La verdad es que Marchena no tuvo reparo en admitir el cargo de secretario de Joaquín Murat, cuando en 1808 fue enviado por Napoleón a España49. Acción es ésta que pesa terriblemente sobre su memoria, y más todavía cuando recordamos que ni siquiera la sangre de Mayo bastó a separarle del infame verdugo del Prado y de la Moncloa. ¡Cuán verdad es que, perdida la fe religiosa, apenas tiene el patriotismo en España raíz ni consistencia; ni apenas cabe en lo humano que quien reniega del agua del bautismo y escarnece todo lo que sus padres adoraron y lo que por tantos siglos fue el genio tutelar de su raza, y educó su espíritu, y formó su grandeza, y se mezcló como grano de sal en todos los portentos de su historia, pueda sentir por su gente amor que no sea retórica hueca y baladí como es siempre el culto que se dirige al ente de razón que dicen Estado! Después de un siglo de enciclopedia y de filosofía sensualista y utilitaria, sin más norte moral que la conveniencia de cada ciudadano, es lógica la conducta de Marchena, como lógico fue más adelante el Examen de los delitos de infidelidad de Reinoso, que otros han llamado defensa de la traición a la patria. Uno de los más abominables efectos del positivismo filosófico y de la ideología política fue entonces amortiguar o apagar del todo en las almas de muchos hombres cultos el desinteresado amor a la patria. Viniera de donde viniera el destructor de la Inquisición y de los frailes, de buen grado le aceptaban los afrancesados, y de buen grado le servía Marchena.
Por aquellos días que antecedieron a la jornada de Bailén y a la primera retirada del ejército invasor, solía concurrir a la tertulia de Quintana, en quien por rara y feliz contradicción, digna de tan gran poeta como él era, pudieron vivir juntos el entusiasmo por las ideas del siglo XVIII y el patriotismo ferviente que le hizo abrazar desde los primeros momentos la causa nacional. No todos sus tertulianos le imitaron en esto. En los terribles folletos de Capmany publicados en Cádiz en 181150 pueden leerse las semblanzas de algunos afrancesados y franceses con quienes Capmany tropezó en casa del cantor de España Libre: tales como el reformador de la Gimnástica Amorós, el abate Alea, Esménard, y Mr. Quillet (famoso incautador de los cuadros del Escorial). Entre estos personajes figura Marchena.
Ya antes de este tiempo estaba Marchena en relaciones con Quintana y sus amigos de Madrid. Algunas alusiones de los versos del Abate nos inducen a creer que en sus mocedades cursó algún tiempo las aulas salmantinas, donde pudo conocer a la mayor parte de ellos. Lo cierto es que desde 1804 fue colaborador de las Variedades de Ciencias, Literatura y Artes, firmando con sus iniciales J. M.51, y presentándole al público los editores (de los cuales el principal era Quintana) como «un español ausente de su patria, más de doce años había, y que en medio de las vicisitudes de su fortuna no había dejado de cultivar las musas castellanas». Allí se anunció que proyectaba una nueva traducción de los poemas ossiánicos, más perfecta e íntegra que las de Ortiz y Montengón; y se pusieron para muestra varios trozos. Se conoce que a Marchena, falsario por vocación, le agradaban todas las supercherías, aun las ajenas, y por eso traduciendo las rapsodias del supuesto bardo caledonio anduvo más poeta que en la mayor parte de sus versos originales; de tal suerte que es de lamentar la pérdida de la versión entera, de la cual sólo quedan estos fragmentos, y los dos poemas La Guerra de Caros y La Guerra de Inistona incluidos en el manuscrito de París. Como la poesía ossiánica de Macpherson, no obstante su notoria falsedad, conserva cierta importancia histórica, como primer albor que fue del romanticismo nebuloso y melancólico, y como una de las primeras tentativas de poesía artificialmente nacional y autónoma, quizás no desagrade a los lectores ver estampado aquí, tal como le interpretó Marchena, el famoso Himno al Sol con que termina el poema de Cárton: trozo lírico curioso por haber servido de modelo al Himno al Sol de Espronceda:
Estos versos, jugosos y entonados, aunque pobres de rima, son muestra clarísima de que sus largas ausencias y destierros no habían sido parte a que Marchena olvidara la dicción poética española, sin que todavía en aquella fecha necesitara recurrir para abrillantarla o remozarla a los extraños giros, inversiones y latinismos con que en sus últimos años afeó cuanto compuso en prosa y verso.
A los pocos días de haber llegado Marchena a Madrid, donde todavía imperaba, aunque solamente pro formula, el antiguo régimen, se creyó obligado el inquisidor general D. Ramón José de Arce (varón, por otra parte, de carácter tolerantísimo y latitudinario, y aun tildado de complicidad con las nuevas ideas) a mandar prender al famoso girondino, cuya estrepitosa notoriedad de ateo había llegado hasta España escandalizando todos los oídos piadosos. Se le prendió, pues, y se mandó recoger sus papeles (algunos de los cuales tengo yo a la vista); pero Murat envió una compañía de granaderos, que le sacó a viva fuerza de las cárceles del Santo Tribunal. Con esta ocasión compuso Marchena ocho versos insulsos, que llamó epigrama, y que han tenido menos suerte que aquella su famosa chanza contra el ministro Urquijo, desdichado traductor de La Muerte de César de Voltaire:
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Otro recuerdo literario tenemos de Marchena, en este año de 1808. Es una tragedia clásica, Polixena, impresa entonces52, pero no representada nunca, por los motivos que el autor, muy pagado siempre de cualquier obra suya, indica en el prólogo de sus Lecciones de Filosofía Moral:
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«Su autor nunca quiso consentir en que se representara; no atreviéndose a fiar la obra de actores que, exceptuando Máiquez, ni la más leve tintura tienen de declamación trágica. Del mérito de esta tragedia no soy yo juez competente; mis elogios parecerían hijos de mi afecto, y si quisiera tratarla con rigor, me sucedería lo que a Dédalo: bis patriae cecidere manus». |
En el penúltimo número del Memorial Literario o Biblioteca Periódica de Ciencias, Literatura y Artes; en el mismo que contiene los sanguinarios bandos de Murat después del dos de Mayo, publicose un largo artículo encomiástico de esta tragedia firmado con las iniciales M. de C., que eran las de D. Mariano Carnerero, el cual entonces comenzaba su varia y azarosa carrera de periodista y diplomático, protegido del Príncipe de la Paz, afrancesado después de su caída, y finalmente camaleón político de todos colores desde el liberal más exaltado hasta el realista más intransigente. Carnerero, pues, correligionario político de Marchena a la sazón, y quizá deseoso de entrar en el favor del Gran Duque de Berg por mediación de su secretario, escribió en 10 de Mayo de 1808 (fecha nada oportuna para hablar de otras tragedias que las que se representaban en la calle) un pomposo elogio de la Polixena, que termina con estas curiosas palabras:
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«El Sr. Marchena manifiesta bien los conocimientos inmensos que posee en el arte difícil de la poesía dramática, y al mismo tiempo prueba cuán estudiados tiene los grandes modelos, cuyas huellas sigue con paso valiente. Desearíamos que esta tragedia se representase, tanto por ver el efecto teatral que puede producir, como porque es una de las poquísimas tragedias originales que poseemos dignas de citarse con aplauso. Acaso (nos atrevemos a decirlo sin rebozo) es la que más se acerca a las sublimes producciones de los griegos y de Racine. ¿Pero dónde están los actores? Los pocos que algo valían están separados y consumidos con rencillas: pero, muy pronto, un gobierno activo y amante de las artes va a decidir las necias querellas y a ponernos en el sendero de la prosperidad, por el cual, al paso que las naciones se ilustran y fomentan, las artes imitadoras son protegidas, recompensadas e impelidas al punto de perfección que nunca tocan cuando almas frías y destituidas de amor a las luces manejan a su albedrío la suerte de sus semejantes. Entonces los literatos y los artistas ninguna disculpa tendrán si no progresan y corren a rivalizar con los más célebres modelos: entonces es interés nacional demostrar que si los españoles no habían adelantado como era justo, no era por falta de ingenio, y sólo sí por la fatalidad del indolente y viciado gobierno bajo el cual han vivido por espacio de dos siglos». |
No haremos alto en la frescura que suponen estos vaticinios estampados en la misma página53 en que comienza aquella famosa orden del día:
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«Soldados: el populacho de Madrid se ha sublevado, y ha llegado hasta el asesinato... La sangre francesa ha sido derramada; clama por la venganza». |
Pero apartando tan importunos recuerdos, que no dejan en muy buen lugar el patriotismo del crítico ni el del poeta, dudamos mucho que la Polixena, aun representada por Máiquez que a tantas tragedias débiles dio por algún tiempo apariencias de vida, hubiera podido triunfar en el teatro. El abate Marchena era humanista muy docto, pero no tenía ninguna condición de poeta dramático. Su tragedia es un ensayo de gabinete, que puede leerse con cierto aprecio, el que merecen las cosas sensatas y los productos laboriosos de la erudición y del estudio: hay en ella felices imitaciones de Eurípides54, de Virgilio55, de Séneca el Trágico56, de Racine57, y de otros clásicos antiguos y modernos: no falta nervio y majestad en la locución; pero todo es allí acompasado y glacial; ni Pirro enamorado de Polixena, ni Polixena fiel a la sombra de Aquiles, llegan a interesarnos: la fábula, simplicísima de suyo, se desenvuelve no en acción sino en largos y fatigosos discursos; y para colmo de desgracia, la versificación es, con raras excepciones, intolerablemente dura, premiosa y, por decirlo así, desarticulada. No hablemos de la plaga de asonantes indebidos, porque éste es vicio general de todas las composiciones de Marchena, y en él más disculpable que en otros por el largo tiempo que había pasado en tierras extrañas, perdiendo el hábito de la peculiar harmonía de nuestra prosodia. De todos modos estos versos faltos de fluidez y llenos de tropezones, robustos a veces por el vigor de la sentencia pero ingratos casi siempre al oído, y por añadidura mal cortados para el diálogo dramático, hubieran hecho penoso efecto en un público acostumbrado a la sonora magnificencia de los versos del Orestes, del Pelayo, del Óscar, del Polinice y de La Muerte de Abel. La Polixena, además, hasta por lo inoportuno del tiempo en que salió a luz, no fue leída ni por los literatos siquiera, cayendo en el olvido más profundo, que quizá no merece del todo, aunque sea manifiestamente muy inferior a la tragedia italiana de Niccolini sobre el mismo argumento, premiada en 1811 por la Academia de la Crusca58.
El intruso rey Bonaparte nombró a Marchena director (o como entonces se decía redactor) de la Gaceta y archivero mayor del Ministerio del Interior (hoy de la Gobernación); incluyó su nombre en la lista de individuos que habían de formar parte de una grande Academia o Instituto Nacional que pensaba fundar59; le dio la condecoración de Caballero de la Orden española creada por él (que Moratín llamaba burlescamente la cruz del pentágono, y los patriotas la orden de la berengena); y le ayudó con una subvención para que tradujera el teatro de Molière, secundando en esta tarea a Moratín, que acababa de adaptar a la escena española, con habilidad nunca igualada, La escuela de los maridos. Marchena puso en castellano todas las comedias restantes, según afirma en sus Lecciones de Filosofía Moral; pero desgraciadamente se ignora el paradero de esta versión completa, que, a juzgar por las muestras que tenemos de ella, hubiera sido la mejor obra de Marchena y la que sin escándalo de nadie hubiese recomendado su nombre a la posteridad. Sólo llegaron a representarse e imprimirse dos comedias, El hipócrita (Tartuffe), en 1811, y La escuela de las mujeres, en 1812: ambas recibidas con grande aplauso, especialmente la primera, en los teatros de la Cruz y del Príncipe60. Estas traducciones, ya bastante raras, disfrutan de fama tradicional, sancionada por el juicio de Lista y de Larra, y en gran parte merecida. Marchena puso en ellas todo lo que podía poner un hombre que no había nacido poeta cómico: su mucha y buena literatura, su profundo conocimiento de las lenguas francesa y castellana. En la pureza de la dicción mostró especial esmero, y, quizá por huir del galicismo, cayó alguna vez en giros arcaicos y violentos.
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«Sé a lo menos (pudo decir con orgullo al frente del Tartuffe) que esta versión no está escrita en lengua franca; idioma que hablan tantos en el día, y en que allá ellos se entienden... Declamen cuanto quieran en buen hora contra los que saben el castellano los que no le han estudiado... Nuestros traductores y muchos de nuestros autores no han venido a caer en la cuenta de que como el latín se aprende en los autores latinos, así ni más ni menos el castellano se aprende en los castellanos». |
El punto flaco de estas traducciones ya le indicó Lista con su tino y buen gusto habituales, al dar cuenta de una representación del Tartuffe, en las revistas dramáticas que en 1821 escribía en El Censor:
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«El Sr. Marchena, en quien la literatura española acaba de perder uno de sus ornamentos, y la libertad uno de sus más antiguos y constantes defensores, ha traducido con toda verdad el pensamiento de Molière, le ha hecho hablar español, y ha sabido conservar la gracia y el enlace de las ideas; pero sus versos en el género cómico carecen de la fluidez y harmonía que hemos notado en las composiciones líricas de aquel sabio literato. Tiene la versificación cómica un giro particular, y con el cual es muy posible que no acierte un poeta muy estimable en otros géneros. La harmonía cómica está ya irrevocablemente fijada en nuestra lengua por los versos de El viejo y la niña, La mogigata y algunas escenas de El Barón: y todo lo que se separe de las formas que presentan estos modelos, no será más que prosa asonantada»61. |
Con menos fundamento se ha tildado a Marchena (y lo mismo hubiera podido tildarse a Moratín) de haber trasladado el escenario de estas comedias a España, cambiando los nombres de los interlocutores. Devotos habrá de Molière, sobre todo en Francia, a quienes esto parezca profanación intolerable; pero hay que tener en cuenta que estos arreglos se hicieron para la representación, y que si a unos, por saber el original de memoria, puede disonar el oír los conceptos de Molière en boca de don Fidel, D. Simplicio, D. Liborio Carrasco o D.ª Isabelita, todavía más ridículo e intolerable sería para un auditorio español el que desfilaran por la escena Mad. Pernelle, Orgon, Damis, Flipote, Sganarelle, y otros personajes de nombres todavía más revesados y menos eufónicos. Si las comedias de Molière tienen, como nadie niega, un fondo humano, poco importará que este fondo se exprese por boca de Chrysale, o por boca de D. Antonio.
Lo que principalmente falta a Marchena es gracejo y fuerza cómica. Pero el talento del hombre donde quiera se muestra, aun en las cosas que parecen más ajenas de su índole; y por eso las traducciones de Marchena se levantan entre el vulgo de los arreglos dramáticos del siglo XVIII quantum lenta solent inler viburna cupressi. Creo, sin embargo, que hubiera acertado haciéndolas todas en prosa, en aquella prosa festiva, tan culta y tan familiar a un tiempo, en que tradujo, años andando, los cuentos de Voltaire. Pero fuesen en prosa o en verso, siempre habrá que deplorar la pérdida de estas comedias, y también de las ilustraciones que Marchena pensó añadirlas y cuyo plan expresa en el prólogo de La escuela de las mujeres:
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«Se irán publicando las comedias de Molière, cada una de por sí, y a medida que se fueren representando. Como apéndice de esta versión, saldrán adjuntas a algunas de ellas disertaciones acerca de nuestro teatro, en que, sin disimular los gravísimos yerros en que incurrieron nuestros antiguos poetas, haremos notar las hermosuras que a vueltas de ellos en sus producciones se encuentran. Trataremos en otras de la comedia francesa, del teatro cómico en general, etc., de modo que la colección de estos discursos pueda ser reputada por una Poética de la Comedia». |
No sabemos si algo de esto llegó a realizarse. Los papeles de Marchena sufrieron, en su mayor parte, extravío después de su muerte, pero no hemos de perder la esperanza de que algún día parezcan.
Además de las comedias de Molière, tradujo y dio a los actores Marchena dos piezas cómicas francesas de menos cuenta, aunque muy celebradas entonces: El amigo de los hombres y el egoísta (que es el Philinte del convencional Fàbre de l' Églantine, que quiso presentar en ella una tesis contradictoria de la de El misántropo) y Los dos yernos, del académico Etienne, comedia ingeniosa que había tenido gran éxito en 1810. Faltan en esta colección, por no haberse encontrado hasta ahora ejemplares de ellas. Tanto escasean nuestras comedias de principios del siglo, y especialmente las de los años que corresponden a la guerra de la Independencia.
A pesar de sus méritos literarios, cada día mayores, Marchena no hizo gran fortuna, ni siquiera con los afrancesados62, lo cual ha de atribuirse a su malísima lengua, afilada y cortante como un hacha, y a lo áspero, violento y desigual de su carácter, cuyas rarezas, agriadas por su vida aventurera y miserable, ni aun a sus mejores amigos perdonaban. Acompañó al rey José en su viaje a Andalucía en 1810, y hospedado en Córdoba en casa del penitenciario Arjona, escribió de concierto con él una oda laudatoria del intruso monarca, refundiendo en parte otra que el mismo Arjona había compuesto en 1796 para dar la bienvenida a Carlos IV. La oda no es tan mala como pudiera esperarse de un parto lírico de dos ingenios; y tiene algunos versos felices, por ejemplo aquellos en que convida a José a gozar las delicias de las márgenes del Betis, en que el cantor de la venganza argiva fingió la mansión de los bienaventurados y donde los fabulosos reyes Argantonio y Gerión tuvieron su pacífico imperio. Pero son intolerables las tristes adulaciones a la dominación extranjera, hasta llamar al usurpador «delicias de España»:
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Los versos son malos, pero aún es peor y más vergonzosa la idea. ¡Y no temían estos hombres que se levantasen a turbar su sueño las sombras de las inultas víctimas de Tarragona! No hay gloria literaria que alcance a cohonestar tan indignas flaquezas, ni toda el agua del olvido bastará a borrar aquella oda en que Moratín llamó al mariscal Suchet digno trasunto del héroe de Vivar, porque había conquistado a Valencia como él!
Un curioso folleto publicado en 1813 con el título de Descripción físico-moral de los tres satélites del tirano que acompañaban al intruso José la primera vez que entró en Córdoba63, los cuales tres satélites eran el Superintendente de Policía Amorós, el Comisario Regio Angulo, y nuestro Marchena, nos ofrece del último esta curiosa semblanza:
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«Marchena, presencia y aspecto de mono, canoso, flaco y enamorado como él mismo, jorobado, cuerpo torcido, nariz aguileña, patituerto, vivaracho de ojos aunque corto de vista, de mal color y peor semblante, secretario del general Desolles, el segundo en la rapiña de Córdoba después de la entrada de Dupont, y con quien vino de Francia, donde se hallaba huido por su mala filosofía y peor condición64». |
Ha de advertirse, en honor de la verdad y como nuevo testimonio de que Marchena valía, aun moralmente, más que casi todas las gentes con quienes tuvo la desgracia de unirse, que el anónimo autor del folleto se limita a burlarse de su menuda persona, extravagante facha y ridículas pretensiones amorosas, pero no le achaca ninguno de los asesinatos, rapiñas y sacrilegios de que acusa a Amorós y a Angulo.
Siguió Marchena en 1813 la retirada del ejército francés a Valencia. Allí solía concurrir de tertulia a la librería de D. Salvador Faulí, la cual gustaba de convertir en cátedra de sus opiniones anti-religiosas. Los mismos afrancesados solían escandalizarse, a fuer de varones graves y moderados, y le impugnaban, aunque con tibieza, distinguiéndose en esto Moratín y Meléndez. El librero temió por la inocencia de sus hijos, que oían con la boca abierta aquel atajo de doctas blasfemias, y fue a pedir cuentas a Marchena, a quien encontró leyendo la Guía de Pecadores. El asombro que tal lectura le produjo acrecentose con las palabras del Abate, que ya en otro lugar quedan referidas.
Ganada por los ejércitos aliados la batalla de Vitoria, Marchena volvió a emigrar a Francia, estableciéndose primero en Nimes, y luego en Montpellier y Burdeos, cada vez más pobre y hambriento, y cada vez más arrogante y descomedido. En 28 de Setiembre de 1817 escribía Moratín al abate Melón:
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«Marchena preso en Nimes por una de aquellas prontitudes de que adolece; dícese que le juzgará un consejo de guerra, a causa de que insultó y desafió a todo un cuerpo de guardia. Yo no desafío a nadie, y nadie se mete conmigo. (Y en postdata añade): Parece que ya no arcabucean a Marchena, y todo se ha compuesto con una áspera reprimenda, espolvoreada de adjetivos». |
Como recurso de su miseria, a la vez que como medio de propaganda, emprendió Marchena para editores franceses la traducción de varios libros, de los que por antonomasia se llamaban prohibidos, piedras angulares de la escuela enciclopédica. Vulgarizó, pues, las Cartas Persianas de Montesquieu, el Emilio y la Nueva Eloísa de Rousseau, los Cuentos y novelas de Voltaire (Cándido, Micromegas, Zadig, El Ingenuo, etc.), el Manual de los Inquisidores del abate Morellet (extracto infiel del Directorium Inquisitorum de Eymerich), el Compendio del origen de todos los Cultos de Dupuis (libro tan ruidoso entonces como olvidado hoy, en que se explican todas las religiones por la astronomía y el símbolo zodiacal), las Ruinas de Palmira de Volney, cierto Tratado de la Libertad Religiosa de un Mr. Benoist, y alguna obra histórica, como la titulada Europa después del Congreso de Aquisgram, por el abate De Pradt65. En un prospecto que repartió en 1819 anunciaba además que muy en breve publicaría el Essai sur les moeurs y el Siglo de Luis XIV; y quizá hiciera alguna otra versión que no ha llegado a mis manos; porque Marchena inundó literalmente a España de engendros volterianos, y a pesar de todas las trabas puestas a su circulación por el gobierno absoluto de Fernando VII, estos libros, introducidos de contrabando por la frontera francesa, llevaron por todas partes su maléfica influencia, contagiando a gran parte de la juventud, especialmente a los estudiantes, entre quienes corrían con profusión, como sabemos por testimonios dignos de fe respecto de Alcalá, Salamanca y Sevilla. Por desgracia, algunas de estas versiones estaban escritas con tal primor y arte, y en tan pura lengua castellana, que hacían mucho más temible y peligroso el veneno. Otras eran atropelladas y de pane lucrando, hechas por el Abate para salir del día, con rapidez de menesteroso y sin intención literaria. De aquí enormes desigualdades de estilo, según el humor del intérprete y según la mayor o menor largueza de los libreros que hacían trabajar a Marchena a destajo. Apenas puede creerse que salieran de la misma pluma la deplorable versión de las Cartas Persianas, que parece de un principiante; la extravagantísima del Emilio, atestada de arcaísmos, transposiciones desabridas y giros inarmónicos; y la fácil y castiza y donosa de Cándido, de Micromegas y de El Ingenuo, que casi compiten en gracia y limpieza de estilo con los cuentos originales. Esta traducción, muy justamente ponderada por D. Juan Valera, en cuyo primoroso estilo parece haber ejercido alguna remota influencia, prueba lo que Marchena era capaz de hacer en prosa castellana cuando se ponía a ello con algún cuidado y no caía en la tentación de latinizar a todo trapo, como en el famoso discurso de que hablaré después. El mérito de la traducción de las Novelas puede apreciarse con una sencilla comparación. Moratín, uno de los perfectos modelos, quizá el más perfecto de su tiempo, en la prosa festiva y familiar, tradujo también el Cándido de Voltaire66. La traducción es muy digna de su talento, aunque por justos reparos no figure en la colección de sus obras; y sin embargo, con todos los respetos debidos a tal maestro de lenguaje, no nos atrevemos a decir que venza en gracejo y blanda ironía a la de Marchena. Y aunque parezca cosa baladí, y que está al alcance de cualquier jornalero literario, la traducción de un libro francés en prosa, no debe de ser tan fácil la empresa cuando se trata de castellanizar lo que se traduce, respetando el giro y propiedad de nuestra lengua. Los versos franceses suelen ganar puestos en castellano, pero las buenas traducciones en prosa son tan raras que en todo el fárrago de la literatura del siglo XVIII sólo recordamos, como dignas de especial y entera alabanza, el Gil Blas del P. Isla (a quien bien pueden perdonarse algunas infidelidades al texto original y algunos galicismos leves, en gracia del vigor, animación y naturalidad del conjunto), el delicioso Robinsón de D. Tomás de Iriarte, y las ya citadas de Moratín y Marchena.
Pero el trabajo más meritorio y más celebrado de nuestro Abate por aquellos días fue la colección de trozos selectos de nuestros clásicos, intitulada Lecciones de Filosofía Moral y Elocuencia67. La colección en sí parece pobre y mal ordenada, comparándola con otras antologías del mismo tiempo o poco anteriores, como el Teatro crítico de la Elocuencia española de Capmany o la de Poesías Selectas que formó Quintana. Pero lo notable es un discurso preliminar y un exordio, en que Marchena teje a su modo la historia literaria de España, y nos da en breve y sustancioso resumen sus opiniones críticas e históricas, y hasta morales y religiosas. Lejos están ya de nosotros los tiempos en que este discurso fue puesto en las nubes, aun por literatos que no participaban de las aberraciones políticas y religiosas de Marchena. D. Juan M.ª Mauri, por ejemplo, en su Espagne Poétique, aun deplorando «el lenguaje afectado, extraño y trivialmente indígena» de Marchena, estima que este trozo crítico es, por otra parte, «el mejor compuesto, el más nutrido de ideas, el más vigoroso que se haya publicado nunca».
Usando de una expresión vulgarísima, pero muy enérgica, tengo que decir que se cae el alma a los pies cuando engolosinado uno con tales ponderaciones acomete la lectura del célebre discurso, y quiere apurar los quilates de la ciencia crítica de Marchena. Hoy que el libro ha perdido aquella misteriosa aureola que le prestaban de consuno la prohibición y el correr a sombra de tejado, pasma tanto estruendo por cosa tan mediana. La decantada perfección lingüística de Marchena en este fragmento, que quiso presentar como pieza de examen, estriba en usar monótona y afectadamente del hipérbaton latino con el verbo al fin de la cláusula, venga o no a cuento, y aunque desgarre los oídos; en embutir donde quiera las locuciones muy más, cabe, so capa, y eso más que, sobre todo esta última que se le antojaba muy castiza no sé por qué razón; en encrespar toda la oración con vocablos altisonantes revueltos con otros de bajísima y plebeya ralea; en llenar la prosa de fastidiosísimos versos endecasílabos, y en torcer y descoyuntar de mil modos la frase, dándose casi siempre tal maña que escoge, para rematar el período, la combinación más áspera y chillona. Muy loable era el purismo teórico de Marchena, excelente la doctrina que sobre este particular profesaba68, y en algunas de sus traducciones no hay duda que predicó con el ejemplo. Pero si sólo le juzgásemos por esta muestra de su prosa original, muy menguado tendríamos que suponer el estudio que había hecho de los clásicos, puesto que no le habían enseñado lo primero que debe aprenderse de ellos: la naturalidad. Estilo más enfático y pedantesco que el del tal discurso apenas le conozco en castellano, digo entre las cosas castellanas que merecen ser leídas.
Porque lo merece sin duda, aunque esté lleno de gravísimos errores de hecho y de derecho, y escrito con rencorosa saña de sectario, que traspira desde las primeras líneas. La erudición de Marchena en cosas españolas era cortísima. Hombre de vasta lectura latina y francesa, había saludado muy pocos libros castellanos, aunque éstos los sabía de memoria. Garcilaso, el bachiller La Torre, Cervantes, ambos Luises, Mariana, Hurtado de Mendoza, Herrera y Rioja, Quevedo y Solís, Meléndez y Moratín, constituían para él nuestro tesoro literario. De ellos y pocos más formó su colección: de ellos casi solos trata en el Discurso preliminar. La poesía de la Edad Media es para él letra muerta, aun después de las publicaciones de Sánchez: de los romances tampoco sabe nada, o lo confunde todo, y ni uno solo de los históricos, cuanto más de los viejos, admite en su colección. Los juicios sobre autores del siglo XVI suelen ser de una petulancia y ligereza intolerables: llama a las obras de Santa Teresa adefesios que excitan la indignación y el desprecio, y no copia una sola línea de ellas. Tampoco del venerable Juan de Ávila, ni de otro alguno de los predicadores españoles, porque son «títeres espirituales». Los ascéticos, con excepción de Fray Luis de Granada, le parecen mezquinos y risibles: las obras místicas y de devoción, cáfila de desatinos y extravagancias, disparatadas paparruchas. Los Nombres de Cristo, del Maestro León, le agradan por el estilo; ¡lástima que el argumento sea de tan poca importancia, como que nada vale! De obras filosóficas no se hable, porque tales ciencias (basta que lo diga Marchena bajo su palabra) nunca se han cultivado ni podídose cultivar en España, donde el abominable tribunal de la Inquisición aherrojó los entendimientos, privándolos de la libertad de pensar. ¿Ni qué luz ha de esperarse de los historiadores, esclavos del estúpido fanatismo, y llenos de milagros y patrañas? Borrémoslos, pues, sin detenernos en más averiguaciones y deslindes.
Por este sistema de exclusión prosigue Marchena hasta quedarse con Cervantes y con media docena de poetas. Tan extremado en la alabanza como antes lo fue en el vituperio, no sólo afirma que nuestros líricos vencen con gran exceso a los demás de Europa, porque resulta, según su cálculo y teorías, que el fanatismo, calentando la imaginación, despierta y aviva el estro poético, sino que se arroja a decir que la canción A las Ruinas de Itálica vale más que todas las odas de Píndaro y Horacio juntas: tremenda andaluzada que ni siquiera en un hijo de Utrera, paisano del verdadero autor de la oda, puede tolerarse. Bella es la canción de las Ruinas, y tuvo en su tiempo la novedad de la inspiración arqueológica; pero ¡cuántas composiciones líricas la vencen, aun dentro de nuestro Parnaso! Marchena, amontonando yerro sobre yerro, continúa atribuyendo (como D. Luis José Velázquez) los versos del Bachiller La Torre a Quevedo: cita como prueba de la fuerza y originalidad de la dicción poética de éste una traducción de Horacio, que es del Brocense; y finalmente decreta, sin ningún género de salvedades, el principado de la lírica a los andaluces, poniéndose él mismo en el coro (y nada menos que al lado del Divino Herrera), no sin anunciar que ya vendrá día en que la posteridad le alce un monumento, vengándole de sus inicuos opresores.
Y, sin embargo, la crítica de Marchena no es vulgar, ni mucho menos, aunque diste harto de ser la mejor de su tiempo, como han pretendido algunos. Faltan en ella cualidades preciosas que otros tuvieron: el delicado análisis que Capmany, antes y mejor que nadie, aplicó a nuestra prosa; el hondo sentido de la forma poética, la insinuante moderación, el toque sobrio y firme de Quintana; la lucidez y simpática elegancia de Martínez de la Rosa; el buen instinto, generoso y amplio de Lista; el vigor dialéctico que muestra Reinoso aun sujeto por las trabas de la árida ideología de su tiempo. En cambio, Marchena, hombre de cultura más extensa que profunda, pero cultura notable al cabo y en algunos puntos superior a la de casi todos sus coetáneos, tiene, a falta del juicio, que es la facultad que menos le acompañó en sus obras ni en su vida, una libertad de espíritu aventurera e indisciplinada, que muchas veces le descarría, pero que también le sugiere casuales aciertos, expresados por él con su ingénita bizarría y con aquel original desenfado propio de su temperamento de polemista curtido en las más recias tormentas revolucionarias. De vez en cuando centellean en aquellas extrañas páginas algunas intuiciones felices, algunos rasgos críticos de primer orden: tal es el juicio del Quijote; tal alguna consideración sobre el teatro español, perdida entre mucho desvarío que quiere ser pintura de nuestro estado social en el siglo XVII, tan desconocido para Marchena como podía serlo el XIV; la distinción entre la verdad poética y la filosófica: tal lo que dice del platonismo erótico: tal el hermoso paralelo entre Fr. Luis de Granada y Fr. Luis de León considerado como prosista, que es quizá el mejor trozo que escribió Marchena, por más que algo le perjudique la forma retórica de la simetría y la antítesis: tal el buen gusto con que en pocos y chistosos rasgos tilda el castellano de Cienfuegos, en quien le agradaban las ideas, y le repugnaba el neologismo. Pero repito que todos estos brillantes destellos lucen en medio de una noche caliginosa; y a cada paso va el lector tropezando, ya con afirmaciones gratuitas, ya con juicios radicalmente falsos, ya con ignorancias de detalle, ya con alardes intempestivos de ateísmo y despreocupación, ya con brutales y sañudas injurias contra España, ya con vilísimos rasgos de mala fe. En literatura, su criterio es el de Boileau; y aunque esto parezca inverosímil, un hombre como Marchena, que en materias religiosas, políticas y sociales llevaba hasta la temeridad su ansia de novedades y sólo vivía del escándalo y por el escándalo, en literatura es, como su maestro Voltaire, acólito sumiso de la iglesia neo-clásica; observador fiel de los cánones y prácticas de los preceptistas del siglo de Luis XIV, y furibundo enemigo de los modernos estudios y teorías sobre la belleza y el arte, de «esa nueva oscurísima escolástica, con nombre de Estética, que califica de romántico o novelesco cuanto desatino la cabeza de un orate imaginarse pueda». Para Marchena, como para todos los volterianos rezagados, para José M.ª Chénier, para Daunou, para La Harpe antes y después de su conversión, Racine y Molière continuaban siendo las columnas de Hércules del arte. En su crítica y en su estética (si es lícito usar aquí este nombre por él tan aborrecido) no le cuadraba mal a Marchena ese apodo de abate que quizá con intención sarcástica añadían siempre a su apellido sus contemporáneos: porque en esto continuaba siendo un abate del siglo XVIII. A Shakespeare le llama lodazal de la más repugnante barbarie; a Byron ni aun le nombra; de Goethe no conoce o no quiere conocer más que el Werther.
Juzgadas con este criterio nuestras letras, todo en ellas había de parecer excepcional y monstruoso. Restringido arbitrariamente el principio de imitación, que el realismo español había interpretado con tan amplio sentido; entendida con espíritu mezquino la antigüedad misma (¿ni qué otra cosa había de esperarse de quien dice que Esquilo violó las reglas del drama, es decir las reglas del abate D'Aubignac?); convertidos en pauta y ejemplar único los artificiales productos de una cultura cortesana y refinadísima, flores por la mayor parte de invernadero, sólo el buen gusto y el instinto de lo bello podían salvar al crítico en los pormenores y en la aplicación de sus reglas, y ciertamente salvan más de una vez a Marchena. Pero aun en estos casos es tan inseguro y contradictorio su juicio, parecen tan caprichosos sus amores y sus odios, y tan podrida está la raíz de su criterio histórico, que los mismos esfuerzos que hace para dar a su crítica carácter trascendental y entretejer la historia literaria con los hilos de la historia externa, sólo sirven para despeñarle. Bien puede decirse que todo autor español comienza por desagradarle en el mero hecho de ser español y católico; y necesita un gran esfuerzo para sobreponerse a esta prevención. No concibe literatura grande y floreciente sin espíritu irreligioso; y cegado por tal manía, ora se empeña en demostrar que los españoles de la Edad Media eran muy tolerantes y hasta indiferentes en religión, como si no protestaran de lo contrario las hogueras que encendió San Fernando, las matanzas de judíos, los actos de la Inquisición catalana, y todos nuestros cuerpos legales; ora se atreve a poner lengua (caso raro en un español) en la veneranda figura de la Reina Católica, a quien llama «implacable en sus venganzas, y sin fe en la conducta pública»; ora coloca al libelista Fray Pablo Sarpi en puesto más eminente que a todos nuestros historiadores, por el solo hecho de haber sido tenido por protestante aunque solapado; ora desprecia como bárbara cáfila de expresiones escolásticas la ciencia de Santo Tomás y de Suárez; ora niega porque sí, y por quitar una gloria más a su patria, la realidad del mapa geodésico del maestro Esquivel, de que dan fe por vista de ojos Ambrosio de Morales y otros testigos irrecusables; ora explica la sabiduría de Luis Vives por haberse educado fuera de la Península (olvidando sin duda sus vehementes diatribas contra la universidad de París); ora califica de patraña un hecho tan judicialmente comprobado como el asesinato del Niño de la Guardia; ora imagina desbarrando que los monopantos de Quevedo son los jesuitas; ora calumnia feamente a la Inquisición, atribuyéndola el desarrollo del molinosismo, que ella castigó sin paz y sin tregua; ora nos enseña como profundo descubrimiento filosófico que los inmundos trágicos de la Epístola Moral son «nuestros frailes, los más torpes y disolutos de los mortales, encenagados en los más hediondos vicios, escoria del linaje humano». Pero lo más curioso y extravagante es la razón que da para no incluir en su colección mayor número de trozos de Fr. Luis de Granada, a pesar de lo muy persuadido que estaba del soberano mérito de este escritor, que parece haber sido el predilecto suyo entre los nuestros. ¡La razón es que le tenía por inmoral! Y ciertamente que su moral era todo lo más contrario a la extraña moral de Marchena, el cual en otra parte de este abigarrado discurso, donde todo es intemperante, el pensamiento y la expresión, truena con frases tan estrambóticas como grande es la aberración de las ideas, contra «la moral ascética, enemiga de los deleites sensuales en que la reproducción del humano linaje se vincula, tras de los cuales corren ambos sexos a porfía». Él profesa la moral de la naturaleza, «la de Trasíbulo y Timoleón»; y en cuanto a dogma, no nos dice claro si por aquella fecha era ateo o panteísta, puesto caso que del deísmo de Voltaire había ya pasado, y no aceptaba ningún género de Teodicea, dejando en la categoría de los asertos más o menos verosímiles y sujetos al cálculo de probabilidades, «la existencia de una o muchas naturalezas increadas, distintas de la materia, y señoras de ella; la multiplicidad de sustancias en el ser humano; la incorruptibilidad de unas cuando se corrompen las otras».
Qui habitat in coelis irridebit eos; y en verdad que parece ironía de la Providencia que la nombradía literaria de aquel desalmado jacobino, que en París abrió cátedra de ateísmo, ande vinculada principalmente (¿quién había de decirlo?) a una oda de asunto religioso, la oda A Cristo crucificado. De esta feliz inspiración quedó el autor tan satisfecho, que con su habitual e inverosímil franqueza, no sólo la pone por modelo en su colección de clásicos, sino que la elogia cándidamente en el preámbulo, y, comparándose con Chateaubriand, cuya fama de poeta cristiano le sacaba de quicio, y de cuyos Mártires decía que «son una ensalada compuesta de mil yerbas, acedas aquéllas, saladas estotras, y que juntas forman el más repugnante y asqueroso almodrote que gustar pudo el paladar humano», exclama con estudiantil desgarro: «Entre el poema de Los Mártires y la oda A Cristo crucificado media esta diferencia: que Chateaubriand no sabe lo que cree, y cree lo que no sabe, y el autor de la oda sabe lo que no cree y no cree lo que sabe».
La inmodestia del autor, por una parte, y por otra los excesivos elogios que en todo tiempo han tributado a esta oda los críticos de la escuela literaria a que el autor pertenecía, contribuyen a que la composición de Marchena no haga en todos los lectores el efecto que por su robusta entonación debiera. El autor la admiró por todos y antes que todos, se decretó por ella una estatua, y nada nos dejó que admirar. Así y todo, es pieza notable, algo artificial y pomposa, demasiado herreriana con imitaciones muy directas, desigual en la versificación, desproporcionada en sus miembros, pequeña para tan grandioso plan, que quiere ser nada menos que la exposición de toda la economía del Cristianismo; y, por último, fría y poco fervorosa, como era de temer del autor, aunque muchos con exceso de buena fe hayan creído descubrir en ella verdadero espíritu religioso. Si lo que Marchena se propuso, según parece, fue demostrar que sin fe pueden tratarse magistralmente los temas sagrados, la erró de medio a medio, y su oda es la mejor prueba contra su tesis. Fácil es a un hombre de talento y de muchas humanidades calcar frases de los libros santos y frases de León y de Herrera, y zurcirlas en una oda, que no será ni mejor ni peor que todas las odas de escuela; pero de esto al arranque espontáneo de la inspiración religiosa, ¡cuánto camino! Júzguese por las primeras estancias de la oda de Marchena, que, si bien compuestas de taracea, tienen ciertamente rotundidad y número, y vienen a ser las mejores de esta composición, en que todo es cabeza, como si el autor, fatigado de tan valiente principio, se hubiese dormido al medio de la jornada:
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Muy inferiores a ésta son las demás poesías de Marchena, que él con la misma falta de modestia va poniendo por dechados en sus géneros respectivos. Todas ellas figuran en la colección manuscrita de París, siendo la más notable una Epístola sobre la libertad política, dirigida al insigne geómetra español D. José M.ª Lanz, creador, juntamente con D. Agustín Betancurt, de la nueva ciencia de la Cinemática70.
En general, esta epístola está pésimamente versificada, llena de asonancias ilícitas, de sinéresis violentas y de cuñas prosaicas: muestra patente deque el autor sudaba tinta en cada verso, obstinado en ser poeta contra la voluntad de las hijas de la Memoria. Hay, no obstante, algunos tercetos dignos de notarse por lo feliz de la idea o de la imagen, ya que no de la expresión; y porque además nos dan el pensamiento político de su autor acerca de la revolución después de pasados los primeros hervores de ella:
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Queriendo mostrar el autor que todos los excesos revolucionarios son consecuencia del despotismo, y que él nutre y educa la revolución a sus pechos, usa de esta notable comparación:
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Tampoco carece de cierta originalidad Marchena, como primer cantor español de la duda, y precursor en esto de Núñez de Arce y otros modernos:
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Bien dijo Marchena que tal poesía era nueva en castellano, pero también ha de confesarse que la nueva cuerda añadida por él a nuestra lira no produce en sus manos más que sonidos discordes, ingratos y confusos.
También pagó tributo Marchena a uno de los más afectados, monótonos y fastidiosos géneros que por aquellos días estuvieron en boga: al de las epístolas heroidas, calcadas sobre la famosa de Pope, a la cual no llega ni se acerca ninguna de sus imitaciones. ¿Quién no conoce la famosa Epístola de Eloísa a Abelardo, que Colardeau imitó en francés, y que Santibáñez, Maury y algunos otros, pusieron en castellano, tomándola ya del original ya de la versión; para nocivo solaz de mancebos y doncellas que veían allí canonizados los ímpetus eróticos, reprobadas las austeridades monacales, y enaltecido sobre el matrimonio el amor desinteresado y libre? Ciertamente que esta Eloísa nada tiene que ver con la escolástica y apasionadísima amante de Abelardo, ni menos con la ejemplar abadesa del Paracleto, sino que está trocada, por obra y gracia de la elegante musa de Pope, en una miss inglesa, sentimental, bien educada, vaporosa e inaguantable. ¿Dónde encontrar aquellas tan deliciosas pedanterías de la Eloísa antigua, aquellas citas de Macrobio y de las epístolas de Séneca, del Pastoral de San Gregorio y de la regla de San Benito, aquellos juegos de palabras «oh inclementem clementiam! oh infortunatam fortunam!» mezcladas con palabras de fuego sentidas y no pensadas: «non matrimonii foedera, non dotes aliquas expectavi, non denique meas vouptates aut voluntates, sed tuas, sicut ipse nosti, adimplere studui... Quae regina vel praepotens femina gaudiis meis non invidebit vel thalamis?... Et si uxoris nomen sanctius ac validius videtur, dulcius mihi semper extilit amicae vocabulum, aut (si non indigneris) concubinae vel scorti, ut quo me videlicet pro te amplius humiliarem, ampliorem apud te consequerer gratiam, et sic excellentiae tuae gloriam minus laederem... Quae cum ingemiscere debeam de commissis, suspiro potius de amissis».
Después de leídas tales cartas, parece amanerada, aunque agradable siempre, la Heroida de Pope, donde ha desaparecido todo este encanto de franqueza y barbarie, de ardor vehementísimo y sincero. Así y todo, esta ingeniosa falsificación de los sentimientos del siglo XVIII tuvo portentoso éxito, y engendró una porción de imitaciones con el nombre de heroidas, dado ya en la antigüedad latina por Ovidio a otras epístolas galantes suyas, no menos infieles al carácter de los tiempos heroicos que lo eran las de sus imitadores al espíritu de la Edad Media.
¿Pero cuál de las imitaciones de la heroida de Pope que hay en castellano es la de Marchena? El Sr. Marqués de Valmar, doctísimo colector de nuestros poetas del siglo XVIII, se inclina a atribuirle la más popular de todas; la que se imprimió en Salamanca por Francisco de Toxar, en 1796, con título de Cartas de Abelardo y Eloísa, en verso castellano, y fue prohibida por un edicto de la Inquisición de 6 de Abril de 1799. El Sr. Bergnes de las Casas, que imprimió en Barcelona en 1839, juntamente con el texto latino de las cartas de Abelardo y el inglés de la epístola de Pope, todas las imitaciones castellanas que pudo hallar de unas y otras, atribuye a D. Vicente María Santibáñez, catedrático de humanidades en Vergara, la susodicha famosa traducción que comienza:
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y da como anónima la respuesta, que parece obra original del traductor de la primera epístola, si bien muy inferior a ella en condiciones literarias, porque ya el original de Pope o de Colardeau no sostenía la flaca vena de su autor:
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El hallazgo del manuscrito de París ha venido a resolver la cuestión, puesto que en él aparecen dos epístolas de Eloísa y Abelardo, enteramente originales del abate Marchena y mucho más libres e impías que las que se imprimieron en Salamanca, y de las cuales una, por lo menos, es de Santibáñez, según el testimonio irrecusable de Quintana, que le había conocido y tratado mucho, como también a Marchena71. No es maravilla que tratándose de autores tan análogos en su vida y en sus ideas, y de composiciones sobre el mismo asunto, se hayan confundido las especies. Conste, pues, que las heroidas de Marchena son las que empiezan:
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Así éstas como la mayor parte de las poesías líricas de Marchena se imprimen en esta colección por vez primera, fielmente copiadas por el docto profesor y querido amigo nuestro Mr. Alfred Morel-Fatio de un códice autógrafo de Marchena, que se conserva hoy en la Biblioteca de la Sorbona, y procede de la librería de Mr. Lefebure de Fourcy, antiguo catedrático de la facultad de Ciencias73. De muchas de estas composiciones ya se ha ido haciendo mérito en el curso de esta biografía. Todas ellas parecen compuestas antes de 1808; y sin duda por eso no figura en el manuscrito de París la canción A Cristo crucificado, que debe de ser posterior.
Cuando la revolución de 1820 abrió a los afrancesados las puertas de España, Marchena fue de los que regresaron, muy esperanzado, sin duda, de ver premiados bajo el nuevo régimen sus servicios a las ideas liberales, que ciertamente eran más antiguos que los de ningún otro español. Pero nada logró, porque la tacha de traidor a la patria le cerraba todo camino en un tiempo en que las heridas del año 1808 manaban sangre todavía; y los mismos afrancesados que apenas habían comenzado su laboriosa tarea para irse rehabilitando en la opinión (como al fin lo consiguieron en los últimos años de Fernando VII, llegando a ejercer grande influencia en sus consejos como autores o fautores de la teoría del despotismo ilustrado), huían de Marchena, clérigo apóstata, cuyo radicalismo político y religioso, todavía raro en España, bastaba para comprometer cualquier partido a que él se afiliase. Bien a su costa lo experimentó en Sevilla, a donde le llevaron sin duda los recuerdos de su juventud y el apego al suelo natal. Sevilla era entonces un pueblo eminentemente realista, donde las ideas constitucionales sólo eran profesadas por una minoría exigua, al revés de lo que acontecía en Cádiz, Barcelona y otras ciudades marítimas. Uno de los biógrafos de Marchena74, cuyos recuerdos personales se remontan bastante lejos, da sobre este punto curiosas y autorizadas noticias.
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«La gente liberal en Sevilla era entonces baladí. La mayoría de lo que se llama pueblo, casi toda la nobleza y los propietarios y labradores pertenecían en ideas al absolutismo, fomentado por el numeroso y alto clero y por los más de los frailes. »El bando liberal se componía de muy pocas personas importantes de la ciudad: comerciantes, tenderos, oficiales retirados, ociosos y vagabundos, alguna tropa de la guarnición y de los aficionados a alborotos. »Se decía entonces por fina ironía que todo el pueblo junto en el café del Turco había promovido tal o cual asonada, en cuya frase se pintaba gráficamente cuán reducido número de personas contaba el partido liberal en Sevilla...». |
Al principio Marchena fue bien recibido por los liberales sevillanos, e ingresó a título honorífico en una Sociedad Patriótica que allí había, no menos tumultuosa que sus análogas de Madrid, aunque menos perniciosa en sus efectos, los cuales tenían más de bufo que de trágico, reduciéndose a sandias peroratas sobre los artículos del código constitucional, y a otras efusiones declamatorias propias de la candidez política de aquellos tiempos. A Marchena, que no sólo había visto revoluciones de verdad sino que había sido actor en ellas, le parecía todo aquello una absurda mojiganga; y como no se recataba de decirlo a los propios adeptos, con toda la malignidad sarcástica propia de su carácter violento y atrabiliario, se atrajo en poco tiempo muchos enemigos que no le perdonaban aquella continua e implacable burla. Además, entre los patriotas del año 20, aunque la irreligión hubiese comenzado a hacer estragos y estuviese de moda cierto descreimiento, había no pocos hombres sinceramente cristianos y aun devotos, que no pasaban más allá de la libertad política, y para quienes era un escándalo la impiedad que cínicamente afectaba Marchena. A los pocos meses de su llegada había tenido la habilidad de ponerse mal, casi a un mismo tiempo, con los frailes de Sevilla y con el Capitán General, que era al mismo tiempo Jefe Político de la provincia. Las cosas acontecieron de este modo:
Las cortes de 1820 acababan de dar una ley (que Fernando VII sancionó a la fuerza y bajo el amago de un motín) extinguiendo las órdenes monacales y reformando las regulares. Para celebrar este decreto, la Sociedad Patriótica de Sevilla encargó un discurso a Marchena. Este discurso, que gustó en el primer momento (quizá porque la mayor parte del auditorio no le entendió del todo), fue impreso por aclamación general, y entonces es cuando se vio la gravedad de las conclusiones racionalistas que la inexperta Sociedad había prohijado. Se trataba, en efecto, de un ardiente alegato en pro de la libertad de cultos, o más bien del naturalismo y del indiferentismo religioso, pero envuelto en cierta fraseología mística, que podía deslumbrar a los incautos. Marchena preguntaba entre otras cosas:
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«¿No pertenecen al Criador, al Conservador del Universo, el hombre y sus obras todas, y la tierra que habita y el cielo que le cobija y cuantos seres animados e inanimados en su inmenso seno la naturaleza encierra? ¿Es la morada de Jehováh el monte de Garizim? ¿Es peculio privativo suyo el templo de Júpiter Capitolino, la mezquita de la Meca o las paredes del Vaticano? ¿No es su dominio el capullo que alberga al insecto imperceptible, como la vasta órbita que describe el más remoto planeta? La tierra y cuantos en ella moran, el orbe entero y cuanto en él se contiene son del Señor, dicen los salmos de los hebreos. Un don solo puede tributar el hombre al Altísimo; y ese es el único grato a sus ojos: un pecho amante de la virtud, una razón despojada de los desvaríos de la superstición, una vida conforme a los preceptos del Verbo, esto es, de la razón divina, que estableció el invariable orden de los seres, y por la razón de las necesidades físicas enseñó a los humanos las relaciones que con Dios y con sus semejantes los estrechan... Los tiranos son los verdaderos rebeldes a la Divinidad, los enemigos de la eterna razón increada, los que han formado parcialidades y coligádose contra el Señor y su Cristo, mas que el Cristo ha de quebrantar con cetro de hierro, cual vasos de frágil arcilla»75. |
Un fraile impugnó desde el púlpito el folleto del ciudadano Marchena; y el ciudadano Marchena, dando una muestra de intolerancia no rara entre los que teóricamente blasonan más de libre-pensadores, denunció al fraile a las iras de la Sociedad Patriótica, y aun procuró, aunque inútilmente, que se hiciese pesquisa judicial contra él. Todo ello consta por la carta al general O'Donojú, que citaremos luego:
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«Puesto que todas las expresiones de dicho discurso se hubiesen pronunciado delante de un inmenso concurso de sujetos de toda clase, no desaprobando ninguno una sola de ellas y aplaudiéndolas todos; puesto que estuviera ya impreso y patente a la censura de todos, todavía un fraile llamado Salado tuvo la increíble avilantez de predicar un domingo en Omnium Sanctorum (una de las iglesias a donde acude más plebe, y, por consiguiente, más gente pronta a enardecerse por las irritaciones del fanatismo) que el abate Marchena era un hereje que quería trastornar la religión católica. »Tan escandalosa tentativa de asonada no solamente permanece impune, mas ni siquiera ha tenido por conveniente V. E. hacer en la materia la más ligera pesquisa, si bien la excitación desde el púlpito contra un ciudadano que se nombra formalmente sea un delito nuevo desde el principio de las conmociones de España; y este primer ejemplo se ha dado impunemente en el pueblo cuya seguridad ha sido encomendada a V. E. No es esto articular una queja contra V. E. Bien me hago cargo de lo arduo del empeño de encontrar testigos que declarasen sobre un sermón predicado un domingo en una iglesia llena de gente. La delación que de él se hizo en la Sociedad, y que también está consignada en La Espada Sevillana, pareció sin duda a V. E. una denuncia vaga: por eso no ha querido hacer diligencias que probablemente ningún efecto producirían». |
Pronto surgió otra disidencia en el seno de la Sociedad. El ciudadano Mac-Crohón, correligionario y amigo íntimo de Marchena, leyó una noche cierto manifiesto de los oficiales del batallón de Asturias (el que había mandado Riego) en que se hacían graves cargos al general O'Donojú. A muchos de los concurrentes pareció tal manifiesto una insensatez y una violación de los principios más elementales de la disciplina militar; pero Marchena se encaramó en la tribuna para sostener que los oficiales manifestantes estaban dentro de «la verdadera doctrina de los pueblos libres acerca de las quejas de los ciudadanos contra los magistrados y gobernantes», y que no hacían más que cumplir con la «obligación sagrada del ciudadano».
Publicábase a la sazón un periódico titulado La Espada Sevillana, órgano oficioso de la Sociedad, pero todavía más del Capitán General, que había confiado la redacción a su médico, llamado Codorniu. En La Espada, pues, salió un comunicado que firmaba El Ocioso: de tono asaz agrio, contra el manifiesto de los oficiales de Asturias, y contra los oradores que le habían apoyado en la Sociedad Patriótica. Y aquí prosigue la narración del abate Marchena, dirigiéndose al mismísimo general O'Donojú.
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«El socio Mac-Crohón, ultrajado en una postdata del artículo comunicado salió a vindicar su honor: seguile yo, y los aplausos del público nos acompañaron a uno y a otro. Acuérdome que en mi razonamiento dije que ni conocía ni quería conocer a V. E. Lo primero V. E. sabe ser muy cierto; lo segundo sé yo que no lo es menos. Probé que no debían los miembros de la Sociedad seguir subscribiéndose a un periódico que, costeado por ellos, insertaba violentas censuras de papeles leídos con aprobación del Cuerpo, y de socios que en vez de haber sido llamados al orden se les había escuchado con satisfacción general... »Al siguiente día se formó, por los que llevaban la voz, un conciliábulo con nombre de sesión secreta; y sin citarme, sin mi noticia, sin hacerme cargo ninguno, sin saber siquiera si pensaba yo en disculparme, fallan mi expulsión de la Sociedad. Tan ajeno estaba yo de esta decisión, que habiendo por acaso sabido que se celebraba sesión secreta en el teatro de San Pablo, fui a ella, y pedí la palabra para hablar sobre no sé qué asunto que a la sazón se estaba ventilando, cuando un fraile dominico, llamado Fr. Becerro, digno presidente de la Sociedad Patriótica de Sevilla, encarándose a mí con tan furibundo ademán como si me notificara que por auto del Santo Oficio iba a ser relajado al brazo seglar, con estentórea voz me preguntó si ignoraba yo la decisión que se acababa de tomar por la Sociedad. Respondile (como era la verdad) que nada sabía de ella. Y alargándome, con toda la insolencia y descortesía frailesca, el registro de las actas, me dio a leer la resolución de mi expulsión. Quise hablar, y me cerró la boca diciendo que la Sociedad no se volvía nunca atrás en sus decisiones. «Si es así (dije yo entonces) la infamia de ésta recaerá sobre mí o sobre ella. Sobre mí estoy seguro de que no ha de caer. Concluyan ustedes el dilema». «Sobre nosotros (respondieron unos quince que formaban el conventículo)». «No retratan ustedes mal (repuse saliéndome) a los judíos verdugos de Cristo. Sanguis eius super nos et super filios nostros» (!!). |
Marchena, después de compararse nada menos que con el Redentor del mundo, echa al Capitán General la culpa de tan escandalosas escenas por haber dirigido a varios socios una circular o exhorto secreto, preguntándoles si en efecto el Abate había hablado contra la religión católica en alguna de las sesiones públicas o secretas. Él niega terminantemente haberse ocupado en tales asuntos; y como el general O'Donojú no estaba en olor de santidad, sino que era antiguo afiliado de las sociedades secretas, triunfa de él con punzante y maligna ironía, diciendo que no es el celo de la casa del Señor lo que le devora.
Todo el resto de la vindicación está escrito en el mismo tono acre e insolente. Marchena contrapone su crédito literario y su vieja historia revolucionaria a la triste reputación militar de O'Donojú, que todavía no era el hombre del convenio con Itúrbide, pero que ya había dado suficientes pruebas de torpeza e ineptitud. Le echa en cara su doblez y falso juego, en 1819, el haber conspirado a medias y haber faltado a su compromiso con los liberales en el momento crítico. Y hablando de sí mismo añade:
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«La persecución se había de cohonestar con las más disparatadas calumnias. Una carta he visto yo, escrita por un amigo de V. E., en que afirmaba que Mac-Crohón, Marchena y otros perversos habían pedido la cabeza de Codorniu (perdóneme V. E. si miento a este Juan Rana de la literatura). ¿Qué diablos habíamos de hacer con la cabeza de un Codorniu? Todavía, si hubiera yo proyectado un poema de La Fontaine, pudiera aquella cabeza servir de modelo para el principal héroe; mas para esto era forzoso que se mantuviera encima de sus hombros. Viva el erudito secretario de la Sociedad Patriótica sevillana quieto y sosegado; esgrima furibundos tajos con su espada de palo; todo el mundo se reirá, con contorsiones, de sus acometimientos, de sus necias malicias, y en nadie excitará afectos de amor ni de odio; yo se lo aseguro sin temor de que nadie me desmienta... »De Codorniu, volvamos a V. E. ¿Y es verdad, señor, que lo que más en mi discurso le ha irritado ha sido el haber hablado yo con el alto aprecio que para mí se merecen Riego y sus compañeros? Ello es cierto que es triste cosa no haber tenido parte en la restauración de la libertad de la patria quien en aquella época hubiera podido decidir oportunamente la contienda con sólo declararse. Mas también hemos de atender a que el papel de espectante, si no es el más glorioso, por lo menos es el más seguro, ya que la prudencia persuade a abstenerse de coger laureles que pueden ir envueltos en cipreses... »Permítame V. E. que en pago de los daños que se ha esforzado en causarme le dé un consejo, que, cuando de nada le sirviese, nunca podrá serle nocivo; éste es que cuando quisiere asestar un tiro contra alguno, se funde en pretextos que lleven algún color de verosimilitud. »En consecuencia, Sr. Excmo., ¿quién se ha de persuadir de que soy yo un enemigo de la libertad, cuando tantas persecuciones he sufrido por su causa; un hombre que anda pidiendo cabezas de majaderos, cuando por espacio de diez y seis meses en mi primera juventud me vi encerrado en los calabozos del jacobinismo? »Cuando en España pocos esforzados varones escondían en lo más recóndito de sus pechos el sacrosanto fuego de la libertad; cuando ascendían los viles a condecoraciones y empleos, postrándose ante el valido o sirviendo para infames tercerías con sus comblezas o las de sus hermanos y parientes, entonces, en las mazmorras del execrable Robespierre, al pie del cadalso, alzaba yo un grito en defensa de la humanidad ultrajada por los desenfrenos de la más loca democracia. Mas nunca los excesos del populacho me harán olvidar los imprescriptibles derechos del pueblo: siempre sabré arrostrar la prepotencia de los magnates lidiando por la libertad de mi patria»76. |
Esta carta, cuyo final es elocuente, y que en todo su contexto es una curiosa muestra de la acerada prosa política del abate Marchena, fue escrita en Osuna el 6 de Diciembre de 1820, y publicada inmediatamente en el Diario de Cádiz. Su éxito fue grande, no sólo entre los liberales exaltados, sino entre los muchos enemigos de toda especie que tenía O'Donojú, y entre los realistas burlones que tanto partido sacaban de estas discordias domésticas de sus adversarios. Para contrarrestar el efecto de las diatribas de Marchena (a quien todos temían, aunque casi nadie le estimase) se publicó una impugnación de su carta por un socio de la Reunión Patriótica de Sevilla77. Es papel bastante candoroso y pobremente escrito, pero del cual pueden sacarse algunas especies útiles para la biografía de Marchena, y sobre todo para juzgar del mal predicamento en que entonces le tenían sus paisanos. A ello contribuía mucho su calidad de afrancesado; y este punto flaco es el primero en que el impugnador le hiere:
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«Esos son los que clavaron el puñal en el seno de la Madre Patria en la aciaga época de la dominación francesa... Aunque hoy con una falsa hipocresía se ostentan patriotas, su pasada conducta los desmiente... No han adoptado estos monstruos las ideas liberales sino para desacreditarlas y envilecerlas... »El ídolo de la independencia nacional no les devuelve los falsos ósculos con que reconocen, al parecer, su soberanía, ni tiene por bien expiados sus errores por una débil analogía con el actual sistema... Bien a su costa lo ha experimentado el abate Marchena cuando después de algunos aplausos, hijos del momento y arrancados por sorpresa, se vio confundido y avergonzado por los mismos que antes le celebraban con entusiasmo... No era ya posible a una sociedad que anhelaba por la instrucción y seguridad del Pueblo Sevillano, poder abrigar por más tiempo un ciudadano de ideas tan heterogéneas y alarmantes, sin arriesgar su existencia misma y autorizar esta dañosa franqueza de hablar en sentidos opuestos a los de la muchedumbre, cuando ésta camina de acuerdo con las disposiciones del Gobierno». |
Entrando el anónimo en el examen del que llama envenenado papel, empieza por rechazar el inmodesto paralelo que Marchena hacía entre su persona y la de Juan Jacobo Rousseau, y entre su carta a O'Donojú y la carta del ciudadano de Ginebra al Arzobispo de París con motivo de la prohibición del Emilio.
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«¿Qué obras pueden igualar a este nuevo autor con aquel célebre filósofo, si ya no es el desenfreno de sus pensamientos e ideas en materias de religión? Sepa el señor Marchena que la comparación hubiera sido más propia si se hubiese acordado de Esopo y de sus fábulas, ya que (aun olvidada la semejanza de su persona) a este género pertenecen todos los hechos y particularidades que refiere... ¿Quién ha escrito entre nosotros contra las obras de este autor, cuando no se conocen ni pueden conocerse?... »Él es un extranjero en su propio país, por los muchos años de ausencia y sus relaciones y enlaces íntimos con algunos de los personajes de la revolución francesa, que nada tiene de común con la nuestra, a excepción de los principios generales del derecho de la naturaleza y de las gentes...». |
Sobre la entrada de Marchena en la Sociedad Patriótica, y su expulsión de ella, da estos por menores:
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«Precipitose aquella reunión hasta el punto de creer al ciudadano Marchena muy proporcionado para desvanecer en la muchedumbre las ideas góticas de una educación mal dirigida, y hacerla entrar en los senderos luminosos de nuestra felicidad pública y particular. Pero ¡oh! ¡cuánto se engañó en esta elección, nacida de sus buenos deseos! A los primeros pasos descubrió este nuevo socio unas ideas que chocaban directamente con las de la Constitución y del Gobierno. »Pudieran citarse muchos que le oyeron pronunciar con escándalo algunas máximas contrarias diametralmente a la piedad de los pueblos; y alarmó con esta novedad a muchos espíritus incautos, que o no supieron o no pudieron discernir entre los sentimientos extraviados del abate Marchena y los puros y razonables de los verdaderos liberales, amantes de su Religión y de su Patria. El mismo discurso que leyó en la tribuna, relativo a la extinción monacal, en medio de los estériles aplausos que arrancó su veloz y rápida lectura, dio muestras inequívocas del poco aprecio que merecía a su autor la Representación Nacional, cuyas decisiones censuraba imprudentemente, para desacreditarla en el ánimo pacífico y sencillo de estos Andaluces... La Sociedad misma lo creyó así, y no pudo menos que atalayar la conducta posterior de este individuo, a quien desgraciadamente había honrado con la confianza de introducirlo en su seno. »Se observó con mucho sentimiento que el ciudadano Marchena se había convertido en un triste objeto de murmuración pública, trascendental entonces al mismo cuerpo que le prestó tan fácil acogida. Los predicadores de la moral evangélica, entre ellos Fray Bartolomé Salado, del orden de San Francisco, tuvieron la imprudencia de citarle nominalmente en el púlpito por un enemigo tan encarnizado de la Religión como del sistema constitucional. Si bien fue muy reparable esta franqueza, la Sociedad no podía ni debía impedirla... Un ciudadano que haya merecido siempre alguna opinión de regularidad y acierto en su conducta, puede acaso aventurar alguna proposición que esté en oposición verdadera o aparente con las ideas comunes, y encontrará acaso docilidad en los ánimos para oír y examinar sus pruebas con detención y escrupulosidad. Pero cuando esta libertad se nota en un hombre nuevo (por decirlo así) entre nosotros, y alimentado en reinos extraños con una licencia nada compatible con nuestras costumbres actuales, toda tentativa es un insulto, y todo extravío de pensamiento arrastra en pos de sí la indignación del pueblo... »Este raro suceso acabó de fijar la atención de la Sociedad sobre este individuo, y se vio obligada dolorosamente a expulsarle de su gremio y exigirle el diploma... »¿Por qué aspiraba el ciudadano Marchena a que el Gobierno Político de Sevilla desvaneciese en el pueblo la opinión que le habían acarreado sus imprudencias en los cafés y tertulias, en los teatros y corrillos de todas clases y condiciones? ¿Por qué no usó, como podía, de la libertad de la imprenta, para apologizar sus sentimientos, o más bien para presentarlos en un sentido católico y constitucional, único medio de obtener hoy los sufragios de los liberales prudentes y aun de la muchedumbre? ¿Por qué no hizo una denuncia formal contra el predicador que le injuriaba, y en los juzgados señalados por la ley? ¿Quién le ha sugerido que la gobernación política estaba autorizada para proceder de oficio sobre agravios particulares? [...] »Con estos preliminares no debió parecer importuna la exclusión de este socio, que no observaba las leyes del Estado, ni las del reglamento interior de la Sociedad, y aspiraba a ser nada menos que un dictador absoluto, contra todo el sistema establecido para la unión y conformidad de los socios... Fue tal su frenesí de hacer vagar al pueblo por espacios imaginarios y quiméricos, que la Reunión Patriótica tuvo que optar entre o perder para siempre su crédito, o ahuyentar de su seno a un individuo que hacía peligrar su existencia». |
El folleto termina con vindicar de los ataques y vituperios de Marchena al general O'Donojú y al ciudadano Codorniu, «Protomédico del ejército constitucional»; y con echar en cara al Abate sus cuarenta años de expatriación voluntaria o forzada, «bañándose en las delicias voluptuosas de París».
Esta pequeña escaramuza fue quizá el último acto de la agitada vida política de Marchena, que, impopular ya entre los liberales andaluces, pues a los anatemas de la Sociedad Patriótica de Sevilla se habían unido las de Lebrija, Écija y otros puntos78; denunciado en públicos documentos como sedicioso anarquista por haber dicho en una especie de meeting, celebrado en el teatro, que la patria estaba en peligro y que se requerían enérgicas medidas de salvación, incluso la convocatoria de Cortes extraordinarias, es decir de una Convención análoga a la de Francia; determinó alejarse de un medio tan inhospitalario para sus ideas, y trasladar su residencia a la corte, como lo verificó a fines de 1820, después de haber pasado una corta temporada en Osuna, al lado de su amigo el médico y diputado a Cortes D. Antonio García, padre de nuestro docto maestro de hebreo D. Antonio M.ª García Blanco, a quien en sus conversaciones familiares oímos más de una vez hacer mérito de la impresión que en su fantasía de niño había hecho la singular persona del abate Marchena. En las Memorias que dejó impresas, pero no publicadas ni aun terminadas, dice del Abate:
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«Era tan pequeño, que sentado en una silla de la sala de mi casa no le alcanzaban los pies al suelo: fue a casa a despedirse para Madrid, porque siempre fue amigo y de la tertulia de mi padre, con D. Manuel de Arjona, Penitenciario de Córdoba, y su hermano D. José, Asistente de Sevilla después, y privado del rey Fernando VII». |
Luego cuenta que en su casa tuvieron disputa el año 8 Marchena y el P. Manuel Gil, de los clérigos menores, y que el segundo no acertó a contestar al primero, a pesar de toda su facundia. Pero no puede menos de haber error en la fecha, puesto que Marchena no volvió a Andalucía hasta 1810, y entonces por primera vez pudo conocerle García Blanco, que tenía a la sazón nueve años, lo cual explica la vaguedad y confusión de este primer recuerdo suyo consignado por él en 188779.
Pocos meses de vida restaban a Marchena. No sabemos que publicase ya ningún escrito, a no ser que sea suya, como lo parece por las iniciales y por el estilo, una traducción de la Vida de Teseo, según el texto griego de Plutarco, cuyas Vidas Paralelas se había propuesto traducir (según conjeturamos) en competencia con la versión, que entonces empezaba a salir, de D. Antonio Lanz Romanillos. La de Marchena (si realmente es suya, como creemos) no pasó de esta primera biografía.
Sus días estaban contados, y, apenas llegó a Madrid, hubo de adolecer gravemente. Sólo así se explica que nunca subiese a la tribuna de la Fontana de Oro, donde se discutían entonces con tanto o más calor que en Sevilla los actos del general O'Donojú, a quien atacaron reciamente varios oradores, entre ellos Alcalá Galano, D. Manuel Núñez, D. José Peino y D. Juan Mac-Crhon Henestrosa, grande amigo de Marchena, a quien acogió en su casa, y que en ella murió.
Mac-Crhon es precisamente quien nos ha trasmitido los únicos pormenores que tenemos acerca de la enfermedad y muerte del abate Marchena. El pasaje es tan curioso; y tan raro, por no decir desconocido, el folleto en que se halla80, que no se llevará a mal que le traslademos íntegro. Contestando Mac-Crhon a los ataques de un anónimo de Sevilla (G. A. F.), que quizá sea el mismo que escribió la impugnación antes citada, dice refiriéndose a su amigo:
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«Esta persona a quien con no menos criminalidad que ignorancia trata de disfamar el folletista, es el digno don José Marchena, el cual, aunque yace en el sepulcro, vive en la memoria de todos los sabios de Europa, entre los cuales hay quien trabaja con los objetos de dar a conocer a su Patria lo que en su muerte ha perdido, y de que la posteridad le conserve el lugar que no le conservó la Sociedad Patriótica de Sevilla. »Su singular talento, sus extraordinarios y profundos conocimientos, su mérito literario, su carácter noble y sostenido, lo sólido de sus principios, la rigidez de su conducta, y su sublime amor a la libertad, formaban un conjunto admirable que le conciliaba el respeto y veneración de cuantos llegaban a conocerle. Su muerte ha sido generalmente sentida en la corte; y en el discurso de su enfermedad recibió repetidas pruebas del aprecio que no podía menos de tributarse a una persona tan digna. Mi casa no cesó de ser concurrida de personas del mayor carácter y representación, que venían de continuo a saber el estado de su salud: de las cuales la mayor parte no tenían con él otro conocimiento que la noticia de su crédito. »He querido desahogar mi corazón haciendo este tan breve cuanto justo elogio de un amigo que ha exhalado sus últimos suspiros entre mis brazos, y voy a dar a su disfamador la contestación que él me dejó encargada pusiese de su parte en este discurso, que ya estaba empezado antes que falleciese. »Pocos instantes antes del que fue su postrero me llamó, y a presencia del general Quiroga, del Marqués de Almenara, de D. Manuel Cambronero y D. Ramón de Ceruti, me dijo: 'Diga usted al folletista que ha pretendido infamarme, que si quiere vivir feliz aun en medio de las mayores desgracias, y descender a la tumba con la serenidad que yo desciendo, que aprenda a ser hombre de bien'. »Esta lección moral producida en el crítico período de la muerte, que tan aplaudida fue de los que la escucharon, como admirada de todos aquellos en quienes se ha divulgado la noticia, da la idea más exacta de la rectitud de principios de Marchena, y del temple superior de su alma. Su nombre ocupará un lugar distinguido, tanto en la historia política como en la literaria; y los tiros que contra él dirigió la malicia, sorprendiendo la sencillez, si bien surtieron el efecto de herir su amor propio en el hecho que se cita, nunca podrán eclipsar la gloria de su mérito, fundada en bases sólidas e indestructibles». |
Este folleto está fechado en 26 de Febrero de 1821. Muy poco anterior debió de ser la muerte de Marchena, que, como acabamos de ver, no falleció en el abandono y en la indigencia, según generalmente se creía, sino bajo el techo hospitalario de un fraternal amigo, y rodeado de personas muy distinguidas en aquel tiempo. Lo que no hemos podido averiguar a ciencia cierta es si murió dentro o fuera del gremio de la Iglesia. No faltan biógrafos que den por averiguada su conversión: yo ni la afirmo ni la niego, pero la encuentro verosímil. Consta por una nota autógrafa del diligentísimo don Bartolomé J. Gallardo que los funerales del abate Marchena se celebraron en la parroquia de Santa Cruz, costeados por Mac-Crhon, y asistiendo a ellos el referido Gallardo, que apuntó la noticia como lo apuntaba todo. El hecho de haberse dado sepultura eclesiástica a un heterodoxo público y escandaloso como Marchena, y haberse celebrado oficios por su alma, parece una prueba indirecta de que se reconcilió con la Iglesia en sus últimos momentos. Por otra parte, la impenitencia final es rarísima entre españoles, y en tiempo de Marchena lo era mucho más.
Nada sé tampoco de los discursos que se dice que algunos afrancesados pronunciaron en su entierro.
Quizá en los periódicos de aquel tiempo, que no me es fácil repasar ahora, podrá encontrarse algún vestigio de ellos. Ya por entonces comenzaba a introducirse en España esta pagana y escandalosa costumbre de los discursos funerales, que por entonces arraigó poco, pero que más adelante sirvió para profanar los entierros de Larra, de Espronceda, de Quintana, sin contar otros más recientes y en su línea no menos famosos. Por fortuna, ahora está otra vez olvidada, y nadie piensa en restablecerla, lo cual prueba la formalidad intrínseca de nuestro carácter nacional, que no admite bromas con la muerte. Oraciones y sufragios, que no pedantescas exhibiciones de la vanidad de los vivos, es lo que reclaman los difuntos, a quienes poco puede aprovechar semejante garrulería si se cumple en ellos la terrible sentencia: Laudantur ubi non sunt, cruciantur ubi sunt.
Marchena legó, al morir, sus papeles y libros a su amigo Mac-Crhon. Si, como creemos, existen descendientes de este caballero, no debemos perder la esperanza de que algún día aparezca, en todo o en parte, esta herencia literaria, que pudo ser muy valiosa si en ella se incluían, por ejemplo, la traducción completa de Molière y la historia del teatro español que Marchena tenía proyectada en 1819, según indica en el prólogo de sus Lecciones81. Por las vicisitudes de su errante vida, otros escritos suyos hubieron de quedar dispersos por varias partes de España y Francia. Aún no hace muchos años que el manuscrito de su biografía de Meléndez Valdés se conservaba en poder de Mr. Pierquin, médico de Montpellier y rector de la Academia de Grenoble.
Hoy se ignora el paradero de este escrito, que probablemente hubiera sido curioso, porque Marchena trató muy íntimamente a Meléndez antes y después de su emigración, y con su genial franqueza consignaría acaso pormenores que Quintana omitió en la biografía de su maestro.
Tal fue Marchena, a quien acaso nadie ha definido mejor que Chateaubriand, llamándole «sabio inmundo y aborto lleno de talento». Propagandista de impiedad con celo de misionero y de apóstol, corruptor de una gran parte de la juventud española por medio siglo largo, sectario intransigente y fanático, estético tímido y crítico arrojado, medianísimo poeta, aunque alguna vez llegase a simular la inspiración a fuerza de terquedad y de artificio, acerado polemista político, prosador desigual aunque jugoso y de bríos, hombre de negaciones absolutas, en las cuales adoraba tanto como otros en las afirmaciones, enamoradísimo de sí propio, henchido de vanagloria y de soberbia, que le daban sus muchas letras, las varias lenguas muertas y vivas que manejaba como maestro, la prodigiosa variedad de conocimientos con que había nutrido su espíritu, y la facilidad con que alternativamente remedaba a los autores más diversos: a Benito Espinosa, al divino Herrera, a Catulo o a Petronio82. El viento de la incredulidad, lo descabellado de su vida, la intemperancia de su carácter en quien todo fue violento y extremoso, inutilizaron en él admirables cualidades nativas; y hoy sólo nos queda de tanta brillantez, que pasó como fuego fatuo (¡semejante ¡ay! a tantas otras brillanteces meridionales!) algunas traducciones, algunos versos, unas cuantas páginas de prosa más original que bella, el recuerdo de la novela de su vida, y el recuerdo mucho más triste de su influencia diabólica y de su talento estragado por la impiedad y el desenfreno.
Para completar el retrato de tal personaje, que en lo bueno y en lo malo rebasó tanto el nivel ordinario, añadiremos que, según relación de sus contemporáneos, era pequeñísimo de estatura, muy moreno y aun casi bronceado de tez, y horriblemente feo, en términos que más que persona humana parecía un sátiro de las selvas83. Cínico hasta un punto increíble en palabras y en acciones, vivía como Diógenes y hablaba como Antístenes. Durante una temporada llevó en su compañía un jabalí que había domesticado y que hacía dormir a los pies de su cama; y cuando, por descuido de una criada, el animal se rompió las patas, Marchena, muy condolido, le compuso una elegía en dísticos latinos, convidó a sus amigos a un banquete, les dio a comer la carne del jabalí, y a los postres les leyó el epicedio84. A pesar de su fealdad y de su ateísmo, de su mala lengua y de su pobreza, se creía amado de todas las mujeres, lo cual le expuso a lances ridículos y a veces sangrientos85.
Todas estas y otras extravagancias que aquí se omiten prueban que Marchena fue toda su vida un estudiantón perdulario y medio loco, con mucha ciencia y mucha gracia, pero sin seriedad ni reposo en nada. Y con todo había en su alma cualidades nobles y generosas. Su valor rayaba en temeridad, y le tuvo de todos géneros, no sólo audaz y pendenciero, sino, lo que vale más, estoico y sereno. En sus amistades fue constante, y fervoroso hasta el sacrificio, como lo mostró compartiendo la suerte de los girondinos, con quienes sólo le ligaba su agradecimiento a Brissot. En materias de dinero era incorruptible, y cumplía al pie de la letra con la austeridad republicana que tantos otros traían solamente en los labios. Cuando, en tiempo del Directorio, se enriquecían a río revuelto todos los que iban con algún oficio o comisión a las provincias conquistadas, Marchena, recaudador de contribuciones en el territorio ocupado por el ejército del Rin, volvió a París tan pobre como había salido, lo cual, sin ser gran hazaña, pareció increíble a mucha gente: tal andaba entonces la moralidad administrativa.
Cuantos trataron a Marchena, fuesen favorables o adversos a sus ideas, desde Brissot hasta el Conde de Beugnot, desde Chateaubriand y Mad. de Stael hasta Moratín, Maury, Miñano y Lista, vieron en aquel busca-ruidos intelectual algo que no era vulgar, y que le hacía parecer de la raza de los grandes emprendedores y de los grandes polígrafos. En el siglo XVII quizá hubiera emulado las glorias de Quevedo, con quien le comparó Maury, y con quien no deja de ofrecer remotas analogías por la variedad de sus estudios, en que predominaba la cultura clásica, por su vena sarcástica, por los caprichos de su humor excéntrico, por lo vagabundo de su espíritu, por la fiereza y altanería de su condición, y hasta por los revueltos casos de su vida. Pero no conviene llevar más lejos el paralelo, porque sería favorecer demasiado a Marchena. Quevedo pudo desarrollar completamente su genialidad en un medio adecuado a ella; y hasta las trabas que encontró le sirvieron para saltar con más fuerza. Por el contrario Marchena, nacido y educado en el siglo XVIII, sin fe, sin patria y hasta sin lengua, no pudo dejar más nombre que el siempre turbio y contestable que se adquiere con falsificaciones literarias, o en el estruendo de las saturnales políticas.
M. MENÉNDEZ Y PELAYO.