Historia general de Chile
Tomo II
Diego Barros Arana

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1. Heroicos combates sostenidos por catorce españoles en la cuesta de Purén. 2. Despoblación del fuerte de Purén y de la ciudad de los Confines; Francisco de Villagrán es llamado del sur. 3. Despoblación del fuerte de Arauco; llega a Concepción la noticia del desastre de Tucapel, y el Cabildo aclama Gobernador a Francisco de Villagrán. 4. El cabildo de Santiago nombra gobernador interino a Rodrigo de Quiroga; diversas providencias para la defensa del país. 5. Villagrán, proclamado Gobernador en Valdivia y en la Imperial, llega a Concepción, se recibe del mando y se dispone a partir contra los indios rebeldes. 6. Desastrosa derrota de Marigueñu. 7. Villagrán despuebla Concepción. Las tropas de Lautaro saquean y destruyen esta ciudad.
La derrota y muerte de Valdivia iban a producir una perturbación general en la colonia. El triunfo completo de los indígenas en Tucapel, al paso que los envalentonaba para acometer empresas mayores y para aspirar a la expulsión definitiva de los castellanos de todo el territorio conquistado, introdujo entre éstos una gran desconfianza en su poder y en sus recursos, y un abatimiento de que sólo pudo sacarlos la actitud resuelta de algunos capitanes de corazón levantado para hacer frente a la deshecha tempestad que acababa de desencadenarse.
El primer anuncio del desastre fue comunicándose rápidamente en los diversos establecimientos españoles. Los defensores del vecino fuerte de Purén fueron quizá los primeros en saber ese contratiempo. El día de la batalla se hallaban allí los veinte hombres que, por pedido de Valdivia, había enviado de la Imperial el Gobernador de esta ciudad, Pedro de Villagrán. Estaban mandados por Juan Gómez de Almagro, capitán de gran valentía y resolución1. En Purén supieron que el fuerte de Tucapel había sido abandonado, y que los indios rebeldes eran dueños de toda esa comarca; pero no tuvieron noticia alguna positiva de la marcha de Valdivia. Se ha contado, no sabemos sobre qué fundamento, que los informes maliciosos de los indios de servicio fueron parte a retenerlos allí dos días. Este retardo fue causa de que no se hallasen en la batalla.
—10→Pero el capitán Gómez de Almagro no era hombre para quedar largo tiempo inactivo. El 3 de enero, dos días después de la derrota del Gobernador y sin tener la menor noticia de ella, salió de Purén con sólo trece hombres. Los seis restantes que completaban la columna, fueron dejados allí, sin duda, para ayudar a la defensa del fuerte que podía verse atacado de un momento a otro. La distancia que media entre Purén y Tucapel es sólo de ocho o diez leguas; pero allí se alza la empinada cordillera de la Costa, conocida en esos lugares con el nombre de Nahuelbuta, en cuyas faldas opuestas estaban situados esos fuertes, uno al oriente y otro al poniente de la montaña. Tupidos bosques de árboles corpulentos y espesos matorrales, cubren esas alturas, dificultan la marcha a cada paso y facilitan la guerra de sorpresas y de emboscadas.
Los catorce españoles penetraron resueltamente en la montaña. Los indios de aquellas localidades, que tenían noticia del desastre de Valdivia, los dejaban pasar tranquilamente, pero se preparaban para cortarles la retirada. Más adelante, encontraron un cuerpo de guerreros enemigos. «Cristianos, ¿a dónde vais?, les gritaban los indios. Ya hemos muerto a vuestro Gobernador.» Gómez de Almagro, sin dar crédito a aquella noticia, desbarató a esos salvajes y continuó su marcha sin vacilación. Pero toda duda desapareció en breve. Los castellanos encontraron a poco andar otro cuerpo de indios que se retiraba de Tucapel cantando victoria y ostentando como trofeos las armas y las ropas recogidas en el campo de batalla. Fue necesario entrar en pelea; pero los indios, alentados por su triunfo, y reforzados a cada momento con nuevos auxiliares, se batían con una resolución que no daba a sus adversarios la menor esperanza de triunfo. Gómez de Almagro y sus compañeros se vieron forzados a retroceder, y tomando el mismo camino que habían llevado, no pensaron más que en regresar a Purén.
Aquella retirada fue una serie no interrumpida de combates dignos de las más heroicas páginas de la epopeya. Acosados por todas partes por numerosos grupos de salvajes que salían de los bosques y que los atacaban con el empuje que infunde la confianza en una victoria inevitable, Gómez de Almagro y sus trece compañeros desplegaron en ese trance un valor casi sobrehumano. Sus caballos estaban cansados, y no podían evolucionar convenientemente en la espesura del bosque y en las escabrosidades del suelo. Por todos lados se veían las negras columnas de humo con que los indios llamaban a sus aliados a cerrar el paso a los castellanos. En cada recodo del camino aparecían, en efecto, nuevos grupos de guerreros dispuestos a cortarles la retirada. Sin embargo, los españoles en vez de desfallecer, redoblaban su esfuerzo y se abrían paso con el filo de sus espadas. Sus armaduras de acero no los ponían a cubierto de los golpes de los indios. Lejos de eso, casi todos ellos estaban cubiertos de heridas, pero no se desanimaban un solo instante. Cuéntase de un soldado andaluz llamado Juan Morán de la Cerda que, gravemente herido de un flechazo o de una lanzada, se arrancó con su propia mano el ojo que pendía sobre su rostro, para seguir peleando más libremente.
Pero aquellos combates que se renovaban a cada paso, no podían prolongarse más largo tiempo. Uno tras otro habían ido cayendo siete españoles bajo los rudos e incesantes golpes de sus enemigos; y los siete restantes, extenuados de fatiga, acosados por el hambre y abrumados por el calor de uno de los más fuertes días de verano, apenas tenían fuerzas para combatir. El mismo Gómez de Almagro había perdido su caballo, pero se defendía en pie cuando sobrevino la noche. Una lluvia torrencial, acompañada de truenos y relámpagos, una de esas violentas tempestades de verano que en aquellos lugares suelen seguir a los días —11→ más ardientes del estío, vino al fin a separar a los combatientes. Los indios, dando por derrotados a sus contrarios, se retiraron a abrigarse en sus chozas. Los seis españoles que conservaban sus caballos, continuaron en completa dispersión su marcha a Purén adonde, sin embargo, no pudieron llegar sino en la mañana siguiente. El valeroso Gómez de Almagro, que no había podido seguirlos, se ocultó en los bosques, resuelto a procurarse su salvación o a vender cara su vida2.

2. Despoblación del fuerte de Purén
y de la ciudad de los Confines; Francisco de Villagrán es llamado del
sur
Ya se había esparcido en todos los campos vecinos la noticia del descalabro de los conquistadores, y la insurrección de los indios era general. Los defensores de la plaza de Purén creyeron, sin embargo, en el primer momento, que podrían sostenerse contra los insurrectos que la amagaban y, en efecto, rechazaron un primer ataque mediante la ingeniosa estratagema de un soldado llamado Diego García. Formó éste una especie de parapeto movible con dos cueros de lobos marinos, en los cuales se habían hecho algunos agujeros para pasar la boca de los arcabuces. Esta sencilla máquina de guerra, detrás de la cual se colocaban algunos arcabuceros para hacer fuego sobre los indios sin exponerse a las flechas de éstos, produjo el efecto que se buscaba. Los bárbaros, sin comprender lo que era aquel aparato, se retiraron confundidos. Pero este pequeño triunfo no bastaba para desarmar a los indios de aquella comarca. Los defensores de Purén, creyendo que no podían resistir largo tiempo a la insurrección, acordaron abandonar el fuerte y replegarse a la Imperial, donde existía acantonado un buen destacamento de tropas españolas.
La alarma se había comunicado a la naciente ciudad de los Confines, o de Angol. Situada ésta en el valle central, sobre las márgenes de uno de los afluentes del Biobío, como ya dijimos, y a poca distancia del fuerte de Purén, iba a quedar expuesta a un ataque inevitable de los indios, y seguramente habría sucumbido de una manera desastrosa. Sus escasos pobladores, convencidos de su impotencia para defenderla, y creyendo que en medio del general trastorno no podrían ser socorridos, resolvieron abandonarla. Algunos de ellos se retiraron a Concepción; otros emprendieron el viaje al sur, y juntándose a los fugitivos de Purén, llegaron a la Imperial. La estación de pleno verano en que tenían lugar esos sucesos, facilitaba estos movimientos.
Pero, aun contando con esas ventajas, aquellas pequeñas partidas de fugitivos habrían estado expuestas a los asaltos de los indios sin un socorro oportuno. Pedro de Villagrán, el gobernador de la Imperial, a la primera noticia de aquellos descalabros, comunicada por los soldados que se retiraban de Purén, hizo salir de esta ciudad un pequeño destacamento de jinetes españoles bajo las órdenes de don Pedro de Avendaño y Velasco, capitán emprendedor —12→ y resuelto. Este destacamento avanzó hasta el fuerte de Purén; y si bien su jefe se convenció de la imposibilidad de sostener esta plaza, tomó oportunas medidas para reunir a los dispersos. A los soldados de Avendaño se debió la salvación del denodado Gómez de Almagro, que después de la jornada de la cuesta de Purén, vagaba por los bosques vecinos en medio de los mayores peligros. Recogido por un soldado que lo hizo subir a la grupa de su caballo, el heroico capitán llegó felizmente a la Imperial a juntarse con los suyos.
Los fugitivos de Purén comunicaron en la Imperial las pocas noticias que ellos tenían acerca del desastre de Tucapel. Según ellos, no cabía duda de que los españoles habían sufrido una gran derrota; pero ignoraban cuál era el número de los muertos, y qué suerte había corrido el Gobernador, si bien era de temerse que éste hubiese sucumbido en la batalla. Pedro de Villagrán creyó que aquélla había sido una verdadera catástrofe, pero no se desanimó un momento.
Resuelto a mantenerse en la Imperial, donde las condiciones topográficas se prestaban para la resistencia, tomó las medidas militares convenientes, mantuvo a sus soldados constantemente sobre las armas, e hizo salir algunas partidas a recorrer los campos vecinos para atemorizar a los indios. Hizo más todavía. En esos momentos, el mariscal Francisco de Villagrán se hallaba en el sur, mucho más allá de Valdivia, con un destacamento de unos sesenta o setenta españoles, ocupado, como dijimos, en buscar sitio para la fundación de una nueva ciudad. El gobernador de la Imperial despachó inmediatamente un emisario a dar cuenta a Francisco de Villagrán de las graves ocurrencias que acababan de tener lugar, y a pedirle que sin dilación diese la vuelta con su gente. Ese emisario, llamado Gaspar de Viera, sin amedrentarse por los peligros que podía correr en medio de la sublevación de los indígenas, que se hacía general, puso la mayor diligencia en el cumplimiento de este encargo3.

3. Despoblación del fuerte de Arauco;
llega a Concepción la noticia del desastre de Tucapel, y el Cabildo
aclama Gobernador a Francisco de Villagrán
Mientras ocurrían estos sucesos en los pueblos y campos situados al sur del teatro del desastre de los españoles, se verificaban otros no menos graves y trascendentales en la región del norte. El fuerte de Arauco, de donde partió Valdivia dos días antes de su derrota, había quedado defendido por trece castellanos. Mandábalos el capitán Diego de Maldonado, apenas repuesto de las heridas que recibió en los primeros días del levantamiento. Un indio de servicio, llamado Andrés, uno de los pocos yanaconas que se salvaron en Tucapel, llevó allí la noticia de la funesta batalla y de la captura y segura muerte del Gobernador. Los indios de las inmediaciones de Arauco, completamente extraños al levantamiento, se mantenían hasta entonces en perfecta paz y vivían consagrados a los trabajos que se les habían impuesto. Maldonado, sin embargo, sea porque desconfiase de la lealtad de esos indios, o porque —13→ temiese verse asaltado por los rebeldes del interior, determinó evacuar apresuradamente la plaza de Arauco y replegarse a Concepción. Los indios comarcanos marcharon detrás de los españoles, transportándoles fielmente sus equipajes4. Nada pinta mejor que este hecho la falta de cohesión de aquellas tribus y lo circunscrito que fue en su principio el levantamiento de los indígenas. Sin embargo, después que se retiraron las guarniciones españolas de aquellos lugares, los indios de las cercanías de Arauco se plegaron a la insurrección.
Los compañeros de Maldonado comunicaron la noticia del desastre de Tucapel en la región del norte del Biobío. Parece que con ellos marchaban el indio Andrés y los pocos yanaconas testigos de la batalla que habían salvado de la matanza. La consternación de los españoles de Concepción fue indescriptible. Los que estaban acantonados en los lavaderos de oro de Quilacoya, abandonaron apresuradamente esas labores y se replegaron a la ciudad. El Cabildo se reunió apresuradamente, y acordó comunicar a Santiago la noticia del desastre, reclamando al mismo tiempo que, como cabeza de la gobernación y como su ciudad más poblada, enviase auxilios inmediatos para atender a la defensa de las poblaciones del sur.
Hemos contado que a fines de 1549, estando para partir a la conquista de la región del sur, Valdivia había hecho su testamento en pliego cerrado, y lo había puesto solemnemente en manos del cabildo de Santiago para que fuese guardado en el arca de tres llaves de los tesoreros del Rey. En virtud de la autorización que para ello le había conferido La Gasca, el Gobernador había designado allá a la persona que habría de sucederle en el mando después de su muerte. En Concepción entregó también al Cabildo una copia cerrada de ese testamento, o quizá sólo una provisión en que expresaba su voluntad acerca de la persona que debía sucederle en el gobierno. El 6 de enero de 1554, el Cabildo procedió a abrir ese instrumento. Hallose allí que Valdivia nombraba en primer lugar a Jerónimo de Alderete, en segundo a Francisco de Aguirre y en tercero a Francisco de Villagrán5.
—14→En esos momentos, como sabemos, Alderete se hallaba en España, y Aguirre estaba ocupado en la lejana conquista de Tucumán. Los capitulares de Concepción, creyendo interpretar fielmente la última voluntad de Valdivia, aclamaron gobernador de Chile al mariscal Francisco de Villagrán que en pocos días podía llegar de los lugares en donde se encontraba. En el bando que entonces se publicó en Concepción, se hacía el elogio de los méritos y servicios de Villagrán, en cuya entereza se cifraban todas las esperanzas de remediar la angustiosa situación que se abría para la colonia.

4. El cabildo de Santiago nombra gobernador
interino a Rodrigo de Quiroga; diversas providencias para la defensa del
país
En la mañana del 11 de enero de 1554 llegaba a Santiago la noticia de la derrota y muerte de Valdivia. La comunicaba oficialmente el cabildo de Concepción; pero junto con su nota había llegado también una carta de Juan Martín de Alba, mayordomo del finado Gobernador, que confirmaba la noticia. En medio de la perturbación que este desastre debía producir, el Cabildo se reunió apresuradamente para deliberar acerca de lo que convenía hacer.
El deber del Cabildo estaba indicado por la ley, y por un solemne compromiso contraído bajo el juramento más formal6. Le bastaba abrir el testamento de Valdivia y hacerlo cumplir lealmente. Pero como si no existiera este documento, el procurador de ciudad, Santiago de Azoca, presentó una petición para que se recibiese como capitán general y justicia mayor de la gobernación hasta que el Rey proveyese otra cosa a Rodrigo de Quiroga, que estaba desempeñando el cargo de teniente gobernador. Uno tras otro, el alcalde y los regidores presentes fueron ratificando esta designación por cuanto «el dicho Rodrigo de Quiroga es caballero hijodalgo, y persona valerosa y conquistador de esta tierra de los primeros que a ella vinieron, y en quien concurren todas las calidades que para este dicho cargo se requieren». Llamado Quiroga a la sala de sesiones, declaró que para evitar «los escándalos y alborotos que se suelen ofrecer en semejantes tiempos en estas partes de las Indias», y deseando servir al Rey manteniendo en paz este país, aceptaba el cargo que se le ofrecía, con la declaración formal de que si no fuese cierta la muerte de Valdivia, él dejaría el mando conservando sólo el título de teniente gobernador de que estaba en posesión. Después de un corto debate, fue obligado a rendir fianza de buen gobierno por la suma de diez mil pesos de oro. Extendida la escritura del caso, Quiroga, poniendo la mano derecha sobre una cruz, prestó el juramento solemne de desempeñar fiel y lealmente el cargo que se le confiaba. El Cabildo dio por terminada aquella sesión antes del mediodía7.
El nuevo nombramiento fue pregonado solemnemente en la plaza de Santiago. En el bando que recitaba el pregonero, el Cabildo, buscando la sanción popular para el acto que —15→ acababa de ejecutar, había puesto estas palabras: «Si hubiere alguna persona que sepa o entienda alguna causa que sea legítima para que no se le deba encargar lo dicho al dicho Rodrigo de Quiroga, o que haya al presente otra persona en esta gobernación que con más justa causa lo pueda ser y sea, lo venga a decir o a manifestar luego o en todo el día a este dicho Cabildo y ante el escribano de él, para que en todo se provea lo que más convenga al servicio de Dios y de Su Majestad y bien y paz y quietud de esta gobernación». Nadie se presentó al Cabildo a protestar contra el nombramiento hecho en favor de Rodrigo de Quiroga. Más aún, el secretario de la corporación certificó que en la ciudad había oído aplaudirlo generalmente. Sin embargo, sólo veinticuatro vecinos, y uno de ellos era el mismo procurador de ciudad, pusieron su firma en el acta de la aprobación de aquel nombramiento. Quizá no debe verse en este hecho una señal de desacuerdo con lo decretado por el Cabildo. Probablemente, fuera de ellos y de los capitulares que habían hecho la elección de Quiroga, había muy pocos vecinos de Santiago que supiesen firmar.
A pesar de estas muestras de aprobación, el Cabildo parecía temer la perturbación a que podía dar lugar este nombramiento. En la tarde de ese mismo día volvió a reunirse para dejar sancionado todo lo hecho. Allí resolvió, además, mandar por bando «que ninguna persona, de cualquiera condición que sea, residente al presente en esta ciudad, sea osado de escribir a parte ninguna fuera de esta dicha ciudad sin primero mostrar las cartas a este Cabildo para excusar alborotos y revueltas que se podrían recrecer, so pena de cortada la mano derecha y mil pesos de oro para la cámara de Su Majestad»8. Con estas terribles conminaciones pretendían los capitulares ahogar en su origen todo germen de desorden, evitando que fuera de Santiago se conociese la elección de Quiroga antes de que su poder estuviese consolidado.
El Cabildo volvió a reunirse el día siguiente 12 de enero bajo la presencia de Rodrigo de Quiroga. El alcalde Juan Fernández de Alderete, que era a la vez tesorero real, presentó en esta ocasión el testamento cerrado de Valdivia. Después de cerciorarse de su autenticidad, el Cabildo procedió a abrirlo y a leerlo. Al ver que en este documento se disponía una cosa tan diversa de lo que se había resuelto, los capitulares resolvieron que se le archivase en el libro registro de los acuerdos de la corporación, y que no se revelase nada acerca de su contenido. Comprometiéronse, al efecto, con un juramento especial a guardar el más riguroso secreto9. Entonces no se sabía en Santiago que el finado Gobernador había dejado una copia de este testamento al cabildo de Concepción. No es extraño que los capitulares esperasen cimentar el gobierno de Quiroga mediante un procedimiento que era el secreto de unos pocos.
Pero en la ciudad se comenzaba a traslucir la verdad. Hablábase de que el finado Gobernador había anunciado que Francisco de Aguirre sería su sucesor y, aun, se contaba que entre ambos habían existido ciertos tratos sobre el particular. Aunque Aguirre, como hemos dicho, se encontraba en Tucumán, un hijo suyo llamado Hernando, que tenía el título de capitán, residía en Santiago, y era considerado joven impetuoso y turbulento. El Cabildo —16→ resolvió alejarlo de la ciudad, y para ello le confió el encargo de marchar al norte con una importante comunicación. Era ésta una carta dirigida al cabildo de La Serena en que se le avisaba la derrota y muerte de Valdivia, y la elección que la ciudad de Santiago acababa de hacer en Rodrigo de Quiroga para el mando superior de la colonia. «Por excusar revueltas, decía esa carta, nos ha parecido que vuestras mercedes en su cabildo le deben elegir y nombrar por tal justicia mayor y capitán general de esta gobernación para que la tenga y gobierne en nombre de Su Majestad, hasta que Su Majestad mande otra cosa o parezca haberla mandado; que debajo de esto (es decir, en este concepto) se entiende lo que el Gobernador, que haya gloria, capituló con el general Francisco de Aguirre para después de sus días; que visto aquello, nuestra intención no es otra sino que todos estemos en paz y quietud, y en servicio de Su Majestad. Y si vuestras mercedes no acordaren de hacer lo que acá se ha hecho en nombrar a Rodrigo de Quiroga de la manera que decimos, procuren sustentar esa ciudad en paz y en justicia en servicio de Su Majestad que es lo que todos deseamos»10. El cabildo de Santiago, al entregar esta comunicación al capitán Hernando de Aguirre, lo conminó con la multa de diez mil pesos de oro para el caso que no la llevase a su destino.
En medio de los cuidados que le imponía el nombramiento de gobernador interino, el cabildo de Santiago tuvo que atender a otras necesidades del servicio público. Llegó a temerse que los indios ya sometidos de esta región, tratasen de sublevarse, aprovechándose de la perturbación producida por el desastre de Tucapel. Fue necesario redoblar, especialmente en los lavaderos de oro, la vigilancia ejercida por los conquistadores. El capitán Juan Jufré, muy conocedor de todo el territorio vecino a Santiago, y al mismo tiempo muy experimentado en esta clase de expediciones en que más que todo se quería aterrorizar a los pobres indios, salió de la ciudad con una partida de tropa, a reprimir cualquier amago de revuelta. La persecución debió ser terrible, y horrorosa, como de costumbre, la represión de un levantamiento tal vez imaginario. El Cabildo, sin hacer cuenta del número de víctimas ni de la manera como se les sacrificó, dice simplemente estas palabras: «Los naturales mostraron quererse alzar, y así lo empezaban a poner por obra, y lo hicieran ciertamente si no se pusiera tanta diligencia y cuidado como se puso, en castigar, como se castigaron, algunos caciques e indios que se hallaron más culpados»11.
El Cabildo se preocupaba con igual empeño de otros asuntos que parecían de no menor urgencia. Había gran ansiedad por saber lo cierto sobre las ocurrencias del sur, acerca de las cuales sólo habían llegado noticias sumarias e incompletas que podían resultar falsas en todo o en parte. Urgía transmitir al Perú la noticia de estos graves sucesos para que la Audiencia que allí mandaba por muerte del Virrey, resolviese lo más conveniente acerca del gobierno de Chile. Al paso que el cabildo de Santiago pedía con instancia al de Concepción más amplios informes sobre los sucesos de la guerra, reclamaba empeñosamente que se despachase a Valparaíso un buque en que enviar al Perú la noticia de los desastres de Chile. —17→ Era tanto más premioso el adoptar esta medida, cuanto que el 19 de enero se supo en Santiago que el cabildo de Concepción había abierto el testamento de Valdivia, y que era conocida por todos la designación de las personas que debían sucederle en el mando. Se quería evitar dificultades y competencias sometiendo la resolución de este asunto al fallo de aquella Audiencia12.
En esos primeros días de afanes y de alarmas, el gobernador interino Rodrigo de Quiroga había determinado marchar a Concepción a la cabeza de un cuerpo de auxiliares para tomar la dirección de la guerra contra los indígenas. Sea que se quisiera retenerlo a la cabeza de la administración para que desde Santiago diera el impulso a la defensa del territorio, o que se temiese que su presencia en las ciudades del sur pudiera ser la causa de dificultades y de trastornos, el procurador de ciudad, en representación del vecindario, solicitó y obtuvo del Cabildo que se opusiese eficazmente a la partida del gobernador interino13. En lugar suyo, salieron de Santiago el 20 de enero los capitanes Francisco de Riberos, regidor de la ciudad, y Gaspar Orense, con encargo especial de pedir el buque que quería enviarse al Perú, y de mantener al Cabildo al corriente de todas las ocurrencias de la guerra. El socorro de tropas que llevaban a Concepción, era muy poco numeroso, no sólo porque en Santiago había poca gente de que disponer sino porque había faltado el tiempo para equipar muchos soldados. En cambio, conducían un buen número de caballos que en aquella guerra contra los bárbaros eran de la mayor importancia14.

5. Villagrán, proclamado Gobernador en
Valdivia y en la Imperial, llega a Concepción, se recibe del mando y se
dispone a partir contra los indios rebeldes
Mientras tenían lugar estas ocurrencias en Santiago, las ciudades del sur se ponían sobre las armas con la mayor actividad. Gaspar de Viera, el emisario enviado de la Imperial en los primeros días de enero, llegó sin tropiezo hasta las márgenes del Ralhue, uno de los afluentes del río Bueno, donde encontró al mariscal Francisco de Villagrán, ocupado en disponer la fundación de una nueva ciudad. Después de leer las cartas de que Viera era portador, el Mariscal reunió sus tropas, y les dio cuenta de los graves sucesos ocurridos en el norte, y del llamamiento que se le hacía para ir a defender la ciudad de la Imperial. Aunque hasta ese momento no se tenía más que un vago presentimiento de la muerte de Valdivia, todos sus soldados se manifestaron determinados a dar la vuelta para acudir a la defensa de las provincias conquistadas.
Al llegar a Valdivia tuvieron noticias más completas del desastre. El vecindario recibió al Mariscal con gran alborozo, creyendo ver en él al salvador de la colonia. Movido por uno de los alcaldes, el Cabildo proclamó a Villagrán justicia mayor y capitán general de la gobernación, para que mientras el Rey no proveyera otra cosa, tuviese a su cargo la dirección —18→ de la guerra. Autorizado por este nombramiento, Villagrán mandó despoblar la pequeña ciudad de Villarrica, que por su situación aislada al pie de la cordillera estaba expuesta a ser presa de los indios sublevados. Los pocos soldados que la guarnecían, se replegaron apresuradamente a Valdivia.
Estos trabajos retardaban la marcha del Mariscal, pero le permitían reconcentrar sus fuerzas. A mediados de enero tuvo ya reunidos en Valdivia ciento cuarenta soldados. Apartó sesenta de ellos para que quedasen de guarnición en la ciudad, y bajo el mando de los alcaldes, y a la cabeza de los ochenta restantes, continuó su marcha a la Imperial.
Los indios pobladores de los campos que Villagrán tenía que atravesar, habían abandonado las faenas a que los habían sometido los conquistadores, pronunciándose en abierta rebelión. Sin embargo, los caminos estaban francos y expeditos, y su columna pudo llegar a la Imperial sin el menor contratiempo. Aquí fue recibido con gran regocijo, y aclamado como en Valdivia, justicia mayor y capitán general de la gobernación. Sin embargo, no se detuvo mucho en esta ciudad. Allí no se tenía noticia alguna de lo que ocurría en Concepción, porque después de la derrota de Tucapel, ningún español se había atrevido a aventurarse por aquellos caminos, pero se presumía que en esa ciudad se habrían reconcentrado poderosos elementos militares para continuar la guerra. El deseo de reunir esos recursos para dar un golpe tremendo y decisivo a los indios sublevados antes de que llegase el invierno, así como la ambición de hacerse reconocer por gobernador interino, estimulaban al Mariscal a marchar con rapidez. En la Imperial tomó algunos soldados más, y dejando los restantes bajo las órdenes de Pedro de Villagrán, con instrucciones para la defensa de la ciudad, partió rápidamente para Concepción. En todo este camino no halló tampoco enemigos que le disputasen el paso. Los indios de la costa se habían plegado a la insurrección, pero se retiraban al interior o se ocultaban hábilmente al acercarse los españoles15.
Villagrán llegaba a Concepción por los últimos días de enero de 1554, cuando la ciudad comenzaba apenas a reponerse de la perturbación producida por los desastres. Habíanse reunido allí de antemano cerca de ciento cuarenta soldados, buenas caballadas y abundante armamento, de tal manera que, contando con el refuerzo que traía Villagrán, se creía posible reprimir antes de mucho tiempo la rebelión de los indios. El Mariscal, en virtud del acuerdo anterior del Cabildo, tomó el mando con el carácter de Capitán General, en que pensaba ser reconocido sin dificultad en todo el territorio. En esta convicción, despachó a Santiago dos emisarios de su confianza. Eran éstos el capitán Diego de Maldonado, el último jefe del fuerte de Arauco, y el capitán Juan Gómez de Almagro, el héroe de la cuesta de Purén, que se le había reunido a su paso por la Imperial. Nadie mejor que ellos podía informar al cabildo de Santiago acerca de los últimos sucesos de la guerra. Debían, además, entregarle las comunicaciones de los cabildos de la Imperial y de Concepción, y exigir que Villagrán fuese reconocido por Capitán General de toda la gobernación. Pocos días después hizo salir para Valparaíso uno de los buques que estaban en el puerto, para que llevase al Perú las comunicaciones en que se debía dar aviso de las últimas ocurrencias. En ese buque se embarcó Gaspar Orense, que, según dijimos, había ido a Concepción como representante del cabildo de Santiago.
—19→En Concepción, entre tanto, se continuaban a gran prisa los aprestos militares para salir a castigar a los indios. En esos días llegaron al puerto los dos buques que Valdivia había enviado al reconocimiento del estrecho de Magallanes bajo las órdenes del capitán Francisco de Ulloa16. Temiendo Villagrán que los habitantes de Concepción, que habían abandonado sus sembrados, pudiesen hallarse escasos de víveres, mandó que Ulloa fuese a Valdivia a buscar provisiones. El Mariscal dio el mando de la ciudad a su tío Gaspar de Villagrán, y puso bajo sus órdenes cincuenta soldados que consideraba suficientes para la defensa de la plaza. Las tropas restantes, en número de ciento ochenta hombres, los mejor armados y equipados de todo el ejército, formaron la división que iba abrir la nueva campaña.
Valiente e impetuoso como pocos, deseando, además, asentar su crédito y su prestigio de Gobernador, Francisco de Villagrán se reservó para sí la dirección superior de la guerra con el rango de General en jefe. Dio el cargo de maestre de campo, o jefe de estado mayor, a Alonso de Reinoso, soldado envejecido en las guerras de Indias, que después de haber combatido doce años en América Central, y dos en el Perú, vino a Chile en el refuerzo que trajo el mismo Villagrán en 1551. La división expedicionaria contaba, además, otros militares de gran valor y experiencia, y un equipo en armas y vestuario mejor que el de todas las tropas que hasta entonces habían guerreado en Chile. Villagrán había hallado en los almacenes del ejército, en Concepción, seis cañones que poco antes había recibido Valdivia del Perú.
Era aquélla la primera vez que iba a funcionar la artillería en las guerras de Chile. Esa arma había pasado por importantes modificaciones bajo el reinado de Carlos V, merced al empeño que este soberano batallador puso en perfeccionar el armamento de sus ejércitos. En lugar de los largos tubos de fierro, de dificilísimo manejo y de poca eficacia de principios del siglo XVI, los españoles tenían en esta época cañones de bronce, bien fundidos, de calibre rigurosamente sistemado, de una longitud apropiada al calibre de la pieza para obtener su mayor alcance, y montados en aparatos de fácil manejo. Esa artillería no tenía un peso inútil, pero no poseía aún ni la rapidez ni la precisión del tiro a que sólo alcanzó más tarde. Los cañones de Villagrán que, sin duda, eran simples culebrinas o a lo más cañones de a seis17 para ser manejados en un país montañoso y sin caminos, iban a hacer su estreno en una jornada memorable.
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La división de Villagrán salió de Concepción el 20 de febrero18. Cruzó el Biobío en las embarcaciones de los indios, que al norte de ese río se mostraban pacíficos y tranquilos hasta el punto de ir un numeroso cuerpo de ellos como auxiliares de los españoles. Los expedicionarios seguían su marcha por la angosta banda de tierras bajas, que se extiende de norte a sur entre la cordillera de la Costa y las orillas del mar. El segundo día de marcha, llegaron al estrecho, pero fértil valle de Andalicán, que seguramente es el que nosotros llamamos Colcura19. Esos campos, poblados hasta poco antes por indios extraños al levantamiento de los indígenas, estaban ahora desiertos. Los habitantes de esa región habían abandonado sus casas y sus sembrados de maíz en la estación misma de las cosechas, lo que demostraba claramente sus intenciones hostiles. El maestre de campo Reinoso, duro e implacable en el modo de hacer la guerra a los indios, mandó destruir esos sembrados. El tercer día de marcha, después de atravesar el estero de Colcura, se encontraron los expedicionarios delante de las empinadas serranías de Marigueñu y Laraquete.
Forman estas serranías un espeso contrafuerte de la cordillera de la Costa, que se avanza hasta el mar, donde está cortado casi a escarpe, y que interrumpe la zona de tierras bajas vecinas a la playa. El pequeño río de Chivilingo, desprendiéndose del cordón central de la cordillera para ir a arrojarse al océano, corta en dos montañas aquel contrafuerte, formando en medio de ellas un angosto valle, que se ensancha un poco al llegar al mar. Esas serranías, cubiertas de tupidos bosques y de matorrales, ofrecían por el lado del norte un acceso difícil, pero posible. Reinoso, como hombre experimentado en la guerra contra los bárbaros, creía que la ausencia de los indios era un signo evidente de que preparaban una sorpresa, y habría querido hacer un prolijo reconocimiento. Villagrán, más impetuoso que prudente, se mostraba ajeno a toda idea de peligro en aquellos lugares, y sin vacilar dio la orden de continuar la marcha por la montaña. Los españoles sólo hallaron en todo su tránsito por las serranías de Marigueñu la misma soledad y el mismo silencio. En la tarde, después de trasmontar la primera porción de la montaña, llegaban a acampar en el valle de Chivilingo, cuyos sembrados fueron destruidos por orden de Reinoso. Allí pasaron la noche en la mayor —21→ quietud; sus centinelas no vieron un solo enemigo ni sintieron el menor ruido que anunciase su presencia en todas las inmediaciones.
Los indios, sin embargo, estaban sobre las armas y habían reunido en aquellos alrededores un cuerpo considerable de guerreros que puede estimarse sin exageración en unos cinco o seis mil hombres. Mandábalos seguramente el mismo Lautaro, el vencedor de Tucapel20.
Sus espías, tan vigilantes como astutos, mantenían a no caber duda relaciones con los indios auxiliares o yanaconas de Concepción, y desde días atrás comunicaban al caudillo araucano la noticia de los aprestos y movimientos de los españoles. Lautaro, conociendo el camino que éstos debían seguir necesariamente, había reconcentrado sus fuerzas en aquellas cercanías, y elegido el sitio en que esperaba sorprenderlos y encerrarlos. En la misma noche en que los castellanos dormían tranquilamente a las orillas del río Chivilingo, una parte del ejército araucano ocupaba las alturas por donde aquéllos acababan de pasar. Los indios, trabajando con tanta actividad como cautela, cortaban árboles y formaban palizadas para dificultar los caminos y cerrar toda retirada. El grueso de las tropas de Lautaro se colocó en emboscada en las serranías que se alzan al sur de ese río, para salir al encuentro de los castellanos.
Al amanecer del día siguiente21, el ejército de Villagrán estaba en pie y emprendía su marcha hacia el sur escalando tranquilamente la segunda montaña22 por senderos mucho menos ásperos que los que había recorrido el día anterior. En el primer momento no se divisaba un solo enemigo por ninguna parte; pero cuando los españoles hubieron llegado a una especie de planicie que había a cierta altura, los ladridos de un perro pusieron en alarma a los castellanos. En el acto, una gritería atronadora y amenazante les reveló la presencia del enemigo que aparecía en espesos pelotones por todas partes. El valiente Reinoso que marchaba a la vanguardia, hizo avanzar sus cañones servidos por veinte artilleros, los colocó ventajosamente, y mandó romper el fuego. Las balas hacían gran estrago entre los indios, pero éstos no retrocedían. Una carga de los jinetes fue más eficaz todavía. El empuje de los caballos desorganizó los primeros cuerpos de bárbaros obligándolos a buscar su salvación en las laderas, donde no podían ser perseguidos; pero nuevos cuerpos entraban a reemplazarlos.
Reinoso sostuvo el ataque sin ventaja del enemigo, mientras Villagrán llegaba a la altura con el grueso de sus fuerzas. Se habría creído que este auxilio iba a decidir la victoria en favor de los españoles; pero los indios, más numerosos a cada momento, renovaban la pelea, envolvían a los jinetes por todos lados y no retrocedían un solo paso. Traían un arma terrible que no les conocían los españoles. Eran éstas unos lazos corredizos, hechos de tallos de enredaderas, atados a largas varas. Dirigidos a la cabeza de los españoles y recogidos enseguida por los indios más esforzados y vigorosos, esos lazos hacían estragos horribles. Los jinetes eran arrancados de sus caballos, y una vez en el suelo, muertos irremediablemente. —22→ El mismo Villagrán, en medio del fragor de la pelea, fue derribado de esa manera, y habría perecido a manos de los indios a no ser socorrido por algunos de los suyos. El combate se hacía cada instante más rudo y peligroso para los españoles, pero éstos no perdieron el ánimo sino cuando vieron que otro ejército enemigo daba vuelta a cierta distancia en el valle para cerrarles el camino por la espalda. Un antiguo cronista refiere que ésta fue una hábil estratagema de los indios, y que el pretendido ejército era sólo una columna de mujeres y de niños, armados de grandes lanzas que a lo lejos presentaba un aspecto imponente. Sea de ello lo que se quiera, su sola vista hizo temer a los castellanos el encontrarse cortados por todas partes. Villagrán mismo, calculando el peligro de su situación, llamó a consejo a sus capitanes.
Hubo un momento de suspensión del combate. Los indios tuvieron un rato de descanso y comieron algunos alimentos; pero pronto estuvieron nuevamente de pie y cargaron con mayores bríos sobre los españoles. Su empuje parecía irresistible. Un espeso pelotón de bárbaros se precipitó sobre los cañones, trabó allí una lucha tremenda, mató a algunos de los artilleros y puso en fuga a los otros, arrastrando consigo las piezas como trofeos de victoria. Los castellanos, aunque rendidos de cansancio, habrían podido sostenerse más largo tiempo en el campo y tal vez inclinar en su favor la suerte de las armas. Pero los ánimos comenzaban a flaquear. El temor de ver cerrado el único camino por donde podían retirarse, los indujo a bajar de nuevo al valle de Chivilingo. Pero este movimiento originó, en breve, una alarmante confusión, precursora de un desastre. Los españoles se atropellaban unos a otros. Los indios, por el contrario, más envalentonados que nunca al ver a sus enemigos que comenzaban a retroceder, emprendieron resueltamente la más tenaz persecución23.
La retirada de los castellanos se convirtió momento después en una desordenada fuga. Llegados al valle en completa dispersión y perseguidos por todas partes, creyeron, sin duda, imposible reorganizarse de nuevo, y comenzaron a trepar por los estrechos y ásperos senderos que conducían a las alturas de las serranías del norte. Allí los esperaba una segunda batalla más terrible y más desastrosa que la primera. Extenuados de fatiga, y desalentados por la derrota, encontraron en las alturas de Marigueñu enemigos de refresco, que los esperaban resueltos a cortarles la retirada. Los indios habían amontonado palizadas de troncos de árboles para cerrar el paso a sus contrarios; y cuando éstos lograban abrirse camino, se encontraban asaltados por todas partes por aquellos feroces e implacables guerreros. La dispersión era general; nadie oía la voz de mando, ni nadie pensaba en otra cosa que en buscar su salvación sin cuidarse de la suerte de sus compañeros. En las cimas de los cerros, los castellanos hallaron dos senderos. Uno de ellos conducía a las tierras bajas del norte, y era el que habían seguido el día anterior para subir la cuesta. El otro llevaba al promontorio que se avanza hacia el océano. En el corte escarpadísimo de esos cerros había una estrecha vereda en que los caballos no podían sostenerse, y que servía a los indios para bajar a pie —23→ hasta la orilla del mar. Los fugitivos que tomaron este camino, perseguidos sin cesar por los indios, se despeñaban lastimosamente con sus caballos e iban a perecer entre las ásperas rocas que baten las olas del océano. Los más afortunados que seguían el primer camino, estaban obligados a pelear a cada paso; unos sucumbían en la lucha y otros alcanzaban a llegar a la llanura.
Pero la persecución no terminó allí. Los caballos de los españoles, cansados con cinco horas de pelea y con la penosa marcha por la montaña, casi no podían galopar, de manera que los ágiles indios, siguiéndolos a pie, iban lanceando a los dispersos con la más porfiada pertinacia. Villagrán, que apenas había podido reunir a su lado unos veinte hombres, dio la orden de dar cara a los perseguidores; pero nadie le obedeció. Se refiere como un rasgo de heroísmo el hecho de que un soldado portugués que, en medio del general desaliento, cargó contra un grupo de indios, mató dos de ellos y desanimó a los otros. Más adelante, en el paso de un estero, hallaron los castellanos un puñado de indios que pretendían cerrarles el camino. Mataron éstos a un capitán llamado Maldonado sin que ninguno de sus compañeros se atreviese a acudir a su defensa24. En ese estado de completa desorganización, y de absoluto abatimiento, dispersos, heridos y estropeados, fueron llegando por pequeñas partidas a las orillas del Biobío a entradas de la noche. Cuando pudieron contarse, notaron que faltaban noventa y seis, más de la mitad de la arrogante columna que cuatro días antes había salido de Concepción resuelta a aplicar un castigo tremendo a los soberbios araucanos25.
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Los desalentados fugitivos habían creído hallarse en salvo al llegar a las orillas del Biobío. Allí, sin embargo, se vieron amenazados de un nuevo peligro. Los indios de servicio que tres días antes estaban al cuidado de la barca empleada en el paso del río, se habían plegado a la insurrección de sus compatriotas, y después de destruir esa embarcación, habían tomado la fuga. Por fortuna de los fugitivos, encontraron en las inmediaciones cuatro canoas de indios, embarcaciones pequeñas, formadas de un solo madero ahuecado; y en ellas comenzaron a pasar el río en cortas partidas. Los primeros que llegaron a la orilla opuesta, corrieron a dar aviso a la ciudad de Concepción, y de allí acudieron treinta jinetes a favorecer la retirada26. Construyéronse a toda prisa algunas balsas de carrizo; y después de un trabajo incesante de toda la noche, los castellanos se encontraron a la mañana siguiente en la otra banda del Biobío. Si en aquellas horas de angustia y de perturbación se hubiera presentado un cuerpo de indios enemigos, habría sido inevitable la destrucción completa de los fugitivos. Pero los vencedores, fatigados también con la pelea, sólo llegaron a las orillas del río cuando los españoles se hallaban en la banda opuesta.
La ciudad de Concepción presentaba desde la noche anterior un cuadro de dolor y de desesperación. Los primeros castellanos que allí llegaron, habían comunicado la noticia del espantoso desastre. Se sabía que más de la mitad del ejército de Villagrán había sucumbido en la batalla; y que los soldados que salvaron, muchos de ellos heridos y estropeados, corrían el peligro de perecer en el paso del río27. Se ignoraban los nombres de los muertos, y cada cual ansiaba saber si entre ellos habrían caído sus deudos o sus amigos. Agregábase a esto el terror causado por la idea de un inmediato peligro. Los bárbaros, enorgullecidos con su triunfo, podían caer sobre la ciudad; y Concepción no se hallaba en estado de oponerles una resistencia eficaz.
La consternación fue mayor todavía el día siguiente cuando entraron a la ciudad los quebrantados restos de las tropas. Muchos hablaban de abandonar Concepción, que muy pocas personas creían posible defender. Villagrán mismo, a pesar de su natural intrepidez, estaba perturbado y no acertaba a tomar resoluciones enérgicas, que por lo demás pocos habrían obedecido. Quería, al menos, salvar la grave responsabilidad que iba a caer sobre él por el abandono de la ciudad; y sin confianza en el resultado, dictaba con tibieza algunas medidas para su defensa. En esos momentos, se anunció que los indios enemigos estaban pasando el Biobío. La noticia era falsa, pero nadie se preocupó de averiguar la verdad. En el momento, los caminos que conducen a Santiago, comenzaron a llenarse de gente que huía al norte, abandonando sus casas y haberes en medio de la más espantosa confusión. El pánico cundía por todas partes; y para sobreponerse a él se habría necesitado un jefe de más prestigio y de más inteligencia que Villagrán.
—25→Pero en las vacilaciones de este jefe había, quizá, otro móvil menos honroso aún que el desaliento. Muchos de sus contemporáneos creyeron que en medio de aquella angustiosa situación, Villagrán no pensaba más que en llegar a Santiago a reclamar del Cabildo que se le reconociese por Capitán General de la gobernación. Se cuenta, al efecto, que en las medidas que tomó en esas circunstancias para impedir la despoblación de la ciudad, trataba sólo de salvar las apariencias28. Habiendo despachado a su tío Gaspar de Villagrán a contener la emigración, con la orden aparente de ahorcar a los que huían, y habiendo vuelto éste asegurando que no era posible ejecutarla por ser muchos los que se negaban a dar la vuelta a la ciudad, el General convocó apresuradamente el Cabildo para oír su consejo.
No fue necesario un largo debate para tomar una resolución definitiva. Villagrán expuso al Cabildo que las medidas tomadas para contener a la gente habían sido ineficaces, que nadie tenía confianza en la defensa de la ciudad, que los elementos militares de que podía disponer eran insuficientes, y que si no había modo de sostenerse allí, valía más retirarse en tiempo antes que fuese imposible hacerlo, o que se hiciese necesario ejecutarlo en medio de un desorden que debía ser desastroso. El Cabildo aprobó este parecer. En el momento comenzaron los aprestos para la despoblación de la ciudad.
Es indescriptible el tumulto que produjo esta determinación. Cuando todos trataban de cargar los pocos objetos que podían salvar, una señora española, doña Mencia de los Nidos, animada por un valor que rayaba en la exaltación, trató de resistir al abandono de la ciudad. En la plaza pública peroraba a sus compatriotas acusándolos de cobardes, e incitándolos a permanecer en la defensa. Hasta llegó a encararse al mismo Villagrán, llamándolo autor principal de aquella desgracia. Sus palabras no bastaron a inflamar los ánimos decaídos; y el abandono de la ciudad se continuó con toda precipitación29.
Había en el puerto dos únicas embarcaciones. En ellas fueron colocados los niños, las mujeres y los hombres que no podían emprender el viaje por tierra. El resto de la población, soldados, vecinos, y, aun, algunas mujeres que no cabían en aquellos barcos, emprendieron la marcha a pie o a caballo, llevando sobre sus hombros todo lo que podían cargar. Aquellos infelices abandonaban afligidos y llorosos, junto con sus hogares, todos sus bienes y todas sus comodidades, para tener, después de un terrible viaje de cerca de cien leguas, que mendigar la hospitalidad de los pobladores de Santiago30.
—26→Concepción quedó desierta. Pocos días más tarde era fácil presa de las huestes vencedoras en Marigueñu. Los indios de Lautaro, atraídos por la codicia del botín, se precipitaron sobre la ciudad, saquearon sus habitaciones, cargaron todos los objetos que podían serles útiles o que despertaban su curiosidad de salvajes, y luego pusieron fuego a los edificios. El incendio acabó aquella obra desoladora. Donde se levantaba Concepción no quedó más que un montón de ruinas ennegrecidas y carbonizadas como recuerdo del triunfo de los bárbaros sobre sus arrogantes enemigos.
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1. El cabildo de Santiago intenta dividir provisoriamente a Chile en dos gobernaciones separadas. 2. Misión de Gaspar Orense al Perú y a España para comunicar los desastres de la guerra de Chile. 3. Llega a Santiago Francisco de Villagrán con los fugitivos de Concepción; el cabildo de Santiago asume el mando de la ciudad y su distrito. 4. Vuelve de Tucumán el general Francisco de Aguirre y reclama para sí el gobierno de Chile. 5. El cabildo de Santiago somete al fallo arbitral de dos letrados la competencia entre los generales Villagrán y Aguirre. 6. Villagrán desobedece el fallo de los letrados y se apodera por la fuerza del gobierno. 7. Frustrada tentativa del general Aguirre para apoderarse del mando. 8. Entereza del Cabildo en esas circunstancias; la tranquilidad parece restablecida.
En medio de este cúmulo de desgracias que tenían a los conquistadores a las puertas de su ruina, surgían dificultades de otra especie que venían a complicar más aún aquella azarosa situación. Las ambiciones de los caudillos, las rivalidades y desavenencias de los colonos, fueron causa de que en esos críticos momentos en que era indispensable la unidad de acción para combatir el levantamiento de los indígenas, se distrajeran las atenciones en querellas y competencias que deberían haber desaparecido ante el peligro común.
Desde Concepción como hemos contado en el capítulo anterior, Villagrán había comunicado al cabildo de Santiago el nombramiento que en su persona habían hecho las ciudades del sur para desempeñar el cargo de Capitán General. Los representantes de Villagrán llegaron a Santiago el 7 de febrero de 1554. Eran éstos, según dijimos, los capitanes Diego de Maldonado y Juan Gómez de Almagro, personajes caracterizados, y testigos de los desastres de la guerra del sur. El mismo día fueron recibidos por el Cabildo. Mostraron las comunicaciones de que eran portadores, dieron amplios informes sobre los sucesos de la campaña, y se retiraron para que los capitulares tomasen más desembarazadamente una determinación31.
—28→Ante la actitud resuelta de las ciudades del sur, todas las cuales habían estado acordes en proclamar Gobernador a Francisco de Villagrán, y ante el tenor expreso del testamento de Valdivia, el cabildo de Santiago no pretendía ya que Rodrigo de Quiroga fuese reconocido en todo el país; pero deseando mantener incólume su propio prestigio, no quería tampoco que sus acuerdos fuesen revocados. Habría deseado dejar subsistente en el gobierno un régimen provisorio, mientras la real audiencia de Lima tomaba una resolución definitiva. Después de consultarse con el licenciado Altamirano, que acababa de llegar de La Serena, acordó contestar a Villagrán que el nombramiento de Quiroga había sido hecho por la necesidad urgente de proveer al mantenimiento de la paz no sólo en las ciudades del sur sino en Santiago mismo, donde los naturales habían querido rebelarse. «Por éstas y muchas otras causas, decía, acordamos nombrar al dicho Rodrigo de Quiroga, y ahora no se puede tornar a deshacer». El Cabildo terminaba recomendando a Villagrán, en nombre de Dios y del Rey, que no perturbase la paz y quietud de esta tierra32.
Esta comunicación, a juzgar por el resumen de ella que conocemos, no explicaba completamente el pensamiento del Cabildo. Pero cuatro días después, los capitulares celebraban otra reunión y acordaban enviar cerca de Villagrán un representante suyo que procurase el avenimiento. Designó con este objetivo al capitán Diego García de Cáceres, uno de los vecinos más respetables de Santiago, a la vez que regidor perpetuo de su Cabildo. Este emisario fue provisto de poder suficiente para «tratar y comunicar de parte de este Cabildo con el dicho Francisco de Villagrán y otras cualesquier personas en su nombre, pues que está recibido y nombrado por tal Capitán General y justicia mayor de las dichas ciudades del sur, y tiene posibilidad para ello, que vaya a hacer el castigo y allanar los naturales de las dichas provincias que andan alzados y rebelados, y que dé y reparta la tierra que está por repartir a las personas que él quisiere como tal Capitán General y Justicia Mayor, con tal condición que en esta ciudad y en sus términos no tenga que ver ni se entremeta en proveer cosa alguna; y que esto lo tenga, y rija y gobierne, y sea Capitán General y Justicia Mayor, como al presente lo es el dicho general Rodrigo de Quiroga, hasta que Su Majestad mande otra cosa»33. Según el plan del Cabildo, en Chile habría dos gobernadores cuyos dominios estarían divididos por el río Maule. Al norte mandaría Rodrigo de Quiroga, al sur Francisco de Villagrán.
Pero este régimen debía ser provisorio hasta que viniese una resolución superior, fuese de Lima o fuese de la metrópoli. El cabildo de Santiago no había cesado de pedir a Concepción un buque que llevase al Perú la noticia de los desastres de Chile y que exigiese de la Audiencia que allí gobernaba, la designación de un mandatario para este país. Como tardase mucho —29→ en venir ese buque, y como no hubiese otro en que enviar las comunicaciones, el Cabildo acordó el 12 de febrero que el capitán Juan Bautista Pastene, regidor recién nombrado de la corporación, pasase a Valparaíso a dirigir la construcción de un barco que pudiese hacer ese viaje.
A los pocos días de comenzado este trabajo, arribaba a Valparaíso una fragata despachada de Concepción. Venía en ella Gaspar Orense que, como se recordará, había marchado al sur el mes anterior como representante del cabildo de Santiago. Aquel buque estaba listo para seguir su viaje al Perú, y Orense iba encargado de llevar comunicaciones de las ciudades del sur. El Cabildo no vaciló en aprovechar esta ocasión. Dio a Orense el encargo de que lo representase en Lima y en España, y le confió una larga carta para la Real Audiencia que desde julio de 1552 gobernaba en el Perú por muerte del virrey don Antonio de Mendoza. Hacía en ella una relación sumaria y desapasionada de los últimos sucesos de Chile, e indicaba los graves peligros que amenazaban a la colonia si la campaña que había abierto Villagrán tenía mal resultado. Se esperaba que el cuadro de estos desastres determinase a la Audiencia a enviar auxilios inmediatos para hacer frente a la rebelión de los indígenas.
Parece que en esos momentos el cabildo de Santiago se había convencido ya de que era imposible sostener el gobierno efímero de Rodrigo de Quiroga. En su carta a la audiencia de Lima, después de informarla leal y honradamente de las competencias que se habían suscitado sobre el gobierno, terminaba con estas palabras: «Suplicamos a Vuestra Alteza humildemente que pues Francisco de Villagrán es persona tan valerosa y con quien toda esta tierra está muy bien, y lo aman y quieren, y no hay en ella otra más prominente, ni que más méritos ni aun tantos tenga en ella, y que él y todos sus pasados han servido a Su Majestad, y es de limpia sangre34, y sabio y valeroso, y querido y amado de todos, y que no desea más de sustentar esta tierra en paz y en justicia y descargar la real conciencia de Su Majestad en dar remedio a los que en esta tierra le han servido, Vuestra Alteza tenga a bien que él rija y gobierne esta tierra en nombre de Vuestra Alteza hasta que Su Majestad mande otra cosa»35. El Cabildo hacía tan altas recomendaciones de Villagrán temiendo que la audiencia de Lima quisiese enviar como gobernador de Chile un hombre extraño a este país, sin relaciones entre sus pobladores, hostil tal vez a ellos, y que al «descargar la conciencia de Su Majestad», es decir, al hacer los repartimientos de indios, prefiriese a los advenedizos que llegasen en su séquito con perjuicio de sus primeros conquistadores. La fragata que llevaba a Orense partió de Valparaíso el 27 de febrero.
Después de diecinueve días de navegación, ese buque llegaba al Callao el 18 de marzo. Orense se trasladó en el acto a Lima y entregó a la Audiencia gobernadora las importantes comunicaciones de que era portador36. Los desastrosos sucesos de Chile fueron mirados con —30→ marcada indiferencia. Nadie pensó en enviar los socorros que se pedían con tanta instancia y ni siquiera en designar la persona que debiera tomar el mando de este desgraciado país. El virreinato del Perú pasaba otra vez por una crisis tremenda. Una revolución formidable, encabezada por Francisco Hernández Jirón, había ensangrentado las provincias del sur. En esos momentos, la Audiencia gobernadora hacía los mayores esfuerzos para reunir tropas con que combatir la insurrección. No debe, pues, extrañar que los sucesos de Chile produjesen poca impresión en el Perú, y que nadie se preocupase por entonces en ponerles remedio.
Gaspar Orense comprendió que en esas circunstancias no tenía nada que hacer en el Perú. Doce días después de su arribo al Callao, se embarcaba de nuevo para Panamá en viaje para España. Su propósito era comunicar al Rey la noticia de la muerte de Valdivia y pedirle que en su reemplazo fuese nombrado gobernador de Chile Francisco de Villagrán37. Pero el empeñoso emisario no alcanzó a llegar a su destino. El buque en que partió de América, naufragó en la costa de África en enero de 1555. Orense, como los otros pasajeros de su nave, pereció ahogado en aquel naufragio38. Las comunicaciones de que era portador llegaron, sin embargo, a la metrópoli; pero, como veremos más adelante, el título de gobernador de Chile fue dado a otro pretendiente.

3. Llega a Santiago Francisco de Villagrán
con los fugitivos de Concepción; el cabildo de Santiago asume el mando
de la ciudad y su distrito
En febrero de 1554, cuando Orense partía para el Perú, los habitantes de Santiago aguardaban con la mayor ansiedad el resultado de la campaña en que estaba empeñado en esos mismos días Francisco de Villagrán. «Si lo desbaratasen, decía el Cabildo en su carta a la Real Audiencia, por ninguna vía se podría sustentar esta tierra»; tan grande era el temor que —31→ había infundido en toda la colonia el levantamiento de los indios de Arauco y el primer triunfo que éstos habían alcanzado.
Antes de muchos días llegaba a Santiago la noticia de un nuevo y más importante triunfo de los indígenas39. Se supo que Villagrán acababa de sufrir una espantosa derrota en que había perdido más de la mitad de sus tropas y la mayor parte de sus armas, y que la ciudad de Concepción había sido despoblada. El Cabildo se reunió apresuradamente el 12 de marzo, y en el acto acordó las pocas medidas que en tan angustiosas circunstancias le era posible tomar para resistir a la tempestad que se desencadenaba sobre la colonia. Dispuso que inmediatamente partiesen dos regidores, Juan de Cuevas y Francisco de Riberos, a encontrar a Villagrán para socorrer la gente que venía con él y para ver modo de enviar algún auxilio a las ciudades de la Imperial y de Valdivia, que indudablemente iban a ser atacadas por los indios vencedores. En esos momentos se construía en Valparaíso una pequeña embarcación, y había, además, dos buques disponibles, los mismos que habían transportado las mujeres y los niños de la ciudad de Concepción. El Cabildo acordó que uno de ellos se dirigiese al sur para socorrer las dos ciudades que quedaban en pie y para descargarlas de bocas inútiles, y que el otro partiese para el Callao, a fin de comunicar a la audiencia de Lima la noticia de los últimos desastres y de pedirle que enviase a Chile auxilios de hombres, de caballos y de armas para defender el territorio conquistado40. Por la escasez de recursos, el despacho de estos buques no pudo hacerse con la brevedad conveniente. El último de ellos, por otra parte, no alcanzó a llegar a su destino. A los pocos días de navegación, naufragó lastimosamente en la costa del Huasco41, aumentando así las angustias de aquella complicada situación.
A la perturbación producida por los desastres de la guerra, venían a agregarse, como estamos viendo, las dificultades que creaban las competencias a que daba lugar la falta de un Gobernador reconocido en todo el país. Francisco de Villagrán, más preocupado, al parecer, de asumir el mando de la colonia que de reparar la gran derrota que acababa de sufrir, exigía desde el camino al cabildo de Santiago que se le reconociese pronto en el carácter de Capitán General42. Como Villagrán traía consigo un cuerpo de tropas, y como se conocía el carácter violento y arrebatado de ese caudillo, se temió con razón que pretendiese apoderarse del gobierno por la fuerza. El modesto prestigio de que gozaba el gobernador provisorio Rodrigo de Quiroga, no habría bastado para impedir que su rival consumase en Santiago un golpe de mano con el apoyo de los soldados que traía.
Para evitar este peligro, el Cabildo quiso dar al gobierno de Santiago una autoridad que fuese más respetable. Según las tradiciones legales de la España de la Edad Media, los —32→ cabildos estaban revestidos de un poder tal que los hacía completamente independientes de toda autoridad que no fuese la del Rey o la de su representante directo. El atentar contra su independencia o sus prerrogativas era un delito que autorizaba a los vecinos a tomar las armas43. El cabildo de Santiago, creyendo que ese respeto tradicional arredraría a Villagrán, se reunió el 17 de marzo, y pidió a Rodrigo de Quiroga que dejase el mando que se le había confiado dos meses atrás. En el primer momento, Quiroga quiso resistirse a esta exigencia. «Si venido, dijo, el dicho Francisco de Villagrán a esta ciudad con la gente que trae, quisiese hacer y cometer alguna cosa alborotando la ciudad o en algún escándalo, yo como tal justicia mayor estoy presto de se lo estorbar, dándome favor y ayuda los señores del Cabildo para ello y los demás vecinos de esta ciudad». Los capitulares, sin embargo, insistieron resueltamente en su acuerdo, y Quiroga tuvo que ceder, entregando en el acto la vara que llevaba en sus manos como distintivo del cargo que había desempeñado. Desde ese día, el Cabildo asumió el mando superior en todo el distrito de la ciudad de Santiago44.
Esta resolución produjo por entonces el resultado que se buscaba. Villagrán entraba a la ciudad pocos días después, y en lugar de pretender apoderarse del gobierno a mano armada, se limitó a pedir al Cabildo que se le reconociese en el carácter de Capitán General45. Ocurría esto en los días de Semana Santa; y los capitulares de Santiago habrían creído cometer un pecado mortal ocupándose, aun en circunstancias tan difíciles, en seguir tratando de asuntos de gobierno. El lunes de Pascua, 26 de marzo, celebraron una conferencia privada con Villagrán. Expuso éste que debiendo partir prontamente al sur a castigar a los indios rebelados, era conveniente al servicio de Dios y de Su Majestad que se le revistiese del mando superior a fin de contar con la autoridad necesaria para reunir los elementos militares que necesitaba, y para hacerse respetar de sus soldados. El Cabildo resolvió dos días después esta petición en sentido negativo46. Ofreció a Villagrán facilitarle del tesoro real el dinero que necesitase para la campaña, a condición de que rindiese las fianzas de estilo; pero declaró definitivamente que el mismo Cabildo seguiría gobernando en Santiago y su distrito hasta que viniese una resolución de la audiencia del Perú.
El mariscal Villagrán, muy a su pesar sin duda, se sometió a esta decisión. En vez de marchar al sur, a combatir a los indios rebeldes, como había anunciado, se quedó en Santiago esperando que un día u otro llegarían comunicaciones de la audiencia de Lima, y en ellas la confirmación de su título de Gobernador. Ni él ni el cabildo de Santiago sospechaban las graves perturbaciones del Perú, que eran causa de que se prolongase en Chile este período de expectativa y de perturbación.
—33→Pero si por este lado parecía afianzada la tranquilidad interior, en los primeros días de abril llegaron a Santiago las noticias más inquietantes del norte. Decíase que el general Francisco de Aguirre, que hasta entonces había permanecido en Tucumán, estaba para llegar a La Serena, y que venía dispuesto a exigir la sucesión de Valdivia en el gobierno de Chile con el apoyo de las armas si alguno pretendía poner en duda sus derechos. Aguirre se había conquistado la reputación de hombre enérgico y resuelto; contaba con amigos y parciales de la más probada lealtad; y tenía en su apoyo el texto expreso del testamento de Valdivia. Este solo aviso debía, pues, producir la alarma en Santiago.
Antes de pasar adelante, estamos obligados a hacer una corta digresión para explicar lo que había de verdad en estas noticias y para contar ciertos sucesos relacionados con esta historia.
Como se recordará, Francisco de Aguirre había partido para Tucumán a fines de 1552, por mandato de Valdivia. El finado Gobernador, cuyos territorios se extendían al otro lado de las cordilleras hasta cien leguas de la costa del Pacífico, había creado en sus dominios una vasta provincia que comprendía todo el norte de Chile y las regiones orientales hasta la altura del río de Choapa. Confió el mando de esa provincia al general Aguirre, para que reemplazase a aquel capitán Núñez del Prado, que acababa de desconocer la autoridad de Valdivia47, y de quien se contaba que después de despoblar la ciudad del Barco, se había retirado al Perú.
El activo General acometió la empresa con toda resolución. Juntó un cuerpo de poco más de doscientos soldados, entre los cuales había muchos parientes suyos, y en los primeros días de 1553 llegaba de improviso a la lejana ciudad del Barco, que Valdivia, oyendo falsos informes, había creído despoblada. Aguirre convocó el Cabildo, y se hizo reconocer Gobernador de la provincia. Núñez del Prado se hallaba fuera de la ciudad, ignorante del peligro que amenazaba su poder. Aguirre fue a buscarlo al valle de Famatina, lo apresó y lo envió a Chile custodiado por una buena escolta48. Después de estos primeros actos ejecutados con tanta actividad como resolución, no hubo en aquellos territorios ningún español que intentase oponerse a la enérgica voluntad de Aguirre.
Pero no sucedió lo mismo con los indios. Muy al contrario, los disturbios que habían notado entre los españoles, los alentaron a la resistencia. Los soldados de Aguirre tuvieron tanto que sufrir de estas hostilidades, que este caudillo, pretextando que el sitio de la ciudad había sido mal elegido, resolvió abandonarla para hacer una nueva fundación en otra parte. En diciembre de ese año (1553), en efecto, echaba en las orillas del río Dulce los cimientos de la ciudad de Santiago del Estero, que debía ser la cabecera de aquella provincia49. El —34→ ambicioso General soñaba en constituir allí una rica y extensa gobernación en que podría repartir muchos millares de indios para sí y para sus compañeros.
Tres meses hacía apenas que había asentado su gobierno en aquella ciudad, cuando le llegó la noticia de la muerte de Valdivia. Comunicábansela sus amigos y parciales de La Serena, que lo llamaban a Chile para que viniese a reclamar para sí el gobierno de este país. Aguirre no vaciló un instante. El 23 de marzo de 1554, a pesar de ser Viernes Santo, expidió en favor del capitán Juan Gregorio de Bazán, que era su primo hermano, el título de su teniente en el gobierno de Tucumán. Cinco días después se puso en viaje para La Serena seguido por muchos de los soldados que lo habían acompañado en aquella empresa50. Su vuelta a Chile debía ser causa de graves perturbaciones sin provecho alguno para la conquista.
Apenas hubo llegado a La Serena, Aguirre fue recibido en el Cabildo de esa ciudad por Capitán General y Justicia Mayor. Sin tardanza, comunicó esta elección a Santiago, cuidando de hacer constar que las tropas de su mando estaban dispuestas a sostenerlo en este cargo, que por lo demás le correspondía de derecho en virtud del testamento de Valdivia. Todo hacía creer que este pretendiente estaba animado de propósitos menos tranquilos todavía que los de Francisco de Villagrán.
El cabildo de Santiago, sin embargo, no perdió su entereza. Habiéndose reunido el 25 de mayo para tratar de este asunto51, acordó enviar al norte a dos de sus miembros, a Diego García de Cáceres y a Juan Godínez, con poder suficiente para entenderse con Francisco de Aguirre. Esos comisionados debían entregarle las cartas del Cabildo, y expresarle terminantemente «que no venga a esta ciudad (de Santiago) con la gente de guerra que trae, ni entre en los términos de ella, por excusar escándalos y alborotos que se podrían recrecer entre él y el general Francisco de Villagrán y su gente, que está en esta ciudad al presente». La actitud del Cabildo era, pues, enérgica e inquebrantable: quería mantener aquel estado de cosas provisorio, sin entregar el mando del país a ninguno de los pretendientes, hasta que la audiencia de Lima diese su decisión. Pero, cuando esperaba que esta actitud impusiera respeto al audaz caudillo del norte, se supo que éste se mantenía firme en su propósito de hacerse reconocer sin dilación por Capitán General y Justicia Mayor de toda la gobernación.
—35→En efecto, en los primeros días de julio llegaba a Santiago el capitán Hernando de Aguirre con cartas de su padre, más exigentes y premiosas, aun, que las primeras. El peligro de una agresión de las tropas del norte parecía inminente. Ella habría venido a complicar la tristísima situación del país con los horrores de una guerra civil. El cabildo de Santiago, sin embargo, no perdió la confianza que le inspiraba el prestigio de su poder, y se mantuvo firme en su anterior resolución. En sesión de 11 de julio acordó «que se responda al capitán Aguirre a su requerimiento, diciendo de nuevo que no se ha de recibir a él ni a otra persona hasta que Su Majestad mande otra cosa, y que se le escriba también conforme a esto una carta, y que no pretenda alborotar la tierra, porque se lo estorbarán de la manera que de derecho hubiere lugar»52. Esta enérgica actitud no bastaba para resolver definitivamente las competencias de los dos caudillos, pero sirvió, como lo veremos, para impedir que estallase la guerra civil.

5. El cabildo de Santiago somete al fallo
arbitral de dos letrados la competencia entre los generales Villagrán y
Aguirre
Mientras tanto, subsistía la más completa incomunicación con el Perú. Pasaban los meses y no llegaba buque ni noticia alguna de aquel país. El reducido comercio de la colonia sufría las consecuencias de aquella situación. Ahora, como en 1542, faltaron algunos de los artículos más indispensables para los colonos de Chile. El escribano de Cabildo declaraba pocos meses más tarde que no podía asentar todos los acuerdos de la corporación por escasez de papel, y que estaba obligado a escribir sólo lo más importante53. En esa misma época, no podía decirse misa en Santiago por falta de vino. El Cabildo, prestando una atención preferente a esta necesidad tan angustiosa para una ciudad española del siglo XVI, acordaba comprar las uvas que comenzaban a producirse en Chile, para hacer por su propia cuenta dos botijas de vino a fin de que no faltase la misa54.
Esta incomunicación que no podían explicarse los vecinos de Santiago era, como sabemos, el resultado de los trastornos del Perú. El Cabildo, que veía pasar el tiempo sin que llegasen las resoluciones que había pedido a la audiencia de Lima, vivía en la mayor inquietud. Cuando supo que el buque despachado para el Callao en marzo anterior había naufragado en las costas del Huasco, resolvió comprar otro barco, y enviarlo también al Perú con la noticia de los últimos desastres de Chile. En esos momentos era tan poco tranquilizadora la situación de este país, que muchos vecinos de Santiago solicitaban permiso para marcharse al Perú. Se hablaba de nuevos triunfos alcanzados por los indios del sur, y se temía que más tarde o más temprano fuese necesario despoblar toda la tierra. El Cabildo, en la resolución de sustentar la conquista hasta el último trance, negó por entonces el permiso que se solicitaba55.
—36→Pero la prolongación de este estado de cosas podía enardecer los ánimos de los dos caudillos que pretendían el gobierno, y traer por último resultado la guerra civil. Los capitulares de Santiago creyeron poder conjurar este peligro, reduciendo a los dos competidores a someter la cuestión al fallo de árbitros. Era práctica en los antiguos cabildos españoles el consultar en los casos dudosos que no podían resolverse sin conocimientos jurídicos, la opinión de los doctores o letrados en derecho que hubiese en la localidad. Las leyes obligaban a estos individuos a dar su parecer en tales cuestiones, por más peligrosos que fueran los compromisos que tales informes pudieran acarrearles. Había entonces en Santiago dos letrados, los licenciados Alonso de las Peñas y Julián Gutiérrez de Altamirano, que, cualquiera que fuere su ciencia jurídica, gozaban de gran prestigio entre los toscos soldados de la conquista. Según el plan del Cabildo, ambos compondrían el tribunal arbitral. Ante ellos presentarían los competidores la exposición de sus derechos respectivos, comprometiéndose a obedecer su fallo. Villagrán aceptó sin vacilación este recurso. El Cabildo despachó a La Serena al regidor Juan Godínez para pedir a Aguirre que sometiese también sus pretensiones al fallo de los letrados56. Godínez salió de Santiago el 2 de agosto, comprometiéndose a traer la respuesta dentro de veinte días.
El arrogante general Aguirre, creyendo incuestionables sus derechos, y desconfiando, sin duda, de la rectitud de aquellos letrados, rechazó perentoriamente la proposición57. Parecía que el proyectado arbitraje debía fracasar ante este escollo, desde que uno de los interesados declaraba que no quería someterse al fallo de los letrados. El Cabildo, sin embargo, no se desanimó; de acuerdo con los mismos dos jurisconsultos, constituyó definitivamente el arbitraje el 29 de agosto, estableciendo que De las Peñas y Altamirano se trasladarían a Valparaíso, para permanecer embarcados en uno de los dos buques que entonces había en el puerto. Allí estudiarían los antecedentes de la cuestión y pronunciarían su fallo. Los jueces árbitros se irían enseguida a Lima a dar cuenta a la Audiencia del desempeño de su comisión58.
Aunque el Cabildo parecía seriamente interesado en el pronto despacho del arbitraje, se suscitaron dificultades de detalle que lo retardaron. Por fin, con fecha de 10 de septiembre, el Cabildo acordó requerir a los dos licenciados para que en el plazo de diez días se trasladasen a Valparaíso a dar la sentencia, haciéndolos responsables de todos los daños, revueltas y muertes que pudieran originarse de la tardanza. Los jueces árbitros expresaron que estaban prontos para dar cualquier día la resolución exigida, pero rechazaron toda responsabilidad por una demora de que no se creían culpables.
Allanadas estas pequeñas dificultades, el 19 de septiembre de 1554, prestó Francisco de Villagrán el solemne juramento de someterse al fallo de los letrados. Para dar a este acto el —37→ mayor prestigio, el Cabildo se instaló en la capilla principal de la iglesia mayor. El capitán Rodrigo de Quiroga, en su carácter de regidor perpetuo del Cabildo, y en su calidad de «caballero hijodalgo, y por tal notoriamente conocido en esta tierra, tomó y recibió el juramento y pleito-homenaje poniendo sus manos según que para el semejante pleito-homenaje, según uso de España, se debe y suele hacer; y el dicho general Villagrán, asimismo caballero hijodalgo, y por tal notoriamente conocido, poniendo ambas sus manos juntas plegadas entre las del dicho capitán Rodrigo de Quiroga, dijo que hacía e hizo juramento y pleito-homenaje una y dos y tres veces, según fuero de España, de estar y pasar, y obedecer y hacer cumplir todo lo que los señores licenciados Julián Gutiérrez de Altamirano y Alonso de las Peñas declararen y determinaren qué se debe hacer, y lo dieren firmado de sus nombres, sin que de ello falte cosa alguna, y que dará favor y ayuda para que aquello se guarde y cumpla y ejecute siendo necesario, sobre a quién pertenece el gobierno de esta tierra hasta que Su Majestad o su Real Audiencia de la Ciudad de los Reyes otra cosa manden»59. Villagrán declaró, además, que incurriría en las penas de aleve, y en las demás establecidas contra los caballeros que quebrantaban los juramentos, si no cumplía puntualmente este compromiso. Los capitulares de Santiago debieron creer que esta aparatosa ceremonia garantizaba el cumplimiento de la palabra empeñada. Parecían olvidar que entre aquellos inquietos y ambiciosos capitanes, estos solemnes compromisos, aunque contraídos en la iglesia y sobre los mismos evangelios, eran violados con la más expedita facilidad.
No se omitió tampoco ninguna medida que pudiera dar prestigio y autoridad al fallo arbitral. Los letrados se trasladaron a Valparaíso en compañía de los miembros del cabildo de Santiago. En ese puerto había dos buques. Uno de ellos, denominado Santiago, estaba listo para zarpar al sur llevando algunos socorros a las ciudades que todavía se mantenían en pie. El Cabildo había resuelto que los letrados se embarcaran en él, para dar su sentencia fuera del puerto, y con el aparato de proceder ajenos a toda sugestión. El 30 de septiembre, embarcados ya en esa nave, los jueces árbitros recibieron las últimas instrucciones del Cabildo. Esas instrucciones, que revelan la seriedad de propósitos de la corporación que las había dictado, establecían que cualquiera que fuese la persona designada para el gobierno por el fallo de los letrados, se entendiera que su mandato era provisorio, y que cesaría en sus funciones desde que el Rey o la audiencia de Lima proveyeran el cargo de Gobernador. A ese mandatario provisorio se le exigiría, además, que respetase ciertas reglas de buen gobierno, el resguardo y conservación del tesoro real, el buen trato de los naturales, el cumplimiento de las disposiciones dictadas durante el corto interinato de Rodrigo de Quiroga, la defensa militar de la ciudad de Santiago y, sobre todo, la propiedad privada. Los letrados, al recibir estas instrucciones, declararon por escrito, que a bordo de esa nave se consideraban perfectamente libres y ajenos de toda influencia, y que podían dar su fallo como jueces independientes. Firmadas estas declaraciones, el Santiago desplegó sus velas y se alejó del puerto60.
—38→El Santiago volvía a Valparaíso el 2 de octubre, después de permanecer fuera del puerto cerca de dos días. En este tiempo, los jueces árbitros habían redactado la sentencia. El licenciado Altamirano, hombre de valentía y de corazón, no sólo había puesto su firma en ella sino que estaba determinado a quedarse en Chile sin temer los compromisos y desagrados que pudiera acarrearle aquel fallo. Su compañero, el licenciado De las Peñas, por el contrario, no quiso firmar la sentencia hasta que no se hubo trasladado a otro buque que ese mismo día zarpaba para el Perú. Pocas horas más tarde, en efecto, el licenciado Altamirano se ponía en marcha para entregar al cabildo de Santiago, en un pliego cerrado, la sentencia que se había pedido a los letrados. Su compañero, el licenciado De las Peñas, se hacía a la vela para el Callao. El mismo buque llevaba al capitán Francisco de Riberos, regidor del Cabildo, encargado por éste de dar cuenta a la audiencia de Lima de todas las ocurrencias de Chile, y de pedirle los auxilios convenientes para la sustentación de esta provincia, así como el nombramiento de la persona que debiera mandar en ella con un carácter menos provisorio.
Las competencias entre Aguirre y Villagrán para ocupar el gobierno de Chile iban a seguir debatiéndose en Lima, ya veremos con qué resultado. Poco después de haber partido Riberos como representante del cabildo de Santiago, salía de La Serena, por el camino de tierra, el capitán Diego Sánchez de Morales, antiguo regidor del cabildo de esa ciudad, con poderes del general Aguirre para pedir en su nombre el gobierno de Chile. Por el momento, sin embargo, no pudieron hacer oír sus reclamaciones: la audiencia de Lima estaba absorbida en los complicados trabajos que le imponía la pacificación del Perú61.
—39→
La sentencia de los letrados llegó a Santiago en la tarde del 3 de octubre. El Cabildo abrió el pliego que la contenía, y en el acto la puso en conocimiento de Francisco de Villagrán. En la mañana siguiente era pregonada en la plaza y en las calles con gran aparato y con el carácter de ley que todos estaban obligados a obedecer. Esa sentencia disponía que Villagrán partiese inmediatamente, a la cabeza de las tropas que pudiese reunir, a socorrer las ciudades de la Imperial y de Valdivia; y que si en el plazo de siete meses no llegaba una provisión de la Audiencia que designara la persona que debía mandar, fuese reconocido el mismo Villagrán por el cabildo de Santiago como gobernador de la Nueva Extremadura62.
Aquella inesperada resolución, al paso que desairaba las pretensiones de Aguirre, no satisfacía tampoco la ambición de Villagrán. Sin embargo, después del solemne juramento que éste había prestado, no parecía posible que se negase a obedecer el fallo de los jueces árbitros. Los capitulares de Santiago, a lo menos, debieron creerlo así, pero no tardaron en sufrir el más doloroso desengaño.
El día siguiente de pregonada la sentencia de los árbitros en las calles de Santiago, esto es, el 5 de octubre, el mariscal Villagrán convocaba al Cabildo a la casa en que él tenía su habitación. Por inusitada que fuese esta convocación, los capitulares no pudieron excusarse de concurrir, sin duda por el aparato de fuerza armada que Villagrán había puesto en movimiento. El Mariscal los recibió en su dormitorio, dejando en la sala vecina a los caballeros y capitanes que habían acudido a prestarle ayuda en el complot que meditaba. Villagrán expuso allí que en virtud de la resolución de los letrados, estaba dispuesto a salir a campaña con la mayor presteza para socorrer las ciudades del sur; pero que para ello era indispensable que el Cabildo dispusiera que los tesoreros del Rey le suministraran los fondos necesarios para organizar la expedición. El Mariscal agregó que la negativa del Cabildo a esta justísima exigencia, lo pondría en el caso de hacerse recibir inmediatamente, y por la fuerza, en el cargo de Gobernador. Su petición envolvía, pues, una amenaza que no podía dejar de alarmar al Cabildo. Los capitulares contestaron con firme entereza, que dando Villagrán las fianzas de estilo, podría sacar de las cajas reales todo el oro que hubiese para emplearlo en el equipo de sus tropas.
Sin duda, Villagrán había esperado recibir una negativa que lo autorizase a emplear la fuerza para apoderarse del mando superior. La respuesta del Cabildo contrariaba sus planes, pero no lo desconcertó. Pasando adelante en sus exigencias, declaró terminantemente que, además de entregársele el oro que necesitaba, era preciso que se le recibiera inmediatamente por el cabildo de Santiago en el cargo de Capitán General y Justicia Mayor de la gobernación, como lo había sido por los cabildos del sur. Los capitulares rechazaron esta proposición con toda energía. Recordaron a Villagrán el juramento solemne que había prestado en la iglesia mayor de someterse al fallo de los letrados, lo hicieron responsable de los trastornos —40→ y alborotos que podían seguirse a su desobediencia, y declararon que sólo en la sala del Cabildo podían celebrar acuerdos sobre asuntos tan graves, y no en un lugar a donde se les había llevado contra su voluntad y donde se hallaban retenidos como presos y sin libertad para tomar sus deliberaciones. Fue inútil que Villagrán reiterase su petición, los capitulares se mantuvieron inflexibles en su negativa.
Llamando entonces en su ayuda a los caballeros y capitanes que estaban en la sala inmediata, el mariscal declaró resueltamente que se hacía recibir por la fuerza. Los capitanes y soldados que acababan de entrar, especialmente el maestre de campo Alonso de Reinoso y Juan de Figueroa, secundaron con gran determinación la exigencia de Villagrán. Todos ellos lo reconocían como su Capitán General y Justicia Mayor, y estaban resueltos a sostenerlo con las armas. El Cabildo, impotente para resistir más largo tiempo, se limitó a declarar «que vista la fuerza que el dicho señor General hace, le recibían y recibieron contra su voluntad al uso y ejercicio del cargo de Justicia Mayor y Capitán General de esta ciudad de Santiago, como él lo pide y manda, por la dicha fuerza que les hace»63. Aquel golpe de Estado elevaba a Villagrán al puesto que había codiciado desde ocho meses atrás.
Pero su elevación por medio de un motín, a la vez que lo comprometía seriamente delante del Rey y de las autoridades superiores del Perú, no lo revestía tampoco en Chile del prestigio conveniente para gobernar con completa autoridad. El mismo Villagrán tuvo que reconocerlo en breve. Cuando comenzó los aprestos para organizar la columna expedicionaria que pensaba llevar al sur, recurrió a los oficiales reales o tesoreros del Rey para que les suministrasen el dinero que necesitaba. Su demanda fue desechada, y el pretendido Gobernador se vio de nuevo arrastrado a recurrir a la violencia. «Un día estábamos en la fundición quintando, dicen los oficiales reales, y entró (Villagrán) con ciertos hombres, y nos requirió le diésemos el oro que estaba en la caja real; y nosotros se lo defendimos con requerimientos y apelaciones para ante el rey. Y no embargante esto, nos quebrantó la caja, y forciblemente, sin poderlo nosotros resistir, por estar como estaba poderoso, sacó de la caja 38.625 pesos, diciendo así convenir al servicio de Su Majestad, con los cuales hizo ciento ochenta hombres»64.
—41→Estos actos de violencia no consolidaban el gobierno de Villagrán. Por el contrario, su efímero poder no tenía más consistencia que la que le daba el apoyo de sus soldados. Villagrán comenzó a temer por las consecuencias de estos repetidos desacatos. Debiendo partir con sus tropas a socorrer las ciudades del sur, corría riesgo de ver desconocida de nuevo su autoridad durante su ausencia, y lo que aún era peor, entregado el gobierno a su rival Francisco de Aguirre. Inquieto por este peligro, no vaciló, a pesar de la altivez de su carácter, en dirigirse al Cabildo en términos respetuosos y casi de súplica para pedirle que sancionara el poder de que él mismo se había investido. Su solicitud, o requerimiento, como se decía, fue leída en el Cabildo el 17 de octubre. Después de justificar su conducta como impuesta por los cabildos de las ciudades del sur que le habían reconocido por Gobernador, y de declarar que creía que el juramento que él mismo prestó en la iglesia de Santiago no tenía valor alguno por cuanto no es válido lo que se jura cuando de ello puede resultar daño contra el servicio de Dios o de Su Majestad, acababa por solicitar que libre y espontáneamente lo recibiese el Cabildo en el cargo de Capitán General y Justicia Mayor, o que a lo menos no recibiese en él al general Aguirre ni a ninguna otra persona que no tuviese nombramiento del Rey o de la Audiencia65. Dos días después, el Cabildo, con una entereza incontrastable, resolvía «que se guarde y cumpla lo que los letrados han resuelto»66. En virtud de esta formal decisión, Villagrán partía poco después para el sur con sus ciento ochenta soldados, y con el simple carácter de general del ejército de operaciones, mientras el Cabildo reasumía el mando superior de todo el distrito de Santiago, tal como lo tenía antes del 5 de octubre.
El Cabildo llegó a creer restablecida la tranquilidad y recuperado su prestigio después de este implícito desistimiento de Villagrán. Pero si por parte de este caudillo no había nada que temer en ese momento, no sucedía lo mismo por el lado del otro competidor. El general Francisco de Aguirre permanecía en La Serena, firmemente resuelto a desconocer la legalidad de todos los actos del cabildo de Santiago. Su carácter impetuoso y arrebatado lo inclinaba a reclamar con las armas el título de Gobernador a que le daba derecho el testamento de Valdivia; pero las tropas que estaban a sus órdenes no habrían podido batirse con las que obedecían a Villagrán. El convencimiento de su debilidad, lo obligó a disimular su encono; mas cuando supo que su competidor había partido para el sur, y que Santiago quedaba casi indefensa, se decidió a hacer sentir su poder.
El 30 de noviembre llegaban a Santiago dos emisarios suyos con carta para el Cabildo. En ella hacía la exposición de los hechos que favorecían sus pretensiones, y reclamaba en términos conminatorios que se le reconociese en el rango de Capitán General. Esa carta fue —42→ leída públicamente en la plaza de la ciudad, y produjo la excitación que era de esperarse. El mismo día contestó el Cabildo oponiéndose resueltamente a las exigencias de Aguirre. Como en las pretensiones de éste había un peligro verdadero para la paz pública, acordó, además, el Cabildo consultar al vecindario sobre las medidas que debían tomarse. El pregonero de la ciudad, desde la puerta de la iglesia, a la salida de misa, convocó a sus vecinos y moradores a un cabildo abierto que debía celebrase ocho días después en el recinto de la misma iglesia mayor67.
Estas asambleas populares, autorizadas, como hemos dicho, por las leyes y por la práctica de los ayuntamientos españoles de la Edad Media, sólo se convocaban en circunstancias muy extraordinarias, en que la ley no trazaba claramente la línea de conducta que debía seguir el Cabildo o, cuando, como en este caso, se quería pedir la cooperación eficaz de todos los habitantes de la ciudad. Ahora se celebró el cabildo abierto el sábado 8 de diciembre, día de solemne festividad religiosa. Los capitulares y los vecinos más importantes que entonces había en la ciudad se reunieron en la capilla principal de la iglesia. El escribano de cabildo hizo la exposición de los hechos concernientes a las competencias entre los generales Aguirre y Villagrán, anunció que según las últimas noticias se preparaba una agresión armada contra Santiago, y acabó por pedir la protección y ayuda de los vecinos para atender a su defensa. Sin vacilar, los concurrentes aprobaron la conducta del Cabildo, y declararon solemnemente que cada vez que se les llamase en nombre «del servicio de Dios y del Rey, acudirían con sus armas y caballos para ayudar como leales vasallos a sustentar esta ciudad en paz y en justicia». Sin duda alguna, Aguirre no contaba con amigos y parciales en Santiago; pero en esta enérgica declaración de los vecinos debió también influir la conminación que hizo el Cabildo de que perderían sus repartimientos de indios los que no acudiesen a la defensa de la ciudad68. Después de este acuerdo, se restableció la confianza en que el orden público no sería alterado.
Parece, en efecto, que la enérgica contestación dada por el Cabildo a las reclamaciones de Aguirre contuvieron a éste por un momento; pero antes de mucho se le ofreció un nuevo pretexto en que apoyar sus pretensiones. El 8 de octubre de 1554, el ejército de la audiencia de Lima había derrotado en el sur del Perú al rebelde Hernández Jirón. Ignorándose el paradero de éste después de su desastre, se le buscaba tenazmente por todas partes. Llegó a creerse que se hubiera fugado a Chile o a Tucumán, y con este motivo la Audiencia despachó por tierra un emisario que comunicase estos sucesos a Francisco de Aguirre para que en los territorios que gobernaba cerrase el paso a los rebeldes fugitivos del Perú, a fin de que no viniesen a alterar el orden público. El impetuoso caudillo de La Serena llegó a creer que aquella comisión importaba el reconocimiento de su título de gobernador de Chile, y dando quizá más importancia a este negocio que a la captura de Hernández Jirón, puso sobre las armas las tropas de su mando resuelto a hacerse recibir por el cabildo de Santiago en el carácter de Capitán General.
La noticia de estos aprestos llegó a Santiago el 2 de enero de 1555. Inmediatamente se reunió el Cabildo para hacer frente al peligro que amenazaba la tranquilidad pública. Para —43→ contar con gente que defendiese la ciudad, ordenó que nadie saliera de ella sin licencia, bajo pena de muerte y de confiscación de bienes. Encargó al capitán Rodrigo de Quiroga y al cura González Marmolejo que fuesen al encuentro de Aguirre para averiguar la verdad acerca de sus propósitos y para disuadirlo de continuar su marcha en son de guerra. Estos comisionados debían entregar al caudillo del norte una carta del cabildo de Santiago en que se le conminaba con la pena de muerte y confiscación de bienes y de ser tenido por aleve y traidor al Rey, si intentaba algo contra la ciudad. A las tropas que, según se suponía, acompañaban a Aguirre, se les recomendaba bajo las mismas penas que se apartaran de él y se reuniesen al capitán Rodrigo de Quiroga69.
Fueron aquellos días de la mayor perturbación y sobresalto para la ciudad. El Cabildo, compuesto en su mayor parte de soldados de gran resolución, desplegó una energía incontrastable. Los alcaldes Rodrigo de Araya y Alonso de Escobar, tomaron el mando de las tropas que a gran prisa se organizaron en Santiago. Se mandó que todos los habitantes de la ciudad estuviesen acuartelados en los puntos que se les designase, y que se hiciesen armas y pertrechos70 o, más propiamente, algunas picas y mazas, que eran las únicas que podían fabricarse en el país. Santiago volvió a tomar el aspecto de campamento que tenía en los peores días de la guerra contra los indios.
La anunciada agresión de los soldados del norte estaba más próxima de lo que se creía, pero tenía proporciones menores de las que se le habían atribuido. El 7 de enero entraban en la ciudad dieciséis jinetes provistos de armas blancas y de seis arcabuces, y mandados por Hernando de Aguirre, el hijo del caudillo de La Serena. Los arcabuceros traían las mechas encendidas, en actitud provocadora. Sin intimidarse por esta actitud, los alcaldes acudieron a someterlos con el solo prestigio de su autoridad. Los soldados de Aguirre abocaron sus arcabuces sobre aquellos funcionarios; y quizá habría comenzado la lucha sin el respeto que impuso a los primeros la actitud resuelta del pueblo. El capitán agresor y los suyos fueron desarmados y conducidos a la sala del Cabildo para tomarles cuenta de sus actos.
No podían ser menos satisfactorios los descargos que dio el capitán Aguirre para justificar su conducta. Expuso que venía de La Serena por ciertos negocios de su padre, y a entregar al cabildo de Santiago la copia de una carta de la audiencia de Lima referente al alzamiento de Hernández Jirón, y al peligro de una invasión de éste en el norte de Chile. El Cabildo resolvió que Hernando de Aguirre se volviera solo a La Serena, y que los dieciséis hombres que lo habían acompañado en esta frustrada tentativa, quedasen en Santiago en calidad de prisioneros y fuesen distribuidos entre los vecinos para que no pudiesen comunicarse ni preparar una nueva asonada71. Con estas medidas de templada energía, el Cabildo había salvado otra vez más el orden público y escarmentado seriamente a los que con una altanera arrogancia habían creído imponer su voluntad.
—44→
Pero este triunfo del Cabildo no hacía desaparecer todo motivo de inquietud. Muy al contrario de ello, la situación se hacía más embarazosa y alarmante cada día. Era de temerse que Aguirre renovara con mayores elementos sus tentativas para asaltar el mando. Hernández Jirón, que en su rebelión en el Perú había llegado a contar a su servicio cerca de mil hombres, podía, aun después de su derrota, invadir el territorio de Chile con algunos centenares de sus parciales, y era difícil si no imposible oponerle en este país una resistencia eficaz. Por último, como si no sobraran estos motivos de alarma, no sólo no se tenía noticia alguna del resultado de la campaña en que estaba empeñado Villagrán en la región del sur sino que se anunciaba que los indios de la parte central de Chile, conocedores de la perturbación de los castellanos, se disponían a sublevarse.
Ante todos estos peligros, el cabildo de Santiago desplegó la más resuelta energía. Mandó fabricar picas, lanzas y rodelas para armar a los que no tenían espadas y arcabuces, dispuso que cada domingo, o en los días que conviniese, se hicieran ejercicios militares en que debían tomar parte todos los pobladores de la ciudad, y acordó que esas tropas tuviesen un capitán encargado del mando militar, y que llevasen «pífano y atambor, pues es usanza de guerra». La columna de los defensores de Santiago debía usar en los alardes o ejercicios militares y en los combates el estandarte real que estaba guardado en el convento de San Francisco72. El mando de esta columna, por petición de los vecinos y moradores de la ciudad, fue confiado el capitán Rodrigo de Quiroga, que gozaba del prestigio de hombre de orden y que en todas las dificultades y competencias que se siguieron a la muerte de Valdivia, había probado un carácter tan entero como modesto. Al aceptar el cargo ante el Cabildo, Quiroga manifestó «que él siempre ha servido a Su Majestad en dondequiera que se ha hallado, y así está presto de cada y cuando se ofreciere en lo hacer con su persona, y hacienda y amigos»73.
Mientras tanto, Francisco de Aguirre seguía a la cabeza de su gente en la ciudad de La Serena, preparándose, ya para resistir a Hernández Jirón en el caso que intentara invadir el territorio de su mando, ya para imponer al cabildo de Santiago, y hacerse recibir en el cargo de Capitán General de la gobernación. Al saber el resultado desastroso de la empresa que había confiado a su hijo, se inflamó de cólera, y en el momento resolvió enviar a Santiago al capitán Juan Martín de Guevara con una carta para el Cabildo. Reclamaba en ella que inmediatamente se le devolvieran los dieciséis hombres que se le retenían prisioneros, para engrosar con ellos las tropas con que pensaba resistir a la invasión de los rebeldes del Perú. Los términos de la carta de Aguirre eran poco tranquilizadores. En ella decía, nada menos, que a él no le importaba nada que hubiera en Santiago trescientos o quinientos soldados, lo que envolvía una arrogante amenaza.
Guevara llegó a Santiago el sábado 26 de enero. Apenas impuestos del contenido de la carta que traía, los capitulares acordaron que el siguiente día se celebrase otro cabildo abierto para imponer al pueblo de tan graves ocurrencias y oír su dictamen acerca de lo que debía —45→ hacerse en tal situación. La reunión se celebró, en efecto, en la sala capitular el domingo 27 de enero de 1555. Después de darse cuenta del asunto que la provocaba, se acordó que cada uno de los vecinos convocados diera su opinión sobre si debían devolverse o no los soldados que reclamaba Aguirre. Cuatro de ellos74 opinaron que la vuelta de esos hombres a La Serena envolvía los más serios peligros; que iba a alentar las ambiciones de Aguirre y a inducirlo a renovar sus tentativas armadas contra la ciudad. Los restantes, con cortas divergencias en sus pareceres, fueron de opinión que el Cabildo, como encargado del gobierno y defensa de la ciudad, y como mejor impuesto de la situación, resolviera por sí solo lo que fuese más conveniente «al servicio de Dios y de Su Majestad y a la paz y quietud de la tierra». Por lo demás, todos ellos estaban dispuestos a prestar favor y ayuda a la defensa de la ciudad contra cualquiera tentativa con que se pretendiese alterar el orden establecido75.
Con este acuerdo, el Cabildo quedaba autorizado para resolver lo que fuere más conveniente. Deseando evitar alborotos y complicaciones, determinó que partiese a La Serena el capitán Rodrigo de Quiroga, llevando consigo los soldados de Aguirre que voluntariamente quisiesen volver a servir bajo las banderas de este caudillo. Quiroga, además, fue autorizado para amonestar a Aguirre en nombre de la paz pública y del real servicio, que no saliese de aquella ciudad, y que esperara allí la decisión del Rey sobre el gobierno de Chile, decisión que después de los repetidos avisos que se habían enviado al Perú y a España, debía llegar de un momento a otro. Esta resolución, por otra parte, satisfacía al emisario de Aguirre. En efecto, el capitán Guevara dio su palabra de que estorbaría a ese caudillo el venir sobre Santiago en son de guerra; y que en caso de hacerlo, él mismo sería su enemigo y se mostraría como tal76. A juzgar por los sucesos posteriores, la conducta generosa del cabildo de Santiago produjo el efecto que se buscaba. El general Francisco de Aguirre no volvió a amenazar la ciudad de Santiago; pero muy seguramente, en esta determinación entraba por mucho el convencimiento de que las fuerzas de su mando no habrían bastado para hacerlo entrar en posesión del gobierno que ambicionaba.
Pero, si por este lado parecían desvanecerse los peligros de la situación, sobraban los motivos de alarma y de inquietud. Un día se anunció que se había visto gente armada a la salida del desierto de Atacama y, aunque la noticia era falsa, se creyó que estaba próxima la anunciada invasión de los rebeldes fugitivos del Perú. Se supo en Santiago que en los campos del sur de la región comprendida en su distrito, los indios se habían alzado o, más propiamente, que algunas tribus cometían actos de hostilidad contra los indígenas que se habían mostrado más pacíficos77. Poco más tarde, habiendo tomado cuerpo estos primeros síntomas de resistencia, se hablaba de un levantamiento general de los indios, que produjo serios temores. Aun, llegó a anunciarse que Villagrán, de quien no se tenían comunicaciones ni noticias seguras, había sufrido nuevos descalabros en Arauco78. Las alarmas e inquietudes de la ciudad de Santiago parecían no tener término.
—46→El Cabildo, sin embargo, no perdió su entereza. Redobló su vigilancia en la ciudad, mandó que se continuaran sin descanso los ejercicios militares y siguió suministrando armas a los individuos que estaban desprovistos de ellas. Para pacificar a los indígenas, hizo salir al capitán Juan Jufré con diez soldados de caballería, y luego le envió el auxilio de otros diez a cargo de uno de los regidores de la ciudad, recomendando a uno y otro que no pasaran más allá del río Maule, que era donde acababan los términos de Santiago79. Temiendo, además, que el levantamiento de los indígenas fuese causa de que la ciudad no pudiera proveerse de víveres, decretó el 22 de febrero que durante dos meses se suspendieran las ordenanzas que prohibían cargar a las mujeres indígenas, para que éstas sirviesen en acarrear los bastimentos.
Este período de alarmas y de angustias se prolongó por algunos días más; pero luego comenzaron a llegar a Santiago noticias más tranquilizadoras. El capitán Juan Jufré había reprimido con actividad y energía los primeros síntomas de rebelión de los indios de este lado del Maule80. Por comunicaciones venidas del Perú en un buque que llegó a Valparaíso en los últimos días de marzo, se supo que Hernández Jirón, capturado más de un mes después de su derrota, había sido decapitado en Lima, lo que importaba el restablecimiento de la paz en ese país, y la renovación de las comunicaciones con Chile. Por último, los temores que se abrigaban por la suerte de la expedición de Villagrán en el territorio araucano, se desvanecieron completamente. Lejos de haber sufrido las derrotas que se habían anunciado anteriormente, podía considerársele vencedor de los indios81. La tempestad que se había desencadenado sobre la colonia comenzaba a desaparecer.
Creyendo vencidas las dificultades de la situación, el Cabildo mandó recoger las armas que había distribuido entre los vecinos, e hizo suspender todo el aparato militar en medio del cual había vivido la ciudad desde diciembre anterior. Quedaba, es verdad, pendiente la competencia de los caudillos sobre el mando superior de la colonia; pero se esperaba confiadamente que de un día a otro llegaría del Perú la resolución tanto tiempo pedida, y que ella restablecería la calma y la tranquilidad en todo el país y permitiría consumar la pacificación de los territorios del sur.
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1. Los defensores de la Imperial y de Valdivia sostienen con ventaja la guerra contra los indios; horrores de esta lucha. 2. El hambre y la peste acosan a los indios rebelados; segunda campaña de Villagrán contra ellos. 3. Nuevas exigencias de Villagrán para que se le entregue el gobierno de Chile; se opone a ellas el cabildo de Santiago. 4. Llega a Chile la resolución de la audiencia de Lima, por la cual manda que los alcaldes de los cabildos conserven el gobierno en sus distritos respectivos. 5. Los cabildos acuerdan pedir el nombramiento de un Gobernador. 6. Repuéblase la ciudad de Concepción y es destruida por segunda vez. 7. Peligros que amenazan a la colonia durante algunos meses.

1. Los defensores de la Imperial y de Valdivia
sostienen con ventaja la guerra contra los indios; horrores de esta
lucha
¿Qué suerte corrían, entre tanto, las ciudades de la Imperial y de Valdivia, únicos asilos que quedaban a los españoles en la región del sur? Amenazadas constantemente por los indios, esas ciudades habían pasado por terribles días de prueba en que los conquistadores desplegaron sus grandes dotes militares y su constancia admirable para soportar todas las fatigas.
Mandaba en la Imperial el capitán Pedro de Villagrán, primo, como hemos dicho, del General que tenía el mando superior de las tropas. En enero de 1554, cuando este último pasó por aquella ciudad en marcha para Concepción, había hecho concebir la esperanza de que pronto aplicaría un terrible escarmiento a los indios rebeldes, y de que la Imperial y Valdivia no quedarían largo tiempo en peligro de verse acometidas. Sin embargo, pasaron los meses, y en lugar de los refuerzos esperados, sólo llegó, transmitida por los indios, la funesta noticia del descalabro sufrido por los españoles en las alturas de Marigueñu.
Los defensores de la Imperial no tuvieron que discutir largo tiempo el plan que debían adoptar. No había retirada posible ni era posible tampoco capitular con un enemigo que no sabía hacer más que la guerra sin cuartel. No quedaba otro arbitrio que la resistencia a todo trance y, en último resultado, resignarse a morir causando el mayor daño posible al enemigo. Pedro de Villagrán, sus capitanes y soldados lo comprendieron así, y se prepararon para oponer la más enérgica y tenaz resistencia. Sus tropas no alcanzaban a cien hombres82, pero —48→ poseían buenos caballos y algunos perros bravos y vigorosos, que debían ser poderosos auxiliares en los combates. Villagrán colocó avanzadas en las alturas inmediatas, construyó palizadas en las avenidas de la ciudad y esperó resueltamente el ataque de los indios, que según todas las probabilidades, no podía tardar mucho.
Los enemigos, sin embargo, tardaron largo tiempo en presentarse delante de la Imperial. Esos indios, tan astutos para preparar una sorpresa, tan activos y resueltos para marchar al combate, no tenían el desarrollo intelectual necesario para comprender las grandes operaciones estratégicas. Faltábales, por otra parte, esa cohesión de tribus que constituye el sentimiento de nacionalidad y que une a los pueblos para defender como suyo el territorio que pueblan sus hermanos. Sin duda alguna, el caudillo que los capitaneaba, el diligente y sagaz Lautaro, había resuelto limpiar de invasores todo el territorio, y sabía quizá cuánto habría importado aprovecharse rápidamente de los triunfos obtenidos para caer sin tardanza sobre los establecimientos españoles que todavía quedaban en pie. Pero este plan no podía penetrar claramente en la turba de bárbaros indisciplinados que formaban su ejército. Para ellos, las victorias alcanzadas habían producido todo el resultado que podían esperar, esto es, la expulsión de los españoles del suelo de la tribu, la destrucción de las casas y fortalezas que habían edificado en él, la venganza de los ultrajes que les habían inferido y la repartición de un botín que para esos salvajes era de un valor extraordinario. Después de esto, poco les importaba que las tribus vecinas quedasen subyugadas por sus opresores.
Sólo este conocimiento del estado social de los indios explica su tardanza para continuar las operaciones militares. Saqueada y destruida la ciudad de Concepción en los últimos días de febrero, o tal vez en los primeros días de marzo, los vencedores de Marigueñu pasaron más de un mes en fiestas y borracheras, de tal suerte que sólo a mediados de abril pudo Lautaro reunir sus fuerzas para caer sobre la Imperial. Sus huestes marcharon con orden hasta ponerse a tres leguas de la ciudad. Cuando sus defensores se preparaban para sostener un combate de dudoso resultado, visto el gran número de los asaltantes, sobrevino el 23 de abril una gran tempestad de viento y lluvia, acompañada de truenos y relámpagos, que sembró la desorganización y el espanto entre los indios. Supersticiosos y groseros, aquellos bárbaros vieron, sin duda, en los accidentes de aquella tormenta, un pronóstico seguro de derrota, y desistiendo de su propósito, se volvieron a sus casas en completa dispersión83. Después de esta frustrada tentativa, fue imposible por entonces sacar nuevamente a campaña a los indios de las serranías de Tucapel y de Purén, que eran los que formaban el núcleo de la formidable insurrección.
Los españoles, por su parte, vieron también en aquel fenómeno meteorológico, ordinario y frecuente en esos lugares a entradas del invierno, la intervención de un poder sobrenatural en favor de su causa. Contaban, al efecto, que la Virgen María, acompañada por un anciano respetable, había bajado del cielo en una nube luminosa, y había mandado a los indios que volviesen a sus hogares. La fe que los castellanos prestaron a este portentoso milagro, alentó su confianza y los estimuló a tomar la ofensiva contra los indios de aquella comarca. —49→ Esos indios se habían pronunciado por la insurrección, abandonando los establecimientos en que los españoles habían planteado algunos trabajos industriales, pero no se habían atrevido a atacar a los conquistadores. Pedro de Villagrán, sin embargo, quiso aterrorizarlos eficazmente para no darles tiempo de congregarse y de amenazar la ciudad.
Con este objetivo, dispuso frecuentes correrías en los campos vecinos. Sus capitanes hacían a los salvajes una guerra de exterminio. Quemaban las casas, lanceaban a sus habitantes y los perseguían con la más obstinada tenacidad sin perdonar la vida a uno solo. Muchos indios, creyendo sustraerse a la persecución, se internaban en los bosques y formaban fortines o palizadas para su defensa. Los españoles los buscaban en esos lugares, destruían sus parapetos y lanzaban contra los fugitivos los perros bravíos, cebados en la persecución de los indios, a quienes destrozaban irremediablemente. Algunas tribus de bárbaros buscaron un asilo en las islas del lago salobre de Budi, situado un poco al sur de la Imperial y a corta distancia del mar. Villagrán fue a buscarlos a esos lugares, penetró hasta las mismas islas, y sus soldados y sus perros hicieron una espantosa carnicería de más de mil indios, muchos de los cuales perecieron ahogados en el lago queriendo huir de sus perseguidores. Estas campeadas, que duraban diez o más días, no tenían otro objetivo que el no dejar indio vivo, para sembrar el terror en todo el territorio y libertar a la ciudad del peligro de verse atacada. Nada pinta mejor la falta de cohesión de esas tribus, que el hecho de que en esta guerra de destrucción y de exterminio, los españoles eran ayudados por cuerpos de indios auxiliares que estaban a su servicio y que peleaban con todo encarnizamiento contra sus propios hermanos.
En Valdivia se repitieron en menor escala estas persecuciones de los indígenas. Los indios de las inmediaciones eran menos belicosos todavía, de manera que, aunque inquietados por la sublevación, no se atrevieron a tomar la ofensiva, y se limitaron a fugarse a los bosques. Los españoles de la ciudad los persiguieron cuanto les era dable, matando sin piedad a los que encontraban a mano84.
Durante los ocho meses que duró aquella situación, las ciudades de la Imperial y de Valdivia pudieron comunicarse entre sí, y no estuvieron absolutamente incomunicadas con los españoles del norte. El cabildo de Santiago, venciendo todas las dificultades en que lo ponían los problemas del gobierno, envió por mar en dos ocasiones socorros y auxilios a los defensores de esas dos ciudades. El cabildo de la Imperial pudo así despachar a Santiago un emisario con comunicaciones para los capitulares de Santiago y para la audiencia de Lima en que daba cuenta del estado de la guerra en las regiones del sur85.
Los indios de la región de Tucapel, de Purén y de Angol, los promotores del gran levantamiento, y los vencedores de Valdivia y de Francisco de Villagrán, pasaban después de sus —50→ victorias, por una situación aflictiva y cruel. Habían derrotado a sus enemigos; pero la guerra les costaba horriblemente caro. Sus campos habían sido asolados, sus sembrados destruidos en gran parte, abandonados en otras, muchas de sus habitaciones incendiadas, sus ganados extinguidos o dispersados, y un gran número de hombres muertos en las batallas. El invierno de 1554 había traído el hambre, y con ella horrores que apenas se pueden describir. Los indios de la costa hallaron su alimento en los peces y mariscos del mar; los del interior, mucho menos afortunados, los buscaron en las yerbas y raíces del campo. Obedeciendo a sus más bárbaros instintos, se daban caza unos a otros para comerse, y se vio, dicen los antiguos cronistas, que las madres devoraban a sus propios hijos86.
A los rigores del hambre se añadieron los más terribles todavía de una espantosa epidemia de que hablan los escritores contemporáneos con tan vagos colores que no alcanzamos a explicarnos, y de cuyos estragos nos dan noticias que no acertamos a creer. «Entrando la primavera, dice uno de ellos, les dio en general una enfermedad de pestilencia que ellos llaman chavalongo, que en nuestra lengua quiere decir dolor de cabeza, que en dándoles los derribaba, y como los tomaba sin casas y sin bastimentos, murieron tantos millares que quedó despoblada la mayor parte de la provincia... En repartimiento que había más de doce mil indios, añade con una exageración inconcebible, no quedaron treinta». Algunos bárbaros, acosados por el hambre y por las enfermedades, deponían su natural altivez y acudían a la Imperial a pedir una limosna a los cristianos, llevando una cruz en la mano para mover el —51→ corazón de éstos87. La crítica histórica no puede aceptar estas noticias de los estragos de la epidemia sino reduciéndolos a proporciones inmensamente menores; pero es un hecho que el verano que siguió a sus grandes triunfos, los indios estuvieron atacados por dos enemigos terribles: el hambre y la peste.
En esas circunstancias hizo el general Francisco de Villagrán su nueva campaña contra los indios rebelados. Había salido de Santiago, como ya dijimos, a fines de octubre de 1554. Lo acompañaban ciento ochenta soldados españoles y un numeroso cuerpo de indios de servicio, que servían principalmente de bestias de carga, y a quienes se daba un trato horrible. Villagrán pasó el Biobío a fines de noviembre, y tomando los caminos de la costa, penetró en el territorio enemigo en la estación más favorable para las operaciones militares, y esperaba, sin duda, tener que empeñar frecuentes batallas con los indígenas a quienes suponía envanecidos con sus recientes triunfos. Sin embargo, parece que en ninguna parte encontró una resistencia formal88. Su arribo a la Imperial, en momentos en que nadie lo esperaba, fue objeto de fiestas y regocijos. Hubo juego de cañas, como si se celebrara un triunfo espléndido sobre los enemigos. Villagrán, sin embargo, no permaneció muchos días en la ciudad. Felicitó a sus capitanes y soldados por la valiente defensa que habían hecho durante tantos meses, envió a Valdivia un corto refuerzo de tropas con el licenciado Gutiérrez —52→ de Altamirano89, que lo acompañaba desde Santiago, y él mismo salió de nuevo a campaña con una columna de cien soldados.
Dando enseguida su vuelta al norte, el general Villagrán penetró en el valle central del territorio, y llegó hasta los llanos de Angol, donde un año antes existía la ciudad de los Confines. Los indios no estaban en situación de sostener la guerra ni las campeadas de los españoles les dieron lugar de reunirse en ninguna parte para reorganizar sus fuerzas. Villagrán quería hacer una guerra de destrucción y de exterminio con que pensaba aterrorizar a los bárbaros y ponerlos en la imposibilidad absoluta de volver a tomar las armas. Los pocos sembrados de los indios eran inexorablemente destruidos, y sus chozas incendiadas; pero los castellanos no consiguieron, sin embargo, ventajas positivas sobre el enemigo. Pedro de Villagrán en las inmediaciones de la Imperial y el licenciado Altamirano en los alrededores de Valdivia, imitaban el ejemplo del General, y si no alcanzaron grandes triunfos, aseguraron, al menos, la tranquilidad en esas ciudades, manteniendo alejados a los indios que habían pretendido hostilizarlas.

3. Nuevas exigencias de Villagrán para que
se le entregue el gobierno de Chile; se opone a ellas el cabildo de
Santiago
Estas duras hostilidades se prolongaron hasta entradas del otoño de 1555, sin lograr reducir a los indios y sin poder siquiera obligarlos a presentar batalla. Sin embargo, los españoles tenían confianza en la severidad del escarmiento; pero se acercaba la época del año en que no era fácil seguir haciendo estas correrías. Por otra parte, se aproximaba el plazo en que según el fallo de los letrados debía entregarse el gobierno a Francisco de Villagrán si antes no había llegado una resolución de la audiencia de Lima. Este General resolvió, en consecuencia, suspender por entonces las operaciones de la guerra y dirigirse a Santiago con una parte de sus tropas. Antes de ponerse en marcha, ordenó al capitán Gaspar de Villarroel que se adelantase con una escolta a reclamar del Cabildo de la capital que se le pusieran en posesión del gobierno.
Los capitulares de Santiago no se hallaban dispuestos a acceder a esta exigencia. Estaban al corriente de los últimos sucesos del Perú, y sabían que la audiencia de Lima, libre de los cuidados que le había impuesto la sublevación de Hernández Jirón, debía resolver de un día a otro las competencias suscitadas en Chile por la vacancia del gobierno. En esta situación, creían intempestivo, y hasta expuesto a perturbaciones y alborotos, el crear un poder que probablemente no debía durar más que algunos días. Habiendo recibido una carta que sobre este asunto le escribió desde el camino el capitán Villarroel, contestó el Cabildo negándose a lo que pedía el General, y recomendando a éste que continuase el castigo de los indios rebelados90. Villarroel, sin embargo, avanzó hasta Santiago, y entregó al Cabildo las —53→ comunicaciones que traía del general Villagrán. Los capitulares insistieron firmemente en su negativa, apoyándose en las mismas razones, esto es, en que esperaban la resolución de la audiencia de Lima que no podía tardar mucho91.
Cuando se creía que esta respuesta pondría término a las exigencias del General, se presentó en Santiago el 29 de abril el capitán Gabriel de Villagrán a reclamar de una manera más apremiante todavía, que se cumpliese el fallo de los letrados. Ese capitán venía provisto de amplios poderes de su sobrino Francisco de Villagrán, y pedía que sin demora se le entregase el mando de la gobernación como lo habían hecho las ciudades del sur. «No conviene, contestó el Cabildo, que el General venga a esta ciudad hasta que lleguen los navíos que se esperan del Perú, que será en breve, por donde sabremos la voluntad de Su Majestad, y aquélla se cumplirá. Hasta entonces no conviene que haya novedad en esta ciudad para la paz y quietud de ella»92.
Esta contestación no satisfizo al capitán Villagrán. Le parecían tan claros los derechos de su sobrino al gobierno de Chile, estando para expirar el plazo de siete meses que fijó la sentencia de los letrados (dada el 2 de octubre de 1554), que repitió su demanda en forma de requerimiento93; y como de nuevo se viese desatendido en sus pretensiones, asumió en sus reclamos un tono descomedido y conminatorio. Con fecha de 2 de mayo se presentó al Cabildo no ya como peticionario sino con voz de mando, e imponiéndole una multa de cincuenta mil pesos de oro si no reconocía a su poderdante en posesión del gobierno. El Cabildo, sin embargo, no se dejó intimidar por esta amenaza. Conservando incontrastable toda su energía, mandó devolver aquel requerimiento, añadiendo por toda contestación que el capitán Villagrán «hablase en lo que pidiese como debía de hablar con un cabildo, donde no, que al que hizo el escrito, si hiciese otro de la manera, lo castigarían por alborotador del Rey por esto y por otras cosas que merece ser castigado»94. Aquella firme entereza del Cabildo hizo desistir de sus exigencias al arrogante capitán, y mantuvo la tranquilidad pública sin alteración alguna en el gobierno de la ciudad.

4. Llega a Chile la resolución de la
audiencia de Lima, por la cual manda que los alcaldes de los cabildos conserven
el gobierno en sus distritos respectivos
Pero aquella situación no podía prolongarse mucho tiempo más sin grave peligro de la paz interior. La audiencia de Lima, rodeada de numerosos afanes, teniendo que atender primero al allanamiento y castigo de los rebeldes del Perú, y luego a recompensar a los que habían sido fieles al Rey durante las últimas revueltas, y a reorganizar la administración pública, no había podido consagrar mucho tiempo a los negocios de Chile. Por otra parte, la resolución de la competencia que en este país se había suscitado por el mando superior de la colonia, ofrecía las mayores dificultades. Residían en Lima dos agentes de Chile que sostenían —54→ pretensiones encontradas. Francisco de Riberos, representante del cabildo de Santiago, pedía que se hiciera cumplir el fallo de los letrados, es decir, que se diera el mando de la gobernación a Francisco de Villagrán. Diego Sánchez de Morales, comisionado por el cabildo de La Serena, reclamaba que se mandara obedecer el testamento de Valdivia, y que, en consecuencia, se entregase el gobierno al general Aguirre. En defensa de sus intereses respectivos, cada uno de estos agentes representaba que la tranquilidad de Chile y el afianzamiento de la conquista dependían de que fuese nombrado el pretendiente por cuyos derechos abogaba.
Por otra parte, los poderes de la audiencia de Lima, eran provisorios. Gobernaba accidentalmente el Perú, por muerte del virrey don Antonio de Mendoza, y esperaba que el soberano enviase un nuevo Virrey. No queriendo confiar el gobierno de Chile a ninguno de los pretendientes, se abstuvo también de nombrar un mandatario extraño, reservando al Virrey que viniese de España la libertad de hacer la elección. Dando cuenta de estos problemas, la Audiencia explicaba su resolución en los términos siguientes: «Hanse dado por ningunos los nombramientos (de Villagrán y de Aguirre) y mandado que no usen de ellos, y respondido a los cabildos, y escrito a ellos que deshagan la gente y tengan toda conformidad, sin hacer guerra a los dichos indios, y que las cosas estén en el estado que estaban al tiempo de Valdivia»95. La situación anormal en que se hallaba el gobierno del Perú fue causa de que se tomara una determinación que no resolvía nada, y que podía dar lugar a las más serias complicaciones.
Había llegado en esos momentos a Lima un caballero de Sevilla llamado Arnao Segarra y Ponce de León, que debía seguir su viaje a Chile. Era éste uno de tantos pretendientes a los destinos públicos de Indias, a quien el soberano había concedido el empleo de contador de su real tesoro y el cargo de regidor perpetuo del cabildo de Santiago96. La audiencia de Lima, teniendo que tomar razón de ese nombramiento, entregó a Arnao Segarra las comunicaciones que tenía que enviar a Chile. Este agente zarpó del Callao a mediados de febrero de 1555. Pero la navegación, como lo hemos dicho en otras ocasiones, era tan dificultosa por las corrientes y los vientos del sur, que el piloto que ponía un mes escaso en llegar de Valparaíso al Callao, se consideraba feliz si podía hacer el viaje de vuelta en tres meses. Segarra llegó a su destino el 22 de mayo, y se presentó en Santiago en la tarde del día siguiente, jueves 23, con los pliegos de que era portador.
Era éste un día de fiesta solemne. Los españoles celebraban la Ascensión del Señor; pero era tal la importancia que se atribuía a esas comunicaciones, y tal la impaciencia de todos —55→ por conocer la resolución tanto tiempo esperada, que el Cabildo acordó reunirse sin pérdida de momento a entradas de la noche. Arnao Segarra exhibió primero los reales títulos por los cuales se le nombraba contador del tesoro y regidor del Cabildo; y una vez admitido al ejercicio de estos cargos, presentó la provisión de la Audiencia. Los capitulares, uno en pos de otro, y por orden de rango, tomaron el pliego cerrado que la contenía, lo besaron respetuosamente, lo pusieron sobre sus cabezas en señal de sumisión a sus mandatos, y declararon que estaban resueltos a cumplirla el pie de la letra, sin que faltase cosa alguna, como leales vasallos del Rey.
La lectura de aquella provisión, sin embargo, no podía dejar contento a nadie. Tomando el nombre del Rey para dar su resolución, la Audiencia anulaba igualmente los nombramientos hechos por Pedro de Valdivia o por los cabildos, y mandaba que tanto Aguirre como Villagrán desarmasen la gente que tenían a su servicio sin nuevas gestiones y sin reclamación. Resolvía que se mantuvieran las cosas en el estado en que estaban a la época de la muerte de Valdivia, sin intentar nuevos descubrimientos y conquistas y sin expedicionar contra los naturales; y que si los indios intentaren algo contra los pueblos de los españoles, procurasen éstos conservarse con el menor daño posible del enemigo. Disponía, además, que los vecinos de Concepción repoblasen esta ciudad; y que las de la Imperial y de Valdivia se refundiesen en una sola, por la dificultad de sostener a ambas. Por lo que toca al gobierno del país, la Audiencia mandaba que los alcaldes ordinarios de cada ciudad usaran los cargos de administración dentro de sus respectivos distritos97.
Como es fácil comprender, esta resolución, haciendo desaparecer la unidad de acción en el gobierno de la colonia, iba a mantener las cosas en un estado provisorio, y probablemente a crear dificultades y complicaciones que la Audiencia habría debido evitar. El Cabildo, sin embargo, la recibió con respeto, y sólo por ser avanzada la noche, no la hizo publicar inmediatamente98. El día siguiente fue pregonada en las calles de la ciudad con gran aparato como ley cuyo cumplimiento obligaba a todos los vasallos del Rey. Llamado poco después al Cabildo el capitán Gabriel de Villagrán, se le leyó ceremoniosamente y se le dio una copia para que la comunicase a las ciudades del sur y al General que le había confiado sus poderes99.
En todas partes fue obedecida la resolución de la audiencia de Lima. El general Villagrán, sin conocerla todavía, había anunciado al cabildo de Santiago que se ponía en marcha para hacerse cargo del gobierno; pero se le comunicó nuevamente aquella decisión100, y esto bastó para que no insistiese otra vez en sus exigencias. El general Aguirre, por su parte, no puso tampoco obstáculo a su cumplimiento; pero el cabildo de La Serena descubrió que este estado de cosas ofrecía un peligro que afectaba igualmente a todos los colonos. La —56→ provisión de la Audiencia contenía estas palabras: «Lo cual todo queremos y es nuestra voluntad que se cumpla hasta que por Nos se provea de persona que gobierne esa dicha provincia». Así, pues, ese régimen provisorio debía durar sólo hasta que la Audiencia o el Virrey que lo reemplazase, quisiesen nombrar un Gobernador para Chile.
Ahora bien, ¿quién sería ese Gobernador? Era de temerse que la Audiencia o el Virrey, deseando poner término a las competencias de los caudillos de Chile, nombrase a un extraño, a algún capitán del Perú cuyos servicios en las guerras civiles quisieran premiar con este codiciado puesto. Ese Gobernador vendría rodeado de servidores y de favoritos que sin haber corrido los peligros y sacrificios de la conquista, se repartirían los cargos públicos y las encomiendas de indios con perjuicio de los conquistadores. Esto era lo que había pasado en otras partes de América, y esto era lo que debía suceder en Chile. El cabildo de La Serena, alarmado por este peligro, despachó inmediatamente a Santiago a uno de sus regidores, llamado Antonio de Villadiego, con comunicaciones y poderes para concertar con el cabildo de Santiago la única manera de resguardarse contra este peligro. Consistía este arbitrio en ponerse todos de acuerdo, no en la designación de un hombre, sino para pedir a las autoridades del Perú que el nombrado fuese precisamente «una persona de los de esta tierra, porque así conviene al bien de ella»101.
Se hallaban entonces en Santiago muchos miembros de los cabildos de las destruidas ciudades de Concepción, de los Confines y de Villarrica, y algunos de la Imperial. Todos ellos, movidos por un peligro que les era común, celebraron una sesión general con el cabildo de Santiago el día 16 de agosto. Sólo La Serena y Valdivia, las ciudades más apartadas de Santiago, no estuvieron representadas en aquella asamblea. Todos los concurrentes estuvieron de acuerdo en que se pidiese a la Audiencia por Gobernador a uno de los hombres de Chile; pero la asamblea, compuesta en su mayor parte de capitulares de las ciudades del sur, fue más lejos todavía, y acordó que se pidiese para este cargo al general Francisco de Villagrán102. Esta designación era, como se comprende, una transgresión del propósito primitivo.
Cuando llegó el caso de escribir a la audiencia de Lima, el cabildo de Santiago tomó una resolución diferente. Nombró por apoderado suyo en el Perú al mismo contador Arnao Segarra y Ponce de León «para que por Nos y en nuestro nombre, decían sus poderes, y como tal Cabildo, pueda pedir a Su Majestad y al Ilustrísimo señor visorrey de las provincias del Perú, si en ellas lo hubiere, y a los señores de la Real Audiencia de los Reyes, que provean para el gobierno de esta tierra a una persona de las que en ella hay, pues son en quien concurren las calidades y partes que se requieren; y que no pueda pedir en manera alguna persona de las que al presente están fuera de la tierra, por lo mucho que conviene que la gobierne quien la haya visto y tenga bien entendido, para que en el gobierno de ella Dios y Su Majestad se sirvan».
Una petición de esta naturaleza habría probado a la audiencia de Lima que el cabildo de Santiago no obedecía en sus gestiones al espíritu de bandería, y que buscaba sólo la tranquilidad y el bienestar de la colonia. Evidentemente, estos sentimientos elevados eran los que movían a los capitulares; pero queriendo también probar que no estaban apasionados por ninguno de los dos caudillos, y creyendo, sin duda, que el nombramiento de Villagrán o de —57→ Aguirre ofrecía inconvenientes, tomó, además, el Cabildo otra determinación. Acordó que con Arnao Segarra fuese al Perú otro emisario encargado de dar cuenta de los sucesos de Chile, y «que se escriba otra (carta) a los señores de la Real Audiencia, pidiendo a Rodrigo de Quiroga para que gobierne esta tierra, si su alteza fuere de ello servido, por ser cosa que conviene al servicio de Dios y de Su Majestad, y bien de esta tierra»103. Quiroga, a juicio de los capitulares, reunía todas las condiciones necesarias para que la Audiencia le confiare el mando de la Nueva Extremadura. Era uno de sus primeros conquistadores, y no se había apasionado en las disensiones y banderías que se siguieron a la muerte de Valdivia.
Pero el general Villagrán no había descuidado la defensa de sus intereses. En cumplimiento de la provisión de la audiencia de Lima, vivía en Santiago sin mando alguno militar. En esta ciudad había estrechado relaciones de amistad con el contador Arnao Segarra. Cuando éste se disponía a partir para Lima, Villagrán lo empeñó para que sostuviese sus pretensiones ante la Audiencia, y, aun, lo proveyó del dinero que podía necesitar en estas gestiones104. Así, pues, el agente del cabildo de Santiago, era a la vez el abogado particular de uno de los pretendientes al gobierno.
La audiencia de Lima, como ya dijimos, había ordenado que en Chile se suspendieran las expediciones militares contra los indios, y que las ciudades existentes se mantuviesen estrictamente a la defensiva. Pero había ordenado también que se repoblase la ciudad de Concepción; y los vecinos de ella, que se hallaban en Santiago, tenían deseos de que se realizase este mandato con la esperanza de volver al goce de sus propiedades y de sus repartimientos de indios. La estación de invierno era, sin embargo, tan desfavorable a la ejecución de esta empresa que fue necesario aplazarla por algunos meses.
Apenas llegada la primavera, los vecinos de las ciudades del sur que se hallaban en Santiago, se prepararon para ponerse en camino. El Cabildo dispuso que marcharan reunidos, «porque no yendo así, se gasta toda la comida que hay, y después no habrá comida hasta que se coja la nueva»105. Reglamentando más prolijamente todavía estas operaciones, ordenó que la marcha se hiciera en dos cuerpos que debían salir de la ciudad con cortos intervalos, y ocho días después de todo su distrito, que terminaba en el río Maule. Recomendó activamente que no se les permitiese maltratar a los naturales, ni llevar indios, esclavos y ganado de Santiago106.
Estas órdenes del Cabildo no se pudieron cumplir puntualmente por las dilaciones consiguientes en los aprestos. Al fin se organizó una columna de sesenta y ocho hombres, de los cuales sólo treinta y uno habían sido antiguos pobladores de Concepción. Tomaron el mando —58→ de esa fuerza los capitanes Juan de Alvarado y Francisco de Castañeda, alcaldes ordinarios del último Cabildo de esa ciudad, a quienes correspondía el gobierno de ese distrito en virtud de la resolución de la audiencia de Lima. Los administradores del tesoro real de Santiago les suministraron los fondos necesarios para vestir y armar esa gente, y para equipar el navío San Cristóbal, que debía conducir a Concepción a algunas mujeres, así como las municiones, los víveres y demás objetos que era difícil transportar por tierra. La columna partió de Santiago el 1 de noviembre de 1555.
La marcha de los repobladores de Concepción se hizo sin grandes inconvenientes. El capitán Castañeda mandó ahorcar a un soldado que había herido a uno de sus compañeros, y este acto de rigor contribuyó a mantener la disciplina de los expedicionarios. Después de atravesar el río Maule el 13 de noviembre, y de practicar diversos reconocimientos para observar las disposiciones de los indios, llegaron a su destino el 24 de ese mes. El general Villagrán los había acompañado hasta las orillas del Itata107.
El sitio en que se había levantado Concepción no era entonces más que un montón de escombros y de ruinas. Sin detenerse en inútiles lamentaciones, los castellanos acometieron llenos de entusiasmo y de confianza la reconstrucción de la ciudad, comenzando por repartir solares para las casas y por hacer un cercado de palizadas para ponerse a cubierto de los ataques de los indios. Aun esta precaución parecía innecesaria. El capitán Juan de Alvarado, que salió con quince hombres a visitar los antiguos repartimientos de las inmediaciones, encontró a los indios de paz, y en apariencia dispuestos a volver a servir a sus amos. Los alcaldes llegaron a persuadirse en los primeros días de que habían alcanzado la realización de sus propósitos, sin hallar dificultades que vencer.
Antes de mucho, esta confianza comenzó a desaparecer. A pesar de la aparente sumisión de los indios de los alrededores, los espías de los españoles percibieron síntomas de un levantamiento formidable. Los alcaldes de Concepción se apresuraron a pedir auxilio a Santiago; pero esos auxilios, que se hallaban a mucha distancia, debían tardar en llegar, mientras que la insurrección estaba, puede decirse así, a las puertas de la ciudad. En efecto, los indios de la comarca habían dado aviso de todo a los guerreros del otro lado del Biobío, y éstos, libres ahora de la epidemia y del hambre que los había asolado el verano anterior, estaban sobre las armas y próximos a entrar en campaña. Lautaro, el astuto e incansable enemigo de los españoles, se puso al frente de estas huestes. Los indios esperaban cosechar un botín tan rico y abundante como el que habían recogido dos años atrás.
Al amanecer del 12 de diciembre108, se dejaron ver en las alturas de una loma vecina a Concepción numerosos y apretados escuadrones de indios que se presentaban en actitud hostil. Los bárbaros habían avanzado sin ser sentidos durante las tinieblas de la noche. Llevaban sobre sus hombros gruesos postes de madera que clavaron en el suelo para formar una trinchera, y numerosos palos o garrotes cortos para lanzar a la cabeza de los caballos enemigos. Estableciéronse en un lugar conveniente, teniendo a sus espaldas una quebrada —59→ en que podían defenderse con ventaja en caso de ser arrojados de sus posiciones. En ésta, como en otras ocasiones, los bárbaros habían desplegado un admirable tino para elegir el lugar del combate.
Los castellanos vacilaron un instante sin saber qué partido tomar para embestir al enemigo. Hallándose en tan corto número, algunos pensaban asilarse en el buque que se encontraba en el puerto. El capitán Alvarado, sin embargo, dispuso la carga contra las posiciones enemigas, haciendo avanzar a sus infantes protegidos por la caballería. Al acercarse a la improvisada fortaleza de los indios, fueron recibidos con la más formidable resistencia. Los bárbaros lanzaron sobre las cabezas de los caballos una verdadera lluvia de garrotes arrojadizos, que los obligaba a remolinear; los pocos jinetes que lograron pasar adelante, fueron recibidos en las puntas de las lanzas de dos gruesos destacamentos de indios que defendían los extremos de la palizada. Cuatro soldados españoles, uno de los cuales, Pedro Gómez de las Montañas, era regidor del Cabildo y gozaba de la reputación de valiente, cayeron en este primer ataque y fueron descuartizados por los indios sin que sus compañeros pudieran socorrerlos. Los infantes, entretanto, peleaban denodadamente en frente de la palizada, pero tampoco consiguieron obtener ventaja, y recibieron muchas heridas. La pérdida de aquellos cuatro hombres comenzó a producir el desaliento entre los españoles; y la convicción de que no podían romper las filas del enemigo, los inclinaba a replegarse al fortín que habían construido en la ciudad, donde esperaban defenderse en mejores condiciones detrás de las trincheras que tenían preparadas.
Los indios, por su parte, cobraron mayor confianza. Al ver la retirada de los españoles, cargan en tropel sobre ellos hasta obligarlos a encerrarse en sus palizadas; pero allí encuentran una desesperada resistencia que costó la vida a muchos de sus guerreros. Alentados por estas ventajas, algunos castellanos se atrevieron a salir de las trincheras para resistir el empuje de los bárbaros y estimular el valor de los suyos, pero sucumbieron bajo el peso de las armas de los numerosos enemigos. Así pereció, entre otros resueltos soldados, el clérigo Nuño de Ábrego, el antiguo cura de Santiago, que en la pelea había dado pruebas de valiente109. Después de haber muerto muchos indios, él y los que lo acompañaban se encontraron cercados por todas partes por los indios y murieron batiéndose hasta el último momento.
Pero era imposible la prolongación del combate bajo circunstancias tan desfavorables para los españoles, y teniendo que luchar con un enemigo ensoberbecido e inmensamente superior. El desaliento cundía en sus filas al ver la inutilidad de la resistencia. Unos se replegaban a la playa a buscar un terreno plano en que poder hacer maniobrar sus caballos; otros no pensaban más que en buscar un asilo en el buque. En esos momentos, todo era confusión y pavor. Un soldado español, viendo alejarse el batel en que se retiraban algunos de sus camaradas, se echó al mar con un caballo pretendiendo llegar a nado hasta el navío; y habría perecido en esta desesperada tentativa si no se le presta un oportuno socorro. La ferocidad implacable de los vencedores, que no perdonaba a nadie, había aterrorizado hasta ese punto a los fugitivos.
—60→La jornada costaba a los españoles la pérdida de una tercera parte de sus fuerzas. Todavía tuvieron que pasar por nuevos peligros en su retirada los que seguían el camino de tierra. Los indios habían tenido la precaución de cortar los senderos que conducían al norte, atravesando árboles y maderos firmes y resistentes que dificultaban la marcha de los caballos, y exponían a los hombres a ser víctimas de las emboscadas. Allí perecieron algunos de los fugitivos, pero el mayor número logró abrirse paso. Afortunadamente para ellos, esta persecución no se sostuvo largo tiempo. Los indios, ávidos de botín, se apresuraban a volver al asiento de la ciudad a repartirse las ropas, las armas y los víveres de los castellanos110. Los edificios comenzados por éstos en los pocos días que habían permanecido allí, fueron arrasados hasta los cimientos.
Este desastre venía a producir de nuevo la más espantosa perturbación en la colonia. Después de los últimos meses de quietud, el Cabildo había creído alejada la era de los peligros para la estabilidad y afianzamiento de la conquista. La repoblación misma de la ciudad de Concepción había sido anunciada en los primeros días a Santiago como una prueba del sometimiento de los indígenas de aquellos lugares. Pero no hacía mucho tiempo que se había recibido esta noticia, cuando Lope de Landa, uno de los regidores de Concepción, se presentaba al cabildo de Santiago (18 de diciembre) para anunciarle los peligros que corría la nueva ciudad, y para pedirle auxilios que enviar en su socorro111. Lope de Landa recibió tres mil pesos de oro para preparar esos auxilios; pero antes de partir, llegaba a Santiago el 23 de diciembre la funesta noticia del desastre sufrido en Concepción112. Los soldados que —61→ habían podido salvarse de aquel desastre, se hallaban entonces en las orillas del Maule, agobiados de cansancio y de fatiga, y necesitados de recursos para continuar su marcha a Santiago.
La entereza de los capitulares de Santiago no se doblegó, sin embargo, por esta desgracia. Acordó socorrer a los fugitivos y despachar los dos buques que entonces había en Valparaíso, uno al Perú a llevar la noticia del desastre, y a pedir los auxilios que se necesitaban, y el otro a las ciudades del sur. Debía éste poner sobre aviso al capitán Pedro de Villagrán, que mandaba en la Imperial, y al licenciado Altamirano, que gobernaba en Valdivia, para que mantuvieran la defensa de estas ciudades contra la insurrección de los indios113. Se esperaba que esos capitanes salvasen ahora esas poblaciones como las habían salvado el año anterior. Aunque el desempeño de aquella comisión era de la mayor urgencia, fue necesario aplazarlo cerca de un mes para obtener de los oficiales reales otros dos mil pesos de oro que eran indispensables para el equipo de aquel buque114.
Desgraciadamente, no era éste el único motivo de perturbaciones y de inquietudes que entonces tuviese el cabildo de Santiago. Desde días atrás se temía la insurrección de los indios del norte del Maule, que los españoles seguían llamando con el nombre de poromabcaes, con que los peruanos denominaban a los bárbaros fronterizos115. En efecto, en aquellos lugares los indígenas habían asaltado a un español, y muerto a dos yanaconas de servicio; y en la alarma que estos sucesos debieron producir, no era extraño que se temiera una rebelión general relacionada con el alzamiento del sur. El Cabildo, para reprimir en tiempo oportuno cualquier movimiento, había encargado al capitán Juan Jufré el castigo de los indios que se decían alzados en los campos vecinos del Maule, y luego hizo salir contra ellos a otros tres capitanes116. Las instrucciones que se les dieron dejan ver que se quiso escarmentarlos enérgicamente.
Pero al mismo tiempo que se hablaba de este alarmante alzamiento, se temía seriamente por la suerte que podían correr las ciudades de la Imperial y de Valdivia, y circulaban en Santiago noticias de otro orden, que debían aumentar la alarma. Por cartas llegadas de La Serena se anunciaba que en el Perú habían renacido las antiguas alteraciones civiles117, lo cual no podía dejar de producir graves complicaciones en Chile. Parecía que se habían desencadenado de nuevo todas las calamidades sobre la colonia. Aquellos meses debieron vivir sus pobladores en la más constante zozobra.
Sin embargo, todos estos motivos de alarma y de inquietud desaparecieron gradualmente antes de entradas del invierno. Las ciudades del sur desarmaron con tesón y con buen éxito las hostilidades de los indígenas. Los indios de Lautaro, vencedores de los españoles —62→ en Concepción, no supieron aprovecharse de su victoria ni del terror que habían producido en la colonia; y en vez de acometer nuevas empresas, dejaron pasar el tiempo en que una vigorosa campaña habría podido procurarles un triunfo más decisivo. Juan Jufré, después de castigar a los indios del Maule con el rigor que los conquistadores empleaban en esas expediciones, estaba de vuelta en Santiago a mediados de abril de 1556118. Por último, se supo que los sucesos del Perú no tenían la gravedad que se les había atribuido. El Cabildo y el vecindario de Santiago entraban en un período de paz relativa que, sin embargo, no era más que una tregua a tantas fatigas y a tantas inquietudes.
En esos momentos llegaba a Chile una nueva resolución de la audiencia de Lima que venía a dar otra forma al gobierno de la colonia, haciendo desaparecer esa administración incoherente y débil de los cabildos y de los alcaldes dentro de sus respectivos distritos.