Subir la cuenca del Besaya es paseo que el curioso de arquitectura hará con fruto y placer.-Era ése el camino por donde comunicaban la Montaña y gran parte de su marina con el riñón de Castilla; por él iban y venían trajineros y soldados, cobradores de tributos y fundadores de monasterios, merinos y abades, corregidores y misioneros; por él la justicia y las leyes; por él la noticia de los progresos y esperanzas de la historia nacional; por él las tradiciones y los principios de arte.
El arte primero que nació de la expansión y libertad del culto cristiano, apenas éste poseyó medios y caudales para establecerse en casa propia sin ocupar desalojadas aras de júpiter o Minerva, dejó aquí duraderos monumentos que aún subsisten, desde el peregrino santuario de Moroso, de ignoto origen e islamita casta, hasta el de Yermo, removido, restaurado en tiempos diversos y firmada su más importante y completa renovación en el siglo XIII por el artífice autor de ella; desde San Lorenzo de Pujayo, consagrado por un prelado de Burgos, hasta la iglesia vieja de Silió, émula de las de Castañeda y Santillana en galas de piedra esculpida.
A la entrada de esta cuenca, cuyos valles les pertenecían, y en su villa de Cartes, habían erigido los Manriques una fortaleza, sin duda contra sus peligrosos vecinos los de la Vega. Y tan oportunamente habían escogido su asiento, que cuando a las antiguas vías desiguales y escabrosas reemplazó el ancho y macizo arrecife moderno, no halló escape y tuvo que ir a pasar bajo los rastrillos de la fortaleza. Por bajo de ella, por su ancha plaza de armas y hondo patio ahumado por las lumbradas de ballesteros y gente de armas, pasamos nosotros, porque si hemos de visitar con holgura y libertad los monumentos y recoger sus inscripciones, más que los muelles cojines del carruaje, nos conviene la herrada suela del veredero.
Robusto y entero todavía el castillo, fué descabezado; sirvieron sus piedras para edificar en sus cercanías, para establecer viviendas dentro de sus propias entrañas. Tenía su almenaje corrido sobre una cornisa cortada en modillones angrelados, y en los cuatro ángulos de su azotea cuatro redondos cubos, atalayas o garitas empenachadas por la vegetación parásita de los siglos. Tenía sobre sus puertas ladroneras y matacanes que las defendían, y tan altas, que el mandrón o el guijarro caído a plomo sobre el atrevido que se arrimase a aportillarlas, mellaba sin fallir el mejor capacete y rendía el más duro brazo del escudo; y tenla en sus ventanas cruzados hierros, por donde el defensor podía asestar tranquilamente sus saetas, pero que desafiaban los puños y la destreza del escalador más audaz y experto. Arrasado ahora a nivel de los tejados de la villa, no llama, como antes, de lejos al curioso, ni tiene otra cosa que mostrarle más que las gastadas canales por donde caían los rastrillos, y algunas de aquellas impenetrables cifras con que los canteros de los siglos medios signaban sus labores.
Abocado ya a la primera garganta por donde el río viene, está Río-Corvo. Apartémonos a la derecha a visitar a Yermo. Un camino de montaña, partido de hierba y cudones, de agua y hojas, nos lleva en pocos minutos. Yermo tiene en la Montaña supersticioso crédito de antigüedad remota, y lo trae de serie tributaria la iglesia de Santillana, tan reputada de inmemorial y vieja. Vieja es la fundación de Yermo en verdad; no tanto el edificio que ahora subsiste, restablecido con las reliquias de un predecesor suyo, y restablecido como se pudo y dieron de sí los materiales y el ingenio del artífice, no como el gusto puro y la artística ley pedían.
La invasión sarracena y la catástrofe de Guadalete habían despoblado de cristianos las provincias del Mediodía de España203. En el común pavor envueltos monjes y prelados, se acogían a las montañas, al refugio postrero de la fe y de la patria, y amparándose en ellas pretendían con nuevas fundaciones compensar la sede perdida y el profanado monasterio204.
Así vinieron Ariulfo, insigne obispo de Mérida, y Severino o Severo, que lo había sido de Baeza205, y fundaron iglesia en Yermo, en el territorio de Camesa206, la cual, con otras que igualmente les pertenecían, cedieron en la era 991 (A. C.-853) a la insigne de San Salvador de Oviedo207.
No son de tan añejos días la puerta abocinada, los arcos apuntados que hoy dan entrada al templo; eslo acaso su planta cuadrangular, exigua y orientada. Tampoco proceden del templo primitivo las devotas figuras metidas en nichos, empotrados en el lienzo septentrional, reliquias de monumento fúnebre labrado acaso en la undécima centuria y puestas allí como material de restauración, tan extrañadas de su propio y natural destino; ni el bulto de fiera, leona, pantera o loba con sus cachorros que las acompaña, símbolo probable de maternidad celosa y formidable amparo, que aceptó la Iglesia y heredó el arte del materno emblema de Roma, adaptándolo al simbolismo nuevo. Las hiladas de sillarejo, interrumpidas y trocadas, dan bastante indicio de las vicisitudes de la construcción y sus varios momentos, y se puede afirmar que no solamente de materiales nuevos sino de materiales antiguos, y de otros que preparados en anteriores tiempos no hablan tenido aún oportuna aplicación, se valió el arquitecto Quintana, que en 1203 se atribuía por boca del mismo edificio su construcción.
En la cara interna del machón diestro, bajo la imposta de la entrada, grabó iliterato escoplo su memoria:

En los capiteles de esta mano se distingue una figura de cabello largo y ropas talares, puesta entre dos, al parecer, leones. Los leones en uno de los capiteles levantan la cabeza hacia lo alto, en el otro la humillan al suelo. ¿Son dos tiempos de un mismo suceso? ¿Representan a Daniel? ¿O una escena de martirio frecuente en los circos romanos, donde a veces la voz o la presencia de la víctima ofrecida a su apetito amansaba y rendía a las fieras? Los capiteles de la otra mano representan sucesos de caballería; en el uno, dos jinetes pelean a vista de una dama; en el otro, dos hipogrifos abren sus alas ociosas; ¿esperan el fin del duelo para transportar al vencedor y a su cautiva o libertada, premio cierto de la victoria, a fantásticas regiones?
En el campo del tímpano retuerce y anilla su larga y escamosa cola un monstruoso dragón de viperina cabeza y saltones ojos; con él pelea un paladín bien armado, San Jorge acaso, al cual asiste y esfuerza un ángel; constante alegoría del arte románico, tal vez cifra y resumen del perenne combate de la vida, el que sostienen dentro del hombre y dentro de la sociedad los dos principios eternos de la naturaleza, cuyas victorias y derrotas son la manifestación constante y evidente de la augusta libertad humana.
Esta fachada de Yermo, que mira al Sur, desaplomada y hendida pesa caduca sobre puntales de madera. Tiene enfrente dos troncos viejísimos de fresno que, desmochados, retoñan con juvenil lozanía; pero la fábrica humana no tiene la savia de inextinguible vida que la madre naturaleza hace correr por las venas de sus vigorosas criaturas.
Al pie del collado de Yermo corre un arroyo, Belmonte, que sale al Besaya por bajo de la carretera en Riocorvo. La carretera se entra en una hoz sombría, en cuyo fondo duerme el río dentro de blancas cuencas de roca, cuyos bordes afilan el sol, el viento y la lluvia.
Ásperos lugares, cuya soledad y tristeza contrastan con la luz y la alegría de la maravillosa vega que acabamos de atravesar, y con el abierto y plácido horizonte de Buelna, que hallaremos presto. Mas antes hay donde nos detengan, amigos acaso, y de cierto recuerdos de doliente sanado y agradecido.
Llegamos a uno de los parajes de mayor devoción en la Montaña y de no corta fama en las restantes provincias españolas. Nacida la devoción de una antigua y milagrosa imagen de María, fiada a la custodia de sus leales servidores los hijos de Santo Domingo de Guzmán; nacida la fama de un prodigioso manantial, en el cual, renovados los bíblicos asombros, se ven cada llora entrar tullidos, mancos y cojos y salir sanados, vencido el mal, recobrada la vida: que la vida no consiste únicamente en respirar y alimentarse; la vida es gozar del pleno ejercicio de sus miembros, tenerlos dóciles y prontos a la voluntad del espíritu, ágiles para el bien común, diestros para su empleo de vencer y dominar resistencias, aprovechando los dones de la naturaleza, explotando sus arcanos, asistiendo a la acción universal humana, al creciente y progresivo movimiento, destino y misión de nuestra terrenal existencia.
Los incrédulos e indiferentes, repuesta la salud, logrado el fin de su venida, parten contentos sin darse a discurrir de dónde traen su virtud misteriosa aquellas aguas en que visiblemente se ahoga el principio morboso que les roía y quebrantaba el cuerpo, si de agentes increados, de ignoto origen y confusa ralea, si de una voluntad superior, divina, anterior al mundo y creadora suya. Los piadosos, las mujeres principalmente, no se alejan sin pagar ni oír una misa a Nuestra Señora de las Caldas.
La subida de la varga es penosa para pies gotosos o piernas lisiadas; por eso es aspiración suprema, ideal de tantos enfermos forzados a permanecer abajo, entre el manantial y la hospedería, presos por la dolencia, la de poder trepar algún día la altura y gozar la fresca sombra de sus árboles, entre los cuales ven con envidia correr y solazarse a otros más afortunados. Arrimados al brazo de otra persona, o a un par de muletas, recostándose sobre el muro del puente o al pretil de los caminos, se los ve fijar tristes la mirada en aquellos parajes, vedados a su impotencia; y más da que compadecer la melancolía de sus ojos, que la vista de sus achaques o de sus heridas.
La historia del manantial se conserva en la memoria de las familias, en el agradecimiento de los dolientes, en los anales estadísticos de la ciencia médica; la del convento está escrita en un libro compuesto a fines del siglo XVII por uno de sus priores, Fr. Alonso del Pozo, calificador del Santo Oficio209.
Refiriéndose el historiador al que lo fué de su religión dominica, Fr. Juan López, obispo de Monópoli, cuenta que, venidos a estas montañas por los años de 1570 misioneros de la orden, halláronlas en tanto descuido e ignorancia, que preguntados sus naturales ancianos sobre la forma de predicación usada en ellas, respondían asombrados: -«¡Yo en mi vida he oído sermón!»- Con semejante noticia, la celosa orden, cuyo especial instituto era la propagación de la fe católica por medio de la predicación de su santa doctrina, pensó en realizar su emblema, plantando aquí la mística antorcha que alumbrase tan lastimosa tiniebla. Y eligió para fundaciones cuatro lugares, los de Potes, Santillana, las Caldas y el Soto. De éste, ya vimos cómo cambió de objeto; de los dos primeros diremos en sazón y tiempo.
Sazón y tiempo faltaron al intento de los dominicos, cuya ejecución quedó suspensa por largos años. Pero ya en el de 1605 se fundaba en Santillana el de Regina Cœli, y con él tomaba pie y solar en la Montaña la perseverante familia del insigne Guzmán.
Barros, lugar del valle de Buelna y señorío de los marqueses de Aguilar, era dueño de una ermita, en la que con título de las Caldas, tomado del cálido raudal que cerca brotaba, se veneraba de tiempo inmemorial la Virgen. Su efigie era de talla; vistiéronla luego con telas más ricas que oportunas, necesidad de los tiempos o tiranía de la costumbre.
Barros, pues, deseoso de mejor servicio en lo espiritual, y de satisfacer a la constante y general devoción a su Virgen, trató con los dominicos de Santillana cederles su imagen y ermita a cambio de establecer en ésta dos religiosos para las necesidades del culto.
Tales fueron los principios del monasterio, que en capítulo general de la Orden, en mayo de 1611, fué declarado independiente del de Regina Cœli, señalando vicario propio con título de prior para su gobierno: eran entonces provincial de la de Castilla el M. R. P. M. Fr. Pedro de Contreras, y prior de Santillana el padre Fr. Juan de Montemayor.
Ya con el calor y energía que infunde el trabajar en cosa propia, comenzaron los frailes a ensanchar y engrandecer su convento; y aunque les ponía coto el corto terreno, limitado por el camino de Castilla y el peñasco, edificaron sacristía, coro y un dormitorio, capaz de cinco o seis celdillas de tablado, dice el P. Pozo.
Con el año de 1663 llegaba para el convento de las Caldas el día de su completo y próspero crecimiento. Del colegio de San Gregorio de Valladolid, salió comisionado por el rector y consiliarios el castellano Fr. Juan Malfaz para hacer las pruebas de un pretendiente montañés, natural del lugar de Rumoroso. De paso por las Caldas, entróse a hacer oración, y movido su corazón por la aspereza y grandiosa soledad del sitio y su conveniencia para la vida religiosa y enseñanza de la doctrina cristiana, determinó emplearse con todo celo y eficacia en procurar y reunir los medios necesarios para que la apostólica cosecha fuese tan rica, pronta y abundante como a sus ojos el estado de la mies prometía.
En conseguirlo puso todos sus conatos, iniciando la empresa a su vuelta a Valladolid. Pero la voluntad individual, por briosa y resuelta que parezca, es limitada en sus medios, y pocas veces alcanza la mano adonde están puestos los ojos. La del P. Malfaz sola, aunque ayudada por la aquiescencia de sus superiores, acaso hubiera desfallecido y cansádose antes de dar cabo a su propósito, a no verse acogida y cordialmente amparada por la de una dama montañesa, considerable en la tierra por su apellido y sus bienes.
Siguiendo pleito con un su hermano ante aquella Cancillería hallábase en la referida ciudad la señora doña María Ana Velarde de la Sierra, viuda del caballero don Fernando de Herrera, señor de la casa de Miengo210. Hija de confesión de los dominicos, puesta en autos de lo que se trataba, excitado su piadoso celo con la esperanza de tamaño beneficio para las almas de sus montañeses, entró sincera y resueltamente en el plan, y escribiendo al provincial Fr. Juan Martínez de Prado, residente entonces en San Esteban de Salamanca, pintóle la necesidad extrema en que sus paisanos estaban de predicación y doctrina, ofreciendo ayudar con su hacienda y limosna, ella y su familia, al sustento de los religiosos.
Con tan eficaz patrocinio, la orden resolvió impulsar la fundación de Caldas, y para ello diputó al mismo Fr. Juan Malfaz dándole por compañero al colegial de Rumoroso Fr. Hernando Menocal, el cual andando los años llegó a ser famoso en el púlpito, conocido entre las gentes con el nombre de Padre de las verdades, por las que decía predicando, y murió prior de su convento de San Ildefonso de Ajo.
Llegaron los enérgicos apóstoles a su destino el 8 de octubre de 1663. Su perseverancia y la de cuantos les ayudaron o sucedieron tantos y tan robustos obstáculos hallaba, que hasta el de 1683 no fueron terminadas las obras del actual monasterio. En tan largo plazo de veinte años, habían tenido tiempo de entregar su alma a Dios, Fr. Juan, en edad verde todavía para el ministerio apostólico (cincuenta y dos años); y doña Ana María, vistiendo el hábito descubierto del Patriarca (orden tercera de Santo Domingo).
Señalada la fecha de la construcción, queda escrito su gusto y proporciones. Época decadente y triste para el arte como para la patria. La tradición del romano Herrera palidecía y se acababa, degenerando, perdiendo la austera grandeza, su calidad ingénita, a favor de la cual en los asombros de la impresión primera no se perciben su fría elegancia y sequedad ascética. La corrección severa del dórico escurialense, o toledano, trocada en licenciosa bastardía, daba ser a un orden espurio, cornisamentos sin arquitrabe, cúpulas sin tambor o cimborrio, pilastras enflaquecidas por recuadros, en vez de las estrías que las visten y aligeran. A tales troncos arrimó sus crespos e inverosímiles ramajes el gusto que del nombre de uno de sus más ilustres secuaces fué llamado churrigueresco, y obedeciendo a tales principios se edificó en los reinos de España durante los siglos XVII y XVIII, herido el arte por la creciente pobreza del Estado, y precisado a medir sus vuelos y proporcionar sus aspiraciones al caudal de que disponía.
La pobre portada, pobre en proporciones y en gusto, autorizada por la imagen del santo fundador vestida de sus hábitos blancos y negros, no anuncia la nave anchurosa y vasta, cortada por otra menor en cruz latina bajo cuya bóveda, durante tantos años, hicieron las familias hidalgas de la comarca resonar las preces de sus funerales.
Los que no traían a enterrar aquí sus muertos, venían en luctuosa peregrinación, convocados de los valles extremos de la provincia a exequias y aniversarios; así los libros de asiento de esta santa casa debieron ser heráldico necrológico de apellidos ilustres, juntados para la verdad y desengaño de la muerte, contraste de las genealogías y entronques conservados para los fines ambiciosos o soberbios de la vida.
Aquí se recogían también, en señaladas épocas del año, a llevar la penitente vida de los dominicos, a participar de sus austeridades y rezos, muchos varones respetables, arrancándose por algunos días al regalo y dulzuras de la familia.
La hoz de los Caldas abre al Sur sobre el valle de Bucina. Recto, como tiro de artillería, le atraviesa el ferrocarril; a su izquierda deja los pueblos del concejo de San Felices, puestos sobre un alto rellano tajado sobre la vega, a manera de costa sobre desecado piélago; a su derecha, perdido entre desiguales breñas, Cóo, cazadero de corzos; mientras labran el llano, le siegan, le podan y le cosechan Barros, San Mateo, los Corrales y Somahoz, ya a la entrada de nuevo desfiladero, tan quebrantado y retorcido, que por cinco veces en intervalos de segundos, los duros y tenaces carriles entran en las entrañas de la roca y salen de ella como sierpe acosada. Mientras ellos siguen a llenar sus destinos, nosotros, saltando sobre los cudones y lastras que la corriente menguada deja en seco, vamos a nuevas exploraciones.
Hay un camino que traían los corzos cuando el tráfago humano no los había ahuyentado hasta lo más áspero y despoblado de la comarca, y cuando tomados por nieves y hielos sus claros y enriscados manantiales de las alturas, bajaban a beber al Besaya.
Este camino es, como tantos otros de la Montaña, el cauce abierto en la pena por una vena de agua desgajada de remota cumbre. Viajero o corzo, quien lo tome ha de trepar saltando de la roca al tronco, del tronco a la lastra, de la lastra al manchón de tierra, amasado y sostenido por la raigambre de espinos y zarzas, de helechos y vides silvestres; cruzando de una a otra margen, espantando pájaros y reptiles, oyendo el grato y sonoro vuelo de los unos, y el agrio y repulsivo serpear de los otros sobre yerba y hojarasca; mirándose en las limpias pozas, que señalan durante el estío la interrumpida corriente, y en unas partes reflejan el claro cielo, en otras el rico y matizado follaje de la umbría.
Pero si duro el camino, es amén de pintoresco breve; luego se llega al poblado bosque. Los árboles parecen a los hombres: aquellos que nacieron en quiebras bajas u hondos barrancos, crecen rectos a buscar el sol, sin espaciarse en vago ramaje, concentrando savia y vida en dar a su tronco robustez y empuje; empuje que levante en breve su copa a desembarazada altura, robustez que lo afirme y asegure contra vientos y tempestades: los nacidos sobre orgullosas cumbres, tienden en cambio anchas y opulentas ramas; su fruto, si lo crían, cae al alcance de infantiles manos; su prodigada sombra abriga rebaños y pastores; déjanse quemar el tronco por la hoguera que a sus pies el leñador enciende, y abrasada su entraña, todavía hojecen lozanos y fructifican. En tanto, si fuego o hierro tocan en lo vivo al que sólo en medrar pensaba y subir hasta el cielo, cae y se derrumba entero, y fenecen de golpe su ambición y su vida.
En la margen derecha de la arroyada, sobre un terreno descuajado y cubierto de heno tupido, está lo que fué iglesia del priorato de Moroso. Fábrica de área breve, de planta rectangular partida en dos, a Levante la menos espaciosa, la que en términos de arte se llamaba pronaos o galilea; a Poniente la más ancha y larga, la nave propiamente dicha. Una entrada por el Norte, gallardo arco de herradura puesto sobre dos columnas de fustes cortos y capiteles de labor estalactita o de bovedillas, con imposta de losetas en resalto del capitel al arco; canecillos volados, cuyo perfil lateral dibujan tres círculos de diámetro sucesivamente menor, y un bocel que los termina, son su ornamentación y rasgos fisonómicos. Otro arco idéntico al de la puerta, comunica ambas estancias, y en su intradós aparecen huellas de pintura: la techumbre hundióse, y en las paredes quedan los arranques de la bóveda de cañón.
¿Quién erigió el edificio? Un angostísimo lucero o aspillera abierto en su cabecera oriental, es diámetro de una estrella cuyas ocho puntas abren en chaflán el macizo del muro desde el lucero a la superficie externa; otra cruz semejante corona la espadaña. Este símbolo de la orden hospitalaria blasona aún solares de las cercanías donde la orden tuvo dominio211.
¿Serían los caballeros de San Juan los fundadores de Moroso? Ellos tenían en Oriente glorioso predominio: allí guerreaban contra infieles, y de sus despojos erigían templos y hospederías; el arquitecto de Moroso, venido de Palestina, traía en su mente la imagen o el recuerdo tenaz de las construcciones siríacas, y diputado por la religión poderosa en cuyo servicio trabajaba para alzar un santuario, lo trazó conforme con los principios hondamente encarnados en su memoria,
Así se explicaría la existencia en nuestras breñas, vírgenes de dominación o influencia sarracena, de ese gallardo tipo arquitectónico, venerable reliquia que parece arrancada del morisco suelo de Córdoba o Granada, del cual son orgullo y encanto sus análogos y semejantes. Sólo que al labrar las mezquitas andaluzas, sus autores no preveían ni en sueños la cruz plantada luego por la conquista sobre sus almenadas azoteas, y el arquitecto de la mezquita cántabra la pintaba en sus planos por remate de su obra, la abría en el muro principal y acaso la llevaba sobre su pecho.
Sin embargo, en aquéllas suena todavía la oración cristiana, fervorosa y tierna; de ésta, sólo sube a Dios el himno de la naturaleza, la voz del pájaro que anida en las piedras, el suspiro del viento en las yedras que las desencajan y envuelven, el zumbar del insecto despertado por el rayo del sol que calienta su albergue; suavísima armonía, pero falta del hondo acento agradecido o penitente, alma y vida de la oración humana.
Hasta sus arcas de piedra que fueron ataúdes y hoy recogen las aguas del cielo y las conservan para los pájaros, parecen piscinas puestas a ambos lados de la puerta para las abluciones mahometanas.
Lo cierto acerca de Moroso, ya monasterio, es que en los anos de 1119 pertenecía a la reina Doña Urraca, aquella célebre mujer a quien el docto Mariana llamó en sus historias «recia de condición y brava», y de la cual ya queda hecha mención ligera en este libro212.
A 25 de Marzo del citado año hacía donación de este su monasterio de San Román de Moroso, con todos sus anejos y propiedades, al de Santo Domingo de Silos, de la orden de San Benito, la cual lo convertía en priorato213.
Una tradición curiosa, viva todavía, perpetúa aquí el nombre de la antigua poseedora y donataria. A la otra parte de una de aquellas soberbias y aterciopeladas cumbres, mirando entre Levante y Mediodía, está Cotillo, pueblo del valle de Anievas: por él pasó Doña Urraca viniendo peregrina al santuario, y en él dejó su comitiva, caballerías y fardaje, sea por llegar a pie y con mayor devoción al monasterio, sea porque tomase miedo a cabalgar en tan agrio e inseguro piso. Al volver hallóse descolados caballos y acémilas: tan mal guardados estuvieron por palafreneros y caballerizos, o tan amañada tenían los de Cotillo su venganza, y tan diestros anduvieron en ejecutarla. ¿De qué se vengaban? Porque tan sangriento ultraje no podía ser bárbaro pasatiempo de las montañas. Calla en ello la tradición, pero dice que a su vez la reina castigó la ofensa, estableciendo por pública escritura y mandamiento real que a nadie de los nacidos en Cotillo, o que de Cotillo tengan su linaje, se diera en tiempo alguno el priorato de Moroso.
Averiguada la época de la venida de Doña Urraca a esta tierra, sería hacedero opinar, con viso de certidumbre, acerca del origen y significado del supuesto acaecimiento.
¿Dice relación con el cuento de sus extravíos, tema a la sazón de cotidiana plática en los hogares castellanos, porque siempre gustó el pueblo de entretenerse a costa de las flaquezas de sus príncipes y señores? Sería, ¿ya invención o ya hecho positivo, una protesta que gentes de corazón honrado y hábitos feroces levantaban contra el disimulado adulterio o el escandalo manifiesto?
¡Cuántas veces el pueblo, falto de medios para ejercer su justicia, para saciar su odio o probar su agradecimiento, creó la tradición, y en ella, alumbrada por la luz de la pasión popular, parece ésta o la otra figura histórica tan diferente de la conservada en las memorias y papeles de que doctos y eruditos han hecho autoridad irrecusable y definitiva! ¡Cuántas veces la tradición se engendró de gérmenes impostores, de un hecho, de una palabra, forjados por el interés de un hombre o de una corporación, o de un bando; semilla que puesta en tierra rica, viciosa y a ninguna otra obra de fecundación distraída, se desarrollaba penetrando su raíz a honduras donde la extirpación era imposible, trepando al aire y esparciendo tan generosa pompa de apretadas hojas y vistosas flores, que a su sombra se acogieron y vivieron creencias, ilusiones, la vida entera del corazón y de la mente!
Pero ni amigos ni contrarios de cuantos dejaron o hicieron memoria escrita de Doña Urraca, señalan entre las vicisitudes de su existencia andariega y agitada una que la trajese a penetrar tan adentro en asperezas sospechosas entonces y mal conocidas.
Metida en guerras, ya con su marido don Alfonso de Aragón, ya con su hijo, que fué después de ella séptimo Alfonso en Castilla, cruzó una y otra vez las fraguras asturianas y las parameras de Campos, en son de fuga o en son de arremetida, nunca en paz y con sosiego bastante para explayarse en inútiles visitas de santuarios.
Obedecía entonces, como es sabido, la tierra montañesa al conde don Rodrigo González de Lara, hermano de aquel don Pedro, supuesto amante o marido de Doña Urraca, y las historias del tiempo no registran discordia asaz fuerte entre ambos hermanos que explique la afrenta hecha en tierras del uno a la regia amiga o consorte del otro. Habría en tal caso precedido a los días de favor del conde don Pedro, que principiando hacia el 1113, puesto que al año inmediato era ya pasto de la general maledicencia214, duraron hasta el fin de los de Doña Urraca en 1126.
Entonces la bajada de la reina y suceso de Cotillo hubieron podido ser acaecidos dentro del 1111, cuando vencida por los aragoneses en Viadangos y salvado a duras penas su hijo, por el obispo Gelmirez de Santiago, tomó por trochas y atajos, buscando rodeo seguro para refugiarse en Galicia. Entonces podría suponerse que la Montaña se inclinaba a la parte del aragonés, adelantándose a no pocos de los castellanos, los cuales, inclinados a la reconciliación, buscada tiempo adelante por el rey batallador, daban a la inquieta matrona la culpa mayor en sus lamentables disensiones.
No es probable que retrogradando a tan remotos tiempos la crítica se emplee en ventilar causa de tampoco momento en la historia general, cuando curiosidades y misterios de mayor actualidad o más grave trascendencia reclaman su atención, su sagacidad y su constancia; mas el peregrino en las soledades de Moroso, no evita el recuerdo ni deja de recogerse a meditar en ello.
Tampoco está apurada por los historiadores la cuestión del carácter y procederes de la desventurada reina Doña Urraca. Llámola desventurada, porque rompiendo la espesa capa de doblados siglos que sobre su tumba pesan, surge y retoña el temeroso relato de sus pecados y flaquezas, cometidos o supuestos. Es naturaleza de la virtud la de transfigurar al virtuoso, de suerte que al recordarle las generaciones, lo hacen como de criatura beatificada, desnuda de lo mortal y libre de mortales miserias y dolores, mientras el ser sellado por la mancha lastimosa del delito, vive con todos los accidentes de su terrestre existencia, vulnerable, sensible, blanco de oprobios, ocasión de escándalo, en cuya vergüenza se complacen los vivos.
Lo cierto es que nada consta en mengua de su recato mientras vivió esposa de don Ramón de Borgoña, y aun en los pocos meses, que dos años no cumplieron, de su viudez, hasta que casada por razón de Estado con el rudo Alfonso primero del nombre en Aragón, comenzaron las bocas maldicientes a cebarse en su fama con ocasión de la asistencia en la corte del conde castellano don Gómez González. La razón de Estado no por serlo es infalible, y yerra con harta frecuencia en disponer y realizar enlaces sin tomar en cuenta la voluntad y condición de los sometidos a infrangible yugo.
El generoso Berganza215, al tomar sobre sí la defensa de la ultrajada reina y la confusión de los testimonios seculares contra ella alzados, se ocupó eruditamente en batir prueba con prueba, instrumento con instrumento, sin cuidar de cuanto no le guiase a negaciones absolutas de los textos enemigos, y afirmación completa de su redentor propósito. Acaso si en días más recientes viviera el monje de Cardeña, no desdeñara acudir para robustecer su argumentación al sondeo del corazón humano, y de cuantos extravíos dimanan de un yerro primero; de haber torcido su inclinación si la tenía, o haber fiado de que en inclinación había de tornarse la indiferencia, o de que la inclinación había de nacer allí donde sólo causas de mortal e incurable desvío prevalecían.
No era mansa de condición la reina de Castilla; veleidosa, de lo cual la justificaban su sexo y el no hallarse mayor firmeza en los barbados varones que la asistían con su consejo o llevaban su seña, y acaso no muy tierna de entrañas, pues no la empeció la sangre para lidiar con su hijo, ni el agradecimiento para hacerse enemiga del insigne prelado de Compostela y terciar entre los que fraguaban su muerte.
¿Pero era abonado para la difícil y mañosa tarea de domar tal voluntad sin herirla, de plegarla sin romperla, el rey aragonés, desesperado paladín, esquivo a pacíficos tratos, malavenido con el sosiego, para quien parece hecho aquel valiente romance:
| mis arreos son las armas, | |||
| mi descanso el pelear, |
rudo acosador de la fortuna bélica, a la cual maltrajo de campo en campo de batalla, amarrada al arzón de su guerrero palafrén, hasta que en la postrera de sus lides se le huyó de los ensangrentados brazos, llevándole vida y victoria?
Tan marcado sino de luchar trajo al mundo, que hasta su doméstico hogar era para él tela de liza; allí reñían hierro contra hierro ambas voluntades, y como iguales en temple y en dureza se repelían sin quebrarse, mas no sin que al agrio choque despertasen de su dormida lealtad atónitos los súbditos; no sin que las chispas lanzadas inflamaran la hoguera en que fenecían consumidos honra, buen nombre y alteza del regio tálamo.
Quejóse la reina de brutales violencias, y la Historia conserva las dolientes frases de su lamento, puestas en la lengua culta y oficial del tiempo: «Non solum enim me jugiter turpibus dehonoravit verbis, verum etiam faciem meam suis manibus sordidis, multoties turbatam esse, pede suo me percusisse, omni dolendum est nobilitati»216.
Si fueron ciertas concedamos a la ofendida causa suficiente para odiar sin tregua ni lástima a su ofensor. Pueden provocaciones femeninas buscar tales ocasiones y vestir tal forma procaz y agresora que levanten el brazo de hombre poco sufrido y pronto a la ira; Pero ya no cabe paz ni conciliación sincera entre la mujer por tan soez modo ofendida y quien la señaló el rostro. Doña Urraca solicitaba el divorcio; la razón de parentesco, válida ante el fuero eclesiástico, había perdido de su fuerza para el fuero interno de las gentes con no haber sido alegada durante algunos años de matrimonio, y se quería reforzarla con otra más poderosa ante los fueros de la moral común, que ante los de la Iglesia.
Subiendo la falda Sur de la frondosa hoya en que está Moroso, parece la aldea de Bustronizo o Bostronizo, que decían nuestros mayores, los que dictaban la donación urraqueña, o Brustranizo, como los que siglos después ordenaban el libro de las behetrías de Castilla, inscribiéndole con título de «logar abbadengo del abbat de Santo Domingo de Silos... «todavía en su centro conserva la iglesia la advocación de Santa Olalla de los días de Doña Urraca; junto a su pórtico crecen los dos únicos árboles que cuenta el pueblo, y enfrente, dentro de una bóveda que semeja la de un humilladero, mana su solitaria fuente; la lancha caliza sobre que asienta el caserío, en vez de gastarse y pulirse con el uso, se despedaza y suelta en cantos que ruedan sonoramente por el escueto pavimento; las paredes posan, no cimentan, amenazadas de que el viento impetuoso de las alturas, si no las derriba, las empuje y haga resbalar sobre el terso piso. Todavía parecen muchos los dos árboles medrados y vivos en tan duro y árido suelo, y del solo manantial diríase que parece milagro ejecutado en la roca para probar la fe, o recompensarla, de los naturales.
Fatigado y sediento llegué yo una tarde a su exhausta pila un hombre la agotaba, aguardando sosegadamente que la empobrecida vena fluyera, y apenas se tendía un tenue velo de agua sobre el pardo limo, lo tomaba cuidadosamente con una chata escudilla y con ella llenaba su cántaro de barro.
Larga y penosa marcha traía; embebido en la embriaguez del movimiento habla pasado desdeñosamente cauces y umbrías, sin acordarme de agradecer a Dios el espeso abrigo de éstas y el claro caudal de aquéllos, y ahora la sombra escasa de dos chopos, y el rumor débil de sus macilentas hojas, un sorbo de agua entibiada y turbia eran para mi inapreciable, altísimo favor del cielo, restauradora medicina para seguir mi jornada, cuya duración y término ignoraba.
El sol había pasado del meridiano y comenzaba a declinar. ¡Oh cuán lejos están los días en que la tarde y sus rojos celajes, el crepúsculo y sus crecientes tinieblas, la noche y sus luces melancólicas y frías eran encanto, gozo y bálsamo del alma!
Tan sobrada se siente la juventud de vida, que para gozar a punto de ella y saborearla necesita templar su energía en los enervadores efluvios de la noche; así se templa la luz para que alumbre y no ciegue, así se templa el calor para que abrigue y no abrase, para que conforte y no disuelva. Mas luego sobrevienen días en que la más intensa luz de una mañana estiva, con todos sus fulgores, no suple los soles apagados en el alma, ni es pábulo bastante al moribundo fuego de la vida. Entonces es la noche aborrecida y triste; entonces espía con ansia el deseo los albores de la mañana, y se deleita el pecho en los rayos ardientes del medio día. Báñase en ellos con intenso gozo, consolado por la engañosa plenitud de vida que le traen, y a par que ellos se entibian y oscurecen, se entibian y oscurecen también las fugaces alegrías que fingieron. Con ellos cae el alma en el ocaso y siente de nuevo venir su noche, la noche de los viejos: tinieblas, soledad, insomnio y frío.
Había subido por el camino por donde vamos a bajar ahora, no menos agrio Y pendiente que el descrito para llegar a Moroso, aunque más ancho, y aunque las dos profundas rodadas que mellan a ambos lados sus retorcidos tramos, indican que sirve a las carretas cuando, colmadas de heno en verano y de panojas en otoño, traen a entrojar la pobre y difícil cosecha de los montañeses.
El Val-de-Iguña se despliega a los pies del caminante; su cuenca desigual y angosta se abre de Septentrión a Mediodía entre cumbres que se escalonan y tejen, subiendo a Poniente hasta el soberbio cueto de Tordías, separando a Levante los valles de Anievas y Toranzo; por el fondo corren el ferrocarril de Alar, la carretera de Palencia y el Besaya, tan murmurador y tan poco en paz con las piedras vecinas que le cortan el cauce o salen a atajarle el curso, que a desmedida altura ya se oyen las quejas y el paloteo de sus riñas.
Al pie de la varga, Las Fraguas. Una antigua casa solariega sobre el camino tapa y disimula su fisonomía propia y añeja, tras de una fachada galana y rica de quinta italiana y dórica arquitectura. ¿De dónde vino a la anciana el pensamiento de echar sobre sus veneradas tocas el gallardo y costoso arreo que sienta sólo agente moza y puesta a merced de toda veleidad y mudanza en usos y hábitos?
Vestida de sus yedras, engalanada con su mal labrado pero expresivo escudo, había vivido años y años, habitada unas veces, huérfana otras de sus dueños y señores. Un día, ¡quién sabe!, acaso oyó decir que el ferrocarril iba a llegar a-sus puertas, a establecerse en sus umbrales, y espantóse de que la invención nueva, reciente, petulante y vocinglera, la encontrase acurrucada entre su portalada y su capilla, cuidando las hortalizas de su jardín, anudada a la garganta la blanquísima bengala con que cubría la más blanca nieve de su cabeza, como una de tantas abuelas del país, sobre las que se acumulan los años sin abatirlas, que ven pasar generaciones, desaparecer y fundarse familias, sin que se entibien ni palidezcan las dos religiones que guardan en el alma, la de Dios y la del linaje solariego. Espantóse, temió al intruso y novel invento, su audacia, sus burlas, y acaso tocóle en su amor propio de montañesa la idea cruel de desmerecer y ser tenida en menos, cuando ojos y oídos, curiosidad e interés, caudal y aplauso, fuesen todos para el recién venido; y se cubrió de adornos al uso, disimulando con ellos las honradas arrugas de su tez, escondiendo su rústica traza tras el airoso y juvenil arreo. Así tapa el postizo su ancha y patriarcal solana, y el volado alero donde entraban a anidar las golondrinas, ave sagrada del hogar, compañera de la familia, partícipe de las conversaciones de la tertulia y de las migajas de la mesa.
Dos escudos pareados puestos sobre el ático del bramantesco hastial, parecen mal sentados en el alto friso donde encajan, y dispuestos a resbalar y bajarse a lo largo de cornisas y arquitrabes, dejando tan eminente lugar a quien le pide por derecho, al antiguo blasón raído por las lluvias, borrado por los musgos, que durante siglos habló al caminante la oscura pero sonora lengua de sus piezas y figuras.
Dentro de aquellos muros accesibles y penetrables a cuanto en el mundo actual tiene voz y merece oído, retoña vivaz y generosa la sangre y la belleza de la raza antigua.
Este es uno de aquellos parajes en que el juglar de los siglos medios, posando su bordón y desceñido el recado que siempre llevaba al cinto, dando tregua al caminar y al ocio del espíritu, desdoblando el terso pergamino, hubiera tomado gustoso el hilo de la narración interrumpida en sus trovas o en sus romances.
Pasaban los gloriosos vagabundos, y al pasar un rumor les hería el oído. En el claustro donde se acogían a dormir, en la hostería donde entraban a comer, el caballero aventurero que les pedía nuevas de gentes y países, el aldeano que se las daba, la fama, la voz común, les hablaban de juventud, de inocencia, de hermosura, de bondadoso afecto para los amigos, de caridad inagotable para los pobres, de alteza de pensamientos, de merecimientos y virtudes, compendiados en un ser, juntos en un alma, sobrentendidos en un nombre, y sentían movido el corazón, y a compás de sus latidos la ardorosa agitación del numen.
No pedían satisfacción a los ojos, no necesitaban ver; hijos de la inspiración, que es fe; del entusiasmo, que es revelación, cantaban la belleza oculta tras de las piedras y las celosías, cantaban la dulce confianza de la infantil mirada derramada sobre el mundo, y su contraste con las impenetrables nubes, el porvenir incierto de la vida. Cantaban generosamente ajenas dichas, esperanzas, ilusiones, deseos vagos, aspiraciones infinitas, todo lo que la vida al alborear promete, ellos que tan a fondo sabían lo poco que da la vida en sus fases sucesivas y diversas.
No pasaba su canto las piedras y celosías; extraños uno a otro, se apartaban el cantor y la doncella, sin hallarse nunca, sin conocerse jamás, y al cabo de siglos la inspiración melancólica y vaga del peregrino, venía a resonar en el corazón de las distantes generaciones. ¡Misterios del alma y de la poesía!
Estamos en tierra de caballería, esto es, que dice relación a aquellas altas caballerías que asombraron al mundo en los siglos medios, y cuya huella perdurable subsiste todavía y trasciende en nuestros usos, decires, virtudes y miserias. Dícelo San Juan de Raicedo con su título; dícelo más adelante el lugar de la Serna y sus paredes selladas con la cruz de ocho puntas y su cubo aislado, palomar o rollo, pero símbolo, bajo una u otra atribución, de señorío.
Ve, ¡oh curioso de inscripciones viejas!, apresura el paso, toma tina cuesta que la carretera te ofrece, y a la entrada del pueblo de Molledo hallarás la iglesia y su cementerio; entre ambos una imagen, la más elocuente de la robustez y de la vida, un olmo de blanca corteza, a cuya sombra habrán nacido, cristianádose, medrado, encanecido y muerto generaciones humanas, y cuyas hojas verdean y cortan el viento con la viril frescura y el airoso brío de la más lozana juventud. El cementerio ocupa el área de la parroquia antigua; pero los trozos de muro han sido en ocasiones varias remendados y compuestos: junto a la puerta, en un sillar volcado, empotrado en los mampuestos, leerás este latín:

La piedra está desportillada al término de la primera línea; habría lugar para. otra X. ¿Leerás entonces la era mil doscientos treinta y dos, o sea el año de 1194, o te quedas con lo visible y lees el año de 1184?
Con uno y experiencia de epigrafista ha de ser posible determinar si la piedra es memoria de alguna inundación, plaga común de la comarca, y fijar el tiempo en que fué asolada por tan espantoso azote, que espantoso parecerá a quien quiera que desde la altura contemple el paisaje, y se diga que llegadas las aguas a tan desmesurado nivel, quedaban en su seno envueltos y sin mortal remedio ni salvación posible, aldeas, mieses, prados, caseríos, sin que sobre ellas pareciese más que las cimas insuperables y despobladas de los montes. Horrible desolación que no tenía otros espectadores vivos que la salvajina acorralada en las cumbres escuetas, y las aves que despavoridas volaban desconociendo el suelo movible, mugidor e inseguro sobre que se cernían. La piedra ha sido movida; ¿lo fué de un edificio a otro, o solamente de lugar en el mismo edificio en que originariamente se puso?
Desde Molledo, en un seno que hacen las sierras de la varga oriental, se descubre Silió, nombre eufónico de desinencia triste al oído; ¿qué significa?
Pasemos el río por la pintoresca fábrica de Portolín, constantemente arrullada por el agua -así la envuelven hojas y flores-, no para averiguarlo, mas para visitar la iglesia y estudiar su ábside. A la manera usada en el siglo XI, levanta sobre su planta semicircular dos cuerpos, sencillo el primero, partido perpendicularmente en tres divisiones por estribos cuadrangulares, separado del segundo por una imposta abocelada de jaqueles. Correspondiendo a los estribos, parten simétricamente el segundo cuerpo otras tantas columnitas con capitel y basa historiados, subiendo de la imposta citada al alero. Otra imposta igual las ciñe por su tercio inferior, corriendo de columna a columna, y volteando sobre la arquería de tres ventanas abiertas respectivamente en cada una de las divisiones del ábside.
Adornan estas ventanas ligeras columnitas con capiteles de labor esmeradísima; uno de ellos representa multitud de cabezas humanas con expresivo gesto de dolor entre cabezas de animales; otro las representa con gesto beatífico entre hojas y frutos: ¿son traslado y figura de la bienaventuranza y del tormento, del infierno y de la gloria? Hase de notar aquí, como vamos a notar luego en Bárcena y en Pujayo, que la escultura más común en los elegantes canecillos de la cornisa, representa figuras de músicos tañendo o embocando instrumentos. ¿Son representación del coro angélico?
En el atrio de Silió, a la sombra de dos chopos, sostenido por dos animales tendidos que parecen lobos, hay un ataúd de piedra, tronco tendido de pirámide irregular y oblicua: sobre la arista superior tiene esculpida una espada de cruz sencilla, parecida a las usadas en el siglo XIII; repetidos en sus caras blasones de Mendoza, de Bustamante, y otro cuya pertenencia ignoro (cortado, águila volante en jefe, fajas en punta) y en la cabecera esta inscripción de fácil lectura, a pesar de algunos nexos y abreviaturas: «aqui yase iohan: sanches de bustamante. finó: x ij: dias: de: febrero: año: &: mill: CCCC: LXXXX: ij: años:» -¡1492! ¡El año de la conquista de Granada! Quizá venía de ella el caballero, quizá le traían a la tierra natal mortales heridas, fatigas de la campaña; porque ese apellido suena en aquellos tiempos, en aquellas huestes, en aquellas cortes, en aquel guerrear constante de España, que sintiéndose pujante, entera, indomable, hace suyo su propio territorio, antes de ensancharse a tomar territorios nuevos, inmensos, todavía extraños y de nadie conocidos.
De esta piedra me contaron que estaba dentro de la iglesia, y el cura, celoso, dispuso ponerla en el atrio, más a mano y discreción de los curiosos.
Pues volviendo a pasar en Portolín el río, y junto a una peña que el ferrocarril taladra, entramos en un vallecillo en cuyo fondo está Bárcena, último pueblo en llano, más allá del cual alza la naturaleza los rudos bastiones con que le plugo defender a Cantabria, y cuyas revueltas y ahogadas golas cierra cuando le place en un breve intervalo de sol a sol con insuperable relleno de apretada nieve, tan maciza y firme, que el hierro blandido por manos de hombre es impotente contra ella, y únicamente el rayo soberano del sol la funde y la deshace.
De estos admirables montes, tristes de esa tristeza muda de todo lo excelso y sublime, bajan dos arroyos a acaudalar en Bárcena el Besaya. Dejemos al Torina que viene de Sudoeste por el Galerón que baja del Vendaval. Cerca de su margen está la vieja parroquia, sólido monumento románico en estado de conservación admirable, y más admirablemente teñido de oro por los años y la luz del cielo. El dórico griego no produjo obra más noble, acabada y severa que este ingreso de cuatro arcos cuadrangulares sobre sencillas impostas y pilastras de traza igual, ni labró moldura más limpia y gallarda que la de rombos en punta de diamante que destaca el pórtico sobre la lisa fachada. En dos caras de la pilastra externa de la izquierda, repartidas estas letras que divide la arista viva:
| ISTA ECLESIA CONSECRATA EST IN HONORE SCORM. COSME217. ET DAMIANI |
Faltó grabar la cifra del año de la construcción; la del siglo de la fábrica parece XI.
A lo largo del Galerón seguía yo una mañana, no poco molido del sol y del andar. Un soberbio nogal de redonda copa, inclinado como para mirarse o dejar caer sus nueces en el agua, un puentecillo rústico parecieron delante de mi camino; y al pie del nogal tina visión del libro de los libros españoles.
¿Te acuerdas, lector, de la aparición de Dorotea en Sierra Morena a los dos fieles amigos que van en busca y remedio de Don Quijote? «Suspendióles la blancura y belleza de los pies» -dice el incomparable narrador-, «pareciéndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras el arado y los bueyes... » «los pies, que eran tales que no parecían sitio dos pedazos de blanco cristal, que entre las otras piedras del arroyo se habían nacido». Suspensos quedáronse contemplando a la que por sus hábitos les parecía mozo de granja, y al soltar sus cabellos mostró ser mujer, la cual sosegadamente bailaba sus pies en el agua.
Mi Dorotea no vestía disfraz de mancebo labrador, sino lutos de doncella en cabello; ni tenía junto a sí bulto de ropa, sino un perrillo blanco y negro que asistía con indiferencia cabal a las abluciones de su señora. Mas a pesar de la extrañeza de tal persona en tal ocupación, en tal lugar y tal hora; a pesar de la magia irresistible del relato de Cervantes, bullente en mi memoria, no me ocurrió imitar a los curiosos personales de su deliciosa aventura, ni ocultarme a aguardar el término de la inesperada escena.
Ocurrióseme, sí, que forzosamente iba a pasar junto a la doncella, y la necesaria confusión y vergüenza de ésta, y para evitárselas, no teniendo tiempo que perder ni rodeo posible a mano, hice sonar el hierro de mi bordón sobre las piedras.
Al estrépito respondió con su acción Dorotea; recogió sus blanquísimos pies, dejando caer sobre ellos el ruedo de su falda, sin apartar los ojos del agua y de sus círculos y de las chispas de luz que el sol encendía en ella a través de las hojas del nogal. El perro fué quien, ofendido, se vino ladrando hacia el importuno, y mostrándole sus poco temibles presas, como ladra tantas veces el mundo y se embravece contra quien anda en él atadas manos y lengua por el comedimiento y la prudencia.
-Buenos días -fije al pasar detrás del tronco, y no sé si ahogada por el murmullo del arroyo, no llegó a mi oído la respuesta.
El Galerón viene de Pujayo, una villa sepultada en las angosturas de la montaña; y entre Pujayo y Bárcena, pasa cerca de la ermita de San Lorenzo, modesta construcción románica que vino a consagrar un obispo de Burgos, según cuenta setecientos cuarenta años ha al transeúnte, esta inscripción, abierta en su muro meridional:

Doce años después, en el de 1144, aplicaron al muro antiguo un trozo de muro, dentro del cual quedó la puerta realzada por un arco sobre Dos columnas de fuste grueso. Este postizo, que sube hasta los dos tercios de la alzada total de la fábrica, parece levantado a intento de apoyar un tejado saliente, que, abrigando el ingreso, formase pórtico o atrio cubierto; limítanlo a derecha e izquierda dos recios estribos: en el segundo tiene su fecha: IN ERA TCLXXXII.
Citando solo y a pie en estas gargantas desiertas y fragosas, perdido como átomo inapreciable de la creación en medio de tan espléndida naturaleza, oyes rugir la potente locomotora, la ves cruzar de uno a otro monte, encaramarse a sus cumbres, sumirse en sus entrañas, dejando en pos un eco vibrante y una estela de humo, y vibración y estela, y sonido y humo, se ahogan y desvanecen en el ambiente, entonces sientes la fuerza creadora del espíritu humano, la grandeza de sus concepciones, el poder de su energía y su perseverancia.
¡La voluntad humanal ¡Qué cosa tan sólida y tan impalpable, tan elástica y tan incoercible, tan concentrada y tan vaga, tan rápida y tan lenta! ¡Qué palanca y qué peso, qué ariete y qué muro, qué masa y qué velocidad, qué brazo y qué ojos, qué alcance y qué empuje! ¡Qué misteriosa causa segunda, qué admirable medio de trasmisión, trasformación y aplicación del movimiento primero, increado, original, a la vida, a la historia, a las fases sucesivas de la tierra, al desarrollo de las razas, a la forma, organismo y extensión de las sociedades!
Y ¡qué admirable manifestación de esa fuerza constante e irresistible, esta vía asombrosamente trazada en tan quebradísimo suelo!
El ferrocarril, la voluntad prepotente, irresistible; la carretera, la resignación pasiva y callada, la paciencia; la voluntad entera, original, virgen, capaz de todo; la voluntad, que mide el globo, le pesa, le parte y le atomiza, rendidora de toda fuerza, vencedora de todo obstáculo; la voluntad, que, como el Adán de Espronceda,
| Piensa alcanzar con la mano | |||
| Donde alcanzó con la vista. |
Ahí va la paciencia siguiendo a la tierra sus dificultades y asperezas, plegándose a ellas, trepando a lo alto, escurriéndose a lo hondo, osando apenas hender la roca que la ataja, rellenar el barranco que la corta, echando sobre el arroyo el tímido compás de un arco, precaviéndose con pretiles y marmolillos del mareo de la altura, del vértigo del abismo. La voluntad, en cambio, va recta a su fin: álzasele enfrente un monte, lo taladra; crúzasele un caudal de agua, lo recoge, como recoge el salvaje la liana que quiere enredarle los pies, se lo echa a la espalda, y pasa por debajo sin embarazo, mientras el caudal atónito, corriendo por nuevo y artificioso cauce, va a caer en el precipicio sobre piedras, atónitas también del golpe y del insólito riego.
Allá sube dominando abismos, franqueando de un tramo las hondonadas, retorciéndose como culebra por los tajados declives de la montaña, apareciendo y desapareciendo, no como obra regular y ordenada de la acción humana, sino como meteoro sobrenatural, sujeto a incógnitas leyes aún no sorprendidas por la perspicacia tenaz del hombre. Los años y la costumbre no gastan su soberano prestigio; su ronco resuello, su crujir pavoroso, detienen el paso del caminante, el brazo del labrador, el estudio del letrado, la meditación del asceta; siembran espanto en el rebaño, azoran al perro, distraen súbitamente la vida en la muchedumbre, rompen diálogos, requiebros, quimeras y conciertos, sorprendiendo y dominando la acción y el impulso de las diversas pasiones.
Allá va corriendo de pueblo en pueblo, de hoya en hoya, de cima en cima, hasta que se hunde en el seno de la tierra, y dentro de él se revuelve y cruje; y cuando nos vamos creyendo llevados a las entrañas del globo, y despedidos de la luz del sol para indefinido tiempo, brota de nuevo el día, y nos muestra la ancha y despejada llanura de Reinosa.
Aquí pudiéramos reconocer y estudiar la cuna del Ebro en Fontibre, los vestigios de Juliobriga en Retortillo y aquellas memorias que recuerda Flórez219, de los términos que dividían terrenos dados a veteranos de la legión IV y la campiña de los Juliobrigenses. Pero no son objeto nuestro los llanos de tierras adentro: sonlo las Costas y las Montañas.