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ArribaAbajo- VII -

Los obreros de las fábricas


La esclavitud se muestra al principio de todas las sociedades. Los males que produce la convierten en transitoria, y su duración está en razón inversa de su rigor. Si nuestros padres no hubiesen tenido más humanidad por sus siervos que los fabricantes de Inglaterra tienen por sus obreros, la servidumbre no habría durado toda la Edad Media. El proletariado inglés, en cualquier profesión que sea, es de una existencia en tal forma atroz que los negros que han abandonado los trapiches de Guadalupe y de la Martinica para ir a gozar de la «libertad inglesa» en la Dominica y Santa Lucía, regresan, cuando pueden, donde sus amos. Lejos de mí el pensamiento sacrílego de querer defender ninguna clase de esclavitud. Quiero solamente probar, por ese hecho, que la ley inglesa es más dura para el proletario que la «voluntad arbitraria» del amo francés frente a su negro. El esclavo de la propiedad inglesa tiene, para ganar su pan y pagar los impuestos que se le impone, una tarea infinitamente más pesada.

El negro está solamente expuesto a los caprichos de su amo, mientras que la existencia del proletario inglés, la de su mujer y la de sus hijos, están a la merced del productor. El percal o cualquier otro artículo de bajo precio así como aquellos afectados por la baja, sean hilados, cuchillería, vajillas, etc., de acuerdo entre ellos reducen los salarios sin inquietarse de ninguna manera si los nuevos salarios que adoptan son suficientes o no para la alimentación del obrero. Aumentan también el número de horas de trabajo. Cuando el obrero está trabajando le exigen más acabado en su obra, pagándole menos   —57→   y la obra en la que todas las condiciones no son exactamente cumplidas no es pagada. Cruelmente explotado por aquel que lo emplea, el obrero todavía sufre la presión del fisco y el hambre a que lo someten los propietarios de tierras. Casi siempre muere joven, su vida es acortada por el exceso de trabajo o por la naturaleza de sus trabajos. Su mujer y sus hijos no le sobreviven mucho tiempo. Atado a la manufactura sucumbe por las mismas causas. Si no están ocupados en invierno, mueren de hambre en las esquinas de las calles.

La división del trabajo llevada a su límite extremo y que ha hecho progresos tan inmensos en la fabricación, ha aniquilado la inteligencia para reducir al hombre a no ser sino un engranaje de máquinas. Si todavía el obrero estuviese preparado a ejecutar las diversas partes de una o varias fabricaciones, gozaría de más independencia. La codicia del amo tendría menos medios de torturarlo; sus órganos conservarían suficiente energía para triunfar de la influencia deletérea de una ocupación que no ejercería sino algunas horas. Los amoladores de las manufacturas inglesas no pasan de treinta y cinco años; el uso de la piedra de amolar no tiene ningún efecto dañino sobre nuestros obreros de Chatellerault porque tal amolado no es sino una parte de su oficio y no les ocupa sino poco tiempo, mientras que en los talleres ingleses los amoladores no hacen otra cosa. Si el obrero pudiera trabajar en diversas partes de la fabricación, no sería oprimido por su nulidad, por la perpetua inactividad de su inteligencia. Repitiendo todo el día las mismas cosas, los licores fuertes no se convertirían para él en un deseo para hacerle salir del atontamiento en el cual la monotonía de su trabajo lo mantiene, y la ebriedad no constituiría el colmo de su miseria.

Es preciso haber visitado las ciudades manufactureras, visto al obrero de Birmingham, Manchester, Glasgow, Sheffields, y el Staffordshire, etc., para hacerse una idea justa de los sufrimientos físicos y el rebajamiento moral de esta clase de la población. Es imposible juzgar la suerte del obrero inglés por la del obrero francés. En Inglaterra la vida es la mitad más cara en costo que en Francia y desde 1825 los salarios han sufrido una baja tal que casi siempre el obrero es obligado a reclamar el auxilio de la parroquia para hacer vivir a su familia; y como las parroquias son agobiadas por la cantidad de auxilio que ellas acuerdan, ellas fijan la cuota relativamente a los salarios y el número de niños del obrero; y no en razón del precio del   —58→   pan, sino de acuerdo al precio de la papa. Para el proletario inglés el pan es un alimento de lujo. Los obreros de élites, excluídos, en razón de sus salarios, de los auxilios de su parroquia, no gozan de una mejor suerte. La media de los salarios que ganan no se eleva más, se me ha asegurado, más allá de tres o cuatro chelines (tres francos setenta y cinco a cinco francos) por día, y la media de su familia es de cuatro niños. Comparando los dos datos con los precios de las subsistencias en Inglaterra, se hará fácilmente una idea de su penuria.

La mayor parte de los obreros carecen de vestidos, de cama, de muebles, de fuego, de alimentos sanos ¡y a menudo incluso de papas! Son encerrados doce a catorce horas por día en salas bajas, donde se aspira con un aire viciado, las hebras de algodón, de lana, de lino; las partículas de cobre, de plomo, de fierro, etc., y pasan frecuentemente de una alimentación insuficiente al exceso de la bebida. Casi todos aquellos infelices son endebles, raquíticos, lacerados; tienen el cuerpo flaco, hundido, los miembros débiles, el semblante pálido, los ojos muertos; se les creería a todos afectados del pecho. No sé si es necesario atribuir a la irritación de una fatiga permanente, o a la sombría desesperación de la cual su alma es presa, la expresión de su fisonomía, penosa de ver, que es casi general en todos los obreros. Es difícil encontrar su punto visual, todos tienen constantemente los ojos bajos y no os miran sino a hurtadillas, al echar disimuladamente una mirada de costado11; lo cual da algo de bruto, de bestia y de horriblemente perverso a esas figuras frías, impasibles y a las que envuelve una profunda tristeza. No se escucha en las fábricas inglesas como en las nuestras los cantos, las charlas y las risas. El amo no desea que un recuerdo de su existencia venga a distraer un minuto de su tarea a sus obreros; exige silencio y reina un silencio de muerte. ¡Cómo da el hambre del obrero, poder a la palabra del amo! No existe entre el obrero y los jefes del establecimiento ninguna de aquellas relaciones de familiaridad, de cortesía, de interés, como se ve entre nosotros y que amodorran, en el corazón del pobre, los sentimientos de odio, de envidia, que el   —59→   desdén, la dureza, la existencia y el lujo del rico hacen nacer. No se escucha jamás en los talleres ingleses decir el amo al obrero: «Buenos días, compadre Bautista, y bien ¿cómo está vuestra pobre mujer, y el niño? ¡Vamos, tanto mejor! Esperemos que la madre se restablezca pronto. Dile que venga a verme apenas pueda salir». Un amo creería envilecerse de hablar así a sus obreros. En todo jefe de manufactura, el obrero ve a un hombre que puede hacerlo expulsar del taller donde trabaja, y así aunque salude servilmente a los fabricantes que encuentra, aquellos creerían su honor comprometido si devolvieran el saludo.

La esclavitud no es a mis ojos el más grande de los infortunios humanos desde que conozco al proletariado inglés. El esclavo está seguro de su pan para toda su vida y de cuidados, cuando cae enfermo; mientras que no existe ningún vínculo entre el obrero y el amo inglés. Si no tienen obra por entregar, el obrero muere de hambre; si está enfermo sucumbe sobre la paja de su pobre lecho, a menos que cerca ya de morir sea recibido en un hospital: porque es un favor el ser admitido ahí. Si envejece, si como consecuencia de un accidente es estropeado, se le regresa y mendiga a escondidas por miedo de ser detenido. Esta posición es tan horrible que, para soportarla, es preciso suponer en el obrero un coraje sobrehumano o una apatía completa.

La exigüidad del emplazamiento es general en las fábricas inglesas, se mide con parsimonia el espacio donde el obrero debe moverse. Los patios son pequeños, las escaleras estrechas; está obligado a pasar de costado alrededor de las máquinas y de los bastidores. Visitando una manufactura, es fácil ver que la comodidad, el bienestar y aun la salud de los hombres destinados a vivir en las fábricas, no han entrado para nada en el pensamiento del constructor. El aseo, el más eficaz de los medios de salubridad, está muy abandonado. Mientras que las máquinas son cuidadosamente pintadas, barnizadas, limpiadas y pulidas, los patios están sucios y llenos de aguas estancadas, los pisos polvorientos, los vidrios sucios. A decir verdad, si los edificios, los talleres, estuvieran limpios, adornados y mantenidos como las manufacturas de Alsacia, los harapos del obrero inglés parecerían todavía más horrorosos. Pero no importa, sea la negligencia o el cálculo, aquella suciedad no es al menos un aumento de males para el obrero.

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Inglaterra no tiene grandeza sino en la industria, pero ella es gigantesca, vista en los instrumentos y el espíritu matemático de los tiempos modernos, instrumentos mágicos que petrifican todo lo que está alrededor de ellos. Los muelles, las vías férreas, las inmensas proporciones de las fábricas dan idea de la importancia del comercio y de la industria británica.

El poder de las máquinas, su aplicación a todo, asombran y remueven la imaginación de estupor. La ciencia humana, incorporada en miles de formas, reemplaza las funciones de la inteligencia; con las máquinas y la división del trabajo, no hay necesidad sino de motores: el razonamiento, la reflexión, son inútiles.

He visto una máquina a vapor de fuerza de 500 caballos12. Nada más terriblemente imponente que la visión del movimiento impreso a esas masas de hierro cuyas proporciones colosales espantan la imaginación y parecen superar el poder del hombre. Este motor de fuerza hiperbólica está colocado en un amplio local, donde hace funcionar un número considerable de máquinas que trabajan el fierro y la madera. Aquellas enormes barras de fierro pulido, que se elevan y bajan cuarenta o cincuenta veces por minuto e imprimen un movimiento que va y viene de la lengua del monstruo que parece aspirar todo para devorar todo, los terribles gemidos que despide, las rápidas revoluciones de la inmensa rueda que sale del abismo para entrar de nuevo, no dejando jamás ver sino la mitad de su circunferencia, deslizan en el alma un sentimiento de terror. En presencia del monstruo no se ve sino a él, no se escucha sino su respiración.

De regreso de vuestro estupor, de vuestro espanto, vos buscáis al hombre. Se le distingue apenas, reducido por las proporciones de todo lo que le rodea, al grosor de una hormiga. Está ocupado en poner bajo el filo de dos grandes curvas,   —61→   que presentan la forma de una quijada de tiburón, enormes barras de fierro, que esta máquina corta con la nitidez de un sable damasquino que cortara un nabo.

Si en un principio sentí la humillación de ver al hombre aniquilado, no funcionando más él mismo como una máquina, pronto el inmenso mejoramiento que saldrá un día de estos descubrimientos de la ciencia: la fuerza bruta aniquilada, el trabajo material ejecutado en menos tiempo y más descanso dejado al hombre para el cultivo de su inteligencia. Pero para que esos grandes hechos se realicen es necesario una revolución social. Ella llegará, porque Dios no ha revelado a los hombres estas admirables invenciones para reducirlas a no ser sino los ilotas de algunos fabricantes y propietarios de tierras.

La cerveza y el gas son en Londres dos grandes ramas de consumo. Fui a visitar a la soberbia cervecería de Barclay-Perkins, que ciertamente vale la pena ser conocida. Este establecimiento es muy espacioso; nada ha sido ahorrado para el material de esta fábrica. Me ha sido imposible enterarme de las cifras de litros de cerveza que fabrica cada año, pero a juzgar por el tamaño de las cubas debe elevarse a una cantidad extraordinaria. En una de estas cubas, la más grande es verdad, Barclay-Perkins dieron a una de las altezas reales de la Inglaterra una comida a la cual asistieron más de cincuenta convidados. La altura de esta cuba es de 30 metros (90 pies). Donde quiera que el vapor pueda actuar, la fuerza del hombre es excluida y lo que más impresiona en esta cervecería es el pequeño número de obreros empleados para hacer trabajos tan inmensos.

Una de las grandes fábricas de gas es la situada en «Horse Ferry road Westminster» (he olvidado el nombre de la sociedad). No se visita esta fábrica sino con tarjeta de admisión.

En ese palacio manufacturero hay una abundancia de máquinas de fierro llevado a la profusión. Todo está hecho de fierro: las veredas, los recantones, las escaleras, ciertos pisos, los techos de los recintos, etc. Se reconoce que nada se ha ahorrado para hacer sólidamente los edificios y los utensilios. He visto allí cubas de bronce y de zinc casi tan altas como una casa de cuatro pisos y anchas en proporción. Habría deseado saber cuántos miles de toneladas pueden contener, pero el capataz que me acompañaba fue, en este aspecto, tan reservado como   —62→   aquel de la cervecería de Barclay-Perkins en lo relacionado a la cifra de los litros de cerveza. Fue de un silencio absoluto.

Entramos en el gran calefactorio. Las dos filas de hornillos colocados a cada lado estaban encendidas. Esta hornaza no recuerda poco las descripciones que la imaginación de los poetas de la antigüedad nos han dejado las fraguas de Vulcano, con esta diferencia de que una actividad y una inteligencia divinas animaban a los cíclopes, mientras que los negros servidores de las hornazas inglesas son tristes, silenciosos y anonadados. Se encontraba allí una veintena de hombres cumpliendo su tarea con exactitud, aunque con lentitud. Aquellos que no estaban ocupados permanecían inmóviles, con los ojos fijos en la tierra y no tenían energía ni siquiera para enjugarse el sudor que les caía de todas partes. Tres o cuatro me miraban con ojos cuya vista había huido; los otros no volteaban la cara. El capataz me dijo que se escogía a los fogoneros entre los hombres más fuertes, y que no obstante todos eran afectados del pecho al término de siete u ocho años de ejercicio y que morían de tisis. Ello me explica la tristeza y la apatía marcada en el rostro y en todos los movimientos de estos desdichados.

Se exige de ellos un trabajo al cual las fuerzas humanas no pueden resistir. Están desnudos, salvo un pequeño calzón de tela; cuando salen se echan un saco sobre las espaldas.

Aunque el espacio que separa a las dos hileras de hornillos, que me pareció de 50 a 60 pies, el piso estaba en tal forma caliente que el calor penetró a mis zapatos inmediatamente, hasta el punto de hacerme levantar los pies como si los hubiera colocado sobre carbones ardientes. Se me hizo subir sobre una piedra gruesa y, aunque aislada del suelo, estaba caliente. No pude quedarme en ese infierno, mi pecho se llenaba, el olor del gas se subía hasta mi cerebro, el calor me sofocaba. El capataz me condujo al extremo del calefactorio, sobre un balcón, donde pude yo ver todo sin ser tan fuertemente incomodada. Dimos una vuelta por el establecimiento. Caí en la admiración de todas aquellas máquinas, de la perfección, del orden, conque son conducidos todos los trabajos; sin embargo las precauciones tomadas no previenen todos los accidentes, y estos ocurren frecuentemente y causan grandes desastres, hieren a los hombres y a veces los matan. ¡Oh Dios mío!, ¡el progreso no se operará si se logra a expensas de la vida de un cierto número de individuos!

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El gas de esta fábrica va por conductos a iluminar los barrios de Oxford-street hasta Regent-street.

El aire que se respira en esta fábrica está realmente viciado. A cada instante los vapores insalubres vienen hacia uno. Salí por debajo de un cobertizo, esperando respirar en el patio un aire más puro, pero por todas partes era perseguida por exhalaciones infectas de gas y de los olores de la hulla, la brea, etc.

Debo decir que el local es muy sucio. El patio, lleno de estancadas, de cantidades de basura, atestigua la extremada negligencia en lo que concierne a la limpieza. A la verdad la naturaleza de las materias, de las cuales se obtiene el gas exigiría un servicio muy activo para mantener la limpieza, pero dos hombres serían suficientes para esta tarea y con este ligero aumento del gasto se sanearía el establecimiento.

Estaba asfixiada, tenía ganas de huir de ese foco de hedor, cuando el capataz me dijo: «quédese todavía un instante, verá usted una cosa curiosa: los fogoneros van a retirar el coke de los hornos».

Fui a asomarme de nuevo por el balcón y vi uno de los más espantosos espectáculos que alguna vez me han impresionado.

El calefactorio está en el primer piso, debajo se encuentra el sótano destinado a recibir el coke; los fogoneros armados de largos hurgones de fierro, abrieron los hornos y echaron el coke que, todo en llamas, cayó por torrente en aquella cueva. Nada más terrible, más majestuoso, que aquellas bocas vomitando llamas. Nada más mágico que está cueva repentinamente alumbrada por los carbones ardientes que se precipitaban, como de lo alto de una roca las olas de la catarata, y que se precipitaban en el abismo. Nada más horroroso que la visión de los fogoneros que chorreaban igual como si salieran del agua y están iluminados por delante y por detrás por esas horribles brasas cuyas lenguas de fuego parecen avanzar sobre ellos como para devorarlos. ¡Oh no, es imposible presenciar un espectáculo más pavoroso!

Cuando los hornos fueron vaciados en su mitad, los hombres subidos en las cubas colocadas en las cuatro esquinas de la   —64→   cueva echaron agua para apagar el coke. Entonces el aspecto del calefactorio cambio: se elevó de la cueva una tromba de humo negro, espeso y abrasador que subió majestuosamente y salió por el techo por una abertura expresamente hecha para permitirle paso. No distinguí más las bocas de los hornos sino a través de esa nube que hacía a las llamas más rojas, las lenguas de fuego más temibles. Los cuerpos de los fogoneros, de blancos que eran, se hicieron negros y estos infortunados a quienes se les hubiera tomado por diablos, se confundieron en el caos infernal. Sorprendida por el humo del coke, no tuve tiempo de descender precipitadamente.

Esperé el fin de la operación, queriendo saber en lo que esos pobres fogoneros se iban a convertir. Me sorprendí de no ver llegar a ninguna mujer. ¡Dios mío, pensé, esos obreros no tienen entonces ni madre, ni hermanas, no tienen mujer, ni novia, esperándolos en la puerta a su salida de la ardiente hoguera, a fin de lavarlos con agua tibia, de envolverlos en camisas de franela, de hacerles tomar una bebida alimenticia, fortificante, y luego decirles algunas palabras de amistad, de amor que consuelen, den valor y ayuden al hombre a soportar las más crueles miserias! Yo tenía ansiedad, ninguna mujer apareció. Pregunté al capataz dónde iban a reposar aquellos hombres bañados de sudor.

-Van a arrojarse sobre una cama que está bajo ese cobertizo -me respondió fríamente-, y luego de un par de horas recomenzarán a trabajar.

Este cobertizo, abierto a todos los vientos, no garantiza sino de la lluvia, hace allí un frío glacial. Una especie de colchón, que no se distingue del carbón que lo rodea, está colocado en una de las esquinas; vi a los fogoneros extenderse sobre el colchón duro como la piedra. Estaban cubiertos de un saco muy sucio, penetrado de sudor y de polvo de carbón, a tal punto que no se podía adivinar el color. «He allí, me dijo el capataz, como los hombres llegan a ser afectados del pecho; es pasando sin ninguna precaución de lo caliente a lo frío».

Esta última observación del capataz produjo sobre mí tal efecto, que salí de la fábrica en un estado de exasperación.

Así la vida de los hombres tiene precio de dinero; ¡y, aunque la tarea exigida debe hacerles morir, el industrial se niega   —65→   a aumentarles los salarios! ¡Pero si es todavía peor que la trata de negros! ¡Por encima de esta enorme monstruosidad no veo sino la antropofagia! Los propietarios de las fábricas, de las manufacturas pueden, sin ser impedidos por la ley, disponer de la juventud, de la fuerza de centenas de hombres, comprar su existencia y sacrificarla, a fin de ganar dinero haciendo un promedio de siete a ocho chelines por día como salario (ocho trancos, setenta y cinco a diez francos).

No tengo noticias de que ninguno de los jefes de fábrica parecidos a los que acabo de mencionar haya tenido la humanidad de hacer disponer para ellos una habitación moderadamente caliente, conteniendo baños de agua tibia, colchones, colchas de lana, a donde los fuelleros irían al salir de su hornaza, para lavarse y reposar bien envueltos, en una atmósfera en relación con el local que dejan. Realmente es una vergüenza y una infamia para el país donde pasan las cosas como la que acabo de contar.

En Inglaterra, cuando los caballos llegan a la parada, se apresuran en echarles una manta sobre los riñones, en enjugar su sudor, en lavarles las patas. Después se les hace entrar en una caballeriza bien cerrada, provista de una litera bien seca.

Hace algunos años que se acercó las paradas después de haber reconocido que las distancias a las cuales estaban colocadas acortaban la vida de los caballos por la excesiva distancia. Sí, pero un caballo cuesta cuarenta a cincuenta libras de esterlinas al industrial, ¡mientras el país les provee hombres a cuenta de nada!



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ArribaAbajo- VIII -

Mujeres públicas


Jamás he podido ver una mujer pública sin ser conmovida por un sentimiento de compasión por nuestras sociedades, sin sentir el desprecio por su organización y odio por sus dominadores que extraños a todo pudor, a todo respeto por la humanidad, a todo amor por sus semejantes, reducen la criatura de Dios al último grado de abyección. ¡La rebajan por debajo de lo brutal!

Comprendo al salteador de caminos que saquea a los que pasan por los grandes caminos y entrega su cabeza a la guillotina. Comprendo al soldado que juega constantemente su vida y no recibe nada a cambio sino unos centavos por día. Comprendo al marinero que expone la suya al furor de los mares. Los tres encuentran en su oficio, una poesía sombría y terrible. Pero no podría comprender a la mujer pública abdicando de ella misma, aniquilando su voluntad, sus sensaciones, entregando su cuerpo a la brutalidad y al sufrimiento y su alma al desprecio. La mujer pública es para mí un misterio impenetrable... Veo en la prostitución una locura horrenda, o bien es en tal forma sublime que mi ser humano no puede tener conciencia de ello. Arrostrar la muerte no es nada; pero ¡qué muerte afronta la mujer pública! Está comprometida con el dolor y consagrada a la abyección. Sufre torturas físicas incesantemente repetidas, muerte moral en todos los instantes, y desprecio de sí misma.

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Lo repito, hay en ella algo de sublime o de locura.

La prostitución es la más horrorosa de las plagas que produce la desigual repartición de los bienes de este mundo. Esta infamia marchita la especie humana y atenta contra la organización social más que el crimen. Los prejuicios, la miseria y la esclavitud combinan sus funestos efectos para producir esta sublevante degradación. Sí, si no se hubiese impuesto a la mujer la castidad por virtud sin que el hombre a ello fuese obligado, ella no sería rechazada de la sociedad por haber accedido a los sentimientos de su corazón, y la mujer seducida, engañada y abandonada no estaría reducida a prostituirse. Sí, si vos la admitieseis a recibir la misma educación, a ejercer los mismos empleos y profesiones que el hombre, ella no sería más frecuentemente que él propensa a la miseria. Si vos no la expusieseis a todos los abusos de la fuerza, por el despotismo del poder paterno y la indisolubilidad del matrimonio, ella no estaría jamás colocada en la alternativa de sufrir la opresión y la infamia.

La virtud o el vicio supone la libertad de hacer bien o mal; pero cuál puede ser la moral de la mujer que no se pertenece a sí misma, que no tiene nada propio, y que toda su vida ha sido preparada a sustraerse a lo arbitrario por la astucia y a la coacción por la seducción. Y cuando es torturada por la miseria, cuando ve el goce de todos los bienes alrededor de los hombres, ¿el arte de gustar, en el cual ha sido educada no la conduce inevitablemente a la prostitución?

¡Por ello, que esta monstruosidad sea imputada a vuestro estado social y que la mujer sea absuelta! Mientras que ella esté sometida al yugo del hombre o del prejuicio, a que no reciba la más mínima educación profesional, que esté privada de sus derechos civiles, no podrá existir ley moral para ella. En tanto que no pueda obtener el goce de los bienes sino por la influencia que ella ejerce sobre las pasiones, que no haya título para ella y que sea despojada por su marido de las propiedades que ella ha adquirido por su trabajo o que su padre le ha dado, que no sepa asegurarse el uso de los bienes y de la libertad sino viviendo en el celibato, no podrá existir ley moral para ella, y puede afirmarse que hasta que la emancipación de la mujer tenga lugar, la prostitución irá creciendo todos los días.

Las riquezas están repartidas más desigualmente en Inglaterra que en ningún otra parte, la prostitución debe ser por   —68→   lo tanto más considerable. El derecho de testar no está restringido por la ley inglesa, y los prejuicios aristocráticos que reinan en el pueblo, desde el feudo del lord hasta la cabaña humilde del «labrador», hacen instituir «un heredero» en todas las familias; en consecuencia las hijas no tienen sino débiles dotes, a menos que no tengan hermanos.

No obstante, existen, solo pocos empleos para las mujeres que han recibido alguna educación; además los prejuicios fanáticos de las sectas religiosas hacen rechazar de todo hogar, y a menudo incluso del techo paterno, a las muchachas que han sido seducidas o engañadas, y la mayor parte de los ricos propietarios del campo, los fabricantes y los jefes de fábricas hacen el juego de seducirlas y engañarlas. Ah, que estos capitalistas, que estos propietarios del suelo, a quienes los proletarios hacen tan ricos por el intercambio de catorce horas de trabajo por un pedazo de pan..., están lejos de balancear, por el uso que hacen de su fortuna, los males y desórdenes de todo género que resultan de la acumulación de las riquezas en sus manos. Aquellas riquezas casi siempre alimentan el orgullo y ocasionan excesos de intemperancia y de libertinaje, de suerte que el pueblo pervertido por su horrible miseria es todavía corrompido por los vicios de los ricos.

Las muchachas nacidas en la clase pobre son empujadas a la prostitución por el hambre. Las mujeres son excluidas de los trabajos del campo y cuando no son ocupadas en las manufacturas, no tienen otro recurso de vida sino la servidumbre y la prostitución.


Vayamos, hermanas mías, marchemos
en la noche como en el día;
a toda hora, a todo precio es preciso
hacer el amor, es preciso hacerlo,
aquí abajo el destino nos ha hecho
para cuidar la casa y a las mujeres
honestas13.



Las mujeres públicas de Londres son tan numerosas que a toda hora se les ve en todas partes. Afluyen a todas las calles, pero en ciertos momentos del día se hacen presentes en los barrios alejados donde la mayor parte reside, en las calles donde se encuentra el gentío y en los paseos y teatros. Es raro que   —69→   reciban a los hombres en sus casas; los propietarios de las casas casi siempre se oponen y luego las habitaciones que ocupan están mezquinamente amobladas. Las muchachas llevan sus «capturas» a casas destinadas al oficio, casas que existen de distancia en distancia en todos los barrios, sin excepción y, son, de acuerdo con lo que informa el doctor Ryan, tan numerosas como las tiendas de «Gin»14. Fui como observadora, acompañada de dos amigos armados de bastones, a visitar, entre siete y ocho horas del día, el nuevo barrio al cual llega el puente de Waterloo y que atraviesa a lo ancho y a lo largo la calle de Waterloo-road. Aquel barrio está casi enteramente poblado de prostitutas y de agentes de la prostitución. No sería sino incurriendo en inminentes peligros que se le puede atravesar solo por la noche. Estábamos en verano y la tarde estaba muy cálida, las muchachas estaban en las ventanas o sentadas frente a sus puertas, riendo y jugando con sus «mantenidos». Medio vestidas, muchas desnudas hasta la cintura, revoloteaban provocando repugnancia, mientras que la expresión de cinismo y de crimen se leía sobre el rostro de sus mantenidos y provocaban el miedo.

En general estos mantenidos eran hombres muy bellos, jóvenes, grandes y fuertes; pero por su aire común y grosero, se creería ver aquellos animales que no tienen sino apetitos por instinto.

Muchos se nos acercaron y nos preguntaron si no queríamos una habitación. Como les respondimos negativamente, uno, más atrevido que los otros, nos dijo en tono amenazador: ¿qué venís entonces a hacer a este barrio, si vos no queréis una habitación para hacer entrar a «vuestra dama»? Confieso que no habría querido encontrarme sola frente a este hombre.

Recorrimos así todas las calles adyacentes de Waterloo-road, y nos fuimos a sentar sobre el puente para observar otro espectáculo. Vimos pasar las mujeres del barrio de Waterloo-road, que por la noche, entre las ocho y las nueve, van en «bandas» al West-end de la ciudad, donde ellas ejercen su oficio durante la noche y vuelven hacia las ocho o las nueve de la mañana.

Las muchachas recorren todos los paseos y las calles donde se dirige el gentío; aquella que conduce a la bolsa, a las horas   —70→   donde el mayor número de personas se congrega, alrededores de los teatros y otros lugares públicos. A la hora de las entradas de precio medio invaden todos los espectáculos y se apoderan de las salas de descanso donde hacen sus salones de reunión (ver el capítulo del teatro). Después del espectáculo las muchachas se reúnen en los finishes: éstos son innobles cabarets o vastas y suntuosas tabernas a donde se van para terminar la noche.

Los finishes15 se unen a las costumbres inglesas como el estaminet a los hábitos alemanes y el café elegante a las costumbres francesas. En los unos el empleado de oficina, el dependiente, el corredor, beben la cerveza fuerte, fuman mal tabaco y tienen francachela con las muchachas suciamente vestidas. En los otros la alta sociedad bebe punch au cognac, vino de Francia y del Rhin, Cherry y Porto; fuma excelentes cigarros de la Habana, ríe y juega con las muchachas jóvenes, bellas y ricamente vestidas. Pero en estos como en aquellos, la orgía se muestra en toda su brutalidad, en todo su horror.

Se me ha contado a propósito de los finishes, las escenas de lujuria que me resistí a creer. Me encontraba en Londres por cuarta vez, y había venido con la firme intención de conocer todo. Me decidí por tanto a sobreponerme a mi repugnancia, e ir yo misma a uno de esos finishes a fin de juzgar el grado de confianza que debía otorgar a las diversas pinturas que me habían hecho. Los mismos amigos que habían venido a acompañarme   —71→   a Waterloo-road se ofrecieron entonces a servirme de cicerone.

Es un espectáculo para ver, y para hacernos conocer mejor el estado moral de Inglaterra que todo lo que se podría decir. Tales tabernas espléndidas tienen una fisonomía muy particular. Parece que los concurrentes asiduos a aquellos palacios les dedican la noche. Van a dormir cuando el sol comienza a brillar en el horizonte y se despiertan después de su ocaso. En el exterior aquellos palacios-tabernas (gin-palaces) cuidadosamente cerrados, no indican sino el sueño y el silencio; mas apenas el portero os ha abierto la pequeña puerta por donde entran los iniciados, vos sois deslumbrado por las vivas y brillantes luces que se escapan de mil mecheros de gas. El primero es un inmenso salón dividido en dos a lo largo. En una de sus divisiones hay una hilera de mesas separadas por tabiques de madera, como en todos los restaurantes ingleses. A los dos costados de las mesas hay bancos en forma de sofás; al frente, en otra división, hay un estrado donde las muchachas del placer con amplios trajes se mantienen en «exhibición». Ellas provocan a los hombres con la mirada y la palabra. Cuando se les responde llevan al galante gentleman a una de las mesas pues todas están llenas de carnes frías, de jamones, de aves, de pasteles y toda especie de vinos y licores.

¡Los finishes son los templos que el materialismo inglés eleva a sus dioses! Los domésticos que les sirven están elegantemente vestidos, los industriales propietarios del establecimiento saludan humildemente a los convidados que vienen a cambiar su oro por la orgía.

Hacia la media noche los asiduos comienzan a llegar. Varias de estas tabernas son lugares de citas de la alta sociedad, donde la élite de la aristocracia se congrega. Al principio los jóvenes lords se tienden sobre los bancos en forma de sofás, fuman y bromean con las mujeres después; tras de varias libaciones, los vapores del champaña, el alcohol de madera exaltan su cerebro, y los ilustres mozos de la nobleza inglesa, los muy honorables del parlamento se quitan el vestido, desatan la corbata, se sacan el chaleco y los tirantes. Estos establecen su «camarín particular» en un cabaret público. La orgía va siempre creciendo. Entre las cuatro y cinco horas de la mañana ella llega a su apogeo.

¡Oh entonces es necesario una cierta dosis de coraje para quedar allí, mudo espectador de todo lo que pasa!

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¡Qué digno empleo hacen de sus inmensas fortunas estos nobles señores ingleses! Cuán bellos, cuán generosos son cuando han perdido el uso de su razón y ofrecen cincuenta, cien guineas a una prostituta si quiere ella prestarse a todas las obscenidades que la ebriedad produce...

En los finishes hay toda clase de entretenimientos. Uno de los más gustados es el de emborrachar a una mujer hasta que caiga muerta de ebriedad; entonces se le hace probar vinagre en el cual mostaza y pimienta han sido arrojados; este brebaje le da casi siempre horribles convulsiones y los sobresaltos y las contorsiones de esta desgraciada provocan las risas y divierten infinitamente a la honorable sociedad. Una diversión también muy apreciada en esas elegantes reuniones, es la de arrojar sobre las muchachas que yacen muertas de ebriedad sobre el piso un vaso de no importa qué. He visto los vestidos de satén en los que ya no se veía ningún color: era una mezcla confusa de manchas; vino, aguardiente, cerveza, café, té, crema, etc., que diseñaban mil formas extravagantes; escritura matizada de la orgía. ¡Oh, la criatura humana no podría descender más bajo!16

El aspecto de este licencioso espectáculo subleva, espanta y sus exhalaciones llegan a revolver el estómago; el aire está cargado de miasmas infectas; el olor de las carnes, de las bebidas, del humo de tabaco y otros más fétidos todavía... todas estas emanaciones penetran en la garganta, y os aprietan las sienes y os dan vértigo. ¡Oh, es horrible! Sin embargo esta   —73→   vida que ellas recomienzan «cada noche» es para la mujer pública la única esperanza de fortuna, porque no tienen oportunidad con el inglés «en ayunas», pues el inglés en ayunas es casto hasta la mojigatería.

Es ordinariamente hacia las siete u ocho de la mañana que se retiran del finish. Los domésticos van a buscar los coches de alquiler. Aquellos que todavía se mantienen en pie buscan sus vestidos, los recogen y se retiran a sus casas. En cuanto a los otros, los mozos de la taberna los visten como pueden, con los primeros vestidos que tienen a la mano y los llevan al coche de alquiler e indican al conductor del coche la dirección de sus domicilios. Muy a menudo ocurre que se desconoce la casa de esos individuos; entonces son colocados en una sala al fondo de la casa, donde se les acuesta buenamente sobre paja. Esta sala se llama el «hueco de los borrachos». Se quedan ahí hasta que recuperen el sentido y puedan decir dónde quieren ser conducidos.

Es inútil decir que los objetos consumidos en esas tabernas se pagan a enormes precios; así pues los borrachos salen con sus bolsillos vacíos, felices si la codicia de su sirena les ha perdonado el reloj, los anteojos de marco de oro o cualquier otra cosa de valor.

En esta ciudad de desenfreno, la vida de las mujeres públicas de toda clase es de corta duración. Lo quiera o no, la prostituta está obligada a beber alcohol. ¡Qué temperamento podría resistir los continuos excesos! Así tres o cuatro años es el período de existencia de la mitad de las prostitutas de Londres. Las hay que resisten siete u ocho años, pero es el término extremo que muy pocas alcanzan y que solamente muy raras excepciones superan. Muchas mueren de malas enfermedades o de fluxiones al pecho en los hospitales y cuando no pueden ser admitidas sucumben a sus males en horribles viviendas, experimentando la privación de alimentos, de remedio, de cuidado en fin de todas las cosas. El perro al morir encuentra la mirada de su amo, en tanto que la prostituta muere en la esquina de cualquier calle, sin que nadie se detenga a mirarla con piedad.

De ochenta a cien mil mujeres, la flor de la población, viven en Londres de la prostitución. Cada año, de quince a veinte mil se enferman y tienen la muerte del leproso, en un total   —74→   abandono17. Cada año, un número más considerable todavía viene a reemplazar a aquéllas cuya espantosa existencia termina.

Para explicar una prostitución tan difundida, es necesario tener presente en el espíritu el inmenso aumento que han tomado las riquezas de Inglaterra desde hace cincuenta años, y recordar que, en todos los pueblos y en todas las épocas, la sensualidad se ha desarrollado junto con la riqueza. El móvil del comercio se ha vuelto tan poderoso entre los ingleses que ha superado a todos los otros. No hay uno donde el pensamiento dominante no sea otra cosa que el ganar dinero («to make money»). Los hijos menores de las más ricas familias están también en la necesidad de hacer fortuna y ninguno está satisfecho con lo que posee.

El amor al dinero, implantado en el corazón de los jóvenes en la edad más tierna, destruye los afectos de familia así como toda compasión de los males ajenos y no permite crecer ningún sentimiento de amor. El amor no entra para nada en su vida. Es sin amor que seducen a una muchacha, es sin amor que se casan. El joven «se casa con dote», abandona a su mujer y va a dilapidar la fortuna en las casas de juego, los clubes y los «finishes del West-end». Oh, esta vida completamente material de los apetitos y de los intereses es repelente. Jamás sociedad alguna ha presentado un aspecto tan horroroso. El dinero por motor; y para todo goce, el vino y las prostitutas.

En Londres todas las clases están profundamente corrompidas. Durante la infancia el vicio adelanta la edad. En la vejez sobrevive a los sentidos apagados y las enfermedades de la lujuria han penetrado en todas las familias. La pluma se niega a describir los extravíos, las vilezas a las cuales se dejan arrastrar los hombres hastiados de todo, que no tienen sino los sentidos y cuya alma es inerte, el corazón marchito, el espíritu sin cultura. Frente a una tal depravación, San Pablo habría exclamado: «Anatema sobre los fornicadores», y habría huido de esta isla sacudiéndose el polvo de los pies.

En Londres no se tiene consideración por las víctimas del vicio. La suerte de la mujer pública no inspira más piedad que   —75→   aquella del irlandés, del judío, del proletario y del mendigo. Los romanos no eran más insensibles para con la vida de los gladiadores que perecían en el circo. Los hombres, cuando no están ebrios, rechazan con el pie a las prostitutas y aun les pegarían si no temieran el escándalo, los resultados de una batalla con los mantenidos o la intervención de la policía18. Las mujeres honestas tienen por estas desgraciadas un desprecio duro, seco y cruel, y el sacerdote anglicano no es consolador de todos los infortunados como el católico. El sacerdote anglicano no tiene misericordia por la prostituta. ¡Este pronunciará en el púlpito un discurso enfático acerca de la caridad y el afecto que tuvo Jesús por la Magdalena, pero para los millares de Magdalenas que mueren cada día en los horrores de la miseria y del abandono, no hay ni una lágrima! ¡Qué le importan estas criaturas! Su deber es divulgar en el templo un discurso hecho con talento, a día y hora fijos, eso es todo. En Londres la prostituta no tiene derecho sino al hospital, y aun así, sólo cuando encuentra un lugar desocupado.

El amor propio nacional, que nos lleva a desear que el país o la Providencia nos ha hecho nacer sea mejor que todos en la tierra, esta disposición malévola hacia los otros países, fruto amargo de las luchas pasadas y que forma el más grande obstáculo al progreso, nos impide a menudo reconocer las causas   —76→   de los males que el extranjero nos señala. El espíritu de odio se despierta entonces, y nosotros lo aumentamos, añadimos proveyéndole de pruebas por hechos tan manifiestos como las nieblas del Támesis, porque la unidad de interés de las naciones, no siendo todavía concebida sino por un pequeño número de personas adelantadas, permite que el extranjero que no nos aprueba sea tomado por el enemigo que nos injuria.

La prostitución existe en todas partes, pero en Londres es un hecho tan inmenso, que se la ve como un monstruo que todo lo quiere tragar; y he comprendido colocándome en el punto de vista del vulgo, que probablemente no se querría convenir conmigo en su impotencia, y que el cuadro sería acusador de exageración. Yo pensaba entonces en hacerme de pruebas, de autoridades que confirmasen el testimonio de mis ojos.

Había leído el libro de M. Parent Duchatelet, y sabía que era imposible de llegar a la exactitud matemática en la apreciación de un hecho que escapa a los datos estadísticos, se podría sin embargo, por largas observaciones, acercarse mucho a la verdad. Me informé si se había encontrado en Inglaterra un filántropo lo suficientemente devoto a la humanidad para consagrar su vida al examen de la prostitución de Londres, con aquella indomable obstinación que había tomado Parent Duchatelet al examinar y estudiar la prostitución de París. Se me indicó al Doctor Ryan cuya obra sobre la prostitución de Londres levantó recriminaciones y odios.

El doctor Ryan, autor de varias obras de mérito reconocido y cuya numerosa clientela atestigua su talento, no había tenido necesidad de publicar esta obra para adquirir una reputación. Esta publicación, que debía indignar el espíritu hipócrita de las costumbres inglesas y provocar las vociferaciones de las clases altas a las cuales arrancaba la máscara, es de su parte un acto sublime de sacrificio. El doctor Ryan conocía su país y las consecuencias que debía traer su publicación. Pero dotado de aquel coraje enérgico que planea por encima de los clamores de un mundo corrompido, divulgó atrevidamente los hechos, señaló la corrupción y las vilezas que encierra la ciudad monstruo.

Fue el año pasado que apareció en Londres el libro del doctor Michael Ryan teniendo por título Prostitución en Londres. Esta obra contiene, sobre la prostitución en Londres, los datos más precisos que es posible obtener en el estado actual de la policía   —77→   inglesa. El doctor Ryan cita con apoyo de hechos, que él adelanta, los informes de «la sociedad por la supresión del vicio» frente al comité del parlamento, en 1837 y 1838; los de la policía metropolitana, en 1837 y 1838; aquellos de la sociedad de Londres «para prevenir la prostitución de la infancia», en 1836, 1837 y 1838; los informes de M. Talbot, secretario de esta sociedad, y de los comisarios de policía frente al parlamento, y en fin aquellos del ministerio del interior, en 1837 y 1838.

Resulta de estos documentos que en 1793 M. Colquhoun, hombre de mérito y magistrado de policía, después de haberse entregado a largas investigaciones, evalúa en cincuenta mil el número de las prostitutas en Londres; pero esto no es sino una evaluación, porque aún en el presente, que la policía está mejor organizada, no hay ningún medio para llegar a la exactitud en este caso. Desde 1793 la población de Londres ha doblado, se puede por lo tanto suponer que el vicio ha seguido una proporción más fuerte, teniendo en cuenta que la desigualdad en la repartición de la riqueza se ha mantenido a la misma altura, y que la producción no ha crecido en razón de la población, que los salarios han disminuido en consecuencia, y que ninguna mejora real de la suerte del proletariado ha sido efectuada todavía por el gobierno. Mientras tanto el doctor Ryan, de acuerdo con los datos que ha recogido de los magistrados de la policía y de los señores Prichard y Talbot, secretarios de las sociedades arriba mencionadas, estima que existe en Londres de 80 a 100,000 mujeres públicas, cuya mitad -otros afirman que las dos terceras partes- están por debajo de los veinte años.

No es sino por aproximación que se puede evaluar la duración media de su existencia; porque hasta 1838 no existía en Inglaterra ley que obligara a registrar a los muertos. Clarke, el último Chamberlain de la ciudad de Londres, evalúa en cuatro años la vida de la prostituta, otros la evalúan en siete años, mientras que la sociedad «para prevenir la prostitución de la juventud» estima que en Londres la mortalidad anual de las mujeres públicas es de ocho mil. Talbot piensa, a juzgar por el resultado de sus investigaciones, que existen en Londres cinco mil «casas de perversión»: tantas como establecimientos donde se vende el «gin» (ginebra). Ryan evalúa que en Londres hay cinco mil individuos, hombres o mujeres empleados en proveer de mujeres a las casas de perversión, y cuatrocientos o quinientos que él designa bajo el nombre de «trapanners»19   —78→   ocupados en tender redes a las muchachas de diez a doce años para atraerlas de «grado» o por «fuerza» a estas espantosas cavernas. El evalúa que 400,000 personas están implicadas, directa o indirectamente, en la prostitución, y que 8,000,000 de libras esterlinas (400,000.000 de francos) son anualmente gastados en Londres en este vicio.

Ha sido en mayo de 1835 que fue instituida la Sociedad «para prevenir la prostitución de la juventud». En su llamado al público, expone el estado de depravación de las clases populares en Londres. Afirma que existen escuelas donde la juventud de los dos sexos es preparada para el hurto y para todos los actos de inmoralidad; que la prostitución y el robo son «abiertamente propiciados» por aquellos que aprovechan de ello, que en fin el crimen es organizado regularmente, y dirige un llamado a los ciudadanos acerca de los más atroces de los atentados que se cometen impunemente a pleno día en las calles de Londres, para alimentar el más infame de los comercios. Existe, dice aquél, un gran número de hombres y de mujeres cuyo comercio consiste «en vender a las muchachas de diez a quince años que han atrapado en sus redes». Las muchachas, atraídas bajo diversos pretextos a las casas de delito o de perversión, mantenidas a título privado durante quince días, son perdidas para siempre por sus parientes.

En mayo de 1836, el comité de la Sociedad, en la cuenta rendida de sus trabajos hacen notar «que sea cual sea la pena que todo hombre moral experimenta con la visión de las escenas de vicios que se muestran sin disimulo en la metrópoli, no obstante el espectáculo más indignamente ofrecido por el espantoso crecimiento de la prostitución de la juventud. De noche, y aún en pleno día, las calles son recorridas por los desgraciados muchachos desviados de la senda de la virtud, de la protección de sus padres, por los impíos que los han llevado a su destrucción con el objeto de hacer una ganancia y que sin embargo permanecen sin castigo».

Entre las muchachas seducidas a las cuales el comité vino en ayuda durante el primer año de su ejercicio, hago notar el caso de una muchacha de trece a catorce años. El tratante de esclavos que la hubo pervertido y en cuya casa ella estaba retenida, llevado al juicio, ha sido absuelto. Por lo demás, en las cuentas rendidas a la Sociedad, para los años 1837 y 1838, se cuentan varios hechos de la misma especie y los traficantes   —79→   de carne humana han sido condenados a «algunos meses de prisión».

Después de haber referido algunos de los medios de atracción empleados con las muchachas que ha socorrido, el comité añade: «los numerosos artificios usados para atraer al remolino de miseria, a los muchachos de los dos sexos sin experiencia son tan complicados, tan variados, que sería imposible de detallarlos. Es por ello que hablaremos solamente del trato que sufren aquellas criaturas infortunadas cuando caen en la trampa. Tan pronto como la joven entra en una de esas tabernas, se le despoja de sus vestidos, de los que se apodera él o la regente del establecimiento. Se la viste con trajes rutilantes que han formado el vestuario de las mujeres ricas y que los ropavejeros proporcionan. Las residentes son informadas de que cuando no atraen más público a la casa, su amo las enviará a recorrer las calles, donde se les hace vigilar de tal manera que les es imposible escapar; si ella lo intenta, el espía, hombre o mujer, que la sigue la acusa de robar al amo de la casa los vestidos que lleva. Entonces el «policía» la detiene, algunas veces la lleva a su estación, pero más frecuentemente éste devuelve a la esclava fugitiva a su amo por lo cual recibe una recompensa. De vuelta a su infame residencia, la desdichada es cruelmente tratada. Despojada de todo vestido, es dejada todo el día, «enteramente desnuda» a fin de que no pueda escaparse, a menudo incluso es «privada del alimento». Llegada la noche, se le vuelve a poner sus ropas y se la envía a pasear las calles siempre vigilada por un espía; es severamente castigada si, en esas caminatas nocturnas, no lleva a la casa a un cierto número de hombres, y no puede apropiarse ni un centavo del dinero que recibe.

Las casas de prostitución son prohibidas en Inglaterra, pero es difícil probar su existencia. Aquellos que las frecuentan, contenidos por la vergüenza, no llevarían testimonio a la justicia; y la policía no pudiendo introducirse en esas casas sino cuando se cometen desórdenes, no sabría constatar el delito. Los vecinos solamente pueden hacerlas suprimir por los oficiales de la parroquia, acusándolas de crear problemas y alterar la tranquilidad del barrio.

Por lo demás, la prohibición de la ley es absurda; porque siendo la prostitución un resultado forzoso de la organización de las sociedades europeas, a disminuir más bien la intensidad   —80→   de las causas que la provocan a reglamentar su uso es a lo que actualmente deben tender los gobiernos.

De los informes de 1827 y 1838, el comité de la Sociedad da cuenta de las pesquisas que ha dirigido contra los regentes de las casas de prostitución y de los individuos que envician y corrompen a las muchachas; pero las penas incurridas por mantener esas casas, por desviar y pervertir a las muchachas de diez a quince años, no exceden «un año de prisión» y más corrientemente no se espera los seis meses. Ocurre incluso que los acusados son devueltos de la querella, teniendo en cuenta que esos muchachos de los «dos sexos, de diez a quince años», encontrados en una de esas casas «han consentido ya sea en ir allí o en quedarse». Tal es la legislación que protege a la familia del proletario. En cuanto a las muchachas de los ricos, constantemente bajo los ojos de personas que cuidan de ellas, son poco expuestas a estas seducciones.

La depravación está en tal forma extendida y el precio que se obtiene por las muchachas es tan elevado, que no hay astucia a la cual no se recurra para procurárselas. En 1838, el comité de la Sociedad llamó la atención del patriotismo, de la virtud, de la religión y de la humanidad sobre los esfuerzos desvergonzados que se hacían continuamente para alimentar el enviciamiento de nuevas víctimas. ¡Apenas se puede pasar por una calle sin encontrar alguna casa de depósito de este infame comercio! Numerosos agentes son empleados en captar, en atrapar de mil maneras a las inocentes jóvenes sin experiencia, y los arrabales, los bazares (mercados), los parques, los teatros, les proporcionan sin cesar nuevas presas. Vuestro comité tiene además pruebas, añade aquél, que le permiten afirmar que los regentes de las casas de perversión y sus agentes tienen también la costumbre de dirigirse a las casas de trabajo y a los establecimientos penitenciarios y que de allí obtienen muchachas frecuentemente. (Your committee have authority for stating, that the keepers of brothels and procurers, are frecuently in the habit of obtaining females from the workhouses and penitentiaries)20.

A pesar de la máscara de hipocresía que continúan manteniendo las gentes de las clases altas, con el propósito de hacer durar el fanatismo entre el pueblo, ellas apenas se han mostrado poco dispuestas a secundar los esfuerzos de la sociedad   —81→   «para prevenir la prostitución de la juventud»; mientras que desde hace treinta y siete años que existe la Sociedad para «la supresión del vicio» que se dedica solamente a perseguir a personas, «no observantes del domingo o a los vendedores de publicaciones obscenas y a los adivinadores de la buena suerte», es de advertir que esta sociedad ha encontrado constantemente ayuda y apoyo en todas partes, porque se puede dormir bien el día domingo en los sermones de los reverendos, renunciar a las pinturas del Aretino y cuidar sus vicios. Además, suscribiendo por una sociedad que tiene la pretensión «de trabajar por la supresión del vicio» se adquiere la reputación de «virtuoso», reputación a la cual el robert-macairisme inglés se atiene mucho.

El comité de la Sociedad para prevenir la prostitución de la juventud decía en mayo de 1838: «mientras que los miembros del comité perseguían la ejecución de las operaciones comenzadas, han debido luchar contra obstáculos de naturaleza poco ordinaria; estos obstáculos provienen de la apatía y de la indiferencia casi universal que reinan sobre el objeto de la Sociedad. Los miembros de vuestro comité han sido acogidos en su trayectoria por las burlas y el desprecio de un mundo profano e inmoral, por las censuras y desaprobaciones de aquellos que creen que el libertinaje «es necesario» para el bienestar de la sociedad, por la desatención desdeñosa y la negligencia de los hombres religiosos. Ellos no han encontrado en ninguna parte ayuda o aliento. Pero en medio de las repulsas despectivas e impías de aquellas gentes, de las pullas y de las risas de todos, han tenido el coraje de perseverar, sostenidos por la conciencia de la importancia de los objetivos que se perseguía fueran cumplidos, y por las simpatías y atenciones afectuosas de sus suscriptores.

La depravación inglesa no produce nada más odioso que esos monstruos de los dos sexos que recorren Inglaterra y Europa continental, tienden sus redes a la niñez, luego retornan a Londres a vender a esta virtuosa aristocracia, a aquellos enriquecidos del comercio, las muchachas que han arrebatado al afecto de sus padres, excitando insidiosas esperanzas a través de atroces mentiras, o de las cuales se han apoderado furtivamente por las redes que han tendido a las muchachas mismas. Algunos de estos agentes frecuentan las respetables clases de la sociedad inglesa. Aquellos, dedicados a los mercados de esclavos del west-end, a menudo son enviados a diversas ciudades   —82→   y aldeas del continente, a Holanda, Bélgica, Francia e Italia. Estos tratan con los padres, comprometen a las muchachas en calidad de bordadoras, modistas, lenceras, músicas, damas de compañía, domésticas, etc., para evitar las sospechas. Llegan a veces hasta dar adelantos a los padres, y cuando se han procurado un cierto número de muchachas, regresan a Londres21.

El comité de la Sociedad para prevenir la prostitución intentó, en 1837, demandas judiciales contra una francesa llamada Marie Aubrey, que fue obligada a abandonar su infame comercio y salvarse en Francia para escapar a algunos meses de prisión. «Su casa estaba situada en Seymour-place, Bryanstone-square. Este establecimiento tenía una gran reputación en el mundo elegante. Visitado por algunos de los extranjeros más distinguidos y del gran mundo del west-end, estaba construido con un lujo que rivalizaba con las más ricas y las más nobles familias. La casa tenía doce o catorce piezas, independientemente de aquellas consagradas a los usos domésticos. Cada una de estas piezas estaba amoblada con un gusto exquisito y con todo lo que existía de más a la moda. El salón, muy amplio, estaba elegantemente adornado. Una profusión de lienzos, entre los cuales se encontraban pinturas de gran precio, decoraban sus muros. En una palabra, el mobiliario de esta casa era extremadamente rico. Marie Aubrey tenía para el uso de los altos personajes que recibía, un servicio de piezas de platería y vajilla de plata de un gusto exquisito. En el momento en que las acciones contra ella fueron comenzadas, había en su casa doce o catorce jóvenes de Francia y de Italia. Marie Aubrey tenía un médico adjunto a su establecimiento, que vivía en la vecindad al que ella empleaba también como su agente. Ella lo enviaba frecuentemente a Francia, a Italia, y cuando él estaba en Londres, él visitaba las aldeas de los alrededores en busca de muchachas jóvenes. Marie Aubrey vivió muchos años en esta casa, donde amasó una fortuna considerable. Luego de su partida, el personal fue despedido y se vendió el mobiliario. Cuando ella recibía una nueva importación de muchachas, enviaba una circular a los señores que tenían el hábito de visitar su establecimiento.

«Hay actualmente en la metrópoli un gran número de jóvenes mujeres de Francia, de Italia y de otras partes del continente. Muchas de ellas han sido separadas de su familia e introducidas en la senda de la iniquidad por Marie Aubrey y sus   —83→   infames agentes. Vuestro comité conoce un número considerable de casas de esta especie en el west-end cuyas circulares están en mi poder. Ellas siguen en todo el mismo plan de Marie Aubrey, y por medio de las direcciones que presenta «guide de la cour», ellas envían anuncios de todo género relativos a sus establecimientos a todos sin distinción (nobility and gentry).

Vuestro comité desea exponer en esta asamblea los medios empleados por los agentes de esas casas. Tan pronto como llegan a ciudades del continente, se informan de las familias donde se encuentran las señoritas que buscan colocarse en posiciones respetables, luego se introducen en esas familias y por medio de bellas promesas, inducen a los padres a consentir que sus hijas les acompañen a Londres, donde está convenido que deben ser colocadas en calidad de bordadoras, modistas, floristas o de tal otra profesión de mujeres. Una suma de dinero es dejada a los padres, como garantía para la ejecución del compromiso. Algunas veces está aún estipulado que una parte determinada de los salarios de sus hijas les será enviada todos los trimestres. Y mientras ellas se quedan en el establecimiento que les ha hecho venir, la parte de los salarios prometida es exactamente enviada a los padres, que sin sospechar reciben así los socorros de la prostitución de sus hijas. Cuando ellas dejan la casa, se escribe cartas a sus padres para informarles que sus hijas han dejado su oficio. En consecuencia, las remesas de dinero cesan, pero no se olvida de decirles que están muy contentas de haber encontrado otra posición no menos respetable para sus hijas y que están muy bien»22.

La profunda corrupción de las clases ricas, los altos precios que pagan, protegen y fomentan este infame comercio. Talbot dice: «en los serrallos del west-end, las esclavas de las nuevas importaciones se pagan de veinte a cien libras esterlinas. Y si se reflexiona en el lujo de esas casas, en la enormidad de sus gastos, en los gastos del viaje de sus agentes, se concebirá que ese precio no es exagerado. Cuando esas jóvenes, conocidas por todos los concurrentes asiduos no excitan más su capricho se las pasa a un establecimiento de segundo orden, y al cabo de un año o dieciocho meses, las desgraciadas mueren en algún hospital o son abandonadas a su suerte en las calles».

La demanda de estas muchachas es tan considerable, que por todas partes, las redes son echadas para atraparlas y sorprenderlas   —84→   en falta por aquellos que las vigilan. Las mujeres, dice M. Ryan, acechan en las agencias de los coches públicos a las jóvenes que vienen a Londres para colocarse y les ofrecen un alojamiento. Otras se presentan en las casas de trabajo y en los hospicios bajo el pretexto de alquilar sirvientas y obtienen a menudo que se les confíe las muchachas. Estas mujeres están bien vestidas y se imponen por su tono. En los mercados mantienen conversación con las muchachas de las tiendas, frecuentan los establecimientos de moda y todos los talleres de mujeres, atrayendo a sus casas por mil astucias a las jóvenes aprendices. Aquellos que las emplean las hacen viajar y van hasta a ochenta millas de Londres en busca de víctimas.

Talbot dice «que entre las formas, que emplean aquellas infames casas para llenar los vacíos frecuentes que la enfermedad y la muerte ocasionan en el establecimiento, y para subvenir el crecimiento de las demandas, está el hacer recorrer las calles por jóvenes de dieciocho años para engañar con lisonjas a las muchachas que encuentran. Les proponen venir con ellas a ver un pariente, dar un paseo agradable, asistir a cualquier cosa interesante, les invitan a un teatro o les ofrecen un buen empleo. Ellas cumplen este oficio a pleno día y también por la noche, y recurren a los artificios más sutiles para determinar a las muchachas a seguirlas. El domingo es el día que estos miserables escogen como predilecto. Acechan a las muchachas a las salidas de los colegios dominicales y las atraen a sus guaridas. ¡Creo aún poder afirmar que las muchachas han sido sacadas del mismo colegio, a la vista de sus profesores y de sus camaradas que no tenían ninguna idea que un sistema tan execrable fuera puesto en ejecución! Tan pronto como están en posesión de las muchachas, ellas son «vendidas» y su «ruina» es efectuada a menudo por algunos de aquellos viejos pervertidos de cabeza blanca que dan por ellas premios enormes»23. Talbot cuenta numerosos hechos, llegados a su conocimiento, de niñas de diez a once años que son violadas en malos lugares. Estos crímenes se cometen habitualmente y son tan poco reprimidos, que los amos de aquellos establecimientos, dice siempre Talbot, pasan alrededor de los mercados con los cocheros y éstos les llevan a «tanto por cabeza» muchachas del campo de diez a catorce años que han comprometido bajo diversos pretextos a venir a Londres. Estos cocheros han sido llevados a menudo hasta los magistrados de la policía por crímenes de   —85→   ese género; pero por la imperfección de la ley, cuando son castigados no es sino con una pena ligera.

«De los testimonios que tengo en mi posesión, dice Talbot, resulta que hay un gran número de dueños de casas malas que atraen muchachos a ellas. Es un hecho constante y pienso ser exacto evaluando que, sobre cinco mil establecimientos, dos mil fomentan el libertinaje de los muchachos.

«Sunt lupinaria nunc inter nos, in quibus utuntur pueri vel pulleae»24. Talbot me indicó los lugares, dice el doctor Ryan; pero no puedo permitirme el publicarlos.

«Los muchachos de los dos sexos que están en estas infames y horribles guaridas han sido tomados en su mayor parte cuando miraban las vitrinas de las tiendas con pinturas indecentes y han gastado hasta diez libras esterlinas para convertirse en amo de un joven».

No pudiendo la policía introducirse en una casa cualquiera a menos que los gritos y el ruido no proclamen los desórdenes hasta afuera, resulta que con la excepción de estos establecimientos, interesados en fundar su reputación en el mundo elegante, la mayor parte de las casas de perversión tienen un acceso peligroso. Ellos ofrecen refugio a rateros y ladrones de toda especie. Los encubridores son frecuentemente llevados frente al magistrado por querellas, desórdenes y bajo la acusación de robo. En esas guaridas, los ladrones vienen a esconderse y comparten los robos obtenidos por la depredación. Los encubridores trafican con los objetos robados y vienen en ayuda de los ladrones cuando estos son detenidos. Entonces dan dinero para trastornar el curso de la justicia y tienen éxito a menudo en hacerlos absolver. Las prostitutas tienen casi todas por sostenedores a los industriales que frecuentan esas casas. Los ladrones pasan allí la noche y a la menor señal están prestos a precipitarse sobre la víctima para despojarla y hasta asesinarla25.

El doctor Ryan habla de un barrio de Londres llamado Fleet-Ditch, donde casi todas las casas son guaridas espantosas. Un acueducto de anchas dimensiones lo atraviesa y descarga   —86→   muy lejos, en el Támesis. Asesinos y bandidos de toda especie que habitan estas casas arrojan los cadáveres de sus víctimas a este acueducto, sin correr el menor riesgo de ser descubiertos. Se me ha asegurado, añade el doctor Ryan, que dos individuos de gran influencia en la ciudad de Londres, que poseen dos casas en los alrededores de ese barrio, valiendo cada una apenas treinta libras esterlinas por año, las alquilan a dos libras esterlinas por semana «como casas malas del último rango». Y las rentas de las casas del lugar varían de 100 libras esterlinas a 500 por año, sin incluir la prima de entrada de 100 a 300 libras esterlinas exigida para el consentimiento del propietario a un establecimiento de primer orden. Y el doctor Ryan cuenta la historia de dos caballeros que se habían dejado atraer para pasar la noche en una casa mala situada en un infame square, y que tuvieron en la mañana que sostener una dura lucha contra los sostenedores de sus sirenas26.

Independientemente de las casas de perversión que se encuentran en todas las calles de Londres, donde las prostitutas llevan a los hombres a los que han echado guante y en las que habitan buena cantidad de ellas, existen en ciertos barrios las Lodginghouses casas de alojamiento, regentadas por encubridores, donde se refugian ladrones de toda especie. Un buen número de estas casas contienen cincuenta camas ocupadas por personas de los dos sexos. En algunas de estas casas se reciben sólo a los ladrones muy jóvenes, a fin de que no sean maltratados por los más fuertes. No teniendo estos jóvenes menos maña, astucia y conocimiento del oficio que cualquier ladrón, el regente desea sacar el máximo provecho posible de todos sus robos y no admite en su casa a los hombres para los cuales los muchachos trabajan. Las mujeres tampoco quedan excluidas, para hablar más exactamente las muchachas de diez a quince años, porque es raro que la compañera del ladrón llegue a la edad de mujer. Estas muchachas son admitidas como «amantes de los muchachos» que las llevan. Las escenas de depravación que ocurren en estas guaridas, dice el doctor Ryan, son indescriptibles y serían increíbles si se les describiera27.

Casi todos los muchachos de doce a quince años enviados a las prisiones han tenido relaciones con las prostitutas y son visitados diariamente por sus amantes quienes dicen ser sus hermanas. Talbot evalúa que hay en Londres trece mil a catorce   —87→   mil prostitutas jóvenes, prostitutas de diez a trece años, que se renuevan sin cesar. Dice que el hospital de Guy ha tenido en el lapso de ocho años a dos mil setecientos pacientes por enfermedades venéreas, de diez a quince años de edad, y que un número bastante mayor de muchachos de esa misma edad habían sido rechazados por falta de lugar para recibirlos. He visto, añade Talbot, hasta treinta casos en un día, despachados por no poder ser atendidos aunque estuviesen en un estado tan lastimoso que apenas podían caminar.

El doctor Ryan dice también que un gran número de solicitudes de ingreso al hospital son dirigidas diariamente al Metropolitain free hospital por muchachas de doce a dieciséis años afectadas por enfermedades sifilíticas28. A menudo me he asombrado, continúa el doctor Ryan, en los hospicios y otros lugares de caridad pública a los cuales he asistido como médico, del gran número de jóvenes que se presentaban para consultar sobre las enfermedades venéreas29.

Existen en Londres cinco instituciones para ir en socorro de las prostitutas que deseen de dejar su horrible carrera30. Pero los esfuerzos de estas sociedades son en general demasiado mal dirigidos y sus medios demasiado restringidos para poder efectuar el bien. El número total de prostitutas, a las cuales los cinco asilos les ofrecen anualmente refugio, no excede   —88→   de quinientos. ¡Es solamente a quinientas de estas desdichadas que las cinco sociedades vienen a ayudar y le proporcionan una colocación más honrada! La única sociedad que ataca a la depravación en su origen es aquella para prevenir la prostitución de la niñez. Esta sociedad se sirve activamente de las leyes existentes pero así y todo, con todo su celo, no puede sino débilmente limitar el crimen, tanto como resultado de la insuficiencia, de la asistencia que recibe, como por la legislación. Así el regente de una casa de perversión que ha capturado y pervertido a menores para entregarlos a la depravación, quedará libre si es detenido, después de ocho o diez días de prisión; mientras que una mujer del pueblo o cualquier otro individuo detenido vendiendo frutas o cualquier otra cosa sobre la vereda será castigado por una prisión de treinta días. Mientras que el simple encarcelamiento de algunos días para el regente de la casa de perversión, no es sino una pena ligera; es indiferente a todo sentimiento de vergüenza; sus asociados no tienen para él menos consideraciones y encuentra al contrario simpatía entre ellos: hacen gestiones para acortar su detención y vienen a hacerle compañía para endulzar el tedio. Mientras que para las muchachas virtuosas (culpables solamente de una violación de la ley) treinta días de prisión son casi inevitablemente su ruina completa. Pero qué importa el hijo del proletario, su mujer o su hija. El tendero está interesado en que no se venda nada sobre la vía pública. El tendero, el regente de la casa de perversión tienen derechos políticos, son electores, jurados, y el proletario, su mujer y sus hijos caen casi siempre a cargo de las parroquias. Evidentemente la demanda anual de ocho a diez mil menores por la lujuria de los ricos, entran en el sistema de Malthus para la disminución de la población, y bajo este punto de vista el regente de la casa de perversión es un hombre de respetabilidad, un hombre útil al país.



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ArribaAbajo- IX -

Las prisiones


El desarrollo gigantesco de la miseria y del lujo provoca en toda Europa un desborde tal de crímenes, que las consecuencias de ese estado de cosas comienzan a provocar espanto31.

Los gobiernos reconocen al fin que hasta el presente las prisiones han sido escuelas donde el crimen tomaba una funesta energía. Numerosas investigaciones han tenido lugar desde hace varios años y se hacen experiencias en diversos países a fin de remediar este mal siempre creciente. Esto sin duda está bien, pero no es todo. Pronto se convencerán que no es suficiente para detener la progresión del crimen, el establecer   —90→   penitenciarías donde se intenta la reforma del culpable por la enseñanza y la severidad de la regla, y que no se podrá por ese medio producir mejoras en una sociedad, sino en tanto que otras instituciones vengan a armonizarse con el sistema penitenciario.

En efecto, si lejos de disminuir gradualmente de intensidad las causas que producen criminales se desarrollan cada día más, ¿qué garantía de aprendizaje habrá entonces contra los reincidentes? ¿Qué terror saludable inspirarán el silencio y los calabozos? El nuevo reformado no pudiendo vivir de su trabajo y encontrando frecuentemente el ejemplo del crimen no tardaría en recaer. En el estado actual de las cosas, ¿cuál es la nación de Europa cuyos recursos serán suficientes para el mantenimiento de las penitenciarías que pronto reclamarán el número creciente de detenidos? No se ve claro que si los gobiernos persisten en sus sistemas de privilegios, de trabas comerciales, de impuestos sobre los trabajadores y de inmensos gastos improductivos, deberán hacer deportaciones en masa, erigir construcciones y armar a la mitad de la población, para ametrallar a la otra, cuando ella venga a pedir pan.

La terrible miseria tal como Irlanda e Inglaterra la presentan, trae necesariamente revueltas y revoluciones, pero el hambre no es el único motivo de ataque contra las propiedades. Como en nuestras sociedades se satisface todas las pasiones con el dinero, no hay en lo menor obstáculos ni resistencias que el dinero no supere y que tome el lugar del talento, del honor, de la propiedad y, como en fin, con el dinero se llega a todo, no se detiene ante nada, para procurarlo. Nadie será satisfecho de su posición, todos buscan elevarse ¿y quién podría numerar las infamias que esta misión universal hace cometer?

En cuanto a los homicidios, a los envenenamientos, a los infanticidios, se sabe que la indisolubilidad del matrimonio pone el puñal o el veneno en las manos de los esposos. Se sabe que los prejuicios bárbaros y fanáticos que persiguen a las muchachas convertidas en madres las vuelven a veces criminales. En fin, como las mujeres son excluidas de casi todas las profesiones, y cuando sus hijos no tienen padre que les dé el pan, se encuentran colocadas entre el infanticidio, la prostitución y el robo.

¡Legisladores, hombres de estado y todos vosotros a quienes Dios ha sometido el destino de los pueblos, antes de soñar   —91→   en reformar a los culpables, ocupaos vosotros en terminar con las causas del crimen y en impedir que haya culpables! La madre no castiga a su hijo porque ha caído en el fuego; su cuidado prevee el peligro, rodea el fuego con una mejilla y elimina con previsión maternal toda clase de peligro. Halla escuchado versiones contradictorias sobre las prisiones inglesas y el interés que me inspira la cuestión social se hallaba aumentado por el deseo de esclarecer mis dudas sobre el estado al cual había llegado ella en Inglaterra; pero como en Londres, el extranjero cuando no tiene la ventaja de ser duque, barón o marqués y estar alojado en uno de los mejores hoteles de la ciudad, encuentra dificultades extremadas para visitar las cosas más simples, no fue sino después de reiteradas gestiones y solicitudes que obtuve permiso para visitar Newgate, Gold-bath-fields et Penitenciary. Independientemente de estas tres prisiones existen otras ocho, pero a las cuales la vanidad nacional no deja penetrar la mirada de algún extranjero, a causa, se me ha asegurado, de su miserable apariencia, de su mala distribución interior y en fin a causa de los abusos de toda naturaleza y de la confusión que reina en estas cloacas de la civilización inglesa32.

Newgate tiene uno de los aspectos más salvajes33. Es efectivamente así como en la imaginación se representa la   —92→   prisión de los tiempos bárbaros. Este es un gran edificio cuadrado, que forma el rincón de la plaza. Las piedras son de enormes dimensiones, el color es de un gris negro, su cincelado imita la piel del tigre. Ellas le dan al edificio un tinte sombrío que ningún otro monumento de Londres tiene, y la impresión es terrible. Algunas ventanas provistas de gruesos barrotes de fierro se distinguen apenas, y se pierden en el espesor de la muralla. La puerta de entrada puede ser mostrada como obra maestra de una cárcel; la cantidad de millares en fierro que entraron en su construcción debe ser una cosa prodigiosa. Quisiera poder dársela a mi lector, a fin de que participara de la perplejidad que me produjo esta puerta. Si su vista es suficiente para deslizar el horror en el alma del visitante ¡qué podrá sentir el desgraciado cuyos crímenes lo llevan a la prisión, cuando esta masa de fierros se vuelve a cerrar sobre él y cuando se encuentra en la antecámara de esta espantosa cárcel! El gran defecto de Newgate es de carecer de día, y es probable que bajo el imperio de las ideas de venganza que mantienen los desgraciados a los que encarcela la justicia de los hombres, este defecto ha sido considerado por largo tiempo como una cualidad que hacía honor a la moral del arquitecto. Esta pieza de entrada es un poco menos sombría que las otras. Sin embargo es lentamente que a través de la oscuridad se descubre los objetos de los que se está rodeado: ¡oh! ¡Qué objetos horribles! ¡Y por qué se les deja allí! ¿Con qué intención se busca aterrorizar la imaginación del recién llegado? ¿Es para arrancar confesiones a sus temores o a su ignorancia? ¿Se quiere que crea que va ser entregado a torturas con las que las leyendas de su aldea han impresionado su memoria, o bien es una advertencia que se le hace para ponerse en guardia contra la justicia de los hombres, que, todavía ayer, hacían uso de medios parecidos para descubrir la verdad? ¿No es de alta importancia que el desgraciado que viola las leyes retome confianza en esas mismas leyes, y que no dude de la justicia de los magistrados que las aplican? ¿Queréis vosotros mantenerlos en rebelión contra la sociedad, o tenéis el proyecto de reformarlos? Aquellos objetos figurarían bien en un museo histórico, al lado de un Enrique octavo o de un Carlos noveno; pero en el siglo XIX no debe encontrárseles en la entrada de una prisión: ¡allí está el arsenal de Newgate! Los   —93→   muros están adornados con garfios, a los cuales están enganchados los instrumentos de tortura, puestos en uso desde su fundación. ¡Aquellos son los anales de la prisión y los trofeos que ella expone! Allí se ven gruesos y macizos collares de fierro de los cuales penden las cadenas correspondientes a los brazaletes, sierras para aserrar los miembros, tenazas para quebrar los huesos; mazas para romper, hachas, cuchillas; en fin, una colección completa de instrumentos de tortura de los cuales se servían para hacer cumplir la disciplina.

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Confieso que me sentí muy mal en esta primera pieza. Allí hace falta aire, luz y espacio. El prisionero escucha el ruido de la calle; puede ver por encima de la puerta pequeños destellos de sol relucir sobre la plaza; ¡qué contraste atroz!, ¡qué suplicio que hace sentir la libertad perdida! Pero apenas se ha atravesado ese vestíbulo no se escucha nada: la atmósfera es fría, húmeda, pesada; uno se cree en una cueva; los corredores son en su mayoría sumamente estrechos, así como las escaleras que conducen a los pisos superiores. Al principio se me hizo visitar la parte de la casa destinada a las mujeres.

Desde hace algunos años diversos cambios se han hecho en cuanto a las funciones en Newgate. Aunque se mantiene siempre como casa de arresto, no recibe sino a los acusados de algunos delitos (ningún condenado ha sufrido su detención allí) y por este uso Newgate corresponde a la Conserjería de París; además, es en esta prisión que la mayor parte de los condenados a muerte son ejecutados.

El gobernador tuvo la extremada complacencia de acompañarme en mi visita; me dijo que gracias a los escritos de los filántropos, a la intervención de personas dedicadas a la humanidad y a sus reclamaciones a menudo reiteradas, Newgate había recibido todas las mejoras de las cuales era susceptible. Aquella que Coz apreciaba más, era la clasificación de los prisioneros que durante tan largo tiempo habían estado confundidos.

La prisión de Newgate no está convenientemente distribuida, y falta espacio para que se sueñe construir allí celdas. En cada aposento los lechos están instalados como en los barcos; son cubos de dos pies de ancho sobre seis de largo, adosados al muro sobre dos o tres pisos. Una mesa grande está colocada en medio de la pieza con bancos de madera alrededor. Los prisioneros   —94→   comen sobre esta mesa, y trabajan, leen y escriben. Examinándolas con atención se reconoce que todas las habitaciones están bien mantenidas y muy limpias; pero como el enladrillado es malo, la distribución defectuosa, y son sombrías y mal aireadas, su aspecto es desagradable.

Casi todas las mujeres que he visto allí eran criaturas desgraciadas de la última clase del pueblo: prostitutas, domésticas, muchachas del campo acusadas de robo. Cuatro habían sido acusadas de crímenes que merecían la pena de muerte, clasificados por los legalistas ingleses bajo la denominación de felonía.

Estas mujeres tenían, en general, una expresión estúpida. Sin embargo noté a varias de ellas cuyos labios delgados y cerrados, la nariz puntiaguda, el mentón adelante y ligeramente subido, pero sobre todo el ojo hundido y la mirada fiera, anunciaban los caracteres de una atroz maldad. Ni vi sino una que me interesó vivamente.

Ella estaba encerrada con otras seis, en una sala baja, extremadamente sombría y muy húmeda. Cuando nosotros entramos, todas se levantaron y nos hicieron las reverencias usuales, y con aquel grado de bajeza que toca de cerca la servidumbre. Una sola se abstuvo; ella no hizo esta reverencia, cuya expresión me era penosa y me fatigaba desde mi entrada en la prisión. Este espíritu de independencia atrajo sobre ella toda mi atención.

Que se representa a una joven de 24 años, pequeña, bien conformada, vestida con gusto, manteniéndose en pie, alta la cabeza, mostrando a los visitantes el perfil más perfecto, el cuello más bello, la pequeña oreja que mejor podía haber sido formada, los cabellos rubios muy limpios y graciosamente levantada. Mis lectores que han tenido muchas ocasiones de notar la influencia que la belleza ejerce sobre mí, concebirán fácilmente la impresión que experimenté con la visión de esta bella criatura. Mis ojos se llenaron de lágrimas y no hizo falta sino la presencia del gobernador para impedirme ir donde esta mujer para estrechar su mano, a fin de que ella comprendiera el interés que yo tomaba en su suerte, y que mi simpatía calmara algunos instantes las torturas de su corazón.

Las altas cualidades del alma dan solas el ascendiente de la belleza. La más bella mujer, privada de esta expresión anímica,   —95→   que yo hubiera encontrado en este triste lugar, me habría dejado impasible; pero había una tal grandiosidad en la expresión de esta belleza, que soportaba con coraje y fiereza el colmo del infortunio, que arrebatada por mi emoción no pensé en ningún momento que ella pudiera ser depravada. Su alma era pura, yo la veía en sus miradas, en la pose de su cabeza, en toda su persona. La energía de una pasión podía haberla llevado a cometer el crimen; pero esta imagen de Dios tenía conciencia de su dignidad, y no había sido envilecida.

Me informé frente al gobernador y a la dama oficial encargada de la supervigilancia de esta cámara, bajo qué acusación había sido enviada a Newgate esta joven, cuál era su posición social, cuál era su conducta en la prisión, su clase de educación, etc. El metal de voz que animaba mis preguntas llenas de todo interés que yo hacía sobre esta infortunada provocó el interés y la emoción simpática de mis interlocutores. ¡Oh!, señora, me dijo el oficial, esta pobre joven es bastante digna de compasión; está encinta de seis meses y tiene tres pequeños niños. ¡Ay!, ha sido por dar el pan a sus niños que la desgraciada ha cometido el robo que la ha traído aquí; es casada con un marino borracho que ha partido, abandonándola sin dejarle un chelín. Abandonada sin ningún recurso, vendió uno tras otro todos los bienes que poseía; pero llegó el día en que no tuvo más para vender y sus tres hijos ¡le pedían el pan! Entonces la pobre madre exasperada, enloquecida por la miseria y los gritos de hambre de sus hijos, tomó los muebles del cuarto que ocupaba para ofrecerlos en venta. Está acá desde hace dos meses, esperando su juicio.

Yo lo adiviné. Una criatura tal no podía ser una prostituta, ni una ladrona de profesión. Era una madre que había sentido las entrañas de sus desgraciados niños rasgadas por las angustias horribles del hambre, y había robado. Sí, sin duda era un acto culpable que la desgraciada había cometido en un momento de exaltación y desesperación. ¿Pero cuál era la más culpable, ella o esta sociedad que, sin ninguna justicia y ninguna humanidad deja al pobre expuesto a una muerte espantosa y lo empuja así a la locura, al crimen?

La oficiala me contó estos detalles en voz baja, para no ser escuchada por las prisioneras, y por temor a que sus palabras fueran a herir la susceptibilidad de esta madre cu a cruel posición sentía y respetaba su desgracia. Pero la habitación era   —96→   muy pequeña y la mujer notaba que nosotros hablábamos de ella. Sin embargo, durante más de un cuarto de hora que nosotros estuvimos la tuvimos sobre los banquillos, ella conservó su actitud fiera; su fisonomía era serena, sus rasgos no manifestaban ninguna agitación interior. ¡Oh! Es que a sus ojos su sacrificio de madre borraba su delito, y la elevaba aún en su propia estimación. Ella comprendía sus deberes maternos, y se glorificaba de haberlos cumplido a expensas de su honor y de las torturas de la prisión. En ciertas mujeres, el amor maternal es una pasión tan fuerte, que ninguna ley humana podría detener sus efectos. Yo me admiraba frente al coraje que Dios había puesto en el corazón de esta madre, y experimentaba un dolor agudo pensando que la existencia de esta infortunada fuera a ser mancillada y destrozada, que se encontrara ante jueces incapaces de sentir, y de comprender la santidad de los deberes de la maternidad, y que con los ojos fijos sobre la propiedad, olvidando que ellos mismos deben la conservación de su vida al afecto de una madre, inmolarían el sacrificio materno al respeto debido a la propiedad, y confundiendo la madre heroica con la ladrona de profesión la condenarían al mismo castigo. Yo maldecía esas leyes humanas que confunden el crimen con la virtud. Maldecía esta propiedad que hay que defender de los ataques del hambre a través de los encarcelamientos y de los suplicios. Y el lujo de los propietarios me parecía pagado con la sangre del pobre.

Mientras que la oficiala continuaba hablándole al gobernador, miré a la madre prisionera esperando que ella volviera por fin su rostro hacia mí. Ella se mantenía tranquila e inmóvil. Yo lloraba y se me escapó un suspiro que la infortunada escuchó. Con un movimiento brusco era volteó el rostro, fijó sus ojos hacia los míos y nuestras miradas se encontraron. ¡Oh, cómo pudiera yo pintar todo lo que vi en sus ojos de ternura y de fiereza, todo lo que he leído en ellos. Pobre víctima de nuestro estado social, su cabeza me parecía envuelta en una aureola! Su mirada velada por las lágrimas, el desfallecimiento de sus músculos, el temblor de sus labios, todo ello era tan elocuente, que la escuché decir: «¡Oh, tú eres madre, tú has comprendido mis angustias! ¡Como yo tú habrás robado; el hambre de tus hijos te ha dado también coraje! ¡Tú sientes que he necesitado fuerzas para arrastrar todo. ¡Gracias, gracias, mujer, tú me has comprendido!»

¡Oh, esta mujer, ha grabado para siempre en mi memoria el recuerdo de Newgate!

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La parte de la prisión destinada a los hombres es más vasta, pero por sectores, llega a ser todavía más sombría que la de las mujeres: todas las figuras que vi allí eran atroces.

Los menores están divididos en dos categorías: aquellos encerrados por un primer delito y los que reinciden. Muestran todos tan extremado descaro que, para concebirlo, es necesario estar convencido uno mismo de la facilidad con la cual el muchacho se acostumbra a despreciar todo, a no temer nada, a soportar todo. La cantidad media de los menores que llegan a esta prisión, cada mes, es de cuarenta: se les enseña a leer, escribir y contar34.

He visto, en uno de los patios, ocho de aquellos desgraciados soldados de la libertad canadiense, que han caído en poder de las tropas de la aristocracia inglesa: cinco estaban heridos. Esperaban desde hace dos años a que se pronunciaran sobre su suerte. Uno de ellos que hablaba francés, me dijo que toda comunicación con el exterior estaba prohibida, que no podían recibir ni cartas, ni periódicos, ni visitas y que desde hacía dos años carecían de noticias de sus familiares. El ministerio inglés estaba investido, por la ley, del poder de hacer pronunciar contra ellos la condenación capital. Pero la causa del gobierno no es la del pueblo; se temía sin duda que la sangre de esas víctimas se elevara contra la aristocracia, y el ministerio, por prudencia dejaba morir en prisión a aquellos canadienses cuyo patrimonio se temía mucho.

Observé que estos prisioneros eran tratados con mucha dulzura y aún con una especie de deferencia. Señalo este hecho, porque allí veo un gran progreso. Los ingleses comienzan por fin a comprender que los prisioneros de guerra deben ser considerados como rehenes y no como criminales. ¡Pluguiera a Dios que ellos hubiesen pensado así durante la guerra con Francia; de haber sido así, no habrían tratado a nuestros desgraciados prisioneros con esta infamia y esta crueldad que han convertido al ministerio de Pitt y de los torys en una vergüenza   —98→   imborrable! He escuchado contar a este respecto cosas que dan miedo35.

Se me dijo que había dos asesinos: el uno de una maldad feroz y el otro, mostrando arrepentimiento; la habitación de este estaba en el primer piso y entré. Vi a un joven de talla pequeña, de alrededor de veinte años, muy delgado y muy pálido. Estaba sentado en la esquina más sombría, y parecía querer ocultarse de las miradas y lloraba. Su figura no me gustó, su mirada era falsa y parecía que buscaba la piedad. Había asesinado de un ataque de celos a la sirvienta de su padre que era su amante.

Por las precauciones que se han tomado para hacerme entrar a la cámara del otro asesino, había lugar a pensar que su ferocidad era la de una hiena y que se lanzaba sobre los visitantes para devorarlos. En un principio el gobernador había intentado impedirme verlo; luego, cediendo a mi petición envió a dos de los oficiales36 a la celda del prisionero y me dio otros dos oficiales para que me acompañaran. Este conjunto de precauciones había hecho galopar mi imaginación y mientras que subíamos una pequeña escalera negra, me figuraba que iba a ver un hombre de cabeza horrible. Las sombras de Lacenaire, de Shylock, de vampiros fantásticos, se dibujaron sobre mi cerebro. ¡Entro, y cuál no sería mi sorpresa! Veo, sentado frente a una mesa, a un soldado de veintidós a veinticuatro años, leyendo la biblia, y cuya fisonomía era de las más felices. Una pequeña figura redonda, una boca fresca, una pequeña nariz aguileña, ojos azul oscuros, plenos de vivacidad y de malicia, una frente alta, una masa de hermosos cabellos castaños de bucles naturales   —99→   y un tinte de lirio y de rosa; tal era el monstruo al cual se temía mucho aproximarse. Desde que me vio, enrojeció como podría haberle hecho una joven, y su primer movimiento fue de abotonar su traje hasta arriba, de arreglar su cuello y de darse porte militar. Después me miró tímidamente y pude observar en sus ojos, más que en sus labios, una sonrisa que parecía decir: señora, perdóneme; no esperaba su visita y me sorprendéis en una traza un poco descuidada. Desgraciado joven, cuánta ingenuidad había en su turbación y cómo contrastaba dolorosamente este infantil gesto con su cruel situación. ¡oh, ese infortunado me interesaba y cuánto habría dado por poder hablarle! Me abstuve de hacer alguna pregunta delante de él, por miedo a humillarlo y mis miradas le expresaban la compasión dolorosa que su suerte me hacía experimentar.

En el momento en que salía, pregunté qué signos de ferocidad daba este soldado para que se le vigilara con tanta severidad. «Ah, es atroz, me dijo uno de los oficiales de la prisión; no solamente que no se arrepiente de su crimen, sino que dice, a todos lo que quieren escucharlo, que si pudiera lo volvería a cometer. Ríe y canta todo el día, recita una cantidad de chistes sobre las personas que vienen a visitarlo, en fin no hemos tenido jamás un asesino tan descarado». Confieso que todas estas acusaciones no decían nada sobre la ferocidad del joven soldado.

Yo me iba poco satisfecha, cuando en el término de la escalera me encontré con el doctor Elliotson, que conocía por haberlo visto varias veces en la casa de un doctor de mis amigos. El doctor Elliotson es un apóstol celoso del sistema de Gall y de Spurzheim. Uno está siempre seguro de encontrarlo en las prisiones y manicomios, buscando las protuberancias convexas y adivinando las cóncavas. El doctor habla perfectamente el francés, y le manifesté en pocas palabras, mi inquietud sobre todo lo que concernía al soldado asesino.

-¿Qué queréis vos? -me dijo el doctor con una ligera sonrisa de desprecio, el gobernador de Newgate es un hombre excelente, lleno de humanidad. Los oficiales también tratan a los prisioneros con dulzura, pero les falta la ciencia; esta luz divina sin la cual no podrán jamás comprender porqué tal hombre roba y tal otro asesina.

Le pregunté a este doctor, qué hacía brillar la luz divina, y que descubría tan infaliblemente la causa de las acciones humanas,   —100→   porqué el joven soldado que yo acababa de ver había asesinado a un oficial de su regimiento.

-Lo ha asesinado porque tiene dos protuberancias, extremadamente desarrolladas, aquella de la fiereza y de la venganza.

-Sea; ¿Pero le habéis hablado, doctor, y sabéis cuáles son las razones que lo han hecho actuar?

-Oh, sin duda. Hace dos meses que lo estudio: es un joven encantador, alegre, amable y de excelente corazón.

-Pero entonces...

-He aquí su historia. Este muchacho de 23 años; estaba desde hacía poco tiempo en el regimiento de..., en el condado de Cronwall, cuando un oficial nuevo llegó. Parece que este oficial tenía una voz corta y nasal, de un acento completamente particular. El pobre muchacho, que llegaba de su provincia, no estaba todavía familiarizado con la rigidez de la disciplina inglesa. Creyó poder reír, con un camarada, de la voz cómica de este oficial. Un día, en el teatro, el desdichado muchacho dijo a su vecino una de aquellas pullas llenas de espíritu y de intención que hacen reír a pesar de la voluntad; el oficial furioso se lanzó contra los dos traviesos, los golpeó en el rostro con la peor brutalidad, les arrancó sus fusiles y los hizo meter en el calabozo. El otro soldado guardó sus bofetadas, pero éste tenía las protuberancias de la fiereza y de la venganza demasiado pronunciadas para conducirse igual; tomó la resolución de matar al hombre que lo hubo golpeado públicamente. A su salida del calabozo, espió al oficial, y veintidós días después le disparó con un fusil a boca de jarro que lo dejó muerto. Este joven, agrega el doctor, colocado según su capacidad habría sido soberbio, trascendental, pero es cierto que no está hecho para servir en el ejército inglés, donde la disciplina autoriza a golpear a los hombres como si fueran mulos.

¡Pobre muchacho! Así ha quedado por haber sentido su dignidad de hombre; ha sido por haberse rebelado contra la acción más atroz por haber tenido el coraje de obedecer a la voz de su conciencia que le prescribía el castigar al autor, que este desdichado fue a llevar su cabeza al cadalso! ¡Pero Dios es grande! ¡La sangre de los mártires hace nacer otros! ¡La muerte de este bravo soldado era útil; cada día se encontrará a   —101→   otros que, prefiriendo la muerte a la esclavitud morirán por la redención de sus hermanos! Así vendrá el tiempo en el que los soldados ingleses no se dejarán más comandar por oficiales caballeros que compran el derecho de tratarlos a golpes de fuete. Si el pueblo inglés jamás ha tenido el coraje de ser libre, él no soportará que su ejército esté compuesto de esclavos.

Confieso que sentí una viva satisfacción. Estos ejemplos de fiereza son raros, es verdad, pero son suficientes para probar que el pueblo inglés, el cual su aristocracia le hace soportar un yugo muy pesado, y más opresivo que el de ningún pueblo de la tierra, sin ninguna excepción; estos ejemplos prueban, decía, que el pueblo inglés conserva todavía la huella divina, que el fuego sagrado no se ha apagado en su corazón, y si está hoy día doblegado bajo su peso opresor, va llegando el día en que se reanimará y restablecerá para todos y para todas la igualdad de derechos que Dios nos ha dado con la vida. Esta aristocracia pagará entonces caro su larga opresión, y sus violencias y su hipocresía.

Hacía más de una hora que estaba yo encerrada en Newgate, y el asombro que había experimentado desde mi entrada en el arsenal de instrumentos de tortura había aumentado a medida que entraba en aquel antro horrible, donde el vicio y la desgracia se confundían, donde el hambre se asimila al robo, y la fiereza del alma, esta noble voz de una conciencia pura, al asesinato. El pasmo que me oprimía había llegado a tal grado de intensidad que apenas podía respirar. Sin embargo, me faltaba todavía visitar la capilla, el patio donde se hace el último arreglo a los condenados, y en fin, la ventana por la que dejan la prisión para ir al cadalso que termina con esas existencias tristes y lúgubres, esas vidas de ansiedad, de vicios y de crímenes, de miserias y de desgracias. En cuanto a la infamia del suplicio, los seres envilecidos son insensibles y las almas grandes la dominan.

La capilla está muy bien distribuida. A la mitad de su altura hay una galería únicamente destinada a las mujeres; los hombres están en la parte inferior. Las cortinas están colocadas en tal forma por todo el contorno de la galería, que los dos sexos no pueden verse.

El banco destinado al condenado a muerte está abajo, adosado al muro, hacia el medio de la capilla. Ah, he allí, para la   —102→   iglesia anglicana, una ceremonia inhumana hasta el último punto, una absurda imitación del catolicismo. ¿Para qué torturar en esta forma al desdichado y hacerle rumiar la muerte durante un día y toda una noche? ¿Qué utilidad moral resulta de ello para la sociedad? El sacerdote católico encuentra en la fe del paciente el poder de reconciliarlo con la muerte, de hacerla incluso admitirla con gozo, absolviéndola de todo pecado; entonces su asistencia se concibe. Pero la intervención de un predicador protestante, frente al hombre que se cree en el pecado sin admitir que otro hombre pueda absolverlo, me parece inútil.

A las tres de la tarde, la víspera del día fijado para la ejecución, se lleva al condenado a la capilla donde debe sufrir la escena del pew37

. Este pew es de forma redonda y se parece a un púlpito en dimensiones reducidas. Contiene un banco y un reclinatorio. Se recubre todo con un paño negro para la ceremonia y el paciente también entra envuelto en un lienzo negro; se sienta sobre el banco y frente a él, sobre el reclinatorio, hay un libro abierto. La capilla es sombría y está solamente alumbrada con una lámpara sepulcral. Todos los prisioneros están presentes y deben seguir en voz baja al capellán que recita las oraciones de los muertos.

El condenado está en el pew como en una tumba, cuya piedra tumularia está entreabierta. En medio de esas colgaduras negras, su cabeza sola aparece. ¡Oh, qué espectáculo horrible el de esta cabeza que se creería ya separada del cuerpo! ¡Cómo esta palidez, estos rasgos contraídos, estos ojos extraviados, estos cabellos que se erizan y este temblor convulsivo que agita las envolturas mortuorias expresan horror, cómo son terribles de ver! Es la agonía de una criatura humana enterrada viva; son los estertores que escapan de la tumba. Esta lúgubre solemnidad del infierno impresiona tan fuertemente a los asistentes, que muchos de los prisioneros, incapaces de soportar esta escena, se desmayan y la capilla retumba de gritos arrancados por el pavor. Es muy raro que el acusado resista esta prueba hasta el fin; a menudo es obligado a quedarse y se le recoge de su pew en estado completo de desvanecimiento. Cuando es vuelto a la vida, se le anuncia como un favor que, por esta última noche, tendrá una lámpara a fin de que pueda leer su Biblia. ¡Qué absurdo y qué cruel burla! Como si, en un momento   —103→   tal, el desgraciado pudiera leer o comprender el sentido de lo que lee. ¿Los seres de élite que ven sin turbarse el fin de su existencia, de cualquier manera como pudiera llegar, no son muy raros? Cómo esperar por lo tanto que el condenado conserve la suficiente libertad de espíritu para meditar sobre los altos pensamientos de la Biblia, cuando a cada cuarto de hora el reloj de San Pablo le hace medir el tiempo, contar los minutos que le quedan todavía de vida, y hacer reaparecer constantemente sobre su cerebro exaltado todos los preparativos de la ejecución. Sí, al alba, el infortunado, rendido por el cansancio y el sufrimiento, es bastante feliz que puede cerrar los párpados, es despertado a las cinco de la mañana por el ruido que hacen los pies de los caballos y las ruedas de la pesada y fatal máquina halada del patio vecino a su calabozo para su suplicio. ¡Oh, qué terrible despertar! Desde aquella hora no escucha un solo ruido que no le anuncie la cercanía del momento supremo. A las seis, vienen a tomarlo para llevarlo al patio, llamado de los últimos instantes; es allí que la «toilette» tiene lugar. Es despojado de todos sus vestidos, y luego vestido con un pantalón y una larga camisa de tela gris, y enseguida se le corta los cabellos al ras. Durante toda esta operación, hay junto a él un ministro de la religión que lo exhorta a la resignación y le habla de los goces de la otra vida. Cuando la «toilette» está hecha, se le conduce donde el alcaide, el cual amarra personalmente los brazos del condenado. Terminada toda esta preparación, el alcaide, el sub-alcaide, el capellán y el condenado se ponen en camino, y esta procesión lúgubre llega a la plataforma de la enorme máquina que empieza inmediatamente a funcionar. Allí el verdugo y sus ayudantes se apoderan del condenado, lo colocan sobre la plancha móvil, pasan una cuerda alrededor de su cuello, le colocan un gorro hasta el mentón y le ponen un pañuelo en la mano. A la señal que da el condenado dejando caer el pañuelo, la plancha móvil es quitada de debajo de sus pies, y entonces es, como se dice en inglés, lanzado a la eternidad.

Newgate, prisión destinada a recibir solamente a los acusados de algún delito, no tiene reglamentos tan severos como los otros lugares de detención. No se exige allí un silencio riguroso. Los oficiales y oficialas mantienen el orden entre los prisioneros, previenen las disputas, toleran algunas palabras cambiadas a la volada, pero detienen toda conversación. La cantina está suprimida. Sin embargo todo prisionero tiene la facultad, con su dinero, de hacerse servir de comer por el cocinero de la casa.

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No se da el menor trabajo a los prisioneros, es preciso que sufran la ociosidad corruptora. Si es como castigo que se le impone, y siendo bastante riguroso, ¿cómo los legalistas ingleses pueden conciliar este castigo infligido antes de la condena con el principio universalmente admitido en el continente, de que el acusado es tenido por inocente hasta el juicio que declare su culpabilidad, y que hasta ese punto la sociedad solamente tiene derecho de poner en seguridad su persona?

En Newgate, una de las mejoras introducidas que ha tenido la más saludable influencia, es la selección y el número de oficiales y oficialas llamados a vigilar a los prisioneros. Cuando se reflexiona en las cualidades necesarias para imponerse a un mundo descarado y profundamente vicioso, y en hacerse obedecer no usando sino raramente el castigo; cuando se piensa, digo, en el grado de sangre fría, de dominio sobre sí mismo y de firmeza que es necesario tener para llenar estas funciones, no se puede sino sorprenderse de la adecuada composición del personal de Newgate: jamás ninguno de los funcionarios habla sin necesidad a los prisioneros, jamás hay brutalidad o palabras injuriosas. Oficiales y ofícialas exhortan, mandan, son escuchados en silencio, obedecidos con puntualidad, o de otro modo se cumple el castigo.

No puedo dejar Newgate sin hablar de la respetable señora Fry: su amor por la humanidad ha introducido notables mejoras en esta prisión. La mejor de todas es, sin duda alguna, la de haber procurado trabajo a las mujeres. Ella también les ha distribuido un gran número de biblias.

Se sabe que las sectas de Inglaterra hacen un deber religioso el difundir con profusión la biblia sobre el globo. Todos están en tal forma convencidos de haber comprendido el verdadero sentido de este libro múltiple, que no hay una secta que no esté persuadida de propagar su doctrina difundiéndola. Pero aquel que no es ni fanático, ni ciego, examina si el mejoramiento de la especie humana debe surgir infaliblemente de la lectura de la biblia y si hasta aquí los resultados pueden hacerlo esperar. Se pregunta si los pensamientos y preceptos diversos que contienen forman un todo armónico que el común de las inteligencias pueda captar, y si los ejemplos buenos y malos que ella presenta no pueden producir sino buenos efectos.

Por cierto, que los libros de los cuales se compone la biblia son de un alcance muy alto para poder ser comprendidos   —105→   sin un estudio profundo, incluso por los hombres instruídos, y la prédica no reemplaza sino muy imperfectamente la inteligencia del común de los lectores. Además, las doctrinas religiosas ya no ejercen en Europa central sino una influencia superficial, ellas modifican solamente la apariencia exterior; pero la religión no es el móvil de las acciones de los hombres. Todos quieren elevarse, hacer fortuna, y para llegar a ello, creen en la infalibilidad de su razón. ¿Qué ascendiente en esta disposición podría tener la religión en los espíritus? ¿Llevará ella la resignación al pobre que sufre cuando estará persuadido que depende de él el llegar a las riquezas? ¿Inspirará la humanidad al rico si él está convencido de que no debe su fortuna sino al mérito de sus obras, y no se creerá entonces de una naturaleza superior a sus semejantes víctimas de la miseria? Cuando los hombres reprueban o alaban según la consecuencia de la acción, ¿cómo podrían estar dispuestos a abdicar de su amor propio y a considerarse como los ciegos instrumentos de Dios?

Sea el acontecimiento feliz o desgraciado, el islamita exclama: Dios es grande, porque, no teniendo la presunción de ver más allá del efecto inmediato de su acción, no tiene en lo menor el insigne orgullo de considerarse como el autor de un acontecimiento que no podría predecir con certeza, y, buena o mala, acepta su suerte con goce o dolor sin duda, pero sin glorificarse o quejarse.

Si como los musulmanes, cada uno de nosotros, se confiara en la Providencia, se contentaría convivir de su oficio sin buscar hacer fortuna. Si como ellos, nosotros no tuviésemos otro objetivo que el cumplimiento de los deberes prescritos por la ley religiosa y no viésemos mal sino en la violación de esta misma ley, yo creería entonces en la influencia de la religión para reformar a los culpables. Pero, considerando que entre nosotros las leyes civiles están a menudo en oposición con los preceptos del evangelio; que estas leyes, en Inglaterra, ponen de lado todo espíritu de equidad, establecen la herencia por orden de primogenitura, crean ejércitos de burócratas, sinecuras y privilegiados de toda naturaleza y hacen soportar a los pobres las tres cuartas partes de los impuestos, no pienso que pueda haber prédicas cristianas susceptibles de reformar a los hombres culpables frente a una sociedad que está puesta fuera de la ley cristiana. En los pueblos europeos, la religión no es más que un accesorio, la organización social marcha sin ella. Las leyes civiles son las únicas que tienen influencia, y la ley religiosa   —106→   se hace obedecer solamente cuando no se tiene interés de quebrantarla.

En apoyo de esta opinión, citaré las observaciones de aquellos que han escrito sobre las prisiones. Todos hacen observar que a enseñanza religiosa no tiene ningún éxito, que fatiga, excede las fuerzas de los presidiarios y les hace tomar aversión a la religión y a sus ministros. Que el monje o cualquier sacerdote, misionero o capellán, no recoge otro fruto de sus prédicas que los sarcasmos y el desprecio de aquellos a los cuales se dirigen38.

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¿Qué palabras mágicas podrían pues sacar de la Biblia todos aquellos predicadores asalariados, para reconciliar con su suerte al desgraciado prisionero acostado sobre la podredumbre de su calabozo; carente de aire, de luz, de agua clara, de vestidos para cubrirse, de un poco de fuego para calentar su cuerpo helado y sus miembros entumecidos, y a menudo de pan negro para mitigar su hambre? ¿Este desgraciado no exclamará como Job: «Dios no existe»?

¡Resignación! ¿Pero el hombre que no ha podido encontrar en su alma la fuerza suficiente para resistir a los sufrimientos físicos y morales será conducido así por las frases bíblicas a resignarse sin murmurar? ¡Ah! Yo concibo la influencia de las palabras de la amistad, el poder de las lágrimas, y que sea posible que calmen los grandes dolores; pero los discursos de los sermoneadores de oficio, para apaciguar las angustias del alma, me han parecido siempre el colmo de lo absurdo.

¿Qué puede decir la señora Fry a estas desgraciadas jóvenes, sino que la falta de profesión o de trabajo, la seducción, los prejuicios y las mil y mil bajezas que pululan en la sociedad las han reducido a entregarse a la prostitución, a traficar con su cuerpo para tener un pedazo de pan? ¿Es en la Biblia que encuentra consuelo para miseria semejante? ¡Oh!, no. La prostituta, irritada por el dolor, no podría ver sino el sentido literal de «Diente por diente y ojo por ojo», repite ella, según el terrible código de Moisés. El pobre, al que el rico rechaza y que se ve condenado a la miseria, al desprecio, para alimentar el lujo y el orgullo de aquellos que se dicen amos, ¿no exclamará en su indignación: diente por diente y ojo por ojo? Y aquellos que han nacido con orgullo en el corazón y que, teniendo la conciencia de lo que valen, no han podido someterse al yugo del privilegio, a la tiranía del prejuicio, al dominio del dinero, y   —108→   que se han rebelado contra una organización social opresiva, ¿no repetirán igualmente, diente por diente y ojo por ojo39

¿Cuál es por ende la enseñanza que conviene impartir a los presos?, se me preguntará. En primer lugar aquella de los diferentes oficios, a fin de que a falta de trabajo en una rama de la industria, ellos lo encuentren en otra. Enseguida será necesario hacerles aprender el orden, la economía, el amor al trabajo, la sobriedad. Demostrarles que no deben esperar una mejora de su suerte que sino en la práctica de estas virtudes y que las más insignes de las absurdidades, para uno o muchos individuos, es la de atacar la sociedad. En una palabra como aquellas son las leyes de la sociedad que han violado, es la participación en los beneficios de la sociedad que es preciso hacerles esperar por el precio de sus esfuerzos. Al mismo tiempo se le probará que el retorno a los vicios y al crimen los llevará inevitablemente a perecer en las prisiones, o sobre el cadalso. No creo que los goces del paraíso o las penas del infierno puedan ejercer sobre ellos tanta influencia.

Yo estaba todavía dolorosamente impresionada por el recuerdo de mi larga visita a Newgate, cuando me hice presente en Cold-Bath-Fields. De muy lejos uno percibía los altos muros del contorno. La entrada de estilo simple y severo no tiene sin embargo nada de horroroso; el edificio data de hace cuarenta   —109→   años y está bien mantenido. Esta prisión construida según las ideas del filántropo Howard, es vasta, tiene aire, luz, agua y un jardín de dos fanegas francesas. Pero la vanidad del arquitecto ha prevalecido sobre los planes del filántropo: Howard quería, en esta casa de corrección, realizar con mejoras las penitenciarías de Pensylvania. El albañil no ha tenido en cuenta este deseo y ha mostrado ignorancia, falta de gusto y diré aún, de total ausencia de inteligencia. Sobre un emplazamiento magnífico, no ha sabido sino elevar murallas; los patios no son suficientemente espaciosos. Los cuerpos del edificio tienen escaleras demasiado estrechas; la distribución es defectuosa y no ofrece el número de celdas separadas que debiera contener. Sin embargo esta prisión, tan incompleta como es, es un verdadero castillo del placer comparado con el sombrío y terrible Newgate. Cold-Bath-Fields, es a la vez casa de arresto y de corrección.

El gobernador de esta prisión, Chesterton, es un hombre muy distinguido. Habla español y francés con igual facilidad, ha viajado mucho y recogido una instrucción substancial en los países que ha recorrido. Todo en él anuncia al hombre consagrado de corazón al servicio de sus semejantes: no hace una observación, no dice una palabra que no denote cuán penetrada está en su alma aquella caridad universal predicada por Jesús. Su filantropía es puesta de relieve por su manera dulce, amable y extremadamente cortés.

Chesterton, quiso de buen grado acompañarme y hacerme visitar la casa en el más grande detalle. Se ve que esta se ha convertido en su asunto y que considera a estos desgraciados prisioneros como su familia. Los conoce casi a todos por sus nombres propios. Según un tal gobernador (lo es desde hace diez años) se puede pensar en lo que deben ser los funcionarios. Sí, recordando lo que son en Francia la mayoría de nuestros carceleros, yo había estado maravillada por el buen porte de los guardianes de Newgate, caí en la admiración al ver los de Cold-Bath-Fields. Estos hombres, casi todos escogidos por el gobernador, tienen una fisonomía dulce que armoniza perfectamente con su metal de voz y su atenta cortesía. ¡Qué efecto saludable debe producir sobre los prisioneros el trato habitual de tales guardianes!, porque no se puede dudar de la influencia de las maneras dulces y humanas, cuando se trata de reconciliar con la sociedad a los hombres cuyo corazón está ulcerado contra ella.

En Cold-Bath Fields, Chesterton ha llevado hasta el límite   —110→   extremo, la división de los presos. Los reincidentes forman cinco categorías: aquellos condenados por sexta vez son enviados a la penitenciaría de Mil-Bank o de Botsny-Bay; los otros prisioneros son clasificados según la naturaleza de su delito.

El gobernador hace ejecutar con una escrupulosa firmeza los reglamentos de la prisión confiada a sus cuidados. Estos reglamentos, debo decirlo, me han parecido bastante duros. Imponen un silencio y una ociosidad permanente, y la reclusión solitaria por la más ligera infracción.

Bajo ningún pretexto, el prisionero debe hablar a sus camaradas ni dirigir pedidos a los oficiales. Si los visitantes les hacen una pregunta, no debe responder en lo más mínimo; solamente si se encuentra enfermo podrá pedir ver al médico. Conducido al instante a la enfermería es examinado. Se le acuesta en una buena cama y todos los cuidados que exige su estado le son prodigados con una afectuosa caridad.

El prisionero que rompe el silencio es severamente castigado40.

Visitamos en un principio el ala donde están los hombres. Encontré ahí todas las caras de Newgate. ¡Pero qué metamorfosis se había operado en ellas! Estos hombres que, antes del juicio, dejaban leer sobre su rostro el descaro y la atrocidad del crimen, tenían ahora la cabeza inclinada, los ojos bajos, y todo anunciaba en ellos la sumisión más completa. Sujetos a reglas severas, ninguno intentaba ni osaba siquiera concebir la idea de escapar a ellas. Estaban muy limpiamente arreglados, sus rostros rasurados (se les afeita dos veces por semana), los cabellos bien peinados, el rostro y las manos muy limpias41.

Tienen por vestimenta un pantalón de tela de lino o cáñamo durante el verano y de paño grueso en invierno. Un saco de la misma tela, un gorro de lana, una camisa de color, medias de lana (cambian de camisa y medias cada domingo), zapatos, un chaleco, una corbata, un pañuelo de bolsillo. Todas estas ropas están limpias y muy bien tenidas.

  —111→  

Entré en la división de los menores. El número era espantoso: sobre 1,120 presos encerrados en Cold-Bath por el tiempo que hice mi visita, habían trescientos menores de nueve a diecisiete años! ¿Qué empuja a estos menores al crimen? La miseria, la falta de profesión y los ejemplos de corrupción rodeaban a los pequeños desgraciados. Nada es más penoso de ver que todos estos pequeños seres de figura rubia, pálidos, delgados y destinados a la deportación y a la horca. Los más culpables son condenados a tantas horas cada día, de «tread wheel», los demás no hacen nada. Así estos niños que han sido empujados al vagabundaje, al robo, al crimen por la falta de profesión y la ociosidad, saldrán de la casa de corrección, después de dos, tres, cuatro o cinco años de detención sin saber un oficio que les dé el medio de vivir por el trabajo.

No veo por lo tanto allí sino castigos infligidos y jamás corrección. En lugar de corregir, tales casas son, en los hechos, focos de corrupción. El menor culpable, pero no vicioso, no tiene bajo los ojos ningún ejemplo que pueda hacerle bien. Se habitúa a la holgazanería, a la molicie y a vicios de toda naturaleza.

No pude impedirme de manifestar a Chesterton mi asombro de que se abandonara así a esos menores a la ociosidad, en vez de ocuparlos en un trabajo productivo. En Inglaterra, me respondió, los proletarios son tan numerosos, que el gobierno no querría disminuir su trabajo haciendo trabajar a los presidiarios. Pero señor, Inglaterra es suficientemente rica para hacer de las prisiones vastos talleres, donde los recluidos estarían bien alojados, bien vestidos y bien alimentados. Si tal es su intención, antes de veinte años la mitad de la población, cansada de luchar contra la miseria, irá a tomar refugio en las prisiones42.

  —112→  

Hay, en Cold-Bath, 520 celdas: los menores son colocados en ellas de preferencia, a fin de que su aislamiento sea completo, al menos durante la noche. Todas estas celdas son mantenidas con extrema limpieza: el lecho tiene un soporte de correas sobre el cual hay un buen colchón, una almohada, dos colchas; una plancha pegada al muro sirve de mesa. Cada celda tiene aire, pero por falta del arquitecto muchas son oscuras. Todos los muros, así como las escaleras son blanqueados con cal dos veces por año. Ningún mal olor viene a asediar como en las prisiones de Francia. Los menores y las mujeres sufren mucho al observar el silencio. Vi también a un número de menores encerrados en su celda como castigo (solitary confinement)43.

Como yo estaba en el último patio, el profesor de escuela encargado de instruir a los menores vino para dictar su clase. Con qué respeto saludé al venerable anciano. Desde hace quince años ejerce este empleo. ¡Oh, qué abnegación es necesaria para resignarse a vivir así en medio de los niños entregados a la ignominia, al vicio, al sufrimiento! Se lee en el rostro de este hombre la bondad de su corazón. Su voz es dulce y él habla a los menores con benevolencia y una solicitud que les da seguridad y ahuyenta de su espíritu todo temor.

Después de haber visitado varias secciones donde noté la misma limpieza, el mismo orden y la misma expresión en la fisonomía, entré en el patio donde estaban los culpables reincidentes por quinta vez. Yo esperaba encontrar aquellas figuras atroces sobre los cuales la huella del crimen está vaciada en bronce; aquellos rostros surcados por la rebeldía de las pasiones, en los cuales el descaro, la astucia, la audacia y la permanencia de una voluntad criminal muestran sus horribles rasgos. Cuál no sería mi sorpresa cuando observé sobre cada uno de estos la expresión del tedio, pero de un tedio llevado hasta su último grado. Ninguno de ellos dirigía su mirada hacia nosotros, todos parecieron completamente indiferentes tanto a nuestra entrada como a nuestra salida. Parecían sumidos en una somnolencia apática. ¡Estos hombres que viven una vida de autómatas, cuyas pasiones parecen destruidas, el alma ausente,   —113→   que llevan sin embargo en su rostro las huellas de sus crímenes, el sello de la reprobación, la desesperación profunda, formaban un espectáculo de profundo horror!

Había bastante más detenidos en esta división que en las otras; los presos tenían aquí más edad, y me parecieron más sufridos, más tristes, menos cuidados sus vestidos y menos limpios. Sorprendida por esta diferencia, deseaba saber la causa y le pregunté al gobernador. Estos presos, me dijo, nos dan más trabajo que los otros, no porque cometan actos de insubordinación, sino por su excesiva dejadez; la extremada dificultad que se sufre para obtener de ellos que se peinen, se laven y cepillen sus vestidos, exige una mayor vigilancia. Muchos de ellos no desean pasearse. Se encuentra a algunos que a veces no quieren comer, y están casi siempre enfermos. Es esta sección la que llena la enfermería.

-¿Y a qué atribuís esta manera de ser en apariencia tan contraria al carácter turbulento que uno estaría dispuesto a suponerles?

-Al tedio. Es raro que los reincidentes puedan habituarse a la vida de prisión.

Esto se concibe, la monotonía de esta existencia ociosa, silenciosa debe llevarlos a una completa apatía y así la vida se convierte en un fardo cuyo peso los abruma. Tales hombres no sienten vivir sino en el exceso. Aman jugar su vida, aman las emociones del vicio y no pueden habituarse a su vida de reclusión. El alma no ha tenido jamás sobre ellos ningún poder y sus facultades han permanecido inertes. La tranquilidad del espíritu, el reposo, son para ellos el más grande de los tormentos. Añoran amargamente la vida llena de aventuras, de peligros, de privaciones, y el tiempo en que su inteligencia, su imaginación, su coraje y su habilidad eran constantemente empleadas. ¡Ay!, es preciso reconocerlo, estos hombres tienen necesidad de lucha, de una lucha encarnizada contra la miseria, de obstáculos de todo género y contra la sociedad. Y aquellos que experimentan un gozo feroz al desafiar la prisión, el baño y el cadalso no pueden soportar la sombría inacción, el silencio sepulcral de Cold-Bath. Este suplicio excede sus fuerzas y sobrepasa todos los suplicios.

El número de reincidentes demuestra, por lo demás, que no es por los castigos que los hombres son corregidos. Es por   —114→   la enseñanza que es preciso proceder, porque los hábitos del orden y el trabajo son los únicos que pueden corregir los hábitos del vicio y el crimen.

Pero, sea cual fuere el régimen penitenciario adoptado por una nación, me parece absurdo, cuando la reincidencia viene a probar la incorregibilidad del culpable o la ineficacia de los medios de corrección. Me parece absurdo, digo, de colocar de nuevo al reincidente en el medio social en el cual no ha podido mejorársele. Si el régimen penitenciario no ha podido reformar al culpable, la sociedad debe deportarlo, tenerlo en las minas o ponerlo en la imposibilidad de dañar. En todas las prisiones de Inglaterra hay un número muy grande de reincidentes44.

Los hombres de esta sección se hacen notar por su taciturnidad. Es casi inútil imponerles silencio. Ocurre a menudo que se niegan a responder a las preguntas que se les dirige.

La enfermería de Cold-Bath es un lugar de paz y de comodidad. En general hay muy pocos enfermos. Vi en dos grandes habitaciones doce o quince hombres mas bien languidecientes que enfermos: estos tomaban té, aquellos echados descuidadamente, leían. Había los que paseaban mientras que otros charlaban tranquilamente entre ellos; tenían el aire feliz, y se habría podido decir que estaban libres. El bienestar que reinaba en esta enfermería muestra suficientemente que el gobernador no ve en cada preso enfermo sino a un hombre que sufre, a un hermano desgraciado, que su deber le ordena socorrer.

Vi allí a un joven de veintiséis años condenado a muerte por haber matado a uno de sus amigos en una disputa. Este asesino pertenece a una de las mejores familias de la aristocracia y posee 6.000 libras esterlinas (150,000 francos) de renta. Si hubiera sido hijo del pueblo y sin fortuna, su cuello habría experimentado el apretón de la argolla fatal; pero, gracias a la influencia de sus parientes y más todavía al sacrificio de una parte de su fortuna, su pena ha sido conmutada a seis años de prisión en Cold-Bath. Allí aún, la especie de fascinación que   —115→   ejerce una alta posición se hace sentir: este joven descansa en la enfermería aunque portándose muy bien; cuando hace buen clima, se pasea por el jardín y pasa su tiempo aprendiendo francés, siendo su intención la de ir a vivir en Francia una vez que su pena haya sido cumplida.

Aparte de esta excepción, bastante excusable en un pueblo que adora el oro y cree todavía en el valor de las distinciones nobiliarias, no existe en Cold-Bath ningún privilegio. La cantina está rigurosamente prohibida para todos, y el alimento es igual sin el menor favor para ninguno. He visto comer a los presos, cada división en su refectorio. Las mesas de bella madera cuya blancura se ha vuelto brillante por el lustre, están cuidadosamente cepilladas, enjabonadas, lavadas y ni las más ligeras manchas ensucian la reluciente superficie. El pequeño tazón en el que los prisioneros comen es de estaño; está pulido, frotado y reluciente como de plata. La alimentación es buena, sana y abundante, pero de una monotonía fastidiosa: por la mañana, un tazón grande de avena cocida; en el almuerzo, una sopa con legumbres, y dos veces por semana, carne; por la noche, dan nuevamente el hervido de avena; el pan es excelente. Cada preso recibe en el almuerzo un pequeño pan de forma cuadrada y larga, bien cocido, con corteza de un color amarillo y exhalando el olor más apetitoso. Probé uno de estos panes para gustarlo: es blanco como el rico pan de París y mejor que ninguno de los que he comido en Londres. Se puede afirmar con certeza que en Irlanda los a agricultores de primera clase no han probado jamás algo tan bueno, ni aun en el día de su boda. El pan de Newgate no es de ninguna manera tan bueno.

Después de almuerzo, cada uno retorna su labor. Aquellos que estaban de servicio se aplican a limpiar los refectorios y los patios. Otros entran en la sala de escuela. Muchos están ocupados en hacer estopas con viejas cuerdas, mientras que aquellos condenados a «la rueda de andar» (tread wheel) suben al instrumento de su suplicio45.

Con la inmovilidad del condenado suspendido al tread wheel, al ver el deslizamiento lento que no parece exigir ningún esfuerzo, el visitante pasa, la mayor parte del tiempo frente   —116→   a la rueda, sin dudar siquiera que el hombre que la hace rodar sufre la más atroz tortura. Y no habría podido yo sospechar el refinamiento de crueldad que esta infernal máquina revela sobre su autor, si el gobernador no me hubiese explicado el efecto que produce. La excesiva lentitud con la cual el enorme tambor gira es precisamente la causa de la tortura. No da sino veintiocho a treinta vueltas por minuto, porque sus escalones son muy espaciados, lo cual hace que el condenado patine en forma lenta, penosa y dolorosa al extremo. Está obligado a una gran separación de las piernas para alcanzar el peldaño, de manera que una de sus piernas está casi constantemente en el aire todas sus fuerzas deben concurrir cuando el escalón le llega. Durante este horrible patinamiento su cuerpo queda en una completa inmovilidad, la lentitud vertiginosa del movimiento adormece sus miembros, le da vértigos, desfallecimiento de estómago. A veces se desvanece, cae de lo alto de la máquina y en su caída se fractura algún miembro o se mata. Este suplicio altera todo el sistema nervioso del condenado, lo estropea frecuentemente, provoca hernias y enfermedades crónicas. He visto descender hombres y muchachos de «la rueda de andar» (tread-wheel) de Cold-Bath. Ninguno tenía en la frente la más ligera huella de sudor, por el contrario parecían tener frío. Estaban pálidos, algunos estaban morados, sus músculos estaban distendidos, sus ojos muertos y todo en ello anunciaba el sufrimiento físico llevado a su colmo. Algunos se estiraban sus miembros, otros bostezaban. Se hace notar que las mujeres, los jóvenes y sobre todo los niños sufren mucho más con este suplicio que los hombres y los viejos, lo cual probaría que afecta el sistema nervioso mucho más que el empleo de fuerzas.

¡Y qué! ¿Es por tales medios que se pretendería corregir al desgraciado joven que ha caído por violar las leyes de la sociedad? ¿Es por la alteración de su sistema nervioso ya demasiado fácil a alterarse, por la destrucción de su salud? ¿Es finalmente estropeándolo para toda su vida, enervando su cuerpo y su espíritu, que se imaginará el llevarlos por la buena vía? En verdad, no se puede comprender cómo un pueblo, citado por la rectitud de su juicio ha podido aceptar un suplicio tan bárbaro para castigar, y el silencio de sepulcro y la ociosidad para corregir.

Los castigos exagerados pervierten siempre, y no se llega sino a efectos momentáneos por aquellos que son aplicados más juiciosamente, cuando no se une a ellos la enseñanza. Se obtiene bastante la atención, la obediencia de aquel que se encuentra inmediatamente expuesto al castigo, pero sería gratuito   —117→   que se esperara corregir por el recuerdo del dolor: la experiencia demuestra lo contrario. Una vez regresados a la sociedad, los hombres del crimen multiplican sus astucias en razón de la vigilancia ejercida sobre ellos, y el recuerdo del castigo, lejos de reformarlos casi siempre los vuelve atroces. El dolor físico prolongado conduce a la muerte al condenado que lo sufre, o causa perturbación en su organismo y lo embrutece. Por un castigo moderado se inspira el miedo a la autoridad y se paraliza toda idea de resistencia; pero el trastorno que la tortura ha producido en el organismo, llena el corazón del hombre de un odio constante y entonces no es solamente para satisfacer sus necesidades y sus gustos licenciosos que comete el crimen. ¡Es para vengarse!

Vi en Cold-Bath a dos prisioneros en prevención que llamaron mi atención. El uno, me dijo Chesterton, es judío, y es el más grande pillo de Inglaterra. Fue tomado por la octava o décima vez (por diversas faltas). Yo quería ver la fisonomía del más grande pillo de Inglaterra. Su celda daba sobre un pequeño pasaje y me detuve para examinarlo. Estaba sentado en una mesa sobre la cual había papeles cubiertos de cifras. Es necesario creer que estaba bastante absorbido en sus cálculos, porque no pareció percibir la sombra que mi cuerpo proyectaba sobre su calabozo. ¡Oh, era una figura de Rembrandt! No he visto jamás una fisonomía más sórdidamente perversa, más descaradamente hipócrita; aunque tenía por lo menos sesenta años, el fuego que escapaba de sus pequeños ojos grises anunciaban un vigor de imaginación, una tenaz voluntad, una avaricia de judío.

Se leía sobre el innoble rostro del otro criminal el crimen indignante que había cometido. Cuatro meses después de haberse casado con una muchacha de diez y siete años, bella y rica heredera, había violado con una brutalidad desenfrenada a la hermana de su mujer, niña de doce años, que murió a causa del atentado. Es un verdadero fauno, con el porte grotesco, un vientre enorme, espaldas de Hércules, una cabeza de cerdo y cortas piernas. Su mirada lúbrica, sus gruesos labios haciendo un embudo, su nariz granulienta, todo en él manifestaba al hombre sátiro, tal como las pinturas nos lo representan. ¡Oh, cuál es la madre tan poco fisonomista, tan desprovista de instintos de mujer para haber entregado su hija a semejante vampiro!

En Cold-Bath los acusados no tienen ninguna comunicación con los condenados.

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Pasamos al edificio de mujeres; un jardín lo separa de aquel de los hombres. Allí reina también la limpieza y el orden, el mismo silencio y la misma severidad en la ejecución de los reglamentos. Las mujeres están más ocupadas que los hombres. Ellas confeccionan la ropa blanca necesaria para toda la casa, la mantienen y blanquean. Hacen también sus vestidos, que consisten en una falda de tela blanca para el verano y de lana para el invierno, camisolas largas que suben hasta el cuello de la misma tela y gorros de tela blanca. Ellas están mucho más limpias que los hombres, ellas tienen por semana, dos camisas, dos faldas interiores, dos pañuelos, dos gorros, dos pares de medias y un vestido todas las quincenas. Sus zapatos están tan bien lustrados que se les creería nuevos, sus celdas están también mejor amobladas que las de los hombres. Tienen sábanas en sus camas, una toalla, una jofaina, un vaso, etc.

El alimento de las mujeres es parecido al de los hombres. Las lavanderas y planchadoras tienen además, carne todos los días, cerveza y té.

Hay una soberbia lavandería, un gran secador y una muy bella sala de planchar.

Entre las mujeres se ve mucho más movimiento que entre los hombres, ellas lavan, planchan. Unas extienden las sábanas, aquellas otras las cosen y otras hacen la cocina y un gran número de ellas están continuamente ocupadas en cepillar y jabonar toda la superficie del piso; los cuartos, las celdas, los corredores, escaleras y hasta los adoquines de los patios que son también lavados y jabonados. Se podría recorrer estos amplios edificios en zapatos de satén blanco y en traje de gasa. Ni una gota de agua, ni un grano de polvo ensuciarían la blancura. Es realmente admirable.

A pesar de esta actividad de parte de las mujeres, ellas no son más alegres que los hombres. Tristes, los ojos apagados, el rostro impasible, se creería que no ven ni escuchan. Antes de entrar en varios talleres escuché en la puerta; por todas partes reinaba un silencio de muerte. Aquellas que están obligadas de hablar por su trabajo, hablan muy bajo a la dama oficiala, que les responde igualmente en voz baja, como si estuviesen en la habitación de un enfermo.

Estas mujeres, aparte de algunas raras excepciones, son todas prostitutas habituadas a aquella vida de libertinaje, de borrachera   —119→   y de insolencia de la cual hacen gala en las calles de Londres. Ellas no se vuelven bajo el régimen de la prisión, sobrias, humildes, sumisas y bastante trabajadoras. Todas como en Newgate me hacían la reverencia servil que se exige de las mujeres en todos los establecimientos de este género. Esta demostración hipócrita me parece inmoral. Ella debe humillarlas y no puede tener ninguna influencia saludable. Sobre doscientas ocho reclusas no vi ninguna hermosa y se encontraban sólo tres pasables. Todas eran feas, aunque tuvieran un aire de salud y de frescor que raramente se halla entre las mujeres de Londres.

Noté menos Biblias en la división de las mujeres que en la de los hombres.

Vi en la enfermería una pequeña niña de diez y siete meses, de belleza notable. La desgraciada niña había nacido en prisión. En la misma sala había una mujer que recién había sido madre y amamantaba a su hijo. Vi también en el último patio una niña de tres años, una pequeña niña endeble, doliente y de expresión inteligente; ella se colgaba de los barrotes de la reja que cierra el patio. Desde que distinguió al gobernador, su rostro se animó; pasó sus pequeños brazos a través de la reja, tendió su mano gentil a Chesterton y le dijo con una voz en la que se notaba a la vez cariño e impaciencia: «Señor, quiero ir al jardín, me aburro aquí, hace tres días que no salgo». Chesterton fue a tomar su mano, hizo abrir la puerta y cuando estuvo ella en libertad, corrió tras él llorando como un niño que tiene un espasmo.

Esta pobre pequeña estaba en Cold-Bath con su madre, que ordinariamente trabajaba en el jardín y la llevaba consigo; pero aquella había cometido la doble falta de romper el silencio y de preguntar a una de sus compañeras, por qué motivo estaba en prisión. Esta pregunta es castigada, por el reglamento, con quince días de calabozo solitario; y la pobre niña sufría el castigo de su madre.

Esta cantidad de niños que se encuentran en las prisiones de mujeres, demuestra evidentemente la falta total de establecimientos para la infancia. La educación comienza en la cuna; y qué influencia no tendrá para estas tiernas criaturas el vivir en una prisión. Será siempre, hágase lo que se haga, una escuela de astucias, de disimulo y de vicios de todo género. ¿No se podrá decir entonces, que en Inglaterra los hijos de los ladrones están destinados a la profesión de sus padres?

  —120→  

Chesterton me hizo visitar el jardín, que está muy bien cultivado. Trabajar en este jardín es una recompensa que se acuerda sólo para aquellos que se conducen bien. Entré en un taller cuya cobertura de hierro es un bello trabajo ejecutado por los mismos presos. Es en este lugar que los obreros de los diferentes oficios confeccionan todo lo que es útil a la prisión. Sastres, zapateros, cerrajeros, carpinteros, albañiles, todos están ocupados únicamente en trabajar para la conservación del establecimiento. Es de esta manera que esta casa es mantenida en tan buen orden, en una limpieza tan admirable, pero no hacen ninguna obra para el exterior46.

Al retirarme, dije a Chesterton: «Señor, creo que sería imposible de ver, en Inglaterra, una prisión mejor administrada que la vuestra pero encuentro que tengo mucho que censurar la ociosidad en la cual dejáis a vuestros presos. Es, en mi opinión, un régimen deplorable y que debe ciertamente nutrir los gérmenes del crimen en el corazón de los condenados. Señora, me respondió el gobernador, a este respecto todo el mundo no piensa como vos. El año pasado, cuando el mariscal Soult me hizo el honor de visita Cold-Bath, lo que admiró más es justamente aquello que vos reprocháis. «Muy bien, muy bien, me dijo, veo que aquí vos estáis en la buena vía; vos no retiráis el trabajo de las manos de los obreros padres de familia, para darles a ejecutar a los condenados, como hemos tenido la necedad de hacerlo en Francia, en detrimento de los trabajadores honestos a los cuales los presos hacen una competencia ruinosa».

¿Cómo no sabía el mariscal Soult que en Francia el salario del preso no está por debajo que el del obrero libre sino porque es alimentado por el Estalo y sujeto a un monopolio? Se evitaría el inconveniente que señalaba el mariscal si, en vez de dar trabajo a la empresa, se siguiera el ejemplo de las penitenciarías de Estados Unidos, que tienen afuera, tiendas para vender el trabajo de los presos. Aquellas penitenciarías abren una cuenta a cada prisionero, le cargan en cuenta sus gastos de alimentación en el establecimiento, las materias primas que les son provistas, y le acreditan el producto de la venta de los objetos que ha fabricado. El saldo a su favor no les es dado sino a su salida; y si, a la expiración de su tiempo en prisión, no ha pagado   —121→   con su trabajo el gasto de su estadía en la penitenciaría, continúa en ella hasta que haya balanceado su cuenta. El prisionero, trabajando entonces en las mismas condiciones que el obrero libre, no puede hacerle una competencia como para que este tenga el derecho de quejarse. Pero, en la forma como las cosas son conducidas entre nosotros, el mantenimiento de los prisioneros corre a cargo del Estado. Es raro que a la expiración de su pena los presos salgan con dinero proporcional al tiempo que han permanecido en prisión. Pero, por compensación, los empresarios hacen fortuna a expensas del Estado y del sudor del preso.

Este sistema no es sólo oneroso al Estado, sino que es, además, ¡esencialmente inmoral! ¡Cómo, vosotros castigáis al presidiario por haber violado las leyes de la propiedad, y las violáis con respecto a él, obligándolo a trabajar por el quinto o el cuarto del valor de su salario! ¡Sed, por lo tanto justos frente a él, para que no se imagine que todo está sometido al reino de la fuerza o de la astucia, y que, en su conciencia, no aplauda en lo menor sus crímenes! En el sistema americano, la emulación de los condenados es incitada por motivos más poderosos, y se convierten en general en excelentes obreros. Suponiendo que la alimentación, los vestidos, la calefacción y el alumbrado costasen tanto como los mismos gastos en el hospital de los Inválidos (1 franco 50 por día) muchos de los presos que habrían sufrido de ocho a diez años de prisión volverían a la sociedad con un capital que los pusiera a ejercer, para su propia cuenta, el oficio que hubiesen aprendido en prisión. Creo que los reincidentes entre ellos serían excesivamente raros.

¿Por qué el mariscal Soult, que sentía tan vivamente en Inglaterra, la injusticia que el trabajo de los presos proporciona a los obreros libres, permitió, cuando era Ministro de Guerra, que continuase el uso de poner a la disposición de un empresario el trabajo de los condenados en las prisiones militares? ¿No será que solamente en palabras el mariscal es amigo de las reformas? Por lo demás, una opinión semejante en boca del mariscal Soult no me sorprende. ¿No se ha negado a dejar trabajar a nuestros soldados en trabajos de utilidad pública? No preguntéis a un soldado del imperio ninguna noción de ciencia social. ¡No conoce sino la gloria militar!, que era todo en ese entonces y que no es nada hoy día.

La impresión que me había hecho Cold-Bath se había borrado   —122→   completamente, cuando me hice presente en Mil-Bank, la Penitenciaría, prisión modelo47, en la que el sistema de celdas es aplicado sin que se tenga ningún buen resultado48. Si Cold-Bath me había parecido una casa placentera en comparación a Nawgate, la Penitenciería me pareció un palacio suntuoso en comparación con Cold-Bath. Esta vez no fui recibida por un gobernador, sino por dos caballeros, el uno miembro de la cámara de los lores, y el otro miembro de la cámara de los comunes, formando los dos parte de la comisión de prisioneros. Estos señores, estrictamente gentiles, fríos y silenciosos, fueron, desde el comienzo hasta el fin de la visita, ingleses con toda la fuerza del término. Conocían perfectamente, presumo, los resultados de las cifras que los empleados someten a su inspección. Pero, lo que puedo asegurar es que ignoran completamente los detalles concernientes a los prisioneros. Me di cuenta y no osé dirigirles más preguntas. Qué diferencia con Chesterton, que hace, por decirlo así, un estudio especial de cada uno de los presos.

Entré en un ancho y largo pasillo (en el segundo piso), y que contenía 42 celdas. Esta galería es alumbrada por grandes ventanas casi todas abiertas y que dejan pasar aire, luz y sol. Su piso, así como el de las celdas está hecho con pequeñas planchas de madera blanca parecidas a las mesas de Cold Bath, y es tan limpio y tan pulido que se podría dibujar encima. Cada celda tiene dos puertas: la primera, de madera, está siempre abierta; la segunda es una reja de fierro siempre cerrada.   —123→   En el fondo de la celda hay una pequeña ventana dando claridad y formando una corriente de aire con la ventana de la galería que se encuentra al frente. Los muebles de los presidiarios no se limitan a lo estricto necesario. Se podría decir incluso que las celdas están adornadas. La cama bien hecha, sábanas de extremada blancura, un pequeño armario, una mesa y una repisa sobre la cual estaban ordenados los diversos objetos de arreglo personal. Todo ello, apropiado a la habitación, estaba limpio, reluciente, como nuevo.

No puedo hablar de los presos, porque estos señores juzgaron que no era conveniente que una mujer visitara el lado de los hombres. No me extrañó. No admiten en lo menor a las mujeres a visitar las prisiones de los hombres, y las rechazan también de las tribunas de sus cámaras. Todo ello se atiene al mismo tipo de ideas. En susceptibilidades ridículas, en etiquetas artificiales, la aristocracia inglesa no se deja jamás superar. Las presas estaban todavía mejor recluidas que en Cold-Bath: sentadas en sillas, trabajan cosiendo, con taburetes delante de ellas. Así como en las otras prisiones, cada vez que nos deteníamos frente a sus puertas, se levantaban y hacían la eterna reverencia.

Noté sobre cada mesa una, dos, y a veces tres Biblias. Las había visto en Newgate, en Cold-Bath, en las manos de los criminales y de todos los reincidentes. No pude controlar mi indignación. ¡Ah!, exclamé las prisiones de Inglaterra son el Gólgota de los libros santos! A la verdad, la más monstruosa de las estupideces es la existencia de una sociedad numerosa, cuyo objeto es el de distribuir la Biblia a todos, sin distinción. Que se examine al azar a 10, 100 o 1,000 personas que la hayan leído, y se convencerá que la mayor parte de las Escrituras está más allá del alcance del común de las inteligencias. Sin embargo los suscriptores de la Sociedad bíblica han creído, bajo palabra, hacer obra meritoria dando su dinero para hacer una distribución ciega de la Biblia. Si hubiesen comprendido este libro santo, habrían juzgado que una instrucción previa es indispensable, a fin de que su lectura pueda mejorar al lector sin poder jamás pervertirlo. En efecto, ¿no se estaría tentado de creer que los criminales encuentran en la Biblia motivos para persistir en el crimen? Se ha constatado que aquellos lectores de la Biblia son los reincidentes tomados sin cesar por nuevos delitos contra la sociedad. ¿Desde el punto de vista religioso, no puede considerarse como una violación el confiar las revelaciones que Dios ha hecho a sus elegidos a las manos de una horda   —124→   de salteadores de caminos? Es, sin duda alguna, un horrible sacrilegio, de lo cual nada bueno puede resultar.

Los presos, en esta casa, gozan de todo el bienestar compatible con el estado de prisión; comida sana, abundante y poco trabajo49. La extremada limpieza que reina en todo contribuye a hacerles la vida tan cómoda como pueda serlo bajo la relación material.

La expresión de todas las mujeres era como la de las presas de Cold-Bath: ausencia de sufrimiento y profundo tedio.

Esta prisión es muy amplia; puede contener 1,200 presos; durante mi visita había 800. No parece haberse ahorrado nada en la construcción a fin de evitar la evasión de los prisioneros y asegurar sus comodidades. Sin embargo es inconcebible que, para un establecimiento destinado a recibir tanta gente, se haya escogido un emplazamiento tan malsano. Está situado al borde del Támesis, sobre un fondo pantanoso, y rodeado de fábricas, de donde se arroja humos en gran cantidad del carbón de piedra y de donde se exhalan también emanaciones infectas.



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ArribaAbajo- X -

La parroquia de Saint Gilles


(Barrio de los Irlandeses)

Más de doscientos mil proletarios irlandeses habitan diversas partes de la metrópoli británica. Son los costaleros, los hombres a los cuales se les da los trabajos penosos, porque trabajan por salarios módicos. Esta población es pobre, sin duda, pero está ocupada y no da idea de la miseria irlandesa, de esta miseria cubierta de harapos y que disputan a los perros de las calles las cáscaras de las papas. La miseria irlandesa, tal como M. de Beaumont nos la pinta, está representada en medio de los mejores barrios de Londres. Es allí que es preciso ir para conocer, en todo su horror, la miseria que se produce en un país rico y fértil, cuando es gobernado por la aristocracia y en provecho de la aristocracia.

La bella y larga calle de Oxford, que recorre un gentío, calle de anchas veredas, de ricas tiendas, forma en su nacimiento un ángulo casi recto con Tottenham-court-road. En la entrada de esta última calle, frente a la de Oxford, existe una pequeña callejuela casi obstruida por una gran carreta cargada de carbón de piedra, que deja apenas espacio para que una persona pueda pasar pegándose al muro. Esta pequeña callejuela, llamada Bainbridge, da entrada al barrio llamado de los irlandeses.

Antes de mi partida de París, un español recomendó tres barrios de Londres importantes de ver por la enseñanza que aportan: el barrio de los irlandeses, el de los judíos y el rincón donde se vende objetos robados.

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En Inglaterra, el patriotismo no es más que un espíritu de rivalidad. Consiste, no en el amor al prójimo, sino en la pretensión de primar sobre todas las naciones. Esta ridícula vanidad, que tendré muchas veces la ocasión de hacer notar, hace que todo el mundo se entienda a las mil maravillas para ocultar las miserias del país, singular patriotismo el de disimular los males que no pueden curarse sino por la mayor publicidad, llamando la atención de todo hombre que tiene una voz para hablar, una pluma para escribir, con el fin de suscitar el rubor sobre la frente de los poderosos. Pedía yo inútilmente que se me enseñara el barrio de los irlandeses; cada persona a la que me dirigía parecía ignorar su existencia. Por fin me encontré con un francés que se ofreció a conducirme a los tres barrios que yo deseaba observar.

No es sin un sentimiento de horror que el visitante penetra en la estrecha y sombría callejuela de Bainbridge. Apenas se ha dado diez pasos cuando es uno sofocado por un olor mefítico. La callejuela, enteramente ocupada por la gran tienda de carbón, es intransitable. A la derecha, estamos en otra callejuela no empedrada, fangosa y llena de pequeños charcos donde se corrompen aguas nauseabundas de jabón, de la vajilla y otras más fétidas todavía. ¡Oh, debí controlar mis repugnancias y reunir todo mi coraje para osar continuar mi marcha a través de toda esta cloaca y todo este fango! En Saint-Gilles, uno se siente asfixiado por las emanaciones. Hace falta aire para respirar y luz para caminar. Esta miserable población lava ella misma sus harapos, que pone a secar sobre cordeles que atraviesan las callejuelas, de suerte que el aire atmosférico y los rayos de sol resultan completamente interceptados. El fango bajo vuestro paso exhala sus miasmas, y sobre vuestra cabeza las ropas de la miseria gotean sus manchas. ¡Los sueños de una imaginación en delirio no se igualan al horror de esta espantosa realidad! Llegada al extremo de la calle, que no era muy grande, sentí mi resolución debilitada, mis fuerzas físicas estaban lejos de responder a mi coraje; mi estómago se rebelaba y un fuerte dolor de cabeza me apretaba las sienes. Titubeé de si continuaba avanzando en el barrio de los irlandeses, cuando de pronto recordé que era en medio de seres humanos, y que en medio de mis hermanos me encontraba, de mis hermanos que sufren desde siglos, en silencio, la agonía que rendía a mi debilidad, aunque no la experimentara más que desde hacia diez minutos. Me sobrepuse a mi sufrimiento. Inspiraciones de mi alma vinieron a socorrerme y me sentía con una energía al nivel de la tarea que me había propuesto: examinar   —127→   una a una todas esas miserias. ¡Oh!, entonces una compasión que no podría definir dilató mi corazón y al mismo tiempo una sombra negra lo envolvió.

Aquí se presentan hombres, mujeres, niños, con los pies desnudos patinando en el fango infecto de esta cloaca. Los unos reclinados en los muros a falta de asientos para sentarse, otros, agachados en tierra. Los niños echados sobre el lodo como puercos. No, a menos de haberlo visto es imposible de figurarse una miseria tan horrorosa, un envilecimiento tan profundo, una degradación del ser humano tan completa. Allí, yo vi a los niños enteramente desnudos, a las muchachas, a las mujeres criando con los pies desnudos, no teniendo sino una camisa que caía en harapos y dejando ver su cuerpo casi enteramente desnudo, a los viejos agazapados sobre un poco de paja convertida en basura, a los jóvenes vestidos con andrajos. El exterior y el interior de las viejas ruinas de una casa van de acuerdo con los pingajos de la población que las habita. En la mayor parte de estas habitaciones, ni las ventanas, ni las puertas tienen cerraduras. Es muy raro que sean enladrilladas. Ellas encierran una vieja mesa de madera de roble groseramente fabricada, un banquillo, una banca, algunas escudillas de estaño, una pocilga donde se acuestan confundidos el padre, la madre, hijos, hijas y amigos. ¡Tal es la comodidad del barrio irlandés. Todo eso es horrible de ver y sin embargo eso no es nada en comparación a la expresión de los rostros. Todos son de una delgadez horrible; endebles, sufrientes y llenos de dolencias en el rostro, en el cuello y en las manos. Tienen la piel tan sucia y los cabellos engrasados y en tal forma desgreñados que parecen negros crespos. Las cuencas de sus ojos expresan una estupidez feroz. Pero si miráis a estos desgraciados con firmeza, entonces toman un aire vil y mendicante. He reconocido allí los rostros y el género de expresión que no había observado en las prisiones. ¡Ah!, para ellos debe ser un día de fiesta que entren a Cold-bath. Al menos tienen en esa prisión una sábana limpia, vestidos apropiados, camas limpias y aire puro. ¿Cómo vive esta población? Por la prostitución y el robo. Desde la edad de nueve a diez años, los muchachos van a robar. A los once a doce años, las muchachas son vendidas a las casas de prostitución. Todos, hombres y mujeres, tienen el robo por industria; los viejos mendigan. Si hubiese visto este barrio antes de visitar Newgate, no habría sido sorprendida advirtiendo que esta prisión recibe de cincuenta a sesenta niños por mes y el mismo número de mujeres públicas. El robo es una consecuencia lógica de la miseria llevada a su último límite.

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¡Ah, gran Dios!, exclamé, ¿qué remedios aportar a parecidos males? ¡Y, soñando en las doctrinas de los señores economistas ingleses, sus máximas me parecieron escritas con sangre!...

«Si el pueblo sufre, debe considerarse que la causa de sus sufrimientos no puede atribuirse sino a él. El remedio depende de él y de ningún otro. La sociedad es impotente. Cuando el salario del obrero es insuficiente para mantener a su familia, es un signo de que el país no tiene necesidad de nuevos ciudadanos ni el rey de nuevos súbditos».

¡Estas palabras son de Malthus! ¡Y no es el único en pensar así! Ricardo y toda la escuela de economistas ingleses profesan los mismos principios. Lord Brougham, uno de los más furiosos de aquellos antropófagos de los tiempos modernos, ha proferido en la cámara de los pares las palabras siguientes, con la sangre fría del matemático que hace una demostración.

«Puesto que no se puede lograr llevar las subsistencias al nivel de las necesidades de la población, es preciso hacer descender la población al nivel de las subsistencias».

Así, en Inglaterra, los moralistas, los hombres de estado, cuyas palabras son escuchadas, no indican otro método para salvar al pueblo de la miseria que el prescribirle el ayuno, de prohibirle el matrimonio, y arrojar a los sumideros a los recién nacidos. Según ellos el matrimonio no debe ser permitido sino a las gentes acomodadas, y no debe existir ningún hospicio para los niños abandonados...

Salí de allí horrorizada:

-¡Oh, Dios mío, -exclamé-, qué ostentación, qué hipocresía en los actos de esta nación! ¡Qué falsedad en sus palabras!

-Hay menos falsedad de lo que pensáis -me dijo el amigo con quien estaba-. Esas palabras, esos actos de rigorismo, de desinterés, de inhumanidad, no engañan sino a los extranjeros a los cuales se les destina. Pocas personas aquí son engañadas.

-¿Según vos no son por lo tanto falsos e hipócritas sino para imponerse afuera? Puede ser, pero no estando iniciada en los grandes misterios de su política, no adivino con qué objeto   —129→   hacen todo ese despliegue de religión, de filantropía, de generosidad.

-Todo eso es para dispensarse de ser humanos y justos.

-Después de lo que he visto estoy muy bien dispuesta a creeros. Sin embargo, os confieso que yo también estoy engañada con sus declamaciones parlamentarias, y con esa contradicción que representan sus actos, experimento la dificultad de llevarlos al mismo principio. ¿Cómo, por ejemplo, conciliar esta esclavitud de millones de irlandeses y millones de obreros en Inglaterra y en Escocia, no recibiendo sino un salario insuficiente para sus necesidades para pagarles un trabajo que excede sus fuerzas y acorta su vida. ¿Cómo, digo yo, conciliar esta horrible opresión con la abolición de la trata y la manumisión de esclavos negros?

-Querida dama, no hay un negociante de la ciudad que no sea capaz de responder a esta cuestión vuestra. Vos no ignoráis que es con las producciones de sus colonias y de sus manufacturas, producciones que se dirigen a imponerse en todas partes, que sostienen la plata de las naciones. Sin embargo es bastante evidente que, para asegurar en los mercados de Europa un precio ventajoso a los productos de la India y de sus colonias occidentales, deben detener el desarrollo de los cultivos intertropicales. Para llegar a este objetivo no existe otro medio que el de prohibir la trata a todas las naciones y de correr detrás de los navíos que los traen. La India tiene una población considerable y las colonias inglesas de América están abundantemente provistas de trabajadores.

-Concibo todos estos motivos, pero no me explico por qué han liberado a los negros.

-Vos pensáis por lo tanto que han emancipado a sus negros como las naciones cristianas liberaron a sus siervos, imponiéndolos como colonos de su suelo. ¡Oh no! Los negros de Jamaica son, sin duda ninguna, menos desgraciados que el obrero de las manufacturas inglesas o el campesino irlandés, porque el fruto de su trabajo, tiene más valor, pero no son más libres. Se les ha hecho a todos proletarios ingleses. Se les prohíbe toda porción del suelo. Están obligados a pagar un arrendamiento caro por la cabaña que ocupan, a mantener los caminos por prestación personal o impuestos. El robo de un plátano es castigado por los oficiales blancos de la parroquia, como   —130→   los jueces de paz de Inglaterra, que castigan el robo de unas papas por el látigo. Reposad sobre la imaginación británica al crear los deberes y los impuestos, que obligan al negro a no menos trabajo que su amo, obteniendo, frente a él, la libertad. Lo arbitrario quitado al castigo es incontestablemente una mejora de la suerte del esclavo. Pero esta mejora, que provocará el desarrollo de la población, está en los intereses bien comprendidos de los propietarios.

-Está claro que la emancipación realizada así es una de las generosidades aparentes que se convierten en resultado benéfico para sus autores. Pero el gobierno ha consagrado a esta medida la suma de seiscientos a setecientos millones.

-¡Oh! Este es otro secreto. Los ministros, presentando esta forma de manumisión, estaban asegurados del apoyo del comercio inglés, porque los habitantes de las colonias, deudores, frente a los comerciantes de la metrópoli, de sumas equivalentes a las dos terceras partes de sus propiedades, no podían liberarse sino con la indemnización acordada para la manumisión. Los ministros no habrían podido adoptar el sistema, mucho más económico, de la redención gradual de negros, por el trabajo de los negros sucesivamente redimidos, aunque este sistema pueda ofrecer la insigne ventaja de asegurar la educación moral y el aprendizaje de los libertos, teniendo en cuenta que la liberación simultánea podría sólo garantizar el pago de los acreedores ingleses.

Así, el gran acto de humanidad, que se nos hace escuchar desde hace treinta años, no es otra cosa que un cálculo comercial bien pensado, ¡bien medido!, y todo el continente ha estado engañado desde hace años. ¡La charlatanería de los honorables caballeros que componen el parlamento británico ha hecho creer en la filantropía y en el desinterés de una sociedad de mercaderes! En presencia de un engaño tal, uno estaría tentado a suponer que Europa, como la especie humana entera, tiene, al igual que los individuos, momentos de agonía, de sueño, y de locura. Sin embargo ese barniz de hipocresía con el cual recubren sus actos no es solamente para imponerse a los extranjeros; quieren todavía que ese pueblo de proletarios que explotan hasta lo último y oprimen en toda forma, al cual le pesan el pan, ellos quieren, -cruel ironía-, que aquellos esclavos, que se inclinan, bajo la carga, se crean libres, y que honren y respeten a sus amos. Tal es la razón por la que pronuncian con ostentación las palabras de libertad, de filantropía y de religión.   —131→   Pero las notabilidades de la sociedad no se dejan engañar con aquellas declamaciones pomposas de desinterés, sea cual sea su interés de no parecer que dudan. Sus opiniones acerca de todas las cosas, las sociedades de las cuales forman parte, en fin, cada una de sus acciones se refiere a su interés. Es el móvil que hace sonreír a un amigo que encuentran en la calle votar por la guerra o por la paz, por la sumisión de los indios o por la manumisión de los negros.

Se encuentran en Londres cientos de sociedades cuyos títulos pretensiosos son anuncios con los que se dirigen a su clientela. Varias de entre ellas asignan un objetivo filantrópico a la asociación. Hay una que se presenta como protectora de todas las criaturas de Dios, y cuyo objeto es impedir que se golpee a los caballos, a los asnos, a los perros y a otros animales. Las personas engañadas por el título y el prospecto, pueden creer en la universal benevolencia de los miembros de la sociedad. ¡Soñar con el bienestar de los caballos, asnos y perros! ¡Qué no harían por sus semejantes! De nuevo charlatanería. Esta sociedad se compone de escuderos, de chalanes, de cazadores, de propietarios de coches, de aficionados. Su fin ha sido el de organizar los medios de supervigilancia sobre los domésticos a los cuales estos animales son confiados; porque,

«quien quiere viajar lejos arregla la montura».



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ArribaAbajo- XI -

El barrio de los judíos


Mil ochocientos años han pasado desde la toma de Jerusalén por Tito y la dispersión de los judíos, y este pueblo, con sus creencias religiosas, sus leyes y sus costumbres, se ha conservado en medio de las naciones. Los romanos y los destructores de los romanos han pasado y este pueblo está todavía de pie. Cuando comparamos a Moisés con otros legisladores, la prodigiosa duración de sus instituciones nos sorprende. La huella del gran revelador es imborrable. Dieciocho siglos de fanáticas persecuciones no han cambiado nada. El pueblo de Israel no ha flaqueado. Se ha mantenido judío en sus tribulaciones y en su miseria como lo estaba en los días de su gloria.

Eminentemente laborioso, económico y no desesperándose nunca por su fortuna; viviendo entre las naciones fuera de la protección de sus leyes, expuesto a toda especie de exacciones; no obteniendo justicia sino como favor y no como derecho. Continuamente obligado a comprar el permiso de existir, el judío no ha podido dedicarse al cultivo de las tierras y en todos los lugares se ha aferrado al comercio.

Son tratados en todas partes como parias, en todas partes han sido rechazados por la sociedad, formando entre ellos una sociedad aparte, y por el hecho de esta posición han tenido la ventaja inapreciable de no ser retenidos, en la elección de sus medios de existencia por ningún prejuicio y por ninguna consideración; al mismo tiempo las persecuciones de las que han sido víctimas los ha vuelto más unidos entre ellos, mientras   —133→   que su confianza en la providencia y la llegada de un Mesías da a una existencia hundida en la abyección, una divina idealidad, y los ha hecho soportar el sufrimiento con una religiosa resignación.

Los judíos ricos son muy caritativos con sus correligionarios y viven entre ellos de la manera más fraternal como no lo hacen las diversas sectas cristianas50.

En Londres la población judía es considerable. Se encuentra repartida en todos los barrios. Pero está tan aglomerada en la parroquia de Saint Gilles, al punto que las calles donde ella vive son designadas como barrio de los judíos.

Antes de entrar en el barrio de los irlandeses, si hubiese entrado en el de los judíos, el rebajamiento del pueblo de Moisés, me habría aparecido extremado. Pero, comparativamente a los irlandeses que había visto, los judíos gozan, en Londres, de una posición floreciente.

Los judíos, en general, saben vender mejor y comprar mejor que los comerciantes de ninguna otra nación. Pero los precios que piden o que ofrecen son siempre proporcionados no al valor de las cosas, sino al conocimiento de las gentes con las cuales tienen negocio. Esto es lo que a veces los hace pasar como bribones. Convengamos en que hay pocos mercaderes que no actúen igual cuando lo pueden, a menos que no tengan interés de acreditar la tienda por lo barato de los objetos. Todos los judíos son muy industriosos, muy hábiles y muy activos. Aquellos del barrio Saint Gilles son zapateros o vendedores de ropa usada.

Las calles de Montmouth, Saint Gilles, etc., están llenas de tiendas donde se exponen, para muestra, zapatos usados, trapos viejos y vestidos también usados; los baratilleros, caldereros, etc., ocupan las otras tiendas. Oh, la vista de estos,   —134→   miles de zapatos viejos, harapos y todo este agregado confuso, objeto de una rama tan grande de comercio, da una idea más verdadera de la miseria de la ciudad monstruo que todos los informes de encuesta y memorias que se pudiera hacer. ¡Ello hace a uno estremecerse! ¡La imaginación horrorizada se pregunta quién puede comprar harapos semejantes! ¿Quién? Olvidáis que el pueblo de Irlanda está enteramente desnudo, que no se ha puesto jamás zapatos, ni puesto jamás una camisa.

Todos los primeros pisos de las viejas ruinas de este barrio son otras tantas tiendas, de manera que los pobres mercaderes habitan las cocinas colocadas en los sótanos. Para descender a ellas se ha construido sobre la calle una escalera de mano, perpendicular, a tal punto que no he visto jamás ninguna parecida entre las casas comerciales más malas. Cuando uno pasa sobre las estrechas veredas de estas calles, la vista de estas escaleras de mano os dan vértigo. Todos los sótanos son pocilgas donde se hacina el desgraciado pueblo de Israel. En cada uno de ellos se ve seis, siete u ocho muchachos, sucios, delgados, pálidos, echados sobre la tierra entre los viejos zapatos y los desagradables harapos y arrastrándose sobre la escalera, como se ve a las losas, descolgándose de la escalera de los sótanos donde viven. ¿Por qué milagro estos muchachos no se rompen la cabeza subiendo y bajando de tales escaleras cien veces al día? Esto es lo que uno no logra imaginar. ¡Pobres criaturas! Hay en estos sótanos millares de seres humanos, hablando inglés y a los cuales nadie les pone atención, y se contentan con decir despectivamente: son judíos...

¡Ah! ¡Cómo se encuentra a gusto en Inglaterra el egoísmo cuando puede esconder su crueldad bajo un prejuicio religioso!

Sin embargo, aunque este barrio sea bastante sucio, bien pobre y bastante desolador de ver, no es nada en comparación a Petitcoat-Lane, el verdadero barrio de los judíos, y donde tiene lugar el mercado de los trajes usados.

Recuerdo que buscando la entrada de Petitcoat-Lane, nos dirigimos a un policía quien todo horrorizado nos dijo: «Guardaos de entrar en esa calle... Los policías no van allí jamás y si os atacan nadie podría ir en vuestro socorro...» No puedo olvidar la expresión de inquietud que se dibujaba sobre el rostro de este humilde policía, cuando nos vio persistir en nuestro proyecto de entrar a Petitcoat Lane.

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Recorrimos cuatro o cinco calles enteramente desempedradas y llenas de fango. La mayor parte son tan estrechas que un carro no puede pasar. Pero el aspecto de este barrio es enteramente diferente de aquel de los irlandeses: entre los irlandeses todo está desierto, triste y silencioso. Entre los judíos, el gentío es tan compacto que no se puede circular. Falta el aire, uno se ahoga, ya que todo ese mundo de comerciantes está en movimiento. Todos, hombres, mujeres y niños tienen la misma expresión, una codicia activa. Todos hablan a la vez, el uno para alabar la mercancía que quiere vender, el otro para despreciar lo que quiere comprar. Hay gritos, disputas, apóstrofes groseros, un alboroto de no entenderse.

Vimos allí montones de vestidos viejos. Estos trapos exhalan un olor tan fuerte, que salimos de esta cloaca con un dolor de estómago que nos hacía sublevar el corazón.

Sin embargo sufrí menos visitando este barrio, de lo que había sufrido en el de los irlandeses. La miseria exterior de los judíos es extremada, pero no es penosa de ver como la de los irlandeses. Será que los harapos sucios que los cubren no afectan su moral. El judío ama el dinero por el dinero y no para hacer ostentación de objetos de lujo. Poco le importa estar mal vestido, mal alojado, mal nutrido, con tal de tener una pequeña fortuna escondida al abrigo de la bancarrota y de las revoluciones. Esto es suficiente para su satisfacción interior. Él está contento no de que se crea rico, sino de saber que lo es realmente. Esto explica por qué los judíos, tan miserables como parecen, están plenos de coraje, de actividad y de contento.

No lejos de este mercado hay una calle habitada con mujeres públicas judías; su aspecto es tan desagradable y horroroso, que confieso aunque se me acuse de debilidad, que no tuve el coraje de entrar. Vi en las ventanas cinco o seis mujeres casi desnudas. ¡Oh, era demasiado repelente!

Ningún policía circula en este barrio. Los pobres parias son abandonados a sí mismos. Se cometen allí a menudo robos y asesinatos.



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ArribaAbajo- XII -

Pañuelos robados


(Foulards volés)

Se concibe que en un país donde el deseo de ganar dinero preocupa todas las cabezas, donde el gobierno mismo aprovecha la ignorancia de los otros gobiernos para hacerles suscribir las convenciones comerciales que le son desventajosas, y usa la violencia frente a los débiles para arrancarles concesiones que los arruinen, se concibe, -digo yo- que en un país tal los escrúpulos de conciencia deben raramente hacer rechazar el beneficio que se puede obtener sin peligro y que aun la «educación según las escrituras» del doctor Cumming debe ser bastante impotente para superar la atracción de la ganancia. Allí en efecto, el dinero lo domina todo. Las conciencias se compran, se venden y la idea de comprar barato, de realizar beneficios es la de cada uno. Es así cómo el explotar la ignorancia, la negligencia y las pasiones, los vicios, los crímenes, repugna a pocas personas. Honestos industriales, a mitad con el fisco, provocan la ebriedad para vender su «gin». Espléndidas casas de juego compran la tolerancia de la que gozan, hacen distribuir sus invitaciones, y abren a los jugadores sus salones de treinta y cuarenta, ruletas, etc. Existen especuladores que compran a las jóvenes a sus padres para traficar con sus encantos. Otros ofrecen a la prostitución de las clases altas asilos amoblados con el mayor lujo.

Se sabe que en Inglaterra no hay ministerio público. No es por lo tanto de ninguna manera sorprendente que, en un país en el que la impunidad puede casi siempre comprarse, sea   —137→   desinteresándose por el demandante o usando el medio de la caución proveída, o por la corrupción, no es sorprendente que los frutos del crimen encuentren compradores por todas partes, y que el encubrimiento, así como las industrias análogas gocen de derecho de ciudadanía.

No existen en Londres montes de piedad; también el préstamo con intereses es una de las industrias más lucrativas; pues la policía no supervigila su ejercicio. El«pawn-broker» no se inquieta en lo menor de la naturaleza de vuestro derecho de propiedad, sobre el objeto que vosotros le presentáis. Examina su valor y si en un año no se paga ni capital ni interés, la prenda le pertenece sin que se pueda reclamar plusvalía. Las joyas robadas al igual que una cantidad de otros objetos son ofrecidos a aquellas tiendas. En fin, una muchedumbre de individuos hombres, mujeres y niños, elegantes y harapientos se ocupan de hacer la práctica de «desplumar» a las gentes. La cosecha es tan abundante que la reventa de estos objetos robados constituye el fin especial del comercio de honestos prestamistas.

Cerca de Newgate, en una pequeña callejuela que da sobre «Holborn-Hill» y denominada «Field Lane», callejuela muy estrecha por la que los carros no pasan, no se ve absolutamente otra cosa que estos vendedores de objetos de segunda mano. Inútil, pienso, el prevenir al viajero curioso, tentado de seguir mis huellas, que debe dejar su reloj en casa o su bolsa antes de entrar en «Field-Lane». Porque debe presumirse que los caballeros que frecuentan el lugar son de «manos finas». Sobre todo, en la tarde, es interesante visitar esta madriguera. Entonces hay afluencia de gente y ello se explica por qué los compradores y vendedores están igualmente interesados en guardar el incógnito. Ya que después de su bolsa, nada es más precioso para todo industrial que su máscara, que la reputación que ha adquirido.

Las tiendas, en forma de puestecillos, tienen una vitrina que da sobre la calle, donde los objetos robados son expuestos. Cuelgan de una varilla a fin de que los compradores puedan reconocer los objetos que les han sustraído. Los comerciantes, cuyo aspecto está en perfecta armonía con la naturaleza de su comercio se mantienen en la puerta de sus tiendas y se disputan de manera poco cortés a los traficantes que vienen aprovechando de la noche para comprar a bajo precio los robos del día. Hay mucho movimiento en esta callejuela. Son las mujeres públicas, niños y ladrones de toda edad, de toda apariencia, que   —138→   vienen a vender los objetos que han robado. Se hace entrar a los vendedores en la trastienda, para debatir el precio. Más tarde los objetos son desmanchados y lavados por una sirvienta que se tiene como a la única en constante ocupación. Bajo pretexto de buscar dos pañuelos que nos habían sido robados, entramos en cuatro o cinco tiendas donde se nos hizo ver todos los pañuelos traídos en cinco días. Su cifra se elevaba a mil; sin embargo como hay más de veinte tiendas en la callejuela, debe concluirse que cuatro a cinco mil pañuelos son llevados cada semana a este mercado oculto. He visto ahí pañuelos soberbios por el precio de dos y tres chelines (dos francos cincuenta y tres francos, setenta y cinco). El comercio de Field-Lane es tan activo como ninguno en la ciudad y parece que se hace allí fortuna.

Lo falso, cuyo efecto es de comprometer el crédito, el robo cometido con violencia, el homicidio, el incendio y otros crímenes que comprometen la seguridad son los únicos que la policía se ocupa activamente en descubrir. En cuanto a los autores de las raterías y las estafas, no son arrestados sino en caso de flagrante delito. La administración tendría demasiado que hacer si se aplicara a la búsqueda de robos simples. Ella siente la impotencia de las leyes para reprimir los numerosos robos que resultan del estado social, y cierra los ojos sobre la ocultación de cosas robadas para no encontrar demasiados culpables. Si actuara como lo hacemos en Francia, Inglaterra no tendría suficientes prisiones para encerrar a los encubridores y ladrones, ni suficientes navíos para transportarlos a Australia.



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ArribaAbajo- XIII -

Las carreras de caballos de Ascot-Heath


En Francia y en todo país donde se estila alguna cortesía, el ser de la creación más honrado es la mujer; en Inglaterra es el caballo. En estas islas afortunadas el caballo es rey. No solamente tiene privilegios sobre la mujer, sino también sobre el hombre.

Las carreras más renombradas son las de New-market, de Empson y de Ascot-Heath; no he conocido sino estas últimas.

En Inglaterra las carreras son grandes eventos, que toman a los ojos de los espectadores el carácter de un acto solemne. Las carreras de Ascot tienen lugar en los tres últimos días de mayo, ellas son para el pueblo de Londres y sus alrededores, lo que para los católicos las augustas ceremonias de la semana santa en Roma, y para los parisinos los tres últimos días de carnaval.

Esta gran fiesta tiene una atracción universal para los ingleses de todo sexo, de toda edad, de toda condición. Para figurar dignamente en estos tres días cada uno hace gastos. Las damas de la alta aristocracia hacen venir de París los trajes más novedosos, los más elegantes; los lores, los financistas, los ricos a la moda, todo este pueblo de elegantes, se hacen enviar ricos equipajes, compran nuevos caballos y visten a sus gentes con una nueva librea. Los mercaderes de la ciudad cierran sus tiendas, alquilan un coche y abandonan sus asuntos por las carreras. Las damas galantes, dentro de sus bellos atuendos, se pavonean, en ricos coches halados por cuatro caballos que   —140→   son conducidos por dos jinetes y estos se distinguen por el color de la chaqueta que es rojo, amarillo, verde, azul, etc., pero todos llevan el traje de rigor, pantalones de piel blanca, botas, pequeña gorra de caza. Ni la última de las prostitutas deja de encontrar medios, aunque deba empeñar su única camisa, de comprar para este día zapatos, guantes, un traje y un sombrero nuevos. La mujer económica que se ha privado durante el invierno de las cosas más necesarias, gasta para ir a las carreras todos sus pequeños ahorros con una prodigalidad que llega al entusiasmo.

Las damas afectadas de París se imaginan acaso que las carreras de Ascot son paseos semejantes en todo a nuestro Longchamp, cuyo camino es regado a fin de que el polvo no vaya a marchitar los frescos arreglos femeninos, y que las damas inglesas, sentadas cómodamente en las sillas, no tengan otro trabajo que el de dejarse admirar. No, en Inglaterra las cosas no son así.

Ascot está situado a treinta millas de Londres, y como la primera carrera comienza ordinariamente al mediodía, es preciso que los aficionados partan de Londres a las cuatro, a las cinco o seis de la mañana, a fin de llegar a tiempo. No hay sino una ruta para ir a Ascot, y desde las cuatro de la mañana hasta el mediodía o la una de la tarde, más de 3,000 coches de todo tipo siguen aquel mismo camino. La ruta es generalmente bastante ancha; sin embargo en algunos recodos es muy estrecha. Se encuentra algunos puentes, y además, hay una cantidad de barreras donde hay que pagar; en estas circunstancias se ponen en hilera. El camino es arenoso y como la víspera del día que asistí había llovido, las huellas de los coches estaban muy hondas en algunos lugares. Después de Windsor, las ruedas entran en una arena movediza parecida a la ceniza. Y, cosa admirable, a pesar de los inconvenientes de la ruta y la aglomeración de los carruajes, el orden más perfecto no deja de reinar un instante y no escuché decir de ningún carruaje que hubiese volcado.

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Los ingleses tienen, es preciso convenirlo, un instinto muy particular para conducir los caballos. Además, están obligados a seguir el orden de las calles, de los caminos y de las multitudes y observan con la más rigurosa exactitud aquellas reglas como si fuesen un regimiento prusiano en ejercicio. Este orden que no se encuentra en ningún otro pueblo, toca también al espíritu del gobierno. En este país todo está jerarquizado, hasta   —141→   los coches en la vía pública. Los carruajes con blasón tienen preferencia sobre todos los demás, los coches burgueses de cuatro caballos la tienen sobre aquellos que no tienen sino dos, estos sobre los carrocines y los «tilburys» los «landaus» de alquiler sobre las diligencias, las diligencias sobre los ómnibus, los ómnibus sobre los «fiacres» poco decentes, y así sucesivamente descendiendo hasta la carreta que pasa también antes que el volquete. He ahí el secreto de este orden admirable. Caa uno según su rango; ahora ¿queréis saber lo que hacía y decía este gentío de personas de todas las clases y que llenaban los tres mil coches? Parece a nosotros los franceses que ellos deberían ir contentos, hablar, cantar, estimularse con fines más o menos espirituales como se hace en las ferias de Saint Cloud: nada de eso. Las damas de la alta aristocracia, magníficamente engalanadas, recostadas en el fondo de sus coches parecían perfectamente indiferentes a todo lo que ocurría alrededor de ellas; algunas leían alguna novela. Los jóvenes «dandys» fumaban cigarros. Los financistas tenían una pequeña mesa en el medio del carro y bebían champán. Los pequeños burgueses apretados en el interior sobre el techo de las diligencias y otros coches públicos, pasaban los unos al costado de los otros sin decirse una palabra. El bajo pueblo, que estaba hacinado confusamente en los grandes carros de bancas cubiertas, jugaban cartas y bebían cerveza. Finalmente los pequeños propietarios y agricultores en sus «tilburys», carrocines, calesines, etc., eran absorbidos por la atención que ponían en conducir sus caballos. Parece extraño que en medio de este desfilar de hombres, caballos y coches el silencio reinaba.

Sin embargo de tiempo en tiempo se escuchaba a algunos cocheros decirse groseras injurias reprochándose la torpeza mutua o el presuntuoso descaro de querer pasar a los otros. Pero estas palabras dichas sin pasión, sin cólera no anunciaban ninguna querella seria; perdían su valor por la sangre fría y el acento monótono con los cuales eran pronunciadas. ¡Yo estaba estupefacta y no pude impedirme el reflexionar que si carreras de este tipo tuviesen lugar en Francia, tres compañías de gendarmes a caballo no serían suficientes para mantener el orden entre esos tres mil coches! ¡Qué de querellas, qué de disputas, qué de batallas entre los cocheros y cuántos caballos estropeados y coches volcados! ¡Qué de cantos, de risas locas, de gritos habrían de escuchar mis turbulentos compatriotas, si cuarenta a cincuenta mil de ellos debieran recorrer la ruta de París a Pontoise desde las cuatro de la mañana hasta el medio día! Sí, pero también esta facilidad para emocionarse, para entusiasmarse   —142→   transforma a los parisienses héroes. Los que han hecho una revolución en tres días no se dejarán impunemente pesar el pan. Mientras que los obreros ingleses sufren la miseria, y el hambre, la aristocracia inglesa goza apaciblemente de sus casas de reposo, de sus bellos coches y de sus caballos de carreras...

El clima de Inglaterra hace todo lugar del campo sino imposible por lo menos muy penoso. En la mañana, cuando nosotros partimos, la niebla era espesa, húmeda y fría; hacia las once el sol comenzó a apuntar; pronto se hizo lo suficientemente ardiente como para cegar a los viajeros que se habían encaramado sobre los altos de las diligencias (era el mayor número y yo estaba allí), y para absorber enteramente la humedad del suelo. Entonces se elevó de esta ruta arenosa, pisada por tantos miles de caballos, una nube de polvo no interrumpida y tan espesa que no se podía distinguir a diez pasos de una. Al salir del parque de Windsor; la nube de polvo nos envolvió totalmente. Yo no había visto todavía nada de este género.

Llegamos a Ascot a las doce y media; el número de carros era ya inmenso. Todo se acomodaba alrededor del espacio que debían recorrer los caballos de carrera, y en la disposición de los coches, el mismo orden jerárquico se observaba escrupulosamente. De diez en diez pasos estacionan las brigadas de policía que hacen desuncir los caballos apenas el coche llega, y lo hacen colocar según su clase, de manera de tomar el mejor lugar posible.

El emplazamiento donde se realiza la carrera y donde se celebra la fiesta es muy espacioso. El terreno es elevado y de este punto se descubre un panorama magnífico.

El espacio reservado a los caballos, héroes de la fiesta estaba rodeado de cuerdas sostenidas por postes colocados de distancia en distancia. Pero en los intervalos de las carreras el público podía pasearse por la pista. Allí se hallaban reunidas entre 50 o 60 mil personas, si acaso más, porque toda esta muchedumbre estaba distribuida sobre un terreno tan inmenso, que era difícil juzgar su número.

Este gentío ofrecía un espectáculo bastante diferente del que presentan los gentíos de París en los Campos Elíseos o en el campo de Marte. Reinaba el silencio, no había música, no había   —143→   danza, no había teatro, ni saltimbanquis, no había monstruos ni fenómenos que se muestren a los sabios por la suma de cuatro centavos; no había tiendas de pasteles ni de juguetes; no había muchachos con grandes chupetes; en una palabra nada de lo que se ve en nuestras ferias. Pero en cambio, vi sobre un sólo punto de esta vasta planicie veinticinco o treinta tiendas sobre las cuales estaba escrito en gruesas letras rojas: Aquí se juega a la ruleta51. Además, se encontraba a cada veinte pasos a un banquero ambulante, teniendo un juego de azar sobre una mesa plegadiza de un pie cuadrado, sobre el cual había tres dados. Todo el tiempo había una multitud alrededor de estas pequeñas mesas y se apostaba mucho. Vi a un joven campesino lugar hasta seis libras esterlinas (150 francos) de un sólo golpe. Los juegos de azar son severamente prohibidos por la ley, y sin embargo se establecen por todas partes abiertamente, por la connivencia y la corrupción de los agentes encargados de hacer cumplir la ley. En verdad no sé si valdrá más vender veneno al pueblo y tratarlo como a los chinos, que inspiran una pasión que le hace tomar aversión al trabajo y lo dispone a cometer toda acción hostil contra la sociedad.

En la situación actual de las sociedades, el juego confinado a las clases opulentas, es sin embargo un agente indispensable para dispersar las riquezas que el movimiento social tiende incesantemente a acumular. Considero no solamente la ruina de los hombres que viven de sus rentas, en el lujo y la ociosidad, como ventaja de la sociedad, sino que no puedo imaginar una sola circunstancia en que la acumulación de las riquezas en una sola mano sea útil a esta sociedad. Para las grandes empresas los hombres pueden reunir siempre sus capitales individuales tanto como sus fuerzas lo puedan, y las riquezas acumuladas que el hombre obtiene del trabajo lo hacen necesariamente vicioso y son las más grandes de las calamidades sociales.

¡He aquí los caballos que parten! Seis de frente, y en todas partes se elevan exclamaciones. -«¡Oh! ¡What speedy racer! ¡Prodigious rapidity indeed! ¡¡Astonishing!! ¡¡Wonderful! ¡¡Wonderful!!».

Aquí espero encontrarme en oposición con la opinión generalmente recibida. Pero pasaré a los ojos de los aficionados   —144→   como una verdadera bárbara, indigna para siempre de poner el pie en una caballeriza, pero diré francamente que el caballo inglés desagrada soberanamente.

El caballo es, sin contradicción, uno de los bellos animales de la creación; pero la domesticidad altera más o menos la belleza de sus formas, y los ingleses más que ningún pueblo han hecho desaparecer en el caballo los graciosos contornos de la naturaleza. Observad bien, señores, que aquí yo hablo como artista, como amante apasionada de la belleza, sin tener en cuenta las cualidades que vosotros exigís. Viendo los caballos de carrera ingleses, cuyo cuerpo es largo, estrecho, delgado, sumido de ijares, sus piernas de una longitud desproporcionada, el cuello siempre estirado, llevando la cabeza adelante, las ventanas de la nariz al viento como los perros grandes de caza; al verles constantemente una expresión triste, taciturna y estúpida, por poco que se tenga en sí el instinto de la armonía, el sentido de la forma, no puede uno contenerse de decir: ¡he allí un animal bien feo!

El caballo árabe, el caballo andaluz, el caballo chileno son criaturas divinas. Reúnen todo: la elegancia y la gracia, la fuerza y la agilidad, la suavidad y la osadía en los movimientos, la belleza de pelaje y la pureza de las líneas, la vivacidad de la expresión y el fuego de la mirada. Al ver uno de estos caballos, sea en reposo, en marcha, o corriendo todos exclamarán: ¡Oh! ¡Qué soberbio animal!

Pero, se me dirá, el objeto del caballo inglés no es el de parecer bello, gracioso, agradable a los ojos; él es criado para caballo de tiro o para carrera: el destino de estos es correr. ¡Pobre animal! No han respetado en ti la obra de Dios. ¡Tú eres la criatura de tus amos, los desgraciados cómo te han tratado! Te han querido sin crin y sin cola; han contorneado tus formas, borrado varias de tus facultades para exagerar otras; no eres más que un desdichado, que han perdido su tipo primitivo: ¡pobre bestia!, cómo has sido envilecida por ellos. Te han reducido a no ser sino una máquina de locomoción, o la ruleta que por su lentitud, o por su rapidez determina la pérdida o la ganancia, pobre bestia, crueles son los hombres.

Los jinetes son personales importantes. De su habilidad, tanto como de las piernas del caballo, depende el resultado de la carrera. Es curioso ver la atención desconfiada que los apostadores muestran en el examen de los caballos y de los jinetes.   —145→   Porque en ese juego de corredores, las trampas son muy comunes y los jinetes y los palafreneros son muy compadres52. Los apostadores revisan los pies, la boca, el vientre y las orejas de los caballos. Luego pasando a los jinetes, les preguntan y comentan sus palabras.

Los caballos son designados por el color de la casaca de los jinetes que los montan. Viendo las enormes sumas comprometidas en las apuestas por la casaca roja o negra pensé un poco en el juego de los garitos y el que tenía frente a mis ojos, me parecía mucho más inmoral, porque la vida de los caballos y de los hombres era expuesta. Me parece que los caballos de carrera podrían ser ventajosamente reemplazados por los velocípedos que cumplirían para los jugadores el mismo objeto, sin hacer correr peligro al conductor.

Cinco carreras tuvieron lugar de ocho, seis, cuatro y dos caballos. Por lo demás, este placer es de muy corta duración: algunos minutos a lo sumo para cada carrera.

Ahora volvamos al gentío. La multitud se dirigió primero al pabellón donde estaban las reinas y el gran duque de Rusia. Luego después de haberse paseado unos instantes iban a las tiendas a jugar la ruleta y el pueblo jugaba a los tres dados con los que llevan la banca del juego ambulante.

Pero sea cual sea el placer que pueda ofrecer el juego de la ruleta, de los tres dados o de los caballos, el placer más vivo de todos era el de beber y comer.

Todas estas bellas damas en trajes de seda, rosados, azules, amarillos, verdes, etc.53, comían sobre sus rodillas enormes pedazos de jamón, de carne fría, de paté y otras carnes de esta naturaleza, con libaciones de vino Oporto, de Sherry y de Champagne, siendo para mí un espectáculo tan curioso como nuevo. Las carreras han durado alrededor de tres horas y he visto comer y beber en las calesas durante tres horas.

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Esperaba yo siempre el momento de alegría, pero la alegría no apareció por ninguna parte. Vi mujeres que se encontraban mal, otras que dormían; los hombres balbucían impudicias y otros en los cuales, la ebriedad se mostraba más degradante todavía, no pudiendo sostenerse de pie. Todo era mortalmente frío, tedioso e indignante. He ahí en cuanto a la clase rica. En cuanto al pueblo, éste se reunía bajo las tiendas levantadas expresamente para los tres días. Pobre pueblo, no es bello contemplarlo hacinado. Estas tiendas eran muy pequeñas, les faltaba el aire y la luz; los hombres sentados alrededor de rudas mesas de madera, comían jamón con pan, bebían cerveza o ginebra y fumaban un tabaco despreciable. En algunas se danzaba, las mujeres que bailaban eran mujeres públicas de clase baja. En Inglaterra la mujer y la hija del obrero no toman parte en ninguna diversión.

Noté en las carreras de Astor una inmensa cantidad de bohemios prediciendo la buena ventura con prodigioso éxito, particularmente entre las gentes del pueblo. Esta nación errante, que se encuentra en todos los países sobre la superficie de nuestro viejo mundo, viviendo de limosnas, de ladrones y de la maña, cuya existencia es más inexplicable que la de los judíos, puesto que aquellos trabajan, mientras que los bohemios se niegan a aceptar ningún trabajo y se imponen por todas partes. Esta nación ha conservado todavía más que los judíos la integridad de su carácter primitivo. He visto ahí, familias enteras con la piel negra y atezada, de cabellos negros, lisos y aceitosos, con dientes blancos y con ojos plenos de fuego melancólico. Esta gente llevaba el traje de sus padres y hablaban su lengua entre ellos, lengua que hablan también todas las tribus bohemias de Europa, Asia y de África. Una de estas mujeres se me acercó para decirme la buena suerte, era una muchacha de diez y siete años, formada como la Esmeralda, un pie de limeña, un talle flexible y esbelto, pequeñas manos y una voz voluptuosa. Estas mujeres pasan por ser muy honestas: un inglés me ha dicho haber ofrecido a una de estas muchachas cuarenta libras de esterlinas para pasar la noche con ella y ella se negó. Los hijos de estos bohemios estaban casi desnudos.

Por fin, hacia las seis, los carros comenzaron a ponerse en movimiento. ¡Creí que el desorden iba a ser espantoso! De ninguna manera. Todo se hizo con la misma regularidad que la mañana. La policía hacía uncir los caballos a los carros de las primeras filas. Los cocheros que se juzgaban demasiado ebrios para conducir eran desposeídos de su lugar y reemplazados.   —147→   La gente ebria fue colocada en el interior de los carros, y aquellos que no lo estaban sino a medias fueron colocados en lo alto, pero entre dos personas, a fin de evitar que se cayeran y todos se encaminaron a través de una nube de polvo para no verse.

Llegamos a Londres a la una de la mañana, y habíamos dejado, más de una tercera parte de los carros detrás de nosotros. Hacía un frío extremo, la niebla era espesa y la humedad penetrante; nosotros estábamos helados.

Daba verdadera lástima el ver a todas esas damas que por la mañana estaban tan frescas, tan elegantemente engalanadas, regresar cubiertas de polvo, sucias y enteramente inconocibles.

Una fiesta como estas se les llama en Inglaterra una partida de placer.