vida del alma humana en los siglos medios, confusa y aún no bien definida todavía? ¿Quién sabe si no iban allí el cobarde a comprar la vida del valiente, el holgazán la fortuna del laborioso, el malvado honras, el vicioso enterezas, y todos a buscar la revelación del vedado porvenir, a sacudir los hierros de su humana y estrecha cárcel, a romper el odioso lazo de esa limitación y apocamiento con que la naturaleza castiga la voluntad y la desespera; a pedir a lo sobrenatural vista más clara que la de sus ojos, alcance mayor que el de su brazo, alientos más briosos que los de su pecho; oro, hierro, sangre, aire vital, propósitos, intentos, audacia, fuerza, cuanto creían necesario y bastante para hacer suyo y apropiarse el universo de lo apetecible, de lo tentador y deleitoso; tantas dichas que el mundo nos tiende y retira si nos llegamos a tomarlas, tantas que nos roba a media miel, tantas que nos muestra entre dudas y sombras, mal definidas, inabordables, y por lo mismo más seductoras y omnipotentes?
¡La omnipotencia! Eso iban a pedir al conjuro del astrólogo, a la cábala del mago, al filtro del alquimista, nuestros progenitores.
Si, pues, de allí salía preparado el homicidio, prevenida la ocasión y afilada el arma; sí de allí salía la calumnia a envenenar el aire, la seducción a manchar el hogar, la impostura a obscurecer inteligencias; si de una de aquellas bóvedas sombrías y mal alumbradas salían en tropel los males todos que hieren, infaman o prostituyen el alma humana dejando tras de sí abierta siempre la espantosa sima y preparada a brotar nuevos enjambres de ponzoñosos gérmenes, merecido tenía el lugar su nombre: Callejón del Infierno.
¿Quién sabe? El remedio de nuestra común ignorancia está quizás dentro de esa casa sobre arcos, inmediata a la iglesia de la Compañía, erigida para regimiento y administración de la villa de Santander, para custodia de sus títulos y foro de sus libertades en días en que España podía aún pintar entre sus blasones las águilas sicilianas, las fajas austríacas, las lises de Artois, las bandas de Borgoña y el león de Brabante, según los áureos escudos que adornan su fachada. De los archivos de su casa municipal y de su casa abadía, de los papeles del pueblo y del señor, de las memorias de gobernante y gobernados ha de sacar Santander su historia el día que quiera poseerla, detallada, completa, fiel, para dársela sin falsa vanidad ni falsa vergüenza a leer a sus hijos.
Y ahora, lector, de nuevo estoy contigo para acompañarte a visitar el paisaje que de lejos ha podido tentar tu curiosidad y tu deseo.
Dos mares tiene Santander que enseñar al forastero: el mar casero, doméstico, útil, manso, apacible a los ojos y al oído, la bahía que hemos visitado; y el mar libre, bravo, proceloso, indomado y rebelde, la costa adonde vamos ahora.
Y vamos por un camino recto, orillado de gallardos chopos piramidales, faldeando el vallecillo de Miranda, camino anecdótico al cual apodaron algunos ingeniosos vía Cornelia, y luego dieran una mano por borrar el apodo, porque el pueblo, con su recto juicio, repitió en són de alabanza lo inventado en son de ironía. Un camino en el cual conviene elegir hora y estación para seguirle, porque en la del verano, por tardes y mañanas, es dominio exclusivo de la numerosa carruajería que trae y lleva enfermos y sanos del Sardinero a la ciudad, y de la tralla de los mayorales y de las nubes de polvo que ruedas y herraduras levantan y esparcen.
Y llegamos a una altura divisoria, sobre la cual está la ermita de los Mártires. Lejos estoy de aquellos parajes, y mi memoria es flaca, pero creo recordar -¿no lo dice una inscripción sobre la puerta?- que en 1843 se edificó la capilla. Costeóla el cabildo de mareantes de San Martín de Abajo, uno de los dos en que se divide el gremio de la ciudad145, y depositó en ella los bustos de San Emeterio y San Celedonio, que custodiaba antiguamente en una tribuna o balcón abierto en la muralla, junto a la puerta del Arcillero y mirando a su Arrabal.
Ya vimos al visitar la colegial146 que de muy antiguo, en el siglo XIII, usaban los abades en su sello el símbolo de las dos cabezas. El pueblo que la ve cotidianamente en los actos y acuerdos de su Municipio, que adora los santos cráneos en señaladas festividades del año, y los sigue devotamente cuando en sus días de tribulación y espanto salen a recordarle su fe antigua y a fortalecer su ánimo y su esperanza, profesa aquella tradición que Morales apunta y Risco severamente examina147, según la cual las cabezas segadas del tronco, caídas al Cídacos y arrastradas por su corriente, llegaron al Océano, y sobre sus ondas traídas, arribaron al puerto a que habían de dar nombre. Y os dirá que allá en los hondos cimientos de la catedral, donde no llegan humanos, yace escondido el barco que las trajo, y desde estos mismos lugares os mostrará en la entrada de su bahía, en el seno de la Magdalena, una roca, la Peña de los Mártires, horadada porque, dando en ella el barco impelido por la corriente, dejóse penetrar milagrosamente la piedra148.
Tan populares como fueron en España los mártires de Calahorra, no podían escapar a la musa invasora y altamente popular de nuestro teatro; así tomaron su apoteosis para asunto de un drama don Antonio Coello y el glorioso Rojas. Tituláronlo Los tres blasones de España; y deseosos de ligar la devoción a los heróicos confesores con las más altas glorias castellanas, hacen que en aparición misteriosa el ínclito Rodrigo Díaz de Vivar reciba de aquellos bienaventurados el espaldarazo y la espuela de caballero149.
Desde esta cumbre se domina el vasto panorama de alta mar. De aquí caen rápidamente a la marina, carretera, senderos, prados, veredas, cauces y cañadas a morir como en ancho desagüe en el arenal del Sardinero. Por quiebras y lomas se derrama y esparce la población con libertad completa de gusto, proporciones y arquitectura en sus viviendas, urbanas y rústicas, góticas y suizas, y abajo en la playa tiene su núcleo, su plaza, su estación, su centro de vida y movimiento, adonde la gente afluye y de donde se retira guardando compás de tiempo y de grupos, a semejanza del torrente circulatorio en los vasos del humano organismo.
En tanto llega el momento de examinarla de cerca, nos llama los ojos una cumbre desolada, yerto peñasco erguido a la boca del puerto, en cuya cima, como reliquias de antigua corona, se distinguen restos de una fortaleza. Si tornamos el áspero camino de arena y roca que a esa cumbre lleva, su aridez desaparece o se amansa: su desnudez está cubierta a trechos de tupida grama, de haces de juncos, de manojos de lirios blancos, de purpúreas clavellinas, flor de Cantabria, alegría de sus quemados arenales como de sus heladas cumbres donde la encontraremos.
Al pie del monte, agarrada a los estribos de su base, está la batería de Santa Cruz de la Cerda, convertida en faro, y sus colgadizos y cuartel en establo de vacas. Desde ella, y rastreando todavía las huellas del camino cubierto que unió ambas fortalezas, se trepa suavemente a la cumbre de Hano. El són de las olas que baten eternamente estos parajes nos acompaña, voz del perpetuo combate que los elementos sostienen.
¿Sabes quién quitó a la plaza su avanzado centinela, quién mató a este fornido guerrero, quién postró en el suelo su yelmo, rompió su espada y dejó su cadáver tendido sobre su propio solar a merced del insaciable buitre del tiempo que le roe, le devora y aún no ha podido dar cabo de su durísimo esqueleto? Allí lo tienes, en medio de las aguas, descansando inmóvil como el ictiosauro ahíto de las edades palingenésicas, dormido en el sueño de su victoria y de su fuerza incontrastable. Ese escollo es Mouro150, que en los días de invierno, asaltado por las anchas mares, envuelto en espuma, ondeando en el aire tempestuoso blancos penachos, dejando correr sobre sus hombros blancos armiños, recuerda infaliblemente los versos de Quevedo: «Tu pompa es la borrasca.» Mouro, el que Escobedo quería vestir de muros y coronar de almenas, sobre cuya espalda el siglo actual ha hincado un faro, y del cual hicieron batería los ingleses en 1812 para desbaratar y rendir el castillo de Hano que los franceses ocupaban.
He contado varias otras veces el suceso, y me cuadra mal relatar de nuevo la arrimada nocturna de los buques aliados, su sigiloso trabajo, el desembarque y establecimiento de su artillería, y el alba del siguiente día (12 de Agosto) que para los franceses rompe en lluvia de fuego desde el inerme peñón convertido en fulminante nube; pero en la ciudad hallarás quien te lo refiera, quien despertó aquel día al febril redoble de la generala, vió la confusión de la sorpresa y el combate, y botar en las losas de los muelles las balas disparadas por los barcos ingleses, dueños ya del paso, y correr por las calles los dragones desbocados y ordenar su retirada la guarnición enemiga.
La costa de la otra parte tiene también su fortaleza natural avanzada, el islote de Santa Marina, Santa Marina de Don Ponce, que conserva su nombre en mapas y documentos oficiales, y lo ha perdido en la memoria del pueblo, el cual la llama isla de Jorganes, del apellido de su dueño, o de los Conejos, porque estuvo poblada de ellos.
No era isla esta peña en el siglo XV. Había en ella una ermita de Santa Marina, adonde, movido de espíritu ascético un canónigo de la colegial de Santander, don Pedro de Oznayo, arcipreste de Latas, se había retirado con otros compañeros a hacer vida penitente. Otros ermitaños reunidos en Santa Catalina de Monte Corbán a instancia y por consejo del obispo de Burgos don Juan Cabeza de Vaca, que visitaba su diócesis, habían en 1407 tomado el hábito de San Jerónimo, con cuyo ejemplo y una nueva visita del celoso prelado de Burgos, los de Santa Marina en 1411 se resolvieron a hacer otro tanto.
Ambos monasterios asistían al primer capítulo general de la Orden en Guadalupe a 26 de julio de 1415, representado Monte Corbán por su procurador Fr. Gómez de Toro, y Santa Marina por su fundador Fr. Pedro de Oznayo151.
Eran tan pobres de rentas, que en el segundo capítulo general celebrado en 1416 y en San Bartolomé de Lupiana solicitaron por sus procuradores la incorporación en uno de ambos monasterios; decidióse así, disponiendo que quedase con su título el de Santa Marina.
Pero tres años después, en el de 1419, mal avenidas ambas comunidades, quejosos los de Corbán de la aspereza y rigor del sitio, tornaron a solicitar de nuevo su separación, resolviendo entonces la Orden que se hiciese la traslación a Santa Catalina, quedando la fundación isleña como granja o dependencia suya.
Conservaron la iglesia para celebración del culto divino, y quedóse a acabar sus días en aquel nido de su fervor, nido de aves marinas, el fundador Fr. Pedro de Oznayo. Poco vivió: al ano siguiente ya tenía lápida con su efigie de medio relieve y una orla con estas letras: AQUÍ YACE FRAY PEDRO DE HOZNAYO, CANÓNIGO DE LA IGLESIA DE SANTANDER, ET ARCIPRESTE DE LATAS, FIJO DE GARCÍA GUTIERREZ ET DE DOÑA URRACA DE HOZNAYO, EL CUAL FIZO ET DOTÓ ESTE MONASTERIO, QUE FINÓ ANNO DOMINI MILLESIMO QUADRIGENTÉSIMO VIGÉSIMO.
Los huesos del venerable varón y la piedra que los cubría fueron trasladados a Corbán en el año de 1550, y en un rincón del claustro yacieron hasta nuestros días152.
Bajemos y sigamos la quebrada costa hacia el Sardinero; pasaremos junto al pinar de la Alfonsina, don de la provincia a su última soberana, antes floreciente y lozano, ya desmedrado y enfermizo: sus árboles se deshojan y mueren roídos por ignoto mal, acaso por el presentimiento de que troncos y raíces han de hacer sitio a ladrillos y sillares.
Cada mogote de la áspera marina conserva vestigios de su antigua fortificación, permanente o de campaña. Nuestros abuelos la habían erizado de cañones, y el pueblo ha conservado a ciertos parajes el nombre con que los bautizaron sus mayores: «el cañón». En una de estas asperezas erguidas y avanzadas sobre el agua, edifica el Sardinero su iglesia: ¿cómo se llamará, Estrella de la Mar o Nuestra Señora de las Olas?
Llegamos a la celebrada playa. El guijo de los arrecifes desaloja al césped de los prados; el arbusto jardinero hereda la tierra-madre del escajo y del helecho; la brava costa se urbaniza, amansa su faz, desarruga el ceño; el espíritu de silencio y soledad que la ocupaba, voló ahuyentado a recogerse en el horizonte de las aguas, en cuya vasta inmensidad no hay ruido viviente que prevalezca sobre la voz opaca y sublime del desierto, ni obra de hombres cuyo perfil y color no se ahoguen en su luz esplendente e infinita.
En el ribazo de la arroyada se levantan las grandes hospederías, dando a leer sus nombres al más miope, en letras descomunales y bastardo idioma: «Gran Hotel», «Nuevo Hotel». Y entre ambas, cuadrada y cenceña, como puesta en jarras, con rejo y sal propiamente españoles, otra casa de más modesto porte, grita a los cuatro rumbos del cielo su castizo y reputado rótulo: «La Navarra».
Abajo, en las arenas, la pintada caseta ya probada por tormentas y naufragios, cuyos recios pilares baña la pleamar; y su oreada galería tan poblada de oteadores y curiosos corno de bañistas o convalecientes, donde muchos pierden la quietud del alma en cambio de haber recobrado la salud y el vigor del cuerpo. A su frente, desperdigadas por el arenal como guerrilla que precede y cubre apretados batallones que van al enemigo, las tiendas de lona cuyas puertas batidas por el viento parecen alas vivas de gigantescas aves. Y más allá, la sonora rompiente entre cuya blanca y hervorosa espuma negrean cabezas y bustos, suenan voces y prevalece el agudo alarido femenino sobre el ronco y pausado estrépito de las olas.
Pintaba Ovidio con delicia la aparición en su elemento nativo de las Nereidas:
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| (Horacio, lib. III. Oda 28, Ad Lyden), | ||
y la pintura del vate sulmonense parece tomada de originales cántabros «mientras unas aparentan nadar, otras, sentadas en la playa, tienden a secar sus lozanos cabellos.»
Pero ¿qué mucho que nos acudan los clásicos recuerdos de las aulas, si plantadas sobre un barracón de tablas empavesado con ramos y banderas, nos saltan a los ojos estas letras: NEREO? ¡Grandaevus Nereus de Virgilio! Mas éste, a pesar de su nombre, ni es grandevo ni dios marino, por más que a imitación de toda la descendencia de Neptuno, neptunia proles, se ejercite en domar y regir con la voz y con la fusta un par de trotones, domitor equitum.
Estos parajes, este mar sublime, esta playa suave, despejada y abierta, tendrán su libro especial un día. Vendrá el geólogo a analizar sus rocas y lanchares, el prehistórico a descubrir sus fósiles, el naturalista a recoger y clasificar sus conchas vivas: vendrá el geógrafo a titular sus cabos y ensenadas, sus fuentes y los accidentes menores del paisaje; vendrá el historiador a decir la razón de sus baterías y armamento, el empleo que ambos tuvieron y si fueron de algún provecho, y a qué generaciones sirvieron, y de qué riesgos y enemigos las guardaron.
Y vendrá el cronista a referir los orígenes y vicisitudes del benéfico pensamiento, sus principios allá en los años 1847 a 1850, con los acogidos de la Caridad, y la ancha tienda listada de azul y blanco, recinto de misterios y aventuras, y el cuadrado edificio, quinta particular ahora, hostería entonces copiosa y regaladamente servida; sus posteriores eclipses, sus reapariciones sucesivas y su postrera, franca y decisiva reinstalación.
Y con él vendrá otro cronista de especie diversa, más impuesto en las cosas y menesteres actuales que en estériles recuerdos de lo pasado; más aficionado a estadísticas contemporáneas que a enumeraciones arqueológicas: más diestro en picar curiosidades presentes que ocupado en merecer póstumos aplausos de un sabio venidero, hurón y desabrido; y vendrá el pintor que dibuja, y el prosista que describe, y el poeta que canta, y el humorista que esparce semilla sutil y leve de vario ingenio, para que el ingenio de cada cual la fecunde y convierta en espiga y substancia, y juntos harán ese libro que aparecerá en manos de todos, a bordo del bote, dentro del coche, bajo la sombrilla, sobre el césped, en el regazo, asomando por el saquillo repleto de la viajera, rebosando del bolsillo abierto del turista.
Pero mientras ese libro prodigioso y afortunado se engendra y cuaja en los limbos confusos, aunque limitados y cercanos, del tiempo, no nos olvidemos de llevar adelante el pobre y trabajoso nuestro.
Al Norte, o rigorosamente hablando, entre los rumbos Norte y Norte-Noroeste, cuarto al Norte de este Sardinero, está el gran Sardinero, vasto desagüe de un valle abierto de Este a Oeste. Si subís el curso del arroyo, que en lo más hondo fluye, pasaréis de la arena al pantano, del pantano a la pradera, de la pradera a la mies; pero el pantano ya desecado -las Llamas tiene por nombre-, se convierte en huerta, y ya sin estado intermedio pasa la tierra de la fecundidad a la aridez, del vergel al arenal. A dos pasos de la arena y de la sal crecen higueras, y dan sombra y dan fruto. Es verdad que la higuera es árbol tan pagado del suelo de nuestra patria, que dondequiera se agarra y prospera. Ahí las tienes vistiendo de verde los pardos sillares de la destrozada batería de San Juan, nacidas entre sus juntas, nutridas del aire que absorben sus raíces y respiran sus hojas.
Un promontorio nos ataja, guarnecido por carabineros, Cabo Menor; otro más alto y poderoso asoma detrás de él y se llama Cabo Mayor.
Cabo Mayor, pedestal erigido por la naturaleza al borde del agua, para que a trescientos pies de altura, sobre la haz revuelta de las espumosas olas, pudiera la vigilancia humana señalar al navegante la cercanía del puerto o del escollo, la meta o el abismo, la salvación o el naufragio; para entablar a distancia, a través de la humareda de las nieblas, del vapor de las rompientes, del fragor terrible de las tempestades, y con el buque desarbolado acaso y sin gobierno, diálogos mudos, interrumpidos, breves, pero seguidos con alma inquieta y corazón suspenso, como que de ellos penden vidas humanas.
Las edades sucesivas comprendieron y aceptaron los destinos del erguido peñasco; sobre su cima se encuentra todavía el tosco garitón antiguo en que los marineros encendían sus hogueras de señal y aviso, cerca del soberbio faro que los modernos han erigido. Toda es luz la torre; de día su fuste blanco se destaca y pinta sobre el limpio azul o el brusco ceño del horizonte; los cristales de su linterna reverberan al sol como el agua llovida en el vaso natural de una roca; de noche, su inflamada cúspide a intervalos se obscurece y apaga, como párpados que se cierran, como frente que se inclina rendida por el sueño y la fatiga, y que de nuevo se abren, de nuevo sé levantan dominando la fatiga y sueño, porque su obligación es velar. Allí encuentra el marinero cuando el cielo, la naturaleza, inclementes y sombríos le niegan toda señal de afecto, allí encuentra ojos que le sigan, voz que le llame, aviso que le guíe, compasión, auxilio, caridad, prójimos en fin.
Todo es claridad en aquella torre, que pesa afirmada y quieta sobre sus anchos pies en la robusta confianza de sus treinta y dos años154; todo, menos la inscripción puesta sobre su entrada para conmemorar la fecha de su fundación y los altos pensamientos que la dieron origen.
¡Terrible costa en días procelosos! La mar irritada, con la espuma que os arroja al rostro, con el espanto de su bramar, con el vértigo de sus remolinos y convulsiones, se defiende del curioso y del atrevido, les cierra sus términos, los mantiene alejados de su insondable orilla. Y penetrando en las cavernosas profundidades de la costa, en aquellos senos de piedra inexplorados, cuyos misterios acaso encarece y multiplica la imaginación humana, acaso no alcanza a sospecharlos ni enumerar su variedad, sus formas, su trascendencia infinita, y donde se oye retumbar el subterráneo estampido, parece que con brazo poderoso ase y estremece los caducos cimientos de la tierra.
Así viene de siglo en siglo sacudiendo y quebrantando el continente; esas peñas caídas en su abismo, que apenas descubren la anegada cabeza con encarnizada furia y rabiosa voz golpeada por las olas, eran acaso límite más avanzado de la costa, base sobre la cual caminaron nuestros ascendientes, y en cuyo socavado centro oían como nosotros zumbar el ronco azote de las aguas.
Mas ¿qué libro no se cierra ante la gloria infinita del mar, a vista de su poder y su hermosura? ¿Quién lo lee retratado por mano de hombre, si lo tiene a su alcance vivo y animado por el invisible espíritu de Dios?
Cada arroyo de cuantos nacen en los ricos manantiales de la marina y de su vega, trabaja para abrirse paso al mar y labra en la costa senos y calas. Dos de ellos, nacidos en los veneros de San Cebrián y de Bezana, después de descansar en cristalinas charcas donde florece el nenúfar, después de mover las macizas piedras de uno y otro molino, forman la ensenada de San Pedro del Mar; más al Oeste, la más angosta de San Juan del Canal.
Entre una y otra encontramos una isla, amarrada a tierra firme por un puente de madera, por el cual, y batidos por el Nordeste que aquí se encauza y redobla su vigor, pasan devotos a visitar el santuario de Nuestra Señora de la Mar. Un manuscrito ya citado155 pone la fecha de esta fundación en 1400, tomándola de la piedra sepulcral del fundador que yace dentro de su fábrica156. Es romería devotísima de los marineros; éralo de los antiguos hidalgos de la villa, cuyos escasos descendientes la conservan. De sus bóvedas y paredes cuelgan simulacros de embarcaciones de todo porte y aparejo, ofrenda de naufragios, singularmente expresiva, allí donde la amenazadora voz del Océano no enmudece jamás.
Un camino de sierra, blando y nada fatigoso, nos hace trasponer una loma, a cuya falda meridional se espacia el ancho cuadrilátero del monasterio de Santa Catalina de Monte-Corbán. En su patio y cercanías corren o pasean las negras sotanas de los seminaristas, que han sucedido a los blancos hábitos de los jeronimitas. Pero la sucesión no fué directa, y entre unos y otros alegró aquella vecindad la grana de los uniformes ingleses, o melancolizó el paisaje la figura solitaria de un pastor o de un porquero.
Momentos hace hablamos de los venerables que aquí hacían eremítica vida en los primeros años del siglo XV. Eran Fr. Pedro de Oviedo, Fr. Rodrigo de Osorno, Fr. Gonzalo de Santander, Fr. Gómez de Toro y Fr. Sancho de Islares. También dijimos la visita y consejo del Ilmo. de Burgos, que habían llevado a la Orden de San Jerónimo el eremitorio, erigiéndole en monasterio con autoridad del Papa Benedicto XIII. «Ansí dice el clásico Sigüenza-tienen por fundador y bienhechor en esta casa al obispo de Burgos, don Juan Cabeza de Vaca.» Dicha queda igualmente la incorporación a Santa Marina, sus vicisitudes diversas y el trasplante definitivo a Corbán en 1419.
Sobre la puerta de su franqueada clausura un bulto informe es reliquia de una estatua arrodillada del santo doctor solitario de Belén. No fueron las insensibles lluvias del cielo únicos verdugos y profanadores de la esculpida piedra; fuéronlo las balas de soldados herejes y de cazadores católicos, que hicieron de ella blanco de su destreza y puntería. Consérvase de la construcción primera la iglesia y su entrada ojiva, y sus capiteles de figuras orantes y ópimas vides, y los escudos del fundador timbrados con su pastoral sombrero. El monasterio fué reedificado el siglo último con dineros traídos de las Américas; sobre su elegante ingreso empotraron una gigante piedra destinada a perpetuar la memoria del bienhechor, su nombre y el tiempo y las condiciones de la restauración, franco uso de la arquitectura, que, adelantándose a la inquisición del pasajero, se delata y cuenta la razón, los medios y el propósito de su trabajo; mas la piedra quedó intocada y tersa, impacientando al viajero como impacienta un libro en blanco a quien le abre convidado por el título impreso en su tejuelo.
Aquí fueron acuartelados los soldados ingleses traídos en 1834 por la Cuádruple Alianza a sostener la causa constitucional. A su devastadora indisciplina, que abrasó la madera y vendió el hierro, resistieron únicamente las piedras más difíciles de ser movidas y transportadas. La historia de su permanencia en aquella casa, abierta por el desorden de sus habitadores a todas las inclemencias del cielo, da curiosa luz sobre la raza, naturaleza y organización de aquellas tropas «excelentes», según palabras de su general Lacy Evans, «para ser traídas en globo al lugar del combate, y, una vez desempeñado su marcial oficio, transportadas por el mismo camino a sitios apartados de todo trato y comunicación humana». Los aldeanos de las cercanías saben esa historia y la cuentan.
El anterior obispo de Santander, ilustrísimo señor don Manuel Ramón Arias Tejeiro, varón de altísima virtud, estableció aquí el Seminario conciliar de su diócesis.
Proveía este monasterio numerosos beneficios en lugares de la montaña, y poseía donaciones muy especiales, aunque no pingües, de reyes y señores. Una dama montañesa, doña Leonor de la Vega, de quien nos tocará hablar muy luego, madre ilustre del insigne marqués de Santillana, le otorgaba en 1428 una donación, que luego adquiría condiciones de venta, de cuanto la pertenecía en el monasterio de Orejo, en Trasmiera.