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ArribaAbajoCamino de Santillana

Puente-San-Miguel.-El roble hendido.-Las marzas


Cuando desde la estación de Tallos, ¡oh paciente compañero de mis jornadas!, procuraba yo con frías y ociosas palabras describirte el panorama que un lampo sólo de la viva luz que le ilumina ha de pintar con más honda huella en tu memoria que la más atildada y colorista pluma, no te señalé un lugar del paisaje, predilecto asilo y posada mía, descanso de mi aventurero y no pocas veces fatigado pie. No te lo señalé porque hubiera sido cansar tu oído y rendir tus ojos, trayéndolos inútilmente de uno a otro accidente del terreno, para fijarlos en sitio imposible de descubrir, como no lo descubra el corazón.

Más allá de Torres y más allá de Ganzo, entre las manchas varias en color y en contorno que el arbolado pinta, hay una recortada y espesa a manera de copa de gigantesco rebollo; a su amparo asómase apenas sobre las cercas una casa de pajizas paredes y ventanaje verde. Cuando pasas frente de ella, por el camino y la otra orilla del Saja, ves flamear las blancas cortinas de sus balcones; si te llegas pasando el viejo puente que llaman de San Miguel, ves columpiarse las rosas, caballeras de sus tapias; si entras más adentro, hallas en los rosales, al alcance de la mano, nidos de jilguero, cuyas madres se dejan mecer sosegadamente por la brisa, seguras de no ser ofendidas ni perturbadas. Y el tarín y el verderón que andan cazando moscas por las enredaderas de la fachada, se entran persiguiéndolas por salas y gabinetes con familiar franqueza y sin recelo.

¿De dónde vienen esos pájaros cuya voz aguda y lejana nos hace levantar los ojos y buscarlos mucho antes de que su menudísima sombra se dibuje en la diáfana luz ambiente? Aunque vistos nacer sobre el plumón del nido, aunque vistos criar al cebo de sus padres, ¿quién sabe adónde los llevan después sus alas y en qué sublimes y misteriosas regiones del aire penetran? ¿Quién sabe a qué distancia del cielo suben? ¿Quién sabe lo que del cielo han visto? ¿Y quién sabe lo que del cielo traen cuando visitan un hogar de donde volaron ángeles al cielo, dejando su cuna vacía, y esparcida en torno aquella tristeza sin par, angustiosa, que de una deshecha y yerta cuna se esparce?

Volaban las golondrinas sobre el Calvario, gimiendo en la agonía de Cristo, ansiosas de aliviarle, arrancando a porfía las espinas hincadas en su martirizada cabeza: ¿quién sabe si ese manso batir de plumas, esos píos y gorjeos que regocijan el aire, no son arrullos de tantas agonías diversas como se suceden en los infinitos calvarios de la vida?

No llama dolor a esa casa, donde sin llamar han entrado muchos dolores, que se vuelva sin oído y sin consuelo. Alguna vez llama disfrazada con él la superstición; pero se queda a la puerta, y si el dolor quiere entrar entra solo.

Tal sucedió una mañana de San Juan.

El dolor venía con su semblante más desesperado y triste, con el de una madre que traía moribundo a su hijo en pañales. Y para remedio pedía el tallo de un roble, nacido de semilla, flexible y tierno, fácilmente hendible a lo largo de sus tiernas fibras. El saludador había dicho que haciendo pasar al niño enfermo entre las dos rajas del árbol, en la mañana del día del Precursor, y con ciertas palabras y conjuros, el niño sanaría. Negósele a la superstición el roble; ofreciéronse al dolor palabras cariñosas, médico y medicina.

¡Jirón de añejas nieblas que obscurecieron y obscurecerán largo tiempo aún la mente del pueblo!

Hubo siglos en que la fuerza del odio, hábilmente excitada, hacía al guerrero ver en el limpio acero de su espada la imagen de su enemigo y el género de venganza apetecido; siglos en que el varón eclesiástico aplicaba por los vivos las preces de los muertos, creído de su mortal influjo, de que a su fuerza no resistían, y cedían rotas, las prisiones terrenas del alma. Cuando tan ciegos y flacos se mostraban los que eran fuerza y luz, brazo e inteligencia, los magníficos, los soberbios, los doctos y los cautos, ¿qué harían los medrosos por instinto, los abatidos por estado, los ignorantes por necesidad?

Hay, sin embargo, en estos despojos de la fe ciega o la ignorancia antigua, un elemento de poesía, cuyo valor a nadie se esconde, mas cuyo momento y causa de ser encarnado en la superstición popular, son de averiguación laboriosa y difícil; tarea para superiores y perspicaces ingenios. ¿Cabe extrañeza en que el campesino, constante testigo, observador involuntario de la vegetación silvestre, analogista por instinto y por costumbre, admitiese el influjo saludable de la savia nueva, fresca y sana, circulando en las venas del roble, sobre la sangre que arrastra empobrecida y lenta por las venas del niño enfermo? -La santificación de la naturaleza, de sus fuerzas vivas, de la acción favorable o adversa que sobre la economía humana ejercen, fué siempre inclinación y atributo común de nuestro espíritu, al cual no basta el limitado mundo visible, y necesita de la comunicación con otro inmaterial y soberano para satisfacer su inquietud constante, sus dudas y sus aspiraciones.

Hacía él gentil morada de sus deidades el seno de las aguas y de las rocas, el tronco del árbol; y el cristiano pone bajo la tutela de sus bienaventurados sus mieses, sus huertas y sus ganados.

No es más claro a mis ojos, aunque necesariamente más moderno, el origen del romance que, en otra estación del año, venían a cantar los mozos del pueblo a puertas de esa casa, como es añeja costumbre en la tierra220

Las tibias noches del mes de Marzo, embalsamadas por el rico florecer de la campiña, convidan a rondar. La ronda pasea uno y otro pueblo, corriendo en ocasiones largas distancias; se detiene a la puerta de los señores y de las mozas que tienen partido, esto es, concepto de hermosas, y recita sus marzas con voz plañidera, sin acompañamiento alguno y en un ritmo sencillo de dos frases, parecido al canto llano de la liturgia católica. Es imposible desconocer en estos romances, aunque adulterados con interpolaciones y empobrecidos con la repetición del mezquino pedir, la procedencia de romances viejos, contemporáneos acaso de aquellos ingeniosos y dulcísimos cantares221 que el ilustre ciego Salinas recogía en su libro de Música222.

El modismo prosódico que consiste en amortiguar la dureza del consonante agudo, añadiéndole una e, «maiore, menore»: la sobria manera de retratar una figura con un rasgo, «la del pelo largo»: las señas del «cuello de oro» y del «puño dorado», aunque viciado el concepto y oscurecido, son vestigios de aquella clásica forma de nuestra poesía nacional, como lo es de estilo original y primitivo la acepción propia del verbo acreditar, usado en sentido de fiar, acepción que no hallo en el Diccionario de la Academia que tengo a la vista223.

Mas, ¿quién desprovisto de plena y minuciosa erudición en las fuentes y primeras formas de la poesía popular, del conocimiento cabal de las épocas y transformaciones varias que tuvieron los conceptos e ideas primitiva y sucesivamente adoptados por ella, seria capaz de distinguir y señalar en el fárrago bastardo de las marzas montañosas, la pertenencia y origen de sus elementos varios, y en qué momentos y a qué propósito los tomó del romance caballeresco, del rústico, de la canción amatoria, la serranilla y el villancico, al cual pertenece sin duda la última estancia de las insertas?224.


ArribaAbajo- II -

Excursiones.-Los Jándalos.-Hespérides cántabras


Bonum est nos hic esse; gocemos de la buena sombra: hagamos una mansión breve en estos parajes, empleándola en rápidos paseos, que al caer del sol nos traigan de nuevo a la paz y al descanso de este hogar cariñoso.

El paisaje es amenísimo; el lecho del Saja va por aquí hundido y silencioso, haciendo anchos pozos en que el salmón habita y se pintan, distintos y claros, árboles de la orilla, celajes del firmamento. Caminando a par del río van, por su orilla derecha, la carretera nueva; por su orilla izquierda, las trochas y veredas antiguas; y van hacia ocaso buscando ya los senos de los postreros valles cántabros y la raya de la tierra heroica de Asturias.

Tomemos por estos caminos, donde el peón deja al jinete y la carreta seguir la dura lastra y sueltos cantos, y se entra cómodamente por el blando sendero de la mies y el prado. Una aldea risueña, con aire de holgada vida y bienestar cumplido, nos mira desde un ribazo: Villapresente; más alta todavía por encima de las tejas y las copas de sus árboles, nos mira su hermana Cerrazo.

Enfrente y al Mediodía, encaramada sobre un cerro, Quijas, cuyo caserío ondea con el suelo en que asienta. Desde Cerrazo al río hay una mies de gruesas panojas, donde gustan de abrigarse las libres; desde Quijas al río un bosque soberbio, un despeñadero vestido de apretados y robustos árboles, cuyos misterios vigila en lo alto una atalaya, cuya entrada defiende en lo hondo un palacio solariego.

Si cruzas el río y te llegas al palacio, leerás en su fachada y debajo de un escudo cercado de lambrequines y trofeos: «Vi las armas relumbrantes-en los franceses blasones-de los fuertes Bustamantes-que vienen de emperadores-azules trece roeles-en campo de gran limpieza-y en orla de vencedores-las tres celestiales flores.»

Así compendiaban los genealogistas del siglo XV, en malos versos, la historia de las familias y el tradicional origen de sus armas. Así escribían Gratia Dei, Damián de Góes, y otros cronógrafos de artificioso y fantástico nombre.

Ya entonces el poder y la gloria de Castilla se concentraban en el trono y en la muchedumbre palaciega que le envolvía; ya olvidados del solar primitivo los descendientes de las heroicas tierras del Septentrión, se pagaban mejor de su título castellado, de sus ópimas tierras andaluzas tomadas al moro y hasta del nuevo apellido ganado en el asalto de una villa que de su fosca torre perdida en las breñas cántabras, asturianas o gallegas, que de la caduca casa-fuerte, maltratada en las guerras intestinas. Ni gloria ni añejos timbres ayudan a sostener el cortesano atuendo, como ayudan pingües estados y rentas. Satisfacíanse los genealogistas con decir que el linaje traía su origen y su divisa de la clásica tierra, y para salvar dificultades de crítica y oscuridades densas, lo relegaban a tiempos de fábula. No se cuidaron del elemento histórico encerrado en cada una de esas reliquias venerables, y para lisonjear al poderoso bastóles encarecer los hechos y grandezas de épocas ilustradas por los inmediatos ascendientes suyos.

Queda, pues, por escribir el libro curioso de los blasones montañeses, como queda el que dijimos de las atalayas, o sea la dramática historia de la comarca en los siglos medios, como queda el de sus santuarios sin número, el de su organismo social, de sus concejos, juntas y behetrías y de sus hermandades marítimas.

La parte mayor de esas casas derramadas por nuestro horizonte, deben su enlucido, ampliaciones y restauro a caudales hechos en Andalucía.

Los montañeses de esta parte occidental de la provincia tienen hereditaria afición al Mediodía. Menos ambiciosos o no tan aventureros como sus hermanos de Occidente, no se dejan tentar por la vaguedad del Océano y la misteriosa lejanía y apartamiento de las provincias americanas. Tiéntales, en cambio, poderosamente aquella otra comarca que sus progenitores ganaron a lanzadas y de la cual oyen contar maravillas a sus contemporáneos.

El hombre, como la planta, no vive fuera de su clima nativo sin modificar su naturaleza, tomando cualidades propias del suelo en que arraiga y de cuyos jugos bebe. Así el jándalo es rumboso, enamorado y ponderativo. Menos paciente que el indiano, aguijado su amor propio y su amor a la patria por la menor distancia y las facilidades de salvarla, no aguarda para visitar su aldea más que a poder presentarse con el conveniente lucimiento y majeza.

Dispone su jornada y mide el tiempo de camino para bajar en sazón y punto de celebrarse la más nombrada feria o romería de su valle o del valle vecino. Y en hora de la tarde, en que agotadas las emociones, embotada la curiosidad por el calor y la fatiga, se hallan los vecinos mejor dispuestos a saborear mejor lo inesperado y nuevo, hele aquí apareciendo jinete en una jaca de Zapata o del Saltillo, trotando largo, encogido sobre el arzón y renegando para sí de la frondosidad de los castaños, cuyas ramas bajan a besarle su rico y aplanchado sombrero de calaña, estorbando el ademán gallardo, la enhiesta apostura con que se prometió aparecer en la tela.

Llega apartando gentes a lo más apretado del concurso, y allí se para y endereza el busto; amigos y conocidos acuden a felicitarle y darle la mano; él, afable, se deja lucir y da tiempo a que las mujeres deletreen a sabor su porte y vestido; a que las viejas, acurrucadas en círculos, le admiren diciendo: « ¡Gran mozo está, bendito sea Dios!»; a que los chicos envidien sus patillas de chuleta y los mozos su cadena de reloj y su vistosa faja de colores.

En tanto los inteligentes pasan la mano por las ancas de la jaca, te pulsan los belfos y averiguan la edad del bruto, cuyos ijares laten agitados por la carrera; sus finos remos, acostumbrados al blando piso de los arrecifes andaluces, tiemblan azorados del brusco choque de las durísimas camberas y los cudones montañeses; pero menos tarda en sosegarse, que sus admiradores y críticos en ponerle tachas y recorrer sus primorosos jaeces de campo, obra de algún famoso talabartero jerezano.

Aquellos momentos son solemnes, decisivos a veces, memorables siempre en la vida del jándalo.

Nunca sintió más fresco el cerebro, más alegre el corazón, más expedita la lengua; sírvele dócilmente su labia, habla mucho, tiene ocurrencias, hace gracia; se ve aplaudido y celebrado por el corro de los mancebos, por el enjambre de los chicos, por un cordón más apretado de muchachas casaderas puestas en fila, que sonríen meciendo con indolencia los abanicos y moviendo con el aire los flecos, enredados en las varillas, de su pañuelo de Indias pajizo o colorado, que las cruza el pecho. Luego se fijan en ellas los ojos del jándalo, aunque no falte quien diga o suponga que desde su llegada, y aparentando mirar a todas partes, no veían otra cosa; las interpela, ellas se ruborizan, callan y apresuran el abaniqueo; él no las tiene todas consigo, pero se serena preguntando a los que tiene cercanos el nombre de la una, la familia de ésta, el lugar de la otra, y se va reconociendo y recordando antiguas relaciones, y pregunta a las conocidas y echa una flor -¡bendita lengua española!- a la más guapa, y para no suscitar enojos remata el coloquio con un «¡Vaya un manojito de rosas!», que las aturulla y hace subir a cárdeno purpúreo el rubor de las mejillas.

Y en tal hora puede acontecer que desde el jinete a una de las coloradas pase y vuelva y torne a pasar una centella fugaz, invisible, que apenas tiene cuerpo y forma en el pensamiento, y, sin embargo, aprisiona y liga dos almas tan de firme que, para haberse de soltar, han de sudar lágrimas y llorar sangre, y así y todo, no lo consiguen sin quedarles heridas que nunca sanan ni se curan.

Se apea el jándalo, no sin dar dos vueltas a la mano de las riendas para que la jaca se revuelva y pompee su cola y estremezca las crines y salpique de blanco con su resuello a los más inmediatos. A pie y descalzos han venido siguiéndole los chicos de su lugar, sin más ambición ni esperanza que la de tenerle el caballo. El que logra tamaña fortuna no se trocaría por nadie en el mundo, como no fuese por el mismo jándalo, ideal insuperable, blanco de toda admiración, extremo de toda envidia.

Entonces acuden las vendedoras ambulantes de la fiesta, arvellaneras y rosquilleras. -El jándalo convida; hace colmar dos pañuelos anchos como manteles de una y otra golosina, brinda con ellos sucesivamente a la concurrencia, teniendo el uno pasado al brazo y suspendido de los nudos, mientras ensancha la boca del otro con su mano para que la de cada obsequiada entre abierta y salga cerrada con holgura y sin aprieto. Y durante esta ofrenda ceremoniosa se confirma, sella y remacha el lazo aquel tejido y armado por los ojos, a lo que bastan las sencillas frases: -Vamos, una rosquillita. -Gracias. -Ea, sin cortedad. -Ya que usted se empeña. Porque en la feria, como en la corte, uno se tañe y otro suena, y en achaques amorosos, rústicos o palacianos, valen los vocablos lo que quieren labios que los dicen y oídos que los escuchan.

Pero en amores cortesanos nacidos del ocio, el más dilatado y paladino galanteo, no supone compromiso ineludible y grave; citando entre campesinos, cuatro diálogos en el corro, media docena de encuentros voluntarios o casuales, en la fuente o en la mies, establecen a los ojos de propios y de extraños una promesa tácita que dura años y años y raras veces rompe alguno de ambos contrayentes.

Por eso decía que su entrada en la feria y el abocarse con el risueño grupo de las mozas suelen ser lance decisivo en la suerte del jándalo.

Años después acaso, redondeado su haber, saldadas cuentas con la tienda de Jerez o de Sevilla, restituido definitivamente a la tierra patria nuestro jándalo, repetirá su triunfal entrada en la romería; pero no solo, sino regaladamente acompañado, montando bestia de mayor pujanza y brío y más galán arnés; trayendo a la grupa una almohada y sobre la almohada una de aquellas mozas, la más gallarda o la más ruborosa, rodeada una mano al busto del galán, asida la otra a las correas de la baticola, usanza y cortesía de la morisca Andalucía transportada a la céltica Cantabria.

Puestos ya en los ejidos de Cerrazo, aquella lejana cumbre de Cildad que notamos desde Torrelavega, nos provoca con la indispensable curiosidad que toda cumbre excita, la de ver lo que hay a la otra parte.

Lo que hay a la otra parte es uno de los más curiosos lugares que encierra la Montaña, Novales, pueblo sin horizonte, reducido y breve, pero de singulares y no imaginados detalles. Había oído yo hablar infinito de él, sin haber tenido ocasión de estimar lo que pudiera ser apasionamiento o exageración de imaginaciones fértiles, cuando una tarde, traído a este lugar sin plan ni rumbo fijo, me ocurrió que más allá de la cumbre había casa donde yo podía llamar con mi apellido y seguridad de buena acogida, y seguí el camino.

Llegué a la cumbre de Cildad cuando el sol ya tomaba la roja tinta precursora de su declinación. Su luz hería de lleno la ancha faja de mar ceñida a la costa, y vibrando en las olas, deslumbraba los ojos y les escondía hacia el ocaso la línea del horizonte que al Norte cortaba limpiamente su azul profundo sobre la descolorida púrpura del cielo.

A mis pies se abría una cuenca circular, semejante al vasto cráter de un volcán extinguido; por la azulada caliza de sus paredes se desplegaban irregulares manchones de yerba segada, o asomaban su fosca greña árgomas y helechos, y, en su fondo, al cabo del camino que bajaba culebreando y partía una mies granada y opulenta, se parecía el pueblo cimentado en rojiza tierra, guarnecido de verdes copos de follaje, a semejanza de búcaro andaluz sobre cuyo borde rebosan y cuelgan los redondos cogollos de la albahaca.

Enfrente divisaba los suaves collados, asiento de Cobreces, émula de Novales, y hacia la derecha, bajando a la marina, las torres gemelas de Cigüenza, que dan fama en la comarca a su iglesia y vanidad a sus moradores.

¡Enérgico paisaje! Mar y cielo hervían en destellos y fulgores como si los gérmenes vivíficos encerrados en la luz solar acelerasen visiblemente su obra de fecundación; y la tierra lucía sus matices varios, desapacibles, crudos, contraste de la mansa serenidad del cielo, del rumor melancólico de la tarde que flotaba en el ambiente, suave acento de vida regular y pacífica.

Poco espacio tenía para meditaciones y estudios, y bajé la retorcida cuesta.

El amigo de familia, a quien yo tenía obligación de dar las buenas tardes en Novales, era un capellán, sujeto popular, estimado en muchas leguas a la redonda por la franqueza de su trato y el desembarazo de su carácter. Excusándome, pues, de preliminares, pregunté a un aldeano que se me acercó curioso mientras yo examinaba la iglesia, dónde hallaría a tales horas a don Román, que así se llama el cura. El aldeano repitió mi pregunta, o más bien, la gritó a una mujer que remendaba ropa a la puerta de una casa vecina; ésta, a su vez, interpeló a otra moza que pasaba tras de un par de vacas, la cual, dándome por guía a mi arrapiezo de pocos años que llevaba consigo, me hizo encontrar a quien buscaba. Hallámonos a medía altura del áspero declive de la montaña, a cuyo pie sonaba un limpio arroyo, por cuya pendiente culebreaban viejas paredes sobre las cuales rebosaban, frescos, lozanos, opulentos los naranjos y limoneros.

Y dije a mi reciente amigo la curiosidad que tenía de penetrar en aquellos misteriosos y espesos huertos, más frondosos y sombríos, más ricos en fruto y en azahares que los mismos de la ribera feliz del río Grande de Sevilla.

El capellán, con voz sana, gritó: -¡Martín!- y cayendo, que no bajando, a guisa de canto desgalgado del monte, un rapaz de hasta doce años de tiempo, y en mangas de camisa, vino a dar a nuestros pies.

Don Román puso un gesto grave, y le dijo:

-¿Es este modo de presentarse delante de gentes? Ande usted a asearse y vuelva en seguida.

Sin replicar el muchacho, penetrado de lo justo de la reprensión, siguió bajando, llegó al arroyo, metió en el agua sus pies descalzos, y arremangándose los brazos, dió principio al cumplimiento del mandato. Hechas sus abluciones generales, sonoramente acompañadas de bufidos, resuellos y carrasperas, compitiendo en estrépito con los patos que a par de él se solazaban, volvió a nosotros, sacudiendo las manos, chorreando el pelo, y como si respondiera a la llamada del cura, dijo: -¿Señor?

Visiblemente satisfecho de tan cabal sumisión y obediencia al capellán, le puso cariñosamente una mano sobre la cabeza, sin esquivar la humedad, y continuó su interrumpido discurso:

-Anda a casa, y trae la llave del huerto.

Martín desapareció en cuatro brincos-, pero aún no estaba muy lejos, cuando volvió a sonar la voz robusta e imperiosa:

-¡Martín!

Martín vino, otra vez, a la carrera, respondiendo:

-¿Señor? -Y pareció dar cabo a su tocado y afeite, sorbiendo algo más que aire con las narices, y aplanchándoselas luego con la mano hacia arriba para desembarazar el órgano por completo.

-Toma y di que lleven azúcar -y alargó don Román una peseta.

El corzo tornó a saltar por la aspereza arriba, y por tercera vez la voz «¡Martín!» le atajó en su fuga, y por tercera vez le atrajo a responder: ¡Señor! con el mismo acento sumiso, aunque más agitado que en las dos primeras. Y para mayor agilidad, sin duda, corrió un ojal del único tirante que suspendía su holgado y no medido pantalón, el cual quedóle encaramado hasta los sobacos.

¡Admirable concierto de voluntades! Indudablemente Martín era el brazo derecho del capellán, obediente, flexible, mudo o punto menos, con la ventaja, además, de alargarse adonde el brazo no alcanza, por ejemplo, a hacer mandados como los que por cansa mía le traían ahora al retortero.

-Di que hagan agua de naranja, que luego vamos.

Y fuimos, en efecto, después de sestear largo rato en uno y otro vergel, y de conversar amenísimamente tratando el ameno asunto de la cultura, cuidados y explotación del árbol que es allí suma y compendio de la vida, afanes y hermosura del pueblo. Y ya nos aguardaban sobre la mesa, en mi aposento bajo de la casa del capellán, sendos vasos y sendas jarras rebosando de la fresca bebida. Porque allí, tratándose del áureo fruto, todo pasa a la manera homérica, sencilla y grandiosa; y las porciones mesuradas que bastan al más sediento en nuestros cafés y botillerías, parecerían mezquinas y cosa de reir. Ni para obsequiar al visitador se atrevería el franco don Román a ofrecerle a la mano media docena de sus riquísimas naranjas. Yo le vi llegarse a uno de los frondosísimos árboles, y cogiendo la rama que le pareció más copiosamente cargada, la desgajó, ofreciéndomela para recuerdo y compañía del camino.




ArribaAbajo- III -

Cabezón de la sal.-Treceño.-Una venganza.-Juan de Herrera


Cerca de Novales, tomando al Sur, se encumbra el monte de los Anades; más lejos la peña de los Monteros. Por tan fragoso y escueto camino puedes pasar del alfoz de Lloredo a Val-de-Cabezón, si no prefieres, descansando en Puente-San Miguel, tomar con calma y espacio la pintoresca carretera. Esta te traería, atravesando Quijas, a caer desde la ermita y alto de San Benito, a la mies de Carranceja, pasando bajo la roída peña de Barcenaciones, que gotea agua sobre el viajero como aviso de que algún día caerá ella misma a cerrar el paso. Así tantos la miran con saludable miedo y se santiguan al entrar bajo el formidable alero.

Del esfuerzo hecho para roer y pasar la peña descansa el camino tendiéndose a lo largo del valle. Sobre los castaños de Casar de Periedo, entre sus troncos, descubres a tu derecha un solar que, aun cuando puesto a la moderna, conserva mucho del señoril aspecto antiguo. Reemplaza con abierta verja de hierro su maciza y huraña portalada; convierte el zaguán en jardín, sustituye con césped su mosaico de guijas y lo planta de magnolias y o doríficos arbustos; pero alza intactos sobre el primitivo asiento sus labrados dinteles, impostas y cornisas, entre la capilla y la torre, la cruz y el blasón, la humildad y la soberbia. Este era el plan general de las mansiones solariegas, que el pueblo apellida palacios. Otras muchas hemos hallado que aun le conservan intacto; pero aquí me detienen recuerdos infantiles y el afecto de los años maduros. Ya te diré quién la vive, cuando venga la ocasión, que no tardará, de citar su apellido.

Daban los solares, entre otras cosas, la hora al pueblo, y en su lugar más aparente, en la esquina de la torre, sobre el timbre del escudo a veces, tenían su cuadrante. Ahora ves aquí que reemplazan el gnomon caldeo, inseguro, inútil de noche y en los nublados meses invernizos, con relojes de mecanismo superior y marcha constante, en cuya esfera regulan los aldeanos sus horas y sus faenas, cuya campana les mide y reparte las de la noche.

Vamos corriendo el valle del Saja, un valle parecido a cuantos hemos visitado, como se parecen los hijos de una madre, los hermanos de una familia. Arboles y prados, robles y maíces, aguas y rocas; pueblos esparcidos sin límite ni término visible, sin que pueda el transeúnte decirse dónde el uno acaba y el otro empieza; molinos hundidos entre las altas márgenes y la vegetación de sus cauces, y el río corriendo por medio parándose a descansar en los remansos y desahogos, precipitándose en los pedregales y estrecheces. El río nunca desamparado de los alados moradores de su ribera; la siempre inquieta y pintada nevatilla225 de trémula cola, que al revolotear de una piedra a otra, parece un puñado de hojas o de plumas arremolinado y revuelto por el viento; el martín, de espléndido traje y silencioso vuelo, que cuando posado e inmóvil sobre la raíz somera y desnuda del aliso, no se sabe si medita o acecha; el tordo de agua, o cinclo, buzo incansable en la espuma, y el hervor de los rabiones, sobre cuya negra espalda se ven lucir y rodar perennemente las diamantinas gotas.

La populosa villa de Cabezón da nombre al valle. Dentro de sus calles parte la carretera al Sur hacia el valle de Cabuérniga y al Noroeste a entrar en Valdáliga.

Todavía manan en Cabezón y en Valdáliga los pozos de sal que vemos figurar en las cláusulas de innumerables instrumentos antiguos, herencias, donaciones, cambios, ventas y contratos de toda especie. Todavía manan, y explotados de inmemorial y simplicísima manera, llevan recogido su caudal a caer en hondas calderas puestas al fuego, donde vaporizada el agua, deja posar su cristalino sedimento.

Paredes desmoronadas, cercas rotas, piedras esparcidas son en Treceño testimonios vivos de población más grande, de que no es título usurpado el de villa que en los registros lleva cuando el viajero le da ingenuamente el de aldea. Las hiedras hallaron en estos parajes substancia provechosa y alimento; sus troncos gruesos y entretejidos dicen la antigüedad de las ruinas, y en pomposos tallos, esmaltados de corimbos negros, albergue y pasto de pájaros cantores, guarnecen la esbelta ojiva de un puente, cubren los blasones de muchos solares y envuelven el desbaratado almenaje de la torre fuerte alzada en medio del poblado a la vera del camino.

Esta torre tiene leyenda, la perpetua leyenda consagrada en toda tierra antigua a establecer los desafueros y violencias feudales y la vengativa osadía de los populares. Y que, por tanto, más parece símbolo de remoto estado social que cuento de histórico y positivo acaecimiento.

Solariego o extraño, señor de estado o caudillo aventurero, vivía la torre un hombre acostumbrado a mandar y ser obedecido, a desear y conseguir sin más limitación ni freno que el insuperable de los posibles humanos. Puso los ojos en una zagala del lugar, casta y bella; no usaba dejar largo término entre poner los ojos y poner la mano en la prenda codiciada, fuese mujer, joya, heredad o almena enemiga, y por fuerza o por astucia hízose dueño de la doncella.

Herido quedó en lo mejor de su alma un mozo de las cercanías, rondador galán de la cautiva, y tan herido, que, ya no tuvo vida, discurso, acción tú sentimiento sino para la incurable llaga y sus acerbos dolores. Puesta la mano sobre el lastimado pecho, descolorido y mudo, insensible y sordo a toda pregunta, mandato, consolación o consejo, vagaba por el valle y las colinas.

Hallábasele a menudo en la fuente o junto al río, fijos los ojos contemplando su desconocida imagen en las aguas; y cuando en las calles del lugar era perseguido con voces y piedras por los muchachos, con palabras lastimeras por las mujeres, tan indiferente parecía a la compasión como al escarnio.

Cierta mañana llegó a la puerta de la torre, y hallándola abierta, en vez de pasar de largo, según acostumbraba, se entró por ella. Las gentes del señor, o no vieron al loco o no se curaron de él; tomó por la escalera arriba y llegó a un aposento, sobre cuyo suelo, de recio castaño, posaba sin ruido sus pies descalzos. Puesto de bruces sobre el alto alféizar de una ventana, contemplando la campiña florecida y verde, meditando acaso hazañas, acaso maldades, estaba el caballero, vestida con gala militar la impenetrable cuera, ceñido el ancho puñal a la espalda. Su pie derecho batía en cadencia con el talón el piso, como recordando el compás de una canción, y la breve pluma de su gorra palpitaba al paso de la brisa montañesa, como si aun viviese prendida en el ala del ave que voló con ella. El loco se llegó callada y cautelosamente, y con agilidad y fuerzas sobrehumanas le echó una mano al cuello, apretó el sujeto busto sobre la piedra, y desnudando con la otra el colgante hierro se lo hundió una y otra vez en la garganta. Las gentes que cruzaban al pie de la torre oyeron un aullido ronco, un gemido, un estertor, y cuando alzaron la vista descubrieron el cuerpo del señor doblado sobre el alféizar; caíanle hacia fuera los brazos, trémulos y convulsos todavía, y le salía copiosa sangre del cuello, corriendo por la pared y goteando hasta el suelo.

Sobre la trágica ventana cuelgan su flotante pabellón las trepadoras; por el labrado hueco entran y salen las golondrinas, huéspedes de la deshabitada torre, y del alféizar bajan a negros rieles hondamente estampados en la piedra: quizás son rastros de las lluvias, quizás huellas de la sangre vertida por el vengativo aldeano.

Tan vagas son las memorias del suceso, que en ellas no queda indicio de nombre ni de fecha. ¿Tendrán relación con él los Guevaras, señores de Treceño, por aquella doña Mencía de Ceballos, de quien hablamos al saludar las torres doradas de Escalante?226.

Aquí nació Fray Antonio de Guevara, franciscano, obispo de Guadix y de Mondoñedo, cronista del emperador, pacifica figura en aquella encarnizada y breve discordia de las Comunidades, con más pasión juzgada, si cabe, por la posteridad que por los contemporáneos y participantes en ella. Fiel a su hábito penitente, Guevara predicaba la paz; con fueros de pariente trató de mover el corazón del ambicioso Acuña, e inspirado por su alto sentido del mundo y de los hombres, le escribía: «que era imposible que si los unos no se arrepentían y los otros no perdonaban, se pudiesen remediar estos reinos ni atajarse tantos daños»227. Vana predicación a los oídos del pertinaz prelado que se había puesto en las mientes trocar su modesta mitra de Zamora por la espléndida primada de Toledo, y de la guerra únicamente y del triunfo de la bandera popular esperaba logrado su deseo228.

Más allá de Treceño, el camino hace una cuesta, y al desembocar sobre una abierta hondonada, en cuyo verde fondo corre un arroyo, descubre a su mano izquierda y arrimado a una loma, que le guarda de Norte y Este, un barrio del pueblo de Roiz llamado Movellan.

Es cuna del célebre Juan de Herrera, glorioso arquitecto de Felipe II. De aquí marchó adolescente apenas, puesto que, según sus propias palabras, «no había entrado aún bien en el uso de la razón»229, adonde llamaba entonces a todo español alentado el espíritu de los tiempos, a Italia230. Era, sin embargo, tan niño, que tres años después, en el de 1551, se veía precisado a volver a España «por no tener edad -dice él mismo- de poder servir en las cosas de la milicia, a que naturalmente me aficionaba».

Cumpliósele este gusto de ser soldado al cabo de dos años, y en 1553 volvió a Italia, sirviendo en la compañía del capitán Medinilla. Hubo de distinguirse en las campañas de Piamonte y Lombardía, puesto que pasó a la guardia de arcabuceros a caballo de don Fernando de Gonzaga, siguiendo a este insigne capitán a Flandes, cuando las necesidades de la guerra le llevaron a desempeñar marido en aquellos países. Vuelto Gonzaga a Italia, pasó Herrera a la guardia del emperador, en la cual y en la del rey don Felipe II continuó sirviendo hasta que en 1563, sin decirnos la causa, trocó el caballo por el andamio, y el arcabuz y los frascos por el compás y el nivel, entrando a ayudar al famoso don Juan Bautista de Toledo en la fábrica maravillosa del Escorial.

Caso singular el de un soldado que lleva bajo la coraza vocación de artista, que aprovechaba los ocios de la tienda y del alojamiento en delinear y aprender los elementos de la construcción civil; pues tanto es frecuente el comercio y vida común de armas y letras, tanto es poco vista la unión de armas y artes. En nuestra España tan rica en vocaciones dobles, apenas hallamos otro ejemplo fuera de aquel famoso pintor y capitán Juan de Toledo, y aun éste, dando paso a lo militar sobre lo pintor, mereció llamarse Toledo el de las batallas, porque eran ellas asunto preferido y casi único de sus lienzos.

Ni es la profesión de arquitecto fácil y para improvisada, y si el guardia del emperador era estimado capaz de ayudar al principal maestro y proyectista de San Lorenzo, y aun de sucederle poco tiempo después y ocupar su lugar en la dirección superior del monumento, sin duda venía preparado de sólida manera a merecer tan rápido y feliz concepto.

Mas si, como parece probable, asistió a los desmanes de la guerra, si vió el ningún respeto que a sus furores y tiránicas realidades inspiran las maravillas de la arquitectura, y fué tal vez testigo o actor en el estrago de curiosos y venerables edificios, ¿cómo persistía en el marcial oficio, en tales violencias dolorosas sin duda para su alto ingenio y corazón de artista?

Acaso entre las artes del diseño es la arquitectura la que menos pide al corazón; la invención y el gusto, que Mengs ponía como condiciones esenciales de ella, proceden de sosegada y fría especulación. Es también por su índole especial la que mayor distancia pone entre la concepción y la obra, entre la idea y la forma, entre el cerebro y la fábrica. El discurso del alarife y la mano del obrero no están como los del pintor y el estatuario en comunicación íntima y directa con el cerebro inventor, donde los gérmenes bullen y la creación se condensa y define lenta y cuidadosamente, tal vez a medida que se va traduciendo en formas visibles, y hallando quizás en su desarrollo sucesivo avisos que la corrigen y mejoran, medios que facilitan el término y perfección del trabajo.

Cean supone que en Bruselas se entregó Herrera a su afición a las proyecciones, trazas y demás artificios geométricos; ¿pero cabe imaginar que la estancia en Italia no influyera en organismo tan maravillosamente dotado para la arquitectura? Desgraciadamente justifican la suposición del ilustre crítico, o por lo menos la omisión de juicio alguno de su parte sobre la influencia italiana en el genio del insigne montañés, sus obras mismas, de cuya admirable solidez y regularidad exclusivamente preocupado, no supo o no quiso vencer la sensación fría que ambas cualidades, cuando solas y entregadas a sí mismas, producen en el observador.

Es verdad que Herrera no llegó a Roma, no pudo ver las obras de Bramante y de San Gallo, tan armoniosas y suaves tan risueñas a pesar de su austero clasicismo; pero anduvo en Génova, donde reinaba Alessi, y sin duda visitó a Verona, donde acababa de florecer frá Giocondo, donde vivía San Micheli: y acaso llegó a Vicenza, donde era señor y privaba el preceptista de la época, rector y maestro del arte en el renacimiento greco-romano, Palladio. Y si asistió a la guerra de Sena, como Cean cree, pudo ver las obras del purista Peruzzi y conservar la impresión de la gracia que animaba al que por algunos ha merecido ser llamado el Rafael de la arquitectura. Pero acaso su genio, como el de Miguel Ángel, era refractario a esa cualidad misteriosa y delicada que, unida a la fuerza, constituye el ideal acabado de lo bello.

La gracia es precisamente la condición negativa de la arquitectura de Herrera. En el templo escurialense mostró cuanto, se le alcanzaba en proporción y armonía, y los fresquistas le ayudaron a templar la glacial severidad de su numen; en el alcázar de Toledo es modelo acabado de majestad y elegancia; en la puerta célebre del puente de Córdoba adivina el no sé qué singular de los monumentos romanos, mezcla de cualidades diversas, difíciles de demostrar y largas de exponer; y en todas partes se muestra constructor audaz, físico experto y geómetra prodigioso. Sin embargo, algo falta en sus obras que se halla en aquellos admirables palacios de Roma; Farnesio, que ideó San Gallo y labraron después de él Buonarotti y Vignola; Massimi, que labró Peruzzi; en aquel templete maravilloso de Bramante en San Pedro in Montorio, construido a expensas de nuestros Reyes Católicos, joya de gallarda, primor y ligereza, erigida dentro de un cerrado claustro, como en cautela de las manos de un salteador atrevido.

En tanto razonamos acerca del inmortal arquitecto, el camino nos lleva a una altura desde la cual, a la derecha mano, descubrimos risueño horizonte, y blanqueando en él la iglesia de Udías, u Odias, que consagró, en 1099, el obispo de Burgos don García de Aragón231. En Udías parecieron hace años minas de explotación romana; argumento a geógrafos e historiadores para situar la frontera de cántabros y asturianos. A la izquierda asoma uno de los interesantes términos de nuestro viaje: los Picos de Europa, sublime corona de Cantabria, diadema de hielos con la cual lucha el sol sin vencerla, antes haciéndola fulgurar al herir sus eternos cristales, publica a lo lejos su pujanza, su gloria y su hermosura.

Caminando adelante vamos a ver la mar y los esteros de San Vicente.-Saludémoslos de lejos, puesto que otro ha de ser el camino que allá nos lleve.-Saludémoslos hasta dentro de poco, y tornemos a tomar en Puente San Miguel el triste y solitario camino de Santillana.