—63→
1. Jerónimo de Alderete desempeña en la Corte la misión que había llevado de Chile. 2. Es nombrado gobernador de Chile con ampliación de sus límites territoriales hasta el estrecho de Magallanes. 3. Villagrán es nombrado por la audiencia de Lima corregidor y justicia mayor de Chile; asume este cargo y va a La Serena a hacerse reconocer. 4. Por muerte del general Alderete, el virrey del Perú nombra gobernador de Chile a su hijo don García Hurtado de Mendoza. 5. Lautaro, a la cabeza de un cuerpo de guerreros, emprende una campaña al norte del río Maule. 6. Sale a su encuentro Pedro de Villagrán; combate de Mataquito; Lautaro se vuelve al sur. 7. El corregidor Francisco de Villagrán parte a socorrer las ciudades del sur; disturbios que su ausencia estuvo a punto de producir en Santiago. 8. Nueva campaña de Lautaro contra Santiago; segunda batalla de Mataquito; derrota y muerte de Lautaro.
Más de dos años habían transcurrido desde la muerte de Valdivia. La colonia había sido sacudida por los más terribles desastres y, sin embargo, su gobierno permanecía acéfalo y entregado a manos de los poderes locales que no podían dar vigor a la acción administrativa. Los cabildos, como contamos, habían pedido a la audiencia de Lima un Gobernador que viniese a poner término a las competencias de los caudillos y a dar unidad al poder. Habían solicitado que ese funcionario fuese uno de los conquistadores de este país, temiendo que un gobernante advenedizo llegase con servidores y allegados a quienes habría de favorecer con perjuicio de los primeros pobladores. Pero hacía muchos meses que esperaban en la mayor incertidumbre la resolución superior que habían solicitado con tanto empeño.
Mientras tanto, hacía más de un año que el rey de España, adelantándose a los deseos de los cabildos de Chile, había dado en propiedad el gobierno de este país a uno de los más caracterizados capitanes de su conquista. Pero eran entonces tan difíciles y tan lentas las comunicaciones entre la metrópoli y sus apartadas colonias, que los pobladores de Chile sólo aguardaban las resoluciones que pudieran venir de Lima.
El favorecido con el nombramiento real era el general Jerónimo de Alderete.
Se recordará que este personaje había partido de Chile a fines de octubre de 1552119. Iba, como dijimos en otra parte, comisionado por el gobernador Pedro de Valdivia para pedir al —64→ rey de España las gracias y mercedes a que se creía merecedor, y llevaba al soberano la primera remesa de oro de Chile. Por más diligencia que puso, Alderete empleó en su viaje un año entero. Sólo llegó a España en octubre de 1553120. La causa de esta tardanza no consistía sólo, como podría creerse, en las dificultades del viaje y en el atraso en que entonces se hallaba todavía el arte de la navegación sino en el sistema de comunicaciones que la metrópoli había adoptado con sus colonias. América y España no podían comunicarse más que por las flotas, o reuniones de buques que marchaban en conserva, y en épocas determinadas, una vez al año, por temor a los corsarios que corrían los mares en busca de los tesoros de las Indias.
Alderete se trasladó sin demora a Valladolid, residencia entonces de la corte de España. Allí fue recibido favorablemente por dos motivos que lo abonaban a la consideración del gobierno. Había servido en el Perú en la campaña contra Gonzalo Pizarro, esto es, había contribuido a afianzar el dominio de la Corona en ese rico país. Llevaba también una remesa de sesenta mil pesos de oro, cantidad casi insignificante para las premiosas necesidades del Rey, cuyas guerras consumían todos los tesoros de América, pero que hacía esperar que Chile produciría nuevas cantidades del codiciado metal. En esos momentos, la monarquía española estaba regida por el príncipe don Felipe de Austria, tan famoso más tarde con el nombre de Felipe II. El príncipe regente se hallaba revestido por el emperador, su padre, de «autoridad soberana, para mercedes, proveer oficios, dignidades, tratar paces y treguas sin limitación»121; y Alderete pudo iniciar sus negociaciones con toda actividad.
En representación de Valdivia y de los cabildos de Chile, presentó al soberano una serie de memoriales en que fundaba las numerosas peticiones que estaba encargado de hacer. Obtuvo sin dificultad el título de ciudades para los diversos pueblos fundados en Chile, con privilegio de armas y de blasones para cada uno de ellos122; consiguió una reducción en el impuesto que se pagaba sobre el oro123; la exención del apremio personal a los conquistadores por razón de deudas124, la facultad concedida a los cabildos para entender en las apelaciones de las causas civiles que no pasasen de 300 pesos de oro125, y otras providencias de menor importancia. El Príncipe regente aceptó también las recomendaciones que los cabildos hacían del bachiller González Marmolejo, y acordó pedir al Papa la creación de un obispado en Chile, y proponer a ese eclesiástico para ocupar este puesto. Del mismo modo, aprobó la conducta de Pedro de Valdivia, a quien escribió una carta para recomendarle que siempre empleara igual celo en el servicio del Rey126. Pero cuando se trató de premiar a éste, el Príncipe se limitó a ofrecerle en una nota puesta al margen de un memorial de Alderete, el hábito de caballero de la orden de Santiago, y un título de Castilla, de Conde o de Marqués, —65→ con el vasallaje de una parte del territorio que había conquistado127; pero no pareció dispuesto a acordarle las otras gracias que solicitaba. Aun esos premios, acordados cuando ya Valdivia había muerto, no alcanzaron a sancionarse.
Las negociaciones de Alderete, por más premiosas que fueran sus exigencias, sufrieron en breve una interrupción. En julio de 1554, el Príncipe partía para Inglaterra a celebrar su casamiento con la reina María Tudor, enlace en que la ambición quimérica de Carlos V había creído ver un mayor engrandecimiento del poder de su familia128. El gobierno de España quedó confiado a la princesa doña Juana, reina viuda de Portugal. Pero eran tan limitados los poderes de ésta que estaba obligada a consultar todo asunto administrativo con sus consejeros o con el mismo Príncipe regente, a pesar de ser entonces muy lentas y difíciles las comunicaciones con Inglaterra. Por otra parte, el carácter mismo de la Princesa era un obstáculo poderoso al pronto despacho de los negocios de gobierno, por urgentes que fuesen. Refiere un célebre historiador que por exceso de devoción y de recato, la Princesa se presentaba a las audiencias con la cabeza cubierta por un manto, y que jamás se descubría el rostro129. Aunque joven y de clara inteligencia, a juicio de sus contemporáneos, por la limitación de sus poderes y por las condiciones de su carácter, la princesa doña Juana hacía sentir tan poco su acción administrativa que el despacho de todos los negocios de mediana gravedad estaba sometido a largas dilaciones. Alderete se vio forzado a suspender por entonces la gestión de los negocios que se le habían encomendado.

2. Es nombrado gobernador de Chile con
ampliación de sus límites territoriales hasta el estrecho de
Magallanes
En esas circunstancias llegó a España la noticia de la muerte de Valdivia. El buque que la llevaba naufragó en la costa de África en enero de 1555, y en él pereció el capitán Gaspar Orense, comisionado, como dijimos130, por los cabildos de Chile para dar cuenta al Rey de los graves sucesos de este país. La correspondencia que ese buque llevaba fue extraída del fondo del mar; y en ella iba entre otras cartas, una de Villagrán al Rey, en que haciendo valer sus servicios, pedía el gobierno de Chile. Esta petición, como se recordará, estaba apoyada con el voto de los cabildos de las ciudades del sur.
—66→Alderete se creía con mejores títulos que nadie para ocupar este puesto. Queriendo adelantarse a todos los competidores que pudieran aparecer, inició sus gestiones desde el primer momento con la mayor actividad. La Princesa gobernadora no estaba facultada para conceder cargos de esa naturaleza sin la aprobación del regente131. Sin vacilar, Alderete emprendió viaje a Inglaterra para presentarse al príncipe don Felipe, y para solicitar de él la gobernación que había quedado vacante por muerte de Valdivia. Sus honrosos antecedentes, los servicios que había prestado como conquistador y como soldado del Rey en las revueltas del Perú, y las recomendaciones que de él hacían tanto el finado Gobernador como los cabildos de Chile, le sirvieron grandemente en esta ocasión. Las pretensiones de Alderete fueron bien acogidas por el Príncipe y por sus cortesanos. A principios de marzo de 1555 el regente despachaba desde Londres el mandato terminante de que sus delegados de Valladolid extendiesen en favor de ese capitán el título de gobernador de Chile. Alderete obtuvo, además, el hábito de la orden de Santiago, con que los reyes solían premiar a sus más distinguidos servidores.
Durante su residencia en Londres, Alderete se entretenía en referir a los caballeros españoles que formaban el séquito del Príncipe, las vicisitudes de las guerras de América. Describía las bellezas de estos países, las penalidades de la conquista, el valor indomable de los indios de Chile y el campo de hazañas, de glorias y de riquezas que aquí se abría al heroísmo y a la pasión de los castellanos por las lejanas aventuras. Estas relaciones excitaban gran entusiasmo entre aquellos señores. Uno de los pajes del Príncipe, joven de veintiún años solamente, se sintió apasionado por esa carrera de gloriosos peligros, y solicitó permiso para partir a Chile en compañía de Alderete. Era don Alonso de Ercilla y Zúñiga, el futuro cantor de La Araucana, que había de alcanzar con sus magníficos versos uno de los más altos renombres de la literatura castellana.
Alderete estaba de vuelta en Valladolid a fines de marzo de ese año. Oído el parecer del Consejo de Indias, la Princesa gobernadora le otorgó el 31 de ese mes el título de adelantado de la provincia de Chile. Expidió, además, en favor de Alderete, otras provisiones por las cuales lo autorizaba para traer a Chile a su esposa, doña Esperanza de Rueda, y a las personas de su familia que quisieran acompañarlo, así como las mujeres que hubiere menester para su servicio, y veinte criados o compañeros. Se le permitió igualmente sacar las armas, joyas y demás cosas que pudiese necesitar.
Pero esta resolución dio lugar a un serio reparo de parte de Alderete. El título de adelantado de Chile, expedido a su favor, era, en cuanto al fondo, la reproducción del que en 31 de marzo de 1552 había acordado el Rey a Pedro de Valdivia. Ese título dejaba entender que la gobernación de Chile tendría los mismos límites que el presidente La Gasca le había fijado en 1548, y que, por tanto, debía extenderse sólo hasta el paralelo 41 de latitud sur. Alderete reclamó formalmente de esta restricción. Según él, la provincia de su mando debía dilatarse hasta la extremidad austral de América para asegurar a España el dominio exclusivo del mar del sur, construyendo fortificaciones en el estrecho de Magallanes.
Esta reclamación fue recibida desfavorablemente por el Consejo de Indias. Era tal el desconocimiento que se tenía de la naturaleza de estas regiones, y tal la ignorancia que —67→ entonces reinaba acerca de las cuestiones más elementales de geografía física, que los directores de la administración colonial de España estaban persuadidos de que en las frías comarcas de las inmediaciones del estrecho de Magallanes se producían las especias que los portugueses estaban usufructuando en los ardientes archipiélagos de Asia. El Consejo de Indias pretendía que al sur de Chile había un rico territorio en que podía establecerse otra gobernación132. Cuando el Príncipe regente tuvo noticia de estas diferencias, las resolvió en favor de Alderete. En conformidad con esta resolución, la Princesa gobernadora firmó el 29 de mayo de 1555 nuevas cédulas de nombramiento. «Tenemos por bien, decía en ellas, de ampliar y extender la gobernación de Chile de como la tenía Pedro de Valdivia otras ciento y setenta leguas poco más o menos, que son desde los confines de la dicha gobernación que tenía el dicho Pedro de Valdivia hasta el estrecho de Magallanes». Por otra provisión, de la misma fecha, la Princesa encargaba a Alderete que, en llegando a Chile, mandara reconocer y explorar la región del estrecho que desde entonces formaba parte de su gobernación133.

3. Villagrán es nombrado por la audiencia
de Lima corregidor y justicia mayor de Chile; asume este cargo y va a La Serena
a hacerse reconocer
La noticia de este nombramiento llegó a Lima a principios del año siguiente de 1556. Súpose entonces que Alderete quedaba en España haciendo los aprestos para su viaje, pero se suponía con razón que tardaría algunos meses en llegar a Chile. Mientras tanto, los cabildos de este país reclamaban empeñosamente de la audiencia de Lima el nombramiento de un gobernador interino que diese cohesión y fuerza a la administración. Había en esos momentos en aquella ciudad dos agentes de Chile. El más caracterizado de ellos, el contador Arnao Segarra y Ponce de León, apoyaba resueltamente las pretensiones de Villagrán como el —68→ hombre de prestigio y de resolución capaz de organizar los elementos de defensa y de reprimir el levantamiento de los indios. La Audiencia, por provisión de 15 de febrero de 1556, confió a Villagrán el cargo de corregidor y justicia mayor de la gobernación de Chile134. Con esta designación creía satisfacer lealmente los deseos expresados por el mayor número de los pobladores de este país.
Cerca de tres meses tardó en llegar a Chile la resolución de la audiencia de Lima. Éste era, como sabemos, el menor tiempo que entonces empleaban los buques que venían del Callao a Valparaíso. El portador de esas comunicaciones era un mercader español, llamado Diego Volante, que venía a establecerse en Chile. Reunido el Cabildo el 11 de mayo, se recibieron allí los pliegos de la Audiencia con todas las formalidades de estilo en semejantes circunstancias. Los capitulares, según su orden de jerarquía, besaron y pusieron sobre sus cabezas aquella provisión; y después de declarar que estaban dispuestos a obedecer lo que se les mandase, procedieron a su lectura. En el mismo día el general Villagrán fue reconocido en el carácter de corregidor y justicia mayor de la gobernación. Como lo mandaba la Audiencia, el nuevo mandatario prestó las fianzas de resultas de su administración y el juramento solemne de ejercer bien y fielmente el cargo que se le confiaba, y «de procurar el servicio de Dios y de Su Majestad»135.
Villagrán permaneció en Santiago todo el invierno de 1556. La estación era poco favorable para acometer empresas militares contra los indios del sur, para lo cual, por otra parte, se esperaban los refuerzos de tropas que, según se creía, debían llegar del Perú. Además de esto, la tranquilidad parecía en cierta manera restablecida. Los indígenas se mantenían en paz; y, aun, los guerreros de Lautaro no se habían atrevido a emprender nuevas campañas después de la segunda destrucción de Concepción en diciembre del año anterior.
En cambio, el general Francisco de Aguirre recibió con disgusto el nombramiento que la audiencia de Lima había hecho en favor de su rival. El cabildo de La Serena no había, según parece, prestado el reconocimiento formal del nuevo corregidor, a que estaba obligado por el mandato de la Audiencia. Había, por otra parte, en esa ciudad, alarmas e inquietudes; y algunos de sus vecinos llamaban a Villagrán para que fuese a restablecer la tranquilidad. El —69→ impetuoso General no tardó mucho en tomar una determinación. Poniéndose a la cabeza de treinta hombres, partió para el norte a mediados de septiembre136.
La ausencia de Villagrán se prolongó tres meses. No halló en La Serena la menor resistencia. El Cabildo lo reconoció formalmente en su cargo de jefe interino de toda la gobernación, y aceptó como teniente corregidor de la ciudad y de todo su distrito al licenciado Juan de Escobedo, elegido para este puesto por el mismo Villagrán. Pero el general Aguirre, siempre altivo y obstinado, se sustrajo a prestar reconocimiento y sumisión a su rival. Al saber que éste se acercaba a La Serena, se había retirado a Copiapó, y se mantuvo allí sin querer obedecer las órdenes reiteradas con que lo llamaba Villagrán. Esta actitud envolvía un serio peligro para la tranquilidad de aquellos lugares. El corregidor, amparado como estaba por un título perfectamente legal, y concedido por los verdaderos representantes del Rey, habría marchado a Copiapó en persecución de su competidor, sin dos graves sucesos que venían a complicar inesperadamente la situación. En el sur, la guerra de los indios rebelados había tomado un carácter muy alarmante hasta el punto de correr peligro la ciudad de Santiago. Por el norte, el mismo general Aguirre le comunicaba que había llegado por tierra un soldado español que traía del Perú comunicaciones de la más alta importancia. El Virrey, que había llegado hacía poco a ese país, acababa de nombrar un Gobernador para Chile, y este funcionario debía llegar en muy corto tiempo más.

4. Por muerte del general Alderete, el virrey del
Perú nombra gobernador de Chile a su hijo don García Hurtado de
Mendoza
Estamos obligados a suspender la narración de estos sucesos para dar cuenta de los hechos que habían dado lugar a esta última determinación.
Hemos contado al principio de este capítulo que en mayo del año anterior, el Rey había nombrado gobernador de Chile al general Jerónimo de Alderete. Terminados sus aprestos en España, tuvo éste todavía que esperar la partida de la flota que zarpaba de San Lúcar de —71→ Barrameda el 15 de octubre de 1555. Uno de los buques que componían el convoy, fue destinado para Alderete, su familia y las personas que venían a Chile en su compañía. En la misma flota se embarcó don Andrés Hurtado de Mendoza, tercer marqués de Cañete, y caballero de alta posición, que venía a América con el rango de virrey del Perú.
GOBIERNO ACÉFALO
1. Francisco de Aguirre. 2. Juan Gómez. 3. El licenciado Altamirano. 4. Rodrigo de Quiroga. 5. Francisco de Villagrán. 6. Juan Godínez. 7. El licenciado De las Peñas.
Después de algunos días de navegación, la flota fue asaltada por una violenta tempestad. La mayor parte de los buques que la componían pudo seguir su viaje sin dificultad; pero el que montaba Alderete sufrió tales averías, que le fue forzoso volver a Cádiz a repararse, y no pudo emprender de nuevo su viaje sino en los primeros días del mes de diciembre137. En esta ocasión, estuvo libre de tempestades. Llegó a Nombre de Dios, atravesó sin contratiempo la región del istmo y se embarcó de nuevo en Panamá para seguir su viaje a Chile. El infeliz adelantado se creía libre de los riesgos de tan largo y penoso viaje; pero acometido por una fiebre violenta, sucumbió en frente de la pequeña isla de Taboga, a seis leguas de aquel puerto, en abril de 1556. Sus parientes y compañeros continuaron su viaje a Chile138.
El fallecimiento del adelantado Alderete volvía a dejar vacante el gobierno de Chile; pero esta vez el Perú tenía a su cabeza un Virrey que venía de España provisto de las más amplias facultades que el soberano acostumbraba confiar a sus representantes de América. En efecto, desde que hubo llegado a Lima (29 de junio), Hurtado de Mendoza, en medio de los complicados afanes que le imponía la pacificación definitiva de ese virreinato, trató de imponerse de las cosas de Chile para remediar la situación precaria a que había llegado después de la muerte de Valdivia. Las competencias de los caudillos que se disputaban el mando, los triunfos repetidos de los indígenas sobre los conquistadores y la desorganización consiguiente a estos contrastes, necesitaban, según él, un esfuerzo enérgico y vigoroso, y un cambio completo en el personal de su gobierno. El Virrey, por otra parte, dominado por el orgullo aristocrático de su raza, miraba con desprecio a los oscuros aventureros castellanos que se habían ilustrado en la conquista de estos países, pero que conservaban las pasiones propias de su educación y del medio social en que habían vivido. Resuelto a aplicar un remedio eficaz a las desgracias de Chile, determinó enviar a este país un considerable refuerzo de tropas, y poner a la cabeza del gobierno a su propio hijo, don García Hurtado de —72→ Mendoza. El 21 de julio de 1556 expidió una circular de pocas líneas a los cabildos de Chile, en que les anunciaba la determinación que, de acuerdo con la audiencia de Lima, había tomado sobre el gobierno de este país. En ella les comunicaba que don García llegaría a Chile en abril del año siguiente.
Ésta era la comunicación que el general Francisco de Aguirre había recibido en Copiapó, y que éste se había apresurado a transmitir al corregidor Villagrán, que se hallaba en La Serena139. La resolución del Virrey venía a poner término a las competencias y rivalidades de esos dos capitanes. Villagrán, que estaba en posesión legal del mando, debió sentir un amargo desengaño al ver burladas sus esperanzas por el nombramiento hecho en la persona de un hombre que no había servido al Rey en las penosas guerras de la conquista, y que debía su elevación sólo al rango de su cuna. Sin embargo, el respeto que inspiraban las órdenes emanadas del Rey y de sus más altos representantes, sofocó el natural resentimiento del ambicioso caudillo. Villagrán no profirió una sola queja. Recibió con aparente contento al emisario que venía del Perú, y le obsequió un tejo de oro para recompensarlo por las fatigas del viaje que acababa de hacer. Teniendo que contestar las cartas del Virrey y de su hijo, Villagrán se mostró dispuesto a obedecer sumisamente sus mandatos. En vista de tan favorables disposiciones, el emisario dio la vuelta al Perú en un buque que estaba para zarpar del puerto de Coquimbo, mientras el corregidor se ponía en marcha para el sur a comunicar a los cabildos de las otras ciudades el próximo arribo del nuevo mandatario140.
—73→
Durante la ausencia del corregidor Villagrán, habían tenido lugar en el sur de Chile sucesos de la más alta trascendencia. La misma ciudad de Santiago había estado amenazada por una invasión de los indios de guerra, que pasamos a referir.
En el invierno de 1556 los indígenas de Arauco habían estado en paz, contentos, al parecer, con haber destruido por segunda vez Concepción. Las ciudades de la Imperial y de Valdivia no habían sido tampoco eficazmente atacadas, de manera que se creía que nada perturbaría la tranquilidad de esa región mientras los españoles no emprendiesen una nueva campaña.
Pero Lautaro, el infatigable enemigo de los invasores, no podía estar quieto, y había concebido una empresa que revela el arrojo de su ánimo y la sagacidad de su inteligencia. Al ver que después de tantos meses corridos desde el desastre de Concepción los españoles no se atrevían a renovar las hostilidades, Lautaro creyó, sin duda, que las repetidas derrotas los habían desmoralizado y arruinado, y que era posible arrojarlos definitivamente de todo el territorio y repartirse sus despojos. Su plan se reducía a sacar de Arauco un cuerpo de guerreros, sublevar en su camino a los indios sometidos del norte, y caer por fin sobre Santiago, centro hasta entonces de los recursos del enemigo, donde tal vez esperaba no hallar una resistencia sólida141.
Sin duda alguna, Lautaro habría querido tener a sus órdenes un ejército considerable para ejecutar esta campaña. Pero esa empresa lejana no podía interesar mucho a los indios de Arauco, poco amigos de apartarse de sus tierras, y satisfechos, además, con verlas libres de extranjeros. Lautaro formó sólo una hueste de seiscientos hombres bien determinados y resueltos, y a su cabeza cruzó el Biobío en los primeros días de la primavera. El animoso caudillo vestía los despojos quitados al enemigo en los anteriores combates. Montaba un brioso caballo, cubría su cabeza con una celada y llamaba a sus tropas con una trompeta. En su marcha, incitaba a las poblaciones indígenas, por medio de ardorosos discursos, a sacudir el yugo de los opresores de su suelo. La hueste invasora engrosaba su número en algunas partes; pero en donde los indios se mostraban remisos para acudir a la guerra, los campos eran talados, las familias perseguidas y esparcidos el terror y la desolación. Después de —74→ pasar cautelosamente el Maule, cayó de improviso sobre un asiento de minas que tenían los castellanos cerca de aquel río, mató a dos de ellos, y puso a los otros en desordenada fuga. En ese lugar recogió las herramientas que los españoles usaban en los lavaderos de oro y convocó a los indios comarcanos para hacerlos entrar en sus planes. Montado en su caballo, Lautaro refería a los indígenas las victorias que había alcanzado sobre los castellanos y convidaba a todos a reunirse a sus filas para consumar la destrucción y el exterminio del enemigo común.
Delante de Lautaro huían todos los que no querían tomar parte en su temeraria empresa. Muchos de esos fugitivos, así indios como españoles, llegaron hasta Santiago, y comunicaron la noticia de la temible invasión. Aunque se creía que los enemigos no se atreverían a atacar la ciudad, temiose por la suerte de las estancias y de los ganados que los españoles tenían en los campos vecinos. El Cabildo se reunió apresuradamente el 5 de noviembre para arbitrar los medios de conjurar este peligro. Parece que en esos momentos la caja real estaba desprovista de fondos. Los capitulares repartieron entre ellos mismos el donativo de un pequeño subsidio para el socorro de los soldados. Mandaron, también, que cada vecino de la ciudad pusiera un hombre sobre las armas para marchar contra el enemigo. Hallándose ausente el corregidor Villagrán, el Cabildo tuvo, además, que tomar otras medidas para proveer a la defensa de Santiago142.
En circunstancias como éstas la antigua legislación castellana autorizaba a los cabildos no sólo para levantar tropas sino para nombrarles un jefe que salía a campaña con el pendón de la ciudad. Ese jefe tenía el título de cabdillo o caudillo; y la ley había fijado las condiciones del individuo que se eligiese para este cargo, y los deberes que debía desempeñar143. El cabildo de Santiago designó por caudillo de la ciudad a Diego Cano, capitán valiente y experimentado en la guerra contra los indios. Los capitulares «proveyeron y mandaron, y le dieron poder y comisión para que vaya con la gente a parte y lugar que más conviene a la pacificación y sosiego y paz y quietud de esta ciudad y naturales de ella»144. Tres o cuatro —75→ días después salía de Santiago el capitán Diego Cano con veinte jinetes a contener la invasión de los indios enemigos que venían sembrando la alarma en los campos del sur. Aquélla era sólo la vanguardia, puede decirse así, de las fuerzas que se habían reunido en la ciudad.
Lautaro, entretanto, había avanzado hasta las márgenes del Mataquito, donde se detuvo, sin duda, con el propósito de engrosar sus fuerzas. Este río, saliendo del valle central, se abre paso por la espesa cordillera de la Costa formando un valle largo y pintoresco, pero angosto y encerrado por montañas que le imprimen, sobre todo en su primera parte, un curso tortuoso. Describe, en efecto, una especie de semicírculo antes de dirigirse derecho hacia el mar145. A entradas de ese recodo del valle de Mataquito, al lado izquierdo de este río y en el sitio denominado Peteroa, se había colocado Lautaro apoyando sus espaldas en el cerro, y abriendo delante de su campo un ancho foso. Como calculaba que los españoles habían de querer atacarlo en esos lugares, aprovechándose de la ventaja que les daba su caballería, el astuto jefe de los indios había hecho trabajar en las inmediaciones muchos hoyos grandes para que los jinetes no pudieran llegar hasta su campo sin desmontarse.
Después de cuatro días de marcha, aproximadamente el 14 de noviembre, Diego Cano y sus veinte jinetes estuvieron a la vista del campamento de Lautaro. En el paso de una ciénaga de aquel valle, los indios les salieron al encuentro, y los obligaron a sostener un combate desventajoso por las condiciones del terreno para los soldados de caballería. Los españoles sufrieron la pérdida de un hombre, y muchos de ellos salieron estropeados y heridos. Considerándose irremediablemente destrozados si prolongaban el combate, abandonaron el campo y volvieron apresuradamente a Santiago. Los indios vencedores en este primer encuentro, desollaron el cadáver del castellano que había quedado en el campo, llenaron el cuero de paja y lo colgaron de un árbol146.
El capitán Pedro de Villagrán, el esforzado y feliz defensor de La Imperial, había llegado poco antes a Santiago y mandaba las otras fuerzas que habían quedado organizándose en la ciudad. Al saber el desastre de la columna exploradora de Diego Cano, juntó a toda prisa sus tropas hasta completar unos cuarenta soldados de caballería, y marchó resueltamente sobre el enemigo. Aprovechando las noticias que tenía acerca de las posiciones de éste, fue a acampar una noche a corta distancia de ellas, esperando sin duda empeñar el combate al amanecer del día siguiente.
Fue aquélla una noche de alarmas y de inquietudes para los soldados castellanos. Temerosos de verse atacados de sorpresa, mantuvieron en su campo la más esmerada vigilancia. —76→ Hubo un momento en que un ruido extraño les hizo creer que se acercaba el enemigo. Se dio la voz de alarma, y los soldados se dispusieron al combate; pero en vez de los guerreros de Lautaro se presentó sólo un caballo que éstos habían soltado intencionalmente, haciéndole tomar la carrera, para producir la confusión entre sus contrarios. Esta burla dejaba ver que los indios estaban prevenidos para la pelea.
Al amanecer estuvo Pedro de Villagrán sobre las posiciones de Lautaro, que se hallaban ahora mejor fortificadas. Esto no impidió que los castellanos, dejando sus caballos que no podían servirles en aquel terreno, echaran pie a tierra para atacarlas decididamente. Los indios, por una estratagema de guerra bien ejecutada, los dejaron avanzar sin oponerles la menor resistencia y, aun, simulando que se retiraban. Pero cuando los españoles estuvieron cerca del fuerte, sonó la trompeta de Lautaro, y en el acto salieron de los parapetos de éste dos escuadrones de guerreros que envolvieron a aquéllos por todas partes. Los soldados de Villagrán pelearon heroicamente con sus arcabuces, sus espadas y sus lanzas, determinados a vencer o a vender caras las vidas. Un soldado llamado Andrés, eslavo de origen según unos, lombardo según otros, dotado de vigor y de arrojo sobrehumanos, hacía prodigios en torno suyo sembrando las cuchilladas y la muerte entre sus desnudos enemigos. Los castellanos, sin embargo, acosados por el número, se vieron obligados a retroceder, pero los indios los persiguieron largo trecho y con tanta insolencia que a un soldado le arrancaron de sus espaldas la rodela con que se resguardaba de las flechas.
Villagrán quería tomar algunas horas de descanso para renovar el combate el día siguiente. En efecto, al amanecer se acercó de nuevo al fuerte en que se había defendido Lautaro. El campo estaba desierto. Los indios, sea por escasez de víveres, sea porque no se sintiesen con fuerzas para resistir un segundo ataque o, lo que es más probable, por la desorganización de sus hordas, habían abandonado sus posiciones durante la noche, y emprendido su marcha al sur por entre los bosques, entonces casi impenetrables, de la cordillera de la Costa, en donde era imposible toda persecución147. La terrible invasión de las huestes araucanas quedaba así desorganizada.

7. El corregidor Francisco de Villagrán
parte a socorrer las ciudades del sur; disturbios que su ausencia estuvo a
punto de producir en Santiago
En esas circunstancias volvía a Santiago el corregidor Francisco de Villagrán. Venía de La Serena dispuesto a comunicar a las ciudades del sur el nombramiento del nuevo Gobernador, a prestarles los socorros que pudieran necesitar, y a disponerlo todo para entregar el —77→ mando a su sucesor en las mejores condiciones posibles. En Santiago permaneció sólo un mes (de mediados de diciembre de 1556 a mediados de enero de 1557). Después de entender en varios asuntos administrativos, reunió una columna de unos ochenta soldados, y a su cabeza se puso en marcha para el sur.
El viaje del corregidor dio lugar a dificultades y complicaciones que estuvieron a punto de convertirse en motín. Antes de partir de Santiago, Villagrán había delegado sus poderes en el capitán Juan Jufré para que siguiera entendiendo en la administración de justicia. En virtud de esta autorización, Juan Jufré se hizo promulgar el 20 de enero de 1557, teniente corregidor de la ciudad de Santiago. El Cabildo, por su parte, había nombrado poco antes asesor letrado, y como tal, consejero para la administración de justicia, al licenciado Hernando Bravo Villalba. El 21 de enero, el Cabildo se reunía para tratar ese asunto de competencia de autoridades, y con el dictamen del mismo licenciado Bravo declaraba que el nombramiento del corregidor Villagrán no lo autorizaba para nombrar sustituto. En virtud de este acuerdo, se comunicó a Juan Jufré que se abstuviera, bajo pena de fuertes multas, de entender en la administración de justicia hasta que el corregidor fuese prevenido de lo que pasaba.
Alcanzado en su camino, en el tambo de Cucaltegüe (probablemente Talcarehue, a orillas del río Tinguiririca), e impuesto de estas ocurrencias, Villagrán expidió, el 24 de enero, una nueva provisión, en que haciendo valer los poderes de su cargo, confiaba al capitán Jufré el nombramiento de teniente de corregidor y justicia mayor de Santiago, sus términos y jurisdicción por el tiempo que durase su ausencia. Fuerte con esta resolución, Juan Jufré se dirigió al Cabildo el 27 de enero. Veinticinco hombres armados, capitaneados por el valiente capitán Alonso de Reinoso, apoyaban sus pretensiones y se mantenían agolpados a la puerta de la casa consistorial, en actitud poco tranquilizadora. El Cabildo, sin embargo, conservó su entereza; pero habiendo llamado a sus acuerdos a otros tres licenciados, y habiendo oído de éstos un informe contrario al que algunos días antes había dado Bravo Villalba, el capitán Jufré fue admitido a prestar el juramento y a entrar en las funciones de teniente de corregidor148. La ciudad se salvó así de los escándalos y motines a que pudo dar lugar esta competencia por un cargo que sólo podía durar unos cuantos meses.
Mientras tanto, el corregidor Villagrán proseguía su viaje al sur. Esta campaña lo mantuvo ocupado durante los meses más rigurosos del verano. Recorrió todo el territorio que había sido teatro de la guerra, y socorrió las guarniciones de las dos ciudades que quedaban en pie; pero en ninguna parte encontró la menor resistencia de parte de los naturales. A fines de marzo, como se acercara el tiempo en que debía llegar a Chile el nuevo Gobernador, Villagrán dispuso la vuelta a Santiago. Creía, sin duda, dejar en la más completa quietud aquella región en que los conquistadores habían experimentado tantos descalabros.
—78→

8. Nueva campaña de Lautaro contra
Santiago; segunda batalla de Mataquito; derrota y muerte de Lautaro
¿Qué hacía, entretanto, Lautaro, el enemigo infatigable de los españoles? ¿Por qué no había salido al encuentro del corregidor Villagrán, ni puesto problema alguno a su fácil campaña en los territorios del sur?
Después de la jornada de Mataquito, Lautaro, como dijimos, se había retirado al sur por entre los bosques de la cordillera de la Costa. Repasó el Maule y fue a establecerse en los campos vecinos a la desembocadura del Itata149. En esta región, sometida poco antes a los españoles y ahora libre de la presencia de los conquistadores, el activo caudillo llamó a las armas a los indios comarcanos. Lautaro les ofrecía llevarlos al norte por los caminos que él mismo había recorrido, y destruir en una corta campaña los últimos asilos del poder español. Rehecha su hueste con nuevos auxiliares, e impuesto, sin duda, de que, a consecuencia de la campaña de Villagrán en los territorios del sur, Santiago debía hallarse casi desguarnecida, emprendió otra vez su marcha al norte lleno de confianza y de resolución.
Las hordas invasoras avanzaron sin hallar resistencia hasta el mismo valle de Mataquito, que habían ocupado en la campaña anterior. Por muchas que fueran las precauciones de Lautaro para ocultar sus movimientos, su reaparición al norte del Maule había sembrado la alarma, y debía encontrar en esos lugares la resistencia de los castellanos. El impetuoso caudillo, persuadido de lo limitado de sus fuerzas y de sus elementos militares para pelear en campo abierto con un enemigo prevenido, resolvió mantenerse a la defensiva en esos lugares. En la margen boreal del Mataquito, y en la falda de los empinados cerros que por esa parte cierran el valle, construyó Lautaro apresuradamente una especie de campo fortificado. Espesas trincheras de palizadas y de troncos, y un ancho foso defendían ese campo por el lado del valle; pero sus espaldas, apoyadas en la montaña, que sólo ofrecía pasos muy difíciles, estaban mucho menos resguardadas. En esas posiciones, Lautaro, que contaba con los víveres suficientes para la campaña, pudo persuadirse de que era invencible.
La ciudad de Santiago volvió a pasar por días de la mayor inquietud ante el nuevo peligro de invasión. En esos momentos casi no tenía tropas para su defensa; pero consiguió formar una columna de treinta soldados castellanos y de numerosos indios auxiliares150. A mediados de abril salían de Santiago estas escasas fuerzas bajo el mando del capitán Juan Godínez.
En esos mismos días, el corregidor Francisco de Villagrán atravesaba el Maule de vuelta de su expedición al sur. Los indios sometidos de esta región le comunicaron que Lautaro se hallaba acampado en el valle de Mataquito. Sin la menor vacilación, Villagrán concibió la idea de atacarlo en sus posiciones. Impuesto de que habían salido tropas de Santiago, el —79→ corregidor dispuso que el capitán Godínez lo esperara sin comprometer combate, para marchar unidos sobre el enemigo en el mayor número posible. La empresa, sin embargo, presentaba las más serias dificultades. El ataque de frente a las posiciones de Lautaro habría llevado a los españoles a un desastre seguro, no sólo porque los indios estaban bien fortificados detrás de sólidas trincheras sino porque la caballería iba a verse inutilizada por los hoyos y cortaduras practicadas en el valle. Por la espalda, el ataque presentaba dificultades de otro orden. El campo de Lautaro se apoyaba en las bases de las empinadas y montuosas serranías denominadas de Caune. Para llegar hasta allí por ese lado, era necesario hacer un largo y penoso rodeo por la montaña, y ese camino exigía un conocimiento del terreno que no podían tener los españoles. Un indio de servicio se ofreció en esas circunstancias a servirles de guía.
Conforme a este plan, las tropas españolas que venían del sur siguieron su camino por el valle central hasta llegar al norte del río Teno, dejando a su izquierda las posiciones en que se defendía el enemigo. Allí se juntaron con las fuerzas que mandaba el capitán Godínez. Se cuenta que cuando Lautaro supo que los castellanos habían pasado de largo a pocas leguas de su campamento, sin intentar atacarlo, se persuadió de que le tenían miedo, y que ni por un instante creyó que pudiera ser amenazado por las serranías que tenía a sus espaldas. Mientras tanto, Villagrán y Godínez, partiendo de Teno, penetraron en la montaña para tomar el camino de las Palmas151, que hasta ahora conserva su nombre. Marchaban de noche, en silencio y con todas las precauciones necesarias para llegar a las posiciones enemigas sin ser sentidos. Era tanta la confianza de los indios de que no podían ser atacados por esa parte, que allí no tenían ni centinelas ni avanzadas. Los españoles estuvieron sobre ellos antes del amanecer del 29 de abril; pero esperaron la primera luz del día para empeñar el combate152.
El asalto de las posiciones de Lautaro fue impetuoso e irresistible. Los jinetes españoles, descolgándose de las alturas, penetran de improviso en el campo fortificado de los indios, cogen a éstos desprevenidos y desarmados, envueltos en confusos pelotones, dormidos unos, ebrios otros, y hacen en ellos en el primer momento una espantosa carnicería. Cuatrocientos indios auxiliares que acompañaban a los castellanos los ayudaban eficazmente en esta obra de destrucción y de exterminio. El impetuoso Lautaro intenta en vano organizar la resistencia, pero luego cae mortalmente herido por la flecha de uno de los indios auxiliares, según unos, o por la espada de uno de los soldados españoles, según otros, y muere dejando a los suyos en esa espantosa confusión precursora de un desastre irreparable.
Sus guerreros, sin embargo, no se desanimaron, y mantuvieron la resistencia largo tiempo más. Saltando las palizadas que habían construido para su defensa, corren al llano y allí renuevan la pelea con la más heroica resolución. Los castellanos los siguen de cerca; uno de —80→ ellos, llamado Juan de Villagrán, pariente del corregidor, es derribado de su caballo y perece a manos de los indios. Sus compatriotas vengan esta muerte haciendo en los dispersos la más espantosa matanza. No pusieron término a la batalla y a la persecución de los fugitivos sino cuando creyeron que no quedaba ninguno con vida153. Las crónicas contemporáneas hacen subir a más de seiscientos el número de los indios muertos. Los castellanos no perdieron más que uno de los suyos, pero casi todos ellos salieron heridos o estropeados de aquella encarnizada refriega.
La victoria de Villagrán había sido completa y definitiva. Después de esta feliz jornada, los indios de guerra no se atrevieron a renovar empresas de ese género, y Santiago pudo creerse para siempre libre de las invasiones de aquellos formidables enemigos. La hueste vencedora fue recibida en la ciudad con el contento que debía inspirar tan espléndido triunfo; pero Villagrán, en vez de recibir el premio a que era merecedor por tan señalados servicios, iba a ser víctima pocos días más tarde de una de las injusticias más inicuas e injustificables de que haya recuerdo en nuestra historia.
En cambio, el caudillo enemigo, muerto oscuramente en la pelea después de una carrera de victorias en que probó el temple acerado de su alma y la penetración de su inteligencia, ha obtenido el premio que alcanzan los más grandes héroes. La posteridad ha parecido olvidar los defectos y los vicios de su raza y de su barbarie, para no recordar más que la exaltación de su patriotismo y su odio a la dominación extranjera y a la servidumbre. El nombre de Lautaro, engrandecido por la epopeya y por la tradición, ha llegado hasta nosotros casi despojado de toda sombra, y como el tipo puro de los más nobles sentimientos del hombre, el amor ardiente a la libertad y a la independencia. Dos siglos y medio más tarde, cuando estas colonias, sacudidas por un impulso común, dieron el primer grito de emancipación de la metrópoli, el nombre de Lautaro fue invocado como un símbolo de regeneración política, y adquirió un nuevo brillo perpetuado por la historia y por la leyenda.
—81→
1. Antecedentes biográficos de don García Hurtado de Mendoza; parte del Callao con el cargo de gobernador de Chile. 2. Llega a La Serena y se recibe del gobierno; prisión de Francisco de Aguirre. 3. Don García se hace reconocer por Gobernador en Santiago y manda apresar a Francisco de Villagrán. 4. Grandes preparativos para abrir la campaña contra los indios rebeldes del sur. 5. Arriba Hurtado de Mendoza a la bahía de Concepción; desembarca en la isla de la Quiriquina, y luego en el continente, donde construye un fuerte para su defensa. 6. Reñida batalla que sostiene en ese fuerte; los indios son obligados a retirarse. 7. Recibe el Gobernador los refuerzos que esperaba de Santiago y se prepara para abrir la campaña.

1. Antecedentes biográficos de don
García Hurtado de Mendoza; parte del Callao con el cargo de gobernador
de Chile
El día en que Francisco de Villagrán obtenía la importante victoria de Mataquito, se hallaba ya en Chile el personaje que debía reemplazarlo en el mando. El nuevo Gobernador traía refuerzos considerables de tropa, venía con un séquito numeroso de funcionarios y servidores, y estaba rodeado del brillo prestigioso de uno de los nombres más ilustres de España. Su arribo a Chile abría una nueva era a la conquista y a la colonización del país.
Don García Hurtado de Mendoza pertenecía por su nacimiento a esa altiva nobleza castellana que creía descender de los compañeros de don Pelayo; que se juzgaba emparentada con el Cid, y que recibía de los mismos reyes el tratamiento de «pariente». Su familia, dividida en veintidós ramas diversas, reunía más de treinta títulos de Castilla, y había producido centenares de hombres ilustres en las armas, en la diplomacia y en las letras154. Hijo segundo del marqués de Cañete, y más tarde el heredero de este título, por haber muerto sin sucesión masculina su hermano mayor, don García nació en Cuenca el 21 de julio de 1535, y recibió en el castillo de su padre la educación que solía darse a los nobles de su clase, esto es, poca ciencia, pero gran desarrollo de los sentimientos caballerescos de la época, manifestados principalmente por una lealtad absoluta al Rey, por el fanatismo religioso y por el desdén hacia los pecheros y plebeyos.
—82→Aunque don García no había cumplido veintidós años cuando fue nombrado gobernador de Chile, ya se había distinguido en el servicio militar. En 1552 se había fugado de la casa paterna no para correr borrascosas aventuras, sino para servir a su Rey en una expedición que se preparaba contra la isla de Córcega insurreccionada por los franceses para sacarla del dominio de Génova. En esa campaña demostró su valor, y luego se ilustró aún más en el sitio de la ciudad de Siena, en Toscana, que quería desprenderse del protectorado español. Después de los primeros combates, don García recibió el honroso encargo de llevar a Carlos V, establecido entonces en Bruselas, la relación oficial de aquellos sucesos. Habiendo atravesado, al efecto, Alemania, con grave peligro de su vida o a lo menos de su libertad, por causa de las guerras religiosas en que estaba dividida, don García fue recibido favorablemente por el Emperador, y gratificado con un obsequio de dos mil escudos.
Incorporándose en Bruselas en el ejército imperial con dos de sus hermanos, don García se halló al lado de Carlos V en la batalla de Renty contra los franceses (agosto de 1554). El joven militar se habría labrado en aquellas guerras la brillante posición a que lo llamaban su valor y los títulos de su familia; pero supo que su padre acababa de ser nombrado virrey del Perú, y volvió a España a pedirle que lo trajese a América. El viejo marqués de Cañete, orgulloso por los servicios militares de su hijo, le había perdonado su deserción de la casa paterna, y accedió gustoso a su demanda. Estando para embarcarse en el puerto de San Lúcar, don García cayó enfermo; pero su fuerza de voluntad se sobrepuso a todo; y contra el dictamen de los médicos que se oponían a este viaje, se trasladó a bordo, y partió de España convencido, al parecer, de que en América se abría un ancho campo de gloria para su nombre y de útiles servicios para su Rey.
En esos dos años de penosas campañas en Europa, don García había adquirido una gran experiencia militar. Su carácter había ganado también una solidez que rara vez se alcanza en tan temprana juventud. Cuando el Virrey quiso poner remedio a los desastres de Chile, no halló mejor arbitrio que confiar a su hijo el gobierno de este país. «Tengo entendido que me hará falta, escribía al Rey, porque aunque es mozo es reposado paréceme que prueba acá bien. No sé si con el parentesco me engaño»155. En esta designación no debe verse sólo una muestra del alto aprecio que el Virrey hacía de las prendas de su hijo sino el deseo de poner orden en los negocios de Chile, arrancando su gobierno de manos de los oscuros soldados de la conquista, cuyos defectos conocía y se exageraba el aristocrático Marqués. Don Andrés Hurtado de Mendoza, como casi todos los señores de su raza y de su siglo, estaba persuadido de que el gobierno de los pueblos no podía ser respetable y respetado si era dirigido por hombres de modesta alcurnia. «No sé, decía en la misma carta que acabamos de citar, cómo Alderete había de poder llegar a aquella provincia, ni cómo la había de gobernar, —83→ porque Vuestra Majestad tenga entendido que conviene que este cargo y otros semejantes se encarguen a personas a quienes tengan respeto».
Hasta esta época eran muy pocos los colonos de las provincias de América que pensaban en consagrarse a las tareas industriales del comercio o de la agricultura. Los soldados españoles que habían servido en la conquista o en las guerras civiles y que no habían alcanzado un repartimiento de indios que les «diera de comer», no soñaban más que en revueltas o en nuevas expediciones que los enriqueciesen en poco tiempo. Ante este estado social, los gobernantes de las colonias en que los indígenas habían sido sometidos, lejos de empeñarse en atraer a ellas un mayor número de pobladores europeos, tenían vivo interés en deshacerse de una buena parte de los que ya había. Esto era lo que se llamaba «descargar la tierra». Francisco Pizarro, Vaca de Castro, el presidente La Gasca y el virrey don Antonio de Mendoza, se habían esforzado por «descargar la tierra» del Perú de esos obstinados perturbadores del orden público que no querían labrarse una posición en el trabajo pacífico y honrado. El marqués de Cañete profesaba las mismas ideas. Así, pues, queriendo «descargar la tierra», como decía al rey de España en la carta citada, mandó levantar la bandera de enganche en las diversas ciudades del Perú con el propósito de formar un cuerpo de quinientos soldados que acompañasen a su hijo en la expedición que preparaba.
A fines de 1556 se habían reunido en Lima más de quinientos caballos y cuatrocientos cincuenta hombres156. Figuraban entre éstos algunos capitanes de distinción, probados unos en las guerras del Perú, otros recién venidos de Europa. De estos últimos debemos nombrar a don Felipe de Mendoza, hijo natural del Virrey y, por tanto, hermano de don García, y a don Alonso de Ercilla y Zúñiga, el insigne cantor de La Araucana. Con fecha de 9 de enero de 1557, firmó el Virrey el título de gobernador de Chile en favor de don García Hurtado de Mendoza, concediéndole la misma latitud de atribuciones y toda la extensión territorial que el Rey había acordado a Alderete. Queriendo rodear a su hijo con el prestigio del poder, el Marqués creó una escolta especial para la guarda de su persona, honor que no habían tenido hasta entonces los mandatarios de Chile. Para que don García no se confundiera con el vulgo de los conquistadores, dispuso el Virrey que gozase del sueldo anual de veinte mil pesos de oro, pero con el encargo expreso de que no tomaría para sí encomienda de indios ni repartimientos de tierra, si bien estaba provisto de amplias facultades para hacer concesiones de esta clase en favor de sus capitanes.
Quiso también el Virrey rodear a don García de autorizados consejeros. Obedeciendo a las ideas de su siglo y a sus propias convicciones, eligió estudiadamente al confesor de su hijo, y puso al lado de este último un número considerable de frailes, en cuyas doctrinas debería inspirarse en el desempeño de su cargo, y de cuyas predicaciones esperaba también el Virrey la conversión y el sometimiento de los indios al vasallaje del rey de España. El marqués de Cañete creía candorosamente que si los indígenas de Chile se habían sublevado y dado muerte a sus opresores era, ante todo, porque en este país no había habido buenos religiosos que les predicasen el cristianismo y que les enseñasen que la sumisión a los —84→ conquistadores era el mejor medio de ganar el cielo. Pensando también arreglar la administración de justicia, el Virrey resolvió que viniese a Chile con el cargo de teniente general, esto es, en el rango de segundo del Gobernador y, por tanto, con las funciones de juez superior, uno de los oidores de la audiencia de Lima. Después de ciertas vacilaciones, la elección recayó en el licenciado Hernando de Santillán, hombre probo, pero mal avenido con algunos de sus colegas de la Audiencia, por no haber sido exitoso en las operaciones militares que había dirigido durante las últimas guerras civiles del Perú. Asignose a este funcionario el sueldo anual de tres mil pesos de oro, con la obligación de no tomar para sí encomiendas ni repartimientos.
Para dotar convenientemente a la expedición, se hicieron también, por cuenta del tesoro real, grandes acopios de armas, de municiones y de todas las cosas que podían ser útiles para la campaña. El Virrey no reparaba en gastos para hacer estos aprestos. Chile no había recibido hasta entonces una provisión igual de objetos de esa naturaleza. Las armas traídas por don García bastaron para abastecer el ejército de Chile durante muchos años. El equipo personal del Gobernador, sus ropas, sus armas, su menaje eran de un lujo y de una abundancia de que no tenían la menor idea los conquistadores de este país.
Estando todo pronto para la partida, y no habiendo buques suficientes para la gran cantidad de caballos que se había reunido, don García dispuso que los jinetes, en número de trescientos hombres, partieran por tierra. Dioles por jefe a don Luis de Toledo, caballero castellano, hijo del clavero de la orden de Alcántara157. Las tropas de infantería, que alcanzaban a ciento cincuenta hombres, se embarcaron en tres naves. Con ellas venía, además, un galeón y otros barcos menores cargados de armas, municiones y pertrechos. El convoy zarpó del Callao el 2 de febrero de 1557. Hasta los últimos momentos de la partida, el Virrey estuvo al lado de su hijo para expresarle toda la emoción de su cariño y para darle sus consejos de buen gobierno.
Dadas las condiciones en que por entonces se hacían estos viajes, la navegación de don García fue corta y feliz. El 5 de marzo el convoy se hallaba en Arica. El Gobernador permaneció allí cuatro días tomando diversas providencias para despachar algunos emisarios que llevasen ciertas instrucciones al capitán don Luis de Toledo, que seguía su viaje por tierra158. Por fin, el 23 de abril, la escuadrilla echaba sus anclas en el puerto de Coquimbo159. Inmediatamente —85→ don García envió a tierra un mensajero para que llevase a Francisco de Aguirre una carta del Virrey en que le recomendaba a su hijo. Algunos días antes había llegado a La Serena don Luis de Toledo con las tropas de caballería, que habían hecho el viaje por tierra, venciendo mil dificultades, pero sin desgracia alguna. Aguirre y Toledo pasaron inmediatamente al puerto, y no habiendo mejor embarcación para trasladarse a bordo, tomaron una de las balsas de cueros de lobos marinos que los indios de esas localidades usaban para pescar. En las naves fue recibido Aguirre con una salva de artillería, y al son de músicas militares que hasta entonces habían desconocido los escuadrones de los conquistadores de Chile. Cuando después de algunos momentos de estudiado retardo se presentó don García con todo el boato de que venía revestido, Aguirre lo saludó respetuosamente y le besó la mano en señal de acatamiento. «Lo que más ha aliviado, le dijo el Gobernador, la pena del Virrey, mi padre, al separarse de mí para enviarme a esta jornada, era el saber que hallaría en esta tierra un sujeto de la experiencia y canas de vuestra merced, de quien, en todo lo que se ofrezca al servicio de Su Majestad, habré de tomar consejo y parecer». Enseguida, para demostrarle que aquello no era una vana lisonja, comenzó a informarse de Aguirre de los sucesos de Chile, y le pidió que, como hombre conocedor de la tierra, le indicase todo lo que creyera útil para la pacificación de los indios.
Procediose luego al desembarco. Después de tomar algún descanso, don García y los principales personajes de su comitiva se pusieron en viaje para la ciudad. En el puerto estaban prontos los caballos, y en La Serena se había preparado el más solemne recibimiento que podía hacerse. Al llegar a la plaza mayor, Aguirre se bajó de su caballo, y tomando de la brida el que montaba don García, lo condujo hasta la puerta de la iglesia, donde los viajeros iban a dar gracias a Dios por el feliz término de su navegación. «He sufrido, señor Francisco de Aguirre, dijo el Gobernador, que vuestra merced haya traído de la rienda mi caballo por la autoridad real que represento, que de otra suerte no lo permitiera, estimando, como es justo, su persona». Don García aceptó el hospedaje que Aguirre le había preparado en su propia casa. El viejo conquistador no se había detenido en gastos para recibir a su huésped con toda la esplendidez que podía usarse en aquella ciudad.
Cuando hubo desembarcado sus tropas, y cuando adquirió la confianza de que su voluntad podría cumplirse sin hallar el menor asomo de resistencia, Hurtado de Mendoza abandonó aquel aire de moderación y de modestia de las primeras horas para poner en ejercicio el plan de gobierno que traía preparado según los consejos de su padre. El domingo 25 de abril, se reunió el Cabildo de la ciudad. Don García hizo leer la provisión del Virrey, y en el acto fue reconocido oficialmente en el carácter de gobernador y capitán general de las provincias de Chile. Pocas horas más tarde, así que hubo comido, distribución que los conquistadores tenían a mediodía, el Gobernador montó a caballo, y acompañado por algunos de sus oficiales, salió de paseo por los alrededores del pueblo. Durante su ausencia debía consumarse el golpe pérfido y desleal que traía meditado contra Aguirre.
—86→Los panegiristas de don García han tratado de justificar su conducta refiriendo varios accidentes de sospechosa autenticidad. En la misa mayor que se celebró aquel día, se había colocado, según cuentan, un sitial o asiento de preferencia, para el Gobernador, y otro más apartado para su teniente Santillán. Aguirre fue colocado en una banca, junto con tres de los capitanes que acababan de llegar del Perú. Se añade que el viejo conquistador vio en esto una ofensa, y que al salir del templo dijo a sus amigos: «Si como somos veinte fuéramos cincuenta, yo revolvería hoy el hato». Se ha referido también que Aguirre consentía en que sus criados le diesen el tratamiento de señoría, delante del Gobernador, siendo éste el único que podía recibirlo. Se ha contado, por otra parte, que Aguirre, invitado por don García para que lo acompañase en la guerra contra los indios del sur, no había mostrado muchos deseos de hacerlo, lo que daba que temer que meditase alborotos y revueltas en ausencia del Gobernador. En todos estos accidentes puede haber alguna parte de verdad; pero es lo cierto que con ellos o sin ellos, el Gobernador habría puesto en ejecución el plan que le había aconsejado el Virrey su padre.
En efecto, en esa misma tarde sus oficiales apresaban a Aguirre en la ciudad sin que nadie se atreviera a oponer resistencia. Enseguida, se le condujo al puerto, y se le trasladó a bordo de uno de los buques de la flotilla para enviarlo pocos días después al Perú. Cuando don García regresó a su habitación, halló fielmente cumplidas sus órdenes. La tranquilidad no se había alterado un solo instante en La Serena. Nadie se habría atrevido a murmurar siquiera contra aquel acto de autoridad, estando la ciudad dominada por cuatrocientos cincuenta soldados que obedecían decididamente al nuevo Gobernador160.
Pero esto no era más que el primer paso del plan con que don García había resuelto tomar posesión del gobierno. Le faltaba todavía hacerse reconocer en Santiago, que era el centro principal y la ciudad más importante de toda la gobernación. En realidad, no podía temer la más ligera oposición de parte de Villagrán. Como se recordará, éste había mostrado desde meses atrás una absoluta sumisión a las resoluciones del Virrey. En la misma ciudad de La Serena, don García había hallado cartas del corregidor Villagrán en que le protestaba su obediencia. Pero el carácter autoritario y desconfiado del nuevo Gobernador no debía darse por satisfecho con esto sólo. Dispuesto a ejecutar invariablemente el plan que traía del Perú, el 27 de abril hizo partir para Santiago a uno de los oficiales de toda su confianza, el capitán Juan Remón, con treinta buenos soldados. Traía éste un poder suficiente para recibirse del mando de la gobernación en representación de don García, e instrucciones precisas y terminantes —87→ para desempeñar este encargo sin vacilaciones y sin miramientos161. Juan Remón era un militar que se había distinguido en las últimas guerras civiles del Perú por su celo y por su resolución en el servicio de la causa del Rey.
La ciudad de Santiago disfrutaba en esos días de la más absoluta tranquilidad. El pueblo no salía aún de las horas de satisfacción y de contento que produjo la destrucción de las hordas de Lautaro en la jornada de Mataquito. En la mañana del 6 de mayo el capitán Remón penetraba por sus calles con gran aparato militar. Sus soldados traían cargados sus arcabuces, y llevaban en sus manos las mechas encendidas como si se tratase de tomar por asalto una ciudad enemiga. El capitán Remón y sus soldados fueron a desmontarse a casa de Villagrán. El corregidor se hallaba en ese momento en misa, en la iglesia de San Francisco; pero advertido de lo que pasaba, fue a saludar al emisario del nuevo Gobernador. El Cabildo fue convocado inmediatamente para hacer la entrega solemne del mando.
Aunque nada hacía presumir que alguien quisiese suscitar dificultades ni provocar alborotos, el capitán Remón ocupó la sala capitular con sus soldados. Tenían éstos las mechas encendidas en sus manos, y ostentaban una actitud amenazadora162. Leyose allí la provisión del virrey del Perú por la cual nombraba gobernador de Chile a don García Hurtado de Mendoza. Obedecida sin discusión por el Cabildo, Juan Remón, previo el juramento de estilo, fue recibido en el ejercicio de esas altas funciones en representación del Gobernador. Exhibiendo entonces otra provisión firmada por don García, el capitán hizo reconocer allí mismo por teniente de gobernador de Santiago a Pedro de Mesa, comendador de la orden de San Juan, y uno de los caballeros que acababan de llegar del Perú al lado del nuevo mandatario. El cambio de gobierno se consumó, pues, con todo este aparato de violencia, pero sin que ocurriera el menor disturbio.
Villagrán había creído, sin duda, que sus anteriores servicios, la espléndida victoria que acababa de obtener sobre los indios, y más que todo, la sumisión a los mandatos del Virrey de que había hecho alarde, lo harían merecer la consideración y la confianza del nuevo —88→ Gobernador. Villagrán, sin embargo, se engañaba como se había engañado Aguirre. En cumplimiento de una orden terminante de don García, el ilustre caudillo fue sometido a prisión en la misma tarde por el capitán Remón, y custodiado por guardias que impedían toda comunicación. Villagrán, cuyos relevantes servicios no habían bastado para salvarlo de esta injusticia y de este ultraje, no profirió una sola queja. «Señor capitán, dijo resignadamente a Juan Remón, el señor Gobernador no necesitaba de este aparato de la fuerza para hacerme ir a donde él quisiese. Habría bastado una orden suya para que yo la cumpliese sin vacilar». Todo esto no impidió el que se consumase aquella injusta humillación. En la mañana siguiente, Villagrán fue trasladado a Valparaíso bajo la custodia de una fuerte guardia. Allí lo esperaba un buque que don García había enviado para transportarlo a Coquimbo.
Los caudillos rivales, Aguirre y Villagrán, fueron retenidos prisioneros en la misma nave. Ante su común desgracia, ambos depusieron sus odios y reanudaron la vieja amistad de los primeros tiempos de la conquista. «Mire vuestra merced, señor General, dijo Villagrán al saludar a su antiguo compañero, lo que son las cosas del mundo, que ayer no cabíamos los dos en un reino tan grande, y hoy nos hace don García caber en una tabla». Enseguida, los dos capitanes se estrecharon entre sus brazos con toda la emoción que producía el recuerdo de la confraternidad de otros días y la vista de la injusticia de que los hacía víctima la arrogancia del mancebo que sin más título que su nacimiento, venía a arrancarlos del país que ellos habían conquistado con tantos sudores y con tantas fatigas163.
En el mismo séquito de don García hallaron los dos antiguos conquistadores quienes se interesasen por ellos, y quienes, reconociendo la injusticia de que eran víctimas, hubieran querido interceder porque se les dejase en libertad. Se pensaba tal vez en utilizar su experiencia en los negocios administrativos y militares de Chile. El Gobernador, sin embargo, fue inflexible. Prohibió resueltamente que se le hablase sobre este asunto. Pedro Lisperguer, caballero alemán de cierto prestigio, a quien se había encargado la custodia de los presos, se atrevió con todo a interceder por ellos. Don García, contrariado por esta exigencia, resolvió que Lisperguer marchase al Perú al cuidado de los presos, y que por entonces no volviese a Chile. Esta arrogante resolución puso término a todas las diligencias que hubieran querido hacerse en favor de aquellos dos caudillos.
En cumplimiento de este invariable plan de conducta, Aguirre y Villagrán fueron transportados a Lima. Allí se les restituyó al goce de su libertad, pero se les prohibió expresamente volver a Chile. El marqués de Cañete, que sólo quería mantenerlos lejos de los lugares en que pudiesen suscitar oposición al gobierno de su hijo, les suministró los recursos necesarios para que llevasen en el Perú una vida decente, como convenía a su posición y a sus servicios164.
—89→
Aquella estación era la menos propicia para abrir la campaña contra los indios rebelados del sur. El invierno, tan riguroso en estas regiones, empantanaba los campos, engrosaba extraordinariamente el caudal de los ríos y hacía imposible el movimiento de las tropas. Pero el Gobernador ardía en deseos de hacer sentir su poder a los bárbaros y de demostrar a los conquistadores que, aunque joven, no era un mandatario de aparato. Puso todo su empeño en precipitar los aprestos para comenzar la guerra en los primeros días de la primavera. Su voluntad, firme e impetuosa, quería sobreponerse a los obstáculos que pudieran oponerle los hombres y la naturaleza.
Para reunir todos los elementos militares de que podía disponer en el país, mandó que por el camino de tierra partieran para Santiago las tropas de caballería con una porción considerable de sus infantes. Tenían por jefes a los capitanes don Luis Toledo y Julián de Bastidas, buenos soldados y hombres de toda la confianza de don García. Debían estos oficiales comunicar a los encomenderos y vecinos de la capital la orden del Gobernador de formar un cuerpo de soldados lo más considerable posible para marchar al sur, a fin de dar a los indios un golpe definitivo que pusiese término a todas las resistencias. Santiago aprestó en esta ocasión cerca de trescientos hombres165. Rodrigo de Quiroga, y como él algunos —90→ otros encomenderos que hasta entonces no habían concurrido a la guerra de Arauco, así como los capitanes que accidentalmente se hallaban en la ciudad, tomaron las armas en esta ocasión. A pesar del riguroso invierno, se pusieron en marcha para el sur, con el propósito de estar reunidos al Gobernador a principios de la primavera.
Como ha podido observarse en la relación de los sucesos anteriores, el gobierno estrictamente legal de las colonias españolas ofrecía no pocas dificultades. Las ordenanzas reales, sobre todo en materias de administración de fondos, eran tan severas que, como lo hemos visto, los gobernadores, al disponer los gastos, estaban sometidos, puede decirse así, al beneplácito de los tesoreros, los cuales a su vez debían, según la ley, dar cuentas muy estrictas. A ejemplo de su padre en el Perú166, don García venía a Chile bien resuelto a sobreponerse a todas esas dificultades, desorganizando autoritariamente las resistencias. Calculando que los oficiales reales pondrían en más de una ocasión problemas a la entrega del dinero que necesitaba para continuar la guerra, mandó que los tres pasasen al sur, entregando la administración del real tesoro al capitán Jerónimo de Villegas, militar conocido en las guerras civiles del Perú, y hombre de toda la confianza del Gobernador. Los términos en que dio esa orden eran de tal modo imperiosos, y Pedro de Mesa, el justicia mayor de Santiago, estaba tan resuelto a cumplirla, que fue forzoso obedecer. Aun, uno de esos funcionarios que tal vez se atrevió poco más tarde a oponer objeciones, fue enviado al Perú167. Desde entonces no tuvo inconvenientes el nuevo Gobernador para usar con entera libertad de los fondos del tesoro real para los gastos de la guerra.
—91→Los agentes de don García tenían, además, el encargo de reunir en Santiago víveres y provisiones para el ejército. En cumplimiento de este encargo, tomaron a los encomenderos muchos caballos y cantidades considerables de maíz, de fréjoles y de trigo para enviar en un buque a Concepción. Aunque estas contribuciones de guerra eran exigidas a título de donativo voluntario, más tarde dieron origen a quejas y a acusaciones en que muchos de los contribuyentes reclamaban el pago de sus especies. Del mismo modo, los delegados del Gobernador se apoderaron del oro de algunos comerciantes para sufragar los gastos de la guerra168.
Queriendo dar tiempo a la organización de las fuerzas de Santiago, que debían marchar al sur junto con la caballería de su ejército y al envío de esos auxilios, Hurtado de Mendoza permaneció en La Serena hasta fines de junio. Empleó este tiempo en tomar diversas medidas de administración interior y en consolidar el prestigio y el respeto de su autoridad. El Gobernador, que a pesar de sus veintidós años había demostrado, según sus panegiristas, una rara austeridad de costumbres y una rigidez y reserva de carácter que no se interrumpía jamás ni siquiera por algunos ratos de efusión y de franqueza, quería revestir su poder de formas adustas y severas a que no estaban acostumbrados los conquistadores. Su biógrafo cuenta a este intento un hecho que pinta su inexorable severidad. «Venía en su compañía Gonzalo Guiral, noble y rico perulero, y queriendo cierto día entrar en la cuadra donde estaba el General, un paje le detuvo diciendo tenía orden de avisar primero. Impaciente Guiral, hizo fuerza; y porque el muchacho le resistía, le dio bofetón. Mandole prender don García, y sordo a muchas intercesiones, hizo le clavasen la mano en parte pública»169.
—92→El Gobernador era, por otra parte, el tipo acabado de esos caballeros españoles que en la administración y en la guerra representaron la política de Felipe II. Adusto, seco, sombrío por carácter, rebelde a los consejos de los otros, desdeñoso con la mayor parte de los capitanes que lo rodeaban, inflexible para hacer cumplir su voluntad, sin consideración por la ley y por el respeto que se debe a los demás hombres, poco escrupuloso en la elección de los medios para ejecutar sus planes, don García Hurtado de Mendoza estaba, además, dominado por una devoción que rayaba en el fanatismo. «La primera cosa en que don García dio orden en la ciudad de La Serena, dice un cronista contemporáneo, fue que se pusiese el Santísimo Sacramento en la iglesia mayor, que hasta entonces no le había por temor de las inquietudes de los indios, proveyendo él de las cosas necesarias y convenientes resguardos para ello. Y mandó dar principio a esto con celebrar la fiesta de Corpus Christi, que hasta entonces no se había hecho, lo cual se efectuó el día de San Bernabé, en el cual salió don García con su guarda de a pie con lucidas libreas y muchos lacayos y pajes con las mismas, que eran de paño amarillo con fajas de terciopelo carmesí y pestañas de raso blanco, y con pífanos y atambores, chirimías y trompetas, salió a la plaza. Y por otra parte sacó otra guarda de a caballo, donde iba el capitán Juan de Biedma, natural de la ciudad de Úbeda, y en su acompañamiento iban muchos caballeros y soldados con muy preciosos atavíos, a todos los cuales y a los mismos de su guarda mandó que fuesen con el Santísimo Sacramento, y él se fue sólo con un paje a un arco triunfal, al tiempo que había de pasar el Santísimo Sacramento, se tendió en el suelo y pasó el sacerdote por encima de él, lo cual hizo el Gobernador por la edificación de los indios»170. Don García estaba persuadido de que las fiestas religiosas tenían una eficacia irresistible para la reducción de los indios.
Antes de embarcarse para el sur, el Gobernador separó de sus tropas un cuerpo de cien soldados, que dejó en La Serena bajo el mando del capitán Juan Pérez de Zurita. Debía éste esperar allí la vuelta del verano para pasar las cordilleras, e ir a cimentar su autoridad en la lejana provincia de Tucumán, donde las competencias y rivalidades que perturbaron a Chile habían producido también complicaciones y trastornos. Terminados estos arreglos, el Gobernador embarcó en dos de sus buques los ciento ochenta hombres que quedaban a su lado, y se dispuso a darse a la vela para Concepción.

5. Arriba Hurtado de Mendoza a la bahía de
Concepción; desembarca en la isla de la Quiriquina, y luego en el
continente, donde construye un fuerte para su defensa
Los hombres más conocedores del país habían recomendado a don García que no emprendiese cosa alguna en esa estación. Parece que los vecinos de Santiago habían solicitado que —93→ el Gobernador pasase el invierno en esta ciudad y, aun, se cuenta que muchos de ellos se trasladaron a Valparaíso a esperar su arribo. Pero el arrogante mozo estaba impaciente por ir al encuentro de los indios de guerra, y parecía creer que su actividad había de adelantar la marcha natural de las estaciones. El 21 de junio zarpaba del puerto de Coquimbo en viaje directo a la bahía de Concepción171.
Es probable también que don García, fatigado por los tres meses de navegación que había empleado para llegar del Callao a Coquimbo, quisiera, de acuerdo con sus pilotos, aprovechar los vientos del noroeste que soplan en el invierno, para llegar en corto tiempo a Concepción. Pero estos vientos adquieren con frecuencia en nuestras costas durante esta estación, una intensidad terrible y producen formidables tempestades. Esto fue lo que ocurrió en esa ocasión. El viento, desencadenado con gran fuerza, agitó el mar de una manera tan extraordinaria que Hernán Gallego, uno de los pilotos de la expedición, que había navegado desde su niñez, y muy experimentado en la navegación del Pacífico, decía que jamás había visto una tormenta más furiosa. La escuadrilla estuvo a punto de perecer. El viento derribó los mástiles de la nave que montaba don García, hizo una abertura en sus costados y la puso en peligro de estrellarse contra los arrecifes de la costa. Torrentes de lluvia dificultaban la maniobra. Hubo una noche, sobre todo, en que los navegantes creyeron perecer. La maestría de los pilotos, interpretada por los expedicionarios como la protección del cielo, los salvó de una muerte que parecía inevitable172. La escuadrilla entraba al fin a la bahía de Concepción cuando el tiempo comenzaba a serenarse.
—94→Don García mandó desembarcar su gente en la pequeña isla de la Quiriquina, que cierra esa espaciosa bahía. Los indios que la poblaban quisieron en el primer momento rechazar el desembarco; pero a la vista del número considerable de soldados castellanos que se acercaban a tierra, se desbandaron apresuradamente173. Los españoles, después de pasar una noche horrible por no tener albergue alguno contra el viento y la lluvia, construyeron allí chozas provisorias para guarecerse de la intemperie de la estación, y pasaron dos meses enteros rodeados de las más duras privaciones, obligados a alimentarse con las escasas provisiones que traían en sus naves, en gran parte humedecidas por el agua del mar durante la navegación. El suelo de la isla no producía otra comida que nabos que, aunque introducidos poco antes por los conquistadores, se habían propagado con maravillosa abundancia. «No hallaron los nuestros, dice un antiguo cronista, leña alguna de que poder servirse; pero como la providencia del Señor es en todo tan copiosa, ha proveído a esta isla de cierta especie de piedras que sirven de carbón, y suplen totalmente sus efectos, y de éstas se sirvieron los nuestros para sus guisados»174. Era la lignita que entonces debía hallarse en la isla en las capas más superficiales del terreno.
Con la esperanza de someter a los indios isleños por la benevolencia y por la paz, el Gobernador ordenó a sus soldados que no los persiguiesen ni les causasen daño. Don García no había tenido hasta entonces contacto alguno con los salvajes americanos, y como muchos hombres de su siglo, estaba persuadido de que era posible reducirlos al vasallaje del rey de España por medio de la predicación religiosa y de un trato más benigno que el que ordinariamente les daban los conquistadores. Animado por este pensamiento, trató de atraerlos amistosamente, y les repartió víveres, ropas y chaquiras. Los bárbaros recibían gustosos esos dones, y hacían manifestaciones de paz y de sumisión. Algunos indios del continente, atraídos por estos obsequios, pasaban también a la isla, y se mostraban igualmente dóciles y sumisos. Todos ellos seguían con curiosidad los aparatos militares y las maniobras en que se ejercitaban los soldados españoles.
A los dos buques que tenía don García se unió poco más tarde otro enviado de Valparaíso. Llevaba éste abundantes provisiones compradas en parte por cuenta del tesoro real o suministradas por los encomenderos y vecinos de Santiago como contribución de guerra. Comunicaba también la noticia de que habían salido de esta ciudad, por los caminos de tierra, los refuerzos de tropa que iban a cargo de don Luis de Toledo. En esos momentos la primavera principiaba a aparecer, y el tiempo se mostraba más favorable. El Gobernador, —95→ después de haber hecho reconocer desde sus embarcaciones la costa vecina, dispuso en los últimos días de agosto175, el desembarco de ciento treinta hombres en el continente.
Aunque los indios de aquellas inmediaciones parecían pacíficos y tranquilos, don García no descuidó ninguna precaución para estar prevenido contra cualquier ataque. Eligió para su campamento una loma extendida y plana, situada al lado sur del sitio en que se había levantado Concepción, desde donde se dominaban con la vista los campos vecinos. Ejecutose el desembarco con toda regularidad, antes de amanecer, de suerte que la primera luz del día encontró a los españoles en posesión del terreno en que querían establecerse. Inmediatamente dieron principio a los trabajos de fortificación. Don García mandó hacer un ancho y profundo foso para rodear su campamento por el lado de tierra, y plantar enseguida una estacada de troncos y maderos para cerrar su campo. Los españoles, cualquiera que fuese su rango, trabajaron en aquella obra con sus propias manos con tanto tesón que después de poco más de un día de incesante tarea, el campamento estaba regularmente defendido. Los historiadores han contado que no bastando las herramientas que tenían los españoles, don García hizo usar las piezas de su vajilla de plata para remover la tierra sacada de los fosos176. Para la defensa del campo, colocáronse convenientemente seis piezas de artillería, y se distribuyeron los soldados para la guarda de las trincheras. Dentro del recinto fortificado, se levantaron chozas de madera y paja que debían servir de tiendas de campaña. Los indios de los alrededores, atraídos por los donativos que les repartía el Gobernador, acudían allí en son de amigos, y fingían estar sumisos a los invasores. Así, pues, durante los primeros días pudo creerse que no había que temer las hostilidades de los indígenas, cuando, por el contrario, esos mismos obsequios habían estimulado la codicia instintiva de los salvajes, incitándolos a la guerra para recoger un nuevo botín.
—96→
En efecto, el arribo de los españoles a aquellos lugares había despertado desde los primeros días las inquietudes de los indios comarcanos. Era ésa la estación en que éstos comenzaban sus siembras; pero a la vista del enemigo, abandonaron sus trabajos y se convocaron para volver a la guerra. Tenían por jefe a Qeupolicán o Cupolicán, según lo llaman los antiguos documentos, o Caupolicán, nombre más sonoro adoptado por Ercilla en su inmortal poema, y seguido más tarde por la generalidad de los historiadores. Este indio, señor o cacique de Palmaiquén, guerrero obstinado y resuelto, había hecho, sin duda, sus primeras armas contra los castellanos en las campañas anteriores; pero su personalidad estaba oscurecida hasta entonces por la de Lautaro, de quien era digno sucesor por el valor y por la tenacidad, ya que no por la inteligencia y por la fortuna.
Impuestos de todos los movimientos de los invasores, sabiendo lo que pasaba en el campo de éstos por los mismos indios que iban a recibir los obsequios que les repartía el Gobernador, los guerreros araucanos se aprestaban para la lucha alentados por una confianza ciega en el triunfo. Los españoles, en efecto, carecían en esos momentos de caballería, que era la base más sólida de su poder militar, y el elemento de guerra que más amedrentaba a los indios. Por esta causa se habían abstenido de salir de su fuerte y de hacer reconocimientos en los campos vecinos, lo que los tenía del todo ignorantes de los aprestos del enemigo. Los indios debieron persuadirse de que los españoles, mucho peor armados que en las campañas anteriores, por el hecho de faltarles los caballos, estaban, además, dominados por el miedo, puesto que no se atrevían a abandonar sus trincheras. Su cavilosa malicia de salvajes debió también sugerirles la sospecha de que la impotencia y el miedo habían inspirado la conducta humana y generosa que usaba don García, y de que los dones que se les distribuían no eran más que un expediente para engañarlos, ya que los españoles no estaban en situación de reducirlos por las armas. No era extraño que creyesen que un día de combate habría de procurarles un espléndido botín y desligarlos de sus opresores.
Seis días no más pasaron los españoles en su fuerte sin ser inquietados por los indios. Al amanecer del 7 de septiembre177 vieron llegar por el recuesto de la loma que ocupaban, un numeroso ejército enemigo, que algunos cronistas hacen subir a la exagerada cifra de veinte mil hombres, y que otros reducen a sólo tres mil. Los indios lanzaban gritos atronadores de amenaza y de provocación, y marchaban resueltamente al asalto de las fortificaciones de —97→ don García. Los castellanos, aunque ignorantes de los proyectos del enemigo, no habían descuidado nunca la custodia de sus puestos, de manera que desde el primer instante estuvieron listos para la defensa. El Gobernador, sin perturbarse por el peligro y, por el contrario, demostrando un tino y una sangre fría casi inconciliables con su extremada juventud, tomó tranquilamente todas las disposiciones del caso y mandó que sus artilleros y sus arcabuceros no rompieran sus fuegos sino cuando el enemigo se hubiese aproximado bastante, para que así, a corta distancia, no se perdiese un solo tiro. El mismo don García, revestido de una brillante armadura de acero, se colocó de manera que asomando su cabeza sobre las palizadas que rodeaban su campo, pudiese ver los movimientos de los indios y disponer las operaciones de sus soldados.
El combate estuvo a punto de comenzar con una irreparable desgracia para los españoles. Una piedra lanzada por una honda de los indios cayó sobre la sien izquierda de don García, y lo derribó al suelo casi sin sentido. Por fortuna, la celada que cubría su cabeza había amortiguado el golpe. El impetuoso capitán, repuesto en un instante de aquel peligroso accidente, se puso de nuevo de pie y mandó romper el fuego de sus cañones y de sus arcabuces cuando los indios estaban inmediatos a sus trincheras. Las balas cayeron sobre los apretados pelotones de bárbaros haciendo estragos espantosos; pero lejos de desanimarse, cobraron éstos nuevo furor, y embistieron contra las palizadas de los españoles con una resolución indomable. Aunque diezmados por el fuego repetido que se les hacía sin perder tiro, muchos de ellos asaltaron denodadamente las trincheras y penetraron en el recinto del fuerte a empeñar la lucha cuerpo a cuerpo. Allí fueron recibidos con las puntas de las lanzas y con el filo de las espadas, pero por largo rato mantuvieron indecisa la suerte del combate.
Los españoles que habían quedado en la isla y los que permanecían embarcados en las naves, al percibir la batalla en que estaba comprometido el Gobernador, se apresuraron a bajar a tierra para prestarle auxilio. Pero, para llegar a la loma en que estaba trabado el combate, les era necesario atravesar un corto espacio de tierras bajas vecinas a la playa. Allí fueron asaltados por una manga de indios resueltos y valerosos, y tuvieron que empeñar una ruda pelea en que las armas de los europeos hacían horribles destrozos sobre los desnudos salvajes sin conseguir hacerlos retroceder. Se combatía con el mismo ardor en la playa y en lo alto; y la batalla más y más encarnizada, no parecía llegar tan pronto a un término definitivo.
Hubo un instante en que los castellanos de la altura se creyeron en el serio peligro de no poder continuar la resistencia. La pólvora se acababa, y sus cañones y arcabuces estaban a punto de enmudecer. Advertidos de este peligro, los pocos castellanos que quedaban a bordo habrían querido enviar a don García un oportuno auxilio; pero parecía imposible hacerlo llegar hasta la loma, teniendo por necesidad que atravesar por entre los combatientes que peleaban en la llanura. Un clérigo, conocido con el nombre de padre Bonifacio, tan valiente y decidido como el mejor de los soldados, acometió determinadamente esta riesgosa empresa. Bajó a tierra con dos botijas de pólvora, y venciendo todos los peligros, las llevó al fuerte de los castellanos para que se mantuviese el mortífero fuego que había de decidir aquella reñidísima jornada178.
—98→La batalla duraba seis horas. Los indios habían perdido centenares de guerreros; sus muertos llenaban los fosos que rodeaban el fuerte. Pero, a pesar de sus impetuosos y repetidos ataques, no lograban doblegar la valentía indomable de los castellanos, siempre firmes en sus puestos, y luchando, cubiertos de golpes y de heridas, con el mismo ardor de las primeras horas de la mañana. Rechazados vigorosamente del recinto del fuerte los que habían logrado asaltarlo, los indios se hallaron de nuevo expuestos al fuego que se les hacía con toda la actividad de que eran susceptibles los cañones y los arcabuces de ese tiempo. Les fue forzoso ceder el terreno y, luego, introducida la confusión en sus filas, entregarse a una desorganizada retirada. La victoria de los castellanos habría sido completa si hubieran podido perseguir a los fugitivos. Pero no tenían un solo caballo; y don García, a pesar de la impetuosidad indisputable de su valor, era demasiado discreto para empeñarse en una persecución a pie, que podía convertirse en una segunda batalla bajo las peores condiciones para sus soldados179.
Los españoles no habían perdido un solo hombre en la jornada; pero tenían numerosos heridos, y estaban, además, extenuados de cansancio y de fatiga. Don García comprendió muy bien que un nuevo ataque de los indios podía serle desastroso, y sin darse un solo momento de descanso, hizo reparar las palizadas del fuerte y tomó todas las medidas para mantener la más activa y eficaz vigilancia. El mismo día hizo partir al norte uno de sus buques bajo el mando del diestro piloto Juan Ladrilleros con encargo de acercarse a la costa, y de ver modo de ponerse en comunicación con las tropas que venían de Santiago para que acelerasen su marcha. El retardo de éstas tenía tan intranquilo al Gobernador, que en su impaciencia había resuelto quitar el mando al capitán Juan Remón, a quien acusaba de remiso en el cumplimiento de sus deberes, y a cuya demora atribuía las complicaciones de su situación.
Sin embargo, ni Remón ni ninguno de sus capitanes eran culpables de este retardo. Habían salido oportunamente de Santiago, y en otras circunstancias habrían llegado a Concepción —99→ en el tiempo preciso. Pero aquel invierno había sido extraordinariamente riguroso. Las lluvias abundantes y repetidas habían obligado a los expedicionarios a detenerse muchas veces en su marcha. Los campos empantanados estaban intransitables y los ríos muy crecidos no daban paso por ninguna parte. Después de fatigas indecibles, habían llegado al río Maule. Sabiendo o sospechando el aprieto en que se hallaba el Gobernador, se desprendió un destacamento de cien hombres, mandado por el capitán Juan Remón, y se adelantó a marchas forzadas para llegar cuanto antes a Concepción.
Era, en efecto, de suma urgencia el arribo de ese socorro. Los castellanos vivían encerrados dentro del recinto de su fuerte y pasaban en continua alarma, obligados a mantener la más estricta vigilancia de día y de noche. Don García desplegó en esos días un celo superior a toda fatiga para recorrer a toda hora los puestos de los centinelas, y una ruda severidad para castigar cualquier descuido180. Este estado de alarma y de inquietud era por otra parte muy justificado. Los indios, después de esperar en vano que los españoles alentados por su triunfo abandonasen sus fortificaciones para ir a buscarlos en campo abierto, se disponían para dar un segundo ataque. Su ejército, engrosado sin duda con nuevos auxiliares, se dirigía sobre el fuerte de los castellanos. Notado este movimiento, los soldados de don García se pusieron sobre las armas y se prepararon a la pelea. De repente se observó que los indios se ponían en retirada, pero, por otro lado, se acercaba un cuerpo de gentes que la distancia no permitía distinguir. Eran los cien soldados españoles que se habían adelantado a sus compañeros. La vista de este refuerzo había determinado la retirada de los bárbaros y salvado el fuerte de un segundo ataque181.
Don García recibió ese refuerzo con el mayor contento. Los cañones del fuerte lo saludaron con una estrepitosa salva, y el mismo Gobernador salió a recibir a los soldados que llegaban en su socorro. Sin embargo, durante algunos días el Gobernador fue inexorable en su severidad con el capitán Juan Remón, a quien prohibió secamente que se le presentase. —100→ Fue necesario que los capitanes Rodrigo de Quiroga y Julián de Bastidas, que habían llegado con ese refuerzo, refieresen al gobernador las peripecias y contrariedades del viaje para que se aplacase su encono182. Esta arrogante terquedad de don García, muchas veces injusta respecto de algunos de sus capitanes y servidores, debía atraerle no pocos enemigos. Así, sucede que a la vez que sus panegiristas aplauden ciegamente cada uno de sus actos, el Gobernador tuvo entre sus contemporáneos duros y ásperos censores183. El capitán Remón, aunque vuelto a la gracia de su jefe, recibió más tarde otras ofensas y acabó por volverse al Perú profundamente disgustado.
Antes de muchos días, llegó al cuartel general español el capitán don Luis de Toledo con el resto de los auxiliares que habían salido de Santiago. El Gobernador llegó a contar más de seiscientos hombres, perfectamente armados, que formaban el ejército más numeroso y mejor equipado que hasta entonces hubiera habido en Chile. Tenía a su disposición cerca de mil caballos, seis buenos cañones, armamento abundante y una rica provisión de municiones. El campamento de los castellanos, cubierto de tiendas de campaña, había tomado el aspecto y la vida de una ciudad de nueva creación. De allí salieron algunas partidas exploradoras sin encontrar indios de guerra en todos los alrededores.
En efecto, los habitantes de aquella comarca parecían haber comprendido que era imposible resistir al poder formidable que ostentaban los castellanos. Muchos indios se acercaron al cuartel general, y fueron favorablemente recibidos por el Gobernador. Algunos de ellos presentaron a don García un caballo que habían tomado a los españoles en el combate después del cual fue destruida la ciudad de Concepción, y recibieron en retorno, junto con la promesa de no hacerles mal, los obsequios que los españoles solían darles. El Gobernador les encargó, además, que llevasen un mensaje de paz a los indios del otro lado del Biobío.
Estos mismos parecieron estar animados de disposiciones menos hostiles. Un indio joven, llamado Millalauco, partido del campamento de Caupolicán, se presentó en esos días en el cuartel general de los españoles184. El mensajero araucano llegaba a comunicar a don García que sus compatriotas estaban reunidos en una numerosa junta, que allí discutían si debían deponer las armas y someterse a los conquistadores o continuar la guerra. Pedía, en consecuencia, que no se rompiesen las hostilidades hasta que no se tomase una determinación que podía poner término a la lucha desastrosa. El Gobernador, admirado de la expedición y de la soltura con que el indio desempeñaba su misión, lo recibió benignamente, le obsequió —101→ un traje de grana y seda y lo despachó con el encargo de tranquilizar a Caupolicán. Debía comunicarle que los españoles querían ante todo la paz y que, por tanto no ejercerían acto alguno de hostilidad si no eran provocados por los indios. El mensajero partió con esta respuesta, pero no volvió más al campo de los castellanos. Todo aquello no había sido más que una estratagema de guerra para imponerse de los recursos de los invasores y para retardar su acción, dando así tiempo a preparar mejor la resistencia.
Aunque el numeroso ejército de que disponía el Gobernador le infundía plena confianza en la suerte de la campaña, los soldados de experiencia en la guerra de Arauco tenían menos fe. Ellos conocían de sobra los peligros de esa lucha, el valor indomable de los indios, sus mañas y artificios para preparar fatales emboscadas. El mismo don García, queriendo presentarse ante el enemigo con un poder irresistible, mandó que se le reunieran los soldados veteranos que desde años atrás defendían con tanta audacia y con tan buen éxito las ciudades del sur. Dispuso con este propósito que el experimentado capitán Francisco de Ulloa, seguido por algunos soldados de caballería, partiese para la Imperial, y que reuniendo allí todos los hombres que pudieran salir a la guerra, volviera a juntarse con él en el momento de abrir la campaña. Por grandes que fuesen los peligros que ofrecía esta comisión, teniendo que atravesar una extensa porción de territorio de que estaba enseñoreado el enemigo, Ulloa la desempeñó satisfactoriamente.
Don García no limitaba su ambición a la conquista y pacificación del territorio araucano. Quería, además, asentar sólidamente su dominio en todo el territorio comprendido en su gobernación. Así como en La Serena no había vacilado en desprenderse de cien hombres para que fuesen al otro lado de las cordilleras a someter la lejana provincia de Tucumán, desde su campamento de Penco preparó otra expedición para reconocer y ocupar la región vecina al estrecho de Magallanes. Dos navíos y un bergantín fueron preparados para esta empresa. Confió el mando de ellos al piloto Juan Ladrilleros, y puso a su lado al capitán Francisco Cortés Ojea, que en 1553 había reconocido aquellos lugares. Los expedicionarios salieron en noviembre de la bahía de Concepción. Su viaje, memorable para la historia de la geografía, se hallará referido más adelante185.
—102→ —103→
1. Don García Hurtado de Mendoza pasa el río Biobío a la cabeza de todas sus tropas. 2. Batalla de las Lagunillas o de Biobío. 3. Marcha el ejército español al interior del territorio araucano. 4. Batalla de Millarapue. 5. Reconstrucción del fuerte de Tucapel. 6. Combates frecuentes en los alrededores de esta fortaleza. 7. Fundación de la ciudad de Cañete y repoblación de Concepción. 8. Combate del desfiladero de Cayucupil.
Desde mediados de octubre de 1557, don García estaba listo para abrir la campaña contra los indios186. Distribuyó sus tropas en compañías, poniendo a la cabeza de cada una de ellas un capitán de toda su confianza, y dejó bajo sus inmediatas órdenes otra de cincuenta arcabuceros montados. El importante cargo de maestre de campo, correspondiente al de jefe de estado mayor de los ejércitos modernos, fue confiado al capitán Juan Remón. Formó, además, el Gobernador una especie de compañía o columna de doce clérigos y frailes, que debía marchar en formación, a la vanguardia del ejército, pero detrás de los exploradores, —104→ llevando en alto una cruz como signo seguro de victoria. Uno de ellos era el licenciado Vallejo, maestre escuela de la catedral de Charcas y confesor de don García.
La devoción del Gobernador se manifestaba también en otras demostraciones. Aquellos toscos soldados, tan dispuestos a violar los más vulgares principios de humanidad, debían asistir a todas las distribuciones religiosas, a las pláticas y sermones que se hacían en el campamento, y confesarse y comulgar con frecuencia. «Estos sacramentos, dice un escritor contemporáneo, son las armas más principales para vencer a los enemigos»187. Don García habría considerado una blasfemia digna de la hoguera el que se le hubiese observado que los araucanos, sin llevar cruces en sus ejércitos y sin conocer la confesión y la comunión, habían seguido desde cuatro años atrás una carrera casi no interrumpida de los más singulares triunfos.
Deseando infundir confianza a sus soldados, y demostrarles que los indios eran enemigos despreciables, el Gobernador ejecutó un acto de temerario arrojo que pudo haberle costado caro. Seguido de veinticinco arcabuceros de su compañía y de cinco jinetes, atravesó el Biobío en una barca, dejó a aquéllos al cuidado de la embarcación en la ribera sur del río, y él, seguido de los otros cinco compañeros, se internó dos leguas en el territorio enemigo. Esta correría inútil y temeraria no encontró la menor contrariedad. Los indios de guerra no andaban por aquellos lugares; y don García pudo volver a su campamento sin necesidad de desenvainar la espada188.
Pero si era posible ejecutar esta operación, el paso del río por todo el ejército ofrecía mayores dificultades. Las tropas españolas constaban de seiscientos hombres; y a más de un copioso material de guerra, tenían que llevar cerca de mil caballos, provisiones de boca, una cantidad considerable de puercos enviados de Santiago para alimento de la tropa y como cuatro mil indios auxiliares reunidos, en su mayor parte en los campos vecinos a Concepción. El transporte de estas fuerzas y de todo este material de guerra de un lado a otro del anchuroso Biobío debía ocupar algunos días, durante los cuales los araucanos podían atacar con ventaja a los españoles. Para desorientar al enemigo, el Gobernador mandó gente a cortar maderas para la construcción de balsas algunas leguas más arriba del lugar por donde tenía determinado pasar el río. Mientras los indios esperaban ver llegar a los españoles y se disponían a disputarles el paso, don García hacía entrar por la embocadura del Biobío las embarcaciones menores de sus naves llevando una parte de sus tropas, para dejarlas en tierra en la ribera opuesta, a corta distancia del mar. El resto de su ejército salió del campamento en la noche del 1 de noviembre, y desde el amanecer del día siguiente —105→ comenzó a pasar el río sin ser inquietado por el enemigo que se hallaba mucho más arriba189. El Gobernador activaba este trabajo con toda la energía de su juventud y de su impaciencia. Un marinero italiano de la isla de Lipar, que servía en las embarcaciones, rendido de fatiga por el exceso de trabajo, se escondió para tomar algún descanso y algún alimento. Don García, sin querer oír excusas, mandó ahorcarlo; y como no se hallara en las inmediaciones un árbol en que ejecutar esta orden, sacó su propia espada y la pasó al alguacil para decapitar al culpable. Los ruegos de los frailes que acompañaban al Gobernador salvaron a aquel marinero de una muerte segura. A pesar de todo el impetuoso empeño de don García, el paso del río ocupó seis días casi completos190.
El 7 de noviembre se halló reunido en la ribera sur del Biobío todo el ejército español. A las tropas salidas de Concepción se había reunido el refuerzo de la Imperial, compuesto de cincuenta o sesenta veteranos de gran experiencia en la guerra, y de una provisión de ganado de cerda, que, por lo que se ve, se había propagado rápidamente en las ciudades del sur. El Gobernador emprendió la marcha el mismo día, dejando alguna tropa al cuidado de las embarcaciones que quedaban en el río.
Delante del ejército, y como a media legua de distancia, marchaban cincuenta hombres bien montados que, repartiéndose por todos lados, debían servir de exploradores. Enseguida iban los doce sacerdotes llevando levantada la cruz, dando así a la marcha del ejército el aspecto de una procesión religiosa. Detrás de ellos seguía don García escoltado por la compañía de su guardia y, luego, todo el ejército convenientemente distribuido. El estandarte real era llevado en el centro por el alférez general don Pedro de Portugal y por el licenciado Santillán, teniente de gobernador. Cada compañía tenía, además, su estandarte particular que llevaba el alférez, puesto de honor y de confianza inferior sólo al de capitán o jefe de ella. Comparado con las escasas huestes de Valdivia, el ejército de don García, tanto más numeroso, perfectamente equipado, provisto de cascos y corazas relucientes, de las mejores armas de ese tiempo y de músicas militares, debía ofrecer un golpe de vista capaz de imponer y de desalentar a enemigos menos empecinados y resueltos que los arrogantes guerreros araucanos.
Después de una corta marcha, sin alejarse mucho de las orillas del río, para tomar el camino de Arauco, el ejército fue a acampar en un llano cubierto aquí y allá por algunos grupos de árboles. Al lado del campamento se extendía una laguna de poco fondo, bordeada en su mayor parte por las laderas de los últimos cerros que se desprenden de la cordillera de la Costa191. Esos campos se veían enteramente desiertos. Nada parecía indicar que hubiese —106→ el menor peligro en pasar allí la noche, y los soldados se prepararon para tomar algunas horas de descanso. Sin embargo, don García fue advertido, probablemente por los indios auxiliares, de que el enemigo se hallaba en las inmediaciones. Deseando evitar un combate nocturno, que podía ser peligroso para su ejército, el Gobernador subió a un cerro vecino, con la intención de explorar el campo; y no descubriendo cosa alguna que le infundiese recelos, mandó avanzar al capitán Reinoso con unos veinte jinetes para adelantar la exploración.
Los indios de guerra, en efecto, estaban allí cerca. Después de haber esperado a los españoles para atacarlos en el paso del río algunas leguas más arriba, se habían visto burlados en su expectativa; y dirigiéndose al poniente por entre las serranías de la costa, venían a cortarles el camino para el interior de sus tierras. Dos soldados castellanos que se habían apartado del ejército para coger frutillas en el campo, fueron asaltados por un número considerable de indios. Uno de ellos, llamado Hernando Guillén, que trató de defenderse, fue inhumanamente descuartizado por los bárbaros. El otro, nombrado Román Vega Sarmiento, mucho más afortunado, logró salvarse de sus manos y llevar al campamento el aviso de la proximidad del enemigo.
El capitán Reinoso también se había encontrado con los indios por otro lado. Hallándose a una legua del cuartel general, se vio de repente acometido por espesos pelotones de bárbaros contra los cuales no podía empeñar batalla con los escasos soldados que lo acompañaban. Dando a su campamento el aviso de lo que ocurría, Reinoso comenzó a retirarse; pero las condiciones del terreno, la abundancia de charcos y de pantanos, no permitían a sus caballos andar tan aprisa como convenía para sustraerse a la persecución. En algunos pasos se vio obligado a dar cara a los enemigos para escarmentar a los que estaban más obstinados en perseguirlo. Aunque en estos choques los españoles no perdieron un solo hombre, el solo hecho de su retirada envalentonaba a los indios y les hacía concebir confianza en la suerte de la jornada.
La alarma estaba dada en el campamento español. Los soldados corrían a reunirse bajo sus banderas respectivas; pero reinaba por todas partes la inquietud y la turbación producidas por la fama del valor indomable de los indios y por la inexperiencia del General en jefe. Don García, en efecto, sabiendo que se había visto al enemigo avanzar por dos partes diferentes, se limitó a formar sus tropas y a mandar que el maestre de campo Juan Remón se adelantase con otros treinta hombres a reforzar a Reinoso y a observar lo que pasaba por ese lado. Este auxilio habría servido para favorecer la retirada de las primeras tropas empeñadas en el combate; pero el ardor de los soldados comprometió imprudentemente la batalla.
En efecto, apenas llegados a la vista del enemigo, los soldados de Remón, uno de ellos llamado Hernán Pérez de Quezada, andaluz de nacimiento, salió de la fila preguntando en alta voz: «¡Ah!, señor maestre de campo, ¿a qué hemos venido aquí?» -«Buena está la pregunta, contestó Remón, ¿a qué habíamos de venir sino a pelear?» -«Pues, entonces, ¡Santiago! —107→ y a ellos», repuso Hernán Pérez, arremetiendo impetuosamente a los indios con todos los soldados que formaban las fuerzas de Remón y de Reinoso. Aquella carga de cincuenta magníficos caballos, montados por jinetes tan intrépidos como esforzados, fue verdaderamente terrible. Los indios que habían perseguido a los castellanos, atropellados por los caballos, heridos por las lanzas y por las espadas, se vieron obligados a volver caras dejando el suelo cubierto de cadáveres, para ir a reunirse al grueso de su ejército. Los españoles los siguieron largo trecho haciendo destrozos en sus grupos, pero llegaron en la persecución a estrellarse contra una masa más numerosa y más compacta de bárbaros; y convencidos de que no la podrían romper con tan poca gente, les fue forzoso, a su vez, emprender la retirada. No pudiendo marchar tan ligero como convenía, por causa de las ciénagas, eran atacados resueltamente por los indios que los perseguían sin descanso, y estaban obligados a defenderse a pesar del cansancio que les había producido tan obstinada pelea. Muchos de ellos fueron gravemente heridos en aquella retirada. El valeroso Hernán Pérez, después de recibir muchas lanzadas, fue salvado por los suyos casi moribundo.
Don García, entretanto, permanecía en su campamento sin tomar una medida eficaz para rechazar el ataque de los bárbaros. No era, sin embargo, el valor lo que faltaba al joven General. Cuenta él mismo que al saber que el maestre de campo había empeñado la batalla, y que los indios lo tenían en aprieto, montó a caballo para acudir en persona al sitio del peligro; pero que los soldados y en particular los clérigos y frailes que lo rodeaban, se asieron de las riendas de su caballo pidiéndole que no se separase del campo. Ante esta resistencia, se limitó a despachar dos compañías de cincuenta hombres cada una, a cargo de los capitanes Rodrigo de Quiroga y Pedro del Castillo, en auxilio de los españoles comprometidos en la batalla. Aun estas fuerzas no bastaron para contener el empuje de los indios, que seguían avanzando hacia el campamento español.
Los bárbaros aparecían también por otras partes, y amenazaban al cuartel general. Pero aquí había tropas más numerosas, estaban formadas en orden y se sentían dispuestas a no ceder un solo paso. En su primer empuje, los indios, orgullosos con las ventajas alcanzadas ese día, cebados con la confianza de obtener una victoria completa, llegaron a estrellarse contra las filas del ejército de don García. Recibidos a pie firme por los soldados castellanos, no pudieron resistir largo tiempo el fuego de los arcabuces y las puntas de las picas, y se vieron forzados a retraerse al pie del cerro, y cerca de la laguna y de los pantanos que se extendían a su derecha192. Aquella posición era perfectamente escogida para sostener una vigorosa resistencia; pero allí mismo fueron atacados con la energía que los españoles sabían emplear en los lances más apurados.
—108→Mientras el capitán Francisco de Ulloa, a la cabeza de una compañía de jinetes, amagaba a los indios por el lado del cerro, la infantería española, mandada personalmente por don Felipe de Mendoza, el hermano natural del Gobernador, los atacaba de frente por en medio de las lagunas y pantanos en que los bárbaros habían creído hallar una defensa. Los castellanos penetraron en la ciénaga con el agua y el barro hasta la cintura, según la expresión de Ercilla, que era de su número; rompieron los fuegos de arcabuz y cargaron con sus espadas haciendo grandes estragos entre los indios que, sin embargo, se defendieron por largo rato con el mayor denuedo. Pero ante la superioridad de las armas de los europeos, y sobre todo de la regularidad y del orden de su ataque, toda resistencia era imposible. Los indios comenzaron a retroceder y, luego, tomaron la retirada entre los árboles que cubrían las faldas del cerro. La persecución de los fugitivos era peligrosa y difícil. No sólo había gran riesgo en aventurarse a renovar el combate entre los bosques de la montaña sino que la hora avanzada de la tarde no permitía prolongar más tiempo la jornada en aquellos lugares escabrosos. Los españoles, dejando el campo sembrado de cadáveres de enemigos, volvieron al campamento con algunos prisioneros193.
Uno de éstos fue víctima de un atroz castigo. Don Alonso de Ercilla, que ha consignado este triste episodio, cuenta que un indio a quien llama Galvarino, capturado en el combate por haberse adelantado a sus compañeros, fue conducido al campamento español. Hasta entonces el Gobernador había usado de humanidad con los indios, pero creyendo producir un escarmiento, mandó que a éste le cortasen las dos manos. La orden se ejecutó sin demora. El indio soportó la mutilación sin proferir un quejido, conservando en su rostro la más imperturbable serenidad. Dejado en libertad por sus verdugos, Galvarino pedía que le diesen muerte y, luego, prorrumpiendo en imprecaciones contra los opresores de su raza, corrió a juntarse a los suyos para excitar su venganza194.
—109→La batalla de las Lagunillas, o del Biobío, como también se la denomina, era una victoria de las armas españolas, en que los vencedores no habían tenido más que un solo soldado muerto, pero en que sacaron numerosos heridos, muchos de ellos de gravedad. Sin embargo, esa victoria distaba mucho no sólo de ser decisiva, sino de atemorizar a los indios. Además de que el grueso del ejército de éstos había podido retirarse sin ser molestado y sin que se hubiesen tomado las medidas del caso para cortarles el camino de los cerros, en la pelea misma los indios habían hecho retroceder durante la primera parte de la jornada a una buena porción de la caballería de los castellanos, lo que no podía dejar de exaltar el orgullo guerrero de esos bárbaros. Por esto mismo, el día siguiente de la jornada, en el cuartel general español se hacían entre los jefes cargos y acusaciones que no podían dejar de introducir las rivalidades y la desmoralización. El mismo don García, después de oír las excusas que daban algunos capitanes para explicar el hecho de haber comprometido la batalla y de haberse retirado delante de los indios, dijo con la arrogancia que le daban su rango, su juventud y su nacimiento, «que no había ninguno de ellos que tuviese plática de guerra a las veras, sino al poco más o menos, y que vía y sabía que no entendían la guerra, por lo que de ellos había visto, más que su pantuflo». «Entre los presentes, añade el mismo cronista, tenido fue por blasfemia grande para un mancebo reptar capitanes viejos y que tantas veces habían peleado. Fue causa lo que aquel día dijo para que desde allí adelante en los ánimos de los hombres antiguos fuese mal quisto»195.
Por los indios prisioneros en la batalla, supo el Gobernador que pocas leguas más adelante tenía el enemigo un fuerte. Persuadido de que allí le presentaría un segundo combate, don García dispuso en la mañana siguiente la marcha inmediata de su ejército. En efecto, en lo alto de la serranía de Andalicán196, que interrumpe el camino más o menos llano de la costa, halló un fuerte de palizadas que sus soldados ocuparon sin resistencia. Los indios lo habían desamparado replegándose al interior, de tal suerte que no se veía un solo enemigo en todas —110→ las inmediaciones. En aquel lugar se estableció el cuartel general de los españoles, y se mantuvo allí durante dos días para curar los heridos de la jornada anterior. Aunque de allí salieron algunas partidas exploradoras a reconocer los campos vecinos, todas ellas llevaban el encargo expreso de don García de no hacer daño alguno en los sembrados ni en las habitaciones de los indios. Antes de partir de este sitio, se supo en el campamento que un temporal de norte había destruido la embarcación que los expedicionarios habían dejado en el Biobío, con pérdida de tres soldados y de otros tantos negros. La retirada al norte en caso de un contraste, se hacía, pues, mucho más difícil; pero este contratiempo no los desalentó un instante, tanta era la confianza que tenían en su poder y en sus recursos.
Al recomenzar la marcha hacia el sur, los asaltaba, sin embargo, un justo temor. Tenían delante la terrible cuesta de Marigueñu o de Villagrán, teatro de uno de los más espantosos desastres que habían experimentado los españoles. En sus ásperas laderas, en los tupidos bosques y en los espesos matorrales que las cubrían, podían los indios haber preparado peligrosas emboscadas. Fue necesario comenzar por hacer prolijos reconocimientos; sin embargo, el enemigo no se presentó por ninguna parte. En esos funestos parajes, los españoles encontraron el suelo cubierto con los huesos insepultos de sus compatriotas; pero llegaron hasta los llanos de Laraquete y de Arauco sin encontrar la menor resistencia.
Quince días permanecieron allí los expedicionarios. Don García había tenido la precaución de hacer salir de la bahía de Concepción dos buques cargados de provisiones que seguían a su ejército. En el puerto de Arauco se desembarcaron los víveres necesarios para las tropas, lo que permitía cumplir escrupulosamente la orden de no tocar las comidas de los indios. El Gobernador, en efecto, persistía en su quimérico plan de reducir a los bárbaros por la benevolencia y las promesas amistosas. Los prisioneros que tomaban sus avanzadas eran tratados afectuosamente, y después de darles ropas y otros obsequios, eran puestos en libertad para que llevasen a sus caudillos palabras de paz y de conciliación. Muy pocos de ellos volvían al campamento, y éstos llegaban a comunicar las amenazas y fieros de sus jefes que no pensaban más que en pelear, y que tenían la confianza de destruir el nuevo ejército invasor como habían destruido el de Valdivia.
Continuando su marcha al sur, el mismo don García tuvo ocasión de convencerse de la ineficacia de sus sistemas de reducción, y de que las amenazas de los indios no eran simples bravatas. Las partidas que se alejaban de su campo estaban obligadas, con frecuencia, a sostener rudos combates con los indios que las asaltaban. Una de ellas, mandada por el contador Arnao Segarra y Ponce de León, que como todos los empleados civiles servía en el ejército en las ocasiones de guerra, fue atacada por un escuadrón de indios. Después de un corto combate, los bárbaros se refugiaron a una ciénaga donde dieron muerte a un español que imprudentemente los había perseguido hasta allí. El Gobernador, reprochando este contratiempo a Arnao Segarra, envió nuevas fuerzas en contra de esos indios; pero éstos habían abandonado el sitio, y no fue posible darles alcance. Los castellanos, en cambio, hallaron en unas chozas vecinas uno de los cañones que cuatro años atrás habían quitado los araucanos al ejército de Villagrán en la cuesta de Marigueñu. Los bárbaros conservaban esa pieza como trofeo de victoria, pero no sabían hacer uso de ella.
Mientras tanto, a cada instante se confirmaban las noticias que se tenían de los aprestos bélicos de los indios. Un reconocimiento practicado por Rodrigo de Quiroga hizo saber que al lado de la montaña había un camino cerrado por muchos árboles tendidos en el suelo, lo que hacía sospechar que allí se había preparado una emboscada. Siendo imprudente marchar —111→ por esa parte, el ejército siguió por el camino inmediato a la costa hasta un lugar llamado Millapoa o Millarapue, tres o cuatro leguas al sur del sitio en que se había levantado el fuerte de Arauco. En la tarde del 29 de noviembre, don García acampó allí con todas las precauciones que podía inspirarle el temor de la proximidad del enemigo.
Al amanecer del siguiente día, 30 de noviembre, las trompetas y chirimías despertaban al campamento de los castellanos. El ejército debía oír la misa de cada mañana antes de recomenzar la marcha. Los acordes de las músicas militares fueron contestados a la distancia por los desapacibles sonidos de las bocinas de los indios y por una amenazante gritería. Un cuerpo de ocho a diez mil guerreros araucanos, después de caminar toda la noche para dar una sorpresa nocturna al campo de don García, llegaba al amanecer. Creyendo que las músicas militares eran la señal de que habían sido descubiertos en su marcha, lanzaban sin recelo los gritos y alaridos de rabia con que solían entrar en combate.
Los indios se presentaban por tres puntos diferentes. Caupolicán, montado en un caballo blanco y llevando en sus hombros una capa de grana, probablemente obsequio de don García a alguno de los indios que lo habían visitado, era quien mandaba aquel ejército y, en efecto, marchaba al frente de una división. Los españoles, por su parte, corrieron inmediatamente a formar sus filas, y en poco rato estuvieron en situación de entrar en combate. Pero les fue forzoso aguardar al enemigo que se hallaba lejos todavía, y que avanzaba por terrenos accidentados en los cuales no habría podido hacerle daño la artillería si hubiese roto sus fuegos.
Cuando los enemigos se hubieron acercado algo más al campo español, el mismo don García con una buena parte de su infantería y con sus cañones, se dispuso a rechazar el ataque del cuerpo más numeroso de los indios que encimaba una loma situada en frente de su ala derecha. Pero apenas empeñado el combate por esta parte, el Gobernador comprendió que el verdadero peligro estaba en su ala izquierda. Una gruesa división araucana avanzaba resueltamente por ese lado. La caballería española, mandada por don Luis de Toledo, que había empeñado el ataque contra esa división, no había podido romperla «por estar tan cerrada y tener tan bien ordenada la piquería, dice un contemporáneo, como si fueran soldados alemanes muy cursados y expertos en semejantes ocasiones». Los indios despedían nubes de flechas y de piedras lanzadas con sus hondas, y aquellos maderos cortos o garrotes que, arrojados a la cabeza de los caballos, los hacían encabritarse y retroceder, sin que los jinetes pudieran dominarlos. Al ver el conflicto en que por este costado se hallaba su caballería, el Gobernador hizo revolver sus cañones, y abocándolos contra una ladera en que se hacía fuerte esa división, mandó romper los fuegos. Las balas iban dirigidas «con tanta destreza, dice el mismo cronista, que a las primeras rociadas se abrió el escuadrón dividiéndose en varias partidas, dando entrada con facilidad a la caballería, la cual desbarató a los enemigos alanceando a muchos de ellos y poniendo a los demás en huida con mucha presteza».
Pero la batalla se sostenía con todo ardor en la derecha del campo castellano. Los indios, reforzándose en una ondulación cubierta de árboles que hacía el terreno entre dos lomas, se defendían vigorosamente contra los ataques de los infantes. El combate estaba allí muy —112→ encarnizado, y los dos bandos se disputaban el campo con singular arrojo. Cuando los castellanos creían que empezaban a arrollar al enemigo en ese sitio, los indios recibieron el refuerzo de nuevas mangas de guerreros de la otra división que todavía no había entrado en la pelea. Hubo un momento en que el triunfo de los araucanos pareció inevitable en este lado. El maestre de campo Juan Remón alentaba a los suyos casi sin resultado, cuando llegó en auxilio de los españoles otra compañía de arcabuceros. Servía en ella el valeroso don Alonso de Ercilla, el insigne cantor de La Araucana. Incitado por su nombre por el maestre de campo, para entrar prontamente en la pelea a conquistar la gloria a que aspiraban los buenos caballeros, don Alonso, seguido de algunos de los suyos, se lanzó resueltamente al bosque que cubría la quebrada. El combate fue renovado con mayor ardor; pero en esos momentos, don García, vencedor de los bárbaros que lo habían atacado por el flanco izquierdo, acudía con nuevas fuerzas por ese lado y, arrollando una encarnizada resistencia, decidía la victoria completa en todo el campo. Dos horas después de mediodía, los indios huían en todas direcciones, perseguidos tenazmente por los españoles, dejando cerca de mil muertos y cerca de otros tantos prisioneros tomados en la fuga197.
Los vencedores creyeron que esta sangrienta jornada escarmentaría definitivamente a los indios, haciéndoles comprender que el poder de los españoles era irresistible. En efecto, éstos tenían muchos heridos y habían perdido algunos caballos y probablemente también algunos indios auxiliares; pero no contaban un solo castellano muerto. De entre los centenares de prisioneros cogidos en la pelea, don García hizo apartar veinte o treinta que parecían caciques o caudillos y mandó ahorcarlos en los árboles vecinos. De este número fue el indio Galvarino que, con sus brazos mutilados después de la batalla anterior, había vuelto a la guerra, y con fogosos discursos incitaba a los suyos a pelear sin descanso contra sus opresores. Los contemporáneos han referido con los más animados colores la energía heroica desplegada por este indio delante de los opresores de su patria, y la valentía con que afrontó el último suplicio. Otro cacique que había servido a los españoles en tiempo de Valdivia, y por el cual se interesaron algunos de los capitanes castellanos, viéndose llevado a la horca, pidió por única gracia que lo colgasen del árbol más alto para que todos vieran que había muerto en defensa de su suelo198. Uno de los antiguos cronistas lo designa con el nombre de Libanturén.
—113→
Aquel desastre quebrantó el poder de los indios, pero no doblegó su entereza. Retirados a los bosques de la cordillera de la Costa, rechazaron todas las proposiciones de paz que don García les hizo por medio de los prisioneros a quienes devolvía su libertad. A los mensajeros que pedían su sumisión a los conquistadores, el empecinado Caupolicán contestó enérgicamente que aun cuando fuese con tres hombres había de continuar la guerra contra los opresores de su patria. En su arrogancia indomable, mandó desafiar formalmente a don García, «como si él fuera hombre de gran punto», dice el mismo Gobernador199.
Mientras tanto, el día siguiente de la batalla de Millarapue, esto es, el 1 de diciembre, don García proseguía sus trabajos militares. Comenzó por celebrar en su campo una fiesta religiosa para dar gracias al cielo por la victoria que acababa de obtener, y que más que al valor de sus soldados y a la superioridad de sus armas, atribuía a la protección divina. Enseguida, despachó ciento cincuenta soldados a explorar los campos vecinos. Éstos volvieron luego sin haber hallado un solo indio en todas las inmediaciones. Habían llegado hasta el sitio en que el enemigo había estado acampado antes de dar la batalla. Hallaron allí los restos de los horribles banquetes de los bárbaros, huesos y cabezas de soldados españoles, probablemente merodeadores cogidos por los indios en los bosques, y devorados ferozmente en las fiestas en que éstos se preparaban para el combate200. Pero esos lugares habían sido abandonados, y todos esos campos estaban absolutamente desiertos.
No habiendo nada que hacer allí, el ejército emprendió su marcha al sur el 2 de diciembre. El Gobernador redobló su vigilancia para que ningún soldado se apartase de la columna, y tomaba todas las precauciones del caso para impedir cualquier sorpresa. En el camino hallaron los conquistadores gran abundancia de mantenimientos no sólo en los sembrados de los indios, que entonces comenzaban a llegar a su madurez, sino en las casas y cuevas donde éstos habían ocultado sus provisiones. Don García, abandonando el sistema de no tocar la propiedad del enemigo, y convencido de que esa conducta no daba los resultados que esperaba, tomó en estos lugares los víveres necesarios para la manutención de sus tropas.
Después de tres jornadas de marcha, sin hallar en ninguna parte enemigos ni resistencia, el ejército llegó a acampar al sitio mismo donde cuatro años atrás habían sido destrozados y muertos el gobernador Valdivia y todos sus compañeros. Fue aquél un día de dolor y de tristes recuerdos para los expedicionarios. Hubieran querido encontrar en esos lugares un ejército enemigo para vengar aquel sangriento desastre; pero todo parecía desierto en los alrededores. Los indios habían quemado sus propias casas, ocultando sus víveres, para asilarse —114→ en los bosques, firmemente rebeldes a toda proposición de someterse a los conquistadores. A corta distancia de ese sitio quedaban todavía en pie las ruinas del fuerte de Tucapel, que había construido Valdivia, y que sus soldados habían tenido que abandonar. Allí trasladó don García su campamento; y desplegando una actividad febril, en tres días de incesante trabajo, hizo construir un muro de piedra y barro con dos torreones a sus extremos para colocar la artillería. El foso del antiguo fuerte, que no había sido cegado por los indios, fue adaptado al resguardo de la nueva fortificación. Esta obra militar construida tan apresuradamente, sólo podía constituir una defensa contra los ataques de esos bárbaros que tenían tan escasos elementos de guerra.
Don García se lisonjeaba, sin duda, con la idea de que la fundación de esta fortaleza asentaría la dominación española en esta región del territorio. Sin embargo, los indios se mostraban cada día más obstinados en su sistema de guerra. La experiencia les había enseñado que no debían atacar a los españoles en su campamento, y se conservaban retraídos en los bosques y en las montañas; pero cada vez que podían caer sobre un destacamento castellano, renovaban la lucha con el mismo tesón, demostrando así que estaban resueltos a soportarlo todo antes que someterse a sus antiguos opresores.
Los actos de clemencia que solía ejercer el Gobernador con los indios que apresaban sus partidas de exploradores, no servían para desarmarlos. El capitán Francisco de Ulloa, encargado de reconocer la costa cerca de la embocadura del río Lebu, para deshacer las juntas de indios que hallase en las inmediaciones, había encontrado en una quebrada cerca del mar un gran número de ellos ocupados en recoger marisco. Habiendo aprehendido a muchos de ellos con sus mujeres y sus niños, los llevó al campamento de don García. Allí fueron tratados humanamente, y despachados enseguida a llevar a los suyos palabras de paz. Pero, como lo observa un antiguo cronista, esta conducta no hacía más que ensoberbecer a los indios que «por ser bárbaros no entendían el intento de quien por tal camino pretendía averiguarse con ellos».
Los españoles estaban obligados a batirse cada día con las partidas de indios que andaban en las inmediaciones. En una ocasión llevaron éstos su insolencia hasta acercarse al fuerte de Tucapel, y sorprendieron a cuatro soldados que andaban en el campo. Sólo uno de ellos logró escaparse de las manos de los indios, y llevar al fuerte la noticia de la proximidad del enemigo. En el acto salieron de la plaza algunos jinetes en persecución de los indios; pero éstos se metieron en un espeso bosque y fue imposible darles alcance. Este contratiempo era tanto más sensible para los españoles cuanto que uno de los tres soldados muertos era el único herrero que había en el ejército para la compostura y reparación de las espadas.
Al oriente de Tucapel, en las faldas occidentales de la cordillera de Nahuelbuta, en un sitio llamado Cayucupil, se habían reunido los bárbaros en número considerable para celebrar una de esas juntas en que, en medio de fiestas y borracheras, trataban los negocios de guerra. Instruido don García de estos aprestos, resolvió sorprender y castigar a los indios. Dispuso con este objetivo que saliesen de la plaza dos compañías, una de infantes y otra de jinetes, bajo las órdenes de su hermano don Felipe de Mendoza y del capitán Alonso de —115→ Reinoso; y que, marchando de noche, cayesen de improviso sobre el campo enemigo. La oscuridad de la noche y lo montuoso del camino que debían recorrer, retardó, sin embargo, su marcha y los tuvo desordenados y dispersos hasta el amanecer. Los indios, por su parte, estaban tan descuidados, contra su costumbre, que no tenían avanzadas en las inmediaciones de su campo. Al despuntar el día, los soldados de Mendoza y de Reinoso pudieron reunirse y caer de sorpresa sobre los indios desprevenidos. En el primer ataque introdujeron el pavor y la confusión, lanceando a los enemigos que encontraban a mano. Pero la hora oportuna para una victoria decisiva había pasado. Los indios, perfectos conocedores de las localidades, buscaron su salvación en la fuga en los bosques de la montaña vecina, y fue imposible darles alcance. En su precipitación, dejaron abandonados sus bastimentos que recogieron los españoles para transportarlos a Tucapel, donde debían ser de gran utilidad.
El desbarate de otra de esas juntas de guerra de los indios, estuvo a punto de costar muy caro a los conquistadores. Se habían congregado, a fines de diciembre de 1557, a pocas leguas al sur del campamento, en el valle regado por el río Paicaví. Eran en su mayor parte los mismos indios apresados pocos días antes por el capitán Francisco de Ulloa y puestos en libertad por el Gobernador. El capitán Rodrigo de Quiroga, encargado de recorrer aquellos lugares, salió con sólo cuarenta hombres de caballería. Los indios, por su parte, estaban prevenidos de su marcha, y se limitaron a ocultarse en las inmediaciones y a dejar pasar libremente a los españoles sin oponerles estorbo alguno. Cuando Quiroga dio la vuelta, se encontró encerrado en una quebrada por un numeroso cuerpo de enemigos que le obstruía el paso. Los indios se habían provisto de unos gruesos tablones que usaban a manera de escudos para ponerse a cubierto de las balas de los arcabuces. En el primer momento, sin embargo, doce jinetes mandados inmediatamente por el valeroso Alonso de Escobar, consiguieron abrir el camino para toda la columna poniendo a los indios en dispersión; pero nuevas mangas de guerreros acudían presurosos a auxiliar a éstos, y volvían a cerrar el paso a los españoles.
Hubo un momento en que la situación de los castellanos llegó a ser casi desesperada. Los indios lanzaban gritos aterradores, y creían segura su victoria. Quiroga, sin embargo, no se desanimó; y, aunque casi convencido de que iba a ser derrotado, quiso al menos que el enemigo pagase caro su triunfo. «¡Ea, compañeros y amigos!, gritaba a los suyos, hasta ahora hemos peleado por la victoria; ahora vamos a pelear por nuestras vidas». Los castellanos, alentados por el ejemplo y por las palabras de su ardoroso jefe, se batieron con tal denuedo que lograron desconcertar al enemigo, matándole alguna gente, y abrirse paso para llegar al campamento de don García. Allí fueron recibidos con una salva de artillería para celebrar este acto de audacia que había salvado a cuarenta hombres de un desastre que parecía inevitable. Aunque el altanero Gobernador era muy poco inclinado a aplaudir la conducta de sus subalternos, no pudo menos de decir a Rodrigo de Quiroga: «De capitanes tan valerosos como vuesas mercedes, no esperaba yo menos de lo que veo»201.
—116→
A pesar de esta obstinada resistencia de los indios y de esta incesante repetición de combates, don García estaba persuadido de que antes de mucho completaría la sumisión de todo el país. «Yo creo, escribía al Virrey su padre, que la principal causa de no venir éstos de paz es por el gran miedo que tienen de pensar que según los males que han hecho han de ser castigados, y en acabándoseles una frutilla que tienen en el monte, con que hacen chicha y se emborrachan, vendrán todos de paz porque no pueden dejar de hacerlo, porque estamos señores de todas las comidas que tienen en el campo y casas». En esta confianza, estaba resuelto no sólo a repoblar las ciudades fundadas por Valdivia sino a establecer otras nuevas.
Al lado sur del fuerte de Tucapel, a orillas de un pequeño río que se desprende de la cordillera de la Costa por la quebrada de Cayucupil, y al cual los indios llamaban Togol-Togol, halló don García un sitio llano y ameno vecino a aquellas pintorescas serranías. De acuerdo con sus capitanes, eligió ese lugar para establecer una ciudad, cuyos cimientos se echaron en los primeros días de enero. Diole el nombre de Cañete de la frontera, en recuerdo del título nobiliario de su padre, y de una plaza fuerte de España situada en el señorío de su familia202.
En esos mismos días se daba principio a la repoblación de la ciudad de Concepción, dos veces destruida por los indios. El Gobernador había despachado de su campamento de Tucapel ciento cincuenta hombres bajo el mando del capitán Jerónimo de Villegas, soldado de toda su confianza, que además de su carácter militar desempeñaba a su lado el cargo de administrador del tesoro. Por más que los indios no estuvieran en situación de atacar al grueso del ejército español, se mantenían armados, como hemos dicho, en todos los campos vecinos y atacaban a las columnas o partidas que se alejaban del campamento. El capitán Villegas tuvo por esto que hacer su marcha con las mayores precauciones. Sabiendo que los indios lo esperaban en la cuesta de Marigueñu o de Villagrán, donde podían despedazarlo, se vio forzado a dar un largo rodeo. Atravesando la cordillera de la Costa un poco al norte del campamento de los suyos, se dirigió al Biobío para pasarlo a muchas leguas de su embocadura; lo atravesó en balsas construidas provisoriamente, y sin haber sido inquietado por el enemigo durante su marcha, llegó en los primeros días de 1558 al sitio en que se había levantado Concepción. Después de repartir los solares a los nuevos vecinos que debían establecerse allí, el 6 de enero plantó en la plaza la cruz, erigió el rollo o picota, como lo hacían los españoles en las nuevas fundaciones, y nombró el Cabildo con sus alcaldes, regidores y demás funcionarios203. Aquellos pobladores se prepararon para dar principio al cultivo de los campos y renovar las plantaciones que habían sido destruidas por los indios.
—117→La repoblación de esa ciudad fue el origen de una medida violenta del Gobernador que ofendió a los primeros conquistadores perjudicándolos en sus aspiraciones y en sus intereses. Al decretar el repartimiento de las tierras y de los indios de la comarca vecina, don García no tomó en cuenta para nada las concesiones hechas por Valdivia en 1550. Lejos de eso, después de consultarse con los letrados que lo acompañaban, había hecho pregonar solemnemente que esos repartimientos estaban vacos por haberlos abandonado sus antiguos encomenderos cuando despoblaron Concepción en 1554 sin haber tratado primero de resistir la rebelión de los indios. La segunda repartición se hizo en conformidad con esta disposición de don García. Los beneficiados fueron en su mayor parte soldados nuevos en la guerra, hombres valientes y meritorios, sin duda, pero que no habían tomado parte en las primeras campañas de la conquista204. Esta conducta del Gobernador no podía dejar de producir celos y rivalidades entre sus capitanes, ni de dar lugar, como dio en efecto, a las quejas y acusaciones de algunos de los viejos conquistadores.
Los españoles habían arrollado hasta entonces todas las resistencias que les opusieron los indios; pero su situación era extremadamente difícil, y tenían que vencer dificultades de otro orden. Al lado del cansancio que debía producirles aquel continuo combatir, comenzaron a experimentar privaciones que ponían a prueba su constancia y su entereza. Aunque siempre vencedores en los combates, no eran en realidad dueños más que del campo que pisaba su ejército. Aquel estado de cosas casi equivalía a hallarse bloqueados por el enemigo.
La escasez de víveres comenzaba a ser alarmante. Por más provisiones que hubiera llevado don García para su campaña, la manutención de su ejército y de los numerosos auxiliares que lo seguían, debían agotarlas prontamente. Los bastimentos tomados al enemigo satisfacían, en parte, esta necesidad, pero consistían sólo en maíz y un poco de trigo, cuyo cultivo, introducido pocos años antes por los españoles, había sido continuado, aunque en pequeña escala, por los indios. El ejército acampado en Cañete llegó a pasar cuarenta días sin probar un bocado de carne205.
En aquellas circunstancias, toda su esperanza de socorro debía cifrarse en las dos ciudades del sur: la Imperial y Valdivia. Esas dos pobres poblaciones que desde 1554 estaban casi incomunicadas con el resto de la colonia, que habían pasado cuatro años consecutivos con las armas en la mano, llegaron, sin embargo, a constituir un valioso depósito de recursos para los acantonamientos en que se hallaba el ejército conquistador. En efecto, la industria de los españoles, a pesar de tantas contrariedades, se había aumentado considerablemente en aquellos —118→ lugares. En la Imperial se había desarrollado la crianza de cerdos. En Valdivia, cuyos alrededores fueron menos amagados por los indios, el cultivo del trigo había prosperado.
Don García recurrió a aquellas ciudades en busca de los socorros que necesitaba. A mediados de enero despachó veinte soldados de caballería bajo las órdenes del capitán don Miguel de Velasco y Avendaño para que le trajeran de la Imperial una partida de cerdos a cuenta de los impuestos que los vecinos de esa ciudad debían haber pagado al Rey. El capitán Diego García de Cáceres debía adelantarse hasta Valdivia, tomar el mando de esta ciudad y remitir a Cañete un cargamento de trigo para alimento de la tropa y para semilla con que hacer los nuevos sembrados. El buque que acompañaba a los españoles en esta expedición, debía dirigirse a aquel puerto para prestar este servicio.
La pequeña columna de Avendaño no tuvo que experimentar contraste alguno durante su marcha. Los habitantes de la Imperial la recibieron con gran satisfacción, y le suministraron los víveres que pedía, mil quinientos cerdos y numerosas cargas de granos y de galletas206. El camino de la costa era el más directo para volver a Cañete; pero está cortado por numerosos riachuelos que arrastran un caudal bastante considerable para hacer dificultoso su paso a las piaras de cerdos. Por esta razón, sin duda, estaba convenido que Avendaño volviese por el valle central hasta Purén, y que de allí pasase a Cañete atravesando la cordillera de la Costa por el desfiladero donde nace el río Cayucupil o Togol-Togol, en cuyas márgenes estaba asentada esa ciudad207. Don García había encargado a los suyos que cuidasen ese socorro de ganado tanto como sus propias vidas.
Los astutos guerreros de aquellas inmediaciones supieron que los castellanos esperaban este socorro. Para adormecer toda sospecha, en la víspera del día en que debía llegar el ganado, enviaron a Cañete emisarios de paz a hacer al Gobernador las más artificiosas protestas de obediencia y sumisión. Don García los recibió benignamente, les hizo los obsequios de ropa que acostumbraba dar a los indios en estas conferencias y los despachó después de encargarles que representasen a los suyos la conveniencia de poner término a una guerra tan inútil como sangrienta. Pero la experiencia había enseñado al Gobernador lo que valían las promesas de esos bárbaros; y lejos de confiar en sus palabras, mandó que en la medianoche se pusieran sobre las armas cien hombres, y que ocultando sus movimientos, —119→ marchasen bajo las órdenes del capitán Alonso de Reinoso al desfiladero de Cayucupil por donde debía llegar el socorro que traía el capitán Avendaño. El resultado demostró cuán fundada era la previsión del Gobernador.
El capitán Reinoso desempeñó esta comisión con toda la actividad que solía poner en los negocios de guerra. Al amanecer del 20 de enero estaba en la entrada del desfiladero a tiempo que por el lado opuesto llegaba el capitán Avendaño con sus ganados y bagajes. A pesar de los reconocimientos que hicieron practicar, ni uno ni otro habían visto un solo enemigo en los alrededores. Pero cuando hubieron llegado a la parte más estrecha, allí donde las laderas escarpadas la encerraban por cada lado, y donde el arroyo que corría por el fondo apenas permitía andar dos hombres de frente, la columna española se vio repentinamente acometida por un turbión de indios que desde las alturas lanzaban gritos terribles de guerra y de sangre. Inmediatamente cayó sobre los castellanos una lluvia de flechas, de maderos y de piedras que echando al suelo a muchos de ellos, introdujo entre todos la mayor confusión. El ganado se desbandaba, las cargas eran tiradas por tierra, los soldados desenvainaban rabiosos sus espadas, pero toda lucha parecía imposible en esas condiciones. Los castellanos debían resignarse a morir sin tener siquiera la satisfacción de vender caras sus vidas; y, sin embargo, no desesperaron de alcanzar la victoria.
Pero los indios, seguros de su triunfo y cegados por la codicia más desenfrenada, no supieron aprovecharse de las ventajas de su situación. Temiendo que se les escapara el botín que pensaban recoger en la jornada, comenzaban a bajar de las alturas, y embistiendo impetuosamente sobre los yanaconas o indios de servicio que cuidaban del ganado y de las cargas, principiaron a repartirse el botín. Mientras tanto, el valiente Reinoso reunía a los mejor dispuestos de sus soldados. Con ellos, y escalando las laderas de la montaña por penosos despeñaderos, llegaba a las alturas y rompía el fuego de arcabuz sobre los indios. Aprovechándose de la desorganización del enemigo, los españoles de la quebrada se rehicieron y ayudaron al ataque. Después de cuatro horas de combate se introdujo la más espantosa confusión entre los mismos indios que un momento antes se creían vencedores. Desconcertados por la impetuosidad de los castellanos, y viendo tendidos en el campo a algunos de los suyos, los indios tomaron la fuga con las cargas y bagajes que habían arrebatado, y fueron a ocultarse en los bosques de las montañas vecinas, donde toda persecución era imposible.
En la tarde de ese mismo día entraban los expedicionarios a Cañete. Volvían vencedores de los indios en una jornada en que debieron sucumbir, pero todos estaban heridos o estropeados, y sólo traían consigo una parte del convoy que habían sacado de la Imperial. El Gobernador, sin embargo, los recibió en triunfo. Sus cañones los saludaron con una salva, y las músicas militares hicieron oír los acordes de victoria. El valiente Reinoso, el héroe de la jornada, fue agraciado con el premio que más codiciaban los conquistadores. «Le di a escoger, dice don García, de los repartimientos que tenía vacos, el que mejor le pareciese»208.
