Mujer y política en «Cambio de armas» de Luisa Valenzuela
María Inés Lagos
Los cuentos de Luisa Valenzuela que forman el volumen Cambio de armas (1982) giran alrededor de un personaje femenino desde cuya perspectiva se presenta el relato. En las cinco narraciones se trata de las relaciones entre una pareja de amantes, y en tres de ellas estas relaciones están signadas por la actividad política. Así pues, se pueden distinguir dos temas centrales, el de las relaciones entre hombres y mujeres, y la represión política a la que se enfrentan los personajes.
La relación entre los hechos históricos, la política, y la literatura ha marcado gran parte de la actividad literaria de Latinoamérica. El tema político no es nuevo entre las escritoras. Son muchas las obras de estas que sitúan la acción en un contexto de turbulencia política. Así por ejemplo, Nelly Campobello escribió sus impresiones de la revolución mexicana en Cartucho (1934), Rosario Castellanos alude en Balún-Canán (1957) al impacto que tuvieron las reformas del gobierno de Cárdenas en Chiapas, Elena Garro a la guerra cristera en Los recuerdos del porvenir (1963), Albalucía Ángel a la década de la violencia en Colombia en La pájara pinta (1975), etc.. Por lo tanto, desde este punto de vista estos cuentos de Luisa Valenzuela que nos remiten a la situación que se vivía en la Argentina en la década de los setenta, especialmente durante el gobierno de la junta militar que subió al poder en 1976, no constituirían una excepción1. Sin embargo, las protagonistas de estos relatos no solo se desenvuelven en una atmósfera altamente politizada y con una aguda conciencia política, sino que colaboran en la acción política. Además es necesario destacar que se trata de mujeres que viven solas, que no tienen familia, son fuertes, decididas, sexualmente liberadas, económicamente autosuficientes, y las relaciones con sus amantes se dan fuera del matrimonio.
Uno de los temas más importantes y frecuentes entre las escritoras ha sido y sigue siendo la exploración de la identidad femenina en un intento por autoconocerse, por escribirse y así verbalizar la experiencia femenina2. Lo que caracteriza a estos cuentos de Luisa Valenzuela es una doble vertiente, pues en ellos se explora el impacto que los procesos políticos tienen en la vida e identidad de la mujer3. Las tres narraciones de Cambio de armas en las que puede observarse la estrecha relación que existe entre estas dos preocupaciones que aparecen inextricablemente unidas son «Cuarta versión», «Cambio de armas», y «De noche soy tu caballo».
El objetivo de este trabajo es explorar la relación e interacción de estas dos tendencias para explicar, en último término, en qué consiste este «cambio de armas» a que se alude en el título4. En su reseña sobre Cambio de armas, S. R. Wilson afirma que «tres de estas obras son políticas, dos se refieren a la separación entre un hombre y una mujer»5. Aunque a primera vista esta distinción podría parecer válida, un análisis que tome como punto de partida las relaciones entre los sexos revelará que la distinción entre cuentos políticos y cuentos de tema amoroso no es apropiada, ya que oscurece el hecho de que estos relatos giran en torno a la visión femenina de las relaciones de una pareja a la que le toca vivir en un ambiente de intensa represión. Los personajes de estos relatos tienen muchos rasgos en común, y aun en aquellos en que el tema político parece predominar, no es este el único, ni el principal6.
En primer lugar, examinaré cómo se caracteriza a los personajes y en qué consiste la participación de la mujer en los acontecimientos políticos. Bella, la protagonista de «Cuarta versión», es «aguerrida» y «sólida», pero también «la enterita en apariencias, en su casa esperando sin saber muy bien qué, quizá algún viejo y olvidado retorno, algún afecto perdido en el camino, quizá. Bella la actriz representando su propio papel de espera, Limándose las uñas»7. Como moderna Penélope, Bella está en su casa y espera; lo que llega es una invitación para asistir a una fiesta en una embajada en que hay un número considerable de asilados políticos y donde conocerá al nuevo embajador. Por su misma profesión, los personajes de este cuento, Bella la actriz y Pedro el embajador, se especializan en representar un papel. A Bella se la describe como «alguien que puede olvidar el sufrimiento cuando se dispone a ir a una fiesta»
(p. 7). Cuando el embajador le pregunta si es actriz o algo parecido, ella le responde que esto último, sugiriendo tal vez que sus actividades no se limitan al papel de actriz. El comentario de Pedro no deja de ser significativo: «Un bello reflejo»
, dice, pasándole «dos dedos por el mentón, como al descuido»
(p. 11), lo cual parece haber impresionado a Bella, quien se «quedó con la sonrisa incorporada».
Por su cargo Pedro tiene que mantener una fachada oficial, neutral e impecable, pero después de la fiesta en la embajada, a la que asisten Bella y sus amigos, se queda conversando con ellos y se comporta de manera más natural. Así le responde a su mujer que intenta reacomodarle el pelo: «-Déjame despeinarme mujer. Por una vez quiero sentirme despeinado, despierto, desquiciado, libre»
(p. 12). Esta capacidad de los protagonistas para representar y ocultar sus verdaderas intenciones es lo que dificulta la labor de la narradora, quien tomando como punto de partida los papeles y el diario de Bella trata de reconstruir la historia de la actriz, de la que entrega una «cuarta versión»8.
La narradora anónima se queja de los vacíos en los diarios de Bella, ya que si bien esta deja constancia de sus deseos y sentimientos eróticos, calla las actividades relacionadas con los asilados políticos de la embajada. «Lo escamoteado no es el sexo, no es el deseo como suele ocurrir en otros casos»
(p. 21). «Los papeles narran su historia de amor, no su historia de muerte... nos habla de su busca de amor, sólo de eso: los desencuentros, los tiempos más o menos eróticos con Pedro, las esperas, las angustias, los temas de siempre»
(p. 23). El que la actriz no explique su participación en favor de las víctimas de la represión le molesta profundamente a la narradora, quien le reprocha continuamente a Bella que no haya dejado testimonio de los hechos realmente importantes: «su pretendida autobiografía indirecta, su novela testimonial acabó desinflándose en partes y haciendo sólo alusión pasajera a los hechos verdaderamente trascendentales»
(p. 24). A través de estos reproches se establece una relación dialógica entre la narradora y su personaje donde se revela la frustración de esta cuando descubre que los testimonios que ha dejado Bella se centran en la historia de siempre, en el amor, y no en sus actividades comprometidas9. Un detalle que no queda claro es si Bella tenía un interés por la política antes de conocer a Pedro o si esta adopta un papel más activo solo como consecuencia de su amistad con el embajador. «¿En qué pellejo se mete una cuando encuentra a alguien que logra estimularla? En el pellejo de la atracción, el siempre alerta, el de los poros ansiosos y las fibras vibrantes. Una está dormida y de golpe viene otro que le despierta a una hasta los más remotos rinconcitos donde se agazapa»
(p. 22).
Esta ambigüedad que quisiera dilucidar la narradora aparece como parte de lo que fue en realidad Bella, una mujer que se debatía entre su deseo de actuar políticamente y jugarse «El todo por el todo» (recordemos que este es el título de su próximo estreno) no solo en el teatro sino también en la vida real, y su necesidad de ser amada y admirada. «Tuvo que contradecirse y negarse a sí misma muchas veces y volverse a aceptar y negarse de nuevo y de nuevo contradecirse, desdecirse, hasta poder recuperar el tiempo lineal en el cual los recuerdos y las interferencias no se circunvalan, no se espiralan alrededor de una hasta hacer del tiempo sólo un gran ahogo»
(p. 6). La alusión a dos tipos de tiempo, el lineal y el cíclico, parecería apuntar a la raíz de esta confusión, a la ambivalencia que experimenta la protagonista, quien en sus escritos solo deja constancia de sus relaciones con Pedro, de sus emociones, escamoteando «el tiempo lineal del conectarse con el mundo» (p. 6) que correspondería a su inserción en la historia10.
Aunque la caracterización de los personajes corresponde en cierto modo a los arquetipos tradicionales, la mujer busca el amor, la comunicación íntima con el hombre, y este centra su vida en actividades externas a su persona, mientras en su vida privada se debate entre el ángel, la esposa, y la amante seductora, las relaciones entre Pedro y Bella sugieren que parece haber también otra dimensión en estas relaciones. Al conocer a Pedro en la fiesta de la embajada Bella «se había sentido acariciada, protegida cuando él la miraba y eso era importante»
(p. 13). En la fiesta de Mara, a la que Pedro asiste con su mujer, este le expresa a Bella su admiración en estos términos: «Entre Gretel y la bruja uno siempre va a optar por Gretel, pero ¡qué fascinación tiene la bruja!»
(p. 15) Este lenguaje que hace referencia a las fábulas y cuentos de hadas de manera irónica se utiliza constantemente en el cuento11. Cuando Bella y Pedro vuelven a encontrarse esta continúa con las alusiones a las fábulas diciéndole que no sabe muy bien si él es Pedro o el lobo. A lo cual el embajador contesta: «El lobo soy yo, con piel de cordero. ¿O será a la inversa? Un cordero con piel de lobo. Eso soy para usted señora, si usted me lo permite»
(p. 20). La ironía y complicidad que se advierten en este lenguaje que revela una conciencia subversiva y lúdica inquietante, subrayan la ambigüedad en las relaciones entre Pedro y Bella.
Según el texto de la narradora «Bella creyó en todo momento -o nos hace creer- que lo único importante para ella era alcanzar una intimidad con el embajador... pero [éste] se resistía a ceder lo más íntimo de su intimidad, aparentemente lo único que a Bella le interesa»
(p. 27). Sin embargo, hay indicios en el relato que demuestran que no solo en este terreno Pedro le escamotea información, a pesar de que le permitió contravenir la ley para que sus amigos abogados lograran asilarse. El embajador no le revela ciertos asuntos de importancia política, y esta actitud se subraya mediante la utilización de la máscara del tío Ramón, un personaje imaginario que ha creado para contarle cosas a Bella a la manera de las fábulas infantiles. Bella por su parte también le hace trampa al embajador, cuando invita a la fiesta que este ofrece en su honor al final del relato solo a aquellos que tenían necesidad de asilarse y no a sus amigos, a los que conocía el embajador y a quienes echa de menos en la fiesta.
Si hay escamoteo este se da de los dos lados. Pedro trata a Bella como a una niña hermosa y atractiva, y Bella aprovecha su amistad con Pedro para salvar a algunos compatriotas. La última frase de Pedro a la amante asesinada por uno de los guardianes que debía presuntamente proteger la residencia, hace hincapié en las máscaras de los protagonistas que ni en la muerte revelan su auténtica personalidad: «Cuando mi tío Ramón conoció a una actriz llamada Bella...» (p. 63). Sin quitarse la máscara Pedro le habla a la máscara de Bella, a su ser de actriz12. El problema de este juego de representaciones es que va en serio, y acaba con la muerte de Bella.
Este tipo de caracterización de los personajes, que por un lado afirma los roles tradicionales y por otro muestra un personaje femenino independiente y audaz constituye una de las constantes de este volumen. Así por ejemplo, el motivo de la espera como algo que caracteriza a las mujeres, es un rasgo que se repite. Mientras Bella esperaba que algo ocurriera, algo vago y desconocido, que finalmente llegó, la protagonista de «De noche soy tu caballo» espera a Beto, el amante que aparece y desaparece, y en «Cambio de armas» Laura espera encerrada el regreso del coronel, «que está siempre yéndose»
(p. 137). «Ceremonias de rechazo» comienza con una reflexión sobre la espera: «Siendo el esperar sentada la forma más muerta de la espera muerta, siendo el esperar la forma menos estimulante de muerte, Amanda logra por fin arrancarse de la espera quieta y pone su ansiedad en movimiento»
(p. 87). El Coyote le ha dicho al separarse de ella que regresaría pronto. Amanda recurre a todo tipo de sortilegios para invocar su presencia hasta que finalmente este aparece para volver a irse rápidamente, arguyendo que debe marcharse por problemas políticos, ante lo cual ella decide que está harta y que lo rechazará. «Dúctil no. Sólida en sí misma para evitar que el juego se repita y aparezca otro que intente modelarla»
(p. 95).
Sin embargo Amanda parece ser la excepción, porque en todos los otros casos las mujeres aceptan la espera y lo que esta implica, la poligamia masculina. De este modo, el destino de la protagonista de «De noche soy tu caballo», quien una noche recibe la visita de su amante Beto, será muy diferente del de Amanda. La mujer quiere saber de sus aventuras, del futuro de su amor, pero Beto prefiere no hablar para no comprometerla, Chiquita a su vez reflexiona: «Nunca les había tenido [él] demasiada confianza a las palabras y allí estaba tan silencioso como siempre, transmitiéndome cosas en forma de caricias»
(p. 105). El hombre es muy práctico, quiere vivir el momento: «-Chiquita, vos siempre metiéndote en esoterismos y brujerías. Sabés muy bien que no se trata de espíritus, que si de noche sos mi caballo es porque yo te monto, así, así, y sólo de eso se trata»
(p. 107). La protagonista se identifica con la letra de una canción de Gal Costa y en la cárcel, adonde fue a dar por su relación con Beto, repite «de noche soy tu caballo y podés venir a habitarme cuando quieras aunque yo esté entre rejas»
(p. 109). Chiquita es la otra cara de Amanda, es el objeto poseído, como lo subraya ella misma al aceptar la relación de posesión, que está allí para esperar. Mientras ella soporta todo tipo de torturas para no traicionarlo, no está segura si él ha caído en manos de la policía o si simplemente la ha abandonado por otra. A veces lo odia, otras lo recuerda en sus sueños.
«Cambio de armas» cuenta la historia de Laura, una guerrillera que con su amigo intentó matar a un coronel. El coronel, Roque, salvó a la mujer de morir torturada aplicándole su propio tratamiento con la esperanza de regenerarla con sus armas, el sexo y el encierro en el hogar13. La recluye en un departamento donde vive con él y una criada, Martina. Laura ha perdido la memoria y se siente muy confundida. El departamento y la situación dan la impresión de una vida normal: una mujer vive en su casa con una criada que se encarga de todos los quehaceres y necesidades de la mujer, y el coronel actúa como si fuera el marido. Hay una foto enmarcada de Laura y el coronel en el día de su boda. Al ver esta foto Laura cree reconocerse pero no está segura del todo. Ella se da cuenta de su encierro, no solo la puerta está cerrada sino también las ventanas. Hay unas llaves al alcance de Laura, pero esta sabe que no debe tomarlas, porque el coronel se daría cuenta de que las tomó aunque no las hubiera usado para salir. Además, fuera del departamento hay dos guardias en permanente vigilancia. Cuando Laura expresa el deseo de tener una planta, Martina le compra una según las órdenes del coronel: una planta fina, que no parece viva sino artificial, como la vida que lleva Laura, y cuya flor se está muriendo. Roque trata de dominarla por el sexo, y parece lograrlo, ya que «los momentos de hacer el amor con él son los únicos que en realidad le pertenecen. Son verdaderamente suyos, de la llamada Laura, de este cuerpo que está cerca -que toca- y que la configura a ella, toda ella»
(p. 129). Esta misma reflexión le crea la duda de si es esto todo lo que es ella, o si hay algo más. Pero desecha estos pensamientos incómodos y se dice que «mejor reintegrarse a la pieza color rosa bombón que según dicen es la pieza de ella»
(p. 130). Aunque Laura se resiste a veces a enfrentarse a sí misma, otras revela una clara lucidez con respecto a su situación, que muestra el difícil dilema que enfrenta: «Una ella borrada es lo que él requiere, un ser maleable para armarlo a su antojo. Ella se siente de barro, dúctil bajo las caricias de él y no quisiera, no quiere para nada ser dúctil y cambiante, y sus voces internas aúllan de rabia y golpean las paredes de su cuerpo mientras él va moldeándola a su antojo»
(p. 139).
El coronel intenta comprobar la efectividad de su tratamiento a través de distintos medios. Obliga a Laura a mirarse en el espejo mientras hacen el amor para que se enfrente a sí misma y acepte su condición. Otro día le trae el látigo de las torturas y ella se pone a gritar como loca, pero no se produce la revelación de su pasado sino hasta que él le hace tocar el revólver con que había tratado de matarlo. Sus armas han logrado el efecto deseado, pues ante el anuncio de que debe irse cuando su partido pierde el poder, ella contesta: «Estoy muy cansada, no me cuentes más historias, no hables tanto. Nunca hablas tanto. Vení, vamos a dormir. Acostate conmigo»
(p. 145). Él le repite que el juego se ha terminado, pero Laura insiste en que venga a acostarse con ella:
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Pero Roque se va, como tantas otras veces, y la deja, esta vez para no volver. Laura comienza a recordar, toma el revólver y apunta. El cuento termina allí, con ese final abierto, dejando al lector con la duda de si dispara o no, o tratando de adivinar su motivación para tomar una u otra decisión. ¿Recuperaría su conciencia política o estaría ya tan domesticada por el coronel que lo mata, o lo perdona por amor? Estas son solo conjeturas. Lo que interesa destacar son los métodos del coronel y la relación que establece con Laura para que esta se someta a su voluntad, para reformarla hasta el punto de que pierda su capacidad de pensar y actuar de manera autónoma.
Las caracterizaciones de los personajes según sus roles sexuales se repiten a lo largo de los diferentes relatos. No parece coincidencia que todos los hombres correspondan al tipo del macho. Son todos hombres fuertes, aventureros o guerreros, que aparecen y desaparecen, incluso Roque, el coronel que vive con Laura en un simulacro de matrimonio. Son hombres que no temen el peligro, al contrario, se exponen a él, y se resisten a establecer una relación íntima y sedentaria con las amantes. Mientras las mujeres buscan una cierta continuidad y constancia, un futuro, y una comunicación en lo personal, los hombres se muestran reacios a estos deseos. La siguiente reflexión de Laura en «Cambio de armas» podría aplicarse a cualquiera de los personajes masculinos: «Siempre es así con él, Juan, Mario, Alberto, Pedro, Ignacio, como se llame. De nada vale cambiarle el nombre porque su voz es siempre la misma y son siempre las mismas exigencias: que ella esté con él pero no demasiado»
(p. 138). Lo paradójico es que las mujeres colaboran, estableciendo así una relación ambigua con los amantes a quienes esperan ansiosamente pero a los que también les reprochan su falta de intimidad y consideración.14 (Chiquita por ejemplo recuerda a Beto con amor y con odio, cuando imagina que tal vez esté con otra mujer en lugar de muerto). Las dos excepciones son las protagonistas de los cuentos en que solo se menciona tangencialmente la política, «Ceremonias de rechazo» y «La palabra asesino». La protagonista de este último logra romper el silencio, logra pronunciar lo que no puede decir porque hasta ahora se ha negado a reconocer que su amante, con el cual tiene solo una relación carnal que le parece insuficiente, es un asesino, y Amanda, de «Ceremonias», después de aguantar una buena dosis de espera, decide terminar con tantos ruegos y rechaza al amante.
Los mismos nombres de los personajes sugieren que se trata de unas relaciones entre el sexo débil y el fuerte. Los personajes masculinos se llaman Pedro, Roque, Coyote, y los femeninos Bella, Chiquita (el término afectivo con que la llama Beto), Amanda (la que es amada), y Laura (la amante ideal). Y aunque las mujeres intervienen en la lucha contra la represión lo hacen desde su condición de mujeres. Bella trata de salvar a las víctimas de la represión aprovechando su amistad con el embajador (ella sirve de puente, un puente en el que Pedro es el «pivote» y ella la «intermediaria», p. 51); a pesar de su valor y entereza para soportar las torturas y no delatar a su amigo, Chiquita es una víctima inocente del aparato represivo del gobierno por sus relaciones con Beto, y Laura no actuó sola cuando intentó matar al coronel, sino con su compañero. El espacio de la mujer sigue siendo la casa, el del hombre el mundo exterior. La misión de Bella es conducir a los asilados a la embajada, a la seguridad, y la protagonista de «Cambio de armas» no puede salir de su casa, está literalmente encarcelada. En general la acción transcurre predominantemente en las casas, o en lugares cerrados, en espacios confinados, protegidos, no en el ágora, donde tienen lugar las aventuras de los respectivos amantes.
Sin embargo, a pesar de sus nombres y de una conducta que podría a veces confundirse con la de la mujer tradicional, se puede observar una gran ambigüedad en las protagonistas en cuanto a los roles sexuales. Por una parte son mujeres que se sienten fuertemente atraídas a los hombres, y que desean una comunicación no solo sexual sino también afectiva y espiritual con ellos, pero estos, machos redomados, no se dan enteros, sino solo por fragmentos, lo cual produce una gran frustración en las mujeres. Al mismo tiempo lo curioso es que las protagonistas se sientan atraídas por este varón polígamo para el cual la mujer es en primer lugar un objeto de placer, y no hacia un tipo más sensible. El amor sigue siendo pues, el centro de la vida de las mujeres, a pesar de que se trata de mujeres modernas y libres. La acción política en sí no parece ser el móvil principal, lo cual produce gran frustración a la narradora de «Cuarta versión» quien desearía poder contar otra historia, una más coherente. De manera que la aparente centralidad del compromiso político es engañosa, ya que aunque como militantes participan de la acción política como mujeres su centro es la pareja, no la acción comprometida. En lo emocional, y a pesar de una cierta resistencia de la mujer, el hombre continúa ejerciendo un verdadero dominio sobre esta15.
Pero esta dependencia emocional no significa que la actitud de las mujeres no haya cambiado, ya que se hace hincapié en la libertad de que gozan en lo sexual y en su estilo de vida16. La expresión del deseo por parte de las protagonistas es explícita y sincera y la sexualidad constituye un aspecto fundamental en sus relaciones con el hombre. Es obvio que las mujeres han adoptado algunos de los valores del mundo masculino pero al mismo tiempo no han modificado ciertas actitudes tradicionales17. La exploración interior, el énfasis en lo emocional, el uso del diario, el recurrir al silencio para mantener la armonía (una forma de autocensura), siguen siendo formas de expresión preferidas por las mujeres. Recordemos que Bella lleva un diario, y aunque su posición política no siempre está expresada ni clara, sí lo están sus emociones18. El deseo de participar más activamente en la lucha contra la represión sin abandonar lo tradicional femenino parece ser lo que causa la confusión de Bella y de Laura.
Podemos concluir que aunque las protagonistas tienen un control bastante mayor sobre sus vidas, no parece haberse producido un auténtico cambio de armas. Si bien ha aparecido un nuevo tipo de mujer en estos cuentos, el héroe ha permanecido igual, sigue siendo el Ulises guerrero, aventurero, seductor, a quien lo espera una mujer fiel y paciente en casa. Cuando este pierde el control sobre la mujer, como en el caso de Laura la guerrillera, trata de demostrarle que puede reeducarla, devolverla a su condición antigua y dominarla por el sexo, la vida protegida y la satisfacción de sus necesidades materiales. Dada la perseverancia de este tipo de héroe, no parece que las relaciones entre hombres y mujeres puedan plantearse en otros términos19.
La actividad política de la mujer y su libertad sexual tienden a oscurecer el hecho de que sus relaciones con el hombre no se han transformado considerablemente. La siguiente declaración de Susan Sontag podría aplicarse a las protagonistas de Cambio de armas-, la emancipación sexual es solo «una victoria superficial si la sexualidad a la que se accede sigue siendo la misma -la que convierte a las mujeres en "objetos"»20. En la opinión de Jean Franco, por otra parte, lo que dará finalmente a la mujer la igualdad no será la libertad sexual sino la acción política: «la mujer sólo puede liberarse por medio de la acción política, por una nueva orientación hacia el futuro, hacia la Utopía»
21. Pero como Sontag señala, para que las mujeres obtengan el poder político y una intervención efectiva en la evolución de la sociedad, necesitan tener un papel importante en la economía22.
Las protagonistas de estos cuentos están a gran distancia de alcanzar esta utopía, y, aunque han manifestado un claro deseo de participar en la construcción de una sociedad más justa a través de la acción política sin abandonar su feminidad, es evidente que no tienen todavía la sartén por el mango, ni en lo privado ni en lo público. Lo que las heroínas buscan no es la igualdad con el hombre, al contrario, aceptan las diferencias sexuales, pero no en los términos tradicionales; sin embargo, en las circunstancias que se describen y bajo las condiciones en que viven, experimentan una ambigüedad de sentimientos que se traduce en una especie de fragmentación en la que niegan parte de su realidad debido a que no pueden conjugar sus nuevas libertades con la atracción por el macho tradicional, que tiene el poder sobre ellas y la situación política23. Simone de Beauvoir ha declarado en varias entrevistas que el cambio político en sí mismo no traerá como consecuencia una verdadera transformación en las relaciones entre los sexos, como ella había pensado que sucedería cuando escribió El segundo sexo. Esto se debe, afirma Beauvoir, a que los hombres han internalizado la idea de su propia superioridad y no están dispuestos a abandonarla24. Estos relatos dan testimonio de una transformación, pero las armas no parecen haber cambiado de manos todavía.25