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ArribaAbajo- XIV -

Belén


El desarrollo orgánico del cual resulta la locura tiene lugar por causas físicas o morales. El frío o el calor, llevados a alto grado con intensidad son suficientes, se dice, para alterar ciertas organizaciones cerebrales. El exceso de bebida, el abuso de mercurio, los accidentes, las enfermedades, pueden también provocar la enajenación. Pero, en general, es producida por causas morales. En tanto que el hombre ponga toda su confianza en el poder de su razón, en la afección que alguno de sus semejantes desconozca la subordinación de todas las cosas al orden universal, las decepciones vendrán a destruir esta inteligencia orgullosa que quiere llegar por encima de la Providencia, y este corazón que se aísla de Dios.

Sería una estadística curiosa aquella que constatara el número de alienados de cada país relativo a su población. Demostraría sin ninguna duda que cuanto más pueblos, por su religión y su filosofía, son conducidos a la resignación, se encuentran menos locos entre ellos; mientras que los pueblos, que rigen por el razonamiento su creencia religiosa y su conducta en la vida son aquellos donde se encuentra más alienados. ¡Dios es grande!, -exclama el islamita cuando el acontecimiento ha hablado, y los locos son muy raros entre los pueblos que no acuerdan ninguna autoridad a la razón humana.

De acuerdo con la opinión general, Inglaterra es el país que presenta más alienados. Es también el país donde se comete más exceso de todos los géneros y donde el más grande número   —149→   de sectas religiosas y filosóficas nacen del libre examen. Es innumerable la cantidad de establecimientos particulares que se encuentran en Londres y en los cuales los locos son cuidados y guardados mediante una pensión. Todos estos establecimientos generalmente están perfectamente tenidos. Me limitaré a hablar del hospital público más conocido: el de Belén.

Lo visité con el señor Holm, uno de los más célebres frenólogos de Inglaterra, y la señora Wheeler, la única mujer socialista que conocí en Londres. Estas dos personas toman mucho interés en los fenómenos que presenta la locura, y a través de ellas pude tener datos exactos sobre todos los alienados un poco notables.

Enrique VIII fue el primer rey que fundó en Londres un hospital para enfermos mentales, en el priorato de Santa María de Belén, que existía en Moorfield, y en 1675 se construyó, en el mismo emplazamiento, un vasto hospital que presentaba una copia fiel de la fachada de las Tullerías. Demolido en 1812, fue reemplazado por el hospital actual, construido en 1814 en el barrio de Georgefield. La bella fachada de este edificio presenta en el centro un pórtico adornado de seis columnas del orden dórico. El edificio, con sus patios y jardín ocupa alrededor de 12 fanegas francesas.

La entrada de este hospital ofrece un aspecto muy risueño: su bella reja, su gran terreno de césped, su huerto lleno de flores, todo ha sido combinado de manera de engañar al desgraciado sin juicio que es llevado allá. Él cree entrar en uno de esos bellos palacios que ocupan las clases opulentas en el campo. Camina sin desconfianza y desea enclaustrarse en esta triste morada de la locura.

En el vestíbulo hay colocadas dos estatuas: la Locura furiosa y la Locura melancólica, de Caius Cibber.

Estas dos estatuas, que adornaban la entrada del antiguo edificio, tienen tal energía en la expresión que uno se encuentra en la necesidad de esconderlas del público. Su visión producía la más penosa impresión sobre las personas, amigos o parientes de los alienados, que visitaban el hospital y vanas veces estas estatuas excitaron a los enfermos que estaban dulces y tranquilos, y les hicieron caer en accesos de furia, los cuales trajeron pesadas consecuencias. Para evitar aquellos accidentes   —150→   se les ha recubierto con una tela que los envuelve enteramente, y no se les deja ver sino a aquellos visitantes que se juzga son capaces de soportar la impresión.

Este hospital es muy vasto, puede contener 700 enfermos; en ese momento no alojaba sino 422, de los cuales 177 eran mujeres. Toda la construcción es mantenida con una extremada limpieza. La alimentación es excelente, muchos médicos piensan incluso que es demasiado abundante. La administración se ocupa poco del vestido de los enfermos. Se visten con los trajes que trajeron al hospital, y estos trajes caen a menudo en jirones, sin que nadie parezca darse cuenta de ello.

Los patios por los que se pasean los enfermos se parecen a los de las prisiones. Ni un árbol ni yerba alguna recrean la vista, ni hacen soñar en el dulce reposo de los campos. La mayoría de estos patios no tienen ninguna clase de abrigo contra el sol y la lluvia. El infortunado cuyo corazón está amargado, cuya cabeza trama funestos proyectos, no ve nada en esta mansión que no le haga recordar su cautiverio, lo que es a sus ojos una monstruosa injusticia. ¡Oh!, esta disposición del local es bastante imprevisora, o bien cruel.

Entre las enfermas había una treintena de criminales que habitaban un cuerpo distinto del edificio. Confieso que entre las enfermas y las criminales que había visto en Newgate, en Cold- Bath-Fields y en la penitenciería no pude discernir la menor diferencia. Era el mismo ojo huraño y fiero, aquel silencio tenso, esta preocupación afiebrada, esta marca facial del ser estúpido. Muchas de ellas habían asesinado, otras habían robado. Fuimos a la sala de los hombres.

Allí me esperaba uno de aquellos encuentros extraños, extraordinarios, que creo yo, no me llegan sino a mí. Uno de los señores que nos acompañaban hablaba muy bien francés. Me dijo antes de entrar en el primer patio: tenemos aquí a uno de vuestros compatriotas, su locura es rara: se cree Dios. No tan rara pensé, y qué hospital sería tan grande para contener a todos aquellos que, como él se creen infalibles. Después de cinco meses de estar en Belén, continuó mi guía, se lo he visto pasar bruscamente de una exaltación que va desde el furor a un estado lúcido; entonces razona muy bien. Es un antiguo marino, ha viajado mucho. Habla varias lenguas y parece haber sido un hombre de mérito. ¿Cómo se llama él?, pregunté. Chabrié. ¡Chabrié! Este nombre hizo sobre mí un efecto que no podía   —151→   describir. No podía explicar lo que ocurría en mí. ¿Era gozo, era dolor, sorpresa, ansiedad? Sea lo que sea, no titubeé al entrar en el patio donde debía volver a ver a Chabrié. Esperaba este instante con impaciencia. Me parecía que Dios me había inspirado la idea de ir a Londres para salvar a este desgraciado54.

¡Entro en el largo corredor que conduce al gran patio, y mis ojos buscan ávidamente entre los infortunados que corrían por el corredor, al hombre que me había amado con tanta pureza y sacrificio! Mi agitación había traicionado mi emoción interior, y el oficial del hospital me dijo enseñándome a un hombre sentado solo en un banco. He ahí a Chabrié. No era el capitán del Mejicano... creí entonces que el nombre francés había sido mal pronunciado, rogué al oficial que me lo escribiera, y vi por toda diferencia que el nombre que acababa de escuchar tenía una r al final.

Sin embargó examiné con una solicitud muy atenta a este segundo Chabrier. Sus rasgos, su fisonomía, su aspecto, su paso, hacían un contraste chocante con la expresión de todos aquellos que lo rodeaban. Este hombre fijó en mí sus grandes ojos negros y brillantes. Su bella figura meridional se animó; una sonrisa de júbilo, de felicidad, le pasó por el rostro y se alegró así como un sombrío valle con los rayos del sol. Vino hacia mí, me saludó con aquella cortesía y aquella soltura que distingue al hombre bien educado, y me dijo en francés: ¡Oh, señorita qué feliz estoy de encontrar por fin una compatriota, una mujer! Nosotros hablamos la misma lengua y yo podría haceros comprender todo lo que yo sufro, y deciros todos los dolores que me abruman en este asilo de miseria, donde la más odiosa injusticia me tiene encerrado.

Me siguió en el patio donde estaban reunidos los enfermos, yo no vi sino a él; me habló durante más de media hora, de una manera sensata, tan justa y sus observaciones tenían tanto juicio y sus reflexiones tanta profundidad, que creí verdaderamente   —152→   que no era en lo menor un loco. Fui obligada a dejarlo para ir a visitar toda la casa, pero le prometí volver a mi regreso.

Así como lo había notado en el lado de las mujeres, vi impresa sobre la figura de los alienados criminales, en general, la misma expresión que sobre la figura de los criminales de Newgate. Tres o cuatro entre ellos hacen la excepción y merecen una mención particular.

Vi a James Hadfield, aquel que había querido matar a George IV, lanzándole una piedra a la cabeza; este loco está allí desde hace veintidós años. Ignoro si lo ha sido jamás realmente lo que se entiende por la palabra loco, pero sus acciones y sus discursos no dejan actualmente ver ningún vestigio de locura. Habita en una pequeña habitación y atrae a los visitantes; nos quedamos largo tiempo con él; su conversación, sus hábitos manifiestan una sensibilidad expansiva, un corazón amante, un deseo imperioso de afecto. Ha tenido sucesivamente dos perros, tres gatos, pájaros y una ardilla. Amaba a estos animales muy tiernamente, y ha experimentado el dolor de verlos morir; los ha disecado él mismo y los ha colocado en su habitación. Estos restos de los seres que ha querido tienen cada uno epitafios en versos, que testimonian sus sentimientos. El de su ardilla está cubierto con la figura coloreada de este amigo que ha perdido. Digamos también que ha hecho de sus afecciones un pequeño comercio que le procura una renta muy graciosa. Distribuye estos epitafios a los visitantes que le dan en pago algunos chelines. Después de aquel viejo, James Hadfield, que es tan bueno, amable y hablador, vienen los dos amantes de la reina. El uno es un joven pequeño de veintidós años, que ríe y se esquiva cuando uno le pregunta si él ama siempre a su novia; el otro es un hombre de treinta años, que tiene una cabeza y un cuello de toro; como él era furioso, no lo vimos sino a través de los barrotes de hierro de su cuarto.

Mientras visitaba la casa, la cabeza del pobre Chabrier se había alterado. Me esperaba en la reja del corredor; sus movimientos, su agitación mostraban una viva impaciencia; sus ojos brillaban, su voz estaba conmovida y un temblor generalizado agitaba sus miembros: «Oh, hermana mía, me dijo con un acento de fraternidad que tenía algo de angélico, mi hermana, es Dios quien os envía a este lugar de desolación, no para salvarme, porque yo debo perecer, sino para salvar la idea que vengo a traer al mundo. ¡Escuchad!, vos sabed, mi hermana,   —153→   que yo soy el representante de vuestro Dios, el Mesías anunciado por Jesucristo. Vengo de cumplir con la obra que me ha indicado. Vengo a hacer cesar la servidumbre, liberar a la mujer de la esclavitud del hombre, al pobre de la del rico, y al alma de la servidumbre del pecado».

Este lenguaje, a mi juicio, no denota locura: Jesús, Saint-Simon, Fourier habían hablado así. Tened -me dijo-, llevo sobre mi pecho el signo de mi misión, y desabotonando su levita, sacó de su pecho una gran cruz que había hecho con la paja de su cama y la lana destejida de su colcha. Yo dudaba todavía de su estado cuando, de repente, lanzando una mirada terrible sobre la señora Wheeler, le dijo con el acento y el gesto de la demencia: «Esta mujer es inglesa, ella representa la materia, la corrupción, el pecado: ¡retírate mujer impía!, ¡eres tú quien me ha asesinado, detened a esta mujer! ¡Hermana mía, es ella la que ha asesinado a vuestro Dios! ¡Yo te detengo, -le gritó precipitándose sobre ella-, te arresto en nombre de la ley nueva

La señora Wheeler tuvo un gran miedo. Huyó, yo misma no me hallaba tan segura.

«Hermana mía, -me dijo-, voy a darte el signo de la redención porque te juzgo digna!» El infortunado tenía sobre su corazón una docena de pequeñas cruces de paja, envueltas en una tela negra con una banda roja, encima estaban escritas estas palabras: «duelo y sangre». Tomó una y me la dio, diciendo: «Toma esta cruz, métela en el pecho y anda por el mundo a anunciar la ley nueva». Puso una rodilla en tierra, me tomó la mano y me la apretó, hasta lastimarme, repitiendo: «¡Hermana, seca tus lágrimas, pronto el reino de Dios va a reemplazar el reino del diablo!».

Los guardias estaban muy inquietos; querían desprender a la fuerza su mano que encerraba la mía, pero yo me opuse a que se le irritara; yo sentía que no me haría mal. Le rogué dejar mi mano, él me obedeció sin resistencia y se prosternó en tierra; besó la parte baja de mi vestido, repitiendo con una voz entrecortada por las lágrimas y los sollozos: «¡Oh, la mujer es la imagen de la Virgen sobre la tierra! ¡Y los hombres la desconocen, y la humillan... la atraen hacia el lodo!

Me escapé, también yo lloraba. El infortunado cómo debe sufrir cuando regrese a su razón. Cuando llegué al extremo del corredor, adelanté la cabeza cerca de los barrotes por   —154→   donde se le divisaba, para ver qué hacía. Estaba en el mismo lugar, de rodillas, las manos juntas, el cuerpo inclinado y los ojos fijos sobre su gran cruz, extendida frente a él sobre la baldosa. ¡Oh, en esta actitud, era realmente bello! Creí ver a un nuevo San Juan.

¿Es este hombre loco? Todo lo que me ha dicho manifiesta al hombre cuya cabeza está llena de ideas sociales, políticas y religiosas, y cuyo corazón desborda de amor por sus semejantes. Su alma se subleva a la vista de la bajeza, de la corrupción, de la hipocresía, y no puede contener su santa indignación. Vi en él mucha exaltación, pero no pude reconocer los caracteres de la locura. Rasgos de genio surgían de sus palabras. Había sin duda odio por sus perseguidores; pero su discurso era lógico, y veía yo perfectamente el orden de las ideas que aquel contenía.

¡Cosa extraordinaria! Entre estos cuatrocientos locos de Belén, un francés había sido admitido; por gran favor, este francés se cree el Mesías, se dice representante de Dios y habla a nombre de la ley nueva!55

Lo que acabo de contar, personas dignas de fe me lo han afirmado. Chabrier era demasiado absoluto en su opinión y demasiado intempestivo en su celo, pero el fondo de su pensamiento es incontestable. La decadencia de la verdad de la Biblia   —155→   fue anunciada por Cristo. Si como ley social y moral no hubiese sido superada desde entonces, ¿cómo se explicaría el éxito del cristianismo y, seis siglos más tarde, el del mahometanismo?

Chabrier es de Marsella. El director de Belén me dice haber escrito al alcalde de esta ciudad y a la señora de Chabrier. Es inexplicable que nadie haya todavía reclamado a este hombre. Así este desgraciado está sólo en Londres, abandonado a merced de los extranjeros. ¿La familia de Chabrier tendrá razones particulares que puedan hacer perdonar tal crueldad?



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ArribaAbajo- XV -

El teatro inglés


¡El más grande espectáculo para el hombre es el hombre! Y no se llega a conocer al hombre bien sino por el estudio profundo de sí mismo. Cuando hemos llegado a este conocimiento de nosotros mismos, que nos hace conocer al instante el móvil de nuestras acciones, mientras nos vemos no solamente en nuestras pasiones, sino aun en las inclinaciones más secretas de nuestro corazón, aspiraciones en las cuales reconocemos la existencia de nuestra alma, y su reflejo en las narraciones históricas y en los acontecimientos que pasan bajo nuestros ojos; entonces todo se anima, todo nos interesa, todo vive de nuestra vida.

«El pan y los espectáculos». La humanidad entera repite esta exclamación de los romanos. Las grandes inspiraciones, las emociones fuertes, la marcha del pensamiento responden al alma, al corazón y a la inteligencia, las cuales tienen, tanto como el cuerpo, necesidad de alimentación. Todos nosotros buscamos ser emocionados y emocionar. La emoción provoca el pensamiento, y el pensamiento no tiene poder sino por la emoción que hace nacer. Todo lo que puede conmover y hacer pensar es por lo tanto incesantemente reproducido por el arte. Esta es la razón por la que las representaciones dramáticas se encuentran en todos los pueblos, a cualquier estado de civilización al que hayan llegado. El hombre incapaz de comprender el sermón predicado desde el púlpito o el discurso pronunciado en la tribuna, será vivamente impresionado por los pensamientos del infortunio, las lágrimas del dolor y el grito de la pasión.   —157→   ¡Qué puede, en efecto, la palabra escrita o traducida sobre la tela en comparación a la palabra hablada! ¿La voz humana llega a tener necesidad del sentido de las palabras para hacerse comprender? ¿No le afecta el valor que le place y el gesto como el acento no es asimismo un lenguaje inspirado que no aprendemos más que por la expresión reflejada por nuestros rasgos? Si la pintura reproduce las formas y los colores, el campo y los animales, las habitaciones y los hombres, si ella da a cada ser su fisonomía propia y cuya expresión le es destinada. Si la música excita todas las pasiones, embelesa, lleva al éxtasis, nos exalta hacia Dios, nos inclina hacia la tierra y vibra hasta el cielo. Si los signos creados por la inteligencia para representar el pensamiento forman incontestablemente el más poderoso de los lenguajes, el arte que se sirve de todos esos medios reunidos debe actuar con una fuerza irresistible.

No se inventa nada. En el arte dramático, la intriga es prestada de la historia, de las aventuras y hechos contemporáneos. A medida que el pasado se aleja, los detalles se borran; los principales actores en los acontecimientos, causas inmediatas de las grandes innovaciones, se quedan solos. Subsisten grandiosos en medio de las ruinas, como aquellos arcos, aquellas columnas, aquellos restos de los templos y teatros que llevan los nombres de César, de Augusto, de Tito o de Trajano. Los hombres históricos reciben así del tiempo el poder servir para personificar las pasiones más grandes que la naturaleza, a mostrarnos las almas dueñas de pasiones, porque en el alejamiento lo que había de vulgar en esas pasiones, de vil en esas almas escapa a nuestra vista.

En Inglaterra en el siglo XVI apareció William Shakespeare. Fue grande entre los grandes autores dramáticos. Alrededor de él Marlowe, Massinger, Johnson, Shirley se alimentaron de su genio, y vivieron de su gloria. La generación que lo había admirado se había extinguido hacía ya tiempo cuando sus obras atravesaron el Estrecho, y la Europa sorprendida lo colocó al lado de los genios de élite, de este gran período de renovación.

El pensamiento motriz vibraba al mismo tiempo en muchas inteligencias. El Ser o no ser de Hamlet, el ¿Qué se yo? de Montaigne, caracterizan esta fase de duda en que los filósofos antiguos estaban en presencia de dogmas cristianos; en la que los dioses del paganismo representaban sus papeles en los poemas, dramas, pinturas, con los santos de las leyendas; en la que las Sibilas eran representadas al lado de los profetas; Mercurio,   —158→   en compañía de los cardenales; el ángel Gabriel con el Amor y la Virgen con Minerva o Venus.

Shakespeare es un ejemplo notable de que el genio es independiente de los estudios librescos, y de que aquel es dotado del poder de leer en el gran libro de la naturaleza. Shakespeare conocía con exactitud su lengua. Las crónicas de su país y Plutarco, traducido por B. Johnson, le dieron para sus tragedias personajes, costumbres y tomó el sello de la época. Sus observaciones le proveyeron los tipos, pero su corazón y la naturaleza fueron las inagotables fuentes donde su inteligencia obtuvo el desarrollo moral de sus caracteres y cuando introducía a los grotescos en la escena, el espectador comprendía inmediatamente el parecido. Esencialmente pintor del alma, seguía poco la exactitud de las formas; poseído por su fantasía, prodiga los detalles y sus accesorios diseñándolos solamente. Se puede suponer que si él hubiese vivido en una época más cercana a nosotros, los caracteres habrían sido más regulares, la intriga se habría desarrollado con método, las entradas y salidas habrían sido siempre motivadas. Pero su genio tiene demasiada libertad de movimientos para que se pueda suponer que pueda mantener el yugo de las tres unidades y dar a sus personajes un lenguaje puro y poético, si la corte de Isabel le hubiese impuesto sus trabas.

Hasta Carlos II, la sombra de Shakespeare apareció sobre el teatro inglés. Las piezas representadas abundan en lo grotesco, están sobrecargadas de incidentes, de personajes y todo con frecuentes cambios de escena; el lenguaje está lleno de pullas y de obscenidades. En fin es la continuación de la obra de Shakespeare, en todo lo que es posible copiar al genio: la forma, los accesorios, menos la verdad moral, menos el parecido anímico.

Bajo Carlos II aparecieron las comedias de aventuras; las costumbres licenciosas de la corte se reflejan sobre el teatro. Hay escenas y diálogos de piezas de esta época que chocan con todas las convenciones teatrales por su extremado cinismo. Es notorio que a pesar de la gran hipocresía actual, a pesar de esta gazmoñería en el lenguaje llevada al ridículo, las comedias modernas, poco menos indecentes que aquellas representadas bajo los Stuarts, a menos que ellas nos sean traducidas o imitadas de otros teatros; se convencerá de ello leyendo las piezas de Sheridan: «A trip at Scarborough, The school for scandal, The belle's stratagem, etc. Debemos creer que en Inglaterra esta contradicción entre el drama y la sociedad no es sino aparente   —159→   y que el público no sufriría con las representaciones tan libres, si las costumbres que ellas pintan no existiesen en ninguna parte.

Es también en esta época que las piezas francesas comenzaron a invadir el teatro inglés; las obras maestras primero y después todas aquellas que habían obtenido algún éxito. El amor propio de los autores ingleses es algo tan prodigioso, que jamás ninguno de ellos ha aceptado que la pieza presentada al público fuera una traducción. Addison mismo, en su examen crítico de la tragedia llamada «The distressed mother», que alaba con un sentimiento exquisito del arte, no juzga conveniente hacer conocer a sus lectores que ella está traducida palabra por palabra de «L'Andromaque» de Racine.

Bajo la reina Ana, el ejemplo del continente, la influencia de los estudios clásicos introdujeron en el teatro inglés el drama construido según las reglas aristotélicas; el «Caton» de Addison fue el modelo; pero este género académico no obtuvo más que un éxito parcial, él se encontraba en oposición que el gusto que la costumbre había creado; porque, mientras los ingleses desarrollaban en sus novelas todos los movimientos del corazón humano con una exactitud minuciosa, ellos exigen dramas de dos a tres intrigas y numerosos personajes. Sus autores han hecho a menudo entrar dos piezas francesas en una sola de estas extrañas construcciones dramáticas.

El teatro ha ejercido generalmente mucha influencia sobre los pueblos modernos, principalmente en las grandes ciudades de Europa meridional. En Francia sobre todo ha modificado profundamente las costumbres. El drama francés no se limita a reproducir las costumbres, las juzga y su censura ha ejercido una poderosa acción reformadora. Es, sin ninguna duda, que a esta enseñanza se debe atribuir esta urbanidad parisina a la cual ningún pueblo ha ofrecido el seductor modelo.

En Francia ha existido siempre entre el pobre y el rico una cantidad de existencias intermediarias. Las castas no han sido jamás separadas en tal forma para que las costumbres de las unas fuesen desconocidas para las otras. En Inglaterra, el paso de la opulencia a la pobreza es brusco. La aristocracia territorial y el alto comercio forma cada uno una sociedad completamente aislada, cuyo muro de bronce separa las diez y nueve veinteavas partes de la población que está en la miseria. El público que asiste a las representaciones es por lo tanto allí menos numeroso que en el continente y también menos homogéneo.   —160→   Las aventuras de los salones del West-end o del castillo del Lord no tienen para el espectador de la galería alta sino un interés de curiosidad. No se parecen más que las pinturas francesas a las costumbres de su familia, y por ello el interés dramático no existe en lo menor, y además el teatro no ha ejercido ninguna influencia sobre las costumbres del pueblo.

En Francia, a partir de Corneille, se suceden sin interrupción una serie de autores dramáticos. Después de Shakespeare, Inglaterra no ha producido uno solo que pueda presentar en el mundo literario. No ha tenido jamás un Molière que pinte a los Gérontes avaros, celosos y déspotas o que expusieran a la risa pública los tartufos, de los cuales el suelo inglés ha sido siempre tan fértil. Si se examina la carrera teatral recorrida por los autores ingleses desde Shakespeare, se les ve buscar de excitar en el más alto grado la curiosidad y para llegar a ese objetivo, hacen uso de todos los recursos, de todas las maquinaciones. Tales dramas están tan cargados de acontecimiento como un cuento de Las mil y una noches. Pero es raro de encontrar junto con la pintura de las costumbres de la época, el interés dramático. Los diálogos de estas piezas son rápidos y cortados; la pulla y la buena palabra se preparan por preguntas y respuestas. Por lo demás, nada de conversación que pinte los caracteres o las costumbres de la época. En las piezas inglesas todo es movimiento. No son absolutamente sino aventuras más o menos escandalosas puestas en acción, y no exceptúo más a Sheridan que a Vangurgh o Falquier.

El pueblo de Inglaterra ha estado siempre en tal estado de abyección que la pintura de sus costumbres habría chocado al público del teatro. Este público actualmente se compone en su mayoría por los enriquecidos del comercio, que no son menos desdeñosos frente al pueblo que la aristocracia. En lo que se refiere a los espectadores de la galería alta que son en su mayor parte artesanos y marinos, forman minoría, una demasiado débil minoría en la sala para imponer sus voluntades al teatro.

Los proletarios en Inglaterra como los esclavos en las naciones de la antigüedad, están fuera de la vida social. Todavía en los dramas de los teatros griegos y latinos que nos han llegado, vemos nosotros a los esclavos representar papeles más importantes que la gente del pueblo en las piezas inglesas. En ese país, las relaciones entre los amos y los siervos son en tal forma diferentes de lo que son en Francia, que no se podría introducir   —161→   sobre la escena inglesa a los criados, criadas, aldeanos y aldeanas de las comedias francesas. En Inglaterra no se dirige la palabra a los mayordomos y a los subordinados sino para darles órdenes; en lo demás, no se ocupan ni de sus penas, ni de sus alegrías. Se interesan incomparablemente más en su caballo o en su perro, y este orgullo impío de la aristocracia frente a sus servidores llega hasta el plebeyo enriquecido. En cuanto a los dramas, cuyos personajes son tomados en el mundo popular, no creo que existan otros que las traducciones francesas. El público inglés, no habiendo visto los modelos, no podría evidentemente tomar en estas piezas un interés que supere la curiosidad, interés que los dramas chinos le inspirarían igualmente.

En este estado de cosas no existen espectadores asiduos a ningún teatro, porque las piezas no reflejan las costumbres de ninguna parte del público. Se ha ensayado poner en escena las interioridades de los burgueses, pero no tan monótonas como las casas de ladrillo que los rodean y el tedio que estas representaciones han infligido a los espectadores, ha demostrado que la vida compuesta por esta parte de la población no era nada menos que dramática.

En Francia el teatro se apodera del charlatanismo, en cualquier rango social en que se encuentre. Los charlatanes de virtud y de religión no son más respetados que aquellos que publican las pretensiones del bello espíritu, de patriotismo, del desinterés, de la probidad. Se ve de tiempo en tiempo aparecer sobre la escena francesa, preciosas ridículas y Filinta, religiosas y monjes, magos, adivinos y saltimbanquis de toda naturaleza. Ella revela las intrigas de los ministerios y las maniobras electorales, así como las de la bolsa. Pero no se sufrirá en lo menor, en Inglaterra, el que el teatro represente a los tartufos del culto anglicano, ni los santos obispos de cuarenta, cincuenta, ochenta mil libras esterlinas de renta. Ni tampoco aquellos que ya hemos visto venir a poner sus costumbres de Sodoma y Gomorra bajo la protección de la tolerancia francesa. No hay hasta entre los metodistas y los predicadores de las plazas públicas a los que no sea prohibido el reírse y burlarse; es preciso también que el escritor dramático tenga buen cuidado de no tocar los privilegios parlamentarios en sus piezas; debe abstenerse de juzgar los misterios de las elecciones, de representar a los honorables que, para llegar a los parlamentos, se invisten del papel de defensores a ultranza del dinero del pueblo, y que una vez elegidos toman en sus bellas manos su parte de ese dinero; obtienen   —162→   privilegios o hacen mercado con los ministros. No sería tampoco prudente el hacer un drama sobre algunas intríngulis familiares a señores respetables «gentlemm du stock exchange» (banqueros), o sobre los revoltillos que se hacen en los ministerios. Todos aquellos «Robert-Macaire» de la alta alcurnia atacarían al pobre autor con cargos y moriría en prisión por no haber podido pagar la fianza.

He allí lo que nos explica por qué las piezas inglesas son todas muy monótonas o ridículamente grotescas. La culpa es de la censura y no de los autores.

Los dramas de Shakespeare han hecho época. Emocionan más al público, y en cuanto a las piezas cuyo interés está únicamente en la curiosidad que excitan y en el sentimiento vago que se experimente con la visión de una serie de cosas desconocidas todas indiferentes, estas piezas no son vistas sin tedio más que una vez. Haría falta que se renovaran bajo los ojos del espectador, como los que pasan bajo la ventana de la noble dama de Picadilly o de Bond-street, para que la gente asistiera siempre al teatro. Hoy día sería necesario nada menos que una revolución social para que el drama pudiera renacer. Porque ¿qué interés se podría inspirar con esas figuras de cartón piedra, de las plazas de West-end, con John Bull de la «cité» y todas esas encarnaciones que el ocio y la comodidad han vuelto estúpidas? Ni los excesos del castillo, ni los excesos de la taberna son dramáticos. Y las conversaciones criminales no excitan más la curiosidad a menos que los ministros y las altezas figuren. Es solamente como resultado de la emancipación del pueblo que aquellos bellos tipos y aquellas escenas variadas que prodiga la naturaleza, siempre inagotable cuando es libre, podrán reproducirse.

Luego de que la paz ha dejado el campo libre a las propensiones de locomoción de los ingleses, han desbordado en todo sentido sobre el continente, y la importación dramática, en Inglaterra, ha tomado una inmensa extensión. Se ha tratado incluso de imitar al vodevil francés. Pero Dios, siempre tan pródigo, para la isla galo-sajona, de fanáticos, de argumentadores, de grandes criminales, de novelistas, de muchachas de ojos azules y verdes praderas, le ha negado con no menos constancia, los cocineros, peinadores, modistas, cantantes y vodevilistas. Es preciso, para sobresalir en estas profesiones fundamentales, de imaginación, de alegría y de gusto. Estas son tres cosas que   —163→   no tienen cabida en Londres y no hacen llegar ni a la cámara, ni al episcopado, ni a la bolsa. Sin embargo el público continental, el público europeizado del otro lado del Estrecho pedía con grandes gritos los vodeviles y los directores de los teatros que cada tarde tenían el dolor de ver sus salas desiertas, mientras que el pequeño teatro francés, mal iluminado, mal decorado, estaba siempre lleno, les hicieron a los señores autores un pedido de vodevil alegre, espiritual, relampagueante de buenas palabras y de graciosas bagatelas a la francesa. Los autores sintieron toda la importancia de la misión que les había sido confiada. Ellos vieron la gloria literaria de la nación comprometida en la lucha con el pequeño teatro francés, y se prometieron frecuentar todas las reuniones elegantes de West end para recoger las agudezas importadas por los recién llegados. Muchos fueron expresamente a París a estudiar la fisiología del vodevilista. De regreso a Inglaterra, ¡cuál no sería el asombro a la vista de la metamorfosis operada en ellos! Habían abandonado el régimen nacional por entero: el «roastbeef», el «plum-pudding», el «porter» y hasta la «turtlesoup». La turtlesoup que haría renunciar a todos los John Bull de la Cité. No se alimentaban más que de ensaladas de anchoas, cangrejos, carlotas rusas, buñuelos de durazno, merengues y se inspiraban con champán, sauterne y café negro cargado.

Este régimen del Parnaso parisién les había sido prescrito por los grandes maestros del vodevil: Désaugiers, Scribe y Mélesville, pero no les iba en lo menor a los bardos nacidos tan lejos del sol, éste no animaba sus ojos, no encendía su espíritu. Ellos persistían sin embargo con una constancia muy británica. En menos de seis semanas su delgadez era extrema. Sus ojos hundidos en la órbita parecían la vela de una lamparilla a punto de apagarse. El insomnio hacía sus noches duras y quemantes. ¡Ay!, estos felices pronósticos no llegaron sino a una completa decepción. Ninguno de ellos produjo vodeviles alegres, espirituales, tales como los bordes del Sena ven nacer. No pudiendo por lo tanto tener éxito después de estas medidas tan bien tomadas, decidieron hacer incógnito como la multitud de sus predecesores. Se dedicaron a traducir a los autores del Gimnasio, de Variedades y de Vodevil y no guardaron del régimen sino el sauterne y el champagne.

Estos señores juzgaban inútil revelar al público la esterilidad de sus cerebros. Cambiaban casi siempre el título de las piezas francesas que traducían, y con un impúdico descaro los presentaban como productos de sus genios. Continuaron su oficio,   —164→   y no contentos de ganar dinero buscaron siempre escamotear la gloria.

Los principales autores dramáticos que escriben para el teatro son:

Knowles, -Jerrold, -Planche, -Buckstone, -Serle, -Bernard, -Dance, -Peak, -Poole, -Fitzball.

Si se exceptúa a Knowles y a Jerrold que escriben de vez en cuando unas piezas originales, todos los otros no hacen sino traducir, mutilar, parodiar y arreglar a su manera nuestras piezas francesas.

Me he procurado las piezas de Buckstone, y me ha sido fácil de reconocer que aquellas cuyos títulos siguen no eran sino traducciones literales o disfraces de las piezas francesas sin que un pensamiento venga jamás a disimular el plagio.

TÍTULOS INGLESESTÍTULOS FRANCESES
Victorine or l'll spleep on it.Victorine ou la nuit porte conseil.
The Rake and his pupil. Faublas.
The happiest day of my life. Le plus beau jour de ma vie.
Husband at sight. Mariage impossible.
The christening. Le Parrain.
The Irish Lion. Le Traiteur de J. J. Rousseau.
Two queens. Les Deus reines.
Our Maryanne. Les Cauchoises.
Love and Murder. Procés criminel.
New farce. Cabinet particulier.
Henriette. Henriette.
The pet of the petticoats. Vert-Vert.

El derecho internacional no protege en Europa sino la propiedad material; las obras de la inteligencia están sin defensa; se exige la extradición de un ladrón de un par de tijeras, pero el expoliador del pensamiento de otro va con la cabeza alta, lleva la estrella de honor sobre su pecho, recibe las ovaciones, llega a la fortuna, mientras que el verdadero autor muere a menudo de hambre en un granero. Esos beduinos literarios ejercen sus depredaciones sobre casi todas las piezas que se publican en París; están ávidos en tal forma, que probablemente tratarían con nuestros pobres autores cuyas piezas duermen dentro de la carpeta de la censura o de los comités   —165→   de lectura, y a falta de dinero les ofrecerían percala o bonetes de algodón a cambio de sus ideas dramáticas.

Yo digo que estos gentlemen están necesitados; debería decir que están muy apurados; porque aún con esas amalgamas de las piezas francesas, no logran despertar más el gusto estragado del público.

Su industria provee al principio muy buenos beneficios; pero el público elegante, ese público que conoce los repertorios de los teatros de París tanto como los «dandys de la Chaussee d'Antin», no advierte tampoco que las piezas que se les daba por nuevas estaban compuestas con los jirones de las piezas francesas que había visto, o que pretendía haber visto en París, y que aquellas anunciadas como traducidas se parecían a las francesas, como las pinturas de los rótulos a los Teniers o a los Rembrandt; estos elegantes cosmopolitas se creyeron engañados, protestaron, desertaron de los traficantes de drama y afluyeron al pequeño teatro francés.

En cuanto a John Bull, este no conoce nuestras costumbres. Además las piezas francesas no presentaron en lo menor aquel tejido de aventuras cuyo inexplicable laberinto ocupa su atención, cuando, después de almuerzo, el vino del Portugal o de Madera lo hace salir de su apatía habitual. Nuestras piezas no tienen en lo menor estas situaciones que obran sobre los nervios, como el suplicio de un soldado o marinero inglés que recibe de doscientos a trescientos fuetazos. John Bull, prontamente cansado del clarete (vino de Bordeaux) que se le servía, regresó a los vinos alcohólicos.

La sociedad romana, hundida en el lujo y los refinamientos sensuales, hastiada con todos los goces de nuestra naturaleza no podía estar más impresionada por la pintura de los vicios convertidos en costumbres de todos. La libertad y el patriotismo habían sucumbido. La vida social carecía de todo móvil generoso, de toda acción verdaderamente dramática. La adulación, la bajeza y la tiranía no habrían sido más permitidas sobre la escena romana que la venalidad parlamentaria, y la hipocresía religiosa sobre el teatro inglés. La vida de los esclavos, como la de los proletarios ingleses, era demasiado grotesca para ser representada, y ni el teatro griego ni las piezas de Terencio o Plauto excitarían más el interés. ¡En esta degradación universal la sociedad romana pedía emociones al peligro, al dolor, a la muerte! ¡Ella se agolpaba en multitud en los circos para ver   —166→   los combates entre los gladiadores, y a los hombres defender su vida contra bestias feroces!

La clase dominante no está menos estragada en Inglaterra que la sociedad romana bajo los emperadores, sólo que los medios de despertar a la sociedad de su entorpecimiento no están tan desarrollados como lo estaban en Roma. Para los ingleses era preciso, para experimentar emociones, la visión de hombres en peligro. Los tigres, las hienas, los leones han hecho en un principio furor, pero cuando han visto que Van-Amburg y Carter no corrían ningún peligro, se les ha abandonado. Todavía pasará un tiempo y hará falta el espectáculo de la lucha de los hombres contra los animales. Entrada en esta vía, la sociedad inglesa no parará hasta lo último, si no es adelantada por la regeneración popular.

En Francia también las bestias feroces sobre la escena han atraído al público. Pero esta exhibición no podría tener ninguna duración, aun cuando ningún accidente la haría ser suprimida. El gusto del teatro está profundamente arraigado. También va en favor de ello el espíritu de igualdad que reina permitiendo tomar a los personajes del drama en todos los rangos de la sociedad, las representaciones dramáticas pueden variar y prevenir siempre el aburrimiento.

Londres posee quince o veinte teatros; primitivamente se les clasificaba según la especie de espectáculo que ofrecían al público. Actualmente todos los géneros están confundidos. Sólo la ópera italiana se ha mantenido fiel a su destino. Cada teatro existe en virtud de un privilegio otorgado llamado licencia, que determina cuántos meses puede estar abierto al público y el género de piezas que les es permitido representar.

Los espectáculos comienzan de seis a siete horas, la Ópera a las ocho horas. Todas terminan hacia la medianoche. Iluminadas con gas, las salas son excesivamente calurosas en verano y muy frías en invierno, careciendo de calefacción. El olor que sale del gas sube a la cabeza y la enferma. Los candelabros, aplicados sobre las tres primeras filas de asientos actúan sobre los ojos, hacia cualquier lugar a que se dirijan, las ondas vacilantes de una luz que ciega. Estos inconvenientes no son los únicos, a las nueve y media en todos los teatros los asientos están a la mitad de precio; entonces llegan en tropel de mujeres públicas y de hombres de toda condición. Las mujeres   —167→   circulan por todas partes, se sientan a vuestro lado si encuentran lugar, exhalan un olor de ginebra asfixiante, entran y salen de los asientos a cada instante, porque la representación no es de ninguna manera el objeto de su atención. Ellas vienen al espectáculo únicamente para ejercer su oficio y uno está constantemente expuesto a las corrientes de aire por las puertas dejadas abiertas. En los corredores, hay ruidosos estallidos de risa, gestos y propósitos licenciosos. Todas aquellas voces roncas y tonantes sublevan y uno se creería en una de las cloacas de la bella civilización. El aire ambiente tiene algo de deletéreo cuando el pecho está oprimido. En la sala de descanso la desvergüenza está nada moderada y la prostitución se muestra al descubierto; son escenas tan escandalosas que la pluma se niega a describirlas. En todos los teatros la sala de descanso está decorada con lujo, los bancos y asientos son elegantes, la sala adornada de espejos chispean de mil luces; se encuentra un café con toda clase de refrescos y en invierno un buen fuego. Pero en todos los teatros las mujeres públicas se han adueñado de la sala la obscenidad de sus provocaciones excluye a toda mujer dotada del menor pudor y los hombres que no han renunciado enteramente a toda delicadeza56.

Covent-Garden y Drury-Lane, son calificados como teatros nacionales. Gozan del privilegio de estar abiertos todo el año. Este privilegio que les había sido acordado con el objeto de propiciar el arte dramático, ha sido suficiente mucho tiempo para cumplir su misión. Cuando los nuevos géneros vinieron a ofrecerse, el público cansado abandonó a los antiguos dioses para ir a quemar incienso en los altares de Baal. La música y la danza hicieron dejar la grandeza salvaje de Shakespeare. Covent-Garden y Drury-Lane recurrieron en vano a aquellos dos atrayentes lenguajes para retener a la masa; pero no tenían ni orquesta, ni grupo especial y no pudieron luchar contra sus rivales.

Esta pobreza de medios de ejecución, tanto como la ausencia del sentimiento del arte, explica la transformación que sufren las piezas que nos prestan a fin de poder mantenerse activo. Las mutilan de la manera más horrible, sustituyendo los   —168→   gigs57 y otros aires de danzas inglesas a la encantadora música de nuestras óperas cómicas, haciendo desaparecer la dignidad dramática, imprimiendo a la intriga una rapidez absurda, introducen a los grotescos ingleses, privan la acción de sus motivos el amor de sus expresiones y hacen del todo una farsa musical, género de pieza por debajo de nuestros teatros de feria. Nuestras grandes óperas no son mejor tratadas y se les encontrará también en los repertorios de Covent-Garden y de Drury-Lane las comedias de nuestros mejores autores convertidas en innobles farsas. Los esfuerzos tan mal dirigidos no podían sostener la tragedia shakesperiana.

Los dos teatros llamados nacionales, abandonados por el público, han sido obligados en varias ocasiones a suspender sus representaciones durante cuatro a seis meses; en fin el uno y el otro han caído en las manos de los especuladores. Aquellos no sueñan sino en ganar dinero sin inquietarse en nada por los progresos el arte dramático, ni de los motivos que hicieron acordar los privilegios. Se han introducido en estos teatros melodramas de gran espectáculo cuyas ricas decoraciones y vestidos pintorescos hacían todos los gastos de invención. Más tarde los ballets, las personas grotescas, los bailarines de cuerdas, los perros sabios, los monos extraordinarios tales como Jocko, los caballos y siguiendo más allá las bestias feroces. Covent-Garden y Drury-Lane, donde los Garrick, Kembles, Kean, Young, Siddons, O'Neil, animaron tan largo tiempo las palabras de Shakespeare, hicieron aparecer sus personajes y les dieron tan imponente grandeza, no son más que arenas.

En cuanto al «Queen's-Theatre», está destinado a la segunda edición de las óperas italianas cantadas en el invierno en París. Es bastante afortunado para nuestros virtuosos que los ingleses sean de naturaleza anti-musical. Estos señores del Teatro Italiano van a Londres, en el verano, para ganar dinero y reponerse de las fatigas de París. Ellos dejan ir su voz, cantan con afinación, porque sería imposible que cantasen en falso, pero la impasibilidad del auditorio los priva de todo entusiasmo, son fríos y cumplen su tarea. La brillante asamblea no se emociona, por lo menos no manifiesta ninguna emoción por la voz, el gesto o la expresión de la fisonomía. Esta calma se llama en Londres, de la atención, y es preciso suponer que esta élite de la aristocracia está atenta para evitar creerla compuesta de estatuas.

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Los ingleses tienen el defecto de creerse aptos para todo, si se les juzga a partir de la universalidad de sus pretensiones. Como Nápoles, Viena y París, Londres ha querido tener su ópera nacional.

«The English-Opera», construida con mucho lujo, está únicamente destinada, estipula el privilegio, a la representación de óperas inglesas. Es fácil tener la cabeza alta y emitir las pretensiones; pero ¡ay!, no depende de nosotros el realizarlas. ¡Qué de pretensiones a la belleza, al talento para el pequeño número que ejerce el imperio!

Dos o tres directores colocados sucesivamente a la cabeza de la nueva academia de música han esperado, con una paciencia verdaderamente inglesa, la obra musical que debían producir los cerebros británicos. Hasta el presente el terreno se ha mostrado estéril. La Ópera Inglesa no ha puesto sino obras cuyo mérito no ha ido más allá de las farsas musicales y no teniendo nada en materia de cantantes que pudiesen hacer valer sus rapsodias, ha caído en una ruina completa. La sala es muy hermosa, y cuando no ha hecho sonar los acordes de la lira inglesa, era cada día solicitada: bailarines españoles, vodevilistas francesas, médicos alemanes, etc., presentándose sucesivamente para ocuparla. ¿Cómo hacer? El privilegio exige que ninguna pieza, puede ser representada sin que sean cantados tres textos musicales. Felizmente para los accionistas el privilegio no precisa más la especie de música que los instrumentos o las voces deben ejecutar; y el nuevo director, que no creo sea gran conocedor de música, se ha mostrado administrador muy hábil, cuando encuentra medio de satisfacer las condiciones impuestas. Melodramas, comedias, «vaudevilles», ballets, etc., él admite todo, introduciendo los tres aires obligados, cantados por no importa quién y colocados no importa dónde. Ese golpe de maestro ha llevado al público inconstante a la Ópera Inglesa. Sin embargo, la mitad del año se da en esta sala, los conciertos llamados «Musard»: permítanme no dar cuenta de ello.

El teatro de Astley es, sin contradicción, el más frecuentado. Los ingleses aman mucho a los caballos y a los payasos, y en el Franconi de Londres estos dos tipos de actores son muy notables. Sin embargo encuentro a los caballos del Franconi parisiense más sabios, y sus picadores más hábiles, más graciosos; pero, debo confesarlo, sus payasos están lejos de acercarse a los «jackspuddings» ingleses. Este teatro está casi   —170→   siempre lleno. Cuando fui, se daba la eterna batalla de Waterloo; se veía a los soldados franceses abatidos, hechos prisioneros por una sola vivandera inglesa. Cuento estos acontecimientos de la pieza, porque da una idea fiel de la parcialidad exagerada de los autores de la carga. Cuando vinieron a anunciar que todo estaba perdido para los franceses, salió de atrás una voz de hombre del pueblo que gritó: ¡Viva el emperador Napoleón!

El teatro de Hay Market tiene permiso para estar abierto durante diez meses. Su privilegio le autoriza a representar la comedia, la tragedia, las pequeñas piezas, y las pone en ese caso, enteramente sobre el mismo pie que los dos teatros nacionales. Hasta el presente el teatro no se ha degradado jamás hasta el punto de mezclar a los farsantes con los actores; no ha hecho representar papeles a los perros, a los monos y a las bestias feroces. Su escena está libre de toda alianza monstruosa. Su dirección, por el contrario, ha hecho prueba de constantes esfuerzos para mantener el arte dramático. El último director, Webster, que es excelente como autor, ha intentado hacer revivir sobre su teatro las piezas del inmortal Shakespeare. Pero le fue preciso renunciar: el público desertaba de la sala. Es sobre todo en este teatro que son representados los vodeviles traducidos del francés.

El Olympic, teatro de la señora Vestris, el de Victoris, el Garrick-Surrey's, el Adelphi's, etc., son todos secundarios; su existencia es precaria, accidental; los directores se arruinan, y con ellos los autores, actores, maquinistas y proveedores.

En total, las únicas representaciones que gustan son las farsas, las gruesas farsas burlescas, bastante triviales; los payasos hacen fortuna. En pintura, los cuadros de Ostade y aquellos de Brauwer son preferidos a los de la escuela italiana. Decididamente todo lo que hace recordar esta sociedad afectada, tan viciosa, tan corrompida, aburre, disgusta o subleva.



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ArribaAbajo- XVI -

Las tribulaciones de Londres


Los ingleses son tan jactanciosos y ponderan tanto a Inglaterra y sus costumbres que para la comodidad de la vida pasa como un hecho que Inglaterra es el lugar de residencia por excelencia. Esta reputación se afirma por millares de respetables «gentlemen» todos los días formalmente en todas las mesas de hospedaje y todos los cafés y cabarets de Francia, de Alemania, de Suiza y de Italia. Es preciso creer que han dejado Inglaterra para mortificarse y no porque se encuentren mejor sobre el continente. Sin embargo las personas que han vivido donde John Bull la rebajan bastante. Pero en presencia de tan numerosos testimonios, es repudiado quien ose decir lo contrario.

Convendría en el examen de ventajas y recursos que ofrece un país, el hacer notar primero aquellos que se dedican a las necesidades intelectuales porque ese es el verdadero termómetro del progreso de una nación.

En Inglaterra no existe instrucción gratuita de ninguna especie. El hombre privado de dinero debe renunciar a cultivar su espíritu o incrementarlo con los conocimientos generales.

El acceso a las bibliotecas, a los museos, a las iglesias, a las colecciones científicas es casi imposible para los proletarios. La biblioteca de «British Museum» es la única que yo conozco donde se puede ser admitido gratuitamente. Hace falta todavía los sustentadores, las seguridades, etc. En Inglaterra todo hombre pobre es «ipso facto» reputado como un ladrón.   —172→   No hay ningún gabinete literario en Londres. No se encuentran los periódicos extranjeros y las obras nuevas sino en los clubs, donde sólo los miembros son admitidos. Se lee bastante los periódicos ingleses en los cafés y tabernas, pero es necesario consumir.

Existen muchas instituciones científicas. Sin embargo, no conozco que exista un curso gratuito sobre alguna ciencia. La palabra gratis no tiene sentido en Inglaterra, o esconde una trampa para hacer pagar doble. El hombre del clero, el profesor, el miembro del parlamento, todos hacen dinero con su profesión. ¡Todo se paga, todo se vende, lo gratis es una falta!

El proletario es tratado como una bestia de carga, y es apenas que se ocupan de su existencia material. En cuanto a las necesidades de su espíritu, ni siquiera se ha supuesto que las tenga. El proletario no tiene por toda distracción sino la ebriedad. Con relación al estudio y a los goces del espíritu, no hay ciudad en Europa que ofrezca menos recursos al pueblo que Londres e Inglaterra.

Si pasamos a las cosas usuales de la vida, veremos que en esta categoría el país no ofrece bienestar sino a aquellos que tienen los bolsillos bien llenos. En las ciudades del continente, existen facilidades al alcance de la fortuna más pequeña para satisfacer todas las pequeñas exigencias de la existencia social. En Londres, no se encuentra en ninguna parte estas pequeñas comodidades que hacen la vida dulce para todo el mundo, alivian el trabajo doméstico y, procurando al más pobre algunas de las comodidades del rico, aligeran un tanto los horrores de la miseria.

Si está usted apurado por enviar una carta o de recibir respuesta, no hay en una esquina de la calle comisionarios que estén dispuestos a servir de domésticos por algunas monedas. Si está usted como resultado de una larga carrera, enlodado hasta la pantorrilla; Londres no tiene limpiabotas públicos; si está usted retenido en los extremos de la ciudad por algún asunto, no hay un sólo restaurant donde se pueda tomar desayuno o almorzar, ni cafés donde puedan tomarse refrescos. El médico ordena baños, el enfermo no puede tomarlos en casa; no hay baños públicos en Londres. En las iglesias, es preciso escuchar un largo sermón de dos horas sentado sobre los bancos de madera no pulida. En los palcos, en la Ópera Italiana no se encuentra sino pequeñas sillas de madera tan exiguas en su   —173→   forma y tan incómodas que sería un verdadero suplicio el quedarse sentado sobre ellas durante cinco horas. Desea usted invitar a comer, almorzar, al amigo que acabáis de encontrar: los restaurantes no tendrán sino cosas ordinarias a ofrecer. Si parecéis sorprendido el servidor os dirá: Señor, aquí cuando se quiere un buen almuerzo hay que pedirlo la víspera. Y bien, es lo mismo para todo. En Londres uno no está jamás presto como en París. Es preciso siempre veinticuatro horas como mínimo para prepararse.

Si ahora busco en las casas la comodidad interior estaré bastante decepcionada. En Inglaterra, cuando una casa está provista de alfombras desde la puerta de entrada hasta la última habitación, una mesa cubierta de una bella vajilla de té adorna el salón, y las chimeneas tienen bellos adornos, palas y tenazas de acero pulido, está bien claro que entonces la casa puede mostrarse sin vergüenza, teniendo todas las comodidades exigidas para que los gentlemen gocen de un honesto bienestar58. Los asientos del salón están mal terminados y sus formas son pesadas, incómodas, se está mal sentado al igual que sobre aquellos del comedor. Pero pasemos todavía al dormitorio.

Es cierto que de todos los pueblos, los franceses son los que tienen el sentimiento más exquisito de las comodidades de la vida. Hacen del dormitorio la pieza más alegre de la casa. ¡Ah!, qué bien comprenden la sensualidad de la soledad, de un lugar del retiro. Los objetos exteriores tienen tanto poder sobre nosotros, que cambian a menudo todo el curso de nuestro pensamiento. Los retratos de familia, los lienzos, una cantidad de bellas bagatelas, a las cuales se unen recuerdos, hacen nacer en nosotros una cantidad de ideas y de reflexiones. ¿Qué persona después de algunos años de existencia, no escribiría un libro grueso bajo el dictado de estas inspiraciones? Estoy convencida por otra parte que una alegre habitación así adornada, amoblada elegantemente, hace al ser que la habita más tierno, más reconocido y aún añadirse mucho más cuidadoso. Entre los ingleses, las cosas son al revés; ellos adornan sus salones con lujo y simetría, y las mujeres duermen en verdaderas pocilgas.

Una enorme cama ocupa el centro de la habitación; una gran cómoda está en una esquina, la mesa está en otra, y el tocador   —174→   frente a la ventana que da sobre un pequeño patio, (porque, en Londres todos los dormitorios están sobre la parte de atrás de las casas, y los patios son tan exiguos que las habitaciones carecen de aire y de luz). Aquí y allá, cinco o seis sillas están sobrecargadas de cajas, cartones, zapatos, etc. Los trajes, los abrigos, los chales, los sombreros cuelgan en las cuatro paredes prendidos de clavos, haciendo el papel de perchas: tal es generalmente el dormitorio de una inglesa. Es difícil hacerse una idea del desorden de estos dormitorios: una francesa no puede entrar allí sin experimentar un sentimiento de disgusto. He viajado mucho, y puedo decir que no me he encontrado jamás tan mal como en esas habitaciones inglesas.

La cama inglesa resume perfectamente la fisonomía y la realidad que tiene generalmente las cosas en Inglaterra, tiene la más bella apariencia; pero apenas uno se acuesta, uno se cree extendido sobre un saco de papas, hasta ese punto los lechos de plumas son dulces. Por fin, hablaré de esa limpieza inglesa tan alabada, y porque la limpieza va bien con cualquier cosa en el confort de la vida. En Inglaterra uno encuentra constantemente este mismo sistema de cuidar sobre todo lo que es exterior: delante de la puerta que da sobre la calle, la escalera, la estufa y sus utensilios, los cuchillos, las tapas de las fuentes y todas las cosas que se ven son limpiadas, lavadas, enjabonadas en forma inmejorable.

La distribución de las casas inglesas es muy incómoda, a pesar de su reputación contraria. En las casas pequeñas donde se tiene solamente una doméstica, es imposible de ser bien servido: la pobre muchacha está extenuada por la fatiga y pasa la mitad del día en subir y bajar las escaleras; porque la cocina está en el sótano el comedor en el primer piso, el salón en el segundo, y los dormitorios en el tercero o cuarto.

Aquí me detengo, temería de ser acusada de exageración si quisiera enumerar todas las tribulaciones que se encuentran en Londres. Diré, en suma, que no existe suavizador de la miseria del pobre que el pequeño burgués vive lleno de privaciones continuas; el rico mismo no puede satisfacer todos sus caprichos y en fin el extranjero no encuentra en la metrópoli británica, ¡ni papas fritas ni castañas tostadas!

TENDENCIA A LA ANGLOMANÍA. -Desde 1830 se ha operado un gran cambio en el pueblo de Londres. A pesar de los esfuerzos de los torys, para despertar los antiguos odios contra   —175→   los franceses, los obreros, los marineros y en general toda la gente del pueblo, aman mucho a los franceses y tienen de ellos una idea muy elevada.

Durante mi último viaje, me ha ocurrido veinte veces el ser saludada en las calles por un cochero de carrera, un marinero, una sirvienta; en estos términos: «Bond jourre, madame Franceze». Estas palabras, burlonamente pronunciadas, eran siempre acompañadas de una mirada amistosa, de una sonrisa benévola que decía claramente: tenemos mucho placer en veros.

Cada vez que encontraba la ocasión de hacerme una cortesía o de decirme una palabra de alabanza o admiración, se veía que lo hacían con sinceridad. La gente del pueblo no son los únicos que se hacen francómanos. Numerosos jóvenes y sobre todo las mujeres no estiman que nada es bueno o bello si no es francés. Tales francómanos, aprenden el idioma francés, leen los periódicos y libros franceses, se visten a la francesa, hacen venir todo de París, reemplazan el té por el café, el «roastedbeef» por las costillas de carnero, la cerveza por el vino, los lechos de pluma por los colchones y se les encuentra incluso que llevan tan lejos la francomanía que convierten su dormitorio en tocador a la francesa. Es que los hombres racionales de Inglaterra comienzan a percibir que el pueblo hasta hoy día ha sido el instrumento de la aristocracia, la jauría de la que servían para agarrar su presa. Comprenden que el interés del pueblo inglés es el estar unido con una nación que tiene por principios la igualdad y la tolerancia. No se escucha más de aquellos cuentos azules propagados con celo entre el pueblo durante tanto tiempo para hacer nacer los prejuicios y avivar los viejos odios contra nosotros.

Las facilidades y lo barato de las comunicaciones llevan anualmente a Francia a doscientos mil ingleses; negociantes, tenderos, obreros, todos vienen a respirar durante algunos días el aire continental, deshaciéndose durante ciertos instantes el yugo de sumisión que la nobleza inglesa impone imperiosamente a aquellos que emplean. En Francia ellos no ven personas cuyo orgullo les insulte y tienen conciencia en la dignidad de su ser. Adquieren por ellos mismos la convicción de que los franceses comen muy buena carne, están bien vestidos y que las mujeres no son feas y sucias como lo dice Goldsmith, para hacer la corte a sus patrones, envileciendo así por la mentira y la pobreza de su genio. Los ferrocarriles de París a Calais y de Douvres a Londres serían fecundos en resultados ventajosos, en   —176→   el bienestar de los dos pueblos, en el avance moral como material. ¡Los ferrocarriles! He ahí los agentes de unión, de confraternidad, contra los cuales vendrán a expirar vergonzosos esfuerzos, que los pueblos se mezclen, que se comuniquen sus pensamientos, que hagan intercambio de talentos como de cosas, y las querellas entre las naciones llegarán a ser imposibles. Son los grades quienes siempre las excitan. Los pueblos no piden sino vivir en paz.



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ArribaAbajo- XVII -

Las mujeres inglesas


¡Qué indignante contraste hay en Inglaterra entre la extrema servidumbre de las mujeres y la superioridad intelectual de las mujeres autoras! No existen males, dolores, desorden, injusticia, miserias resultantes de los prejuicios de la sociedad, de sus organizaciones, de sus leyes, que hayan escapado a la observación de las mujeres autoras. Es un fenómeno brillante los escritos de estas inglesas que aclaran el mundo moral con tan vivo resplandor, y sobre todo cuando se considera la educación absurda que ellas han debido sufrir, y la influencia embrutecedora del medio en el cual han vivido.

Es suficiente residir algunos meses en Inglaterra para ser impresionado por la inteligencia y la sensibilidad de las mujeres, además son capaces de una atención sostenida y tienen memoria; con estas disposiciones no hay nada de inaccesible en la esfera intelectual. Ellas son nobles y grandes a su manera, pero ¡ay!, todas estas bellas cualidades nativas son ahogadas por un sistema de educación fundado sobre falsos principios y por la atmósfera de hipocresía, de prejuicios y de vicios que rodean su vida.

La existencia de las inglesas es todo lo que se puede imaginar de más monótono, de más árido y de más triste. Para ellas, el tiempo no tiene medida y los días, los meses, y los años no traen ningún cambio a esta agobiante uniformidad.

Las jóvenes son educadas según la posición social de sus padres; pero cualquier rango que deban ocupar está siempre   —178→   bajo el imperio de los mismos prejuicios con que se dirige la educación.

En este país del despotismo más atroz, y donde ha estado de moda mucho tiempo el alabar la libertad, la mujer está sometida por los prejuicios y la ley a las desigualdades más indignantes. Ella no hereda sino cuando no tiene hermanos; está privada de derechos civiles y políticos, y la ley la sujeta en todo a su marido. Formada bajó la hipocresía, llevando sobre sí el yugo pesado de la opinión, todo lo que impresiona a sus sentidos al salir de la infancia, todo lo que desarrolla sus facultades, todo lo que ella sufre tiene como resultado inevitable el materializar sus gustos, el entorpecer su alma y el endurecer su corazón.

Los novelistas ingleses, conmovidos con las escenas que veían en el interior de las familias, han soñado otras en las cuales han creado sobre el testimonio de su imaginación. También en tanto que son verdaderas cuando pintan las ridiculeces del común de los «gentlemen», los santurrones pretenciosos de la burguesía, las tiranías del padre y del esposo, el insultante orgullo de los superiores, la bajeza de los subalternos, otro tanto se alejan de la realidad en sus lienzos de felicidad doméstica. ¡La felicidad sin la libertad! ¡La felicidad por lo tanto jamás ha existido en la sociedad del amo y del esclavo!

He aquí como ocurren las cosas en las familias que gozan de bienestar.

Los niños están confinados al cuarto piso con su ama o aya. La madre los pide cuando quiere verlos y solamente entonces los niños vienen a hacerles una corta visita durante la cual la madre les habla en tono ceremonioso59. La pobre niñita estando así privada de caricias, sus facultades amantes quedan inertes; ella ignora enteramente la dulzura de la intimidad, de la confianza, del esparcimiento, que toda niña naturalmente espera tener de parte de un padre que la quiera. Tiene por su padre, al que apenas conoce, un respeto mezclado de temor y por su hermano una consideración y una deferencia que, desde muy corta edad, se le obliga a mostrarle.

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El sistema seguido por la educación de los jóvenes me parece que tiene por objeto embrutecer al muchacho más inteligente.

Jacotot dice: todo está en todo. La educación inglesa parece mostrar, al contrario, que en el todo no hay nada. No se ocupa sino de imprimir sobre los jóvenes cerebros palabras de todas las lenguas europeas; en cuanto a las ideas nada cambia. En esta extravagante manía la barbarie iguala a la estupidez. Se da a un niño una nodriza alemana, una institutriz francesa, una ama española, a fin de que aprenda desde la edad de cuatro a cinco años tres o cuatro lenguas. He visto a unas pequeñas criaturas de estas, cuya suerte era verdaderamente digna de compasión; no podían hacerse comprender por las personas que las rodeaban. Toda travesura, toda gracia en el lenguaje les estaba terminantemente prohibido. Incapaces de comunicarse verbalmente, estaban obligados a hacerse comprender por signos. Este estado hacía nacer, según la naturaleza de las organizaciones, la irritación o la apatía: las unas eran vocingleras, irritables, perversas; las otras silenciosas y tristes. El niño forzado a sobrecargar su memoria de palabras de tres o cuatro lenguas no adquiere sino una concepción confusa del sentido que las palabras expresan; retiene el oral y deja escapar la idea que representa. La memoria de las palabras se desarrolla fuera de medida, pero la inteligencia necesaria para concebir el pensamiento se destruye. El conocimiento de las lenguas es, sin duda, necesario para un pueblo cuya codicia invade la tierra entera; pero es preciso antes subordinar toda especie de instrucción al desarrollo de la organización; luego considerar la utilidad del lenguaje que se hace aprender al niño. Es raro, sino imposible, que se pueda expresar con pureza y elegancia en tres o cuatro lenguas. Ahora bien, como las locuciones son irregulares e incorrectamente unidas al acento extranjero chocan en todo país y como las mujeres raramente son llamadas a tener relaciones de asuntos con las naciones extranjeras, pienso que en general existe para ellas cosas más útiles de aprender.

Todo el que aprende, es enseñado con el mismo método de las lenguas. Es preciso que la joven aprenda música, aunque tenga o no aptitud para este arte; que dibuje, que dance, etc. Resulta de esta educación que las señoritas saben un poco de todo y no tienen en nada un talento con el cual se puedan servir aunque fuera para distraerse. Sin embargo se encuentran excepciones, pero son raras.   —180→  

En cuanto a la educación moral, ella se forma en la Biblia. Este libro encierra buenas cosas. Todo el mundo está de acuerdo; pero qué de impurezas, de historias indecentes, de imágenes obscenas que habría que quitar para poner en manos de la juventud, si se quiere evitar que su imaginación ensucie y que vea la justificación de todas las acciones que la sociedad reprueba: el robo, el asesinato, la prostitución, etc. Porque, digan lo que digan los reverendos, la educación por las escrituras es la más antisocial de las educaciones. Entre las mil y mil contradicciones inglesas aquella no es la menos chocante. Exigir que una joven sea pura, casta, inocente y prescribirle la lectura de un libro donde se encuentran las historias de Lot, de David, de Absalón, de Ruth, el cantar de los cantares etc.; y cuando sepa las predicaciones de San Pablo sobre los fornicadores, que su memoria será adornada de escenas de violaciones, de amor adúltero, de prostitución y de orgía que representa la Biblia y las expresiones de las cuales se sirve el santo libro, se le dirá que no debe pronunciar las palabras camisa, calzoncillos, calzón, muslo de pollo, perra, etc. Es por lo tanto la apariencia de castidad, de inocencia, y la realidad del vicio lo que se enseña a las jóvenes, así como se enseña al pueblo la apariencia de religión y la realidad de la ociosidad y de los desórdenes que ella produce prescribiéndole la observación del domingo. ¡Cosa extraña! La moral no existe de ninguna parte; no se cree más en la castidad, en la probidad y en ninguna de las acepciones de la palabra virtud. Nadie se deja engañar por las apariencias, y sin embargo ellas continúan envolviendo las costumbres nacionales.

Las jóvenes tienen muy pocas distracciones. Como el interior de las familias es frío, árido y mortalmente pesado, se lanzan impetuosamente a la lectura de novelas. Desgraciadamente estas novelas ponen en primer plano amantes tales que Inglaterra no los presenta, y la influencia de esta lectura hace nacer esperanzas que no podrían realizarse. La imaginación de las jóvenes toma un cariz novelesco, ellas no sueñan sino en el rapto, pero con la particularidad que caracteriza este siglo de confort, de comodidad y de lujo, que el raptor debe ser hijo de un nabab o de un lord, heredero de una inmensa fortuna y que el rapto se haga en una soberbia calesa de cuatro caballos. Las jóvenes ricas lejos de responder a los deseos de que son objeto, tienen los sentidos cerrados, el corazón endurecido, y su espíritu frío y positivo, somete todo al cálculo. Las decepciones que experimentan estas señoritas no tendrían lugar si se les hubiera dado el gusto de los goces intelectuales, inspirado en el desprecio   —181→   por las satisfacciones de la vanidad y ellas hubiesen sido formadas en el hábito de vivir de poco. Si se les hubiera explicado el Evangelio, ellas sabrían que las grandes riquezas corrompen el corazón casi siempre, y ellas no desearían en lo menor ser amadas por jóvenes que pasan su vida en las casas de juego y mezclados con las prostitutas. Estas señoritas, después de esperar vanamente, la calesa de cuatro caballos, llegadas a la edad de veintiocho y treinta años, se casan con los pequeños negociantes, con los empleados pobres o con los equivalentes. Muchas también quedan señoritas.

A la verdad, la suerte de la mujer casada es mucho más triste que la de la muchacha soltera. Por lo menos esta goza de una cierta libertad, puede salir al mundo, viajar con parientes y amigos, mientras que una vez casada, no pueden salir sin el permiso de su marido. El marido inglés es el tipo de señor y amo de los tiempos feudales. Se cree y ello de buena fe, en el derecho de exigir a su mujer la obediencia pasiva del esclavo, la sumisión y el respeto. Aquel, la encierra en su casa, no porque es amoroso y celoso como el turco, sino porque la considera como su cosa, como un mueble que no debe servir sino para su uso, y a quien debe siempre encontrar bajo su mano. No entra de ningún modo en sus ideas el deber de la fidelidad a su mujer. Esta manera de ver, que deja el campo libre a las pasiones, muchos la motivan sobre la Biblia. El marido inglés se acuesta con su sirvienta, la arroja cuando está encinta o va a dar a luz, y no se cree más culpable que Abraham enviando al destierro a Agar y a su hijo Ismael.

La mujer, en Inglaterra, no es en lo menor como en Francia, el ama de casa, ella es casi siempre enteramente extranjera. El marido tiene el dinero y las llaves, él es el que ordena los gastos, contrata o despide a las domésticas, ordena el almuerzo todas las mañanas, invita a los comensales; él solo decide la suerte de los niños; en una palabra, se ocupa exclusivamente de todo. Muchas de las mujeres no saben con precisión qué género de asuntos tienen sus esposos, a qué profesión son destinados sus niños y generalmente ignoran el estado de su fortuna. La mujer inglesa no pregunta jamás a su marido lo que él hace, qué sociedad ve, como gasta él, y dónde pasa su tiempo. No hay una sola mujer que ose permitirse el dirigir muchas preguntas. De esta extrema dependencia, de este respeto, de las mujeres inglesas por la voluntad de su señor y amo, a la familiaridad, al interés activo de las mujeres francesas para con sus maridos, hay todo el espacio que separa la civilización francesa   —182→   de hoy día de la de San Luis. La mujer inglesa no tiene garantía alguna para su fortuna y puede ser despojada de ella sin saberlo. Es por el periódico ordinariamente que ella sabe que su marido ha tenido pérdidas, que está arruinado, y a veces que se ha levantado la tapa de los sesos.

He dicho ya que es de costumbre que los niños vivan con su aya en una pieza aparte; la madre no va ahí jamás. No es de ella que aprenden a hablar, no es ella la que desarrolla gradualmente su espíritu y su corazón. Cuando la aya o gobernanta le lleva los niños al salón, ella examina si están bien limpios, si sus vestidos están frescos; terminada esta inspección, ella los abraza y los despide hasta el día siguiente. Cuando están más grandes, los niños viven en pensión, la madre entonces no los ve sino raramente, y una vez casados, las relaciones cesan casi enteramente: se escriben y eso es todo. Esta frialdad, esta indiferencia como madre y esposa, no resulta solamente de la educación petrificante que ha sufrido, es también la consecuencia, natural de la posición que la mujer inglesa ocupa en la casa conyugal: ¿qué interés puede tomar en una asociación que se conduce en todo sin que su voluntad y sus consejos participan en nada? ¿La buena o mala fortuna del amo no deja siempre a los esclavos en una indiferencia completa?

Creo adivinar aquello que les ha valido, a estas mujeres la reputación, de mujeres de entre casa es su vida sedentaria. En efecto, como suponer que quedándose siempre en casa no se ocupen de algo. Sis embargo eso es lo que tiene lugar: no solamente las mujeres inglesas no hacen nada en su casa, sino que todavía piensan y creen rebajarse a la condición de obreras si agarran una aguja60; para ellas el tiempo es una carga abrumadora. Se levantan muy tarde, desayunan lentamente, leen los periódicos, se visten; después a las dos, llega la segunda comida. Después leen la novela y escriben cartas de doce a quince páginas. Para comer hacen un segundo arreglo personal. Después de la comida, hacia las siete o las ocho, toman el té siempre muy lentamente. A las diez de la noche, cenan y finalmente se quedan solas en un rincón de la chimenea.

Nada manifiesta tanto el materialismo de esta sociedad inglesa que el estado de nulidad al que los hombres reducen a sus   —183→   compañeras. ¿Las cargas sociales no son comunes a la mujer tanto como el hombre, para que estos señores crean poder excluirla y la condenan a vivir la vida de la planta? ¡Oh! ¡Es preciso convenirlo, la educación bíblica produce maravillosos efectos! ¿Este orden inglés no hace la sátira más amarga del matrimonio indisoluble? ¿Podrá inventarse algo más fuerte para hacer resaltar la extravagancia de la institución? Bajo el imperio de circunstancias parecidas, es necesario, para que exista en Inglaterra un número tan grande de mujeres de mérito que Dios haya impartido a las inglesas mucho más fuerza moral y de inteligencia que a sus amos, de otra manera llegarían a ser necesariamente criaturas completamente estúpidas.

Las causas de todos los matrimonios en Inglaterra son del lado de las muchachas, el deseo de sustraerse del poder paternal; de aligerar el yugo de los prejuicios que pesan tan fuertemente sobre las jóvenes, y la esperanza de gozar en el mundo de más importancia. Porque para las almas elevadas es una necesidad tomar parte en el movimiento de la sociedad. Del lado de los hombres es únicamente el deseo de apoderarse de la dote, con la cual se pagan las deudas, hacen especulaciones, o, si esta dote es una fortuna, de comer las rentas en los clubes, en los Finishes, o con las amantes.

Dentro de este mercado la mujer es la que es engañada. Los prejuicios la conducen al altar y la concupiscencia la espera para despojarla. Los hombres llevan la misma existencia que antes de estar casados; el lazo del matrimonio, que es tan pesado para las mujeres, no les impone ninguna obligación, y según como lo quieran ellos, viven con mujeres alegres, sirvientas y actrices. La mayor parte mantiene suntuosamente a una amante en una bella casa pequeña de los arrabales. Esta costumbre es universal, entre los hombres ricos tanto de la «cité» como del«West-end». Forman una segunda familia; todo lo que tienen de afecto en el corazón se lo dan a esta mujer elegida y para los hijos que ella les dé, mientras la pobre mujer legítima que han tomado únicamente como un socio capitalista, es a sus ojos una compañía incómoda, desabrida: las atenciones que ella exige, la consideración, el respeto que el mundo les obliga a mostrarle, son deberes que lo importunan y a los cuales escapan manteniéndose fuera el mayor tiempo posible. ¿En qué se convierte la mujer a contrato? ¡Ay! ¡Ella está reducida al estado de máquina para fabricar niños, «y los veinticinco años más bellos de su vida se la pasa teniendo niños»!

  —184→  

El aislamiento lleva a la mujer inglesa a observar, a meditar. Un gran número de ellas, se dedican a escribir. Hay en Inglaterra mucho más mujeres autoras que en Francia, porque las francesas tienen una vida más activa y son menos excluidas que las inglesas del movimiento social. Muchas mujeres autoras han descrito Inglaterra y desde Lady Montagu, que ha escrito sus impresiones de viaje en un estilo tan puro, tan elegante, una cantidad de otras se han lanzado, a su ejemplo, en la carrera literaria y han dado prueba de un mérito incontestable. Es sobre todo en la novela y en los cuadros de costumbre que estas mujeres sobresalen. Todo el mundo conoce las obras de Lady Morgan. Nadie antes de ella había trazado tan bien el carácter irlandés y dado tanta vida a la pintura de Irlanda. Las obras de Lady Blissington, se hace notar por la exactitud en la observación, lo picante de su pensamiento; y yo podría citar muchos otros nombres. Últimamente una joven ha aparecido y su comienzo ha sido de lo más brillante, jamás una autora literaria ha brillado con tan vivo resplandor, ni ha dado tan bellas esperanzas, y Lady Litton- Bulwer se ha colocado en el primer puesto de la literatura. Esta mujer de élite, es una de las numerosas víctimas de la indisolubilidad del matrimonio. Así su primer libro es un largo quejido de dolor; ella lo ha titulado «Escenas de la vida real». No se muestra impunemente el talento: no pudiendo la gente contestarle se ha elevado contra el escándalo de semejantes divulgaciones. Pobres mujeres no se les permite sino sufrir... este mundo les ha prohibido hasta la queja.

El marido de Lady Bulwer, conocido como célebre novelista, llegó al parlamento y a título de barón, cuando Lady Bulwer vino a revelar el bello genio con que Dios la ha dotado. Desde entonces Sir Litton-Bulwer se siente destrozado por los demonios de la envidia; ha recurrido a la calumnia para empañar un resplandor que lo ciega. Rodea a su mujer de espías, y como la autora se agranda, quiere mancillar a la esposa. A la verdad, corre un rumor entre el público de Londres que explica la envidia devoradora y el odio activo conque persigue a su mujer. Se dice que es Lady Bulwer la autora de todas las novelas que ha publicado bajo el nombre de Sir Litton-Bulwer. Lo que da a esta afirmación la consistencia de un hecho probado, es que después de la separación de los dos esposos, el señor Litton-Bulwer no ha publicado nada de notorio, y que en la Cámara de los Comunes no se ha elevado jamás por encima de la cantidad de mediocridades parlamentarias. Después la elegante simplicidad, la altura de pensamiento, la marcha de la acción   —185→   en las «Escenas de la vida real», por Lady Bulwer, hace ver en ella el autor de Rienzi y de Pethan, las dos novelas publicadas bajo el nombre de Sir Litton-Bulwer y que han tenido gran éxito61.

Uno se consuela de la pérdida de su mujer; ¡pero perder una fuente de riqueza! Perder su hada creadora!, ¡caer de las alturas del Olimpo...!

¡Oh, Lady Bulwer, hago votos para que el odio de vuestro marido sea para siempre impotente; para que, más feliz que yo, escapéis de toda bala homicida; pero ¡ay de mí! ¡Conozco lo suficiente el corazón humano como para poder predecir que su odio será implacable, y que os perseguirá hasta la tumba!

Las mujeres autoras se ocupan también, en Inglaterra, de los temas más graves. La señorita Martineau ha escrito unas obras muy notables sobre economía política; la señora Trollope ha publicado un viaje a América del Norte que ha tenido mucho éxito; la señora Gore ha escrito novelas cortas muy bellas acerca de las costumbres y la historia polaca, la señora Shilly hace versos plenos de melodía y de sentimiento. Muchas de estas damas escriben en revistas y periódicos; pero veo con profunda aflicción que todavía ninguna ha abrazado la causa de la libertad de la mujer, de esta libertad sin la cual todas las otras son de tan corta duración, de esta libertad por la cual conviene a las mujeres autoras especialmente que combatan. Las mujeres autoras en Francia, desde este punto de vista, han aventajado a las inglesas. Sin embargo, una voz de mujer se hizo escuchar en Inglaterra hace medio siglo, voz que toma en esta verdad con la cual Dios ha marcado nuestra alma, un poder irresistible y una energía resplandeciente; voz que no tiene miedo de atacar uno a uno los prejuicios y de demostrar la mentira y la iniquidad. Mary Wollstonecraft, ha titulado su libro: «A vindication of the rights of woman» (Defensa de los derechos de la mujer); apareció en 1792.

Este libro fue agotado desde su aparición, lo cual no le ahorró a su autora el suplicio de la calumnia. No fue publicado sino el primer volumen y se ha vuelto extremadamente raro. No pude encontrarlo para comprarlo y de no haber tenido un amigo que me lo prestó me habría sido imposible leerlo. La reputación   —186→   de este libro inspira tal horror que, si vos habláis aun a las mujeres del dicho progreso, ellas os responderán con un movimiento de horror: ¡Oh, es un libro muy malo! ¡Ah! La calumnia cae a menudo sobre la celebridad de mayor mérito; trasmite sus odios de generación en generación y no respeta la tumba, ni la gloria misma la detiene.

Mary Wollstonecraft dedicó su libro al señor de Talleyrand-Périgord. Escuchad a esta mujer, a esta mujer inglesa que fue la primera que osó decir que los derechos civiles y políticos pertenecen igualmente a los dos sexos y que hace un llamado a una opinión profesada por Talleyrand en la tribuna para demostrarle que es su deber, de hombre de Estado, de actuar conforme a esta opinión, de hacer triunfar las consecuencias de ella y de establecer la completa emancipación de la mujer.

He aquí algunos pasajes de esta obra:

«Reclamando por los derechos de la mujer, mi principal argumento, para demostrar su utilidad, está fundado sobre aquella razón bien simple, que, si la educación no prepara a la mujer para convertirse en la compañera del hombre, ella detendrá el progreso; porque si los conocimientos humanos son derecho exclusivo del hombre, su influencia no tendrá eficacia sobre la marcha de la sociedad.

»Si queréis que vuestro niño aprenda a comprender el verdadero patriotismo, es preciso que su madre sea una patriota esclarecida. Y el amor de la humanidad, fuente de toda virtud, no podría desarrollarse en ellos sino por la apreciación del interés moral y político del género humano; pero la educación actual de la mujer la excluye de tales investigaciones.

»Me dirijo a vos, señor, como un legislador, y os pregunto si, ¿cuándo los hombres combaten por su libertad y porque se les deje decidir a ellos mismos lo que conviene a su propia felicidad, no es inconsecuente e injusto sujetar a las mujeres a leyes en las cuales ellas no han participado? ¿Quién ha constituido al hombre en juez exclusivo para decidir si la mujer está, como él, dotado de razón?

»Los tiranos de todas las denominaciones, desde los reyes hasta los padres de familia actúan y razonan igual; ellos se apresuran en destruir la razón, en usurpar los derechos, y afirman que es por la utilidad general que ahogan la voz de todo.   —187→   ¿Vuestra conducta no se parece a aquella de los tiranos cuando negáis a las mujeres derechos civiles y políticos, y las forzáis a quedar encerradas en sus familias y a moverse en medio de las tinieblas?

»Si la mujer debe continuar en estar excluida de la participación de los derechos naturales de la humanidad, vos debéis antes que todo probar, a fin de rechazar la acusación de injusticia e inconsecuencia, que ella carece de razón, de otra manera vuestra nueva Constitución llevará siempre la huella de la iniquidad, y testimoniará que el hombre, librándose al despotismo ha quedado tirano él mismo, y vos lo sabéis señor, la tiranía en cualquier parte de la sociedad en la que se muestre, aniquila toda moral.

[...] »Si no se permite a las mujeres gozar de derechos legítimos, ellas pervertirán a los hombres y a ellas mismas para obtener privilegios ilícitos».

Ahora he aquí como habla ella a las mujeres:

«Espero que las mujeres me excusarán si las trato como seres racionales, en lugar de hablarles de sus gracias encantadoras y de considerarlas como si estuviesen en un perpetuo estado de infancia, incapaces de actuar por ellas mismas. Deseo ardientemente indicarles, en qué consisten la verdadera dignidad y la felicidad. Deseo persuadirlas de la necesidad de desarrollar sus fuerzas intelectuales y físicas. Deseo convencerlas que aquellas dulces expresiones de susceptibilidad de corazón, delicadeza de sentimiento y refinamiento de gusto, son casi sinónimos de debilidad; y que esas criaturas débiles, que son objeto de la piedad o de aquella especie de amor que la piedad hace nacer, son pronto abandonadas por el hombre y se convierten en objeto de su desprecio.

»Rechazando por lo tanto esas frases gentiles para uso de las damas de las cuales la condescendencia de los hombres quiere aprovecharse bien para suavizar el yugo de nuestra dependencia, y despreciando esta elegancia de espíritu, esta sensibilidad exquisita y esta blanda docilidad de maneras, que se supone son los rasgos característicos de nuestro sexo, deseo mostrar que la elegancia es inferior a la verdad moral, deseo mostrar que el primer objeto de una ambición loable debe ser   —188→   para todos, sin distinción de sexos, ser útil a sus semejantes; que el bien que resulta para el prójimo de las acciones de los hombres es la piedra de toque del mérito de estas acciones».

Mary Wollstonecraft reclama la libertad de la mujer como un derecho, a nombre del principio sobre el cual las sociedades fundan lo justo y lo injusto. Ella la reclama porque sin la libertad no puede existir obligación moral de ninguna especie, como demuestra igualmente que sin la igualdad de estas obligaciones, para uno y otro sexo, la moral carece de base, cesa de ser verdadera.

Mary Wollstonecraft dice que considera a las mujeres bajo el punto de vista elevado de criaturas que son, al igual que los hombres, colocadas sobre esta tierra para desarrollar sus facultades intelectuales. La mujer no es ni inferior, ni superior al hombre; estos dos seres no se diferencian, desde el punto de vista del espíritu y de la forma, sino para guardar armonía, y sus facultades morales, estando destinadas a completarse por la unión, deben recibir el mismo grado de desarrollo. Mary Wollstonecraft se levanta contra los escritores que consideran a la mujer como un ser de naturaleza subordinada y destinada a los placeres del hombre. A este respecto hace una crítica muy justa de Rousseau, quien establece que la mujer debe ser débil y pasiva, y el hombre activo y fuerte; que la mujer ha sido formada para estar sujeta al hombre, y finalmente que la mujer debe hacerse agradable y obedecer a su amo y que tal es el objeto de su existencia. Mary Wollstonecraft demuestra que según estos principios las mujeres son educadas para la astucia, para la doblez y para la galantería, mientras que su espíritu queda sin cultura, y la sobre-excitación de su sensibilidad dejándolas sin defensa hace que se vuelvan víctimas de todas las opresiones. La autora prueba que la alteración de toda moral es la consecuencia rigurosa de estos principios. La tendencia, perniciosa de estos libros, añade, en los cuales los escritores degradan insidiosamente a las mujeres, en el momento mismo en que están prosternados frente a sus encantos, no serán nunca suficientemente señalados ni tan severamente censurados.


      «...Curs'd vassalage
First idoliz'd till love's hot fire be o'er
Then slaves to those Who courtd us before».


(Dryden)                


  —189→  

Mary Wollstonecraft se yergue con coraje y energía contra toda especie de abuso. «Los homenajes y el respeto, dice, cuya propiedad es el objeto, son las fuentes envenenadas de las que provienen la mayor parte de los males que hacen del mundo una horrible escena a contemplar.

«...Porque todos buscan obtener el respeto por las riquezas, y las riquezas ganadas, no importa cómo, obtendrán el respeto que no es debido sino al talento y a la virtud. Los hombres desatienden todos los deberes del hombre, y sin embargo son tratados como semidioses. La religión está también aislada de la moral, y los hombres se sorprenden de que el mundo no es más que una cueva de ladrones y de opresores».

Mary Wollstonecraft publicaba en 1792 los mismos principios que Saint Simon ha difundido más tarde, y que se propagaron con tanta rapidez después de la revolución de 1830. Su crítica es admirable; ella hace resaltar en todas sus verdades que los males provienen de la organización actual de la familia; y la fuerza de su lógica deja a los contradictores sin réplica. Ella denuncia atrevidamente la cantidad de prejuicios de los que la gente está rodeada; quiere para los dos sexos, la igualdad de derechos civiles y políticos, su igual admisión en los empleos, la educación profesional para todos, y el divorcio a voluntad de las partes. «Fuera de estas bases, dice ella, toda organización social que prometiera la felicidad pública, mentiría a sus promesas».

¡El libro de Mary Wollstonecraft es una obra imperecedera! Es imperecedera, porque la felicidad del género humano está ligada al triunfo de la causa que defiende la reivindicación de los derechos de la mujer.

¡Sin embargo existe desde hace medio siglo, y nadie lo conoce!...



  —190→  

ArribaAbajo- XVIII -

Asilos


Los grandes descubrimientos están siempre proporcionados a las necesidades de la época. Por todas partes la historia nos revela esta verdad. La mano de Dios se deja ver en el establecimiento de las salas de asilo; y estoy convencida que es de todas las instituciones recientes la más fecunda en resultados, aquella que responde mejor a las necesidades de Europa y del mundo entero. Por el sistema seguido en las salas de asilo, la educación, que comienza en cierta forma con la vida es tan superior a aquella que el niño no importa de qué clase, pueda recibir en su familia y esta primera educación tiene una influencia tal sobre aquellos que la reciben, que los niños del proletario enviados desde la edad de dos años a la sala de asilo aventajarán indudablemente a aquellos de los ricos que continuarán siendo educados en casa.

En las salas de asilo la ley de la reciprocidad y el respeto por lo que está para uso de todos se inculca en el corazón del niño. Las distinciones sociales se borran a sus ojos y no distingue sino a los instructores. La necesidad que hay de que se dé cuenta de lo que sabe, de enseñar lo que ha aprendido, le hace adquirir una gran facilidad para expresar sus pensamientos. Se habitúa a la asociación, a comparar las cosas con sus resultados, a los hombres con lo que ellos saben, y adquiere una gran justeza en el juicio. Llegado a la escuela primaria, la educación del niño continuada según el mismo método, podría permitirle saber, a los dieciséis años, leer, escribir, la aritmética, el dibujo lineal, la geometría descriptiva y, además, la práctica de la   —191→   mayoría de los procedimientos usados en las artes mecánicas, o en la agricultura, de suerte que no sería condenado, como lo ha sido su padre, a la repetición durante toda su vida de la misma tarea para ganar su pan. Este método puede aplicarse con igual éxito, a la adquisición de todas las ciencias, porque nosotros no aprendemos nada tan bien como aquello que estamos obligados a enseñar a los otros. Educados así, los hombres trabajarían en grandes asociaciones, porque hallarían placer y facilidad en la ejecución del trabajo.

Si los niños fuesen, desde la edad de dos años, enviados a las instituciones públicas, la necesidad del orden se haría sentir menos; la mujer, por la naturaleza de la educación que hubiera recibido, podría también, como el hombre, proveer a su subsistencia con su trabajo y este estado de cosas nos llevaría hacia la organización falansteriana. En 1440, mientras que se hacían en Strasburgo los primeros ensayos de imprenta, la predicción del imperio que, cuatrocientos años después, debía ejercer esta invención renovadora, no habría encontrado sino incrédulos.

Cuando se observa la suerte de los niños de todas las clases, se sorprende uno de que las salas de asilo no hayan sido inventadas sino hoy día, y que no se establezcan más rápido, en número correspondiente a las necesidades de la población. Los proletarios, obligados a un trabajo diario para alimentar a su familia, no pueden vigilar a sus niños; cuando estos son muy pequeños, se les encierra o se paga a alguien para que los cuide, y, cuando tienen más edad, se les deja vagabundear por las calles. Encerrados solos, en habitaciones estrechas, húmedas, privadas de aire y de calor, si los muchachos sobreviven a las enfermedades y los accidentes, son débiles, achacosos, a menudo quedan lisiados para el resto de su vida. En las calles, los peligros que amenazan su existencia son más numerosos todavía y casi siempre en medio de esta cloaca de vicios que encierran las grandes urbes, los niños son pervertidos y dirigidos al robo, antes de haber podido trabajar.

Además, si se considera los numerosos accidentes que comprometen los medios de existencia del proletariado, la disminución de salarios y la ausencia de trabajo el sobre-enriquecimiento de los arrendadores y el alza de las subsistencias, las enfermedades y el crecimiento de su familia, quedará uno convencido que haría falta que tuviera un raro amor al trabajo, una sobriedad y una economía poco comunes, mucho de suerte   —192→   y de fuerza de ánimo, para no ser nunca presa de la miseria. Mientras tanto ¿en qué se convierten los niños hijos del obrero entre las horribles tribulaciones que lo asedian?

Por la noche, el padre y la madre regresan de su jornada, fatigados con exceso, amargados por las contrariedades y con el espíritu atormentado por la inquietud. ¡Ah! Las escenas que pasan dentro de esas casas, son suficientes para embrutecer al niño nacido más afortunadamente. A menudo golpeado, porque caerá y habrá roto sus vestidos o dejado comer su almuerzo por el perro, el desdichado niño, injuriado y brutalizado sin cesar, se vuelve disimulado, mentiroso y alimenta un odio sordo contra el padre y la madre. De otro lado la estrechez extrema de dinero de los padres, los deseos de gastos en que se habrán comprometido para aturdirse de los males que sufren, apagarán en su corazón todo sentimiento afectuoso; ellos tomarán aversión por los niños que les imponen continuas privaciones, los abandonarán al vagabundeo, y llevarán al recién nacido al hospicio.

Estableced la sala de asilo, y, como por encanto, cambiaréis al niño y la economía del obrero. Habrá ante todo alivio en la inquietud y miseria; el niño sale desde la mañana del domicilio paterno y es bien acogido en el lugar donde, bajo la dirección de una persona afable que se interese en él, pasa el día en medio de los camaradas de su edad, en una sucesión no interrumpida de entretenimientos; ahí su atención es cautivada por las demostraciones; después él canta en coro, marcha en procesión, reciben lecciones de los más instruídos, que las dan a aquellos que son menos, y goza de toda importancia que adquiere como miembro de la escuela. Se dirige todos los días a la asociación, ejerce sus facultades para llenar allí un rol más elevado, aprende a conocerse, a apreciar a los otros y toma el hábito de respetar a los demás a fin de poder exigir respeto. Él goza de buena salud, porque los juegos gimnásticos desarrollan sus fuerzas y su agilidad, se convierte en una persona limpia, reservada, y puede dar el motivo de cada una de sus acciones.

De regreso a su casa, al final del día, este niño, es visto con placer por sus padres. Nos les ha dado ningún disgusto, ni tomado un minuto de su tiempo; satisfechos de su buen cuidado, le interrogan mientras cenan en la noche y cada vez se sorprenden más por la exactitud y los progresos de la razón del niño. Viendo como su conducta es regular, ellos estarán obligados   —193→   a reflexionar sobre la suya y no querrán exponerse al desprecio del niño, al verlo brillar en la estima pública, y para merecerla ellos también se aplicarán a reformarse. Ellos apreciarán la ventaja de la educación, irán a menudo a la sala de asilo para asistir a los ejercicios de los niños, y el maravilloso espectáculo del desarrollo moral de la escuela infantil mejorará la moral de los padres.

Si se lleva la observancia sobre esta parte de la población que vive en la comodidad por el ejercicio de una profesión, clase en la cual sin duda se encuentra más de instrucción y habilidad que en las clases de la opulencia ociosa, se reconocerá que los niños de esta clase no reclaman menos que aquellos de los proletarios, la educación de las salas de asilo.

La mayor parte de los moralistas se han pronunciado por la educación pública, porque les ha sido demostrado que la enseñanza tiene más de poder en acción que en precepto, que las lecciones prácticas que los escolares se dan entre ellos tiene más influencia sobre el desarrollo moral e intelectual de los niños que no podrán tener los más hábiles maestros. Si se reflexiona en la infalibilidad, en el irresistible impulso que la educación mutua recibe de la clasificación de los niños, del grado extremo de emulación que excita la realización diaria de los progresos efectuados; si, de otro lado, se considera cuán profundas son las primeras impresiones y qué cantidad de causas corruptoras rodean a los niños en la casa paterna, no se podrá explicar la repugnancia de la clase media, no se concebirá por qué no acepta la educación de las salas de asilo para sus niños y los deshereda así de las ventajas sociales que, en definitiva, son la razón de las superioridades62.

De los diversos sistemas de educación que han estado más o menos en boga en los tiempos modernos, la única verdad que ha tomado la difusión de un imperio universal es la ventaja que presenta la educación pública sobre la de la familia. Jenofonte, Plutarco, Montaigne, están plenos de observaciones tan   —194→   exactas, que parece inconcebible que no se nos haya hecho llegar más temprano a la educación verdadera, completa y única eficaz, a la cual se guía por las indicaciones de la naturaleza, que toma al hombre en la cuna y lo conduce hasta la pubertad. Rousseau no debió su influencia más que a la verdad de las ideas que tomó; desgraciadamente no supo utilizarla y no hizo progresar la primera de las ciencias sociales: su extravagante sistema alla los prejuicios más falsos de la sociedad a las revelaciones de la naturaleza. La moda, lo ha hecho vigente por algunos años, pero está bien muerto y si se exhumara algunas páginas, sería únicamente para señalar de nuevo las absurdidades a las cuales daba curso. Después de Rousseau, el público ha intentado numerosos planes de educación y nuevos métodos de enseñanza, acogidos o rechazados sin examen según las personas que los apoyan. Actualmente los pequeños seminarios y los conventos luchan contra las instituciones del gobierno. Las personas que se ocupan de la marcha social no tienen sobre esta inmensa cuestión una opinión fija; cada uno se ha hecho su pequeño sistema. La anarquía en las ideas sobre la educación subsiste todavía, y la gente, como de costumbre, obedece al impulso que recibe.

Vivimos en una época en la que el pensamiento político preocupa universalmente; la filosofía, la educación, la religión, hasta las modas, todo está coloreado. En las familias hay sobre cada cosa tantas maneras de ver como individuos. ¿En qué se convierten los niños en esta confusión de ideas, de deseos, de caprichos, de pasiones? Existe hoy día tan poca unión en las familias, que los esposos parecen dominados por el deseo de ser en todo del parecer contrario: la palabra del padre es invariablemente desmentida por la madre. Luego son los abuelos que vienen a deslizar sus rancias ideas en las orejas de los niños; los amigos que ven las cosas desde el punto de vista de su posición social, y que seguros de estar en lo cierto, imponen también sus opiniones; finalmente son todavía las nodrizas, las amas, las domésticas, cuyas ideas y acciones impresionan a los niños. ¿Cómo estas jóvenes inteligencias podrían discernir en el caos inexplicable alrededor de ellas? ¿No es evidente que en medio de las contradicciones que se entrechocan, el juicio privado de base, de punto de partida, no puede manifestarse entre los niños sino por las inconsecuencias; que, necesariamente, ellos deben ser discutidores y voluntariosos; que su carácter debe estar agriado, porque ellos tienen frecuentemente que sufrir las voluntades no motivadas; que en fin no podrían tener ideas justas sobre nada, porque no reciben ninguna noción de la verdad?   —195→   Las personas de las cuales están rodeadas hablan sobre las mismas cosas en formas diversas; ellos no ven por todas partes sino voluntades individuales y aspiran el egoísmo por todos los poros.

No puede esperarse un buen ciudadano de un niño educado de este modo, él será esclavo de las pasiones, de los prejuicios, de los hombres y de todas las cosas. No se elevará por encima del mediocre, o descenderá al nivel de los facinerosos por el curso desenfrenado de sus vicios: para que crezca distinto, sería preciso que facultades extraordinarias le hubieran hecho sobrepasar los obstáculos que se oponían al desarrollo racional de su inteligencia.

Si ahora dirigimos nuestras observaciones sobre esta parte de la población que la fortuna hace vivir en el lujo, reconocemos que no existe niño que sufra más y cuya moral y físico se deteriora tanto por la vida de familia como el niño del rico. La Providencia puede salvar al del pobre de los peligros del vagabundo y a veces vemos surgir del seno de la miseria a los hombres que honran la humanidad. Los niños de la clase media están casi siempre bajo los ojos de sus padres, reciben continuas muestras de afecto y en ellos, las cualidades del corazón pueden desarrollarse no obstante los defectos del espíritu y los vicios el carácter; pero entre los ricos, las cosas ocurren de otra manera. Hay certeza para que los niños se perviertan y ninguna opción para que adquieran una cualidad. Son las nodrizas, los preceptores, las domésticas quienes los educan. Todos estos esclavos buscan complacer a los pequeños seres, cuyos llantos tienen a menudo el poder de hacerlos despedir. Previenen todos sus deseos, ceden en todo, se ingenian incluso para crearles necesidades facticias; y estas desgraciadas pequeñas criaturas, arrulladas en la ociosidad, engreídas por la adulación, henchidas de orgullo, contraen todos los defectos de los tiranos, todos los hábitos del despotismo; son exigentes, coléricos e incapaces de resistir a la menor fantasía. Los padres los ven raramente y según el humor del día los reprenden, los castigan sin razón o les prodigan recompensas no merecidas. Las domésticas, temiendo los informes de los niños, los adiestran en la mentira, y cuando los pequeños déspotas están descontentos, inventan ellos mismos la calumnia, imputan a los sirvientes que los han molestado las faltas por las que ellos temen por encima de todo ser motivo de sospecha. ¡Todo es deletéreo en la atmósfera que respira el niño del rico! La hipocresía se ofrece sin cesar a sus ojos, es la máscara que llevan los domésticos   —196→   en presencia de sus padres, esas son las dos fisonomías que alternadamente toman los padres mismos, según estén en familia o frente a los extraños. Escuchan también dos lenguajes: el de la bajeza y de la insolencia. Su aya, para cautivar su atención, le relata mil cuentos absurdos. En su casa, todo el mundo está a sus pies. Si se enfada o quiere llorar, inmediatamente cada uno se pone en acción y se inquieta por calmarlo; cuando él sale es saludado con deferencia por todos aquellos que lo conocen. Se le corteja y se le manifiesta orgullo de acogerlo; que es el medio para que el niño se sienta un personaje y toma las maneras duras y altaneras de sus padres. Las afecciones tiernas no han podido crecer en su corazón, la vanidad es el sólo acceso. Su orgullo susceptible exige cada día más de aquellos que lo rodean. La huella de la naturaleza está completamente borrada, se busca en vano al niño en esta marioneta vestida de ricos trajes. Si es el hijo de un Lord, de un hombre que habita un palacio con numerosos sirvientes, no sale sino en carro, y saludan muy humildemente todos los tenderos del barrio.

La salud de este niño no ha experimentado las menores alteraciones por el exceso de alimento y por la demasía de precauciones que se usa para resguardarlo del frío, del calor, de la lluvia, del aire y de toda especie de fatiga. Bajo la influencia de este régimen, su constitución se debilita, y, llegado a la edad de ir al colegio está sin fuerzas físicas y morales. Transportado a este mundo nuevo, no será sino con pena que él se acostumbrará a la regla de la casa, al espíritu de igualdad de sus camaradas; se quejará a sus padres, que renovarán las recomendaciones a los maestros; estas recomendaciones no serán infructuosas: este niño tendrá toda indulgencia, será siempre excusado y jamás contrariado; algún escolar pobre e inteligente a quien él le pagará los pasteles, le hará su tema. Vendrá el domingo a ver a sus padres con buenas notas, tendrá a menudo la cruz y a fin de año se le dará premios. Al cabo de siete u ocho años, saldrá del colegio, ignorante como ha entrado, con nuevos vicios y sin haber aprendido nada.

¡Ah! No temo deslizar un sofisma afirmando que el hijo del rico tiene tanta necesidad de ser sustraído a las influencias de las cosas y de las personas en medio de las cuales vive como el niño del pobre a las influencias de la calle y a la brutalidad de sus padres.

En la sala de asilo, la educación es igual para todos. El niño   —197→   más indócil, el más inestable sigue el movimiento que se le imprime, la falta de inteligencia en este caso no podría impedirlo. El niño al mismo nivel con los alumnos de su división, y la lección es la consecuencia inmediata del progreso que cada uno de los alumnos ha hecho. No recibe allí sino nociones justas, aprende a vivir en asociación, a ejecutar con placer su porción de tarea común, a no respetar, a no reconocer por verdadera sino a la aristocracia de la inteligencia y del talento. Se deja conducir sin resistencia por el hijo del pobre, si este es su monitor y prima sobre él en la jerarquía intelectual.

En tiempos de la tiranía, los altos valles de Vosges protegían, en sus retiros inaccesibles, a los intrépidos protestantes que habían abandonado sus campos a la expoliación para conservar la libertad del alma. Estos lugares no ofrecían alimentos sino a la cabra y a la gamuza: vivieron, ellos y sus descendientes, la vida del salvaje. En 1767, Oberlin, pastor de la iglesia protestante llegó al medio de esta población: este hombre tenía esa potente energía que da un gran amor por sus semejantes. Dominó, por sus trabajos, la esterilidad del suelo, estableció escuelas, hizo aprender oficios y el bienestar sucedió a la miseria. Como los padres, ocupados en los oficios o en los campos, no podían velar sobre sus hijos, Oberlin tuvo la inspiración de reunirlos en cámaras espaciosas, e hizo elección de conductoras que tomó a su cargo, así como su mujer, de formarlas: tal fue el origen de las salas de asilo. Los procedimientos de Oberlin, para la educación de la infancia, fueron imitados y perfeccionados en Suiza. Robert Owen, preocupado por la idea de la educación, dice que para ser eficaz debe comenzar desde la cuna y que debe proponerse como objetivo el preparar a los niños para la asociación a las cuales están destinadas a formar parte, fundó en 1816 su «infant school» en New-Lanark en Escocia. Pero no fue sino en 1827 y 1828, cuando esta institución había ya tomado raíz en Alemania, que Francia e Inglaterra quisieron adoptarla.

Owen, en su «infant school», sigue las indicaciones de la naturaleza, la instrucción que él da es proporcionada al grado de inteligencia, y hace uso del método Lancasteriano. Las explicaciones sucesivas de las cosas, los ejercicios de juicio, el aprendizaje gradual de los procedimientos de las artes y de la gimnasia, desarrollan a la vez, todas las facultades intelectuales, el amor racional al prójimo, la habilidad y las fuerzas corporales. Owen no admite la instrucción religiosa, funda su moral sobre la reciprocidad. Tuvo razón en decirme que no existía   —198→   en Londres «infant-school» dirigido según el orden de ideas que él había seguido en la formación de la suya.

Cuando en Inglaterra era cuestión de imitar el ejemplo de Alemania, de establecer asilos para la niñez, Owen, consultado por Lord Brougham, le dijo que no admitía en su «infant-school» sino las ideas abstractas que no pasaban el alcance de la infancia, que las ideas susceptibles de ser explicadas por objetos sensibles; que él no conocía creencias religiosas, apropiadas a la inteligencia infantil; que los niños tienen, como todo lo que existe, el goce y el sufrimiento común por móviles, y son tan capaces como los hombres de comprender que su interés no puede jamás ser de aislarse de la observación de las reglas a las cuales obliga la reciprocidad; que él consideraba los dogmas del pecado original, del infierno y del paraíso, etc., como de naturaleza de crear ideas falsas sobre lo justo e injusto, de volver al espíritu disputador y hacer nacer prejuicios odiosos contra aquellos de otra opinión religiosa. Lord Brougham objetó a la introducción de este sistema el imperio que ejercen todavía las creencias religiosas. Las salas de asilo conocidas bajo las denominaciones de «National school» y de «British and foreign school», que el sabio lord ha favorecido con su patrocinio, admiten a muchachos de todas las comuniones, sin buscar inculcarles la doctrina particular de ninguna religión. Pero sin embargo se han dejado imponer por el fanatismo la lectura de la biblia; la lectura de la biblia a niños de dieciocho meses a siete años! Los convertidos de Otaíti y de la Nueva Zelandia no harían mejor.

Las escuelas y salas de asilo para la infancia prosperaban desde hace varios años en Suiza y en diferentes reinos de Alemania, cuando la opinión se ocupó de ellos en Inglaterra; porque, bajo la relación intelectual, Alemania está bastante adelante de Inglaterra. Después de un largo tiempo las controversias religiosas no excitan más el interés, y la inteligencia ha dejado miles de interpretaciones de la biblia para elevarse en el universo del pensamiento a alturas desconocidas hasta ahora. La institución de las salas de asilo, el método de conducir a la infancia, acogidas como necesidades, no han provocado disputas ni argumentaciones teológicas.

En los estados austríacos, todo el mundo está obligado a enviar a sus niños a las escuelas: esta exigencia del gobierno no es sino el cumplimiento del más imperioso de sus deberes; porque la sociedad está interesada en que cada uno de sus miembros   —199→   reciba una educación en relación con la organización social.

Impresionada por la importancia de las salas de asilo, estaba yo muy empeñada en visitar los lugares donde los niños pobres encuentran refugio e instrucción. Hay todavía tan pocas verdaderas salas de asilo en Londres, que pedí a quince o veinte personas que me las indicaran, sin que ninguno supiera lo que yo quería decir. Finalmente me dirigí al mismo fundador de las salas de asilo, el respetable señor Owen, que yo había tenido la ventaja de conocer durante su estadía en París en 1837. «¡Ay!, -me respondió Owen-, no conozco en Londres una sola sala de asilo que sea en realidad una escuela para la infancia. Hay numerosas escuelas sostenidas por la caridad pública, pero ninguna ha sido establecida según mis principios». Esta respuesta tenía valor en boca de Owen, y me sorprendió. ¡No hay sala de asilo en Londres, la ciudad monstruo! ¿Pero dónde van los niños, cuyos padres trabajan durante el día? ¿Dónde van estos desgraciados niños, con los pies desnudos, apenas vestidos, por lo tanto a refugiarse durante un largo día de frío, de lluvia o de niebla? ¿Quién les enseña entonces la lectura, el cálculo, el dibujo lineal, les enseña la limpieza, el orden, la unión, quién les enseña esta multitud de cosas con las cuales la infancia se instruye jugando? Nadie. Londres no posee todavía lo que se puede llamar las salas de asilo, y los «infant-school» cuyo número es por otra parte muy insuficiente, están lejos de tener lugar. Esto explica por qué durante el verano entre las cinco y ocho horas, se ve tantos niños en las calles, particularmente en los barrios populosos. En estas horas, estando terminados los trabajos del día, y las calles menos colmadas de coches, se deja a los pequeños desgraciados salir de sus tugurios para tomar aire. En Londres, las familias pobres habitan el sótano o el desván de las casas. A menudo una misma pieza contiene al padre, la madre y siete u ocho niños: ¡qué aire tan insalubre debe reinar en esas moradas! El rostro de los niños es un testimonio. Nada más raquítico, más cadavérico que estos pequeños seres. La extremada delgadez, la tez muy pálida, los ojos melancólicos unido a la excesiva suciedad y a los andrajos que los cubren, ofrecen el espectáculo más digno de compasión. Siempre he habitado de preferencia en los barrios populosos; así, cada tarde, me encontraba yo en medio de estos niños, que veía salir de las casas, como las hormigas de los hormigueros; cuando las calles eran estrechas, sentía a menudo un olor infecto que se exhalaba de esta masa de niños. En invierno, no hay hora limitada en la cual puedan ser dejados en la calle y no sé adónde podrían ir a respirar: ¡pobre pueblo que no   —200→   se cuenta para nada, con qué inhumanidad se te trata! La aristocracia que tiene, para tomar aire, sus magníficos parques, sus vastas tierras y todo el continente, donde va a gastar el dinero que le gana al pueblo; esta aristocracia, cuyos hoteles, suntuosos palacios, residencias para algunos meses, ocupan los más bellos barrios, se reserva todavía para ella sola todas las numerosas plazas públicas que decoran esos barrios63. ¡Mientras que el niño del pobre, faltándole aire y espacio, vaga como un perro inflado de hidropesía, en un sótano húmedo o un miserable granero!

Iba a abandonar Londres sin haber podido descubrir una sala de asilo, cuando un día, hablando con fuego de la inutilidad de mis búsquedas, un tory que se encontraba presente me dijo: os engañáis, señora, Londres posee varias salas de asilo absolutamente parecidas a las vuestras, y si lo deseáis, voy a daros la dirección de dos o tres. Yo acepté con apresuramiento y me transporté al instante mismo. Una de las direcciones indicaba «Palmers village Westminster», es decir al extremo del arrabal de Westminster, a más de tres leguas del centro de la ciudad. Esta sala de asilo era tan poco conocida, que estuvimos obligados a emplear un guía, y, aunque este joven habitaba el barrio no fue sino después de haber preguntado veinte veces que vino a llevamos al asilo: al fin llegamos. Nos fue necesario atravesar una especie de patio, luego entramos en una pequeña pieza, baja de techo, mal embaldosada, amoblada con una vieja mesa y dos o tres bancos. Allí estaban los niños de corta edad; había una docena de pequeñuelos tan sucios en sus personas y tan andrajosos que hacía mal el verlos. De esta pieza pasamos a una habitación más grande, pero también demasiado baja; había ahí cincuenta y dos niños de tres a seis años, sucios y en harapos, como los primeros: el olor que despedían en la habitación era tan intolerable, que fuimos obligados a salir, la puerta quedó abierta y los examinamos desde el patio. Se les enseñaba diversas cosas, como en nuestras salas de asilo, pero particularmente a contar. La anciana mujer que regentaba este establecimiento se mostró muy honesta; nos dio todos los datos en su poder, nos hizo saber que la casa no era costeada por la parroquia y que el señor William Smith, miembro de la Cámara de los Comunes, sostenía solo los gastos: este hombre caritativo había construido   —201→   la casa contribuyendo con una suma anual, de treinta libras esterlinas (setecientos cincuenta francos), más el carbón y la luz para las personas encargadas de conducirla. Eran la anciana señora, su marido y su hija a quienes se había confiado este cuidado. Además de la suma que da el fundador, cada niño debe pagar un penique por semana: esta retribución, aunque ligera, está a menudo por encima de los medios de los padres que tienen varios niños a enviar a la sala de asilo; sin embargo si la admisión no es enteramente gratuita, estos establecimientos no llenan en lo menor todo el objeto de su institución; pero lo que sería una caridad mezquina e incompleta de parte de una corporación cambia de aspecto desde el momento que un simple particular es el autor y se convierte en un bello acto, más susceptible que ningún otro de suscitar el celo de las parroquias y de reanimar la caridad, si por lo menos la última chispa no está apagada en el clero anglicano, el más rico de Europa. Desgraciadamente, en Inglaterra, las parroquias son independientes; no hay administración central de la cual ellas teman la censura o la supervigilancia64. En Londres, como en todas partes, los consejos e las parroquias están compuestos de gentes ricas que tienen a su disposición jardín, plaza, casa de campo, adonde envían sus hijos a tomar aire, ejercitan sus miembros, y que se ocupa muy poco de la suerte de los niños del pobre.

La vieja directora de la sala de asilo nos indicó otra debida también a la caridad individual y a la benevolencia de una venerable dama (la Srta. Mary Doyle).

Conducidos por nuestro guía, nos metimos intrépidamente en los caminos no empedrados, donde a cada instante nuestro coche corría el riesgo de romperse; ¡sin embargo estábamos en Londres, muy cerca de los barrios elegantes y de las suntuosas plazas! Recorrimos las calles sucias, miserables, tales como sería difícil de ver en ningún otro país de Europa. La mayoría de las casas no tienen ventanas, no tienen baldosas y junto a la puerta de cada una existe un hueco en el que el estiércol, las aguas, y todas las inmundicias en fermentación exhalan miasmas que apestan el aire. Por lo demás, el nombre de las calles dice más que las descripciones que se podrían hacer. Una se llama «Pond-street» (calle de la charca); la otra, «Dunghill-street»   —202→   (la calle del desierto); ésta, «Hog-Lane» (la calle del cochino); aquella, Gut-Lane (de la Tripa); Sewer-street (la calle del albañil); enseguida la calle del ahorcado, de los suicidas, etc.

El rostro, el traje, el lenguaje de los habitantes de este barrio responden al nombre de las calles. Los ladrones y las prostitutas no son mayoría, sin embargo la mayor parte son obreros cargados de familia que vienen a alojarse en este barrio a causa del bajo precio de los alquileres. ¡Qué miseria!, un muladar no es tan repugnante; ¡oh, cuánto sufre el pobre al costado de la opulencia! Al fin, después de muchas idas y venidas, de encuestas infructuosas, nuestro guía nos hizo detener frente a una callejuela que se distinguía de las otras por una mayor suciedad todavía. Allí nos fue preciso dejar nuestro coche que no habría podido pasar en las callejuelas que debíamos atravesar. Aquella donde se encontraba la sala de asilo era de una longitud interminable; formaba varios recodos y a cada diez pasos nos encontrábamos con charcas donde el agua era conservada con cuidado para emplearse en el lavado de ropa. Este camino, verdadera cloaca, es muy peligroso para las personas mayores y debe de serlo bastante más para los niños que van a la sala de asilo. No fue sino después de mil penas y muchas precauciones que llegamos a la casa. Había llovido por la mañana y la tierra, de una naturaleza grasosa, se había vuelto muy resbalosa por la mezcla de agua y jabón; veinte veces estuvimos a punto de caer en las charcas.

Una joven de unos veinte a veinticinco años dirigía esta sala de asilo. Era presentable y decente, hablaba con dulzura, mucha cortesía y parecía bien educada; se puso un poco confusa con nuestra visita. «Esta casa está mal situada», nos dice, casi en el momento que la abordamos. Este rincón es pantanoso y las lavanderías que le rodean hacen la estadía completamente malsana. La señora caritativa que ha fundado este establecimiento es una amiga del pobre, pero no es rica. ¡Esta casa era la única que poseía y, todo lo mezquina y mal situada que sea, su caridad no es menos bella! Además ella se priva de las cosas más esenciales de la vida, a fin de poder pagarme veinte libras esterlinas por cuidar la clase de las niñas, y otro tanto a mi padre para cuidar la de los niños. ¡Oh!, sí, repetía yo con la joven institutriz esta caridad es bella; y yo me preguntaba si en los tres reinos existía un rico que fuera capaz de un acto de esta belleza. El local se componía de dos piezas demasiado pequeñas para el número de niños (eran ochenta), y de techo tan bajo que todo el tiempo había la necesidad de tener las ventanas abiertas para tener aire.   —203→   La clase de los muchachos se hacía en el primer piso y el de las muchachas en el segundo. Era a través de una escalera de madera que se pasaba de una a la otra; los niños de dos años, trepaban y se agarraban de una cuerda.

Este establecimiento, considerado bajo la reseña de su situación del local, del mobiliario, era ciertamente muy miserable, pero todo ello desaparecía en presencia de la caridad inteligente y afectuosa que le dirigía. Los niños estaban bien limpios, así como sus gastados vestidos donde no se distinguía la menor desgarradura. Las niñas sobre todo eran bien cuidadas; las grandes trabajaban en confeccionar los trajes de los niños; cada una con el título de madre supervigilaba a dos pequeños, los lavaba, peinaba y arreglaba con orden y limpieza. Es a la señorita Doyle, me dijo la señorita, que estos niños deben sus trajes. Esta respetable dama pasa su tiempo en ir a las grandes casas a pedir para sus niños y comprar ropa para vestirlos con lo que le dan.

Estos tres seres, el padre la hija y la señorita Doyle, que consagran todo su tiempo, todos sus medios, todas sus facultades en aliviar la miseria del pueblo, se elevan a mis ojos, en medio de la aridez de esta muchedumbre dorada, como las palmeras en un oasis.

Yo habría regresado a Francia firmemente persuadida de que la ciudad monstruo no poseía ninguna sala de asilo, cuando el anuncio de una sociedad denominada: «Home and colonial infant school Society», me cayó en las manos.

La tercera asamblea anual de esta institución tuvo lugar en la sala «d'Hanover Square», en el mes de mayo del año pasado; era numerosa y de la más alta respetabilidad, lo que quiere decir que estaba exclusivamente compuesta de aristocracia feudal.

Después de unas formalidades exigidas por la etiqueta el conde de Chischester dirigió algunas palabras a la asamblea acerca del objetivo de la asociación. A juzgar por su discurso, no parece de ninguna manera que el objeto social sea de desarrollar la inteligencia de los niños del pueblo, a fin de prepararlos en el aprendizaje y el ejercicio de las profesiones o de salvarlos de los peligros del abandono, nada de eso; el único objeto de la sociedad, es la educación bíblica («scriptural education»), y el noble lord hizo alusión contra los sabios que fundan los principios de educación, de la infancia sobre las indicaciones de   —204→   la naturaleza y contra las escuelas normales, que no forman sino profesores de impiedad o de insurrecciones.

El señor J. S. Reynolds, secretario de la sociedad, sucedió al noble lord. Informó a la asamblea de los trabajos del comité para propagar la «scriptural education» entre los niños. El comité teme, dijo, que si el gobierno interviene en la educación de la infancia, no sea aquella lo suficientemente religiosa. Y a nombre del comité, el señor Reynolds comprometió a la noble asamblea a usar toda su influencia a fin de que el parlamento no se ocupe de la educación de los niños sino en los distritos manufactureros, teniendo en cuenta que la sociedad no puede esperar de hacer adoptar la «scriptural education» por los cartistas para sus niños. El secretario terminó su informe anunciando que el comité ha enviado maestros a Esmirna, a Siria y al Egipto, a fin de difundir la «scriptural education» entre los osmanlíes y los árabes.

El capitán V. Harcourt, después de un discurso tal como lo pudo hacer un fanático del siglo XVI, llamó la atención de la asamblea sobre el número considerable de niños que vagan en los grandes caminos y en las calles de las metrópolis, sin que nadie se ocupe de hacerles leer la biblia, y añade que los católicos aprovechan del abandono de los niños protestantes para hacerlos educar gratuitamente en sus escuelas. Que incluso ellos proveen de vestidos a los que no tienen, en la esperanza de efectuar conversiones, y que él conoce a familias enteras convertidas así al catolicismo.

El reverendo James Cumming propuso a la asamblea el declarar que el bienestar presente y eterno de los individuos, el buen orden de todas las clases de la sociedad, y la estabilidad de las más preciosas instituciones de este imperio, no pueden existir sino por la «scriptural education». Él se sorprende de escuchar a ciertas personas sostener que las santas Escrituras superan la capacidad de la infancia. Pretende que el bautismo dado a los recién nacidos implica la obligación de iniciarlos en la doctrina religiosa, y consecuentemente de hacerles balbucear la Biblia al enseñarles a hablar. Se opone a la opinión de Rousseau que dice «que la instrucción religiosa del niño no debe comenzar antes de la edad de nueve a diez años». El reverendo dijo que más de seiscientas mil personas en Londres no tienen lugar en las iglesias, y que más de novecientas mil no tienen ningún conocimiento de Dios ni de las Santas Escrituras. La cuestión, exclama el reverendo, no es de saber si los niños serán educados   —205→   en su casa o en los colegios, sino más bien si recibirán una educación para el infierno o para el cielo. Si los niños del pueblo no reciben una educación por las Escrituras, serán educados por uno de los dos grandes principios que luchan contra nosotros, y caerán entre las manos del ateísmo o de los sacerdotes de Roma. Y el Reverendo Cumming dejándose arrastrar por tanto fanatismo como lo hubieran tenido Lutero y Calvino, da libre curso a su odio contra el catolicismo. «Los niños de Inglaterra, dice, están expuestos a los más graves peligros; van hacía su ruina, porque el papismo nos invade por tosas partes. Los curas católicos recorren las provincias, construyen escuelas y atraen a los niños de los protestantes con el objeto de corromperlos, de seducirlos, de hacerles abandonar la iglesia anglicana, la única depositaria de la verdad, ¡de la verdad bien probada! Así nuestros desgraciados niños serán desviados de la buena vida por esos curas idólatras; serán educados en la idolatría, la absurdidad y todas las estúpidas ceremonias del catolicismo; adorarán las estatuas y los cuadros y se les hará aprender las palabras blasfematorias, «Ave María».

«Los riesgos que corren la iglesia protestante, continúa el reverendo Cumming, deben hacer establecer en todos lugares los «Infant School» donde todos los niños que nacerán recibirán la «scriptural education». Si Irlanda tuviera escuelas dirigidas según este principio, presentaría un espectáculo bastante diferente. Se puede ver en efecto que produce la «scriptural education», por el ejemplo de Escocia, donde se les enseña la Biblia a los recién nacidos («in Scotland they taught the bible from the earliest hours of infancy»); mientras que en Irlanda la Biblia es, sino totalmente rechazada, por lo menos excluida de la enseñanza».

El reverendo Cumming ha hablado durante más de dos horas, y durante ese largo discurso su voz ha sido siempre animada por una santa indignación contra el papismo. Termina así:

«En cuanto a mí no deseo que se diga que he extendido el dominio de la ciencia, instruido a mis conciudadanos, brillado en la literatura o electrizado a la muchedumbre ansiosa de escucharme. Creería haber cumplido dignamente mi tarea, si un simple epitafio inscrito sobre mi tumba anunciara que he enseñado a un sólo niño a pronunciar el nombre de Jesús».

Este discurso fue cubierto de salvas numerosas de aplausos.

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El señor Labouchére, Ministro actual de comercio, que se habría creído demasiado circunspecto para tomar parte en una sociedad que confiesa que su objeto es el de hacer aprender la Biblia a niños de dos a siete años, o demasiado independiente para no sostener el valor de su opinión sin someterse a hacer la corte a la aristocracia, asistía a esta sesión y hablaba en el sentido del reverendo Cumming. El reverendo J. Stratten se mostró más tolerante, y dijo que aplaudía el establecimiento de todas las escuelas para la educación de la infancia. Este loable filántropo no encontró la simpatía de la noble asamblea.

Después de algunos otros discursos todos hechos dentro del espíritu de la educación bíblica, se levantó la sesión.

En verdad, no es sino en Inglaterra que se encuentra todavía personas tan simples como para intentar hacer propaganda religiosa con las Biblias, y de la religión con el razonamiento. Proponer, para detener el progreso del catolicismo, de distribuir la Biblia y de hacerla aprender a los niños con nodriza, es una idea, que es preciso confesar bastante ridícula y absurda para una asamblea tan grave. ¡Eh! Reverendo Cumming, el clero católico, en Irlanda, lucha con el pueblo y para el pueblo, del cual sostiene el coraje y la fe, comparte el legado de la miseria y los sufrimientos; he allí el secreto del éxito. Aprended, muy reverendo, que para persuadir al pueblo es necesario ante todo ganar su afecto. El clero anglicano es muy rico, y el pueblo no cree en la caridad del sacerdote rico.

Independientemente de la sociedad de la que vengo de dar cuenta, existen varias otras sostenidas por las suscripciones de la aristocracia; pero, a pesar de todos esos esfuerzos, la iglesia anglicana tiene que sostener una ruda lucha.



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ArribaAbajo- XIX -

Owen


A fin de evitar toda falsa interpretación, declaro que no soy ni saint-simoniana, ni fourierista, ni oweniana. Si tuviera que pronunciarme acerca del valor respectivo de esas tres doctrinas, lo haría desde mi punto de vista, después de haberme entregado a un examen profundizado de cada una, y de haberlas comparado entre ellas en sus aplicaciones diversas. Pero por el momento me ocupo solamente de hacer conocer la doctrina del socialismo inglés, porque mi libro no es un tratado sobre las teorías sociales.

En la misma época tres hombres sin comunicación entre ellos, encontrándose uno en Rusia, el otro en Francia y este en Inglaterra, llegan por series distintas de hechos y de razonamientos a una verdadera moral que ellos demuestran, con una evidencia a la cual el egoísmo rehúsa en vano aceptar, a saber: que el trabajo por asociación es el único que puede preservar a los hombres de la opresión y del hambre, y de arrancar los vicios y los crímenes que producen la organización y las luchas intestinas de nuestras sociedades. El siervo ruso parece menos desgraciado a Saint-Simon que el proletario de Europa; que este esclavo del hambre y de la ignorancia, explotado por la codicia y la astucia de aquellos que tienen, y aplastado por el poder. Saint-Simon, miembro de la alta aristocracia, la conoce demasiado últimamente para creer en los talentos hereditarios. Funda su jerarquía sobre los diversos grados de inteligencia y sienta el principio: a cada uno según su capacidad, a cada capacidad según su obra. Fourier diseca la organización social, muestra al descubierto   —208→   todos los fraudes y todas las violencias, y todas las infamias. Por inducción es conducido de la atracción, del cuerpo a la atracción personal, de la armonía de los sonidos a la armonía de las pasiones humanas; la atracción y la armonía son los dos pivotes de su organización y su ley refleja la de los mundos. Fourier es profeta, sin buscar ser apóstol, y partiendo del principio de que el universo se refleja en todas sus partes, ve en la vida del hombre la imagen de la vida de la humanidad entera.

Owen no ha estudiado filosofía, no ha observado todas las clases de las sociedades europeas, en la época de las convulsiones de la revolución francesa, y su espíritu no está dispuesto, como el de Saint-Simon, a formular una organización social. No se eleva tampoco, como Fourier a la ley del universo para descubrir la ley de armonía que debe regir las sociedades humanas; nada de ello. Owen es el hombre de corazón amante, de espíritu justo y observador. Es instruido en las manufacturas, donde durante treinta años ha tenido un número considerable de obreros bajo sus órdenes, y donde ha estudiado todas las miserias del pobre.

Las ideas de Owen resultan de una serie de observaciones y de experiencias, pero no forman una teoría completa que comprenda al hombre en todas sus formas variadas, tal como la historia y el mundo lo presentan a nuestros ojos. Preocupado por la inmensa influencia que ejercen sobre nosotros las circunstancias exteriores, Owen no da casi ninguna cuenta de la organización; el ser humano es para él el bloque de mármol con el cual el escultor hace a su voluntad un héroe, un monstruo o un cobarde. El hombre de Owen es una estatua de mano de hombre, confieso que no veo allí la criatura de Dios con sus presentimientos de lo infinito y de su vida eterna y progresiva. Digámoslo así: Owen no se ocupa suficientemente de las necesidades anímicas; pero, en cambio, Owen me parece admirable cuando organiza los intereses materiales. Él convida a las asociaciones a la inmensa población de los proletarios de Europa, les hace ver la urgente necesidad de asociarse, si no quieren morir de hambre, y lograr el bienestar que resultaría para ellos y les indica los medios de realizarlo. Les demuestra por cálculo y razonamiento fundados sobre la experiencia, que, por la asociación, el trabajo y el capital produciría lo más posible, y que los gastos serían más débiles, relativamente a la suma de los goces. Owen es el San Juan del desierto que anuncia a Cristo, es el precursor de otro que vendrá a completar su creación, a animar esta estatua de Prometeo, a colorear de poesía esta vida material,   —209→   a elevar el templo que las artes embellecerán con sus prestigios, y, donde una divina armonía exaltará a las almas hacia Dios y María.

De los escritos publicados por Owen resulta que él considera los hábitos, la manera de ver y de sentir, en una palabra, el carácter, como el producto de la organización y del medio en el cual el hombre ha vivido y de lo cual se deriva la irresponsabilidad humana. Según él, el vicioso, el criminal, son enfermos que es preciso curar. No acuerda ni mérito ni demérito a la sanciones. Estas resultan de la forma moral que nos es impuesta sin saberlo. El hombre al nacer, dice Owen, no es ni bueno ni malo. Atribuye tanto poder a la educación, que en la sociedad que él forma, no parece suponer ninguna desigualdad de talento, porque es la edad la que determina las funciones. Owen reconoce un Dios creador, eterno, bueno e infinito; quiere que uno rinda homenaje a Dios, amando a sus hermanos, pero proscribe todo culto exterior. Estudiar las leyes de la naturaleza, la producción de las riquezas y su mejor empleo, he allí, dice él, los medios de ser útiles a nuestros semejantes y he ahí el objeto de nuestra vida.

Owen está convencido por una larga experiencia, que el lazo social no puede subsistir sino por las relaciones de benevolencia entre los hombres y en el afecto que tienen los unos por los otros. Sin embargo se le acusa de no ser cristiano, porque no le da importancia sino a las acciones y manifiesta la indiferencia más completa por todas las sectas65. «Reapareceré en las filas cristianas, responde a sus detractores, cuando el cristianismo se libre de los errores que cada uno a su manera esconde».

Jamás un hombre ha aparecido, sobre el gran teatro del mundo, dotado a un grado más alto que él, de amor por sus semejantes; encontrar remedio a sus males ha sido para Owen el fin de cuarenta años de observaciones, de experiencias y de trabajos. Dios ha coronado su obra, y ahora el filántropo practica convertido en apóstol del principio del amor, consagra el resto de su vida también ocupada en demostrar a los proletarios, la ventaja de la unión fraternal para cada individuo; porque es en la intención de la felicidad del mundo que él les recomienda a amarse y a unirse.

  —210→  

¿Qué hay de más admirable que la justeza de las observaciones, que la rectitud del juicio del filántropo práctico en su fundación del «infant-school»? (Sala de asilo). Los principios que ha descubierto para la educación de la infancia son una verdad evidente a los ojos de todos. Owen, por el solo estudio de la naturaleza, ha dotado al mundo de un sistema para el desarrollo moral de los niños de poca edad, bastante superior a lo que se conocía, porque no presenta nada que no pueda ser verificador la observación de cada uno. El movimiento y la curiosidad que manifiesta el niño, en todas las épocas de su existencia, son los dos móviles que Owen hace dirigir por la benevolencia y la dulzura. El instinto corporal no evita el dolor con más prontitud y fuerza, como la inteligencia de los niños se subleva contra el sufrimiento que se le inflige y todo tratamiento duro y severo. Owen atribuye a los castigos y a las recompensas una buena parte de los males del mundo; él los proscribe de su escuela con el fin de evitar el provocar la mentira, la doblez, de hacer nacer la envidia, los celos, las falsas apreciaciones y las vanidades. Las consecuencias naturales del bien y el mal son suficientes como móviles en su escuela. La expresión del gozo de los otros contenta al autor del bien. El niño que se muestra perverso y desamparado y el abuso de la fuerza es reprimido por la intervención de todos. La experiencia le ha enseñado a Owen que la bondad y el amor ejercen sobre los niños un imperio sin límite. Los actos mutuos de benevolencia y de bondad son las bases fundamentales de su sistema de educación. La dulzura y la buena voluntad del maestro y de los alumnos se armonizan con la actividad y la curiosidad de la infancia, y el todo constituye la máquina simple y poderosa, descubierta por Owen, para formar el carácter social del hombre. Él domina su voluntad por la actividad constante de los afectos benévolos, subyuga las inclinaciones antisociales por el poder de los hábitos, y adquiere una confianza sin límite por la autoridad que la verdad ejerce sobre nosotros, porque no dice jamás sino lo verdadero y no enseña sino las cosas cuya verdad resplandece en la inteligencia del alumno.

La ley orgánica de la escuela oweniana responde a la necesidad incesante de amar, al deseo de conocer, a esa sed de verdad que nos revela el alma. Owen ha descubierto esta ley por una serie de experiencias y el estudio atento del principio social entre los niños y entre los obreros. Él obtiene tan felices resultados por la influencia que ejercen el hábito, el afecto y la verdad, que no se debe estar sorprendido que se haya abandonado a su indignación contra el absurdo de persistir en   —211→   las modas antisociales de educación que, desde hace siglos, amontonan vanamente líneas sobre líneas, preceptos sobre preceptos. La insuficiencia de la enseñanza teórica está bastante probada, por los resultados de la educación ordinaria, ya que queda demostrado que la verdad y la moral no podrían tener influencia durable sobre nosotros sino por la existencia que le da la práctica. Es preciso que, constantemente en acción, la verdad y la moral ejerciten nuestro juicio, motiven nuestra conducta y formen nuestros hábitos.

«Debe parecer evidente66, dice Owen, que se pueda enseñar a los niños según el sistema del sector Bell o según aquel de Lancaster, a leer, escribir, calcular, mientras que al mismo tiempo pueden adquirir los hábitos más viciosos.

»La lectura y la escritura son simplemente instrumentos con los cuales se puede comunicar conocimientos buenos o malos, y que, cuando se les da a los niños, tiene para ellos poco valor, a menos que se le enseñe a hacer un uso conveniente.

»Cuando un niño haya recibido una descripción clara y exacta de los objetos que lo rodean y cuando se le haya enseñado a razonar o a juzgar sanamente, de manera que pueda distinguir las verdades generales de las afirmaciones falsas, estará bastante mejor instruido, aunque no conozca una sola letra del alfabeto, ni una sola cifra, que aquellos que han sido forzados a creer, y cuyas facultades y razón han sido perturbadas o destruidas por lo que se llama, con un extremo error, la enseñanza.

»Se conviene generalmente que la manera de instruir a los niños es de alguna consecuencia y que ella merece toda la atención que se le ha dado, desde hace cierto tiempo. Se conviene también que las personas que inventan o que introducen las mejoras y que facilitan la adquisición de los conocimientos son los benefactores de sus semejantes, y sin embargo la manera de comunicar la instrucción es una cosa y la instrucción en sí misma es otra, y no hay ciertamente dos cosas más distintas. Se puede servir del peor método para dar la mejor instrucción y del mejor método para dar la peor instrucción.

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»Si fuese cuestión de estimar la importancia real entre el modo y el objeto real de la instrucción por números, se podría evaluar la manera de instruir en uno y la forma de instrucción en diez millones; la primera no es solamente sino el medio y la última el objeto que este medio debe cumplir.

»Si por lo tanto, añade Owen, en un sistema de educación para los pobres, es de desear el adoptar el mejor método, y es bastante más deseable todavía el adoptar la mejor materia de instrucción».

Owen ha observado el desarrollo de la inteligencia humana. No le enseña a la infancia ni la abstracción, ni las revelaciones del alma, por la simple razón que son pensamientos que sobrepasan la comprensión del niño. Los primeros conocimientos que el hombre adquiere, al igual que todos los medios de proveer su conservación, provienen en primer lugar del ejercicio del instinto y del poder intuitivo sobre los objetos sometidos a la acción de sus sentidos; es por lo tanto por la enseñanza del mundo material que la instrucción debe comenzar. Será necesario aún en la mano del niño que el crayón preceda a la pluma, que sepa dibujar los objetos antes de aprender las combinaciones de los signos convencionales que representan los nombres; porque cuando comprenda la ficción intelectual que une los signos diversos, el recuerdo de las articulaciones y de los sonidos, de las palabras y de los cantos, las ideas de las dimensiones y de los números, su inteligencia habrá recibido un gran desarrollo; el mundo ideal le es entonces abierto. En la asociación oweniana, los niños son admitidos en la escuela desde la edad de dos años; permanecen en ella hasta los diez, y es solamente hacia la edad de siete a ocho años que aprenden a leer. Una regla general domina la instrucción, es la de no enseñar nada al niño que no sea la consecuencia inmediata de lo que él sabe bien. Owen tiene demasiado buen sentido para querer hablar de Dios a sus pequeños escolares, hasta que Dios mismo no se revele a su corazón. Él los educa en la práctica de la caridad, les demuestra que el egoísmo bien entendido es el de no ser egoísta y descansa en las satisfacciones y los sentimientos que experimentan para hacerle conocer la conciencia.

Será en vano que la envidia, el odio y los clamores de la hipocresía busquen un objetivo personal o de ambición, en los planes, los escritos o la conducta de Owen. El amor más puro a sus semejantes es el móvil de su vida; se refleja en todas sus   —213→   acciones y sin saberlo esta caridad divina, esta mansedumbre sobrehumana le hacen llegar a una altura grandiosa.

En una memoria dirigida a los poderosos aliados reunidos en Aix-la Chapelle, Owen expresándose sobre su interés personal dijo: «que él no pide nada, que no tiene necesidad de nada, y no teme nada individualmente ni de los gobiernos, ni de los pueblos. Antes de dar un paso en la carrera que se ha trazado, ha sopesado su vida en su mano (es su expresión); no la calcula más, no la considera más que como una pluma ligera en la balanza, comparada con la inmensidad del bien que reconoce poder hacerse en las circunstancias actuales. Obtener este gran bien para sus semejantes es el único objeto de su preocupación.

Jamás la filantropía ha aparecido bajo una forma más unitaria, más llena de caridad que en la organización social de Owen: sectarios de Brahma, de Confucio, de judíos, cristianos y musulmanes, niños, jóvenes y viejos, ricos y pobres, el filántropo práctico, los reúne a todos. Su bandera es la tolerancia; su ley se deriva del principio de amor y de fraternidad predicado por Jesús: él afirma la asociación por el imperio de los hábitos benévolos y por el interés individual identificado con el interés de todos.

Owen piensa que el trabajo continuo de los talleres, altera la salud del hombre, embrutece su inteligencia y al mismo tiempo él está convencido de la inmensa ventaja que presenta la ejecución de los trabajos agrícolas por reuniones de obreros. Esta es la razón por la que desea que estas asociaciones abarquen la agricultura y la fabricación. La experiencia le ha enseñado que la variedad de las ocupaciones, que reanima el ardor del obrero, se concilia con la división del trabajo y su buena organización. Le es demostrado que una asociación de obreros usando medios perfeccionados, trabajando y viviendo en común67, podría siempre establecer para los objetos de su fabricación un precio más bajo de lo que sería capaz de hacer el capitalista   —214→   con el socorro de los desgraciados que explota. Le es igualmente probado que esta asociación obtendría más crédito que el fabricante, y finalmente que por el resultado de su trabajo estaría siempre abundantemente provisto para todas las necesidades de la dicha asociación, para la educación de los niños y también para los goces intelectuales.

La adopción del sistema que yo propongo, dice Owen, ofrecería ventajas inmensas para las clases pobres, y estas ventajas son susceptibles de una demostración tan rigurosa como una proposición matemática.

Citaré, en apoyo de esta afirmación, algunas fragmentos del informe del comité que examinó la proposición que había hecho Owen de organizar una asociación según sus principios.

El comité, refiriéndose a las diversas resoluciones e informes que ha adoptado, y que han sido aprobadas por una asamblea general muy respetable y muy numerosa, pide todavía que le sea permitido, someter al público las consideraciones siguientes:

1.º-«Que el señor Owen ha tenido durante veinte años, bajo su sola dirección, como asociado gerente, una de las más grandes fábricas del reino, en la cual se emplean más de dos mil obreros, que él ha dirigido siguiendo un método que es materialmente muy diferente de los métodos ordinarios, y que sin embargo ha producido las ventajas más importante para los propietarios y para los obreros.

»Sin entrar aquí en los detalles de esta gestión, nos hasta afirmar que las horas de trabajo, dieciséis sobre veinticuatro, han sido reducidas a diez horas por día. Que los propietarios gastan más de setecientas libras esterlinas (17.500 francos) para la educación de los niños de los obreros. Que en las escuelas en las que son educados no se inflige jamás el castigo corporal. Que ningún niño de menos de la edad de diez años es admitido en ningún trabajo y que una porción del terreno es cultivado como jardín por las personas empleadas en la fábrica. En las circunstancias actuales y a pesar de las dificultades del momento que han traído abajo tantos otros establecimientos, este ha continuado de manera notable, y, siguiendo la opinión del señor Owen, los beneficios que se han obtenido han dependido principalmente de la adopción de su sistema. De otro lado los oficiales de justicia no han ejercido   —215→   ninguna persecución criminal contra los habitantes de New-Lanark desde hace quince años. Todo el mundo está de acuerdo en que esta fábrica, tanto por el orden, la limpieza, como por su sabia dirección, es eminentemente superior a la generalidad de otras, y que durante los últimos años, sobre todo desde la perfecta reforma de las escuelas, la salud, la alegría, la inteligencia y la excelente disposición de los niños ha impresionado a todas las personas que han visitado este establecimiento y les ha causado tanto placer como sorpresa.

2.º -»Que ahora es cuestión de formar un nuevo establecimiento en el cual la agricultura, y las manufacturas serán ejercidas, pero en la cual la agricultura será la base: la experiencia ya adquirida por el señor Owen y la ventaja de comenzar de nuevo lo pondrán en situación de dar disposiciones bastantes superiores a aquellas existencias actualmente en New-Lanark. La opinión más pronunciada que él expresa es que el capital empleado será pronto devuelto con interés, que los trabajadores estarán situados en un estado de bienestar desconocido hasta el presente en esta clase. Ofrece personalmente emprender la superintendencia y al mismo tiempo se prohíbe toda participación en los beneficios. Declara que está presto a comunicar de la manera más clara y sin reserva todos los detalles de su plan.

3.º -»Estos detalles son actualmente sometidos al público y el comité habiéndolos tomado en consideración, es de opinión que hasta cierto punto son no solamente practicables sino aun suficientemente seguros como ninguna institución humana lo puede ser, para producir los resultados que Owen anuncia. En cuanto a las personas que han rechazado este plan sin examen, el comité debe hacer observar que Owen ha sometido ya a la experiencia la unión de la agricultura y de las manufacturas; que según su paciencia, su experiencia y su éxito, él tiene toda la razón de creer que seguirá una marcha prudente y atenta, fijando las proporciones en las cuales la agricultura y las artes mecánicas deben estar en un nuevo establecimiento. Que el efecto de los arreglos económicos, disminuyendo las pérdidas, ahorrando espacio y tiempo, no han sido ensayados jamás en la agricultura y la economía doméstica sobre un plan tan extendido como el que se propone actualmente; que los resultados de una combinación de trabajo sobre una escala extensa en la agricultura no son conocidos. Pero que los hombres que conocen las ventajas en otros géneros de trabajo, piensan por adelantado cuánto obtendrían en esta parte de la industria humana,   —216→   la más importante de todas; y que en fin, por encima de todo, nadie puede calcular el acrecentamiento del poder y la felicidad que puede nacer de un sistema parecido bien reglamentado por la formación de hábitos morales y el perfeccionamiento de la clase obrera.

4.º -»El comité está instruido de varias objeciones que se han opuesto al sistema de Owen; pero ninguna le ha parecido fundamentada ni en el hecho ni en la razón.

5.º -»Las opiniones supuestas particulares de Owen en materia de religión, forman una de esas objeciones, etc.

6.º -»Varias otras objeciones se fundan en la suposición de que los planes de Owen tienden necesariamente a la comunidad de los bienes, lo cual es un error o una falsa suposición. En el establecimiento que se propone, no habría ni comunidad de bienes ni la menor desviación de las leyes existentes sobre las propiedades. Owen, es verdad, ha expresado en una ocasión precedente, ciertas opiniones en favor de un estado de sociedad en el cual la comunidad de los bienes debería existir; pero no ha juzgado jamás que esta comunidad de bienes fuera necesaria al éxito de plan que propone ahora, y no lo ha exigido como condición de su dirección.

Se ha pretendido también que sus planes tienden a la igualdad de las clases sociales: esta noción proviene y depende de la concepción falsa de la comunidad de bienes.

7.º -»Habría lugar a temer, se dice, las consecuencias molestas de la sustracción de capitales ahora empleados de manera ventajosa en otros establecimientos; el comité no sabe cómo apreciar esta objeción que se podría igualmente elevar contra todo desplazamiento de capitales.

8.º -»Las objeciones fundadas sobre el hecho de que el plan tiende a favorecer un crecimiento rápido de la población recae también sobre la falsa suposición de la comunidad de bienes, y destruida esta suposición, ellas caen por sí mismas. Si el fomento de la población consiste solamente en el crecimiento de las ventajas que el capital, así empleado, puede procurar a las clases obreras, al mismo tiempo que dan ganancia al capitalista, el comité es de la opinión que no puede tener ninguna objeción contra un fomento parecido.

  —217→  

9.º -»Otra clase de opositores pretende que este sistema destruirá la independencia del campesino y sus hábitos domésticos, y que poniéndolos demasiado bajo la independencia de sus jefes, debilitará sus facultades y lo convertirá en una máquina. Se supone que estas objeciones provienen casi enteramente de esta parte del plan que tiene por objeto un arreglo para facilitar a los obreros, de cada establecimiento, los medios de comer en común. No se puede dudar mucho de que las ventajas de este arreglo se conviertan en tal forma evidentes a tal punto que sean adoptadas; pero ninguna clase de presión ni aún de persuasión será empleada; los obreros deben recibir su salario en dinero y la manera como querrán aprovecharlo queda enteramente a su disposición.

»El comité desea recordar a aquellos que ponen a tan alto precio los goces domésticos, que estos goces, para las personas actualmente empleadas en las fábricas durante dieciséis horas por día, no pueden ser muy grandes, y que la independencia de todas las clases trabajadoras está eternamente sujeta por las disposiciones actuales de la ley sobre los pobres.

»Los planes propuestos, aumentando los goces, parecen proveer de grandes medios de economía; y como se tendrá la más grande libertad de abandonar en cualquier tiempo el establecimiento, no es fácil de concebir cómo la independencia de quien sea podría estar jamás amenazada. La opinión de que se estropearan las facultades intelectuales por un sistema basado en una educación liberal y variedad de ocupaciones, no puede si no parecer muy singular a los ojos del comité; porque el efecto principal de la realización de ese plan sería incontestablemente el de poner una barrera a la influencia embrutecedora de la división del trabajo que se ha llevado hasta tal punto, que no se puede dudar que destruye su propio objeto.

10º. -»El comité, sobre todo el conjunto, somete a la opinión pública una importante consideración: que la situación actual de los pobres y de las clases obreras no pueden continuar más, que es preciso encontrar algún remedio a tan grandes males, y que ningún plan puede ser eficaz sino tiene por objeto fundamental crear en esas clases hábitos morales y sentimientos de unión social.

»Que ningún plan propuesto hasta hoy presenta como el de Owen por lo menos una apariencia de éxito tan grande para decidir ensayarlo; que no se pide ninguna alteración a las leyes   —218→   existentes; que no hay ningún peligro de temer, que el comité tenga culpa o razón en los resultados que anuncia, pero que los resultados serán incalculables si el comité tiene razón; y por lo menos este ensayo no hará sino demostrar con un ejemplo más que sería ventajoso para nuestros fabricantes aplicar tiempo, dinero y atención al perfeccionamiento, a las necesidades, a los goces y a la felicidad de sus obreros; todo el dinero necesario para este objeto estaría bien colocado. Según todas estas circunstancias y motivos, se solicita ardientemente el concurso de todos aquellos que desean el bienestar de todas las clases de la sociedad, y sobre todo el perfeccionamiento del carácter general de las clases obreras».

Advertencia General del Comité

Londres, 11 de agosto 1819.

Plan para procurar empleo a los pobres.

«El comité, nombrado en una asamblea general realizada en la taberna de Londres, el 26 de julio de 1819, convocado para el efecto de tomar en consideración el plan del señor Owen, ha procedido con la convicción de que el espíritu público está perfectamente convencido que las desgracias acrecentadas y siempre en aumento de los pobres piden remedios inmediatos y suficientes.

»Es de opinión que estos remedios se encontrarán lo más pronto en todo plan que procurará empleo a los pobres, y principalmente en los trabajos de agricultura que, al mismo tiempo que tienden a afirmar los hábitos industriales, pueden servir para conducir a un sistema de educación a fin de educar a la gente pobre en una moral depurada.

»El comité piensa que el plan propuesto por Owen reúne diversos resultados prácticos relacionados con las ventajas de las cuales se hace cuestión arriba, y que se debe hacer un establecimiento por vía de experiencia, etc.

»Las suscripciones serán recibidas por los señores Smith, Payne y Smith, Williams y compañía, Spooner, Atwood y compañía, y Brummond y compañía, banqueros»68.

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En este informe que no transcribo por entero el comité niega todas las acusaciones calumniadoras que se le imputan bajo la proposición del filántropo, las pasiones de odio y de hipocresía, de fanatismo y del temor que inspira a la aristocracia la independencia que adquirirían los proletarios si se reunieran en asociaciones.

Tal era ya, en 1819, la animosidad que excitaban los principios de Owen, que las intrigas impidieron la realización de su proyecto. Es en vano que llamaran la atención de gentes serias acerca del crecimiento del poder creado por el maquinismo de 1792 a 1817, crecimiento que entonces el hábil socialista evaluaba en trabajo de doscientos millones de hombres. Es en vano que mostrase este mismo poder de las máquinas tomando un inmenso desarrollo sobre el continente, de suerte que los objetos se fabricaban más prontamente de lo que pudieran consumir y que a pesar de los esfuerzos prodigiosos de Inglaterra para abrirse a los nuevos mercados, todos los del mundo entero no le serían suficientes.

Sin embargo, decía Owen, el mal va en aumento, las fábricas fabrican montones de mercancías y las máquinas hacen nuevos progresos sin cesar. El empleo de la mano de obra disminuye cada día, el trabajo del hombre es en tal forma envilecido, que los salarios se han vuelto insuficientes para satisfacer los deseos más urgentes; así, por lo tanto, queda demostrado   —220→   que las clases obreras están en la imposibilidad de luchar contra las máquinas; y el filántropo práctico veía el remedio de sus males en la explotación simultánea de la agricultura y de la industria, llevada a cabo por las asociaciones de obreros, organizadas o administradas según sus principios.

«Es necesario y urgente, decía Owen, el cambiar nuestra política interior relativa a los pobres y a los obreros, a fin de evitar que este cambio no se haga por la ignorancia y los prejuicios, bajo la influencia funesta de la desesperación y las pasiones más violentas. Según las leyes existentes, las clases obreras, privadas de ocupación viven a expensas de las rentas de la gente rica e industriosa, mientras que las facultades corporales e intelectuales de los individuos que componen estas clases se mantienen inactivas. En este estado de cosas, estos individuos contraen malos hábitos; y los vicios que la ignorancia y la pereza no dejan nunca de producir. Ellos se mezclan con los mendigos de profesión y se convierten en la escoria de la sociedad.

»La mayoría de esos pobres han recibido de sus padres hábitos viciosos, y tanto como dure el sistema actual, estos hábitos viciosos se transmitirán a sus hijos y por estos a las generaciones sucesivas; consecuentemente, todo proyecto de mejoramiento debe, como primera medida, prevenir esta funesta transmisión y proveer los medios de hacer contraer a los niños hábitos buenos y útiles a la sociedad.

»El trabajo de algunos individuos tiene un precio más grande que el trabajo de otros, y ello proviene casi enteramente de la educación y de la instrucción que han recibido. Así pues se debe dar la educación y la instrucción más útil a los niños de gente pobre.

»La misma cantidad y la misma calidad de trabajos, bajo un mejor modo de dirección, producirán resultados de más valor que bajo otra. Es necesario por lo tanto que el trabajo de los pobres se haga bajo el mejor modo de dirección.

»Un sistema de economía puede asegurar más ventajas, más desahogo y bienestar que otro proporcionalmente al gasto. Se debe hacer por lo tanto en semejantes establecimientos arreglos tales que produzcan los más grandes beneficios con el menor gasto.

  —221→  

»Los vicios y la miseria de los pobres provienen en gran parte de que están rodeados de tentaciones que no han sido instruídos para vencer. Sería una mejora importante el aislar a los pobres de las tentaciones y deseos inútiles.

»Las condiciones de todo proyecto para mejorar la suerte de los pobres son de impedirles contraer malos hábitos, de dárselos buenos, así como una educación y una instrucción útiles para ellos, de asegurar un trabajo conveniente a los adultos, de dirigir su trabajo y sus gastos de manera de procurarles los más grandes beneficios, para ellos mismos y para la sociedad, de colocarlos en fin en circunstancias que los alejen de las tentaciones inútiles que unen estrechamente sus intereses y sus deseos y sus deberes».

No pudiendo sobrepasar los obstáculos que el fanatismo religioso y la aristocracia le oponían, Owen fue a América, donde fundó en 1824 la colonia de «New-harmony». Los elementos heterogéneos que la componían y las incomprensiones que los metodistas y todos los santurrones sectarios buscaban crear impidieron su éxito. Sin embargo los resultados fueron muy satisfactorios, bajo el punto de vista de la filantropía: la asociación fundada por Owen sobre los 30,000 acres de terreno que él había adquirido en el estado de Indiana, se subdividió en varios establecimientos. Se organizaron sociedades de artes y de oficios y de agricultura; la educación de los niños fue conducida con la más grande atención y según la teoría de Owen. Finalmente se obtuvo de los adultos una explotación rural dirigida con noción del conjunto e inteligencia. En todos los Estados de la Unión, se formaron asociaciones sobre principios más o menos cercanos a los de Owen y tomaron el nombre de «Cooperative society». Owen encontró en los Estados Unidos las mismas persecuciones que en Inglaterra; ¡porque estos dos países son quizás los únicos del mundo donde el fanatismo subsiste todavía en toda su tolerancia, en toda su hipocresía, en todo su horror! Regresó a Europa para reanimar el ardor de sus discípulos.

A su regreso a Inglaterra, Owen encontró una santa liga organizada. En todas partes donde iba encontraba comités ocupados en provocar grandes manifestaciones y en secundar su propagación69; la sociedad había fundado el «Cooperative magazine» como su órgano.

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Owen ha sacrificado una inmensa fortuna, honradamente ganada, en la propagación de su doctrina. Se evalúa que después de su regreso de América, ha pronunciado de mil cien a mil doscientos discursos en público, y que ha escrito en los periódicos o publicado separadamente tres mil artículos dirigidos a distintas poblaciones. Sus viajes han sido permanentes y cuando se ha tratado de hacer propaganda nada lo ha retenido, ni el dinero, ni la salud, ni sus asuntos.

Existía en Manchester una sociedad de obreros bajo el título de «The community or the friendly society»; por la influencia y la andanza de Owen, esta sociedad se ha extendido y tomado el título de «The association of all classes, of all nations». El comité que la dirige está presidido por Owen; en este Comité figuran los hombres más distinguidos que han abrazado su doctrina: John Booth, Williams Smith, Robert Alger, Junius Haslam, Baxter, Hanhart, George Fleming, James Braby, etc.

Varias publicaciones han sucedido a la Cooperative magazine y propagan los principios de la Sociedad: The Star of the east, The pioneer, The social reformer, The new moral world, The weckly dispatch, y varias otras; esta última con un tiraje de unos 40,000 ejemplares.

Habiendo acusado Owen a las religiones de los males que agobian a las sociedades humanas, los vendedores de biblias quedaron demudados. Esos actores fanáticos que viven a expensas de los imbéciles se alarmaron, y toda la multitud de predicadores que bajo diversas denominaciones se disputan al público, organizaron contra el filántropo una persecución sorda. Repartieron a manos llenas la calumnia sobre él y sus discípulos, emplearon todos los medios a fin de perjudicar sus intereses privados, y para ahogar la repercusión de sus escritos, de sus prédicas, de sus fraternales acciones y de su benevolencia universal.

La religión de la aristocracia, poderosa por sus inmensas riquezas y el apoyo del gobierno, no se asustó tan rápido; ella se basaba, para destruir al filántropo en el odio de las sectas disidentes que explotan la credulidad pública.   —223→   Sin embargo Owen cuenta con numerosos discípulos no solamente en los tres reinos, sino aun en América, en Alemania y en Francia. Sus discípulos toman el nombre de socialistas, y la asociación superando los odios nacionales, fomentados por la aristocracia, toma el título de Sociedad Universal de los religionarios racionales, e iza la bandera de la unidad. Un concilio universal está investido de los poderes de la asociación y regula su marcha. Se reúne en una de las ciudades manufactureras de Inglaterra, donde se reúnen los delegados de todos los congresos particulares, los cuales son en número de sesenta y uno. Independientemente de este cuerpo legislativo, hay un comité central en permanencia, que reside en Birmingham: es este comité el que le da un impulso unitario a la Sociedad. Especialmente encargado de la propagación de la doctrina, envía a los misioneros a los tres reinos y también al continente. Los misioneros tienen un sueldo de alrededor de treinta chelines por semana, sin contar los gastos de viaje. El dinero necesario para pagar todos estos enormes gastos es provisto por las contribuciones individuales de cuatro peniques por semana (40 céntimos de franco).

En las ciudades principales, tales como Manchester, Birmingham, Liverpool, Sheffields, etc., los socialistas tienen sesiones públicas y regulares.

Se contaba ya con 500,000 discípulos de Owen en los tres reinos, cuando a su vez la iglesia anglicana ha sufrido pavor. Los grandes burócratas se reunieron. En sus conciliábulos se presentaron los corifeos del torysmo y se convino en convencer a la joven reina a fin de obligarla a proclamar la persecución.

El doctor Phillpott, obispo de Exeter, hombre de una nulidad extrema, y sin embargo deseoso de que se hable de él, halla la ocasión con solicitud y no pudiendo ser ni un San Ambrosio, ni un Bossuet, reproduce en el siglo XIX el papel infame de los inquisidores del siglo XVI. Invoca los rigores de la ley contra hombres dedicados a los pobres; quiere encender hogueras para apóstoles verdaderos, que, plenos de amor hacia el semejante, dicen a los obreros: Venid a nosotros, hermanos, venid a unir vuestras fuerzas a nuestras fuerzas, vuestra buena voluntad a la nuestra; trabajemos en común, y que por el amor que nos tenemos los unos por los otros, se reconozca que somos religiosos EN TODA VERDAD. Que NUESTRAS ACCIONES testimonien de nosotros, y dejemos a los falsos profetas la mentira, las palabras encubiertas y el lenguaje hipócrita.

  —224→  

Sin embargo este obispo de Exeter formula la denuncia. Su odio habla sin disfraz, seguro de la acogida favorable que le es reservada en la Cámara de los Lores. Ninguna expresión caritativa manifiesta al cristianismo; ¡sin embargo este hombre se dice miembro de la cristiandad, se pretende obispo y denuncia!

El pueblo inglés está todavía regido por reglas de la Edad media. El poder de la opinión ha obligado sucesivamente al gobierno a extender la tolerancia; pero la más atroz intolerancia subsiste en la ley. Lord Brougham, este gran renegado de la libertad, ¿no decía acaso en la Cámara de los Lores, que «una reina de Inglaterra que se desposara con un príncipe que no profesara la religión de Phillpott perdería su derecho a la corona»?

Una religión ricamente dotada e impuesta por la autoridad una religión profesada por todos los opresores del pueblo, bien ha podido logar obtener tanto respeto como la ley. Pero no teniendo en ella nada que excitara las simpatías, ha debido perder necesariamente su ascendiente sobre las masas; así, millones de sectas han surgido del suelo inglés. Forzado a tolerarlas, el gobierno no ha renunciado jamás a las pretensiones de Enrique VIII, de circunscribir el pensamiento religioso. Ese pobre pueblo inglés, del cual se repite tan a menudo que está gobernado por la más liberal de las constituciones, se estimaría muy feliz si esta constitución modelo encerrara solamente estos artículos de nuestra carta:

Art. 1. -Los franceses son todos iguales ante la ley, sean cuales sean por otra parte sus títulos y rangos.

Art. 2. -Ellos contribuyen indistintamente, en la proporción de su fortuna, a los cargos del Estado.

Art. 3. -Son todos igualmente admisibles en los empleos civiles y militares.

Art. 5. -Cada uno profesa su religión con una libertad igual, y obtiene para su culto la misma protección.

Existe sin duda en Inglaterra el liberalismo en la opinión. Sin embargo, sobre toda la tiranía se encuentra formulada la ley, y el yugo de la aristocracia es tanto más pesado cuanto que la nobleza inglesa es, sin contradicción, la clase más santurrona de la nación, la más preñada de prejuicios y la más ignorante.   —225→   El pedido presentado a la reina por los lores para pedir medidas represivas contra los socialistas es la prueba más contundente. Se ve, con la lectura del alegato de Phillpott, al indómito héroe animarse de cólera y apelar a todo lo arbitrario de la ley, para defender la existencia de la religión aristocrática comprometida en su base por el progreso del socialismo.

¿Cuáles serán los resultados de la persecución provocada por los muy honorables lores? Ella acelerará la propagación de la religión nueva, responde el ser de fe. Los socialistas, arrostrando todos los peligros, harán como los apóstoles de Cristo: recorrerán las provincias predicando la ley nueva, la ley de la asociación fraternal que dará ¡pan a todos y secará todas las lágrimas! ¡Su voz será poderosa, porque veinte millones de proletarios, en los tres reinos, lloran y ayunan!



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ArribaAbajoApuntes


ArribaAbajo- I -

Clubes


En Inglaterra los intereses materiales se agrupan y se asocian con una prontitud maravillosa. Las empresas comerciales de toda naturaleza, la explotación de las minas, la construcción de ferrocarriles, las colonizaciones, etc., reúnen pronto un gran número de personas que, para asociarse, no tienen necesidad de otro móvil que el beneficio que esperan de la asociación. Y es la cuota de estos beneficios y no la utilidad política, moral o religiosa del objeto de la empresa, lo que las determina. Así, sin conocerse, sin amarse, sin estimarse, sin que ninguna opinión política o religiosa les una, firman el mismo registro sobre el cual se encuentra nombres pertenecientes a todos los partidos, a todas las sectas, y el sólo amor de la ganancia es suficiente para mantener la armonía en esta masa heterogénea. Se lleva este espíritu, no diré de asociación sino de cooperación, hasta en las más pequeñas cosas; los numerosos clubes de Londres son un ejemplo: palacios magníficos, donde se encuentran reunidas todas las ventajas materiales que puede dar la asociación de los intereses.

He visitado varios clubes en Saint-James, Pall-Mall, en Carlton-Terrace; no se puede ver nada más ricamente decorado y cómodo. La entrada de estos palacios es en verdad imponente: amplios vestíbulos, soberbias escaleras de dos ramas, adornadas de estatuas, provistas de bellas alfombras, e iluminadas por cien focos de gas, todo con suficiente calefacción, mediante tubos.   —230→   En el primer piso, grandes comedores reciben la luz de hermosos jardines. En el segundo piso, magníficos salones de cincuenta, sesenta, ochenta pies de largo, en casi todos, las ventanas abren sus hojas sobre las terrazas; en verano, estas terrazas están adornadas de cajas llenas de bellas flores. Nada se ha ahorrado para hacer placenteras estas residencias. Los vidrios, tan caros en Inglaterra, tienen allí dimensiones colosales. La biblioteca ofrece la colección de libros de más actualidad y en fin, en estos clubes se encuentran todos los diarios ingleses, las novedades, y en muchos de ellos los periódicos franceses y otros extranjeros. Los precios de suscripción son, según los clubes, de ocho, diez, doce, quince y veinte libras esterlinas por año. Cada miembro puede ir a almorzar al club, leer los periódicos, hacer su correo, calentarse, leer una novela y en fin cenar. Sin embargo, se dice que para todo inglés, comer es el más grande asunto y el objetivo de su existencia. No hay club pasablemente bien puesto que no tenga un cocinero francés. (El «chef», porque el artista cocinero conserva al otro lado del canal su nombre grandioso). El chef es el alma del establecimiento. En general se come allí muy bien; en todos se come platos a la francesa: el sauterne y el champaña son de primera calidad, y todo tiene un precio muy moderado. He ahí las grandes ventajas materiales obtenidas por la asociación. Examinemos ahora cuáles son los resultados intelectuales, ¿qué hacen los doscientos o trescientos miembros de un club?, ¿buscan instruirse con buena fe sobre las importantes cuestiones sociales?, ¿hablan del comercio y de la política?, ¿de la literatura, del teatro, de las bellas artes? No. Ellos van allí para comer bien, beber buenos vinos, jugar y escaparse del tedio de la casa; vienen a buscar abrigo contra las tribulaciones del día, y no para entregarse a la fatiga de una discusión sostenida sobre no importa qué tema. Por otra parte ¿con quién podrían charlar? Ellos se mantienen desconocidos entre sí. La calidad de miembro del mismo club no entraña la obligación de hablar a sus co-asociados, ni siquiera de saludarlos. Cada uno entra en los salones, con el sombrero sobre la cabeza, sin mirar ni saludar a nadie. Nada es más cómico que ver una centena de hombres reunidos en estos grandes salones como lo están los muebles; el uno, sentado sobre un sillón lee un folleto nuevo; el otro escribe sobre una mesa, al lado de un individuo al cual no ha hablado jamás. Aquel, extendido sobre un sofá, duerme; otros se pasean a lo largo y a lo ancho. Para no turbar ese silencio sepulcral, hay otros que hablan muy bajo como si estuvieran en la iglesia. ¿Qué entretenimiento pueden encontrar estos hombres   —231→   para reunirse así?, pensaba yo viéndolos. Todos parecían muy aburridos. Sorprendida por este singular modo de asociación, me imaginaba, por momentos, ver una colección de autómatas. Pregunté al inglés que me acompañaba por qué no existía más trabazón entre los miembros de esas sociedades. ¿Cómo, me dijo, vos querríais que se le dirigiera la palabra a un hombre que no se conoce y del que no se sabe nada? ¿Qué cuando se ignora si es pobre o rico, tory, whig, o radical, uno se expondría a herirlo en su orgullo o en sus opiniones, sin tomar en cuenta las consecuencias? Solamente los franceses pueden cometer esta clase de imprudencias. ¿Por qué, pregunté de nuevo, recibís a las gentes que no conocéis? Me respondió: porque es preciso un cierto número de cotizaciones para cubrir los gastos del club, y nos es suficiente saber, sobre la respetabilidad de los miembros, que ellos han sido presentados por dos miembros del club y aprobados por el comité.

Esta respuesta pinta perfectamente el espíritu inglés. Esta sociedad se propone siempre, por la asociación, lograr una ventaja material. No le demandéis asociarse por el pensamiento, por sus sentimientos, por su moral, porque no os comprenderá. Esta inmovilidad del alma, este materialismo social tiene algo de horroroso.

Los clubes en Inglaterra hacen a los hombres más personales y más egoístas. Estos establecimientos son a la vez, casas de juego, gabinetes literarios y restaurantes. Si no existieran, los hombres frecuentarían más la sociedad o se recogerían en el seno de su familia. Los clubes provocan muchos desórdenes en los hogares. Los maridos, abandonando la casa, dejan a la pobre mujer comer sola un pedazo de carne que dura toda la semana, mientras que estos señores van a su club donde comen comidas suntuosas, beben vino de lujo y pierden su dinero en el juego. Cuando yo regresé, se hablaba de establecer clubes para uso de solteros, o cuyos suscriptores podrían hacerse pasar como solteros.



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ArribaAbajo- II -

Los bolsillos


Creo de verdad que es inútil comprender el lenguaje de un país para adivinar sus costumbres. Todo en lo exterior lo revela y los vestidos más que toda otra cosa.

Como las opiniones, las costumbres, los usos y las modas se materializan en cosas, en acciones y tienen causas de las cuales provienen naturalmente, yo sostengo que nada agrega más a la cuenta de una nación que la observación atenta y reflexiva sobre su lenguaje escrito y hablado. Cuando ninguna huella subsiste en otra parte que en los escritos, las opiniones, los acontecimientos y las cosas son para nosotros como si no hubieran existido jamás. ¿El obelisco de Luxor, el Arco de la Estrella, la iglesia de la Magdalena, la Cámara de Diputados, las Fuentes, las personificaciones de las ciudades, las Tullerías, los Campos Elíseos, todo el conjunto que se ve sobre la plaza de la Concordia ¿no manifiestan un país ávido de todas las glorias, que ama la guerra, la poesía y las artes? ¿No escucháis vos cuando os hablan de las maravillas de su historia y de su industria, de los descubrimientos de sus sabios, del talento y del genio de sus artistas? Mientras que las calles estrechas, mal alineadas y sucias que surcan París, dan testimonio suficiente que este pueblo es más sensible a la gloria, a las grandes obras de arte, que a las comodidades de la vida.

Los trajes no son solamente motivados por el clima, las creencias y las costumbres; una cantidad de circunstancias vienen a modificarlos. Si el bernous, o manto de capuchón del árabe,   —233→   testimonia, en un país cálido, los hábitos nómadas de ese pueblo; si la constante uniformidad de los vestidos del Oriente atestiguan la inmovilidad de sus costumbres, de su fe y de su pensamiento, en Europa se podría seguir la movilidad de las ideas, la brevedad o el tiempo largo de su reinado por la duración de las modas que lo reflejan. El abandono de la espada, el uso universal del frac, anunció, en Francia, el triunfo de la igualdad antes que este principio se tradujese en las instituciones. Todas las fases de la revolución, la guerra y la paz, el éxito o el revés han tenido sus vestimentas, y no solamente las sectas religiosas, los partidos políticos, las opiniones religiosas se señalan por los vestidos sino que por ellos se puede reconocer los males físicos y morales que afligen a un país. La invasión del cólera dobló en Francia el consumo de la franela, e Inglaterra es el único país de Europa donde los sastres hacen la abertura de los bolsillos del vestido o de la levita, por debajo.

Yo no había logrado explicarme un uso tan incómodo. Habiendo percibido la impaciencia que causaba a un inglés esta singular moda, le pregunté la razón de ella. Y qué, me dijo, ¿vos no lo adivináis? Si en Londres, como en París, la abertura de los bolsillos de atrás estuviera encima, se perdería cuatro o cinco pañuelos por día; los ladrones tienen la mano tan sutil, que aun así logran robamos; sin embargo esta precaución nos preserva mucho. Me acordé entonces de mi visita a Field-Lane y me puse a buscar por qué en Inglaterra había más ladrones que en ningún otro país de Europa.

El clima, el alimento, la atmósfera social crean un tal entorpecimiento, que, para escapar a este estado de adormecimiento, los ingleses beben, se entregan a todos los excesos, viajan y hacen a menudo las cosas más insólitas. Este deseo de emociones fuertes, que los induce a menudo a comprometer su fortuna en el juego, o a exponerse al peligro, a hacer largos y peligrosos viajes, a abrazar la vida del marino etc., los lleva todavía a violar las leyes y a constituirse, por el robo y el salteamiento de caminos, en enemigos de la sociedad. La pereza, la aversión por una tarea constantemente repetida, los lleva también a violar las leyes, y por encima de todas las causas, el hambre y el deseo de satisfacer sus pasiones son a la vez los primeros móviles del robo y del trabajo. Los moralistas de la antigüedad, los padres de la iglesia han enseñado todos la resignación y el desprecio de los bienes de este mundo. En Inglaterra, al contrario, la pobreza es tenida como sospechosa y aún   —234→   a menudo lindante con el crimen. El lujo, el libertinaje, desbordan en todas partes y la riqueza da honor, sea cual sea su origen, y es preferida en todos los empleos. De acuerdo a ello ¿cómo no se buscará convertirse en rico no importa a qué precio? Bajo la influencia de esta moral se abrazará la profesión de ladrón como cualquier otra. Ahora se calcula las posibilidades del robo, y bien pronto ladrones y robados se harán asegurar de los riesgos; los primeros contra la persecución de la ley, y los otros contra el robo.



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ArribaAbajo- III -

Una palabra sobre el arte en Inglaterra70


El arte no hace progreso en un pueblo sino cuando desciende a todas las clases de ciudadanos, porque el artista tiene necesidad de ser inspirado por el entusiasmo que excita. Y si el amor a las-, artes y el discernimiento de la belleza y los defectos son innatos en algunos, no obstante de ello casi todos pueden adquirirlos. Pero ¿cómo el gusto por las obras del genio podría propagarse en un país donde se juzga al individuo por el barrio que habita, el departamento que ocupa, el traje que lleva, el doméstico que le sirve, el gasto que, hace?. ¿Qué inspiración puede recibir el artista, del mundo del cual está rodeado, en un país donde el mérito personal no tiene ningún valor, no tiene derecho a ninguna consideración, si no está acompañado de la riqueza? Que Horacio Vernet, Scheffer, Víctor Hugo, George Sand, Lamennais, la señorita Mars vayan a Londres, se alojen en una de las pequeñas calles vecinas de Leicester-square, en el segundo piso de una mansión de modesta apariencia, y salgan a pie o en ómnibus, y entonces se les hará quizás una visita, pero dos no. Se recibirá perfectamente a una antigua cortesana de Venecia, si, para apoyar su título de princesa, tiene 50,000 francos de renta, un bello coche y una rica librea. Pero si   —236→   uno de nuestros artistas célebres se pasea en Regent-street con un vestido raído y un sombrero viejo, tendrá la sorpresa de ser tratado groseramente de no merecer el saludo. Este pueblo está educado en el desprecio de la pobreza. ¡El medio de que tenga alguna grandeza en el alma no lo hay! No se estima a sí mismo sino en razón de las riquezas que posee. El inglés tiene un profundo horror por todo lo que significa la pobreza. La librea, no la de la miseria, sino solamente la de la estrechez es a sus ojos la más deshonrosa picota. Esto nos explica por qué Inglaterra no produce sino raramente grandes artistas. No se comienza como entre nosotros por adquirir talento. ¿Para qué? El talento no es la cosa principal, es el instrumento y no el objeto. Sería por lo tanto trastocar la marcha indicada por la opinión, y condenarse a no ser jamás sino un obrero a sueldo de otros. Es preciso ante todo trabajar para adquirir fortuna, sin perjuicio de cultivar el arte más tarde, si el vigor no se ha extinguido completamente. Los jóvenes ingleses que se convierten en artistas, sin tener la fortuna para vivir holgadamente, se condenan a ejercer su talento fuera de su casa.

¿Cómo se desarrollaría el arte en un país con un estado parecido de cosas? ¿Cómo, en un pueblo donde todas las tendencias convergen hacia el materialismo, podrá florecer el arte? Así Inglaterra es en Europa, bajo la relación artística, una verdadera Siberia.

Ved en qué estima es tenido el arte. Transcribimos un texto del Quarterly Journal of Agriculture, dado por la Phalange del 15 de enero: «Alabad ahora, si lo queréis, los Miguel Ángel y los otros talladores de estatuas, todos esos artistas que modelan el bronce y la piedra; ¿no es también un gran estatuario, un gran artista, este Bakewell que esculpe la vida, que hace bueyes de los bloques, que no crea como los otros a la imagen de Dios; que hace más, que reforma la obra de Dios, que no maneja como ellos la materia muerta, inerte, sin reacción ni resistencia, sino los miembros animados que es preciso tallar en lo vivo, que es preciso modelar en la sangre, en los nervios, en el movimiento de la libertad y de la voluntad?».

Bakewell estaba dotado de un espíritu de observación muy raro, y ha hecho hacer muy grandes progresos a la economía rural, ¡pero hay que ser inglés para comparar esta suerte de genio a la del artista!

El protestantismo no ha querido hacer uso sino del arte   —237→   oral para la propagación de sus doctrinas, y, en los países donde se ha establecido, las otras facultades que Dios nos ha dado para manifestar el pensamiento han permanecido inactivas. La imaginación, para pintar las impresiones y excitar la emoción de otro, ha sido circunscrita al lenguaje de la palabra. Es así cómo el islamismo, ese gran protestantismo del siglo VI, encerró en los relatos la bella imaginación oriental; las bellas artes desaparecieron de las comarcas que fueron su cuna; bien pronto no se comprendió más el lenguaje pintoresco. El sentido alegórico de las formas del arte griego y de sus símbolos, se hicieron tan ininteligibles como los jeroglíficos.

No es que yo quiera decir que las mezquitas estén desnudas, tan desprovistas de ornamento como la generalidad de las iglesias protestantes. Pero como el islamismo proscribe la representación del hombre y de toda especie de animales, los arquitectos italianos o árabes que han construido los edificios en Oriente, los han adornado de follajes, de cortes en encaje, siempre sin aplicar ningún significado a esos ornamentos. En el interior de las mezquitas, se ve escrito en sus muros largos pasajes del Alcorán. Pero exceptuada la media luna y los millares de lámparas, suspendidas en las cúpulas, no existe en los templos musulmanes ningún símbolo.

Los monumentos de la Edad Media, que subsisten en Inglaterra, demuestran cuán desarrollada estaba la imaginación en esa época. Se puede siempre leer el pensamiento con el auxilio de las crónicas; mientras que si dirigimos nuestras miradas sobre los edificios modernos, nos encontramos con copias de todas las arquitecturas, mezcla extravagante de todas las formas, sin ninguna armonía, sin ningún pensamiento. Las construcciones de utilidad pública tienen proporciones gigantescas, responden perfectamente bien a su destino, es todo el elogio que se puede hacer; pero no es preciso buscar allí ni idea accesoria, ni recuerdo ni gracia m pensamiento. Es la vestimenta de la cuaqueresa y no el elegante traje de la elegante de París.

Las iglesias, los teatros, los colegios no son más que especulaciones industriales. Inglaterra ha olvidado la expresión del arte. La armonía en sus templos no exalta el alma hacia Dios, el pintor no ha trasladado los dramas de los libros santos, no ha expresado la moral elocuente. El estatuario no ha puesto allí personificaciones de Moisés ni de Cristo, de María ni de la Magdalena, ni de Ambrosio, ni Agustín, ni Hildebrando. Ningún fresco, ningún bajorrelieve, trae a la memoria, en los teatros, los   —238→   trajes y costumbres de los siglos que nos han precedido, ni los dioses de la escena en la antigüedad y en los tiempos modernos. Los colegios no consignan en sus decoraciones ninguno de los grandes problemas que preocupan al pensamiento humano. Los jóvenes no se ejercitan en la comprensión de las revelaciones, en la expresión del pensamiento divino, en los entretenimientos de la escena. La razón matemática ha prevalecido, ha destruido todo; las ideas se expresan en cifras, los pensamientos en figuras geométricas.

La lengua franca, de la cual hacen uso los pueblos del Mediterráneo, composición de todos los idiomas, da la idea del patois arquitectónico que se encuentra en Londres. Que el extranjero deseoso de apreciar el gusto de los ingleses, el sentimiento que tienen de la armonía, se traslade antes de ir a visitar una de sus exhibiciones nacionales sobre la plaza de Trafalgar y a la vista de todos los edificios y monumentos emplazados en este lugar, se podrá dar idea del caos en el arte. El palacio de la reina es mezquino, pesado y triste. Su arquitectura no tiene nada de original: la primera vez que se le ve, cree uno recordar haberlo ya visto. Es demasiado pequeño para ser una residencia real y las grandes recepciones tienen lugar en el viejo palacio Saint-James. El pequeño arco del triunfo, construido fuera de tiempo, oculta enteramente la fachada del palacio. Está copiado del arco del carrusel. La colección del museo nacional Pallmall es poco considerable, pero contiene cuadros de los más grandes y primeros maestros: de Rembrandt, los Claude Lorrain de la más grande belleza, los Leonardo de Vinci, los Rubens, los Teniers, los Sebastiano del Piombino, los Van-Dyck, los Poussin, un Murillo admirable, un Rafael apócrifo; después los Hogarth, los Wilkies, los Lawrence, etc.

El hombre rico siente la vacuidad de las riquezas y envidia la existencia agitada del artista y su gloria. Llegada a una alta opulencia, la aristocracia inglesa añora el pensamiento poético que animaba la vida de sus antepasados, y lanza miradas celosas sobre Italia, Flandes y Francia.

Desde el comienzo del siglo pasado el orgullo de los lores y de los advenedizos sacaron a subasta en Europa todos los objetos de arte. Inglaterra es el país donde existen las más numerosas y más preciosas colecciones de antigüedades, y de obras maestras de los tiempos modernos; pero casi siempre inaccesibles a los estudios de los artistas, esas obras maestras se han perdido para el progreso del arte.

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Se encuentra frecuentemente, en las galerías de los señores ingleses, copias a veces muy mediocres, y que sin embargo son inscritas en el catálogo, con los grandes nombres de Leonardo de Vinci, Rafael, Dominiquino, Velásquez, Murillo, Le Sueur, Poussin, Rubens, Teniers, etc. Los propietarios de estas copias mantienen con porfía que ellas son los originales, y se sienten ofendidos cuando uno osa entrever dudas sobre su autenticidad, sea que ellos mismos hayan pagado sumas enormes por estos malos cuadros, o que ellos los hayan heredado de sus padres, como si sintieran instintivamente que el conocimiento del arte es el verdadero título de superioridad. Es entonces que las riquezas, las grandes distinciones sociales unidas a la ignorancia hacen daño al contemplarse; se sufre por la gloria de los grandes hombres, cuyas obras están encerradas, privadas del homenaje del público, y no pueden excitar ni el entusiasmo ni la emulación del artista, ¡oh!, entonces se experimenta un sentimiento de desprecio por estos ricos, verdaderos carceleros del genio.



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ArribaAbajo- IV -

Excursión a Brighton


Las diligencias inglesas tienen bellos animales de tiro, son muy ligeras, casi no llevan equipajes; todo está previsto para lograr la rapidez más grande, pero, en su construcción, no se tiene en cuenta ni la comodidad, ni el confort, ni aun, diría, la seguridad de los viajeros. No creo que exista en el mundo una manera de viajar más desagradable y más fatigante que por las diligencias inglesas.

Estas diligencias tienen cuatro asientos y los banquillos del imperial contienen doce o dieciséis. Los asientos del interior cuestan el doble; ellos no son mejores, ni menos buenos que aquellos de los coches del continente. Se sube sobre el imperial usando una escalera y cuando uno está sentado allí, es fácil sufrir el frío o el calor en toda su intensidad, se está expuesto al viento, a la niebla, a la lluvia, al granizo, al sol, al polvo y se corre incesantemente el riesgo de caer; sea de día o de noche, el sueño viene a sorprenderlo a uno. No veo nada igual a la incomodidad de estos asientos sino la espalda del camello en el desierto.

He hecho varios viajes al interior de Inglaterra. Me limitaré a contar uno solo de esos viajes a fin de evitar fatigar con la monotonía de mis descripciones, ya que el aspecto del campo es de una aplastante uniformidad.

Fue el año pasado, a finales del mes de agosto. El tiempo era pesado, tormentoso y de hora en hora caían aguaceros como   —241→   en Francia en el mes de marzo. Hacia las once me hice presente con mi equipaje en Picadilly. Todas las maletas, sacos, canastas, etc., se cargaron en la diligencia y nosotros subimos después. Yo fui colocada, tercera, sobre el último banquillo de atrás, y había tres personas al frente mío: los banquillos de adelante estaban completamente llenos. Nosotros hacíamos votos porque los dos sitios por tomarse sobre nuestros banquillos quedaran vacantes hasta Brighton, porque estábamos muy estrechos. Dos señores se presentaron, pero viendo tan poco espacio no quisieron subir. Habíamos dejado Londres a más de una milla detrás de nosotros, cuando la diligencia se detuvo delante de una bella casita, y dos damas, una de las cuales era enorme, vinieron a ocupar los dos asientos vacantes. ¡Oh!, entonces he podido juzgar enteramente el encanto de un viaje en una diligencia inglesa.

Estábamos en tal forma hacinados, que las cuatro personas que ocupaban las esquinas se vieron obligadas a pasar una de las piernas por encima de la pequeña rampa de fierro en la que termina cada banco. Además, los cartones, paquetes y cestas invadían todo el espacio. A cada lluvia, cuatro paraguas se abrían y entonces una cantidad de goteras que se deslizaban de ellas, venían a añadirse todavía a la calamidad. El sol no nos daba menos trabajo para cubrirnos. ¡Nuestra posición era intolerable! Sin embargo, en la parte delantera del coche nuestros compañeros sufrían más todavía. El viento les arrojaba la lluvia con violencia sobre el rostro y una pobre mujer encinta se encontraba tan incómoda, que había perdido el conocimiento totalmente.

Atestiguo la verdad del hecho que les voy a contar, aunque parezca increíble tanto por la inhumanidad que supone, como por el respeto de la propiedad, llevada a este punto, de parte de aquellos que la sufren.

El carro se detuvo, y los viajeros, ayudados por el conductor, bajaron a la enferma para hacerla volver en sí. Nosotros aprovechamos la circunstancia para bajar también. La pobre dama se encontraba en un estado muy alarmante. El conductor nos dijo: en el interior del coche no hay sino dos ancianas; ellas han pagado los cuatro asientos, dos de los cuales son ocupados por sus dos perros; puede ser que si se les pide, ellas permitieran entrar a la enferma.

Ni el conductor ni nadie osaba dar este paso, en tal forma   —242→   en Inglaterra el hombre está aislado del hombre; ¡hasta tal punto que el respeto por la propiedad es más fuerte que el respeto por el ser humano! Un señor pensó que, si yo me dirigía a las dos ancianas, correría menos riesgo por mi calidad de extranjera de ser negada la petición. Este señor esperaba que por el amor propio nacional, ellas no osarían mostrar el egoísmo inglés en toda su desnudez. Sin embargo las dos ancianas habiendo visto lo que ocurría y escuchado bien lo que se decía, habían retirado sus dos perros de la mampara de la puerta, cerrado los vidrios y se hacían las que dormían. Desde el comienzo de esta escena, yo las había seguido con la vista y no había perdido ni uno solo de sus movimientos. Estaba segura de la respuesta que ellas me iban a dar; sin embargo, no dudé y fui a golpear en el postiguillo; llamé varias veces y bien fuerte; por fin un vidrio se bajó hasta la mitad, y se me preguntó en tono seco qué es lo que yo deseaba. Señora, dije en francés, vengo a rogarles que se sirvan hacer un servicio a una pobre mujer que está bastante enferma; ella está incapacitada de mantenerse sobre el banquillo de arriba; permitidle ocupar al lado de vosotras uno de los lugares que han quedado vacantes. ¡Señora me respondió con un tono más seco aún; nosotras hemos pagado los cuatro asientos, porque no queríamos ser aplastadas y lo que vos nos pedís es totalmente imposible! Terminadas estas palabras, cerró bruscamente el vidrio y se sumió en el fondo del coche. Todo el mundo quedó indignado de esta inhumanidad, pero cada uno repetía: ella está en su derecho, ha pagado.

¡Desgraciadas gentes! Como si el precepto de caridad no estuviese por encima de todos los derechos y de todas las leyes. Al escucharles hablar así se cree leer en uno de los libros de Moisés: «que nada sea hecho al hombre que haya matado a su esclavo porque lo ha comprado con su dinero»71.

Este accidente resultó a mi favor; porque, habiendo cedido mi lugar a la enferma, me encontré mejor en el suyo, sufriera lo que sufriera de frío y de viento, pero por lo menos podía alargar las piernas y reclinarme sobre una maleta, lo cual me era imposible de hacer en el lugar que ocupaba en un principio. Hacia las tres la lluvia cesó, el tiempo se hizo claro y fresco y pude gozar de un soberbio sol.

Los campos, en Inglaterra, ofrecen el aspecto de una rica fertilidad. Los árboles son de una belleza notoria, los setos espesos   —243→   y vivaces, las praderas son de un admirable verdor. Lo que siempre me ha impresionado es esta multitud de setos con los cuales están rodeadas las tierras, que vistas de una cierta distancia dan al campo el aspecto de un huerto, dividido en pequeños arriates simétricamente encuadrados con boj. Yo sé que los escritores, autores de viajes pintorescos, han prodigado elogios a estos verdeantes cercos.

Sin embargo, si se toma el trabajo de analizar la impresión que producen, se reconocerá que reducen por su uniformidad, un gran reino a las proporciones de un huerto. Además privan de cultivos una inmensa extensión de tierra, y en los países donde el trigo y los alimentos de toda especie son siempre caros, donde tantas personas mueren de hambre, en un país donde los parques de ricas propiedades y la alimentación de sus caballos de lujo, restan a los cultivos una gran proporción del territorio, la pérdida de terreno que ocasionan los setos, me parece ser, en cuanto a la economía rural se refiere, una falta muy grave. ¡Es así que después de haber saboreado algunos instantes ese suave frescor repartido generalmente sobre el campo, frescor que es en verdad, adquirido bien caro por la humedad del clima, no pude reprimirme de expresar mis ideas sobre la situación del pueblo de un país cuyo suelo está rodeado de setos impenetrables, que tienen bajo llave el trigo, las papas, los nabos y hasta la hierba! Si el pueblo no se muriera de hambre, los campos estarían libres y las cosechas levantadas, así como las piedras moledoras del heno y del trigo, estarían sin miedo y sin encierro, expuestas a la fe pública como se les ve en Francia72.

Cuando recorría por primera vez los campos de Inglaterra, la vista de los pueblos me hizo creer al principio, que acababan de ser construidos; pero siguiendo la ruta reconocí pronto que las casas de todos los pueblos eran igualmente nuevas, y comprendí que los campesinos ingleses debían tener por regla el hacer blanquear y pintar sus casas todos los años, o cada dos años por lo menos. Sin duda, esta limpieza es muy loable y yo apruebo ese cuidado por los muros, las contraventanas, las puertas y las rejas; pero resulta de ello una monotonía muy fatigante. Al ver todas estas casas nuevas, el viajero cree recorrer un país que no data sino de veinticinco años. Y se dice a sí mismo: las gentes que habitan estos pueblos no han nacido en   —244→   ellos; y si encuentra un viejo, curvado por el peso de los años, busca en vano dónde puede haber nacido este hombre. Por lo demás, esta limpieza exterior de las casas es todavía una apariencia a la cual el interior está lejos de responder.

En fin, a las seis de la tarde llegamos a Brighton. Por todo lo que había sufrido, yo pensaba en las penas y fatigas que deben soportar aquellos que parten de Londres a las siete de la noche, para no llegar sino a las cinco de la mañana a Brighton.



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Arriba- V -

La cuchara de fierro


La fuente revela la Providencia; la naturaleza no tiene creación alguna alrededor de la cual revoloteen ideas tan risueñas, tan graciosas; el soto no tiene lugar donde se haga sentir tanto la inspiración poética y religiosa. En ella abrevan los pájaros del cielo y los huéspedes de la floresta; el pastor trae a beber a su hato, la joven viene a llevar agua; es allí donde ella escucha las primeras palabras de amor, y es allí también donde se presenta el anciano fatigado, con la esperanza de una caridad. La caravana, molida de fatiga, a su vista precipita la marcha, aplaca su sed ardiente, y el agua, escapándose en el arroyo, repite el nombre de Alá.

El musulmán lega sus dones a la fuente. Cerca de ella el derviche viene a rezar, y Dios reúne allí a todos los seres emanados de él. Por todas partes la fuente habla de esperanza y felicidad. ¿Por qué en Inglaterra no hace recordar sino el egoísmo del rico y la desgracia del pobre?

Me he llevado de Londres un sonido que la visión del infortunio hará vibrar siempre en mí, sonido que me recuerda al pobre proletario inglés oprimido, aplastado por el rico; al mendigo pidiendo furtivamente limosna y cayendo de inanición en las calles; en fin a todos aquellos seres desheredados de los dones del cielo, todos aquellos parias que cubren como una lepra esta inmensa ciudad, ¡cuyo lujo es tan escandaloso y su miseria tan pavorosa!

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No existe en Londres ninguna de aquellas fuentes suntuosas y monumentales que animan las plazas de París y hablan a todos el lenguaje del arte. Pero se encuentra en muchas calles guarda-fuentes de fierro y con bomba. Una cadena de fierro es fijada a un pilar, al extremo del cual pende una cuchara del mismo metal. Esta cuchara es la oportunidad económica ofrecida al pobre por su señor y maestro el rico. «Ved, donde nosotros el agua no cuesta nada al pueblo, la puede beber cómodamente y sin ir a recogerla al río». Así hablan las personas de las clases opulentas, que en Londres no beben jamás agua.

En un país donde el agua pura es muy malsana, donde es preciso usar cordiales para resistir a la humedad y el frío, ¿no es el colmo de la crueldad el poner bebidas fermentadas fuera del alcance del pueblo por los derechos enormes con que son recargadas? En un país donde apenas un individuo sobre veinticinco puede beber vino y uno sobre siete la cerveza ¿no es una ironía insultante el ofrecer a beber al pueblo de Londres el agua que han ensuciado todas las alcantarillas de la ciudad? Dejadles entrada libre a la cebada y a los cereales, no pongáis más derechos sobre el vino y la cerveza que no existe en Francia; entonces y solamente entonces, aristocracia inglesa, se creerá en vuestro amor, en vuestra humanidad. Entonces se os tendrá en cuenta, se alabará incluso vuestra benevolencia de dar gratis a los pobres el agua que ellos no pueden pagar a la compañía que la suministra a la ciudad.

A diez pasos de mi casa estaba una de esas fuentes. A cada instante yo escuchaba el ruido de la cadena y de la cuchara retumbando sobre el cerco, y yo me decía: he allí a uno de mis hermanos que bebe el agua, de esta agua de Londres, ¡tan insípida, tan nauseabunda! Toda el agua distribuida en la ciudad no proviene, es cierto, del Támesis, pero no obstante de ello debilita el estómago y da a menudo disentería y fiebres. ¡Este sonido duro del fierro me rompía el corazón, vibraba en mi oído como un cristal fúnebre! ¡Pobre pueblo! ¿Dios te dejará a merced de tus lores, de esos lores que, sin piedad, te ven morir de esta muerte lenta y cruel que mata, a cada hora, a cada instante, debatiéndose la víctima en vano en su agonía?.¡Oh! ¡Ese pensamiento es horrible! El conquistador destruido por el fierro y el fuego, usa el derecho de la guerra: el conquistador se presenta abiertamente al enemigo, no ha dicho hipócritamente que venía a proteger al pueblo, mientras que lo reducía a la esclavitud. ¡Pero destruir todo un pueblo por la miseria y por el hambre, imponerle el yugo más pesado que jamás población   —247→   de esclavos haya soportado, obligarlo a contentarse con harapos por vestidos, de algunas raíces por alimento, de agua por bebida, y trabajar todo el tiempo que tiene los ojos abiertos, bajo pena de morir de hambre! ¡Oh! Lores de Inglaterra este sistema es el más bárbaro, la más atroz de las tiranías. Dios no permitirá su duración.

Hace cincuenta años que el pueblo de Francia quemaba los castillos y veinte veces la Europa armada ha sido impotente para impedir triunfar su causa. Actualmente Inglaterra resuena en todos los lugares, con gritos de revuelta y destrucción. ¡Oh! Lores, arrepentíos, temed a la venganza del pueblo, aplacad su indignación y acordaos de este proverbio, tan viejo como el mundo: «Vox populi, vox Dei».