Las «Exceptiones de Jure», análisis de su contenido.-Personalidad del Inquisidor.-Autenticidad de sus poderes.-Extensión de la jurisdicción.-Notificaciones y requerimientos.
Como consecuencia de lo acordado en el Concejo que se celebró en la noche del miércoles 26 de mayo de 1484, se redactó una cédula, denominada Exceptiones de Jure, que quedó formulada aquella misma noche, para ser entregada al reverendo Inquisidor al día siguiente, según el mandato expreso de los cuatro regidores52 al procurador Francisco Garcés de Marcilla, hecho con posterioridad a dicho Concejo.
Esto a lo menos es lo que parece oficialmente; pero sería demasiado asombroso el que los juristas hubiesen podido, en el corto espacio de algunas horas, estudiar tan a fondo la cuestión legal de la Inquisición y formular sus protestas en la forma que lo hacen, lo que nos lleva a la sospecha de que todo estaba de antemano preparado, lo cual parece confirmado por fehacientes indicios53.
Las Exceptiones de Jure no dicen más ni dicen menos de lo que deseaban hacer constar los juristas de Teruel y de lo que —573→ convenía a la ciudad que se dijera. Esta se va refugiando de reducto en reducto, sin esperanzas de vencer, pero obligando al enemigo a triunfar penosa y lentamente. En la cédula de Exceptiones... halla su nuevo refugio. Después del fracaso de la presentación de los inquisidores, después del examen de poderes, tras la inútil suplicación del sobreseimiento, se acoge a esta especie de apelación en derecho, en la cual la cuestión al propio tiempo se agría, haciendo suponer que en esta escala de lo cortés y protocolario a lo legal y de la discusión del procedimiento a la de las personas, vendría a parar, de no detenerse, a discutir la esencia del asunto, la Inquisición al fin, si es que no llegaba a más alto.
Sin embargo, las citadas Exceptiones... aun no llegan a semejantes extremos, pero sí y muy ampliamente a la persona jurídica del aserto inquisidor y de sus ministros, a la efectividad legal de sus poderes y hasta a la extensión de su jurisdicción54. Todo ello se expone clara y determinadamente en el preámbulo, con la protestación expresa de que la ciudad no pretende en manera alguna, ni por ninguno de los medios que pudieran estar a su alcance, impedir ni perturbar la Inquisición, e incluso se dispone a acatar al Inquisidor si, al contrario de lo que la ciudad cree, viene con los debidos derechos.
Y la primera de las excepciones basada en el Derecho y reglas canónicos se refiere a la edad del Inquisidor, cuyo aspecto juvenil debía ser tal, que permite afirmar al síndico (voz oficial en las Exceptiones)55 que consta y aparece su juventud de una manera evidente ex inspectione corporis et personae vestrae (de él, fray Juan, a quien se dirige), lo cual anula la subdelegación recibida de Torquemada56 y le inhabilita para hacer la Inquisición.
—574→La excepción segunda se refiere a la misma naturaleza de los poderes. Estos no venían, sin duda, en regla; la cédula los tacha de no ser auténticos, lo que no nos obliga a creer que sean falsos, sino simplemente que no son los originales si no traslados. Desde luego se alega que vienen faltos de formalidades en relación con el gran fin que perseguían, hasta el punto de faltarles los sellos correspondientes (cum non sint plumbate).
Sale al paso esta excepción a las objeciones de que no son bulas, sino breves pontificios, diciendo que aunque así sea carecen de eficacia, según costumbre de la curia y disposiciones del Derecho Canónico, máxime en asuntos de tanta importancia como éste.
Todo lo anteriormente expuesto se amplía en la tercera de las Exceptiones..., que relaciona a la segunda con la primera, diciendo en síntesis que si las cartas son auténticas y el breve válido en tan arduo negocio, no lo es la subdelegación de Solibera por defecto de edad.
Afirma en la cuarta que el delegado (Torquemada) excedió los fines de su mandato, subdelegando poderes que no tenía. Sin duda alguna, la excepción más interesante de la cédula que comentamos es la quinta, en la cual se trata la extensión de la jurisdicción inquisitorial procedente de la subdelegación y rescripto apostólico, negando que el poder de los inquisidores, de ser valido, y válida la persona que los ostenta, se extienda hasta Teruel, «porque esta provincia no es Reino de Aragón» (quia haec Prouincia non est Regnum Aragonum) y sólo para ejercer en Aragón se le había subdelegado.
El tema es actual, y hasta ha apasionado mucho por estas tierras, y el testimonio de tal documento no es sino uno más de los muchos que pudieran amontonar los impugnadores del sostenido por algunos con tesón, mientras que otros afirman el aragonesismo de Teruel y de su región, aragonesismo que no tiene la menor raigambre tradicional, y que sólo ha prevalecido como un equívoco que se mantenía cuando ello era conveniente, añadiendo aún que ni en nuestros días, no obstante los tres siglos que —575→ lleva Teruel siendo legalmente aragonesa, Ga cosa no encontraría fácilmente muy sólido apoyo en un sentimiento ostensiblemente popular57.
«...Y, saliendo de Teruel, entré en Aragón» -dice, en efecto, el rey don Jaime en su Crónica..., aun antes de cumplirse un siglo de la reconquista de este territorio; y de entonces en adelante no puede negarse que nunca fué considerado como una parte del Reino de Aragón (como tampoco lo fueron Cataluña, Valencia, Mallorca, aunque formaran parte de la Corona aragonesa) hasta el año 1585, en que se incorpora a sus fueros, por una sentencia un tanto capriochosa, contra la volntad del Monarca, que afirmaba lo contrario con razones abundantes, y porque así convino a la sazón a Zaragoza (al justicia de Aragón, sobre todo), con el solo fin de presentar un más fuerte valladar a Felipe II en sus afanes centralizadores.
Hasta entonces Teruel fué... Teruel. Y no encontramos otra expresión que lo defina más claro: es decir, una porción de territorio ganado por los monarcas aragoneses (esta es la verdad), pero con legislación propia, distinta de la legislación aragonesa, con organización política peculiar, totalmente diferente de la que se estilaba en Aragón, y con un Fuero que tampoco tenía nada de aragonés. (¡Cómo que era castellano!)
Así lo hacen constar las Exceptiones, considerándola como provincia totalmente separada del susodicho reino, y diciendo que el que baja de Zaragoza dice que sale de Aragón y viene a la Serranía58 y que el que nace en Teruel no se dice nacido en Aragón.
—576→Claro es que todo este alegato está en contradicción con su elegía sobre las futuras responsabilidades que podrían exigírsele si dejaba actuar la Inquisición por no haber velado por las libertades del reino; pero ya hemos dicho que Teruel, a los fines de su conveniencia, no dudó en pasar por aragonés cuando le convenía y en defender la teoría con el mismo tesón con que defendía la contraria cuando la corriente de las cosas así se la indicaba.
Por último se quejaba el síndico en la Cédula de Exceptiones de que los ministros del Santo Oficio hubiesen venirlo a sembrar la cizaña en Teruel y de los escándalos a que habían dado lugar, terminando con la negación absoluta de poderes, acción y jurisdicción al Tribunal del Santo Oficio.
Este documento fué entregado a fray Juan de Solibera, en una celda del Monasterio de la Merced, y por el síndico Francisco Garcés de Marcilla, en la mañana del jueves de la Ascensión, a 27 de mayo de 1484.
El efecto producido por ella debió ser definitivo, por cuanto el Inquisidor, que el día antes se encontraba tan decidido a predicar su sermón de la Fe, lo aplaza indefinidamente.
La ciudad, una vez dado tan grave paso, procuró rodearse de todas las garantías legales. Micer Juan Martínez de Rueda requiere al inquisidor para que no proceda a actuación de ninguna especie mientras esté pendiente la Cédula de Exceptiones, y entre tanto el síndico marcha a la casa de mosén Juan de Alaves con el solo fin de notificarle la entrega a Solibera del mencionado documento.
¿Quién era este mosén Juan de Alaves?
Sencillamente el apoyo de la Inquisición en Teruel. Ese capellán o abat, procurador fiscal, que aparece en los documento ocultándonos, deliberadamente, su verdadero nombre.
Mosén Juan de Alaves estaba reputado como hombre de singular prudencia, doctísimo, como lo reconocía unánimemente la boz popular, a quien todos respetaban por su saber y su bondad, siendo el oráculo de la clerecía y el árbitro en toda cuestión teológica. Ostentaba la dignidad de canonje o vicario de la Sancta Iglesia collegiata de Sancta María, y como mosén Jaime —577→ Camañas (el prior) era de mucha edad, tomó sobre sí la dirección del negocio inquisitorial, obedeciendo las órdenes del Inquisidor como su procurador fiscal.
Todo esto duró solamente hasta el momento de la entrega al Inquisidor de la Cédula de Exceptiones, pues después, al siguiente día, se requiere a mosén Alaves para que deje de reconocer la autoridad de Solibera, prohibiéndole que baje al monasterio de la Merced a entrevistarse con él59 ni lo obedezca en nada, pues el dito Juan de Çoliuera no es inquisidor ni tal potestat hauient más huna persona privada, a lo cual no tenía por qué obedecer.
El día 29 se celebra el Consejo, en el que comparece el procurador de la Comunidad, y del que ya dimos cuenta60, acordándose al final de esta reunión escribir una carta a Juan Fernández de Heredia contándole todo lo ocurrido y cuáles eran las intenciones de la ciudad, para que pudiera mostrarlas al Inquisidor.
Rotas así, como vemos, las negociaciones, entramos ahora en un período de luchas mucho más agitado que el anterior.
Una mentira macabra.-La misión de mosén Pedro de Albarracín.-El miedo del Inquisidor.-Proposiciones.-La huída a Cella y las protestas.
Después de entregada la Cédula de Exceptiones, a Teruel no le quedaba más que una actitud prudente: la de estar a la defensiva para cuanto, malo o bueno, pudiera sobrevenirle, e ir sorteando los probables peligros como buenamente Dios le diese a entender.
Para quien serenamente y sin pasión viese las cosas, la ciudad estaba perfectamente situada y había tratado la cuestión con bastante pericia, procurando que un asunto tan espinoso no se desviase de su verdadero cauce, dando lugar a sensibles confusiones.
Los turolenses habían dividido la cuestión en tres partes —578→ perfectamente definidas y determinadas, lo que la rodeaba de una claridad meridiana.
Una cosa es, decían, la Fe Católica; ésta no la discutían; como es natural, protestan en todos los documentos de ser fieles y buenos cristianos y sumisos a la voluntad de la Iglesia. Otra cosa es para ellos la Inquisición contra la herética pravevad, a la que se hallaban dispuestos, siempre que se haga sobre los Artículos de la Fe, los Sacramentos y la interpretación de la Escritura, y por ministros de responsabilidad moral (idóneos, hábiles, honestos y justos), lo debidamente autorizados para tal misión y no incompatibles con los fueros y las libertades del reino. Y por último, la tercera cuestión era la de los inquisidores que vinieron, cuya intemperancia y torpeza salieron a flote desde el primer momento y que eran tan poco escrupulosos (Calcena sobre todo), que para ellos era lo mismo falsificar un documento, como lo hicieron en plena sesión del día 24 de mayo; que inventar una mentira, como la sublevación de los aldeanos; que levantar un falso testimonio, como en la noche del 26 lo hicieron cuando la violación de la Sala.
Por eso se hallaban los de Teruel muy por encima de sus contradictores en este asunto, condición que no hubiese perdido si de otro se hubiese tratado y aun si, dentro de éste, por bajo de cuerda, no se hubiesen dedicado a intrigas y manejos ya no tan claros, lo que autorizó naturalmente, o a lo menos dió a los Reyes pretexto para otra clase de acción muy diferente.
Es indudable (y en vano se esforzaban en disimularlo, porque en los documentos se adivina con toda claridad) que Teruel intentó levantar a las ciudades y villas del Reino de Aragón en contra del Santo Oficio, o a lo menos a una acción mancomunada, suplicatoria en la forma y coercitiva en el fondo, cerca de los Reyes. Por de pronto envió embajadas a Calatayud y a Daroca, las que contestaron cortésmente y con tan buena voluntad como escasa decisión para defender a Teruel, cuyos males no tenían por qué dejar de lamentar, pero que no les afectaban demasiado61. Al propio tiempo se seguía —579→ hurgando en el asunto de la Comunidad para ver si se conseguía atraerla a un levantamiento más o menos belicoso62.
Los inquisidores desde este momento quedan aislados en el Monasterio de la Merced, sin comunicar absolutamente con nadie, aparte los frailes. Los regidores mandaron pregonar la prohibición absoluta de hablarles bajo severísimas penas63, mientras que numerosos correos de una y otra parte trillaban los caminos64.
Mal contentos los del Santo Oficio con tal situación, no cejaban en su empeño por salir de ella. Por Teruel comenzaron a circular curiosísimos rumores contra los conversos, principalmente contra los ricos, entre los cuales la familia de los Besant era de las más odiadas por el populacho, como consecuencia de ser, sin duda alguna, la más poderosa y la que gozaba de mayores prestigios dentro y fuera de la ciudad.
El rumor acusaba a estos conversos de lo que los acusaban todos los rumores a la sazón en España: de judaizar. Pero los nuestros, los turolenses, lo hacían tan prudentemente, tan en secreto, que era muy difícil el probárselo, hasta el punto de que (ya lo hemos dicho en otra ocasión) jamás dieron lugar, antes de ahora, ni aun siquiera a que se les pudiera levantar una calumnia.
Sin embargo, los propaladores del rumor de que judaizaban se obstinaban en su afirmación, y para corroborarla añadían que estos apóstatas estaban enterrados en el fosar de los judíos y no en el cementerio cristiano; así había ocurrido con la hermana de Frances y Pablo Besant, y con otra mujer cuyo nombre no se cita, y como los que recordaban la muerte de estas conversas afirmasen que estaban enterradas en el Monasterio de la Merced, pues ellos habían presenciado el sepelio, los murmuradores decían que en la Merced lo que había enterrado eran leños en lugar de los cuerpos de conversos, que reposaban tranquilamente en el fosar de sus correligionarios —580→ (carnero de Berenguer Acho). ¿De dónde salió semejante leyenda? ¡Fácil es suponerlo! Pero los regidores no quisieron pecar de ligeros, y echando mano al que dió la noticia para que dijese quién se la contó y yendo de éste a quien a él se la comunicara, pronto llegaron al origen, que era el siguiente:
Gaspar García, tejedor, que tenía unas tierras junto a San Cristóbal, el 11 de junio por la mañana salió de la ciudad para visitar su posesión, y ya de regreso, al pasar frente a la Merced, vió varias gentes del pueblo que do unos estercoleros, tomaban plácidamente el sol, rodeando a fray Francisco Feliz, comendador del citado Monasterio.
El mercedario llevaba la voz cantante en la conversación que, naturalmente, versaba sobre la venida del Santo Oficio y algo debió decirle el Gaspar García, pues el fraile, tomando tonos dramáticos, apostrofó a la ciudad con estas palabras:
-¡Oh malos hombres! ¿Cómo queréis defender a los herejes que en este monasterio han enterrado un leño en una caja o cajón y el cuerpo en el fosar de los judíos?65.
Y como los reunidos, intrigados, le pidieran una aclaración de aquello, fray Francisco contó que los conversos enterrados eran la hermana de Pau y de Frances Besant e otra mujer, a las cuales habían enterrado en el carnero de Berenguer Acho, mientras que en Jesucristo (la Merced) soterraban lenyos.
La noticia, como dijimos, corrió de boca en boca hasta llegar a los regidores y éstos corrieron tras ella hasta llegar a su fuente. Así compareció Gaspar García ante el Consejo, no teniendo inconveniente en afirmar haber oído cuan to llevamos relatado. Los regidores condujeron a su presencia al Comendador de Jesucristo.
Fray Francisco, ante la imputación que se le hacía negó con grandes aspavientos, requiriendo carta pública de la infamia que se le imposaba, pero los regidores le dijeron que se calmase, que las cosas no se decían porque sí y que estaban dispuestos a afrontárselo. Entonces el mercedario, aún con energía, desafió al Consejo pidiendo que le presentasen a quien se lo había de afrontar, que él le diría lo que era; pero este ímpetu —581→ cayó por tierra cuando el tejedor penetró en la sala y cara a cara repitióle a fray Francisco lo ocurrido y lo que éste dijo frente a su Monasterio.
Al Comendador no le quedó otro remedio que el de cantar la palinodia. Dijo que era verdad que él había dicho al Gaspar que en tiempo de fray Jayme Andrés, hacía quince años, poco más o menos, oyó decir a una mujer del Arrabal que había guardado en una bodega un cuerpo muerto ocho días, que a raíz de la muerte se celebró el entierro; pero en el ataúd no iba sino un leño, que fué sepellido en la Merced, y después de los ocho días, el cuerpo que dicha mujer guardó en la bodega fué llevado al fosar de los judíos.
¡La cosa era ya rancia! Sin embargo, los del Consejo intentan una exhumación en la Merced para ver si había cuerpos o leños. No debió ésta llevarse a cabo, pues al asunto se le echó tierra y no se vuelve a hablar más de él.
Aparte estos incidentes, malas noticias iban llegando a la ciudad. Las consultas interpuestas comenzaban a evacuarse y las contestaciones venían en un sentido nada favorable a los deseos de Teruel. El día 10 de junio llegaron dos cartas, una de los diputados del Reino de Aragón y otra del señor Arzobispo de Zaragoza. Ignoramos el contenido de la primera, pues nada se alude a ella en adelante y en cuanto a la segunda decía que enviaba a la ciudad a un propio, mosén Pedro de Albarracín, a quien debian atender en lo que dijese respecto al asunto de la Inquisición.
El Consejo, reunido, mandó llamar al comisionado del señor Arzobispo por conducto de Daniel de la Mata y de Alfonso Ximénez, y llegado aquél a la Sala, discurseó ampliamente con exhortaciones, que vinieron al fin a parar en que el Arzobispo, vistas las cartas de consulta de la ciudad y habido su consejo, había determinado ordenar que se hiciese la Santa Inquisición. Toma entonces la palabra el consabido micer Camañas, contando todo lo ocurrido con los inquisidores, y como la respuesta del Arzobispo distaba mucho de ser de su agrado, el Consejo, tratando de hacer con su emisario lo —582→ mismo que había hecho con Solibera, remiten toda decisión al Concejo que se convocaría para el día siguiente66.
Y parece lo más natural que en dicho Concejo se respondiese a mosén Albarracín concretamente sobre su misión, o sea sobre la respuesta que habría de darse a las exhortaciones arzobispales... ¡Nada de eso! Se acuerda responderle que ahora van a consultar al Rey67 juxta el privilegio de la consulta; que se ratificaban en todos los actos y determinaciones tomadas por los oficiales, en Consejo o Concejo, en el asunto inquisitorial, y que se redactaran instrucciones concretas para los dos mensajeros que habrían de partir para la Corte.
¡Con esta canción le van los cuatro regidores, el procurador y el notario al mensajero del Arzobispo, que se aposentaba en las casas del Deán68, rogándole al mismo tiempo que intercediese con el Inquisidor para que esperase a que volvieran!
¡Y los Reyes estaban nada menos que en Córdoba...!
El Inquisidor aún quiere intentar algo que armonizase los deseos de todos, claro es que con beneficio para su pleito; brindándoselas de amable, mosén Albarracín le visita con el ruego del Consejo; responde que está dispuesto a acceder a lo que se le pide, pero con una condición: la de que le dejasen hacer el sermón de la Fe y publicar su Edicto de treinta días, y que después él daría todas cuantas prórrogas quisiera la ciudad.
Por lo visto Solibera aún no se había enterado de que eso, y precisamente eso, es lo que no querían los oficiales de Teruel, que no iban a caer cándidamente en el burdo lazo que les tendía, pues hecho el sermón y publicado el Edicto de treinta días, a estos treinta días y no a más tendría que extenderse la prórroga tan galantemente ofrecida.
El Consejo no rechaza de plano la proposición y diciendo, según práctica, que reuniría al Concejo para cras, hizo llevar esta contestación a Solibera; mas éste, que ya sabía en lo que paraban tales cosas, se enfadó una vez más y con mosén Albarracín —583→ y Juan Garcés de Marcilla, hidalgo (y que papel tan importante ha de jugar en los sucesos en adelante), les planteó el dilema de acceder sin distingos a su propuesta o no: si accedían, él comenzaría en seguida sus actos, y de no acceder se marcharía inmediatamente, pues era sábado y no estaba en su ánimo el pasar el domingo en Teruel, porque, francamente, tenía miedo.
¡Extraña manifestación!
¿Había ocurrido algo? ¿Tenía motivos Su Reverencia para temer algún acto de violencia por parte de la ciudad?
Todo ello es muy probable; pero aparte lo que en la conciencia del Inquisidor tenía que estar, no hallamos otra justificación. Evidentemente quien siembra vientos tiene que hallarse temeroso de recoger tempestades, y lo curioso es que todo este temor se lo inspiraba precisamente el pueblo, pues el no querer permanecer el domingo en Teruel era porque en ese día se aglomeraba en la ciudad la gente jornalera, que pasaba el resto de la semana en el campo dedicada a las faenas propias de la estación.
El hecho es que tal miedo debió manifestarse con anterioridad a este momento, pues la ciudad había dado guardas a los del Santo Oficio y los hacía acompañar siempre de personas prestigiosas: esto no es natural cuando una persona puede transitar pacíficamente, aunque también es muy posible que Solibera fingiese tal miedo con el solo fin de empeorar la situación de Teruel, acogiendose al papen de víctima.
A la réplica del Inquisidor responden los oficiales desde sus mismas posiciones anteriores; ellos no pueden hacer nada sin consultar al Concejo, y en lo que dice Solibera de que se irá, ni le dicen que se quede, ni le dicen que se vaya.
-¡Dios nos libre de tanto errar! -respondieron literalmente los regidores.
Si tiene miedo, le reforzarán las guardas, aunque se extrañan de los temores de Su Reverencia, que reputan total y absolutamente infundados.
Aguarda, pues, el Inquisidor el resultado del Concejo del domingo, que, reunido por la mañana, tiene que suspenderse ante —584→ la noticia de que habían llegado nuevos mensajeros de Zaragoza, para juntarse nuevamente por la tarde, recayendo acuerdo de hacer la Inquisición como se haga en Zaragoza, y puesto que no se sabe el procedimiento que dicha ciudad ha de adoptar (puesto que tiene sobre ello interpuesta consulta con el Rey), era preciso, pues, esperar a que se resuelva el asunto de la capital; y no sólo eso, sino que también estimaba Teruel imprescindible la resolución regia en su caso concreto, estándose, por otra parte, pendiente de lo que se respondiese a la Cédula de Exceptiones, más a otra de Greuges que pensaba ordenar.
Más claro no se le podía decir al Inquisidor que no se quería tratar con él, y como sin duda alguna tuvo en el Concejo escuchas que le fuesen con el cuento, al enterarse, sin aguantar más y desoyendo los consejos de mosén Albarracín, aquella misma noche se marcha a Cella, seguido de todos los miembros del Santo Oficio.
Cuando al día siguiente el síndico lleva esta respuesta a mosén Albarracin69, se encontró con la sorpresa de la partida del inquisidor; más con la noticia de que mosén Alaves quedaba encargado de proseguir en Teruel los intentos del Santo Oficio, por lo que procede inmediatamente a requerirle con protesta de nulidad contra cuanto hiciera, protesta en la que Alaves no consiente, y a redactar una repulsa general de todo cuanto por el Inquisidor o en su nombre pudiera llevarse a cabo70; documento que entrega en Cella al Inquisidor el notario Francisco Muñoz.
Era el 16 de junio de 1484.
La actitud de Teruel.-La comisión de Martínez de Rueda.-Mensajería de los Reyes.-Los inquisidores de Valencia en Teruel.-Teruel excomulgado.
Fray Juan de Solibera, desoyendo la opinión de todo el mundo, sin escuchar otra cosa que su propia ira, salió de Teruel decidido a tomar resonante venganza contra la ciudad, —585→ aprovechando para ello cuantos motivos pudiera hallar a mano, sin preocuparse demasiado de los medios que para ello habría de emplear.
Los procedimientos tortuosos de Calcena triunfan al fin, y desde las mentirillas pueriles hasta las grandes calumnias, de todo se hace arma en esta ocasión, pues el despecho de encontrar una obstinación tan pujante como insospechada y razonable trastornaba por completo los planes del Tribunal.
Así, al llegar el inquisidor a Cella, despachó inmediatamente correos a Zaragoza y a la corte de los Reyes, pintando a Teruel como antro hirviente de herejes, cuyos vecinos, el que menos, era culpable de proteger a los judíos y conversos en sus crímenes nefandos de profanaciones y apostasías. Culpó a los nobles, a los hijodalgos, a los clérigos, a los menestrales y a los campesinos, sin pensar de que tal es el mejor modo de que nadie resulte culpable. Mas no paró ahí la cosa: quisieron los inquisidores justificar con violencias por parte de la ciudad el miedo que habían pasado o simplemente fingido, y no repararon en forma de hacerlo.
Primero acusaron a los alcaldes de haberles detenido un mozo, y como ello no le dió buen resultado, pues Teruel podía justificar en cualquier momento no tener en su poder tal preso, inventaron una agresión a su receptor Alfonso de Mesa, quien dijo que, yendo camino de Cella, se había encontrado con el juez y con su escolta, recibiendo una lanzada de uno de los que iban con el juez. De ello se levantaron actas, pues para todo tenían a mano al notario; pero como el juez contradijese y testimoniase la imputación declarando que, en efecto, se había encontrado con el receptor en el camino, pero sin que cambiaran palabra, invitaron los oficiales al de Mesa que viniese a mostrar las supuestas lanzadas, cosa que se guardó muy mucho de hacer el pretendido agredido, no obstante que la requisición se le hizo con insistencia71.
—586→Después se entretuvieron en mandar mozos de espuelas como correos o mensajeros, diciendo que iban a notificar cartas de la Corte o del Arzobispo, cuando en realidad a lo que iban era a fijar pasquines insultantes o amenazadores contra los oficiales72.
En toda esta lamentable labor ayudaba a los inquisidores un hidalgo de la ciudad, Juan Garcez de Marcilla, vástago, como lo indican sus apellidos, de una de sus más linajudas familias; pero que, disociado por completo de los de su linaje, bien fuera con el sólo fin de llevar a éstos la contraria o quizá con el de alcanzar de los Reyes cargos y honores (ellos vinieron luego), es el hecho que toma esta postura, verdaderamente inexplicable en un noble de Teruel, y más aún en un Garcés de Marcilla, cuya tradición familiar se basaba precisamente sobre el pedestal de la defensa de la ciudad ante todo y contra todo73.
Juan Garcés aparece siempre al lado de los inquisidores, protegiéndoles y dándoles escolta de hombres de armas. Conocedor de Teruel y de los turolenses, es muy probable que sea el autor de muchas de las mentiras y de las intrigas que llevamos examinadas. Algún documento parece decirlo claramente74.
La ciudad, por su parte, parecía no hacer mucho caso de todas estas cosas; siguió su vida ordinaria, y decidida a contradecir —587→ las acusaciones con hechos, se mostró más religiosa que nunca. El día del Corpus (15 de junio), la procesión del Santísimo se celebró con una solemnidad inusitada, y el 5 de julio se verificó la recepción de la Bula de la Santa Cruzada de la guerra de Granada, que fué también acto de gran pompa religiosa y edificación de los fieles.
Y no hubiera salido de ahí a no llegarle noticias verdaderamente alarmantes, no ya de lo que el Inquisidor hacía o decía, sino del eco que hallaban sus palabras y de la repercusión que tenían sus hechos en la corte del Rey y en el palacio arzobispal de Zaragoza.
Aragón entero parecía estar fijo en lo que Teruel habría de hacer, como se desprende de misteriosas frases de muchos documentos, y los Reyes, naturalmente, deberían estar preocupados por la actitud de la ciudad frente al Santo Oficio, por cuanto se observa una total paralización del asunto en las demás partes del reino, mientras que en Teruel se acentuaban las prisas y las presiones.
En tales circunstancias se procura una vez más la ayuda de otras ciudades, la suma de fuerzas para oponerse al Tribunal, enviando con secretas instrucciones a Huesca, Barbastro, Monzón y Daroca, a Juan Martínez de Rueda75 para recabar favor y ayuda en todos los sentidos, pues en todos estaba altamente necesitada esta ciudad. Ya veremos la poca suerte que este emisario tuvo en el cometido de su mensajería.
Mientras esto, los oficiales ¡al fin! preparan la embajada extraordinaria a los Reyes, que se hallaban en Córdoba.
Los mensajeros o embajadores para esta misión eran el jurisperito micer Jaime Mora y el jurado del Concejo Juan de la Mata, quienes juran cumplir fielmente su cometido76 el 21 de junio, partiendo para la corte el día 2377.
Convencidos de lo difícil de su misión, iban provistos ele cartas dirigidas a personajes influyentes de la Corte78. entra los que se encontraba el secretario Camañas, natural de Teruel, —588→ y al cual se le toca la cuerda del patriotismo, con el fin de más interesarle en los asuntos de la ciudad. Las instrucciones acerca de lo que habrían de tratar con el Rey y con la Reina son exactamente las Exceptiones de Jure, algo modificadas y a las que añade la condición de alienígena del inquisidor, e inhábil, por tanto, para el cargo79, y algunas otras basadas en los fueros.
Más fácil les hubiera sido llevar la mencionada cédula de Exceptiones..., y sin duda no faltó quien pensara en ello, mas una mano prudente puso esta postdata en el borrador de las instrucciones a que nos venimos refiriendo: No so de parecer en ningún caso se lieue la cédula de excepciones, porque era aquélla se toqua al Prior de Sancta Cruz y no hauríe ningún remedio si él era allá contrario, y así en la suplicación dedúganse las otras cosas.
¡Era mucho hombre micer Camañas!
Pero entre tanto, el día 29 de junio habían llegado a Teruel dos nuevos personajes: eran éstos maestre Epila y maestre Orts, frailes dominicos, e inquisidores diputados para el reino de Valencia, al cual se dirigían.
Estos dos inquisidores, bien porque trajesen órdenes expresas o ya porque al pasar por Cella Solibera les instase para ello, se detuvieron en Teruel a tratar con los regidores. Llamaron a éstos al hostal de Pedro Vallacroche, en el Arrabal, donde ellos se alojaban, y con frases amables y corteses, procurando usar la vía persuasiva, instáronlos para que permitiesen a Solibera hacer la Inquisición.
No fué la ciudad menos expresiva y amable en su negativa. Reúne su Consejo80, y haciendo honor a la amable oficiosidad de los inquisidores valencianos, acordaron darles una respuesta tan cortés como clara, y la claridad consistía precisamente en hacerles entender, sin herirlos, pero en forma que no dejase el menor lugar a duda, que estaban dispuestos absolutamente a todo lo que no fuese tratar con Solibera ni con sus ministros.
—589→Alegaron para ello el estar pendientes las excepciones y las consultas regias; dieron cuenta detallada de las ofensas que habían recibido del Tribunal, y para demostrarles que tales y no otras eran las causas de oponerse al Santo Oficio, y no el ser enemigos de la fe católica ni de la Inquisición, como se les incriminava, rogaron con gran instancia a Sus Reverencias los inquisidores valencianos que quisiesen tomar a su cargo el hacer la Inquisición de Teruel.
Los Padres maestros respondieron que en esto último no podían complacerlos, pues ellos no tenían jurisdicción sino en el reino de Valencia, mostrándoles los poderes que así lo atestiguaban.
¡No esperaban otra contestación los regidores! La cogieron con viveza, pues precisamente esa era una de las principales faltas del poder que ante ellos presentó fray Juan de Solibera81.
Por otra parte, nada se hubiese adelantado si los del Consejo se hubiesen dejado convencer, pues aun antes de partir los inquisidores valencianos, aun antes de terminar sus conversaciones con los oficiales, el Inquisidor de Teruel había neutralizado los buenos efectos que hubieran podido lograrse, con un acto definitivo: en el cancel de la iglesia de Villarquemado fijó una cédula nada menos que excomulgando nominalmente a todo el Consejo de Teruel, a gran número de ciudadanos e incluso a algunos de los clérigos y frailes, secundado por el vicario de Cella, que con esta traición pagaba el sueldo que precisamente del Consejo excomulgado recibía.
¡Aquello era escandaloso! ¿Por qué tan dura sanción? ¿Qué personalidad tenía Solibera para fulminarla?
Teruel no podía dejar que pasase en silencio semejante atrocidad, y en 4 de julio ordena la redacción de una llamada Cédula de nulidades, documento paralelo al de las Exceptiones tantas veces citadas82, en el que se repiten los defectos de la persona del Inquisidor allí expresados, y se tacha su actuación presente como nula y de ningún valor, por proceder ocultamente, —590→ sin citar a las partes, pudiendo hacerlo; por proceder a sentenciar sin el Ordinario, porque actúa fuera de la ciudad y pendientes aún las causas de suspensión presentadas, y por valerse de un notario que era a una de las partes no ya sospechoso sino evidentemente falsario.
¿Todo para qué? Pues sencillamente para dar al célebre Vicario de Cella el gusto de contestar a la requisición83 que sc le hace al ser presentada la Cédula de nulidades, que los oficiales no tenían personalidad para hacer cuanto hacían, y que todo ello era perfectamente inútil, por cuanto aquéllos (los oficiales) sean personas inábiles y scomulgadas.
Y el sambenito, tan sin razón ni derecho puesto, hubo de pesar aún sobre Teruel una larga temporada.
Intervención de la reina Isabel.-Teruel acude a las Cortes de Zaragoza.-El Rey y la ciudad.-Los oficiales, la Comunidad y el entredicho.
La reina Isabel trata de intervenir personalmente en este asunto, y en la misma fecha, sin duda alguna, escribe tres cartas que con él tenían relación: una al Inquisidor, otra al señor de Mora don Juan Fernández de Heredia y otra a los oficiales de Teruel. Debía en todas ellas decir lo mismo, aunque en distinto tono. Micer Martín Martínez de Teruel, llamado por el señor de Mora, presentó al Consejo de 9 de julio copia de las dos primeras, requiriendo el inmediato cumplimiento de lo que en ellas se manda (que entrara el inquisidor, se deduce), cosa que están muy lejos de hacer los oficiales, pues contestan como siempre con una salida de tono, acordando que se escriba al de Heredia narrándole todo lo que hasta aquel instante había sucedido con los inquisidores y las grandes calumnias levantadas contra la ciudad84, procurando acompañar la carta, con documentos demostrativos de su buena voluntad para la Inquisición y de su mala voluntad para los inquisidores, cosas —591→ todas ellas que, si duda alguna, estaban muy bien, pero que no era lo que la Soberana mandaba.
Al día siguiente y por Juan Garcez de Marcilla, se presenta la tercera de las cartas a que hacemos referencia, esto es, a la dirigida al juez, alcaldes, regidores, etc., y tampoco se responde mucho más acorde85, disponiéndose que los juristas ordenen una respuesta justificativa de su conducta, rogando a Su Alteza quiera mirar a la ciudad con ojos de clemencia.
La carta de la Reina debía venir bastante fuerte, según se deduce de afirmaciones posteriores86, y como dió la casualidad de que aquel mismo día llegó aquí la noticia de la detención en Zaragoza, por orden de los inquisidores, del emisario Juan Martínez de Rueda87, se relacionó este hecho con el tono de la carta y se pensó que sin duda alguna el poder real tenía ya tomadas sus medidas para castigar la obstinación en que la ciudad estaba encerrada88.
Una sola esperanza podía caber a ésta: la de acudir con sus greuges a las Cortes de Zaragoza, y a ella se agarró desesperadamente. El día 11 acuerda enviar dos procuradores a ellas, micer Pero Alfonso y Miguel de Campos89, los que, como siempre provistos de copias auténticas de todo lo actuado90 y prestado el oportuno juramento91, parten para la capital del reino el día 20 del mismo mes de julio.
Aparte la cédula de greuges que habrían de presentar al Parlamento, llevaban sus secretas instrucciones para negociar en Zaragoza y con amplitud el pleito inquisitorial, consultando con los juristas, visitando al Vicario general y al Arzobispo y procurando explicar a todos con detención y claridad las partes —592→ principales del pleito, haciendo, como siempre, hincapié en la distinción que había entre el catolicismo de los turolenses, la Inquisición y los inquisidores, para evitar que siguiesen circulando las especies calumniosas, que debían tener sumergido a Teruel en densas nubes de recelos.
En esta cédula92 repiten valientemente que no tienen el menor inconveniente en admitir la Inquisición, siempre que no la hagan Solibera ni los suyos.
¡También esto resultó inútil! A los diez días de ausencia vuelven los mensajeros sin haber ni aun siquiera logrado ser escuchados, produciendo su regreso el natural desaliento. Mas la ciudad aún tiene arrestos para mandar acusar criminalmente a Calcena, que andaba por aquellos pueblos haciendo fechorías notariales93, y aun para pensar en una apelación ante el Papa, de la que, por lo visto, más tarde se desistió94.
Y no eran estas las últimas amarguras que la esperaban los mensajeros idos a Córdoba regresaron también por aquellos días, y regresaron, como vulgarmente se dice, con las orejas gachas y probablemente zumbando aún en ellas el eco de las reales reprimendas. Dieron cuenta al Consejo de su cometido en la sesión de 23 de agosto95, y por si eran poco elocuentes en la descripción del enojo de los Reyes por el comportamiento de Teruel en este pleito, en aquella misma sesión presentó el señor de Mora otra carta del Rey, traída por un correo que viajó puede decirse que al lado de los mensajeros, ordenando en ella terminantemente y de una forma inaplazable la entrada de los inquisidores, sin perder ya más tiempo en disquisiciones ni consultas. Una vez que se hubiese obedecido, el Rey prometía seruar los Fueros y libertades de la ciudad (¡ !).
Recíbese la carta con el ceremonial y las protestaciones acostumbradas, más la fórmula de que harán lo que deban, y, sin duda por no perder la costumbre, aplazan toda resolución para la sesión del Concejo público que habría de celebrarse al día siguiente.
—593→Y al día siguiente96... aquellos hombres, que no encontraban en las demás ciudades de Aragón un apoyo, aparte buenas palabras; aquellos hombres, que no hallaban defensa alguna en las Cortes del reino; aquellos oficiales, rechazados por el Arzobispo de Zaragoza, conminados por la Reina, reprendidos duramente por el Rey, excomulgados por los inquisidores, con traidores dentro de sus propios muros, y fuera el temor constante de que soplara un leal viento en las aldeas, aún tienen un gesto de valor y declaran desaforada la carta real en pleno Concejo97, no ya en son de consulta, vía apurada por ellos, ni aun en el de queja o greuge, que tampoco les dió ningún resultado, sino en el de protesta, o si se quiere aún más, en el de rebeldía.
Mandan que se enumeren por escrito la serie de fueros lesos por la carta regia, y que se requiera a las aldeas para que en la protesta acudan a formar hun cuerpo con su capitalidad.
¡Es la última nota de armonía! El desfile iba a comenzar muy pronto, pues no era la autoridad real cosa contra la que fuese muy factible luchar en aquellos tiempos.
Hízose, no obstante, la apelación a la Comunidad. El día 27 de agosto, en la Casa Comunal, comparece Alfonso Ximénez, procurador sustituto de Teruel requiriendo a Jaime Dolz, procurador de las aldeas, para que éstas, en virtud de las sentencias arbitrales entre la ciudad y la Comunidad, y muy principalmente a tenor de lo dispuesto en la llamada Sentencia de Escorihuela98, acuda a formar un todo con Teruel en la defensa de sus libertades, violadas por la carta del Rey, que es contra Fuero, por no venir por el conducto de la Vicecancillería de Aragón; por estar dada fuera del reino, cosa lesiva, aparte de los Fueros generales del reino, del particular de Teruel, y por la calidad del Inquisidor que se manda admitir, alienígena, subdelegado —594→ de otro alienígena (Torquemada), siendo asimismo alienígena otro de los ministros del Tribunal (Chauz), también contra Fueros del reino y de Teruel99.
El procurador de la Comunidad responde a esta requisición en 1.º de septiembre con una evasiva100, en la que viene a decir en substancia que consultaría a los regidores para dar su respuesta, cosa que no sabemos que hiciese jamás: la comunidad, en un principio tan atenta a seguir la misma suerte de la ciudad, desde este momento la deja completamente sola, y no se puso frente a ella sin duda alguna por estar perfectamente persuadida de que ella sola se bastaba para fracasar.
Y entre tanto el entredicho contra la ciudad triunfaba en toda la línea, causando las naturales inquietudes y disgustos101.
Juan Garcez de Marcilla, capitán del Rey.-Prisión de Juan de la Mata.-Teruel organiza su defensa.-Las represalias y el pánico.-Garcez cerca la ciudad.-Votos de mícer Martín Martínez, Diego de Vignesta y Daniel de la Mata.
Ya no cabía sino emplear la fuerza. Por el camino de la negociación, el de la súplica, el de la amenaza, todas las vías estaban totalmente agotadas. Se intentó incluso dejar a la ciudad abandonada a sus propias fuerzas, a ver si por sí sola, sin molestarla ni inquietarla lo más mínimo, llegaba a la serena reflexión que da la tranquilidad, y tras ella a convencerse de que a ninguna parte buena podría conducirla tanta obstinación102.
—595→Además, uno de los motivos más fundamentales o a lo menos más razonables de la resistencia de Teruel, cual era el de que por ella no se comenzase la Inquisición, para que no pudieran echarle en cara el día de mañana no haber defendido con tesón las libertades del reino, había ya desaparecido. En Valencia la Inquisición había comenzado al fin, predicando maestre Pedro de Epila el sermón de la Fe el día 11 de septiembre, y en Zaragoza mismo el día 1.º se comenzaron los actos del Santo Oficio.
En estas circunstancias llega el mes de enero, y en sus últimos días el Rey concede a Juan Garcez de Marcilla el grado de capitán de la ciudad, con amplias facultades para obrar como le viniese en gana, con tal de que hiciese sentir a Teruel de un modo conveniente todo el peso de su enojo. Este era un nuevo contrafuero, pues la ciudad no tenía capitán más que cuando lo necesitaba o decía necesitarlo, no pudiendo proveerse sino a su petición103; pero, como es natural, don Fernando no habría de pararse en contrafuero más o menos cuando se trataba de una ciudad a la que se quería castigar como rebelde o lo menos como desobediente a sus mandatos.
¡No deseaba Juan Garcez otra cosa más de su agrado! Así, pues, una vez allegada la gente que estimó necesaria, inició su cometido con un acto que basta para acreditarle, y, sobre todo, que fué altamente significativo como anuncio de lo que pensaba hacer en lo futuro.
El 27 de enero de 1485 Juan Pérez Arnal, acompañado de toda su familia y del jurado de Teruel Juan de la Mata (uno de los mensajeros a Córdoba) con la suya, salieron de Teruel con dirección a Segorbe, adonde iba a celebrar la boda de Arnal Pérez, hijo del primero.
Marchaban alegre y pacíficamente, como quienes van a bodas, cuando ya fuera de los muros, en la cuesta de Santo Domingo (?), un edecán de Juan Garcez de Marcilla, mosén Pedro de Molina, que estaba por los alrededores emboscado con veinte o veinticinco de a caballo, salióles al camino y les mandó volver —596→ grupas. Juan Pérez Arnal trató de resistir; pero uno de los de la escolta se precipitó sobre él dándole un golpe con el asta de la lanza en las costillas, ante cuyo contundente argumento Hubieron de resignarse todos a seguir al de Molina, quien, fuera del camino real, los condujo con dirección a Concud104.
Por allí tenía Garcez su campamento y en él recibió a los prisioneros. Desde luego al Juan de la Mata le mandó encerrar, por ser, sin duda alguna, una buena prenda de la ciudad; pero a Pérez Arnal y a los suyos los dejó marchar, previo juramento de que acudirían sin demora adonde él los llamase, siempre que tal fuera su voluntad.
Además, seguro Marcilla de que Pérez Arnal iría con el cuento a la ciudad, le dijo que si a él como capitán del Rey no le dejaban entrar en Teruel con los de su tropa, que juraba a Dios colgar de las puertas al primero que se encontrase de los vecinos, fuese de la condición que fuese.
Esto, relatado en Concejo el 28 de enero105, produjo el efecto que es de suponer. La sensación primordial, sin duda alguna y como siempre, fué la de miedo: el Concejo unánimemente descargó toda la acción sobre el Consejo de oficiales, acordando desde luego la defensión de las libertades; pero de la forma que al juez, alcaldes, regidores, etc., etc., les parezca, con el fin de eludir todas las consecuencias de una acción inmediata.
Mas el Consejo no estaba muy conforme con tanta y tan excesiva confianza, y no quiso hacer absolutamente nada sin que precediese el acuerdo de todos y estando todos conformes con las medidas que se hubiesen de tomar, pues los hechos realizados por el de Marcilla, los rumores que corrían y hasta el propio silencio de los Reyes indicaba que la tempestad estallaría pronto y en forma verdaderamente aterradora, para que sólo unos cuantos se dispusiesen a recibir la descarga.
Así, reúnen nuevamente al vecindario, le exponen su parecer, y bien fuese por vergüenza, o ya porque se animasen los unos a los otros de verse reunidos (si bien estaban vacíos algunos bancos concejiles), es el hecho que en medio de un relativo —597→ entusiasmo se acuerda diezmar los hombres útiles de la ciudad para que tomen las armas, organizar rondas de noche, enviar espías, tapiar algunas puertas y poner guardias en las casas de los sospechosos. Todos los caballeros elegibles para los cargos concejiles (echantes en los oficios) tenían la obligación de poseer un caballo y armas de guerra, y por ello el Concejo también acuerda que en el término de tres días se presenten para ser revistados por los oficiales (fazer muestras), dando un plazo de ocho para que los que, por cualquier circunstancia, no tuviesen caballos, los adquiriesen106.
Mas no era cosa de reunir al Concejo a cada minuto para resolver los asuntos de gravedad que pudieran presentarse y que se esperaba que fueran frecuentes, y entonces nombran una especie de junta compuesta por el juez, los cuatro alcaldes, los regidores, juristas y, seis ciudadanos para que resuelvan los asuntos de gravedad y urgencia, jurando acudir a reunirse al primer toque de la campana del Concejo107.
Al siguiente día, 31 de enero, se hizo el pregón108 sobre las muestras de los caballeros, y se ordena tapiar las puertas Nueva y del Postigo109, comenzando el día 1.º de febrero el reparto de armas entre los ciudadanos110.
Mas la energía de unos cuantos no podía bastar para mantener el espíritu de todos. Al lado de las tropelías de Juan Garcez y de las presiones del Inquisidor, la acción política seguía una gran actividad, sobre todo por parte de los Reyes, que no dejaban de ejercerla por el conducto prestigiosísimo del señor de Mora. De la ira del Rey además corrían versiones abrumadoras, y cada instante se esperaba ver llegar por las llanadas del Norte o por el puerto de Villel las tropas reales para castigar a la ciudad rebelde.
Bastábase, entre tanto, el de Garcez para sembrar el terror en la comarca. La gente de las aldeas, sea por su propio impulso o ya por temor a los soldados, es el caso que dejaban de —598→ acudir al mercado de la ciudad, y los de Teruel no se aventuraban ni aún de día, fuera de los muros, acobardados por el terrible juramento del capitán.
Las huertas de la vega estaban a la merced de una soldadesca a la que el capitán no daba ciertamente ejemplos de cordura y templanza, y en ellas, como en valles y e caminos, dejaron siempre la triste huella de sus pasos.
Y dentro de los muros comenzaron a acentuarse las murmuraciones en términos verdaderamente alarmantes; mas preciso es de confesar que si en la mayor parte de los casos era el miedo su principal inspirador, era en otros la razón la que las impulsaba.
Tal era precisamente el caso del jurista asesor de la sala micer Martín Martínez Teruel, quien claramente expuso por primera vez la necesidad absoluta e imprescindible de batirse en retirada, tan pronto como regresaron de Córdoba los mensajeros y dió plena cuenta del estado de ánimo de los Reyes.
Por eso, después de reiteradas advertencias particulares, compareció por fin ante el Concejo, reunido el día 4 de febrero, diciendo que se debía dejar entrar a los inquisidores, prometiendo dar sus razones más despacio y por escrito111. Esto unido a que Garcez cerca en regla a la ciudad, y a algunos alborotos y bullicios de orden interno, ocurridos en los días 5 y 6 del mismo mes, acabó por desconcertar a los oficiales.
El día 8 entrega micer Martínez su escrito112. Al principio de este documento parece ser que sólo el despecho dictó su redacción. En efecto, micer Martínez Teruel, al regresar los mensajeros de Córdoba con la terminante contestación del Monarca de que dejasen entrar a a los inquisidores, teniendo una clarísima visión de lo inútil y hasta perjudicial que podría resultar lo contrario, aconsejó la más absoluta obediencia al Soberano.
La ciudad había recibido una orden del Rey, y en uso de su derecho interpuso consulta. El Monarca contestó a esta consulta. ¿Quedaba otra cosa sino acatar al real mandato?
-No hay ley ni libertad -dice micer Martín Martínez- que diga lo contrario.
—599→Y esto, que no sería ya lo heroico, pero sí lo razonable, cayó tan mal entre sus conciudadanos que, a partir de aquel instante, dejan de consultar con él estos asuntos y se van con micer Camañas, del que tenían la seguridad de su audacia113.
De ello se lamenta en su voto micer Martínez, reprochando a. los oficiales todas las medidas tomadas para poner a la ciudad en un estado de resistencia armada, ofensivo para la dignidad real, terminando por salvar su responsabilidad de cuanto ocurra de hacerse lo contrario.
Claramente venían los hechos a darle la razón: cuatro días después, Juan Garcez de Marcilla, engrosada su compañía, se dispuso formalmente a atacar la ciudad. Su fin era no más, por el pronto, que el de apoderarse de una de las torres del muro114, desde la cual consideraba tener bastante fuerza para someter a todo Teruel. Dispuesto a hacerlo, escribió a los parientes con los que aún conservaba alguna amistad para que saliesen de la ciudad a fin de que no les alcanzasen las consecuencias; pero una circunstancia fortuita hizo que aplazase su resolución: la propia mujer de Juan Garcez se hallaba dentro de la ciudad, y enferma por añadidura.
Sin embargo, en Teruel se supo el aviso, y creyendo que el de Marcilla atacaría inmediatamente, se adelantaron los acontecimientos, precipitándose algunas personas razonables por el camino ante ellos abierto por micer Martín Martínez Teruel.
El primero que siguió las huellas del prudente jurista fué el almutaçaf o mayordomo del Concejo Diego de Vignestas, quien presentó otro voto escrito, calcado en el de micer Martínez, con menos jurisprudencia, pero claro y terminante como aquél. Diego de Vignesta habla además en su voto del asunto de la Capitanía, diciendo que se debía consultar al Rey sobre la provisión del cargo en el de Marcilla115.
—600→Fué el segundo Daniel de la Mata, quien sin duda alguna vendió su parecer a la seguridad de su hermano Juan116, que se hallaba en poder del capitán, y al que en vano trató de rescatar en una entrevista que con Garcez tuvo en Los Losares117.
Todo esto hizo a los regidores cambiar rápidamente de actitud, y rápidamente también los veremos entrar por la vía de la suplicación y la humildad.
Se entra en negociaciones.-Intervención del de Heredia.-Ultima hazaña de Garcez.-Votación sobre el juramento canónico.-Entrada de los inquisidores.-Juramento canónico.
Y nos acercamos al final del pleito, a su resolución definitiva con la humillación de Teruel. Los regidores se convencieron al fin de que a pesar de todos los fueros y de todas las libertades del mundo, los Reyes querían hacer la Inquisición; la deserción de los más decididos, el abandono del pueblo, cansado ya de vivir en alarma constante, los trabajos de zapa del mismo Tribunal habían logrado todo esto; Garcez con sus tropelías y violencias consiguió lo demás.
Era preciso, pues, capitular.
La familia de los Pérez Arnal, que estaba ligada al de Marcilla por razón del juramento que su jefe, Juan Pérez Arnal, prestara cuando la prisión de Daniel de la Mata, comenzó por servir de intermediaria en estas primeras negociaciones de paz, celebrando el joven Arnal Pérez repetidas conferencias con el Inquisidor, desde los últimos días del irles de febrero de 1485. En ellas, con bastante habilidad, consiguió ir limando asperezas hasta conseguir que el Inquisidor le autorizase para tratar con el Consejo. Así lo hizo, presentándose en la reunión de 3 de marzo significando los buenos deseos de que estaba animado Su Reverencia para entablar una negociación, valiéndose para —601→ ella la ciudad de don Juan Fernández de Heredia, pues tal era la primera condición impuesta por Solibera118
Y los oficiales, ¡qué iban a hacer!, accedieron a lo que se les proponía, mandando al inquisidor, que se hallaba en Gea, una embajada compuesta por el regidor Juan de Moros, el canónigo Jaime Cabrero y el jurista Pero Alfonso, con los que Solibera concluyó que se juntasen en La Puebla de Santa María de Valverde dos representantes suyos (del Inquisidor), dos de la ciudad y el señor de Mora como árbitro para fijar los términos en que habría de llegarse a una avenencia.
Teruel nombró para que lo representasen en las vistas de La Puebla a micer Camañas y a maestre Pero Belver119. Y debió haber sus más y sus menos en la reunión, pues el asunto no se concluyó el 7 de marzo, fecha de la entrevista, teniendo que venir el ir a Teruel el de Heredia para concluír su arbitraje con el propio Consejo120.
La ciudad, mientras tanto, continuaba en estado de guerra, con sus centinelas, sus rondas y sus puertas tapiadas. Garcez, aunque un tanto retirado, acampaba por los alrededores. Así las cosas, una mañana se observó en la muralla un tremendo boquete, recién abierto y con señales evidentes de haber penetrado por él alguien. El pueblo comenzó a murmurar que por allí quien había entrado era Juan Garcez; no porque lo supiese, sino porque sólo él era capaz de semejante audacia. ¿A qué había entrado? Eso es lo que no se sabía en Teruel, aunque sí se suponía que para hacerlo tenía que haberse valido indudablemente de gente de intramuros.
Y la verdad de todo lo ocurrido no podía ser más natural, aunque no por esto, dado el estado en que Teruel se encontraba, dejaba de ser azañoso.
La infeliz mujer del Capitán agravó en su enfermedad en términos que se comenzó a temer por su vida, y el primo de Juan Garcez, Francisco Garcez, procurador del Consejo, creyó que era su deber, no obstante la enemistad que, como oficial, —602→ tenía que existir entre ambos, avisarle para que acudiese a la cabecera de su esposa moribunda, prometiéndole que sin riesgo le introduciría en la ciudad. Claro es que Francisco no le dijo la verdad a su primo, sino que se limitó a encomiarle la necesidad de que acudiese a la ciudad y a prometerle la facilidad de la entrada. En la noche del 15 de marzo el procurador salió de la ciudad, yendo a esperar al capitán en el Puente del Cubo, como se lo había advertido en la carta que le enviara al campamento.
La espera fué completamente inútil, pues Juan Garcez, sin duda temiéndose una celada por aquella parte, no compareció regresando Francisco a la ciudad y metiéndose en la cama; cuando allá, de alta madrugada, aun antes de ser de día, notó que llamaban a la puerta de su cuarto. Abrió, y cuál no sería su asombro al ver que el capitán, como un fantasma, penetraba en la habitación diciendo:
-Primo: ¿qué me queréis?
-¿Por dónde habéis entrado? -le preguntó Francisco con extrañeza.
-¡Por el Diablo! -respondió el capitán121.
Después (por lo visto ya había visitado a su mujer) se fue hacia la muralla, llegó al boquete y saliendo por él se descolgó con la ayuda de una cuerda por la barranquera.
Esto evidenció que la ciudad estaba a merced de un golpe de mano tan pronto como se quisiese dar. Por el agujero por donde entró y salió el capitán, y con el mismo sigilo, pudo entrar toda la compañía. Las complicidades del interior indudablemente debían ser muy numerosas... ¡Era preciso acabar la negociación y que los inquisidores entrasen cuanto antes en Teruel!
El día 20 de marzo, sin condiciones por parte de los oficiales, acuerdan éstos en Concejo la entrada de la Inquisición para el día 22122, tan sólo suplicando misericordia.
Pero esto de las condiciones no era el Concejo quien tenía que hablar de ellas sino el Tribunal, y así ocurrió que Su Reverencia —603→ no quiso entrar incondicionalmente, sino con las condiciones que él quisiera imponer, cual era, entre otras, la de no renunciar a nada de lo actuado por él contra la ciudad, y la de que ésta le prestase un juramento canónico en toda regla. Así lo manifiestan al Consejo Juan Fernández de Heredia y maestre Figuerola, que negociaba por la parte de los inquisidores.
Aquello variaba de aspecto y se estuvo a punto de romper nuevamente toda negociación. Pero a falta de otro remedio quisieron hallarlo en el propio juramento pedido por los inquisidores, reuniéndose el día 21 los del Consejo para estudiar la forma en que habría de prestarse123.
Los oficiales acudieron en número de 32: el juez, tres alcaldes, los regidores, los procuradores, cinco juristas, cinco hidalgos y once de los principales ciudadanos, y empeñada la discusión, los pareceres fueron tan heterogéneos que aquello amenazaba con no acabarse nunca, hasta que al fin se concretó a los pareceres siguientes:
El de micer Martín Martínez Teruel, quien dijo terminantemente que se jurase sin condiciones, puesto que no puede hacerse otra cosa y de la rotura pudieran sobrevenir grandes males a la ciudad. Con él votaron los regidores Juan Navarro, Luis de Moros y Juan de Moros, el juez, los alcaldes Francisco Navarro y Luis Martínez Cano, y el ciudadano Miguel de Campos.
El de maestre Pero Belver, que dijo se debería llamar a Concejo, pues lo que a todos toca a todos debe ser notificado. Votan con éste el regidor Juan del Villar y los juristas micer Jaime Mora y micer Pero Alfonso.
El de micer Luis Camañas, quien expresó: que si la protestación sobredicha valet de Jure ques decae aceptar y hacen gracia dichos inquisidores de darla. Si no valet de Jure, se deue embiar al Rey nuestro Señor Jusmetiéndose a su clemencia. Eciam se deue clamar conceio. Eciam que se conforma con el parecer de todos124. Votan con micer Camañas, sin duda porque —604→ tuvieron la fortuna de entenderle, Juan Martínez, Pero Sánchez Gamir, Francés de Pinganiga, Aparicio Villespessa.
El de micer Gonzalo Ruiz, quien se mostró partidario de prestar el juramento canónico pedido por los inquisidores, con protestaciones y salvedades tales, que en ningún caso pierdan el derecho de apelación los de la ciudad, de cuyo parecer fueron Daniel de la Mata, Martín García, Antón Martínez, Martín Martínez de Marcilla, Pascual Rubio y Pero Díaz.
Por último, Gil de Gonzalo Ruiz y Juan Calvo votaron por una nueva consulta al Rey (¡por lo visto no estaban escarmentados!), y Juan Esteban dijo que se conformaba con el parecer de los juristas que más saben, cosa difícil de averiguar, pues cada uno de los letrados votó parecer distinto.
Debió formarse alguna confusión y hasta incluso sospechamos que debió romperse la armonía entre los reunidos, pues el juez, micer Mora y micer Gonzalo Roiz abandonaron la sala.
Después se acordó, por fin, jurar con protestaciones, cuino Ruiz lo propuso, y acudir con notificaciones propiciatorias a la Reina, para que quiera sobreseer en las cartas rigurosas que ha enviado, y asimismo a Torquemada, mosén Pero Camañas y otros.
Ya estaba todo arreglado; pero nunca faltan contratiempos ni aun en el florido sendero de la paz. La gente, que antes de todo esto hablaba mal del Consejo por haber llevado a la ciudad a términos tales, ahora empezó a murmurar contra cl señor de Mora, diciendo que en toda esta negociación no había hecho otra cosa que vender a Teruel. Enterado el de Heredia de semejante calumnia, pues había obrado con notoria buena fe, protestó ante el Consejo, quien le dió toda suerte de explicaciones y satisfacciones, como realmente satisfechos de su leal proceder.
Por fin el viernes 25 de marzo de 1485, casi un año después de los primeros intentos, entran solemnemente los inquisidores en Teruel, y después de la Misa mayor, en la capilla principal de Santa María, el juez, los cuatro alcaldes y los cinco regidores, —605→ juntamente con el mayordomo, previas las protestaciones de no entrar en juicio con el Rey, de no acatar lo actuado con anterioridad al juramento, de no renunciar a las apelaciones y de obrar sólo por miedo, obediencia y reverencia, juraron en poder de Solibera defender la fe católica, perseguir a los herejes y ayudar al Santo Oficio de la Inquisición contra la herética pravedad.
* * *
Y nada más. Como epílogo, una petición de perdón al Rey, unos albaranes de subsidios para los inquisidores y un mandamiento de ejecutar en los bienes de los conversos que, habiendo prometido ayudar a la ciudad en los gastos que se hicieran contra la Inquisición, ahora se negaban, ante el fracaso, a pagarlos. Los inquisidores hicieron su Inquisición quemando a algunos herejes en el Tozal, según se sabe por historias acreditadas; los Reyes tardaron aún mucho tiempo en perdonar a Teruel su oposición, y la ciudad se cuidó muy mucho de, en adelante, meterse en libros de caballería...
La oposición al Santo Oficio fué el último de sus gestos gallardos, tras el cual entra en la insipidez histórica de un siglo XVI, donde consumó la renunciación de su personalidad incorporándose a la legislación aragonesa, en la insulsez, sin pena ni gloria, del siglo XVII, y en la atonía del siglo XVIII, el más anodino de toda su vida...
Teruel, 8 de julio 1924.