Illic sedimus et flevimus.
Valle de recuerdos, tantas veces pisado en todas las edades de mi vida, en la niñez, en la adolescencia, en la juventud, a la luz vana, viva o moribunda, gloriosa o siniestra del espíritu, no debiera tener secretos para quien ha registrado sus vegas y sus lugares, sus collados y sus arboledas, sus montes y sus cauces con el palo del viajero en la mano y con la cartera del curioso a la espalda.
Torres, escudos, ruinas y santuarios debieran ser para quien tantas veces los ha interrogado con afanoso cariño, libro familiar cuyas hojas abriese a cuantos le suceden en impaciencia, a cuantos pisan el mismo suelo con la misma sed inextinguible de saber lo que allí pasó, y qué memorias guardan las piedras mudas, hoy que el afanoso tráfago de la vida ensordece, y falto de oídos que le escuchen, el anciano calla, y en su silencio, como todo germen vital en el vacío, perece la tradición y se acaba.
Nunca imaginé yo que venida la hora tanto tiempo esperada de trazar con fugitiva pluma su imagen fiel y acabada, apenas hallaría otro modelo que la visión primera, limitada y confusa, indecisa como infantil recuerdo.
En días de deseos vagos y dilatada esperanza no soñé con menos que con dar al curioso o al amante de este suelo, completa noticia suya, con pintárselo no reducido al cuadro de su belleza actual y pintoresca, sino dilatado en la vasta perspectiva de los siglos, donde toda tierra ve la cuna, asiento y sepultura de un pueblo, en el pueblo una serie de generaciones, y en éstas la vida útil, laboriosa, oscura o gloriosa, desenvuelta en las épocas del tiempo. Pero de sus facultades ninguna engaña a nuestra pobre alma tanto como su voluntad propia. Ella supone un término a todo anhelo, y el término llega y nos sorprende antes de haber empleado el intervalo que de él nos apartaba, en preparar y merecer la cumplida realización de lo anhelado.
Los hijos de la Montaña, hijos de madre pobre, nacen pobres, pero con altos pensamientos; pésales su oscura medianía, y para levantarse a más visible y luminosa esfera, buscan el camino más seguro, el de la fortuna. Su claro instinto les dice temprano que el de las letras, trabajoso y exclusivo, no guía al deseado término en la patria española, y merecen excusa de no sentir el aguijón de la gloria, ellos acostumbrados a ver empañada, dudosa y tenida en poco la gloria más legítima y más pura.
¿Consiste la gloria en el aprecio justo de una cualidad superior y rara manifestada en obras? ¿Consiste en la consideración y el respeto tributados constantemente al ser privilegiado; en el aplauso general y recuerdo permanente de sus obras nacidas para bien común, engrandecimiento, utilidad o recreo? ¿O no consiste en nada y es únicamente sueño del alma, falso como todo sueño, y destinado a mantenerla en perpetuo engaño y desconocimiento de la vida?
El Pas separa a Piélagos de Toranzo; el Pas enriquecido con el caudal del Pisueña; en la jurisdicción de Vargas. Ya en Santander nos recordó un puente estos parajes181 memorias del valor de nuestros padres; pero memorias infaustas, que al recordarse debieran fortalecer y estrechar nuestra unión española como los recuerdos de un azote, de un desastre, padecido en compaña, aprietan siempre, y no pocas veces crean lazos de amistad y afecto entre los hombres.
Aquí llegaron, pocos en número, desiguales en armas, novicios en el arte militar, pero unidos y resueltos. La presencia de algunos soldados era estímulo a su valor y su firmeza. Aquí llegaron y dieron con los enemigos que habían salido a buscar, para cerrarlos a distancia la entrada en su ciudad amada. Y el combate parecióse en algo a aquellos combates legendarios en que un influjo sobrenatural distribuía desigualmente la muerte a un campo, la victoria al otro. Abatióse la guadaña sobre los del infante pretendiente, y quedó el laurel entre los de Santander.
Por eso, para estimar su hazaña, no hay que ir al campo de ella para pesar y medir la sangre vertida; hay que estimarla dentro de la ciudad afligida por el amago y cercanía del enemigo, la víspera de la salida, cuando el desconocimiento del riesgo lo abultaba y encarecía, cuando era preciso vencer todas las resistencias del corazón, olvidar todas las obligaciones, desoir todos los afectos y no tener oído, voluntad ni brazos más que para el deber supremo. Cuando era preciso vencer y dominar, no el miedo, que eso lo vence la vergüenza, sino el cariño, las lágrimas, la ternura, las deudas más hondas y más sagradas del alma, que solamente a costa de heridas y desgarrones en el alma se vencen.
En aquel sangriento amanecer de una guerra sin misericordia, guerra de agüero dudoso, nutridas las huestes carlistas con tanto número de los mejores oficiales españoles, el combate de Vargas era testimonio y promesa a la bandera isabelina, de que por ella no se ahorrarían los pueblos que la alzaban de decisión y sacrificios. ¡Dios sabe y la patria si lo cumplieron! ¡Dios y la patria saben lo que el ejemplo de nuestros padres pudo, y el oir se en España, como premio a tanto ardimiento, llamar a su ciudad: La decidida!
Partiendo de la confluencia, aguas arriba, el Pisueña riega hacia el Oriente el valle de Castañeda; más al Sur serpea el Pas por las vegas de Toranzo. Sálvalos la carretera sobre dos gallardos puentes: diéronse le de sillería al Pas por más caudaloso, sin duda; porque resuelto y potente quita caudal y nombre al Pisueña, que hubo de recibir entre la cantería del suyo entrepaños de ladrillo y barandaje de hierro; pero lujoso o modesto, no es menos cierto que ya por todas partes reciben y toleran yugo aquellos indómitos torrentes montañeses, acostumbrados a rodar turbulentos y espumosos, libres y tiránicos por su ilimitable madre, entre ruinas de estribos descepados y desmoronadas pilas.
Subamos el Pisueña; angosto y breve es su valle; los árboles que le dieron nombre se han recogido a las faldas de los montes, donde retuercen sus huecos troncos y esparcen la impenetrable sombra de sus ramas espesas, dejando al sol y a agua tender en la llanada el más tupido y risueño terciopelo verde que puedan hollar viajeras plantas; la corriente apenas suena, y en ella se bañan blancos chopos y descoloridos sauces. Dejemos a la carretera seguir su pintoresco destino, cruzar las frescas huertas de Cayón, los páramos de Sobarzo al Mediodía de Cabarga, atravesar el valle de Penagos y llegar a los manantiales de Liérganes.
A corto trecho del fin del Pisueña hemos dejado a la izquierda de la carretera la colegial de Santa Cruz de Castañeda, venerable monumento que vive entero todavía, si quebrantado por los años, sostenido por su fuerza propia, sin remozar el rostro con sacrílegos o bárbaros afeites, sin el prestado báculo de modernas reparaciones; anciano patriarca cuya existencia íntegra y austera no dió cebo a las corrupciones y deleites que preparan la decadencia humana, y al cual la muerte habrá de herir con golpe único, decisivo y súbito, como el del rayo que postra el roble centenario del monte.
Cuando yo llegué al solo arco abierto de su doble ingreso; cuando dentro de sus bóvedas me bañó la frente ese vaho glacial que sueltan las construcciones seculares, sentí vergüenza, pero vergüenza profunda, de haber pasado tantas veces a tan corta distancia, sin desviarme del camino para visitarle. ¡Con cuánto afán medí sus ámbitos, palpé sus piedras, rastrearon mis ojos inscripciones y sepulcros para penetrar el sentido de sus letras y figuras indescifrables o maltratadas!
Si es cierto que en toda obra humana vive algo del espíritu que la engendró, y el calor de un deseo vehemente y sincero engendra correspondencia entre las almas, la de la antigua colegiata debió perdonar a la mía la indiferencia pasada. De haberse hallado a solas, ¡quién sabe las revelaciones que el alma del viajero hubiera recibido del alma del edificio, espía invisible de conciencias, eco de preces, paño de lágrimas, fanal de la sagrada lámpara, confidente recóndito de miserias y heroísmos, espíritu formado y nutrido de la esencia de infinitas, testigo presente por siete siglos a los misterios un nombre, renovados diariamente dentro del recinto sagrado a la consagración mística sobre el ara, a la reñida pelea de afectos distintos, necesidades, pasiones y deseos dentro del pechó de los fieles, a los sombríos arcanos de la muerte junto a la fosa abierta y el cadáver tendido!
Pero a la sazón ocupaba la nave central pueblo numeroso en son de duelo; alzado bajo el crucero un túmulo de estameña desgarrada y parcheada de rociones de cera; arrodilladas las mujeres en hileras delante de sendos hacheros guarnecidos con gruesos cirios ardiendo, y zumbando en el espacio la solemne liturgia funeral cristiana. Para no turbar las preces me refugié a la nave del Evangelio; a lo largo de sus muros, se dibujaban confusamente nichos anónimos, ataúdes gigantescos de piedra labrados de misteriosas cifras y señales, digno encierro de heroicos despojos; y ya a los pies de la nave un bulto yacente, cuyo perfil humano dibujaba la poca luz recibida por una angosta saetía de la cabecera.
Figura de varón eclesiástico, puesto que cubre sus manos enlazadas bajo el amplio embozo, hincado en el hombro izquierdo un lazo o insignia, de espaciosa faz, nobles facciones, copiosa barba y melena movida en ondas, dormía caídos los párpados, sorda a las temerosas cláusulas del dies iræ que estremecían el ambiente, amortajada por los años que han vestido a la piedra la obscura pátina del bronce.
¿Quién es? ¿Las letras abiertas en la pared inmediata se refieren a éste o a otro muerto? Ciega piqueta las tocó en ma hora, y con idea al parecer de ponerlas todas uniformes y simétricamente, alteró los caracteres y mató su sentido.
Lo que de la inscripción sobrevive, dijo así a mis ojos: AQUI IACE MUNO GONÇALEZ..... DE CASTAÑEDA QUE DIOS PERDONE.-EN LA ERA DE M E CCCILXVIIII AÑOS. Queda sin leer el apellido que sigue al patronímico -¿será de Lara? Esta casa tuvo señorío de añejo tiempo en estos parajes. Y otra palabra, que probablemente indica la dignidad del sepultado, y acaso dice abad182.
Calló la salmodia, oí secas y menudas pisadas de clavos sobre el pavimento, y el arrastrar desapacible de malcalzadas suelas femeninas, semejante al rumor de la espuma sumida por la arena de la playa; comenzaron luego los murmullos confusos de grupos bajo el pórtico exterior, y cuando quedó la iglesia desierta, pude a sabor examinarla.
Debo desengañarte, lector, si has imaginado que mi entusiasmo por la vetusta iglesia nace de su imponente arquitectura, de novedad o audacia rara en su traza y edificación, de riqueza en sus materiales, de extensión considerable o de singular hermosura. Su mérito está para mí en la edad, su interés en la época a que pertenece. Levantáronla hombres de caudal limitado, de no primorosas manos, pero empapados en tradiciones puras, arrancando a la vecina montaña el asperón jalde, blando a la labra, ligero al acarreo, al cual presta el sol meridiano ese rico cálido tinte de oro que baña las almenas y escudos de nuestros solares. Su estilo nacía apenas recobrado el universo cristiano del terror de las profecías milenarias: el mundo entraba en su undécimo centenar sin perturbación, sin accidente que a la temerosa expectativa de su fin respondiese, corría por los primeros años del siglo sin extrañas desolaciones, sin monstruos nuevos, sin que aparecieran los horrendos presagios prometidos.
La tierra no padecía otro castigo que la guerra y sus miserias, azote común y añejo, tolerable a pesar de sus horrores, comparado a las plagas anunciadas como mensajeras de la agonía de la creación. El orden admirable de los astros, la luz del sol, los orbes de la luna, la sucesión del día y de la noche; las mudanzas estacionales, la acción fecunda de los elementos, se producían y manifestaban con regularidad constante,según la ley primera y no interrumpida de su ser; y los hombres, volviendo del asombro primero, mejor dispuestos a creer en la misericordia infinita de Dios que los perdonaba, que a renegar la ciega fe en sus profetas visionarios, sentían recrecer su ardor devoto.
Los primeros templos erigidos entonces, los templos nuevos en que se atropellaba la supersticiosa muchedumbre agradecida a la prolongación de días trabajosos e inseguros, pertenecían al estilo de la colegial de Castañeda, al que doctos clasificadores apellidaron mucho más tarde: románico.-¡Cuántas de esas figuras e historias que esparce en muros y capiteles, fueron clara alegoría del estado general de los espíritus en semejantes días! Ingenios perspicaces, ayudados por las meditaciones y el estudio, se han fatigado en buscar su recóndito sentido, y entonces se lo encontraban natural y fácil turbas ineruditas y rudas.
Los artífices de Castañeda no dieron campo a su fantasía; emplearon su estilo en la austera sencillez de sus elementos primitivos; corrieron sus bóvedas de cañón a lo largo de las naves, las partieron con arcos de medio punto, y sobre los cuatro torales del crucero trazaron un tosco arquitrabe anular, cubriéndole de un cascarón esférico, sirviéndose para pasar de la planta rectangular al círculo, de aquellas bovedillas de arquivoltas salientes, concéntricas y a descubierto, rudimento y generación primera de la elegante pechina de Bizancio; pegaron las columnas a los hastiales, coronaron sus fustes con un esbozo de hojas griegas, y sellaron la obra, bordando su coronamiento exterior con cordón de labrados canecillos, y partiendo la seca alzada del ábside con imposta de escaques y cintas que rodea y dibuja el marco de sus angostas luceras.
Patronos y fundadores de ella se titulaban los condes de Castañeda, marqueses de Aguilar, de la poderosa casa de los Manriques de Lara; fundadores de la colegial, que la iglesia existía un siglo acaso antes de que el linaje de Manrique se ilustrara y hacendase en Castilla183. Y en liso de tal posesión, don Juan Fernández Manrique, marqués de Aguilar y conde de Castañeda, embajador de Carlos I en Roma, consiguió del papa Paulo III que se suprimiera la colegial, anejándola el año de 1541, con las de Escalada y San Martín de Elices, a la colegial de Aguilar, villa predilecta del magnate184.
Este ilustre apellido de Manrique suena en los valles del Mediodía cántabro, como suenan en los valles de Occidente los otros no menos ilustres de Mendoza y de la Vega; los pueblos de una y otra comarca resistieron recibirlos como señores; la nobleza territorial pobre, pero altiva, no quería reconocer superior fuera del rey y sus ministros; tardaron los grandes feudatarios en asentar su dominio en tan ásperas tierras, y nunca lo tuvieron pacífico e indisputado sobre sus más ásperos habitantes.
Citados quedan los dilatados litigios en que sostuvieron por siglos su derecho de vasallos reales sin obligaciones a justicia que no fuera la emanada del rey; y a luz de esta lucha, legal, formalista, se descubre que en tiempos anteriores, y aun en el transcurso del pleito, durante los intervalos de una y otra resolución, de una y otra demanda, el litigio se sostenía en los valles por más enérgica y violenta manera: con guerras de solar a solar, de behetría a behetría, con asaltos y emboscadas que ensangrentaban el suelo y mantenían vivos los rencores y despertaban sin cesar nuevas venganzas.
La huella de estas discordias y su estrago ha de conservarse en los archivos de muchas cosas solariegas: allí ha de buscarlos quien haya de trazar sobre fundamentos ciertos y con colores vivos la interesante historia de nuestros montañeses.
Entre ellos, indóciles y turbulentos, eran un hecho repetido a menudo aquellas memorables palabras de Toledo negándose a recibir corregidor por el rey don Juan II: «Son de obedecer por ser cartas del rey; pero no de cumplir por quanto son contra las leyes destos reynos.»
Con cartas de este rey bajaba de Castilla un ballestero suyo, en días del año 1421, trayendo acaso el mismo camino que yo traje para visitar la colegial esa mañana. De juro no le halló tan acomodado y suave como hoy se encuentra, ni su ánimo, ocupado de la aspereza del terreno y de los empeños de su mensaje, tuvo espacio de solazarse como el mío contemplando la agreste hermosura del paisaje, el prolongado desfiladero de la montaña, la cima del monte Dobra, tallada en roca a manera de altar céltico, y el fresco y verde panorama de las Presillas; él, en cambio, daba que escribir a la crónica y a mí el placer de recordarle al recordarla.
Un año había que el adolescente rey (andaba con los quince años) hiciera merced a Garci Fernández Manrique del señorío de Castañeda con título de conde; el astuto prócer, con la diligencia que convenía a la inseguridad de los tiempos, y del favor de tan tierno príncipe, apoderó a su mujer doña Aldonza, de los reyes de Castilla por línea bastarda, heredera del señorío de Aguilar, para que en su nombre y con autoridad propia tornase posesión de la tierra185.
Enojóse el rey que esto supo, o le hicieron enojarse, puesto que había pasado, por falsía de don Álvaro de Luna, del poder del bando del infante don Enrique, al cual pertenecía Garci Fernández, al de sus enemigos los condes de Trastámara y Benavente, y dispuso anular el don e impedir sus efectos.
A esto venía el ballestero; mas doña Aldonza, mujer enérgica y sagaz, había sabido poner de su parte a muchos hidalgos, y entre los que más valían contaba por suyo al arcipreste Pero Díaz de Ceballos, hombre arrojado de quien hay curiosa memoria en instrumentos de la época. Resistieron, pues, al mensajero, maltratáronle a palos, quitándole sus credenciales, el cual, molido y despojado, se volvió a su señor con el cuento consiguiente.
La regia ira y el encono de los adversarios de Garci Fernández subieron de punto con la noticia del desafuero. Tomóla el rey como ofensa a su persona, que merecía ser castigada por su mano; salió en hueste y se puso con sus soldados y los hombres de su consejo sobre Aguilar. De allí envió con mandamientos rigorosos y bien acompañado de peones y lanceros a Diego Pérez Sarmiento, su repostero mayor, y al doctor Pero González del Castillo, su corregidor en las Asturias de Santillana, los cuales hicieron cruda justicia de los apaleadores del ballestero. Unos fueron muertos, otros azotados, allanadas las casas de los que hurtaron el cuerpo con la fuga, y el arcipreste reducido a estrecha prisión en Palenzuela, donde murió.
El nivel de los afectos humanos sube o baja como la marea en la costa; el odio no es en nosotros más duradero ni perdurable que la afición.
Garci Fernández esperó. Mantúvose en el revuelto campo de la intriga, donde batallaban las parcialidades opuestas por el mando, con harta mengua de Castilla, con mengua mayor del rey ardoroso y bien intencionado, pero falto de voluntad y de firmeza. Destrejando hábilmente con el mar de la política, corriendo sus temporales y utilizando sus bonanzas, sin desaprovechar ocasiones de gloria más limpia en entradas de moros, donde el acreditado valor de su mocedad se mostraba, el prudente magnate vió llegar el año de 1429, y con él una oleada próspera que, trayéndole de nuevo a gracia del rey, le confirmó definitivamente y en forma título y señorío.
Pedro de Velasco, otro ambicioso, se querelló de esta merced, pretextando derechos anteriores, cuyo reconocimiento pendía en Chancillería desde luengos años, y el rey, atento a no descontentar a nadie, deseoso de mantener a cualquier precio sus providencias, vergonzoso quizás de tantos trueques y mudanzas, compró a Velasco su desistimiento del pretendido derecho con encarecidos ruegos y con sesenta mil maravedises anuales de juro, reconocidos en carta de privilegio186.
¡Pobre rey don Juan II! Nació con prendas de caballero, generoso, arriscado y vivo: era trovador, galán, jinete, diestro en las armas y aficionado a sus nobles juegos; carecía de firmeza y de voluntad libre. Crióse en atmósfera de privanza, mortal para la fortaleza viril del ánimo; y en semejante ambiente pasó la vida enseñado a no formar juicio acerca de hombres y negocios sin ampararse de opiniones ajenas; presa, por consiguiente, de bandos y juguete lastimoso de favoritos.
Fué el cuarto monarca de aquella dinastía enriqueña, regalada y dadivosa, abierta a la molicie del espíritu, blanda al peso del cetro, inteligente, curiosa de saber, esquiva a las austeridades del soberano prestigio: dinastía que pule y doma la brava rudeza de sus pueblos, crea la corte y prepara y consuma el clarísimo renacimiento de ciencias y letras españolas; pero al mismo tiempo abre cómoda y accesible liza a palaciegos amaños, fomenta con sus inagotables larguezas desmesuradas ambiciones, crea la prepotencia de los grandes feudatarios, y retrasa un siglo, provocando rivalidades y emulaciones, la emancipación de la patria.
Pachecos y Velascos, Mendozas y Pimenteles, preferían a la frontera granadina las antecámaras reglas de Valladolid, de Ávila y Segovia; allí les aguardaban peligrosas heridas, acá seguros aumentos. No contentos de su blasón ganado con sangre de ascendientes suyos, dorábanle con rentas de pingües estados, embozando un heroico apellido en los títulos más soberbios de Haro, Villena, Santillana y Benavente. Así esta edad cierra el período épico de gloria, de sacrificios, de hazañas militares de aquellas familias, y abre el de su magnífico engrandecimiento y dominación tiránica.
No tardaremos en hallar de nuevo a los imperiosos Manriques, aun cuando dejemos su valle de Castañeda por el de Toranzo, que también llamaban suyo.
Desde el empalme de Vargas corre la carretera por una llanada sembrada de altos helechos, en cuya espesura asoman su tostado cerro numerosas vacas, y suenan sus esquilas al compás lento con que pacen golosas la grama. Todavía sobrevive algún castaño viejo de aquellos que daban techo a un rebaño entero bajo su pomposa copa, y casa al pastor dentro del ahuecado tronco.
El camino de Toranzo es de los más frecuentados de la Montaña. A pie o a caballo, en coche o en carreta, las gentes del pobladísimo valle se mueven con actividad suma, y crece el movimiento cuando en la estación serena abren sus puertas a achacosos y pacientes más o menos disimulados las hospederías de sus célebres aguas medicinales.
Penétrase en una primera garganta, cuya formación y naturaleza, así como la de las rocas grises que encauzan el río, prometen hervideros termales; y efectivamente, a una revuelta del camino aparece Viesgo, su puente todo ojos, su iglesia maltratada y pobre, los baños sobre el Pas, y el caserío amontonado en la avenida del puente o asomado al camino a beber la constante polvareda que mantienen en alto volando llantas y herraduras.
¿Quién estuvo en Viesgo, siquiera pocas horas, que no oyó mentar a Fausta? Este nombre de Fausta allí, simboliza la buena voluntad representada en una ama de huéspedes, voluntad manifiesta a toda hora en actos frecuentes, en la acogida afable, en la asistencia puntual y cariñosa, en consideraciones repetidas, y el uso constante de una paciencia inalterable.
Lector; sin más que acudir a la razón, sea cuanta fuere tu experiencia de la vida, puedes hacer cabal juicio de la suma de paciencia necesaria para recibir y tratar con igual agrado y manera a centenares de personas diversas en carácter, edad, opinión, flaquezas y manías; pero si, por mala ventura, sabes de dolores gotosos o reumáticos, y cómo en sus períodos álgidos alborotan la condición más apacible, agrian la más dulce e impacientan la más calmosa; si has probado el humor vidrioso, irascible, impertinente y desasosegado que enseñorea nuestra alma cuando los humores morbosos de cualquiera especie labran, roen y mortifican nuestro cuerpo, y esa acción irritada, despótica con que parece la materia querer vengar en el espíritu otras insolencias y tiranías del espíritu sobre la materia; en una palabra, si has padecido, lector, y hecho padecer -que no va lo uno sin lo otro- comprenderás qué caudal de condescendencias, dulzuras, mimos, transacciones, halagos, ha de gastar la huéspeda modelo para gozar unánime concepto, y que de su casa no salgan descontentos ni quejosos.
Y aun para contemplar a los sanos, necesitaría tesoros de calma y de indulgencia; porque, ¿has reparado, lector amigo, con qué gusto nos desquitamos en estos hospedajes breves y transitorios, de ciertas contradicciones que toleramos de buen grado y callandito en el hospedaje sedentario o en el domicilio propio? ¿No has advertido qué desahogadamente nos desembarazamos de la buena educación, aun los más presumidos de ella, y a pretexto de cosa pasajera y de poco momento, usamos con aquellos criados y gente menuda modos y lenguaje nunca usados con los nuestros?
Si la educación consiste en la constante vigilancia sobre sí mismo, para no hacer o decir cosa que hiera, moleste o perjudique al prójimo puesto en relaciones de trato con nosotros, se comprende que ese estado de perpetua centinela canse a veces y empezca, y que hombres de educación aprovechen todo punto de darse una tregua, un respiro, como se lo dan a su virtud ciertos virtuosos mal casados con ella, cuando, según familiarmente decirnos, echan una cana al aire. En tales desahogos, unos y otros dan quince y raya al más pintado rufián, y sus extravíos de la pauta honrada parecen a las sandeces de los hombres de ingenio que se dejan atrás las más sonadas del sandio más acreditado.
Sea en casa de Fausta, excelente repostera, amén de lo dicho, sea en otra parte donde se albergue el bañista, si su dolencia le permite siquiera tanto paseo como al dogo su cadena, pronto repara en un cueto cónico, erguido a la derecha del camino, erizado de árgomas, que entre sus verdes abrojos dejan asomar los azulados muñones de la caliza. Aquel monte está hueco; abierta en el flanco, mirando al Norte, tiene una espaciosa brecha por donde se puede penetrar hasta sus entrañas y estas entrañas son una inmensa caverna partida en estancias de ámbito diferente, donde se oye sin descanso gotear el agua artífice de aquella arquitectura que en unas partes cava y en otras edifica. La vida compleja, múltiple de la corteza terrestre cesa allí, donde sólo permanece activa esa otra vida lenta, imperfecta, perezosa, inmensa en duración y en tiempo, que fué la vida de nuestro planeta en sus primeras edades. Dentro de la insondable sombra de aquellas bóvedas labradas en un bloque, se ven destellar las cristalizaciones como astros de un cielo subterráneo, o surgir las amenazadoras agujas de la estalactita como cabezas de serpiente, cuyo cuerpo se arrolla en profundidades desconocidas, o sale al paso la efigie fantástica, monstruosa o mística de la estalagmita que crece y se transforma por siglos.
Como el tourismo no ha extendido hasta estos parajes su aparato teatral y su lucrativa farsa, se carece, para visitar la cueva, de guías declamadores y patéticos, armados, vestidos y calzados al intento, provistos de cordiales, escalas, sogas y románticas teas. Hay que procurarse para compañero algún muchacho, que nunca falta, más pagado de la honra de acompañar al señor que de la propina que le espera, y cargarle con un paquete de prosaicas velas de sebo, cerillas y ovillos de bramante. Este sabe el camino, ha entrado alguna vez al antro, y acaso afirma de buena fe que la pila de agua recogida en la piedra por la filtración constante, dentro de cuyo cristal sereno se ven con toda limpieza los guijarros caídos de la bóveda o arrojados por el curioso, no tiene fondo. Pero desconoce toda precaución pavoroso, inútil, de estas inventadas para deleite y emoción de audaces ladies y misses. Nunca le ocurrió, ni le aconsejaron, tomar actitudes cómicas, hacer gestos y dirigir al peñasco miradas singulares; elegir determinados sitios para descanso, y lugar donde arrimar el palo, donde encender fuego, hacer señales, consultar indicios, referir casos trágicos o cómicos; ni asomar la antorcha encendida a ciertas cavidades, para prevenir influencias deletéreas de los gases esparcidos dentro, o disparar pistoletazos a boca de las estancias para precipitar el desprendimiento de fragmentos inseguros que pudieran amagar la cabeza de los que entrasen luego; ni ofrecer su brazo o su hombro en ciertos pasos ponderados de peligrosos y resbaladizos, y que la imaginación del viajero encuentra efectivamente resbaladizos y difíciles, cuando todo es imputación calumniosa.
Pero a trueque de estos dramáticos primores tan gratos de consignar en el pocket-book y de referir al regresar en los círculos familiares, la excursión con el montañesillo ofrece el interés profundo y vivo de una exploración primera, casi de un descubrimiento. Démosla por hecha y continuemos la jornada.
El camino sube siempre faldeando la montaña, opuesto al río que baja. Por su ladera el uno, por su pedregal el otro, porfiando a quién hace más recodos o da más vueltas, se acercan y se separan sin atravesarse nunca.
El camino trae al río cuentos de la mar y de lo que allá le espera, y el río cuenta al camino prodigios de los neveros de Pas, donde nace, y adonde por alientos que tome no trepará nunca el camino. Diálogos entre señor y pechero, bien avenidos y camaradas, aficionado el primero, a pesar de su llaneza a recordar su origen y ascendencia remota, amigo de hacer beneficios, enemigo de diques y frenos que le coarten, y muy hombre para saltar por cima de ellos, si le lastiman demasiado, tremendo cuando la ira le hace espumar y retorcerse, en cuyo caso no hay sitio esperar a que desahogue y calme su furia; pero después de calmada se deja registrar hasta el fondo y saquear el seno de sus bolsillos, donde el pobre, descalzo de pie y pierna, mete la mano desnuda y encuentra, si no dineros, especies que dineros valen, y todo es pescar. El pechero, llano, útil, sufrido, muy hecho a que le pisen, y vengándose a las calladas con hacer sudar la gota gorda a los que abusan; tolerante hasta con los espumarajos del señor, porque, como viene de la costa, sabe dónde y cómo acaban todas aquellas violencias y bramidos; siempre igual, sereno, plácido, pero cauto en su placidez y precaviéndose de las mudanzas de su aristocrático vecino con buenos estribos y paredones.
El río, venido de las nubes para tornar a ellas, pasa la vida mirando al cielo, siendo espejo fiel de sus mudanzas, gozando de la poesía de la creación, y es poeta, canta y llora, consuela sedientos, lava miserias, fecunda arideces; el camino va pegado a la tierra sin erguirse jamás, falto de voz, de acción y abrumado del peso de tanta picardía humana como le trilla y le pasea; compensados ambos por la ley de justicia universal; al río nadie le halaga, muchos le temen; a la carretera la componen, la acicalan y es objeto constante de prolijo interés; vigilada sin cesar, tiene quien la arrebole, la cuide y la custodie, ingenieros, peones y guardias civiles. Aquél recibió de Dios la independencia; a ésta la mantienen en tutela los hombres que la construyeron.
Comienza a ensanchar el valle; en la otra orilla un nido de nogales encima del lecho de las aguas es Cerrobárceno. Luego pasa el viajero por Aes, y se pregunta acaso: ¿De dónde esa palabra purísima latina, en tierra cántabra, impenetrable, cerrada siempre al hierro y a la lengua romana?
Enfrente, pasado el río, una torre robusta, cuadrada, dentro de un cerco de almenas, señala el lugar de Penilla, torre de los Bustillos que, en vez de apoyarse en el monte, parece que el monte se apoya en ella; tal es su fortaleza. La roca viva asoma su cabeza dentro del aposento bajo, cual si un esfuerzo de su crecimiento hubiese roto el solado después de construido; la espalda del monte sube hasta el nivel del piso primero; sus malezas penetran por las rejas, y a lo largo de ellas suelen deslizarse las culebras ateridas buscando el calor de la vivienda. Si un día a la patria montañesa le nace tal hijo novelador y entusiasta como sus memorias y su hermosura piden, la torre de Penilla le dará noble teatro para interesantes escenas.
Más allá se espacia una tendida vega; al medio de ella, arrimado a un bosquecillo de alisos, alza su campanario mutilado el convento de franciscos del Soto.
Una inscripción había en el convento, según autor del pasado siglo187, que refería cómo en días de don Alfonso el Católico188, yerno y sucesor del gran Pelayo, tras el breve reinado de Favila, una imagen de la Virgen se apareció en estos sitios a Ovechio u Oveco, capitán de los cántabros, el cual, en memoria del suceso, fundó un hospital en los mismos lugares.
En el siglo XVI, la orden dominica, tomando por su cuenta el abandonado territorio de la montaña, intentó varias fundaciones, y una de ellas en este ya santificado sitio, según refiere su historiador Fray Juan López, obispo de Monópoli189; mas no llegó por entonces a realizarse el pensamiento. Luego se establecieron los franciscos con devoción general de la comarca, que aun acude a celebrar en la iglesia y su espacioso atrio el célebre jubileo anual de la Porciúncula.
Iruz y Corvera se miran de una a otra ribera, aquél inmediato al monasterio, éste atravesado por la carretera que más allá de su recinto serpea en cuesta a dominar las mieses.-El libro de las Behetrías dice que en Corvera estaba el cillero del rey, esto es, la casa o aposento en que se recogía y guardaba la cilla, tributo diezmal que pagaban en grano los pueblos Cillero del Rey se llamaba San Andrés de Prases, y uno y otro nombre prevalecen en dos barriadas, Cillero y Prases, señaladas por dos santuarios. Blanquea el uno dentro de una sierra verde; el otro, a la vera del camino, da refugio bajo el techo de su pórtico al trajinero sorprendido por la lluvia o agobiado por el calor.
Desde allí, cruzando los ojos el río, descubren en terreno quebrado y espeso la iglesia de Villasevil, puesta sobre alto terraplén vestido de sillería.
Cierto episodio útil al novelador y de fácil empleo entre los que su imaginación le brinde, recordaban el terraplén, el pretil y la calleja a sus pies hundida, a un viejo que gustaba de referirle.-Una noche tempestuosa y cruda de principios del siglo, un jinete llevado en alas de amorosa impaciencia, y en lomos de un bravo potro, cegados los ojos del jinete por el viento, la lluvia y las tinieblas, ocupado su espíritu de más vivos cuidados que el cuidado de conservar su vida, embotado el instinto del bruto por las eléctricas emanaciones de la tormenta, ganan descaminados el borde del precipicio y saltan, o mejor caen en su fondo a impulso del desesperado galope; el cadáver del potro queda allí embazando la trocha, y el mancebo herido, roto, deslumbrado, convulso, sangriento, vivo por milagro de la Providencia guardadora de los intrépidos, llega tarde, pero llega a la cita.
Los sollozos y lágrimas, las explosiones de dolor y de alegría, las ternezas y delirios que pagaron aquella noche temerosa, los riesgos corridos y la leal constancia del caballero, los hallará el novelador en su memoria si no está olvidado de sus veinte años.
En las arboledas de Villasevil190 acampaba y en los lugares de sus contornos se hospedaban la escolta y acompañamiento de dos comitivas reales que se habían encontrado aquí al mediar el mes de marzo de 1497. En la una, venía aquel príncipe don Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos, despojado por temprana muerte de la gloria y del poder de heredarlos; en la otra, la princesa de Austria Margarita, hermana de don Felipe el Hermoso, destinada a esposa del príncipe don Juan. Había desembarcado la princesa en Santander, venía de la culta y fastuosa corte de Borgoña, y traía consigo los primeros carruajes de lujo y de paseo que se vieron en España, según afirma Gonzalo Fernández de Oviedo191.
«Fizose el desposorio en Villasevil, cabe Santander -dice el doctor Toledo, médico de la Reina Católica192-, por mano del Patriarca de Alejandría y Arzobispo de Sevilla don Diego Hurtado de Mendoza.» Y fué poco venturoso, porque en octubre del mismo año fallecía el desposado; su hijo póstumo don Miguel pasaba de la infancia a la huesa, y extinguida la línea masculina de las dinastías españolas, entraba la austríaca en cabeza del marido de doña Juana la Loca a regir el vasto imperio de ambos mundos.
De la agitación, ruido y fausto que aquí desenvolvía el acto y la grande aglomeración de gentes, da corta idea la feria que se celebra en 28 de agosto, día de San Agustín, donde acude lo mejor del valle y sus comarcanos en riqueza, alcuña, gusto y hermosura.
Junto a Villasevil, Santiurde: de su antiguo nombre San Jorge193, conserva rastro en la advocación de su parroquial. Al amparo del bienaventurado caballero, propio patrón de hidalgos belicosos, al cual el cristiano Don Quijote reputaba «uno de los mejores de la milicia divina», tenían en Santiurde sus concejos y asamblea los procuradores del valle. Centro de vida política del cual salían acuerdos de servicios al rey, demandas en querella de sus merinos y corregidores, mensajes de paz o provocaciones altivas a los valles y señores vecinos.
No está lejos Acereda, solar antiguo de los Villegas, enemigos perpetuos de los Manriques, y émulos de su dominación en el valle. Raza de audaces que ya en el siglo XIV daba adelantados a Castilla194, y mantuvo siempre vástagos suyos en servicio inmediato de los reyes desde los principios de la monarquía castellana. Mas no de reales donaciones, sino de inmemorial herencia o adquiridos por mano propia, poseía en Toranzo vastos solares y tierras. Suyos eran la torre y palacio del Coterón, en Villasevil; las casas de Castil-Pedroso, encaramadas en la sierra que separa a Buelna y Toranzo, en las que persevera el apellido, y la fortaleza de Acereda, que papeles de la casa pintan rodeada de muros, fosos y barbacanas195.
En Acereda mantenían soldados y monteros, con grande aparato de perros y halcones, que eran los Villegas, a ley de altos señores, aficionados a volar una garza en el llano, a acosar un jabalí en los vecinos acebales y lastreras de Rugómez; y regaba sus parques un arroyo, de nombre rico en sonoridad y colorido, Platarollera, del cual apenas queda un eco lejano en el de Mataruyera, con que hoy corren sus aguas tan limpias, tan melodiosas, tan plateadas como en tiempos de mayor poesía.
Y tan duros contrarios eran, que, para vencerlos, otro Garci Fernández, nieto del primer conde de Castañeda, heredero de sus estados y casa engrandecidos con el marquesado de Aguilar, hubo de meter por sus tierras una hueste ordenada de cinco mil hombres de a pie y de a caballo. No dicen las memorias coetáneas si fué breve o larga la campaña, mas de cierto fué rigorosa; los pueblos inmediatos vieron arder la torre de Acereda, arruinarse hasta el cimiento, y quedar exterminado para no recobrarse nunca aquel temible nido de gavilanes196.
Esto pasaba, años más o menos, hacia 1480: reinaban poco había los Reyes Católicos, y ocupados en asegurar su solio y prevenirse a empresas exteriores, toleraban a sus grandes ciertas justicias expeditivas y de mano propia. Todavía la fuerza mayor era decisiva autoridad en las contiendas; no habían tenido espacio ni reposo para fundar aquel ideal de equidad austera, según la cual, al decir del ingenuo cura Bernáldez, «los pobrecillos se ponían en justicia con los caballeros, e la alcanzaban».
Si haces a pie la caminata, y eres, lector, de los que gustan trabar conversación con quien pueda ponerte en cuentos de los lugares que recorres, de algún torancés aprenderás cómo trocada la índole de los tiempos, cambian también el uso de las cosas y su valor y aprecio; cómo se mudan en ocasión de escarnio, de zumba y remoquetes las que lo fueron de temor o de respeto. De la fortaleza natural de Acereda, de su asiento roquero, se burlan los pueblos de uno a otro extremo del valle, con decir que los piamonteses ambulantes no suben a restañar las calderas, faltos de suelo blando en que hincar la bigornia.
En Borleña las lustrosas paseras brindaban en otro tiempo a cruzar el río y descansar a la sombra de un fresco alisal, que el Pas ha devorado; manadas de patos ocupan el paso, ya meciéndose en las anchas ondulaciones del remanso, ya dormidos sobre la grama, o atusándose su plumaje.
Villegar, en cambio, como un atezado hijo del Mediodía, se recuesta al sol, despojado de árboles, rico de praderas y maíces, que extiende y encumbra hasta el monte, como un mercader oriental que hace muestra ostentosa de sus matizadas alfombras y perfumadas telas.
Son las praderas de la montaña, verdadera bendición de Dios, patente siempre a los ojos del aldeano, como una alegría inmortal del cielo, esparciendo en los aires su inagotable fragancia, riendo a los ojos con los infinitos matices de sus flores, rojas amapolas de mayo, amarillos ranúnculos de junio, azules borrajas de agosto; blancas margaritas, cuyas estrellas de espuma no se apagan cuando el inquieto mar del heno crecido ahoga y sume sus rastreros tallos, ni cuando el hielo invernizo que parece cuajar toda savia, suspender la vida en troncos y tallos, es impotente contra los vivaces retoños de la pradera.
Esos henares, poblados de murmullos, zumbidos y aleteos vivero de mariposas, nido de alondras, en cuya blanda espalda se pintan las ráfagas de viento abatiéndola a su paso, se despliegan en la inmensa onda del valle de una a otra ladera, desde el cueto pronunciado de Castillo-Pedroso, hasta las fronteras cumbres de Posadorio encima de Bejorís.
En tiempo de siega, la aldea entera se traslada a trabajar en ellos. A sombra de los avellanos se establece el hogar: allí duerme el niño en pañales, guardado por el perro, mecido por el agudo pío del fraile gris, esquivo morador del cerrado arbusto, mientras la familia entera participa de la faena: los varones adultos, armados de guadañas lucientes, colodra al cinto, derriban con mano segura la yerba; mujeres y chicos con horquillas y palos la vuelcan y la esponjan para-que sea curada por el sol y el aire.
Entonces por todas partes se oye el seco crujir del acero que hiere las fibras vegetales, el martilleo con que el aldeano iguala las quiebras del dalle, el estridor de la pizarra con que acicala su filo, y el agreste cantar de las carretas, stridentia plaustra, de Virgilio, de voz tan áspera y construcción tan tosca en sus ruedas y macizos ejes, como en los días del geórgico poeta197.
Y, sin embargo, ese rechinar del carro tan desapacible para oídos urbanos, tiene expresión y melodía para los campesinos. Lo reconoce el viejo reducido por la edad a guardar la casa; y se adelanta perezosamente a abrir las dos hojas del portón para que entre en el corral la triunfadora carga coronada de un fresco gajo de juguetones chicuelos. Lo reconoce la zagala, y siente parársele los brazos, y que se le van los ojos temerosa y ufana hacia el paraje adonde los llama el sonido, y procura por los claros de los setos o las casas descubrir al mozo que guía la pareja.
De Villegar se baja a San Vicente, lugar más considerable, dominado por la torre polígona de su iglesia, alegrado por blancas quintas con ventanaje verde, verjas y jardines. Donde se levanta una de las más aparentes, a la derecha y algo desviada del camino, se levantó la torre de los Manriques, la enemiga victoriosa de la torre de Acereda. Yo me acuerdo de ella: era cuadrada y maciza, con angostas troneras, y tenía guarnición de soldados; fortificaciones de campaña la rodeaban con foso y parapeto; ciudadela erigida durante la guerra civil contra partidas y merodeadores, convertida en amparo del valle después de haber sido su yugo y su espanto, a semejanza de los grandes pecadores, vueltos a Dios, a la caridad, cuando se les acerca la muerte. De ella no queda otro recuerdo que el grabado en alguna imaginación infantil por su aspecto vetusto y sombrío, por el aparato bélico que la cercaba y el pintoresco contraste de su traza y fortaleza antigua con los fusiles y bayonetas empleados ahora en su custodia y defensa.
Un marqués de Aguilar, descendiente de los Garci-Fernández nombrados, llegaba a las puertas de esa torre cierto día del mes de agosto de 1697. Acompañábanle criados de su casa, hidalgos y labradores; y como sin duda la hora convidaba a gozar del fresco de la tarde, apeado del caballo, sentóse en el banco a umbrales de su solar.
En su cortejo parecían sus gentileshombres y servidumbre irritados y recelosos, los toranceses cabizbajos y pensativos, mientras al rostro del marqués salían indicios del mal reprimido despecho. Venía el cortejo de las juntas habidas en el acostumbrado sitio, Santiurde, en las que, engañando esperanzas del marqués, los procuradores del valle habían resistido a sus actos de prepotencia, condenando ciertas prisiones y malos tratamientos ejecutados por oficiales suyos en defensores de las inmunidades y derechos de la tierra, rehusando perseguir a los naturales acusados de haber aliviado los padecimientos de los presos y contribuido a libertarlos.
Eran las eternas diferencias entre el valle y su pretendido señor; impaciente aquél y esquivo a autoridad que no habla reconocido, perseverante éste en el propósito tradicional de su casa, de poseer, además de las rentas, jurisdicción civil y criminal, alta y baja, y mero mixto imperio, como entonces se escribía en autos.
Mas no eran ya los tiempos de los impetuosos fundadores de su señorío; habíanse amansado las costumbres; mas por desgracia, a la vez los bríos de raza desmayaban en todas las esferas sociales. Carlos II era rey, Oropesa o Valenzuela privados, Iglesia y milicia servían a intrigas de poco momento; y en querellas de favor, en unirse sin calor, en odiarse sin energía, gastaban su vida próceres y cortesanos. De éstos era el de Aguilar.
Un Garci Fernández de sus antecesores, reputando insolencia la firmeza de ánimo de los concejos, no los trajera en su cortejo, sino aherrojados, ni se apartara de la junta rodeado como estaba de parciales sin soltar el freno a su franca ira y tentar, acero en puño, desquite de sangre o de fuego; el menguado descendiente, sentado, recogido en sí, dejó hablar su cólera fría en un discurso preñado de amenazas hipócritas y huecas.
«-Haced liga contra mí, señores, concertaos en menosprecio de mi justicia, que no tardaréis en tocar los frutos de semejante descuello. Hay cabezas en Toranzo que se sobreponen y dominan como plantas viciosas; mas cuenta que hay también jardineros cuidadosos del jardín que sabrán cercenar ambiciones e impedir que flores inútiles y soberbias crezcan a expensas de otras humildes robándolas sus jugos.»
«Término doy a los que me ofendieron para ponerse en salvo; hagan cuantos hoy asistieron a la junta por poner la mar en medio; plegue a Dios que se hallen en Indias cuando mi castigo los busque. Teman si no oír en hora inesperada la campana que tañe a juicio, juicio inexorable, del cual no tienen por qué aguardar misericordia. Yo os prometo por mi nombre, que cuando oigáis este sonido habéis de temblar, si para temblar os dan tiempo la cárcel y el cuchillo» -y sacando de su faltriquera una campanilla que de continuo usaba para llamar a sus familiares, la tañía con agridulce sonrisa198.
Testigos del acto cuentan que los montañeses quedaron atemorizados, y su espanto se propagó a los confines del valle. También ellos decaían y les faltaba un arcipreste de Ceballos, un Villegas o un Gutiérrez de Escalante199 que se pusiera intrépido a riesgo de muerte, respondiendo con obras alas amenazas. Y se dejaron vencer del miedo y cedieron de su derecho.
¿No es cierto que al tenor de la oración en que andan por tan raro modo mezclados el episodio de Tarquino, y su imitación por el rey Monje, nos figuramos al orador menguado de persona, solapado de gesto, frío de ojos, cascado y agrio de voz, ruin en suma, a pesar de su alcurnia? ¡Qué fué de aquellos Manriques membrudos, vellosos, de tan escasa facundia como robusto y ágil y poderoso brazo!
Llegamos a paraje donde vuelven a acercarse las cordilleras y estrechar el valle, anunciando las gargantas postreras, límite de los páramos castellanos; por estos lugares tiene hoy nombre y fama Toranzo, fuera de sus asperezas, más que por ningún otro accidente de su hermosura o recuerdo de su pasado.
O las razas humanas tienen hoy más apego a la vida, o la ciencia descubre nuevos medios de conservársela, o son atormentadas por padecimientos y dolencias antes desconocidos. Siglos y siglos corrieron libres derramándose sobre la superficie de la tierra fuentes y manantiales de aguas intolerables al paladar, perniciosas al riego, sin que el hombre soñara en indagar qué utilidad escondían bajo su apariencia repulsiva. Únicamente la imaginación de los pueblos, tanto más viva cuanto menos sujeta por las austeridades de la razón, herida por ciertos accidentes externos y de fácil percepción, fétidos vapores, intermitencias misteriosas, depósitos calizos que envolviendo los objetos sumergidos los petrificaban, acudiendo a su necesario refugio, dió sobrenatural y maravilloso origen a los fenómenos cuya causa inmediata desconocía; y turbios o cristalinos, hirvientes o glaciales, inodoros o ricos en sulfúreas emanaciones, fueron los manantiales morada de genios benéficos o malhechores, efecto de maldición divina, testimonio de milagros, o respiraderos infernales.
¿Cuál otro origen reconocen las míticas tradiciones de fuentes súbitamente agotadas para castigo de humanos extravíos; la leyenda caballeresca de heridas mortales, curadas por aguas de virtud divina; la frecuente conseja de diabólicas apariciones que al sumirse en tierra dejaron perenne rastro de sí en sulfurosos vapores; la dura espada convertida en frágil vidrio, el báculo ligero en ponderosa piedra?
¿Será, por otra parte, cierto que a la superstición del espíritu corresponde el instinto de la materia? ¿Quién inspiraba a gentes ignorantes, rudas, desprovistas de toda noción fuera de las instintivas, sin más consejo que cierta experiencia de origen inmemorial imposible de señalar, la acción de buscar remedio a sus enfermedades en las aguas misteriosas?
Porque es tradición indudable en todas o la mayor parte de las comarcas termales que, sin arredrarse de largo camino, sin temer a las privaciones y riesgos de un despoblado, acudían pacientes a la milagrosa piscina, a sanar unos, a perecer otros para cuyos males era mortal el específico. De éstos se olvidaba el mundo, guardaba memoria de los afortunados, y ella bastaba a perpetuar la confianza y mantener la peregrinación constante.
Esta fe ciega es hoy todavía común, y sin la ciencia que vela a orillas del medicinal venero, sus cristalinas ondas serían a menudo sepulcro de alucinados y fanáticos.
Dueña ya la ciencia de sus ocultas propiedades, propagadora incansable del beneficio de sus aplicaciones, dió campo a la industria, y ésta no se hizo de rogar para labrarle y aprovechar sus frutos, y del manantial se pobló el yermo, se aumentó la aldea, y el caudal geográfico de las gentes se enriqueció con un nombre propio.
A este caudal pertenece el de Ontaneda. Sus nogales y castaños dan sombra a muchos achaques, a muchos desvelos, afanes y ambiciones, porque en la tregua necesaria que todos buscamos al cotidiano empleo de nuestras horas, de nuestras fuerzas y acción vital, el espíritu no descansa y continúa siempre combatido, o minado, o enardecido y provocado por aquel agente único y principal de su vida, política, negocio, amor, santidad, poesía o gula.
Tiene la iglesia en bajo, para no fatigar los valetudinarios miembros de los fieles; la botica sobre la carretera, pronta a quien necesita sus jarabes y linimentos; esparcidas las viviendas al sol sobre la verde alfombra de la campiña; apretada la población antigua entre la plaza y la parroquia y el palacio; diseminada la nueva, la estacional, la nacida de las aguas, a inmediación de éstas.
Sobre su nacimiento está fundada la más vasta de las hospederías que naturalmente y con propiedad suma lleva el nombre de Casa de baños: fórmanla dos cuerpos en ángulo recto, de dos pisos cada uno; su arquitectura es modesta, o más bien humilde; delante halla el bañista la sombra de algunos plátanos, la compañía de algunas flores, el recreo de un juego de bolos; dentro, habitaciones y menaje medianos, buena sociedad a menudo y excelente mesa siempre. Lo que Ontaneda economizó la industria al manejar las aguas, esparcirlas en pilas, recogerlas en chorros, adelgazarlas en surtidores, lo gastó pródiga en el vecino manantial de Alceda, donde la vena cristalina rueda, salta, ondea, lava y cura a través de ricos mármoles y bruñidos bronces que visten las lujosas termas; pero aquí falta el hospedaje a raíz del baño, el caserío dista un paseo, y esta molestia compensa para algunos otras ventajas.
La vena sulfurosa mina todas aquellas cercanías, y fluye a borbollones en una y otra parte del río. En su orilla derecha se pierde inútilmente un manantial que brota en tierras de Bejorís, pueblo solariego, peligrosamente asentado a la caída de un siniestro torrente. Jonaz -que así se llama-, a modo de los titanes fabulosos, no tiene vida regular y serena, o duerme o lucha; o yace aletargado sumido en cavernoso lecho, o se derrumba estrepitoso, mugiendo, espumando con irresistible fuerza, amagando sepultar, no en ondas de agua, sino en aluviones de piedra, árboles, edificios y vivientes.
Como a margen de tranquilas aguas ondean en dunas y médanos las arenas arrastradas por la corriente, a margen de Jonaz se encuentra apilada o tendida porción asombrosa de cudones redondeados y bruñidos por la repetida percusión en su extraordinaria caída desde el monte al valle. Si os mueve curiosidad de saber qué fuerza plegó o cernió tan duros y pesados materiales, trepad el despeñadero arriba, y allá, en una grieta obscura de la montaña, oiréis sonar en la roca un hilo finísimo de agua, cuyo frío jamás entibia el sol. Aquel tenue gemido es la voz del agente cuyo brazo amenaza a Bejorís con el suplicio que la ley de pueblos antiguos daba al ladrón de la honra o del caudal ajeno.
En Bejorís tuvo solar el gran Quevedo200; años hace le señalaban cuatro arruinadas paredes vestidas de zarza y helecho sobre el áspero declive de un prado llamado el Escajal, cuyos gallardos robles saltea el Pas en sus avenidas y se los lleva de uno en uno, con la tierra donde arraigan. Como hacienda abandonada de su amo, le halló el poeta cuando vino a visitarle, y le pintó con implacable numen satírico:
| Es mi casa solariega más solariega que otras, pues por no tener tejado le da el sol a todas horas201. |
En las blasonadas casas del pueblo, se repite el caballeresco blasón de los Portillas, y su cristiana divisa Credo in unum Deum noblemente sostenida desde la restauración de España por sus hidalgos miembros en la milicia, clero y magistratura española en Flandes y en Portugal, en las Chancillerías de Granada y Ultramar, en la Inquisición de Córdoba y en la silla episcopal de Mallorca202.
Ya el valle deja de serio, y cuando llega a Entrambas mestas se divide a Oriente y Mediodía en dos angostas y retorcidas cañadas que sirven de cauce al Pas derramado de la sierra de su nombre, al Luena desprendido de las alturas que marcan el límite de la tierra castellana.
Más arriba son ya regiones alpestres, de estas donde la vena de agua es absoluta señora, como forma inicial de la fuerza creatriz que dió substancia y forma al globo; la vena de agua que fecunda y desbarata, que arruina y hermosea, que taja la roca, abre el sendero, riega la tierra, nutre el árbol, llama al hombre, cimenta la casa y titula el pueblo. Luena se llama el río, Luena la aldea, y cuando la devoción o la desgracia buscó un patrono en el cielo, apellidó al bienaventurado con el nombre del lugar, y llamó a su desdoblada población San Andrés de Luena y San Miguel de Luena.
Más allá serpea el camino a vencer el dorso de la cordillera, a pasar a Castilla; el estudiante de mi tiempo al llegar a aquellos parajes en los asomos del otoño, arrastrado dentro de la pesada mole de la diligencia, saludaba a los valles y costas nativas con pesar acaso, acaso con alegría. ¿No había entre ellos quien más allá del confín montañés hallaba libertad absoluta y varonil independencia, sueño pertinaz del adolescente? ¿No había también quien ya probado el desengaño de esa libertad mentida, vela únicamente al otro lado de los montes el tedio de penosos y difíciles deberes? Desde allí se daba adiós al mar, a los días vagabundos, a la doméstica abundancia y la alegría; desde allí se daba adiós a muchas otras cosas. Dichosos aquellos para quienes ese adiós no fué un adiós postrero.
Pero no olvidemos que nos aguardan otros valles y la estación de Tanos mostrándonos nuevos caminos.