Aunque el manifiesto de Marchena pareciese muy propio (como dice Morel-Fatio) para convertirse en catecismo de los adeptos españoles de la Revolución Francesa, no satisfizo sin embargo a todos los emigrados, entre los cuales, por imposible que parezca, los había mucho más violentos que él. Uno de los que le desaprobaron fue Guzmán (amigo de Dantón y furibundo terrorista)20, el cual extendió sus críticas al lenguaje, que encontraba bárbaro, y a las faltas de ortografía, que efectivamente hormiguean en la proclama de Marchena21. Le Brun había organizado en la frontera dos comités de propaganda revolucionaria compuestos de españoles, uno en Bayona y otro en Perpiñán. Designado Marchena para formar parte de uno de ellos, dirigió al Ministro en 23 de Diciembre de 1792 una Memoria en francés, bastante más sensata que sus alocuciones.
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«Nada es más contrario (decía) a los principios del buen juicio que obrar sin un plan determinado. El comité revolucionario establecido en las fronteras de España tiene por objeto preparar y acelerar la revolución. Pero este fin tiene que ser muy vago, mientras no se defina lo que se entiende por revolución, cuál debe ser la que ha de operarse en España, y cuáles son los medios que se han de poner en práctica para hacerla triunfar. »Hay un axioma de eterna verdad en todas circunstancias y en todos tiempos; y es que los hombres consultan más bien la experiencia de lo que se ha hecho que lo que debería ser. Nunca hubiera llegado Francia al grado de libertad de que ahora goza, y que va a consolidarse por la caída de los tiranos que la rodean, si se hubiese hablado en el primer momento de una Convención Nacional que había de establecer la República sobre las ruinas del trono. Los franceses del 88 creían de buena fe que sus mayores habían sido libres en tanto que se dejó oír la voz de sus Estados Generales, y no suspiraban más que por su restablecimiento. Los filósofos hombres de estado que conocían toda la imperfección de estas corporaciones aristocráticas se guardaban muy bien de entibiar el ardor impaciente del pueblo. Creían, por el contrario, que el remedio de todas las imperfecciones inherentes a la constitución de los Estados Generales estaba en estas mismas asambleas, y solamente en ellas. La experiencia ha mostrado que no se engañaban en esto. »Hombres que no son ni filósofos ni estadistas se han aventurado a decir que el comité revolucionario de España no debía hablar de la convocatoria de Cortes; es decir, en otros términos, que el comité revolucionario no debía hablar de revolución. Y entonces los españoles podrían decir: «Los franceses nos traen la libertad, según dicen, pero no nos la prestan con las formas con que nosotros la hemos conocido. ¿Con qué derecho pretenden prescribirnos reglas sobre la manera de ejercer nuestra soberanía? ¿Con qué derecho se atreven a cambiar la manera de expresar la voluntad general, que nosotros habíamos adoptado antes que la nación hubiese decidido sobre sus inconvenientes? No es la libertad lo que nos ofrecen: nos prescriben leyes imperiosas, dándose por nuestros libertadores. No hemos hecho, pues, más que cambiar de esclavitud, porque una nación es siempre esclava cuando obedece a otra voluntad que la suya, ya sea esta voluntad la de un rey, ya la de otro pueblo». ¿Y qué habría que responder a este lenguaje? ¿Cómo queréis interesar a los demás pueblos para que rompan sus cadenas cuando vean que les preparáis otras nuevas? »Aun en los tiempos del más espantoso despotismo no olvida un pueblo las instituciones que le han garantido en otros siglos una suma mayor o menor de libertad. El pueblo español se acuerda siempre de sus Cortes, y en el año 89 el público recibió con la más violenta indignación una pieza en que se ultrajaba la memoria de D.ª María Coronel22. Pero independientemente de estas razones universales, hay otras peculiares de la nación española, las cuales demuestran evidentemente que el único medio de hacer la revolución en España es la pronta convocatoria de Cortes. »Cuando se habla de Cortes en España hay que distinguir entre las de Castilla, las de Aragón, las de Valencia, las de Cataluña y las de Navarra. La organización de cada uno de estos cuerpos difería enteramente de la de los otros. El poder y la influencia de los municipios era mucho más considerable, y la autoridad estaba más limitada en Cataluña que en ninguna otra parte. Se puede decir que las Cortes de Castilla no tuvieron nunca un régimen muy fijo, y que las que se celebraron durante el reinado de Carlos V diferían tanto de los Concilios de Toledo, celebrados en tiempo de los reyes godos (y que realmente no eran más que las asambleas de la nación), como los Estados Generales de 1614 diferían de las Asambleas del Campo de Marte en tiempos de Clodoveo. Así, nada es más fácil que dar a estas Cortes una forma democrática sin desnaturalizarlas ni abolirlas del todo, lo que indispondría a todos los españoles contra reformas en que ellos no hubieran consentido. »No debo parecer sospechoso de tibio amor a la libertad: hartos sacrificios he hecho por esta divinidad para que se crea que yo pueda apostatar de su culto. Pero examinemos fríamente si los españoles son capaces, en el momento actual, de una libertad igual a la que disfrutan los franceses. Ruego que se lean con atención estas rápidas reflexiones, sugeridas únicamente por el interés de mi patria y el de la humanidad. »Hay que convenir en que la religión papista o católica ha echado raíces más profundas en el suelo español que en el francés; y sería temerario atacar de frente las preocupaciones religiosas... »Por otra parte, el estado actual de España es muy diferente del de Francia: no hay que buscar allí un Mirabeau, un Brissot o un Condorcet. Sin duda, hay gentes ilustradas, pero no se encuentra uno de esos grandes genios capaces de abrir los ojos a un pueblo entero, y de regenerar la nación. Como los hombres que piensan no se comunican con el pueblo; como el temor de la Inquisición obliga a los hombres más ilustrados a aparentar que creen en las fábulas más absurdas, todos los que no son verdaderamente filósofos están imbuidos en las preocupaciones más groseras. Un hombre que se respeta a sí mismo no se dedica en España al oficio de autor, porque no se pueden imprimir más que frivolidades o libros ascéticos: por eso no es posible ilustrarse sin adquirir el conocimiento de las lenguas extranjeras. En este país no hay más que dos clases de hombres, unos enteramente ilustrados, otros enteramente supersticiosos. »La manía de los mayorazgos, la indolencia de la nación oprimida por los impuestos más gravosos que se pueden inventar, han ahogado la industria y han concentrado en muy pocas manos casi toda la propiedad territorial. Si empezamos por hablar de igualdad absoluta, antes de haber preparado al pueblo gradualmente para disfrutar de ella, podrá venir la ley agraria, esto es la rapiña, la anarquía y la disolución social. »Francia ha adoptado una constitución que hace de esta vasta nación una república una e indivisible. La conformidad en las costumbres, la cultura difundida casi igualmente por toda la superficie del país, la hacen propia para esta institución. Pero España, cuyas diversas provincias tienen usos y costumbres diferentes; España, con la cual debe ser unido Portugal, no puede formar más que una república federal. Para la felicidad de la nación, se puede y se debe dejar subsistir las antiguas Cortes. »Francia tiene, sin duda, el derecho de decir al pueblo español: «tenéis un rey, que es mi enemigo natural; os haré la guerra hasta que le hayáis precipitado del trono». Pero no tiene derecho para constituir nuestra nación a su modo. España es la que debe darse a sí propia una constitución. Las Cortes subsisten de derecho, mientras el pueblo español no las haya abolido. »Como tengo el mayor interés en que estas reflexiones sean leídas por el ciudadano ministro, no añado ningún desarrollo a estas indicaciones rápidas. Notaré solamente que es indispensable que el comité tenga un punto de reunión o un presidente instruido a fondo en la historia de España, hombre de Estado, y de carácter enérgico, que pueda dar cierta formalidad a las operaciones, y encaminarlas a un solo punto: el triunfo definitivo de la revolución. »J. MARCHENA». |
Esta Memoria, en que, a despecho de los errores propios del fanatismo nivelador y de la abstracta política de aquel tiempo, no deja de campear cierto espíritu tradicional e histórico, no pudo ser grata a la mayor parte de los revolucionarios franceses, que odiaban de muerte el federalismo, y no querían oír hablar de Cortes, ni de ninguna otra institución representativa de los tiempos medios. Hubo, pues, una escisión entre los que a todo trance querían, como el dantonista Guzmán y el alcalde de Bayona Basterreche, implantar en España los principios de la república una e indivisible, y los que podemos llamar federales, a cuyo frente estaba Marchena con otros españoles amigos suyos.
Era de los principales el ciudadano Hevia, antiguo secretario de la embajada de España en París, de la cual había desertado para pasarse al campo enemigo, haciendo los más violentos alardes de furor demagógico, por lo mismo que su origen era aristocrático, puesto que pertenecía a la familia de los Marqueses del Real Transporte. Cuando llegó la guerra del 93, Hevia redactó una proclama mucho más violenta y desaforada que la de Marchena, pues lo que su autor descendía a innobles insultos contra Carlos IV y María Luisa, y, lo que es peor, contra la desdichada y heroica María Antonieta, cuya cabeza iba a rodar pocos meses después en el patíbulo23. Reconozcamos que Marchena, aun en el mayor arrebato de sus pasiones, jamás se deshonró con estas abominables invectivas, y mostró siempre cierta nobleza de alma que parece incompatible con el medio en que vivía.
Por lo demás, Hevia abundaba en el sentir político de Marchena en lo que toca a la convocatoria de Cortes, como lo prueban ciertas Reflexiones que apoyando las de su amigo dirigió al ministro Le Brun24.
Otro de los más conspicuos individuos del grupo de Marchena era el ya citado D. Vicente María Santibáñez, que acababa de llegar de España en Enero de 1793, y a quien en los términos más eficaces recomendaba el ciudadano Basterreche al ministro Le Brun, anunciándole de paso la próxima llegada de otro escritor español todavía de más mérito, nada menos que de un émulo de Cervantes, a quien por tales señas nadie descubrirá fácilmente entre los ingenios de entonces.
Las noticias que he podido adquirir de Santibáñez son muy escasas. Debía de ser hombre de imaginación fantástica y exaltada. En sus mocedades cantaba el amor libre, tema de una oda o silva que dirigió en consulta a D. Tomás de Iriarte con una carta que parece escrita por un erotómano. Más adelante cambió de rumbo, y se dedicó a trabajos de más provecho para su reputación literaria. En la Universidad de Valencia, donde parece haber estudiado y donde desempeñó alguna cátedra, leyó la oración latina inaugural del curso de 1774 (Oratio de eloquentiae laude et praestantia, habita ad Senatum et Academiam Valentinam in studiorum instauratione). En 1780 aparece en las actas de la Real Academia de Nobles Artes de San Carlos de aquella ciudad, leyendo un romance heroico en la distribución de premios generales, y en 1783 leyendo una silva. Son suyos, aunque no llevan su nombre, los prólogos y notas de las espléndidas ediciones de las Crónicas de D. Juan II y de los Reyes Católicos publicadas por el impresor Benito Monfort en 1779 y 1780, verdaderos monumentos tipográficos, en que es lástima que la corrección del texto no corresponda siempre a la belleza y pulcritud de los tipos y de la estampación, que es de lo más perfecto que nunca se vio en España. En 1782 Santibáñez estaba ya de profesor en el Seminario de Vergara, y publicaba en Vitoria, bajo los auspicios de la Sociedad Vascongada, diversos elogios fúnebres de sus consocios, el de D. Ambrosio de Meade en 1782, el del Marqués González Castejón en 1784, el del Conde de Peñaflorida (fundador de la Sociedad y del Seminario) en 1785. Tres años después le hallamos en Valladolid, donde publicó traducida una de las Novelas Morales de Marmontel, La mala madre, con un prólogo muy curioso, en que se trata de la antigüedad, progresos y utilidad de este género de literatura (1780)25. Pero mucha más celebridad que esta traducción tuvo otra que no lleva su nombre, y que ha sido atribuida con error al abate Marchena, a pesar de que Quintana26 señala con precisión su autor verdadero. Es la famosa Heroida de Heloísa a Abelardo, traducida libremente, y no del original inglés de Pope, sino de la paráfrasis o imitación francesa de Colardeau. Santibáñez añadió otra heroida original suya, de Abelardo a Heloísa, imitada de otras francesas de aquel tiempo y también de Ovidio y otros antiguos; y con todo ello formó el tomito de las Cartas de Abelardo y Heloísa, que por la mezcla de sentimentalismo y voluptuosidad que en ellas rebosa, y por las declamatorias imprecaciones que contienen contra los votos monásticos y contra el celibato religioso, fueron puestas por la Inquisición en su índice, sirviendo esto de incentivo, como de costumbre, para que fuesen más ávidamente leídas por la juventud de uno y otro sexo, en innumerables copias que corrieron manuscritas27.
El estilo poético de Santibáñez es desaliñado y muchas veces prosaico, pero algunos pasajes no carecen de pasión, y en conjunto las dos epístolas se dejan leer sin hastío, dentro de su género ficticio y anticuado. En prosa escribía mejor, y no era de los más incorrectos y galicistas de su tiempo, a pesar de su intimidad con las ideas y los libros de Francia. Pero ni en prosa ni en verso pasó nunca de una razonable medianía.
Llegaba a Francia como un arbitrista político, cargado de memorias y proyectos para hacer la felicidad de España. Una de ellas se titula Reflexiones imparciales de un Español a su nación sobre el partido que debería tomar en las ocurrencias actuales, y lleva la fecha de Marzo de 179328. En ella Santibáñez, apartándose algo de las ideas de Marchena y sus amigos, aboga, no por las antiguas cortes, sino por un nuevo cuerpo político, una representación nacional, a la moderna.
Estalló en tanto la guerra en el Pirineo oriental, emprendiendo el general Ricardos su campaña de 1793, la más gloriosa para nuestras armas desde los días, ya lejanos, de Montemar y del Marqués de la Mina. Mientras el inmortal caudillo aragonés se aprestaba a recoger los lauros inmarcesibles de Masdeu, de Truillas, y del campamento atrincherado del Boulou, los malos españoles a quienes su impío fanatismo había arrastrado a Francia se ponían al servicio de la República para iniciar en las filas de nuestro ejército la propaganda revolucionaria. Le Brun llamaba a París a Marchena y a Hevia, para tratar de la organización definitiva de los comités de Bayona y Perpiñán, y Santibáñez admitía el encargo de poner en castellano la ley de 3 de Agosto de 1792, provocando a la deserción a los sargentos, cabos y soldados.
Pero todavía hubo quien fuese más lejos en estos crímenes de lesa nación. En las memorias ya citadas del vasco francés Reynón, extractadas por el capitán Du Voisin, se leen los más curiosos detalles acerca de otro revolucionario español, que llevó su insano furor hasta el punto de tomar armas contra su patria. Permítase una leve digresión sobre este odioso personaje.
Llamábase D. Primo Feliciano Martínez de Ballesteros, y había nacido en Logroño por los años de 1745. Su familia era distinguida; su educación esmerada. Sabía bien el latín, y hablaba con mucha soltura el italiano y el francés. Era buen músico, y tocaba con talento el piano y el órgano. A la edad de treinta años se estableció en Bayona, donde se ganaba la vida como intérprete y profesor de lenguas. Decíase que había sido novicio de los jesuitas, pero nunca pudo comprobarse. Hombre ingenioso y de ameno trato, ganó en breve tiempo muchos amigos, a quienes divertía con su gracia para contar anécdotas chistosas, y con sus originales y felices ocurrencias, cuyo gusto sabía variar según la calidad de las gentes con quien trataba. Escribiendo tenía menos donaire: publicó en castellano la famosa Academia Asnal, con caricaturas en madera: una de las más insulsas diatribas que se han escrito contra la Academia Española desde que en tiempos inmediatos a su fundación D. Luis de Salazar y Castro rompió el fuego en la Carta del Maestro de Niños y en la Jornada de los coches de Madrid a Alcalá.
De estas escaramuzas literarias pasó pronto a otras de peor calidad. En la guerra de 1793, no contento con provocar a la deserción a los soldados españoles, intentó formar una legión de Miqueletes, que él se proponía mandar con título de coronel. Llegó a reunir unos 200 hombres, que se acuartelaron en el convento llamado de Dames de la Foi en Bayona. Allí se encargó de educarlos en la doctrina revolucionaria otro español refugiado, el ex-oficial de marina Rubín de Celis29, hombre instruido pero fanatizado por las ideas humanitarias y filosóficas de la época. Celis daba conferencias a los desertores, y les explicaba el catecismo de los derechos del hombre. Pero esta instrucción teórica no bastaba para los designios de Ballesteros, y además, antes que aquella tropa estuviese en disposición de moverse, estalló una sangrienta reyerta entre el cuerpo 7.º de voluntarios de Burdeos y los miqueletes españoles, la mayor parte de los cuales determinaron volver a pasar la frontera y acogerse a indulto. Ballesteros no se desanimó por eso, y con forajidos y vagabundos de todos países formó una nueva legión, a la cual dio el nombre de Cazadores de las Montañas. Con ellos entró en campaña, y no dieron mala cuenta de sí; pero agotados en breve tiempo los recursos del coronel, tuvo que poner su pequeña tropa a disposición del general La Bourdonnaye, que mandaba el ejército de los Pirineos Occidentales. La Bourdonnaye le reconoció el grado de comandante de batallón, y le incorporó a su Estado Mayor en calidad de intérprete de lenguas extranjeras. Pero Ballesteros no conservó mucho tiempo su posición ni su grado, porque es bien sabido que los comisarios de la Convención hacían y deshacían diariamente generales y oficiales30.
Quedó, pues, separado del servicio, y sólo mucho después remuneró el gobierno de la República sus servicios con una módica pensión vitalicia de 800 francos, harto pequeña para quien se jactaba de que el gobierno español había ofrecido cien mil reales por su cabeza. Aquí termina su papel político. En la venta de bienes nacionales había comprado a bajo precio la abadía de San Bernardo cerca de Bayona. Allí estableció una fábrica de botellas, que fue devorada por un incendio. Entonces buscó nueva y menos lícita industria, aprovechando sus conocimientos químicos para falsificar el tabaco de España. Enriquecido por la falsificación y el contrabando, alcanzó la avanzadísima edad de noventa años, y murió en 1830, «muy llorado (dice Reynón) por las muchachas del pueblo, muchas de las cuales conservaban prendas de su amor»31.
Volvamos a Marchena y a su compañero Hevia, los cuales por este tiempo empezaban a caer de la gracia del ministro Le Brun. Había entrado éste al principio en sus planes, como lo prueba su correspondencia con el alcalde de Bayona. En 8 de Marzo le escribía:
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«Persisto en creer que Bayona es el punto más conveniente para reunir a los patriotas españoles, y para trabajar en la regeneración de su país... Conviene que el comité revolucionario empiece a funcionar lo antes posible, pero ajustando su conducta a principios de moderación y prudencia. Es evidente que el lenguaje de los franceses regenerados y republicanos no puede todavía ser el de los españoles. Éstos tienen que irse preparando gradualmente a digerir los alimentos sólidos que les preparamos. Sobre todo, hay que respetar durante algún tiempo ciertas preocupaciones ultramontanas, que a la verdad son incompatibles con la libertad, pero que están demasiado profundamente arraigadas en nuestros vecinos, para que puedan ser destruidas de un golpe»32. |
En 26 de Marzo añadía:
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«Ya os he hablado de la organización de dos comités, uno en Bayona, y otro en Perpiñán, y os he indicado los nombres de muchos de los que deben ser sus miembros. Uno a esta lista dos españoles que están aquí, Marchena y Hevia: partirán dentro de pocos días, y espero que quedaréis satisfecho de su celo y de su talento»33. |
Pero los tiempos eran de recelo y desconfianza.
Acordaron, pues, según era costumbre entonces, denunciarlos como sospechosos de traición e incivismo. El ciudadano Taschereau, antiguo agente secreto en Madrid encargado de espiar al embajador Bourgoing, y otro ciudadano todavía más oscuro, llamado Carles, escriben a Le Brun pintando a Marchena como un joven aturdido, que no tiene más que las apariencias de un hombre instruido, y que posee en cambio toda la presunción de un ignorante.
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«Se le ha visto (añaden) variar muchas veces en sus principios revolucionarios, entusiasmarse con los Bernardos, (Feuillants, sociedad compuesta de moderados), declamar como un frenético contra la famosa jornada del 10 de Agosto (asalto de las Tullerías, y caída de la monarquía)... se le ha oído en Bayona decir a gritos: España a la muerte. ¿Es esto patriotismo? Este hombre es sospechoso de todo punto, y muchas cartas que ha escrito a Madrid pueden atestiguarlo. Además, fuera de algunos conocimientos en moral y en política, Marchena no sabe absolutamente nada, porque no ha meditado ni reflexionado sobre nada. El otro colaborador, llamado Hevia, está igualmente vacío que Marchena de buen sentido y de reflexión»34. |
Estas denuncias surtieron su efecto en el ánimo del ministro, y cuando Marchena y Hevia estaban a punto de salir de París para trasladarse a Bayona, fueron arrestados por los comisarios de la sección de las Cuatro Naciones como extranjeros y sospechosos. Apenas se enteró de ello Brissot, amigo y protector de Marchena, se apresuró a intervenir en su favor, solicitando que inmediatamente fuesen puestos en libertad los dos emigrados españoles. Su carta a Le Brun es de 4 de Mayo, y dice así:
Esta carta no convenció a Le Brun, que sólo se prestó a intervenir en favor de Hevia, sin dignarse nombrar siquiera a su compañero. De todos modos este primer encarcelamiento de Marchena no fue largo, ya porque se le pusiera en libertad, ya porque lograra evadirse. Y entonces la gratitud le unió más estrechamente que nunca con Brissot y los girondinos, cuyas vicisitudes, prisiones y destierros compartió con noble y estoica entereza.
No hay para qué repetir aquí lo que todo el mundo sabe y en cualquier historia de la Revolución Francesa puede leerse. Proscritos los girondinos en 2 de Junio de 1793, declarados traidores a la patria en 25 de Julio, encarcelados u ocultos algunos de ellos, fueron los restantes a encender la guerra civil en los departamentos del Mediodía, del Centro y del Este. El principal foco de esta insurrección, que era federal en su tendencia aunque no llevase tal nombre, fue la Normandía, a donde se dirigieron la mayor parte de los representantes fugitivos de París, Buzot, Salle, Barbaroux, Larivière, Gorsas, Louvet, Guadet, Pétion, y otros hasta el número de veinte. Además de estos diputados bullían entre los caudillos de la insurrección el periodista Girey-Dupré, un joven literato llamado Riouffe, y el español Marchena, amigo de Brissot35. Constituyose en Caén una asamblea central de resistencia a la opresión, y el general Félix Wimffen se puso al frente de las fuerzas destinadas a marchar sobre París. Pero fuese por la nulidad del general, o de los representantes, o por la discordia de pareceres que entre ellos reinaba, aquella insurrección tuvo un resultado no sólo infeliz sino ignominioso, y algunos cañonazos disparados en Vernón el 13 de Julio bastaron para disiparla y reducir a la obediencia de la Convención toda la Normandía. Y entonces comienza la triste odisea de los girondinos, largamente relatada en las Memorias de Louvet y de Meillan.
Empezaron por buscar asilo en Bretaña, con la esperanza de embarcarse allí para la Gironda, donde contaban con elementos para la lucha; y, después de increíbles penalidades, llegaron a Quimper, donde su amigo Duchâtel había fletado una barca para conducirlos a Burdeos. Pero esta barca estaba en mal estado, exigió grandes reparaciones, y no pudo partir hasta el 21 de Agosto. En ella iban nueve viajeros: Cussy, Duchâtel, Bois-Guyón, Girey-Dupré, Salle, Meillan, Bergoeing, Riouffe y Marchena.
La navegación fue feliz, y el 24, a prima noche, llegaron a la Gironda, delante del pico de Ambés. Bergoeing y Meillan, únicos que conocían el país, saltaron en tierra para informarse del estado de las cosas, y los demás se quedaron a bordo hasta que sus colegas les diesen aviso de desembarcar. A fines del mes de Setiembre llegó otro grupo de girondinos, Guadet, Pétion, Valady, Barbaroux, que venían en una embarcación procedente de Brest.
Terrible fue su desencanto, al saber que el movimiento de Burdeos y Marsella había fracasado lo mismo que el de Normandía y Bretaña. Y aquí dejaremos la palabra a un sobrino del girondino Guadet, que cuenta estos sucesos con más pormenores que los que se contienen en las historias generales, como que el autor consigna sus propias tradiciones de familia:
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«Al saber tan tristes nuevas, los proscritos, reunidos en el Pico de Ambés, no pensaron más que en ponerse en salvo. Guadet dejó a sus amigos en una casa perteneciente a su suegro, y partió él mismo para su pueblo natal, St. Emilion, residencia de su familia y de la mayor parte de los amigos de su infancia. Allí esperaba encontrar protección y asilo para sus colegas, a quienes prometió enviar un emisario. »Pero no faltó en el lugar de Ambés quien conociera a los diputados. El mismo Guadet, con su confianza ordinaria, como dice Louvet, había dado su nombre, y no era difícil adivinar quiénes podían ser los otros. Pensaron, pues, que la prudencia exigía que se mantuviesen cuidadosamente ocultos. Pero fue en vano, porque muy pronto fue conocido el punto en que estaban refugiados. Supieron que un ciudadano de aquellas cercanías, ardiente revolucionario, había hecho un viaje a Burdeos, y que había vuelto trayendo consigo gente desconocida: que se notaban en la casa conciliábulos y movimiento. La inquietud de los diputados aumentaba, y Guadet no volvía, ni enviaba aviso alguno. »Dispuestos para cualquier suceso, se prepararon para la defensa, hicieron barricadas, y se repartieron las armas de que disponían: catorce pistolas, cinco sables y un fusil. Era de noche. Algunos se acostaron vestidos, otros hicieron centinela, pero nadie se presentó aquel día. »A la noche siguiente llega un enviado de Guadet. Éste no había podido encontrar más que una sola persona que se atreviese a recibir a dos de sus colegas, pero se ocupaba en buscar asilo para los demás. »Con estas nuevas quedaron todos consternados. Entonces exclamó Barbaroux: '¿Quién de nosotros puede pensar en salvarse solamente a sí mismo, sin que le detenga el pensamiento de que mañana acaso no existirán los que va a dejar aquí? ¡Por lo que a mí toca, no abandonaré nunca a los compañeros de mis trabajos y de mi gloria! ¿No hay asilo más que para dos? Pues quedémonos todos, y muramos juntos. ¿Pero Guadet, si conociese nuestra posición, no enviaría a buscar más que dos? ¿No comprendería que lo más urgente es salir de aquí? Hay quien ofrece asilo para dos de nosotros: Pues bien, para cuatro o cinco días, si es menester, ¿no hemos de caber seis en el lugar donde se espera a dos? Partamos todos.' »Mientras así deliberaban, vino alguien a advertir que había mucho ruido en la posada inmediata. Acababan de llegar treinta oficiales, y se veían ya en aquellos contornos muchos destacamentos de la guardia nacional, y algunas brigadas de gendarmería. Con esto quedó cortada toda discusión. Partieron en silencio, siguieron a su guía hacia la barca que los esperaba, y en esto les fue propicia la fortuna, porque apenas habían abandonado la casa, cuando fue ya asaltada. »Muy cerca de la villa de St. Emilion estaba la casa del padre de Guadet, separada de todas las demás habitaciones. Guadet (padre), un hijo suyo y una hermana componían todo el personal de la casa. El padre de Guadet era un viejo de setenta años: su aspecto, sus maneras, su lenguaje anunciaban un hombre habituado a la autoridad: sus hijos tenían por él profundo respeto y sumisión absoluta... »A esta puerta vinieron a llamar el 27 de Setiembre los fugitivos del Pico de Ambés. Fueron acogidos como hijos, como hermanos: encontraron afecto, de parte del viejo, tierno interés, de parte de sus hijos. Pero no podía haber seguridad para ellos en casa del representante Guadet: a mitad del día que siguió a su llegada se les vino a decir que el comandante de la expedición del Pico de Ambés seguía sus huellas, que avanzaba al frente de cincuenta caballos, y que venía seguido por un batallón revolucionario. Era domingo. Para colmo de desdichas, un hombre que desde la mañana corría por aquellos alrededores para buscarles un retiro más seguro, volvió por la noche con la triste noticia de que nadie se atrevía a recibirlos. Guadet quedó confundido (dice Louvet): ¡qué dignos de lástima éramos, pero él todavía más que nosotros! »¿Qué podían hacer ya? Separarse, puesto que, yendo perseguidos tan de cerca, no convenía que marchasen juntos. Los proscritos se separaron, dándose el último abrazo de despedida»36. |
Marchena y algún otro tuvieron la temeridad de meterse en la misma ciudad de Burdeos, y fueron, por tanto, de los primeros que cayeron en manos de sus enemigos. Sobre este interesantísimo período de la vida de nuestro autor derramaban mucha luz las Memorias de su amigo y compañero de cautividad el marsellés Honorato Riouffe37. De ellas resulta que Marchena fue preso en Burdeos el mismo día que Riouffe, es a saber el 4 de Octubre de 1793, conducido con él a París, y encerrado en los calabozos de la Conserjería. Riouffe le llama a secas el español, pero Mr. Thiers nos descubre su nombre al contarnos la fuga de los girondinos por el Mediodía de Francia:
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«Barbaroux, Pétion, Salle, Louvet, Meilhan, Guadet, Kerbelégan, Gorsas, Girey-Dupré, Marchena, joven español que había venido a buscar la libertad en Francia, Riouffe, joven que por entusiasmo se había unido a los girondinos, formaban este escuadrón de ilustres fugitivos, perseguidos como traidores a la libertad»38. |
Después de la prisión, Riouffe es más explícito:
El calabozo donde fueron encerrados Riouffe, Marchena y otros girondinos tenía sobre la puerta el número 13. Allí escribían, discutían y se solazaban con farsas de pésimo gusto. Todos ellos eran ateos, muy crudos, muy verdes, y, para inicua diversión suya, vivía con ellos un pobre benedictino, santo y pacientísimo varón, a quien se complacían en atormentar de mil exquisitas maneras. Cuándo le robaban su breviario, cuándo le apagaban la luz, cuándo interrumpían sus devotas oraciones con el estribillo de alguna canción obscena. Todo lo llevaba con resignación el infeliz monje, ofreciendo a Dios aquellas tribulaciones, sin perder nunca la esperanza de convertir a alguno de aquellos desalmados. Ellos, para contestar a sus sermones y argumentos, imaginaron levantar altar contra altar, fundando un nuevo culto con himnos, fiestas y música. Al flamante irrisorio dios le llamaron Ibrascha, y Riouffe redactó el símbolo de la nueva secta, muy parecido a lo que fue luego el credo de los theophilántropos. Y es lo más peregrino que el inventor llegó a tomarla por lo serio, y todavía cuando muchos años después redactaba sus Memorias, convertido ya en personaje grave y en funcionario del Imperio, no quiso privar a la posteridad del fruto de aquellas lucubraciones, y las insertó en toda su extensión, diciendo que «aquella religión (!) valía tanto como cualquiera otra, y que sólo podría parecer pueril a espíritus superficiales».
Las ceremonias del nuevo culto comenzaron con grande estrépito: entonaban a media noche un coro los adoradores de Ibrascha, y el pobre monje quería superar su voz cantando el de profundis; pero, débil y achacoso él, fácilmente se sobreponía a sus cánticos el estruendo de aquella turba desaforada. A ratos quería derribar la puerta del improvisado santuario, y ellos le vociferaban: «¡Sacrílego, espíritu fuerte, incrédulo!».
En medio de esta impía mascarada adoleció gravemente Marchena, tanto que en pocos días llegó a peligro de muerte. Apuraba el benedictino sus esfuerzos para convertirle, pero él a todas sus cristianas exhortaciones respondía con el grito de «Viva Ibrascha».
Y, sin embargo, en la misma cárcel teatro de estas pesadísimas bromas con la eternidad y con la muerte, leía asiduamente Marchena la Guía de pecadores de Fr. Luis de Granada. ¿Era todo entusiasmo por la belleza literaria? ¿Era alguna reliquia del espíritu tradicional de la vieja España? Algo habría de todo, y quizá lo aclaren estas palabras del mismo Marchena al librero Faulí en Valencia el año 1813:
El hecho será todo lo extraño que se quiera, pero su explicación ha de buscarse en las eternas contradicciones y en los insondables abismos del alma humana, y no en el pueril recurso de decir que el abate Marchena gustaba sólo en Fray Luis de la pureza y harmonía de la lengua. No cabe en lo humano encariñarse hasta tal punto con un escritor cuyas ideas totalmente se rechazan. No hay materia sin alma que la informe; ni nadie, a no estar loco, se enamora de palabras vacías, sin parar mientes en su contenido.
Pero tornemos a Marchena y a sus compañeros de prisión. Casi todos fueron subiendo en el transcurso de pocos meses al cadalso. Los veintiún diputados girondinos (Vergniaud, Gensonné, Brissot, Lassource, Lacaze, Fauchet, Fonfrède, Ducos...) en 31 de Octubre; Mad. Roland, la ninfa Egeria, la gran sacerdotisa de la Gironda, en 9 de Noviembre; el ministro Le Brun en 27 de Diciembre; y antes y después otros más oscuros, sin contar con los que perecieron en provincias, como Salle, Guadet y Barbaroux, ejecutados en Burdeos; y los que como Roland, Condorcet y otros muchos apelaron al suicidio por medio del puñal o del veneno.
Marchena fue de los pocos que salieron incólumes de aquella general proscripción, ya por su calidad de extranjero, ya por ser figura de segundo orden en su partido, a pesar de la notoriedad que tenía como periodista y orador de club. Pero lo cierto es que, sintiéndose ofendido por la preterición, había escrito a Robespierre aquellas extraordinarias provocaciones, algo teatrales a la verdad, aunque el valor moral del autor las explique y defienda: «Tirano, me has olvidado». «O mátame, o dame de comer, tirano». Hay en todos estos apotegmas y frases sentenciosas del tiempo de la Revolución algo de laconismo y de estoicismo de colegio, un infantil empeño de remedar a Leónidas y al rey Agis, a Trasíbulo, a Timoleón y a Tráseas, que echa a perder todo el efecto hasta en las situaciones más solemnes. Yo no llamaré, como Latour y otros, sublimes insolencias a las de Marchena, porque toda afectación, aun la de valor, me parece mala y viciosa. La muerte se afrenta y se sufre honradamente cuando viene; no se provoca con carteles de desafío, ni con botaratadas de estudiante. Ni murieron así los grandes antiguos, aunque mueran así los antiguos de teatro.
Pero los tiempos eran de retórica, y a Robespierre le encantó la audacia de Marchena. Y aún hubo más: quiso atraérsele y comprar su pluma, a lo cual Marchena se negó con digna altivez, continuando en la Conserjería, siempre bajo el amago de la cuchilla revolucionaria, hasta que vino a restituirle la libertad la caída y muerte de Robespierre en 9 de Thermidor (27 de Julio de 1794).
La fortuna pareció sonreírle entonces. Le dieron un puesto, aunque subalterno, en el Comité de Salvación Pública, y empezó a redactar con Poulthier un nuevo periódico, El Amigo de las Leyes. Pero los thermidorianos vencedores se dividieron al poco tiempo, y Marchena, cuyo perpetuo destino era afiliarse a toda causa perdida, se declaró furibundo enemigo de Tallien, Legendre y Fréron; escribió contra ellos venenosos folletos39; perdió su empleo; se vio otra vez perseguido y obligado a ocultarse; sentó, como en sus mocedades, plaza de conspirador, y fue denunciado y proscrito, en 1795, como uno de los agitadores de las secciones del pueblo de París en la jornada de 5 de Octubre contra la Convención40.
Pasó aquella borrasca, pero no se aquietó el ánimo de Marchena. Al contrario, en 1797 le vemos haciendo crudísima oposición al Directorio, que para deshacerse de él no halló medio mejor que aplicarle la ley de 21 de Floreal contra los extranjeros sospechosos y arrojarle del territorio de la República. Conducido por gente armada hasta la frontera de Suiza, fue su primer pensamiento refugiarse en la casa de campo que tenía en Coppet su antigua amiga Mad. de Stael, cuyos salones había frecuentado él en París. Pero la futura Corina no quería indisponerse con el Directorio, y además no gustaba de la insufrible mordacidad y del cinismo nada culto de Marchena, a quien Chateaubriand (que le conoció en aquella casa) define en sus Memorias de Ultratumba con dos rasgos indelebles: «Sabio inmundo y aborto lleno de talento». Lo cierto es que la castellana de Coppet dio hospitalidad a Marchena, pero con escasas muestras de cordialidad, y que a los pocos días riñeron del todo, vengándose Marchena de Mad. de Stael con espantosas murmuraciones.
Decidido a volver a Francia, entabló reclamación ante el Consejo de los Quinientos para que se le reconocieran los derechos de ciudadano francés; y mudándose los tiempos, según la vertiginosa rapidez que entonces llevaban las cosas, logró no sólo lo que pedía sino un nombramiento de oficial de estado mayor en el ejército del Rhin, que mandaba entonces el general Moreau, célebre por su valor y por sus rigores disciplinarios.
Agregado Marchena a la oficina de contribuciones del ejército en 1801, mostró desde luego aventajadas dotes de administrador militar laborioso e íntegro, porque su entendimiento rápido y flexible le daba recursos y habilidad para todo. Quiso Moreau en una ocasión tener la estadística de una región no muy conocida de Alemania; y Marchena aprendió en poco tiempo el alemán, leyó cuanto se había escrito sobre aquella comarca, y redactó la estadística que el general pedía, con el mismo aplomo que hubiera podido hacerlo un geógrafo del país.
Pero no bastaban la topografía ni la geodesia para llenar aquel espíritu curioso, ávido de novedades y esencialmente literario: por eso en los cuarteles de invierno del ejército del Rhin volvía sin querer los ojos a aquellos dulces estudios clásicos que habían sido encanto de los alegres días de su juventud en Sevilla. Entonces forjó su breve fragmento de Petronio, fraude ingenioso, y cuya fama dura aún entre muchos que jamás le han visto. Sus biógrafos han tenido muy oscuras e inexactas noticias de él. Unos han supuesto que estaba en verso: otros han referido la sospechosa anécdota de que habiendo compuesto Marchena una canción harto libre en lengua francesa, y reprendiéndole por ella su general Moreau, se disculpó con decir que no había hecho más que poner en francés un fragmento inédito del Satyricon de Petronio, cuyo texto latino inventó aquella misma noche, y se le presentó al día siguiente, cayendo todos en el lazo.
Todo esto es inexacto, y hasta imposible, porque el fragmento no está en verso, ni ha podido ser nunca materia de una canción, sino que es un trozo narrativo, compuesto ad hoc para llenar una de las lagunas del Satyricon, de tal suerte que apenas se comprendería si le desligásemos del cuadro de la novela en que entra. Sabido es que esta singular novela de Petronio, auctor purissimae impuritatis, monumento precioso para la historia de las costumbres del primer siglo del Imperio, ha llegado a nosotros en un estado deplorable, llena de vacíos y truncamientos, donde quizás haya desaparecido lo más precioso, aunque haya quedado lo más obsceno. El deseo de completar tan curiosa leyenda ha provocado supercherías, y también errores de todo género, entre ellos aquel que con tanta gracia refiere Voltaire en su Diccionario Filosófico. Leyó un humanista alemán en un libro de otro italiano no menos sabio: «Habemus hic Petronium integrum, quem saepe meis oculis vidi, non sine admiratione». El alemán no entendió sino ponerse inmediatamente en camino para Bolonia, donde se decía que estaba el Petronio entero. ¡Cuál no sería su asombro cuando le mostraron en la iglesia mayor el cuerpo íntegro de San Petronio, patrono de aquella religiosa ciudad!
Lo cierto es que la bibliografía de Petronio es una serie de fraudes honestos. Cuando en 1622 apareció en Trau de Dalmacia el insigne fragmento de la Cena de Trimalchión, que era el más extenso de la obra, y casi duplicaba su volumen, no faltó un falsario llamado Nodot que, aprovechándose del ruido que había hecho en toda la Europa literaria aquel hallazgo, fingiese haber descubierto en Belgrado (Albagraeca) el año 1688 un nuevo ejemplar de Petronio, en que todas las lagunas estaban colmadas. A nadie engañó tan mal hilada invención, porque los supuestos fragmentos de Nodot están en muy mal latín, y abundan en groseros galicismos, como lo pusieron de manifiesto Leibnitz, Crammer, Perizonio, Ricardo Bentley y otros cultivadores de la antigüedad. Pero como quiera que los suplementos de Nodot, a falta de otro mérito, tienen el de dar claridad y orden al mutilado relato de Petronio, siguen admitiéndose tradicionalmente en las mejores ediciones.
Marchena fue más afortunado, por lo mismo que su fragmento es muy corto, y que puso en él los cinco sentidos, bebiendo los alientos al autor, con aquella pasmosa facilidad que él tenía para remedar estilos ajenos. Toda la malicia discreta, y la elegancia un poco relamida de Petronio, atildadísimo cuentista de decadencia, han pasado a este trozo, que debe incorporarse en la descripción de la monstruosa zambra nocturna de que son actores Gitón, Quartilla, Pannychis y Embasicetas. Claro que un trozo de esta especie, en que el autor no ha emulado sólo la pura latinidad de Petronio, sino también su desvergüenza inaudita, no puede trasladarse íntegro en esta colección; con todo eso, y a título de curiosidad filológica, pongo en nota algunas líneas, que no ofrecen peligro, y que bastan para dar idea de la manera del abate andaluz en este notable ensayo41.
El éxito de esta facecia fue completísimo. Marchena la publicó con una dedicatoria jocosa al ejército del Rhin42 y con seis largas notas de erudición picaresca, que pasan, lo mismo que el texto, los límites de todo razonable desenfado, por lo cual no nos hemos atrevido a incluirlas en la colección de los escritos sueltos de Marchena. Estas notas son mucho más largas que el texto que comentan, al modo que lo vemos en el Chef d' oeuvre d' un inconnu, y en otros pasatiempos semejantes, cuyos autores han querido satirizar la indigesta erudición con que suelen abrumar los comentadores el texto que interpretan.
A pesar del tono de broma de las notas y del preámbulo, la falsificación logró su efecto. Un profesor alemán demostró en la Gaceta Literaria Universal de Jena la autenticidad de aquel fragmento: el Gobierno de la Confederación Helvética mandó practicar investigaciones oficiales en busca del códice del monasterio de S. Gall donde Marchena declaraba haber hecho su descubrimiento. ¡Cuál sería la sorpresa y el desencanto de todos, cuando Marchena declaró en los papeles periódicos ser único autor de aquel bromazo literario! Y cuentan que hubo sabio del Norte que ni aun así quiso desengañarse.
En las notas quiso alardear Marchena de poeta francés, así como en el texto se había mostrado ingenioso poeta latino. Su traducción de la famosa oda o fragmento segundo de Safo, tan mal traducida y tan desfigurada por Boileau, no es ciertamente un modelo de buen gusto, y adolece de la palabrería a que parece que inevitablemente arrastran los alejandrinos franceses; pero tiene frases ardorosas y enérgicas que se acercan al original griego (o a lo menos a la traducción de Catulo) más que la tibia elegancia de Boileau, de Philips o de Luzán:
El tintinnant aures nunca se ha traducido mejor43.
Animado Marchena con el buen éxito de sus embustes, quiso repetirlos, pero esta vez con menos fortuna, por aquello de non bis in idem. Escribió, pues, cuarenta exámetros a nombre de Catulo, y como si fueran un trozo perdido del canto de las Parcas en el bellísimo Epitalamio de Tetis y Peleo, y los publicó en París el año de 1806, con un prefacio de burlas, en que zahería poco caritativamente la pasada inocencia de los sesudos filólogos alemanes.
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«Si yo hubiera estudiado latinidad (decía) en el mismo colegio que el célebre doctor en Teología Lallemand, editor de un fragmento de Petronio, cuya autenticidad fue demostrada en la Gaceta de Jena, yo probaría, comparando este trozo con todo lo demás que nos queda de Catulo, que no podía menos de ser suyo; pero confieso mi incapacidad, y dejo este cuidado a plumas más doctas que la mía44». |
Pero esta vez el supuesto papiro herculanense no engañó a nadie, ni quizá Marchena se había propuesto engañar. La insolencia del prefacio era demasiado clara: los versos estaban llenos de alusiones a la Revolución francesa y a los triunfos de Napoleón, y además se le habían escapado al hábil latinista algunos descuidos de prosodia y ciertos arcaísmos afectados, que Eichstaedt, profesor de Jena, notó burlescamente como variantes.
El aliento lírico del supuesto fragmento de Catulo es muy superior al que en todos sus versos castellanos mostró Marchena. ¡Fenómeno singular! Así él como su contemporáneo Sánchez Barbero, con quien no deja de tener algunas analogías, eran mucho más poetas usando la lengua sabia que la lengua propia. Véase una muestra de esta segunda falsificación:
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No por hacer alarde de malos versos, sino para facilitar la inteligencia del fragmento poético de Marchena a los que no puedan leerle en su original, me atrevo a insertar aquí la traducción o paráfrasis que hice veinte años ha, prescindiendo de los versos añadidos por Eichstaedt, y limitándome a los de nuestro abate, el cual los enlaza con el elogio profético de Aquiles que hay en el canto de las Parcas:
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Además de estos trabajos publicó Marchena en Francia muchos opúsculos políticos y religiosos (o más bien irreligiosos) de que he logrado escasa noticia, y también algunas traducciones, todo ello en lengua francesa. Entre los escritos originales figuran un Ensayo de Teología, que fue refutado por el doctor Heckel en la cuestión de los clérigos juramentados; unas Reflexiones sobre los fugitivos franceses, escritas en 1795; y El Espectador Francés, periódico de literatura y costumbres, que empezó a publicar en 1796, en colaboración con Valmalette, y que no pasó del primer tomo, reducido a pocos números45. En los Anales de Viajes insertó una descripción de las Provincias Vascongadas.
Del inglés tradujo en 1802 la Ojeada del doctor Clarke sobre la fuerza, opulencia y población de la Gran Bretaña, añadiendo por apéndice la importante correspondencia inédita de David Hume y el Dr. Tucker. Del italiano una obra muy extensa e importante, que hizo época en los estudios orientales, el Viaje a la India del carmelita descalzo Fr. Paulino de San Bartolomé, misionero apostólico en la costa del Malabar, y uno de los que revelaron a Europa la existencia y los misterios de la lengua sanscrita y de las religiones del Extremo Oriente. El libro original se había publicado en Roma en 1796, dedicado al Papa Pío VI. La traducción de Marchena, emprendida por encargo del librero Levrault, mereció la honra de ser escrupulosamente revisada en sus dos primeros volúmenes por el sabio Anquetil du Perron; y habiendo fallecido éste en 1805, su amigo y ejecutor testamentario, el célebre arabista Silvestre de Sacy, se encargó de dirigir la impresión del tercer volumen y del Atlas que sirve de complemento a esta publicación. Las notas de Historia Natural son las mismas que acompañan a la traducción alemana de J. R. Forster, profesor de Mineralogía en Halle (1798); y al fin del tercer volumen se encuentra una memoria original de Anquetil du Perron sobre la propiedad individual y territorial en la India y en Egipto, leída en varias sesiones al Instituto de Francia. Con todo este aparato de erudición oriental se presentó al público la traducción de la obra del P. Paulino, que era quizá la principal que hasta entonces se había escrito sobre la India, y puede competir con los mejores viajes del siglo pasado, por ejemplo con el de Volney a Siria y Egipto46.
Como se ve por estos últimos escritos, la actividad de Marchena parecía dirigirse entonces a los libros de viajes y de geografía, alimento muy adecuado para su índole movediza y aventurera. Pero el círculo de sus estudios era tan vasto, que simultáneamente le vemos ocupado en una tarea de historia jurídica, que por cierto nadie esperaría de él, y que prueba su sagaz instinto, hasta en un género de erudición que apenas había saludado. En 1798, hallándose en París con pocos recursos, solicitó del Rey de España una pensión para dedicarse a investigaciones útiles a nuestra historia en la Biblioteca Nacional de la República:
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«Entre los manuscritos que hay en ella (decía) citaré algunas de las leyes de los visigodos, inéditas y absolutamente desconocidas hasta ahora, que se leen en un códice del siglo VII, donde están las obras de San Jerónimo y Gennadio, De viris illustribus. Estas leyes se hallan esparcidas en quince o veinte páginas, desde la 71 hasta la 144; y aunque se han raspado, y sobre el mismo pergamino se han escrito los dos tratados citados, sin embargo, muchas de estas leyes son aún legibles, y preciosísimas por su antigüedad, que sube hasta el siglo VI, y por ser las fuentes de nuestra legislación. Muchos de estos códices ilustran igualmente puntos muy esenciales de nuestra historia civil y eclesiástica y de nuestra cronología, especialmente desde Fernando I hasta los Reyes Católicos. Estos materiales son indispensables para saber a fondo nuestra historia. Como el que representa se haya ocupado con tesón en este género de investigaciones y desee continuarlas, haciendo útiles para la nación española sus trabajos literarios, y como para ello le fuera necesario abandonar cualquiera otra ocupación, solicita sobre los gastos extraordinarios de esta Embajada la pensión que fuere del agrado de S. M. concederle». |
El Ministro Saavedra pidió informe sobre esta petición de Marchena a nuestro embajador en París D. José Nicolás de Azara, persona (como es sabido) de grande ilustración y cultura literaria y artística, pero que, por haber trocado en odio su antigua afición a los principios de la Revolución francesa, no podía mirar con buenos ojos a los que en ella habían tomado tan activa parte. Contestó, pues, al Ministro que Marchena era una cabeza destornillada, alegando en prueba de ello que había compuesto y publicado un libro en defensa del Ateísmo; que probablemente sería el Ensayo de Teología, impreso el año anterior.
Con tales informes es claro que no había de prosperar la pretensión de Marchena; y fue lástima; porque en vez de continuar perdiendo el tiempo en tales teologías espinosistas, y en otras aberraciones más o menos perjudiciales a su buen nombre, hubiera arrebatado a Knust la honra de copiar el primero los fragmentos de la ley primitiva de los visigodos, que aquél no leyó hasta 1828; y a Bluhme la de publicarlos, con casi medio siglo de antelación, puesto que la edición de éste, única que tenemos hasta ahora, no apareció hasta 184747. El haber fijado su atención en el palimpsesto de París y haber comprendido toda su importancia en 1798, es sin duda uno de los rasgos que más evidencian el claro entendimiento de Marchena siempre que su monomanía enciclopedista no le perturbaba el juicio48.
Después del proceso y destierro del general Moreau en 1804, Marchena, que hasta entonces había sido secretario suyo y satélite de su política, se hizo bonapartista y fogoso partidario del Imperio, en el cual veía lógicamente la última etapa de la Revolución, y primera de lo que él llamaba libertad de los pueblos, es decir el entronizamiento de las ideas de Voltaire, difundidas por la poderosa voz de los cañones del César corso. No entendía de otra libertad, ni de otro patriotismo Marchena, aunque entonces pasase por moderado, y estuvieran ya lejanos aquellos días de la Convención, en que osó escribir sobre la puerta de su casa: «Ici l' on enseigne l' athéisme par principes».