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ArribaAbajoCapítulo XXI

Hurtado de Mendoza: administración financiera; fin de su gobierno (1559-1561)


1. Brillante perspectiva que el descubrimiento de América abría a la industria española; estado desastroso de la hacienda pública a mediados del siglo XVI. 2. Las cortes de Castilla, para poner remedio a la pobreza creciente de España, piden al Rey que prohíba la exportación a América de los productos manufacturados. 3. Prohibición impuesta a los extranjeros de establecerse en América; trabas creadas al libre comercio. 4. La primera población española en América se consagra principalmente al trabajo de las minas; las perlas y los metales preciosos suministran a la Corona sus principales entradas. 5. Los reyes de España se apoderan con frecuencia de los tesoros de particulares que iban de las Indias; influencia de estas violencias en la colonización de América. 6. Empeño de los reyes por incrementar las entradas que les producían las Indias; concesiones hechas a los encomenderos de Chile, e instrucciones dadas a Alderete para aumentar el producto de las minas. 7. Administración financiera de don García; los ingentes gastos de la guerra le impiden enviar a España socorros de dinero. 8. Imposición de donativos forzosos a los encomenderos y comerciantes; vida ostentosa del Gobernador y su pobreza al dejar el mando. 9. Al saber la muerte de su padre, don García se marcha al Perú. Sus trabajos para comprobar sus servicios y para obtener la remuneración a que se creía merecedor. 10. Juicio de residencia seguido en Chile contra don García Hurtado de Mendoza; el Rey aprueba su conducta. Noticias acerca del licenciado Hernando de Santillán (nota).



ArribaAbajo1. Brillante perspectiva que el descubrimiento de américa abría a la industria española; estado desastroso de la hacienda pública a mediados del siglo XVI

El descubrimiento y la conquista de América coincidieron con una época de grandeza política para España, y abrieron un halagüeño porvenir para su industria y para su riqueza. Ocupada durante largos siglos en su guerra contra los moros, había llamado muy poco la atención de Europa, pero constituida en esta época en una monarquía compacta, tomó de repente una preponderancia incontestable entre los estados del Viejo Mundo. La fundación de su vasto imperio colonial vino a consolidar y a fortalecer el prestigio de su grandeza. «En los dilatados dominios del rey de España, se decía a mediados del siglo XVI, no se pone el sol jamás»284.

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La creación de este imperio colonial iniciaba también para la metrópoli una era de prosperidad industrial. España iba a tener un vasto mercado para sus manufacturas, y a obtener, en cambio, los ricos productos de las Indias occidentales. En efecto, después de los grandes descubrimientos, y sobre todo, después de las conquistas de México y del Perú, afluían a España abundantes y repetidas remesas de oro, de plata, de perlas y de piedras preciosas. Las fábricas españolas, que gozaban de la reputación de ser las primeras de Europa, se vieron tan recargadas de pedidos de mercaderías manufacturadas, que con seis años de anticipación tenían vendidos sus productos para la exportación a las nuevas colonias285. La ciudad de Sevilla, que pasó a ser el centro de este movimiento comercial, alcanzó al grado de la más asombrosa riqueza. «Sevilla, dice un escritor español del siglo XVI, es la puerta y puerto principal de toda España... De sesenta años a esta parte que se descubrieron las Indias occidentales, se le recreció una ocasión tan oportuna para adquirir grandes riquezas que convidó y atrajo a algunos de los principales a ser mercaderes, viendo en ello cuantísima ganancia. Así de este tiempo acá, los mercaderes se han aumentado en número. Así el trato de ella es uno de los más célebres y ricos que hay el día de hoy o se sabe en todo el orbe universal; es como centro de todos los mercaderes del mundo. Por lo cual todo lo mejor y más estimado que hay en las otras partes antiguas, aun de Turquía, viene a ella, para que por aquí se lleve a las nuevas, donde todo tiene tan excesivo valor»286.

En medio de esta era de prosperidad se elaboraba lentamente la decadencia y la postración de España que, sin embargo, no vinieron a ser visibles sino muchos años más tarde. Contra lo que era de esperarse, el oro y las perlas de América no enriquecieron a la metrópoli. A mediados del siglo XVI, el pueblo español soportaba una situación miserable, vivía encorvado bajo el peso de enormes impuestos que no podía cubrir y pagaba un doloroso tributo a todos los errores económicos y políticos de la época. El tesoro real había llegado al último grado de pobreza, y reducía a los reyes, en medio del brillo aparente de la monarquía, a una situación casi vergonzosa.

América había comenzado a producir ingentes entradas al erario real, pero ellas habían llegado a ser insuficientes para las premiosas necesidades de la Corona. Envuelto en costosas e incesantes guerras políticas y religiosas que tenían por teatro una gran parte de Europa, apremiado, además, por los gastos de representación de la dignidad imperial y real, Carlos V consumía indiscretamente esos tesoros, estaba siempre urgido por la escasez de fondos, no reunía las cortes o asambleas de sus estados más que para pedir nuevos subsidios, y vivía, según su propia expresión, «con el agua hasta encima de la boca»287, contrayendo deudas que no podía pagar, reclamando nuevos impuestos, y echándose en muchas ocasiones sin el menor escrúpulo sobre los bienes de sus súbditos.

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Esta situación, lejos de experimentar un cambio favorable, se agravó considerablemente desde los primeros días del reinado de Felipe II. La renovación de las guerras en Francia y en Italia, y los gastos de la Corte más considerables e inmoderados todavía, mantenían al tesoro en un estado de déficit que se agravaba cada año. Nada pinta mejor sus angustias que las reformas propuestas para remediarlas. El consejo de hacienda del soberano propuso entre otras medidas que se vendiesen hasta mil cartas o patentes de hidalguía a personas de cualquier rango, «sin excepción ni defecto de linajes ni otras máculas», sacándolas al mercado gradualmente, y al precio de cinco mil ducados cada una, para que la abundancia de patentes ofrecidas en venta, no rebajaran su valor. Se propuso igualmente la venta de jurisdicciones perpetuas, de terrenos baldíos de los municipios y de nuevos cargos de regidores y de escribanos que se crearían en las ciudades principales, la imposición de empréstitos forzosos a los prelados y a los particulares, la venta de varios pueblos a grandes señores de la monarquía, a quienes se traspasaba el derecho de imponer y de percibir sus contribuciones, la prohibición bajo pena de confiscación de extraer dinero para Roma, la suspensión de pago a los acreedores del Estado y la legitimación por dinero de los hijos de los clérigos, dándoles, además, por precios módicos cartas de hidalguía288. Todos estos arbitrios, en su mayor parte contrarios a la moral y opuestos a los buenos principios de gobierno, merecieron la aprobación del Rey, y se plantearon activamente, pero no dieron el resultado que se esperaba de ellos.




ArribaAbajo2. Las cortes de Castilla, para poner remedio a la pobreza creciente de España, piden al Rey que prohíba la exportación a América de los productos manufacturados

Sería largo y fuera de nuestro propósito el señalar aquí todas las causas que crearon este estado de cosas, y que frustraron las esperanzas que el descubrimiento de América había hecho nacer. Pero hay algunas de ellas ligadas con nuestro asunto, y que debemos tomar en consideración.

Hemos dicho que en los primeros tiempos de la colonización, la industria española apremiada por una gran demanda de sus productos, no alcanzaba a satisfacer los pedidos del comercio. Una situación semejante habría estimulado en nuestro tiempo la producción y con ella la riqueza pública. Pero la España del siglo XVI no se halló en estado de resolver esa situación por un aumento de trabajo. Las guerras incesantes habían desarrollado un espíritu militar como no se había manifestado nunca en ningún otro pueblo, y alejaba de las pacíficas ocupaciones industriales a muchos millares de hombres útiles. Se ha dicho sin exageración que toda la inteligencia del país que no estaba empleada al servicio de la Iglesia, se consagró al servicio de las armas289. Los jurisconsultos y los literatos eran en su mayor parte militares de oficio o de circunstancias, y se batían como tales así en América como en   —180→   Europa. Aun los mismos eclesiásticos peleaban como soldados o mandaban como generales, y tenían a honor el distinguirse en las batallas. «Las guerras santas contra los infieles, dice un célebre historiador, perpetuaron en España el indecoroso espectáculo de los eclesiásticos militantes, hasta una época muy moderna, y mucho después de haber desaparecido del resto de la Europa civilizada»290.

Esta sola causa habría bastado para debilitar el poder industrial de España; pero había, además, otras que influyeron considerablemente. Las inclinaciones aristocráticas del pueblo español, la aspiración de todos a ser tenidos por hidalgos y la facilidad de obtener una patente, sea por servicios militares, sea por compra, habían engendrado el desdén por los trabajos industriales, que se dejaban a cargo de la gente más miserable, de los moriscos y de los extranjeros. Los errores del sistema de gremios industriales complicaban el trabajo libre e impedían toda competencia. La abundancia de días festivos en que era prohibido el trabajo, estimulaba la ociosidad y limitaba la producción. Así, pues, la demanda extraordinaria de artículos manufacturados que había creado la colonización de América, sin aumentar la producción en una escala correspondiente, dio por resultado inmediato una alza alarmante en el valor de las cosas, que enriquecía a unos pocos, pero que abrumaba al mayor número de los consumidores.

Se trató de buscar el remedio contra esta situación. Los arbitrios propuestos revelan los sufrimientos del pueblo español y las ideas económicas de la época. En vez de estimular la producción que habría enriquecido a la nación, se trató de impedir que se exportaran a América las manufacturas fabricadas en España. Ocupáronse de este asunto las cortes de Castilla reunidas en Valladolid en 1548. «Vemos, decían las cortes, que alza el precio de los víveres, paños, sederías, cordobanes y otros artículos que salen de las fábricas de este reino, siendo necesarios a sus naturales. Sabemos también que esa carestía no consiste sino en la exportación de géneros a las Indias... Tan grande ha llegado a ser el mal, que no pueden ya los habitantes con lo caro de los víveres y de todos los objetos de primera necesidad. Notorio es e incontestable que las Indias abundan en lana superior a la de España, ¿por qué no se fabrican los indianos sus paños?... Muchas de sus provincias producen seda... ¿por qué no hacen terciopelos y rasos?... ¿No hay en el Nuevo Mundo bastantes pieles para su consumo y aun para el de estos reinos? Suplicamos a Vuestra Majestad prohíba se exporten estos artículos»291.



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ArribaAbajo3. Prohibición impuesta a los extranjeros de establecerse en América; trabas creadas al libre comercio

Carlos V desoyó estas representaciones; pero él, así como sus antecesores y sucesores, cayeron en el error opuesto que consistía en mantener a las nuevas colonias dependientes del comercio de España. Buscaban en este sistema la protección de la industria de la metrópoli y el aumento de las entradas de la Corona. Sujetándose a las ideas económicas de su siglo, los reyes crearon en breve un sistema de administración que no impidió el empobrecimiento de España, y que fue fatal para el progreso y prosperidad de las colonias y contrario a los mismos intereses del tesoro real.

Desde los primeros días del descubrimiento de América, los reyes habían prohibido a los extranjeros no sólo comerciar sino residir, aunque fuera accidentalmente en estas regiones. Esta prohibición, natural en una época en que se creía que las riquezas y el comercio de un territorio sólo podían ser explotados por los súbditos del soberano del país, había sido sancionada por la autoridad espiritual de la Santa Sede. Alejandro VI, por su célebre bula de donación, imponía la pena de excomunión latæ sentenciæ a cualquier persona que sin permiso de los Reyes de Castilla viniese a negociar a las Indias292; y ampliando pocos meses más tarde esta prohibición, la hizo extensiva no sólo a los comerciantes sino a los que únicamente pretendiesen navegar, pescar o descubrir nuevas tierras293. Como si esta medida no fuese bastante para limitar la población europea en las nuevas colonias, los monarcas pusieron desde el principio numerosas trabas a los mismos españoles que querían pasar a América. Sólo el Rey y en ciertos casos la Casa de Contratación de Sevilla, podían dar este permiso que era, a lo menos, largo y engorroso obtener. Al que no cumplía con este requisito, se le condenaba a la pena de expulsión del país y a la confiscación de sus bienes, la quinta parte de los cuales debían darse al denunciante294. Aun en los principios, estos permisos se daban sólo a los castellanos. La reina Isabel, recordando que el descubrimiento de las Indias se había hecho a costa de los reinos de Castilla y de León, recomendaba en su testamento que sólo a los naturales de estos reinos se les permitiera negociar en los países recién conquistados.

Pero esta exclusión no podía ser tan absoluta. Fernando el Católico, originario y rey de Aragón, permitió a sus nacionales, mientras fue regente de Castilla, negociar y establecerse en América295. Bajo el reinado de Carlos V se relajó algo más todavía la observancia de las primeras leyes. Este soberano permitió con frecuencia a sus súbditos no españoles, esto es, a los flamencos, alemanes e italianos, el pasar a América y el tomar parte en las conquistas296. Las cortes de Castilla, alarmadas con estas concesiones, reclamaron en 1523 y en   —182→   1548 contra estos permisos, pidiendo que no se permitiese a los extranjeros el comercio en las Indias. Así, pues, estas restricciones tan contrarias al desarrollo de la prosperidad industrial, y tan desfavorables a los verdaderos intereses del Rey y de sus colonias, no eran, como podría creerse, una organización artificial creada por la ley, sino la expresión genuina de las ideas económicas de la época. Felipe II, sometiéndose a estos principios, que también eran los suyos, sancionó estas prohibiciones297.

La reglamentación de las operaciones comerciales obedecía al mismo sistema. En los principios, los españoles viajaban a las Indias y comerciaban con ellas en naves sueltas a su riesgo y ventura. La Casa de Contratación establecida en Sevilla por los Reyes Católicos, tenía la supervigilancia de todo lo que se relacionaba con el comercio y con la navegación a las Indias. En su doble carácter de tribunal y de oficina de administración, ejercía jurisdicción privativa sobre todos los mercaderes, capitanes o maestres de naves y marineros, y cuidaba del cumplimiento de las ordenanzas de navegación y de comercio en las colonias. Tan amplia fue la jurisdicción que el Rey dio a esa oficina que, aunque por cédula de 15 de enero de 1529 concedió a varios puertos de España el derecho de despachar buques a las Indias, impuso a todos ellos la obligación de volver a Sevilla para que sus operaciones estuviesen vigiladas por la Casa de Contratación298.

Esta limitada libertad de navegación no duró largos años. Cuando esas naves comenzaron a llegar cargadas con los tesoros del Nuevo Mundo, se suscitó un grave temor. Se vio que estaban expuestas a ser presa de las expediciones piráticas o de las escuadras de las naciones enemigas de España. Surgió entonces la idea de limitar el tráfico, de reunir las naves en flotas, que harían los viajes en períodos determinados y defendidas por buques de la marina real. Pero si estas precauciones fueron útiles para la seguridad de las mercaderías, el régimen que ellas crearon, tan opuesto a la libertad de comercio, era un golpe terrible a la prosperidad y desarrollo de la industria en la metrópoli y en las colonias.



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ArribaAbajo4. La primera población española en América se consagra principalmente al trabajo de las minas; las perlas y los metales preciosos suministran a la Corona sus principales entradas

Todas estas causas contribuyeron a limitar la población europea en América. Por otra parte, los colonos españoles en su inmensa mayoría, tenían las ventajas y los inconvenientes de su raza, de sus costumbres, de sus preocupaciones y de sus instituciones sociales y políticas. Se ha creído descubrir en su sistema colonial un plan artificiosamente elaborado para fundar y mantener nuevas provincias condenadas a vivir bajo la sumisión perpetua y la explotación duradera de la metrópoli. Nada, sin embargo, está más lejos de la verdad, sobre todo en los primeros tiempos. España daba a sus colonias todo lo que podía darles: su espíritu, su sangre, sus instituciones; y si su colonización no fue más fecunda, la culpa no es de un sistema fríamente meditado sino de la propia educación y de las propias ideas del pueblo colonizador299.

Vigorosos y enérgicos para soportar los mayores sufrimientos, dispuestos a acometer las más arriesgadas empresas para adelantar la conquista eran, en cambio, poco constantes para los trabajos industriales, o tenían por ellos una marcada aversión. Es cierto que desde el principio importaron las semillas y los animales útiles de Europa para propagarlos en América, que tuvieron algunos artesanos para satisfacer las necesidades más premiosas de los colonos; pero en general desdeñaban la cultura agrícola y el ejercicio de las artes manuales, prefiriendo a todo la explotación de las minas en que esperaban hallar espléndidos beneficios mediante el trabajo forzado de los indios. Aquí, como en España, el espíritu militar de la mayoría de la población, y el desdén aristocrático por el trabajo industrial, eran causa de atraso y de empobrecimiento cuando no de alteraciones de la tranquilidad pública. Así, se ve a los gobernadores españoles, aun a los más sagaces e inteligentes, empeñados no en aumentar la población europea en las colonias, sino en disminuirla enviándola a lejanas expediciones o haciéndola volver a Europa por un motivo o por otro. Esto es lo que se llamaba «descargar» o «desaguar la tierra». El virrey del Perú, marqués de Cañete, se felicitaba en una de sus cartas al soberano de que aparte de la gente que enviaría a expediciones lejanas, iba a echar fuera de ese país «por lo menos más de trescientos hombres». Y para demostrar al Rey qué clase de gente era la que hacía falta en América, le agregaba más adelante: «Vuestra Majestad mande que gente llana, con sus herramientas y aderezos para labrar y sembrar, y no con armas para entrar en las batallas como hasta aquí, puedan pasar»300. En efecto,   —184→   consumada la conquista, América no necesitaba de capitanes y soldados, ni de hidalgos arrogantes, desdeñosos de los trabajos de la paz, sino de labradores e industriales.

Se comprende que bajo semejante estado de cosas, con una población diminuta y poco inclinada a los trabajos pacientes de la agricultura, con un comercio limitado y sometido a tantas trabas, las rentas de la Corona debían ser muy escasas. Lo eran en verdad; pero el Rey reclamaba para sí la quinta parte de los metales preciosos sacados de las minas, o de las perlas cogidas en el mar, y del oro o joyas quitados a los indios en las expediciones militares. Este quinto, que llegó a ser muy considerable después de los descubrimientos de México y del Perú, formaba casi la única entrada que las nuevas conquistas proporcionaban al soberano a mediados del siglo XVI.




ArribaAbajo5. Los reyes de España se apoderan con frecuencia de los tesoros de particulares que iban de las Indias; influencia de estas violencias en la colonización de América

Si los reyes se hubieran limitado a percibir el quinto de esos productos, no habrían hecho más que ejercer un derecho legítimo de soberanía. Pero envueltos en guerras interminables, y queriendo sostener un fastuoso tren para dar prestigio a su majestad, esas rentas legales se hacían nada; y Carlos V, primero, y Felipe II enseguida, recurrieron a medidas que importaban el más violento e injustificable despojo, y un daño enorme para los capitanes y soldados que dilataban sus dominios en el Nuevo Mundo. Por cédula de 17 de septiembre de 1538, Carlos V mandaba tomar en Sevilla todos los tesoros que hubiesen llegado en la última flota de las Indias, cualesquiera que fuesen sus dueños, para satisfacer, decía, las gravísimas necesidades de la guerra del turco. En esa ocasión se arrebataron a la esposa de Pedro de Valdivia doscientos mil maravedises (cerca de cuatrocientos pesos de oro) que éste le enviaba del Perú para su sustento. Aunque el Rey anunciaba allí que esas cantidades serían pagadas al cabo de seis años, la experiencia había enseñado a los españoles cómo se cubrían en esa época las deudas de la Corona301.

Estos actos siguieron repitiéndose bajo el reinado de Carlos V. Se había esperado que la elevación del nuevo soberano pondría término a estos vergonzosos expedientes que despojaban a los conquistadores y al comercio, del fruto de sus sacrificios y de su trabajo. Pero uno de los primeros actos de Felipe II reveló que no había nada que esperar de los reyes. En 1556 la flota de Indias había llevado a Sevilla cerca de mil quinientos cincuenta millones de maravedises, de los cuales sólo doscientos sesenta y uno pertenecían a la Corona, y los restantes a mercaderes, particulares y difuntos. Por orden de Felipe II, la Princesa gobernadora escribió con fecha de 1 de marzo de 1557 a los oficiales de la Casa de Contratación lo que sigue: «Yo vos mando que luego que ésta recibáis, sin que haya dilación alguna deis y   —185→   entreguéis a Hernán López del Campo, mi factor general, y a Francisco de Vega en su nombre, todo el oro, y plata, y barras, y tejuelos, y monedas que hubieren quedado y al presente estuvieren en esa casa, así para mí como para mercaderes y pasajeros y de bienes de difuntos, sin descontar ni sacar cosa alguna para cumplir ni pagar cualesquiera cédulas y libranzas y otras cosas que os hayamos mandado pagar y cumplir por cualesquiera cédulas o libranzas». El Rey, como de costumbre, debía dar a los particulares bonos o certificados por el dinero que se les quitaba, para pagarles más tarde sus valores.

Sin embargo, los mercaderes de Sevilla, influyentes y empeñosos, prefiriendo su oro a los bonos del Rey, que no se les pagaban nunca, se hicieron entregar sus tesoros por los oficiales de la Casa de Contratación. Nada explica mejor el extravío del criterio moral de la monarquía absoluta que las quejas de los reyes por esta desobediencia. Felipe II la calificó de «atentado no sólo contra la fortuna del soberano, sino contra su honor y su reputación», y a sus autores de «enemigos de su país». Pero el anciano Carlos V, asilado entonces en el monasterio de Yuste, fue más lejos todavía. Lleno de cólera escribió a su hija la Princesa gobernadora para pedirle el más ejemplar castigo de los llamados culpables. «En verdad, le decía en carta de 1 de abril de 1557, si cuando lo supe yo tuviera salud, yo mismo fuera a Sevilla a ser pesquisidor de dónde esta bellaquería procedía, y pusiera a todos los de la Contratación en poste, y los tratara de manera que yo sacara a luz este negocio, y no lo hiciera por tela ordinaria de justicia, sino por lo que convenía por saber la verdad, y después por la misma juzgara los culpados, porque al mismo instante les tomara toda su hacienda y la vendiera, y a ellos les pusiera en parte donde ayunaran y pagaran la falta que habían hecho. Digo esto con cólera y con mucha causa». En los despachos que hacía escribir al secretario de Estado, Carlos V, como si todavía fuera Rey, le ordenaba la prisión de los denominados culpables y el secuestro de sus bienes. «En verdad, decía su secretario particular al transmitir estas órdenes, la indignación del Emperador es tan grande y me dicta expresiones marcadas de violencia tan sanguinaria, que me perdonaréis si mi lenguaje no es tan medido como debiera ser».

El castigo de los infractores de aquella orden de despojo fue puntualmente ejecutado. Los funcionarios que habían cometido el delito de entregar a sus propios dueños el dinero que había llegado de las Indias, fueron destituidos de sus cargos y encerrados en la fortaleza de Simancas, donde uno de ellos murió víctima de los malos tratamientos que le había infligido el populacho. Sin embargo, toda la severidad desplegada por la Corte no alcanzó a obtener la devolución del dinero. Carlos V, temeroso de que el año siguiente los comerciantes de Sevilla repitiesen el mismo acto, redobló sus cartas a la Princesa gobernadora para que se tomasen con anticipación todas las precauciones del caso. Tanto celo se puso, que se despachó una nave a las islas Azores a comunicar a la flota que venía de las Indias, las instrucciones bajo las cuales debía efectuar el desembarco del tesoro302. En 1557, la Corona entró en posesión de la remesa anual del oro que se enviaba de América.

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Pero si estos vergonzosos expedientes suministraban valiosos auxilios al erario real, empobrecían al comercio y producían una violenta indignación. En 1558, cuando llegó a Sevilla la flota de las Indias, Carlos V acababa de morir, y Felipe II se hallaba en Flandes preocupado en la terminación de la paz con Francia, y en medio del múltiple duelo que le creaban la muerte de su padre, de su esposa, la reina de Inglaterra, y varias otras personas de su familia. La Princesa gobernadora, no queriendo echar sobre sí la responsabilidad de un nuevo despojo, dispuso que el tesoro de las Indias fuese entregado ese año a sus verdaderos dueños. Justificando su conducta ante los ojos del Rey, tuvo que explicar las razones que había tenido para dictar esta medida. Esas razones, consignadas en su correspondencia, eran simplemente «los grandes inconvenientes que de tomar y detener estos dineros resultan, y el agravio y gravísimo daño que se les hace (a los mercaderes y particulares), el cual sería en lo presente muy mayor por venir sobre habérseles tomado tantas veces y tan gran suma, y estar los mercaderes tan quebrados, y las personas y vecinos de las Indias tan escandalizados, y en términos que sería acabarlos de destruir, principalmente no habiendo, como en efecto no hay, cómo satisfacerles y darles juros, por no los haber en ninguna manera, y que así sería tomarles su hacienda sin esperanza de la poder cobrar»303.

Por obvias que fueran las razones en que se apoyaba la Princesa, y por grandes que fueran los daños que estos injustificables despojos irrogaban al comercio, Felipe II siguió usando este expediente cada vez que lo creía justificado por la situación siempre precaria del tesoro real. En 1570, las cortes reunidas en Córdoba, representaron enérgicamente al Rey los males inmensos que se seguían de este sistema. Parece que entonces se puso límite a aquel escandaloso abuso; pero ya el comercio y la industria de España, heridos por todos lados, entraban en un período de decadencia de que no habría podido salvarlos sino un cambio radical en todo el sistema financiero, hecho en nombre de los principios de la libertad que nadie comprendía en esa época.

Los hechos que acabamos de referir, quizá con más extensión de la que conviene al asunto especial de nuestro libro, merecen, sin embargo, ser conocidos, y tienen una importancia capital en nuestra historia. Ellos explican las violencias con que Pedro de Valdivia se apoderaba del dinero de sus gobernados, y explicarán los hechos análogos de don García Hurtado de Mendoza que vamos a contar más adelante. Estos escandalosos despojos de los bienes acumulados con tanto trabajo por algunos de los conquistadores, tuvieron mucha influencia en la colonización de estos países. Hemos dicho que casi en su totalidad los capitanes de la conquista no pensaban en establecerse definitivamente en estos países. Querían hacer fortuna con la mayor rapidez posible y volverse a España a disfrutar de sus riquezas. Esto fue lo que sucedió en los primeros tiempos; pero desde que los reyes comenzaron a apoderarse arbitrariamente de los capitales que los conquistadores llevaban a la metrópoli, nació naturalmente la idea de establecerse para siempre en estos países y de fundar en ellos casas y familias que pasaron a ser el fundamento y la fuerza de las nuevas colonias. La emigración de los conquistadores o, más propiamente, su vuelta a España, fue casi insignificante desde que el gobierno de la metrópoli puso en ejercicio estas medidas con que los despojaba del dinero que habían acumulado.



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ArribaAbajo6. Empeño de los reyes por incrementar las entradas que les producían las Indias; concesiones hechas a los encomenderos de Chile, e instrucciones dadas a Alderete para aumentar el producto de las minas

Si apremiados por la escasez de dinero para hacer frente a tantas guerras y a tan urgentes gastos de representación, los reyes de España no trepidaban en recurrir a arbitrios que reprueban el honor y la moral, en la percepción de los impuestos legales, debían manifestar, como es fácil comprenderlo, el empeño más interesado y decidido, y no habían de detenerse ante consideración alguna para solicitar auxilios y donativos extraordinarios.

Los documentos que nos quedan revelan sobre este particular los hechos más curiosos. La emperatriz Isabel, esposa de Carlos V, no trepidaba en escribir a Francisco Pizarro una carta autógrafa para pedirle que le enviase esmeraldas del Perú304. En 1556, Felipe II anunciaba a los gobernadores de América su exaltación al trono de España. Al comunicárselo al virrey de México, le recomendaba que aprovechase «esta ocasión para pedir de nuestra parte a los españoles, vecinos, conquistadores y pobladores y otras personas que tuvieren comodidad y posibilidad, que nos ayuden sin hacerles premia ni torcedor». Con la misma fecha el Rey despachaba a ese virreinato a un fraile de su confianza para que estimulase a los españoles y a los indios a contribuir con sus dineros a fin de que el donativo pedido fuese bueno, y de que llegase a España con toda brevedad305.

La recaudación de los impuestos en Indias estaba a cargo de los empleados del tesoro, u oficiales reales, cuyas funciones determinadas rigurosamente por la ley, los ponían en la obligación de dar la cuenta más estricta y escrupulosa, y los sometían a la más compromitente responsabilidad por cualquiera falta. A cargo de ellos estaban, como hemos dicho, las fundiciones del oro y de la plata; y en el momento de practicar esta operación debían apartar el quinto del Rey. Los monarcas, sin embargo, además de los visitadores que solían enviar para someter a examen las operaciones de los oficiales reales, empleaban con frecuencia las misiones secretas o disimuladas que acostumbraban confiar a algunos eclesiásticos. En 1535 pasó a Lima don fray Tomás de Berlanza, obispo de Panamá, a arreglar las primeras diferencias que se habían suscitado entre Pizarro y Almagro por la limitación de sus gobernaciones. Ese prelado llevaba, además, el encargo profundamente reservado de levantar una información secreta para investigar cómo había sido administrada y beneficiada la hacienda real en el reparto de los cuantiosos tesoros que produjo la conquista y, en efecto levantó un largo proceso acerca del cual no dio conocimiento a Pizarro sino cuando, recogidas cavilosamente las declaraciones de muchos testigos, fue necesario oír los descargos del   —188→   Gobernador y de los guardadores del tesoro306. Don fray Vicente Valverde, primer obispo del Cuzco, tenía encargo reservado del rey de velar por la administración del tesoro real y de informar al soberano sobre todo lo que a este punto se refiriera307. El Rey creía que estos agentes secretos, especie de espías de la codiciosa política de la Corte, defendían bien sus tesoros de la rapacidad verdadera o supuesta, o de los descuidos de sus propios empleados.

La administración de la hacienda real en Chile estaba sometida a estos mismos principios, es decir, a buscar, antes que todo, en las nuevas colonias los recursos para satisfacer las grandes y premiosas necesidades de la corte de España. Pero Chile no era un país que ofreciera las expectativas de riqueza que habían hecho concebir México y el Perú. En Chile no había una población indígena que desde muchos siglos atrás hubiese extraído de la tierra y conservado en los templos, en los palacios y en los enterratorios las grandes cantidades de metales preciosos que desde los primeros días hicieron tan productiva la conquista de aquellos países. Así, pues, el arribo a España de Jerónimo de Alderete en los últimos meses de 1553, fue para los reyes una verdadera decepción. Después de doce años de guerra y de infinitas diligencias, Alderete llevaba apenas poco más de sesenta mil pesos de oro, cantidad pequeña en comparación de los productos de otras colonias, y que en España pareció casi insignificante.

Esta primera impresión fue confirmada por los informes del mismo emisario que iba de Chile. Alderete tenía gran confianza en la riqueza futura de este país, pero demostraba que la guerra no había permitido explotar las minas, y que mantenía a los conquistadores en el estado más lastimoso de pobreza, cargados de deudas y con la expectativa de grandes trabajos para consumar la reducción del país. El Príncipe gobernador, después de oír estos informes, hizo dos concesiones a los españoles de Chile. Mandó que no se les pudiera reducir a prisión por deudas, ni quitarles sus armas, sus caballos, tres de sus esclavos, sus casas, ni los muebles más indispensables para la vida308. Dispuso igualmente, en vista de las dificultades que era necesario vencer en el trabajo de las minas, que durante cinco años los encomenderos de Chile no pagasen a la Corona más que la décima parte de los productos que recogiesen en los lavaderos en vez del quinto a que estaban obligados. «Y cumplidos los dichos cinco años, agrega la cédula, se pagará el noveno, y así descendiendo en cada un año hasta llegar al quinto; pero del oro que hubiere de rescate y cabalgadas (campeadas), o en otra cualquier manera, desde luego habéis de cobrar el quinto de todo ello, y si hubiere oro de sepulturas habéis de cobrar el cuarto»309.

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Pero el Rey no perdía la esperanza de sacar de Chile mayores tesoros que los que hasta entonces había producido este país. Así, cuando nombraba a Alderete gobernador de Chile, en mayo de 1555, la Princesa gobernadora le daba un pliego de instrucciones de lo que debía hacer al recibirse de su gobierno. Recomendábale el buen trato de los naturales; pero le encarecía sobre todo el mayor cuidado en el beneficio de las minas, «de manera que se ponga mucha diligencia en la labor de las dichas minas, lo más presto que se pueda; avisándome de lo que en ello hiciéredes, y proveyendo que todo el provecho que de ellas se pudiere haber y sacar, venga a estos reinos con la mayor presteza que se pueda, para ayuda a las necesidades que, como veis, tengo. Y también tendréis cuidado de saber si en aquellas provincias habrá otras algunas cosas de que se pueda sacar provecho para socorro de mis necesidades»310. Según el espíritu de éste y de los demás documentos que versan sobre la misma materia, los mejores gobernadores de las provincias americanas, eran los que procuraban más oro para el erario real.




ArribaAbajo7. Administración financiera de don García; los ingentes gastos de la guerra le impiden enviar a España socorros de dinero

Desde este punto de vista, don García Hurtado de Mendoza fue un mal Gobernador, porque no satisfizo las aspiraciones y deseos de la corte de España. En nombre del servicio público y de los intereses de la conquista y de la pacificación del país, gastó sumas considerables del tesoro de los reyes y no envió a la metrópoli los auxilios y socorros que se pedían con tanta urgencia.

Como se recordará, las conquistas se hacían en América por cuenta y riesgo de los conquistadores. El Rey o sus delegados, en su carácter de propietarios titulares de todo el territorio de las Indias en virtud de la donación del Papa, les daban una patente o autorización para conquistar, en que se les reconocía el derecho de gobernar y de explotar las provincias que hubiesen sometido; pero los conquistadores no sólo debían arriesgar sus personas sino también hacer los gastos de la empresa, reconocer la soberanía del Rey y repartir con éste los productos. Los monarcas españoles habían inventado el sistema más barato y más fructífero de conquista; y, sin embargo, siempre hallaron capitanes que, halagados con la esperanza de enriquecerse en poco tiempo, se disputaban esas concesiones. Sólo cuando la conquista estaba consumada, solía el Rey asignar a los gobernadores una renta que debía pagar el tesoro.

El marqués de Cañete, virrey del Perú, teniendo que atender a la conquista de Chile, se apartó por completo de estas prácticas. Al disponer la expedición de don García, quiso que todos los gastos de la empresa fuesen hechos por la hacienda real311. En vez de la renta de dos mil pesos que el Rey había asignado a Valdivia y a Alderete con el cargo de Gobernador,   —190→   el Virrey fijó a su hijo un sueldo de veinte mil pesos312. En el equipo de las tropas, en la compra de caballos, armas y municiones, y en la dotación de los frailes que debían acompañar a don García, gastó también el Virrey sumas considerables. Aparte de esto, el Gobernador quiso traer un copioso surtido de ropa y de chaquiras para obsequiar a los indios, y todos estos objetos, que entonces tenían un valor subido en el Perú, fueron pagados por el tesoro real. El Virrey, además, creyendo que en Chile no hubiera disponible dinero para los gastos de la guerra, resolvió que don García trajese algunas sumas; y, por una combinación que probablemente surtió buenos resultados, pero que también dio origen a las más graves inculpaciones, ese dinero fue invertido en artículos de comercio para ser vendidos en Chile. Para cubrir estos gastos, las cajas reales de Lima tuvieron que desembolsar más de treinta y ocho mil pesos de oro313. El equipaje personal de don García, sus lujosos vestidos, su suntuosa vajilla de plata labrada, fueron costeados con su propio peculio.

Desde que el Gobernador llegó a La Serena, comenzó a disponer de los pocos fondos que allí tenían reunidos los tesoreros del Rey. La imperiosa voluntad de don García no se sujetaba a las formas legales ni a consideración alguna. Bastábale creer que un gasto estaba autorizado por las necesidades de la guerra o de la administración, para que lo decretase y lo hiciese ejecutar. Al prepararse para abrir la campaña del sur, dispuso, como se recordará, que su caballería marchase por tierra, y que unida a los refuerzos que pudieran juntarse en Santiago, fuera a reunírsele a Concepción. Estos aprestos exigían desembolsos de dinero; y era de temerse que los oficiales reales de Santiago se negaran a entregarlo. La ley autorizaba a esos funcionarios a desobedecer en estos casos, haciéndolos personalmente responsables por cualquiera entrega de fondos que no estuviese estrictamente arreglada a las ordenanzas dictadas por el Rey. Para evitar toda resistencia a sus mandatos, don García, como contamos en otra parte, nombró juez de cuentas al capitán Jerónimo de Villegas, y mandó que los tres oficiales reales marchasen al sur a prestar sus servicios en el ejército314.

Estas medidas violentas allanaron las dificultades. El capitán Villegas sacó todo el oro que había en las cajas reales; y los tesoreros provisorios que puso, no se atrevieron a rechazar en adelante ninguna orden de pago dictada por el Gobernador. «Libraba en la caja real lo que le parecía, a lo cual por los oficiales no se osaba replicar ni pedir lo que convenía a la real hacienda. Los gastos que el dicho don García dice que se hicieron en la guerra de los   —191→   indios, fue sin orden de oficiales, porque no había más razón de librar el dicho Gobernador por las razones que a él le parecían, y los oficiales dar el oro»315. Durante más de dos años, el Gobernador dispuso libremente y sin contrapeso alguno del tesoro real para todos los gastos de la guerra, para premiar a sus servidores, para la construcción de iglesias y para cubrir las pensiones a los clérigos y frailes que formaban su séquito.

Pero este orden de cosas no podía durar indefinidamente bajo el régimen de fiscalismo que el Rey había implantado en América. Cuando la audiencia de Lima tuvo noticias de estos hechos, trató de ponerles término resueltamente. Se sabía entonces que el marqués de Cañete estaba en desgracia en la Corte, y que un nuevo Virrey venía de España a reemplazarlo en el mando del Perú. La Audiencia avisó a los oficiales reales de Chile que el Gobernador no tenía facultad para disponer de los dineros de la real hacienda y que, por tanto, esos funcionarios debían no sólo poner atajo a tales gastos sino tomar cuenta estricta por los que se habían hecho anteriormente. Este mandato venía a crear los mayores problemas a don García, desprestigiando su autoridad y sometiendo sus actos a un juicio que lastimaba su orgullo, y que lo comprometía ante el Rey.

Parece que Villegas se había conducido con poca delicadeza en la gestión de estos negocios. Después de tomar el dinero de las cajas reales, había partido para el sur en 1557, había repoblado Concepción, y quedó mandando en esta ciudad durante dos años. Riñó con el Gobernador porque éste no le daba los repartimientos a que se creía merecedor; y don García lo mandó trasladarse a Santiago y someterlo a juicio. Sobre él pesaba, además, la responsabilidad directa por la mayor parte de los gastos hechos, por cuanto era él quien había tomado el oro de las arcas reales y quien había recibido el valor de las libranzas giradas por don García a favor de algunos particulares, y que Villegas había comprado a sus dueños por un precio inferior. Los oficiales reales se dirigieron contra él; pidieron la entrega de los libros de la real hacienda y la exhibición de los títulos en virtud de los cuales había intervenido en estos asuntos. Amenazado por este proceso, Villegas pensó en irse al Perú, sin duda, a buscar el amparo del Virrey; pero arraigado por los oficiales reales, «se escondió y huyó. Y hanse hecho todas las diligencias posibles para le hallar, dicen esos funcionarios, y hasta ahora no ha parecido»316. Todos estos incidentes formaban una situación llena de complicaciones para don García.

De antemano había comprendido el Gobernador los inconvenientes de esta situación, y sobre todo el desprestigio que debía acarrearle ante el Rey la circunstancia de no haber enviado durante su gobierno ninguna remesa de oro para la Corona. A mediados de 1559, trataba de justificarse de esta grave omisión. «Yo he tenido grandísimo deseo de enviar a   —192→   Su Majestad algún socorro para ayuda a los grandes y continuos gastos que se ofrecen, escribía don García al Consejo de Indias; y lo he procurado hacer por todas las vías a mis posibles. No se ha podido juntar ninguna cosa, porque con algunos gastos que se han ofrecido en la población y pacificación y estar los naturales y españoles sin comidas, no se ha podido en estos dos años que ha que yo entré más que asentarlos y hacer sementeras y casas y heredades en los pueblos de españoles y en ponerles la demora pasada para esta que entra de aquí a dos meses, (lo) que acá no se tiene por poco según que en las tierras nuevas se suele tardar en venir a hacer esto. Y también los quintos y rentas de Su Majestad después que yo entré en este reino valen la mitad menos por haber Su Majestad hecho merced a los vecinos de ella que como quintaban el oro lo diezmasen por cinco años, y otros cinco adelante lo fuesen bajando al noveno y octavo hasta llegar a dejarlo en el quinto. De esta demora adelante enviaré siempre a Su Majestad la más cantidad que fuese posible, sin que acá se retenga ninguna cosa, porque como está hecha la pacificación y población ha más de siete meses, que ni en sustento ni en otras cosas no gasto un peso de la hacienda real, ni le gastaré si sólo en pagar clérigos y sacristanes y proveer de vino y cera a las iglesias a cuentas de los diezmos de ellas»317. El Gobernador no decía toda la verdad en estas comunicaciones porque no estaba en su interés el especificar los costos de la guerra que él había dirigido, y que según los documentos contemporáneos pasaban de doscientos mil pesos. Pero se lisonjeaba con la ilusión de que el territorio chileno quedaba pacificado para siempre y sometidos definitivamente los indomables indios araucanos. Don García creía leal y confiadamente que en pocos años más, Chile sería una de las colonias más ricas y florecientes del rey de España, y que podría suministrar cuantiosos tesoros a la Corona. Entonces mismo se hablaba de nuevos descubrimientos de terrenos auríferos al norte de Santiago, en el valle de Choapa, en las ciudades del sur y en varios otros puntos del territorio. Todos soñaban que iban a entrar en una era de prosperidad y de abundancia de metales preciosos.




ArribaAbajo8. Imposición de donativos forzosos a los encomenderos y comerciantes; vida ostentosa del Gobernador y su pobreza al dejar el mando

Don García no miró con más respeto la fortuna de los particulares. En este punto el Gobernador profesaba los mismos principios que los reyes de España; y cada vez que creyó que la guerra o los intereses públicos exigían una requisición o un despojo, los decretó con la más imperturbable tranquilidad. En Santiago y en el sur, él y sus capitanes exigieron como contribución de guerra considerables donativos: de trigo, de maíz, de ganado de cerda y de caballos. Las cantidades recolectadas con este objetivo revelan cómo, a pesar de los constantes   —193→   trabajos de la guerra y la poca afición de los conquistadores por las laboriosas faenas de la agricultura, el suelo feraz de Chile había correspondido a los primeros cultivos318.

Estas contribuciones pesaban sobre los encomenderos, y podían ser consideradas como una simple retribución por los repartimientos de tierras y de indios que se les habían dado. Pero don García no se detuvo allí. Cuando necesitó más oro que el que había en la caja real o los artículos de comercio que habían importado a Chile algunos mercaderes, no vaciló en quitárselos por medio de la violencia. Nosotros, dicen los oficiales reales de Santiago, «veíamos que por su mandado, el teniente gobernador, Pedro de Mesa, tomaba las llaves de las tiendas a los mercaderes, y les tomaba sus haciendas y mercaderías, echándolos presos y agravándoles las prisiones si no se las querían dar»319. Se estiman en más de quince mil pesos de oro las cantidades obtenidas de esta manera, suma enorme si se considera la pobreza del reducido y miserable comercio de Chile en esa época.

Pero en lo que demostró el Gobernador menos respeto por la fortuna de los particulares, fue en la distribución y en la reforma de los repartimientos. Legalmente, don García, que no tenía un nombramiento directo del Rey, carecía de atribuciones especiales para entender en estos asuntos. Sin embargo, la arrogancia orgullosa de su carácter y el deseo de premiar a sus servidores, lo llevó no sólo a dar nuevos repartimientos a muchos de los capitanes que había traído del Perú sino a quitar los que tenían algunos de los viejos conquistadores para favorecer con ellos a sus parciales. El Gobernador y sus panegiristas han dicho que en esta distribución procedía movido por un sentimiento de la más estricta justicia, premiando no la antigüedad sino el mérito verdadero, y con el acuerdo de personas graves y de los frailes y clérigos de quienes se aconsejaba en los asuntos de gobierno. Lo cierto es, sin embargo, que esas medidas, con que lastimaba los intereses de antiguos soldados, para favorecer a sus adeptos, produjeron una gran perturbación en la colonia, y provocaron en el mismo ejército quejas y murmuraciones que pudieron tomar un carácter de sedición320. Llegó a tal punto el desdén de don García por los caudillos y soldados que habían comenzado la conquista, que la infeliz viuda de Pedro de Valdivia, aunque amparada por una cédula del Rey para entrar en posesión de los repartimientos que fueron de su esposo, se vio desatendida en sus legítimas   —194→   pretensiones, y tuvo que recurrir de nuevo a la Corte para pedir reparación321. Don García, por lo demás, como hemos referido, no había disimulado su altanero desprecio por la mayor parte de los viejos compañeros de Villagrán y de Valdivia.

Estos despojos arbitrarios, este favoritismo en el reparto de los beneficios de la conquista, habían de acarrear más tarde a don García las más tremendas acusaciones. Los damnificados y los ofendidos dijeron que el Gobernador había introducido en la administración la más espantosa inmoralidad, que daba mejores repartimientos al que le pagaba más dinero, que se guardaba el producto de los donativos y de las contribuciones de guerra, y que disponía del tesoro real y de los bienes de los particulares en provecho suyo y de sus parciales y allegados, incluso su hermano natural don Felipe de Mendoza. Nosotros no hemos hallado la comprobación precisa de esas acusaciones. Hemos reconocido en don García un mandatario violento, arrebatado, autoritario, dispuesto a imponer sobre todo su voluntad, sin miramiento por los hombres ni por las formas legales a que debía sujetarse. Pero no hemos encontrado en él al traficante indigno de los favores que podía dispensar.

Don García había introducido en torno suyo esos hábitos de lujo, de ostentación y de derroche de la nobleza castellana del siglo XVI, que pretendía competir con el fausto de los reyes. Su renta de veinte mil pesos anuales que le pagaban las cajas reales, lo que le producían los valiosos repartimientos de tierras y de indios que su padre le asignó en el Perú, y los auxilios pecuniarios que le enviaba su familia, todo era gastado por él en la especie de Corte que había formado a su alrededor, y en socorrer largamente a muchos de sus servidores. No era extraño que quien disponía pródigamente de lo suyo, gastase también sin miramiento la hacienda real cuando creía que esos gastos redundaban en provecho de la conquista, en premio de los hombres que creía buenos servidores o en pagar frailes y clérigos por los cuales tenía tan gran veneración. Menos extraño es todavía que al terminar su gobierno se encontrase escaso de recursos, no sólo sin una fortuna propia sino cargado de deudas.

En efecto, desde mediados de 1559, ya don García representaba al Rey su pobreza, y reclamaba los mismos premios que pedía el vulgo de los conquistadores, es decir, los hidalgos pobres o los oscuros aventureros que después de grandes sacrificios no habían podido enriquecerse en las Indias. «Con los grandes gastos que hice en caballos y armas y cosas para esta jornada y con los socorros que ha sido necesario hacer a los soldados de esta tierra y otros muchos que no se han podido excusar, escribía al Consejo de Indias, he gastado de más del salario que con el cargo se me señaló, más de treinta mil castellanos que debo a personas particulares en esta tierra y en Perú, sin otros muchos que cada día me voy empeñando por servir a Su Majestad, y sustentar esta tierra, sin que de todo ello me hayan quedado ni unos manteles en que comer. Y por ser todo hecho en servicio de Su Majestad y pensar que el marqués de Cañete, mi padre, lo pagará de su hacienda por mí, lo daba por bien empleado. Y ahora con la merced y favor que Su Majestad le ha hecho de darle licencia para irse a su casa y (por) hallarse con alguna necesidad, no acude a la mía, y quedo en esta tierra cargado de deudas, y sin remedio de poderlas pagar, ni entretenerme ni poder salir de estas partes a suplicar a Su Majestad me haga merced. Suplico a Vuestra Señoría que pues por mi persona y servicios no   —195→   merezco menos que los demás a quien Su Majestad la hace cada día, me haga merced de conceder a lo que de mi parte se le suplicare que con ello podré mejor servir a Su Majestad que con la proveza que ahora tengo. Y los servicios hechos por mi padre en el Perú y los míos y de nuestros pasados que siempre han hecho y haremos a la corona real de España, son dignos de remuneración con que pueda pasar conforme a mi calidad»322. Más tarde, sus exigencias eran más premiosas todavía.




ArribaAbajo9. Al saber la muerte de su padre, don García se marcha al Perú. Sus trabajos para comprobar sus servicios y para obtener la remuneración a que se creía merecedor

Hemos dicho en el capítulo anterior que desde mediados de 1560 estaba don García listo para partir al Perú. Las noticias que recibió antes de fines de ese año vinieron a confirmarlo en esta determinación. Supo primero que Felipe II había nombrado virrey del Perú a don Diego López de Zúñiga, conde de Nieva, y que éste debía llegar en breve a hacerse cargo del gobierno. Algunos meses más tarde, probablemente en enero de 1561, recibió una noticia más grave todavía. Su padre, el marqués de Cañete había fallecido en Lima323. Esta noticia, aparte del natural sentimiento que debía producirle la pérdida de su padre, le hizo comprender que le faltaba la poderosa protección que aquel alto funcionario habría podido dispensarle. Don García no quiso permanecer más largo tiempo en Chile, desde que su situación comenzaba a hacerse embarazosa. Francisco de Villagrán, nombrado por el Rey para sucederle en el gobierno, podía volver a Chile de un día a otro; y era de temerse que   —196→   queriendo vengarse de los ultrajes que había recibido, infiriese a don García desaires y ofensas que serían muy aplaudidas por todos los que quedaban descontentos. El Gobernador, que tenía la más triste idea del carácter y de los sentimientos de la mayor parte de los capitanes de la conquista, no quiso exponerse a ser víctima de sus venganzas. Su orgullo aristocrático no podía someterse a soportar tales humillaciones de los mismos hombres a quienes había tratado con el más altanero desprecio.

Para sustraerse a este peligro, el Gobernador dispuso su partida con toda reserva. A fines de enero de 1561 salió de Santiago a visitar las faenas de lavaderos de oro que los españoles tenían establecidas en Quillota. Desde allí comunicó al Cabildo de la capital, con fecha de 3 de febrero, que se marchaba al Perú, y que, en virtud de un nombramiento que él mismo había firmado en junio del año anterior, el capitán Rodrigo de Quiroga debía tomar el mando de toda la provincia hasta que llegase el Gobernador nombrado por el Rey. Hurtado de Mendoza se trasladó enseguida al puerto que ahora se conoce con el nombre de Papudo. Había allí un buque pequeño, propiedad de Pascual de los Ríos, encomendero de La Ligua. El Gobernador, acompañado por algunos servidores de confianza, tomó posesión de ese barco y mandó soltar velas para el Callao. Al partir, dejó una orden para que un comerciante de Santiago pagase ochocientos pesos de oro al dueño de la embarcación324.

Al marcharse de Chile de esta manera, Hurtado de Mendoza desobedecía expresamente la real cédula de Felipe II, que hemos dejado copiada en el capítulo anterior. No había esperado a su sucesor para entregarle el mando, como lo quería el Rey; y si esta falta podía estar justificada por la inesperada muerte de su padre, su desobediencia era menos explicable en los otros puntos. Don García, en efecto, no dejaba fiadores que respondiesen por los cargos que contra él pudieran resultar en el juicio de residencia. Al partir, parecía protestar altamente contra tales procedimientos. La arrogancia natural de su carácter y de su alcurnia no le permitían someterse a juicio ante los oscuros letrados de esta pobre colonia. Creía, además, que la importancia de sus servicios era tan evidente, que todas las malas pasiones de sus acusadores no podrían oscurecerla. Confiaba sobre todo en que en España el prestigio y los antecedentes de su familia acallarían en todo caso cualesquiera quejas que se formulasen en América.

Llegado al Perú, don García se ocupó ante todo en justificar su conducta. Escribió o, más propiamente, hizo escribir por alguna persona más versada que él en esta clase de trabajos, un memorial al Rey que contiene una reseña sumaria, pero muy bien hecha de su gobierno. Enumera allí sus servicios, y concluye con estas palabras: «De manera que con estas cosas   —197→   se pacificó toda la tierra de Chile y se puso sacramento en las iglesias, que nunca lo había habido, y se fundaron muchos monasterios y hospitales, y iglesias, y con la gran diligencia que hice poner se han descubierto muchas minas las cuales labran los indios con gran contentamiento, y viendo que se les paga su trabajo con la orden que puse en sus tasas; y así comienzan a estar ricos y contentos; y los españoles ni más ni menos. Y, finalmente, de la tierra más pobre y perdida de las Indias, y de la gente más descontenta y sin esperanza de remedio, está ahora al presente una de las buenas de ella, y cada día irán en crecimiento. En la cual dicha jornada, demás de los trabajos que he pasado, he gastado más de ciento y cuarenta mil pesos, todos en servicio de Su Majestad y de ellos debo más de sesenta mil»325. No podía presentarse un cuadro más lisonjero de los resultados de la administración de Hurtado de Mendoza, ni más halagüeño para el rey de España. Desgraciadamente, distaba mucho de ser la copia fiel del original. Ni Chile quedaba pacificado ni las riquezas de que allí se hablaba eran reales y efectivas. El tiempo se encargó en breve de desvanecer las ilusiones que hicieron concebir los informes de don García.

Comprendiendo que esta reseña de sus servicios, como hecha por él mismo, podía infundir alguna desconfianza, quiso, además, presentar en su favor otras pruebas más convincentes. A petición suya, la real audiencia de Lima levantó una información o probanza a que fueron llamadas a declarar muchas personas que, como testigos o por noticias seguras, estaban al corriente de la campaña de Chile y de los sucesos de la administración de don García. Parece que todos los testimonios recogidos le eran altamente favorables, y que en esta ocasión no se formuló ninguna queja contra su conducta. La Real Audiencia, al remitir esa información al Rey en 21 de agosto de 1561, hizo, en virtud de los hechos que aparecían comprobados, un resumen compendioso si bien lleno de noticias, que constituye el documento más honorífico para Hurtado de Mendoza, pero que, sin embargo, no revela más que una faz de su gobierno326.

Estas informaciones no tenían por único objetivo el satisfacer un sentimiento de simple vanidad, o el deseo de desvirtuar los cargos que pudieran formularse contra su conducta. Don García buscaba, además, algo más positivo que eso; y como el mayor número de los conquistadores, solicitaba la gratificación pecuniaria de sus servicios. El Virrey, su padre, le había asignado en el Perú los valiosos repartimientos de Callapa, Hayo-Hayo, Chuquicota y Machaca (situados en los distritos de Arequipa y del Cuzco) que debían producirle una renta anual de veinte mil pesos. El nuevo Virrey, conde de Nieva, había anulado las concesiones hechas por su antecesor. Don García, perjudicado por esta resolución, pretendía que se le dejara en el goce de aquellos repartimientos, y para ello hacía valer sus servicios en las   —198→   campañas de Chile. «En todo lo cual, decía con este motivo, yo trabajé y gasté mucho, de manera que consumí en aquella tierra más de ciento cincuenta mil pesos. Y porque yo soy una de las personas beneméritas, y en quien puede caber la merced que se me hizo, y la que Vuestra Alteza fuere servido de hacerme, con que me pueda sustentar y pagar mis deudas, a Vuestra Alteza suplico sea servido de declarar no deberse entender conmigo el dicho auto; y si fuere necesario, de nuevo me haga merced o confirmación de los dichos indios, pues para ello tengo calidad y méritos»327. A pesar de estas representaciones, don García se volvía a España a principios de 1562 sin haber obtenido la confirmación de los repartimientos que le había dado su padre.




ArribaAbajo10. Juicio de residencia seguido en Chile contra don García Hurtado de Mendoza; el Rey aprueba su conducta. Noticias acerca del licenciado Hernando de Santillán (nota)

Mientras tanto, se seguía en Chile el juicio de residencia según los antiguos usos jurídicos de España. Los mandatarios españoles, fueran virreyes, gobernadores o simples corregidores de las provincias o de los pueblos, estaban obligados a respetar las leyes o fueros, absteniéndose de toda violencia o extorsión, y debían al terminar su gobierno, contestar en juicio a todas las acusaciones que les hicieren los que se creyesen ofendidos328. Los reyes habían querido que esta práctica se introdujese en las Indias, no sólo como una garantía en favor de sus vasallos sino como una salvaguardia de los derechos de la Corona, puesto que las acusaciones podían recaer sobre toda clase de faltas y muy especialmente sobre las que se referían al manejo del tesoro real. Felipe II, como hemos visto, al separar a don García del gobierno de Chile, le había ordenado que nombrase procuradores para responder en juicio, y fiadores que diesen garantía por las resultas.

Era ésta la primera vez que en Chile se iba a abrir un juicio de residencia. El licenciado Juan de Herrera, asesor letrado de Villagrán, nombrado por la real audiencia de Lima, tuvo el encargo de tramitar este proceso. Examinó detenidamente los libros de cuentas de los oficiales reales, y recogió todas las declaraciones que podían ilustrar su juicio. Los enemigos de don García acudieron presurosos a hacerle todo género de acusaciones, y antes de mucho se formó un voluminoso expediente público, fuera de una información secreta en que se tocaban los puntos concernientes a su vida privada. Reprochábasele haber malgastado a su antojo la hacienda real, haber cometido todo género de injusticias en la distribución de los repartimientos, haber negociado en ventas y contratos, y recibiendo dinero por favorecer a algunos individuos, haber cometido actos de violencia contra muchas personas, haber despojado a otras de sus bienes, y no haber guardado en su conducta el recato y la gravedad correspondientes a su cargo. El licenciado Herrera refundió estas acusaciones en doscientos quince cargos, graves unos, ligeros e infundados los otros, y muchas veces referentes a unos mismos hechos; y el 10 de febrero de 1562 dio su sentencia en la ciudad de   —199→   Valdivia. Don García no había tenido defensores ni había hecho oír sus descargos. La sentencia, absolviéndolo en algunos puntos, lo condenaba en los más; pero dejaba a cargo de la real audiencia de Lima el fallar definitivamente la causa. Según esa sentencia, don García debía ser detenido allí, dándole la ciudad por cárcel, hasta que se justificase de todas las acusaciones o pagase las penas pecuniarias a que fuese condenado329.

Pero don García no se hallaba ya en el Perú. Había partido para España a dar personalmente cuenta al Rey y al Consejo de Indias de sus campañas y de su gobierno en Chile. El prestigio de su familia, la información de sus servicios levantada por la audiencia de Lima y las recomendaciones que comenzaban a llegar de Chile escritas por algunos capitanes que le quedaron siempre fieles, hicieron que se mirasen con desdén y que se echasen al olvido las acusaciones forjadas por sus enemigos. Don García Hurtado de Mendoza fue considerado en la Corte el verdadero conquistador de un país que debía ser muy rico y muy productivo para la Corona, pero cuyos habitantes habían opuesto una resistencia heroica y de muchos años a toda dominación extranjera. Felipe II le confió honrosas comisiones; y cuando después de prestar nuevos servicios a la Corona, don García fue nombrado virrey del Perú en 1588, el soberano tuvo cuidado de recordarle en los términos más honrosos los servicios que había prestado en Chile, «que gobernastes loablemente, decía la real cédula, acabando por entonces aquella guerra, mediante la victoria que nuestro Señor fue servido daros en siete batallas que tuvistes con los indios, entre los cuales poblastes nueve ciudades». Estas palabras demuestran claramente que la conducta de don García había merecido la más amplia aprobación del monarca330.





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ArribaAbajoCapítulo XXII

Historiadores primitivos de la conquista de Chile331


1. Falta absoluta de noticias seguras sobre Chile, impresas antes de 1569. 2. La Araucana de don Alonso de Ercilla es la primera historia de Chile en el orden cronológico. 3. Valor histórico de esta obra. 4. La continuación de La Araucana por Santisteban Osorio no es una obra histórica, y ha servido sólo para hacer caer en los mayores errores a los historiadores y cronistas que le han dado crédito. 5. Góngora Marmolejo: su Historia de Chile. 6. Mariño de Lobera: no conocemos su crónica primitiva. 7. El padre jesuita Bartolomé de Escobar: su revisión de la crónica de Mariño de Lobera. 8. Pedro de Oña: valor histórico de su Arauco domado. 9. El doctor Suárez de Figueroa: sus Hechos de don García. 10. La crónica perdida de Jerónimo de Vivar.



ArribaAbajo1. Falta absoluta de noticias seguras sobre Chile, impresas antes de 1569

Treinta y tres años después del descubrimiento de Chile por don Diego de Almagro, y veinte después de que los conquistadores estaban en tranquila posesión de la mayor parte de su suelo, no se tenían en España más que las ideas más vagas y extrañas sobre la naturaleza de este país y sobre las peripecias de su ocupación. El Rey había recibido las valiosas relaciones de los jefes de la conquista; habían llegado a la Corte algunos capitanes que le suministraron prolijos informes; pero todo eso quedaba reservado en las oficinas de gobierno, de tal suerte que el pueblo español, incluyendo en esta denominación a los hombres más ilustrados de la metrópoli, no tenía conocimiento alguno exacto acerca de una colonia que la opinión del vulgo se empeñaba, sin embargo, en representar como extraordinariamente rica. Dos distinguidos cronistas que en América habían recogido buenos informes sobre los primeros sucesos de nuestra historia, Gonzalo Fernández de Oviedo y Pedro Cieza de León, murieron, el primero en 1557 y el segundo en 1560, sin haber alcanzado a publicar más que una parte del fruto de sus investigaciones.

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Las noticias que por esos años se publicaban acerca de Chile revelan el más completo desconocimiento acerca de nuestro país. La Historia jeneral de las Indias por Francisco López de Gómara, impresa en Zaragoza en 1552, aunque generalmente prolija y exacta, no consagra a la expedición de Valdivia más que algunas líneas de ningún valor, seguidas de las palabras siguientes como descripción de Chile: «Con todo este trabajo y miseria, descubrieron mucha tierra por la costa, y oyeron decir que había un señor dicho Leuchén Golma, el cual juntaba doscientos mil combatientes para ir contra otro Rey vecino suyo y enemigo que tenía otros tantos; y que Leuchén Golma poseía una isla, no lejos de su tierra en que había un grandísimo templo con dos mil sacerdotes; y que más adelante había amazonas, la reina de las cuales se llamaba Guanomilla, que suena cielo de oro, de donde argüían muchos, ser aquella tierra muy rica; mas pues ella está, como dicen, cuarenta grados de altura, no terná mucho oro; empero ¿qué digo yo, pues aún no han visto las amazonas, ni el oro, ni a Leuchén Golma, ni la isla de Salomón, que llaman por su gran riqueza?»332. Agustín de Zárate que publicó en Amberes en 1555 su Historia del descubrimiento i conquista del Perú, amplió estas noticias con algunos datos más o menos vagos e inexactos acerca de la geografía de Chile, repitiendo siempre las patrañas de la isla con templos servidos por dos mil sacerdotes, de soberanos que mandaban doscientos mil guerreros, de una región cuajada de oro y poblada únicamente por mujeres. «Y aunque muchas veces, agrega, se ha tenido muy cierta noticia de todo esto, nunca ha habido aparejo de poderlo ir a descubrir»333. Dos viajeros e historiadores extranjeros que pocos años más tarde describían estas regiones, el milanés Jerónimo Benzoni334, y el flamenco Levinio Apolonio335, no pudieron dar noticias más extensas ni mejores acerca de nuestro país.

Así, pues, cuando ya habían corrido los quince primeros años de la segunda mitad del siglo XVI, Chile era para los españoles y con mayor razón para el resto de los europeos, una región misteriosa acerca de la cual no se tenían más que noticias extravagantes y fabulosas, país abundantísimo en oro, poblado en parte por mujeres guerreras, dominado por reyes que contaban sus soldados por centenares de miles, y que tenían templos servidos por millares de sacerdotes. En esos años, un escritor catalán o aragonés llamado Cristóbal Calvete de Estrella, honrado por Felipe II con el título de cronista de Indias, escribía una historia latina del Perú y de Chile y, sin duda, había recogido mejores informaciones; pero no alcanzó a terminar su trabajo; y la parte que nos queda nos deja ver que su obra no habría servido de gran cosa para dar a conocer nuestro país336.



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ArribaAbajo2. La Araucana de don Alonso de Ercilla es la primera historia de Chile en el orden cronológico

En esa situación apareció en Madrid en 1569 un pequeño volumen en 8º con el simple título de «La Araucana de don Alonso de Ercilla y Zúñiga». Era un poema de 1.146 octavas reales distribuidas en quince cantos, y escritas con una robustez de tono, y con una elegancia de forma que sería inútil buscar en los poemas narrativos publicados hasta entonces en lengua castellana. España pudo contar desde ese día con un genio capaz de ser comparado bajo muchos aspectos con los más grandes poetas épicos, y un notable tratado de historia y de geografía de una de sus más apartadas y desconocidas colonias. Esas valientes y elegantes estrofas en que se cantaba el heroísmo de los castellanos, obtuvieron una inmensa popularidad en toda España. Felipe II condecoró el año siguiente a su autor con la cruz de la orden de Santiago. Su libro, aunque sólo era la primera parte de la obra que había emprendido, obtuvo el honor de ser reimpreso en Salamanca en 1574, en Amberes en 1575 y en Zaragoza en 1577. Creemos difícil que hasta entonces hubiese alcanzado otro libro español tan gran aceptación.

En el curso de esta historia hemos hablado muchas veces del autor de La Araucana. Nacido en Madrid, según la mayoría de sus biógrafos337 el año de 1533, e hijo de un jurisconsulto de distinción y de prestigio, don Alonso de Ercilla y Zúñiga fue criado en el palacio real en la condición de paje del príncipe don Felipe, y recibió allí la educación más esmerada que pudiera darse a un caballero en ese siglo. Su poema revela que conocía regularmente la antigüedad clásica, la poesía italiana, la historia sagrada y lo que entonces podía llamarse la cosmografía. En el séquito del Príncipe, Ercilla viajó de 1548 a 1551 por Italia, Alemania y Flandes338, y en 1554 lo acompañó a Inglaterra cuando iba a celebrar sus bodas con la reina María. Allí conoció a Alderete, con quien, como hemos contado en otra parte, se embarcó para América a fines de 1555.

Ercilla contaba entonces poco más de veintidós años. El espíritu militar y aventurero de los españoles de ese siglo, lo traía al Nuevo Mundo en busca no de riquezas, sino de gloria y de emociones heroicas en los lejanos países que la imaginación de los primeros exploradores se complacía en pintar como regiones encantadas. El teatro de sus campañas de soldado, fue la provincia de Chile, donde residió desde abril de 1557 hasta los primeros días de   —204→   1559. En este tiempo, y después de haber permanecido dos meses en La Serena, Ercilla recorrió con las tropas de don García la región austral de nuestro suelo, desde Concepción hasta Chiloé, peleando como valiente en casi todas las batallas y encuentros que fue necesario sostener contra los indios rebelados, y se volvió al Perú, sin haber conocido más que esa porción del territorio, donde se sostenía entonces dura guerra. En las páginas anteriores, hemos cuidado de consignar todos los incidentes que pueden servir para dar a conocer la parte de su vida relacionada con la historia de Chile.

Cuenta Ercilla que durante las penosas campañas de Arauco, escribía cada noche los combates del día. Es posible que de esa manera recogiese ciertas notas, o escribiese algunos fragmentos; pero la composición general de su poema supone un trabajo más ordenado y sostenido; y debemos creer que no emprendió esta tarea de una manera metódica, sino a su vuelta a España en 1562. Su plan, según se deja ver en la misma obra, se reducía a describir el territorio chileno y a referir su conquista. En ese tiempo no se tenía de la historia la idea que nosotros tenemos, ni se exigía en esta clase de composiciones la severa exactitud y la minuciosa prolijidad que ahora son indispensables. Ercilla debió creer que la historia que se proponía escribir, sería mucho más popular e interesante si se la reducía a los rasgos más prominentes y heroicos, y se la engalanaba con el lenguaje pintoresco y armonioso de los versos y con algunos accidentes de pura imaginación. Pero aspirando sólo a formar una historia en verso, su genio poético creó un poema narrativo que si no alcanzó a tener todo el esplendor y la magnificencia de la epopeya, posee al menos de común con este género de obras, el relieve de los caracteres, la pintura animada de los combates y las admirables arengas de sus héroes.

La primera parte de La Araucana, publicada, según ya dijimos, en 1569, es una obra esencialmente histórica, y contiene la relación de todos los sucesos ocurridos en nuestro país hasta la llegada del autor con don García Hurtado de Mendoza, en 1557. Ercilla había recogido estas noticias en su trato con los primeros soldados españoles que penetraron en Chile; y las expuso en la forma más natural, siguiendo fielmente el orden cronológico de los sucesos, fijando a veces las fechas con la más escrupulosa precisión, pero omitiendo los hechos y circunstancias que no era posible hacer entrar en un poema heroico. Su imaginación se limitó a embellecer los detalles, a crear algunos accidentes poéticos para engrandecer los hechos y a dar realce a los caracteres de sus héroes.

Cuando Ercilla quiso continuar su poema, modificó su plan primitivo. La segunda parte, impresa en 1578, y la tercera, dada a luz once años más tarde, son la historia poética de la conquista de Chile hasta fines de 1558, es decir, de todos los sucesos en que el poeta fue testigo y actor, pero adornada con episodios diversos, tan desligados algunos de ellos del asunto principal, que llegan a constituir uno de los más graves defectos literarios de aquella obra. Ercilla aspiraba entonces a hacer algo más elevado que un simple poema histórico; y este propósito aplicado a un asunto que no se prestaba para una epopeya de forma clásica, imperfeccionó notablemente su obra, que habría sido mejor bajo la sencillez de su plan primitivo.

La crítica puramente literaria se ha encargado muchas veces del examen del poema de Ercilla. Se han exaltado sus bellezas y se han exagerado sus defectos. Para unos, Ercilla es comparable a Homero y al Tasso en la pintura de los caracteres. Para otros, su poema, por la falta de una acción verdaderamente épica y concentrada en su exposición, en su nudo y en su desenlace, por sus episodios incoherentes, por la pobreza de su máquina, esto es, de lo   —206→   sobrenatural que hace intervenir en la acción, y por el recargo de combates más o menos parecidos y largamente descritos, no pasa de ser una gaceta en verso cuya lectura es mortalmente fatigosa339. La verdad está en el término medio de estas apreciaciones. Si La Araucana no es una epopeya perfecta por su plan, por la falta de una acción determinada, por sus episodios extraños al asunto y por la abundancia de accidentes que fastidian al lector, hay en ella verdadero sentimiento poético, caracteres de un notable relieve, ardor en la pintura de algunos combates y una elevación de espíritu que nos hacen admirar el alma del poeta. Pero nosotros no tenemos para qué ocuparnos de esta obra bajo su aspecto literario. Nos proponemos sólo recordar su valor de documento histórico después de haber comparado prolijamente en las páginas anteriores, cada uno de sus pasajes con las otras relaciones que nos quedan acerca de los mismos sucesos.

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DON ALONSO DE ERCILLA Y ZÚÑIGA



 
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ArribaAbajo3. Valor histórico de esta obra

Si no es permitido asentar que La Araucana de Ercilla es la historia ordenada y regular de la conquista de Chile, no es posible tampoco poner en duda su valor y su importancia como fuente de información acerca de los hechos que cuenta.

Los cronistas antiguos, que escribieron poco después que él, así como los historiadores subsiguientes, y así como los críticos que mejor han estudiado el poema de Ercilla, han estado todos de acuerdo para reconocerle su indisputable valor histórico. El poeta ha contado en versos ordinariamente vigorosos y elegantes, los sucesos capitales de la conquista, encadenándolos en el mismo orden en que ocurrieron, y dando la preferencia a los hechos de un carácter heroico, que amplía y dilata con un detenimiento que perjudica a la claridad y sobre todo al interés de su poema. Fija las fechas con una prolijidad rara en esta clase de obras, individualizando a veces con cifras y nombres el día, el mes y el año340, o refiriéndose al estado del cielo el día del suceso por medio de los signos o constelaciones del Zodíaco341.   —207→   Descuida los hechos de un orden civil o les da escasa importancia, pero describe con toda minuciosidad los sucesos militares, la marcha de los ejércitos y los combates, presentándolos con gran verdad en su conjunto, señalando con frecuencia el tiempo que duraron y contando el número de los combatientes. En cambio, buscando el efecto poético, inventa, muchas veces, circunstancias fabulosas e increíbles, como la intervención de Lautaro en la batalla de Tucapel, donde supone el poeta que después de un hermoso y arrogante discurso, ese caudillo hace volver a la pelea a sus compatriotas y convierte en espléndida victoria una derrota desastrosa. Sea para dar animación a sus descripciones, sea para recordar los nombres de sus compañeros de armas, introduce en ellas un prodigioso número de incidentes y de combates personales de dudosa autenticidad, que alargan y complican su narración, que fatigan y abruman al lector, y que acaban por hacerle perder el hilo de la narración. El historiador puede descartar fácilmente estos pormenores inútiles o fabulosos, pero no puede dejar de aprovechar los grandes rasgos de los hechos, que están expuestos casi siempre con toda claridad.

La Araucana, hemos dicho, se limita casi exclusivamente a contar los sucesos militares, o sólo hace referencias sumarias e incidentales a los acontecimientos civiles o administrativos que habría sido imposible revestir de formas poéticas. Bajo el carácter de simple crónica de hechos, es una historia deficiente e incompleta. Pero ese poema refleja perfectamente el carácter de los hombres de la conquista, su espíritu aventurero, su pasión por buscar lo desconocido, su admirable constancia para soportar todos los padecimientos, su fanatismo religioso, su codicia y su crueldad con los infelices indios. Así, pues, si la obra de Ercilla, como documento histórico, no alcanza a constituir una guía tan segura como habría sido una crónica de menos atavíos literarios, pero más noticiosa, es un auxiliar utilísimo para la comprobación de las otras relaciones, y que suministra, además, hechos que no se hallan consignados en otra parte, y nos ayuda a conocer el espíritu de los hombres y de los tiempos pasados.

Algunos de los críticos que han analizado La Araucana conceden fácilmente a Ercilla el mérito de haber dado a conocer el carácter, la vida y las costumbres de las tribus indígenas que sostuvieron la guerra contra los conquistadores españoles. A nuestro juicio, sin embargo, ésta es la parte más débil del poema. Ercilla, cediendo al deseo de presentar héroes dignos de la epopeya, juzgando a los indios con un criterio mal preparado para este género de observaciones, y obedeciendo a sus sentimientos caballerescos y poéticos, ha dado a esos bárbaros una organización y un espíritu que casi siempre se apartan de la verdad histórica. Pinta admirablemente el heroísmo con que los indios defendían su suelo y su independencia, el tesón incontrastable con que sostenían la lucha, su vigor en los combates, su desprecio por la muerte y por todos los padecimientos; pero les atribuye una cohesión, o espíritu de unión y de nacionalidad, que no tenían, y una elevación de alma que es imposible descubrir en los salvajes. Supone que todas esas tribus se prestaban gustosas a obedecer a un solo jefe elegido en asambleas en que se pronuncian arengas de una moderación y de una cordura dignas de hombres civilizados, y a que se siguen pruebas de vigor y de fuerzas físicas de la más absoluta imposibilidad, mediante las cuales se decide la elección. Así como el poeta arma en ocasiones a los indios con lanzas y mazas provistas de fierro, siendo que esos bárbaros no conocían siquiera el uso del cobre342, así como los hace fijar las fechas   —208→   por las constelaciones del cielo como pudieran hacerlo los griegos y los romanos343, les atribuye ideas y sentimientos dignos de los héroes del Ariosto. Los amores de los indios son tiernos y poéticos; y en la guerra misma están animados de un espíritu que apenas está bien en los paladines de los libros de caballerías. Así, los caudillos araucanos no quieren ir al frustrado asalto de Cañete en enero de 1558 porque consideran indigno de valientes guerreros el apoderarse de una plaza por sorpresa344. Con estas ficciones ha falseado por completo la historia, pero ha realzado el carácter de sus héroes, convirtiéndolos en tipos dignos de admiración, y creando personajes imaginarios para los cuales inventa nombres y proezas falsas ante la historia y más falsas todavía ante la razón. El poeta, forjando estos héroes, ha creado tipos legendarios que, como Colocolo, Caupolicán, Lautaro, Rengo, Tucapel y Galvarino, han sido recordados siempre como símbolos del patriotismo y de las más sólidas y estimadas virtudes cívicas, consiguiendo imponer así sus poéticas ficciones en la tradición popular. Debe decirse, sin embargo, que en esta pintura de los indios es donde Ercilla ha revelado mejor su carácter de poeta y de caballero, lamentando con acentos que salen de su alma los horrores de la conquista, y dando vuelo a su imaginación en el cuadro de las sencillas virtudes que, como muchos otros poetas, atribuye a las sociedades primitivas345.

Se ha reprochado a Ercilla el carecer del sentimiento poético de las bellezas de la naturaleza. «Nada hace suponer en toda la epopeya de La Araucana, dice Humboldt, que el poeta haya observado de cerca la naturaleza. Los volcanes cubiertos de una nieve eterna, los valles abrasadores a pesar de la sombra de las selvas, los brazos de mar que se avanzan a lo lejos en las tierras, no le han inspirado nada que refleje la imagen»346. Esta observación es   —209→   cierta sólo relativamente. Ercilla no tiene ese poder descriptivo de los grandes poetas para tomar las cosas en su conjunto y presentarnos a la vista un cuadro vivo de una región o de un país; pero en la pintura de los detalles, de las localidades en que se trabó un combate, de los senderos por donde se seguía una marcha, sabe agrupar con maestría los accidentes y hacernos descripciones tan precisas y a veces tan prolijas que pueden probarse en el mapa, y que son de la mayor utilidad para el que quiere darse cuenta cabal de los sucesos. En el curso de los capítulos anteriores habrá podido verse cuánto nos han servido los numerosos detalles topográficos que contiene el poema de Ercilla, para establecer la geografía de la conquista de Chile.




ArribaAbajo4. La continuación de La Araucana por Santisteban Osorio no es una obra histórica, y ha servido sólo para hacer caer en los mayores errores a los historiadores y cronistas que le han dado crédito

Don Alonso de Ercilla falleció en Madrid el 29 de noviembre de 1594, cuando gozaba en la Corte de la consideración a que lo hacía merecedor su carácter, y de un alto prestigio literario acreditado entonces y más tarde por las numerosas reimpresiones de su poema347. Un joven escritor de la ciudad de León, caballero de buena alcurnia, pero poeta detestable, impresionado con los cantos de Ercilla y deseoso de adquirir igual gloria, concibió la idea de continuar su poema y, en efecto, en 1597 publicó en Salamanca un volumen de las más   —210→   pobres octavas castellanas con el título de La Araucana, cuarta i quinta parte en que se prosigue y acaba la historia de don Alonso de Ercilla hasta la reducción del valle de Arauco en el reino de Chile. Don Diego de Santisteban Osorio, éste era el nombre del poeta que pretendió completar a Ercilla, no había estado nunca en Chile ni tenía más noticias sobre la geografía y la historia de este país que las que había leído en la obra de su predecesor. Para continuarla y llevarla a término, inventó una serie de embrollados combates y de las más estrafalarias aventuras en que no se descubre ni sentimiento poético ni la menor noción histórica. Arma a los indios chilenos con corazas formadas de una concha de tortuga y con cascos hechos de la cabeza de una serpiente, pone en sus labios discursos con alusiones a la mitología griega y a la geografía de Asia, y puebla los bosques de Arauco de osos, tigres y panteras. Todo, excepto los largos y engorrosos episodios en que cuenta la historia de la conquista y de las guerras civiles del Perú, es allí contrario a la verdad y chocante al buen gusto. Es difícil hallar en los treinta y tres largos cantos de este libro algunos pasajes de cierto mérito literario348.

El poema de Santisteban Osorio cayó en breve en el más completo olvido. Fuera de los humildes y oscuros rimadores que pusieron al frente de su obra algunas estrofas altisonantes en elogio del autor, no hubo, según creemos, nadie que lo recordara en una época en que los literatos y los poetas solían prodigarse las más pomposas alabanzas. La continuación de La Araucana sería en nuestro tiempo un libro enteramente desconocido, si un célebre erudito a quien debe la historia el valioso servicio de haber reimpreso muchas obras útiles, no hubiera cometido el error de tomarlo por un poema verdaderamente histórico. Don Andrés González de Barcía publicó en Madrid en 1733 una edición de La Araucana, que con justo título clasificaba entre las historias primitivas de la conquista de América. Para completarla, dio a luz dos años después la continuación de que tratamos, acompañándola de un índice alfabético prolijamente preparado, como solía hacerlo en sus otras ediciones, y revistiéndola de las apariencias de una crónica en verso.

No es extraño que algunos historiadores de la literatura española que no estaban al corriente de los sucesos de la conquista de Chile cayeran en el mismo error349; pero es inconcebible que los que hacían un estudio particular de los sucesos de nuestra historia, tomasen como verdad aquel tejido de absurdas y desordenadas invenciones. Sin embargo, esto fue lo que sucedió. Historiadores tan sagaces e inteligentes como el abate don Juan Ignacio Molina, y cronistas prolijos y laboriosos posteriores, se dejaron engañar por el poema de Santisteban Osorio, e introdujeron en la relación de los sucesos del gobierno de don García Hurtado de Mendoza una lamentable confusión350. Así, pues, ese libro, pobrísimo desde el punto de   —211→   vista literario, nulo como trabajo histórico, no merece ser consultado por nadie, y ha servido sólo para inducir en los más graves errores a los que le prestaron algún crédito.




ArribaAbajo5. Góngora Marmolejo: su Historia de Chile

La primera parte de La Araucana de don Alonso de Ercilla circuló en Chile uno o dos años después de publicada en Madrid. Los viejos conquistadores leyeron con avidez esas ardientes y elegantes páginas en que estaba consignada una porción de sus trabajos y de sus campañas. Pero esa primera parte no alcanzaba más que hasta el arribo de don García Hurtado de Mendoza en 1557 y, por otra parte, sólo refería los más culminantes sucesos militares. Era, pues, una historia doblemente incompleta; pero su lectura hizo nacer la idea de escribir una crónica de menos aparato literario, pero más rica en noticias y dilatada hasta los sucesos más recientes.

Residía entonces en Santiago un viejo capitán que había militado en la mayor parte de las guerras de la conquista de Chile. Llamábase Alonso de Góngora Marmolejo, era natural de la ciudad de Carmona en Andalucía, y después de haber servido en el Perú, llegó a Chile en 1549 en el refuerzo de tropas que trajo Valdivia. Aunque tomó parte en muchas funciones de guerra, que ha contado como testigo presencial, su nombre nos sería casi del todo desconocido sin el libro que escribió, en que, sin embargo, habla rara vez de su persona. Góngora Marmolejo era, sin duda, un hombre de cierta cultura intelectual que sabía escribir con notable claridad y con cierta elegancia que de ordinario faltan en los documentos públicos y privados del tiempo de la conquista; y que poseía, además, una razón que debía elevarlo muchos codos sobre la gran mayoría de los contemporáneos. Sin embargo, no lo vemos figurar entre los regidores de los cabildos, ni entre los procuradores de ciudad, ni en ninguno de los cargos que requieren dotes más altas que las de los simples soldados. El hecho revela el poco aprecio que los conquistadores hacían de los hombres de inteligencia algo más cultivada. Por más diligencias que hemos hecho para encontrar noticias concernientes a su vida, sólo hemos podido descubrir que en 1575 Rodrigo de Quiroga, que acababa de recibirse nuevamente del gobierno de Chile, lo nombró «capitán y juez de comisión para el castigo de los hechiceros de los indios»; y que habiendo muerto Góngora Marmolejo en enero del año siguiente, el mismo Gobernador nombró otro capitán para que reemplazase a aquél en ese cargo.

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La lectura de la primera parte de La Araucana, hemos dicho, sugirió a Góngora Marmolejo la idea de coordinar sus recuerdos de la guerra de la conquista. Emprendió este trabajo por los años de 1572, y lo terminó el 16 de diciembre de 1575, pocos días antes de su muerte. Diole el título de Historia de Chile; y en ella hizo entrar todos los sucesos ocurridos en este país desde su descubrimiento hasta el mismo año en que terminaba su manuscrito.

Góngora Marmolejo es un soldado que sabe escribir claramente, sin pretensiones literarias, pero con una sencilla naturalidad que le permite contarlo todo sin hacerse trivial, y dar a su narración un colorido que no puede apartarse mucho de la fisonomía verdadera de los hechos. Su memoria, que debía ser prodigiosa, se revela por el encadenamiento ordenado de los sucesos y por la abundancia de pormenores; porque, si bien el estudio prolijo de los documentos permite hacerle algunas rectificaciones en una y otra cosa, esas rectificaciones no son en su mayor parte muy trascendentales, como no son tampoco muy numerosas. Dotado también de un juicio recto y de una notable honradez de carácter, Góngora Marmolejo se muestra equitativo y desapasionado en sus apreciaciones de los hombres y de los sucesos, de tal suerte que en la mayor parte de los casos, el historiador puede aceptar sus opiniones como la expresión de la verdad, o como algo que se le acerca mucho. Las frecuentes referencias que hace a los juicios y murmuraciones de sus contemporáneos y que nos permiten apreciar mejor los hechos, no alcanzan a desviarlo de su propósito justiciero e independiente. En su crónica no oculta los defectos de los jefes, pero tiene cuidado de señalar sus buenas cualidades y de reunir los antecedentes para que el lector pronuncie su fallo sin prevenciones y sin parcialidad.

Su crónica reúne, además, otras cualidades que revelan en Góngora Marmolejo un criterio seguro. No se hallan allí esas chocantes exageraciones que consisten en contar a los enemigos en todas ocasiones por decenas y por centenares de miles, pues si sus cifras son muchas veces muy elevadas, son casi siempre inferiores a las que se hallan en otras relaciones. Tampoco se encuentra en su libro esa abundancia de cuentos y de patrañas que con el nombre de milagros han hecho ridículas a otras crónicas. Sea obedeciendo a una inspiración de buen gusto literario, raro entre los escritores de su época, o sea por escasez de ilustración histórica, Góngora Marmolejo cuenta los hechos naturalmente, al correr de la pluma, sin complicar su narración, casi sin esas frecuentes referencias a la historia bíblica y a los griegos y romanos, que alargan y afean otros escritos. Del mismo modo, su deseo de escribir la verdad, no lo ha llevado a hacer pinturas fantásticas de los usos y creencias de los indios suponiéndoles una organización social y militar que no tenían, ni a falsear el carácter de la resistencia que opusieron a los conquistadores. Así, pues, por medio de este procedimiento sencillo, que consiste en contar lo que vio y lo que supo, buscando ante todo lo que creía verdadero y escribiéndolo con esa naturalidad que huye del aparato literario, compuso una obra altamente útil para la investigación histórica, y agradable para la lectura. La famosa Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, que es la primera entre las crónicas de esta clase que posee la literatura española, no es propiamente superior a la modesta crónica de Góngora Marmolejo, sino por la grandiosidad de la escena y por el carácter épico, por decirlo así, de los personajes y de la acción351.

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PRIMEROS CRONISTAS

1. Don Alonso de Ercilla. 2. Doctor Cristóbal Suárez de Figueroa. 3. Alonso de Góngora Marmolejo. 4. Antonio de Herrera. 5. Diego Fernández (el Palentino). 6. Gonzalo Fernández de Oviedo. 7. Miguel de Olaverría.



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ArribaAbajo6. Mariño de Lobera: no conocemos su crónica primitiva

Otro capitán contemporáneo llamado don Pedro Mariño de Lobera, se propuso igualmente consignar en una crónica los sucesos de la conquista. Nacido en la ciudad de Pontevedra, en Galicia, por los años de 1520, Mariño de Lobera pasó a América en 1545 y residió cerca de un año en la ciudad de Nombre de Dios. Estaba dispuesto a regresar a España cuando en 1546 llegó el licenciado De la Gasca con el cargo de presidente y pacificador del Perú. Mariño de Lobera recibió la comisión de marchar a México con pliegos para el Virrey, don Antonio de Mendoza, en que, al paso que De la Gasca le comunicaba el encargo que le había confiado el Rey, le pedía que no dejase salir de los puertos de Nueva España auxilio ni socorro alguno para los rebeldes del Perú. No es posible fijar con exactitud el tiempo que Mariño de Lobera permaneció en aquel país ni la época en que llegó al Perú y en que vino a Chile352. Se sabe sí que militaba aquí en tiempo de Valdivia, y por la crónica que lleva su nombre, así como por otras relaciones contemporáneas, se conocen mejor sus servicios militares en la conquista de Chile. Mariño de Lobera tomó parte en innumerables combates y desempeñó algunos cargos de confianza. En los capítulos anteriores hemos recordado algunas veces su nombre; y en el resto de nuestra historia tendremos ocasión de nombrarlo muchas veces más durante el siglo XVI, y de recordar sus servicios que, por otra parte, están individualizados en el curso de la crónica de que hablamos. Por ella consta que el capitán Mariño de Lobera desempeñaba el importante cargo de corregidor de la ciudad de Valdivia, en 1575 y 1576, cuando ocurrió un espantoso terremoto y el desbordamiento del lago de Riñihue, fenómenos ambos que están prolijamente descritos. Habiendo vuelto más tarde al Perú, falleció en Lima a fines de 1594.

Mariño de Lobera había consignado sus recuerdos de la guerra de Chile, como podía hacerlo un soldado de poco hábito en trabajos literarios, que escribía sin cuidar las formas, y con todos los vicios de lenguaje comunes a los naturales de la provincia de Galicia. Su manuscrito debía contener una relación tosca, sin duda, pero natural y sencilla de los hechos, y debía constituir un documento histórico de verdadera importancia. Pero ese manuscrito en su forma original no ha llegado hasta nosotros; y en su lugar tenemos una obra   —215→   seguramente más ordenada y literaria, utilísima en ciertas partes, pero en que las modificaciones introducidas en la nueva redacción, al paso que han podido mejorar considerablemente ciertos períodos, han dañado a otros de una manera lamentable. En nuestra reseña bibliográfica de los historiadores primitivos, tenemos, pues, que examinar esta crónica en su nueva forma.




ArribaAbajo7. El padre jesuita Bartolomé de Escobar: su revisión de la crónica de Mariño de Lobera

Ésta es la obra del padre jesuita Bartolomé de Escobar. Nacido en Sevilla en 1561, e incorporado a la Compañía de Jesús a la edad de veinte años, el padre Escobar pasó poco más tarde al Perú, donde gozó de la amistad y confianza del virrey don García Hurtado de Mendoza353. Después de la muerte de Mariño de Lobera tuvo el Virrey noticia de los manuscritos que éste había dejado; los hizo recoger y los entregó al padre Escobar para que los arreglase haciendo desaparecer los defectos de redacción. Éste fue sólo el encargo aparente; pero don García, que estimaba en mucho sus servicios en Chile, y que creía que don Alonso de Ercilla, ofendido por el suceso de la Imperial, que hemos referido en otra parte, había tenido empeño en oscurecer la gloria que le cabía como General, debió recomendarle que ampliase la parte que en la crónica se destinara a su gobierno. Pero, si el Virrey no le hizo este encargo, el padre jesuita, como verdadero cortesano, se propuso satisfacer ampliamente la vanidad de ese mandatario en la nueva forma que dio al manuscrito de Mariño de Lobera.

En la dedicatoria al mismo don García Hurtado de Mendoza, que el padre Escobar ha puesto al frente de su obra, declara que en general no ha hecho otra cosa que modificar la redacción y la forma del manuscrito primitivo, suprimiendo algunas cosas para evitar prolijidad; y que sólo al referir el gobierno de don García se ha permitido hacer ampliaciones con la ayuda de otros documentos y con los informes de algunos testigos. Sin embargo, además de que en el curso de la obra se hallan suficientes indicaciones de que el autor consultó otras fuentes de información histórica, el solo examen de la crónica revela que al darle la nueva redacción la ha modificado sustancialmente. Es imposible que un contemporáneo, testigo y actor en los sucesos que narra, haya cometido los gravísimos y frecuentes errores que se encuentran en muchas de sus páginas, y las enormes exageraciones que allí abundan sobre todo en su primera parte. En estos accidentes se descubre la mano de un escritor extraño a los sucesos, que acoge sin criterio noticias tradicionales o consignadas en cartas de soldados ignorantes y poco respetuosos por la verdad.

Limitándonos por ahora al examen de la porción de este libro que alcanza hasta 1560, debemos distinguir en ella dos partes enteramente diferentes. Los sucesos relativos a la historia de Chile hasta antes del arribo de don García Hurtado de Mendoza, están contados con desorden, confundidos con un gran número de errores, y forman una relación que el   —216→   historiador no puede aceptar sin reserva en ningún punto o, más propiamente, sin comprobación detenida y minuciosa. Hay allí noticias dignas de tomarse en cuenta, se hallan, aun, algunas fechas fijadas con toda precisión y exactitud, pero estos datos están agrupados al lado de otros enteramente inaceptables. Nosotros no hemos podido explicarnos esta confusión sino creyendo reconocer que el revisor del manuscrito de Mariño de Lobera, al modificar su crónica, no se limitó sólo a mejorar la redacción sino que dio acogida a hechos tomados en otras fuentes, y que en muchas ocasiones cambió el orden positivo de los sucesos para hacerlos adaptarse a sus equivocadas informaciones.

Pero en la parte referente al gobierno de don García Hurtado de Mendoza, la crónica cambia completamente de aspecto. El padre Escobar pudo disponer de los papeles del mismo don García, y de los informes verbales que éste y algunos de sus compañeros de la guerra de Chile podían suministrarle. Escrita bajo el patrocinio del Virrey, inspirada por él, y muy probablemente revisada línea a línea por el mismo don García, esta parte de la crónica constituye un documento histórico de la más alta autoridad, y casi se le podría considerar como las memorias del mismo Gobernador. En el orden y encadenamiento de los sucesos, en los accidentes y detalles, hay una exactitud casi irreprochable. Los elogios prodigados a don García, la alabanza de casi todos sus actos, la defensa o la disculpa de sus faltas, al paso que dejan ver el espíritu de aquel alto personaje como inspirador del libro, pueden ofuscar a veces la verdad moral, pero no dañan a la verdad material de la historia. Así, aunque, como se habrá visto en las páginas anteriores, hemos podido disponer de abundantes documentos de comprobación, que nos han permitido contar muchos hechos desconocidos, y completar y ensanchar las noticias consignadas en esta parte de la crónica del padre Escobar, pocas veces hemos hallado motivo para rectificar las que contiene.

La Crónica del reino de Chile, tal como ha quedado después de la revisión del padre Escobar, no tiene ninguno de los caracteres que distinguen a las otras crónicas escritas por los soldados de la conquista. Su lenguaje, sin ser ameno ni pintoresco, tiene una soltura que supone una preparación literaria. Abundan los retruécanos y otros artificios de gusto dudoso. La narración está frecuentemente interrumpida con arengas, a veces largas y prolijas, y muchas veces de la más absoluta imposibilidad. El autor intercala reflexiones de poco alcance y que no siempre están relacionadas con el asunto principal. Pero todavía están más desligadas las frecuentes y pedantescas alusiones a la historia bíblica, a los griegos y a los romanos, con que suele llenar largas páginas.

Hay todavía otra particularidad que hacer notar. La obra del padre Escobar abre la serie de las crónicas milagrosas de Chile. Es cierto que los escritores anteriores, Valdivia en sus cartas y Ercilla en su Araucana, habían contado algunos milagros; pero el padre Escobar ha dado a lo maravilloso una importancia y un desarrollo desconocido hasta entonces, pero más o menos general en los escritores subsiguientes, sobre todo en los escritores eclesiásticos. Es innumerable la cantidad de milagros extraordinarios y de prodigios sobrenaturales que ha agrupado en sus páginas y que cuenta con un candor que casi no puede creerse sincero354. Es posible que algunos de esos prodigios se hallasen en el manuscrito primitivo,   —217→   pero es de creerse que el padre Escobar ha agregado muchos otros, colocándolos todos bajo su protección particular. A muchos de los lectores modernos parecerá tal vez fatigoso este hacinamiento de milagros que nadie cree en nuestro tiempo. Nosotros, por el contrario, hallamos en ellos datos seguros para apreciar el espíritu de los tiempos pasados. Ellos nos revelan que los conquistadores españoles estaban convencidos de que desempeñaban en América una misión divina, que el cielo los protegía abiertamente, y que los hombres más ilustrados que, como el padre Escobar, habrían debido corregir los extravíos de la opinión de sus contemporáneos, tenían interés en fomentarlos. Esos mismos milagros constituyen uno de los méritos de las viejas crónicas, por cuanto nos dan a conocer una faz de las ideas morales de los tiempos pasados355.




ArribaAbajo8. Pedro de Oña: valor histórico de su Arauco domado

Al mismo tiempo que se escribía en Lima la crónica del padre Escobar, con el propósito de enaltecer la gloria de don García Hurtado de Mendoza, se componía en la propia ciudad y con idéntico objetivo un poema épico que dos reimpresiones modernas han salvado del olvido en que estaba sepultado, y lo han hecho en cierta manera popular. Publicose en Lima por primera vez en 1596 con el título de Arauco domado. Su autor era Pedro de Oña, natural de la ciudad de los Infantes de Angol, y en orden cronológico, el primero de los poetas de Chile.

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Hijo de un capitán español que murió despedazado por los indios araucanos, Pedro de Oña pasó a Lima por los años de 1590, e hizo en la famosa universidad de San Marcos los estudios literarios, teológicos y legales que era posible hacer en las colonias españolas hasta obtener el título de licenciado. Aficionado desde temprano al cultivo de la poesía, se propuso cantar en un poema las guerras de Arauco. En esta determinación, por más que la dedicatoria de la obra y las licencias para su publicación digan otra cosa, no fue extraño, sin duda, el Virrey. Don García Hurtado de Mendoza estaba profundamente agraviado con la publicación de La Araucana de Ercilla. Creía que este poeta había querido oscurecer su gloria, porque, si bien no lo atacaba directamente, había guardado silencio sobre la mayor parte de sus hechos militares y había dejado envuelta en sombras su participación en la campaña como General en jefe del ejército conquistador. El Virrey debió creer que el licenciado Oña podía reparar esta injusticia y levantar en su honor un monumento capaz a lo menos de competir con La Araucana.

El estro poético de Oña no alcanzaba para tanto. Versificador fecundo y a veces fácil, dotado de cierto talento descriptivo, capaz de producir imágenes agradables y, aun, hermosas, desconocía por completo las condiciones de la poesía narrativa y más aún los caracteres de la epopeya; y su genio poético no alcanzaba a suplir lo que le faltaba en estudio y en conocimiento del arte. Compuso más de dieciséis mil versos distribuidos en octavas algo diferentes en su estructura exterior de las de Ercilla. Oña terminaba apenas sus estudios en la universidad de Lima cuando acometió esta obra, y escribió los diecinueve cantos que la componen, en unos cuantos meses, trabajando como a tarea, según él mismo lo dice, y como se comprueba por la época en que tuvo terminado su manuscrito. A esta precipitación deben achacarse en parte la falta de plan del poema y muchos de los defectos de detalle. Cuenta el autor el viaje de don García desde su partida del Perú, su permanencia en La Serena, su desembarco en la Quiriquina y los primeros combates con que abrió su campaña. Comienzan entonces los episodios que distraen al autor de su asunto principal, escenas de amor de los indios, lo acontecido en una rebelión de Quito y la victoria de una armada que, siendo virrey del Perú, hizo salir don García contra los corsarios ingleses. Estos episodios que forman la mayor parte del poema, son de tal manera desligados de la guerra de Arauco y dejan tan incompleta la acción, que Oña prometía una segunda parte que nunca se publicó y que probablemente ni siquiera comenzó.

En la porción verdaderamente histórica a que se refiere el asunto principal, hay una narración extensa y ordenada de los acontecimientos generalmente conocidos; pero apenas se halla uno que otro detalle que no esté consignado en otra parte. El poeta ha imitado a Ercilla en la pintura de los combates, amontona como éste nombres e incidentes que dañan al conjunto, pero no tiene el colorido ni la entonación del cantor de La Araucana. Las descripciones locales, a veces animadas y pintorescas, son puramente fantásticas, y no corresponden a la naturaleza ni a las producciones del suelo de Chile. La vida de los indios, sus usos, sus costumbres, sus ideas, se apartan absolutamente de la verdad. Los araucanos, según el poeta, aman como los pastores de las antiguas églogas, y en sus arengas no escasean sus alusiones a la mitología clásica. Más interés y más exactitud hay en los pasajes en que el poeta describe la triste condición de los indios que trabajaban en las faenas de los españoles y los malos tratamientos de que eran víctimas.

No hay, pues, en el Arauco domado una acción épica regularmente desenvuelta. El autor, como hemos dicho, olvida el asunto principal por los episodios; pero aparte de los que   —219→   pintan en cuadros de pura fantasía los amores de los indios, todo el poema, así su acción capital como sus narraciones episódicas, está destinado a celebrar los hechos de don García, convertido en héroe único, por decirlo así. Su figura está trazada con poco discernimiento. El poeta ha querido darle realce sembrando sus cantos de las alabanzas más desmedidas y más altisonantes. En la paz y en la guerra, en la administración y en las batallas, don García es un dechado de todas las perfecciones. Oña lo compara con las divinidades del Olimpo, celebra su belleza física, aplaude su heroísmo, su humanidad y su prudencia; pero en medio de los más exaltados elogios, no alcanza a trazarnos un verdadero retrato, no diremos parecido al original, pero ni siquiera dotado de los caracteres que sirvan para distinguirlo clara y precisamente356. El recargo de las alabanzas hace dudar de la independencia del poeta, así como la dedicatoria del poema al hijo mayor de don García, y heredero de su título, deja ver que la familia de éste no era extraña a la inspiración de la obra. El historiador puede recoger algunos accidentes, y la confirmación de otros, pero no puede tomarlo por guía digna de confianza sino en muy limitadas ocasiones357.




ArribaAbajo9. El doctor Suárez de Figueroa: sus Hechos de don García

Don García Hurtado de Mendoza, como se ve, no había descuidado el hacer escribir la historia de sus acciones. Al mismo propósito responde otra crónica, desgraciadamente incompleta, compuesta, sin duda alguna, con su intervención, en el tiempo que fue virrey del Perú. Tristán Sánchez, contador de la real hacienda de Lima, escribió un libro en que se proponía referir la historia de las administraciones de algunos de los virreyes del Perú, y allí consignó la de don García con datos y documentos que debieron ser suministrados por este mismo o por sus allegados, y prodigó al Virrey y a sus deudos las enfáticas alabanzas tan a gusto de la época y de los interesados358.

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A su vuelta a España en 1596, don García, viejo, postrado por la gota, no pudo hacer valer sus servicios para obtener las recompensas a que se creía merecedor. Felipe II, enfermo y casi moribundo, no alcanzó a hacer nada por este servidor a quien profesaba, sin embargo, verdadera estimación. Su sucesor Felipe III subió al trono rodeado por una turba de pretendientes a quienes era preciso contentar con olvido de los buenos servidores de su padre. Don García no sólo se vio desatendido en sus pretensiones sino que a pesar de su rango y de sus antecedentes, sufrió una desdorosa prisión por causa de un proyecto de casamiento de su hijo, que importaba la captación de un rico dote359. Es probable que en esa época, cuando estaba más empeñado en comprobar sus servicios para alcanzar las recompensas que solicitaba, él mismo costeara la reimpresión que en 1605 se hizo en Madrid del poema de Pedro de Oña. Algunos años más tarde, en efecto, los herederos de don García citaban ese poema como documento justificativo de las hazañas que éste había ejecutado en el Nuevo Mundo. Hurtado de Mendoza murió en Madrid el 15 de octubre de 1609 sin haber alcanzado el premio que pedía al Rey.

Por respeto a su memoria y por un legítimo orgullo de familia, su hijo don Juan Andrés de Hurtado, quinto marqués de Cañete, se empeñó en popularizar el conocimiento de las acciones de don García. Datan de esa época dos comedias en que se ponían en escena los   —221→   sucesos de la conquista de Chile, y en las cuales se hacía representar a aquel personaje el papel de General de un valor extraordinario y de una consumada prudencia360. Estas comedias, apenas leídas en nuestro tiempo, tenían por fundamento histórico un libro mandado escribir también por el heredero de don García. «Deseando su hijo restaurar la memoria del capitán ilustre, lo fió, con elección muy acertada, a la pluma del maldiciente pero elegantísimo doctor Cristóbal Suárez de Figueroa, que compuso el libro de los Hechos de don García Hurtado de Mendoza, cuarto marqués de Cañete, y lo dedicó al gran favorito del rey Felipe III361.

Nacido en Valladolid por los años de 1578362, Suárez de Figueroa hizo sus estudios en España y en Italia, alcanzó el título de doctor en leyes y desempeñó durante veintisiete años muchos cargos judiciales. Su afición a la poesía y a las letras lo arrastró a escribir varios libros en prosa y en verso en que reveló más que otra cosa un sólido conocimiento del idioma y un verdadero poder para manejarlo con maestría y elegancia. Ligero por carácter, murmurador y pendenciero, vivió envuelto en cuestiones con muchos de los literatos de su tiempo; y por escasez de recursos, se encargó más de una vez en escribir o en traducir las obras que le encomendaban. Suárez de Figueroa no tenía la menor afición a las cosas de América, ni a su geografía ni a su historia, que desconocía por completo. «Las Indias, decía en uno de sus libros, para mí no sé qué tienen de malo, que hasta su nombre aborrezco»363. Encargado por el quinto marqués de Cañete de escribir la vida de su padre, el doctor Suárez de Figueroa aceptó la comisión, como había aceptado otra de los padres jesuitas para arreglar o traducir una historia de las misiones en la India oriental, es decir, para satisfacer el deseo del que pagaba el trabajo; y a mediados de 1612 tenía terminado su libro.

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Se comprende que una historia preparada de esta manera no podía ser un modelo de investigación. Sin embargo, Suárez de Figueroa formó un libro útil para la historia y notable por su forma literaria. En los archivos de la familia de don García encontró relaciones extensas de su gobierno en Chile y en el Perú, y abundantes documentos que completaban esas relaciones. Su papel se redujo a coordinar esas relaciones dándoles una redacción nueva y propia, y a prodigar a su héroe las alabanzas más desmedidas y constantes, disculpando o disimulando sus errores, y presentando sólo el tipo más acabado de todas las virtudes. Suárez de Figueroa desempeñó su encargo de una manera que debió dejar satisfecho al marqués de Cañete. En nuestro tiempo, los desacompasados elogios de aquel libro, habrían hecho reír a la crítica literaria; pero en el siglo XVII se daban con más profusión y con menos criterio, y se recibían como moneda de buena ley. Los historiadores de Carlos V y de Felipe II habían dado el tono de esas altisonantes y desmesuradas alabanzas que debieron ser muy gustadas en esa época, y que hoy chocan hasta el criterio menos experimentado en los estudios literarios.

La historia del gobierno de don García en Chile ocupa sólo la tercera parte del libro del doctor Suárez de Figueroa. El autor no conocía la historia ni la geografía de nuestro país, como no tenía la menor idea de sus habitantes ni estaba preparado por sus estudios anteriores para hacer investigaciones de este orden. Con todo, presentó un cuadro ordenado y noticioso de los sucesos, y formó una relación histórica que con justicia ha sido tomada por guía hasta que hace poco se ha descubierto la fuente original de donde sacó sus noticias. Ésta es la crónica de Mariño de Lobera reformada por el padre Escobar. Suárez de Figueroa no ha hecho otra cosa que transcribirla, suprimiendo las divagaciones inconducentes, y las alusiones a la historia antigua, y revistiéndola con una redacción vigorosa, elegante, a veces magistral, que soporta la comparación con las obras de los mejores hablistas de su tiempo. Ha utilizado, además, cuatro o seis documentos que copia o que extracta, y algunas noticias tomadas de los poemas de Ercilla y de Oña; pero el fondo de su relación, el orden de los hechos, la casi totalidad de los incidentes, las fechas y los nombres, son tomados invariablemente de la crónica que hoy conocemos con el nombre de Mariño de Lobera. Pagando tributo al criterio literario de su tiempo, Suárez de Figueroa ha introducido por su cuenta máximas y reflexiones morales y políticas de escasa originalidad, arengas inverosímiles y retratos retóricos, aunque de pura fantasía; pero todos estos adornos no interrumpen la unidad histórica de su libro, y alteran muy poco la verdad material de los hechos. Ese libro, que fue un documento fundamental para nuestra historia hace pocos años, ha pasado a ser una relación de segunda mano después que se conoce la fuente primitiva364.



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ArribaAbajo10. La crónica perdida de Jerónimo de Vivar

Al terminar esta revista debemos hacer mención de una crónica desgraciadamente desconocida, y que quizá tenía un alto interés histórico. Un erudito bibliógrafo de la primera mitad del siglo XVII, el licenciado Antonio de León Pinelo, habla de una Historia de Chile por Jerónimo de Vivar, secretario de Pedro de Valdivia, que se conservaba inédita. León Pinelo dice expresamente que él poseía en su biblioteca el manuscrito de esta crónica y, aun, la cita varias veces. Por esas citas se infiere que debía ser una obra de considerable extensión. Recordando la expedición de Francisco de Villagrán por el territorio de Tucumán cuando volvía del Perú en 1551, León Pinelo se refiere en una de sus obras al capítulo 110 del manuscrito del pretendido Jerónimo de Vivar365.

Inútil es buscar este nombre en los primeros documentos de la conquista de Chile ni en las crónicas referentes al gobierno de Valdivia. Ni las actas del Cabildo, ni las cartas del Gobernador, ni los procesos que se siguieron para investigar su conducta, mencionan para nada a Jerónimo de Vivar. El secretario de Valdivia era Juan de Cardeña y Criada, que firma como tal muchas providencias administrativas. Aunque ligero y poco estimado por los soldados de la conquista, era un hombre hábil, de cierta ilustración, de ingenio agudo y de facilidad para escribir. A su pluma se debe la relación del viaje de exploración hecho por el capitán Pastene en 1544. Valdivia lo llamaba «mi secretario de cartas»; y era él, según parece, quien redactaba la notable correspondencia del jefe conquistador. Juan de Cardeña no se quedó en Chile mucho tiempo. Poco antes de la muerte del Gobernador, se ausentó del país, y seguramente se volvió a España. No sería extraño que allí se hubiese ocupado en reunir sus recuerdos, que escribiese una extensa y prolija crónica, y que la firmase con el nombre supuesto de Jerónimo de Vivar. Esta hipótesis, que no tiene nada de improbable, hace más sensible aún la desaparición de ese manuscrito, que quizá daba una luz completa sobre la historia de la conquista de Chile, y que habría facilitado sobremanera el trabajo de investigación.







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ArribaAbajoParte III

La Colonia desde 1561 hasta 1610


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ArribaAbajoCapítulo I

Gobierno de Francisco de Villagrán (1561-1563)


1. Los indios de Purén asesinan al capitán don Pedro de Avendaño; renuévase la guerra. 2. Llega a Chile Francisco de Villagrán y se recibe del mando. 3. Comienza su gobierno bajo malos auspicios: primera epidemia de viruela; renovación de la guerra de Arauco. 4. Las predicaciones de un religioso dominicano vienen a complicar la prosecución eficaz de la guerra. 5. El Gobernador visita las ciudades del sur y cae gravemente enfermo; el licenciado Juan de Herrera, su teniente gobernador, instruye un proceso a los indios enemigos, y en virtud de la sentencia manda hacerles la guerra. 6. Prosecución de las operaciones militares: derrota de los españoles en Catirai o Mareguano. 7. Despoblación de Cañete; los indios ponen sitio a la plaza de Arauco que defiende heroicamente el capitán Lorenzo Bernal de Mercado. 8. Perturbaciones de la tranquilidad interior bajo el gobierno de Villagrán. 9. Desastres de las armas españolas en Tucumán. 10. Nuevas desgracias agravan las enfermedades del Gobernador; muerte de Villagrán.



ArribaAbajo1. Los indios de Purén asesinan al capitán don Pedro de Avendaño; renuévase la guerra

Al separarse del gobierno en los primeros días de febrero de 1561, don García Hurtado de Mendoza llevaba al Perú e iba a comunicar a España la noticia de que el reino de Chile quedaba definitivamente pacificado. Desde Lima escribía a Felipe II que había puesto fin a la conquista de este país, que sus habitantes así españoles como indios vivían en perfecta paz, que unos y otros se enriquecían rápidamente, los primeros con el fruto de las minas recién descubiertas y los segundos con los salarios que se les pagaba por su trabajo. Hurtado de Mendoza no había vacilado en asegurar al Rey que siendo Chile hasta hacía poco la tierra más pobre y perdida de las Indias, y sus pobladores los más descontentos y sin esperanza de remedio, había pasado a ser una de las mejores provincias del vasto imperio colonial de los españoles. Para completar este lisonjero cuadro del estado de prosperidad en que dejaba a Chile, el Gobernador saliente comunicaba al soberano que había fundado muchas iglesias y conventos366. Felipe II, debió experimentar una viva satisfacción al recibir estas noticias que halagaban, a la vez, su fanatismo religioso y su insaciable ambición de ensanchar sus estados con ricos territorios.

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Sin embargo, todo aquello no pasaba de ser una ilusión. Contra esos anuncios de riquezas extraordinarias, Chile continuaba siendo una de las provincias más pobres de las Indias, y su miseria no encontraría remedio sino cuando contase con una población mucho más abundante y más laboriosa que la que formaba las huestes de la conquista. Por otra parte, la paz que se consideraba como definitiva, era puramente transitoria. La guerra con los naturales iba a encenderse de nuevo, a tomar mayores proporciones y a durar siglos enteros sin producir la pacificación definitiva de todo el país.

En efecto, apenas había partido de Chile el gobernador Hurtado de Mendoza, los araucanos estaban otra vez en abierta rebelión. El levantamiento comenzó por el asesinato de uno de los más distinguidos capitanes españoles. A fines de febrero de 1561, el gobernador de la plaza de Cañete, don Pedro de Avendaño y Velasco, acompañado sólo por cuatro soldados españoles, se hallaba en el valle de Purén, donde poseía un vasto repartimiento de tierras y de indios. Ocupábase en hacer construir por éstos una casa para su habitación. Era don Pedro un «hombre cruel con los indios, dice un cronista contemporáneo, que recibía contento en matarlos, y él mismo con su espada los hacía pedazos». No es extraño que fuera aborrecido por los bárbaros a quienes había hecho una guerra implacable, y por sus vasallos a quienes trataba mal. Un día que los indios de trabajo volvían cargados de madera que acababan de cortar en los bosques vecinos, cayeron de improviso sobre el capitán Avendaño, y le dieron muerte con las mismas hachas que se les habían dado para la tarea. La propia suerte corrieron dos de los españoles que lo acompañaban. Los otros dos lograron huir y fueron a llevar la noticia de lo ocurrido a la inmediata ciudad de Angol367. Los indios de las cercanías se pronunciaron otra vez en abierta rebelión contra sus opresores.

La alarma se extendió con la mayor rapidez en toda la comarca. Mandaba en Angol don Miguel de Avendaño y Velasco, hermano del capitán asesinado. En el acto puso la guarnición sobre las armas, y dio aviso de todo al capitán general interino Rodrigo de Quiroga, que se hallaba en Concepción. «Fue cosa que no se puede decir, cuenta un viejo cronista, la presteza que se tuvo para castigar a los indios rebelados». A la necesidad de reprimir activamente la nueva insurrección, se añaden otras circunstancias que estimulaban a los jefes a obrar con la mayor energía. El capitán Avendaño, además de ser uno de los más prestigiosos soldados de la conquista, era yerno del gobernador Quiroga368, de suerte que un sentimiento natural de indignación y de venganza, estimuló su energía para ponerse prontamente en campaña. Salieron tropas de Angol y de la Imperial, y durante algunos meses, sin arredrarse por las lluvias del invierno, recorrieron aquellos campos castigando sin piedad a los indios rebelados que pudieron hallar a mano. Muchos de éstos fueron a asilarse en las vegas pantanosas de Lumaco, y allí lograron sustraerse a la persecución y mantener la resistencia.



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ArribaAbajo2. Llega a Chile Francisco de Villagrán y se recibe del mando

En estas circunstancias llegaba a Chile el general Francisco de Villagrán con el nombramiento de Gobernador que le había dado el Rey. Este infortunado capitán, que había llevado siempre una vida de fatigas y de aventuras, veía al fin satisfecha su más ardiente ambición; pero no había de encontrar en el mando los goces ni la tranquilidad a que aspiraba y que exigía su salud debilitada más por los trabajos que por los años.

Se recordará que en 20 de diciembre de 1558, Felipe II había firmado en Bruselas el nombramiento de Villagrán para el cargo de gobernador de Chile. En ese título, el Rey ratificaba la ampliación de los límites de esta provincia hasta el estrecho de Magallanes, y revestía al nuevo mandatario de la amplitud de poderes que la Corona confería a tales funcionarios. Por las instrucciones dadas en la misma fecha, el monarca encargaba, como era práctica en esos documentos, el buen trato de los naturales, el orden y regularidad en la administración, el adelanto de los descubrimientos, la persecución de los pecados públicos y el castigo de los blasfemos, hechiceros, alcahuetes, amancebados públicos, usureros y jugadores y, sobre todo, la recaudación y aumento de las entradas del tesoro real. Para asegurar el buen trato de los naturales, Felipe II mandaba que se abriesen caminos y se construyesen puentes en los ríos, para que, pudiendo traficarse el país por recuas de mulas, dejase de convertirse a los indios en bestias de carga. Como medio de conversión de los bárbaros, el Rey recomendaba a Villagrán que trajese a Chile algunos religiosos de la orden de San Francisco, los cuales gozaban en esa época de la reputación de ser los misioneros más ardorosos y eficaces369.

Más de dos años transcurrieron antes de que Villagrán se dispusiese para emprender su viaje a Chile. Esta tardanza era debida sólo en parte a la lentitud de las comunicaciones entre España y sus colonias. A principios de 1560, Villagrán supo en Lima que el Rey lo había nombrado gobernador de Chile; pero este título había sido entregado en la Corte a un eclesiástico llamado Agustín Cisneros, hermano de su esposa; y éste había resuelto trasladarse a América con toda la familia del nuevo Gobernador. Sea por escasez de recursos, o por cualquiera otra causa, los deudos de Villagrán no pudieron emprender su viaje con la   —230→   rapidez que habrían deseado, y sólo llegaron a Lima a principios de 1561370. En esos momentos circulaban en el Perú las noticias más o menos fantásticas de grandes y ricos descubrimientos de minas de oro que acababan de hacerse en Chile. Francisco de Villagrán pudo hallar en Lima quienes le prestasen dinero para hacer sus aprestos de viaje, y encontró, además, algunos individuos dispuestos a acompañarlo a Chile, con la esperanza de enriquecerse en corto tiempo. Terminados sus preparativos, el Gobernador zarpó del Callao en los primeros días de marzo.

Después de los tres meses que duraba esa navegación en las circunstancias más favorables, Villagrán desembarcaba en La Serena el 5 de junio de 1561371. Es probable que llegase dispuesto a vengar en su antecesor los injustos ultrajes que éste le había inferido en años atrás, cuando, sin causa ni pretexto, lo redujo a prisión y lo confinó al Perú; pero al pisar la tierra supo el nuevo Gobernador que Hurtado de Mendoza había partido de Chile hacía cuatro meses y que este país estaba regido por un mandatario interino. El mismo día se hizo recibir en el rango de Gobernador por el cabildo de La Serena; y el siguiente despachaba a Santiago a un representante suyo, provisto de amplios poderes para que a su nombre tomase el mando superior. Ese representante era el licenciado Juan de Herrera, escribano de Lima, muy versado en las prácticas judiciales, a quien la Audiencia había conferido el grado de teniente gobernador de Chile y asesor letrado del general Villagrán. El licenciado Herrera fue recibido sin problema alguno por el Cabildo de la capital el día 19 de junio. Las providencias dictadas por el nuevo Gobernador eran recibidas en todas partes con el acatamiento debido al que representaba la autoridad real.

Villagrán permaneció algunos días más en La Serena. Desde allí dispuso que el capitán Gregorio de Castañeda, soldado antiguo en la conquista de Chile, pasase con algunas tropas al otro lado de las cordilleras, para hacer reconocer su autoridad en Tucumán y para tomar el mando de esta provincia que hasta entonces desempeñaba el capitán que en 1557 había enviado Hurtado de Mendoza. Tomando enseguida el camino de tierra, el Gobernador se puso en marcha para Santiago, donde el Cabildo y sus antiguos compañeros de armas lo esperaban con grandes festejos.

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Un antiguo cronista ha descrito con mucho colorido la entrada del Gobernador en la capital. «La justicia y regimiento, dice, le tenían aparejado un recibimiento, el mejor que ellos pudieron, conforme a su posible. En la calle principal, por donde había de entrar, hicieron unas puertas grandes, a manera de puertas de ciudad, con un chapitel alto encima, y en él puestas muchas figuras que lo adornaban; y la calle toldada de tapicería, con muchos arcos triunfales, hasta la iglesia; por todas ellas muchas letras y epítetos que le levantaban en gran manera dándole muchos nombres de honor; y una compañía de infantería, gente muy lustrosa y muy bien aderezada, y por capitán de ella el licenciado Altamirano, y otra compañía de caballo con lanzas y dargas, y más de mil indios, los más de ellos libres, con las mejores ropas que pudieron haber todos. En orden de guerra le salieron a recibir al campo fuera de la ciudad, a la puerta de la cual quedaba el Cabildo esperándole, con una mesa puesta delante de la puerta de la parte de afuera, cubierta de terciopelo carmesí, y baja a manera de sitial, con un libro misal encima para tomarle juramento, como es costumbre a los príncipes, que cierto, porque me hallé presente, toda la honra que le pudieron dar le dieron. De esta manera llegó a la puerta de la ciudad, encima de un macho negro, pequeño más que el ordinario, con una guarnición de terciopelo negro dorada, y una ropa francesa de terciopelo negro aforrada de martas, lo metieron en la ciudad como a hombre que querían mucho, y le habían tenido por amigo mucho tiempo. Después de las ceremonias del juramento lo llevaron a la iglesia debajo de un palio de damasco azul, llevándole dos alcaldes el macho por la rienda, y desde allí a casa del capitán Juan Jufré, que era su posada»372.




ArribaAbajo3. Comienza su gobierno bajo malos auspicios: primera epidemia de viruela; renovación de la guerra de Arauco

A pesar de este inusitado aparato con que era recibido el nuevo Gobernador, y del contento con que lo saludaban sus antiguos compañeros de armas, el arribo de Villagrán coincidía con una época de desgracias que en todo o en parte debían atribuirse a culpa suya. El buque en que había llegado a La Serena trajo algunos enfermos de viruela. La epidemia se esparció rápidamente en todo el país causando incalculables estragos. Los indios, sobre todo, sufrieron sus consecuencias en las más alarmantes proporciones. La mortandad de los trabajadores hizo necesario el suspender las faenas de los lavaderos, lo que era una enorme contrariedad para los colonos. La superstición de los bárbaros, su creencia arraigada de que ninguna muerte era natural, y de que las enfermedades son producidas por hechizos, los persuadió fácilmente de que la epidemia era una simple hostilidad de los conquistadores.   —232→   Los indios de guerra, particularmente, creían que no pudiendo los españoles someterlos por las armas a su dominación, habían traído aquella epidemia para extinguirlos en su totalidad373. Así, pues, esta horrible plaga que azotaba igualmente a los españoles, y que había venido a paralizar sus trabajos industriales, enardeció a los rebeldes de Arauco, excitó su rabia y los alentó para mantener la más enérgica y formidable resistencia.

Villagrán se había hecho, sin duda, la ilusión de venir a gobernar tranquilamente en Santiago, sin guerras y perturbaciones, como gobernaban en esa época los virreyes del Perú. Al partir de Lima, debía creer las noticias que allí se comunicaban acerca de la pacificación definitiva de Chile. En esta confianza y obedeciendo al errado sistema de extender sus dominios a lejanos territorios, como lo habían hecho sus predecesores, en La Serena se desprendió, como ya dijimos, de una parte de sus tropas para enviarlas a Tucumán. En Santiago apartó otro cuerpo de soldados, y poniéndolo bajo las órdenes del capitán Juan Jufré, lo despachó a la provincia de Cuyo a reemplazar al jefe que allí mandaba en nombre de Hurtado de Mendoza, y a fundar nuevas poblaciones374. Estas lejanas empresas eran tanto más imprudentes cuanto que Chile volvía a experimentar una notable falta de soldados. La mayor parte de la gente que en 1557 trajo don García, regresaba al Perú, y con ella algunos de los capitanes que habían sido más útiles para sostener la guerra375.

Mientras tanto, la insurrección de los indios de Purén tenía alarmadas a las ciudades del sur, temerosas de que el levantamiento se extendiese a las provincias que estaban de paz. Con el deseo de ponerle atajo, Villagrán comenzó por enviar un destacamento de tropas bajo las órdenes de Alonso de Reinoso y luego despachó a su propio hijo con algún refuerzo. Poco más tarde, a fines de octubre, partió él mismo de Santiago en compañía de su teniente gobernador y de algunos religiosos. Después de una corta residencia en Concepción, se trasladó a la ciudad de Cañete a dirigir personalmente las operaciones militares.




ArribaAbajo4. Las predicaciones de un religioso dominicano vienen a complicar la prosecución eficaz de la guerra

La renovación de las hostilidades dio lugar a dificultades y complicaciones que debieron agitar mucho a los hombres de ese tiempo. La exposición de estos hechos que quizá pueden en nuestra época parecer frívolos, tiene una gran importancia para apreciar las ideas morales del siglo XVI.

Hemos contado en otra parte que don García Hurtado de Mendoza llegó a Chile en 1557 con una cohorte de clérigos y frailes que traía del Perú para que le ayudasen en la pacificación de los indios. Venían entre ellos dos religiosos dominicanos, fray Gil González Dávila y fray Diego de Chávez, que pasaron luego a Santiago. Antes de fines de ese mismo año, amparados por el Gobernador, consiguieron echar las bases de la fundación de un convento   —233→   de su orden376, y alcanzaron, el primero sobre todo, un alto prestigio de ciencia entre los incultos pobladores de la ciudad.

Esos religiosos dependían de la diócesis de Charcas, erigida hacía poco tiempo. Su primer obispo, don fray Tomás San Martín, fue un fraile dominicano que había desempeñado un papel importante en las guerras civiles del Perú. Lastimado, al parecer, por el trato cruel que los conquistadores daban a los indios, pero en realidad deseando contribuir al afianzamiento de la paz en ese país, el obispo San Martín había dado unas instrucciones a los confesores para que reglaran su conducta en materias de repartimientos y de trabajo forzado de los indios. Se sabe que a consecuencia de aquellas guerras civiles, la mayor parte de los primeros conquistadores del Perú habían sido privados de sus repartimientos y que éstos habían sido dados en nombre del Rey a los capitanes y funcionarios que habían ayudado a someter a Gonzalo Pizarro. El obispo San Martín declaraba allí «que según verdadera cristiandad y católica teología», los primeros conquistadores y descubridores poseyeron mal esos repartimientos, y no debían conservarlos «porque no guardaron las condiciones de buena guerra, ni conquistaron guardando ley natural ni divina ni humana, canónica ni civil, por servir su propio interés». Según el Obispo, no sucedía lo mismo con los nuevos concesionarios, porque el Rey, poseyendo de buena fe y sin conocer los horrores de la conquista, podía encomendar los indios a condición de que se les hiciera trabajar moderadamente. «No sabiendo el Rey ni sus sucesores, dice con este motivo, los capítulos en que erraron los conquistadores, poséenla como cosa propia, y pasa ya como cosa juzgada y averiguada, y pasará hasta el fin del mundo, mientras que las Indias del Perú sean sujetas al rey de España. Y a esta causa, los que ahora poseen, guardando las leyes y condiciones que el Rey les pone en la cédula de encomienda, paréceme que pueden llevar los tributos con buena conciencia tasados y moderados, tratando bien a los indios que así les fueren encomendados, y doctrinándolos en policía natural y cristiana, y en aquello que faltaren serán obligados a restitución»377. Toda esta doctrina era simplemente la teología y la confesión puestas al servicio   —234→   del gobierno real y de los nuevos encomenderos, cuyos títulos no tenían ante la razón y la verdad un fundamento más sólido que los de sus predecesores.

Los primeros dominicanos que llegaron a Chile, tenían que sujetarse a estas doctrinas sancionadas por el primer obispo de Charcas. Aunque el convento de Santiago no constaba más que de dos religiosos, uno de ellos, el padre González Dávila, usaba el título de prior. En este carácter, sin duda, escribió en 1559 un pequeño tratado sobre el trabajo personal de los indios378. Dos años más tarde, cuando Villagrán salía de Santiago a dirigir las operaciones militares, en vez de hacerse acompañar de frailes franciscanos, como se lo había recomendado Felipe II, llevó a su lado como consejero al padre González Dávila, que le iba a causar los más serios problemas.

En los primeros momentos, el Gobernador se halagó con la idea de someter de nuevo a los indios sin apelar a las armas. Devolvía la libertad a los prisioneros que tomaban sus destacamentos, los obsequiaba y los hacía partir para llevar a los suyos las proposiciones de paz. Era la repetición del plan ensayado inútilmente por Hurtado de Mendoza en los principios de su gobierno. Este sistema aconsejado por el fraile dominicano, pero impugnado por los capitanes del ejército, produjo los más desastrosos efectos. Los indios sometidos de esa región, que se veían obligados a un duro trabajo, mientras los rebeldes vivían libres en sus selvas sin que se tratara de sujetarlos y, aun, recibiendo obsequios de sus antiguos amos, se alzaron todos «sin quedar indio ninguno de paz en aquella provincia», dice un antiguo cronista.

Fue necesario cambiar de plan de conducta, y prepararse para la guerra efectiva. Pero entonces, el religioso dominicano, cuyo celo parecía exaltarse con la contradicción, olvidó toda mesura. «Fray Gil, en las oraciones que hacía a los soldados, añade el cronista citado, les decía se iban al infierno si mataban indios, y que estaban obligados a pagar todo el daño que hiciesen y todo lo que comiesen, porque los indios defendían causa justa, que era su libertad, casas y haciendas, porque Valdivia no había entrado a la conquista como lo manda la iglesia, amonestando y requiriendo con palabras y obras a los naturales; en lo cual se engañaba, como hombre que no lo vido; porque yo me hallé presente con Valdivia al descubrimiento y conquista, en la cual hacía todo lo que era en sí como cristiano379. Volviendo a fray Gil, eran sus palabras dichas con tanta fuerza, que hacían gran impresión en los ánimos de los capitanes y soldados; y acaeció vez que Villagrán estaba hablando a algunos soldados que hiciesen lo que sus capitanes les mandasen, y alanceasen a los indios todos que pudiesen, fray Gil les decía que los que quisiesen irse al infierno lo hiciesen. Así era una grandísima   —235→   confusión ver estas cosas, y que Villagrán no las remediase, y así se hacía la guerra perezosamente»380.




ArribaAbajo5. El Gobernador visita las ciudades del sur y cae gravemente enfermo; el licenciado Juan de Herrera, su teniente gobernador, instruye un proceso a los indios enemigos, y en virtud de la sentencia manda hacerles la guerra

Mientras tanto, los indios de las inmediaciones de Cañete, como era natural que sucediera, se hacían más insolentes cada día. Los capitanes experimentados en la guerra, y los encomenderos de esa ciudad, deseaban que Villagrán se alejara de ella con el fraile que le servía de consejero, para hacer efectivas y eficaces las hostilidades. El Gobernador no pudo resistir a estas exigencias, que los encomenderos apoyaban, además, en la escasez de bastimentos para alimentar en esas circunstancias a toda la gente que había en la plaza. Villagrán partió, al fin, de Cañete con toda su comitiva y con la mayor parte de sus tropas para visitar las otras plazas que los españoles tenían en la región del sur. Su hijo Pedro y el capitán Alonso de Reinoso quedaron a la defensa de la ciudad con ciento veinte soldados.

La visita del Gobernador a aquellas provincias debía ser no solamente estéril para la conservación de la paz y el afianzamiento de la conquista, sino triste y lastimosa. Aunque Villagrán no contaba entonces más que cincuenta años de edad, su cuerpo estaba quebrantado por las enfermedades, y su espíritu abatido por las dificultades de la situación. Villagrán había poseído una salud robusta que hizo de él uno de los capitanes más vigorosos y activos de aquella falange de sólidos e incansables guerreros. Pero el exceso de trabajo, las fatigas de la guerra, las penalidades de las marchas en todas las estaciones del año, pasando días y noches en medio de bosques y pantanos, habían acabado por reducirlo a un estado casi vecino a la decrepitud. En esa condición visitó las ciudades de Angol, Imperial y Villarrica; pero en esta última, donde se hallaba en la pascua de Natividad381, fue atacado por una grave enfermedad, acompañada de horribles dolores gotosos, que lo puso a las puertas de la muerte y que lo retuvo mucho tiempo postrado en la cama. Cuando supo que los vecinos de Concepción le reprochaban el mantenerse lejos del teatro de las operaciones militares, el infeliz Villagrán, algo restablecido, pero imposibilitado para andar a pie o a caballo, se hizo conducir primero a la Imperial y enseguida a Angol para mostrar que no olvidaba los deberes de su cargo. Sentado en una silla, casi como un cadáver, el Gobernador era transportado de un punto a otro por los indios de servicio. En Angol, donde llegaba en marzo de 1562382,   —236→   pasó dos meses tendido en su lecho, tomando la zarzaparrilla, planta que los españoles habían encontrado en gran abundancia en la América tropical, cuyos usos terapéuticos aprendieren de los indios, y que empleaban en esa época como el primero de los medicamentos383. Cuando se hubo mejorado de sus males, Villagrán se hizo trasladar a la Imperial para pasar allí el invierno.

Mientras tanto, la guerra continuaba en las inmediaciones de Cañete. Los españoles hacían correrías en los campos vecinos, talaban los sembrados de los indios y sostenían frecuentes combates. El efecto de las predicaciones de fray Gil González Dávila comenzaba a desvirtuarse, y una resolución jurídica del carácter más original vino a dar a la lucha el carácter firme y decidido que había tenido en los tiempos anteriores.

Acompañaba a Villagrán en esta campaña el licenciado Juan de Herrera, su teniente gobernador. Profesaba éste, respecto a la guerra contra los indios, doctrinas diversas a las del fraile dominicano. El licenciado Herrera, como segundo del Gobernador y como su reemplazante en el mando durante la enfermedad de Villagrán, sostenía que la persecución enérgica y eficaz de los bárbaros estaba autorizada por las leyes civiles y canónicas porque, si bien el Rey después de oír a los teólogos y juristas de España, había recomendado que se tratase siempre de someter a aquellos por la predicación y los medios de suavidad y dulzura, esas prescripciones no regían en el presente caso. Los indios de Chile, decía, habían dado la paz en tiempo de Valdivia, se habían reconocido vasallos del monarca español, habían aceptado la predicación del evangelio, y luego se habían sublevado incurriendo en el delito de infidelidad y poniéndose en la condición de súbditos rebeldes. Queriendo desvanecer todos los escrúpulos de los soldados sobre la justicia de las operaciones militares, se propuso demostrar legalmente que los indios de Chile estaban fuera del amparo de las leyes protectoras emanadas de la autoridad real. «Yo, como juez y teniente general de aquella provincia, dice el mismo licenciado Herrera, hice proceso en forma contra todos los dichos indios rebelados, y los llamé por edictos, y se creó fiscal, y se les puso acusación sobre las muertes y robos e insultos, y otros delitos que habían hecho y cada día hacían».

Como es fácil comprender, este proceso singular debía seguirse sin la menor intervención de los acusados. Era inútil que la justicia española citase y emplazase por edictos y pregones a los indios de guerra para que acudiesen a hacer oír sus descargos y defensas. Los bárbaros, que no podían tener la menor idea de tales procedimientos, no pensaban más que en pelear para deshacerse de sus opresores, y no querían oír ni halagos ni amenazas. «Por su ausencia y rebeldía, añade el licenciado Herrera, hice citar y llamar a las personas que eran   —237→   sus protectores, y que en público volvían por ellos, hasta venir a citar a fray Gil de San Nicolás, que era y fue el más principal religioso que por ellos volvía, y el que más escrúpulos ponía, y predicaba que se iban los capitanes y soldados y jueces al infierno, y de palabra me dijo que Su Majestad, ni yo en su nombre, no éramos jueces porque no estaban seguros. En efecto, yo sustancié el proceso, e hice probanzas y vine a sentenciarlos a muerte y perdimento de bienes, y notifiqué la sentencia en los estrados y a los que pretendían. Y pasado el tiempo en que podían apelar, pronuncié otro auto en que en efecto dije que por cuanto convenía ejecutar la dicha sentencia e ir a prender los culpados, y que andaban salteando y matando por los caminos, y por andar con mano armada y yo no los poder prender ni castigar si no llevaba copia de gente y que fuese armada, y que para el dicho efecto convenía yo ir en persona y llevar hasta doscientos hombres que fuesen apercibidos con un capitán que nombré. Y con esta orden fui a la guerra y di aviamiento y municiones y socorros a la gente que iba y fui a ejecutar lo susodicho»384. La guerra tenaz e implacable contra los indios de Arauco, quedó así sancionada por una sentencia que se creía legal y que debía acallar todo reato de conciencia.