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ArribaAbajoCapítulo tercero

Escritores del tiempo de la colonia


Una ligera observación.- Trabajos históricos sobre las misiones en la región oriental ecuatoriana.- Escritores de Historia general de la Presidencia o Audiencia de Quito.- El padre Juan de Velasco.- Juicio sobre su Historia del Reino de Quito.- Los biógrafos de la Beata Mariana de Jesús.- Escritores místicos.- Los ascéticos.- La oratoria sagrada en tiempo de la colonia.- Oratoria académica.- Alegatos forenses.- El cultivo de la poesía.- Evia.- Los jesuitas expulsos y sus composiciones en verso.- Ciencias naturales.- El padre Samuel Fritz y su Carta geográfica del Marañón.- Don Pedro Maldonado.- El Mapa de la Presidencia de Quito.- Espejo.- Sus ideas sobre literatura.- Sus ideas acerca de la emancipación de las colonias americanas.- Juicio sobre Espejo.- Resumen y conclusión.



I

En el capítulo anterior dimos una idea general acerca del estado de la instrucción así pública como privada en el Ecuador durante el tiempo del régimen colonial; narramos prolijamente todo lo relativo a la introducción y al planteamiento de la imprenta en estas provincias e hicimos mención de los presidentes y de los obispos de Quito, que se distinguieron por sus méritos literarios; ahora vamos a continuar enumerando los escritores que hubo en tiempo de la colonia y las obras que dieron a luz por medio de la imprenta.

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A pesar de todo nuestro patriotismo, no podemos menos de confesar ingenuamente, que el caudal literario de la colonia es muy pobre; los escritores del tiempo de la colonia son en número escasos, y en mérito, exceptuados solamente dos, no muy sobresalientes.

La Historia fue casi enteramente descuidada, y muy contados son los que se ejercitaron en el cultivo de ese tan importante ramo del saber humano. Los jesuitas se dedicaron a poner por escrito los trabajos emprendidos por ellos en las misiones del Marañón. Las obras escritas por los padres de la Compañía de Jesús respiran sinceridad; amando con fervor la Orden, a la cual se gloriaban de pertenecer, narran los sucesos con sencillez, pero juzgándolos siempre con un criterio inconscientemente apasionado; de ahí es que, en las historias compuestas por ellos, la relación histórica trasciende a panegírico, y la verdad austera cede su lugar a la alabanza. Echase de menos la paciente investigación de documentos, y hace falta en las obras que los jesuitas han escrito sobre sus misiones del Marañón el espíritu crítico, que se detiene a comparar documento con documento, a fin de deducir la verdad; el silencio interesado sobre los sucesos en que los suyos no habían tomado parte, cuya relación exigía la imparcialidad histórica, inspira desconfianza, y el desdén con que, de ordinario, hablan de los trabajos evangélicos de los misioneros que no pertenecían a su instituto, contribuye a rebajar el mérito histórico de esas narraciones.

El padre Cristóbal de Acuña, elegido por el Presidente de la Audiencia de Quito para acompañar   -65-   a Tejeira en su viaje de regreso al Brasil, siguiendo aguas abajo por el Napo y el Marañón, compuso un libro digno de pasar a la posteridad. Contiene la narración del viaje, la descripción del Marañón y de todas las cosas notables que se veían en sus orillas, y las noticias sobre las tribus indígenas pobladoras de la hoya del gran río. El padre Acuña era ilustrado y discreto; su narración es natural, clara y sencilla; su lenguaje, correcto, y su estilo, noble y hasta elegante. Como libro histórico la obra del padre Acuña tiene un gran mérito: ceñido a la verdad, narra con sinceridad los sucesos y da noticias curiosas, prolijas y exactas sobre la dirección de la corriente del Amazonas, sobre el caudal de sus aguas y sobre las plantas y los animales y las tribus bárbaras, conforme se van presentando a la observación de los viajeros. El libro del padre Acuña fue la primera descripción, que del Amazonas se conoció en Europa, y, por esto, mereció los honores de la traducción al francés; aunque como medida política, la edición castellana fue recogida, y casi no circuló más que dentro del Real Consejo de Indias35.

Una obra mucho más extensa, y con propósitos así de literato como de historiador, trabajó   -66-   sobre las misiones del Marañón y dio a luz por la imprenta, en Madrid, el padre Manuel Rodríguez, que desempeñaba en la Corte el cargo de procurador de esas mismas misiones por la provincia de Quito. El Marañón y Amazonas del padre Rodríguez es desigual en mérito histórico; la parte consagrada a la narración de los trabajos y empresas de los misioneros jesuitas es más exacta, que la que destina a referir el descubrimiento y la conquista de las comarcas orientales; carece de noticias precisas sobre los primeros descubridores y conquistadores de aquella región, y la narración de las vidas de los misioneros, al fin, llega a cansar, pierde el interés y apaga la curiosidad, con una cierta languidez monótona, que comunica a las páginas del libro no poca pesadez y desaliño. El lenguaje tiene corrección, y el estilo adolece de amaneramiento y de falta de naturalidad, pecando de ampuloso y de declamador en algunos puntos. La Condamine miraba con desdén el libro del padre Rodríguez, y la Congregación del Índice lo puso entre las obras prohibidas. Comprende solamente la historia de los cuarenta primeros años de las misiones del Amazonas y lleva, como apéndice, un resumen cronológico de toda la historia de la América, que no carece de verdadero mérito36.

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Otro autor jesuita, de nación italiano, misionero él mismo en el Marañón, el padre Pablo Maroni, redactó y compiló en castellano una historia prolija de las misiones de los jesuitas en el Amazonas. El padre Maroni tuvo en su mano para componer su obra numerosos apuntes, diarios, narraciones y otros documentos manuscritos de los archivos del colegio de Quito y de las casas de las misiones, y supo servirse de ellos con acierto y fidelidad; abunda en noticias, narra con ingenuidad y se manifiesta sincero en sus apreciaciones. Su piedad le induce a dar crédito a hechos casi inverosímiles, que refiere con candor; y el amor a su instituto le inspira entusiasmo al contar las proezas evangélicas de sus hermanos y colegas. El estilo es sencillo; el lenguaje pudiera calificarse de puro, si, acaso, no tuviera tantos italianismos, los cuales hacen conocer que el autor redactaba su historia en un idioma que no era el suyo materno.

La obra del padre Maroni permaneció inédita hasta fines del siglo pasado, en que la sacó a luz en el Boletín de la sociedad geográfica de Madrid el docto americanista Jiménez de la Espada, enriqueciéndola con apéndices curiosos e ilustrándola con notas eruditas. La obra   -68-   comprende la historia de casi un siglo completo37.

Entre los trabajos históricos de los jesuitas sobre las misiones de Mainas merece un recuerdo especial la obra del padre Carlos Brentano, titulada Loyoloeus Amazonicus, escrita en latín, con elegancia y esmero, a juzgar por los pocos renglones que de ella se han conservado; por desgracia, el único ejemplar que de esta obra existía era manuscrito, y se perdió con motivo de la muerte del autor, acaecida en un pueblo de Italia, cuando el Padre iba a Roma como procurador de la provincia de Quito.

Sobre el viaje de Tejeira y el descubrimiento, que entonces se verificó del Amazonas, hay una relación anónima, que, con fundamento se puede atribuir también a uno de los jesuitas de Quito. En esta relación se leen párrafos idénticos a los de la obra del padre Acuña, y su autor parece haber recorrido los sitios que describe. Escrito en lenguaje correcto y en estilo ameno, el trabajo del jesuita anónimo tiene mérito notable no sólo como documento histórico contemporáneo, sino también como pieza literaria de buen gusto. Se conservaba inédita hasta que la publicó en el mismo Boletín de la Sociedad   -69-   Geográfica de Madrid el ya citado americanista Jiménez de la Espada38.

Injusto sería tratando de los escritos históricos relativos al descubrimiento y conquista de la banda oriental y a las misiones establecidas en ella para convertir al cristianismo las tribus salvajes de los indígenas, pasar en silencio el opúsculo del padre fray Laureano de la Cruz sobre las misiones de los franciscanos de Quito entre los encabellados, los abigiras y los omaguas. La relación del Nuevo descubrimiento del Amazonas es un trabajo sencillo, sin pretensiones literarias, y tan natural y tan sincero en el modo de narrar los hechos, que deleita y encanta, poniendo de manifiesto el alma candorosa del autor, que no sacrifica la verdad a las exigencias del buen nombre de su Orden. Hay ciertas descripciones y pinturas de costumbres, en las cuales pudiéramos decir que el padre Laureano dio con el secreto de la bella sencillez helénica, sin quererlo ni intentarlo de propósito; la lectura es amena y la autoridad histórica de testigo coetáneo, indisputable. También esta obra se conservó inédita hasta nuestros tiempos; y de las tres ediciones que hasta ahora se han hecho de ella, por desgracia, ninguna es esmerada ni correcta39.

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Lugar notable, no sólo como documento histórico fehaciente, sino como obra literariamente correcta y bien escrita, merece ocupar entre los tratados sobre las misiones del Amazonas el Informe del doctor Riofrío y Peralta; lo hemos citado ya en otro lugar, y aquí vamos a añadir una palabra acerca del autor. Era el doctor don Diego de Riofrío y Peralta natural de Loja y descendiente de una familia noble de aquella ciudad; educose en Quito, en el Seminario de San Luis; obtuvo el grado de Doctor en Teología y sirvió largos años el cargo de párroco del curato de Santa Bárbara en esta capital. Falleció en Madrid poco tiempo después de su llegada a España, para presentar al Rey su informe sobre las misiones.

El doctor Riofrío era hombre activo, diligente y de prendas naturales nada comunes para llevar a cabo con éxito feliz empresas arriesgadas y difíciles; para el trabajo, fuerte y constante; y en los peligros, sereno; conocido de todos como emprendedor y de ánimo esforzado, su viaje a las comarcas orientales de misiones no fue la primera   -71-   obra ardua, a la cual dio cima felizmente; antes había desempeñado comisiones importantes por encargo de la misma autoridad eclesiástica40.

Su informe es verídico y desapasionado. Poseído de la importancia de su comisión y lleno de pundonor para desempeñarla a satisfacción de su prelado, no ahorró fatiga alguna y habló al Consejo de Indias con la sinceridad propia de un sacerdote al dirigirse a su rey. Escribía el castellano con corrección y propiedad; supo prescindir   -72-   de consideraciones ociosas y, sin esfuerzo, mantuvo la sencillez y sobriedad de estilo, que tanto convienen a documentos oficiales de la clase de aquellos a que pertenecía su informe.




II

Volvamos ahora nuestra atención a los que pudiéramos llamar historiadores generales del tiempo de la colonia. Sólo un nombre, el del padre Juan de Velasco, merece los honores del recuerdo; y solamente una obra, la Historia del Reino de Quito, es acreedora al homenaje del análisis crítico. En la Antología de prosadores ecuatorianos, tal vez, como una curiosidad bibliográfica, o, acaso, por un exceso de indulgencia, se le ha dado cabida y se ha citado con elogio a Rodrigo de Ocampo; pero Rodrigo de Ocampo, no fue historiador, ni su Descripción del Reino de Quito tiene mérito literario alguno41.

Esa obra fue trabajada por comisión del diocesano de Quito, para dar cumplimiento a una expresa disposición del Gobierno de Madrid; pero, cuando la Descripción estuvo ya concluida y se presentó al Real Consejo de Indias, aquel augusto tribunal la mandó examinar, y del examen se dedujo que era indigna de los honores de la publicidad, y la licencia para que se imprimiera fue   -73-   negada. En efecto, el estilo es tan arrastrado, que traspasa los límites de la más vulgar familiaridad; el lenguaje desaliñado hasta la incorrección gramatical, y el método sin elevación ni dignidad; afean la descripción los no pocos hechos, que el autor relata calificándolos ligeramente de portentos sobrenaturales, sin respeto al fallo de la Iglesia, y carece de un criterio ilustrado para discernir lo verdadero de lo falso y el suceso verdaderamente histórico, de la simple leyenda.

Como documento para la narración creemos haber hecho uso, con recto criterio, de la Descripción de Quito compuesta por Rodrigo de Ocampo; pero, como obra literaria, esperamos que a nadie le parecerá injusto el juicio que acabamos de dar acerca de ella. También esta obra, como otras de que hemos hecho mención antes, permaneció inédita hasta el año de 1897, en que la dio a luz el mismo americanista Jiménez de la Espada, en el Tomo tercero de sus Descripciones geográficas de indias. Aquel insigne erudito no consideraba la obra de Ocampo como una pieza de mérito literario, sino como un mero documento histórico.

El padre Juan de Velasco fue natural de la antigua ciudad de Riobamba, descendiente de una de las más nobles familias de aquel lugar y religioso de la Compañía de Jesús, cuyo instituto abrazó después de haber recibido el presbiterado como clérigo secular. Velasco enseñó un curso de Filosofía en Quito, y se hallaba ocupado en el colegio de Popayán cuando aconteció la expulsión de los jesuitas; deportado a Italia con sus demás colegas de religión, estableció su residencia   -74-   en Faenza, y allí, en avanzada edad, acabó los días de su vida, entregado al estudio y a la composición de su obra predilecta sobre la historia de Quito.

Para escribir esta historia, se preparó mucho de antemano, leyendo cuantas obras impresas y manuscritas se relacionaban con su asunto, consultando los archivos de los colegios de los jesuitas y viajando por todas las provincias principales así de la sierra como de la costa, en todo lo que ahora es territorio de la República ecuatoriana. Velasco era curioso, observaba con diligencia hasta los objetos más menudos e insignificantes, se ponía en comunicación familiar con los indígenas, cuya lengua materna entendía y hablaba perfectamente, y sentía por lo antiguo esa pasión afectuosa, tan propia de los grandes historiadores; su alma noble se complacía con amor en la investigación de los fenómenos de la naturaleza, y de los usos y costumbres, tradiciones y monumentos de los pueblos indígenas; pero, por desgracia, su criterio histórico era estrecho y su ánimo muy propenso a la credulidad, y, por esto, en sus obras históricas abundan los datos equivocados y las aseveraciones falsas. Para formar juicio exacto acerca de su mérito verdadero así científico como literario, es indispensable examinarlo desde dos puntos de vista distintos, como naturalista y como historiador.

En la Historia del Reino de Quito hay un libro entero consagrado a la narración de los fenómenos puramente naturales, y a esta sección de su obra el mismo autor la ha calificado apellidándola Historia natural; sin embargo, Velasco   -75-   no es un naturalista científico; ignora las clasificaciones sistemáticas adoptadas en su época, y prescinde del método en sus descripciones, así zoológicas como botánicas. El tratado sobre la Historia natural del Reino de Quito es como la descripción preliminar del escenario en que se verificaron los sucesos, que son materia de la narración en la historia política; y el padre Velasco describe ese escenario con toda prolijidad; no son meras pinceladas de historiador, que intenta dar a conocer el medio ambiente físico en que respiran y se mueven los personajes de la narración, las que traza Velasco, son descripciones circunstanciadas, hechas con el propósito deliberado de que se conozca, mediante ellas, la naturaleza del Reino de Quito, y, por eso, divide las descripciones en tres secciones, correspondientes a cada uno de los tres reinos naturales.

Una observación muy curiosa se puede hacer sobre la Historia natural del padre Velasco. El jesuita riobambeño era evolucionista, y creía en una transformación de las especies vivientes, mucho más trascendental que la que después imaginó el famoso naturalista inglés Darwin. El padre Velasco estaba íntimamente persuadido de que los vegetales se convertían en animales, y no de un modo lento y pausado, pasando por una serie de evoluciones sucesivas, sino inmediato, brotando de la semilla madura del vegetal el animal vivo; creía también que los animales muertos se transformaban en vegetales vivos, y que los cabellos humanos se convertían en culebras delgadísimas. Era, sin quererlo, un evolucionismo trascendental. ¿Quién lo creyera?... Hasta   -76-   pensaba en la descendencia simiana del hombre y no la juzgaba imposible...42

La parte más flaca y más defectuosa de la obra de nuestro compatriota es la relativa a la historia de los aborígenes ecuatorianos, en la cual admite y refiere como ciertos varios hechos desnudos hasta de probabilidad. La clasificación de las tribus indígenas carece de fundamentos científicos, y en la historia de los Scyris abundan las fábulas. Como obra escrita de memoria, lejos de la tierra natal, en el país de proscripción, y de una proscripción perpetua; sin libros suficientes, sin archivos ni documentos, son explicables los vacíos que hay en ella, y se disculpan o atenúan las inexactitudes; pero lo falso, lo gratuito, lo puramente imaginativo ¿podrá disculparse en una historia?...Y en la obra del padre Velasco hay sucesos imaginados, no sólo en la parte relativa a los aborígenes, sino también en la que se refiere a la época colonial. El padre Velasco   -77-   ha contribuido, sin intentarlo, a difundir fábulas y a hacerlas populares, y será muy difícil restablecer la verdad.

Si el autor hubiera podido escribir su obra en su propia patria, indudablemente la historia habría salido menos defectuosa y más completa; pero, fiándose sólo de la memoria y ateniéndose solamente a sus recuerdos, ¿cómo no había de resultar con vacíos, con inexactitudes, con equivocaciones? En cuanto al lenguaje, es claro y correcto; el estilo se conserva con el gran mérito de la sencillez y de la naturalidad en toda la obra; y, aunque desciende a una agradable familiaridad, no cae nunca en la bajeza.

En la parte polémica se desempeña con brío y desbarata victoriosamente los conceptos errados de Paw, de Rainal y de Buffon; sin embargo, cuando tropieza con alguna de las preocupaciones erradas que se defendían en su tiempo como verdades inconcusas, desbarra lastimosamente; así acontece en lo que refiere acerca de los gigantes, y en este punto el padre Velasco se quedó atrasado hasta a no pocos de sus mismos compatriotas, que juzgaban que eran huesos de animales desconocidos los que el padre se obstinaba en considerar como esqueletos de gigantes.

El padre Velasco escribió dos obras históricas; la una es la Historia del Reino de Quito, y la otra la Crónica de los jesuitas de la provincia quitense, y, cuando murió el autor, ambas quedaron manuscritas. De estas obras solamente la primera ha sido impresa, y la segunda permanece todavía inédita.

La edición de la primera, aunque fue dirigida   -78-   por una persona inteligente e ilustrada, con todo no corresponde a las justas exigencias de la crítica, y debiera ser hecha, de nuevo, reproduciendo, con escrupulosa fidelidad, el original, tal como lo dejó su autor. Con sobrada razón decía Cevallos, (el anciano historiador ecuatoriano), que la obra del padre Velasco era inferior en mérito a las que sobre Chile y sobre Méjico escribieron sus cohermanos en religión, los padres Molina y Clavijero43.

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Si de la obra de Rodrigo de Ocampo no debe tratar quien pretenda escribir nuestra historia literaria en tiempo de la colonia, de la Relación, que, de la erupción del Pichincha en 1560 escribió el presbítero Romero haremos mención solamente, para dar a conocer a qué extremo de extravagancia llegó la manía del culteranismo en los literatos coloniales del siglo decimoséptimo. Las contorsiones de una imaginación puesta en tormento para evitar, de propósito, la naturalidad; el acaloramiento artificial de la fantasía, que se empeña en dar dimensiones extraordinarias hasta a las más pequeñas circunstancias, y el énfasis, con que se describe y pondera el suceso, harán del escrito del presbítero Romero un monumento curioso del mal gusto que predominaba entonces en nuestra incipiente literatura. Como ejemplar de acabado culteranismo, la Relación del doctor Romero exige lugar de preferencia entre las piezas literarias de la colonia44.

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Recuerdo más honroso reclama, sin duda ninguna, don Juan de Ascaray por sus Series cronológicas de los presidentes de la Real Audiencia y de los obispos de Quito, con las cuales ha prestado un insigne servicio a la historia de la colonia. La obra de Ascaray es muy recomendable por la exactitud con que fija las fechas de los acontecimientos y por la sencilla narración, con que no diremos que los refiere, sino más bien que los recuerda. Los curiosos cuadros del escribano de Quito fueron la primera tentativa de una historia del tiempo de la colonia, y no desmerecen la estimación que de ellos han hecho todas las personas ilustradas, así de dentro como de fuera de la República45.



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III

De los historiadores generales, pasaremos ahora a hablar de los autores de sucesos particulares. Obras de esta clase no las hubo en la colonia, o, si las hubo, se han perdido y no tenemos al presente noticia de ellas. El género biográfico presenta algunos escritores. Mencionaremos en primer lugar la Historia del Apóstol Evangelista San Juan, escrita en latín por el padre Domingo Coleti, jesuita veneciano, residente en   -82-   el Colegio de Quito, el año de 1761; el original latino se conserva todavía inédito en la Biblioteca Nacional, y sólo se dio a la estampa en Lima la traducción castellana. Es obra erudita y sólida, el latín correcto y fácilmente elegante. El autor da pruebas de haber estudiado despacio el asunto, en las fuentes de erudición eclesiástica más autorizadas entonces46.

La biografía de la Bienaventurada virgen quiteña María Ana de Jesús ejercitó la pluma de tres autores distintos. El primero fue un jesuita guayaquileño el padre Jacinto Morán de Butrón, en cuya obra se notan los defectos comunes a todos los autores, que en aquel tiempo escribieron vidas de santos. Erudición pesada e inoportuna, recuerdos intempestivos de la mitología   -83-   clásica, greco-latina, amplificaciones retóricas de mal gusto y completa ignorancia del arte histórico, tales son los defectos que afean la obra del padre Morán47.

No carece enteramente de ellos, aunque es más sencilla y menos pesada, la Vida escrita por el doctor Jijón y León; y la única que se acerca más a la naturalidad, que debe ser la dote principal que caracterice esta clase de escritos, es la del canónigo don Juan del Castillo, compuesta en castellano y vertida al italiano e impresa en Roma, con motivo de la beatificación de la sierva de Dios. Sin embargo, ninguna de las tres vidas de la Santa ha llegado a ser popular entre nosotros, y la Azucena de Quito está esperando todavía el libro, que, en su propia patria, la dé a conocer bien a sus compatriotas48.

Todas tres obras pudieran calificarse más bien de libros ascéticos que de escritos   -84-   históricos. Ninguno de los tres biógrafos ha sospechado siquiera el secreto de hacer revivir, por medio de la narración, a la doncella ecuatoriana en medio de la sociedad quiteña de su época, y la Mariana de Jesús de sus vidas es una quiteña, que aparece de repente en un medio social desconocido; el lirio de Quito es un lirio que brota artificialmente, como flor de salón, ¡dentro de un va so de vidrio! Por esto, el lector no acierta a darse cuenta de los motivos providenciales, que explican la santidad de Mariana de Jesús, y esa vida corta, que comienza con el dolor corporal, buscado e intentado adrede, y acaba rápidamente, merced a la más sangrienta mortificación y al más heroico sacrificio, queda ahí ante el lector asombrado, como un enigma sobrenatural, pavoroso e inexplicable. ¿Qué es lo que falta? El conocimiento, claro y completo, de la sociedad colonial, en la época de la vida de la virgen quiteña.

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Asimismo libro místico es la biografía de otra quiteña singular, Juana de Jesús, compuesto por un franciscano del convento de San Diego de Quito. Lo sobrenatural se acumula de tal modo en la economía de la santificación de la Terciaria franciscana, y son tantos los carismas extraordinarios y las revelaciones y visiones, referidos por el biógrafo, que el ánimo del lector se queda suspenso entre la admiración y la duda, y no acierta a dar pleno crédito a tan ta maravilla49.

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La Vida de Juana de Jesús no es el único libro de esa literatura místico-biográfica del tiempo de la colonia; todavía se conservan manuscritos otros dos; uno sobre una religiosa de Santa Clara y otro sobre una monja dominicana del monasterio de Santa Catalina de Quito. El primero fue escrito por el confesor de la religiosa clarisa; y el segundo tiene de particular el haber sido redactado por la misma dominicana, y pudiera calificarse de una autobiografía de la misma escritora. Como en estos libros se trata de cosas sobrenaturales, nosotros no podemos pronunciar nuestro juicio acerca de ellos; ese juicio está reservado a la Silla Apostólica, y hemos hablado   -87-   de ellos solamente para hacer notar ese rasgo, dirémoslo así, de la fisonomía literaria del tiempo de la colonia.

En estos libros el lenguaje es correcto y la erudición aparatosa, según el gusto de la época; el estilo no carece de cierta gracia natural y espontánea en varias de sus páginas, escritas con un candor místico apacible.

La literatura mística, que parece debiera haber sido muy rica y abundante en el Ecuador en tiempo de la colonia, fue, en realidad, tan pobre y tan escasa que apenas cuenta dos obras, y aun pudiéramos decir una sola, pues una de esas dos obras está en latín.

Las dos obras místicas de que hablamos son el Compendio de la Vida espiritual, escrito por el padre Juan Camacho, jesuita, confesor de la Beata Mariana de Jesús, y la Práctica del devoto de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, compuesta por el padre José María Maugeri, también de la Compañía de Jesús.

El libro del padre Camacho está escrito en latín, y es un resumen o verdadero compendio de la obra extensa, que, asimismo en latín, escribió, con el título de Tratado de la Vida espiritual, el padre Diego Álvarez de Paz, jesuita español, y uno de los más célebres, que, en el siglo decimosexto, vinieron al Perú. El padre Camacho ha compendiado con mucho acierto al padre Álvarez de Paz, exponiendo, en latín correcto y sencillo, la sustancia de toda la doctrina ascética contenida en la voluminosa obra del piadoso rector del Cuzco. Sin embargo, el compendio del padre Camacho fue muy poco leído, y no   -88-   ejerció influencia ninguna ni en el clero regular ni en el secular del tiempo de la colonia; y hoy, como muchos otros libros americanos, ha venido a ser una curiosidad bibliográfica50.

No es menos raro el libro u opúsculo del padre Maugeri, y parece que en la colonia se difundieron muy pocos ejemplares de la Devoción á los Corazones de Jesús y de María. Muchos libros se han publicado sobre este asunto; y, a pesar de eso, todavía el opúsculo del padre Maugeri pudiera reimprimirse, con la seguridad de ser muy bien aceptado, por la sencillez de su estilo, la solidez de su doctrina y la piedad que respira en cada una de sus páginas; es libro destinado para el pueblo, y no desmerece nada ante el criterio de las personas más ilustradas51.

Entre los libros místicos del tiempo de la colonia mencionaremos también un opusculillo escrito por el padre fray Fernando de Jesús Larrea, religioso franciscano del Convento de San Diego de Quito; su título es Remedio universal   -89-   en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo; la obra es pequeña y sin pretensiones de literaria, pero está llena de unción cristiana. El padre Larrea era varón sólidamente virtuoso; fundó los conventos de Cali y de Popayán, y en la primera de estas dos ciudades murió en edad ya avanzada. Su estilo es llano, sencillo, popular, cual conviene a escritos de devoción, destinados, para toda clase de lectores. ¿Quiénes leen los libros piadosos, sino las gentes sencillas del pueblo, para quienes un libro es tanto mejor cuanto es más claro?...52




IV

La oratoria sagrada tampoco es notable, y entre los discursos, oraciones fúnebres, pláticas y sermones que existen impresos o que reposan manuscritos, no hay una sola obra de mérito sobresaliente; se echa de menos en todas ellas la unción evangélica, y en no pocas, hasta la sólida doctrina teológica; el uso de los textos de la Escritura Santa es gerundiano, y el estilo pretensioso, sin verdadera elevación53.

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No hay género de literatura comparable con el de la elocuencia sagrada en punto a la abundancia de composiciones así impresas como manuscritas; pero el mérito está en razón inversa respecto de la abundancia. La literatura sagrada en las colonias hispanoamericanas no podía menos de seguir las huellas de la literatura castellana en la Metrópoli; y así sucedió, en efecto. Mas como, cuando comenzaron los estudios en las colonias, ya el buen gusto se había extraviado mucho en España, las producciones literarias americanas aparecieron infestadas necesariamente de la peste del culteranismo; y, después de la poesía, ningún género de literatura se vició tanto como la elocuencia sagrada.

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Los predicadores de Quito gustaban de antítesis sorprendentes y de proposiciones más ingeniosas que sólidas; hacían mucho uso de circunlocuciones conceptuosas y de metáforas oscuras, temiendo la sencillez y huyendo adrede de la naturalidad; tenían como punto de honra manifestarse conocedores de la escolástica, empleando los términos propios de la escuela, hasta en los sermones dirigidos al pueblo; y no dejaban también de profanar la cátedra sagrada con lisonjas y adulaciones a los poderosos.

En ninguna parte se corrompió tanto como en España la elocuencia sagrada durante casi dos siglos enteros, y no debemos maravillarnos de que los predicadores del tiempo de la colonia hayan   -92-   estado contaminados de culteranismo en su lenguaje y de gerundianismo en su estilo y en sus maneras oratorias.

De grande fama gozaron a mediados del siglo decimoctavo el canónigo Chiriboga y Daza, el jesuita Milanesio y el doctor Maximiliano Coronel, Magistral de la catedral de Quito. El padre Milanesio tiene rasgos verdaderamente elocuentes, pensamientos elevados y observaciones prácticas admirables en sus Doctrinas; pero desciende hasta lo plebeyo en su lenguaje y mezcla la fábula griega con la Biblia, y cita a la vez a los Padres de la Iglesia y a los poetas latinos. En esas mismas Doctrinas hay cuadros de costumbres populares, pintados con pinceladas de mano maestra. El canónigo Chiriboga es erudito, fácil y pomposo; tiene facundia; pero carece de elocuencia. El Magistral Coronel es un disertador verboso más bien que un predicador elocuente; como el padre Milanesio y el canónigo Chiriboga, hace alarde de citas mitológicas; y en sus enumeraciones llega a cansar, por lo estudiado y rebuscado de ellas; cuando amplifica un pensamiento da en ampuloso, y no acierta a nombrar un objeto, sin anteponerle dos y hasta tres calificativos. La fama de que gozaron estos oradores manifiesta que en Quito, en aquella época, había un mal gusto dominante, y que la noble sencillez de la predicación evangélica se consideraba como un defecto, del cual procuraban, por medio del amaneramiento, huir los predicadores.

La oratoria académica no existía realmente, y de ese género de elocuencia no se conservan sino tan sólo cuatro piezas literarias: una en latín   -93-   y tres en castellano. De las tres que están en castellano, el Discurso de Espejo á los socios de la Concordia es la mejor indudablemente54.

La literatura forense debió haber sido abundante; pero no hablaremos aquí más que dos solos alegatos impresos, ambos dignos siquiera de un recuerdo. El primero fue obra del padre dominicano fray Ignacio de Quesada, y lo presentó ante el Real Consejo de Indias, para solicitar la licencia de la fundación del Convictorio de San Fernando, con los privilegios y monopolio de Universidad; contra el alegato del padre Quesada trabajó y presentó el suyo, el padre Pedro   -94-   Calderón, de la Compañía de Jesús. Leyendo el escrito del dominicano, da uno entero crédito a cuanto dice, porque habla con tanto aplomo, que no puede menos de arrancar el convencimiento del lector; pero comiénzase, asimismo, a pasar la vista por las páginas del alegato del jesuita, y la luz va brotando, con tanta abundancia, que, al fin, la obra del dominicano se deshace, se desvanece y no queda en el ánimo más que un sentimiento de honda tristeza y hasta de vergüenza, considerando cómo pudo desfigurar la verdad un religioso, un sacerdote, en un documento presentado ante el Tribunal más augusto que había en la colonia. La obra del padre Calderón es un monumento de lógica; ¡el alegato del padre Quesada queda pulverizado!...55



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V

Habiendo hablado de las obras escritas en prosa, tiempo es ya de que digamos una palabra siquiera sobre las que se escribieron en verso. Hay una antigua colección de producciones literarias rimadas, debidas, en gran parte, a Evia y a otros ingenios que gozaban de la fama de poetas, a mediados del siglo decimoséptimo, cuando el culteranismo había acabado con el buen gusto en España y en sus colonias de América. El maestro Evia es un versificador conceptuoso, infestado de culteranismo, y de un culteranismo tan oscuro, que hace casi imposible la lectura de   -96-   sus versos; y en una época más ilustrada y de mejor criterio literario el Ramillete de varias flores poéticas habría provocado la risa y no el aplauso de sus lectores56.

En tiempo de la colonia no hubo ni un solo ingenio que hiciera del cultivo de la poesía, por amor a la belleza del arte, una profesión seria y elevada; los jesuitas componían versos, por esparcimiento honesto y para descanso del ánimo, fatigado en la ardua labor de los estudios profesionales. Los asuntos cantados en estos ejercicios poéticos son todos sagrados; pero, por una aberración censurable, en algunos la seriedad y la dignidad han sido reemplazadas por las burlas y los donaires, burlas y donaires con sal desabrida y chocante mal gusto.

Los Padres de la Compañía cultivaron en Quito, según la costumbre de su Orden, también la poesía latina, y de ella han llegado hasta nosotros algunos trabajos, recomendables por la pureza   -97-   con que está manejada la lengua latina, y por la hermosura de la versificación, aunque el fondo sea en muchos epigramas no sólo común, sino hasta trivial.

Los jesuitas de la provincia de Quito, desterrados en Italia, se consagraron al cultivo de las letras y llenaban el vacío de su vida de proscritos, componiendo versos y aun poemas enteros, en italiano y en castellano. De estas obras poseemos, por fortuna, una colección numerosa, sobre la cual trabajará más detenidamente la crítica literaria, cuando se escriba de propósito una historia de la literatura ecuatoriana57.

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Entre los jesuitas proscritos en Italia no faltaron algunos dignos de honrosa mención especial, como los padres Juan Bautista Aguirre y Ramón Viescas, que en una tierra tan ilustrada como Italia, merecieron justas consideraciones y se granjearon renombre de varones eminentes y verdaderamente doctos; su gloria será, a no dudarlo, un timbre de honra para la patria ecuatoriana.

Los jesuitas debieron haber sido en tiempo de la colonia los más ilustrados entre todos los religiosos que había entonces en Quito: ¿no eran, acaso, ellos los maestros más acreditados de la juventud en aquella época?... Sin embargo, en las producciones poéticas, que de los literatos de la Compañía han llegado hasta nosotros, no hay obra ninguna verdaderamente perfecta; el buen gusto está desterrado de todas ellas, y en todas ellas el culteranismo conceptuoso domina y prevalece, a expensas de la naturalidad. La Conquista de Menorca, compuesta por el padre Orozco, es la única pieza literaria no indigna de trasmitirse con elogio a la posteridad, en la historia de la literatura ecuatoriana durante el tiempo de la dominación colonial; canto épico, más bien que poema heroico, la Conquista de Menorca tiene   -99-   unidad histórica, de la cual era imposible que se apartara el poeta, trabajando sobre un asunto moderno, cuyas circunstancias eran de todos conocidas. Los recursos de la mitología clásica, con que Orozco pretendió hermosear su poema, lo hacen ridículo; y repugna esa mezcla infeliz de lo cristiano con lo pagano; empero esmaltan este canto, de veras épico, primores de elocución poética admirables, pensamientos valientísimos y versos artísticamente forjados. Hay unas cuantas octavas reales trabajadas con mano diestra, por lo sonoro de los versos, lo atinado de las pausas y lo bien distribuido de los acentos métricos. El Ecuador en tiempo de la colonia no tuvo, pues, más que un poeta digno de ese nombre, y ese fue el padre José de Orozco, nativo de la antigua Riobamba; los otros jesuitas versificaban con soltura, pero no merecen el renombre de poetas. Después de Orozco, Viescas es en quien el numen de la poesía brilla con una cierta apacible y correcta claridad58.

Por fortuna, algo podemos juzgar acerca de las teorías literarias que enseñaban los jesuitas a sus alumnos en punto a la poesía, pues se conserva todavía un breve tratado de Poética, escrito en latín por el padre Ayllón. Por una aberración   -100-   lamentable, la enseñanza elemental de la más hermosa de las Bellas Artes se continuaba dando en latín, y los ejemplos no podían menos de estar en latín, con manifiesto perjuicio para el mejoramiento del buen gusto en el cultivo de la poesía castellana. Hay en la Poética del padre Ayllón indicaciones muy atinadas sobre la elocución poética; su criterio es rigurosamente clásico respecto de la esencia de la poesía y de la división de los géneros poéticos, sostiene la necesidad imprescindible del verso para que haya poesía, define mal la comedia, sus advertencias sobre la tragedia son demasiado superficiales aun para un compendio elemental, y se detiene largamente en dar reglas minuciosas y en proponer ejemplos sobre la manera de fabricar esas fruslerías métricas, que tan del gusto de los padres jesuitas fueron, por desgracia, en los últimos tiempos de su instituto, y en las cuales ejercitaban tan a menudo estérilmente las fuerzas de su ingenio59.

Mas no eran los jesuitas los únicos que cultivaban la poesía y componían versos en tiempo de la colonia, pues hasta entre las mujeres no faltaron quienes rindieran culto a la musa castellana. En el antiguo monasterio de religiosas franciscanas Concepcionistas de la ciudad de Ibarra existió, indudablemente, una monja desconocida,   -101-   cuyo nombre se ha sepultado en el olvido, la cual sabía pulsar con sencilla gallardía la lira mística; en sus composiciones hay bastante buen gusto, donosura en la expresión y fluidez en los versos. Esa poetisa anónima ha debido existir a mediados del siglo decimoctavo, y sus trabajos literarios, seguramente no estaban destinados a la publicidad; nacieron dentro del recinto del monasterio, para devoto solaz de las monjas, y habrían desaparecido del todo ignorados, si la paciente sagacidad de uno de nuestros escritores contemporáneos no los hubiera salvado de la destrucción60.




VI

Un jesuita italiano, el ya mencionado padre Coleti, de regreso a su patria, a la cual tornó expulsado de Quito, se consagró, con laudable afán, a componer un Diccionario geográfico de toda la América. Esta obra fue dada a luz   -102-   en Venecia, y tiene, sin disputa, el mérito de haber contribuido al mejor conocimiento de la geografía del Nuevo Mundo; pues, aunque la obra del padre Coleti no carezca de defectos, con todo en Italia fue el primer libro de este género; y habría gozado de mayor celebridad, si el Diccionario de don Antonio de Alcedo no hubiera hecho casi inútil el de Coleti.

También Alcedo pudiera considerarse como ecuatoriano, pues nació en Quito; pero salió de esta ciudad siendo todavía muy niño, y toda su educación la recibió y perfeccionó en España, al lado de su padre, el ya conocido y varias veces mencionado en esta historia, don Dionisio de Alcedo y Herrera61.

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Como hemos comenzado a hablar de trabajos geográficos, es muy justo que recordemos con elogio los que practicó en la región amazónica el padre Samuel Fritz, el célebre misionero de los Omaguas. Este jesuita fue el primero que levantó el mapa de la hoya del Amazonas, trazando el curso del gran río y de sus afluentes, con mucha paciencia y prolijidad, después de viajes numerosos, excursiones penosas y molestias imponderables; el Mapa del padre Fritz no es sólo el primero del Marañón y Amazonas, sino también el más curioso, porque fija el punto de la residencia de parcialidades indígenas y de centros de reducciones, que han ido desapareciendo después; por lo cual tiene importancia como documento para la geografía y para la antropología sudamericana. Con fundamento razonable, pudiera   -104-   observarse que el mapa no había sido levantado de un modo de veras científico, pues los instrumentos de que se sirvió el misionero jesuita para practicar las observaciones geográficas y los cálculos geométricos eran muy imperfectos; mas no por esto la obra deja de ser muy recomendable. El padre Fritz hizo desde las playas del Marañón un viaje a Lima y presentó al Conde de la Monclova, entonces virrey del Perú, un ejemplar del mapa, con un manuscrito en que lo explicaba; el Virrey le hizo no pocas observaciones al jesuita y le manifestó, con franqueza, su desconfianza en punto a la exactitud geográfica del mapa; y, dando cuenta al Rey acerca de la obra del misionero, emitió sobre ella un voto desfavorable62.

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Sin embargo, la carta del padre Fritz fue el primer ensayo geográfico de esas vastas regiones orientales del centro del continente meridional americano, hasta ahora todavía no completamente exploradas ni exactamente descritas. Sobre   -106-   la carta del misionero alemán han trabajado los viajeros y los geógrafos, que después han recorrido esas comarcas y surcado las aguas del Amazonas.

Uno de esos geógrafos y viajeros fue don   -107-   Pedro Vicente Maldonado, a quien debemos la mejor Carta geográfica, que de la antigua presidencia de Quito y hoy República del Ecuador, se haya levantado hasta ahora. Varios mapas de nuestra República se han trazado después, pero el de Maldonado continúa siendo todavía, sin disputa, el más completo, el más exacto, el más fiel, el mejor trazado. La Condamine lo tuvo como documento precioso para la Geografía descriptiva   -108-   de América, y Humboldt lo elogió calificándolo de una de las mejores cartas geográficas, que de las posesiones europeas ultramarinas se tenían entonces, y el tiempo no ha desmentido el elogio de aquel insigne sabio.

El mapa de Maldonado es obra de un criollo riobambeño, de mediados del siglo decimoctavo. ¿Dónde aprendió ese criollo las matemáticas? ¿Dónde estudió la geografía? ¿Quién le inició en la astronomía? ¿Cómo supo manejar instrumentos de ciencias, que eran desconocidas en la oscura colonia de Quito?... Maldonado estudió en el colegio Seminario de San Luis de Quito; pero ¿qué aprendió allí? Lo único que entonces se enseñaba en ese establecimiento de instrucción pública, a saber el idioma latino y la filosofía escolástica; cursó la Física, dictada entonces, es decir lo que entonces se llamaba, Física, que era lo que sobre la generación y la corrupción habían dicho los escolásticos, siguiendo a Aristóteles. Maldonado aprendió, pues, las matemáticas por sí mismo, y él mismo fue para sí su propio maestro. Su hermano, don José, sacerdote de costumbres ejemplares, era instruido en ciencias naturales, y de este hermano recibió Maldonado la afición al cultivo de las ciencias y las primeras lecciones de ellas; y, para aumentar sus conocimientos, le valieron muy mucho el trato y la amistad con los académicos franceses.

En compañía de La Condamine emprendió su viaje a Europa, y, mientras el sabio francés tomaba el camino de Jaén para atravesar el Pongo de Manseriche, Maldonado bajó por Baños a Canelos, se embarcó en el Pastaza y salió al   -109-   Marañón, visitando e inspeccionando así la región oriental bañada por el Topo, el Bobonaza y el Pastaza; en el pueblo de la Laguna se reunió con La Condamine, y asociado con él siguió hasta el Pará, donde se embarcó directamente para Lisboa. En Europa Maldonado visitó Francia, Bélgica y Holanda; residió en Madrid algún tiempo, pasó a París y, al fin, murió en Londres, cuando se preparaba para regresar a su patria entonces era todavía joven, estaba en el vigor de la edad y una muerte prematura desvaneció las esperanzas y los proyectos, que para el mejoramiento de su país natal había formado. Falleció el 17 de noviembre de 1748, cuando aún no había completado ni los cuarenta años de edad.

Ni antes en la época de la colonia ni después en tiempo de la República ha habido un ecuatoriano tan ilustre como Maldonado: culto, urbano, caballeroso, de maneras exquisitas, valiente, magnánimo, amante de su patria como ninguno, dotado de ingenio sobresaliente, aprende por sí mismo ciencias que entonces en su país nativo no eran cultivadas, y llega a ser en ellas no sólo instruido sino sabio, y sabio hasta el punto de merecer que la Academia de Ciencias de París y la Sociedad Real de Londres le honraran, reconocieran su mérito y le condecoraran con el título de miembro honorario de ellas...63

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Su descripción de la provincia de Esmeraldas es el único trabajo que se ha salvado de la triste suerte, que les cupo a los manuscritos, dibujos y papeles después del fin prematuro del autor. El mapa no logró verlo grabado en su vida; y un siglo y medio hubo de transcurrir, para que una obra que honra tanto al Ecuador saliera del olvido a que parecía condenada para siempre. Nosotros nos maravillamos no de que Maldonado haya llegado a ser un sabio, sino de que haya alcanzado a serlo sin maestros, casi sin libros, sin instrumentos, en un país, donde, ahora   -111-   todavía, conseguir levantarse sobre las medianías sería empresa dificilísima y casi irrealizable...64




VII

Casi al mismo tiempo que fallecía Maldonado en Inglaterra, nacía en Quito Espejo, el ecuatoriano más célebre y más extraordinario, sin duda ninguna, entre todos cuantos ecuatorianos se han hecho famosos en la política. Espejo fue uno de esos ingenios superiores, cuya visión intelectual se dilata mucho más allá del horizonte de las ideas comunes, creídas y aceptadas como   -112-   verdades indiscutibles en su tiempo. Era hijo de un hombre humilde, de baja condición social, sumamente piadoso y poco conocido en Quito; pues el padre de Espejo no nació en esta ciudad sino que vino a ella, siendo todavía niño, traído en calidad de paje por un religioso betlemita, llamado el padre fray José del Rosario; pertenecía a la raza indígena y era oriundo de las cercanías de Cajamarca en el Perú, y su mismo apellido de Chuzhill denunciaba claramente su origen. Este hombre, pobre y casi sin fortuna, logró dar   -113-   al mayor de sus hijos una educación esmerada y una posición social muy superior a su clase65.

El doctor don Francisco Javier Eugenio de Santacruz y Espejo, a quien nuestros mayores llamaban el sabio Espejo, fue literato, crítico, médico, periodista y gran político, en una época, en que, en Quito, se carecía casi de todo recurso para no languidecer tranquilamente en la ignorancia. Espejo conocía la literatura latina clásica, estaba versado en la lectura y en el manejo de los mejores escritores castellanos y escribía con naturalidad, aunque sin elegancia; su lenguaje es claro, correcto, y su estilo, bastante noble cuando trata asuntos serios. En su Nuevo Luciano dio muestras de su talento crítico, censurando el sistema de estudios que entonces prevalecía en la colonia; y, aunque en las teorías literarias expuestas y sostenidas por nuestro compatriota, no haya en rigor nada nuevo ni original en el fondo; con todo, atendida la rutina colonial, los conocimientos que manifiesta Espejo y sus ideas literarias son no sólo nuevas y originales,   -114-   sino hasta temerarias y atrevidas. Como crítico, Espejo tiene el mérito de haber sido el primero que combatió de frente y con audacia el mal gusto, entonces dominante en todo género de literatura; todos los literatos se contentaban con saber lo que antes se había sabido en Quito; Espejo no se satisfizo con lo que envanecía a todos...

La Medicina era ignorada en Quito en aquel tiempo, y Espejo se consagró al estudio de ella y alcanzó licencia para ejercerla; sirviole mucho para granjearse pronto reputación de médico docto y acertado la observación experimental, que había logrado hacer desde niño en el hospital de Quito, al lado de su padre, que, con fidelidad ejemplar, continuó sirviendo a su patrón, el padre José del Rosario, hasta que éste falleció. El padre del Rosario era español de nacimiento, médico muy acreditado y, además farmacéutico; llegó a una edad muy avanzada y murió ciego, en Quito.

El estudio de la Medicina era entonces muy sencillo, muy corto y fácil; no era la Medicina científicamente tratada lo que se aprendía, sino más bien lo que ahora llamamos medicina doméstica. Espejo se dedicó con afán a estudiar en los libros y a observar en la naturaleza; y en sus escritos sobre asuntos relacionados con la Medicina nos ha dejado sobre la higiene pública de Quito y de los moradores de la capital observaciones y advertencias que todavía tendrían muy útil aplicación66.

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Espejo fue, como ya lo hemos referido antes, el primer bibliotecario público, y tiene también la gloria de haber sido entre nosotros el iniciador del periodismo y el primer periodista del Ecuador en tiempo de la colonia. Como Secretario de la Sociedad Patriótica de amigos del país, fundada en Quito en tiempo del presidente Muñoz de Guzmán, Espejo fue el encargado de escribir y de dar a luz el periódico, que los socios resolvieron fundar; y Espejo fundó ese periódico, y lo sostuvo con entusiasmo. El jueves, cinco de enero de 1792, salió de la imprenta de Raimundo de Salazar el número primero del primer periódico que hubo en Quito; su nombre   -116-   es modesto, al par que significativo; llamábase las Primicias de la cultura de Quito67.

Enteramente literario, el periódico fue acogido con aplauso y admiración y causó uno como despertamiento de los ingenios ecuatorianos en la colonia; mas, por desgracia, la vida del periódico fue efímera, y, el 29 de marzo, a los tres meses de fundado, se publicó el número 7.º, que fue el último de las Primicias de Quito. La forma es pequeña, la edición desgreñada, como ejecutada en mal papel y en una imprenta ya muy gastada; pero el fondo merece aplauso. Espejo   -117-   se lanzó derecho hacia un blanco nobilísimo, la reforma de la instrucción primaria en la colonia... Ahora, cuando ha pasado ya más de un siglo desde aquella publicación, leyendo lo que en ella se advertía sobre las escuelas primarias de entonces, preguntamos angustiados ¿y hemos progresado?... La Patria es su madre (dice Espejo, hablando del escritor público). La Patria le exigía instantemente el que preocupase la osadía de la insensatez y diese un golpe mortal a la desidiosa, pero atrevida ignorancia.

Como moralista, manifestó Espejo que sobre la educación de la mujer tenía ideas no sólo nuevas, sino sorprendentes en un colono, en un quiteño del siglo decimoctavo; un artículo notabilísimo se lee acerca de este asunto en el número tercero de su atrevido periódico.

Y, en verdad, el médico criollo, el literato quiteño, era atrevido, y, más que atrevido; audaz en su atrevimiento; innovador, arremete contra toda rutina; y patriota, se levanta hasta concebir y difundir la idea de la emancipación política del Nuevo Continente, para fundar en las colonias gobiernos independientes, bajo la forma republicana y netamente democrática. Como político, Espejo formó el propósito de hacer en las colonias americanas una revolución trascendental, separándolas de España. Este hijo del pueblo, este hombre de la democracia, tenía ambiciones de conquistador, y en sus venas circulaba sangre de héroes68.

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De estatura regular, enjuto de carnes, rostro largo, nariz larga, color cobrizo oscuro, con un hoyo profundo en el carrillo derecho, Espejo, bajo la fisonomía vulgar de las gentes de su raza, ocultaba una alma nada común; acariciaba en su pecho el proyecto atrevido de la emancipación completa de las colonias americanas y el establecimiento del régimen republicano democrático en el Nuevo Mundo, acostumbrado a una administración gubernativa absoluta y absorbente, en la cual los americanos eran postergados por sistema. El ejemplo de las colonias inglesas de la América del Norte, que se habían emancipado de la Gran Bretaña y constituido en República independiente, y la Revolución francesa, de cuyos sucesos tenía un conocimiento minucioso, cual no se podía esperar de un criollo quiteño, en un   -119-   tiempo en que las comunicaciones con Europa eran tan raras y tan difíciles, aguijoneaban el alma magnánima del médico de Quito. Su plan era atrevido; sus ideas trascendían a impiedad, según el criterio moral de los mismos colonos, y así la persecución no tardó en venir a dar el brillo del martirio al hijo del pueblo, elevado por la fuerza de su talento a la peligrosa categoría de reformador social.

En sus escritos era destemplado, satírico, mordaz, virulento; hacía de su pluma una arma terrible, que manejaba sangrientamente; pocos lo amaban, el clero le miraba con recelo; todos le temían: atacando errores, combatiendo preocupaciones, había herido la reputación de personas de muy alta posición social e hincado el diente agudo de su sátira despiadada en sujetos, cuya vanidad humillada no podía menos de buscar venganza. El día de la venganza llegó; el momento oportuno de la represalia comprimida no se hizo aguardar; confidencias indiscretas revelaron, sin embozo ni disimulo, el plan de la atrevida revolución que Espejo había discurrido, y el Gobierno colonial se alarmó, lo redujo a prisión, lo encerró en un calabozo, lo aseguró con grillos y comenzó a pesquisar el delito. Espejo   -120-   era de carácter irascible y la contradicción lo envenenó; en la cárcel se sintió enfermo, desilusionado y reducido al último extremo; lo dilatado de los trámites judiciales prolongó su encarcelamiento y, al fin, pereció antes de que el proceso se terminara; pocos días antes de su muerte consiguieron sus amigos, que se le permitiera salir a curarse en su casa; pero la enfermedad había hecho ya estragos en el preso, y los cuidados domésticos no lograron salvarle la vida. Espejo sucumbió como víctima de los planes políticos, que para la emancipación de América había concebido, pero sus ideas germinaron; una democracia turbulenta y descontentadiza ha ensangrentado el suelo americano, ese suelo, donde el demócrata quiteño deseaba ver establecida la prosperidad, engendrada por la justicia, la religión y la libertad69.

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Había en el carácter de Espejo una mezcla funesta de pasiones miserables y de cualidades nada comunes; los abusos de los magistrados de la colonia lo enardecían, y, para reformarlos, echaba mano de medios nada decorosos; armado de la sátira, hería a mansalva, cubriendo su responsabilidad con el anónimo, aunque ese anónimo, dadas las circunstancias de Quito, no podía menos de ser transparente, denunciando, por el juicio certero de la voz pública, al autor verdadero de los libelos, que corrían de mano en mano manuscritos. Espejo estuvo procesado más de una vez; la autoridad lo vigilaba con ojo avizor, si bien él se recataba muy poco de las sospechas, de la autoridad; y así en el viaje que hizo a Bogotá se entendió con Nariño y estimuló y dio calor a los patriotas granadinos, para que pusieran en práctica el proyecto, que de sacudir el poder de la Metrópoli estaban fomentando. La amistad de dos hombres como Nariño y Espejo era un acontecimiento providencial para la obra proyectada de la emancipación de las colonias; había comenzado a soplar en América el viento de la libertad política, que enardece los ánimos, y la hora de la lucha heroica de la Independencia se venía acercando70.

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Espejo falleció sin dejar sucesión, y, cuando descendió al sepulcro, apenas estaba frisando con los sesenta años de edad. Entre los criollos nobles tenía amigos decididos; el pueblo no le   -123-   comprendía, pero sus ideas habían caído en el corazón de los jóvenes y allí no podían menos de germinar... El porvenir estaba, por lo mismo, preparado, y la época colonial no tardaría en llegar a su término.





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ArribaAbajo Capítulo cuarto

Cultivo de las Bellas Artes en tiempo de la colonia


Observaciones necesarias.- La arquitectura.- Obras notables.- Monumentos arquitectónicos.- La pintura.- Juicio sobre los cuadros de Miguel de Santiago.- Pintores del siglo decimoctavo y de principios del decimonono.- La estatuaria.- Obras en madera.- Obras en piedra.- Artes decorativas.- Los constructores de órganos.- Terremotos.- Funestos resultados del espíritu de innovación.- Pérdidas irreparables.- Los templos de las parroquias del campo.- Conclusión de la historia de la época colonial.



I

Hemos terminado la historia de la época colonial, y solamente nos falta decir una palabra sobre el cultivo de las Bellas Artes, para concluir el cuadro que de esa época hemos estado trazando.

Entre las ciudades de la antigua presidencia de Quito, la ciudad del mismo nombre, entonces capital de la colonia y actualmente de la República, era notable por sus templos, en algunos de los cuales se habían dado cita las artes decorativas, para hermosearlos y embellecerlos. Esos monumentos grandiosos de la piedad y de la magnificencia de nuestros mayores han sufrido grandes quebrantos, a consecuencia de los frecuentes terremotos, que sacuden bruscamente el   -126-   suelo volcánico de nuestra República; y no ha dejado también de descargar sobre ellos golpes rudos la mano de la ignorancia, que, alardeando de reforma, ha destruido lo que el furor de los terremotos había perdonado.

La Catedral no tiene belleza ninguna en su conjunto; y los pormenores carecen de grandeza y hasta de proporción armónica, considerados en su relación con el todo del edificio71.

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Los templos de Santa Clara y del Sagrario son de estilo latino sencillo, y sus partes, guardando armonía con el todo, manifiestan que hubo unidad de plan y conocimiento de las reglas del arte en los que estuvieron encargados de dirigir la construcción de ellos.

El templo de Santo Domingo es severo; y la solidez de su construcción ha desafiado a la violencia de los terremotos. Los de la Merced y la Compañía han sido construidos con el mismo plan; pero, en el de la Compañía se nota mayor amplitud en las líneas, al paso que en el de la Merced se ha buscado la austeridad grandiosa, resultando de ahí entre los dos templos un contraste artístico, que contribuye admirablemente a realzar la belleza arquitectónica de entrambos. La Compañía es rica, magnífica, espléndida; cuando ese templo estuvo recién acabado, ha de haber parecido ascua de oro bruñido... ¡Con qué prodigalidad se ha empleado ese precioso metal para dorar hasta las piedras!... La Merced, majestuosa, uniforme; con sus ventanas pequeñas y su elevadísima cúpula, acumula sombras, como para hacer más augusto el santuario... La colocación u orientación de la Merced en el plano de la ciudad es muy desfavorable, para hacer en el ánimo del espectador una impresión profunda correspondiente a la grandeza del edificio; la Compañía está para eso mejor colocada.

Nada más grandioso ni más sorprendente, que el templo de San Francisco; la portada artística de piedras pulidas y primorosamente labradas, las enormes columnas de granito, que   -128-   reposan sobre bases bien calculadas para darles realce y suntuosidad; el friso tendido con maestría, la cinceladura de las piedras, la austera sobriedad de los adornos, la enorme altura, todo contribuye a hacer de esa portada un monumento arquitectónico de primer orden; en esa obra hay un plan bien concebido, un ideal grandioso, y conocimiento profundo de los secretos del arte. Para realzar esa obra y para dar a la gran portada una base proporcionada a sus gigantescas dimensiones, se ha construido de propósito el atrio espacioso, verdadera maravilla del arte y adorno, del cual, con razón, se manifiesta ufana la ciudad de Quito. La grada en anfiteatro, con esas curvas entrantes y salientes, construidas con tanto artificio para dar comodidad a los que suben, y recrear el ánimo con el contraste; las bóvedas de una solidez asombrosa, las proporciones del antepecho, el plano de inclinación de la grada llamada larga, los adornos y las labores de las piedras dan a conocer, que ese gran monumento fue edificado por artistas, que conocían no sólo las reglas del arte de construcción, sino también los secretos de los contrastes y los primores de la belleza en la ejecución. El templo de San Francisco, con su portada y su atrio, son la gloria de las artes en la época colonial.

La portada de la Compañía es recomendable bajo otro respecto: es vistosa, y en sus pormenores se admira la ejecución; cada estatua, cada grupo, aisladamente considerado, tiene un mérito especial; pero el conjunto de la obra revela en el artista un ideal de belleza menos grandioso que el de la portada de San Francisco. La portada   -129-   de la Compañía llama la atención de todos los espectadores, y no hay quien no la contemple con agrado; la portada de San Francisco será en todo tiempo la admiración de los conocedores de los secretos de la belleza en las artes.

Así mismo, como obras de arte merecerán la admiración de todos la portada de San Agustín y la del Sagrario.

Los conventos de Quito son una prueba evidente de los conocimientos, que en el arte de construcción poseían los ecuatorianos en tiempo de la colonia; y aquellos edificios, tan vastos, tan sólidamente construidos, en los cuales se ha hermanado la utilidad con la comodidad, y la solidez con la hermosura y hasta con la magnificencia, manifiestan así los conocimientos que entonces se poseían, como la riqueza de los moradores para quienes se construían. Esos patios espaciosos, esos anchos corredores, esas fuentes y surtidores, esas columnatas esbeltas hacen de cada convento un monumento admirable...

¡Qué dificultades las que se han vencido para llevar a cabo, con toda exactitud, el plano del edificio, ideado con magnificencia y realizado con atrevimiento! ¡Cómo de los mismos obstáculos se han valido los constructores, para dar solidez y dimensiones colosales al edificio!... ¿Quién no se admira viendo el muro oriental del convento de San Agustín, y todo el lado septentrional del de Santo Domingo, con esas dimensiones verdaderamente gigantescas?... Los muros de esos dos conventos son montañas de cal y canto, artísticamente fabricadas.

En el arco del Rosario tiene Quito otro monumento   -130-   arquitectónico de primer orden. La época de todas estas grandes construcciones fue el siglo decimoctavo, siglo de adelanto y de gloria para las artes en tiempo de la colonia.

Los arquitectos de la colonia no podían menos de sufrir la influencia del gusto, que en España dominaba en punto a las bellas artes; y así, como los templos principales se levantaron en el siglo decimoctavo, predomina en todos ellos el estilo romano, y no hay más que uno solo, la Catedral, en el que se notan tentativas de introducir el estilo gótico en los arcos, de ojiva, ancha y elevada, sostenidos por pilastras delgadas. En la Capilla mayor el estilo romano es sencillo y severamente clásico; la cúpula no podía ser mejor, se levanta atrevidamente y descuella airosa, coronando el edificio. En los retablos predomina todavía el estilo churrigueresco, pero no chocante, sino con cierta gracia y hermosura, producida por los adornos, dispuestos con pródiga parsimonia, si pudiéramos expresarlo así.

En los edificios destinados para los particulares buscaban los quiteños, ante todo, la solidez y la comodidad, y prescindían de la elegancia. En la ciudad, en aquella época no se conocía la higiene y no había limpieza ni aseo; las casas eran espaciosas con aposentos holgados, y en casi todas había huertos con árboles y flores, lo que contribuía, indudablemente, a hacer más sano el ambiente; por esto, Quito, en cuanto a clima, gozaba de fama continental, llegando a ser proverbio, que ahí se disfrutaba de una primavera   -131-   perpetua, lo cual, acaso, ni ha sido antes ni es ahora muy exacto72.



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II

Para las artes decorativas la construcción de los templos y de los conventos fue muy beneficiosa, porque los artistas tuvieron ocasión no sólo de ejercitarse en ellas, sino de llevarlas a la perfección. El tallado en madera, la ebanistería, el dorado no han sido mejorados desde aquella época; se labraba la madera y la piedra, se tallaba en piedra y en madera, y se doraba la madera y la piedra. El dorado había llegado a la perfección; ahí están el suntuoso altar de San Antonio de Padua en San Francisco, y el púlpito en San Diego, brillando todavía, como si ahora acabaran de ser dorados, cuando ha caído ya polvo sobre ellos durante casi dos siglos. Por los primores del tallado y del dorado, San Francisco es un verdadero museo, y de museos pudieran calificarse también la Compañía y la Merced. Santo Domingo tenía maravillas en dorado y en talladura, maravillas, que hoy busca, en vano, el amor patrio afligido; ¿deshonraban, acaso, los   -133-   muros del templo esas talladuras? ¿Eran, por ventura, profanas esas molduras, con que el arte y la piedad habían decorado y embellecido los enormes cuadros de la vida del santo patriarca, que, dispuestos en torno del gran patio, hermoseaban los claustros y transformaban el convento en santuario?... ¿Esos cuadros estaban ahí por demás?... ¿Esas molduras, cinceladas con arte, perturbaban, acaso, el silencio y el recogimiento?... No las iras demoledoras del terremoto, no; manos religiosas fueron las que, un día, arrancaron esos cuadros a los muros doloridos, despedazaron esos tallados y echaron al fuego, como leña vil, esas maderas, ungidas por el sudor de los artistas... El gran zócalo de azulejos, que, a precio de oro, los antiguos frailes habían hecho traer de Andalucía, para revestir los muros del convento; el zócalo, no sólo adorno sino lujo del convento máximo de Quito, fue arrancado, como ruin antigualla, y puesto cual ladrillo común para ser hollado en el suelo...

Menos artísticas, menos hermosas que las de Santo Domingo eran las molduras de la Merced, mas no por eso menos dignas de ser conservadas con esmero; y cuadros y molduras fueron destruidos intencionalmente, como si los hombres se encargaran, en días funestos, de acabar con lo que los terremotos habían perdonado.

El retablo del altar mayor de la Catedral es sencillo, y se distingue por una elegancia austera, que va despojándose de adornos recargados; la ornamentación principal se reduce a las estatuas de las virtudes teologales y al grupo vistoso de   -134-   ángeles, que están sosteniendo la cruz. La estatua de la Caridad es una obra maestra de escultura, y justifica la fama de que gozaba su autor en la colonia. El grupo de la exaltación de la cruz y las estatuas de las virtudes fueron trabajados por el célebre Caspicara73.



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III

Difícil nos parece señalar hoy día con precisión en los lienzos y pinturas que adornan los templos y los conventos de la capital, las obras traídas de Sevilla y las que fueron trabajadas por artistas quiteños; nada cierto podemos decir, además, acerca de la vida y de las costumbres de nuestros pintores.

Consta únicamente que, en Quito hubo, desde muy antiguo, una escuela de pintura, pues ya en el siglo decimosexto se habla de pintores quiteños, y el hermano Hernando de la Cruz, jesuita del colegio de Quito, tenía un taller de pintura en el cual enseñaba a algunos alumnos.

Ya más de medio siglo antes, se había hecho célebre en la pintura el padre fray Pedro Bedón, dominicano, natural de Quito, a quien se le atribuye el cuadro de la Santísima Virgen conocido con el nombre de Nuestra Señora de la Escalera, por haberlo pintado en la pared del descanso de la grada principal del convento de la Recoleta de Santo Domingo, cuyo fundador fue, como lo hemos referido en otro lugar, aquel venerable religioso. El cuadro ha sido indudablemente retocado más de una vez, y así no es posible juzgar ahora de las dotes artísticas de su primer autor.

La escuela llamada en Quito de Miguel de Santiago es una escuela no original ni quiteña,   -136-   sino sevillana: colorido, dibujo, distribución de las tintas y hasta la elección de los asuntos son de la famosa escuela sevillana; y el ecuatoriano Miguel de Santiago fue un discípulo del gran Murillo, a quien, desde Quito, indudablemente, admiraba, y cuyo estilo y cuya manera se había propuesto imitar. En las obras genuinas del pintor quiteño hay rasgos y pinceladas de mano maestra, y parece como si el pincel del mismo Murillo hubiese dado esos toques diestros, que han inmortalizado, con razón, entre nosotros el nombre de Miguel de Santiago.

El género de pintura en que se ejercitó de preferencia fue, sin duda, el histórico, pues sus cuadros mejores son los que representan escenas de la vida de San Agustín; mas esas composiciones, admirables, consideradas solamente desde el punto de vista de la ejecución artística, pierden su mérito juzgándolas con severidad, según las reglas, que el buen gusto prescribe para las obras del género histórico; el artista quiteño conocía muy bien la disposición de la luz, y era feliz en esos golpes o pinceladas, que dan vida y expresión natural a las figuras; pero ignoraba la indumentaria del siglo cuarto y los usos y costumbres de los cristianos de Hipona o del norte de África en tiempo de San Agustín. Su cuadro de la comida de San Agustín es hermosísimo, como representación de una escena familiar; pero, el fondo del paisaje y los vestidos de los comensales son como de españoles del siglo decimosexto; basta fijarse en los bonetes de los tres obispos, que están sentados a la mesa; las sillas, son sillas españolas...

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Miguel de Santiago tampoco era hábil para representar las perspectivas naturales, y en sus cuadros de tal manera están distribuidas las luces y las sombras, que parece que el pintor nunca pensó en caracterizar, por medio de las tintas y del colorido, la hora del día en que acontecieron las escenas que representaba en sus lienzos. El gran cuadro, la obra monumental, el cuadro que se conoce con el nombre de la Familia de San Agustín, fue pintado en el mismo muro de la hermosa grada, donde siempre estaba colocado; la luz que ilumina el cuadro lo da a conocer así claramente; ese cuadro gigantesco ha perdido, pues, algo de su hermosura puesto en el lugar donde actualmente se encuentra. La composición revela que el artista estaba dotado de una imaginación viva, y que tenía suma destreza para diversificar las fisonomías y distribuir los contrastes, evitando en una obra como esa la monotonía en la expresión, que perjudica tanto a la belleza74.

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Los artistas del siglo decimoctavo pretendieron seguir más bien la manera de la escuela italiana de Rafael, que la sevillana de Murillo. En los Profetas de Gorivar, que adornan las columnas de la Compañía, el colorido es italiano, y en la composición hay un adelanto de buen gusto, pues las figuras están representadas con conocimiento del arte de la indumentaria, y las fisonomías de los personajes dan alta idea de la concepción artística del pintor; si ese Jeremías es varón aristocrático de la familia sacerdotal; aquel Amos, con su rostro tostado por el sol de la Palestina, diciendo está que es el pastor de Tecue...

De Samaniego se conservan muchas obras era de principios del siglo pasado y ejecutó la decoración de la Catedral pintando al temple sobre las paredes de la iglesia las escenas del Evangelio, que tanto la hermosean. Según los entendidos   -139-   en los secretos del arte, el cuadro del Buen Pastor es la mejor de esas obras; en las otras hay detalles muy bien ejecutados, pero el conjunto nada tiene de extraordinario. Samaniego ignoraba por completo las reglas del arte en punto a la pintura histórica, y algunas de sus figuras son hasta ridículas bajo ese respecto; Jesucristo, en el cuadro de la aparición a Santa María Magdalena después de la resurrección, no podía ser más erróneamente representado. ¡Desnudo, con pala en la mano y sombrero quiteño en la cabeza, no es así como se debía representar al Hombre Dios resucitado!...

En cuanto a la originalidad de los artistas quiteños del tiempo de la colonia, muchas veces nosotros, contemplando sus cuadros, nos hemos preguntado a nosotros mismos, hasta qué punto serían originales esas composiciones. ¿Tal vez, las copiaban de alguna estampa extranjera? ¿Acaso de una estampa o grabado extranjero tomaban solamente algunos rasgos? Confesamos ingenuamente que, para nosotros el problema es irresoluble.

No solamente hubo pintores célebres en tiempo de la colonia, ni al cultivo de la pintura se consagraron únicamente los hombres, pues las mujeres se dedicaron también a esa arte nobilísima, en la cual Isabel de Santiago y la Madre Magdalena Dávalos lograron granjearse no inmerecida celebridad. Isabel fue quiteña, hija del famoso maestro Miguel de Santiago, y sobresalía en la dulzura, manejando el pincel con admirable delicadeza; la Madre Dávalos era natural de la antigua Riobamba y profesó en el monasterio   -140-   de Carmelitas descalzas, llamado en Quito el Carmen moderno. Sus dotes para la música y para la pintura, que había aprendido sin maestro, causaron sorpresa y admiración al docto académico francés señor de La Condamine75.




IV

La escultura fue muy cultivada en tiempo de la colonia. De Sevilla se trajeron algunas estatuas de madera, y entre ellas una de Santo Domingo, que es copia, muy bien hecha, de la obra maestra de Montañez, conocida con el nombre de el Santo Domingo penitente, que ahora adorna el museo provincial de Sevilla; la estatua de Quito ha sido arrumbada por ahí, como obra de ningún mérito; los frailes antiguos la   -141-   conservaban en la iglesia con grande veneración conocían el gran mérito de ella.

El alma se angustia... Había en esa hermosa y rica capilla del Rosario una joya de precio inestimable, la santa imagen de la Virgen, es cultura española y obsequio del Emperador Carlos Quinto a la cofradía del Rosario, fundada en el convento de dominicanos de esta ciudad; y sobre esa imagen, dos veces sagrada, por representar a la Madre de Dios y por ser donde un tan gran monarca, se atrevió a poner sus manos la melindrosa devoción de los que despreciando todo lo antiguo, condenaron como indigna del culto católico una estatua, ante quien habían caído de rodillas nuestros mayores, y el cincel y el martillo hicieron estallar en astillas el rostro de la veneranda imagen... El obsequio del César no ganó en perfección artística lo que perdió con tan temeraria mutilación. La antigüedad ¿no comunica, acaso, a las imágenes sagradas una hermosura augusta, que las hace más sagradas a los ojos de los creyentes?

Por lo general, la estatuaria no dejó de ser muy estimada y se buscaban y solicitaban imágenes sagradas para los templos y aun para los particulares, y se pagaban a buen precio, lo que estimulaba a los artistas. La Catedral posee tres estatuas de madera que son obras de verdadero mérito artístico; el Señor atado a la columna de la flagelación; San Pedro, en actitud de arrepentirse de su negación y la Virgen de los Dolores, acaso, la mejor entre todas cuantas imágenes sagradas posee Quito. Ese rostro augusto es virginal; y el íntimo dolor del alma, hondamente   -142-   contemplativa, ha sido expresado por el cincel del artista en rasgos de destreza admirable; fue obra de principios del siglo decimoctavo.

Las estatuas de piedra, que adornan la balaustrada de la cúpula que está en el gran arco del atrio de la Catedral; las de San Pedro y San Pablo, que decoran la ventana de la portada de San Francisco, y las labores ejecutadas con tanta habilidad en la portada de la Compañía y las estatuas que embellecen esa misma portada, manifiestan que en Quito la estatuaria había alcanzado un grado de elevación notable.

En los altares, y principalmente en los de la iglesia de la Compañía, predomina el estilo de Churriguera, reñido con la sencillez y amante de adornos recargados, en los que campea a sus anchas la fantasía del artista. Todavía se conservan en algunos templos de Quito altares de madera enteramente dorados, que pueden pasar a la posteridad como muestras del gusto y de la habilidad de los artistas quiteños, si, acaso, la descontentadiza manía de acabar con todo lo antiguo, no arma contra ellos su hacha demoledora, que tantas obras maestras de ese género ha reducido a astillas en varias iglesias de nuestra capital. ¿Por qué ese odio inconsciente contra todo lo antiguo?... La caprichosa vanidad devota de unas cuantas personas extranjeras, mimadas por el partidarismo político en la capital, ¡ha hecho con las obras de arte antiguas lo que la revolución ha ejecutado en Europa con imágenes, altares y conventos!... La iglesia de Santo Domingo poseía hasta hace poco dos grandes altares de estilo churrigueresco, que eran las dos obras   -143-   maestras más acabadas y perfectas que en ese género poseía la capital... Hoy las busca en vano nuestra ávida curiosidad... ¿qué ha sido de ellas? ¿Quién las condenó a las llamas?...

La música había adelantado mucho en el arte de construir órganos para los templos, y en los de los religiosos había algunos que tenían no poco mérito. De esas obras ya ninguna existe actualmente... Nuestras revoluciones, nuestras guerras civiles, los terremotos, la manía de reformar lo antiguo van concluyendo hasta con las reliquias que todavía quedan de la colonia.

Entre los adornos de los templos de Quito no podemos menos de recordar las enormes campanas, tan sonoras, tan musicales; ninguna lo era tanto como la de la Merced, recientemente echada a perder a consecuencia de nuestras fratricidas guerras civiles. Hoy la gran campana, cuyos sonidos, graves y majestuosos, tanto contribuían a aumentar la solemnidad de las fiestas católicas de la capital, está muda...

En las otras ciudades de la presidencia no había ni templos ni estatuas notables; las iglesias que los jesuitas estaban construyendo en Cuenca y en Ibarra eran las mejores obras que había hasta hace poco tiempo. Con los altares y con el púlpito de la Compañía se ha adornado la Catedral de Ibarra; de la iglesia de Cuenca no se conserva nada.

El enorme rectángulo de piedra jaspe, que sirve actualmente de frontal en el altar mayor de la Catedral de Cuenca, es lo único que se ha salvado de las ruinas de la antigua Compañía; pero ahí también manos profanas en el arte borraron   -144-   de propósito las miniaturas pintadas sobre la piedra, en la cual estaban representadas escenas de la Pasión, alrededor de la imagen de Jesucristo difunto, que ocupaba el centro del cuadro...76

Las iglesias de los pueblos eran pobres y descuidadas; y en las imágenes, principalmente si eran de la devoción de los indígenas, lo feo, lo deforme, lo grotesco, ultrajaba la belleza de las artes y profanaba la santidad del culto católico.

Hemos terminado la historia de la colonia en lo que ahora es y se llama República del Ecuador; para escribir la historia de esa larga época, no hemos ahorrado sacrificio alguno; y, al concluir ahora nuestra narración, tenemos la satisfacción de repetir que hemos investigado con suma diligencia la verdad, y que una vez encontrada, la hemos dicho con austera imparcialidad. Estamos serenos; éramos deudores de la verdad a nuestros compatriotas, y la verdad les   -145-   hemos narrado; la verdad, que a nadie lisonjea; la verdad, que honra a Dios; la verdad, que moraliza a los pueblos.

La historia del tiempo durante el cual las comarcas, que componen lo que es actualmente República del Ecuador, eran colonia española, queda concluida con la narración de los sucesos que han sido objeto de este último libro, y no tenemos que añadir ni una palabra más a lo que hasta ahora hemos escrito.

Hemos buscado la verdad y la hemos investigado con paciencia; hemos sometido las fuentes de nuestra narración histórica a un análisis escrupuloso; y, si, tal vez nos hemos equivocado, habrá sido contra nuestra voluntad, y a pesar de nuestra diligencia. No tenemos prevención adversa contra nadie, ni menos contra corporación religiosa ninguna; y nos habríamos tenido por miserables ante nuestra propia conciencia, si, temiendo el odio o buscando la lisonja, hubiéramos ocultado o desfigurado la verdad de hechos públicos, condenados por la moral cristiana. ¿Qué habría sido de esta nuestra Historia general del Ecuador, si en ella nosotros, por negligencia, por temor o por un malentendido celo religioso, hubiéramos callado la verdad? ¿Qué es una historia, en la que no se narra la verdad? ¿Qué nombre merece el historiador que oculta la verdad, o que la desfigura de propósito, por miedo o por otra pasión cualquiera? ¿Habríamos nosotros de escribir la Historia de nuestra Patria, para engañar, a sabiendas, a nuestros compatriotas?...

Ahí está el cuadro de lo que fue el Ecuador   -146-   en tiempo de la colonia; muchos de nuestros defectos sociales, que nos hacen desgraciados ahora, tienen origen en costumbres coloniales, en resabios de nuestros mayores, en aberraciones de nuestros abuelos; ¿habíamos de tributar alabanza lo que merece censura? ¿Describiríamos como bueno lo que no fue conforme con la moral cristiana, con la moral evangélica, la única que puede hacer de veras felices a los pueblos?... Buscamos la verdad con paciencia, y la hemos narrado con sinceridad; y nuestra Historia no tiene más mérito que el de ser sinceramente verdadera.







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ArribaNota

No hemos dicho nada acerca de Villarroel, de Maldonado, de Machado de Chaves, de Escalona y de algunos otros escritores del tiempo de la colonia, porque al tratar de ellos no entraba en el plan de esta obra, la cual, como su mismo título lo indica es Historia general de la República del Ecuador, y no historia de todos los escritores ecuatorianos, que florecieron durante el gobierno de España en América.

Del ilustrísimo señor Villarroel ha dado noticias muy circunstanciales el señor don José Toribio Medina, en su erudita obra sobre la Historia de la literatura chilena durante la época colonial; en esa misma obra ha rectificado el señor Medina la equivocación de nuestro compatriota el señor Herrera en punto al lugar del nacimiento de Escalona, el cual nació en Chuquisaca y no en Quito.

El padre Maldonado nació en Quito, pero toda su formación literaria la hizo en España; y así, más bien pudiera ser contado entre los místicos españoles.

Lo mismo pudiéramos decir del señor Machado de Chaves; el docto autor del Perfecto confesor y cura de almas no se formó en Quito sino en otros puntos de América.

Algunas piezas literarias, como los alegatos del señor Fita y del señor Pastrana, merecen llamar la atención, para conocer el estado de la ciencia canónica y de la ciencia jurídica en la última centuria de la dominación colonial; pero no tuvieron esa importancia   -148-   que alcanzaron los de los padres Quesada y Calderón; aquéllos eran documentos de interés privado; éstos, de utilidad pública.

El escrito del padre Mosquera mercenario sobre la Bula de la Cena sirve para deducir los conocimientos teológicos del autor, y deberá tenerlo en cuenta quien escriba la historia de las ciencias eclesiásticas en el Ecuador. En la Historia general de nuestra Nación mientras fue colonia de España, creemos que lo único que debíamos hacer era trazar el cuadro, que, a grandes rasgos, hemos trazado.

Citaremos las fuentes, para cumplir con el deber de historiador, enumerando los autores, en cuyo testimonio apoyamos nuestra narración.

MEDINA (El señor don José Toribio), Historia de la literatura colonial de Chile. (Tomo segundo, Capítulo quinto). Santiago, 1878.

En la revista religiosa titulada La República del Sagrado Corazón, que se publicaba en Quito (1884-1889), dio a luz un erudito trabajo sobre el ilustrísimo señor don fray Gaspar de Villarroel el reverendo padre fray Francisco Concetti, religioso agustiniano, de nación italiano, pero que en aquella época residía en Quito. Véase la República del Sagrado Corazón, Tomo quinto, año de 1888.

La obra del padre Maldonado se titula: El más escondido retiro del alma, en que se descubre la preciosa vida de los muertos y su glorioso sepulcro. Un volumen, en folio menor, impreso en Zaragoza el año de 1649.

El opúsculo del padre fray Manuel Mosquera y Figueroa lleva por título el siguiente: Compendio de la Bula de la Cena para los confesores de las Indias Occidentales. Opúsculo en octavo; se imprimió en Lima el año de 1718. De este religioso habla el padre Gary, en su bibliografía de escritores de la Orden de Nuestra Señora de la Merced. Barcelona, 1875.

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En la Antología ecuatoriana, en el volumen que contiene los Prosistas del tiempo de la colonia, volvió (a los treinta años), a incurrir el señor doctor don Pablo Herrera en la misma equivocación respecto de Escalona, repitiendo que había nacido en Riobamba, cuando la verdadera patria de Escalona constaba no sólo por la rectificación del señor Medina, sino también por el expreso testimonio de dos escritores antiguos, Montalvo y don Nicolás Antonio; pues el primero en su Sol del Nuevo Mundo y el segundo en su Biblioteca hispana nova, habían asegurado que don Gaspar de Escalona y Agüero fue nativo de Chuquisaca y no de Quito.

El mismo don Nicolás Antonio, a quien acabamos de citar, refiere que el padre José Maldonado escribió otras dos obras más: una en latín y otra en castellano; la latina se titulaba Armamentarium Seraphicum pro tuendo titulo Inmaculatae Conceptionis; se imprimió en Madrid, el año de 1648; para esta obra fue ayudado por los padres Pedro de Alba y Pedro de Balbas. La otra obra en castellano fue una defensa de la autoridad, que tiene el Comisario General para enviar comisarios a las Indias; se imprimió también en Madrid, aunque Nicolás Antonio no expresa el año.

El padre Parras en su Gobierno de los regulares de Indias defendió al padre Maldonado de los ataques y censuras, que escribió contra él un franciscano italiano el padre Gubernatis. El señor don Marcos Jiménez de la Espada le atribuye, con muy sólidos fundamentos, un opúsculo o Memorial sobre las misiones, que los franciscanos de Quito fundaron en la región oriental ecuatoriana; para refutar este Memorial del Padre Maldonado compuso el suyo el padre Barnuevo, Superior de los Jesuitas. Estas indicaciones, acaso, podrán servir para cuando alguien más tarde escriba la historia de la literatura ecuatoriana en tiempo de la colonia.

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En fin, acaso, no carecerá de interés la noticia siguiente. Además che las hojas sueltas y de los opúsculos, que se imprimieron en la primera imprenta establecida por los jesuitas en Ambato, se publicó también, en 1759, una edición del Lunario, compuesto por el padre Buenaventura Suárez, jesuita de la provincia del Paraguay. El Lunario es un volumen en doceavo; tiene sesenta y ocho páginas numeradas y, además, cinco fojas sin numerar, que son tres de prólogo y dos de una tabla de la diferencia meridiana entre varias ciudades. Hasta el año de 1759 estuvo, pues, la imprenta de los jesuitas en Ambato.

La noticia que acabamos de dar, completará la lista, que de las publicaciones hechas en Ambato, dimos en nuestra Bibliografía ecuatoriana, citada oportunamente en otra nota de este mismo tomo.



 
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