En un salón inmenso apareció vestido curiosamente. Llevaba shorts y una camiseta sucia. Las piernas musculosas y muy velludas. El pelo largo y una trencita muy coqueta rodeándole la cabeza. La cara arrugada, parecida en las líneas a los vellos. Le dije que me gustaban sus cabellos. No respondió, recorrió el salón como si fuera un agrimensor. Luego, mirándome con sorna, hizo un pas-de-deux y un demi-plié y terminó tratabillando como una cantante de ópera que falla en la penúltima nota aguda.
Sagradas hijas de Apolo a quien desde este cenit, por cuanto su círculo corre hasta su opuesto nadir, para coronar los rizos de vuestro peinado Ofir, flores dora ciento a ciento, luces brilla mil a mil [...]

Los padres quieren a sus hijos y los hijos a sus hijos.
TALMUD

Alguna vez las trenzas fueron símbolo de amor. En los románticos folletines de antaño las mujeres mutilaban sus cabellos como homenaje a los amados. Rodenbach conserva el despojo fúnebre de su mujer era una vitrina, parecido era su necrofilia a Mary Pickford, que conserva un pasado en el nicho de un museo familiar; iniciando un culto a los muertos que se detiene en el cabello. Para mí, las trenzas conservadas en una tela de algodón (con olor a naftalina) se conectan con expiaciones subjetivas en las que el cabello se utiliza como ofrenda o como expoliado ramo de una cabellera entregada a la tijera. Una pierna de niña, o de muñeca, está al lado definiendo un intercambio: trenza por pierna, en remembranza de aquel bíblico ojo por ojo o diente por diente o, quizá también, ¿por qué no? «pon la mejilla derecha si te han golpeado en la izquierda». Las madres entregan las cabelleras divinales a sus hijas que, siguiendo la tradición, también las cortan, aunque ya no se las entreguen a sus hijas. El proverbio bíblico anuncia, reformado: Por un sólo cabello de tu cabeza entregarás una pierna.

El sistema capilar define a la raza humana.

En Buchenwald, las cabezas rasuradas vacilan, conscientes solamente de haber perdido un mundo que debiese ser único y que se esconde, sin duda más allá de los espacios electrificados, más allá de los espacios vacíos, cuyos horizontes no son atravesados por los rieles desventrados.

Una hermosa mujer con una risa radiante que le alumbraba el rostro, de opulenta cabellera trenzada en nudos antiguos, en la cual el polvo blanco aparecía como una escarcha ligera, descansaba la cabeza sobre el brazo izquierdo, desnuda entre una oscura pelliza. Su mano derecha jugaba con una fusta, y su pie, desnudo, reposaba descuidado sobre un hombre, tendido ante ella como un esclavo o un perro; y este hombre, de rasgos acentuados, pero de buen dibujo, en los que se leía una profunda tristeza y una devoción apasionada, alzaba hacia ella los ojos de un mártir, exaltado y ardiente. El hombre, taburete vivo bajo los pies de la mujer, no era otro que Severino, pero sin barba, con lo que parecía tener diez años menos.

Este gorila murió y vivió como Ludwing, el rey loco de Baviera.


Una peluca corriente de las que usaban los hombres de la buena sociedad costaba 150 marcos y las había que costaban 3.000.

Entonces ella me dijo «No había querido decirlo, pero ahora os pido que me juréis, por escrito, que no divulgaréis mi secreto, tomando como testigos a todos los dioses que existen en el Japón». Sin saber de qué se trataba, obedecí, puesto que era el deseo de la señora y, estando a ella sometida, no podía contravenir sus órdenes. Tomé, el pincel y escribí. Pero mientras lo hacía, rogaba en mi fuero interior que los dioses y los Budhas me permitieran una libertad amorosa que no me ligase a ningún hombre en particular. Redacté el juramento como ella lo quería. Después, me dijo: «Voy a contaros algo que concierne a mi persona. En mi estado actual puedo compararme a cualquiera sin demérito, pero tengo que deplorar que mis cabellos sean pocos y ralos. Ved por vos misma». Y deshaciendo su peinado dejó caer varios postizos. «Como fondo de mi cabellera, unos cuantos pelos», dijo, con un aire tal de pena que inundó su pañuelo con sus lágrimas. «Hace cuatro años que tengo intimidad con el Señor. Cuando, a veces, regresa tarde por la noche, no permito que las cosas se queden así; me enojo un poco, me alejo de su almohada y hago como que duermo. Pero si alguna vez mi peinado se deshiciere, su amor por mí terminaría definitivamente. Este pensamiento me entristece y cada vez que pienso en ello, más deploro mi situación. Considero los infinitos trabajos que he hecho para ocultarlo, debéis callar siempre. Las mujeres deben ayudarse entre sí [...]»

Pero yo, siendo una mujer del oficio [...] adopté de inmediato las maneras de una cortesana. Esas maneras difieren, en todo, de las que acostumbraban las gentes de la ciudad: las cejas rasuradas, se reemplazan por un trazo espeso y negro; la cabellera es un gran shimada cuyo chongo no contiene la «pequeña barra de madera» y se liga, de manera invisible, por un cordón de papel, takenaga, doblado a lo largo. Los cabellos sueltos sobre la nuca no se toleran en absoluto y se depilan para igualarlos con los otros.

